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EL ESPEJO DE LOS MISTERIOS

Alejandro 3ยบESO-B Fernรกndez Nยบ22 Sรกnchez 11-Junio-2007


ÍNDICE Capítulo

Página

1 Empieza la aventura

2

2 La mansión misteriosa

4

3 Historias de terror ante el espejo

7

4 ¿Me prestas tus apuntes?

10

5 El espíritu del colegio

12

6 Al otro lado

14

7 El libro mágico

17

8 El sueño

19

9 De vuelta a casa

22


CAPÍTULO 1: EMPIEZA LA AVENTURA Esta historia que voy a contaros, queridos lectores, ocurrió realmente y, para ser más concreto, me pasó a mí. Trata sobre una serie de hechos misteriosos que sucedieron tiempo atrás y han quedado en mi memoria desde entonces. Mi nombre es Miguel y ahora tengo cuarenta y ocho años, así que retrocedamos en el tiempo hasta cuando tenía quince. Era 4 de enero de 1959, el día de mi cumpleaños. Estaba en Burgos, más precisamente en mi pueblo. Había ido allí con mi familia a pasar las navidades y a celebrar mis quince años con mis amigos. Era por la mañana temprano y, al despertarme, recordé la fecha en la que estaba. Me levanté deprisa y corriendo y, bajé derecho al salón sin siquiera pasarme por el cuarto de baño para lavarme la cara. Allí, al pie del árbol de navidad, estaban mis regalos esperando que los abriera, escena que se repetiría dos días más tarde por la llegada de los Reyes Magos. Comencé a desenvolver los regalos como si mi vida dependiese de ello. Nunca había recibido tantos por el día de mi cumpleaños, por lo que decidí desenvolverlos con un cierto orden. Primero fui abriendo los de menor tamaño: unos calcetines, un reloj, un libro... pero entre todos aquellos presentes no estaba lo que yo más anhelaba: una bicicleta. Muy triste, busqué alrededor del árbol por si me había dejado algún paquete. Una caja de medio metro recubierta de papel azul de regalo asomaba entre algunas ramas, así que la cogí para desenvolverla, a desgana, por supuesto, porque una caja tan pequeña y de tan poco peso no podía contener algo como lo que yo esperaba. Para mi sorpresa, descubrí unas protecciones para la bicicleta, que incluían casco y coderas, de los más modernos del momento. Se me dibujó una sonrisa en la cara y subí a mi habitación del segundo piso tan rápido que incluso me tropecé con el último escalón y caí. Al llegar, abrí la ventana y miré con admiración la bicicleta nueva que se encontraba bajo el almendro del jardín. Antes de bajar, me vestí para no salir en pijama y pasé por el salón para coger el casco. Todo esto intentando hacer el menor ruido posible para no despertar a mis padres. Salí afuera, al jardín, donde me esperaba mi bicicleta. Era de color rojo y de cerca era más asombrosa. ¡Qué sensación! ¡Qué alegría cuando me subí en ella por primera vez! Con el casco en la cabeza y ya montado sobre mi bici, pedaleé y comprobé que era rápida y segura a la vez. Después de probarla, la


dejé allí mismo y entré otra vez en casa. A la hora del desayuno llené a mis padres de besos. Con aquel regalo se había confirmado que esas habían sido las mejores navidades que he vivido. No dudé en llamar a mis amigos Luisa, Víctor, Mari Carmen y Vicente para dar una vuelta con mi bici nueva. Eran dos chicos y dos chicas de la misma edad que yo, aunque algo mayores. Quedamos esa misma tarde y fuimos dando un paseo por todo el pueblo, felices por estar juntos, porque casi nunca coincidíamos todos a la vez en el pueblo durante las vacaciones, y eso que nos conocíamos desde muy pequeños. Pasamos por varias calles saludando a todos los conocidos, después por la plaza de toros y, finalmente, llegamos a un cruce entre dos caminos. Uno de ellos lo habíamos recorrido cientos de veces y llevaba hasta la iglesia, pero cuando nos disponíamos a ir hacia allí, uno de los chicos propuso ir por el otro camino. Éste era de unos trescientos metros y, en él, se divisaba un bosque a lo lejos. Nunca habíamos oído a nadie hablar sobre él y tampoco habíamos ido, por ser pequeños y tener miedo, por lo que fuimos por ahí. Hicimos una carrera para saber cuál era la mejor bicicleta. La mía no me decepcionaba, corría como ninguna. Víctor se cayó a la mitad del camino y los demás se pararon a ayudarle, menos yo. Llegué el primero y contemplé el paisaje que me rodeaba. Tenía características que lo hacían sombrío, misterioso y muy peculiar: las hojas de los árboles estaban negruzcas, los troncos de éstos eran finos y grisáceos, sólo veía pequeños insectos y lagartijas, no había ningún tipo de ave, era totalmente silencioso y se respiraba un olor a tierra seca que era insoportable. Por eso, decidí llamarlo “el Bosque Muerto”. Segundos después, llegaron los demás y miré sus caras de asombro. Estuvimos decidiendo si explorar o no y, al final, decidimos adentrarnos en aquel extraño lugar, el Bosque Muerto.


CAPÍTULO 2: LA MANSIÓN MISTERIOSA A medida que íbamos avanzando, el terreno se hacía más desigual y húmedo. Incluso algunas raíces de los árboles más altos sobresalían del suelo. Pero no nos fijábamos en eso, sino en la constante falta de luz y en las numerosas plantas que teníamos que esquivar con nuestras bicicletas, con las que cada vez íbamos más deprisa. La mía seguía impresionándome de lo buena que era. Pasado un tiempo encontramos una casa, pero no era una casa cualquiera, sino una mansión enorme. Contrastaba con el lugar oscuro en el que estábamos, pues era de un color blanco tan brillante como no habíamos visto ninguno. Mis cuatro amigos estaban muy sorprendidos. Aunque habíamos vivido situaciones extrañas, ésta era una de las que más. No sentimos ningún tipo de miedo, pero sí curiosidad por entrar dentro para ver qué podíamos encontrarnos. Estoy seguro de que cada uno nos imaginábamos algo diferente, aunque supongo que todos coincidíamos en que la mansión estaría deshabitada. Lo que estaba pasando era muy poco normal: ir por un camino del pueblo, que podíamos haber recorrido siempre que quisiéramos, encontrarnos con ese bosque y llegar a una reluciente mansión en medio de la oscuridad, que perfectamente podría pasar por una mansión lúgubre de una película o historia de miedo. De todas formas, cruzamos la verja y dejamos las bicicletas en el jardín, si se podía llamar así, ya que no había ninguna planta viva. Todo era tan oscuro y seco como el bosque que dejábamos atrás. Luisa se aproximó a la puerta de entada y nos susurró que no se podía abrir, que estaba cerrada. No podíamos irnos y dejar pasar la oportunidad de entrar. Por lo tanto, rodeamos la mansión por nuestra derecha. Rodearla nos llevó más tiempo de lo que creíamos. Cuando giramos la segunda esquina para ver si había alguna puerta trasera por la que acceder al interior, descubrimos que sí, pero no nos fijamos precisamente en eso, sino en un cementerio con muchas tumbas. Había por lo menos un centenar de lápidas. Como vi que ninguno de mis amigos hacía nada, me acerqué. A Vicente no le interesó, él lo que quería era entrar en la mansión, así que fue hacia la puerta trasera, que era muy simple, mucho más que la principal. Mis otros tres amigos y yo nos animamos a leer algunas de las inscripciones:


Luis Rodríguez Montoro (1902-1955) Soy un alma sin cuerpo, un triste recuerdo. Mercedes Aguilera Garrido (1930-1946) Veo a la muerte vestida de negro. Lázaro Vargas Gil (1877-1951) Al entrar en la mansión mi cuerpo quedó maldito. Alberto Alonso Martín (1896-1941) He vuelto desde el otro lado. Juan Carlos Antón de la Vega (1901-1959) Magia convertida en tragedia, odio y miseria. Un escalofrío nos recorrió el cuerpo. Después de cada nombre y fecha había frases misteriosas marcadas con algo afilado que podían ser uñas. Ése último que leímos había muerto en ese mismo año. Incluso había quien había muerto muy joven. Nos quedamos un rato pensativos. Vicente seguía intentando abrir la puerta y no se estaba enterando de nada. De repente dijo: -¡Está abierta! -y sonó un tremendo trueno que, del sobresalto, provocó que todos fuéramos hacia él y entráramos por la puerta. De pronto, caímos al vacío, pues no había suelo. Pero la caída fue corta. Nos encontrábamos, sin saber cómo, en una piscina de agua muy fría. Evidentemente, estábamos por debajo del suelo. Subimos por el bordillo y, mientras comentábamos lo ocurrido, exprimíamos nuestra ropa para deshacernos del exceso de agua. Se oía música de organillo a lo lejos, pero no sabíamos por qué. Pasamos por la única puerta que había, que estaba muy degradada y sucia, y tenía un pomo redondo. Dentro, la música se oía con más volumen. Había una tabla circular de madera girando sobre un eje. Era como los tiovivos con caballitos que solíamos ver en las fiestas del pueblo por la noche, pero sin ellos. La sala también era circular y tenía dos puertas. Una de ellas era por la que habíamos entrado. Las paredes estaban decoradas con cuadros de personas de aspecto serio y frío. Los cinco subimos a la madera y por consiguiente comenzamos a dar vueltas. Mari Carmen se cayó, y por alguna extraña razón, un hombre que estaba pintado en uno de los cuadros, se movió y se puso a gritar: “¡¡¡AAAAAAAAAAAAH!!!” Todos dimos un brinco y gritamos también mientras escapábamos por la puerta


por la que no habíamos entrado. -¿Qué ha sido eso?¡Menudo susto! La desesperación fue mayor cuando nos dimos cuenta de que nos encontrábamos en una habitación en la que no cabíamos más de los que éramos. Estuvimos allí alrededor de cinco minutos. No queríamos salir por miedo a encontrarnos con ese cuadro viviente. Como me cansé de estar de pie, decidí apoyarme contra la pared, haciendo un esfuerzo para que no me diera asco tocarla, ya que estaba muy sucia. Al apoyarme, descubrí que la pared era traspasable, lo que provocó que yo cayera hacia atrás a una nueva habitación. Tenía la mitad del cuerpo en ella y las piernas asomando en la habitación pequeña, donde estaban mis amigos, quienes traspasaron la pared también para encontrarse conmigo y ayudarme a levantarme. Ahora estábamos en una biblioteca. Largas estanterías colocadas paralela y perpendicularmente, contenían una gran cantidad de libros antiguos, lo que dejó maravillada a Luisa, quien se puso a leer descontroladamente. A los demás no nos interesaba leerlos en ese momento, así que estuvimos en silencio esperando a que terminara tal afición. No se oía ningún tipo de ruido extraño. Sólo se oía a Luisa de vez en cuando hablar para sí misma: “¡Ay, esto!¡Ay, lo otro!”. Víctor y yo comentamos sentados en el suelo que ya nos estábamos hartando de estar ahí tanto tiempo. Mientras, mirábamos a lo alto de una estantería. Los dos nos percatamos de que un libro plateado se estaba moviendo y saliendo solo de entre los demás libros de la estantería. Finalmente, el libro cayó desde ahí arriba con un fuerte golpe: “¡POM!”. “¡¡¡AAAAAAAAAAAAH!!!”. Volvió a sonar de lejos, el desgarrador grito del hombre del cuadro de la habitación de al lado. Todos volvimos a salir corriendo hacia la siguiente puerta, como en la ocasión anterior. Tras la puerta había un pasillo largo, y lo más extraño era... ¡que estaba completamente retorcido!


CAPÍTULO 3 :HISTORIAS DE TERROR ANTE EL ESPEJO La alfombra roja que había bajo nuestros pies, al igual que el suelo que había debajo, se iba girando hacia la pared de la derecha hasta que llegaba al techo, que estaba tan bajo que podíamos tocarlo si saltáramos. Después, el camino, seguía hacia abajo por la pared de la izquierda hasta el suelo habiendo dado una vuelta completa como una espiral. Al fondo pudimos divisar la barandilla de unas escaleras que suponíamos que estarían al girar la esquina. Así que mirándonos y asintiendo, avanzamos por el pasillo retorcido. A medida que avanzábamos, el pasillo iba girando sobre sí mismo permitiéndonos en todo momento estar sobre la alfombra roja. Era una sensación muy extraña. Víctor comenzó a marearse, y la verdad es que todos nos empezamos a encontrar fatal. De pronto la luz se apagó. El miedo nos invadió. Pero en ese mismo instante apareció una luz verde muy intensa. Todos podíamos verla bien y, además, no iluminaba el resto de sala. Fue avanzando poco a poco hacia la puerta. Así que, como era la única luz que veíamos, la seguimos y, gracias a ella, conseguimos pasar al otro extremo. Volvió la luz. Vimos la barandilla en la que nos fijamos antes, y giramos la esquina entera para subir por las escaleras a la planta baja de la mansión. Decidimos que salvo que fuera la única manera de salir del edificio, no volveríamos a bajar al piso subterráneo. Por fin estábamos en la sala principal. Era muy amplia. Podíamos ver desde dentro, la puerta principal por la que no conseguimos entrar en su momento, unas escaleras que conducían al piso superior formado por varias puertas con más salas por las que no pensábamos pasar, las escaleras que conducían al piso subterráneo, y otra puerta solitaria que había a nuestra izquierda. Después de que Luisa volviera a confirmarnos que la puerta principal no se abría, decidimos entrar por esa puerta. Allí, había algunas estanterías con libros y un espejo en el centro de la sala. Éste era muy brillante, alumbraba el lugar, que era algo oscuro. En la pared del fondo había una mancha roja, posiblemente sangre. La curiosidad me obligó a acercarme a tocar esa sangre con el dedo. Me di cuenta de que no se podía tocar, pues era otra pared traspasable que conducía al exterior. Saqué la cabeza fuera y vi que me encontraba frente al cementerio, justo al lado de la puerta trasera por la que caímos a la piscina.¡Pudimos traspasar la pared y llegar a la sala del espejo sin tener que dar toda la vuelta! Algo más optimista, les dije a mis amigos:


-¡Por fin he encontrado la salida! Pero ellos me dijeron que querían quedarse allí a contar historias de miedo porque, si no, estaríamos desaprovechando la oportunidad. A mí no me pareció muy buena idea, es más, me parecía extraña e insensata. Hasta el momento estábamos desesperados por buscar la manera de salir pero les hice caso por no decirles que no. Nos sentamos todos junto al espejo y Mari Carmen comenzó su historia sin avisar: -Mi historia trata sobre dos hermanas de quince y seis años a quienes les cambia la vida en una noche. Esa noche, Celia y Tere están cenando antes de lo habitual porque sus padres les han dicho que se vayan a la cama enseguida. En menos de quince minutos la casa queda completamente silenciosa. Todos están dormidos, menos Celia, la hija de quince años. Ella no consigue conciliar el sueño. Bueno, Tere, la pequeña, tampoco puede dormirse porque es muy miedosa. Así que Tere se mete en la cama de Celia para tener a alguien a su lado y dejar de tener miedo. Pero eso no es posible, ya que de pronto oyen a alguien chillar en la calle. Las dos se asoman a la ventana y ven a un hombre de aspecto extraño llevando un chubasquero. Sus ojos penetrantes destilan locura. Es él quien grita, sentado en medio de la carretera. Tere, asustada, deja escapar un pequeño grito. Pequeño, pero que consigue que aquel hombre vuelva su cara hacia las pobres hermanas y se quede mirándolas. Rápidamente, Celia coge a su hermana y la aparta de la ventana. Le dice que lo mejor será dormirse y olvidarse de todo. Pero no puede ser. En ese momento se oye un ruido de cristales rotos. Las dos hermanas vuelven a asomarse a la ventana y descubren que el hombre ya no está allí. Las dos salen al pasillo, una detrás de otra, y ven al individuo avanzando hacia ellas a grandes pasos, con un cuchillo enorme y sangriento entre sus dientes, sujetado por el filo de metal. Cuando ya llega a donde están ellas, se da la vuelta y entra en la habitación de los padres. Celia coge a Tere en brazos y se mete con ella en el armario. Las dos consiguen sobrevivir, pero sus padres no. Desde ese día, Celia y Tere están siempre alerta por si el asesino vuelve, porque nunca se puede saber qué va a pasar. -¡Qué chorrada!¡Eso no es nada! -saltó Víctor-. Que haya muertos no quiere decir que esa historia dé miedo. Lo que tiene que haber es un toque de misterio. Alfonso va cada día a clase en tren. Una mañana, se sienta al lado de un chico un poco extraño con un traje muy antiguo. A Alfonso nunca le habla nadie durante el trayecto pero, esta vez, antes de llegar a su destino, se le acerca el chico raro y le dice que su madre está en el andén de la próxima estación y le pregunta si puede ir a darle un papel. Después de describirle cómo es su madre,


el chico le entrega a Alfonso un mensaje escrito a lápiz en el que pone “Feliz Navidad, os quiero”. Cuando Alfonso se baja del tren, encuentra en poco tiempo a la mujer descrita por el chico, se acerca a ella y le da el papel. La mujer deja escapar algunas lágrimas de sus ojos y saca de su bolso una foto y le pregunta si el chico que sale es el que le ha dado el mensaje. Él responde que sí. Entonces la mujer rompe a llorar. Alfonso coge la foto del chico y le da la vuelta. Pone: “Javier, diciembre 1932”. Ahora no entiende nada. La mujer le explica que es su hijo. Había muerto hacía veintisiete años y cada Navidad ocurría lo mismo.


CAPÍTULO 4 : ¿ME PRESTAS TUS APUNTES? -¡Ja! -saltó Luisa esta vez-. Eso son cuentecillos de miedo que os cuentan por ahí, o que sacáis de las revistas. Ahora vais a saber lo que es un escalofrío. Esta historia me la he inventado yo misma y la he titulado “¿Me prestas tus apuntes?”. Es un día de colegio en pleno curso, un día como otro cualquiera. Raúl está muy aburrido sentado en su pupitre y esperando a que la semana termine de una vez por todas para poder ir a la fiesta de cumpleaños de su prima Verónica en Guadalajara. Cinco minutos después, la profesora entra en el aula y anuncia que hay un alumno nuevo en el colegio y que le ha tocado estar en esa clase. El alumno nuevo se llama Álex. Es suizo y habla perfectamente español. Ha venido por ciertos problemas que tenía su familia en Suiza. Además, tiene más familia aquí. Raúl tiene la suerte de que Álex se siente a su lado. Así le conocería mejor para ayudarle a adaptarse pronto. En poco tiempo se hacen tan amigos que siempre se cuentan todo y hacen los deberes juntos. Incluso van los dos al cumpleaños de su prima. Pero un día, Álex no va a clase. La profesora entra en el aula y da la mala noticia de que Álex ha fallecido en un accidente de coche. Raúl se va inmediatamente. No se lo puede creer. Ha perdido a su mejor amigo en un abrir y cerrar de ojos, como si realmente no hubiera pasado nada y hubiera sido un simple sueño. Por la tarde suena el timbre en su casa y es Álex. Raúl tampoco puede creerse esta vez lo que ocurre y le abraza con todas sus fuerzas. Le cuenta lo que habían dicho en clase. Álex dice que sólo fue un accidente sin importancia, y le pregunta: “¿Me prestas tus apuntes?”. Raúl se los da. Entonces, después de haber estado hablando durante tan solo un minuto, Álex se despide y se va. En el momento en que Raúl cierra la puerta, suena el teléfono. Raúl no lo coge. Está demasiado feliz como para hablar con alguien en ese momento. Cuando el teléfono deja de sonar, se dispone a hacer planes para el sábado. Decide invitar a Álex a su casa para ver una película, jugar un rato a los videojuegos y pasar la noche. Decidiera lo que decidiera, su amigo siempre iba a estar de acuerdo, porque tiene los mismos gustos que él. El teléfono vuelve a sonar, pero esta vez resulta interminable. Al final acaba cogiéndolo. Es su amiga Gloria, que le pregunta a Raúl si le acompaña al tanatorio a ver a Álex. Raúl se queda de piedra y responde que sí, sin contarle que le acababa de ver saliendo por la puerta de su casa. Puede que ella todavía no se haya enterado de que Álex está vivo. Sólo se limita a ir, por si acaso es un equivocación. Pero resulta que cuando llega allí, su amigo Álex está en el féretro. ¿Será una equivocación?¿Tal vez una broma?¿Es posible que todos se estén equivocando de persona? Además, tiene la piel demasiado blanca para ser Álex... sí. Raúl sabe que por mucho que quiera que su mejor amigo no sea el que en ese momento está viendo


con un aspecto deprimente, no puede hacer nada por evitarlo, porque sí es él. Raúl nunca habló con nadie sobre ese tema para que no pensaran que estaba loco. Quizás, Álex vino para despedirse de él. -Bueno... -dije yo-. Creo que nos estamos desviando un poco hacia temas más tristes que terroríficos. Y era verdad. Si no fuese por el ruido de los truenos que había en el exterior y por el lugar en el que estábamos esas historias no darían apenas miedo. Pero entonces me tocaba a mí.


CAPÍTULO 5 : EL ESPÍRITU DEL COLEGIO Había un hombre que vivía en un pueblo del sur de África muy poco poblado. Era director de un antiguo colegio que ahora era un lugar abandonado pero, pese a ello, él seguía viviendo allí. La educación no era la mejor, pero tampoco había muchos más recursos que utilizar. Cuando murió su mujer (en la época más provechosa de la historia del colegio), se rumoreaba por la escuela que quería que ésta siguiese a su lado, por lo que la descuartizó y la metió con mucho algodón detrás de los espejos de los servicios, frente a los lavabos. También se decía que si colocabas dos velas en el lavabo y abrías el grifo tres veces seguidas aparecería aquella siniestra mujer y te pediría algodón. Si le dabas el algodón que te pedía, te dejaría marchar con la condición de no contarle lo ocurrido a su marido. Si no se lo dabas o no le obedecías, te absorbería el alma condenándote durante toda la eternidad a vivir bajo su mandato. Cierto día, durante una de las clases, a un grupo de chicas adolescentes les llegó el rumor. Todas lo creyeron y empezaron a comentar qué pasaría si hicieran ese truco y de verdad apareciera la mujer del director. Ellas sólo habían visto a esa mujer cuando eran niñas pequeñas, por lo que ya no se acordaban de ella. Lo que sí sabían era que se llamaba Jennifer. Después de clase, todas las chicas se reunieron en un lugar de encuentro. Una de ellas recordó el tema de conversación que habían tenido en clase, y se pusieron a hablar sobre ello: -Yo me creo lo de que el director escondiera a su mujer tras los espejos de los servicios. -Y yo. Lo que no creo es que encendiendo dos velas y abriendo el grifo tres veces pueda aparecer. -Pues yo sí me lo creo. No puedes conocer los secretos que puede haber en ese colegio. Está maldito. No pienso volver nunca más. -¡¿De qué habláis?! Todo eso que os cuentan es completamente incierto. Y no voy a quedarme de brazos cruzados. Esta misma noche voy a ir allí sola con dos velas. Mañana por la mañana no se volverá a hablar del tema.¡Os lo aseguro! Esta chica era muy conocida entre sus amigas por su valentía, aunque también por su impaciencia. Tan valiente era, que por la noche se armó de valor y salió a la calle con dos velas, pero no llevaba nada de algodón. Entró por una grieta que había en la pared, ya que la escuela era muy antigua y estaba rota por todos lados. Llegó a los servicios, encendió las velas y abrió el grifo: “uno... dos... tres...” y... ¡apareció! Y, efectivamente, le pidió algodón, pero la chica no podía


moverse. Estaba paralizada por el miedo, así que el espíritu de la mujer empezó a separar su alma de su cuerpo, y cuando ya la iba a tomar como suya, se apagó una de las velas, la mujer del espejo frunció el ceño y desapareció. La otra vela también se apagó y todo quedó a oscuras. La chica apareció muerta por causas desconocidas y, hoy en día, ese lugar se considera maldito, porque creen que el espíritu de la chica vaga sin rumbo ni dirección por las ruinas del colegio. Cuando ocurrió esto, el director se fue pero, al salir por la puerta, cayó muerto al instante por causas también desconocidas. Se cree que los fantasmas del director y su mujer han adoptado al espíritu de la chica como si de su hija se tratase. Desde entonces, no se sabe cómo, pero el colegio aparece cada mañana más reconstruido...


CAPÍTULO 6 : AL OTRO LADO Después de contar las historias, Vicente pensó que lo mejor sería dejarse de todas esas tonterías y llegar a tiempo a casa. Yo le repliqué amenazante: -¿Qué pasa? ¿Es que tienes miedo? Él respondió que en absoluto. Víctor sugirió que votáramos la que había sido la mejor historia. Mari Carmen opinó que sería divertido y que cada uno dijera de qué iba la suya para que tuviéramos las ideas más frescas. Comenzó ella: -Mi historia trataba sobre aquel hombre que empezó a gritar en medio de la calle, que luego fue a casa de Celia y Tere y, aunque ellas consiguen escapar, él mata a sus padres. Luego le tocaba a Víctor: -Pues la mía trataba sobre Alfonso, el chico que recibió un papel de otro chaval, el del tren, y se bajó en otra parada a dárselo a la madre del chico. Luego se entera de que el hijo estaba muerto. Eso lo dijo con cierto retintín y mirando hacia Vicente, quien a cada momento temblaba más. Era el turno de Luisa: -Mi historia era la de los apuntes. Un chico que se llamaba Álex llegó nuevo al colegio y, bueno, pasado el tiempo, sus compañeros se enteraron de que su amigo había muerto en un accidente. Pero el chico muerto fue a ver a su mejor amigo a su casa y le dijo que estaba bien y que no tenía por qué preocuparse. Le pidió los apuntes y se fue. Al día siguiente, fueron al tanatorio a ver a Álex por última vez y, efectivamente, estaba ahí en su ataúd. Me fijé en que Vicente estaba muy nervioso y le pregunté si de verdad no tenía miedo ya que, a pesar de que el muchacho tenía un color de piel muy pálido normalmente, ahora estaba como la cera, amarillento y con los ojos llorosos. No me respondió, así que procedí a resumir la mía, y comencé: -Es la del espejo y el colegio. El director que descubrió a su mujer y que luego ésta se aparecía en los espejos del instituto pidiendo algodón. De repente Vicente se puso de pie y nos gritó: -¡Basta ya! Ya estoy harto de escuchar lo mismo. Me voy de aquí. No quiero que me castiguen por llegar tarde por vosotros. Le preguntamos si iba a atravesar solo el bosque y nos dijo que si no le creíamos capaz. Todos al unísono, entre risas, respondimos: -No. Víctor le respondió que si quería irse que se fuera pero que nosotros nos íbamos a quedar ahí. Luisa tomó la voz cantante del grupo: -¿Os habéis dado cuenta? Mirad al espejo.


De pronto, como si de magia se tratara, del cristal del espejo comenzaron a surgir unas palabras, en un idioma desconocido para nosotros. -¿Qué es eso? ¿Qué está pasando? -pregunté. Mientras, la sala comenzaba a oscurecerse, en ella sólo resplandecían las letras en un color brillante, como si fuesen de oro. -¡Eh! ¡Eso es latín! Exclamó Vicente con la cara desencajada por el miedo. Mari Carmen le preguntó si sabía leerlo y Vicente nos contó a todos que su abuelo le había enseñado un poco, pero que no sabía lo que ponía porque nunca había visto esas palabras en ningún sitio. Yo le dije que simplemente se limitara a leer lo que ponía. Vicente exclamó. Creo que él no sabía qué hacer o qué decir para librarse de aquello, y que había comprendido el significado de la frase “calladito estás más guapo”. ¡Qué verdad! Finalmente no le quedó más remedio que acceder a nuestra petición. Según lo que fue leyendo aquella frase decía algo así como: “Has cruzado al otro lado, tu hora ha llegado. No hay vuelta atrás. Es tu destino. Olvida el tormento, a ellos les tocará y me llevaré sus almas cuando llegue el momento. Verás el mundo del otro lado”. Me asusté porque, a medida que Vicente leía eso, al resto de mis amigos les envolvía el pánico. En ese momento vi con horror cómo Vicente caía desplomado al suelo y, por más que todos le intentábamos reanimar, fue imposible. Fue entonces cuando supimos que, por una chiquillada de adolescentes, Vicente había muerto. Estábamos abatidos y no sabíamos qué hacer ni cómo reaccionar. Nuestras cabezas eran mares de infinitas dudas. El silencio reinaba en la sala cuando, de pronto, la luz que había permanecido constante sobre el espejo, se deslizó suavemente hacia el muchacho, quien se despertó y, sin hacer caso de las palabras de sus amigos, entró en el espejo como si de una puerta se tratase. No entendíamos nada, todo era muy extraño. En pocos segundos ya no quedó nada de Vicente. Pasamos unos instantes en los que ninguno de nosotros se atrevió a decir nada, entonces... de nuevo aparecieron aquellas letras en el cristal. Esta vez ninguno queríamos leerlas, pero automáticamente las leímos: “Esto es sólo el principio”. Pero algo no encajaba. Las letras estaban en castellano y no en latín. Todos podíamos leerlas. ¡El Espejo de los Misterios había escogido a Vicente de entre nosotros, pues las palabras estaban en latín, una lengua que sólo entendía él!


CAPÍTULO 7 : EL LIBRO MÁGICO Los minutos pasaban y ninguno de nosotros era capaz de abrir la boca para decir nada. No sabíamos qué hacer. ¿Qué era todo eso? ¿Qué estaba ocurriendo? Al fin Víctor rompió el silencio: -Bueno, ¿qué hacemos? Tenemos que sacarle de ahí, ¿no? Pero, ¿cómo?. Mari Carmen respondió: -No sé, pero... es que.... La chica estaba al límite y, al igual que el resto de los amigos, estaba a punto de llorar. Estuvimos mucho tiempo buscando pistas o algo que pudiera llevarnos a cómo sacar a Vicente del espejo. Pasado un tiempo encontramos un libro viejo y polvoriento que olía fatal, como a pescado podrido. Estuvimos leyéndolo y trataba de una historia que era como la suya... muy chocante. No sabíamos si seguir buscando pistas, puesto que cada vez descubríamos algo nuevo que nos sorprendía aún más. Estábamos estupefactos. ¡Aquel libro era mágico! La historia escrita en sus páginas era la nuestra, de los cinco amigos. Bueno, en ese momento y, esperábamos que por poco tiempo, cuatro. Nos dimos cuenta de que en el libro estaba escrito todo... hasta entonces. Las páginas se multiplicaban solas según pasaba el tiempo y según acontecía todo. En el documento estaba escrito incluso el momento en el que estábamos leyéndolo. Pasaron unas horas y al fin pudimos terminar el relato, hasta entonces, cuando Luisa no aguantó más: -¡Mirad! Creo que lo mejor sería que volviésemos a casa y pensáramos en cómo sacarle de ahí, y venir mañana y tratar de devolverle a la “vida”. Mari Carmen dijo que ella argumentaba que cómo íbamos a irnos dejando a Vicente allí... ¡y solo! Yo tuve la opinión más sensata: -Es muy tarde y nuestros padres estarán preocupados. Tenemos que volver al pueblo. Ya sé que no está bien dejarle aquí, pero depende de si nos vamos o no que mañana nos castiguen nuestros padres. Si no nos dejan venir, no podremos sacarle de ahí. Después de decir eso me sentí desesperado. Lo cierto es que no sabíamos qué hacer y lo peor era que yo tenía razón: si no llegábamos pronto a nuestras casas, nuestros padres no nos dejarían volver y la reprimenda sería enorme. Pero, ¿qué haríamos con la bicicleta de Vicente, y con el libro? Y, ¿ qué pensar de la explicación y de la excusa tan buena que tendríamos que inventarnos para contarle a los padres de Vicente.


Decidimos dejar la bicicleta en la misma sala del Espejo de los Misterios, llamado así por su magia. Así, si le daba a Vicente por salir del espejo, tendría un modo de escapar de ahí lo más rápidamente posible. Del libro, pensamos que lo mejor sería que me lo quedase yo y lo leyese de vez en cuando para ver si ponía algún modo de salir de ese extraño artefacto. Cualquier posibilidad o forma de que saliera del Espejo de los Misterios, podía valer, barajábamos todas las soluciones. De la excusa nos pusimos todos de acuerdo en decir que Vicente se había quedado a dormir en casa de Mari Carmen, pues yo ya no podía atender con tantas cosas, ya que me tenía que preocupar del libro y de leerlo en cada momento para saber qué tendría que hacer si ponía algo nuevo con lo que sacar a mi amigo del espejo. Una vez arreglado todo, nos marchamos.


CAPÍTULO 8 : EL SUEÑO Cuando salimos de la casa, la oscuridad ya reinaba en ese lugar. Era una noche cerrada y sombría. Para traspasar la verja de entrada, antes debíamos pasar por el cementerio. De nuevo lo que leímos en las tumbas nos estremeció: Quieren que haga cosas por ellos. Tras aquel cuerpo inerte, quedó mi espíritu vivo. Amanece y ya no estoy aquí. El fin de mi existencia fue una condena. A medida que las leíamos, se nos apareció una visión de Vicente entrando en el espejo, pero debíamos continuar. Conseguimos traspasar la valla sin problemas, pero aún quedaba lo peor: el Bosque Muerto. Caminamos juntos, muy pegados. Se podían oír nuestras respiraciones agitadas. -¡Aaaah! -gritó Mari Carmen-. ¿Qué ha sido eso? ¿Qué es ese ruido?. No nos habíamos dado cuenta de que estábamos atravesando un camino conquistado por los murciélagos, o como los llamaba Vicente: “pequeños y asquerosos mamíferos con alas”. No podíamos dejar de pensar en él, todo nos llevaba a su recuerdo. Pasado el tiempo, dejamos atrás el Bosque Muerto. Ya estábamos en el pueblo y creíamos que todos dormirían, pero no. Nuestros padres estaban preparados para darnos una buena reprimenda, y los de nuestro amigo también, por lo que decidimos entrar por turnos para que la excusa que pusiéramos fuera más verosímil. De esa forma comenzamos a pasar uno por uno. Cuando ya estuvimos cada uno en nuestra casa y había terminado la regañina, subí a mi habitación. Pese a que no paraba de darle vueltas a lo que había ocurrido, tenía mucho sueño y no tardé en dormirme. Empezó a invadirme un dulce sopor... y empecé a soñar algo. Me encontraba yo en las afueras de la mansión, en el terreno ocupado por las lápidas del cementerio. De pronto, me sobresalté al ver que unas personas salían por la puerta trasera de la mansión. Pero es que esas personas éramos Víctor, Luisa, Mari Carmen y yo. ¡Me estaba viendo yo mismo! ¡Como si estuviera viendo a otra persona! Entonces comprendí que mi sueño consistía en nuestra vuelta a casa, la que habíamos realizado justo antes. Así que les seguí siendo consciente de que me encontraba en un sueño. Pasaban por el cementerio, leían las inscripciones en las tumbas, pasaban por todo el bosque y llegaban a sus casas a horas diferentes.


Yo me seguí a mí mismo, a Miguel, quien, después de aguantar la bronca, subía a su habitación y se dormía en su cama. De repente vi que se despertaba. Él no me podía ver a mí. Creo que los dos sentíamos lo mismo, porque noté unas tremendas ganas de volver a la mansión, solo, esa misma noche, en ese mismo instante... Mi otro yo se levantó, comenzó a vestirse y se dispuso a salir. El color negro invadió mi sueño y entonces... me encontré en la sala del Espejo de los Misterios con el otro Miguel que, al parecer, ya había llegado. Pensé que cuando me despertara del sueño, debería contarles todo a mis otros tres amigos, así que presté atención a todos los detalles y los movimientos de Miguel, para recordarlos y contárselos a ellos de esta manera: llegaré a la sala del espejo y veré a Vicente en él, mirándome desde el otro lado, llorando, muy pálido, con grandes ojeras y la cara desfigurada. Estará muy extraño y no parecerá él, ya que sus rasgos se asemejarán a los de un asesino. Se moverá haciéndome señas para indicarme que busque un baúl. Pero, al no encontrarlo, me gritará, aunque no podré oírle. Cuando al fin consiga dar con el paradero del cajón detrás de la puerta, notaré que es grande, viejo y polvoriento. Me hará señales para que lo abra, pero tendré miedo, ya que eso podría ser la gota que colmara el vaso. Pero él insistirá en que lo abra por lo que con esfuerzos sobrehumanos lo conseguiré y, en su interior, descubriré una especie de medallón. En él veré escritas unas palabras en dorado en las que pondrá: “He vuelto...”. La frase estará inacabada. Aquél será el objeto que sacará a Vicente de allí. Pero no valdrá, puesto que faltará la mitad. Entonces me percataré de que Vicente me va a indicar que mire la parte superior del espejo. La alegría invadirá mi cuerpo. Allí podré ver el resto de la frase y un hueco tallado en el marco al lado de ella. Pondré en él el medallón, el cual encajará perfectamente. La habitación se iluminará. Dejaré de mirar, cerraré los ojos. No sabré si lo habré hecho por miedo o por el cegador resplandor de la luz que, al estar reflejada en el Espejo de los Misterios, se duplicará. Desperté. Estaba empapado en sudor y temblaba. Mi sueño había terminado en ese instante, pero no recordaba haberlo tenido. Me quedé quieto durante un rato. De pronto, caí en la cuenta: ¡Acababa de tener un sueño en el que se me revelaba el modo de salvar a Vicente! Empecé a ponerme nervioso, quería recordarlo pero estaba tan... no sé cómo explicarlo... aterrorizado, asustado, emocionado que... no podía ser... ¡No recordaba absolutamente nada! Esta historia ya se salía de los límites, no era posible. Me pasé un buen rato caminando de un lado a otro de la habitación intentando recordar algo, pero no había manera. Las dos; el sonido del reloj retumbó por toda la casa. Yo di un respingo pero, gracias a ello, me vino a la mente una idea que podía ser la solución al problema al que me encontraba: ¡el libro! Lo tenía yo y, si la historia se escribía sola tal cual iba sucediendo todo, el sueño también habría quedado


reflejado en sus páginas. Corrí hacia el armario y lo saqué. Mi corazón latía fuertemente. Lo abrí y comencé a leerlo en busca del sueño, que... ¡allí estaba! A medida que leía todo, mi mente recordaba cada una de mis acciones. ¡Era genial! Una vez hube terminado el relato, me vestí. Sigilosamente, fui llamando a mis amigos por las calles del pueblo. ¡Ya tenía la forma de sacar a Vicente del Espejo de los Misterios! Cuando nos reunimos todos en la plaza, les conté lo que me había pasado esa noche e, incluso, les enseñé las páginas donde se encontraba escrito el relato. Al final decidimos que lo mejor sería ir a por Vicente porque, aunque a la mañana siguiente nuestros padres se enfurecieran más al no vernos en casa, nosotros ya estaríamos tranquilos. Además, si esperábamos a que llegara el día, ¿podría ser demasiado tarde? Con nuestras linternas, botellas de agua y otras cosas para imprevistos emprendimos la marcha hacia la mansión.


CAPÍTULO 9 : DE VUELTA A CASA De nuevo llegamos a la casa. Allí, fuimos directamente a la sala del Espejo de los Misterios. Cuando entramos nos quedamos asombrados por lo que vimos: tal cual había aparecido en mi sueño, Vicente estaba en el espejo, apoyado por dentro de él como si estuviese en una jaula de cristal. Sin embargo, no se movía, ni nos hacía señas como en mi sueño. Era como si estuviese congelado. Aquello nos dejó atónitos. ¿Cómo encontraríamos ahora el baúl? Miramos tras la puerta, que era el lugar donde aparecía el cajón en mi sueño, pero... ¡tampoco estaba! El miedo nos invadió, no sabíamos dónde buscar. -¡Mirad! -Víctor se había dado cuenta de algo: en el lugar donde tendría que estar el baúl, no hay polvo. ¡Lo han cambiado de sitio! -¿Qué? -noté a Luisa muy desesperada-. ¿Y cómo le encontraremos? En ese instante me di cuenta de que en el suelo había huellas, y un rectángulo de polvo interminable las seguía. Así que nosotros hicimos lo propio y las seguimos y, al final, en una salita abandonada estaba el cajón. Buscamos en su interior hasta que dimos con el medallón, era idéntico. Repetimos el camino que habíamos seguido y llegamos otra vez hasta la amplia sala del Espejo de los Misterios. Colocamos el colgante en la parte del marco del cristal y como había ocurrido en mi visión, la luz cegadora apareció. Yo estaba aterrado pensando en qué pasaría después, ya que el resto no lo vi en mi sueño. Poco después lo supe: Vicente apareció tendido en el suelo, como antes de que entrara en el espejo. Justo después, despertó. -¡Vicente! -Mari Carmen no pudo reprimir su chillido-. ¿Estás bien? ¿Qué has visto? ¿Cómo te encuentras? ¿Seguro...? No pude aguantarme más con todas las preguntas de Mari Carmen, así que le grité: -¡Basta! ¡Si sigues atormentándole con tus preguntas le vas a marear! Me alegré de que por fin el chico pudiera decir algo: -¿Qué me ha pasado? Me habíais dejado solo y ellos... querían que hiciera cosas... ¡A vosotros! -noté confuso a Vicente-. Me decían algo... yo estaba en el espejo, entró mi alma pero mi cuerpo quedó atrás. Yo os vi y os estuve gritando cuando os fuisteis y... -¡No! -saltó Víctor.- Sabes que no es verdad. Intentamos sacarte, pero no podíamos hacer nada. Nos fuimos, sí, aunque luego hemos vuelto con un libro que, mira -se lo enseñó- escribe nuestra propia historia, y Miguel tuvo un sueño sobre cómo sacarte, así que vinimos...


Seguimos hablando un rato más. Vicente se preguntaba qué pasaba con sus padres, y Mari Carmen le explicó todo sobre que les habían dicho que estaba en su casa. Al final les recordé que aún nos quedaba un largo camino hasta llegar a nuestras casas a través del Bosque Muerto y que podíamos seguir hablando mientras. Mis cuatro amigos me dieron la razón y, pensando que no queríamos pasar más horas en esa mansión, y menos con el Espejo de los Misterios delante, salimos afuera con la intención de no volver jamás. El viaje por el Bosque Muerto nos pareció eterno esta vez. Vicente seguía pálido y con muy mala cara. Realmente tenía mal aspecto. Después de todo llegamos al pueblo, tras la caminata que nos pareció haber durado horas. Y, aunque pareciera mentira, sólo eran las seis de la mañana. Pensamos que lo mejor sería que cada uno se fuera a su casa e hiciera como si nada hubiese ocurrido. Cuando volví a mi habitación tuve miedo de dormirme, por lo que pudiera soñar, pero el cansancio me venció y cerré los ojos. Creo que ese fue el momento en el que el libro mágico dejó de escribir. A la mañana siguiente todos, pero especialmente Vicente, teníamos ojeras y no mostrábamos buen aspecto, aunque estábamos felices y orgullosos de haber sacado a nuestro amigo del Espejo de los Misterios. Nos dijo que aún no estaba preparado para contar lo ocurrido a nadie, y creo que ninguna vez lo estuvo porque nunca lo dijo. Varios días después, charlando en la plaza, Vicente comenzó a palidecer y se dio cuenta de algo que nadie sabía. Salió corriendo y desapareció de nuestra vista. Cuando ya nos empezábamos a preocupar por su tardanza, regresó. Con él venía una chica rubia de ojos grises y tez pálida. Se llamaba Sara. No nos dijo quién era ni de qué le conocía, sólo nos contó que ella volvió del otro lado, al igual que él, que le conoció allí. Ahora todos somos adultos y, bueno, ya tenemos nuestras familias. Víctor está casado con Luisa, y yo con Mari Carmen. Una vez, Vicente se marchó con Sara a un sitio del que no sabemos nada, ni siquiera se despidieron. ¡Ah! Por cierto, se me ha olvidado contaros que se nos olvidaron las bicicletas en la mansión y tuvimos que volver a cogerlas y... ¡pero eso es una historia que contaré en otro momento! Y recordad: no crucéis al otro lado, pues no hay vuelta atrás, será vuestro destino, no lo podéis elegir, os esperará la oscuridad para toda la eternidad.

El espejo de los misterios.  

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