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Índice Nota para la edición gringa, 15

Primera parte. ASIMILACIÓN 1. Guadalupanos pachecos, 23 2. Puntos de encuentro, 33 3. La Banda, 45 Segunda parte. TensiÓN 4. Todas las otras fiestas, 61 5. Los Guerreros, 73 6. El lago de fuego, 97 7. Secuestrado, 107 8. El delincuente somos nosotros, 119 Tercera parte. RIESGO   9. Una serpiente emplumada con lentes Burberry, 133 10. La danza con los santos, 145


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11. Originales del punk, 159 12. El ataque del temazcal, 175 13. El baile de la decadencia, 189 Cuarta parte. MutaciÓN 14. En casa, 201 15. Las Siete Musas de la ciudad de México, 215

Notas, 227 Agradecimientos, 235 Postcriptum para la edición mexicana, 237


1. Guadalupanos pachecos

Velas en La Villa. (Foto del autor.)

“Cafecito, cafecito”, llaman las voces desde las banquetas. “Pan, tortas.” Son las diez de la noche del 11 de diciembre de 2007. Vamos rumbo al norte de la ciudad, sobre la calle República de Brasil. Vamos a ver a la Virgen en su noche. Venimos del Zócalo. Familias que viven en las calles aledañas se han colocado en las banquetas y ofrecen comida y bebida para acompañar la fría noche de los caminantes y ciclistas. Café, agua embotellada, naranjas frescas, tacos, tortas. Los niños corren como bólidos entre la multitud. “¡Aguas, aguas, aguas!” Paletas de hielo y jugos de fruta y adornos para el espejo retrovisor con la imagen guadalupana y cds. Aquí hay más actos de caridad cristiana y una generosidad mucho más sincera que en todo un mes de alegría navideña


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prefabricada. Después de unas cuadras, comienzo a rechazar amablemente los regalos que me ofrecen. Mi mochila va a reventar. Las patrullas hacen sonar sus sirenas, las luces giran. Todo el mundo habla y canta y toca música y se ríe y come; unos pegados a otros, protegiéndose del frío. Cruzamos Paseo de la Reforma. La multitud sigue creciendo. Más comida y bebida llegan de las banquetas. El grupo de amigos extranjeros con quien voy comienza a dispersarse en el flujo. Entonces, de atrás, llega una voz: “¡Hey, güero!, ¿de dónde son?”. Me detengo y volteo. Es una respuesta natural cuando uno tiene la piel morena y alguien te dice “güero”. Supongo que se nota que soy extranjero. Un tipo sonriente se presenta como Christian. Su pelo es chino y de color claro y en la mano lleva una rama que usa como bastón, como un chamán rebelde del Altiplano. Le digo que soy de Estados Unidos y, antes de darme cuenta, Christian me jala hacia su grupo. Coloca junto a mi rostro una pipa llena de marihuana, y me pregunta con una sonrisa: “¿Fumas?”. Mis amigos extranjeros se han perdido en el mar de gente. Pues ya qué..., pienso. El humo que exhalo se disuelve en el aire frío. Mientras seguimos avanzando, Christian me presenta a sus amigos: Ulises (“pero me dicen Gozu”, dijo), Porku, y un tipo que parece lo suficientemente viejo como para ser papá de los demás, de apodo el Cochinito. Los otros no tienen más de veinte, veintiún años. Llevan mochilas al hombro llenas de provisiones y una tienda de campaña. Sonríen todo el tiempo. Vienen caminando desde el sur, “cerca de la caseta”, de camino a Cuernavaca. Doce horas, a pie. “Vamos a ver a la Virgen y vamos a acampar, un poquito más lejos de la gente, nos vamos a quedar toda la noche fumando y chupando”, anuncia Christian, orgulloso. El resto del grupo asiente y sonríe. Se sobreentiende que me están invitando. “Órale”, contesto. El flujo de peregrinos ocupa completamente la amplia Calzada de Guadalupe. La calle está a reventar, pero, al mismo tiempo, hay un extraño orden —todo el mundo está concentrado en llegar a su destino. Mis amigos se agrupan en torno a mí. Uno de ellos me pasa una botella de naranjada mezclada con tequila,


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“para calentarse”, y seguimos avanzando, pasando largos ríos de autos detenidos por el tráfico, hoteles y un Walmart iluminado —como un intruso llegado de otra civilización. Conforme se multiplican los grupos de peregrinos, nos movemos con mayor dificultad. “Cuando estemos más cerca de la Basílica”, me advierte Gozu con una amplia sonrisa, “casi no nos vamos a poder mover”. Tan sincero y directo es su entusiasmo ante el prospecto de una posible muerte por aplastamiento, tan honesta su determinación de caminar a mi lado, que no sé qué contestar. Siento que he encontrado, repentinamente, a unos carnales. No sentí ningún indicio de desconfianza, de tensión. Son expresiones de un estereotipo mexicano prácticamente inconsciente: el de la persona joven y feliz. Pero tenemos una misión, y debo concentrarme. Le doy otra fumada a la pipa, y la sangre transporta las propiedades de la droga hasta mis neuronas. Mi corazón comienza a acelerarse. Comienzo a compartir la felicidad de mis amigos. Me río con ellos. Comienzo a pensar que un pequeño hilo de algo nuevo se forma en la base de mi pecho, algo desconocido. Fe. *** Desde su milagrosa aparición ante un campesino indígena en 1531, la Emperatriz de América, como a veces se le llama a la Virgen de Guadalupe, ha atraído peregrinos a una montaña sagrada en el norte del Distrito Federal, hacia donde vamos. La sagrada imagen cuelga de forma permanente dentro de una basílica grande y moderna, construida a principios de los setenta; con el paso de los siglos, la basílica virreinal original se fue hundiendo porque estuvo edificada donde había un lago. Los peregrinos llegan desde todos los rincones de la república poco antes de la víspera de la medianoche de su día, el 12 de diciembre, para hincarse y rezar ante la “bandera de los mexicanos”. Algunos han caminado días enteros para llegar. Hay creyentes verdaderos, pero la mayoría sólo lo son de nombre. Para muchos, lo atractivo del 12 de diciembre yace en el mero espectáculo. Los creyentes más devotos son fáciles de identificar: entran a la Villa de rodillas. La caminata es un sacrificio menor en comparación con las dimensiones de la ocasión: el aniversario de la aparición de la Virgen morena al converso


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indígena Juan Diego. Sin importar las dudas que la ciencia moderna ha arrojado sobre la autenticidad del milagro de Guadalupe, o que la aparición haya sucedido en una colina que antes fuera el lugar sagrado de veneración de Tonantzin, el cumplimiento anual de este evento es un ritual único en el continente. En cierto sentido, la Villa es como la Meca del hemisferio occidental. El reluciente manto de la Virgen de Guadalupe es la Roca Negra para estos peregrinos, un talismán que exige a sus fieles, una noche al año, un desprecio absoluto por la salud de sus pies y rodillas, y por la idea general de límite del espacio personal. Había decidido unirme a la peregrinación con un grupo de amigos y aventureros de Norteamérica y Europa. Algunos estamos aquí por un interés de antropólogo amateur, pero yo siento un deseo —secreto, personal— de entregarme a México y a la santa patrona de México, la Morenita. Participar en este rito cuando apenas me había mudado aquí me asegurará, imagino, admisión en las filas de los verdaderos compatriotas. Ésta es mi verdadera primera prueba, mi bienvenida. No como católico, sino como paisano. *** “¿Por qué hacen esto?”, le pregunto a Porku. Un paliacate con la imagen de la Virgen de Guadalupe le envuelve la cabeza. “Tenemos que hacerlo”, dice, con una enorme sonrisa. “Es fe. No se cuestiona.” Entiendo, la fe de la que hablamos aquí no es la católica, es fe en el otro, en la hermandad, en el ritual. Y en la pachequez. Intento devolver la pipa a Christian y Porku, pero se rehúsan; en sus rostros veo incredulidad ante la idea de que apenas haya dado dos caladas. “Más”, dicen. “Fúmale más. Tú, fuma.” Así que fumo. Más y más, lo que complace enormemente a la banda, hasta que digo que no puedo más, ellos miran mis ojos vidriosos y, sin una palabra, se ríen, sonríen. Lo que sea por la Virgencita, pienso. Les pregunto por qué la gente en la calle se vuelve tan generosa. “Les sale del corazón”, responde Porku de inmediato. “Ven caminar a todos estos güeyes”, añade Gozu, emocionado, su piel del color de la madera oscura, su cabello escondido por una gorra al revés, “y dicen, ‘miren, ahí vienen ¡caminando! Hay que darles algo’”.


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Es una idea tan lógica y simple que no puedo evitar reírme. “¡Ya casi llegamos!”, dice Gozu, emocionado. “Ten cuidado, te pueden sacar la cartera.” “¿Hasta en la Villa?”, le pregunto. Encoge los hombros. Duda de tu fe en el prójimo, pero nunca dudes de la Virgen. Casi es medianoche, y estamos a uno o dos kilómetros de la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe. Lo sé porque más adelante se alcanzan a ver los dobles arcos amarillos de un McDonald’s, una señal en muchas partes del tercer mundo de que uno se aproxima seguramente a un punto relevante histórico o cultural. Por ahora, la peregrinación está detenida. Hay tanta gente que, en lugar de caminar, arrastramos los pies unos pasos a la vez, esperamos unos minutos en silencio, todos quietos, y luego unos pasos más, en cuanto el espacio lo permite. Todo el mundo está concentrado en este objetivo. “Agárrate de mi mochila”, me dice Christian por encima del hombro. Cada vez es más difícil mantener el paso. Él camina detrás de Gozu, el pecho contra la mochila de su amigo, sus manos agarradas a los brazos de Gozu, justo por encima de los codos. “¿Estás bien?”, escucho que Christian le pregunta a Gozu, quien asiente, absolutamente concentrado en la masa de gente delante de él. Observo a Christian dar un ligero apretón al brazo de su amigo, para hacerle saber que está detrás de él, una forma de tranquilizarlo. Es un gesto asexual, una expresión de afecto. Las amigas van de la mano en la calle, los amigos caminan abrazados o tomados del cuello. Quizá se trata de la mota en mi corazón, porque ver de cerca esta demostración tan íntima de afecto me hace experimentar una cascada de nostalgia —y también un poquito de pena. Miro para otro lado, un poco incómodo conmigo mismo, y me pregunto si debí haber sentido vergüenza por haber espiado ese momento entre Christian y Gozu. Pero la banda de la caseta de Cuernavaca no me dejó alejarme demasiado. Están resueltos a que pase esta noche con ellos. Fue una llamada sincera, como si fuéramos parientes o amigos de toda la vida, sólo que se trata de completos extraños. Al ver a esta banda de hermanos pachecos provenientes del extremo sur de la ciudad en una de las noches más sagradas del calendario


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mexicano, siento una urgencia de reafirmar los lazos de afecto que he formado a lo largo de mi vida entre los hermanos que uno escoge. Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que sentí esto que me pregunto si la sensación no será artificial —considerando lo que nos hemos metido. *** Continuamos. Pasan minutos en los que no hay hacia dónde moverse, nada que hacer. La gente simplemente está parada, la mirada fija hacia delante. Nadie habla, pero el murmullo de la masa penetra la piel. “Una vez que estemos más cerca, vamos a levantar a la Virgen así”, dice Porku, alzando su imagen sobre la cabeza, “para que vea que llegamos”. En silencio deseo que la Virgen nos vea, porque para este momento la peregrinación ha alcanzado proporciones épicas. Aún estamos a unos cien metros de la basílica y es posible sentir cierta ansiedad que crece entre la multitud. El éxito, e incluso la supervivencia, están en duda. Alcanzo a ver a alguien desmayarse, es una mujer que se desploma sobre una banca y alguien más la recuesta sobre la espalda. “Una ambulancia por aquí”, pide un chavo peinado con picos a uno de los vigilantes uniformados. Unos cuantos miran con curiosidad, pero todos debemos seguir moviéndonos con el flujo de gente. Más gente se desmaya. El camino se convierte en una subida. Se ven cada vez más policías. Mis amigos se emocionan. De pronto comenzamos a movernos más rápido, nos estamos acercando. Lo logramos. Casi. La estructura modernista de la basílica se levanta, enorme, frente a nosotros. Una vez que logramos traspasar las puertas del complejo, bajo la brillante luz de los reflectores, el descontrol es evidente. Policías de casco y escudo, junto con grupos de scouts católicos —devotos adolescentes de pantalones cortos color caqui y pañoletas alrededor del cuello—, con los brazos entrelazados, forman cadenas humanas alrededor de la basílica. Cada tantos minutos se abre un hueco en la cadena y esto permite que unos cientos se muevan o corran por la plaza hasta llegar a las escaleras del santuario. Estamos atrapados en una compresora de cuerpos, y miramos directamente a los ojos de los scouts —quienes impiden que avancemos. Esto crea tensión.


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“¡Por favor, déjennos pasar!”, grita la gente. “¡Por allá están dejando pasar gente!” “¡No empujen, no empujen!” “¡Tengan consideración!” La gente a mi alrededor comienza a paniquearse. Mi grupo de nuevos amigos se abre paso hacia el frente, suplicando, diciendo que sólo somos cinco y que si por favor nos dejan pasar. Más gente está a punto de desmayarse, más caos. Sería imposible completar la última parte de la peregrinación a través de la plaza de rodillas, según la costumbre. ¿Ya pasó la medianoche? ¿Lo lograríamos? ¿Puedes verla desde aquí? Todos nos agarramos fuertemente de las mochilas y chamarras. Porku, cerca del frente, ve que los guardias se distraen por un momento. Rápidamente se asegura de que todos estamos bien agarrados y, con las últimas energías que tiene, se lanza a romper la cadena humana y nos jala junto con él. ¡Aire! ¡Una conmoción! Libres, corremos hacia la basílica, agradecidos con la Virgen por su intervención. Corremos hacia las luces, cruzamos la plaza, subimos los escalones y nos encontramos a las multitudes que llenan el santuario. Estamos asombrados, nos reímos de nuestra buena suerte, bañados de nuestra propia fe, justo debajo de la entrada techada de la basílica, que está atascada de gente, calor humano y sudor. Mientras esperamos para entrar, el grupo comienza a hablar sobre los preparativos de la noche, una noche tibia de alcohol y mota, en una tienda de campaña, entre amigos. La gente ya nos presiona desde atrás, ansiosos por entrar a la basílica. De nuevo formamos una cadena humana con nuestras chamarras y mochilas. “¡Agárrense, agárrense!”, grita Christian sobre el hombro. Pero aún nos falta otra barrera que cruzar. Una scout de unos veinte años que usa una camisa roja bien planchada, suplica, impotente, a la multitud que empuja para entrar: “¡Por favor, no se empujen, no corran!”. “¡Estamos dentro de la basílica!”, gruñe otro. Pero es inútil. Dentro de la basílica no parece haber suficiente aire para todos, ya ni hablar de espacio personal. La música llena el santuario. El olor del incienso acentúa el delirio. No veo nada más que la parte alta del interior de la basílica, enormes paneles de madera pulida y modernos candelabros que llenan el espacio con una luz pálida. Se siente como un lujoso penthouse de finales de la era disco.


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Todo el tiempo la banda checa que permanezcamos juntos. Christian se agarra de Gozu y Gozu se agarra de Porku y Porku se agarra del Cochinito. Al final, yo me agarro de donde puedo hasta que —para mi gran horror— mis rodillas empiezan a temblar. Han sido tres horas de caminata, en el frío, rodeados de un mar formado por millones de personas. Me siento mareado. Hay cantos e incienso, y un murmullo humano, pero no puedo ver lo que ocurre más allá del mar de gente. Estamos atorados detrás de un pilar de estuco. No puedo ver a la Virgen de Guadalupe. Estamos atascados. Mis extremidades mandan un reporte a mi cerebro: le informan que no pueden seguir más. Dirigiéndome a Christian y a Porku, digo: “No puedo entrar. Aquí los espero, en esta pared”. Los chavos se miran entre sí, y me miran a mí —miradas rápidas y llenas de pánico ante la inminente pérdida. No hay tiempo de discutirlo, o de darnos palabras de ánimo, ni siquiera un segundo. Los cuerpos presionan hacia delante. Hay que seguir avanzando. En estos breves segundos en que la multitud nos empuja cada vez más hacia el interior de la iglesia, sabemos que probablemente nunca nos veremos de nuevo. De inmediato sé que he cometido un terrible error. *** Mis amigos desaparecen en la masa que entra al santuario mientras yo me esfuerzo por llegar a una esquina cerca de la puerta, en busca de aire. Observo a un pobre hombre tratar de entrar a la basílica de rodillas, sosteniendo entre sus manos un retrato enmarcado de la Virgen de Guadalupe y unas cuantas rosas marchitas. Parece asustado y, con su cabeza rapada y lentes gruesos, se parece a mí: otro mexicoamericano, tan fuera de lugar como yo. Al borde del colapso, me recargo contra el muro de piedra. Nos ha tomado horas llegar aquí, hasta ella, la santa patrona y madre de México. Y ahora estoy solo, dentro de su basílica, atorado detrás de un pilar café cerca de la entrada; ni siquiera puedo ver la imagen de la Virgen desde donde estoy. Vencido, no sé qué hacer ahora. Mis amigos se han ido. Les fallé. Fallé a la fe en los lazos que se forman con los hermanos que uno escoge, enfrentado con una tradición que une a todos los mexicanos. Me fallé a mí mismo. Con trabajo, salgo de nuevo y respiro el aire frío de la noche, derrotado. Más y más gente viene, pero


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yo me encuentro en un no-man’s-land entre los guardias, los asistentes a la basílica y el santuario en sí. Camino, confundido. Si tan sólo hubiera aguantado un poco más, si hubiera tenido un poco más de valor, ya estaría con mis nuevos hermanos del otro lado de la basílica. Instalados en algún lugar, estaríamos montando la tienda, fumando mota, chupando, hablando de nuestra devoción a la Virgen. O lo que sea. Busco en mi mochila una de las naranjas que me dieron, quito la cáscara con las uñas, y comienzo a mordisquear la pulpa. La naranja nomás me recuerda a mis amigos perdidos, Porku, Christian, Ulises y el Cochinito, la banda de la caseta de Cuernavaca. Tengo miedo de comenzar a olvidar sus caras. Me dirijo hacia atrás del edificio, esperando verlos. Pero los guardias me corren y me dicen que no podré volver a entrar. Camino sin rumbo por las calles del barrio de la Villa. Mi depresión se convierte en desesperanza. ¿Qué hora es? ¿Las dos? ¿Las tres? Miles de personas están paradas en donde pueden, comen y tocan música, miles más duermen sobre las banquetas, en los arbustos, en las entradas de las casas, cerca de los puestos callejeros, todos hechos bola debajo de sábanas y cobijas, con imágenes de la Virgen abrazadas al pecho, cerca del corazón. Me topo con varios grupos de chavos parados en círculo, fumando yerba. Rezo para que alguien mire hacia donde estoy y me llame “¡Güero!”, y diga: “¡Ahí estás!”. Pero no. Nada. *** Al día siguiente, el 12 de diciembre, mis rodillas me están matando. Tengo los pies ampollados. Siento que alguien me está dando una lección. Un mexicano verdadero, me regaño, habría terminado la peregrinación. Le demostré a mis nuevos amigos y a la Virgen misma que, como chicano culturalmente diluido —un pocho—, mi fe aún es incompleta, que en mi viaje por volverme mexicano todavía tengo mucho camino que recorrer. Por la tarde abordo el metro y vuelvo a la basílica esperando un milagro. La banda de la caseta de Cuernavaca representa para mí un tipo de conexión que en México uno nunca quiere perder: gente joven que te acepta sin hacer preguntas, que te integra a su familia de inmediato. Pero no había intercambiado teléfono o email con mis nuevos amigos. La


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única posibilidad de reunirme con ellos era un encuentro casual, quizá mientras recogían la tienda y se preparaban para volver al sur del valle de México. Hay menos tráfico hacia la basílica. Algunos peregrinos aún se dirigen hacia la Villa a pie. Aún hay gente de buen corazón a lo largo del camino, ofreciendo regalos, agua y comida. El sol calienta. Montones de basura se acumulan por todas partes, bolsas de plástico llenas de servilletas grasosas y huesos de pollo, pañales usados, restos de fruta, artefactos de la noche pasada. Entro sin problemas a la plaza de la Villa y busco entre las multitudes alguna señal de ellos. Toda la explanada está cubierta de danzantes regionales rindiéndole homenaje a la Virgen con sus tambores y cantos. Rezos e incienso salen de la basílica. La fe eleva el aire. El sol comienza a ponerse sobre la ciudad de México en ese ángulo raro que corresponde al final del otoño, como una imagen reflejada en un espejo cóncavo, naranja ardiente y rosa, con nubes monumentales. Subo sin muchas ganas por los escalones de piedra del cerro del Tepeyac, detrás de las dos basílicas y las capillas, paso entre árboles y fuentes. Aún espero encontrar a mis amigos. Pero sólo veo gente extraña reposando en los escalones y los descansos de la escalera. Algunos sostienen estatuas de Guadalupe en los brazos, como si fueran criaturas vivas. Algunos se toman fotos a treinta pesos frente a imágenes de Juan Diego con la Virgen. Me uno a los muchos peregrinos que se recargan contra las grandes piedras volcánicas para descansar un poco. En la Villa, para la Virgen de Guadalupe, el pecador no se distingue del santo, el paisano no es diferente del pocho. Junto con ellos, observo en silencio a la ciudad hervir en la luz amarilla.

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