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El Roset

Amanda Suรกrez Pascual Nยบ23 3ยบB Lengua Castellana y Literatura


Capítulo 1 Eran las ocho de la tarde de un viernes de abril. Una mujer se aburría en su gran casa vacía, pues su marido estaba trabajando y no tenía hijos, amigas o servicio que le hicieran compañía. Había contraído matrimonio hacía unos años, pero su vida de casada nada tenía que ver con lo que imaginó desde pequeña. Sí, Rosa María era la típica mujer atrapada en un matrimonio infeliz. Sentada en su caro sofá, buscando algún programa soportable en la televisión, pasaba las horas muertas cuando, de pronto, el teléfono empezó a sonar. —Aló, ¿con quién hablo? —Hola, mi amorcito, ¿cómo te encuentras hoy? —¡Ay, querido!, me encuentro muy bien, pero te estoy extrañando. ¿Cuándo vuelves del trabajo? —Rosita, por eso mismo te estaba telefoneando. Hoy voy a llegar muy tarde. —¿De verdad es necesario? ¡Llevas un año trabajando como un loco! —Lo sé, querida, pero yo no puedo hacer nada. Mi jefe es quien manda. Lo siento mucho, mucho, corazón… —No, si ya conozco esa excusa, pero la que sufre soy yo. ¡Estoy harta de ver a mi esposo cinco minutos por la mañana y el resto del día pasarlo sola!¡Ya me cansé de ti! —Pero cariñito…— Rosa colgó el teléfono antes de que su marido pudiese hacer promesas que nunca cumpliría, como que la compensaría, o que la haría feliz. Se sentía tan cansada de luchar por una relación que ya no tenía salvación… Quería sentirse feliz de nuevo. Quería encontrar a alguien que la desease y que la hiciera sentir bonita. Y ahora caía en la cuenta de quién era la persona indicada para ello… La semana pasada, un camarero de un bar del centro le dio su número de teléfono. En aquel momento no se le habría ocurrido usarlo para nada, pero ahora veía las cosas desde otra perspectiva. Así que cogió su móvil y le llamó. Quedó con él en ir al mismo bar, donde él trabajaba, a las 9, que era cuando acababa su turno. Después, se encargó de borrar la llamada del registro de su móvil, pues lo que menos le convenía ahora era que su marido la pillase. Ya no había marcha atrás. Solo quedaba esperar que esto sirviera para algo y no complicase aún más las cosas.


Capítulo 2 Aquella misma mañana, otra de esas mujeres atrapadas en una vida infeliz había encontrado la salvación que tantas buscan. La noche anterior, Susana había tenido mucho tiempo para pensar acerca de su situación, pues la había pasado en vela. El motivo de su insomnio no era otro que la más terrible pena que una madre puede sentir: ver cómo un hijo sufre y no poder hacer nada para impedirlo. Su marido ya la había pegado a ella en otras ocasiones, pero aquella vez no había tenido suficiente y había terminado de desahogarse con su hija de cuatro años. Sabía que tenía que acabar con esto ya mismo, así que ideó un plan. A la mañana siguiente haría las maletas, cogería a la niña y todo el dinero que pudiera reunir y se iría lo más lejos posible. Saldría del país si fuera necesario con tal de que su marido no la encontrase. El despertador sonó a las 7, como todos los días. Hoy, sin embargo tenía un tono esperanzador que Susana nunca antes había percibido. Roberto se levantó y la besó, como si no recordase nada de lo ocurrido la noche anterior. A ella no le molestó, pues ya estaba acostumbrada; ese era su modus operandi. Esperó a que se marchara al trabajo. En cuanto vio al coche doblar la esquina, subió rápidamente las escaleras y llegó a su habitación. Metió con presteza toda su ropa y las cosas de más valor en una maleta. Lo mismo hizo en la habitación de su hija. Se acercó a su camita y susurró: —Cariño, despierta, que hoy tenemos que hacer un viaje. —¿Adónde, mami? Hoy tengo que ir al cole —Contestó soñolienta la niña. —Lo sé, mi cielo, pero hoy vamos a ver a los abuelos, que hace mucho que no los visitamos — Insistió Susana. —¿Vendrá papá? —Preguntó temerosa Aurora. —No, cariño, no volveremos a ver a papá nunca más. No permitiré que te vuelva a hacer daño — Se secó la lágrima que amenazaba con resbalar por su mejilla y acarició el pelo a su niña.—Y ahora levántate y baja a desayunar, que nos tenemos que ir ¿vale? Aurora abrazó tiernamente a su madre y se dispuso a hacer lo que le había dicho. A su corta edad ya conocía la existencia de hombres malos. En cuanto estuvieron listas, salieron de la casa y le echaron un último vistazo, pues ambas sabían que no volverían nunca.


Capítulo 3 A eso de las nueve, un taxi paró a las puertas de un pub atestado de gente. De él bajó una mujer latina muy maquillada y con un vestido que insinuaba más de lo que llegaba a mostrar. Entró en el local y se dirigió hacia la barra, donde encontró a la persona que buscaba. Estaba algo nerviosa, pero enseguida se acostumbró al ambiente del bar y se dedicó a conversar con su camarero. —Así que, al final, te decidiste a venir, ¿eh?—Le preguntó el camarero con una sonrisa en la cara. —Sí, por cierto ¿cuál es tu nombre? —dijo Rosa, algo cohibida— Supongo que te parecerá ridículo que una mujer acepte una cita con un hombre al que apenas sí conoce. —Me llamo Marcos, y te sorprendería la cantidad de veces que estado en esa situación— respondió tras una carcajada—Pero para eso sirven las citas, ¿no? para conocer a la otra persona. —¡Claro! Mi nombre es Rosita. Antes de que digas más, debo confesarte algo: estoy casada. No creas que te interpondrás entre dos personas, porque nuestra relación no tiene ya futuro. A pesar de todo, si decides cancelar la cita lo comprenderé. Tras pensarlo un momento, Marcos respondió sonriendo: —Creo que correré el riesgo. Mientras esta pareja entablaba conversación, el resto de la gente del bar se divertía como mejor sabía. Y de entre todos los distintos grupitos que estaban formados, destacaba uno por su mayor tamaño y porque todos sus componentes vestían uniforme de policía. Este era, sin duda, el más animado; las carcajadas sonaban a cada minuto. De vez en cuando se oían retazos de sus conversaciones: —¡Pasarme una cerveza, que hoy estamos de celebración! —¡Sí, hoy tenemos toda la noche para beber! ¡Después de estar todo el maldito año detrás de ese tipo, por fin podemos divertirnos! —¡Así se habla, sí señor! Oye, ¿pero cuando viene el Carlitos? —Pues supongo que sobre las 10. José me dijo que trataría de engañarle para que viniese, pero no sé si le habrá convencido. Espero que sí, porque si no…—dijo uno de los polis, que estaba continuamente mirando su móvil. —Hombre, esta fiesta es para celebrar su placa, pero si no viene, ¡tampoco pasa nada! —Es que hay que joderse, yo llevo aquí siete años currando como nadie sin conseguir nada y ahora viene este guacho y se lleva la placa en menos de tres. ¡Es que no hay derecho, me cago en diez!—Exclamó furioso uno de los agentes. —Bueno, tranquilízate, tío, que ya te llegará el día.—los demás intentaron calmarle como pudieron, pues no era recomendable que Javier se cabrease demasiado.—Además, tienes que reconocer que tiene mérito haber cogido a ese psicópata. —La verdad es que ese cabrón no fue nada fácil de cazar. Además, qué mierda de nombre es ese: “el asesino del ajedrez”. ¿Es que no había otro más ridículo, o qué?— dijo Javier sonriendo. Parecí que hablar mal del sujeto que les había costado un año entero de horas extra le subía el ánimo. — Perdonad, ¿habéis dicho “el asesino del ajedrez”?— Preguntaron unas chicas que se sentaban


en la mesa de al lado. —Sí, tenéis enfrente a los tipos que cazaron a ese miserable.—Presumió Mario, el ligón del gru

—¿No era ese el que dejaba las jugadas de jaque mate apuntadas junto al cadáver?—intervino una chica rubia. —Sí, ese mismo. Y no creáis que fue fácil atraparlo—continuó Mario. —¿Ah, sí? ¡Cuéntanos! El resto de los polis dejaron que Mario se luciera contando la historia. Ninguno sabía su secreto, pero él siempre lograba fascinar a las mujeres.


Capítulo 4 «Bueno, todo comenzó hace un año. Encontramos el cuerpo de una mujer en un callejón, al lado de un bar. Había muerto estrangulada, pero, después, el hijo de perra le había cortado el dedo meñique de la mano izquierda. Pensamos que se lo llevaba como trofeo. Al lado del cuerpo había un papel con letras y números. Tratamos de descifrarlo porque pensábamos que era algún mensaje, pero no logramos nada. Investigamos y averiguamos que la víctima era una prostituta rusa. Su chulo era un tal Straroff. Le interrogamos, pero no sacamos nada en limpio. Un mes después, cuando no sabíamos ya dónde buscar, apareció otra víctima, también en un callejón. Tenía las mismas características: estrangulada, un dedo cortado (esta vez, el anular), el papelito con letras y números, y se trataba de nuevo de una prostituta, esta vez polaca. Pronto averiguamos que también trabajaba para Straroff, así que le hicimos una pequeña visita: —Dos de tus chicas han muerto, ¿cómo me explicas eso, Straroff? —Bueno, yo no sé nada. Seguro que esas chicas ya andaban entre gente peligrosa. —¿Gente peligrosa como tú? Apuesto a que no eres ningún blandengue. ¿Qué hicieron? ¿No te pagaron lo que te debían?, ¿O intentaron dejar la profesión? —Ya les he dicho que yo no sé nada. Deberían hablar con otra persona. En aquel momento entró en el local un muchacho, de unos 17 años. Llevaba en una bandeja una copa para nuestro sospechoso. Al parecer, era el “criado personal” de Straroff. —Ah, Vladimir, ven aquí. Agentes, éste es mi sobrino Vladimir. —Si, bueno, encantados. Nos vamos, pero nos volveremos a ver, ¿queda, claro? —Por supuesto, vuelvan cuando quieran. Aquí serán bien recibidos. Cuando salimos de aquel sitio, oímos cómo Straroff, furioso, gritaba a su sobrino por no haber servido bien el cóctel. Era un hombre capaz de mostrar una cara amable a las visitas y ser un auténtico sádico en la intimidad. Tras un mes de quebraderos de cabeza, encontramos un tercer cadáver. Era otra de las prostitutas de Straroff, pero ésta, a diferencia de las otras dos, tenía el pelo muy corto. Encontramos una marca tras su oreja. Resultó ser un caballo de ajedrez grabado en su piel con un cuchillo. Buscamos este símbolo en los otros cuerpos y también lo hallamos. Entonces comprendimos lo que significaban las letras y los números de los papeles: ¡eran jugadas de ajedrez! Y lo más inquietante de todo: todas acababan con jaque mate de la coz (el llevado a cabo por el caballo). A esta nueva víctima le faltaba el dedo corazón. Ya no había duda de que nos enfrentábamos a un asesino en serie que cortaba a cada víctima un dedo distinto. Así que tendría planeados por lo menos otros 7 asesinatos. Pasaron tres meses de indagaciones sin mucho éxito. Ninguna nueva víctima apareció en ese periodo de tiempo, lo que era curioso, pues hasta ahora, cada mes habíamos encontrado un cuerpo. Pero este paréntesis duró poco: volvimos a encontrar a una prostituta asfixiada y con las mismas marcas que las otras. Sin embargo, en el escenario del crimen encontramos una colilla. Extrajimos el ADN y vimos que era de una marca muy rara, procedente de Rumanía. Así que


volvimos al local de Straroff. —Tenemos una orden para tomar una muestra de tu ADN. —Por supuesto, lo que sea necesario para ayudar a la investigación. —¿Cómo es que no está tu sobrino por aquí? El otro día nos pareció… ¿cómo decirlo?, muy servicial contigo. —Ah, sí, es que acaba de volver de un viaje de negocios y le he dejado la noche libre. —¿Con 17 años, y ya hace negocios? —Sí, le estoy enseñando el oficio. —¿De proxeneta? No creo que sea una profesión muy recomendable. —Claro que no. De empresario. Bueno, ya tienen su muestra, creo que se deberían ir ya. Sin embargo, las muestras no coincidían, así que estábamos en el mismo punto de antes. Las largas noches de patrulla por la ciudad se sucedían unas a otras. No queríamos que “el asesino del ajedrez” volviese a atacar, pero una y otra ver lograba esquivar nuestros controles. Ya había acabado con la vida de siete mujeres. La prensa se nos echaba encima y el alcalde nos exigía resultados, pero no lográbamos encontrar al culpable. Fue entonces cuando nuestro amigo Carlos encontró la respuesta. En una de sus habituales visitas a Straroff, encontró la prueba definitiva, aquella que nos descubrió al asesino. Mientras hablaba con él, reparó en que encima de una mesa había una cajetilla de tabaco muy extraña. No se parecía a ninguna que hubiera visto. Se lo preguntó a Straroff y éste le dijo que eran importados de Rumanía. Levantó la vista y vio a Vladimir jugando al ajedrez con uno de los hombres de Straroff. Todo encajaba: las prostitutas de su tío, la obsesión por el ajedrez, el tabaco rumano… no había duda de que él era el culpable, así que se montó en su coche y esperó a que su asesino saliese de caza. Era bien entrada la noche cuando vio a una de las prostitutas salir del local. Tras unos minutos, un encapuchado se escabulló por la puerta trasera. Carlos le siguió a una distancia prudente hasta un callejón donde el encapuchado se había escondido. La chica llegó a la altura del callejón y de la oscuridad salió el hombre y le rodeó el cuello con una cuerda. Carlos salió inmediatamente del coche y sacó su pistola. El encapuchado, que, como Carlos sospechaba, era Vladimir, amenazó con cortar el cuello de la chica con un cuchillo que hábilmente había desenvainado. La situación estaba muy tensa, pero nuestro hombre supo resolverlo tan bien que ahora Vladimir está en la cárcel cumpliendo condena como un adulto y la chica está sana y salva, aunque, eso sí, no creo que vuelva a acercarse a Stratoff ni a nadie de ese mundillo nunca más».

—¡Vaya!, ¡qué emocionante!—exclamó una de las muchachas que habían escuchado la historia — ¡Ese Carlos es un héroe! —Sí que lo es, pero yo también ayudé a resolver el caso— dijo algo molesto Mario, pues su relato sólo había servido para que las chicas se interesasen por Carlos. En ese momento entró en el bar un hombre. Llamó la atención por su gran cara de enfado que a todo el bar alarmó. Sin embargo, se fue directo a la barra y no se movió de allí en toda la noche.


Capítulo 5 —¡Cómo se atreve a hacerme esto a mí!— despotricó el hombre furioso, que ya iba por su segundo bourbon— ¿Es que no sabe quién soy? ¡Soy su marido, joder! De vez en cuando, el barman que le servía las copas asentía y le decía unas palabras de ánimo, pues es bien sabido que parte del trabajo de un camarero es hacer compañía a los bebedores solitarios. —Y lo peor de todo es que se ha llevado a la niña. ¡¿Pero quién se cree que es para llevarse a mi hija a ninguna parte?!— tras gritar eso, vació de un trago su vaso— ¡Ponme otro! Mientras le servía la copa, el camarero le preguntó: —¿No lograste contactar con ella? —¡No, me cago en diez!¡La muy perra ha apagado el móvil!—contestó—He llamado a todo el mundo, pero nadie sabe dónde están. Tras una hora de despotricar y beber, el hombre logró pasar de la furia al sosiego, y del sosiego al desánimo. En ese momento entró una mujer en el bar abarrotado. Destacaba por el foulard rojo que rodeaba su cuello y por la sonrisa que mostraba ilusión y nerviosismo al mismo tiempo. Nada más abrir la puerta, cogió su móvil y releyó por décima vez el mensaje que había recibido el día anterior: “Q tal s nos vemos n el roset 10:30 ok? Llevare 1 gorro negro Stoy deseando conocert” Miró entre la multitud, pero no encontró la cabeza que buscaba, así que se sentó en una mesa cercana a la entrada para controlar así a toda persona que entrara en el bar. Los minutos se sucedían lo más lento posible, y la forma que tenía esta mujer de matar el tiempo era observar a la gente que se encontraba en el bar. «Se habrá retrasado—pensaba— Tiene que ser eso. Habrá pillado atasco. Sí, eso. Aunque, de ser así me habría llamado, porque tiene mi número. O a lo mejor está en un túnel y no tiene cobertura. Sí, es lo más lógico… ¿o no?¡Dios, por qué no viene ya!» «¡Vaya! ¿Y esos dos?, ¡Que se vayan a un hotel, por favor!, je, je. Estos latinos, tienen la sangre muuuy caliente, desde luego. Ay, ojalá yo tuviera alguien con quien enrollarme en un bar. ¡Ni siquiera soy capaz de quedar con un tío para charlar! Todos los hombres huyen de mí. ¡Soy una repele-hombres!» «¡Oh, a esos polis les pasa lo que a mí! ¿Por qué la gente hace eso?¿Es que no saben lo que se sufre esperando? Por suerte para ellos, su amigo llegará a las once menos cuarto… o eso les ha dicho. Pufff, ¡qué aburrimiento!»


«Creo que con media hora de espera se puede declarar oficialmente que me ha dado plantón un hombre al que no he visto ni si quiera la cara. Es hora de pillarse un buen pedo. ¡Al menos, no beberé sola! Hay un tío en la barra que ya lleva unas cuantas botellas.» La chica del foulard rojo se levantó de la mesa y se dirigió a la barra. Se sentía enfadada, decepcionada, humillada y profundamente triste. Se sentó junto al hombre solitario que había visto desde su mesa y pidió un tequila. —¿Te importa que te acompañe?—Le preguntó al hombre. —Claro, este es un país libre. De todas formas te ibas a sentar. —Pues tienes razón. ¿Alguna vez te han dejado plantado? —No. —Pues a mí me lo acaban de hacer. No he llegado a ver su cara. Ni siquiera le conocía. Mi amiga Lucía nos preparó una cita a ciegas y ni siquiera se ha presentado. O, peor aún, me ha visto y ha salido huyendo.— Tras decir esto, tomó un buen trago. —Hay mucho hijo de puta por ahí suelto. Aunque lo mío es peor. —Oh, ¡venga ya!, ¿qué puede haber peor a que te humillen de esta forma? —La perra de mi mujer se ha llevado a mi hija. —No me jodas. ¿Y eso? —Pues nada, que esta tarde he vuelto a casa de trabajar y me la he encontrado vacía. En los armarios no quedaba nada. —¿Y no sabes dónde ha ido? —No, joder, la he llamado al móvil, he llamado a sus amigas, a sus padres… creo que ellos saben dónde está y no me lo dicen. —Pues vaya putada. Encima se ha llevado a tu hija… —Es que eso es lo peor. Si tenía algún problema conmigo, que me lo hubiese dicho, pero llevarse a mi hija no es la manera de solucionar nada. Ya me encargaré yo de que pague por lo que ha hecho. —¡Jo!, y yo que pensaba que lo mío era peor… Pobrecillo. Lo que te ha hecho no tiene perdón. —Bueno, dejemos de hablar de mí. Cuéntame algo sobre ti. ¿Cómo es que accediste a una cita a ciegas? —Ah, eso… Es que llevaba un tiempo bastante largo sin salir con nadie, y a mi amiga Lucía se le metió en la cabeza que lo que necesitaba era una cita con alguien a quien ni siquiera conocía, y, por lo que se ve, no llegaré a conocer nunca— Después de decir esto se llenó el vaso con la botella que su nuevo amigo tenía al lado.—¡Oye!, por cierto, ¿como te llamas? —Roberto, ¿y tú? —Me llamo Teresa. Me gusta tu nombre. Suena a tipo ambicioso. —¿En serio?, nunca me lo habían dicho. A mí también me gusta tu nombre. Suena a chica honesta. Y tras una sonrisa de complicidad, siguieron bebiendo y charlando juntos.


Capítulo 6 —¡Y al fin llegó el hombre más esperado de la noche!— anunció José al entrar por la puerta del Roset acompañado de Carlos, el policía al que le habían concedido la placa. —¡Joder, ya era hora! ¡Sorpresa!—exclamó Javier. —¡Sorpresa!— respondieron los demás al unísono—¡Felicidades! —Pero, ¿qué es todo esto?—Preguntó sorprendido Carlos, que no se esperaba un grupo de gente reunido sólo por él—Pensé que iríamos nosotros dos solos de parranda. En ese momento recordó cómo había transcurrido aquel día, que había sido el mejor de su vida, sin duda. Por la mañana, había llegado pronto al trabajo, pues estaba muy impaciente por la recompensa que le habían prometido: su ansiada placa de inspector de policía. En la oficina todos tenían una palabra de felicitación para él. Pasó la mañana redactando informes, pero ese día nada le parecía aburrido. A eso de las doce el jefe le llamó a su despacho. Estaba tan nervioso que casi tropezó al pasar por la puerta, pero rápidamente se sentó frente al escritorio y se concentró en no meter la pata. «—Supongo que ya sabrás por qué te he llamado, ¿verdad?— le preguntó con una sonrisa. —Claro, señor.—respondió—Si le soy franco, jefe, estoy muy impaciente. —Pues entonces vayamos directamente al grano. Usted, Carlos Jesús Hernández, recibe hoy, día 10 del 4 de 2008, la placa de inspector por su magnífica actuación e importante colaboración para la resolución del caso del “asesino del ajedrez”.» Tras leer este pequeño discurso, le entregó la esperada placa. Y mientras intercambiaban un apretón de manos le dio su más sentida enhorabuena. Al salir del despacho, toda la oficina le esperaba de pie, aplaudiendo. Esa escena no se le olvidaría en toda su vida. A la hora de comer, su jefe le había presentado al fiscal del distrito y a otros hombres muy influyentes que, sin duda, ayudarían a impulsar su carrera. Por la tarde, su amigo José le propuso una noche de bares para ellos dos. Como no tenía nada mejor que hacer, aceptó. A eso de las ocho llamó a su mujer para ponerle la excusa de que llegaría tarde por motivos de trabajo, aunque no salió como esperaba. Su mujer volvió a enfadarse con él, como venía ocurriendo últimamente. Para ella, su trabajo no importaba nada. Apenas se había alegrado por su ascenso. La pasión que había reinado en los primeros años de su matrimonio pronto se había apagado, dejando un rastro de recriminaciones mutuas y tristes veladas solitarias. Lo único que le podía alegrar en ese momento era irse de bares, así que cuando acabó en la oficina salió con su amigo José hacia el centro. Bebieron, conocieron a gente, se divirtieron, y


cuando parecía que la noche no podía dar más de sí, su amigo le llevó a un pub muy popular, con un gran letrero luminoso en la fachada. “El Roset” se llamaba, y parecía que todos lo pasaban allí en grande. Pero, para su sorpresa, José no había elegido este bar por su popularidad en la ciudad, sino por las personas que allí había. Todos sus compañeros de la comisaría le esperaban para celebrar su placa. Se habían reunido todos por él. Por primera vez en su vida se sentía alguien importante, y esta sensación era algo que nadie le podría quitar nunca, ni su mujer, ni nadie. —Bueno, queríamos prepararte una sorpresa.—Con estas palabras, José le sacó de su ensimismamiento.—Espero que te quede hígado para otra caña. —Claro que sí, compadre.—Y cogiendo una jarra de cerveza brindó:—¡Por los éxitos de la vida! El ambiente de aquella noche era envidiable. Todo era diversión, risas, abrazos, besos, confidencias… Mientras unos celebraban un importante triunfo, una pareja empezaba a conocerse mejor, al mismo tiempo que otra se besaba apasionadamente en un rincón apartado. —¡Oye!, ¿sabéis alguna que grupo va a tocar hoy?—preguntó Mario a las chicas de al lado, con quienes llevaba hablando toda la noche. —Se llaman “Soho”—contestó la chica rubia— no son muy conocidos, pero yo los he visto alguna vez y son bastante buenos. —Bueno, si me lo dices tú, me lo creo—contestó Mario. —¡Vaya!, qué confianzas se toma la gente, ¿no?—contestó riendo—Pero agradezco tu fe en mí. Entonces, Daniel, el policía que se sentaba al lado de nuestro héroe, Carlos Jesús, le dijo alegremente: —Joder, es verdad lo que dicen. Tu gente sí que es apasionada. —¿De qué me estás hablando, amigo?—respondió confuso Carlos. —De esa latina que se está dando el lote con un camarero— añadió Daniel, señalando a la pareja que nosotros ya conocemos, y que, por lo visto, Carlos en parte también, pues aquella latina era la misma que sufría por su matrimonio en silencio, la misma que recibió una llamada de su marido esa tarde, la misma que buscaba una salida para su desdicha yendo al Roset. Aquella latina era su mujer, y después de traicionarle de esa manera no se iba a ir de rositas, ni ella, ni su amante. Sus pensamientos fueron bruscamente interrumpidos por el dueño del Roset, que se dirigió a la gente del bar con un micrófono. —¿Se me escucha?, ¿sí?, De acuerdo. ¿Todo el mundo me oye? Bien, como os prometí, a las doce exactas empieza el pequeño conciertillo de Soho. ¡Recibámoslos con un fuerte aplauso! Todo el mundo se levantó para aplaudir al grupo con entusiasmo. La música invadió el local, atrayendo la atención de los presentes. De todos menos de alguien que tenía cosas más importantes en las que pensar. Carlos Jesús se levantó lentamente sin llamar la atención. Se dirigió hacia el rincón donde se encontraba su mujer mientras sacaba su pistola de su cartuchera. Nadie se dio cuenta de lo que sucedía a sus espaldas hasta que un disparo dejó a todo el bar en silencio. Tras unos segundos, el pánico se adueñó de todos. Los polis agarraron a Carlos mientras la mujer sostenía en brazos el cadáver de aquél que aquella noche la había hecho sentir tan bien. Sí, Rosa María era una de esas mujeres atrapadas en una vida infeliz.


El roset  

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