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Un mar de hist0rias

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Renoir

Texto

Ă ngeles GarcĂ­a Ilustraciones

Miguel Cerro

Un mar de historias

www.editorialmediterrania.com

Renoir

Un mar de historias

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Aquel primer viaje

U

libros de misterio, así que no puse más ­objeciones y nos embarcamos en una aven-

no de los recuerdos más fabulosos

tura inolvidable.

vez que mis padres me llevaron a

El viaje de verdad comenzó al entrar en el

diez años, pero ellos decidieron que ya era

antiguamente había sido una estación de

verdad es que, en aquel momento, hubiese

abierta al descubrir un precioso cuadro que

pre he sido una enamorada de la naturaleza

­Galette. No podía entender de dónde venía

ban y me aburrían. Para convencerme, mi

der pasear, reír y bailar con todas aquellas

asombroso, sus museos no son museos

Eso no podía ser una pintura. Tenía

­extraordinarios y donde viven personajes

mundo. Había entrado en un espacio má-

de mi infancia es el de la primera

París, su ciudad favorita. Yo aún no tenía ni

Museo de Orsay, un imponente edificio que

lo suficientemente mayor para conocerla. La

tren. En el interior, me quedé con la boca

preferido ir de vacaciones al campo, siem-

tenía por título El baile del molino de la

y de los animales. Y los museos me cansa-

la luz. Deseaba entrar en el lienzo para po-

madre me desveló un secreto: «París es

personas que parecían ser tan felices.

sino espacios mágicos que guardan tesoros

que ser de verdad. Una ventana a otro

­prodigiosos». Como era de suponer, a mí

gico, como me ­había prometido mi madre.

también me encantaban los tesoros y los

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¿Quién era Renoir?

padre le propuso ir a una escuela para que

En seguida me llamó la atención un nombre

y encantador y, desde pequeño, también

escrito en muchos de los textos del museo: Pierre-Auguste Renoir. Picada por la curiosidad, empecé a preguntar a mis padres todo

lo que necesitaba saber sobre aquel señor al que acababa de conocer y que, sin darme

cuenta, me había embrujado para siempre. Entonces descubrí que era un artista que

le enseñaran a pintar. Era un chico alegre

muy trabajador. Con tan solo 13 años buscó la manera de llevar dinero a casa, y la tarea que encontró consistió en dibujar pequeños ramos de flores en platos y ta-

zas. Dicen que le pagaban cinco céntimos

por cada docena de ramitos pintados.

A saber lo que sería eso en el siglo xix,

había nacido el 25 de febrero de 1841 en

pero él estaba muy contento. Después

sus porcelanas. Su familia tenía siete hijos

En ambos trabajos aprendió el oficio

­Limoges, una ciudad francesa famosa por y el padre, que trabajaba en la sastrería, no ganaba demasiado dinero. Ese fue el mo-

tivo por el cual, cuando Auguste contaba

solo 4 años, se trasladaron todos a vivir a ­París, a ver si mejoraban las cosas.

Como él siempre estaba garabateando

en los cuadernos y haciendo dibujos, su

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también se dedicó a adornar abanicos. y a jugar con los colores. Se formó enton-

ces su pensamiento sobre el arte: la pintura tenía que estar muy bien realizada y ser muy ­bonita, porque ya había

suficientes cosas desagradables en el mundo. Era un hombre que amaba la vida

y en la pintura quería manifestar ese amor.

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Seguíamos recorriendo el museo, y la sensa-

eso que yo sentía, era lo que buscaban los

Renoir, formaban parte del grupo a ratos,

hecho siempre. Las pinceladas eran peque-

tuando a medida que me encontraba ante

nació en París en la década de 1860. Aunque

dad tal como la veían, sin interpretaciones.

gruesas. Fieles a lo que veían, los árboles

ción de estar en un lugar mágico se iba acen-

los diferentes retratos de niñas y mujeres de una belleza inagotable. No podía dejar de mirarlas. Me transmitían una fuerte sensa-

ción de serenidad. Deseaba poder entrar en

su mundo y disfrutar con ellas de la naturaleza que Renoir había creado. Salir corriendo

impresionistas, aquel grupo de artistas que solo duró 10 años, durante aquel tiempo rea-

lizaron ocho exposiciones que les converti-

rían, pasado el tiempo, en los artistas más populares de la historia.

¿En qué se diferenciaban de otros grupos?,

y tocar esos árboles, permanecer bajo esa

pregunté a mis padres. Aunque me ad­

del sol. Mi madre me explicó que, justo

mente igual y que muchos de ellos, incluido

luz y sentir el viento y el suave impacto

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virtieron que no todos pensaban exacta-

tenían en común el querer reflejar la realiA ellos les parecía mucho más excitante

tratar de pintar los árboles, las flores, o ­incluso las personas, justo con la luz que

­reciben en un momento del día. Normal-

mente, trataban de terminar el cuadro de

una sentada, en la misma jornada. A veces se desesperaban porque no les daba tiempo

de acabar antes de que se pusiera el sol. No ponían contorno a lo que pintaban ni dibujaban sombras negras, como se había

ñas y las capas de pintura a veces eran muy

podían ser malvas, las caras anaranjadas o las nubes verdes. Me señalaron que un

ejemplo perfecto es El columpio, una obra en la que vemos a un hombre de espaldas

que ha ­dicho algo gracioso a la chica que está balanceándose en el columpio y a una niña y a otro hombre que contemplan la

broma. Es la típica escena alegre que se ­desarrolla en un bello jardín y transmite una vida ­gozosa.

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Un Mar de historias Renoir  

Os presentamos un nuevo título de la colección Un mar de historias, dedicado al pintor impresionista francés Pierre-Auguste Renoir, y explic...

Un Mar de historias Renoir  

Os presentamos un nuevo título de la colección Un mar de historias, dedicado al pintor impresionista francés Pierre-Auguste Renoir, y explic...

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