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De los ni単os de Azul, ciudad cervantina de la Argentina, para todos los ni単os del mundo.


El Qui


ijotito Un Quijote para niños ilustrado por los niños de Azul Idea original José Manuel Lucía Megías Coordinación del proyecto Margarita Ferrer Adaptación del texto Diana Calderón Romo Marta Calzón Iglesias José Manuel Lucía Megías


Ficha Técnica Cervantes Saavedra, Miguel de El Quijotito : un Quijote para niños ilustrado por los niños de Azul / Miguel de Cervantes Saavedra ; adaptado por Diana Calderón Romo; Marta Calzón Iglesias; Jose Manuel Lucía Megías; coordinado por Margarita Ferrer; dirigido por Jose Manuel Lucía Megías. - 1a ed. - Azul : Del Azul, 2013. 304 p. : il. ; 22x15 cm. © de los textos, sus autores © de las ilustraciones los niños Ilustración de cubierta: Carlos Góngora Ilustración de pie de página: María Julieta Satorre (6) Diseño editorial:

www.editorialazul.com info.editorialazul@gmail.com @editorialazul (t)/ Editorial Azul (F) ISBN 978-987-45024-1-4 1. Literatura Infantil y Juvenil. I. Calderón Romo, Diana , adapt. II. Calzón Iglesias, Marta, adapt. III. Lucía Megías, Jose Manuel , adapt. IV. Ferrer, Margarita, coord. V. Lucía Megías, Jose Manuel , dir. CDD 863.928 2 Fecha de catalogación: 24/09/2013 Queda hecho el depósito que marca la Ley Nº 11.723 Impreso en Argentina/ Printed in Argentina


2013


PRIMERA PARTE

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Emilia Tiseira (6)


CAPÍTULO 1

De cómo el hidalgo Alonso Quijano se convirtió en el caballero andante don Quijote de la Mancha


13 Tomรกs Albornoz (6)


En

un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo que vivía un hidalgo que poseía una lanza, un antiguo escudo, un rocín flaco y un galgo corredor. Era de condición modesta y así, las tres cuartas partes de su hacienda las consumía su humilde comida, y el resto, su pobre vestimenta, unas calzas de terciopelo para las fiestas y sus zapatillas. Tenía en su casa un ama de llaves que pasaba de los cuarenta años y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo que hacía las más diversas faenas. Rondaba la edad de nuestro hidalgo en los cincuenta años: era de complexión recia, flaco de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Dicen que su apellido era Quijada, Quesada o Quijana, pero esto importa poco a nuestra historia. Los ratos que estaba ocioso -que eran muchos al año-, nuestro hidalgo leía libros de caballerías con tanta afición y gusto que esta lectura le hizo olvidar casi del todo el ejercicio de la caza y hasta el cuidado de su hacienda. Incluso vendió parte de sus tierras para comprar libros de caballerías. Con tanta lectura el pobre caballero perdía el juicio, y se desvelaba por entender las razones de sus héroes y descifrar el sentido de sus palabras. Se enfrascó tanto en la lectura de estos libros que se le pasaban las noches y los días leyendo; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro de tal manera que vino a perder el juicio. Se le llenó la imaginación de todo aquello que leía en los libros, de encantamientos, batallas, desafíos, heridas, amores, tormentas y disparates imposibles, de tal modo que todas esas invenciones para él eran ciertas. En efecto, rematado ya su juicio, se le ocurrió el más extraño pensamiento que jamás otro loco pensó en el mundo

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Montué Benitez (10)

y fue que decidió hacerse caballero andante e ir por todo el mundo con sus armas y caballo en busca de aventuras imitando todo lo que había leído que hacían los caballeros. Y así, con estos pensamientos, lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, y vio que no tenían casco propio de caballeros, pero lo solucionó enseguida porque de cartones hizo una media celada y la dio por buena. Fue luego a ver a su rocín y aunque estaba muy viejo y flaco, le pareció a él que era mejor que el Bucéfalo de Alejandro Magno y el Babieca del Cid. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre pondría a su rocín porque -según él creía- no era lógico que el caballo de un caballero tan famoso no tuviera un nombre conocido; y así, después de muchos nombres que pensó vino a llamarle 15


Mercedes Mele (10)

Rocinante, nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de todo lo que él creía. Puesto nombre a su caballo quiso ponerse un nombre a sí mismo, y estuvo otros ocho días pensándolo. Y al fin, se vino a llamar don Quijote de la Mancha, por ser procedente de este lugar.

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Josefina Bigalli (12)

Limpias, pues, sus armas, hecho su casco, puesto nombre a su rocín y a sí mismo, ya sólo le faltaba buscar una dama de quien enamorarse, -porque un caballero andante sin amores es como árbol sin hojas y sin fruto y como un cuerpo sin alma-. Y después de mucho pensar recordó que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo estuvo enamorado, aunque ella jamás lo supo. Esta mujer se llamaba Aldonza Lorenzo. Le buscó un nombre apropiado que sonase a princesa y gran señora y vino a llamarla Dulcinea del Toboso, nombre musical y muy significativo.

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CAPÍTULO 2 De cómo el caballero don Quijote de La Mancha salió en busca de aventuras y cómo llegó a una venta que a él le pareció un castillo

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Evangelina Puyau


No

quiso esperar más tiempo y, sin decir a nadie su intención y sin que nadie le viese, una mañana del mes de julio se armó todas sus armas, subió sobre Rocinante, se puso su mal compuesto casco, embrazó su escudo, tomó su lanza y por la puerta de un corral salió al campo con gran contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo. Pero apenas se vio en el campo, le asaltó un pensamiento terrible que a punto estuvo de hacerle volver; y fue que se dio cuenta de que no había sido armado caballero y que, conforme a la ley de caballería ni podía ni debía combatir con ningún otro caballero. Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito, mas pudiendo más su locura que otra razón, pensó que podría ser armado caballero

Marcos Avellaneda

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del primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en sus libros. Casi todo aquel día caminó sin que le sucediese ninguna cosa digna de mención. Y al anochecer, su rocín y él estaban cansados y muertos de hambre y, mirando a todas partes por ver si descubría algún castillo o algunos pastores que pudiesen remediar su necesidad, vio no lejos del camino por donde iba, una venta que fue como si viera una estrella. Se dio prisa y llegó a ella al tiempo que anochecía. Estaban por casualidad a la puerta de la venta dos mujeres jóvenes, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que pasaban allí la noche. Don Quijote creyó que aquella venta era un castillo con sus cuatro torres y su puente levadizo y su hondo foso. Fue llegando a la venta que a él le parecía castillo, y se detuvo esperando que se diera señal con alguna trompeta de la llegada del caballero al castillo. Pero como vio que tardaban y que Rocinante se daba prisa por llegar a la caballeriza, se acercó a la puerta de la venta y vio a las dos distraídas mozas que allí estaban, y que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que en la puerta del castillo se entretenían. Llegó hasta la venta y las mujeres, al verle armado, iban a entrar llenas de miedo, pero don Quijote les dijo: -No huyan vuestras mercedes, ni teman daño alguno, pues a la orden de caballería a la que pertenezco no corresponde hacer daño alguno, y mucho menos a tan altas doncellas. Le miraban las mozas, pero como se oyeran llamar doncellas, no pudieron contener la risa, lo cual molestó a don Quijote. En aquel momento salió el ventero, el cual, viendo aquella figura contrahecha, lleno de armas, estuvo a punto de

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acompañar a las doncellas en su risa. Pero temiendo las armas que traía, decidió hablarle correctamente y así le dijo: -Si usted, señor caballero, busca alojamiento, excepto la cama -que no hay ninguna libre-, todo lo demás lo encontrará aquí en abundancia. Viendo don Quijote la humildad del ventero, respondió: -Para mí, señor castellano, cualquier cosa basta. Pensó el ventero que el haberle llamado castellano había sido por haberle parecido de Castilla, aunque él era andaluz de la playa de Sanlúcar. Fue a sujetar el estribo a don Quijote, el cual se apeó con mucha dificultad y trabajo, como el que no había comido en todo el día. Al momento comenzaron a desarmarle las doncellas, pero no pudieron quitarle el casco, que traía atado con unas cintas verdes que era necesario cortar porque estaban llenas de nudos, mas él no lo quiso consentir de ninguna manera, y se quedó toda la noche con él puesto, formando la más graciosa y extraña figura que se pudiera pensar. Las mozas le preguntaron si quería comer alguna cosa. -Cualquier cosa comería yo -respondió don Quijote-. Pusieron la mesa a la puerta de la venta y el ventero le trajo una porción de mal remojado y peor cocido bacalao y un pan tan negro y mugriento como sus armas; pero daba risa verle comer, porque, como tenía puesta el casco, no podía poner nada en la boca con sus manos si otro no se lo daba, y así una de aquellas señoras le ayudaba. Mas no hubiera sido posible darle de beber si el ventero no hubiese traído una caña para ponerle un lado en la boca, y por el otro echarle el vino.

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CAPÍTULO 3 De la extraña manera que tuvo el ventero de armar caballero a Don Quijote de La Mancha

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Tomás Lardapide (9)


Todo

le parecía bien a don Quijote, pero su única pesadumbre era no verse armado caballero, por parecerle que no se podría poner legítimamente en aventura sin recibir la orden de caballería. Y así, preocupado por ello, don Quijote acabó rápido su cena y una vez terminada llamó al ventero, se encerró con él en la caballeriza y arrodillándose ante él le dijo: -No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, hasta que vuestra cortesía me conceda un deseo que quiero pedirle. El ventero, que vio a don Quijote a sus pies y oyó semejantes palabras, estaba confuso mirándole, sin saber qué hacer ni qué decir. Insistió en que se levantase pero no quería hasta que le otorgó el don que le pedía. -No esperaba yo menos de vuestra grandeza, señor mío -respondió don Quijote- y así, os digo que el don que os pido es que mañana me habéis de armar caballero y esta noche, en la capilla de este vuestro castillo, vigilaré las armas sin dormir, y mañana podré ir ya por todo el mundo en busca de aventuras en favor de los humildes y desgraciados.

Cristian Castro (10)

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El ventero, que ya sospechaba algo de la falta de juicio de aquel hombre, para reír aquella noche decidió seguirle la broma, y así, le dijo que no había capilla en su castillo, pero que podía velar las armas en un patio y que, a la mañana siguiente, se harían las debidas ceremonias de manera que él quedase armado caballero. Luego don Quijote recogió sus armas y las puso en una pila que junto a un pozo estaba, y tomando su lanza comenzó a pasear delante de la pila. El ventero contó a cuantos estaban en la venta la locura de su huésped y todos quedaron asombrados y le fueron a observar desde lejos. En esto, uno de los arrieros que estaban en la venta quiso dar de beber a sus mulas y tuvo que quitar las armas de don Quijote que estaban sobre la pila, pero éste, al verle, le dijo en voz alta: -¡Oh tú, quienquiera que seas, atrevido caballero, que

Karen Carrizo (9)

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tocas las armas del más valeroso andante que jamás tuvo espada! Mira lo que haces y no las toques si no quieres perder la vida. No hizo caso el arriero de estas amenazas sino que, tomando las armas por las correas, las arrojó muy lejos. Visto por don Quijote lo que había hecho, alzó los ojos al cielo, y puesto el pensamiento en su señora Dulcinea, dijo: -¡Ayudadme, señora mía, en esta primera aventura! Y diciendo esto, soltando el escudo, alzó la lanza con las dos manos y dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza, que le derribó en el suelo. Hecho esto recogió sus armas y volvió a pasearse con el mismo reposo que al principio. Al poco rato, vino otro con la misma intención de dar agua a sus mulas y quitó las armas de la pila. Don Quijote, sin hablarle, alzó la lanza al segundo arriero y le abrió en cuatro la cabeza. Al ruido acudió la gente de la venta y, entre ellos, el ventero. Los compañeros de los heridos comenzaron a tirar piedras contra don Quijote, el cual se defendía como podía con su escudo. El ventero gritaba que le dejaran, que ya les había dicho que estaba loco. Don Quijote daba voces llamándoles traidores, diciendo que el señor del castillo era un cobarde y un mal nacido caballero pues consentía que se tratasen así a los caballeros andantes. No le parecieron bien al ventero las burlas de su huésped, y decidió concederle la maldita orden de caballería antes de que sucediese otra desgracia. Y así, acercándose a él, se disculpó de la insolencia de aquella gente y le prometió que ya serían castigados. Le dijo que le daría en seguida los golpes con la espada en los hombros para ser armado caballero, y que ya había cumplido con la vela de las armas, pues sólo eran

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Nahuel Gallardo (9)

necesarias dos horas y él había estado más de cuatro. Todo se lo creyó don Quijote y le dijo que lo hiciera lo más pronto posible porque, si fuese otra vez atacado después de haber sido armado caballero no dejaría persona viva en el castillo excepto las que él le ordenase. Asustado, el ventero trajo un libro y con una pequeña vela que le trajo un muchacho y con las dos doncellas se vino adonde estaba don Quijote; le mandó que se hincara de rodillas y, leyendo en su manual, haciendo como que decía

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alguna devota oración, alzó la mano y le dio sobre el cuello un buen golpe, y después, con su misma espada, un espaldarazo, siempre murmurando entre dientes, como si rezara. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada. Don Quijote le preguntó cómo se llamaba. Ella respondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa y que dondequiera que ella estuviese le serviría y le tendría por señor. Don Quijote le replicó que por su amor se pusiese don y se llamase a partir de aquel momento doña Tolosa. Ella se lo prometió. La otra mujer le calzó la espuela y nuestro caballero le preguntó igualmente cómo se llamaba. Ella dijo que se llamaba la Molinera y que era hija de un honrado molinero de Antequera; también a ella le rogó don Quijote que se pusiese el don y se llamase doña Molinera. Hechas, pues, corriendo estas ceremonias, no veía la hora don Quijote de subirse en su caballo y salir en busca de aventuras. Así, don Quijote ensilló a Rocinante, subió en él y abrazó al ventero, le agradeció la merced de haberle armado caballero y le dijo cosas tan extrañas que no es posible acertar a repetirlas. El ventero, por verle ya fuera de la venta, le dejó ir en buena hora sin pedirle los gastos de la posada.

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CAPÍTULO 4 De cómo triunfó don Quijote en su primera aventura y de la suerte del mozo Andrés, que nunca más se olvidó de nuestro caballero

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Hugo Silva (8)


Al

amanecer salió don Quijote de la venta, tan contento y tan gallardo por verse ya armado caballero que la alegría parecía que le hacía explotar el pecho. No pasó mucho tiempo cuando le pareció que, de la espesura de un bosque, salía una débil voz, como de una persona que se quejara.

Ketherina Prost

-Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan pronto me da la ocasión de cumplir con lo que debo a mi profesión. Esta voz es, sin duda, de alguno que necesita de mi ayuda. Y volviendo las riendas, encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que salían las voces. Y tan pronto como entró en el bosque, vio una yegua atada a una encina, y atado a otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba, de unos quince años de edad, que era el que daba las voces, y no sin causa, porque un labrador le estaba dando con un cinturón 29


muchos azotes; y cada azote lo acompañaba de una reprensión y consejo, porque decía: -Hablar menos y vigilar mejor. -No lo haré otra vez -decía el muchacho entre sollozos-; yo prometo de ahora en adelante tener más cuidado con el rebaño. Y viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo: -Descortés caballero, mal parece pegar a quien no puede defenderse; subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza que yo os daré a conocer que es de cobardes lo que estáis haciendo. El labrador, que vio sobre sí aquella figura llena de armas, la lanza cerca de su cara, se tuvo por muerto y respondió con buenas palabras: -Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es mi criado que guarda el rebaño de ovejas que tengo en estos

Marcelo Alonso (10)

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contornos, pero es tan descuidado que cada día me falta una. Y porque castigo su descuido dice que lo hago para no pagarle el sueldo que le debo, y yo digo que miente. -¿Miente delante de mí, ruin villano? -dijo don Quijote-. Por el sol que nos alumbra, que estoy por atravesaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle ahora sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os aniquilo ahora mismo. ¡Desatadle en seguida! El labrador bajó la cabeza y, sin responder palabra, desató a su criado. Don Quijote preguntó al muchacho que cuánto le debía su amo. Él dijo que nueve meses a siete reales cada mes, es decir, sesenta y tres reales. Don Quijote le dijo al labrador que al momento le pagase si no quería morir por ello. - Lo malo es, señor caballero, -respondió el labrador-, que no tengo aquí dinero. Andrés tiene que venir conmigo a mi casa, y yo se los pagaré. -¿Irme yo con él?- dijo el muchacho. No, señor, de ninguna manera; porque en cuanto me vea solo con él, me volverá a maltratar de nuevo. -No hará eso, -replicó don Quijote-, basta que yo se lo mande para que me tenga respeto; y con que él me lo jure por la ley de la caballería, le dejaré ir libre. -Mire vuestra merced, señor, lo que dice -dijo el muchachoque mi amo no es caballero, ni ha recibido orden de caballería alguna. -Importa poco eso -respondió don Quijote-, que cada uno es hijo de sus obras. -Así es verdad - dijo Andrés- pero mi amo me niega mi sueldo, mi sudor y mi trabajo. -No lo niego, hermano Andrés -respondió el labrador-;

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y haced el favor de venir conmigo, que yo juro por todas las órdenes de caballería que hay en el mundo que he de pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro. -Mirad que lo cumpláis como lo habéis jurado -dijo don Quijote-; en caso contrario, os juro que volveré a buscaros y a castigaros, y os encontraré aunque os escondáis más que una lagartija. Y si queréis saber quién os manda esto, sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el que deshace agravios. Quedad con Dios y no olvidéis lo prometido y jurado. Y diciendo esto, picó a su Rocinante y al poco tiempo se apartó de ellos. Le siguió el labrador con los ojos, y cuando vio que había salido del bosque y que ya no se le veía, se volvió a su criado Andrés y le dijo: -Venid acá, hijo mío, que os quiero pagar lo que os debo, como aquel caballero me dejó mandado. -Eso juro yo -dijo Andrés-; que andará vuestra merced acertado en cumplir el mandamiento de aquel buen caballero que mil años viva. -También lo juro yo -dijo el labrador-, mas, por lo mucho que os quiero, quiero aumentar la deuda para aumentar la paga. Y agarrándole del brazo, le volvió a atar a la encina, donde le dio tantos azotes que le dejó medio muerto. Pero al fin le desató y Andrés se marchó de allí jurando ir en busca del valeroso don Quijote de la Mancha y contarle todo lo que había pasado. Pero de momento, él se marchó llorando y su amo quedó riendo. Y de esta manera venció en su primera aventura el valeroso caballero andante, el cual, contentísimo de lo sucedido, iba caminando hacia su aldea, diciendo a media voz: 32


-Bien te puedes llamar dichosa sobre todas las que viven en la tierra ยกoh la mรกs bella de todas, Dulcinea del Toboso! pues tienes rendido a tu voluntad a tan valiente y tan renombrado caballero como lo es y serรก don Quijote de la Mancha.

Nahuel Cartaman (11)

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CAPÍTULO 5 De cómo don Quijote se encontró con unos mercaderes y de la paliza que le dieron porque no querían reconocer la hermosura de Dulcinea

34 Antonella Santillan (11)


Después

de andar un buen trecho, descubrió don Quijote un gran grupo de gente, que eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Eran seis y venían con otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie. Apenas los divisó don Quijote, cuando se imaginó que era cosa de nueva aventura; y por imitar lo que había leído en sus libros, se apoyó bien en los estribos, apretó la lanza, acercó el escudo al pecho y, puesto en mitad del camino, estuvo esperando a que llegasen aquellos que creía caballeros andantes y, cuando llegaron a una distancia que le pudieran ver y oír, levantó don Quijote la voz y con arrogancia dijo: - Que todos confiesen que no hay en el mundo doncella más hermosa que la Emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso. Se pararon los mercaderes, y al ver la extraña figura del que decía estas palabras, pronto comprendieron su locura, y uno de ellos, que era un poco burlón, le dijo:

Daniela Palacios (10)

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- Señor caballero, nosotros no conocemos quién es esa buena señora que decís: mostrádnosla, que si ella fuere de tanta hermosura como aseguráis, de buena gana confesaremos la verdad que nos pedís. -Si os la mostrara -contestó don Quijote- ¿cuál será vuestro mérito en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; de lo contrario, entraréis en batalla conmigo. -Señor caballero -replicó el mercader-, suplico a vuestra merced, en nombre de todos los príncipes que aquí estamos, que para no cargar nuestras conciencias confesando una cosa

Michael López (8)

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por nosotros jamás vista ni oída, que vuestra merced nos muestre algún retrato de esa señora, y quedaremos con esto satisfechos y seguros y vuestra merced quedará contento; y aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo, por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quiere. -No es tuerta, canalla infame- respondió don Quijote, enfadado-; no es tuerta ni jorobada, sino la más derecha mujer del mundo. Pero vosotros pagaréis la gran blasfemia que habéis dicho contra tan gran belleza como es la de mi señora. Y diciendo esto, arremetió con la lanza baja contra el que lo había dicho, con tanta furia y enojo, que si la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo hubiera pasado mal el atrevido mercader. Cayó Rocinante y fue rodando su amo por el campo; y aunque quería levantarse, no pudo por el peso de sus antiguas armas. Y mientras intentaba levantarse, iba diciendo: -No huyáis, gente cobarde, gente cautiva, esperad; que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido. Un mozo de mulas de los que allí venían, que no debía de ser muy bien intencionado, oyendo decir al pobre caído tantas arrogancias, no lo pudo soportar y, acercándose a él, tomó la lanza y, después de haberla hecho pedazos, comenzó a dar a don Quijote tantos palos que, a pesar de sus armas, le dejó molido. Al fin se cansó el mozo de apalearle y los mercaderes siguieron su camino, abandonando al pobre apaleado; el cual, cuando se vio solo, volvió a probar si podía levantarse; pero si no lo pudo hacer cuando estaba sano y bueno, ¿cómo lo haría molido y casi deshecho?

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CAPÍTULO 6 De cómo don Quijote volvió herido a su aldea

38 Manuel Shiroma (7)


Viendo,

en efecto, que no podía moverse, decidió entretenerse recordando algún episodio de sus libros. Y quiso la suerte que en aquel momento pasara por allí un labrador vecino suyo, que venía de llevar una carga de trigo al molino, el cual le preguntó quién era y qué mal sentía, pues tan tristemente se quejaba. Pero don Quijote siguió recitando unos versos sin hacer caso de sus preguntas. El labrador estaba admirado oyendo aquellos disparates y, quitándole el casco que ya estaba hecho pedazos por los palos, le limpió el rostro, que tenía cubierto de polvo, y le reconoció: -Señor Quijana (que así debía llamarse cuando estaba en su sano juicio), ¿quién ha puesto a vuestra merced en este estado? Pero don Quijote seguía con sus versos. Viendo esto el buen hombre, le quitó lo mejor que pudo el peto y el espaldar para ver si tenía alguna herida, pero no vio sangre alguna. Procuró levantarle del suelo y no con poco trabajo le subió sobre su asno. Recogió las armas, las lió sobre Rocinante, lo tomó de las riendas y se encaminó a su pueblo, pensativo por oír los disparates que don Quijote decía; y no menos pensativo iba don Quijote que, de puro molido y quebrantado, no se podía tener sobre el borrico y, de cuando en cuando, suspiraba. Por fin, llegaron a su aldea cuando estaba anocheciendo. El labrador entró en el pueblo y llegó hasta la casa de don Quijote, donde había gran alboroto, pues estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quijote, y estaba diciéndoles el ama a voces: -¿Qué le parece a usted, señor licenciado Pedro Pérez (que así se llamaba el cura), la desgracia de mi señor? Hace

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tres días que no aparecen ni él, ni el rocín, ni el escudo, ni la lanza, ni las armas. ¡Desventurada de mí! Me parece que estos libros de caballerías, que él tiene y suele leer a menudo, le han vuelto loco, que ahora me acuerdo haberle oído decir muchas veces que quería hacerse caballero andante e irse a buscar las aventuras por esos mundos. La sobrina decía lo mismo y aún decía más: -Sepa, señor maese Nicolás (que éste era el nombre del barbero), que muchas veces mi tío se estaba leyendo estos malditos libros de desventuras hasta dos días seguidos, sin descansar por la noche y, al final, arrojaba el libro, echaba mano a la espada y andaba a cuchilladas con las paredes. Y cuando estaba muy cansado, decía que había matado a cuatro gigantes como cuatro torres, y el sudor que tenía por

Gerónimo Dhereté (8)

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el cansancio decía que era sangre de las heridas recibidas en la batalla; y se bebía luego un jarro de agua fría, y quedaba sano, diciendo que aquel agua era un bebedizo mágico, que le había traído, un gran encantador y amigo suyo. Pero yo tengo la culpa de todo por no haberles avisado de los disparates de mi tío, para que lo curaran antes de llegar a lo que ha llegado, y quemaran todos esos libros. -Eso digo yo también -dijo el cura-; mañana mismo serán condenados al fuego, para que no den ocasión de hacer a quien los lea, lo que le han hecho a mi buen amigo. Todo lo escuchó el labrador y así entendió la enfermedad de su vecino, y comenzó a decir a voces: -¡Abran vuestras mercedes! A estas voces salieron todos y reconociendo a su amigo, amo y tío, corrieron a abrazarle. Pero él dijo: -Deténganse todos, que vengo malherido por culpa de mi caballo. Llévenme a mi lecho y llamen, si es posible, a la sabia Urganda para que cure mis heridas. -Si me decía bien el corazón que mi señor no estaba bien de la cabeza - dijo el ama-. Suba usted que, sin necesidad de esa Urganda, lo sabremos curar aquí. ¡Malditos sean los libros de caballerías que así le han puesto! Le llevaron en seguida a la cama, pero no le hallaron heridas. Le hicieron a don Quijote mil preguntas, pero no quiso responder a ninguna. Sólo dijo que le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que más le importaba. Así se hizo y el cura se informó por el labrador del modo que había encontrado a don Quijote. Él se lo contó todo, con los disparates que había dicho, lo cual aumentó en el cura el deseo de hacer lo que al otro día hizo, como se leerá en el siguiente capítulo. 41


CAPÍTULO 7 De cómo el cura y el barbero quemaron los libros que habían vuelto loco a Don Quijote

42 Hugo Bianculli


A

la mañana siguiente, el cura llamó a su amigo el barbero maese Nicolás, para ir juntos a casa de don Quijote. Allí, el cura pidió a la sobrina las llaves del aposento donde estaban los libros autores del daño, y ella se las dio de muy buena gana. Y aprovechando que don Quijote dormía, entraron todos y hallaron más de cien libros grandes muy bien encuadernados y otros pequeños, y en cuanto el ama los vio, se salió del aposento con gran prisa y volvió luego con un poco de agua bendita y dijo: -Tome usted, señor licenciado, rocíe este aposento, no esté aquí algún encantador de los muchos que tienen estos libros y nos encanten a nosotros porque les queremos echar del mundo. Rió el cura y mandó al barbero que le fuese dando aquellos libros uno a uno para ver de qué trataban, pues podía haber alguno que no mereciese el castigo del fuego. -No hay por qué perdonar a ninguno -dijo la sobrina- porque todos han sido los causantes del daño y mejor será arrojarlos por las ventanas al patio y hacer con ellos un montón y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral y allí se hará la hoguera. Lo mismo dijo el ama, pero el cura no quiso hacerlo sin primero leer por lo menos los títulos. Una vez revisados, casi todos los libros fueron quemados. Sólo se salvaron unos pocos que se quedaron el cura y el barbero. Estando en esto, don Quijote comenzó a dar voces. -¡Aquí, valerosos caballeros! ¡Aquí habéis de mostrar la fuerza de vuestros brazos! Cuando acudieron todos donde estaba don Quijote, él ya estaba levantado de la cama y proseguía en sus voces y en sus desatinos dando cuchilladas a todas partes. Entre todos le obligaron a volver a la cama y, cuando se hubo calmado un poco, don Quijote le dijo al cura:

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Joaquín Mundet

-No está bien, señor arzobispo Turpín, que nosotros, los Doce Pares, dejemos que lleven la victoria de este torneo los caballeros cortesanos. -Calle, querido amigo -contestó el cura-, que Dios hará que la suerte cambie y que lo que hoy se pierde se gane mañana, y atienda a su salud, que me parece que debe estar malherido. -Herido no, -dijo don Quijote- pero sí molido y quebrantado. Y por ahora tráiganme de comer, que es lo que más me conviene. Le dieron de comer y se quedó otra vez dormido y ellos asombrados por su locura. Aquella noche el ama quemó todos los libros que había en el corral y en la casa. El cura y el barbero ordenaron que tapiasen el aposento de los libros para que así, cuando se levantase don Quijote, no los encontrase y que le dijese que un encantador se los había llevado. Y así se hizo todo con mucha rapidez.

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Al cabo de dos días se levantó don Quijote y lo primero que hizo fue ir a ver sus libros, y como no hallaba el aposento donde lo había dejado, andaba de un lado a otro buscándolo. Llegaba adonde solía tener la puerta, y la tocaba con las manos, y volvía y revolvía los ojos por todo, sin decir palabra, pero al cabo de un tiempo, preguntó a su ama que dónde estaba el aposento de sus libros. El ama, que ya estaba bien advertida de lo que debía responder le dijo: -¿Qué aposento busca vuestra merced? Ya no hay aposento ni libros en esta casa, porque un encantador que vino sobre una nube se los ha llevado todos. Dijo que se llamaba “el sabio Muñatón”. -Frestón diría - dijo don Quijote. -No sé -respondió el ama-, si se llamaba “Frestón” o “Fritón” sólo sé que acabó en “tón” su nombre. -Así es- dijo don Quijote-, que es un sabio encantador, gran enemigo mío, que procura hacerme el máximo daño posible, pero no se saldrá con la suya. -¿Quién duda de eso? -dijo la sobrina-. Pero ¿quién le mete a usted, señor tío, en esas riñas? ¿No será mejor estarse tranquilo en su casa y no irse por el mundo a meterse en líos? -¡Oh, sobrina mía -respondió don Quijote-, qué mal enterada estás! No quisieron las dos replicarle más porque vieron que se indignaba. El caso es que él estuvo quince días en casa muy sosegado, y en estos días tuvo numerosas conversaciones con el cura y el barbero y les decía que lo que más necesitaba el mundo eran caballeros andantes.

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CAPÍTULO 8 De cómo don Quijote y Sancho Panza salieron en busca de aventuras y de la que encontraron con unos molinos de viento

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Elías Martinez (6)


En

este tiempo se puso al habla don Quijote con un labrador vecino suyo, hombre de bien, pero de muy poco seso en la mollera. Tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió que el pobre campesino aceptó irse con él y servirle de escudero. Le decía entre otras cosas don Quijote que con él tal vez podría ganar alguna isla y dejarle gobernador de ella. Con estas y otras promesas, Sancho Panza, que así se llamaba el labrador, dejó a su mujer y a sus hijos, y se puso al servicio de su vecino en calidad de escudero. Mandó don Quijote buscar dinero; y vendiendo una cosa y empeñando otra, reunió una razonable cantidad. Se procuró asimismo un escudo, que pidió prestado a un amigo; y reparando su roto casco lo mejor que pudo, avisó a su escudero Sancho del día y la hora en que pensaba ponerse en camino, para que él preparase lo que consideraba más necesario. Él dijo que todo lo llevaría, así como también un burro muy bueno que tenía, porque él no estaba acostumbrado a andar mucho a pie. En lo del asno puso algún reparo don Quijote, tratando de recordar si algún caballero andante había llevado un escudero que montase un asno, pero ninguno le vino a la memoria; a pesar de todo decidió que lo llevase, pensando que le conseguiría mejor montura en cuanto pudiera, ganándole el caballo al primer caballero descortés que topase. Hecho todo esto, sin despedirse Sancho Panza de su mujer y sus hijos, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche se marcharon del lugar sin que persona alguna los viese, y tanto caminaron que al amanecer se creyeron seguros de que no los encontrarían aunque los buscasen.

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Agustín Escobar (11)

Iba Sancho Panza sobre su burro muy a gusto, con sus alforjas y su bota de vino, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la isla que su amo le había prometido. Don Quijote volvió a tomar el mismo camino que en su primer viaje, y se fueron por el campo de Montiel. En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y en cuanto don Quijote los vio, dijo a su escudero: -La ventura va guiando nuestros pasos, porque allí, amigo Sancho Panza, aparecen treinta o más gigantes con quienes pienso entrar en batalla y vencerles. -¿Qué gigantes? -dijo Sancho Panza. -Aquellos que allí ves -respondió su amo-, de los brazos largos. -Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí aparecen no son gigantes sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que dando vueltas por el viento, hacen andar la piedra del molino. -Bien parece que no entiendes tú de esto -respondió don 48


Joaquín Ríos (8)

Quijote-: ellos son gigantes y si tienes miedo, apártate y ponte a rezar que yo voy a enfrentarme con ellos. Y diciendo esto, clavó las espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que aquellos que iba a atacar eran sin duda alguna molinos de viento y no gigantes. Pero él iba tan convencido de que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni se daba cuenta, aunque estaba ya bien cerca, de lo que eran, e iba diciendo a gritos: -¡No huyáis, cobardes y viles criaturas, que es un caballero solo el que os acomete! En esto, se levantó un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, y don Quijote dijo: -¡Aunque mováis vuestros brazos, me las vais a pagar! Y diciendo esto y encomendándose de todo corazón a su

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señora Dulcinea, arremetió a todo el galope de Rocinante y atacó al primer molino que estaba delante; y le dio una lanzada en el aspa que, movida con furia por el viento, hizo pedazos la lanza, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando por el campo muy maltrecho. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y, cuando llegó, encontró que no se podía mover: tal fue el golpe que dio con él Rocinante. - ¡Válgame Dios! - dijo Sancho- ¿No le dije yo que no eran gigantes sino molinos de viento? -Calla, amigo Sancho, -respondió don Quijote-, que las cosas de la guerra cambian continuamente. Además, yo pienso que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha convertido esos gigantes en molinos para quitarme la gloria de su derrota, tal es la enemistad que me tiene. Sancho Panza ayudó a levantar a su amo y lo subió sobre Rocinante. Y recordando la pasada aventura, siguieron el camino de Puerto Lápice, porque allí decía don Quijote que encontrarían muchas aventuras. Pero don Quijote iba muy pesaroso por no tener lanza y le dijo a su escudero: -Recuerdo haber leído que un caballero español, habiéndosele roto la espada en una batalla, arrancó de una encina una pesada rama y con ella machacó tantos enemigos que le quedó por sobrenombre Machuca. Digo esto porque, de la primera encina que encontremos, pienso arrancar una rama tan buena como aquélla y realizar tantas hazañas que tú estés orgulloso de verlas. -Que sea lo que Dios quiera -dijo Sancho-; yo lo creo todo tal como vuestra merced lo dice; pero enderécese un poco, que parece que va de medio lado y debe de ser del dolor de la caída.

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-Esa es la verdad -respondió don Quijote-; y si no me quejo del dolor es porque no está bien que los caballeros andantes se quejen de herida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella. -Si eso es así, nada tengo yo que replicar -respondió Sancho-; pero yo preferiría que vuestra merced se quejara cuando le doliera alguna cosa. En cuanto a mí, me he de quejar al más pequeño dolor que tenga, a no ser que sea también para los escuderos de los caballeros andantes eso del no quejarse. Don Quijote rió muy a gusto la simplicidad de su escudero y le dijo que podía quejarse como y cuando quisiese, con ganas o sin ellas, que hasta entonces no había leído nada en contra de ello en la orden de caballería. Aquella noche la pasaron entre unos árboles, y de uno de ellos arrancó don Quijote un tronco seco que casi podía servir de lanza y le puso la punta de hierro que quitó de la que se había roto. Don Quijote no durmió en toda la noche pensando en su señora Dulcinea, por imitar lo que había leído en sus libros, cuando los caballeros pasaban sin dormir mucho tiempo en los bosques, entretenidos en pensar en sus amadas señoras. Pero Sancho Panza, que tenía el estómago lleno, durmió de un tirón; tanto es así, que si su amo no le hubiera llamado, no habría despertado ni con los rayos del sol que le daban en la cara, ni con el canto de las aves. No quiso desayunar don Quijote, porque se alimentaba de sabrosos recuerdos y allí siguieron su camino hacia Puerto Lápice.

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CAPÍTULO 9 De cómo don Quijote, después de muchos esfuerzos, consiguió vencer al vizcaíno

52 Brian Fernández (11)


Mientras

estaban hablando asomaron por el camino dos frailes de la orden de San Benito montados en dos mulas muy grandes. Detrás de ellos venía un carruaje con cuatro o cinco jinetes a caballo que le acompañaban y dos mozos de mulas a pie. Venía en el carruaje una señora vizcaína que iba a Sevilla, donde la

Carla Scalcini (11)

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esperaba su marido. No venían los frailes con ella, aunque seguían el mismo camino; pero apenas los divisó don Quijote, dijo a su escudero: -O yo me engaño o ésta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto, porque aquellos bultos negros que allí aparecen deben de ser algunos encantadores que llevan raptada a una princesa en aquel coche, y es necesario deshacer ese agravio con todo mi poderío. -Peor será esto que los molinos de viento -dijo Sancho-. Mire señor, que aquellos son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente pasajera. Mire bien lo que hace, no sea que el diablo le engañe. -Ya te he dicho, Sancho -respondió don Quijote-, que sabes muy poco de aventuras: lo que yo digo es verdad y ahora lo verás. Y diciendo esto, se adelantó y se puso en mitad del camino por donde venían los frailes y, cuando estuvieron cerca, les gritó: -Gente endiablada y descomunal, dejad a las princesas que lleváis presas en ese coche; si no, preparaos a recibir la muerte como castigo. Los frailes se detuvieron y quedaron asombrados con la figura y las palabras de don Quijote; y al momento le respondieron: -Señor caballero, nosotros no somos endiablados ni descomunales, sino dos religiosos de San Benito que llevamos nuestro camino, y no sabemos si en este coche vienen princesas en contra de su voluntad. -Para conmigo no hay palabras blandas, que ya os conozco, gente canalla -dijo don Quijote.

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Y sin esperar más respuesta, picó espuelas a Rocinante; y con la lanza arremetió contra el primer fraile con tanta furia, que, si no se dejara caer de la mula, él le hubiera hecho ir por el suelo herido o incluso muerto. El segundo religioso, que vio cómo trataban a su compañero, arreó a su mula y comenzó a correr por aquel campo más ligero que el viento. Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, bajándose de su asno arremetió contra él y empezó a quitarle los hábitos. Llegaron en este momento los dos mozos de los frailes y le preguntaron que por qué le desnudaba. Respondió Sancho que aquello le tocaba a él como botín de la batalla que su señor don Quijote había ganado. Los mozos, que no estaban para bromas ni entendían aquello de botín ni batallas, arremetieron contra Sancho moliéndole a patadas y le dejaron tendido en el suelo, sin aliento ni sentido. Aprovechó el fraile para subir en su mula y, todo temeroso y sin color en el rostro, se fue con su compañero que le estaba esperando a un buen espacio de allí y siguieron su camino, haciéndose más cruces que si llevaran el diablo a las espaldas. Mientras tanto, don Quijote estaba hablando con la señora del coche, diciéndole: -Vuestra hermosura, señora mía, puede hacer lo que más desee, pues la soberbia de vuestros raptores yace por el suelo, derribada por mi fuerte brazo; sabed que yo me llamo don Quijote de la Mancha, caballero andante, aventurero y cautivo de la hermosa señora Dulcinea del Toboso; y en pago al beneficio que de mí habéis recibido, os pido que os presentéis de mi parte a esta señora y le digáis lo que he hecho por vuestra libertad. Todo esto que decía don Quijote lo estaba escuchando un vizcaíno de los que acompañaban el coche, el cual viendo que

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no quería dejar pasar el coche adelante, sino que decía que tenía que dar la vuelta al Toboso, se fue para don Quijote y le dijo en mala lengua castellana y peor vizcaína: -Anda, caballero, que mal andes: ¡por el Dios que me crió, que si no dejas coche, así te matas, como estás ahí vizcaíno! Le entendió muy bien don Quijote y con mucho sosiego le respondió: -Si fueras caballero, que no lo eres, ya hubiera castigado tu atrevimiento.

Milagros Lundbye (10)

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A lo cual replicó el vizcaíno: -¿Yo no caballero? Juro a Dios tan mientes como cristiano. Si lanza arrojas y espada sacas, verás que soy hidalgo por el diablo, y mientes que mira, si otra cosa dices. -Ahora lo veremos -respondió don Quijote. Y arrojando la lanza al suelo, sacó su espada, se colocó su escudo, y arremetió contra el vizcaíno con intención de quitarle la vida. El vizcaíno, que le vio venir, no pudo hacer otra cosa sino sacar su espada; pero le vino bien el hecho de hallarse junto al carruaje, de donde pudo tomar una almohada que le sirvió de escudo, y luego se fueron el uno contra el otro como si fueran dos mortales enemigos. Los demás querían ponerlos en paz, pero no pudieron porque el vizcaíno decía que si no le dejaban acabar su batalla, él mismo mataría a su ama y a todo el que le estorbase. La señora del carruaje, admirada y temerosa de lo que veía, hizo que el cochero se desviase un poco de allí, y desde lejos se puso a mirar la terrible batalla, en la cual el vizcaíno dio a don Quijote una gran cuchillada encima de un hombro, sobre el escudo; y si se la hubiera dado sin defensa, le hubiese abierto hasta la cintura. Don Quijote, que sintió el dolor de aquel bárbaro golpe, dio una gran voz diciendo: -¡Oh, señora de mi alma, Dulcinea, flor de la hermosura! Socorred a este vuestro caballero, que por satisfacer a vuestra gran bondad se halla en este terrible trance. Mientras decía esto, apretó la espada, se cubrió con su escudo y arremetió contra el vizcaíno. El vizcaíno, que así le vio venir contra él, se dio cuenta de su coraje, y decidió hacer lo mismo que don Quijote, bien cubierto con su almohada.

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Puestas y levantadas en alto las cortantes espadas de los dos valerosos y enojados combatientes parecían estar amenazando al cielo, a la tierra y al abismo. Y el primero en descargar el golpe fue el colérico vizcaíno; y lo dio con tanta fuerza y tanta furia que, a no desviársele la espada en el camino, aquel golpe hubiera bastado para dar fin a la batalla y a todas las aventuras de nuestro caballero; pero la buena suerte torció la espada de su contrario, de modo que, aunque le acertó en el hombro izquierdo, sólo le desarmó todo aquel lado, llevándose gran parte del casco con la mitad de la oreja y acabando con él en el suelo. ¡Qué rabia le entró a nuestro manchego al verse maltratar de aquella manera! Se alzó de nuevo en los estribos y apretando más la espada con las dos manos, la descargó sobre el vizcaíno con tal furia que le acertó de lleno sobre la almohada y sobre la cabeza y el hombre comenzó a echar sangre por la nariz, por la boca y por los oídos; la mula, espantada por el terrible golpe, empezó a correr por el campo y a los pocos saltos tiró a su dueño a tierra. En cuanto le vio caer, don Quijote saltó de su caballo y con mucha ligereza llegó hasta él, y, poniéndole la espada entre los ojos, le dijo que se rindiera, que si no, le cortaría la cabeza. Estaba el vizcaíno tan turbado, que no podía responder palabra y lo habría pasado mal si las señoras del coche no hubieran llegado hasta allí pidiendo a don Quijote que perdonara la vida de su escudero. A lo cual don Quijote respondió con mucha gravedad: -De acuerdo, hermosas señoras, yo estoy muy contento de hacer lo que me pedís, pero con la condición de que este caballero ha de ir al Toboso y presentarse de mi parte ante la sin par doña Dulcinea para que ella haga de él lo que quisiese. 58


La temerosa y desconsolada señora, sin saber lo que don Quijote pedía y sin preguntar quién era Dulcinea, le prometió que el escudero haría todo aquello que le fuese mandado. -Pues siendo así no le haré más daño, aunque lo tenía bien merecido. En ese momento ya se había levantado Sancho Panza, algo maltratado por los mozos de los frailes. Había estado atento a la batalla de su señor don Quijote, y rogaba a Dios para que venciera y ganase alguna isla de la cual le hiciese gobernador, como se lo había prometido. Viendo que la pelea había terminado y que su amo volvía a subir sobre Rocinante, se acercó corriendo hasta allí, se puso de rodillas ante don Quijote, le tomó la mano, se la besó y le dijo: -Ruego a vuestra merced que me dé el gobierno de la isla que ha ganado en esta terrible batalla, que por grande que sea yo la gobernaré tan bien como otro que haya gobernado islas por todo el mundo. A lo cual respondió don Quijote: -Advertid, hermano Sancho, que esta aventura no es de islas sino de encrucijadas en las que no se gana otra cosa que sacar la cabeza rota o una oreja menos. Pero tened paciencia que ya vendrán aventuras donde os pueda hacer gobernador. Se lo agradeció mucho Sancho y, besándole otra vez la mano, le ayudó a subir sobre Rocinante, y él subió sobre su asno. Sancho seguía a su señor a todo el trote de su asno, pero Rocinante le dejó tan atrás que el escudero pidió a gritos a su amo que le aguardase. Así lo hizo don Quijote, sujetando las riendas de Rocinante hasta que llegase su cansado escudero. Deseosos de buscar algún lugar donde alojarse aquella noche, acabaron con mucha brevedad su pobre y seca comida.

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Subieron a caballo y se dieron prisa por llegar a algĂşn pueblo antes de que anocheciese, pero sĂłlo consiguieron llegar a las chozas de unos cabreros y decidieron quedarse allĂ­.

Carolina Pacheco (11)

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CAPÍTULO 10 De cómo don Quijote y Sancho Panza fueron derrotados y heridos por unos malvados cabreros

61 Julián Cepeda


A

la mañana siguiente se despidieron de los cabreros y don Quijote y su escudero se internaron en un bosque yendo a parar a un prado de fresca hierba, junto al cual corría un arroyo tan apacible que invitaba a pasar allí las horas de siesta. Allí se bajaron y comieron de lo que hallaron en las alforjas. Ordenó la suerte y el diablo -que nunca duerme- que por aquel valle estuviesen pastando unas yeguas asturianas de unos arrieros yangüeses. Sucedió que, en cuanto Rocinante las olió, se fue con ellas sin pedir permiso; pero las jacas le recibieron con herraduras y dientes y en poco tiempo le rompieron las cinchas y se quedó sin silla. Luego acudieron los arrieros con unas estacas y le dieron tantos palos que lo derribaron en el suelo. En esto, llegaban jadeantes don Quijote y Sancho que habían visto la paliza. Y sin decir más palabras, echó mano a la espada y arremetió contra los yangüeses, y lo mismo hizo Sancho Panza, incitado a seguir el ejemplo de su amo; y nada más empezar, don Quijote dio a uno tal cuchillada que le abrió el sayo de cuero con que venía vestido y gran parte de la espalda. Los yangüeses, que se vieron maltratar de aquellos dos hombres solos siendo ellos tantos, acudieron armados de sus estacas y agarrando a los dos en medio comenzaron a golpearles con gran fuerza y vehemencia; la verdad es que al segundo palo dieron con Sancho en el suelo, y lo mismo le sucedió a don Quijote sin que le sirviesen de nada su destreza y su buen ánimo, y fue a caer a los pies de Rocinante, que aún no se había levantado.

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Micaela Mirande

Viendo los yangüeses la imprudencia que habían hecho, con la mayor rapidez que pudieron recogieron su manada y siguieron su camino, dejando a los dos aventureros en mal estado y con pésimo humor. -Señor, yo soy un hombre pacífico y sé disculpar cualquier injuria porque tengo mujer e hijos que sustentar y criar. Así

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que ya aviso desde ahora a vuestra merced que de ningún modo pondré mano a la espada y que perdono por amor a Dios todos los agravios que me han hecho y los que me han de hacer. A esto respondió su amo: -Quisiera tener aliento para darte a entender el error en el que estás. Las heridas que se reciben en las batallas más bien dan honra que la quitan; así que levántate y marchémonos de aquí antes de que venga la noche y nos sorprenda en este despoblado. Se levantaron ambos, y Sancho acomodó a don Quijote sobre el asno y ató detrás a Rocinante; y llevando el asno por la brida, se dirigió al punto donde le pareció que podía estar el camino real, y tuvo suerte, pues aún no había andado una legua cuando se encontró en dicho camino, y allá cerca descubrió, allá cerca, una venta, que don Quijote insistió en que era un castillo.

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CAPÍTULO 11 De cómo Don Quijote y Sancho Panza llegaron a una venta y de la peligrosa aventura que les sucedió por la noche con la criada Maritornes

65 Agustín Rui (10)


El

ventero, que vio a don Quijote atravesado en el asno, preguntó a Sancho qué le ocurría. Sancho respondió que su amo se había caído desde una peña y tenía magulladas las costillas. La mujer del ventero acudió enseguida a curar a don Quijote e hizo que una hija suya, muchacha de buen parecer, la ayudase. Servía también en la venta una moza asturiana, ancha de cara, llena de cogote, de nariz chata, tuerta de un ojo y del otro no muy sana. Cierto es que la gallardía de su cuerpo compensaba todo lo demás, pues no llegaba a medir ni siete palmos de estatura, y sus espaldas, algo más inclinadas de lo debido, le hacían mirar al suelo más de lo que ella quisiera. Esta gentil moza ayudó a la muchacha y entre las dos hicieron una cama bastante mala a don Quijote en un cobertizo donde también se alojaba un arriero que tenía su cama un poco más allá de la de nuestro caballero. Aquí se acostó después de que la ventera y su hija le vendaron de arriba abajo, mientras les alumbraba Maritornes, que así se llamaba la moza asturiana. -¿Cómo se llama este caballero? -preguntó la asturiana Maritornes. -Don Quijote de la Mancha -respondió Sancho Panza-, y es caballero aventurero y de los mejores que hay en el mundo. -¿Y qué es eso? -replicó la moza. -Es alguien que al momento se ve apaleado y al momento emperador; hoy es la más desdichada criatura del mundo y mañana tiene dos o tres coronas de reinos que dar a su escudero. -¿Y cómo usted, siendo su escudero, no tenéis ya algún condado? -dijo la ventera. -Aún es temprano -respondió Sancho-. Sólo hace un mes

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Magalí Marino (10)

que andamos buscando aventuras y hasta ahora no hemos topado con ninguna que lo sea de verdad. Lo cierto es que, si mi señor don Quijote sana de esta herida, y yo no quedo muy malparado de ella, no cambiaría mis esperanzas con el mejor título de España. Todas estas palabras las estaba escuchando muy atento don Quijote; y sentándose en el lecho como pudo, tomando de la mano a la ventera, le dijo: -Creedme, hermosa señora, que os podéis llamar afortunada por haber alojado en vuestro castillo a mi persona, que es tan importante que no la alabo porque suele decirse que no está bien vista la alabanza propia; pero mi escudero os dirá quién soy. Solamente os digo que quedará eternamente escrito en mi memoria el servicio que me habéis prestado, para agradecéroslo mientras me dure la vida. La ventera, su hija y la buena de Maritornes estaban confusas oyendo tales palabras en la boca del caballero 67


andante, y no entendían nada, aunque sí comprendieron que todo se refería a cortesías y alabanzas; y como no estaban acostumbradas a semejante lenguaje, le miraban y se admiraban y les parecía un hombre muy distinto de los demás; y agradeciéndole con sencillas razones sus halagos, le dejaron, y la asturiana Maritornes curó a Sancho que lo necesitaba casi tanto como su amo. Ya estaba Sancho acostado y, aunque procuraba dormir, no lo conseguía por el dolor de sus costillas; y don Quijote, con el dolor de las suyas, tenía los ojos tan abiertos como una liebre. Toda la venta estaba en silencio, y en toda ella no había más luz que la que daba una lámpara que ardía colgada en medio del portal. Esta maravillosa quietud, y los pensamientos que siempre tenía nuestro caballero de los sucesos que se cuentan a cada paso en los libros, autores de su locura, le trajo a la imaginación una de las mayores locuras que buenamente pueden imaginarse; y fue que él pensó que había llegado a un famoso castillo y la hija del ventero era en realidad la hija del señor de ese castillo, y se había enamorado de él y vendría a declararse. Así, comenzó a preocuparse y se propuso no cometer traición al amor de su señora Dulcinea. Mientras pensaba en estos disparates, apareció la asturiana, la cual entró en el aposento donde se alojaban junto a un arriero. Apenas llegó a la puerta, cuando don Quijote la oyó y, sentándose en la cama, tendió los brazos pensando que era la hija del señor del castillo. Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo, que ni el tacto ni el mal aliento ni otras cosas que traía la moza le desengañaron. Y, teniéndola bien agarrada, con voz amorosa y baja le dijo muchas palabras de

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amor. Maritornes estaba muy apurada y, sin entender lo que le decía, procuraba soltarse de él. En esto, el arriero, que estaba despierto, estuvo escuchando todo lo que don Quijote decía. Y como vio que la moza luchaba por soltarse y don Quijote la seguía agarrando, subió el brazo y descargó tan terrible puñetazo en la mandíbula del enamorado caballero que le bañó toda la boca en sangre, y no contento con esto, se le subió encima de las costillas y se las pisó. El lecho, que era un poco endeble, se cayó al suelo, por lo que se despertó el ventero que imaginó que eran cosas de Maritornes porque la había llamado y no respondía. Con esta sospecha se levantó, y encendiendo un candil, se fue hacia donde había oído la pelea. La moza, viendo que su amo venía, toda asustada y alborotada se metió en la cama de Sancho Panza, que aún dormía, y allí se acurrucó y se escondió. El ventero entró y con el ruido se despertó Sancho que, sintiendo aquel bulto encima de él, pensó que tenía una pesadilla y comenzó a dar puñetazos por todas partes alcanzando así a Maritornes, que, toda dolorida, le dio a él unos cuantos y comenzaron los dos la más reñida y graciosa pelea del mundo. Y así, pegaba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él, el ventero a la moza y todos se golpeaban con tanta prisa, que no descansaban. Y lo mejor fue que al ventero se le apagó el candil y, como quedaron a oscuras, se daban todos a bulto y donde ponían la mano no dejaban cosa sana. Y así estuvieron hasta que un cuadrillero, jefe de la Santa Hermandad, que había oído el extraño estruendo de la pelea, cogió su media vara y entró a oscuras en el aposento. El primero con quien topó fue con don Quijote, que estaba en su derribado lecho, tendido boca arriba sin sentido, y, agarrándole de las barbas no paraba de decir:

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-¡Favor a la justicia! Pero viendo que aquel hombre no se movía, entendió que estaba muerto y que los que allí estaban eran sus asesinos y, con esta sospecha, alzó la voz diciendo: -¡Cierren la puerta de la venta! ¡Que no se vaya nadie, que aquí han matado a un hombre! Esta voz sobresaltó a todos, y dejaron la pelea. Se retiró cada uno a su habitación, quedándose solos los desventurados don Quijote y Sancho que no se podían mover de donde estaban. Don Quijote volvió en sí, y comenzó a llamar a su escudero. -¿Duermes, amigo Sancho? -¡Como voy a dormir! -respondió Sancho, lleno de penaParece que todos los diablos han andado conmigo esta noche.

Augusto Laperne (10)

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-Así es, Sancho, porque, o yo sé poco, o este castillo está encantado; pero me has de guardar un secreto. -Así lo haré -repuso Sancho-. -Has de saber que esta noche me ha sucedido una extraña aventura. Sabrás que hace poco vino a verme la hija del señor del castillo que es la más hermosa doncella que en gran parte de la tierra se puede hallar. Y como este castillo está encantado (tal como te he dicho), mientras que yo estaba con ella en muy dulce conversación, sin que yo la viese ni supiese por dónde venía, llegó una mano pegada a un brazo de algún descomunal gigante, y me dio un puñetazo en las mandíbulas, tan fuerte que las tengo todas bañadas en sangre; y después me golpeó de tal manera que estoy peor que ayer, cuando los arrieros, por culpa de Rocinante, nos dieron la paliza que ya sabes. Por lo cual supongo que algún duende encantado debe de ser el guardián del tesoro de la hermosura de esta doncella, y no debe ser para mí. -Ni para mí tampoco -respondió Sancho-; porque más de cuatrocientos duendes me han aporreado a mí, de tal manera que el molimiento de las estacas no fue nada comparado con esto. -Luego, ¿también tú estás aporreado? -respondió don Quijote. - ¿No le he dicho que sí, para mi desgracia?- dijo Sancho. - No tengas pena, amigo- dijo don Quijote-, que yo haré ahora un bálsamo precioso con el que sanaremos en un abrir y cerrar de ojos. Cuando lo tuvo todo, don Quijote mezcló todos los ingredientes y pidió una botella. Luego dijo sobre ella más de ochenta padrenuestros y otras tantas avemarías, salves y

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credos y cada palabra la acompañaba de una cruz, como si fuera una bendición. Una vez hecho esto, quiso hacer él mismo la experiencia para comprobar la virtud que él se imaginaba que poseía aquel precioso bálsamo; y así se bebió casi un litro. Apenas lo acabó de beber cuando comenzó a vomitar de tal manera que no le quedó nada en el estómago; y con las ansias y la agitación del vómito le dio un sudor enorme, por lo cual mandó que le arropasen y le dejasen solo. Hiciéronlo así, y se quedó dormido más de tres horas, al cabo de las cuales despertó, sintiéndose aliviadísimo, de tal manera que se consideró sano y creyó que había acertado el bálsamo de Fierabrás y que con aquel remedio podía acometer sin temor alguno cualquier riña, batalla o pendencia por peligrosa que fuese.

Gabriel Cejas (10)

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Sancho Panza, que también consideró como un milagro la mejoría de su amo, le rogó que le diese a él lo que quedaba en la olla, que era bastante cantidad. Se lo concedió don Quijote, y él, tomándola con las dos manos, con buena fe y mejor voluntad, se tragó casi la misma dosis que su amo. Pero el caso es que el estómago del pobre Sancho debía de ser más delicado que el de su amo; y así, antes de que llegase a vomitar, le dieron tantas ansias y tantas náuseas, tantos sudores y desmayos, que el pobre creyó con toda seguridad que le había llegado su última hora. Y viéndose tan afligido, maldecía el bálsamo. En esto comenzó a hacer efecto el brebaje, y empezó el pobre escudero a echar líquido por uno y por otro lado, con tanta prisa, que no sirvieron de nada la estera, sobre la cual se había vuelto a echar, ni la manta que le cubría; sudaba con tales angustias que no sólo él, sino todos los que estaban allá pensaron que se le acababa la vida. Le duró esta borrasca casi dos horas, al cabo de las cuales no quedó como su amo, sino tan molido, que no se podía sostener.

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CAPÍTULO 12 De cómo don Quijote y su escudero salieron de la venta y del curioso modo que tuvo Sancho Panza de pagar la cuenta

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Nicolás Alvarez (9)


Don

Quijote, que se sentía ya aliviado empezó a hacer los preparativos de la marcha. Así, ensilló a Rocinante y ayudó a Sancho a subir en su asno. Luego llamó al ventero y con voz reposada y grave le dijo: -Muchos son los favores que he recibido en vuestro castillo, señor alcaide, y quedo obligado a agradecéroslo todos los días de mi vida. Si os lo puedo pagar haciendo cualquier favor que me encomendéis, sabed que mi oficio es ayudar al prójimo. El ventero le respondió: -No tengo necesidad de que vuestra merced me vengue de ningún agravio ni me ayude en cosa alguna. Sólo deseo que me pague el gasto que esta noche me ha hecho en la venta, tanto de la paja y cebada de sus animales como de la cena y de las camas. -Luego ¿venta es esta? -replicó don Quijote. -Y muy honrada -respondió el ventero. -Engañado he vivido hasta ahora creyendo que esto era un castillo -repuso don Quijote-; pero, puesto que no es castillo sino venta, lo que se podrá hacer es perdonar la deuda, pues yo no puedo ir contra la orden de los caballeros andantes, los cuales jamás pagaron posada ni otra cosa en las ventas donde estuvieron. -Yo no tengo nada que ver con todo eso -respondió el ventero-. Págueme lo que se me debe y dejémonos de cuentos ni de caballerías. -Vos sois un mal hostelero -respondió don Quijote. Y picando espuelas a Rocinante, salió de la venta sin que nadie le detuviese; y sin mirar si le seguía su escudero, se adelantó un buen espacio. El ventero, que le vio marchar sin pagar, acudió a cobrar a Sancho Panza:

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Agustina Fittipaldi (7)

-Puesto que mi señor –le dijo Sancho-, no ha querido pagar, yo tampoco lo haré. Se irritó mucho el ventero y le amenazó con que, si no le pagaba, se lo cobraría de un modo que le gustaría menos. A lo cual respondió Sancho que por la ley de caballería que su amo había recibido, no pagaría ni una sola moneda aunque le costase la vida. Quiso la mala suerte del desdichado Sancho que, entre la gente que estaba en la venta, se encontrasen nueve trabajadores de Segovia, Córdoba y Sevilla, gente alegre, bienintencionada y juguetona, quienes, como movidos por una misma idea, se acercaron a Sancho y le bajaron del asno. Luego uno de ellos entró a buscar una manta y, echándole en ella, alzaron los ojos y vieron que el techo era algo más bajo de lo que necesitaban

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para llevar a cabo su obra, y decidieron salir al corral, que tenía por techo el cielo; y allí, después de poner a Sancho en mitad de la manta, comenzaron a levantarle en alto, y a divertirse con él como con un perro de los que se acostumbra mantear en el Carnaval. Las voces del desdichado manteado fueron tantas que llegaron a los oídos de su amo, el cual, deteniéndose a escuchar atentamente, creyó que se le presentaba alguna nueva aventura, hasta que se dio cuenta de que el que gritaba era su escudero por lo que volvió a la venta y, en cuanto llegó a las paredes del corral, vio la broma que se le hacía a Sancho. Le vio bajar y subir por el aire con tal gracia y rapidez que, si la cólera le dejara, seguro que se hubiera reído. Pero estaba tan molido que no pudo apearse del caballo y así empezó a maldecir e insultar a los que manteaban a Sancho, sin que los

Francisco Oteo (7)

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otros le hicieran caso. Por fin, éstos se cansaron y dejaron en paz a Sancho. Le subieron en su asno y le arroparon con su gabán. La compasiva Maritornes dio a Sancho un vaso de vino y éste se fue de la venta, muy contento de no haber pagado nada y de haberse salido con la suya, aunque el ventero se quedó con sus alforjas en pago de lo que se le debía, pero Sancho no las echó en falta, ya que salió atontado después del manteamiento.

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CAPÍTULO 13

De cómo don Quijote consiguió el famoso Yelmo de Mambrino

79 Raúl Toledo (10)


Llegó

Sancho hasta donde estaba su amo, tan marchito y desmayado que casi no podía arrear a su asno. Cuando don Quijote le vio así, le dijo: -Ahora sí que creo que aquel castillo o venta estaba encantado, pues aquellas gentes que se divertían contigo sólo podían ser fantasmas y seres de otro mundo. Y lo digo porque no pude subir por los muros del corral y menos todavía apearme de Rocinante; me debían de tener encantado; de lo contrario, te juro que si hubiera podido subir o apearme del caballo, yo te habría vengado de manera que aquellos malandrines se acordaran de la burla para siempre. -También me hubiera vengado yo si hubiese podido, pero no pude, aunque yo pienso que aquellos no eran fantasmas ni hombre encantados, como vuestra merced dice, sino hombres de carne y hueso como nosotros. Así que creo que no hubo encantamiento alguno y lo que yo saco en limpio de todo esto es que estas aventuras que andamos buscando nos traen muchas desventuras; y lo mejor sería volvernos inmediatamente a nuestra aldea. -Calla y ten paciencia, Sancho, -respondió don Quijote-, que llegará un día en que verás lo honroso que es hacer este ejercicio. Si no, dime: ¿qué mayor contento puede haber en el mundo o qué gusto puede igualarse al de vencer una batalla y al de triunfar sobre el enemigo? Ninguno, sin duda alguna. -Así debe de ser -respondió Sancho-, puesto que yo no lo sé. Sólo sé que desde que somos caballeros jamás hemos vencido en ninguna batalla, salvo la del vizcaíno, y de ella salió vuestra merced con media oreja y medio casco menos. Según iban conversando, torcieron por un camino, a la derecha, y fueron a salir a otro parecido al del día anterior. Al poco rato, don Quijote descubrió un hombre a caballo que llevaba en la

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cabeza una cosa que brillaba como si fuera de oro y volviéndose hacia Sancho le dijo: -Me parece, Sancho, que, si no me engaño, hacia nosotros viene a caballo un hombre que en su cabeza lleva puesto el yelmo de Mambrino. -Lo único que veo es un hombre sobre un asno pardo como el mío, que lleva una cosa que brilla. -Pues ese es el yelmo de Mambrino -dijo don Quijote-. Apártate y déjame con él a solas: verás cómo sin hablar palabra concluyo esta aventura y queda por mío el yelmo que tanto he deseado. El caso es que el yelmo, el caballo y el caballero que don Quijote veía eran esto: que en aquellos contornos había dos aldeas, una de las cuales era tan pequeña que no tenía ni botica ni barbero, y así el barbero de la mayor servía a la menor. Ocurrió que dos hombres de la aldea menor tuvieron necesidad de él, para lo cual venía el barbero y llevaba una bacía o palangana de latón; y como había comenzado a llover, para que no se le manchase el sombrero, que debía de ser nuevo, se puso la bacía en la cabeza y, como estaba limpia, se la veía brillar de lejos. Venía sobre un asno pardo, como Sancho dijo, pero a don Quijote le pareció un caballo. Y cuando el barbero vio que el caballero se acercaba a él, sin cruzar con él ni una palabra, a todo correr de Rocinante, apuntándole con su lanza y con intención de atravesarle de lado a lado, no se lo pensó dos veces: se dejó caer del asno y, más ligero que un gamo, comenzó a correr por aquel llano abandonando la bacía o yelmo. Don Quijote la tomó en sus manos y dijo: - Sin duda que el pagano para quien se hizo esta famosa celada debía de tener una cabeza grandísima; y lo peor de todo es que le falta la mitad.

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Cuando Sancho oyó llamar casco a la bacía no pudo contener la risa. -¿De qué te ríes, Sancho? -Me río de pensar en la cabeza tan enorme que tenía el pagano dueño de este yelmo, que parece más bien la bacía de un barbero. -Sea como fuere, como yo conozco su valor, la haré arreglar por un herrero y entretanto la llevaré como pueda y será suficiente para defenderme de alguna pedrada. Sancho pidió a su amo que le dejase quedarse con los aparejos del asno del barbero, a lo cual consistió de buen grado don Quijote. De este modo Sancho hizo el cambio con lo cual mejoró mucho a su jumento. Después de almorzar subieron a caballo y sin tomar un determinado camino, se pusieron a caminar por donde Rocinante quiso.

Daniel Valseche (11)

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CAPÍTULO 14 De cómo don Quijote liberó a los galeotes y la extraña manera que tuvieron de agradecérselo

83 Florencia Andiarena (8)


Mientras

iban caminando, don Quijote vio por el camino unos doce hombres a pie, unidos todos por una gran cadena que les rodeaba los cuellos y con esposas en las manos. Iban con ellos dos hombres a caballo y dos a pie con escopetas y espadas; nada más verlos, dijo Sancho: -Esta es una cadena de galeotes, gente forzada del rey, condenados que van a remar en las galeras.

Natalí Toledo (7)

-¿Gente forzada? -preguntó don Quijote-. ¿Es posible que el rey fuerce a alguna persona? -No digo eso -respondió Sancho- sino que es gente que por sus delitos va condenada a servir al rey a las galeras. - Pues si van forzados aquí tengo que ejercer mi oficio de socorrer a los desgraciados. - Advierta vuestra merced -dijo Sancho- que la justicia,

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que es el mismo rey, no hace fuerza a esta gente, sino que les castiga por sus delitos. Llegaron los galeotes y don Quijote, con muy corteses palabras, pidió a los guardianes que le informasen sobre los presos y le dijesen la causa por la cual llevaban a aquella gente de aquella manera. Uno de los guardias respondió que eran galeotes, gente de Su Majestad, que iban a galeras, y que no había más que decir, ni él tenía más que saber. -A pesar de todo -replicó don Quijote -, quisiera saber la causa de la desgracia de cada uno de esos hombres. -Aunque llevamos aquí el registro de las sentencias de cada uno de estos desgraciados, no hay tiempo de detenerse a leerlas. Si quiere vuestra merced, pregúnteselo a ellos mismos y ya se lo dirán si quieren hacerlo. Obtenido este permiso, que don Quijote se tomó, aunque no se lo dieron, se acercó a la cadena y le preguntó al primero por qué pecados había sido condenado. Él respondió que por enamorado. -¿Por eso nada más? -replicó don Quijote-. Pues si por enamorado se va a galeras, algún día estaré yo remando en ellas. -No son los amores que vuestra merced piensa -dijo el galeote-; pues los míos fueron que quise tanto a una canasta de ropa blanca, que la abracé conmigo tan fuertemente que, si no me la hubiera quitado la justicia por fuerza, aún la tendría. Se vio la causa, me dieron cien azotes y por añadidura tres años en galeras, y se acabó todo. Lo mismo preguntó don Quijote al segundo, que no respondió palabra, porque iba muy triste y melancólico; mas el primero respondió por él y dijo:

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-Este, señor, va por canario... Digo, por músico y cantante. -Pero ¿cómo? -replicó don Quijote -. ¿Por músicos y cantantes también van a galeras? -Sí, señor -respondió el galeote. -No lo entiendo -dijo don Quijote. Pero uno de los guardianes le dio esta explicación: -Señor caballero, a este pecador le dieron tormento y confesó su delito; y por haber confesado le condenaron a seis años de galeras, además de darle doscientos azotes, y va siempre pensativo y triste porque los demás ladrones le menosprecian porque no tuvo valor para callarse. Tras todos ellos venía un hombre de muy buen aspecto, de unos treinta años. Venía más atado que los demás porque traía una cadena al pie, tan grande, que se le liaba por todo el cuerpo, y dos argollas a la garganta. Don Quijote preguntó cómo iba aquel hombre con más cadenas que los demás. El guarda respondió que porque tenía él solo más delitos que todos los otros juntos y que era tan atrevido y tan bellaco, que aunque le llevaban de aquella manera, no iban seguros de él, sino que temían que se les podía escapar. -¿Qué delitos puede tener -dijo don Quijote- si sólo va a galeras? -Va por diez años -replicó el guarda- y ha perdido todos sus derechos. Es el famoso Ginés de Pasamonte, también llamado Ginesillo de Parapilla. -Me llamo Ginés y mi apellido es Pasamonte -dijo el galeote. -Hable con menos tono, señor ladrón -dijo el guardia- si no quiere que le haga callar. -Algún día sabrá cómo me llamo... -repuso Ginés de Pasamonte.

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El comisario alzó la vara para castigar al galeote, pero don Quijote se puso en medio y le rogó que no le maltratase; y volviéndose a todos los encadenados les dijo: -De todo cuanto me habéis dicho, he sacado en limpio que, aunque os han castigado por vuestras culpas, las penas que vais a padecer no os dan mucho gusto, y que vais a ellas de muy mala gana y en contra de vuestra voluntad, de manera que estoy convencido de que he de ejercer con vosotros mi oficio, para el cual me fue otorgada la orden de caballería que profeso, para favorecer a los necesitados. Pero como sé por prudencia que lo que se puede hacer a las buenas no hay que hacerlo a las malas, quiero rogar a estos señores guardianes y al comisario que hagan el favor de desataros y dejaros ir en paz, porque si no lo hacen de buen grado, esta lanza y esta espada, junto con la fuerza de mi brazo, harán que lo hagan por la fuerza. -¡Menuda tontería! -respondió el comisario. ¡Vaya con lo que ha salido al cabo de tanto rato! Siga vuestra merced, señor, su camino, y enderécese esa bacía que lleva en la cabeza, y no busque tres pies al gato. -Vos sois el gato y el bellaco -dijo don Quijote. Y diciendo y haciendo arremetió contra él tan deprisa que, sin que tuviera tiempo de defenderse, le tiró al suelo, malherido de una lanzada; y tuvo suerte porque era éste el de la escopeta. Los demás guardianes quedaron atónitos y suspensos, a causa del inesperado acontecimiento; pero, volviendo en sí, echaron mano a sus espadas y a sus dardos y arremetieron contra don Quijote, quien, con mucha calma, les estaba aguardando; y sin duda lo hubiera pasado mal si los galeotes, viendo la ocasión que se les ofrecía de alcanzar la libertad, no hubiesen procurado romper la cadena donde venían ensartados.

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La revuelta fue de tal manera que los guardianes, entre vigilar a los galeotes que se desataban y acometer a don Quijote, no hicieron nada de provecho. Ayudó Sancho, por su parte, a la soltura de Ginés de Pasamonte, que fue el primero que quedó libre y, arremetiendo contra el comisario caído le quitó la espada y la escopeta, con la cual, apuntando a unos y a otros, sin disparar, no quedó ni un guardia en todo el campo, porque huyeron todos. Se entristeció mucho Sancho por este suceso, pues supuso que los que iban huyendo darían parte del caso a la Santa Hermandad, la cual saldría a buscar a los delincuentes; y así se lo dijo a su amo, y le rogó que se marchasen de allí enseguida. -Bien está eso -dijo don Quijote; pero yo sé lo que se debe hacer ahora. Y llamando a todos los galeotes, que andaban alborotados, les dijo así: -Es propio de gente bien nacida agradecer los beneficios que se reciben, y uno de los pecados que más ofende a Dios es la ingratitud. Lo digo porque ya habéis visto, señores, el favor que de mí habéis recibido, en pago del cual querría que os pongáis en camino hasta el Toboso, y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso, y le digáis que su Caballero de la Triste Figura es quien os ha dado vuestra deseada libertad; y hecho esto, os podréis marchar adonde queráis. Respondió por todos Ginés de Pasamonte y dijo: -Lo que nos manda, señor y libertador nuestro, es imposible de cumplir, porque no podemos ir juntos por los caminos, sino solos y separados, cada uno por su lado, procurando escondernos para no ser hallados por la Santa Hermandad, que sin duda alguna saldrá en nuestra busca. Lo que usted puede hacer es

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cambiar ese servicio de la señora Dulcinea del Toboso por alguna cantidad de avemarías y credos, que nosotros diremos por la intención de vuestra merced; y esto se podrá cumplir de día y de noche, huyendo o reposando; pero pedir que vayamos con la cadena a cuestas hasta el Toboso, es casi lo mismo que pedir peras al olmo. -Pues ¡voto a tal! -dijo don Quijote indignado-, don Ginesillo de Paropillo o como os llaméis, que habéis de ir vos solo, con toda la cadena a cuestas. Pasamonte -que ya se había dado cuenta de que don Quijote no era muy cuerdo, por el disparate que había hecho de darles la libertad-, viéndose tratar de aquella manera, guiñó un ojo a los compañeros y se apartó hacia atrás. En aquel instante comenzaron a llover tantas piedras sobre don Quijote que no tuvo tiempo de cubrirse con el escudo y el pobre Rocinante no se movía, como si fuera de bronce. Sancho se puso tras de su asno y con él se defendía de la nube de pedrisco que llovía sobre ellos. A pesar del escudo, unos cuantos guijarros acertaron en el cuerpo de don Quijote, con tanta fuerza que le tiraron al suelo; y apenas hubo caído cuando se arrojaron sobre él los galeotes y le quitaron todo, lo mismo que a Sancho. Luego se fueron cada uno por su lado. Quedaron solos el jumento y Rocinante, don Quijote y Sancho. Este, en mangas de camisa y temeroso de la Santa Hermandad, y don Quijote apesadumbrado de verse tan maltratado por los mismos a quienes tanto bien había hecho.

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CAPÍTULO 15 De cómo don Quijote y Sancho llegan a Sierra Morena y de la extraña conversación con Cardenio

90 Agustina Dieguez (11)


Viéndose

en tan mal estado, don Quijote dijo a su escudero:

-Siempre he oído decir, Sancho, que hacer bien a malhechores es como echar agua en el mar. Si yo hubiera creído lo que me dijiste, nos hubiéramos evitado esta pesadumbre. Pero ya está hecho: paciencia y escarmentar de aquí en adelante. -Así escarmentará usted -respondió Sancho-, pero créame ahora y nos ahorraremos otro peligro mayor, porque le hago saber que con la Santa Hermandad no sirve de nada ser caballero andante y me parece que sus flechas ya me silban en los oídos. -Esta vez seguiré tu consejo, amigo Sancho, y me apartaré de la furia que tanto temes, pero a condición de que nunca has de decir a nadie que me retiré y aparté de este peligro por miedo, sino por complacer tus ruegos. -Señor -respondió Sancho- el retirarse no es huir y no es de sensatos esperar el peligro. Así que no se arrepienta de haber tomado mi consejo, suba sobre Rocinante y sígame. Subió don Quijote sin replicarle más palabra y guiado por Sancho sobre su asno, se metieron por una parte de Sierra Morena que estaba allí cerca, pues Sancho pretendía atravesarla y esconderse algunos días para no ser encontrados por si la Hermandad les buscaba. En cuanto don Quijote entró por aquellas montañas se alegró mucho, pues le pareció que aquellos lugares eran propios para las aventuras que buscaba. En esto, Sancho levantó los ojos y vio que su amo estaba parado, intentando levantar con la punta de la lanza un bulto que estaba caído en el suelo. Le ayudó y vio que era un cojín y una maleta medio podridos o podridos del todo y deshechos. Como pesaban

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Carolina Bongiorno (11)

tanto, Sancho se apeó a tomarlos y su amo le mandó que viese lo que en la maleta venía. Así lo hizo Sancho y, aunque la maleta venía cerrada con una cadena y su candado, por los agujeros que tenía vio que en ella había cuatro camisas de lino y, en un pañuelo, un buen montón de escudos de oro y cuando los vio dijo: -¡Bendito sea todo el cielo, que nos ha deparado una aventura que es de provecho! Y buscando más, hallaron un librillo. Don Quijote guardó para sí el libro y dio a Sancho el dinero. El caballero abrió el libro y vieron que contenía unos poemas y unas cartas de amor, quejas, lamentos y desconfianzas. El Caballero de la Triste Figura quedó con un gran deseo de saber quién era el dueño de la maleta, aunque por lo que leyó en el librillo y por el dinero que encontraron, supuso que debía de ser algún

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rico enamorado a quien los rechazos de su dama habían conducido allí. Yendo con este pensamiento, don Quijote vio que en la cumbre de una colina iba saltando un hombre de piedra en piedra y de mata en mata. Le pareció que iba casi desnudo, que tenía una barba negra y espesa, los cabellos revueltos y los pies descalzos. Pero el hombre escapó y fueron inútiles los intentos de seguirle, pues Rocinante no podía andar por aquel terreno. Pero cuando rodearon parte de la montaña, oyeron un silbido de pastor que guardaba ganado, y a su izquierda apareció una buena cantidad de cabras, y tras ellas el cabrero que las guardaba, que era un hombre anciano. Don Quijote le dio voces y le rogó que bajase al lugar donde estaban. -Decidme, buen hombre -dijo don Quijote -, ¿sabéis quién es el dueño de estas prendas? A estas palabras respondió el cabrero explicando que hacía unos seis meses que había aparecido por allí un joven de muy buena presencia, el cual, abandonando la maleta donde la habían visto, se había quedado a vivir solo entre aquellas montañas. En una ocasión había robado a un pastor, por lo que algunos cabreros fueron a rogarle que pidiera la comida antes que robarla. El joven les pidió perdón y agradeció su ofrecimiento llorando pero, repentinamente, atacó a uno de los pastores, por lo cual pudieron darse cuenta de que en determinados momentos le daba una súbita locura que le hacía ser violento y acusaba a un tal Fernando de todas sus desdichas. Don Quijote quedó admirado de lo que el cabrero le había contado y tuvo más deseo de saber quién era el desdichado loco, y se propuso buscarle por toda la montaña, sin dejar de mirar en ningún rincón ni cueva hasta hallarle. Pero en 93


aquel mismo instante apareció por la sierra el joven a quien buscaba, el cual venía hablando consigo mismo, sin que se pudiera entender lo que decía. Al llegar a ellos, el joven les saludó con voz bronca, pero con mucha cortesía. Don Quijote se apeó de Rocinante y le abrazó durante un rato. El joven le miró extrañado y le dijo:

Camila Bongiorno (8)

-Señor, quienquiera que seáis, que yo no os conozco, os agradezco la cortesía que habéis tenido conmigo. Y tras mirarle y remirarle de arriba abajo, dijo: -Si tienen algo que darme de comer, por amor de Dios que me lo den, que después de haber comido yo haré todo lo que me manden, en agradecimiento a vuestros buenos deseos. Sancho y el cabrero se apresuraron a sacar comida, con lo cual el muchacho satisfizo su hambre. Después empezó a explicar su historia. 94


Dijo que se llamaba Cardenio y que pertenecía a una noble y rica familia de Andalucía. Desde sus más tiernos años, se enamoró de la hermosa Luscinda, cosa que agradó a sus padres. Pero un amigo suyo, llamado Fernando, que se había prometido a otra bella doncella llamada Dorotea, vio a Luscinda y se enamoró de ella. -Procuraba siempre don Fernando leer los papeles que yo enviaba a Luscinda y los que ella me respondía, pues los dos éramos muy amigos. Sucedió que un día que Luscinda me pidió para leer un libro de caballería que era el de Amadís de Gaula... Cuando don Quijote oyó nombrar este libro de caballerías, interrumpió las explicaciones de Cardenio: -Con que vuestra merced me hubiera dicho que la señora Luscinda era aficionada a los libros de caballerías habría

Gustavo Lara (11)

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sido suficiente para alabarla en extremo. Perdone por la interrupción, y siga su historia. Cardenio había bajado la cabeza y no respondía palabra, pero al poco, empezó a discutir con don Quijote y como Cardernio estaba loco, cogió una piedra y la lanzó contra el pecho de don Quijote con tal fuerza que le hizo caer de espaldas. Sancho quiso defender a su señor, pero el loco le tiró al suelo y luego le molió las costillas. El cabrero, que le quiso defender, recibió el mismo trato. Y después de rendirlos a todos, Cardenio les dejó y fue a esconderse en la montaña. Sancho se levantó y quiso vengarse del cabrero diciéndole que él tenía la culpa, pero el cabrero respondió que él ya había dicho que le tomaba a ratos la locura, y que no era suya la culpa. Don Quijote preguntó al cabrero si sería posible encontrar a Cardenio porque quería saber el final de su historia y éste respondió que si andaba mucho por aquellos contornos quizá lo hallara de nuevo, loco o cuerdo.

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CAPĂ?TULO 16 De la extraĂąa penitencia de amor que hizo don Quijote en Sierra Morena

97 Gustavo Mansilla


Don

Quijote se despidió del cabrero y, subiendo sobre Rocinante, mandó a Sancho que le siguiese. Iban charlando de lo que había sucedido con Cardenio cuando Sancho dijo: -¿Qué es lo que vuestra merced quiere hacer en este remoto lugar? - Quiero imitar a Amadís haciendo aquí de desesperado y de furioso, -respondió don Quijote. -Pero vuestra merced, ¿qué causa tiene para volverse loco y ponerse a hacer penitencia? -Ahí está el detalle -respondió don Quijote-, pues volverse loco un caballero andante con causa justificada no tiene gracia; el toque está en desvariar sin motivo. Así que, Sancho amigo, no pierdas el tiempo en aconsejarme. Loco soy o loco he de ser hasta que tú vuelvas con la respuesta de una carta que contigo pienso enviar a mi señora Dulcinea. Con esta conversación, llegaron al pie de una alta montaña de Sierra Morena, donde le pareció bien a Sancho pasar la noche. Pero la mala suerte hizo que Ginés de Pasamonte se escondiera entre aquellas montañas y fue a parar al mismo sitio en que estaban durmiendo Sancho y su amo. Ginés decidió robar el asno de Sancho sin ocuparse de Rocinante. Cuando el buen escudero despertó a la mañana siguiente y no encontró a su asno prorrumpió en un triste y doloroso llanto. Don Quijote le consoló y le prometió que le daría una carta para que en su casa le entregasen tres pollinos de los cinco que tenía. Con ello se consoló Sancho y agradeció a su amo tan señalado favor. Poco después, don Quijote se dispuso para hacer una penitencia, tal como había leído en sus libros. Así, hizo y dijo muchas locuras para que Sancho las contara a Dulcinea.

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Martín Elgar

-Ya que no hay papel aquí -dijo don Quijote-, escribiré la carta en el libro que fue de Cardenio y tendrás cuidado de hacerla escribir en papel, con buena letra, en el primer lugar donde haya un maestro de escuela o un sacristán. -¿Y qué se ha de hacer con la firma? -dijo Sancho. -Nunca las cartas de Amadís se firmaron -respondió don Quijote. -Está bien -respondió Sancho. -Poco importa que vaya firmada por mano ajena, porque, por lo que yo recuerdo, Dulcinea no sabe escribir ni leer y nunca ha visto ni letra ni carta mía, porque mis amores y los suyos han sido siempre platónicos, sin llegar más que a una honesta mirada, y muy de cuando en cuando, pues no la he visto cuatro veces y puede ser que ella no se haya dado cuenta,

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tal es el recato y encerramiento con que sus padres, Lorenzo Corchuelo y su madre Aldonza Nogales, la han criado. -¡Ta, ta! -dijo Sancho- ¿Que la hija de Lorenzo Corchuelo es la señora Dulcinea del Toboso, llamada por otro nombre Aldonza Lorenzo? -Esa es -dijo don Quijote- y es la que merece ser señora de todo el universo. -Bien la conozco- dijo Sancho- y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzudo muchacho de todo el pueblo. ¡Por Dios que es moza hecha y derecha y de pelo en pecho! -Ya te tengo dicho que hablas demasiado. Yo la pinto en mi imaginación como la deseo, tanto en belleza como por su inteligencia. -En todo tiene razón vuestra merced -respondió Sancho-. Venga la carta. Después de escribir la carta para Dulcinea, se la entregó a Sancho y para que éste se enterara de su contenido se la leyó: “-Soberana y alta señora: El herido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu hermosura me desprecia y me rechaza, aunque yo sea muy sufrido, mal podré sostenerme en esta pena, que además de ser fuerte es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te explicará por completo del modo que por tu causa quedo; si gustas de socorrerme tuyo soy, y si no, haz lo que te viniere en gusto; que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y mi deseo. Tuyo hasta la muerte. El Caballero de la Triste Figura”. - ¡Es la más alta cosa que jamás he oído! -dijo Sancho oyendo la carta- ¡cómo le dice vuestra merced ahí todo lo que quiere! Ahora ponga vuestra merced en esa otra página el

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Gabriela Rampoldi

documento de los tres pollinos y fírmelo con mucha claridad. Así lo hizo don Quijote y luego pidió a Sancho que viera por lo menos algunas de esas locuras que hacían los caballeros andantes para hacer la penitencia y, desnudándose a toda prisa, se quedó en paños menores y luego sin más ni más dio dos zapatetas en el aire e hizo dos volteretas con la cabeza abajo y los pies en alto. Sancho ya se dio por satisfecho y se dispuso a emprender su camino que, como veremos, fue breve.

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CAPÍTULO 17 De cómo el cura y el barbero salen en busca de don Quijote y de su encuentro con Sancho Panza

Gimena Cornec (10)


En

cuanto salió al camino real, el escudero se puso en busca del Toboso, y al día siguiente llegó a la venta donde le había sucedido la desgracia de la manta. De allí salieron dos personas que le reconocieron. -Dígame, señor licenciado, aquel del caballo ¿no es Sancho Panza el que había salido como escudero de nuestro aventurero? -Sí es -dijo el licenciado-, y aquel es el caballo de nuestro don Quijote. Y le conocieron tan bien porque eran el cura y el barbero de su mismo pueblo, los cuales, cuando reconocieron a Sancho Panza y a Rocinante, deseosos de saber algo de don Quijote, se fueron hacia él y el cura le llamó por su nombre, diciéndole: -Amigo Sancho Panza, ¿dónde está vuestro amo? Les conoció Sancho Panza y decidió encubrir el lugar y el estado en que su amo estaba y así les respondió que su amo se había quedado ocupado en cierta parte y en cierta cosa que le era de mucha importancia, la cual él no podía descubrir. - No, no -dijo el barbero - Sancho Panza, si vos no nos decís donde está, imaginaremos que le habéis matado y robado, pues venís con su caballo. - No hay por qué amenazarme, pues no soy hombre que robe ni mate a nadie. Mi amo se ha quedado haciendo penitencia en medio de la sierra, muy a su gusto. Y luego, sin parar, les contó las primeras aventuras que con él le habían sucedido, y cómo llevaba una carta a la señora Dulcinea del Toboso, que era la hija de Lorenzo Corchuelo, de quien su amo estaba enamorado. Quedaron admirados los dos de lo que Sancho Panza les contaba y le pidieron que les enseñase la carta que llevaba a la

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Marison Tito (10)

señora Dulcinea del Toboso. Él dijo que iba escrita en un libro y que tenía orden de su señor de hacerla trasladar en papel en el primer lugar adonde llegase, a lo cual dijo el cura que se la mostrase, que él la trasladaría con muy buena letra. Empezó Sancho a buscar el librillo, pero no lo encontró ni lo podía encontrar porque se había quedado don Quijote con él y no se lo había dado ni él se acordó de pedírselo. Cuando Sancho vio que no hallaba el libro, se puso a arrancarse las barbas con ambas manos y se quedó con la mitad de ellas, y luego se dio media docena de puñetazos en el rostro y en las narices. Al ver esto el cura y el barbero le preguntaron qué era lo que sucedía. - ¿Qué me ha de suceder? - respondió Sancho - sino que he perdido en un instante tres pollinos como tres castillos?

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- ¿Cómo es eso? - preguntó el barbero. - He perdido el libro - respondió Sancho- donde venía la carta para Dulcinea y un documento firmado de mi señor, por el cual mandaba a su sobrina que me diese tres pollinos. Y con esto les contó la pérdida de su asno. El cura le consoló y le dijo que cuando hallase a su señor, él le haría repetir el documento en papel, puesto que los escritos en libros jamás se cumplían ni se aceptaban. Con esto se consoló Sancho y dijo que, siendo así, no daba mucha importancia a la pérdida de la carta de Dulcinea, pues la recordaba de memoria. El cura y el barbero entraron en la venta y Sancho dijo que les esperaría fuera. Después, al cura se lo ocurrió una idea y le dijo al barbero que él se vestiría como doncella andante y que el barbero procurase ponerse lo mejor posible como escudero y que así irían donde don Quijote estaba, fingiendo ser una doncella afligida y le pediría un don, al cual él no podría negarse, como valeroso caballero andante. Y que el don que pensaba pedir era que se viniese con ella donde le llevase, a vengarse de un caballero que mal le había hecho, y que le suplicaba que no le mandase quitar su antifaz, ni le preguntase nada hasta el final de su aventura. Así creían que don Quijote haría todo lo que le pidiese y, de esta manera, le sacarían de allí y se lo llevarían a su pueblo, donde procurarían ver si tenía algún remedio su extraña locura. Pidieron a la ventera ropa femenina para el cura y el barbero se hizo una gran barba. Pero apenas salieron de la venta, cuando el cura pensó que hacía mal en haberse puesto de aquella manera, por ser cosa indecente que un sacerdote se pusiese así y, diciéndoselo al barbero, le rogó que cambiasen

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los trajes, pues era más justo que él fuese la doncella y él haría de escudero, y que se profanaba menos su dignidad. En esto llegó Sancho, y al ver a los dos en aquel traje no pudo contener la risa. Así, el cura y el barbero decidieron no vestirse hasta que no estuviesen donde don Quijote estaba. Siguieron su camino, guiados por Sancho Panza, el cual les fue contando lo que les ocurrió con el loco que hallaron en la sierra.

Jeremías Mundo (10)

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CAPÍTULO 18 De cómo el cura, el barbero y Sancho Panza se encuentran con Dorotea y su maravillosa transformación en la Princesa Micomicona

107 Evangelina Gallicchio (11)


Al

día siguiente llegaron al lugar donde Sancho había dejado puestas unas señales de ramas para acertar el lugar donde había dejado a su señor. Se vistieron con sus disfraces y advirtieron a Sancho que si don Quijote le preguntaba si le había dado la carta a Dulcinea, que dijese que sí y que le había respondido que al momento fuera a verla, pues era cosa que le importaba mucho.

Jonathan Colona

Sancho entró por aquella sierra, dejando a los dos en una parte por donde corría un pequeño y manso arroyo. Allí escucharon una voz que cantaba canciones de amor, desamor y celos. Era Cardenio que esta vez estaba en su sano juicio. El cura y el barbero, que ya sabían su historia, le rogaron que la contara hasta el final. Así, Cardenio contó cómo se enteró de que don Fernando había pedido a su amada Luscinda por

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esposa y se iban a casar en pocos días. Luscinda prometió a Cardenio que, antes que casarse con Fernando, pondría fin a su vida con una daga que llevaría escondida el día de la boda. Cuando llegó este momento, Cardenio se escondió y observó cómo Luscinda daba el sí quiero a Fernando, se ponían los anillos y se desmayaba en los brazos de su esposo, que encontró una carta escondida en su pecho. Cardenio salió de la ciudad hasta que vino a parar a esas montañas. -Esta es ¡oh señores! la amarga historia de mi desgracia -dijo Cardenio. Cuando el cura empezó a consolar a Cardenio, oyeron una triste voz que se quejaba de sus desgracias. Era Dorotea, la muchacha que Fernando había abandonado para casarse con Luscinda. Venía vestida con ropa de labrador pero, cuando se quitó el sombrero, descubrieron que era una de las mujeres más hermosas que habían visto. A petición de los tres hombres, Dorotea relató cómo se había enamorado de don Fernando, que le dio su palabra de casarse con ella, y su traición, pues se había casado con una bella y noble doncella llamada Luscinda, por lo que decidió vestirse de labrador y salir en busca de don Fernando; al llegar al lugar donde él estaba, le contaron que, cuando don Fernando se casó con Luscinda, ésta se había intentado quitar la vida con una daga, según aparecía explicado en una carta que llevaba escondida y que don Fernando encontró. Este se sintió burlado y desapareció de la ciudad. Luscinda, que había contado a sus padres que estaba enamorada de Cardenio, también desapareció. -Y estando en la ciudad -contó la muchacha- llegó a mis oídos un pregón en el que se prometía una recompensa a quien me encontrase, dando señas de mi edad y del traje que traía,

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por lo que salí de la ciudad y me escondí en lo espeso de esta montaña. Esta, es señores, la verdadera historia de mi tragedia. -En fin señora, que tú eres la hermosa Dorotea, hija única del rico Clenardo -dijo Cardenio. Admirada quedó Dorotea cuando oyó el nombre de su padre. -¿Y quién sois vos, que sabéis el nombre de mi padre? -Soy -respondió Cardenio- el desdichado Cardenio, a quien la misma causa que a vos me ha traído en el estado en que me veis: desnudo, falto de todo humano consuelo y lo que es peor, falto de juicio. Y, puesto que Luscinda no puede casarse con don Fernando, por ser mía, ni don Fernando con ella, por ser vuestro, bien podemos esperar que el cielo nos devuelva lo que es nuestro. El cura y el barbero se ofrecieron a ayudarles en todo lo que necesitaran y les contaron la causa que allí les había traído, con la extraña locura de Don Quijote y cómo esperaban a su escudero que había ido a buscarle. En esto llegó Sancho y todos le preguntaron por don Quijote. Les dijo que le había hallado desnudo en camisa, flaco, amarillo, muerto de hambre y suspirando por su señora Dulcinea; y que cuando le había dicho que ella le mandaba que saliese de aquel lugar y se fuese al Toboso había respondido que estaba determinado a no aparecer ante ella hasta que hubiese realizado hazañas que le hicieran digno de su gracia. El cura le respondió que no tuviese pena, que ellos le sacarían aunque no quisiera. Contó luego a Cardernio y Dorotea lo que tenían pensado para remedio de don Quijote. Entonces Dorotea dijo que ella haría de doncella afligida mejor que el barbero y que además tenía vestidos propios; que le dejasen representar todo aquello que fuese necesario para llevar adelante su intento.

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Dorotea sacó un vestido de cierta telilla rica y un manto de otra vistosa tela verde y de una cajita un collar y otras joyas con que en un instante se adornó de manera que parecía una rica y gran señora. Sancho estaba admirado, pues le parecía que nunca había visto tan hermosa criatura, y así preguntó al cura quién era esa hermosa señora y qué era lo que buscaba por aquellos lugares. -Esta señora -respondió el cura- es la heredera por línea directa de varón del gran reino de Micomicón, la cual viene en busca de vuestro amo a pedirle que le deshaga un entuerto o agravio que un mal gigante le tiene hecho. -Dichoso hallazgo y más si mi amo endereza esta aventura y mata al gigante que agravió a esa señora -dijo Sancho Panza-. Y una cosa le quiero pedir, señor licenciado, y es que aconseje a mi amo que se case con esta princesa y así irá al imperio de esta señora que no sé cómo se llama. -Se llama -explicó el cura- princesa Micomicona, pues siendo su reino el de Micomicón ella debe llamarse así. Mientras tanto, Dorotea se puso sobre la mula del cura y el barbero se puso la barba postiza y dijeron a Sancho que los guiase adonde don Quijote estaba y que no dijese que conocía al barbero, pues de este modo convencerían a su amo. Anduvieron unos tres cuartos de legua hasta descubrir a don Quijote entre unas peñas. Cuando Dorotea le vio se apeó de la montura, se hincó de rodillas ante él y habló de esta manera: -No me levantaré de aquí ¡oh valeroso y esforzado caballero! hasta que vuestra bondad y valentía me otorgue un don. -Nada os responderé hasta que os levantéis de tierra -respondió don Quijote. -No me levantaré, señor, -respondió la afligida doncella- si

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Clara María Muñoz

primero no me es otorgado el don que os pido. -Yo os lo otorgo y concedo mientras no sea en daño de mi rey, de mi patria y de la dama de mi corazón. Intervino Sancho Panza que dijo a su señor en voz baja: -Bien puede concederle el don que pide que no es cosa de importancia. Sólo se trata de matar a un gigante y la que lo pide es la princesa Micomicona. -Levántese, señora, que yo le otorgo el bien que pedirme quisiera -dijo el caballero andante. -Pues lo que pido es que vuestra excelentísima persona se venga conmigo donde yo le lleve y me prometa que no intervendrá en otra aventura hasta vencer al gigante que ha robado mi reino. -Digo que así lo haré -respondió don Quijote-. Y manos a la obra, que dicen que en la tardanza está el peligro.

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La afligida doncella quiso besarle las manos pero don Quijote, que era un cortés caballero, no lo consintió, sino que la hizo levantar y la abrazó con mucha cortesía. Estaba el barbero de rodillas, intentando contener la risa y procuraba que no se le cayese la barba, pues de ser así todo se descubriría. Se acomodaron todos en sus cabalgaduras y emprendieron el camino. Todo lo habían presenciado escondidos Cardenio y el cura y no sabían cómo juntarse con ellos. Pero al cura se le ocurrió quitar la barba a Cardenio y que los dos se disfrazaran. Hecho esto, dieron alcance al grupo y el cura se puso a mirar a don Quijote muy despacio, dando señales de haberle reconocido y, al cabo de haberle estado mirando un buen rato, se fue a él con los brazos abiertos y diciendo: -Para bien sea hallado el espejo de la caballería, mi buen compatriota don Quijote de la Mancha, flor y nata de la gentileza, amparo de los débiles y quintaesencia de todos los caballeros andantes. Y diciendo esto, el cura tenía abrazado a don Quijote por la rodilla de la pierna izquierda, el cual, espantado de lo que veía y oía decir y hacer a aquel hombre, se le puso a mirar con atención y al fin le reconoció y quedó espantado al verle. Quiso apearse para ofrecer su rocín al cura, pero éste no lo consintió, y ante su insistencia intervino la princesa Micomicona con estas palabras: -Sé que no habrá necesidad de mandarle a mi escudero que deje su montura. Cuando el barbero le dejó la silla y fue él a subirse a las ancas de la mula, ésta alzó un poco los cuartos traseros y dio dos coces en el aire. Con esto, el barbero cayó en el suelo con

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tan poco cuidado que las barbas se le despegaron y como se vio sin ellas, no tuvo otro remedio que cubrirse el rostro con ambas manos y quejarse de que le habían roto las muelas. Don Quijote, cuando vio toda aquella mata de pelos dijo: -¡Vive Dios que es gran milagro éste! ¡Se le han caído las barbas como si se las quitaran a propósito! El cura que vio el peligro que corría su invención de ser descubierta, recogió las barbas y se fue con ellas adonde estaba maese Nicolás dando voces y de un golpe se las puso, murmurando sobre él unas palabras, que dijo que eran para pegar barbas. Cuando ya se pusieron en camino, don Quijote dijo a la doncella: -Vuestra grandeza, señora mía, guíe por donde quiera. Al poco rato, vieron venir por el camino donde ellos iban a un hombre sobre un jumento, y Sancho Panza, apenas le vio, conoció que era Ginés de Pasamonte que iba sobre su asno. Cuando lo reconoció, le dijo a grandes voces: -¡Ah, ladrón Ginesillo! ¡Deja mi asno, ladrón! No fueron necesarias más palabras, porque a la primera saltó Ginés y, tomando un trote que parecía carrera, se alejó de todos. Sancho llegó a su rucio, y, abrazándole, le dijo: -¿Cómo has estado, bien mío, rucio de mis ojos, compañero mío? Y con esto le besaba y acariciaba, como si fuera persona. El asno callaba y se dejaba besar y acariciar por Sancho, sin responderle palabra alguna. Llegaron todos y le felicitaron por el hallazgo del rucio, especialmente don Quijote, el cual le dijo que no por eso anulaba el documento de los tres pollinos. Sancho se lo agradeció.

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CAPÍTULO 19 De cómo caballeros y damas volvieron a la venta y de la extraña aventura de los cueros de vino que venció don Quijote estando dormido

Silvana Lotero (11)


Sin

que les sucediese otra cosa digna de contar, al otro día llegaron a la venta, y aunque Sancho no quería entrar en ella, (porque aún recordaba el manteamiento), no lo pudo evitar. La ventera, el ventero, su hija y Maritornes, que vieron venir a don Quijote y a Sancho, les salieron a recibir con muestras de gran alegría. Don Quijote les recibió con gran solemnidad y les dijo que le prepararan alojamiento. Así lo hicieron, y él se acostó enseguida porque venía muy quebrantado y falto de juicio.

Silvina Ramallo (11)

El cura pidió que les preparasen algo de comer de lo que hubiese en la venta, y el ventero, les ofreció una razonable comida. A todo esto dormía don Quijote, y decidieron no despertarle, porque más provecho le haría por entonces el dormir que el comer. Durante la sobremesa, estando delante el ventero, su mujer, su hija, Maritornes y todos los pasajeros, 116


hablaron de la extraña locura de don Quijote y del modo en que le habían hallado. La ventera les contó todo lo que les había ocurrido la vez anterior que se habían alojado allí y, mirando que no viniera Sancho, contó todo lo de su manteamiento. Y cuando el cura dijo que los libros de caballerías que don Quijote había leído le habían vuelto loco, el ventero recordó que tenía algunos libros en un baúl. De entre ellos, eligieron uno que tenía por título Novela del curioso impertinente y le pidieron al cura que lo leyera en voz alta. Así lo hizo, pero cuando ya le quedaba poco para terminar, salió Sancho Panza del aposento de su señor diciendo a voces: -Acudid, señores, rápido, y socorred a mi señor, que anda envuelto en la más reñida y trabada batalla que mis ojos han visto. ¡Vive Dios que ha dado una cuchillada al gigante enemigo de la señora princesa Micomicona, y le ha cortado la cabeza como si fuera un nabo! -¿Qué dices, hermano? -dijo el cura, dejando de leer la novela- ¿Cómo diablos puede ser eso que dices, si el gigante está a dos mil leguas de aquí? En esto oyeron un gran ruido en el aposento y que don Quijote decía a voces: -¡Tente, ladrón, malandrín, que aquí te tengo y no te ha de valer tu espada conmigo! Y parecía que daba grandes cuchilladas por las paredes. Y dijo Sancho: -No se queden ahí escuchando, entren a poner paz en la pelea o a ayudar a mi amo, aunque ya no será necesario, porque sin duda alguna el gigante está ya muerto, que yo vi correr la sangre por el suelo y la cabeza cortada y caída a un lado, que tan grande como un gran cuero de vino.

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-Que me maten -dijo entonces el ventero- si don Quijote o don diablo no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a su cabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parece sangre a este buen hombre. Y con esto, entró en el aposento, y todos tras él, y hallaron a don Quijote en el más extraño traje del mundo. Estaba en camisa, la cual no era tan larga que le acabase de cubrir los muslos, y por detrás tenía seis dedos menos; las piernas eran muy largas y flacas, llenas de pelos y no muy limpias; tenía en la cabeza un gorrito de dormir colorado, grasiento, que era del ventero; en el brazo izquierdo tenía enrollada la manta de la cama y en la mano derecha, desenvainada la espada, con la cual daba cuchilladas a todas partes, diciendo palabras

Marcelo Arredondo

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como si verdaderamente estuviera peleando con algún gigante. Y lo bueno es que no tenía los ojos abiertos, porque estaba durmiendo y soñando que estaba en batalla con el gigante. El ventero, que lo vio, se enojó tanto que arremetió con don Quijote y, a puño cerrado le comenzó a dar tantos golpes, que si Cardenio y el cura no se le quitaran, él acabara con la guerra del gigante. Y con todo esto, no despertaba el pobre caballero, hasta que el barbero trajo un gran caldero de agua fría del pozo y se lo echó por todo el cuerpo de golpe, con lo cual despertó don Quijote. Andaba Sancho buscando la cabeza del gigante por todo el suelo y, como no la encontraba, dijo: -Todo lo de esta casa es encantamiento, ahora no aparece por aquí la cabeza del gigante, que yo vi cortar con mis mismísimos ojos, y la sangre corría del cuerpo como de una fuente. -¿Qué sangre ni qué fuentes dices? -dijo el ventero- ¿No ves que la sangre y la fuente no es otra cosa que estos cueros de vino tinto que están agujereados? Y estaba peor Sancho despierto que su amo durmiendo. El ventero se desesperaba de ver la pachorra del escudero y el destrozo del amo, y juraba que no se iban a ir sin pagarlo todo. Tenía el cura cogido por las manos a don Quijote que, creyendo que ya había acabado la aventura y que se hallaba delante de la princesa Micomicona, se hincó de rodillas delante del cura, diciendo: -Bien puede vuestra grandeza, alta y hermosa señora, vivir más segura de hoy en adelante sin que le pueda hacer mal esta malvada criatura. Y por mi parte ya quedo liberado de la palabra que os di, pues ya la he cumplido.

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-¿No lo dije yo? -dijo oyendo esto Sancho. Todos se reían de los disparates de amo y escudero, salvo el ventero, que se lamentaba por el destrozo. Al final, entre el barbero, Cardenio y el cura metieron en la cama a don Quijote que se quedó dormido con muestras de gran cansancio. Le dejaron dormir y salieron al portal de la venta a consolar a Sancho Panza por no haber encontrado la cabeza del gigante y aplacaron al ventero que estaba desesperado por la pérdida de sus cueros de vino. El cura le prometió satisfacer las pérdidas lo mejor que pudiese. Estando en esto, el ventero, que estaba a la puerta de la venta, dijo que se acercaban más huéspedes: eran don Fernando y Luscinda. Don Fernando contó que, cuando se enteró de que Luscinda había huido de su casa fue a buscarla y la secuestró del convento en el que estaba escondida; de vuelta a casa habían parado en la venta. Así, Cardernio recuperó a su amada Luscinda y Dorotea convenció a Don Fernando de que ella era su verdadero amor. No se podía asegurar Dorotea si era soñado el bien que poseía; Cardenio estaba en el mismo pensamiento, y el de Luscinda corría por la misma cuenta. Don Fernando daba gracias al cielo por la merced recibida y por haberle sacado de aquel difícil laberinto donde se hallaba y, finalmente, todos los que estaban en la venta quedaron contentos y gozosos del buen final que habían tenido estas historias de amor. Sólo Sancho estaba triste, pues él deseaba que la princesa Micomicona se casara con su señor y no con el joven que la abrazaba. Todos acordaron recogerse y reposar lo que quedaba de noche. Don Quijote se ofreció a hacer la guardia del castillo, por si eran atacados por algún gigante codicioso del gran tesoro

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Solange Pesente (11)

de hermosura que en aquel castillo se encerraba. Recogidas, pues, las damas en su habitaci贸n, y los dem谩s acomodados como pudieron, don Quijote se sali贸 fuera de la venta a hacer la centinela del castillo, como lo hab铆a prometido.

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CAPÍTULO 20

De cómo se dio fin a la aventura del Yelmo de Mambrino

Facundo Gómez (9)


Al

día siguiente, ya estaban en paz los huéspedes con el ventero, pues le habían pagado todo lo que él quiso, cuando el demonio, que no duerme, ordenó que en aquel mismo instante entrara en la venta el barbero a quien don Quijote quitó el yelmo de Mambrino, y Sancho Panza los aparejos del asno. El barbero fue a llevar su jumento a la caballeriza y vio a Sancho Panza que estaba arreglando los aparejos. En cuanto los vio, los reconoció y se atrevió a atacar a Sancho, diciendo: -¡Ah, don ladrón, que aquí os tengo! ¡Venga mi bacía y todos los aparejos que me robaste! Sancho, que se vio acometer tan de improviso y oyó lo que le decían, tomó con una mano la albarda, y con la otra dio tal puñetazo al barbero, que le bañó los dientes en sangre; pero no por esto dejó el barbero a Sancho, sino que empezó a gritar de tal manera, que acudieron todos los de la venta cuando decía: -¡Aquí el Rey y la justicia; que además de robarme, me quiere matar este ladrón, salteador de caminos! -Mentís -respondió Sancho-; que yo no soy salteador de caminos; que mi señor don Quijote lo ganó en buena batalla. Ya estaba don Quijote delante, muy contento de ver qué bien se defendía su escudero, y se propuso armarle caballero en la primera ocasión que se le ofreciese. Mientras, el barbero decía: -Señores, esta albarda es mía como la muerte que debo a Dios, y la conozco como si la hubiera parido; ahí está mi asno en el establo, pruébensela, y si no le sirve, yo quedaré por mentiroso. Y hay más: que el mismo día que me la robaron, me quitaron también una bacía nueva.

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Aquí no se pudo contener don Quijote sin responder, y poniéndose entre los dos, dijo: -¡Vean vuestras mercedes el error en que está este buen hombre, pues llama bacía a lo que fue, es y será yelmo de Mambrino, el cual se lo quité yo en buena guerra. En lo de la albarda no me meto; pero si diré que mi escudero Sancho me pidió permiso para quitar los aparejos del caballo de este vencido cobarde, y c on ellos adornar el suyo; yo se lo di, y él los tomó. Para demostrarlo, corre, Sancho hijo, y saca aquí el yelmo que este buen hombre dice que es una bacía. Sancho fue adonde estaba la bacía y la trajo; y en cuanto don Quijote la vio, la tomó en las manos y dijo: -Miren vuestras mercedes con qué cara podrá decir este hombre que esto es una bacía, y no el yelmo que yo he dicho; y juro por la orden de caballería que profeso que este yelmo fue el mismo que yo le quité sin haber añadido ni quitado cosa alguna. -¿Qué les parece a vuestras mercedes, -dijo el barbero-, lo que afirman estos hombres, pues aún insisten en que ésta no es bacía, sino yelmo? -Y a quien diga lo contrario -dijo don Quijote-, le haré yo saber que miente. Maese Nicolás, que también era barbero, como ya conocía la locura de don Quijote, quiso llevar adelante la burla, para que todos riesen, y dijo al otro barbero: -Señor barbero, sabed que yo también soy de vuestro oficio desde hace más de veinte años y conozco muy bien todos los instrumentos de la barbería; y además fui un tiempo en mi juventud soldado, y también sé qué es un yelmo y digo que esta pieza que está aquí delante y que este buen señor tiene

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en las manos no sólo no es una bacía de barbero, sino que está tan lejos de serlo como lo está lo blanco de lo negro; y también digo que éste no es un yelmo entero. -No, por cierto -dijo don Quijote-, porque le falta la mitad, que es la babera. -Así es -dijo el cura, que ya había entendido la intención de su amigo el barbero. Y lo mismo confirmaron Cardenio, don Fernando y todos los que allí estaban. -¡Válgame Dios! -dijo el barbero burlado-. ¿Cómo es posible que tanta gente honrada diga que esto no es una bacía, sino un yelmo? Para los que conocían la locura de don Quijote era todo esto materia de grandísima risa; pero para los que la ignoraban, les parecía el mayor disparate del mundo, especialmente a unos criados y a unos cuadrilleros que se alojaban en la venta. Uno de ellos dijo: -A no ser que esto sea una burla pensada, no me puedo creer que hombres de tan buen entendimiento como son todos los que aquí están, se atrevan a decir y afirmar que ésta no es una bacía, ni aquélla una albarda; porque ¡voto a tal! que a mí nadie me va a convencer de lo contrario. Oyendo esto uno de los cuadrilleros que habían entrado, que había oído la disputa, lleno de cólera y enfado, dijo: -¡Esto es una albarda y el que diga otra cosa debe de estar borracho perdido! -¡Mentís como un bellaco! –respondió don Quijote. Y alzando la lanza, le iba a descargar tal golpe sobre la cabeza, que, de no apartarse el cuadrillero, le hubiera dejado allí tendido. La lanza se hizo pedazos en el suelo, y los demás

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cuadrilleros, que vieron tratar mal a su compañero, alzaron la voz pidiendo favor a la Santa Hermandad. El ventero, que era de la cuadrilla, entró a por su varilla y su espada, y se puso al lado de sus compañeros; el barbero, viendo la casa revuelta, fue a coger su albarda, y lo mismo hizo Sancho; don Quijote puso mano a su espada y arremetió a los cuadrilleros; el cura daba voces, la ventera gritaba, su hija se afligía, Maritornes lloraba, Dorotea estaba confusa y Luscinda suspensa. El barbero aporreaba a Sancho; Sancho molía al barbero; don Fernando estaba pateando a un cuadrillero... El ventero gritaba, pidiendo auxilio a la Santa Hermandad; de modo que toda la venta era llantos, voces, gritos, confusiones, temores, sobresaltos, desgracias, cuchilladas, puñetazos, palos, coces y ríos de sangre. Y en mitad de este caos, gritó don Quijote, con voz que atronaba la venta:

Zacarías Yaben (7)

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-Deténganse todos; todos envainen; todos se sosieguen; óiganme todos, si todos quieren quedar con vida. A este grito, todos se pararon, y él prosiguió, diciendo: -¿No os dije yo, señores, que este castillo estaba encantado, y que alguna legión de demonios debe de habitar en él? Mirad cómo allí se pelea por la espada, aquí por el caballo, allá por el águila, acá por el yelmo, y todos peleamos, y no nos entendemos. Venga, pues, vuestra merced, señor cura, y póngannos en paz; porque por Dios Todopoderoso que es gran bellaquería que tanta gente principal como aquí estamos se mate por causas tan livianas. Mientras don Quijote decía esto, el cura estaba explicando a los cuadrilleros que don Quijote no estaba en su sano juicio, como lo veían por sus obras y por sus palabras, y no tenían por qué llevar ese asunto adelante, pues aunque le prendiesen y llevasen, luego le tendrían que soltar por loco. Tanto les dijo el cura, y tantas locuras hizo don Quijote, que decidieron calmarse, e incluso hicieron de mediadores entre el barbero y Sancho Panza de manera que ambas partes quedaron satisfechas. Y en cuanto al yelmo de Mambrino, el cura, a escondidas y sin que don Quijote se diera cuenta, le dio al barbero ocho reales por la bacía. El ventero, que vio la recompensa que el cura había dado al barbero, pidió el dinero del alojamiento de don Quijote. Todo fue pagado, y así que quedaron todos en paz y armonía. Viéndose don Quijote libre de tantas pendencias, y a su escudero de las suyas, le pareció que sería bien seguir su comenzado viaje y dar fin a aquella gran aventura para la que había sido llamado; y así, se puso de rodillas ante Dorotea, y le dijo:

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- Alta y preciosa señora, me parece que la estancia nuestra en este castillo ya es sin provecho, incluso podría hacernos daño; porque ¿quién sabe si gracias a ocultos espías sabrá ya vuestro enemigo el gigante que yo voy a destruirle, y le habrá dado tiempo a fortificarse algún castillo o fortaleza? Así que, señora mía, partamos pronto de aquí para que yo pueda luchar con vuestro enemigo. Calló y no dijo más don Quijote, y esperó con mucho sosiego la respuesta de la hermosa dama que, con gesto señorial, al estilo de don Quijote, le respondió así: -Yo os agradezco, señor caballero, el deseo que mostráis de ayudarme. En cuanto a nuestra marcha, disponed vos como gustéis, pues yo no iré contra lo que vuestra prudencia ordene.

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CAPÍTULO 21 De la extraña manera que fue encantado Don Quijote y de lo que les sucedió camino de su aldea

María Lourdes Agüero (7)


Dos

días habían pasado desde que toda aquella ilustre compañía estaba en la venta; y pareciéndoles que ya era tiempo de partir, se las ingeniaron para que, con la invención de la libertad de la reina Micomicona, pudiesen el cura y el barbero llevársele a su pueblo para tratar de curar su locura. Para ello, se pusieron de acuerdo con un carretero de bueyes que acertó a pasar por allí, para que lo llevase en su carro. Hicieron una especie de jaula, de palos enrejados, para que pudiese caber holgadamente don Quijote, y luego todos, por orden del cura, se cubrieron los rostros y se disfrazaron, de modo que don Quijote no les reconociera. Hecho esto, entraron con grandísimo silencio adonde él estaba durmiendo. Se acercaron a él, y agarrándole fuertemente, le ataron muy bien las manos y los pies, de modo que cuando él despertó sobresaltado, no pudo moverse ni hacer otra cosa más que admirarse de ver delante tan extrañas figuras, y se creyó que eran fantasmas de aquel encantado castillo, y que, sin duda alguna, ya estaba encantado, pues no se podía mover ni defender. Pero Sancho, que no estaba disfrazado, aunque le faltaba bien poco para tener la misma enfermedad que don Quijote, reconoció a todas aquellas figuras; pero no se atrevió a decir nada, hasta ver en qué acababa aquel asalto y prisión de su amo, el cual tampoco hablaba palabra, esperando a ver el paradero de su desgracia. Y fue que, trayendo allí la jaula, lo encerraron dentro, y le clavaron los maderos tan fuertemente, que no se pudieran romper. Después, le cogieron en hombros, y al salir del aposento, se oyó una voz temblorosa - que era de maese Nicolás - que decía:

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Ana Laura Aducci

-¡Oh Caballero de la Triste Figura, que no te humille la prisión en que vas, porque así conviene para acabar más rápido la aventura en que tu gran esfuerzo te puso! Y tú, ¡oh el más noble y obediente escudero que tuvo espada en cinta, barbas en rostro y olfato en las narices!, no te apenes de ver llevar así delante de tus ojos a la flor de la caballería andante; pues pronto se cumplirán las promesas que te ha hecho tu buen señor. Don Quijote quedó consolado con la profecía, y creyéndolo todo firmemente, alzó la voz, y dando un gran suspiro, dijo: -¡Oh tú, quienquiera que seas, que tanto bien me has pronosticado! Te ruego que pidas al sabio encantador que se encarga de mis cosas que no me deje morir en esta prisión donde ahora me llevan, hasta ver cumplidas las promesas que aquí se me han hecho.

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Jorge Jurado

Luego, aquellos fantasmas tomaron la jaula en hombros, y la acomodaron en el carro de los bueyes. Mientras tanto, el cura se había puesto de acuerdo con los cuadrilleros para que le acompañasen hasta su aldea. Cardenio mandó a Sancho que subiese en su asno y tomase de las riendas a Rocinante, y puso a los dos lados del carro a los dos cuadrilleros con sus escopetas. Pero antes de que se moviese el carro, salió la ventera, su hija y Maritornes a despedirse de don Quijote, fingiendo que lloraban de dolor de su desgracia; y don Quijote les dijo: -No lloréis, mis buenas señoras; que todas estas desdichas les suceden a los que ejercen la caballería andante; y si estas calamidades no me ocurrieran, no me tendría yo por famoso caballero andante; porque a los caballeros de poco nombre y fama nunca les suceden semejantes casos, porque nadie se acuerda de ellos. A los valerosos sí, pues les envidian su virtud y valentía. 132


Mientras esto decía don Quijote, el cura y el barbero se despidieron de don Femando y Cardenio y especialmente de Dorotea y Luscinda. Todos se abrazaron, y quedaron en darse noticias de sus sucesos. Subieron a caballo el cura y el barbero, con sus antifaces, para que no ser reconocidos por don Quijote, y se pusieron a caminar tras el carro. Iban colocados de la siguiente manera: primero el carro, guiándole su dueño; a los dos lados iban los cuadrilleros, con sus escopetas; seguía luego Sancho Panza sobre su asno, llevando de la rienda a Rocinante; detrás de todo esto iban el cura y el barbero con los rostros cubiertos, como se ha dicho. Don Quijote iba sentado en la jaula, con las manos atadas, las piernas extendidas, y arrimado a las rejas, con tanto silencio y tanta paciencia como si no fuera hombre de carne, sino estatua de piedra. Y así, con aquel silencio caminaron hasta dos leguas.

Facundo Magallanes

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En un momento, cuando Sancho entendió que podía hablar a su amo sin la continua asistencia del cura y el barbero, que tenía por sospechosos, se acercó a la jaula donde iba don Quijote, y le dijo: -Señor, le quiero decir lo que pasa con su encantamiento; y es que estos dos que vienen aquí con los rostros cubiertos son el cura y el barbero de nuestro pueblo; y yo imagino que le llevan de esta manera, de pura envidia que tienen, pues vuestra merced se les adelanta en hacer famosos hechos. Y yo creo que no va encantado, sino engañado. Y para probarlo, le quiero preguntar una cosa; y si me responde como creo que me ha de responder, tocará con la mano este engaño y verá que no va encantado, sino con el juicio trastornado. -Pregunta lo que quieras, hijo Sancho -respondió don Quijote-; que yo te responderé. Y en lo que dices que los que vienen con nosotros son el cura y el barbero, nuestros compatriotas y conocidos, bien podrá ser que los que me han encantado hayan tomado esa apariencia, porque a los encantadores les resulta fácil tomar la figura que se les antoja. Y ahora, pregunta lo que quieras, que yo te responderé. -¡Válgame Nuestra Señora! –respondió Sancho dando una gran voz-. ¿Es posible que sea vuestra merced tan duro de cerebro, que no vea que es pura verdad la que le digo, y que en esta su prisión y desgracia tiene más parte la malicia que el encanto? Pero, pues así es, yo le quiero probar que no va encantado. Lo que quiero saber es que me diga, sin añadir ni quitar cosa ninguna, sino con toda verdad, si desde que vuestra merced va enjaulado y, a su parecer, encantado en esta jaula, le ha venido gana y voluntad de hacer aguas mayores o menores, como suele decirse.

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-No entiendo eso de hacer aguas, Sancho; aclárate más, si quieres que te responda . -¿Es posible que no entienda vuestra merced lo que es hacer aguas menores o mayores? Pues sepa que quiero decir si le ha venido gana de hacer sus necesidades. -¡Ya, ya te entiendo, Sancho! Y muchas veces; y ahora mismo las tengo. -¡Ah! -dijo Sancho- Esto es lo que yo deseaba saber. ¿No suele decirse por ahí: «No sé qué tiene fulano, que ni come, ni bebe, ni duerme, ni responde a lo que le preguntan, que no parece sino que está encantado»? Por lo tanto se entiende que los que no comen, ni beben, ni duermen, ni hacen sus necesidades están encantados, pero no aquellos que tienen las ganas que vuestra merced tiene, y que bebe cuando se lo dan, y come cuando lo tiene, y responde a todo aquello que le preguntan. -Verdad dices, Sancho -respondió don Quijote-; pero ya te he dicho que hay muchas maneras de encantamientos, y podría ser que con el tiempo se hubiesen cambiado, y que ahora sea normal que los encantados hagan todo lo que yo hago, aunque antes no lo hacían. Yo sé que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia; que la formaría muy grande si yo pensase que no estaba encantado y me dejase estar en esta jaula perezoso y cobarde, defraudando el socorro que podría dar a muchos necesitados que de mi ayuda y amparo deben tener extrema necesidad. En estas conversaciones se entretuvieron el caballero andante y el desventurado escudero, hasta que llegaron donde, ya apeados, les aguardaban el cura, un canónigo y el barbero. Sancho rogó al cura que permitiese que su señor saliese por un 135


rato de la jaula, porque si no lo dejaban salir, no iría tan limpia aquella prisión como requería la decencia de tal caballero. Le entendió el cura, y dijo que de muy buena gana haría lo que le pedía, si no temiera que viéndose su señor en libertad había de hacer de las suyas, e irse donde nadie le viese. -Yo me hago responsable -respondió Sancho. -Y yo también -dijo el canónigo-, y más si él me da la palabra como caballero de no apartarse de nosotros hasta que se lo digamos. -Doy mi palabra -respondió don Quijote, que todo lo estaba escuchando-; además, el que está encantado, como yo, no tiene libertad para hacer de su persona lo que quiera, porque el que le encantó le puede hacer que no se mueva de un lugar en tres siglos; y si huye, le hará volver rápidamente. Le tomó la mano el canónigo, aunque las tenía atadas, y bajo su buena fe y palabra, le desenjaularon. Él se alegró mucho de verse fuera de la jaula y lo primero que hizo fue estirarse todo el cuerpo, y luego se fue donde estaba Rocinante y dándole dos palmadas en las ancas, dijo: -Aún espero, flor y espejo de los caballos, que pronto nos veremos los dos como deseamos: tú, con tu señor a cuestas; y yo, encima de ti, ejercitando el oficio para el que Dios me echó al mundo. Ya en esto volvían los criados del canónigo, que habían ido a la venta, y haciendo mesa la verde hierba del prado, se sentaron a la sombra de unos árboles, y comieron allí.

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CAPÍTULO 22 De la única y nunca vista aventura que le sucedió a don Quijote con unos disciplinantes

Sofía Combessies


Estando

en esto, oyeron el son de una trompeta, tan triste, que les hizo volver los rostros hacia donde les pareció que sonaba; pero el que más se alborotó de oírlo fue don Quijote, el cual dijo: -Me parece que alguna nueva aventura me llama. Don Quijote se puso en pie, volviendo también el rostro adonde el son se oía, y vio que venían, en procesión, muchos hombres vestidos de blanco, con la cabeza tapada por una caperuza, a modo de penitentes. Era el caso que aquel año apenas había llovido, y por todos los lugares de aquella comarca se hacían procesiones pidiendo a Dios que lloviese; y por eso la gente de una aldea cercana venía en procesión a una devota ermita que había en aquel valle. Don Quijote, que los vio con extraños trajes sin acordarse de las muchas veces que los había visto, se imaginó que era cosa de aventura, y que a él solo le pertenecía, como a caballero andante el acometerla; y la confirmación de esto fue que traían una imagen cubierta de luto que él creyó que era alguna principal señora que llevaban a la fuerza aquellos malandrines; y como se le metió esto en la cabeza, con gran ligereza subió sobre Rocinante, pidió a Sancho su espada, embrazó su escudo, y dijo en voz alta a todos los que allí estaban: -Ahora veréis qué importante es que haya en el mundo caballeros que profesen la orden de la andante caballería; ahora digo que veréis, cuando libere a aquella buena señora que allí va cautiva, si se han de estimar los caballeros andantes. Y diciendo esto, apretó los muslos a Rocinante, y a todo galope, se fue a encontrar con los disciplinantes. Y aunque el

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Magdalena Pittaluga

cura, el canónigo y el barbero fueron a detenerle, no les fue posible, y tampoco le detuvieron las voces que Sancho le daba, diciendo: -¿Adónde va, señor don Quijote? ¿Qué demonios lleva en el pecho, que le incitan a ir contra nuestra fe católica? Mire que aquella es procesión de disciplinantes, y que aquella señora que llevan sobre la peana es la imagen benditísima de la Virgen. Mire, señor, lo que hace; que esta vez no es lo que se imagina. Llegó don Quijote a la procesión, y paró a Rocinante, y con voz ronca, dijo: -Vosotros, que, quizá por no ser buenos, os encubrís los rostros, atended y escuchad lo que quiero deciros. Los primeros que se detuvieron fueron los que llevaban la imagen; y uno de los cuatro clérigos que cantaban las oraciones, viendo la extraña figura de don Quijote, la flaqueza

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Leontina Ocampo

de Rocinante y otras cosas de risa que notó y descubrió en don Quijote, le respondió diciendo: -Señor hermano, si nos quiere decir algo, dígalo ya, porque estos hermanos se están azotando, y no podemos detenernos a oír nada, a no ser que sea tan breve que se diga en dos palabras. -En una lo diré -replicó don Quijote-, y es ésta: que inmediatamente dejéis libre a esa hermosa señora, cuyas lágrimas y triste semblante dan claras muestras de que la lleváis contra su voluntad y que algo malo le habéis hecho; y yo, que nací para deshacer agravios, no consentiré que deis un solo paso adelante sin darle la deseada libertad que merece. Con estas palabras, todos se dieron cuenta de que don Quijote debía de ser algún hombre loco, y rompieron a reír. Esta risa fue poner pólvora a la cólera de don Quijote, porque, sin decir más palabras, sacando la espada, fue contra ellos.

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Uno de ellos salió al encuentro de don Quijote, levantando un bastón y recibiendo una gran cuchillada que le propinó don Quijote, partiéndole el bastón en dos partes, y con el trozo que le quedó en la mano, le dio tal golpe a don Quijote encima de un hombro, que el pobre caballero vino al suelo muy mal parado. Sancho Panza, viéndole caído, gritó que no le diese otro palo, porque era un pobre caballero encantado, que no había hecho mal a nadie en todos los días de su vida. Pero lo que detuvo al villano no fueron las voces de Sancho, sino el ver que don Quijote no se movía y así, creyendo que le había matado, se alzó la túnica, y echó a correr por el campo como un gamo. Ya en esto llegaron todos los de la compañía de don Quijote adonde él estaba; pero los de la procesión, que los vieron venir corriendo, y con ellos los cuadrilleros con sus armas, temieron algún mal suceso, y se colocaron todos alrededor de la imagen con la intención de defenderse, o incluso de atacar. Pero no fue necesario, porque Sancho no hizo otra cosa que arrojarse sobre el cuerpo de su señor, haciendo sobre él el más doloroso llanto del mundo, creyendo que estaba muerto. El cura fue reconocido por el otro cura que venía en la procesión y le explicó quién era don Quijote, y así él como todo el grupo de los penitentes fueron a ver si estaba muerto el pobre caballero, y oyeron que Sancho Panza, con lágrimas en los ojos decía: -¡Oh flor de la caballería, que con sólo un garrotazo acabaste la carrera de tus años! ¡Oh honra de tu linaje, honor y gloria de toda La Mancha, y aun de todo el mundo que, faltando tú, quedará lleno de malhechores, sin temor de ser castigados por sus malas fechorías! ¡Oh humilde con los soberbios y arrogante

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con los humildes, acometedor de peligros, sufridor de afrentas, enamorado sin causa, imitador de los buenos, azote de los malos, enemigo de los ruines, en fin, caballero andante, que es todo lo que se puede decir! Con las voces y gemidos de Sancho revivió don Quijote, y la primera palabra que dijo fue: -Ayúdame, Sancho amigo, a ponerme sobre el carro encantado; que ya no estoy para subirme a la silla de Rocinante, porque tengo todo este hombro hecho pedazos. -Eso haré yo de muy buena gana, señor mío -respondió Sancho-, y volvamos a mi aldea, en compañía de estos señores que desean su bien, y allí daremos orden de hacer otra salida que nos sea de más provecho y fama. -Bien dices, Sancho -respondió don Quijote.

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CAPÍTULO 23 y último de la primera parte De la forma que tuvo Don Quijote y su escudero Sancho Panza de volver a su aldea

Luz Marina Vázquez (11)


El

canónigo, el cura y el barbero le dijeron que haría muy bien en hacer lo que decía; y así, pusieron a don Quijote en el carro, como antes venía. La procesión volvió a ordenarse y a proseguir su camino; el cabrero se despidió de todos; los cuadrilleros no quisieron pasar adelante, y el cura les pagó lo que se les debía. El canónigo pidió al cura que le diera noticias de don Quijote, si sanaba de su locura, o si proseguía en ella, y con esto, prosiguió su viaje. En fin, todos se dividieron y apartaron, quedando solos el cura y el barbero, don Quijote, Sancho Panza y el bueno de Rocinante, que a todo lo que había visto estaba con tanta paciencia como su amo. Siguieron todos el camino que el cura quiso, y al cabo de seis días llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron a mediodía, que era domingo, y la gente estaba toda en la plaza, por mitad de la cual atravesó el carro de don Quijote. Acudieron todos a ver lo que en el carro venía, y cuando conocieron a su vecino, quedaron maravillados, y un muchacho acudió corriendo a dar las nuevas a su ama y a su sobrina de que su tío y su señor venía flaco y amarillo, y tendido sobre un montón de heno y sobre un carro de bueyes. Cosa de lástima fue oír los gritos que las dos buenas señoras alzaron, las bofetadas que se dieron, las maldiciones que de nuevo echaron a los malditos libros de caballerías, todo lo cual se renovó cuando vieron entrar a don Quijote por sus puertas. A las noticias de la llegada de don Quijote, acudió la mujer de Sancho Panza, que ya había sabido que había ido con él sirviéndole de escudero, y en cuanto vio a Sancho, lo primero que le preguntó fue que si estaba bien el asno. Sancho respondió que venía mejor que su amo.

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Talía Molero Paz (11)

-Gracias sean dadas a Dios -replicó ella-, que tanto bien me ha hecho; pero contadme ahora: ¿Qué habéis sacado de vuestras escuderías? ¿Qué trajes me traéis a mi? ¿Qué zapatos a vuestros hijos? -No traigo nada de eso -dijo Sancho-, mujer mía, aunque traigo otras cosas más importantes. -Me alegro de eso –respondió la mujer-: mostradme esas cosas más importantes, que las quiero ver, para que se me alegre este corazón, que tan triste y descontento ha estado en todos los siglos de vuestra ausencia. -En casa os las mostraré, mujer -dijo Panza, y por ahora estad contenta; que otra vez que salgamos de viaje a buscar aventuras, me veréis siendo conde, o gobernador de una isla, y no de las de por ahí, sino la mejor que pueda hallarse. -Quiéralo así el cielo, marido mío; que bien lo necesitamos.

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Pero decidme: ¿qué es eso de islas, que no lo entiendo? -No es la miel para la boca del asno -respondió Sancho-; a su tiempo lo verás, mujer, y te admirarás de oírte llamar señoría por todos tus vasallos. -¿Qué es lo que decís, Sancho, de señorías, islas y vasallos? -respondió Teresa Panza, que así se llamaba la mujer de Sancho, aunque no eran parientes, sino porque en La Mancha las mujeres toman el apellido de sus maridos. -No tengas tanta prisa en saberlo todo, Teresa; basta que te digo la verdad, y cose la boca. Sólo te diré que no hay mejor cosa en el mundo que ser escudero de un caballero andante buscador de aventuras. Bien es verdad que la mayoría de ellas no salen tan bien como quisiéramos, porque de cien que se encuentran, noventa y nueve suelen salir torcidas. Lo sé por experiencia, porque de algunas he salido manteado, y de otras molido. Todas estas palabras pasaron entre Sancho Panza y Teresa Panza, su mujer, mientras que el ama y sobrina de don Quijote le recibieron, le desnudaron, y le tendieron en su antiguo lecho. Él las miraba con ojos sorprendidos, y no acababa de entender donde estaba. El cura encargó a la sobrina que cuidara a su tío, y que estuviesen alerta de que otra vez no se les escapase, contando lo que había sido necesario para traerle a su casa. Aquí alzaron las dos de nuevo los gritos al cielo; se renovaron las maldiciones de los libros de caballerías; pidieron al cielo que metiera en el centro del abismo a los autores de tantas mentiras y disparates. Finalmente, ellas quedaron confusas, y temerosas de que se habían de ver sin su amo y tío en cuanto tuviese alguna mejoría, y así fue como ellas se lo imaginaron... pero todas ellas ya se contarán en la Segunda parte del Quijotito. 146


Maxi Etchepare


SEGUNDA PARTE


Esteban Binzugna (12)


CAPÍTULO 1

De cómo don Quijote volvió a salir en busca de aventuras caballerescas

Brenda Cáceres (8)


Se

cuenta en la segunda parte de esta historia, y tercera salida de don Quijote, que el cura y el barbero estuvieron casi un mes sin ir a verle para no recordarle su pasado de caballero andante. Pero no por esto dejaron de visitar a su sobrina y a su ama para saber cómo estaba, encargándolas que le dieran de comer cosas apropiadas para el corazón y el cerebro, de donde provenían, según parece, todos sus males. Un día decidieron visitarle y le encontraron sentado en la cama. Vestía una camisa verde, con un gorro colorado y estaba tan flaco que parecía una momia. Don Quijote les recibió muy educadamente y contestó a las preguntas del barbero y del cura con mucha sabiduría. Hablaron durante bastante tiempo y se sorprendieron de su cordura. Estaban también en la habitación la sobrina y el ama, y no se hartaban de dar gracias al cielo al ver a su señor tan recuperado de su locura; pero el cura quiso comprobar si realmente estaba del todo bueno y en su entero juicio y le contó algunas nuevas noticias de la corte, como el miedo que había a la llegada de los enemigos con una poderosa armada, para lo que Su Majestad había preparado grandes ejércitos en las costas, por si había que combatirlos. A lo que replicó don Quijote: –Su Majestad ha actuado como guerrero prudente para que no lo encuentre desprevenido el enemigo, pero si siguiese mi consejo y en vez de ejércitos mandara caballeros andantes, aunque no viniesen sino media docena, solo ellos bastarían para destruir a todos sus enemigos. –¡Ay! –dijo la sobrina–. ¡Que me maten si no quiere mi señor volver a ser caballero andante!

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A lo que dijo don Quijote: –Caballero andante he de morir. Mientras seguían hablando, oyeron grandes voces en el patio que decían: –¡Abran la puerta y déjenme pasar! Acudieron todos a ver quién era, y descubrieron a Sancho Panza, que quería ver a Don Quijote, lo que intentaron evitar la sobrina y el ama: –¿Qué quiere este bruto en nuestra casa? ¡No entrarás aquí maldito! –gritó el ama. –¡Vete a cuidar tu casa! ¡Que eres tú y no otro el que lleva por esos andurriales a mi tío! –dijo la sobrina. –¡Malditas seáis vosotras! –dijo Sancho– ¡que al que llevaron por esos andurriales fue a mí! Vuestro señor don Quijote me sacó de mi casa con engaños, prometiéndome una ínsula que todavía espero.

Milagros Olivera (12)

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Pidió don Quijote que dejaran pasar a Sancho Panza haciendo callar al ama y a la sobrina. Entró Sancho, y el cura y el barbero se despidieron, preocupados por sus desvaríos. Al salir de la casa dijo el cura al barbero: –Seguro estoy de que nuestro caballero saldrá de nuevo en busca de aventuras. –No lo pongo en duda –dijo el barbero–, pero no sé qué temo más: si la locura del caballero, o la simplicidad del escudero, que se sigue creyendo que será gobernador de una ínsula. En tanto, don Quijote se encerró con Sancho en su aposento, y estando solos, le dijo: –Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y digas que yo fui el que te saqué de tu casa; juntos salimos, juntos caminamos y juntos peregrinamos; una misma fortuna y una

Julián Cilano (11)

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misma suerte hemos corrido los dos; si a ti te mantearon una vez, a mí me han molido ciento. Pero dejemos esto por ahora, y dime, Sancho amigo: ¿qué es lo que dicen de mí en el pueblo? ¿En qué opinión me tiene la gente? ¿Qué dicen de mi valentía, qué de mis hazañas y qué de mi cortesía? ¿Qué se habla de que quiera volver a salir en busca de aventuras? –Pues lo primero –apuntó Sancho–, es que la gente dice de vuestra merced que es un grandísimo loco, mientras que de mí dicen que soy un simplón. En lo que toca a la valentía, cortesía, hazañas y asuntos de vuestra merced, hay diferentes opiniones; unos dicen: “loco, pero gracioso”; otros, “valiente, pero desgraciado”; otros, “cortés, pero impertinente”. –¿Y qué más? –preguntó don Quijote. –Falta lo peor –dijo Sancho–. Anoche llegó el hijo de Bartolomé Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y, yéndole yo a dar la bienvenida, me dijo que había un libro que contaba la historia de usted, con título El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha; y dice que también aparecen en el libro un escudero con nombre Sancho Panza, la señora Dulcinea del Toboso, y aventuras que pasamos nosotros a solas. –Yo te aseguro, Sancho –dijo don Quijote–, que debe de ser algún sabio encantador el autor de nuestra historia. –El autor de la historia –dijo Sancho– se llama Cide Hamete Berenjena, según dice el bachiller de quien le hablo, llamado Sansón Carrasco. –¡No puede ser! –dijo don Quijote. Necesito hablar con el bachiller. –Pues yo voy a por él –respondió Sancho.

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Y, dejando a su señor, se fue a buscar al bachiller, y en poco tiempo volvió a la casa con él. El bachiller, aunque se llamaba Sansón, no era muy grande de cuerpo, tendría unos veinticuatro años, la cara redonda, de nariz chata y la boca grande, nada más llegar se puso de rodillas delante de don Quijote y dijo: –Deme vuestra grandeza las manos, señor don Quijote de la Mancha, que es usted uno de los más famosos caballeros andantes que ha habido y nunca habrá en toda la tierra. Le hizo levantar don Quijote y dijo: –¿Verdad es que hay escrita historia mía? –Es tan verdad –dijo Sansón–, que hay más de doce mil ejemplares de su historia por todo el mundo. –Y dígame, señor bachiller: ¿qué hazañas mías son las que más se elogian en esa historia? –En eso –respondió el bachiller–, hay diferentes opiniones,

Carolina Romero (12)

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como hay diferentes gustos: a unos gusta la aventura de los molinos de viento, que a vuestra merced le parecieron gigantes; a otros, la descripción de los dos ejércitos, que después resultaron ser dos manadas de carneros; otros, que ninguna se iguala con la pelea del valiente vizcaíno. No se le quedó nada al sabio en el tintero: todo lo dice y todo lo apunta, hasta lo de las volteretas que el buen Sancho hizo en la manta. –En la manta no hice yo volteretas –respondió Sancho–; en el aire sí, y más de las que yo quisiera. –Sígame contando lo que se dice de mí en la historia -dijo don Quijote. –Y de mí –dijo Sancho–, que también dicen que soy yo uno de los principales presonajes de ella. –Personajes, que no presonajes, Sancho amigo –dijo Sansón. –¿Otro reprochador de palabras tenemos? –dijo Sancho. –Y por ventura –dijo don Quijote–, ¿promete el autor segunda parte? –Sí promete –respondió Sansón– pero no sabemos si saldrá o no porque como algunos dicen: «Nunca segundas partes fueron buenas». Mientras seguían hablando llegaron a sus oídos relinchos de Rocinante; relinchos que tomó don Quijote por buena señal, por lo que decidió salir en busca de aventuras, con el apoyo de Sancho Panza y del bachiller Sansón Carrasco. Pidió don Quijote al bachiller que la (lo) mantuviera en secreto, especialmente al cura y al barbero, y a su sobrina y al ama, porque no entorpecieran su valiente decisión. Todo lo prometió Carrasco, y se despidió encargando a don Quijote que le avisase de todo lo bueno o lo malo que le pasase, marchándose también Sancho a preparar lo necesario para la partida. 156


CAPÍTULO 2 De cómo don Quijote y Sancho se enfadaron (e hicieron las paces) antes de la tercera salida

Dante Díaz (7)


Según

vio el ama –que escondida había escuchado toda la conversación– salir a Sancho Panza y a Sansón Carrasco, cayó en la cuenta de las intenciones de don Quijote; y, sabiendo que la tercera salida se produciría en poco tiempo, toda llena de congoja y tristeza, fue tras el bachiller, creyendo que, por ser bien hablado y amigo desde hacía poco de su señor, le podría convencer de que dejase tal propósito. Cuando la vio Carrasco tan sobresaltada, le dijo: –¿Qué le ha pasado, señora ama, que parece que se le salta el corazón? –No es nada, señor Sansón mío, sino que mi amo se sale, ¡se sale sin duda! –Y ¿por dónde se sale, señora? –preguntó Sansón–. ¿Se le ha roto alguna parte de su cuerpo? –Quiero decir, señor bachiller, que quiere salir otra vez, que con ésta será la tercera, a buscar por ese mundo lo que él llama venturas, que yo no puedo entender cómo les da este nombre. La vez primera nos lo devolvieron atravesado sobre un burro, molido a palos. La segunda vino en un carro de bueyes, metido y encerrado en una jaula, donde él se creía que estaba encantado; y venía tan triste, flaco, amarillo, y con los ojos tan hundidos que, para que se recuperase, gasté más de seiscientos huevos. –¿No tiene usted otra preocupación sino lo que teme que quiere hacer el señor don Quijote? –No, señor –respondió ella. –Pues no le dé más vueltas –respondió el bachiller–, y váyase a su casa, y téngame preparado de almuerzo alguna cosa caliente, y, de camino, vaya rezando, que yo iré luego para allá, y verá maravillas.

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Mientras tanto, Sancho volvió a casa de don Quijote, donde hablaban de esta manera: –Señor –dijo Sancho–, yo ya tengo compencida a mi mujer para que me deje ir con vuestra merced adonde quiera llevarme. –Convencida debes decir, Sancho –añadió don Quijote –, que no compencida. –Una o dos veces –respondió Sancho–, si mal no me acuerdo, he suplicado a vuestra merced que no me corrija al hablar, si es que entiende lo que quiero decir, y que, cuando no lo entienda, diga: “Sancho, no te entiendo”; y si yo no supiera corregirme, entonces podrá ayudarme usted; que yo soy tan fócil... –No te entiendo, Sancho –dijo luego don Quijote–, pues no sé qué quiere decir soy tan fócil. –Tan fócil quiere decir –respondió Sancho– soy tan así. –Menos te entiendo ahora –replicó don Quijote. –Pues si no me entiende –respondió Sancho–, no sé cómo decírselo. –Ya, ya caigo –respondió don Quijote– tú quieres decir que eres tan dócil, blando y obediente que dejarás que te enseñe. –Sabré yo que desde el principio me entendió –dijo Sancho– y que quiso confundirme para oírme decir otras doscientas tonterías. –Podría ser así –replicó don Quijote–. Pero, ¿dónde quieres ir a parar? –Lo que quiero –dijo Sancho– es que usted me pague un salario, salario que me ha de dar cada mes, para saber lo que gano, ya sea mucho o poco. –Mira, Sancho: yo he leído muchos libros de caballerías, y

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no me acuerdo haber leído que ningún caballero andante haya pagado salario a su escudero. Sólo sé que todos los escuderos servían a los caballeros y que, si alguno había tenido suerte, premiaba a su escudero con una ínsula, o con algo parecido. Sancho, amigo, si queréis volver a servirme, seas bienvenido; y si no, tan amigos como antes; que a mí no me faltarán escuderos más obedientes y no tan habladores como tú. Al oír esto Sancho se entristeció, pues creía que su señor nunca se iría sin él de aventuras por el mundo. En ese instante llegó Sansón acompañado de la sobrina y el ama, que iban con la intención de escuchar cómo le convencía para que no saliese a buscar aventuras. –¡Oh, señor don Quijote, póngase vuestra merced en camino cuanto antes, y si alguna cosa le faltase para poder marchar, aquí estoy yo para ayudarle con mi persona y con mi dinero, y si fuera necesario incluso servirle de escudero, nada me haría más feliz! Según oyó esto, Don Quijote, volviéndose a Sancho, dijo: –¿No te dije yo, Sancho, que me sobrarían escuderos? Mira quién se ofrece a serlo, sino el bachiller Sansón Carrasco, sano, ágil, callado, sufridor tanto del calor como del frío, tanto del hambre como de la sed, con todas aquellas cualidades que se requieren para ser escudero de un caballero andante. Pero quédese el nuevo Sansón en su casa que yo con cualquier escudero estaré contento, ya que Sancho no quiere venir conmigo. –¡Sí quiero! –respondió Sancho, enternecido y con lágrimas en los ojos–; yo de nuevo me ofrezco a servir a vuestra merced fiel y legalmente, mucho mejor que todos los escuderos que han servido a caballeros andantes en el pasado y en el presente.

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Finalmente, don Quijote y Sancho se abrazaron y quedaron amigos, delante del bachiller Sansón Carrasco, acordando que en tres días saldrían de nuevo en busca de aventuras; en los cuales prepararían todo lo necesario para el viaje, y buscarían una armadura que don Quijote se empeñó en llevar. Le ofreció Sansón la de un amigo, que, aunque estaba negra y sucia, sabía que sería del agrado de don Quijote. Oyendo todo esto, el ama y la sobrina, tirándose de los pelos y arañándose la cara, se enfadaron con el bachiller, creyendo que esta tercera salida sería la muerte de su señor. Pero si Sansón actuó así, convenciéndoles para que otra vez saliesen, fue por consejo del cura y del barbero, con quienes antes había hablado. Al tercer día, al anochecer y sin que nadie los viese, salió don Quijote montado sobre su buen Rocinante y Sancho sobre su rucio, camino de la ciudad del Toboso.

Enzo Cepeda (11)

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CAPÍTULO 3 De la extraña forma en que fue encantada Dulcinea del Toboso y otros sucesos dignos de memoria

Sofía Pedernera (8)


Era

medianoche cuando don Quijote y Sancho entraron en el Toboso. Estaba la ciudad en silencio, porque todos sus vecinos dormían, sólo se oían ladridos de perros, que asustaban el corazón de Sancho, el rebuznar de algún burro, gruñidos de cerdos, maullidos de gatos que aumentados por el silencio de la noche tomó el enamorado caballero por signos de mala suerte; aun así dijo a Sancho: –Guíame al palacio de Dulcinea que quizá esté despierta. –¿A qué palacio tengo que guiar – respondió Sancho–, que en el que yo vi a su Dulcinea no era sino casa muy pequeña? –Debía de estar divirtiéndose con sus doncellas en algún pequeño salón de su alcázar –respondió don Quijote –Pero Señor –dijo Sancho –, ya que usted quiere que sea alcázar la casa de Dulcinea, ¿es hora esta de encontrar la puerta abierta? Y ¿estará bien que llamemos y alborotemos a toda la gente? –Encontremos primero el alcázar que entonces yo te diré, Sancho, lo que está bien que hagamos –replicó don Quijote–. Y creo que o yo veo poco, o que aquella sombra grande que desde aquí se ve debe ser el palacio de Dulcinea. –Pues vamos hacia allá –respondió Sancho. Guió don Quijote, y, andados doscientos pasos, chocaron con la sombra de una gran torre, descubriendo que el edificio no era el alcázar, sino la iglesia principal de la ciudad, y dijo: –Con la iglesia hemos topado Sancho. –Ya lo veo señor, pero pronto va a amanecer y será mejor que salgamos de la ciudad y usted se oculte en el bosque, que yo volveré de día y no dejaré un rincón donde no busque el palacio de su señora Dulcinea.

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Kevin Herrera (10)

–Gran razón tienes, Sancho –dijo don Quijote–. Hagámoslo como tú bien has dicho. Sancho estaba deseando sacar a su amo de la ciudad para que no averiguase la mentira de que nunca llevó la carta a Dulcinea, que le dio cuando se escondieron en Sierra Morena. Al llegar la mañana don Quijote mandó a Sancho volver a la ciudad. –Yo iré y volveré rápido –dijo el escudero. Pero apenas hubo salido del bosque, volvió la cabeza y comprobó que ya no veía a don Quijote, entonces se bajó de su rucio y, sentándose al pie de un árbol, comenzó a hablar consigo mismo: –¿A quién voy a buscar? A una princesa que ni yo ni mi amo hemos visto jamás. Ahora bien todo tiene remedio menos 164


la muerte y si se creyó que unos molinos eran gigantes y las manadas de carneros ejércitos enemigos, no será muy difícil hacerle creer que una labradora, la primera que me encuentre por aquí, es la señora Dulcinea; y le haré pensar que algún mal encantador de estos que él dice que le quieren mal le habrá cambiado el aspecto por hacerle daño. Así se quedó tranquilo Sancho Panza y pasó allí la tarde para hacer creer a don Quijote que le había dado tiempo para ir y volver del Toboso; cuando se levantó para subir en el rucio, vio que venían tres labradoras montadas en sus borricas y volvió a buscar a su señor don Quijote, quien le dijo: –¿Buenas noticias me traes? –Tan buenas –respondió Sancho–, que no tiene más que montar a Rocinante y salir del bosque para ver a la señora Dulcinea del Toboso, que con otras dos doncellas suyas viene a su encuentro. –¡Santo Dios! ¿Qué es lo que dices, Sancho amigo? –dijo don Quijote–. ¡Mira no me engañes! –¿Qué sacaría yo con engañarle? –respondió Sancho–. ¡Vamos, señor, y verá venir a la princesa vestida y adornada como quien ella es! Toda diamantes, toda rubíes, sus cabellos están sueltos por las espaldas, que son como rayos del sol que andan jugando con el viento; y, sobre todo, vienen a caballo. En esto salieron del bosque y descubrieron cerca a las tres aldeanas. Miró don Quijote por todo el camino del Toboso, y como sólo vio a las tres labradoras, preguntó a Sancho si las había dejado fuera de la ciudad. –¿Cómo fuera de la ciudad? –respondió–. ¿Acaso tiene usted los ojos en el cogote, que no ve que son éstas, resplandecientes como el sol al mediodía?

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–Yo no veo, Sancho –dijo don Quijote–, sino a tres labradoras sobre tres borricos. –¡Ahora me libre Dios del diablo! –respondió Sancho–. Y ¿es posible que tres caballos blancos como la nieve le parezcan a usted borricos? –Pues yo te digo, Sancho amigo –dijo don Quijote–, que es tan verdad que son borricos, como que yo soy don Quijote y tú Sancho Panza. –Calle, señor –dijo Sancho–, y venga a hacer reverencia a la señora de sus pensamientos, que ya se acerca. Y diciendo esto, se adelantó a recibir a las tres aldeanas; y, apeándose del rucio, poniendo ambas rodillas en el suelo dijo: –Reina y princesa de la hermosura, vuestra grandeza reciba en su gracia al cautivo caballero que se ha quedado de piedra al verse ante vuestra magnífica presencia. Yo soy Sancho Panza su escudero y él es don Quijote de la Mancha. Estando don Quijote de rodillas junto a Sancho miraba con ojos desencajados a la que Sancho llamaba reina y señora, y como no descubría en ella sino a una aldeana, y no muy guapa, no se atrevía a hablar. Las labradoras estaban también asombradísimas viendo a aquellos dos hombres de rodillas que no dejaban pasar a su compañera. La detenida, enfadada, dijo: –Apártense de una vez del camino y déjennos pasar que llevamos prisa. A lo que respondió Sancho: –¡Oh princesa y señora universal del Toboso! ¿Cómo vuestro corazón no se enternece viendo arrodillado ante usted a su caballero andante?

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Oyendo lo cual, otra de las dos dijo: –¡Mirad con qué vienen los señoritos ahora a hacer burla de las aldeanas! ¡Sigan su camino y déjennos hacer el nuestro! –Levántate, Sancho –dijo don Quijote–, que ya entiendo lo que nos está pasando. El encantador me persigue y ha nublado mis ojos transformando su hermosura en la de una labradora pobre. –¡Qué mala suerte! –respondió la aldeana–. ¡Apártense y déjennos! Sancho se retiró dejándola ir contentísimo de haber salido bien de su enredo. Apenas se vieron libres las aldeanas salieron corriendo, sin volver la cabeza atrás. Las siguió don Quijote con la vista, y, cuando dejó de verlas, volviéndose a Sancho, le dijo: –Sancho, ¿qué te parece cuanto mal me hacen estos encantadores? Mira qué malos que han transformado a mi Dulcinea en una aldeana baja y fea, quitándole hasta el olor a flores por un olor a ajos crudos que me atufaba. –¡Oh, encantadores malintencionados –gritó Sancho– deberíais estar todos colgados! –¡Y que tenga que vivir yo todo esto, Sancho! –dijo don Quijote–. Soy el más desdichado de los hombres. Esfuerzos tenía que hacer Sancho para disimular la risa oyendo las tonterías de su amo tras su engaño. Finalmente, volvieron a subir en su caballo y en su rucio, y siguieron el caballero andante y su escudero el camino en busca de nuevas aventuras.

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CAPÍTULO 4 De cómo don Quijote venció al Caballero de los Espejos, también conocido como Caballero del Bosque

168 Alejandro Garro (9)


Después

de varios días cabalgando – en los que don Quijote no se quitaba de la cabeza su mala suerte por el encantamiento de Dulcinea–, llegaron a un bosque, donde decidieron pasar la noche. Sancho se quedó dormido al pie de un alcornoque y don Quijote descansando al lado de una robusta encina; pero, al poco tiempo, le despertó un ruido que sintió a sus espaldas, y, levantándose de un salto, se puso a mirar y a escuchar de dónde procedía, y vio que eran dos hombres a caballo, viniendo uno armado, señal que parecía a don Quijote que debía de ser caballero andante; y acercándose a Sancho, que dormía, le agarró del brazo y con voz baja le dijo: –Hermano Sancho, aventura tenemos. – Dios nos la dé buena –respondió Sancho–; y ¿dónde está? –¿Dónde, Sancho? –replicó don Quijote–; vuelve los ojos y mira, y verás allí tendido un andante caballero, que, no debe estar demasiado alegre. El Caballero del Bosque, pues así se llamaba, oyendo voces cerca de él, se puso en pie y dijo con voz sonora: –¿Quién anda ahí? –Caballero andante soy –dijo don Quijote-. Se sentaron juntos sobre la dura tierra en buena paz y compañía y empezaron a hablar: –Por suerte señor caballero –preguntó el del Bosque a don Quijote–, ¿sois enamorado? –Por desgracia lo soy –respondió don Quijote. –También yo, señor caballero. Y quiero que sepa que mi destino me llevó a enamorarme de Casildea de Vandalia, quien para ser digno de su amor, me ordenó superar muchos

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y diversos peligros: detuve el movimiento a la Giralda, pesé los toros de Guisando, me despeñé en la montaña de Cabra y finalmente me ha mandado que vaya por todas las provincias de España y haga confesar a todos los andantes caballeros que su hermosura es superior a la de cualquier otra dama. Pero de lo que más me enorgullezco es de haber vencido al famoso caballero don Quijote de la Mancha y haberle hecho confesar que es más hermosa mi Casildea que su Dulcinea. Don Quijote no dejaba de admirarse de oír al Caballero del Bosque, y estuvo mil veces por decirle que mentía, y teniendo la mentira en la punta de la lengua se aguantó lo mejor que pudo por hacerle confesar de su propia boca la falsedad de sus palabras; y así, con toda tranquilidad le dijo: –De que usted haya vencido a muchos caballeros andantes de España, y aun de todo el mundo, no digo nada; pero de que haya vencido a don Quijote de la Mancha, lo pongo en duda. Podría ser otro que se le parezca. –¿Cómo que no? –replicó el del Bosque–. Por el cielo que nos cubre, que peleé con don Quijote, y le vencí y rendí; es un hombre alto de cuerpo, seco de rostro, estirado, la nariz aguileña y algo corva, de bigotes grandes, negros y caídos. También conocido como Caballero de la Triste Figura, y lleva por escudero a un labrador llamado Sancho Panza. Monta al famoso caballo llamado Rocinante, y, finalmente, tiene por señora a una tal Dulcinea del Toboso. Si todas estas señas no bastan para confirmar que digo la verdad, aquí está mi espada. –Tranquilo, señor caballero –dijo don Quijote–, y escuchad lo que os quiero decir. Habéis de saber que ese don Quijote que decís es el mayor amigo que en este mundo tengo, y tanto, que soy yo mismo. Por otra parte, creo que esto va a ser cosa

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de todos los enemigos encantadores que tengo, especialmente uno que habrá tomado mi figura y se habrá dejado vencer para echar por tierra la fama que no otro sino yo ha conseguido con sus triunfos. Y, para confirmar todo esto, también quiero que sepa que estos encantadores transformaron la figura de la hermosa Dulcinea del Toboso en una aldeana fea. Y si todo esto no fuera suficiente para confirmar mi verdad, aquí está el mismo don Quijote, que la defenderá con sus armas a pie, o a caballo, o de cualquiera otra manera que usted proponga. Y, diciendo esto, se puso en pie y empuñó la espada, esperando la respuesta del Caballero del Bosque; el cual, con voz tranquila, dijo: –El que una vez, señor don Quijote, pudo venceros transformado, bien podrá volveros a vencer en vuestra propia figura. Pero, puesto que no está bien que los caballeros luchen

Gabriel Jurado Tolana

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de noche como los ladrones, esperemos a que llegue un nuevo día. Y será la condición de nuestra batalla que el perdedor haga todo lo que le pida el vencedor. –Estoy de acuerdo – respondió don Quijote. Y diciendo esto, se fueron donde estaban sus escuderos, y los encontraron roncando. Los despertaron y mandaron que tuvieran preparados los caballos, porque, en cuanto amaneciera, tendría lugar el sangriento combate entre ellos. En el momento de comenzar a amanecer, lo primero que vieron con la luz del día los ojos de Sancho fue la nariz del escudero del Caballero del Bosque, que era tan grande y llena de verrugas, de color amoratado, como de berenjena, que Sancho se asustó y se fue junto a don Quijote, el cual mirando a su adversario descubrió que ya se había puesto el yelmo, de modo que no le pudo ver el rostro, pero notó que no era muy alto. Sobre las armas traía una casaca de oro fino llena de resplandecientes espejos; volaban sobre el yelmo gran cantidad de plumas verdes, amarillas y blancas y era la lanza grandísima y gruesa. Todo lo miró don Quijote, pero no por eso temió al también llamado Caballero de los Espejos, al que dijo: –Que las ganas de pelear no os quiten la cortesía; por ello os pido que levantéis la visera un poco, para ver si vuestro rostro se corresponde con vuestra valentía. –O vencido o vencedor que salgáis de esta batalla, señor caballero –respondió el de los Espejos– os quedará tiempo para verme; y si ahora no satisfago vuestro deseo, es por parecerme que estamos perdiendo el tiempo. Con esto, se subió don Quijote sobre Rocinante, y lo mismo hizo con su caballo el de los Espejos. Entonces vio don Quijote las extrañas narices del escudero, y no se admiró

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menos de verlas que Sancho, que viendo partir a su caballero hacia la batalla, no se quiso quedar a solas con el narigudo, y se fue tras su amo y le suplicó que le ayudase a subir a un alcornoque, para ver mejor el combate. En lo que se detuvo don Quijote en ayudar a Sancho a subirse al árbol, tomó el de los Espejos el camino necesario, y creyendo que lo mismo habría hecho ya su contrario, sin esperar señal de aviso, volvió las riendas a su caballo –no mucho mejor que Rocinante– y a todo correr fue al encuentro con su enemigo; pero al verle ocupado en la subida de Sancho, se paró en mitad de la carrera, lo cual agradeció el caballo, que ya no podía más. A don Quijote, que le pareció que ya su enemigo venía volando, puso al galope a Rocinante como jamás en la historia se cuenta que hizo, y así llegó donde estaba el Caballero de los Espejos, que intentaba mover a su caballo y poner la lanza en alto. Don Quijote, que no se daba cuenta de estos inconvenientes, chocó con el de los Espejos con tanta fuerza, que le tiró al suelo desde lo alto del caballo, pegándose tal golpe de espaldas, que, al no mover pie ni mano, parecía que estaba muerto. Apenas le vio caído Sancho, salió corriendo, bajándose su señor de Rocinante, y acercándose al que no se movía, decidió don Quijote quitarle el yelmo para ver si estaba muerto y para que le diese el aire por si estaba vivo; y vio… el mismo rostro, la misma figura, el mismo aspecto del bachiller Sansón Carrasco; y así en cuanto se dio cuenta, dijo gritando: –¡Corre, Sancho, y mira quién es! ¡Mira lo que hicieron los hechiceros y los encantadores! Llegó Sancho, y, como vio el rostro del bachiller Carrasco, se asustó tanto que le pidió a don Quijote que le clavara la espada para así matar a alguno de sus enemigos.

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Braian Soruco (9)

–Razón tienes –dijo don Quijote–, y sacando la espada para seguir el consejo de Sancho, llegó el escudero del de los Espejos, sin las narices, y a grandes voces dijo: –Mire vuestra merced lo que hace, señor don Quijote, que ese que tiene a sus pies es el bachiller Sansón Carrasco, su amigo, y yo su escudero. Y, mirándole Sancho le dijo: –¿Y las narices? A lo que él respondió: –Aquí las tengo, en el bolsillo. Y sacó unas narices de máscara. Y, mirándole Sancho, dijo: –¡Santa María! ¿Éste no es Tomé Cecial, mi vecino? –¡Claro que soy yo! –respondió el escudero–: luego te

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contaré por qué mentiras estoy yo aquí, y ahora pídele a tu amo que no mate al Caballero de los Espejos, porque es sin duda Sansón Carrasco. En esto, volvió en sí el de los Espejos, y viéndole don Quijote, le puso la punta de su espada encima del rostro, y le dijo: –Moriréis si no confesáis que la sin par Dulcinea del Toboso gana en belleza a vuestra Casildea de Vandalia. –Lo confieso –dijo el caído caballero. –También habéis de confesar –añadió don Quijote– que aquel caballero que vencisteis no fue ni pudo ser don Quijote de la Mancha, sino otro que se le parecía. –Todo lo confieso –respondió el vencido caballero–. Dejadme levantar, os ruego, si es que lo permite el golpe de mi caída. Y así se fueron el de los Espejos y su escudero, en busca de algún lugar donde poder curarle. Dice la historia, que cuando el bachiller Sansón Carrasco aconsejó a don Quijote que volviese a salir de aventura, lo hizo porque el cura, el barbero y él mismo tramaron un plan: le saldría al paso como caballero andante, tendría un combate con él y el pacto sería que el vencido quedase a disposición del vencedor. Como no sería muy difícil vencer a don Quijote, le mandaría el bachiller que volviese a su casa y no saliese de allí en dos años, lo que sin duda don Quijote, viéndose vencido, obedecería por no incumplir las leyes de la caballería. Y con este engaño pensaban que mientras durase su reclusión, encontraría remedio su locura. Tomé Cecial, que vio lo poco que se habían cumplido sus deseos, dijo al bachiller:

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–Tenemos nuestro merecido: fácilmente se piensa y comienza un plan, pero con dificultad se sale de él. Don Quijote loco, nosotros en nuestro sano juicio; él se va sano y riendo, usted queda molido y triste. Quiero ahora dejar de ser vuestro escudero y volverme a casa. –Está bien –respondió Sansón–, que yo no volveré hasta que consiga vencerle en otra ocasión y así, vengando esta ofensa, hacerle volver a nuestra aldea. Por su parte, don Quijote y Sancho volvieron al camino en busca de nuevas aventuras en las que mostrar su valor y fuerza.

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CAPÍTULO 5

Sobre la más peligrosa aventura a la que nunca se enfrentó don Quijote

Melina Solange Bermay


Iba

don Quijote muy contento y orgulloso por haber vencido al Caballero de los Espejos, imaginándose el caballero andante más valiente del mundo, sin miedo a los encantamientos ni a los encantadores, sin recordar todos los palos que le habían dado en el transcurso de sus caballerías, preocupado tan sólo por hallar la manera de desencantar a Dulcinea. Pensando en todo esto iba don Quijote, cuando se desvió Sancho del camino para comprar unos requesones a unos pastores que estaban por allí ordeñando unas ovejas. Alzó la cabeza don Quijote y vio venir por el camino un carro lleno de banderas; y creyendo que se trataba de una nueva aventura, llamó a Sancho dando grandes voces para que le llevase el yelmo. Sancho, agobiado por la prisa de su amo, no supo qué hacer con los requesones, ni dónde meterlos y, para no perderlos, puesto que ya los había pagado, decidió echarlos en el yelmo de su señor, y así volvió junto a don Quijote para ver lo que quería. Y volviéndose a Sancho, le pidió el yelmo. Sancho, como no tuvo tiempo de sacar los requesones, se vio obligado a dárselo como estaba. Lo cogió don Quijote y sin ver lo que tenía dentro, a toda prisa se lo puso en la cabeza, y como los requesones se apretaron y se exprimieron, comenzó a correr la leche por todo el rostro y barbas de don Quijote, que muy asustado, dijo a Sancho: –¿Qué es esto, Sancho, que parece que se me derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? De verdad que si sudo no es de miedo. Dame, si tienes, algo con lo que limpiarme. Calló Sancho y le dio un pañuelo, dando gracias a Dios de que su señor no hubiese mirado dentro del yelmo. Se limpió

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don Quijote, y se quitó el yelmo para ver qué era lo que le enfriaba la cabeza, y viendo aquella papilla blanca, se lo llevó a las narices, y oliéndola dijo: –Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso, que son requesones lo que aquí me has puesto, ¡traidor, mal escudero! A lo que, disimulando, respondió Sancho: –Si son requesones, démelos usted que yo me los comeré... ¿Me atrevería yo a ensuciar el yelmo de mi señor? También debo yo tener encantadores que me persiguen y habrán puesto ahí esa suciedad para que se enfade conmigo. Pero yo confío en usted, que sabe a ciencia cierta que, si yo tuviera requesones o leche, antes los pondría en mi estómago que en el yelmo. –Todo puede ser –dijo don Quijote. Llegó en esto el carro de las banderas, en el cual venían un carretero, las mulas, un hombre sentado al frente y un señor hidalgo que acompañaba a la comitiva. Se puso don Quijote delante y dijo: –¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es éste, qué lleváis en él y qué banderas son éstas? A lo que respondió el carretero: –El carro es mío; lo que va en él son dos bravos leones enjaulados, regalo para Su Majestad; las banderas son del rey nuestro señor; señal de que aquí va cosa suya. –Y ¿son grandes los leones? –preguntó don Quijote. –Tan grandes –respondió el hombre que iba sentado delante del carro–, que jamás los vi de igual tamaño; y yo soy el leonero, y he visto otros, pero como éstos, ninguno. Son hembra y macho; el macho va en esta jaula primera, y la hembra en la de atrás; y ahora van hambrientos porque no han comido hoy; y así, apártese, que debemos llegar pronto para darles de comer.

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Juan Segundo Pedernera Rojas • Escuela Nº 18

Juan Segundo Pedernera Rojas

A lo que dijo don Quijote, sonriéndose un poco: –¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos? Pues, ¡por Dios que comprobaréis si soy hombre que se espanta de leones! Bajaos, buen hombre, y, como sois el leonero, abrid esas jaulas y echadme esas bestias fuera, que en mitad de este campo les diré quién es don Quijote de la Mancha. Se acercó Sancho al señor hidalgo y le dijo: –Señor, por Dios, haga usted algo para que mi señor no se enfrente con estos leones, que si se enfrenta, nos van a hacer pedazos a todos. –Pues, ¿tan loco está vuestro amo –respondió el señor–, que teméis, y creéis que se va a enfrentar con tan fieros animales? –No está loco –respondió Sancho–, sino que es atrevido. 180


–Yo haré que no lo sea –replicó el señor. Y, acercándose a don Quijote, que estaba metiendo prisa al leonero para que abriese las jaulas, le dijo: –Señor caballero, los caballeros andantes han de atreverse con las aventuras que prometen victorias, y no con aquellas que prometen mal final. –Váyase usted, señor hidalgo –respondió don Quijote–, y deje a cada uno hacer su oficio. Y, volviéndose al leonero, le dijo: –¡Abre ya, canalla, que si no lo haces sentirás mi lanza! El carretero, le dijo: –Señor mío, por caridad, déjeme soltar las mulas y ponerme a salvo con ellas antes de que suelte a los leones, que no tengo otra fortuna que no sea este carro y estas mulas. –¡Oh hombre de poca fe! -respondió don Quijote–, suelta las mulas y haz lo que quieras, que pronto verás que no era necesario. El leonero dijo a grandes voces: –Abro forzado las jaulas y suelto a los leones. ¡Pónganse a salvo! Sancho, con lágrimas en los ojos, le suplicó que abandonase la aventura y dijo: –Mire, señor, que aquí no hay encantamiento; que yo he visto entre las rejas de la jaula una uña de león verdadero, y deduzco por ella que el tal león es más grande que una montaña. –Retírate, Sancho, y déjame. Lloraba Sancho la muerte de su señor, que aquella vez sin duda creía que llegaba de las garras de los leones; maldecía su suerte; pero no por llorar y lamentarse dejaba de aporrear al rucio para que se alejase de la jaula.

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En lo que tardó el leonero en abrir la jaula, estuvo pensando don Quijote si sería mejor hacer la batalla a pie o a caballo; y, al final, decidió hacerla a pie, temiendo que Rocinante se espantase al ver a los leones. Por esto saltó del caballo, arrojó la lanza y cogió el escudo, y, desenvainando la espada, poco a poco, con corazón valiente, se fue a poner delante del carro, encomendándose a Dios de todo corazón, y luego a su señora Dulcinea. Abrió el leonero las puertas de la primera jaula donde estaba el león, que apareció feo y enorme. Lo primero que hizo fue revolverse en la jaula, donde venía tumbado, mostrar las garras y desperezarse; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y, con casi dos palmos de lengua que sacó fuera, se lavó el rostro; hecho esto, sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con los ojos echando fuego. Sólo don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase ya del carro y pelease con él. Pero el generoso león, volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y con gran calma y lentitud se volvió a echar en la jaula. Viendo lo cual don Quijote, mandó al leonero que le diese de palos y le enfadase para echarle fuera. –¡Eso no lo haré! –respondió el leonero–, porque si yo le provoco, al primero a quien hará pedazos será a mí. Vuestra merced, señor caballero, puede estar contento con lo que ha hecho, y no tiente de nuevo a la suerte. El león tiene abierta la puerta: en su mano está salir, o no salir; pero, como no ha salido hasta ahora, no saldrá en todo el día. –Así es –respondió don Quijote–: cierra, amigo, la puerta, y cuenta lo que has visto de la mejor forma posible: cómo tú

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María de los Angeles Pedemonte

abriste al león, yo le esperé, él no salió; volví a esperarle, volvió a no salir y se volvió a acostar. Y cierra ya, mientras yo llamo a los que se escondieron, para que sepan de tu boca esta hazaña. Así lo hizo el leonero, y don Quijote, poniendo en la punta de la lanza el pañuelo con que se había limpiado el rostro de la lluvia de los requesones, comenzó a llamar a los que no dejaban de huir; pero, viendo Sancho la señal del blanco paño, dijo: –Que me maten si mi señor no ha vencido a las fieras bestias, pues nos llama. Se pararon el carretero y sus mulas, el hidalgo y Sancho Panza y, poco a poco se fueron acercando hasta don Quijote. El cual dijo: –Vuelve, hermano, a enganchar las mulas al carro y

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continúa tu viaje; y tú, Sancho, dale dos escudos de oro, para él y para el leonero, en recompensa de lo que por mí se han detenido. –Los daré yo de muy buena gana –respondió Sancho–; pero, ¿qué ha pasado con los leones? ¿Son muertos, o vivos? Entonces el leonero, lo contó, exagerando el valor de don Quijote. Dio los escudos Sancho y, besando las manos el leonero a don Quijote, le prometió contar su valerosa hazaña al mismísimo rey. –Pues, si Su Majestad pregunta quién la hizo, le diréis que el Caballero de los Leones, que de aquí en adelante quiero que así se me conozca; que ya no responderé por el Caballero de la Triste Figura, y así continúo con la antigua costumbre de los andantes caballeros, que se cambiaban el nombre cuando querían. Siguió su camino el carro, y don Quijote y Sancho prosiguieron el suyo.

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CAPÍTULO 6 De cómo don Quijote y Sancho Panza participaron en las nunca celebradas Bodas de Camacho

185 Ezequiel Lamas


Siguiendo

por el camino, don Quijote y su escudero Sancho Panza se encontraron con dos estudiantes y dos labradores que iban montados en sus asnos. Todo lo que transportaban, parecía que lo habían comprado en algún gran pueblo y lo llevaban a su aldea; y así los estudiantes y los labradores se sorprendieron, como todos aquellos que veían por primera vez a don Quijote, y se morían por saber quién era ese hombre tan fuera de lo común. Les saludó don Quijote, y, viendo que llevaban su mismo camino les propuso acompañarles, yendo más despacio, eso sí, ya que sus asnos corrían más que Rocinante; y, para convencerles, les contó quién era, y cuál era su oficio, que era de caballero andante en busca de aventuras por todas las partes del mundo. Les dijo que se llamaba de nombre propio don Quijote de la Mancha, y era también conocido por el Caballero de los Leones. Todo esto para los labradores era como si les hablaran en griego, pero no así para los estudiantes, que en seguida entendieron la falta de cordura de don Quijote; pero aún así, mirándole con admiración y respeto, le dijo uno de ellos: –Si vuestra merced, señor caballero, no lleva camino, venga con nosotros: verá una de las mejores bodas y más ricas que hasta el día de hoy se han celebrado en La Mancha. Le preguntó don Quijote si eran de algún príncipe. –No –respondió el estudiante– sino de un labrador y una labradora: él, el más rico de toda esta tierra; y ella, la más hermosa que han visto los hombres. Se celebrarán en un prado que está junto al pueblo de la novia, a quien llaman Quiteria la hermosa, y el novio se llama Camacho el rico; ella tiene

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dieciocho años y él veintidós, y son el uno para el otro. En efecto es el tal Camacho tan caprichoso, que se le ha ocurrido cubrir todo el prado por arriba, de manera que lo tendrá difícil el sol si quiere ver las hierbas verdes del suelo; tiene así mismo preparadas danzas, zapateadores… Pero nada de esto será tan memorable en estas bodas, como saber qué hará el despechado Basilio. Es este Basilio un muchacho vecino de Quiteria, que está enamorado de ella desde su más tierna infancia, y ella correspondió a su amor de tal manera, que todo el pueblo hablaba para entretenerse de los amores de los dos niños Basilio y Quiteria. El amor entre ellos fue creciendo a medida que cumplían años, hasta que el padre de Quiteria prohibió a Basilio entrar en su casa porque no tenía dinero, y prefería que su hija se casase con el rico Camacho. A lo que dijo don Quijote: –Los padres no deberían elegir y mandar a sus hijos que se casasen con quien ellos decidieran, sino que cada uno debe elegir a quién quiere tener por compañero. Muchas más cosas podría decir, si no fuera por las ganas que tengo de que siga contando el estudiante la historia de Basilio. A lo que respondió el estudiante: –No me queda mucho más que decir sino que desde que Basilio supo que la hermosa Quiteria se casaba con Camacho el rico, nunca más le han visto reír y siempre anda pensativo y triste, hablando consigo mismo. Y así las cosas, todos los que le conocemos tememos que dar el sí mañana la hermosa Quiteria será su sentencia de muerte. Antes de que se diesen cuenta había anochecido y se encontraron en la entrada del pueblo con un cielo resplandeciente de estrellas. Oyeron, asimismo, suaves sonidos

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de flautas, tambores, panderos y cascabeles y, cuando llegaron cerca vieron que los árboles de una enramada estaban todos llenos de luces. Los músicos eran los animadores de la boda, que en diversas pandillas andaban por ahí, unos bailando, y otros cantando, y otros tocando instrumentos. No quiso entrar en el lugar don Quijote, aunque así se lo pidieron, por ser costumbre de los caballeros andantes dormir en los campos antes que en los pueblos.

Enrique Rivas

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Apenas había amanecido cuando don Quijote se puso en pie y llamó a su escudero Sancho, que todavía roncaba, metiéndole prisa para ir a ver la boda, para conocer lo que haría el pobre Basilio. Hizo Sancho lo que su señor le mandaba, y, poniendo la silla a Rocinante, paso a paso fueron entrando en el prado donde se celebrarían las famosas bodas de Camacho. Lo primero que vio Sancho fue un novillo entero, un monte de leña en el fuego donde se iba a asar, seis ollas en las que cabían carneros enteros, liebres sin pellejo y gallinas sin plumas colgadas por los árboles listas para ser cocinadas, más de sesenta barriles de vino, un sin fin de panes y quesos… Y así era porque con ser el banquete de la boda campestre, era tan abundante que con él se podría alimentar a un ejército. Se oyeron grandes voces que daban los que iban a recibir a los novios, que venían acompañados del cura, de los parientes de ambos, y de la gente más rica de los pueblos vecinos, todos vestidos de fiesta. Se iban acercando al altar que estaba a un lado del prado, cuando oyeron grandes voces, y una que decía: –¡Esperaos un poco! Se volvieron todos y vieron que quien gritaba era un hombre vestido de negro con una corona de hojas de ciprés en la cabeza y un bastón en las manos; cuando se acercó un poco más, descubrieron que era Basilio, y se quedaron asustados temiendo algún mal suceso. Por fin llegó delante de los novios, agotado y casi sin aliento, y poniendo su mirada en los ojos de Quiteria, dijo: –Querida Quiteria, yo, con mis manos, he venido a deshacer el inconveniente que puede impedir esta boda, quitándome de en medio. ¡Viva, viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria, y muera, muera el pobre Basilio, cuya pobreza le quitó el amor y le dio la muerte!

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Y, diciendo esto, desenfundó un cuchillo que traía escondido en el bastón y se lo clavó en el pecho quedando tendido en el suelo como muerto. Acudieron sus amigos a ayudarle, tristes por su desgracia, y acudió también don Quijote, que vio que aún estaba con vida. Volvió un poco en sí Basilio que, con voz dolorida y agotada dijo: –Si quisieses, Quiteria, darme en este último momento de vida tu mano como esposa, aún pensaría que este acto sirvió de algo, pues con él conseguí ser tu marido. Oyendo don Quijote la petición del herido, dijo que Basilio pedía una cosa muy justa, y además, muy fácil de complacer, y que el señor Camacho quedaría tan honrado recibiendo a la señora Quiteria viuda del valeroso Basilio como si la recibiera de su padre. Camacho lo oía todo, sin saber qué hacer ni qué decir; pero las voces de los amigos de Basilio pidiéndole que consintiera que Quiteria se casara con Basilio fueron tantas, que se vio forzado a decir que, si Quiteria quería casarse con Basilio, él lo consentiría. Miraron todos a Quiteria, y unos con ruegos, otros con lágrimas, y otros con diferentes razones, intentaron convencerla para que se casase son Basilio. Entonces la hermosa Quiteria, se acercó al pobre pastor, que ya estaba a punto de morir. Y de rodillas, le pidió la mano. Con los ojos desencajados, y, mirándola atentamente, le dijo: –¡Oh, Quiteria, gracias por escogerme como esposo! Lo que te suplico es que la mano que me pides y quieres darme no sea por compromiso, ni para engañarme de nuevo, sino que

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confieses y digas que me la entregas y me la das como a tu legítimo esposo porque así lo deseas. Mientras que así hablaban, Basilio se desmayaba, pensando todos los presentes que ya la muerte le estaba llegando. Quiteria le coge la mano y dice: –Con la mayor de las libertades que poseo te doy la mano de legítima esposa, y recibo la tuya. –Sí quiero –respondió Basilio, volviendo en sí– y así, me doy y me entrego por tu esposo. –Y yo por tu esposa –respondió Quiteria. –Para estar tan herido este mancebo –dijo Sancho Panza–, mucho habla. Unidas las manos de Basilio y Quiteria, el cura los echó la bendición y pidió al cielo diese buen reposo al alma del nuevo desposado; el cual, en cuanto recibió la bendición, se levantó con ligereza y se sacó el cuchillo. Quedaron todos los presentes admirados, y algunos empezaron a gritar: –¡Milagro, milagro! Pero Basilio contestó: –¡No «milagro, milagro», sino truco, truco! El cura, asombrado, quiso tocar la herida, y descubrió que la cuchillada no había pasado por la carne y las costillas de Basilio, sino por un fino y hueco canuto de hierro lleno de sangre, donde la tenía preparada. Finalmente, el cura y Camacho, con todos los demás allí presentes, se tuvieron por burlados. A la esposa no parecía importarle la burla; es más, cuando oyó decir que su boda no era válida por haber sido un engaño, volvió a confirmar como su esposo a Basilio, con lo cual todos pensaron que entre los dos habían tramado el plan. 191


Quedaron Camacho y sus amigos tan avergonzados, que desenvainaron sus espadas para vengarse, a la vez que los amigos de Basilio desenvainaban las suyas para defenderle. Y, tomando la delantera a caballo don Quijote, con la lanza sobre el brazo y bien cubierto con su escudo, a grandes voces, decía: –Parad, señores, parad, que no hay razón para que toméis venganza, que el amor y la guerra son una misma cosa, y así como en la guerra está permitido el uso de estrategias para vencer al enemigo, en cuestiones amorosas todos saben que las mentiras y los engaños se permiten si es para conseguir el fin que se desea. Que a los dos que Dios junta no podrá separar el hombre; y el que lo intente, primero ha de pasar por la punta de esta lanza. Y, en esto, la empuñó tan fuerte, que a todos los que no le conocían les entró miedo, y en este punto, tanta cuenta se dio Camacho del desprecio de Quiteria, que la olvidó al instante, lo cual, junto con las razones del cura, sirvió para que quedaran Camacho y sus amigos en paz y tranquilos. Para mostrar que no sentía la burla, quiso el rico Camacho seguir con la fiesta como si realmente se casara; pero no quisieron asistir a ella Basilio ni su esposa ni amigos; y así, se fueron a la aldea de Basilio, llevándose consigo a don Quijote, teniéndole por hombre de valor, y a Sancho Panza, el único que estaba triste, al comprender que no podría disfrutar el espléndido banquete de las bodas de Camacho, que duró hasta bien entrada la noche.

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Suyara Barrientos

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CAPÍTULO 7 De la extraña aventura del Retablo de Maese Pedro

194 Lucía Martínez


A

la mañana siguiente, siguieron sus aventuras don Quijote y Sancho hasta que llegaron a una venta donde quedaron alojados; estando allí, entró por la puerta un hombre vestido con medias y una capa, cubierto el ojo izquierdo con un parche verde, que con voz fuerte dijo: –Señor ¿hay posada? Que aquí llega el mono adivino y el teatrillo de la libertad de Melisendra. –¡Madre mía –dijo el ventero–, que aquí está el señor maese Pedro! Se nos presenta una buena noche. Sea bienvenido vuestra merced, señor maese Pedro, que hay mucha gente esta noche en la venta que pagará por verle a usted y las habilidades del mono. Don Quijote preguntó al ventero qué maese Pedro era aquél, y qué retablo y qué mono traía. A lo que respondió el ventero: –Es un famoso titiritero, que enseña un teatrillo de Melisendra, liberada por el famoso don Gaiferos, que es una de las mejores historias que se han visto por aquí. Trae también un mono que posee una rara habilidad, y es que si le preguntan algo, salta a los hombros de su amo y le dice al oído la respuesta, que dice después maese Pedro. Suele adivinar más de las cosas pasadas que de las que están por venir, costando dos reales cada pregunta. En ese momento volvió maese Pedro, y en una carreta venía el teatrillo y el mono; y, apenas le vio don Quijote, le preguntó: –¿Qué ha de ser de nosotros? Y aquí están mis dos reales. Y mandó a Sancho que se los diese a maese Pedro, el cual respondió por el mono, y dijo:

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–Señor, este animal no responde de las cosas que están por venir; de las pasadas sabe algo, y de las presentes, un poco. –¡Dios mío –dijo Sancho–, no daría yo ni un céntimo para que me digan lo que yo mismo he pasado!; porque, ¿quién lo puede saber mejor que yo mismo? Pero, puesto que sabe algo del presente, aquí están mis dos reales para que me diga el mono qué hace ahora mi mujer Teresa Panza. No quiso tomar maese Pedro el dinero, diciendo: –No quiero recibir adelantos sin haber dicho antes lo que me pregunta. Y, dando con la mano derecha dos golpes sobre el hombro izquierdo, de un brinco subió el mono y acercando la boca al oído, hacía chocar los dientes muy deprisa; habiendo hecho este gesto durante un rato, de otro brinco se puso en el suelo, y muy deprisa, se acercó maese Pedro a don Quijote, al que le dijo: –¡Oh! ¡Es usted un gran caballero andante! ¡Don Quijote de la Mancha! Ante la sorpresa de todos, el titiritero continuó diciendo: –Y tú, ¡oh buen Sancho Panza!, el mejor escudero y del mejor caballero del mundo, alégrate, que tu mujer Teresa sigue bien. –Ahora digo –apuntó entonces don Quijote–, que yo soy el mismo don Quijote de la Mancha que este buen animal ha dicho. –Si yo tuviera dinero –dijo otro de los huéspedes de la venta–, preguntaría al señor mono qué me sucederá en el camino que voy a emprender. A lo que respondió maese Pedro: –Ya he dicho que este animal no responde lo que tiene

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que suceder. Pero ahora, porque se lo debo, y por darle gusto a nuestro caballero andante, quiero armar mi teatrillo y dar alegría a cuantos están en la venta, sin cobrarles nada. Oyendo lo cual el ventero, muy alegre, señaló el lugar donde se podía poner el retablo, que en un instante quedó montado. Se acercaron don Quijote y Sancho donde ya estaba el teatro puesto y descubierto, lleno por todas partes de velitas

Evelyn Martínez

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encendidas, que le hacían vistoso y resplandeciente. Llegó maese Pedro y se metió dentro, pues era el que tenía que manejar las figuras del teatrillo, y fuera se puso un muchacho, criado de maese Pedro, para hacer de intérprete de los misterios del teatro, con una varilla que tenía en la mano iba señalando a los personajes que salían. Estaban todos pendientes de lo que en el teatro pasaba cuando comenzaron a sonar trompetas y dijo el muchacho: –La historia que ante ustedes se representa está sacada de los romances españoles que andan en boca de las gentes y trata de cómo liberó el señor don Gaiferos a su esposa Melisendra, que estaba cautiva por los moros en España. Y vean ustedes allí como está jugando al ajedrez don Gaiferos, que ya se ha olvidado de Melisendra. Y aquel personaje que se asoma con corona y cetro es el emperador Carlomagno, padre de Melisendra, el cual, enfadado con Gaiferos por el olvido y descuido en el que tiene a su esposa, le sale a reñir, y miren los coscorrones que con el cetro le da, por el peligro que corría su honra por no liberar a su esposa. Miren ustedes ahora cómo lleno de cólera tira don Gaiferos el tablero de ajedrez pidiendo las armas y a don Roldán, su primo, pide prestada su espada Durindana, que no se la quiere dar, ofreciéndole en cambio su compañía que el valeroso Gaiferos no quiere aceptar diciendo: “–Yo solo me basto y me sobro para liberar a mi esposa, aunque esté oculta en lo más hondo de la tierra”. Y con esto, toma sus armas para ponerse en camino. Vuelvan ustedes los ojos a aquella torre que allí aparece, y a la dama que vestida de mora en el balcón aparece y que sin duda es Melisendra, que desde allí miraba el camino de Francia y se imaginaba en París con su esposo para consolarse en su cautiverio. Esta

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figura que aquí aparece a caballo, cubierta con una capa, es don Gaiferos, con quien su esposa habla y a quien reconoce con alegría, descolgándose por el balcón para montarse en el caballo de su buen esposo. Veis cómo salen de la ciudad y alegres y contentos toman camino de París. ¡Vais en paz, oh verdaderos amantes! ¡Que lleguéis a salvo a vuestra patria! Pero su felicidad dura poco porque varios caballeros salen de la ciudad siguiendo a los dos amantes tan de prisa, que seguro que los van a alcanzar y los van a traer de vuelta atados a la cola de su caballo, lo que sería un horrendo espectáculo... Viendo y oyendo pues esto don Quijote –que tan metido estaba en la historia- le pareció que debía de ayudar a los que huían y levantándose, dijo en voz alta: –No consentiré yo que en mi presencia se haga daño a tan famoso caballero y tan atrevido enamorado como don Gaiferos. ¡Deteneos, canallas, no le sigáis ni persigáis, si no os queréis enfrentar conmigo! Y así desenvainó la espada y poniéndose junto al teatrillo comenzó a dar cuchilladas furiosas sobre el ejército enemigo, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a éste, destrozando a aquél, y entre otros muchos, tiró una estocada tal que si maese Pedro no se agacha, le corta la cabeza. Daba voces maese Pedro, diciendo: –¡Deténgase, don Quijote, que estos que derriba, destroza y mata no son moros de verdad, sino unas figurillas de pasta! ¡Mire, que me destruye con lo que ganarme el pan! Pero no por esto dejaba don Quijote de dar cuchilladas, tajos y reveses, hasta que todo el retablo se fue al suelo, hechas pedazos todas sus figuras. Una vez que hubo acabado con el destrozo general del teatro, se sosegó un poco don Quijote, y dijo: 199


–Miren pues de cuanto provecho es el mundo de los caballeros andantes. Seguro que, de no haber estado aquí presente, al buen Gaiferos y a la hermosa Melisendra los hubieran alcanzado y hecho daño. En fin ¡viva la andante caballería! –¡Viva en hora buena –dijo con voz enfermiza maese Pedro– y muera yo, pues soy tan desdichado que puedo decir que no hace ni media hora que tenía mis cofres llenos y ahora me veo desolado y pobre! En fin, el Caballero de la Triste Figura tenía que ser el que desfigurara las mías. Se enterneció Sancho Panza con las palabras de maese Pedro y le dijo: –No llores ni te lamentes que si mi señor don Quijote cae en la cuenta de que te ha hecho algún mal, te lo querrá pagar. –Con que me pagase el señor don Quijote alguna de las figuras que me ha roto quedaría contento. –Así lo haré –dijo don Quijote–, pero todavía no se de qué estáis hablando. –¿Cómo que no? –respondió maese Pedro–; y estos trozos que están por el suelo, ¿quién los tiró, sino vuestra merced? –Ahora me acabo de dar cuenta –dijo a este punto don Quijote– que los encantadores que me persiguen han cambiado las figuras en lo que ellos han querido. Verdaderamente os digo, señores, que a mí me pareció real todo lo que aquí ha pasado, por eso me enfadé y quise ayudar a los que huían. Con este buen propósito actué; si me ha salido al revés, no es culpa mía, sino de los malos que me persiguen. A pesar de todo, dígame lo que le debo por las figuras rotas que yo se lo pagaré. –No esperaba menos de usted – dijo maese Pedro.

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Finalmente el lío del teatro se acabó y todos cenaron en paz y en buena compañía. Antes que amaneciese, maese Pedro cogió lo que quedaba de su teatro y a su mono y se fue a buscar aventuras, al igual que don Quijote y Sancho, que dejaron la venta y se pusieron en camino nada más comenzar el día.

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CAPÍTULO 8 De cómo don Quijote y Sancho Panza estuvieron al borde de la muerte

202 Oriana Habitante


Después

de varios días de viaje, llegaron don Quijote y Sancho al río Ebro; al verlo don Quijote contempló la claridad de sus aguas, la tranquilidad de su curso y la abundancia de su caudal. Vio un pequeño barco atado al tronco de un árbol; se bajó rápidamente de su caballo y mandó a Sancho bajarse del rucio y atar a los animales a un árbol; preguntó Sancho el porqué de tanta prisa, a lo que respondió don Quijote: –Debes saber, Sancho, que este barco que está aquí, me está llamando para que suba en él, y acuda a ayudar a algún caballero o a cualquier otra persona que así lo necesite. –Pues si vuestra merced quiere actuar así, no me queda más que obedecerle, no sin antes advertirle que este barco no es de los encantados, sino de algún pescador de este río. Esto decía Sancho mientras ataba a los animales. –Ya están atados –replicó Sancho–. ¿Qué tenemos que hacer ahora? –¿Qué? –respondió don Quijote–. Embarcarnos y cortar la amarra con que el barco está atado. Y, dando un salto, se subieron al barco, cortaron la cuerda y se fueron apartando poco a poco de la orilla; cuando Sancho se vio navegando por el río, empezó a temblar, temiendo que con esta aventura llegaría su muerte. En esto, descubrieron unos grandes molinos de agua que estaban en la mitad del río; y apenas los hubo visto don Quijote, cuando en voz alta dijo a Sancho: –¿Ves? Allí, ¡oh amigo!, se descubre la ciudad, castillo o fortaleza donde debe de estar algún caballero oprimido, o alguna reina, infanta o princesa malparada, a los que vengo a socorrer.

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–¿Qué diablos de ciudad, fortaleza o castillo dice vuestra merced, señor? –dijo Sancho–. ¿No ve que son los molinos donde se muele el trigo? –Calla, Sancho –dijo don Quijote–; que, aunque parecen molinos, no lo son; y ya te he dicho que todas las cosas las cambian por encantamiento. El barco, entrando en la corriente del río, comenzó a navegar más rápidamente. Los molineros, que vieron que el barco se iba a chocar contra las ruedas de los molinos, salieron con gran rapidez y con varas largas a detenerle, y, como salían llenos de harina, cubiertos los rostros y los vestidos del blanco

Melina Sánchez (9)

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polvo, no tenían muy buena pinta, y menos con los gritos que daban: –¡Demonios de hombres! ¿Dónde vais? ¿Venís desesperados? ¿Qué queréis, ahogaros y haceros pedazos en estas ruedas? –¿No te dije yo, Sancho –dijo don Quijote–, que habíamos llegado al lugar donde poder demostrar el valor de mi brazo? Mira qué de malhechores salen a mi encuentro. Pues ¡ahora veréis, bellacos! Y puesto en pie en el barco, con grandes voces comenzó a amenazar a los molineros, diciéndoles: –¡Canallas, malvados, dejad en libertad a la persona que tenéis prisionera en vuestra fortaleza!, que yo soy don Quijote de la Mancha, llamado el Caballero de los Leones. Y, diciendo esto, tomó su espada y comenzó a esgrimirla en el aire contra los molineros; los cuales, sin entender aquellas tonterías, se pusieron con sus varas a detener el barco. Se puso Sancho de rodillas, pidiendo al cielo le librase del peligro, como efectivamente lo hizo, gracias a la rapidez de los molineros, que consiguieron detener el barco, aunque no pudieron evitar que con el balanceo, acabaran don Quijote y Sancho en el agua; pero le vino bien a don Quijote, que sabía nadar como un ganso, aunque con el peso de las armas se hundió dos veces. Menos mal que los molineros se arrojaron al agua para rescatarlos y los dejaron en la orilla, mientras el barco seguía su rumbo hacia las ruedas de los molinos. Llegaron en esto los pescadores dueños del barco, y lo descubrieron hecho pedazos; al verlo tan roto, empezaron a pedir a don Quijote que se lo pagase; el cual, muy tranquilo, como si no hubiese pasado nada, dijo a los molineros y

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pescadores que lo pagaría de buena gana, con la condición de que ellos dejasen en libertad a las personas que tenían retenidas en el castillo. –¿Pero qué personas? ¿Y qué castillo? –respondió uno de los molineros–, ¡hombre sin juicio! –¡Basta! –dijo don Quijote. Que esta aventura debe de ser obra de encantadores. Yo no puedo más. Y, alzando la voz mirando a los molinos, continuó diciendo: –Amigos, que en esa prisión quedáis encerrados, perdonadme. Por mi desgracia y por la vuestra, yo no os puedo liberar. Para otro caballero debe estar reservada esta aventura.

Franca Lafosse (9)

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Y diciendo esto, mandó pagar a Sancho cincuenta reales por el barco, que los dio de mala gana diciendo: –Con dos aventuras como esta, nos quedaremos sin blanca. Los pescadores y molineros estaban admirados, mirando aquellas dos figuras tan diferentes al resto de la gente, y no acababan de entender lo que don Quijote les decía; y, teniéndoles por locos, se fueron cada uno a sus ocupaciones, y don Quijote y Sancho a por sus animales.

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CAPÍTULO 9 De cómo don Quijote y Sancho llegaron al castillo de los duques

208 Antonela Fernanda Frías


Después

de varios días, don Quijote y Sancho se cruzaron en un prado con unos cazadores. Se acercó más don Quijote y vio entre ellos a una mujer montada sobre un hermoso y manso caballo con una silla de plata. Estaba la señora vestida con lujosos vestidos, lo que daba a entender que se trataba de una rica y gran señora. Y así, dijo a Sancho: –Corre, Sancho, y di a aquella señora que yo, el Caballero de los Leones, besaré sus manos y la serviré en todo lo que me mande. Salió Sancho a la carrera, montado en su rucio, y llegó donde la bella cazadora estaba, y, bajándose y poniéndose ante ella de rodillas, le dijo: –Hermosa señora, aquel caballero que allí ve, llamado el Caballero de los Leones, es mi amo, y yo soy su escudero, a quien llaman Sancho Panza. Este tal caballero, que no hace mucho que se llamaba el de la Triste Figura, me envía a decir a vuestra grandeza le dé usted consentimiento para acercarse y servirla, lo cual le haría muy feliz. –Buen escudero –respondió la señora–, levantaos del suelo, que escudero de tan gran caballero como es el de la Triste Figura, de quien ya tenemos por aquí noticias, no es justo que esté de rodillas; levantaos, amigo, y decid a vuestro señor que venga, que mi marido el duque y yo tendremos mucho placer en recibirles en nuestra casa. Se levantó Sancho admirado de la hermosura y amabilidad de la señora, así como de que tuviera noticias de su amo. –Decidme, escudero -le preguntó la señora-, vuestro señor, ¿no es uno de quien anda impreso un libro que se titula Historia del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que tiene por señora de su alma a una tal Dulcinea del Toboso?

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–El mismo es, señora –respondió Sancho–; y aquel escudero suyo que aparece, o debe aparecer en dicha historia, a quien llaman Sancho Panza, soy yo. –Me alegro mucho de todo esto –dijo la duquesa–. Id, Sancho Panza, y decid a vuestro señor que será bienvenido, y que nada me haría más feliz que tenerle en nuestra casa. Sancho volvió con esta agradable respuesta donde estaba su amo, a quien contó todo lo que la gran señora le había dicho. Don Quijote se sentó elegantemente en la silla, colocó los estribos, se acomodó la visera, picó a Rocinante, y se fue a besar las manos de la duquesa; la cual, haciendo llamar al duque, le contó que estaba a punto de llegar don Quijote. Los dos, que habían leído la primera parte de la historia, conocían el disparatado humor del caballero andante, y tenían tantas ganas de conocerle, que acordaron seguirle la corriente en todo cuanto les dijese, tratándole como auténtico caballero los días que estuviese con ellos. En esto, llegó don Quijote; y, dando muestras de querer apearse, acudió Sancho a sujetarle el estribo; pero tuvo tan mala suerte que, al bajarse del rucio, se le enredó un pie con una cuerda, de manera que no le fue posible desenredarse, y quedó colgado del rucio, con la boca en el suelo. Don Quijote, que no tenía costumbre de bajarse de Rocinante sin ayuda, y pensando que Sancho ya estaba allí para ayudarle, se bajó de golpe arrastrando tras sí la silla del caballo, y la silla y él acabaron en el suelo, con lo que pasó mucha vergüenza y acabó murmurando maldiciones contra su escudero. El duque mandó a sus cazadores que acudiesen a ayudar al caballero. Don Quijote, maltrecho de la caída, como pudo fue a ponerse de rodillas ante los duques; pero el duque no lo

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consintió de ninguna manera, y abrazando a don Quijote, le dijo: –Cómo me pesa, señor Caballero de la Triste Figura, que lo primero que haya hecho usted en mis tierras haya sido caerse. –Nada se iguala a la alegría que me da el verlos, aunque me hubiera caído al más profundo de los abismos. Mi escudero, que Dios maldiga, mejor desata la lengua para decir malicias que ata una silla para que esté firme; pero, comoquiera que yo me halle, siempre estaré al servicio vuestro y al de mi señora la duquesa. –Venga el gran Caballero de la Triste Figura... –De los Leones ha de decir vuestra alteza –dijo Sancho–, que ya no hay Triste Figura. –Sea el de los Leones –prosiguió el duque–. Digo que venga el señor Caballero de los Leones a un castillo mío que está aquí cerca, donde se le recibirá como se merece. Cuenta la historia, que se adelantó el duque antes de que llegara el cortejo, para dar orden a todos sus criados del modo en que debían de tratar a Don Quijote. Al entrar en un gran patio, llegaron dos hermosas doncellas y echaron sobre los hombros del caballero andante un gran mantón de finísima escarlata, y en un instante se llenaron todos los corredores del patio de criados y criadas de los duques, diciendo a grandes voces: –¡Sea bienvenido el mejor de los caballeros andantes! Y todos derramaban agua olorosa sobre don Quijote y sobre los duques, y de todo se admiraba don Quijote; y aquél fue el primer día que creyó ser caballero andante verdadero, viendo que lo trataban del mismo modo que al resto de caballeros andantes de siglos atrás, como él había leído.

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Agustín Labourdette

Llevaron a don Quijote a una sala adornada con telas riquísimas de oro; seis doncellas le desarmaron y sirvieron de pajes, todas advertidas por el duque y la duquesa de lo que debían hacer, y de cómo tenían que tratar a don Quijote para que viese que le trataban como caballero andante. Se quedó don Quijote, después de desarmado, con sus estrechos calzones anchos y en camisa, delgado, alto, escuchimizado; figura que, de no saber las doncellas que le servían disimular la risa –que fue una de las órdenes que sus señores les habían dado–, hubieran reventado riendo. Se vistió don Quijote con lo que las doncellas le dieron, y salió a la gran sala, donde encontró a doce pajes que esperaban para llevarle a comer.

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CAPĂ?TULO 10 Donde se prosigue el curioso recibimiento de don Quijote y Sancho en el castillo de los duques

Milagros SaĂąudo (10)


Llevaron

a don Quijote, después de vestirle ricamente, a otra sala, donde estaba puesta una mesa con muchos manjares. Salieron los duques, junto con un cura muy serio de estos que suelen acompañar a los príncipes en sus casas, a la puerta de la sala a recibirle, y le invitaron a ocupar la cabecera de la mesa, y aunque él lo rechazó, fue tanta la insistencia del duque, que finalmente tuvo que aceptar. De todo se admiraba Sancho que, embobado y atónito, no podía creer la honra, ceremonias y ruegos con que trataban a su amo. Preguntó la duquesa a don Quijote que qué noticias tenía de la señora Dulcinea, a lo que don Quijote respondió: –Señora mía, mis desgracias, aunque tuvieron principio, nunca tendrán fin. ¿Qué le puedo contar, sino que está encantada y convertida en la más fea labradora que pueda imaginarse? –No sé –dijo Sancho Panza–, a mí me parece la más hermosa criatura del mundo; al menos en la ligereza y el brincar, que no lo superaría un volteador; le digo yo, señora duquesa, que salta desde el suelo hasta una burra como si fuera un gato. –¿La habéis visto encantada, Sancho? –preguntó el duque. –Y ¡cómo si la he visto! –respondió Sancho–. Pues, ¿quién sino yo fue el primero que cayó en la cuenta del encantamiento? ¡Tan encantada está como mi padre! –¿Por ventura –dijo el cura– sois aquel Sancho Panza que dicen, a quien vuestro amo tiene prometida una ínsula? –Sí soy –respondió Sancho–; y soy quien la merece tanto como cualquier otro; yo me he arrimado a buen señor, y hace muchos meses que ando en su compañía. –Sancho amigo –dijo el duque–, yo, en nombre del señor

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don Quijote, os mando a gobernar una ínsula que tengo de más, de no pequeña calidad. –Ponte de rodillas, Sancho –dijo don Quijote–, y besa los pies a Su Excelencia por el regalo que te ha hecho. Así lo hizo Sancho. Se moría de risa la duquesa oyendo hablar a Sancho, y en su opinión le tenía por más gracioso y por más loco que a su amo. Cuando terminaron de comer, llegaron cuatro doncellas, una con una fuente de plata, otra con un jarro para echar agua, también de plata, y otra con dos blanquísimas toallas al hombro, y la cuarta con una pastilla de jabón. Llegó la de la fuente, y con mucha desenvoltura la encajó debajo de la barba de don Quijote; el cual, sin hablar palabra, admirado ante semejante ceremonia, creyendo que debía ser costumbre de aquella tierra lavar las barbas en lugar de las manos, puso la suya todo cuanto pudo, a la vez que le echaban agua del jarro, y la doncella del jabón le manoseó las barbas con mucha prisa, levantando copos de nieve, no sólo por las barbas, sino por toda la cara y por los ojos del obediente caballero, hasta tal punto, que se los hicieron cerrar a la fuerza. El duque y la duquesa, que nada de esto sabían, estaban esperando en qué acabaría tan extraordinario lavado. La doncella barbera, cuando le tuvo con un palmo de jabón, fingió que se le había acabado el agua, y mandó a la del jarro que fuese por ella, que el señor don Quijote esperaría. Así lo hizo, y quedó don Quijote con la más extraña figura que para hacer reír se pueda imaginar. Le miraban todos los que estaban presentes con medio cuello moreno, los ojos cerrados y las barbas llenas de jabón, de manera que era muy difícil disimular la risa.

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Micaela Quiroga (9)

Al rato, vino la doncella del jarro, y acabaron de lavar a don Quijote, y luego la que tra铆a las toallas le sec贸 muy despacio, para terminar todas haciendo reverencias, pero el duque, para que don Quijote no se diera cuenta de la burla, llam贸 a la doncella de la fuente, y le dijo:

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–Venid y lavadme a mí, y poned cuidado en que no se os acabe el agua. La muchacha, que se dio cuenta de las intenciones de su señor, llegó y puso la fuente al duque como a don Quijote, y, dándose prisa, le lavaron y enjabonaron muy bien, y, dejándole limpio, haciendo reverencias se fueron. Estaba atento Sancho a las ceremonias de aquel lavatorio, y dijo entre sí: –¡Válgame Dios! ¿No será tradición en esta tierra lavar también las barbas a los escuderos? –¿Qué decís, Sancho? –preguntó la duquesa. –Digo, señora –respondió él–, que en las cortes de otros príncipes siempre he oído decir que cuando se termina de comer dan agua a las manos, pero no lejía a las barbas; y que por eso es bueno vivir mucho, porque así ves más. Ya me gustaría a mí que me dieran el gusto de pasar por un lavado de estos. –No tengas pena, amigo Sancho –dijo la duquesa–, que yo haré que mis pajes os laven, y aun os laven entero, si fuera necesario. –Con las barbas me conformo de momento –respondió Sancho. –Mirad, señores –dijo la duquesa–, lo que el buen Sancho pide, y cumplid su voluntad al pie de la letra. Los pajes respondieron que en todo sería servido el señor Sancho, y con esto se lo llevaron, quedándose a la mesa los duques y don Quijote, hablando de muchas y diversas cosas; pero todas sobre el ejercicio de las armas y de la andante caballería; pero al momento su charla se vio interrumpida por muchas voces; y entró Sancho en la sala, todo asustado, con un babero, y tras él muchos mozos, y uno venía con un cubo

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lleno de agua, que por el color y suciedad parecía de fregar; le perseguía el de la palangana, que procuraba ponérsela debajo de las barbas, y otro pícaro mostraba querérselas lavar. –¿Qué es esto? –preguntó la duquesa–. ¿Qué es esto? ¿Qué le queréis hacer a este buen hombre? ¿Cómo no le consideráis futuro gobernador de una ínsula? A lo que respondió el pícaro barbero: –No quiere este señor dejarse lavar, como es costumbre en nuestra tierra. –Sí quiero –respondió Sancho muy enfadado–, pero querría que fuese con toallas más limpias, con agua más clara y con manos no tan sucias; que no hay tanta diferencia entre mi amo y yo, para que a él le laven con agua de ángeles y a mí con lejía de diablos. Que estas ceremonias más parecen burlas que regalos a sus huéspedes. –¡Mi escudero tiene razón, señores! –dijo don Quijote-. Dejen al mancebo y vuélvanse por donde han venido, que él es tan limpio como cualquier otro. En este punto, sin dejar de reír, dijo la duquesa: –Así es todo cuanto han dicho: Sancho Panza es limpio, y, como él dice, no tiene necesidad de lavarse; y si nuestras costumbres no le contentan, no ha de seguirlas, cuanto más que vosotros os habéis atrevido a traer a Sancho utensilios de cocina en lugar de fuentes y jarros de oro puro. Pero, en fin, sois malos y mal nacidos, y no podéis dejar de mostrar el rechazo que tenéis con los escuderos de los caballeros andantes. Creyeron los criados que la duquesa hablaba en serio, y, quitándole el babero a Sancho, se marcharon con la cabeza gacha; el cual, viéndose a salvo del peligro, se puso de rodillas ante la duquesa y dijo:

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–De grandes señoras, grandes favores se esperan. Labrador soy, Sancho Panza me llamo, casado estoy, hijos tengo y de escudero sirvo: si con alguna de estas cosas puedo servir a vuestra grandeza, menos tardaré yo en obedecer que vuestra señoría en mandar. –Me parece a mí, Sancho –respondió la duquesa–, que has aprendido a ser cortés en la escuela de la misma cortesía junto al señor don Quijote. Levantaos, Sancho amigo, que yo os resarciré haciendo que el duque mi señor, lo más rápido que pueda, cumpla la promesa del gobierno. Con esto terminó la charla y confirmaron los duques la intención que tenían de gastarle a amo y escudero más burlas y bromas que a ellos les parecieran aventuras; y así, habiendo dado órdenes a sus criados de todo lo que tenían que hacer, prepararon una cacería con tantos cazadores y acompañantes como los que llevaría un rey. Le dieron a Don Quijote un vestido de monte que rechazó, y a Sancho uno verde de finísimo paño, que aceptó con la intención de venderlo en cuanto tuviera ocasión.

Mariano Garay (11)

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CAPĂ?TULO 11

Cuenta la historia el modo en que se pudo desencantar a Dulcinea del Toboso

Ivonne Cuevas


Llegado

el día de la cacería, se armó don Quijote, y se vistió Sancho, y, encima de su rucio, que no le quiso dejar aunque le daban un caballo, se fueron de caza. Llegaron a un bosque donde comenzó la caza. Se bajó la duquesa, y, con una lanza corta en las manos, se puso en un puesto por donde ella sabía que solían venir jabalíes. Hicieron lo mismo el duque y don Quijote, y se pusieron a su lado; Sancho se puso detrás de todos, sin apearse del rucio. Y, apenas habían puesto un pie en tierra, vieron que hacia ellos venía un grandísimo jabalí, crujiendo dientes y colmillos y arrojando espuma por la boca; y viéndole, empuñando su escudo y su espada, se adelantó a recibirle don Quijote. Lo mismo hizo el duque con su lanza; pero a todos se adelantó la duquesa. Sólo Sancho, viendo al valiente animal, abandonó al rucio y echó a correr todo lo que pudo, y, procurando subirse a una encina, no fue posible; antes, estando ya a media altura, cogido a una rama, para desde allí llegar a lo alto, tuvo tan mala suerte, que la rama se partió y antes de llegar al suelo, quedó colgando en el aire de la encina. Y, viéndose así, y que el traje se le rompía, pareciéndole que el fiero animal le podía alcanzar, comenzó a dar tantos gritos y a pedir socorro con tantas fuerzas, que todos los que le oían creyeron que estaba entre los dientes de algún fiero animal. Cuando el jabalí quedó atravesado por las lanzas que se le pusieron delante, volvió la cabeza don Quijote a los gritos de Sancho y le vio colgando de la encina cabeza abajo y se acercó a descolgarle; el cual, viéndose libre y en el suelo, se lamentó por el traje roto. De esta manera, llevaron al jabalí a unas grandes tiendas de campaña que estaban en mitad del bosque, donde encontraron las mesas puestas y la comida preparada.

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Nahum Grimaldi

En esto, se les pasó el día y llegó la noche, un tanto oscura pese a ser de verano, lo cual ayudaba a la intención que los duques tenían. De pronto pareció que todo el bosque ardía, y se empezaron a oír cornetas, flautas, clarines y tambores. Se pasmó el duque, quedó en suspenso la duquesa, se admiró don Quijote, tembló Sancho Panza, y, finalmente, aun hasta los mismos planeadores del engaño se espantaron. Un personaje que vestido de demonio les pasó por delante, tocando un cuerno que despedía un espantoso sonido, les dijo: –Yo soy el Diablo; voy a buscar a don Quijote de la Mancha; la gente que por aquí viene son seis tropas de encantadores, que sobre un carro triunfante traen a la sin par Dulcinea del Toboso. Viene a dar orden a don Quijote de cómo ha de ser desencantada.

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Y, diciendo esto, tocó el cuerno, y volvió las espaldas y se fue, sin esperar respuesta de ninguno. De nuevo todos quedaron admirados, y fue el duque el primero en poder articular palabra, preguntando a don Quijote: –¿Piensa vuestra merced esperar? –¿Cómo no? –respondió él–. Aquí esperaré intrépido y fuerte. –Pues si yo veo otro diablo y oigo otro cuerno como el que ha pasado, no me quedará bosque para correr –dijo Sancho. En esto, se cerró más la noche, y comenzaron a pasar muchas luces por el bosque, y se oyó asimismo un espantoso ruido, como el que suelen hacer las ruedas macizas de los carros, que junto al de las cornetas, los cuernos, las bocinas, los clarines, las trompetas y los tambores, formaban un ruido tan confuso y tan horrendo, que fue necesario que don Quijote se armase de todo su valor para soportarle; pero Sancho cayó desmayado a los pies de la duquesa, que mandó que le echasen agua en el rostro. Se hizo así, y volvió en sí, a la vez que un carro llegaba a su altura. Tiraban del carro cuatro perezosos bueyes, todos cubiertos de negro; en cada cuerno traían atada y encendida una gran antorcha, y encima del carro venía un asiento alto, sobre el que iba sentado un viejo, con una barba más blanca que la nieve, y tan larga que le pasaba de la cintura; vestía con ropajes largos y negros, y le acompañaban dos demonios tan feos, que Sancho, cuando los vio, cerró los ojos para no volverlos a ver. Al compás de una agradable música que comenzó a sonar y que tomó Sancho como buena señal, vieron que hacia ellos venía un carro triunfal tirado de seis mulas cubiertas de blanco; en un trono venía sentada una ninfa, vestida con mil velos de

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Karen Long (10)

plata, el rostro cubierto con un transparente y delicado velo, de modo que se adivinaba un hermosísimo rostro de doncella. Junto a ella venía una figura vestida hasta los pies, cubierta la cabeza con un velo negro; y, levantándose en pie y quitándose el velo del rostro, descubrió ser la mismísima muerte, lo que don Quijote recibió con pesar, Sancho con miedo, y los duques con cierta temeridad. Alzada y puesta en pie esta muerte viva, con voz algo dormida, comenzó a decir: –Yo soy Merlín, el Mago, y hasta mí llegó la voz triste de la bella y sin par Dulcinea del Toboso. Supe su encantamiento y su desgracia, y su transformación de gentil dama en rústica aldeana; me dolió mucho, y como buen mago que soy, encerrando mi espíritu en la apariencia de esta espantosa y fiera figura, después de haber revuelto cien mil libros de esta mi ciencia endemoniada y torpe, vengo a dar el remedio que desencantaría

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a Dulcinea: a ti digo, a ti, valiente y discreto don Quijote de la Mancha, que para recobrar su estado la sin par Dulcinea del Toboso, es necesario que Sancho, tu escudero, se dé tres mil trescientos azotes en sus posaderas, al aire descubiertas, de modo que le escuezan, le amarguen y le enfaden. Y con esto se resolverán todos sus problemas con los encantadores, y es este el motivo por el cual hasta aquí he venido, señores míos. –¡Toma ya! –dijo Sancho–. ¡Menuda forma de desencantar! ¡Yo no sé qué tienen que ver mis posaderas con los encantamientos! ¡Sabe Dios que si el señor Merlín no ha hallado otra manera de desencantar a la señora Dulcinea del Toboso, encantada se quedará! –Ya te cogeré yo –dijo don Quijote–, villano, y te ataré a un árbol para darte no ya tres mil trescientos, sino seis mil seiscientos. Y no me repliquéis, que os arrancaré el alma. Oyendo lo cual Merlín, dijo: –No puede ser así, porque los azotes que ha de recibir el buen Sancho han de ser por su voluntad, y no a la fuerza, y en el tiempo que él considere; que no se le pone límite; pero sí se le permite que si quiere reducir los azotes a la mitad, puede dejar que se los dé otra mano distinta de la suya, aunque sea algo pesada. –Ni ajena, ni propia, ni pesada, ni por pesar –replicó Sancho–: a mí no me tocará ninguna mano. ¿Parí yo a la señora Dulcinea del Toboso para que paguen mis posaderas por esto? El señor mi amo sí, que es parte suya, pues la llama a cada instante mi vida, mi alma, mi sustento… Se puede y debe azotar por ella y hacer todo lo necesario para su desencantamiento; pero, ¿azotarme yo...? ¡Ni en sueños!

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Apenas acabó de decir esto Sancho, cuando, levantándose la ninfa que junto al espíritu de Merlín venía, quitándose el velo del rostro, a todos les pareció más que hermoso, y muy resuelta aunque con voz varonil, y dirigiéndose a Sancho Panza, dijo: –¡Oh malaventurado escudero, alma de cántaro, corazón de alcornoque! Si te mandaran que te arrojaras de una alta torre al suelo; si te pidieran que te comieras una docena de sapos, dos de lagartos y tres de culebras; si te persuadieran de que mataras a tu mujer y a tus hijos, seguro que no te mostrabas tan melindroso y esquivo; pero a darte tres mil trescientos azotes, ¿no estás dispuesto? ¡Ten piedad, monstruo, de mis lágrimas y de cómo con tan sólo diecinueve años se marchita mi hermosura debajo de la piel de una rústica labradora! Que si ahora no lo parezco, es porque Merlín me ha hecho este particular favor… Date, date en esas carnazas, bestia indómita, que sólo te gusta comer y comer, y pon en libertad la lisura de mis carnes y la belleza de mi rostro; y si por mí no quieres ablandarte, hazlo por ese pobre caballero que a tu lado tienes; por tu amo, digo, de quien estoy viendo el alma, que la tiene atravesada en la garganta. Se tocó oyendo esto, la garganta don Quijote y dijo, volviéndose al duque: –Por Dios, señor, que Dulcinea ha dicho la verdad, que aquí tengo el alma atravesada en la garganta. –¿Qué decís a esto, Sancho? –preguntó la duquesa. –Digo, señora –respondió Sancho–, lo que tengo dicho: que de los azotes, ¡ni en sueños! –Pues en verdad, amigo Sancho –dijo el duque–, que si no os ablandáis, no llegaréis a gobernar mi ínsula. ¡Bueno sería que enviase a mis insulanos un gobernador cruel, que no se

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doblega a las lágrimas de las afligidas doncellas, ni a los ruegos de discretos, imperiosos y antiguos encantadores y sabios! En resolución, Sancho, o bien te azotas, u os han de azotar, o no seréis gobernador. –Señor –respondió Sancho–, ¿no se me darían dos días para pensar lo que sería mejor para mí? –No, de ninguna manera –dijo Merlín–; aquí, en este instante y en este lugar, ha de quedar visto cómo se resuelve este asunto. –Ea, buen Sancho –dijo la duquesa–, corresponde al pan que has comido del señor don Quijote, a quien todos debemos servir y agradar, por su buena condición y por sus altas caballerías. Da el sí, hijo, de esta azotaina, y demuestra con ello tu buen corazón. –Bueno –replicó Sancho– como todos me lo dicen, aunque yo no lo veo, digo que me daré los tres mil trescientos azotes, con la condición de que me los tengo que dar cuando yo quiera, y yo procuraré salir de la deuda lo más pronto que sea posible, para que goce el mundo de la hermosura de la señora doña Dulcinea del Toboso, pues, según parece, al revés de lo que yo pensaba, en efecto es hermosa. Ha de ser también condición que no he de estar obligado a hacerme sangre con el castigo, y que si algunos azotes son de mosqueo, se me tengan en cuenta. Así como que si me equivoco en el número, el señor Merlín, pues lo sabe todo, ha de contarlos y de avisarme los que me faltan o los que me sobran. –De los que sobran no habrá que avisar –respondió Merlín–, porque, llegando al número, quedará de inmediato desencantada la señora Dulcinea, y vendrá a buscar, como agradecida, al buen Sancho, y a darle las gracias.

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–¡Ea, pues! –dijo Sancho–. Yo asumo mi mala suerte. Acepto las condiciones para el desencantamiento siempre que se tengan en cuenta las mías. Apenas dijo estas últimas palabras Sancho, cuando volvió a sonar la música y don Quijote se colgó del cuello de Sancho, dándole mil besos en la frente y en las mejillas. La duquesa y el duque y todos los cazadores dieron muestras de estar muy contentos, y el carro comenzó a caminar; y, al pasar, la hermosa Dulcinea inclinó la cabeza a los duques e hizo una gran reverencia a Sancho. Y ya en esto, se veía el amanecer muy cerca y a los duques satisfechos de la caza y de haber conseguido su intención; se volvieron al castillo, con deseos de seguir con sus burlas, que no había nada que más gusto les diese.

Mariela Castelli (10)

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CAPÍTULO 12

De la famosa e increíble aventura de Clavileño

229 Luciano Pablo (11)


Continúan

don Quijote y Sancho su estancia en casa de los duques, donde presencian una nueva aventura, protagonizada por doce dueñas que quedaron repartidas en dos hileras por el jardín. Tras ellas venía la condesa Trifaldi, de la mano del escudero Trifaldín de la Blanca Barba, vestida con una falda de tres puntas que llevaban tres pajes, por lo que cayeron todos en la cuenta que debido a la falda puntiaguda se llamaría la condesa Trifaldi, como si dijésemos la condesa de las Tres Faldas. Venían las doce dueñas y la señora como en procesión, cubiertos los rostros con unos velos negros que no dejaban translucir nada. Se pusieron en pie el duque, la duquesa y don Quijote y todos se adelantaron a recibir a la señora que, de rodillas en el suelo, con voz ronca, dijo: –Les pido a vuestras grandezas que no sean tan corteses con este su criado, quiero decir, criada, porque estoy muy dolida. Tanto, que no podré responder, como se merecen, sus preguntas, porque mi desdicha se ha llevado mi pensamiento a no sé dónde. Levantándola el duque de la mano, la sentó en una silla junto a la duquesa, que la recibió muy comedida. Don Quijote callaba y Sancho se moría de ganas de ver el rostro de la Trifaldi y de alguna de sus dueñas, lo cual no fue posible hasta que ellas por su propia voluntad se descubrieron, como más adelante se contará. Quedaron todos en silencio hasta que la Trifaldi, también llamada dueña Dolorida, lo rompió con estas palabras: –Tengo confianza, señor poderosísimo, hermosísima señora y discretísimos acompañantes, que encontrará acogimiento mi grandísima pena en vuestros valerosísimos corazones. Que es

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Ángeles Borneo (12)

tal mi pena que puede enternecer los mármoles y ablandar los diamantes. Pero antes de continuar quisiera saber si está aquí presente el grandísimo caballero don Quijote de la Manchísima, y su escuderísimo Panza. –El Panza –dijo Sancho– esta aquí y el don Quijotísimo también. Y así podréis, dolorosísima dueñísima, decir lo que quisieridísimis, que estamos aquí para ser vuestros servidorísimos. Se levantó entonces don Quijote y dirigiéndose a la dueña Dolorida, dijo: –Si vuestras penas, angustiada señora, las puede remediar el valor de algún caballero andante, aquí está el mío. Yo soy don Quijote de la Mancha y estoy aquí para escuchar vuestros males, que espero oírlos sin más rodeos, que así tal vez podamos si no remediarlos, al menos apenarnos por ellos.

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Reventaban de risa los duques con todo esto y alababan la agudeza y disimulo de la Trifaldi, que empezó a contar su historia: –Del reino de Candaya, fue señora la reina doña Maguncia, viuda del rey Archipiela, su señor y marido, de cuyo matrimonio tuvieron a la infanta Antonomasia, heredera del reino, que se crió y creció a mi lado, por ser yo la más antigua dueña de su madre. Cuando Antonomasia cumplió catorce años era la más bella del mundo, de modo que se enamoraron de ella un número infinito de príncipes, en particular un caballero que en la corte estaba, joven, guapo y con gran ingenio, pues primero se ganó mi confianza para que después yo le ayudara a conquistar a la princesa; si yo hubiera sido buena dueña, no me hubiera creído esos versos de amor que cantaba y escribía. ¡Ay de mí! ¡De mi simplicidad, ignorancia y poca precaución! Pues por culpa de ello consiguió don Clavijo, que así se llama el citado caballero, pasar muchas noches en la habitación de Antonomasia, engañada por mí y no por él. Seguimos ocultando durante un tiempo este engaño, hasta que el embarazo se hizo evidente y tuvimos que arreglar el matrimonio, con lo que se enfadó tanto la reina doña Maguncia, que a los tres días la enterramos. –Debió de morir, sin duda– dijo Sancho. –¡Claro está! –respondió Trifaldín– que en Candaya no se entierra a las personas vivas, sino a las muertas. –Deja que continúe la señora Dolorida –dijo don Quijote– que me parece a mí que aún falta por contar lo más amargo de esta historia. –Y ¡cómo si queda lo amargo! –respondió la condesa–. Muerta, pues la reina, la enterramos, y apenas le dimos el

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último adiós, cuando apareció sobre la sepultura un caballo de madera, y sobre él, el gigante y encantador Malambruno, primo hermano de la reina, que en venganza por su muerte y castigando el atrevimiento de Clavijo y Antonomasia, los dejó encantados sobre la misma sepultura, a ella convertida en una mona de bronce y a él, en un espantoso cocodrilo de metal, poniendo entre los dos una inscripción que dice: No recobrarán su forma estos dos atrevidos amantes hasta que el valeroso manchego se vea conmigo en singular batalla. Hecho esto, sacó un sable y cogiéndome de los pelos hizo intención de querer cortarme la cabeza. Me asusté tanto que, con voz temblorosa, le dije tantas cosas, que le hicieron suspender tan riguroso castigo. Finalmente, mandó traer a todas las dueñas de palacio, éstas que están aquí, y echando a todas la culpa, aunque sólo yo la tenía, dijo que nos castigaría con algo que nos diese una muerte cruel; en ese momento, sentimos cómo se nos abrían los poros de la cara y nos pinchaba como agujas. Nos echamos las manos a la cara y nos encontramos como ahora veréis. Y entonces la Dolorida y las demás dueñas se quitaron los velos con los que venían cubiertas y descubrieron los rostros, poblados de barbas, algunas rubias, algunas negras, algunas blancas… barbas que admiraron el duque y la duquesa y pasmaron a don Quijote y a Sancho Panza. Y la Trifaldi prosiguió: –Así nos castigó Malambruno, cubriendo la suavidad de nuestras caras con estas barbas, que más hubiera valido que nos cortara las cabezas. Y diciendo esto, se desmayó. Viéndola Sancho desmayada, dijo:

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–Juro por todos mis antepasados que jamás he oído ni visto, ni mi amo me ha contado, otra aventura como esta. ¡Cruel Malambruno! ¿No encontraste otro castigo que barbar a estas pecadoras? ¿No hubiera sido mejor quitarles la mitad de las narices, aunque hablaran gangoso, que ponerles barbas? –No tendrán que preocuparse más –dijo don Quijote–, que antes perdería yo mis barbas si no consigo remediar las suyas. En esto volvió en sí la Trifaldi y dijo: –El haber oído esa promesa, valeroso caballero, me ha hecho volver en mí. De nuevo le suplico que pronto lo arregléis. –Por mí que no quede –respondió don Quijote–. Dígame, señora, ¿qué es lo que tengo que hacer? Y respondió la Dolorida: –Le cuento: Malambruno me dijo que mandaría un caballo hecho por el sabio Merlín al caballero que nos liberara, caballo que estará aquí antes de que entre la noche. –Y ¿cuántos caben en ese caballo? -preguntó Sancho. La Dolorida respondió: –Dos personas: una en la silla y otra en las ancas. Personas que han de ser caballero y escudero. –Querría yo saber, señora Dolorida –dijo Sancho– el nombre de ese caballo. –Se llama Clavileño el Alígero, cuyo nombre le viene por ser de leño, tener una clavija en la frente y por la ligereza con que camina. Y así, en cuanto al nombre, bien puede competir con el famoso Rocinante. –Y ¿cómo se maneja? –insistió Sancho. –Con la clavija –respondió la Trifaldi– que según se ponga en un lado o en el otro, el caballo va por los aires o por la tierra. –No me importaría verlo –respondió Sancho– pero pensar

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que tengo que subir en él, es pedir peras al olmo. ¡Si apenas puedo tenerme en mi rucio sobre un cojín de seda, como para montarme ahora en unas ancas de madera, sin cojín ninguno! Que yo no me pienso moler por quitar las barbas a nadie; cada uno que se las quite como mejor le parezca, que yo no pienso acompañar a mi señor en este viaje. –Pero eres necesario, Sancho –respondió la Trifaldi–, tanto que, sin tu presencia, no haremos nada. –¡Ya estamos otra vez! –dijo Sancho– ¿qué tienen que ver los escuderos con las aventuras de sus señores? ¡Madre mía! Si todavía dijesen los historiadores: “El tal caballero acabó la tal y tal aventura con ayuda de fulano su escudero, sin el cual jamás la hubiera acabado…”. Lo dicho: mi señor se puede ir solo, que yo me quedaré aquí con la duquesa, y podría ser que cuando volviese encuentre reducido el desencantamiento de Dulcinea, que tengo pensado darme una tanda de azotes. –A pesar de todo, buen Sancho, le tendréis que acompañar, que no pueden quedar estas señoras con barba por vuestro inútil temor. –¿Otra vez vuelve con las mismas? Si todavía se hiciera por alguna doncella… pero que lo sufra por quitar las barbas a unas dueñas, ¡no me verán! –Mal estáis con las dueñas, Sancho amigo –dijo la duquesa–. Pues no tenéis razón: que dueñas hay en mi casa que pueden dar ejemplo. –Ya está bien pues –dijo don Quijote– que Sancho hará lo que yo le mande. Venga Clavileño o me las tenga que ver con Malambruno. –¡Ay! –dijo la Dolorida– le deseo toda la suerte y ventura del mundo para que se proclame vencedor de esta aventura

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y consiga con ello defender a estas sus dueñas. ¡Oh, gigante Malambruno, envíanos ya al sin par Clavileño para que nuestra desdicha se acabe! Dijo esto con tanto sentimiento la Trifaldi, que hizo llorar a todos los presentes, y aún más a Sancho, que se propuso acompañar a su señor para que llegara a buen final esta peligrosa aventura. Llegó en esto la noche y con ella el momento en que tenía que llegar el famoso caballo Clavileño, cuando de improviso entraron por el jardín cuatro salvajes que traían sobre sus hombros un gran caballo de madera. Le pusieron en el suelo y uno de ellos dijo: –Suba sobre esta máquina el que esté preparado para ello, y suba también a las ancas el escudero, si es que lo tiene, y fíense del valeroso Malambruno. No tiene más que torcer esta clavija que lleva en el cuello para que los lleve por los aires a donde Malambruno está, y tápense los ojos para que no se mareen por el camino hasta que el caballo relinche, señal de que el viaje ha terminado. Subió primero don Quijote y sacando un pañuelo del bolsillo, pidió a la Dolorida que le cubriese muy bien los ojos, y así lo hizo ésta. De mal humor y poco a poco subió Sancho, y acomodándose lo mejor que pudo en las ancas, las encontró muy duras, motivo por el que pidió al duque le trajese un cojín, para aliviarse un poco. Contestó la Trifaldi que no podían poner a Clavileño ningún adorno, y le recomendó que se sentase sobre el caballo, como si fuera una mujer, lo que hizo Sancho, dejándose también vendar los ojos, y pidiendo a los presentes que rezasen por él. Sintiendo don Quijote que todo estaba preparado, tocó la

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Santiago Dipietro (10)

clavija, y apenas hubo puesto los dedos en ella cuando todos los presentes empezaron a gritar: –¡Dios te guíe, valeroso caballero! –¡Dios sea contigo, escudero intrépido! –¡Ya vais por los aires, más veloces que una flecha! –¡Agárrate, valeroso Sancho, ten cuidado de no caerte! Oyó Sancho las voces, y agarrrándose a su amo, le dijo: –Señor, ¿cómo dicen que vamos tan altos, si hasta aquí llegan sus voces y parece que hablan junto a nosotros? –No creo que tenga eso importancia, Sancho; que como este vuelo es tan fuera de lo común, seguro que por eso ves y oyes. Y no me aprietes tanto, que me tiras. Aunque de verdad no sé de qué te asustas, que en toda mi vida he montado yo en un caballo tan manso. Parece que no nos moviéramos del lugar

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en el que estábamos. Y no tengas miedo, que todo va bien, y llevamos el viento a favor. –Así es –respondió Sancho– que por este lado me da un viento tan fuerte, que parece que con mil fuelles me están soplando. Y así ocurría, que unos grandes fuelles estaban dando aire, pues la aventura ideada por los duques estaba muy bien preparada. Para terminar, pegaron fuego a la cola de Clavileño que, por estar lleno de cohetes atronadores, empezó a volar por los aires con mucho ruido; y fueron a parar don Quijote y Sancho Panza al suelo, medio chamuscados. Mientras que todo esto sucedía, habían desaparecido del jardín las dueñas barbadas y la Trifaldi, quedando el resto como desmayados, tirados por el suelo. Don Quijote y Sancho se levantaron malheridos, y se quedaron atónitos al verse en el mismo jardín del que habían salido, y más aún al descubrir un pergamino escrito con letras de oro y colgado de una lanza que decía: El valiente caballero don Quijote de la Mancha acabó la aventura de la condesa Trifaldi con gran ventura. Malambruno se siente muy satisfecho y quita las barbas a las dueñas y convierte de nuevo a Clavijo y Antonomasia en reyes, como lo fueron al principio. Y, cuando cumpla Sancho con sus azotes, se verá libre doña Dulcinea del encantamiento. Leído el pergamino por don Quijote, dio gracias al cielo de que hubiese acabado bien la aventura, y cogiendo la mano del duque, que todavía no había vuelto en sí, le dijo:

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–¡Vamos, buen señor, ánimo, ánimo, que todo ha terminado bien! La aventura ha acabado sin que nadie sufra daño, como puede usted comprobar en el escrito que está ahí colgado. El duque, poco a poco, y como quien despierta de un pesado sueño, fue volviendo en sí, al igual que la duquesa y todos los que estaban en el jardín, mostrando tal admiración, que parecía que les había pasado de verdad lo que sin duda era una burla. Leyó el duque el cartel con los ojos medio cerrados, y luego, con los brazos abiertos, fue a abrazar a don Quijote, diciéndole que era el mejor caballero que nunca había existido. Sancho buscaba a la Dolorida, para verla sin las barbas, y comprobar si era tan hermosa sin ellas como prometía, pero le dijeron que, tan pronto como Clavileño bajó ardiendo por los aires y cayó al suelo, la Trifaldi y todas las dueñas, habían desaparecido, todas guapas y sin barbas. Y éste fue el fin de la aventura de la dueña Dolorida, que hizo reír a los duques no sólo mientras lo vivieron, sino cada vez que lo recordaban.

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CAPÍTULO 13 De lo que le sucedió a Sancho Panza como gobernador de la Ínsula Barataria

Francisco Oteo • Escuela de Estética


Pasados

los temores de Sancho en el vuelo sobre Clavileño, llegó la hora de que el duque cumpliera su promesa de hacerlo gobernador de su ínsula, continuando así los duques las burlas con las que tanto se entretenían. Salió Sancho, acompañado de mucha gente, muy bien vestido con un abrigo muy ancho y un sombrero de piel de camello, y detrás de él, el rucio adornado con sedas. Y así, iba Sancho tan contento. Al despedirse de los duques, les besó las manos, y su señor le dio la bendición con lágrimas en los ojos; y a punto de echarse a llorar la recibió Sancho, que se fue viendo cómo su señor se quedaba triste, solo y melancólico. Con todo su acompañamiento llegó Sancho a un pueblo que tenía unos mil habitantes. Le dijeron que la ínsula se llamaba Barataria, y salió todo el pueblo a recibirle muy contento, tocando las campanas y llevándole con muchas ceremonias hasta la iglesia mayor, donde le entregaron las llaves del lugar, y le admitieron como gobernador de la ínsula Barataria por siempre jamás. El traje, las barbas, la gordura y pequeñez del nuevo gobernador tenía admirada a toda la gente que no sabía el secreto, y también a los muchos que lo sabían. Finalmente, le llevaron al juzgado. En ese mismo momento entraron en el juzgado dos hombres, uno vestido de labrador y otro de sastre, porque traía unas tijeras en la mano, y el sastre dijo: –Señor gobernador, yo y este labrador venimos ante usted porque este buen hombre llegó a mi tienda ayer, y, poniéndome un trozo de tela en las manos, me preguntó: “Señor, ¿tiene usted con esto tela suficiente para hacerme un gorro?”. Yo, tocando la tela, le respondí que sí; él se imaginó que yo le

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Valentina Santomauro

quería robar una parte de la tela, y me preguntó entonces que si habría para dos; le adiviné el pensamiento y le dije que sí; y él, que seguía pensando que le quería robar, fue añadiendo gorros hasta que llegamos a cinco, y ahora mismo acaba de venir a por ellos: yo se los he dado, pero no me quiere pagar el trabajo, es más, me reclama que le pague yo la tela. –¿Es todo esto así, hermano? –preguntó Sancho. –Sí, señor –respondió el labrador–, pero pídale usted que le enseñe los cinco gorros que me ha hecho. Y, sacando enseguida la mano de debajo de la capa, enseñó cinco gorritos puestos en los cinco dedos de la mano, y dijo: –Aquí están los cinco gorros que este buen hombre me pide, y juro y perjuro que no me he quedado ni un trozo de la tela.

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Todos los presentes se rieron de los gorritos y del problema que suponía. Sancho se puso a pensar un poco, y dijo: –No me va a llevar mucho tiempo resolver este problema; la sentencia es que el sastre pierda el trabajo que ha hecho, y el labrador la tela, y los gorros se lleven a los presos de la cárcel, y no tengo más que decir. Se hizo lo que mandó el gobernador pese a la gran risa que causó la solución del caso. Se presentaron entonces dos hombres ancianos; uno traía un bastón, y el otro llamaba la atención por su larga y blanca barba; este último fue el primero en hablar: –Señor, a este buen hombre le presté diez monedas de oro hace unos días, con la condición de que me las devolviese cuando se las pidiese; estuve mucho tiempo sin pedírselas, pero, al ver que no me las devolvía, se las solicité de buenas maneras, y dice que no me las puedes devolver porque ya lo ha hecho, cosa que no recuerdo. Querría que le jure a vuestra merced que me las ha devuelto, y si lo hace, se las perdonaré. –¿Qué decís a esto? –preguntó Sancho al viejo del bastón. A lo que el viejo respondió: –Yo, señor, confieso que me las prestó, así como juro que se las he devuelto– contestó poniendo el bastón en manos del viejo de la barba mientras que juraba. Viendo esto el gran gobernador, preguntó al de la barba qué respondía a lo que decía su contrario; y dijo que sin duda alguna su deudor tenía que estar diciendo la verdad, porque le tenía por hombre de bien, y que a él se le debía de haber olvidado cómo y cuándo se las había devuelto, y que ya no se lo reclamaría nunca más. Volvió a coger su bastón el viejo, y, viendo que todo estaba arreglado, se marchó.

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Sancho no quedó del todo satisfecho, y después de pensar durante algún tiempo, mandó que llamasen de nuevo al viejo del bastón, al que dijo: –Dadme, buen hombre, ese bastón. –Por supuesto –respondió el viejo–: aquí le tiene, señor. Sancho le cogió, y, dándoselo al viejo de la barba blanca, le dijo: –Andad con Dios, que con esto ya os han pagado. –¿A mí, señor? –respondió él–. ¿Cree que este bastón vale diez monedas de oro? –Sí –dijo el gobernador–; o si no, yo soy el mayor tonto del mundo. Y ahora demostraré si valgo como gobernador. Y mandó que allí, delante de todos, rompiese el bastón. Así lo hizo el de la barba, y dentro de él aparecieron diez monedas de oro, con lo que quedaron todos admirados y a partir de este momento le tuvieron por juez justo y sabio. Cuenta la historia que desde el juzgado llevaron a Sancho Panza a un palacio, en donde en una gran sala estaba puesta una real y limpísima mesa. Se sentó Sancho a la cabecera de la mesa, porque sólo estaba preparado ese sitio. Se puso a su lado un médico con una vara en la mano, y fueron levantando los paños con los que estaban cubiertos muchos platos repletos de distintos manjares. Se los iban poniendo delante, pero apenas comía un bocado, el de la vara se lo quitaba muy rápidamente. Le ponían delante otro manjar, pero antes de que llegase a su boca, el de la vara ya se lo había vuelto a quitar. Viendo esto Sancho, se quedó pasmado, mirando a todos, y preguntó si se tenía que comer aquello haciendo malabares. A lo que respondió el de la vara:

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Marianela Choque/ Ailén Vazzano

–Tendrá que comer, señor gobernador, como es costumbre en las otras ínsulas. Que para eso estoy yo aquí, para mirar por su salud más que por la mía, estudiando noche y día, para acertar a curarle cuando esté enfermo; y lo más importante que hago es estar presente en sus comidas y cenas, y dejarle comer lo que me parece que es conveniente, y quitarle lo que imagino que le hará daño al estómago; por eso, mandé quitar el plato de fruta, por ser demasiado húmeda, y el plato del otro manjar también le mandé quitar, por ser demasiado caliente. –Bueno, pues deme aquel plato de perdices que están allí asadas, que no me harán ningún daño. A lo que el médico respondió: –Estando yo en vida no se las comerá, pues como dijo un gran sabio en medicina, “todo empacho es malo, pero el de perdices, es el peor”. –Si eso es así –dijo Sancho–, dígame el señor doctor qué manjares de esta mesa podré comer sin que me apalee, que me 245


muero de hambre, y el que me esté negando la comida, no hará sino que pierda la vida. –Tiene razón, señor gobernador –respondió el médico–; lo que tiene que comer ahora son estos barquillos y esta carne de membrillo, que le asentará el estómago y le ayudará a hacer la digestión. Oyendo esto Sancho, miró fijamente al médico y le preguntó: – ¿Cómo dice usted que se llama? Y… ¿dónde estudió medicina? –Yo, señor gobernador, me llamo doctor Pedro Recio de Agüero, y soy doctor por la Universidad de Osuna. A lo que respondió Sancho, muy enfadado: –Pues, señor doctor Pedro Recio de Mal Agüero, graduado por la Universidad de Osuna, quítese de en medio, que si no, cojo el garrote y empiezo a darle de garrotazos. Y vuelvo a decir que se vaya, Pedro Recio; si no, tomaré esta silla donde estoy sentado y se la estrellaré en la cabeza. Y hagan el favor de darme de comer, o quédense con su ínsula, que trabajo que no da de comer no vale la pena. Viendo el médico tan enfadado al gobernador quiso irse de la sala, cuando llegó un correo de gran importancia de parte del duque. Sancho mandó que se lo leyesen, y tomando la palabra su secretario, dijo así: Me han llegado noticias, señor don Sancho Panza, de que unos enemigos míos preparan un asalto. Conviene estar alerta para que no le pillen desprevenido. Sé también, por espías, 246


que han entrado en palacio cuatro personas disfrazadas para quitaros la vida, porque temen de vuestra gran inteligencia; abrid el ojo y no comáis nada de lo que os preparen. Vuestro amigo, El Duque. Quedó atónito Sancho, y, volviéndose al mayordomo, le dijo: –Metan en un calabozo al doctor Recio, que si hay alguien que me quiere matar, seguro que es él. Y denme un pedazo de pan y unas uvas, que ahí no puede haber veneno ninguno. Y responded al duque y decidle que estaré alerta, y añadir muchos recuerdos a mi señora la duquesa y a mi señor don Quijote de la Mancha, para que vea que soy agradecido. Y denme por fin de comer, que yo me las veré con cuantos espías, envenenadores y encantadores me hagan frente a mí o a mi ínsula.

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CAPÍTULO 14 En que narra la curiosa manera en que Sancho dejó de ser gobernador de la Ínsula Barataria

Lucila Gallo (6)


Llegó

la noche y decidió el gobernador salir de ronda para limpiar la ínsula de vagabundos y holgazanes, acompañándole tanta gente, que formaban un escuadrón. Le tocó resolver otros cuantos casos harto difíciles, y así llegó a la mañana de su segundo día en la ínsula, en la que no pudo desayunar más que un trozo de pan y un racimo de uvas, los únicos alimentos que había comido en los últimos días. Así pasaba hambre Sancho, y tanta, que en secreto maldecía el gobierno y al duque, que se lo había dado; pese a ello, se fue al juzgado y se puso a resolver casos. Estaba en la séptima noche de su gobierno en la cama, no harto de comer, sino de juzgar y dictar leyes, cuando el sueño, a pesar del hambre, le venció. De repente, oyó tan gran ruido de campanas y de voces, que, de un salto, se sentó en la cama, y puso toda su atención para descubrir lo que podía causar tanto alboroto; pero no sólo no lo supo, sino que se sumó un ruido de trompetas y tambores que terminaron de confundir a Sancho, y llenarle de temor y espanto. Se puso de pie y, poniéndose únicamente unas zapatillas, salió a la puerta de su aposento, donde vio venir corriendo a más de veinte personas con antorchas encendidas y con las espadas desenvainadas, gritando todos: –¡Cuidado, cuidado, señor gobernador! ¡Que han entrado infinitos enemigos en la ínsula y estamos en peligro! ¡A las armas, señoría, si no quiere que toda la ínsula se pierda! –¿A las armas yo? –respondió Sancho–. Estas cosas mejor dejarlas para mi amo don Quijote. –¡Vamos señor gobernador! –dijeron–. ¡Tome las armas, salga ahí fuera, y sea nuestro capitán! –Ármenme pues –replicó Sancho.

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Valentina Larrosa

Y lo hicieron de manera que le colocaron encima de la camisa un escudo largo que le cubría todo el cuerpo por delante, y otro por detrás, y se los ataron con unas cuerdas, de modo que quedó tan derecho, que no podía doblar las rodillas ni dar un solo paso. Le pusieron en las manos una lanza, a la que se arrimó para mantenerse en pie. Cuando terminaron, le pidieron que caminase y les guiase en la lucha. –¿Cómo pretenden que ande –respondió Sancho–, con estos escudos pegados a mi cuerpo? Tendrán que llevarme en brazos. –Ande, señor gobernador –dijeron–, que nos parece que es el miedo y no los escudos lo que le impide andar. Muévase, que es tarde, y los enemigos se acercan.

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Intentó el pobre Sancho moverse, cuando se dio tal golpe contra el suelo, que pensó que se había hecho pedazos. Pero los burladores no hicieron caso a su caída, y pasaron por encima de él. Unos se tropezaban en él, otros se caían, y hubo uno que hasta se puso encima de Sancho durante un buen rato, para dirigir mejor al ejército, gritando: –¡A por ellos, que por esta parte nos ganan terreno los enemigos! Y el pobre Sancho, dolorido, aplastado y humillado, que lo escuchaba y sufría todo, se decía: –¡Oh, si mi señor quisiera apartarme de este sufrimiento, aunque pierda yo esta ínsula! Y, cuando menos lo esperaba, oyó voces que decían:

Kevin Vigil

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–¡Victoria, victoria! ¡Los enemigos se retiran! ¡Señor gobernador, levántese y venga a celebrar que los hemos vencido! Le ayudaron a levantarse, y, puesto en pie, dijo: –No tengo yo nada que celebrar, sino suplicar que me den un trago de vino. Le trajeron el vino, le quitaron los escudos, y se desmayó del miedo. Al ver así a Sancho, sintieron los de la burla que la broma hubiese sido tan dura. Poco a poco, Sancho volvió en sí, y viendo que amanecía, callado y triste, comenzó a vestirse. Se fue a las caballerizas, a donde todos le siguieron, y, acercándose al rucio, se abrazó a él con lágrimas en los ojos, y le dijo: –Vamos, compañero y amigo mío, que cuando no tenía otra cosa en que ocuparme más que en preparar todo lo necesario para ti y tu alimento, era yo el más feliz del mundo; pero, desde que te dejé y me volví ambicioso y soberbio, no tengo más que penas, miserias y angustia en el alma. Y, mientras se subía al rucio con gran tristeza, siguió diciendo: –Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad, que yo no nací para ser gobernador. Mejor se me da arar y cavar la tierra que dictar leyes y defender reinos. Mejor me queda en la mano la hoz que el bastón de mando de gobernador. Además, prefiero hartarme de gazpachos que atender las razones de un médico que me mate de hambre. Vuestras mercedes se queden con Dios, y digan al duque mi señor que, desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; quiero decir, que sin dinero entré en este gobierno y sin él salgo. Y apártense y déjenme ir.

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–Pero no se marche usted así, señor gobernador –dijo el doctor Recio–, que prometo darle toda la comida y la bebida que quiera. –¡Tarde llega! –respondió Sancho–. No admitiré yo otro gobierno, aunque lo único que tenga que hacer en él sea comer y beber. Y déjenme pasar, que se me hace tarde. A lo que el mayordomo dijo: –Señor gobernador, le dejamos ir, pese a la pena que nos da perderle, y lo que echaremos de menos su ingenio y su manera de actuar. Le abrazaron todos, y él, llorando, abrazó a todos, poniendo camino a casa de los duques, donde se reencontraría con su señor don Quijote de la Mancha.

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CAPÍTULO 15 De la alegría que sintieron don Quijote y Sancho Panza al reencontrarse

Nicolás Peralta (7)


No

pudo llegar Sancho a tiempo al castillo de los duques porque se le hizo de noche, una noche oscura y cerrada, pero, como era verano, no le importó; y así, se apartó del camino con intención de esperar la mañana; pero su mala suerte, llevó a su rucio y a él a caerse en una honda y oscura cueva en medio del campo.

Candela Demartini (7)

Se palpó Sancho todo el cuerpo para comprobar si tenía heridas, y cual fue su sorpresa al ver que no tenía ninguna, aunque ya se imaginaba él roto en mil pedazos. Tocó las paredes, para ver si podrían salir sin ayuda; pero eran tan lisas, que se asustó al comprobar que no saldrían de allí por sí mismos; se asustó aún más al oír al rucio quejarse con dolor, que, al haber caído Sancho encima de él, no estaba muy bien parado. 255


–¡Ay de mi desgracia! –dijo entonces Sancho Panza–. ¿Quién diría que el que ayer fue gran gobernador de una ínsula, mandando a sus sirvientes, hoy se ha de ver sepultado en este agujero, sin criado que acuda a socorrerle? Nos moriremos de hambre yo y mi rucio, si no nos morimos antes, él por sus dolores, y yo de pena. ¡Oh compañero y amigo mío, qué mala vida te he dado a pesar de tus buenos servicios! Perdóname y pide a la fortuna que nos saque de aquí, que prometo ponerte una corona de laurel en la cabeza, y doblarte los piensos. Se lamentaba Sancho Panza, y su rucio le escuchaba sin responderle palabra alguna. Así pasaron la noche, y con la claridad de la mañana, comprobó Sancho que efectivamente era imposible salir de allí sin ayuda. Comenzó a dar voces, por si alguien le escuchaba, pero se dio por muerto porque no había por allí nadie que pudiera escucharle. Mientras tanto, don Quijote salió por la mañana a cabalgar, y, embistiendo a Rocinante, llegaron a los pies de una cueva, a la que estuvieron a punto de caer, si no es porque don Quijote tiró fuertemente de las riendas de su caballo. Le detuvo a tiempo y no cayó, y acercándose un poco más oyó grandes voces dentro que decían: –¡Eh, a los de arriba! ¿Hay algún buen caballero que se apiade del que fue gobernador? Le pareció a don Quijote que oía la voz de Sancho Panza, con lo que quedó muy sorprendido y asombrado, y, levantando la voz todo lo que pudo, dijo: –¿Quién está ahí abajo? ¿Quién se queja? –¿Pues quién va a ser el que se queja sino Sancho Panza, gobernador de la ínsula Barataria, escudero del famoso caballero don Quijote de la Mancha?

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Aún más admirado don Quijote, pensó que Sancho había muerto, y que lo que desde allí le hablaba, era su alma, diciendo entonces: –Ruego que me digas quién eres y qué quieres que haga por ti; que, como buen caballero andante que soy, está en mi mano ayudar tanto a los vivos, como a los muertos, que no pueden ayudarse por sí mismos. –Por la manera de hablar –respondieron–, vuestra merced debe de ser mi señor don Quijote de la Mancha. –Don Quijote soy –replicó don Quijote–. Dime de una vez quién eres, que me tienes en ascuas. –¡Por Dios y por todos los santos! –respondieron–, juro, señor don Quijote de la Mancha, que yo soy su escudero Sancho Panza, y que nunca me he muerto; sino que, habiendo dejado mi gobierno, anoche caí en esta cueva donde estoy, y el rucio conmigo. Y en esto, como si el rucio entendiera a Sancho, comenzó a rebuznar, de modo que toda la cueva retumbaba. –¡Famoso testigo! –dijo don Quijote–. Reconozco ese rebuzno, Sancho mío. Espérame; iré al castillo del duque, que está aquí cerca, y traeré ayuda para que te saquen de ahí. –Vaya –dijo Sancho–, y vuelva pronto, que estoy muerto de miedo. Se fue don Quijote al castillo a contar a los duques lo que le había pasado a Sancho, y, maravillados, a la vez que asombrados por no haberse enterado del abandono del gobierno, mandaron llevar sogas y cuerdas; y, gracias al trabajo y esfuerzo de mucha gente, sacaron al rucio y a Sancho Panza a la luz del sol.

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Llegaron al castillo, donde les estaban esperando los duques, pero no quiso verles Sancho hasta que no hubo acomodado al rucio en las caballerizas. Se dirigió a la estancia de los duques, y puesto de rodillas ante ellos, fue narrando lo sucedido en sus días de gobierno. Se admiró don Quijote del discurso de Sancho, le abrazaron los duques lamentando que hubiera abandonado tan pronto, y mandaron disponer de todo lo necesario para que recibiera alivio a sus pesares, aunque no se arrepintieron de la burla hecha a Sancho. Pasaron unos pocos días en los que don Quijote pensó que había llegado el momento de salir del castillo, por dejar los privilegios que recibía como caballero andante; y así, pidió permiso a los duques para partir. Permiso que le fue concedido, con gran pena de todos. Se presentó armado don Quijote la mañana de la partida en la plaza del castillo, y Sancho sobre su rucio, con las alforjas llenas. Hizo una reverencia a los duques, y, ajustando las riendas a Rocinante, siguiéndole Sancho sobre el rucio, salieron del castillo en busca de nuevas aventuras. Viéndose don Quijote libre, lleno de alegría y renovadas fuerzas para continuar con sus caballerías, volviéndose a Sancho, le dijo: –La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos.

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CAPĂ?TULO 16 Que cuenta las aventuras que vivieron don Quijote y Sancho Panza en Barcelona, como las curiosas respuestas de la Cabeza Encantada

Manuel D´amico (10)


Después

de varios días cabalgando, llegaron cerca de Barcelona. Era de noche y decidieron dormir en una gran explanada. Cuando amaneció, los dos se quedaron admirados, porque delante de ellos se encontraba el mar, que veían por primera vez. Entraron don Quijote y Sancho a la ciudad, donde había gran griterío y alegría por celebrarse aquel día la festividad de san Juan, y quedando pasmado don Quijote en medio de una calle sin saber qué hacer, se acercó a sacarle del apuro don Antonio Moreno, caballero rico y discreto que enseguida le reconoció, y aún antes de haberle hablado, ya le veía en su casa pensando en cómo hacer públicas sus locuras, para regocijo de todos. –¡Sea bienvenido a nuestra ciudad el espejo, el farol, la estrella y el norte de toda la caballería andante! Sea bienvenido, digo, el valeroso don Quijote de la Mancha, el que nos describió la historia que anda impresa. No respondió don Quijote palabra, que, volviéndose a Sancho dijo: –Estos bien nos han conocido; yo apostaré que han leído nuestra historia. Le dijo otra vez el caballero: –Vuestra merced, señor don Quijote, venga con nosotros hasta nuestra casa. A lo que don Quijote respondió: –Llevadme donde queráis, que yo no tendré otra voluntad que la vuestra. Lo primero que hizo al llegar a la casa, fue desarmarle para que estuviera cómodo y poder verle con ese vestido y esa figura tan delgada, de la que tanto había oído hablar. Le

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sacó a un balcón, que daba a la calle principal de la ciudad, para que todo el mundo pudiera verle. Mientras, Sancho estaba contentísimo, porque sin saber cómo, pensaba que esta estancia sería como en las bodas de Camacho, donde poder descansar y comer, y que les tratarían como en el castillo de los duques. Se sentaron a comer, don Antonio, algunos de sus amigos, don Quijote y Sancho. Don Antonio preguntó a Sancho: –Tenemos noticia, buen Sancho, que sois muy amigo del pan, las albóndigas, las pechugas de pollo, la leche, y de todo aquello que se pueda llevar a la boca, de manera que si os sobra, lo guardáis en vuestros bolsillos para otro día. –No, señor, no es así –respondió Sancho –, porque tengo más de limpio que de comilón, y mi señor don Quijote, que está delante, sabe bien que con un puñado de bellotas, o de nueces, aguantamos hasta ocho días. Verdad es, que, cuando puedo, como lo que me dan, pero siempre con limpieza. –Verdad es –dijo don Quijote– que, cuando tiene hambre, parece algo tragón, porque come deprisa y mastica a dos carrillos, pero siempre limpio, tanto que cuando fue gobernador comía con tenedor las uvas y hasta los granos de la granada. –¡Cómo! –dijo don Antonio–. ¿Gobernador ha sido Sancho? –Sí –respondió Sancho–, y de una ínsula llamada Barataria. Diez días la goberné muy bien; hasta que perdí los nervios, y aprendí a despreciar todos los gobiernos del mundo; salí huyendo de ella, caí en una cueva, de la cual me rescataron vivo de milagro, y volví a las andanzas con mi amo don Quijote. Contó don Quijote con todo detalle lo sucedido en el gobierno de Sancho, complaciendo así a todos los oyentes. Acabaron de comer, y se retiraron a un aposento en el que sólo

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había una mesa de mármol sobre la cual estaba apoyada una cabeza de bronce. –Ahora, que no nos escucha nadie, señor don Quijote, –dijo don Antonio– quiero contarle una de las más raras aventuras que se pueda imaginar, con la condición de que no se lo cuente a nadie. –Así lo juro –respondió don Quijote –, que está hablando conmigo, que tengo oídos para oír, y no tengo lengua para hablar. –Esta cabeza, señor don Quijote, ha sido hecha y fabricada por uno de los mayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo; el cual estuvo aquí en mi casa, y por mil monedas, hizo esta cabeza, que tiene la virtud de responder a todo cuanto al oído se le pregunte. Pero la veremos mañana sábado, que los viernes está muda. En este tiempo podrá usted pensar lo que quiera preguntar; que por experiencia sé que dice la verdad, en todo cuanto responde. Admirado quedó don Quijote de la virtud de la cabeza, y aunque estuvo por no creerlo, como quedaba poco tiempo para comprobarlo, no quiso más que agradecerle el secreto que le había contado. Salieron del aposento, cerró la puerta don Antonio con llave, y se fueron a la sala, donde los demás caballeros estaban muy entretenidos con las aventuras que Sancho les estuvo contando. Aquella tarde salieron a dar un paseo con don Quijote, vestido de calle con un traje largo y dorado demasiado abrigado para el calor que hacía. Ordenó don Antonio a sus criados que tuviesen entretenido a Sancho para que se quedase en la casa. Iba don Quijote, no sobre Rocinante, sino sobre un gran caballo. Le pusieron en la espalda del traje, sin que se diese

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cuenta, un pergamino donde le escribieron con letras grandes: Éste es don Quijote de la Mancha. Comenzó el paseo y, como todos con cuantos se cruzaban leían el pergamino, se admiraba don Quijote de ver que todos le reconocían. Y volviéndose a don Antonio le dijo: –¡Qué grande es la caballería andante, pues te hace conocido y famoso! Si no, mire, señor don Antonio, que hasta los muchachos de esta ciudad, me conocen, sin haberme visto antes.

Narella Prados (10)

–Así es, señor don Quijote –respondió don Antonio. Fue tanta la gente que leía el cartel, y tan deprisa, que se lo tuvo que quitar don Antonio, con mucho disimulo. Al llegar la noche volvieron a casa, y se encontraron con un baile, organizado por la mujer de don Antonio, que invitó a sus amigas para que conociesen a su invitado. Se cenó espléndidamente y comenzó el baile casi a las diez de la noche. Entre las

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damas, había dos muy burlonas, que se dieron mucha prisa en sacar a bailar a don Quijote, porque les hacía gracia ver la figura larga, flaca, amarilla y nada ligera de don Quijote, que intentaba esquivarlas; pero viéndose acorralado, levantó la voz y dijo: –¡Apartad de mí, enemigas! Que mi señora Dulcinea del Toboso no consiente que cumpla otros deseos más que los suyos. Y, diciendo esto, se sentó en mitad de la sala, en el suelo, molido y agotado de tanto bailar. Hizo don Antonio que le llevasen en brazos a su habitación. Al día siguiente le pareció a don Antonio que era oportuno experimentar cómo funcionaba la cabeza encantada, y con don Quijote, Sancho, otros dos amigos, la mujer de don Antonio y sus dos amigas, se encerraron en la estancia donde estaba la cabeza. Les contó la virtud que tenía, y pidiéndoles que guardaran el secreto llevaron adelante la burla, estando sólo los dos amigos de don Antonio enterados. El primero en hablar con la cabeza fue el mismo don Antonio, y le dijo en voz baja, aunque todos lo pudieron oír: –Dime, cabeza, ¿cuántos estamos aquí? –Estáis tú y tu mujer, con dos amigos tuyos, y dos amigas de ella, y un caballero famoso llamado don Quijote de la Mancha, y su escudero Sancho Panza– respondió la cabeza sin mover los labios y con voz clara. Todos se quedaron asombrados y admirados de puro espanto. Se acercó don Quijote, y dijo: –Dime tú, el que respondes: ¿Se azotará Sancho mi escudero para desencantar a Dulcinea? ¿Y, quedará realmente desencantada? 264


María Emilia Alfaro (10)

–Los azotes de Sancho irán despacio –respondió–. El desencantamiento de Dulcinea, llegará. –No quiero saber más –dijo don Quijote–; que ver a Dulcinea desencantada, es todo cuanto deseo. Se acercó Sancho a preguntar: –¿Tendré otro gobierno? ¿Volveré a ver a mi mujer y a mis hijos? A lo que le respondió: –Gobernarás en tu casa; y si vuelves a ella, verás a tu mujer y a tus hijos. –¡Menuda respuesta! –dijo Sancho Panza –. No hace falta ser sabio para contestar así. –¡Bestia! –dijo don Quijote–, ¿qué quieres que te respondan? ¿No ves que la cabeza responde a lo que has preguntado?

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–Es cierto –respondió Sancho–, pero me hubiera gustado que me dijera algo más. Con esto se acabaron las preguntas y las respuestas, pero no la admiración de todos. Era el caso que, mandó don Antonio hacer esta cabeza en su casa, a imitación de otra que vio en Madrid, para entretenerse y burlarse de los ignorantes. Estaban la mesa y la cabeza huecas, y conectaban con otra habitación en la que se ponía el que tenía que responder, hablando por un canutillo que encajaba en la boca de la cabeza, pero que nadie podía ver, de manera que era muy difícil darse cuenta del engaño. Un sobrino de don Antonio era el que respondía a las preguntas, estando avisado por su tío de los que entraban con él, de manera que le fue fácil responder a la primera pregunta, y respondió a las demás con sentido común. Muchas vueltas le dio don Quijote a las repuestas de la cabeza encantada, pero no caía en la broma, puestas todas sus esperanzas en el desencantamiento de Dulcinea.

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CAPITULO 17 De c贸mo don Quijote fue vencido en Barcelona por el Caballero de la Blanca Luna

267 Federica Arla (9)


Una

mañana, mientras don Quijote paseaba por la playa de Barcelona con todas sus armas, vio venir hacia él a un caballero, también armado y de punta en blanco, pues traía pintada en el escudo una luna resplandeciente; el cual, acercándose a don Quijote, dijo: –Gran caballero don Quijote de la Mancha, yo soy el Caballero de la Blanca Luna, de cuyas aventuras quizá hayas oído hablar. Vengo a luchar contigo, para hacerte confesar que mi dama es, sin duda, más hermosa que tu Dulcinea del Toboso; verdad, que si tú confiesas sin entrar en batalla, te librarás de la muerte y a mí del trabajo que me llevará dártela; y si tú peleas y yo te gano, no te pido otra cosa sino que dejes las armas, no busques más aventuras, y te retires a tu casa durante un año, donde tendrás que vivir sin coger ni una sola espada, en paz y sosiego. Y si me vences tú a mí, te llevarás mis armas y mi caballo, y crecerá tu fama por haberme vencido. Don Quijote se quedó sin habla a causa del desafío, y con seriedad le respondió: –Caballero de la Blanca Luna, cuyas aventuras no han llegado a mis oídos, juro que jamás habéis visto a Dulcinea, porque de haberla visto, sabrías que su belleza no tiene igual; y de esta manera, acepto vuestro desafío. Tomad, pues, la parte de campo que quieras, que yo haré lo mismo, y que Dios reparta suerte. Acudieron en ese momento don Antonio y Sancho con otros muchos caballeros que corrieron a avisarlos al ver al de la Blanca Luna en la ciudad, para intentar evitar la pelea, pues bien sabía don Antonio que ésta no era en broma, pues ni estaba preparada por él ni tenía noticia de quién era el de la Blanca Luna. Como no encontraron razones para parar la

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batalla, no tuvieron más remedio que apartarse y dejar que los acontecimientos siguiesen su curso. Se encomendó don Quijote al cielo de todo corazón y a su Dulcinea, –como tenía por costumbre al comenzar los combates–; se volvieron los dos a la vez preparados en sus caballos, y, como era más ligero el de la Blanca Luna, llegó antes a don Quijote, y le derribó con tanta fuerza, que cayó al suelo. Se acercó a él, y, poniéndole la lanza sobre el casco, le dijo: –Vencido sois, caballero, y moriréis si no cumplís las condiciones de nuestro desafío. Don Quijote, molido y aturdido, con voz debilitada y enferma, dijo: –Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo,

Juana Randazzo (9)

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y yo el más desdichado caballero de la tierra, y esto será verdad mientras viva. Y ahora, caballero, máteme si quiere. –No haré yo eso –dijo el de la Blanca Luna–: me conformaré con que se retire a su pueblo un año, como acordamos antes de entrar en combate. Don Quijote prometió que cumpliría, como buen caballero que era. Y el de la Blanca Luna, se volvió a montar en su caballo, y se alejó rumbo a la ciudad. Don Antonio Moreno salió detrás de él para averiguar quién era el que se hacía llamar de la Blanca Luna, mientras Sancho, todo triste, no sabía qué decir ni qué hacer: le parecía que todo era cosa de encantamiento. Veía a su señor rendido y obligado a abandonar las armas durante un año. Imaginaba que la gloria alcanzada por sus hazañas se esfumaba, que las

María Paz Zubiri (9)

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promesas de sus nuevas aventuras juntos se deshacían, como si todo estuviera a punto de desvanecerse como el humo. Al final, se llevaron a don Quijote a la ciudad, para que pudiera reponerse en casa de don Antonio, pues había quedado malherido. Mientras tanto, don Antonio Moreno alcanzó al Caballero de la Blanca Luna, quien le descubrió su verdadera identidad: –Ya sé, señor, que venís a saber quién soy. Me llaman el bachiller Sansón Carrasco, y soy del mismo pueblo del que es don Quijote de la Mancha, cuya locura preocupa a todos los que le conocemos. Y creemos que, si logramos que descanse, estando en su tierra y en su casa, recuperará la salud. Convencido de estas razones, salí en su busca hace tres meses llamándome el Caballero de los Espejos, con la intención de pelear con él y vencerle, sin hacerle daño, poniendo yo como condición que, si ganaba a don Quijote, volviese éste a su casa y abandonase las armas durante un año. Pero la suerte no me acompañó, porque él me venció a mí: él prosiguió su camino y yo volví a casa. Pero no por esto se me quitaron las ganas de volver a buscarle y de vencerle, como hoy se ha visto. Y como caballero andante que es, cumplirá con su palabra. Y por eso os suplico que no me descubráis ni le digáis a don Quijote quién soy, pues lo único que quiero es que recobre el juicio. –¡Oh señor –dijo don Antonio–, Dios perdone vuestro atrevimiento de querer volver cuerdo al loco más gracioso que hay en el mundo! ¿No entiende usted que, con su salud, no solamente perdemos sus gracias, sino las de Sancho Panza? Pese a ello, callaré, y no le diré nada, para comprobar si tiene efecto su deseo.

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Se despidió de él el Caballero de la Blanca Luna, que salió de la ciudad ese mismo día y se volvió a su casa. Seis días estuvo don Quijote en cama, triste y pensativo, y le consolaba Sancho diciéndole: –Señor mío, alégrese, si puede, y dé gracias al cielo que, aunque vencido, no acabó con ninguna costilla rota; volvamos a nuestra casa y dejemos de buscar aventuras. –Calla, Sancho, que mi retirada sólo será de un año; que luego volveré yo a ejercer la caballería. –Dios le oiga –dijo Sancho–. Recuperado don Quijote, llegó el día de la partida: don Quijote desarmado, Sancho a pie, por ir el rucio cargado con las armas. Al salir de Barcelona, volvió don Quijote a mirar el sitio donde había sido derrotado, y dijo: –¡Aquí se acabó mi gloria!

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CAPÍTULO 18 De cómo Dulcinea del Toboso terminó por ser desencantada por Sancho Panza

Valentina Aguirre (9)


Iba

el vencido don Quijote pensativo y triste por una parte, y muy alegre por otra, pues se le había ocurrido pagar a Sancho por los azotes del desencantamiento de Dulcinea. A cuyo ofrecimiento abrió mucho los ojos y las orejas Sancho, y consintió azotarse de buena gana; y dijo a su amo: –Ahora bien, señor, que aunque quiero dar gusto a vuestra merced, también me interesa sacar provecho, que le recuerdo que tengo mujer e hijos. Dígame: ¿cuánto me dará por cada azote? –Calcula lo que tengo, ya que tú llevas mi dinero, y pon el precio a cada azote. –Eran tres mil trescientos los azotes –respondió Sancho– de los cuales ya me he dado cinco, que se añaden a las cuentas que ahora hagamos: calculo yo que saldrán por ochocientos veinticinco reales, que separaré yo de lo que tengo de vuestra merced, y entraré en mi casa rico y contento, aunque bien azotado. –¡Oh Sancho amable –respondió don Quijote–, estaremos en deuda contigo Dulcinea y yo! Mira, Sancho, cuándo quieres comenzar, que si tardas poco, te daré cien reales más. –Esta noche empiezo, sin falta. Llegó la noche, y entraron en un bosque que se desviaba del camino; cenaron en la hierba y Sancho, haciendo con la correa con la que ataba al rucio un poderoso y flexible azote, se retiró veinte pasos de su amo, entre unas hayas. Don Quijote, que le vio ir, le dijo: –Ten cuidado no te hagas pedazos; no te des tan fuerte que te falte la vida antes de acabar. Y, para que no te des de más ni de menos, yo estaré contando los azotes que te des. Se quitó la camisa y comenzó a darse, a la par que don Quijote comenzó a contar los azotes. Seis u ocho se habría dado Sancho, cuando le pareció muy pesada la burla y muy barato su precio, y, deteniéndose un poco, dijo a su amo que merecía más dinero por cada azote.

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–Sigue, Sancho amigo, y no te preocupes –le dijo don Quijote–, que te pagaré el doble. Pero el pícaro dejó de dárselos en la espalda, y daba en los árboles, con unos suspiros de cuando en cuando, que parecía que se le iba el alma. Don Quijote, al oír cómo le dolía, y con miedo de que Sancho muriera antes de cumplir con los tres mil trescientos azotes y no pudiese ver por ello a Dulcinea desencantada, le dijo: –Más de mil azotes, si no he contado mal, te has dado: basta por ahora, amigo. –No, no, señor –respondió Sancho–, déjeme dar otros mil al menos, y acabemos con esto cuanto antes. –Ya que tienes tan buen ánimo –dijo don Quijote–, prosigue pues con ellos. Volvió Sancho a su tarea con tantas ganas, que ya había quitado las cortezas a muchos árboles: tal era la fuerza con que se azotaba. Pero seguía asustado don Quijote, y le dijo a Sancho que por favor parase, que era mejor recobrar las fuerzas para terminar el castigo. –Pues vuestra merced, señor mío, lo quiere así –respondió Sancho–, así lo haremos, y arrópeme no sea que me resfríe. Así lo hizo don Quijote, que abrigó a Sancho, el cual se durmió hasta que le despertó el sol, y volvieron a proseguir su camino, hasta que llegaron a un lugar a tres kilómetros de allí, y se alojaron en un mesón, que por mesón tomó don Quijote, y no por castillo, ni torres con puentes levadizos, que como se encontraba vencido, parecía que poco a poco recobraba el juicio. Una vez acomodados, le dijo don Quijote a Sancho: –Dime si piensas, Sancho, darte otra tanda de azotes esta noche, y si quieres que sea bajo techo, o a cielo abierto.

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–¡Hombre, señor! –respondió Sancho– que para lo que me falta, preferiría que fuera entre árboles, que parece que me hacen compañía y me ayudan a sobrellevar el dolor. –Pues entonces, Sancho amigo –respondió don Quijote–, descansa y recupera tus fuerzas, que ya terminarás de azotarte en nuestro pueblo, al que llegaremos pasado mañana. Salieron del mesón a media mañana rumbo a su aldea, y después de varias horas de camino en las que no sucedió nada digno de contarse, llegó la noche; momento en el que Sancho decidió terminar con su castigo, apartándose entre unos árboles y cumpliendo del mismo modo que la pasada noche: a costa de las cortezas de los árboles en lugar de a sus espaldas. Don Quijote, que seguía sin darse cuenta del engaño, no perdió cuenta de los azotes que se daba Sancho, y cuando vio cumplido el número, quedó muy contento y esperando el día, para ver si se cruzaba por el camino con la desencantada Dulcinea. Con estos pensamientos y deseos continuaron su camino, cuando a lo lejos, descubrieron su pueblo.

Nahuel Alegre (9)

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CAPÍTULO 19 y último

De cómo don Quijote y Sancho llegaron a su pueblo y del fin de esta maravillosa historia

Carlos Góngora


Entraron

así don Quijote y Sancho en su pueblo, cuando lo primero que vieron fue a dos muchachos peleándose, y a uno que le dijo al otro: –No te canses Periquillo, que no la verás en todos los días de tu vida. Lo oyó don Quijote, y, muy angustiado, dijo a Sancho: –¿No te has dado cuenta, amigo, de lo que aquel muchacho ha dicho: “no la verás en todos los días de tu vida”? –Sí, pero, ¿qué importa –respondió Sancho– lo que haya dicho el chico? –¿Qué? –replicó don Quijote–. ¿No ves que en realidad eran palabras dirigidas a mí, que significan que no volveré a ver jamás a Dulcinea?

Julieta Rodriguez (8)

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Quería responder Sancho, cuando se lo impidió una liebre, perseguida por muchos galgos y cazadores, que se escondió bajo los pies del rucio. La cogió Sancho y se la dio a don Quijote, el cual estaba diciendo: –¡Mala señal! ¡Mala señal! ¡Una liebre que huye perseguida por los galgos y Dulcinea que no aparece! –Lo último que me quedaba por ver de vuestra merced –dijo Sancho–. Supongamos que esta liebre es Dulcinea del Toboso y estos galgos que la persiguen son los encantadores que la transformaron en labradora: ella huye, yo la rescato y la pongo en poder de vuestra merced, que la tiene en sus brazos: ¿qué mala señal es ésta? Los dos muchachos que reñían se acercaron a ver la liebre, y aprovechó Sancho la ocasión para preguntarles por qué peleaban, a lo que respondió el que había dicho “no la verás más en toda tu vida, que él le había quitado al otro chico una jaula de grillos, que no pensaba devolverle en toda su vida”. Sacó Sancho unas monedas y se las dio al chico a cambio de la jaula, que puso luego a don Quijote en las manos, diciendo: –He aquí, señor, deshecha su mala suerte, que nada tiene que ver con nosotros. Dejemos ya esto y entremos de una vez en nuestra aldea. Llegaron los cazadores pidiendo su liebre, y se la dio don Quijote; siguieron su camino, y, a la entrada del pueblo, se encontraron con el cura y el bachiller Sansón Carrasco rezando en un prado. Les reconocieron el cura y el bachiller, que se acercaron a recibirles con los brazos abiertos. Y de este modo, rodeados de muchachos y acompañados del cura y del bachiller, se fueron a casa de don Quijote, donde encontraron a la sobrina y al ama.

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Se fue Sancho a su casa con su mujer y sus hijos, dejando a don Quijote en la suya, que sin perder tiempo, se reunió a solas con el cura y el bachiller, a los que contó cómo había sido vencido, y que estaba obligado a quedarse en su aldea durante todo un año; y como caballero andante que era, lo cumpliría al pie de la letra. Y les comunicó también su intención de hacerse pastor durante este año, suplicándoles que fuesen sus compañeros, que hasta los nombres traía pensados. –Yo me llamaré el pastor Quijotiz; y el bachiller, el pastor Carrascón; y el cura, el pastor Curambro; y Sancho Panza, el pastor Pancino. Se quedaron todos asombrados de la nueva locura de don Quijote; pero, con tal de que no saliese del pueblo, y esperando que durante aquel año se curase, todos aceptaron. Con esto, se despidieron de él, y le rogaron que descansara. Pidió don Quijote al ama y a la sobrina que le llevaran a la cama, ya que no se encontraba muy bien. Y así lo hicieron, donde le dieron de comer y le dejaron descansar. Don Quijote no mejoró en estos días. Recibía la visita de todos sus amigos, y por supuesto de Sancho, que no se apartaba de su lado, y todos intentaban animarle, pensando que estaba triste por verse vencido y no haber podido llegar a ver el desencantamiento de Dulcinea. Le animaba el bachiller a que se levantara y empezase su nuevo trabajo de pastor, pero don Quijote seguía triste. Llamaron sus amigos al médico, que aconsejó a todos que fueran a llamar al cura, ya que su vida corría peligro. Don Quijote que lo oyó, se quedó tranquilo, pero el ama, la sobrina y Sancho Panza, comenzaron a llorar. Les pidió don Quijote que le dejaran solo, porque quería dormir. Después de varias horas durmiendo, se despertó, y dando voces, dijo:

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–¡Madre mía! He recuperado el juicio, aquel que me quitó la lectura de tantos libros de caballerías. Ya conozco sus disparates y sus engaños. Lo que siento es que sea ahora a punto de morir cuando me doy cuenta de ello. Llamad a todos mis amigos, que quiero confesarme y hacer testamento. Fue la sobrina a llamar a todos, y según los vio don Quijote, dijo: –Señores, sepan que ya no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, el Bueno. Cuando esto oyeron, pensaron, sin duda, que alguna nueva locura estaba tramando. Y Sansón Carrasco le dijo: –¿Ahora, señor don Quijote, que tenemos noticias de que está desencantada Dulcinea, sale vuestra merced con eso? Y ¿ahora que estamos a punto de convertirnos en pastores me viene con eso? Calle, vuelva en sí, y déjese de cuentos. –Yo, señores –replicó don Quijote–, siento que me estoy muriendo; déjense de burlas, y tráiganme a alguien que me confiese y a alguien que escriba mi testamento. Se miraron unos a otros, admirados de la cordura con la que hablaba don Quijote. Mientras que el cura se quedaba a solas con don Quijote para confesarle, fue el bachiller a por alguien que firmase su testamento, y volvió con él y con Sancho Panza, que venía llorando amargamente al enterarse de que su amo estaba a punto de morir. Acabó la confesión, y salió el cura, diciendo: –Verdaderamente se muere, y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano, el Bueno; entren para que haga su testamento. Entró el escribano con los demás, y empezó don Quijote a dictar su testamento, diciendo:

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–Es mi voluntad que, a Sancho Panza, a quien en mi locura hice escudero, se le dé el dinero que sobre después de haberle pagado lo que le debo, que no creo que sobre mucho, y buen provecho le haga; que si estando yo loco le di el gobierno de una ínsula, el de un reino le daría ahora que estoy cuerdo, por la sencillez y fidelidad con que siempre me ha tratado. Y volviéndose a Sancho, le dijo: –Perdóname, amigo, por haberte hecho parecer tan loco como yo, haciéndote creer que existen los caballeros andantes. –¡Ay! –respondió Sancho, llorando–: no se muera vuestra merced, señor mío, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin que nadie le mate. No sea perezoso, levántese de la cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como teníamos previsto, que quizá tras algún árbol encontremos a la señora Dulcinea desencantada. Si se muere por la pena de haber sido vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que le derribaron por haber ensillado yo mal a Rocinante. –Señores –dijo don Quijote–, yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha, y soy ahora, como he dicho, Alonso Quijano, el Bueno. Continuemos con el testamento: que toda mi hacienda sea para mi sobrina, y quiero también que se le pague al ama, el salario que le debo por haberme servido, más el dinero que necesite para un vestido. Nombro como a las personas que han de mirar que esto se cumpla al señor cura y al señor bachiller Sansón Carrasco. Cerró con esto el testamento, y, desmayándose, quedó tendido en la cama. Pasados tres días, llegó el fin de don Quijote. Entre la pena y las lágrimas de todos los presentes, en paz y sosiego y en su cama, don Quijote se murió.

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Siguieron llorando varios días Sancho, el ama y la sobrina de don Quijote, y Sansón Carrasco mandó hacer una inscripción para su tumba que dice: Yace aquí don Quijote de la Mancha, el valiente y fuerte caballero que no pudo sin embargo vencer a su propia muerte. Fue muy querido por todos, y a todos nos hizo reír con sus locuras, pues tal fue su destino: morir cuerdo y vivir loco. Y con esto se despide el autor de esta gran obra, orgulloso y contento, por haber seguido de cerca con su pluma las aventuras del valiente caballero andante don Quijote de la Mancha, y su gracioso escudero Sancho Panza, y por haber aprendido de ellos tantas cosas entre risas y entretenimiento. Vale.

Diego Valicenti (12)

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Quijotes y Soles por los Niños de Azul Abril Pujol│Abril Banegas│Abril Camila Sánchez│Adriana Vázquez│ Agustín Escobar│Agustín Farina│Agustín Labourdette│Agustín Ruí│ Agustina Alzola│Agustina Ayelén Escobar│Agustina Dieguez│Agustina Fittipaldi│Agustina Porrovecchio│Alan Granda│Alejandro Garro│Ana Laura Aducci│Andrea Soledad Domínguez│Andrés Martinez│Angeles Borneo│Antonela Fernanda Frías│Antonella Figueroa│Antonella Santillán│Augusto Laperne│Aylén Dhereté│Azul Alexandri │ Benjamín Berríos│Bianca Andreata│Braian Soruco│ Brenda Amescua│Brenda Cáceres│Brian E. Solano│Brian Lescano│Brian Nahuel Elichiri│Brisa Amundarain│Brisa Micaela Carrizo│Camila Soria│Candela Demartini│Carla Scalcini│Carlos Góngora│Carolina Pacheco│Carolina Romero│Clara María Muñoz│Constanza Falconaro Eboli│Consuelo Blando│Cristian Preciado Conde │Cristian Castro│Dalma Mangudo│Daniel Alegre│Daniel Lamas│Daniel Valseche│Daniela Juárez│Dante Díaz│Delfina Dell│Diego Valicenti│Elías Martínez│Emilia Tiseira│Enrique Rivas│Eric Carmona│Esteban Binzigna│Esteban Vinzuña │Evangelina Goria│Ezequiel Brienzo│Ezequiel Lamas│Facundo Magallanes│Federico Bustingorry│Florencia Acuña│Florencia Andiarena│Florencia Frías│Franca Lafosse│Francisca Avellaneda │Francisco Baigorria│Francisco Corti│Francisco Soler Pujol│Franco Bermay│Franco Laboccetta│Franco Táccari│Gabriel Cejas│Gabriel Juarez│Gabriel Jurado Tolana│Gastón Goicochea│Gerónimo Dhereté │Gianni Scillione│Guadalupe Melián│Guillermo Ruí │Gustavo Lara│Gustavo Mansilla│Héctor Martínez│Hernán Gayoso│Hugo Bianculli│Hugo Silva│Ignacio Aguero│Ignacio Mesa│Inés Carús│Javier Ocampo│Jessica Nicolasi│Jesús Aguilar│Jesús Chanquía│Jesús Iturralde│Jimena Messineo│Joaquín Alzola│Johana Vázquez│Jonás Binzuña│Jorge Jurado│Josefina Bigalli│Juan Cruz Enchieme│Juan Cruz Velázquez│Juan Gabriel López│Juan M. Granda│Juana Castaños│Juana Randazzo│Julia Valdez│Julián

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Cepeda│Julián Cilano│Julieta Rodríguez│ Jürgen Luetken│Karen Carrizo│Karen Long│Karen Platero│Kevin Herrera│Kevin Herrera│Laura Nicole Moreno│Lautaro De Brito│Leontina Ocampo│Lorelex Armentano│Lorenzo Ballarena│Lucal Leonel Bongiorno│Lucas González│Lucía Leticia Aducci│Lucía Monsalbo │Lucía Retana│Luciano Bermay│Luciano Maddío│Luciano Sánchez│Lucila Gallo│Ludmila Juarez│Ludmila Lizaso│Luz Maciel│Luz Marina Vázquez│María Nazaret Ferreyro│Magalí Marino│Magdalena Cos│Maira Ayelén Pedernera│Maitena Ilarregui│Manuel D´Amico│Manuel Nasello│Mara Caro│Marcelo Alonso│Marcelo Arredondo│Marcos Avellaneda│María Aylén Cabrera│María Del Rosario Romero │María Emilia Alfaro│María Lourdes Agüero│María Nazaret Ferreyro│María Barrionuevo│María Paz Zubiri│Mariano Garay│Mariela Karen Castelli │Martín Elgar│Martina Daniela Oviedo│Matías Alegre│Matías Gomez │Matías Márquez│Matías Trovato│Maxi Etchepare│Maximiliano Abissin│Maximiliano Martínez│Melanie Jaureguis│Melina Sánchez│Melina Solange Bermay│Melisa Barda│Meliza Bogliolo │Mercedes Mele│Micaela Millas│Micaela Mirande│Micaela Quiroga│Michel García│Miguel Meriños│Milagros Funez│Milagros Lundbye│Milagros Mergel│Milagros Moreno│Milagros Olivera │Milena Mondini│Milena Pittaluga│Mirabel Gallardo│Montué Benítez│Nahuel Cartamán │Nahuel Gallardo│Natalí Toledo │Nazareno Romero│Nicolás Álvarez│Nicolás Imeroni │Nicolás Peralta │Noelia Quintana│Oriana Habitante│Pablo Luciano│Paola Fernández│Priscila Acuña│Ramiro Juan Ignacio Silva│Raúl Toledo│Rocío Fittipaldi│Rocío González│Rocío Salas│Rodrigo Bordenave Aguilar │Romina Novelli│Rosario Spitale│Santiago Dipietro│Santiago Secchi│Sebastián Ramos│Silvana Lotero│Silvana Salazar│Sofía Combessies│Sofía Pedernera│Sofía Pereyra│Soledad Fiser│Soledad Lozardo│Tadeo Carmona│Talhía Vargas│Talía Molero Paz│Tomas Albornoz│Tomás Lardapide│Valentín Barda│Valentina Aguirre│Valentina Azul Abelenda│Yamila Sañico│Yamila Tobio│Yamila Verón│Yazmín Morales│Ymará Prieto

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Valentina Azul Abelenda (11)


Un Quijote para niños ilustrado por los niños de Azul. El proyecto “En general puedo decir que me gustan los artistas trágicos, especialmente los más clásicos. Hay una bella definición que Cervantes pone en boca del bachiller Carrasco haciendo el elogio de la historia de Don Quijote: ‘Los niños la traen en las manos, los jóvenes la leen, los adultos la entienden, los viejos la elogian’. Esta puede ser para mí una buena definición de lo que son los clásicos.” Francisco1

En 2005 y en conmemoración del IV Centenario de la publicación de la Primera parte del Quijote, y promovidos por la Consejería de Cultura y Deportes del Ayuntamiento de Madrid, niños madrileños ilustraron la primera parte del Quijote en una adaptación de Diana Calderón Romo, José Manuel Lucía Megías y Nieves Sánchez Mendieta. Como resultado de ese proceso, la Dirección General de Archivos, Museos y Bibliotecas de la Comunidad de Madrid editó el libro: Las aventuras de Don Quijote de la Mancha y de su escudero Sancho Panza. En 2007 la designación de Azul como Ciudad Cervantina de la Argentina movilizó a amplios sectores comunitarios y

1. La frase fue mencionada en la entrevista “Soy un pecador en el que el Señor ha puesto sus ojos”, en la edición del 19 de septiembre de 2013, Año 164, página 449, de la revista La Civiltà Cattolica. Una versión en español completa puede leerse en el diario Perfil (http://www.perfil.com/internacional/Soy-un-pecador-en-el-que-elSeor-ha-puesto-sus-ojos-20130921-0041.html) de Argentina. La cita ortiginal del Quijote dice “...porque es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran”. Don Quijote de la mancha, II Parte, Capítulo IV. Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse.

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desde el Centro de Estudios Cervantinos de Alcalá de Henares se propuso replicar aquel proyecto y ampliarlo con vistas a 2015 ilustrando las dos partes del Quijote. Desde entonces se han realizado especialmente nuevas adaptaciones del clásico cervantino, en 2007 su primera parte por José Manuel Lucía Megías y Margarita Ferrer, con la colaboración de Diana Calderón y Nieves Sánchez Mendieta y en 2012 las dos partes del clásico para editar en un tomo por Diana Calderón Romo, Marta Calzón Iglesias y José Manuel Lucía Megías. Para avanzar en el proyecto fue necesaria una distribución de contenidos y materiales equitativa, que diera a todos los niños la igualdad de oportunidades para participar. A tal efecto el Diario El Tiempo de Azul publicó las dos partes en ediciones masivas con papel de diario para facilitar la llegada a todas las escuelas. Los materiales (pinturas, témperas, acrílicos, lápices, tintas, pigmentos y hojas) fueron provistos por el aporte de instituciones públicas y privadas que patrocinaron el proyecto. El proyecto Un Quijote para niños ilustrado por los niños de Azul, estuvo organizado por el Instituto Cultural y Educativo del Teatro Español de Azul y la Escuela de Estética con la Coordinación de Margarita Ferrer. En su desarrollo produjo 1500 ilustraciones de la primera parte del Quijote y 3.900 de la segunda. En 2008 se realizó una muestra completa de los trabajos realizados en la sede de la Cruz Roja filial Azul. Para su concreción, las escuelas trabajaron durante meses con niños desde los 2 a los 12 años con un capítulo asignado especialmente mediante un sorteo público. Se capacitó a

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los docentes en ilustración mediante talleres participativos y voluntarios en los que se formaron directivos, maestros y profesores de plástica. Los encuentros versaron sobre ilustración de libros infantiles, Cervantes y el contexto histórico en que se desarrolló la obra y sobre el contenido literario de las versiones del Quijote que utilizarían las escuelas. A lo largo de su desarrollo el proyecto fue integrando a otros actores comunitarios como inspectores de primaria, maestros, profesores de plástica, padres, empresarios, medios de comunicación local, distintos agentes locales, provinciales y nacionales que se comprometieron desde el comienzo. En 2008 la Editorial Alfaguara del Grupo Santillana publicó una tirada de 3.000 ejemplares de la primera parte en un libro: “Las aventuras de don Quijote de la Mancha y de su escudero Sancho Panza”. En 2010 se documentó en video la experiencia. En 2013 cerrando lo planificado originalmente Editorial Azul S.A., empresa recientemente constituida por aportes argentinos y españoles, publica el libro “El Quijotito” que contiene las dos partes en un tomo utilizando la adaptación inédita de 2012. El proyecto Un Quijote para niños ilustrado por los niños de Azul mereció la declaración de Interés Educativo por el Consejo General de Educación (Res.3251/07); de Interés Académico por la Universidad Nacional de La Plata (Res. 737/07); de Interés Educativo Provincial por la Cámara de Diputados de la Pcia de Bs. As (Res.1486/07-08); de Interés Académico por la Universidad Nacional del Centro, Facultad de Agronomía (Res.153/2007). El Ministerio de Educación de

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la Nación: (http://www.mapaeducativo.edu.ar/quijotito/ ) en el marco del Festival Cervantino 2012 se presentó el “Mapa del Quijotito”, proyecto que ha incorporado al Portal Educativo del Ministerio de Educación de la Nación la información de este proyecto, sus dibujos, alumnos, docentes y escuelas, en un mapa de actividades educativas georeferenciadas. Con satisfacción y orgullo afirmamos que este proyecto y su edición constituyen un hito en la historia de Don Quijote y quizá la primera vez en que las dos partes de la obra son ilustradas por los niños de una comunidad. Instituto Cultural y Educativo del Teatro Español de Azul Asociación Española de Socorros Mutuos de Azul Azul, Argentina Noviembre de 2013

Agradecimientos: A los establecimientos educativos urbanos y rurales del partido de Azul, sus maestros, directivos, bibliotecarios y docentes de Educación Artística que participaron en el proyecto: de gestión pública Nº: 1, 2, 4, 6, 7, 13, 14, 16, 17, 18, 21, 22, 23, 24, 25, 26, 27, 28, 29, 30, 31, 32, 33, 34, 36, 37, 38, 39, 43, 48, 50, 51, 53, 55, 57, 62 , 64, 65, 66, 67 y la Escuela de Estética; de gestión privada los colegios e institutos: Inmaculada Concepción, Los Girasoles, San Cayetano, San Francisco, Sagrado Corazón, Sagrada Familia, Mariano Moreno e Instituto del Carmen. A las siguientes personas: Adriana Ciotta, Alfredo Ronchetti, Antonio Prats Marí, Blanca Prat de Casares, Cecilia Pradini, Diana Calderón Romo, Estela Cerone, Guillermina Filippetti, Guillermo Bargna, Irma Cañete de Gayani (+), Jose Bendersky, José 292


Manuel Lucía Megías, Laura Vaccari, Liliana Crhistensen, Luis Librandi. Luis María Lafosse, Margarita Ferrer, María Eugenia Pucheu, María Fernanda Maquieira, María Teresa Pochat, Marta Calzón Iglesias, Mónica Weiss, Nélida Toscano, Rosana Calderaro y Violeta Noetinger. Instituciones participantes y organizadoras:

Patrocinantes

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Ilustradores


Agustina Dieguez (11) • 6º Año • Escuela Nº 67 Agustina Fittipaldi (7) • 1º Año • Colegio Sagrada Familia Agustín Escobar (11) • 6º Año • Escuela Nº 21 Agustín Labourdette • Escuela Rural Nº 53 Agustín Rui (10) • 5º Año • Colegio Mariano Moreno Alejandro Garro (9) • 4º Año • Escuela Rural Nº 16 Ana Laura Aducci • Escuela Rural Nº 16 Ángeles Borneo (12) • Escuela Nº 67 Antonela Fernanda Frías • Escuela Rural Nº 30 Antonella Santillan (11) • 6º Año • Escuela Nº 13 Augusto Laperne (10) • 5º Año • Colegio Mariano Moreno Braian Soruco (9) • 4º Año • Escuela Rural Nº 16 Brenda Cáceres (8) • 3º Año • Escuelas Nº 1, 2 y 4 Brian Fernández (11) • 6º Año • Escuela Nº 2 Camila Bongiorno (8) • 3º Año • Escuela Nº 67 Candela Demartini (7) • 2º Año • Colegio Sagrado Corazón Carla Scalcini (11) • 6º Año • Escuela Nº 2 Carlos Góngora • Escuela Rural Nº 55 Carolina Bongiorno (11) • 6º Año • Escuela Nº 67 Carolina Pacheco (11) • 6º Año • Escuela Nº 2 Carolina Romero (12) • 6º Año • Escuelas 1, 2 y 4 Clara María Muñoz • Escuela Nº 64 Cristian Castro (10) • 5º Año • Escuela Rural Nº 29 Daniela Palacios (10) • 5º Año • Escuela Nº 13 Daniel Valseche (11) 6º Año Escuela Nº 27 Dante Díaz (7) • 2º Año • Escuelas Rurales Nº 6, 31 y 34 Diego Valicenti (12) • 6º Año • Escuela Nº 67 Elías Martinez (6) • 1º Año • Escuela Nº 21 Emilia Tiseira (6) • 1º Año • Colegio Inmaculada Concepción Enrique Rivas • Escuela Nº 27 Enzo Cepeda (11) • 6º Año • Escuelas Rurales Nº 6, 31 y 34 Esteban Binzugna (12) Evangelina Gallicchio (11) • 6º Año • Escuela Nº 7 Evangelina Puyau • Escuela Nº 1 Evelyn Martínez • Escuela Rural Nº 37 Ezequiel Lamas • Escuela Nº 27 Facundo Gómez (9) • 4º Año • Escuela Rural Nº 55 Facundo Magallanes • Escuela Rural Nº 16 Federica Arla (9) • 3º Año • Colegio San Cayetano Florencia Andiarena (8) • 3º Año • Escuela Nº 22 Franca Lafosse (9) • Escuela de Estética Francisco Oteo (7) • 1º Año • Colegio Sagrada Familia

86 72 44 208 61 164 127 227 204 30 66 170 146 48 90 251 49 273 88 56 151 108 19 31 78 153 279 42 7 184 157 145 103 14 193 181 118 129 263 79 202 73


Francisco Oteo • Escuela de Estética Gabriela Rampoldi • Escuela Nº 6 Gabriel Cejas (10) • 5º Año • Colegio Mariano Moreno Gabriel Jurado Tolana • Escuela Nº 14 Gerónimo Dhereté (8) • 3º Año • Colegio San Cayetano Gimena Cornec (10) • 5º Año • Escuela Nº 17 Gustavo Lara (11) • 6º Año • Escuela Nº 67 Gustavo Mansilla • Escuela Nº 6 Hugo Bianculli • Escuela Rural Nº 25 Hugo Silva (8) • 3º Año • Escuela Nº 28 Ivonne Cuevas • Escuela Nº 64 Jeremías Mundo (10) • 5º Año • Escuela Nº 17 Joaquín Mundet • Escuela Rural Nº 25 Joaquín Ríos (8) • 3º Año • Escuela Nº 21 Jonathan Colona • Escuela Nº 7 y 64 Jorge Jurado • Escuela Rural Nº 16 Josefina Bigalli (12) • 6º Año • Colegio Inmaculada Concepción Juana Randazzo (9) • 3º Año • Colegio San Cayetano Juan Segundo Pedernera Rojas • Escuela Nº 18 Julián Cepeda • Circuito de Escuelas Rurales Nº 57, 33, 37, 38 y 65 Julián Cilano (11) • 6º Año • Escuelas Nº 1, 2 y 4 Julieta Rodriguez (8) • Colegio Los Girasoles Karen Carrizo (9) • 4º Año • Escuela Nº 66 Karen Long (10) • 5º año • Escuelas Nº 64 y 66 Ketherina Prost • Escuela Nº 28 Kevin Herrera (10) • 5º Año • Escuela Nº 13 Kevin Vigil • Colegio Mariano Moreno Leontina Ocampo • Escuela Nº 26 Lucía Martínez • Escuela Rural Nº 37 Luciano Pablo (11) • Escuela Nº 67 Lucila Gallo (6) • 1º Año • Colegio Mariano Moreno Luz Marina Vázquez (11) •­­6º Año • Colegio del Carmen Magalí Marino (10) • 5º Año • Colegio Mariano Moreno Magdalena Pittaluga • Escuela de Estética Manuel D´amico (10) • Colegio Inmaculada Concepción Manuel Shiroma (7) • 2º Año • Colegio San Cayetano Marcelo Alonso (10) • 5º Año • Escuela Nº 28 Marcelo Arredondo • Escuela Nº 62 Marcos Avellaneda • Escuela Nº 1 María de los Angeles Pedemonte • Escuela Nº 17 María Emilia Alfaro (10) • Colegio Inmaculada Concepción

236 97 68 167 36 98 91 93 38 24 216 102 40 45 104 128 13 265 176 57 149 274 20 220 25 160 247 136 190 225 244 139 63 135 255 34 26 114 15 179 261


María Lourdes Agüero (7) • 2º Año • Escuela Nº 14 125 Marianela Choque/ Ailén Vazzano • Escuela de Estética 241 Mariano Garay (11) • Escuelas Nº 55 y 62 215 María Paz Zubiri (9) • 3º Año • Colegio San Cayetano 266 Mariela Castelli (10) • 5º año • Escuelas Nº 64 y 66 224 Marison Tito (10) • 5º Año • Escuela Nº 17 100 Martín Elgar • Escuela Nº 23 95 Maxi Etchepare • Escuelas Nº 17 y 18 145 Melina Sánchez (9) • Escuela de Estética 200 Melina Solange Bermay • Escuela Nº 17 173 Mercedes Mele (10) • 5º Año • Colegio Inmaculada Concepción 12 Micaela Mirande • Circuito de Escuelas Rurales Nº 57, 33, 37, 38 y 65 59 Micaela Quiroga (9) • Escuelas Nº 55 y 62 212 Michael López (8) • 3º Año • Escuela Nº 13 32 Milagros Lundbye (10) • 6º Año • Escuela Nº 2 52 Milagros Olivera (12) • 6º Año • Escuelas 1, 2 y 4 148 Milagros Sañudo (10) • Escuelas Nº 55 y 62 209 Nahuel Alegre (9) • 3º Año • Colegio Sagrada Familia 272 Nahuel Cartaman (11) • 6º Año • Escuela Nº 28 29 Nahuel Gallardo (9) • 4º Año • Escuela Rural 22 Nahum Grimaldi • Escuela Nº 66 218 Narella Prados (10) • Colegio Inmaculada Concepción 259 Natalí Toledo (7) • 2º Año • Escuela Nº 22 80 Nicolás Alvarez (9) • 4º Año • Colegio Sagrada Familia 70 Nicolás Peralta (7) • 2º Año • Colegio Sagrado Corazón 250 Oriana Habitante • Escuela de Estética 198 Raúl Toledo (10) • 5º Año • Escuela Nº 27 75 Santiago Dipietro (10) • Escuela Nº 67 233 Silvana Lotero (11) • 6º Año • Escuela Nº 62 111 Silvina Ramallo (11) • 6º Año • Escuela Nº 62 112 Sofía Combessies • Escuela Rural Nº 26 133 Sofía Pedernera (8) • 3º Año • Escuela Nº 13 158 Solange Pesente (11) • 6º Año • Escuela Nº 62 117 Suyara Barrientos • Escuela Nº 27 189 Talía Molero Paz (11) • Colegio del Carmen 141 Tomás Albornoz (6) • 1º Año • Colegio Inmaculada Concepción 9 Tomás Lardapide (9) • 4º Año • EscuelaRural Nº 32 18 Valentina Aguirre (9) • 3º Año • Colegio Sagrada Familia 269 Valentina Azul Abelenda (11) 286 Valentina Larrosa • Colegio Mariano Moreno 246 Valentina Santomauro • Escuela de Estética 238 Zacarías Yaben (7) • 2º Año • Escuela Rural Nº 55 122


Ă?ndice


PRIMERA PARTE CAPÍTULO 1: De cómo el hidalgo Alonso Quijano se convirtió en el caballero andante don Quijote de la Mancha CAPÍTULO 2: De cómo el caballero don Quijote de La Mancha salió en busca de aventuras y cómo llegó a una venta que a él le pareció un castillo CAPÍTULO 3: De la extraña manera que tuvo el ventero de armar caballero a Don Quijote de La Mancha CAPÍTULO 4: De cómo triunfó don Quijote en su primera aventura y de la suerte del mozo Andrés, que nunca más se olvidó de nuestro caballero CAPÍTULO 5: De cómo don Quijote se encontró con unos mercaderes y de la paliza que le dieron porque no querían reconocer la hermosura de Dulcinea CAPÍTULO 6: De cómo don Quijote volvió herido a su aldea CAPÍTULO 7: De cómo el cura y el barbero quemaron los libros que habían vuelto loco a Don Quijote CAPÍTULO 8: De cómo don Quijote y Sancho Panza salieron en busca de aventuras y de la que encontraron con unos molinos de viento 42 CAPÍTULO 9: De cómo don Quijote, después de muchos esfuerzos, consiguió vencer al vizcaíno CAPÍTULO 10: De cómo don Quijote y Sancho Panza fueron derrotados y heridos por unos malvados cabreros CAPÍTULO 11: De cómo Don Quijote y Sancho Panza llegaron a una venta y de la peligrosa aventura que les sucedió por la noche con la criada Maritornes CAPÍTULO 12: De cómo don Quijote y su escudero salieron de la venta y del curioso modo que tuvo Sancho Panza de pagar la cuenta CAPÍTULO 13: De cómo don Quijote consiguió el famoso Yelmo de Mambrino CAPÍTULO 14: De cómo don Quijote liberó a los galeotes y la extraña manera que tuvieron de agradecérselo CAPÍTULO 15: De cómo don Quijote y Sancho llegan a Sierra Morena y de la extraña conversación con Cardenio CAPÍTULO 16: De la extraña penitencia de amor que hizo don Quijote en Sierra Morena

8 14 18 24 30 34 38

48 57 61 70 75 79 86 93


CAPÍTULO 17: De cómo el cura y el barbero salen en busca de don Quijote y de su encuentro con Sancho Panza CAPÍTULO 18: De cómo el cura, el barbero y Sancho Panza se encuentran con Dorotea y su maravillosa transformación en la Princesa Micomicona CAPÍTULO 19: De cómo caballeros y damas volvieron a la venta y de la extraña aventura de los cueros de vino que venció don Quijote estando dormido CAPÍTULO 20: De cómo se dio fin a la aventura del Yelmo de Mambrino CAPÍTULO 21: De la extraña manera que fue encantado Don Quijote y de lo que les sucedió camino de su aldea CAPÍTULO 22: De la única y nunca vista aventura que le sucedió a don Quijote con unos disciplinantes CAPÍTULO 23 y último de la primera parte: De la forma que tuvo Don Quijote y su escudero Sancho Panza de volver a su aldea

98 103 111 118 125 133 139

SEGUNDA PARTE CAPÍTULO 1: De cómo don Quijote volvió a salir en busca de aventuras caballerescas CAPÍTULO 2: De cómo don Quijote y Sancho se enfadaron (e hicieron las paces) antes de la tercera salida CAPÍTULO 3: De la extraña forma en que fue encantada Dulcinea del Toboso y otros sucesos dignos de memoria CAPÍTULO 4: De cómo don Quijote venció al Caballero de los Espejos, también conocido como Caballero del Bosque CAPÍTULO 5: Sobre la más peligrosa aventura a la que nunca se enfrentó don Quijote CAPÍTULO 6: De cómo don Quijote y Sancho Panza participaron en las nunca celebradas Bodas de Camacho CAPÍTULO 7: De la extraña aventura del Retablo de Maese Pedro CAPÍTULO 8: De cómo don Quijote y Sancho Panza estuvieron al borde de la muerte

146 153 158 164 173 181 190 198


CAPÍTULO 9: De cómo don Quijote y Sancho llegaron al castillo de los duques CAPÍTULO 10: Donde se prosigue el curioso recibimiento de don Quijote y Sancho en el castillo de los duques CAPÍTULO 11: Cuenta la historia el modo en que se pudo desencantar a Dulcinea del Toboso CAPÍTULO 12: De la famosa e increíble aventura de Clavileño CAPÍTULO 13: De lo que le sucedió a Sancho Panza como gobernador de la Ínsula Barataria CAPÍTULO 14: En que narra la curiosa manera en que Sancho dejó de ser gobernador de la Ínsula Barataria CAPÍTULO 15: De la alegría que sintieron don Quijote y Sancho Panza al reencontrarse CAPÍTULO 16: Que cuenta las aventuras que vivieron don Quijote y Sancho Panza en Barcelona, como las curiosas respuestas de la Cabeza Encantada CAPITULO 17: De cómo don Quijote fue vencido en Barcelona por el Caballero de la Blanca Luna CAPÍTULO 18: De cómo Dulcinea del Toboso terminó por ser desencantada por Sancho Panza CAPÍTULO 19 y último: De cómo don Quijote y Sancho legaron a su pueblo y del fin de esta maravillosa historia ILUSTRADORES

204 209 216 225 236 236 244 250 255 263 269 273 292

Quijotes y Soles por los Niños de Azul

280

Un Quijote para niños ilustrado por los niños de Azul. El Proyecto

285


Este libro se terminó de imprimir el 31 de octubre de 2013, a 84 años del inicio del servicio aéreo de correo patagónico. Uno de sus pilotos fue Antoine de Saint Exúpery que en camino a su destino sobrevolaba la ciudad de Azul. Catorce años después publicó su obra El Principito.


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El Quijotito  

Un Quijote para niños ilustrado por los niños de Azul Editorial Azul (Argentina)

El Quijotito  

Un Quijote para niños ilustrado por los niños de Azul Editorial Azul (Argentina)

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