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Detrรกs de la verja

Charlotte Miller


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Reservados todos los derechos. No se permite reproducir, almacenar en sistemas de recuperación de la información ni transmitir alguna parte de esta publicación, cualquiera que sea el medio empleado —electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros—, sin el permiso previo por escrito de los titulares del copyright.

Detrás de la verja. Novela.

Primera edición: octubre 2017 Primera reimpresión: diciembre 2017

© De la maquetación, edición y diseño: A. C. Discursiva © Del texto: Charlotte Miller © De la ilustración de portada: A. C. Discursiva

 editorialdiscursiva@yahoo.es www.editorialdiscursiva.com Depósito legal: VG 682-2017 I.S.B.N.: 978-84-947663-1-2

Impreso en España


Para Simon y Louis


Detrás de la verja

SUSURROS DEL PASADO

Ni lechuzas ululando, ni ramas crepitando bajo sus pies, y desde luego ningún remordimiento. No había ninguna visión tenebrosa para el solemne momento de enterrar un cadáver. Sólo un silencio que duraba cuarenta y cuatro años en un páramo desolado habitado por el fantasma del cadáver que había arrastrado entre el barro y la lluvia. El recuerdo llegó nítido a su mente bajo dos árboles raquíticos que habían unido su esqueleto dándole una extraña bienvenida. Unos metros más allá, un espeso bosque se unía a la oscuridad circundante. Era un lugar extraño, como si una mano invisible invitara a descubrir qué había más allá. Esa atracción le había provocado un asqueroso contratiempo hacía dos semanas. No había sido fácil desenterrar un cadáver, pero volver al punto de partida con aquel desecho de putrefacción para enterrarlo de nuevo había despertado un soterrado odio hacia aquellos restos humanos. Soltó sin miramientos el saco de huesos y se irguió como pudo. La oscuridad del bosque la incitaba a dejarlo allí, pero lo descartó de inmediato; atravesar con la pala la densidad de aquellas raíces era una tarea imposible. Estaba demasiado cerca de librarse de todo aquello como para desbaratarlo por un momento de irreflexión. Sabía que no encontraría el punto exacto donde lo había sepultado la primera vez y, sin más miramientos, hincó la pala con fuerza. El viento gélido azotaba su cara abrien9


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do viejos cortes en los labios. La naturaleza, alterada, se rebeló contra aquellos huesos que regresaban a su tierra. Se sujetó un mechón rebelde en el gorro de lana. A su mente llegó de nuevo el rostro del mequetrefe que estuvo a punto de descubrir los esqueletos de su armario; no podía descuidar de nuevo ningún detalle. En la oscuridad de la noche, nadie pudo ver una medio sonrisa dibujada en su rostro. Ese patán inútil ya no sería un problema. Sujetó de nuevo con fuerza la pala y bajó la mirada al bulto que la esperaba en el suelo. Aquella mujer era odiosa incluso desde la muerte. Clavó con fuerza en el suelo. La tarea era tan inútil como intentar romper el cemento con una pajita. Unas gotas de sudor cayeron en el saco desapareciendo en la oscuridad de la noche. No le estaba resultando tan fácil como aquel noviembre lluvioso, logrando vencer al fango y la maleza a través del bosque con el mismo saco a cuestas. Cuando aquella noche gloriosa había vuelto a la fiesta, estaba segura de haber zanjado una obsesión que la había corroído durante meses. Sabía que su plan era perfecto. Todos los personajes de aquel drama habían sido dirigidos astutamente por el camino que había planeado, pero siempre había tenido dudas con uno. Una punzada de angustia atravesó su garganta. Sabía que en aquel páramo debería haber enterrado dos cadáveres, pero culparse ahora era inútil. Se incorporó para evaluar su obra; sus manos se aferraban con fuerza a la pala y no 10


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estaba segura de si podría moverlas. Observó sus dedos como si no fueran parte de su cuerpo. En el horizonte, la luz comenzaba a chispear amenazando un nuevo día; el tiempo había pasado demasiado rápido. Escarbó con ansia como si el dolor no existiese en su cuerpo y lo que sentían todos sus músculos fuese una ficción. A punto de desfallecer, consiguió acumular un metro de tierra. Arrastró con desprecio el saco con el cadáver y lo lanzó a la oscuridad de la tumba. Cuando en la lejanía aparecieron los primeros tonos rosados, ya le había dado el último arreglo a la superficie, alisándola como si hubiese rastrillado su jardín. Aspiró por última vez el polvo seco de aquel lugar, saboreando con la boca pastosa aquella tierra áspera. Se alzó como pudo intentando no flaquear. Si llegaba a su casa, aquel episodio pasaría a ser una piedrecita de su pasado y jamás tendría que volver allí. Aquella idea y el recuerdo muy vivo del olor de una taza de café la irguieron, propulsando su muelle interno. Recogió su pala y salió arrastrando los pies. Apurando su último aliento, llegó al borde de la carretera. A punto de pisar el asfalto, una luz deslumbrante la cegó parcialmente y, sin pensarlo siquiera, se lanzó al suelo protegiéndose detrás de una mata de romero que florecía al borde del camino. Alzó ligeramente la mirada hacia el intruso que pasaba en aquel momento en un viejo Mercedes. Reconoció su rostro que, por un ins11


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tante, le pareció pasmado, como si no pudiera creer lo que estaba viendo. Su cuerpo tembló en aquella tierra dura y fría; era improbable que diese crédito a lo que él creía que había visto; no debía preocuparse. Se levantó con todo su cuerpo magullado y corrió sin mirar hacia atrás hasta internarse en el bosque sumergiéndose de nuevo en la oscuridad. Una brisa surgió de entre los árboles, repentina, trayendo consigo el aroma de los cedros y las flores silvestres. La noche llegaba a su fin.

Natalia se ajustó una toalla a la cabeza para evitar que su cabello chorreara por todo el baño. Su ducha matutina era uno de los pequeños placeres cotidianos sin el que no podía vivir. Salió con cuidado y se acercó a la ventana para saber el tiempo que le reservaba el día. Las primeras luces de la mañana hacían su aparición en el horizonte, tenue, anaranjado y cálido. Sería un bonito día de primavera. Permaneció sentada unos instantes en la cama, observando su armario abierto. No tenía prisa por decidirse y dejó que los primeros rayos de sol de la mañana tocaran su rostro. Un quejido agonizante la sacó de su mañana perfecta. La puerta de la calle acababa de abrirse. Alguien había entrado en su casa y aquello no tenía sentido a aquellas horas. Se quedó paralizada; su herma12


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na no se levantaba tan temprano, el jardinero no llegaba antes de las once y Berta no llegaría hasta dentro de hora y media, puntual como un clavo. Además, nadie, salvo ellas dos, entraba por la puerta principal. Atemorizada, se acercó al umbral de su habitación pegándose a la puerta. Un jadeo se hacía cada vez más verosímil. Unos segundos después, un crujido de madera. Alguien estaba subiendo la escalera y acababa de pisar el escalón agrietado. El jadeo se intensificaba cada vez más. El intruso estaba a punto de llegar al rellano. Abrió con cuidado dejando un resquicio entre la puerta y la pared, suficiente para ver quién llegaba. El goteo del pelo estaba formando un pequeño charco en la entrada. Su habitación era la tercera por la izquierda. La primera estaba cerrada con llave y la siguiente era la de su hermana; no había peligro si inclinaba un poco la cabeza hacia fuera. La luz era todavía escasa a aquellas horas, así que, aferrándose con fuerza al marco, dio un paso hacia la oscuridad del pasillo. Sólo sus dedos sobresalían, tan blancuzcos, que casi se fundían con la pared. Su ansiedad iba en aumento. Cuando el intruso encendió la luz, pensó que su corazón se había paralizado. En el rellano, una figura delgada y alta se sacudía la tierra de las manos con indiferencia. Más tensa que su bata rosa de minúsculas flores blancas y rojizas aplastada a su rolliza figura, salió al rellano; se quedó perpleja en medio del pasillo observando 13


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a su hermana. La figura alta se dirigió a su habitación sin percatarse de que alguien la observaba. Una voz chillona rompió el silencio de la mañana. —¿Cecilia? ¿Eres tú? —bramó con furia arrebujándose en su bata. Inmóvil, en medio del pasillo, su hermana no dio señales de sorpresa. Se quitó con lentitud un gorro de lana y le dirigió a su hermana menor una mirada entre divertida e impaciente. —Claro, querida. ¿Quién crees que soy sino…? — contestó con un leve sarcasmo. —¿De dónde vienes a estas horas? Estás llena de tierra. Me has dado un susto de muerte; sabes, deberías ser más civilizada, Ceci. Éstas no son horas de pasearse por ahí; cualquiera podría pensar que haces cosas indebidas. —Mi querida Tili, eso de “cosas indebidas” es un poco genérico y arcaico, ¿no te parece? Es una hora perfecta para trabajar en el jardín. No pensé que te levantarías tan temprano; no es propio de ti. —Aunque su hermana había girado el rostro levemente hacia la puerta de su habitación, sabía que su expresión se había contraído en una mueca irónica, con su ceja izquierda alzada. No estaba segura de si había apreciado alguna vez a su hermana con su superioridad intelectual, pero aprovechaba cualquier ocasión para borrarle su eterna sonrisa. —No me habría levantado si no hubiera escuchado ruidos en el piso de abajo —mintió descaradamente—. Deberías ser más considerada, Ceci —dijo con su tono de 14


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voz más agudo sabiendo perfectamente que le molestaba—. Tienes suerte de tenerme como hermana; otra, en mi lugar, se quejaría todo el día. —Acabó su discurso con una risita floja, el toque final para exasperarla. —Estoy segura de que me lo agradecerás, Tili. Podrás contárselo a tus amigas cuando vengan a tomar el té. Y ahora, si no te importa, voy a quitarme esta tierra de encima. Con un movimiento inesperadamente ágil para su edad, Cecilia Almendros entró en su habitación sin más miramientos. Natalia, inmóvil en el umbral, apretó los puños marcando sus venas azuladas. No sabía lo que tramaba su hermana, pero no le gustaba su indiferencia; significaba que se sentía segura, más de lo habitual. Había notado el cambio en su rutina, algo que no había hecho nunca. Era una persona predecible, de convicciones inquebrantables. Se ausentaba durante horas y no pestañeaba ante sus insistentes preguntas. Una ráfaga de frío le recorrió la espalda. Un chorro de agua proveniente de su pelo empapaba su fina bata de seda. No se había dado cuenta de que la toalla había caído al suelo.

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ÍNDICE Susurros del pasado.........................................................................9 El excéntrico...................................................................................... 16 El muerto inesperado .................................................................... 21 Último recuerdo .............................................................................. 32 El forense ........................................................................................... 36 Blas Dorcel ........................................................................................ 45 Foto en el desván........................................................................... 53 El misterio de Castiello................................................................. 58 14 de noviembre de 1970 ............................................................64 Violeta Cebrián................................................................................ 68 El muerto del saco .........................................................................90 El comunicado ................................................................................. 96 La otra víctima............................................................................... 102 Desayuno, té y un muerto...........................................................116 El plan..................................................................................................119 Las pruebas......................................................................................125 Las huellas de un asesinato.......................................................133 Sombras del pasado.....................................................................142 Ideas de medianoche...................................................................147


Buscando la verdad.......................................................................151 Recuerdos del pasado................................................................ 154 El comisario......................................................................................158 El hostal ............................................................................................ 169 El viaje ................................................................................................177 Desaparecida....................................................................................181 Se abre el telón...............................................................................185 La biblioteca ....................................................................................188 Alberto Garmendia ...................................................................... 199 Secretos.............................................................................................212 Leónidas Romero...........................................................................216 El testigo inoportuno ................................................................. 224 La muerta del descampado .....................................................233 Jimena Mendía.............................................................................. 239 El encuentro................................................................................... 243 Anselmo Salinas .............................................................................251 Cuatro sospechosos .....................................................................261 El caserón del final de la calle ................................................ 269 El reencuentro................................................................................278 Benjamín Nebreda....................................................................... 299 Amanecer sangriento................................................................. 305


Cecilia Almendros ......................................................................... 317 Natalia Almendros........................................................................324 Flora Ferrero...................................................................................332 Félix Almendros ........................................................................... 349 La historia de Tobías Nebreda................................................354 La prometida ................................................................................. 370 La anciana del tren.......................................................................375 Confidencia .....................................................................................383 El cómplice......................................................................................386 El desenlace....................................................................................392


Este libro se acabó de imprimir el 2 de octubre de 2017, coincidiendo con el 113º aniversario del nacimiento de Graham Greene, maestro de la novela de suspense y de espionaje, que supo hacer a sus lectores caminar sobre un tembloroso hilo de alambre desde la primera hasta la última página.

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Un pasajero es encontrado muerto en un tren de cercanías y, aunque a primera vista parece una muerte natural, pronto surgirá la sospecha de...

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