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El Páramo Leonés

Una empresa de esta magnitud sólo se puede abordar si hay algo que bulle dentro con suficiente impulso como para superar el desaliento que provocan, por un lado, la notoria carestía bibliográfica sobre el Páramo Leonés y, por otro, las manifestaciones desagradables, desdeñosas, e incluso ofensivas, de personalidades que arrastran “el prejuicio inaceptable de no considerar bellos más que los paisajes donde la verdura triunfa” (J. Ortega y Gasset en De Madrid a Asturias o los dos paisajes. El Espectador. Tomo III. 1945). Así, el insigne polígrafo leonés, D. Enrique Gil y Carrasco, en su Bosquejo de un viaje a una Provincia del Interior (1843) expresa sin ambages que “la margen izquierda del Río Órbigo, harto más alta y conocida con el nombre de Páramo aplicado en todo rigor y justicia a su esterilidad y aridez, dista infinito del país de enfrente denominado Ribera de Órbigo”; sin ningún atisbo de conmiseración, prosigue: “Pasado el puente, despliega el Páramo sus extensas, peladas y monótonas llanuras, tanto más desagradables al viajero, cuanto más halagüeñas eran las imágenes y sensaciones que a su espalda quedan”; para rematar toda esta diatriba, una vez que ha entrado en León capital, con nueva destemplanza:“La vista, finalmente, es tan varia y despejada que el ánimo y los ojos descansan apaciblemente en ella, fatigados de los estériles campos del Páramo”. Por aquellas mismas fechas, el viajero inglés Richard Ford (1845) se expresa de idéntico modo cuando pasa por Puente Honroso en su camino de León a Astorga: “Esta comarca llana tiene poco interés y es solitaria” y lo refuerza con la siguiente expresión: “las monótonas llanuras carecen por completo de interés” (Manual para viajeros por León y Lectores en Casa. Edic. Turner 1983. Madrid). A estos y tantos otros desconsiderados con el territorio paramés, una brizna de curiosidad les hubiera llevado a aceptar los argumentos del Abad M. Pluche, escritor jansenista francés, para quien “Las soledades mas escarpadas, los páramos más desiertos, más salvages, y más brutos tienen su utilidad también en la Naturaleza: al modo que las sombras las tienen en una pintura, dándola más esplendor, luz, y hermosura, hasta hacer resaltar toda su belleza” (Espectáculo de la Naturaleza. Tomo V, parte 3ª, pag. 195; de la trad. cast. de 1771). La obra que tenemos en nuestras manos ilustra con claridad meridiana el aserto de la secular utilidad de la comarca natural el Páramo Leonés de cuyo terrazgo, desde tiempo inmemorial y sin apenas interrupciones, se ha sustentado una población dedicada a la actividad agropecuaria que, distribuida en asentamientos de reducidas dimensiones demográficas y no muy distantes entre sí, le confiere una fisonomía característica y desdice la estigmatizadora definición del término páramo como “Campo desierto, raso y descubierto a todos vientos (tal como se lee en Tesoro de la Lengua Castellana o Española de Sebastián de Covarrubias, 1611), que no se cultiva ni tiene habitación alguna (añade el Diccionario de Autoridades, 1732)”. Pero estas gentes, aunque adaptadas para soportar “en los páramos despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano y, en el invierno, la dura inclemencia de los vientos y de los yelos; (El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Parte II, Cap. XVII)”, con el sistema agrícola que les era posible practicar, barbecho de año y vez, en secano, sólo alcanzaban producciones de subsistencia, o levemente excedentarias, por lo cual se vieron abocadas a llevar un modo de vida polifacético: la fabricación estacional de aceite de linaza, con la particularidad de que el lino no era cultivado en el Páramo por inadaptación al secano; el curtido de pieles; la producción de estameñas, otros tejidos y calcetines de lana; el tráfico arriero por las áreas montañosas de León, de Asturias y de Cantabria que obligaba a prolongadas ausencias de los hombres, quedando las tareas del campo a cargo de las mujeres, y la emigración temporal, de varones y hembras, a segar a Tierra de Campos. Resalta la perseverante ilusión de aquellos parameses, “sencillos y trabajadores” (P. Mingote y Tarazona, en Guía del viajero en León y su Provincia, 1879), para salir adelante en su propia tierra que, con tenacidad, “obra siempre milagrosa, si de un páramo puede hacer un paraíso”, dice Gracián, en El Criticón part. 1 Cris. 8, alcanzaron el objetivo en la primera mitad del siglo pasado como culminación de un proceso iniciado a finales del siglo XIX, cuando da comienzo la práctica del seruendo con los cultivos de regadío, propiciada por la perforación de pozos en campo abierto que hasta entonces se hallaban 8

El Páramo Leonés Parte 1  

Síntesis geográfico-histórico-costumbrista de sus pueblos

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