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LAS

DOMINACIONES Rafamateo, en esta ocasión dibujante.

LAS DOMINACIONES Jóse Luis C. · Rafamateo

ISBN: 84-611-3179-7

MORSA

9 788461 131792

Aristócrata, sadomasoquista, retorcido y bibliófilo. El autor de Las dominaciones se refugia en el anonimato para evitar ser reconocido por sus víctimas.

José Luis C. Ilustraciones de

Rafamateo


LAS DOMINACIONES


© José Luis C. © Editorial MORSA, 2006 Carmen, 89 Local 4 / 08001 Barcelona morsaed@hotmail.com

Diseño: Gabri, Rafamateo y el amigo japonés ISBN-13: 978-84-611-3179-2 ISBN-10: 84-611-3179-7 Depósito legal: B-48196-2006 Impreso en Romanyà Valls, S.A. Printed in Spain


LAS DOMINACIONES

José Luis C. Ilustraciones de

Rafamateo


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PRÓLOGO La decadencia fue un hallazgo de la modernidad como lo fueron la homosexualidad o la felicidad. Actúa como toma de conciencia en una época que se cree avanzada, evolucionada y lanzada hacia un futuro mejor. Por ello se dice que no hay decadencia sin progreso, en una feliz paradoja que convierte a esta en una mera receptora de las inmundicias, los residuos y las equivocaciones de un tiempo anterior. No pertenece a nadie pero solo unos pocos consiguen aprehender y transmitir sus retorcidas certezas y sus atildadas aristas creando una literatura tan perturbadora como anhelante. Los epígonos del siglo XIX devinieron tiempos decadentes. La umbría bruma del fin de siglo trajo consigo la emergencia de un mundo nuevo, pautado por un incesante individualismo y por unas nuevas construcciones sociales -capitalismo y burguesía- que marcarían el futuro. Este alumbramiento se hizo a la contra de la tradición, de sus formas, de sus rituales y de sus creencias. Es en este marasmo voluptuoso donde eclosiona la decadencia como frontera, como pliegue, como respuesta a


una quiebra de intereses y necesidades. Traspasado el Romanticismo, la decadencia aparece como una extravagancia en un mundo bullicioso que se descubre así mismo. Un mundo pululante de viajeros, comerciantes y aristócratas que decide asentarse y conquistarse. Frente a las nuevas esperanzas que afloran, los decadentes se establecen en el sueño de la realidad, se envuelven en el exotismo, se visten de estetas, aunando artificiosidad, inconsciencia, autodestrucción y frustración. No de otra manera se entiende la obra de Huysmans, Lorrain, Mirabeau, Pater y D´Annunzio, ¿Y España? Debido a su atraso la decadencia llegó tarde, de una manera desteñida y diletante pero no por ello menos sabrosa en la que, sin duda, destacan la producción de Hoyos y Vinent o los libritos de Álvaro Retana. En definitiva, todos estos personajes, y muchos más, conforman esa nebulosa de malditos, de alquimistas de las letras y de la tradición que destilan la esencia de la vida y decantan la frágil intensidad de la sangre, el poder y la belleza. Y con las vanguardias llegó la muerte, como en todo.


¿Hay lugar aún para la decadencia en un futuro sin porvenir? -se preguntaba Pierre Chaunu. Con este libro el autor propicia un doble reencuentro. De un lado, con una época pasada y bella; de otro, con una forma de narrar perdida, lo cual hace más seductora su lectura. En estos tiempos en los que el feísmo se ha apoderado de todo, el hastío es rampante y la velocidad, excesiva, donde la transparencia ha triunfado, sobre todo la peor, la del significado, la que vacía de contenido a las palabras, la que hace fútiles los discursos, la que sirve de alimento a la verborrea inconsciente e inconclusa, es entonces cuando la decadencia adquiere toda su grandeza. Lejos de villanos bucolismos y de pueriles nostalgias, en Las dominaciones la evocación queda plasmada, la ironía, agazapada, y el recuerdo, presente. La decadencia ha vuelto, recuperando el olor y el hedor de un mundo acabado pero no olvidado.

Miguel Ángel Bustamante


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Hizo el cielo justicia bíblica y el primogénito murió con una premura razonable. Sin embargo, había tenido la poca delicadeza de matrimoniar previamente y engendrar un odioso vástago, a quien no me molesté en conocer, convertido en jovencísimo duque de la Tour de Morvan y heredero del patrimonio de mi familia. Yo no había sido mencionado en el testamento de mi hermano. Era un desencuentro más en una relación que bajo ningún prisma, ni siquiera a través de los nefandos cristales preciosos de mi amigo ya citado, hubiera podido calificarse como fraterna. Además de la diferencia de edad, mi difunto hermano y yo cultivamos las aficiones más dispares, los más encontrados caracteres, las amistades que a la recíproca podíamos considerar más detestables. El único recuerdo especial que conservo de Henri, con ese nombre lo cristianaron en honor al príncipe heredero legítimo, pertenece a mi niñez cuando me ocultaba tras los cortinajes que separaban nuestras dos habitaciones para espiarlo mientras se desnudaba. Y aunque yo era demasiado pequeño y aún no había 19


aprendido el índice completo de los pecados para disfrutar cometiéndolos, intuía algo prohibido y excitante en contemplar a mi hermano despojarse lentamente de las blancas camisas de encaje o de los pantalones de montar. Y en algunas ocasiones, la tensa y peligrosa espera reportaba el fruto más apetecido: Henri se quitaba sus prendas íntimas mostrando ante mí el todavía remoto misterio de un pene hermoso, oscuro y rodeado de desconcertante vello negro que, para confirmar su carácter mágico, variaba de tamaño de forma caprichosa. Creo que nunca, ni en los más sofisticados tratos amatorios, sentí la excitación de aquellos breves instantes. Mi hermano no percibía mi espionaje, creí durante un tiempo, de ahí la naturalidad con la que se desvestía, sin entretener su mirada y sin tampoco apresurarse como quien se cree vigilado. Más adelante cambié de opinión: Henri se sabía observado. Su parsimonia inalterable al desnudarse que antes confería seguridad a mi labor de espía, se me antojaba ahora prueba de lo contrario: una lenta, disimulada y ambigua exhibición que solo puede hacerse en la pubertad, la edad en la 20


que el sexo es un personaje teatral, burlón y huidizo que todavía no ha pasado del entremés al drama. Un trasgo que se aloja aún entre las piernas y no en la boca ni en los pliegues del alma. Para mí estos episodios, y no otros, explicaban el odio que mi hermano siempre me profesó. Dado que no había desarrollado mis tendencias homoeróticas y que había encauzado su vida amorosa por las sendas que la tradición y el decoro tenían por correctas desde la decadencia de los romanos, había asumido con horror la inmoralidad de aquellas exhibiciones y me culpaba de tan extraños y condenables titubeos de su hombría que, sin duda, no había confesado ni en el sacramento de la penitencia. O al menos eso creía yo. Pero eran los problemas financieros, y no los húmedos recuerdos de mi infancia, los que aquella mañana me retenían caviloso en mi despacho y me impedían acompañar a Lianne de Pougy, o a cualquier otra furcia de altos vuelos, a cabalgar por el Bosque de Bolonia. Mis ojos enrojecidos contemplaban los fascinantes bibelots del salón, quizás llamados a ser mudos testigos de un final trágico tan al 21


gusto del momento. La reina impía Jezabel, con su amarillenta carne semidesnuda en aquella tabla de Gustave Moreau que pendía sobre el sofá de damasco, parecía decidida como nunca a arrastrarme en su fatal sino. Y los perros bíblicos del óleo se me antojaban con unas caras muy similares a las de mi sastre, mi joyero y mi tendero. Vender mis porcelanas envidiadas por Dubouché, los bellos camafeos Luis XV, la plata y los demás accesorios de mis hábitos cosmopolitas parecía la única salida momentánea. Mi amigo Amaury de Saint-Maxent me había sugerido, la noche anterior, enajenar el tiziano, oscura cabeza de apóstol que decoraba mi despacho. Pero aquel supuesto tiziano no era más que una falsificación tan meticulosa que engañaba a los más expertos en pintura, cuanto más a un mentecato como Amaury. A la buena imitación, hecha por un hábil desconocido, contribuí ennegreciéndola con el humo de numerosas llamas y velas e incluso exponiéndola a las inclemencias del tiempo, con un resultado final de desgaste como si hubiera estado siglos prendida en el sofocante sahumerio de una lúgubre capilla italiana o española. 22


De España, precisamente, traje en tiempos más prósperos la incorrupta mano de un santo en un relicario de plata y perlas. El momificado y desmejorado miembro, piadosamente segado en el barroco, quizás elegido por los labios de Felipe II entre miles de reliquias de taumaturgos, me imponía cierto respeto. Y aunque jamás había experimentado en una iglesia otros sentimientos que los de admirar la magnificencia de los ternos y los himnos, o el orgullo de exhibirme ante una concurrencia escogida, como en los funerales anuales por Luis XVI o en los oficios de tinieblas del Viernes Santo, rogué a la consumida mano que, a través del cristal, indicara una salida a mi situación ruinosa. La acerqué a la lámpara de gas que siempre ardía en mi despacho: «si alguna vez has hecho un milagro, repite hoy el prodigio y así no serás una mano absurda e inútil». Aún dudo si aquello fue casual o se debió a una intervención prodigiosa. Y qué opinarían, en la segunda opción, los restantes despojos del santo varón amputado. Dos fuertes golpes de aldaba sacudieron la vivienda e instantes después el descarado 24


mayordomo que tenía entonces a mi servicio -su impertinencia la otorgaban el exhaustivo conocimiento de todos mis vicios y el elevado importe de sueldos no cobrados- plantó ante mí sin más palabras una bandeja de plata con un sobre lacrado que acababan de entregar, reprimiendo el íntimo deseo de golpearme, de camino, con la bandeja en la cabeza. La carta en cuestión venía ribeteada con un filo tan negro como mi economía y traía el blasón de los Tour de Morvan rematado con la corona ducal que el destino tan injustamente me había hurtado. El duelo, pensé, sería por la defunción de alguna de esas remotas tías abuelas cuyos nombres apenas recordaba. Al extraer la misiva, con idéntico festón mortuorio, el administrador de la familia me comunicaba, gran sorpresa, el fallecimiento de mi cuñada la duquesa viuda de la Tour de Morvan. Por ser el más cercano pariente y no haber testado la bruja, este epíteto, claro está, no lo consignaba el administrador, yo estaba llamado a ser tutor y albacea de mi sobrino Bertrand, de catorce años de edad, hasta su mayoría legal. El destino acudía por fin en mi socorro y las miserables 25


cuentas que antes me apremiaban perdieron lógica ante la posibilidad de administrar una vasta fortuna de la que, con inteligencia, obtendría numerosos beneficios. De inmediato ordené a mis criados preparar la partida. Vestí ropas de duelo y escribí como despedida de aquel París al que pensaba volver triunfante una tarjeta explicando los deberes que me reclamaban en provincias, deberes que sin duda todos interpretarían con acertada malicia en el Jockey Club, donde mandé depositarla. El Jockey, nacido a semejanza de los clubes hípicos ingleses, era el más restringido de los círculos privados de París. Agrupaba a los más altos linajes: «los semidioses del Jockey» escribió, más tarde, Marcel Proust entre la devoción y el desprecio. Yo hacía varias semanas que no pisaba sus suelos alfombrados: no pagaba las cuotas y en varias ocasiones los sirvientes me habían tenido que llevar ebrio hasta mi coche. Pero el vaso lo había colmado el asunto Hirsh. El riquísimo barón Hirsh pretendió ingresar en el Jockey, y yo fui de los pocos en avalar su candidatura, sabiendo 27


que la prosapia del barón se limitaba a un par de generaciones, pero acallada mi conciencia con los miles de francos que Hirsh me prometió. Pese a mis desesperados intentos por convencer a los socios, no logré variar la implacable matemática del club, en la que una bola negra anulaba cinco bolas favorables al votar las admisiones. Yo me quedé sin los francos, pero aún peor resultó el despecho del barón: con su fortuna plebeya adquirió el edificio de la calle Helder donde se ubicaba el club, desalojando todas sus instalaciones y poniendo en la calle a los semidioses. Algunos habían prometido recibirme a tiros si aparecía por la nueva e improvisada sede de la calle Scribe. Mientras el equipaje era subido a la berlina me contemplé por última vez en un espejo neoclásico, único representante de la mesura en la marejada orientalista de mis salones. Sonreí complacido. El pelo y los ojos oscuros y por entonces brillantes ofrecían el mejor contraste con mi rostro alérgico a la luz. Era agraciado a mis veintinueve años: facciones regulares, labios algo finos y una nariz ligeramente afilada se habían combinado, en el infinito azar de las fisonomías, para obtener 28


como premio la admiración de las mujeres y los hombres. Ajusté el lazo negro y compuse las solapas de mi redingote, tomé la chistera rodeada con una cinta de gasa, los guantes de piel y escogí un negro bastón rematado por la cabeza de un águila de aire bonapartista –escandalosa por ser todos mis parientes fieles a los destronados Borbones– para abandonar la vivienda que horas antes temí perder y ahora consideraba infame. El entelado violeta del horizonte destacaba nuestro castillo sombrío. Era una construcción medieval que, a diferencia de otras fortalezas francesas, apenas había alterado su aspecto en los siglos posteriores. No la habitaban más fantasmas que los velados recuerdos de mi padre y mis tutores, y estos, más molestos que impresionantes, me impedían apreciar con objetividad su valor histórico y el acierto de sus proporciones. Dos criados ayudaron a descender mis bolsos de viaje. El administrador y otros sirvientes me recibieron al pie de la escalera con las manidas fórmulas de condolencia. El gran escudo de piedra con las armas de la familia, leones y grifos dispuestos en sotuer, se encontraba cubierto por un paño de terciopelo negro. 29


Crucé el amplio vestíbulo, entre reverencias de lacayos y doncellas, hasta llegar a la sala donde habían instalado la capilla ardiente de mi cuñada. La penumbra de la habitación se acentuaba con las colgaduras negras en las paredes; seis cirios, tres a cada lado, flanqueaban el féretro abierto. Allí estaba Béatrice, la viuda de mi hermano, amortajada con un hábito carmelita cedido por unas monjas cercanas. Sus manos desnudas se cerraban sobre un crucifijo y sobre el enredo piadoso de un rosario. A un lado, el abad De Couserans rezaba unas letanías casi ininteligibles, contestadas con la misma monótona vaguedad por diversas damas de la provincia a las que saludé con una inclinación de cabeza. Delante del ataúd, en un pequeño cojín, se hallaba la condecoración que por sus obras caritativas la Santa Sede había otorgado a la difunta. A un lado los antiquísimos estandartes de la familia, liberados por unas horas de sus vitrinas. Hice un gesto de aprobación, no me enternecía el postrero homenaje a mi hermana política pero las solemnes exequias familiares halagaban mi propia vanidad. 30


Al aproximarme al féretro, simulando rezar unos instantes, comprobé con sorpresa el favor que la muerte había otorgado al rostro de Béatrice. Sus facciones, algo regordetas en vida, estaban ahora afiladas. Una palidez virada a pedernal y la expresión de serenidad y absoluto reposo conferían a la muerta un aire de majestad del que nunca había gozado. Besé el anillo del abad y me interesé por mi sobrino. El muchacho, desolado por el fin repentino de su madre, mostraba tal abatimiento que su presencia en la capilla ardiente y el entierro había sido desaconsejada por el médico. Lo aprobé y en mi interior le deseé una salud quebradiza. Al alba se celebró el funeral de córpore insepulto en la capilla del castillo. Un lento y solemne réquiem con ornamentos negros: bordados con las armas de los Morvan el antipendio del altar, la casulla del obispo, la dalmática del diácono y la tunicella del subdiácono. La nobleza acudió a despedir a su noble vecina: las mujeres cubiertas por espesos velos negros, los hombres con levita. Tras ser bendecido y asperjado el féretro nos dirigimos 32


hacia el panteón familiar, neogótico como en un buen relato decadente, única novedad en el arcaico dominio. Caminé detrás del clero con aire taciturno. Unos pasos atrás ese grupo de tíos y primos, solo los hombres, que parece no tener en la vida otro cometido que ser la comparsa de entierros y bodas; seguían los amigos de la familia y por último, la servidumbre y los labradores del feudo. Una vez depositado el cadáver en la cripta y cantado el último responso agradecí a todos su asistencia y creo que a todos impresionaron mis buenas formas que hacían olvidar, a quien las recordase, mis impertinencias de adolescente o la mordacidad de alguna crónica parisina que por casualidad hubiera llegado en algún periódico viajero. Mi sobrino se encontraba más recuperado, me informaron después, habían logrado que tomara algún alimento. Pedí que lo trajeran y durante los minutos de espera, sentado en un apolillado sillón granate del admirable salón Renacimiento, estudié la actitud entre paternal y displicente que había de adoptar con aquel mozalbete al que no conocía, sin 33


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duda tan melifluo como sus padres, quizás obeso y asmático. El mayordomo abrió las puertas con innecesaria ceremonia franqueando el paso a un muchacho que, para mi sorpresa, era alto y esbelto, muy desarrollado para su edad y con unas facciones que aún hoy evoco como perfectas. La inocencia de sus pocos años no producía en él esa expresión bobalicona de muchos adolescentes. Por el contrario, la franqueza limpia de una mirada verde con estrías de oro, como cuchilladas en un restaño, le concedía una expresión de resuelta nobleza. Su cabello, rubio oscuro, caía a un lado de la frente. Una turbación mudó mis propósitos y el calculado discurso para intimidarlo naufragó como un barquichuelo que cayera por los bordes líquidos del fin de la tierra. Extendí sin voluntad la mano y mis ojos, tan expertos en catalogar y tasar la belleza, se perdieron en aquellas pupilas penetrantes. El muchacho tocó mis dedos con una sonrisa tímida y triste pero en ningún modo desconfiada. No estaba prevenido, al parecer, de que el mundo es menos sencillo 35


que en las láminas de los manuales y los salmos. No era yo el único en reparar en su hermosura. Durante los días siguientes, mientras asistíamos a las misas gregorianas que por el descanso de su madre se aplicaban en la cercana abadía benedictina, todos comentaban, según se me dijo, el extraordinario porte y la belleza del casi niño duque de la Tour de Morvan y de su joven tío. Vestidos con elegantes trajes de duelo destacábamos sobre el dosel -no digo como unos príncipes pues la mitad de los príncipes de Europa no alcanzan el pedigrí de nuestros perros- en el estrado reservado junto al presbiterio para los Tour de Morvan, patronos de sangre de la abadía. Y aunque yo seguía envidiando que mi sobrino, por su primogenitura, fuera el centro de las reverencias y de los ritos ante el túmulo vacío, como buen diletante me enorgullecía tal prestancia en uno de mi sangre. No me provocaba solo orgullo: pronto necesité el roce con aquel muchacho con más avidez que cualquier narcótico que hubiera consumido en el pasado y, saltando de un pretexto a otro, acercaba mi rostro 36


para sentir su aliento u obtener un leve contacto con su mejilla suave o su cabello. Fui buscando su compañía, al principio limitada casi a la cena y a las mencionadas misas de sufragio, pronto multiplicadas las horas con paseos, ratos de lectura y entretenidas charlas. A veces escapábamos por una puerta trasera huyendo de alguna molesta visita de pésame con la que pretendían castigarnos el galeno, el boticario o el leguleyo del pueblo, ridículamente compuestos con su traje de domingos. Bertrand permanecía ajeno a mis verdaderos deseos, y sin duda sentía un creciente afecto por aquel casi desconocido hermano de su padre que venía a redimirlo de las plúmbeas peroratas de sus preceptores para pasear a caballo o recordar anécdotas divertidas de la fútil sociedad parisina. Huyendo de cualquier sentimiento puro, víctima de mis lecturas y de mis hábitos, me ocupé en transformar el deseo en una oportunidad para vengarme de ese hermano muerto del que sufrí tantos desprecios. Determiné que, mientras disfrutaba de las rentas del inmenso capital, me dedicaría a convertir a su indefenso hijo no 37


ya en un ciudadano de Sodoma, nación intemporal e irreductible que no necesita proselitismo, sino en un completo degradado. La tarea no parecía complicada en exceso. Conforme transcurrían las semanas notaba la creciente simpatía de mi sobrino, fascinado por la elegancia de mi atuendo y mi amable trato. Cada vez que ponía las manos sobre sus hombros, mis suaves y discretos perfumes provocaban en él un agradable bienestar. Lo inicié en pequeños vicios como el tabaco, el rapé y los demás ritos del hombre mundano que lo hacían sentir importante y maduro, y que yo adornaba con el empleo de costosas cajitas labradas y elegantes boquillas de importación. Se incrementaba nuestro contacto físico con besos, abrazos, caricias en las que el inocente no veía más que un afecto paternal que amortiguaba su soledad de huérfano. Impuse la costumbre de dar largos paseos por los frondosos parajes que rodeaban la fortaleza, propiedad inmemorial de nuestra familia. Con frecuencia nos sentábamos sobre el césped durante horas. Yo le insistía en que llevara algún libro 38


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de estudio, lo cual me permitía portar novelas de cuya lectura fingía gran placer y diversión. Se trataba siempre de obras inmorales, de contenido libertino y corrosivo, las peores filosofías del tocador, que posteriormente abandonaba olvidadas sobre cualquier mueble del castillo con la esperanza de que mi sobrino las hojease. Como el chico estaba demasiado bien educado para coger los libros, se los ofrecí directamente explicándole que, por estar ya convirtiéndose en un hombre, debía conocer los usos del mundo. Evidentemente yo debía obrar con cierta prudencia para no provocar una reacción imprevista, un escándalo que empujara al muchacho en brazos de su confesor o del fiel administrador de la familia. La llegada del verano y sus elevadas temperaturas me brindaron una inmejorable excusa para desnudarlo. Cierta mañana, tras una caminata intensa, le sugerí bañarnos en un lago que pertenecía a nuestras tierras. Bertrand mostró cierto azoramiento aunque no se atrevió a contrariarme. Yo me desvestí con naturalidad mientras pronunciaba frases superficiales. En el tiempo que empleé en quedarme totalmente desnudo 40


el chico se había quitado tan solo las botas, y contemplaba de soslayo el suave vello de mi pecho y mi pene, que se encontraba semierecto. Insistí en que se desnudara sin pudor, pues estábamos entre hombres y además parientes, y acto seguido me zambullí en el agua invitándole a seguirme cuanto antes. Finalmente se despojó de toda la ropa, no tenía vello en el cuerpo, salvo un poco sobre su miembro, que parecía bastante desarrollado para un chico de su edad. Las piernas eran fuertes y su torso pálido y flexible acrecentó mi deseo. En el agua jugué con él, salpicándole, luchando, intentando derribarlo con mis piernas. Tras el baño nos tumbamos al sol. Con mi pañuelo le fui secando el pelo, muy despacio, diciéndole que su cuerpo era muy bonito. El chico estaba turbado, enrojecía por momentos, pero no se movía y se dejaba acariciar. Le expliqué que me había satisfecho verlo desnudo y comprobar que no tenía ninguna malformación que le impidiera procrear y perpetuar nuestro linaje, mientras señalaba con los ojos su pene. Dije que no solo lo tenía correctamente formado, sino que era sin 41


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duda de un tamaño que proporcionaría un gran placer a cualquier mujer a la que se lo introdujese. El jovencito estaba cada vez más excitado, mis caricias y mi conversación hacían crecer cada vez más su miembro. Hizo un débil intento por incorporarse pero mis manos, a la vez suaves y firmes, lo retuvieron sin apenas esfuerzo. Le sugerí que comprobáramos si además le funcionaba bien. En aquel momento su pene estaba totalmente enhiesto y con un tamaño y un grosor que, he de confesarlo, lo hacían bastante superior al mío. Deslicé mi mano hasta aquel cetro y cerrándola sobre él, empecé a tapar y destapar su glande en una lenta masturbación. Aquello fue solo el comienzo. Al día siguiente succioné su verga ansiando calmar mi sed con el espeso licor de su juventud y en una semana era yo quien introducía al muchacho el pene dentro de la boca. Fueron unos días felices, luego lo supe, pero en aquel momento el sexo ahogaba otras emociones, y la demora empleada en seducirlo sin escándalos propició un obsesivo afán por aprovechar aquel hermoso cuerpo de todas las formas posibles. La carencia de 43


afecto que sufrí durante toda mi vida tal vez se enmascaró con disfraces equivocados. No detuve nuestras prácticas en las relaciones homosexuales consabidas. Cada día exigía más de aquel muchacho y cuando se resistía a darme algo, lo tomaba casi por la fuerza. Nuestros juegos sexuales se iban endureciendo y le obligaba a adoptar roles en los que el sometimiento y la humillación le descubrían impensadas cartografías de la lujuria. Dudaba yo si entregarlo a algunos criados que, por una cantidad de dinero o la posibilidad de follar un culito joven, habrían sin duda cooperado en mis planes, o bien llevar al chico a París a casa de madame Bernarda, célebre travestido portugués que, al alcanzar el clímax, desvirgaba a los jóvenes introduciéndoles un bastón de mando que, decía, había pertenecido a un virrey de La Plata cuando una misiva me anunció una visita muy apropiada, la de Alhakem Pachá. Alhakem, de entre lo peor de mis amigos, era un degenerado jedive de cuarenta y largos años. Desposeído de su título de príncipe otomano, condenado a muerte en Túnez y en Egipto, residía refugiado en una villa 44


del sur de Francia con los caudales arramblados en su huida, envuelto en una leyenda terrible, de sobra justificada, que lo aislaba de la buena sociedad. Llegó Alhakem a la semana, acompañado por un breve harén de efebos compuesto por seis jovencitos de diversas nacionalidades. No solo traía su serrallo masculino: en varios carruajes venían algunos de sus invitados y de los fenómenos que, habiendo explorado todos los vicios, precisaba el sátiro para excitarse. Integraban el cortejo Cagliostra, una aventurera italiana que se pretendía la reencarnación del mítico alquimista; un afeminado sobrino del maharajá de Odaipur, expulsado de varias universidades británicas; un hombre con dos penes, un esclavo utilizado por Alhakem para sus prácticas más escatológicas; dos enanas lesbianas; una monja exclaustrada y huida de su congregación y cuatro fornidos guardias negros que hacían con el jedive mucho más que protegerlo. En la cena senté a mi derecha a la condesa Cagliostra, y a mi sobrino el duque lo situé entre Alhakem, cubierto de cadenas de oro, y el príncipe hindú, que había bajado de su habitación vestido de mujer con 45


un sari de color naranja y la marca de la casta en la frente. Yo había dado libertad al servicio, reteniendo solo a dos tunantes de mi confianza a los que hice vestir de librea y servir una cena a base principalmente de marisco, famoso como afrodisiaco, aunque personalmente detestaba todo lo marino. Después de los postres, estábamos todos bastante bebidos. La italiana distribuyó los naipes sobre la mesa con los interminables dobleces de la cartomancia. Me pronosticó sufrimientos de los que entonces me burlé y, tras más licores, subimos hacia las habitaciones de la planta superior, donde esperaba el resto de la tropa de Alhakem. Por la escalera el jedive comenzó a palpar el culo de mi sobrino, mientras el travestido hindú agarró, con gran tintineo de dijes y pulseras, el bulto entre sus piernas. Bertrand, asustado, me buscaba con la mirada. En la puerta de la alcoba principal de invitados me detuve y entregué a mi sobrino, literalmente arrastrado hacia adentro, en manos de aquel depravado circo. Mi venganza era completa. Aún hoy me interrogo sobre mi conducta: no veo clara la razón por la que abandoné a mi joven pupilo 46


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en las manos de Alhakem sin ni siquiera imponer mi presencia. Me masturbé solo en mi habitación, me enervaba imaginar la orgía que se celebraba en el piso superior. Pero una vez hube concluido, los pensamientos que antes me excitaban comenzaron a inquietarme y a provocar una desazón en la que hoy reconozco los celos. Me imaginaba el terso y suave ano de mi sobrino penetrado una y otra vez por el miembro de Alhakem, al que atribuían un tamaño descomunal las pocas veces al año en que lograba levantarlo, secundado tal vez en la faena por los penes de sus mantenidos y de sus guardias. Imaginaba la lengua de Cagliostra, larga y venenosa, introduciéndose en la boca que no había conocido antes otros besos que los míos. Imaginaba los dos sexos del hombre fenómeno puestos quizás sobre el delicado rostro del hijo de mi hermano. Imaginaba al cobrizo travestido apretando su culo femenino contra aquellos genitales que no habían sentido otras que mis caricias. Daba vueltas en la cama con un martilleo en las sienes y un sudor húmedo y febril. Pero me faltó valor para subir y suspender todo aquello. Sentía miedo, 48


miedo al ridículo, miedo a las burlas de Alhakem y tal vez a su violencia y miedo, sobre todo, a encontrar tras la puerta solo placer en la expresión de Bertrand. A la mañana siguiente me crucé con mi sobrino en el comedor, su semblante era muy serio y no me dirigió palabra. Al buscar en sus ojos no hallé más que reproche teñido de incredulidad. Yo descubrí los sentimientos que profesaba a Bertrand destruyendo los que él pudiera sentir hacia mí. En los días posteriores disfracé todos mis actos de una absoluta normalidad, omitiendo cualquier referencia a Alhakem como si su inoportuna visita no hubiera tenido lugar. Se impuso un silencio curativo: nada decía yo para no agrandar aún más la brecha entre nosotros y él callaba como un animal apaleado que se muestra sumiso para evitar nuevos golpes. Crepitaba el fuego en la chimenea y yo aprovechaba los crujidos de la leña seca para poder respirar profundamente. Pasaron las semanas y nuestros cuerpos se buscaron de nuevo, volvíamos a nuestra vida anterior pero solo en apariencia. Nuestras relaciones no conocieron, desde entonces, sino un creciente deterioro: en el 49


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lecho Bertrand solo buscaba desenfreno y todos mis esfuerzos por obtener una caricia o un abrazo afectuoso resultaban inútiles. Fue creciendo y el paso de los años aumentaba su poder sobre mí. El guión había cambiado y en nuestra relación yo resultaba cada vez más sometido. Mi afán por complacerlo y su creciente potencia sexual le conferían una creciente autoridad. Él ahora me penetraba habitualmente, me ordenaba lamerlo, y decidía cuándo y dónde volveríamos a estar juntos. Había tomado la costumbre de orinar sobre mi pecho y mi rostro, lo que en un principio me causaba gran excitación, pero pronto forzó mi mandíbula con sus dedos obligándome a recibir en la boca el oro líquido, que yo encontraba ácido y salado, desagradable como una bocanada de mar caliente. Su cuerpo estaba cada vez mejor moldeado. En tres años se había sembrado de vello y sus músculos aparecían ahora más dibujados. Sus facciones, algo más duras, seguían siendo tan perfectas o más que cuando llegué a Morvan. Las mujeres suspiraban cuando salía a montar a caballo. Era un mozo magníficamente corrompido. 51


Era yo, y no él, la víctima de mi propia estrategia: una araña que comprueba que la mosca aparecida en su tela es en realidad otra araña de mayor tamaño. Bertrand me negaba con más frecuencia sus favores y, para admitirme en su cama, me exigía la compañía de otro joven. Debía buscar entre la servidumbre o los campesinos del feudo muchachos atractivos que a cambio de dinero compartieran, de mejor o peor gana, nuestro lecho. Aquellos tercetos fueron pronto la única forma de acceder a mi sobrino, pero los comentarios crecían entre nuestros criados y feudatarios y me obligaban a reclutar amantes a más distancia y a gastar sumas de dinero que empezaban a resultar elevadas. Bertrand se cansaba pronto de las novedades y exigía otras. Con frecuencia algún espejo devolvía mi imagen, cada vez más ridícula, a los pies de la cama como un perro, contemplando como mi adorado fornicaba con algún joven labriego. Mi rostro comenzó a acusar los estragos del tiempo y de una tortura amasada de deseo y frustraciones. Mi mundo quedaba cada vez más reducido a satisfacer sus apetencias y meditar sus desprecios. 52


Por eso me alivió la visita de mi prima Eléonore, una de los pocas mujeres de la familia a la que había tratado más complacido que obligado. De gran belleza, exquisita, frívola, divertida y maravillosa, había pensado con frecuencia en ella como en un alma gemela y no me hubiera importando desposarla si la providencia no me hubiera hecho tan poco excitable por las mujeres. Una especie de amor sublime y caballeresco, de entendimiento espiritual, ardía desde siempre entre nosotros. Nacida Tour de Morvan, Eléonore estaba casada con un príncipe Kodenski que le doblaba la edad. Durante seis meses residía en Rusia en el palacio de su esposo. La otra mitad del año, mientras el marido permanecía al cuidado de sus tierras, viajaba ella por Europa atravesando sus diferentes países con pasaportes francés, ruso, polaco o austriaco, naciones todas que reconocían la dignidad principesca de su familia política. Jamás la olvidaré ascendiendo la escalinata del castillo, precedida por un jovencísimo groom asiático que sostenía dos perritos igualmente orientales, envuelta en pieles blancas, más erguida y majestuosa que nunca 53


al tender sus manos enguantadas a mi sobrino y a mí. A las ocho ordené servir la cena en nuestra mejor porcelana blasonada. Llevaba mi prima un sobrio vestido de terciopelo morado que resaltaba aún más su empaque. Los primeros platos transcurrieron en un clima muy agradable. La princesa nos relataba sus atroces experiencias en París, obligada a tomar graves decisiones en ausencia de su marido. Así, al recibir en su hotelito de la calle Rivoli, se encontró con la difícil duda de otorgar preferencia en la mesa a un príncipe de Orleans, llegado de incógnito, o a un gran duque Romanov en misión plenipotenciaria, comprometiendo tan delicada cuestión por un lado su monarquismo galo, por otro los intereses rusos de su esposo. No acababan ahí sus vicisitudes: obligada a escoger en la joyería de Mellerio entre dos fastuosas diademas, había optado al final por adquirir ambas, arreglo más sencillo que el de la preeminencia en la mesa. Tan precipitada locura habría de acarrearle sin duda severas amonestaciones de su cónyuge, que ya sufragaba bastantes dispendios tolerando su nomadismo. 54


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Arrepentida, se había impuesto una reducción draconiana de los gastos de viaje y, para inaugurar la política austera, había plantado con gran pesar en plena calle a dos doncellas polacas que la acompañaban, sintiéndolo por las pobrecillas que no hablaban ni palabra de francés. Qué habrá sido de ellas. Nos comentó, rápidamente consolada, el tedio que suponía visitar a los duques de Uzès, primer título de Francia en el protocolo capeto. Convine con ella en que debía serlo sin duda en la modalidad de aburrimiento por más que los duques trataran de rodearse de un aura de cultura y modernidad. La generosidad de los caldos comenzó a desatarle la lengua y nos relató, con gran divertimento, la increíble anécdota de Solomanta, la bella bailarina negra célebre por sus desenfrenadas danzas tribales. Parece que en Estambul el emperador turco había querido premiar el entusiasmo en la cama de la africana. Y, en broma, ante sus dignatarios más íntimos, le había prendido una condecoración en el vestido justo sobre el lugar entre las piernas que el agradecimiento imperial evocaba. 56


Solomanta, ingenua, había creído al parecer que los reglamentos de esa orden prescribían tan peregrino lugar a la venera. Y así, la pasada semana, en una fiesta en las Tullerías, se había presentado la salvaje ante Sus Majestades Imperiales con la condecoración en el coño, entre la perplejidad y los murmullos de la corte francesa. La hilaridad estalló al mostrar Napoleón III un jocoso interés por la medalla y su sorprendente ubicación, inclinándose como si calibrara añadir un nuevo galardón a Solomanta. Se dijo que, a continuación, Sus Majestades habían tenido una escena en un gabinete contiguo, con voces por parte de la emperatriz tan desmedidas que su propia hermana, la duquesa Paca de Alba, había recordado para apaciguarla el origen púbico del Toisón de Oro. Al hilo de las proezas amatorias de Solomanta, mi sobrino trazó comparaciones con mis fallos en el lecho, haciendo alusiones a mi potencia y dotación tan soeces que hube de hacer grandes esfuerzos para no provocar un altercado ante mi prima. Eléonore, con su habitual prudencia, abandonó la mesa pretextando cansancio y, como una estatua en 57


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movimiento, subió hacia su habitación arrastrando la larga cola de terciopelo. Deseé golpear a mi sobrino pero sobre la indignación triunfó en mi ánimo la melancolía, que él agravó con su expresión burlona. No acabaron ahí los tormentos. A medianoche percibí ruidos furtivos y, enfundado en un batín y alumbrándome con una palmatoria, llegué hasta la puerta del dormitorio que ocupaba mi prima predilecta. Empujándola descubrí a Eléonore sobre la regia cama, parecía inverosímil tener las piernas tan abiertas, mientras Bertrand, con una camisa desabotonada como única prenda, le introducía una vez y otra su miembro viril. Ella se elevaba en cada violento empuje como si la estuvieran empalando. Jamás la olvidaré, con aquel supremo gesto vicioso, rígidos los movimientos como si el hinchado pene ocupara la totalidad de su interior. Sentado en el suelo el paje anamita, que se había colocado en la cabeza una de las fulgurantes diademas de Mellerio, perseguía con la lengua el pie izquierdo a su señora. Completaban la escena los dos perros chinos dando brincos alrededor. Estupefacto por todas estas traiciones de tan distinta 59


naturaleza, pero igual de dolorosas, que me inferían Bertrand y Eléonore, dudando si romper a llorar o introducirme en aquella cama, fui golpeado de nuevo por la voz áspera de mi prima rogándome que no hiciera el ridículo y me llevara los perros. A la mañana siguiente partió la empalada princesa. No quise aparecer: desde mi ventana vi a mi sobrino ayudarle a subir al carruaje con expresión satisfecha. Era, de forma indiscutible y definitiva, el dueño de la casa y yo, acostumbrado a ser siempre el protagonista, me había convertido en una sombra desterrada de mi propio universo. No volvimos a tener relaciones carnales, evitábamos comer juntos, casi no intercambiamos palabra. Un tiempo después Bertrand alcanzó la mayoría de edad. La puntual visita del administrador y el notario lo puso al tanto de sus bienes y derechos. Por la noche me pidió que cenáramos juntos para celebrar su aniversario. Según sus indicaciones me vestí de etiqueta. Las facciones de mi sobrino me recordaban las mías a su edad. Analizaba mis palabras y me contemplaba 60


entre el ejército de copas y candelabros de plata. Su mirada me juzgaba sin piedad. Justo al concluir entraron tres mozos distintos a los que habían servido la mesa. Me cogieron en volandas con la silla incluida. Me bajaron por las escaleras del castillo y, sobre el suelo empedrado, me propinaron tal paliza que me rompieron varios huesos y parte de la dentadura. A rastras hube de llegar al camino. No volví a ver a Bertrand jamás, o casi. Yo malvivía en un París que me había dado la espalda. Ya no era guapo ni joven, no tenía dinero ni resultaba divertido. Cojeaba, aún cojeo, a consecuencia de aquellos golpes. No pude volver a mi antigua casa, cuyo arrendamiento había dejado sin pagar, y fui pernoctando en habitaciones y albergues cada vez peores, a veces a cambio de pequeñas tareas domésticas. Un extraño pudor, insólito en mí, me impidió cruzar las puertas de mis antiguos amigos o conocidos en busca de socorro. Llegué a una conclusión que antes solo había considerado evidente para los demás: los pobres trabajaban. Conseguí que un pequeño periódico me 61


remunerara algunas críticas de las obras teatrales y vodeviles que en la ciudad se representaban. Asistía a los estrenos sentado las más de las veces en las peores butacas del paraíso, donde memorizaba los momentos más destacables de la función sin el menor entusiasmo. Acudía muy temprano, no bajaba a los palcos ni saludaba en los camerinos a los actores que en otro tiempo había frecuentado, y abandonaba el teatro cuando ya estaba casi vacío. De esa forma evitaba encontrarme con los antiguos conocidos de la buena sociedad y padecer la vergüenza de comparar mi raída vestimenta con el brillo de los trajes de gala. Por supuesto firmaba mis artículos con un seudónimo. Fue una fría mañana de marzo, diez o doce años después, apoyado en un zócalo de piedra frente a la iglesia de los Inválidos que me sorprendió el solemne y exclusivo cortejo de caballeros de Malta, desfilando camino de la capilla con sus hábitos y sus capas negras como una legión de ordenados cuervos dispuestos a un festín. Reconocí a lo lejos algunos rostros: príncipes, marqueses, vizcondes a los que había tratado en mi infancia o mi juventud, altas y orgullosas las frentes, 62


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aparatosos los adornos bordados en las capas que distinguían las diferentes jerarquías de la orden: caballeros profesos de honor y devoción, de gracia magistral. Aquí y allá las salpicadas manchas blancas o escarlatas de los miembros de otras órdenes militares, Constantiniana de San Jorge, del Santo Sepulcro, de San Mauricio y San Lázaro, embajadores de la vanidad nobiliaria. Y yo, que siempre me burlé de semejantes liturgias arcaicas en las que los aristócratas se otorgaban unos a otros medallas, bandas y collares, por creerlas pasadas de moda y vincularlas a la memoria de mis anticuados padres y abuelos, sentí de improviso un temeroso vértigo: la triste nostalgia que el enfermo siente de su salud extraviada, la evidencia en definitiva de que los actos cotidianos de mis iguales me estaban para siempre vedados por la imposibilidad de pagar siquiera el importe de los guantes requeridos para tales ceremonias. En la lejanía, alto y demacrado, creí distinguir a mi sobrino. Caminaba despacio como si arrastrara una carga más pesada aún que el protocolo. El rostro enmarcado por el blanco cuello capitular parecía el de 64


un fantasma. Y un fantasma debió de ser o una mera coincidencia de semblanzas. Al día siguiente la breve necrológica de Bertrand, en una gaceta tirada en la calle y deformada por la lluvia, burlaba mi raciocinio. Unas breves líneas informaban de su fallecimiento usando un término convencional que los periodistas empleaban para enmascarar la muerte por sífilis. Toda su fortuna había sido legada a una orden de caballería. Sentí en ese momento la necesidad de morir y renacer a un mismo tiempo, como si juntos vinieran la enfermedad y el remedio. Supe que no podía quedarme en la ciudad, ni siquiera en mi patria. Hube de permanecer unos días, un mes quizás, para reunir no sé cómo el importe para el pasaje más barato hacia una nueva vida, unos días en que era ajeno a todo lo que me rodeaba. El fallecimiento de mi sobrino, según la antigua ley, me convirtió en el nuevo duque de la Tour de Morvan. Jamás usé el título, ya no me interesaba o mejor dicho me sentía incapaz de utilizarlo y, como en los círculos nobiliarios no volvieron a saber de mí, con 65


los años no se supo si vivía o incluso si había existido, y el ducado acabó desapareciendo de los almanaques de la nobleza. Me trasladé a América y ahora, en los albores del nuevo siglo, espero la muerte en Montevideo. Ya estoy viejo y cansado para hacerme reproches, y mi biografía me parece una novela que hubiera leído hace mucho tiempo. No me compadezcan: hubo para mí una segunda oportunidad, otras risas, otros besos que dejaron en mi boca un sabor menos amargo, y un buen día el aburrimiento ganó al fin la partida a la tristeza. Ahora bebo café y fumo en una destartalada terraza, recibo incluso una pequeña pensión que el consulado francés me ha gestionado por ser hijo de oficial y me abona con una retrasada regularidad. Por las noches, contemplo con curiosidad como las polillas queman sus alas en la farola de un nuevo alumbrado que denominan electricidad. No guardo más recuerdos de mi familia que un extraño anillo heredado de mi padre, de oro y con un dragón negro tallado que, por azar, me puse el día en que fui expulsado de Morvan. 67


Esta edición de Las Dominaciones de José Luis C. se terminó de imprimir, en Barcelona, en octubre de 2006 en la imprenta Romanyà Valls.


Las dominaciones