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1 —¡Para, Gina, para! —berreó Henry, desde abajo de su cobija—. No sigas leyendo. Regina Halloway cerró el libro. Desde que su madre los dejó, hace casi un año, sin un beso de despedida siquiera, cargando solamente una maleta y un álbum de fotos, Regina había tenido que asumir por fuerza una serie de tareas extras en la casa. Tomando en cuenta la escuela, los amigos y un trabajo del que preocuparse, una porción importante de esas tareas —lavar la ropa y los platos, aspirar— quedaba sin hacerse por largos periodos de tiempo, hasta que papá reaccionaba y sonaba el látigo. La lectura de cuentos a la hora de dormir, sin embargo, jamás era dejada a un lado.

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Los Voradores

Gina se había cansado muy rápido de los típicos cuentos para niños y había decidido introducir a Henry a algo más sustancioso. Para ella, sustancioso quería decir “de miedo”. —Dijiste que no te asustarías. El bulto debajo de ella se estremeció. —¿Oye, pero en serio atraparon los Voradores a Jeremiah? —suspiró con ansiedad. —Claro que no, Henry, sólo es un cuento. —Es que..., mañana es veintidós de diciembre, Gina. Mañana en la noche es la “Noche de los Lamentos”. Gina jaló las sábanas descubriendo a un niño de ocho años, de ojos bien abiertos y con rizos locos, que apretaba angustiado su koala de peluche. —¡Ja...!, sabía que no podrías soportarlo —trató de levantarse, pero él la tomó del brazo—. Ya duerme. —¡Espera! —dijo Henry apretando su flaco cuerpo contra el de ella—. No te vayas... Le recordó a un cachorro que había visto en un documental del Animal Planet, acurrucándose contra su madre, buscando calor. Siempre fueron muy cercanos, incluso a pesar de la brecha de siete años que había entre ambos, pero ahora las cosas habían cambiado. Ahora buscaba su mano más seguido; se recargaba en ella cuando estaban sobre el sillón observando el televisor, y merodeaba por su habitación después de la cena, sólo para decirle: “hola”. No estaba madurando, tenía una especie de retroceso: estaba 10


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volviendo a ser un niño pequeño y asustado; esa dependencia la estaba sofocando. Henry estiró una mano y pasó los dedos por encima de la agrietada cubierta de piel café del libro. Era un diario viejo que Gina había encontrado en una de las cajas de paquetería que había desempacado en su trabajo de medio tiempo en la librería de viejo. La frase “Los Voradores” estaba escrita en la primera página con una letra inclinada y como patas de araña, como la página del título de una novela. Intrigada, Gina lo había guardado en su mochila. Cuando terminara de leerlo simplemente lo incluiría en el siguiente envío, así no habría daño alguno. Gina descubrió que el libro contenía una bizarra manera de contar, escrita a mano, sobre unos monstruos llamados “Voradores”, que podían apropiarse del cuerpo y la mente de las personas cuando estaban muy asustadas; pero, de acuerdo con el autor, sólo podían hacer esto una vez al año, en la Noche de los Lamentos, la noche del solsticio de invierno. Gina se preguntó si se trataba del primer borrador de una novela de algún autor, pero no encontró nada en su búsqueda en Internet que sugiriera que alguna vez se había publicado un libro llamado Los Voradores. El diario estaba denso. La letra temblorosa y la extraña forma de contarlo hacían que algunas partes fueran muy difíciles de leer. Aquí y allá había bocetos y símbolos espeluznantes que adornaban las páginas amarillas en intervalos irregulares, de 11


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manera que Gina no hallaba estructura a la locura del autor. El libro, en parte historia de fantasmas, en parte investigación cabalística y en parte desvaríos frenéticos, al mismo tiempo la cautivó y la perturbó. —No me gusta estar asustado, Gina. Pensé que... Gina acarició la tibia mejilla de su hermano y le ofreció una sonrisa fatigada: —Entonces, ya no más historias de miedo, ¿está bien? Henry asintió. En su jaula al otro lado de la habitación, el General Rechinidos, el hámster de Henry, corría frenético en su rueda giratoria. —¿Por qué te gusta estar asustada, Gina? —Henry bostezó. —No más preguntas. Si sigues despierto cuando llegue papá, ambos tendremos una razón importante para tener miedo. —Por favor, sólo responde ésta. Gina pensó en la pregunta. —Pues supongo que la respuesta más breve es que me sirve de entrenamiento. —¿Entrenamiento? ¿Para qué? —Pues para cuando haya verdaderas razones para estar asustado. —¿Estar asustado es entrenamiento para estar asustado? —los ojos de Henry se cerraron. Empezaba a quedarse dormido—. No entiendo. —Piénsalo así —le explicó Gina—: si no aprendes a estar asustado, nunca podrás aprender a ser

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valiente—. Y columpió los pies para bajarse de la cama, pero Henry la tomó del brazo otra vez. —No te vayas hasta que me quede dormido. No me dejes solo. Gina suspiró y se sentó de nuevo sobre la cama. El General Rechinidos terminó su maratón y pronto el único sonido en la habitación era la respiración de Henry. Gina besó en la frente a su pequeño durmiente. —No estás solo Henry —susurró—. Aquí estoy yo.

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Los Voradores  

Primer Capitulo del Libro los Voradores, revisen nuestras actualizaciones y disfruten este nuevo libro en www.nueva-imagen.mx

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