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Juárez con la República bajo el brazo


Primera edición: 2005 D.R. @ Claudia Burr D.R. @ Ana Piñó D.R. @ Ediciones Tecolote, S.A. de C.V. Gobernador José Ceballos 10 Colonia San Miguel Chapultepec 11850 México, D.F. Tel/Fax (55) 5272 8139 / 8085 tecolote@edicionestecolote.com www.edicionestecolote.com Concepto general: Claudia Burr Asesoría histórica: Claudia Canales Diseño y formación electrónica: Ediciones Tecolote, Adriana Canales, Mónica Solórzano Zavala, Gabriel González Meza Texto: Basado en la correspondencia entre Benito Juárez y Margarita Maza de Juárez durante el periodo 1863-1867 Imágenes Históricas: Óleos: José Escudero y Esponceda Dibujo: Daniel Thomas Egerton Litografías: Constantino Escalante, Currier and Ives (Edit.) Colecciones: Archivo General de la Nación Fondo Francisco Montellano Fondo Urrusti-Piñó Mapoteca Manuel Orozco y Berra Museo Nacional de Historia, INAH Recinto de Homenaje a Benito Juárez, SHCP Obra fotografiada por: Agustín Estrada y José Ignacio González Manterola

ISBN: 970-9718-06-1 Impreso y hecho en México. Printed in Mexico


Juárez con la República bajo el brazo


Él es Benito Juárez, mi marido. Era muy serio y muy bueno. Frecuentaba la casa de mis padres, en la ciudad de Oaxaca, donde siempre fue bien recibido. Años atrás, Benito había ayudado a mi padre en el cuidado de la grana cochinilla. Cuando cumplí 17 años, nos casamos; Nito era veinte años mayor que yo. Tuvimos 12 hijos, y juntos vivimos tiempos difíciles y peligrosos.


Juárez con la República bajo el brazo

Texto e iconografía: Claudia Burr

Ilustraciones: Ana Piñó


Benito Juárez era el presidente de la República cuando tropas francesas, enviadas por Napoleón III, invadieron el país en 1862. Francia quería imponer una monarquía en México. La patria mexicana, desgastada, no tenía recursos ni soldados suficientes para hacer frente al poderoso ejército invasor. Antes de que entraran las tropas extranjeras a la Ciudad de México, mi esposo dispuso que la ciudad de San Luis Potosí fuera la capital provisional de la República.


Así, el presidente Juárez, los miembros de su gabinete, mis hijos y yo, iniciamos el viaje hacia el norte del país en una pesada y lenta diligencia. Mientras durara la intervención, Juárez pondría a salvo la República y trasladaría su gobierno cuantas veces fuera necesario. El presidente había jurado combatir sin descanso a los invasores extranjeros.


El carruaje de Juárez, tirado por las mulas Venus y Canaria, se convirtió en el palacio nacional del gobierno de la República. Ahí dentro, el presidente Juárez llevaba todo lo necesario: la Constitución de 1857, una copia de las Leyes de Reforma y por supuesto, la bandera de la República Mexicana. Cargaba también con reloj, tintero, pluma, papel, anteojos y los cepillitos para limpiar su levita negra.


Atrás del carruaje, en nuestra diligencia, viajaba yo con mis nueve hijos y mi yerno Pedro. Mis hijas mayores –Manuela, Felícitas, Margarita y Soledad– ayudaban a cuidar de sus hermanitos: Benito, María de Jesús, Josefa, José María y Francisca. Cuando salimos de México, nuestra hija mayor tenía 19 años y la más chiquita apenas había cumplido cuatro añitos.


La seguridad de la caravana estaba custodiada por cincuenta hombres armados.


Corría el mes de mayo del año de 1863 y comenzaba la estación de lluvias. El país era inseguro; en la soledad del campo se escondían muchos bandidos. A eso se añadía el terrible estado de los caminos, casi intransitables, y el horror a la enfermedad del cólera. Las ruedas de nuestra diligencia circulaban lentamente por el único y polvoriento camino, el Camino Real, que unía a la Ciudad de México con el norte del país.


Atravesamos barrancos sin puentes, pasamos sobre rocas desmoronadas y troncos abandonados, por pantanos y zanjas y lodazales que nos cortaban la marcha. Cuando teníamos miedo, Juárez ponía orden y nos tranquilizaba con su fórmula mágica: “No tengan cuidado, no tengan cuidado”. Mi hija Nela y yo estábamos embarazadas. Nuestros hijos, María y Antonio, nacieron en el camino. La patria sufría también el horror de la guerra. El presidente Juárez dijo a su nación: “¡Mexicanos! ¡Unámonos! ¡Esta ruda situación no puede desanimarnos! ¿Qué puede esperar el ejército invasor cuando les pongamos por ejército a todo nuestro pueblo y por campo de batalla, nuestro enorme país?”


El ejército invasor nos empujaba cada vez más hacia el norte del país. Llegamos a Saltillo y continuamos hasta Monterrey, donde tuvimos que separarnos porque Juárez temía por nuestra seguridad. Mis hijos, mi yerno y yo seguimos hacia los Estados Unidos. El presidente Juárez, permaneció en territorio mexicano cuidando de la República.


En ese año de 1863, los príncipes europeos, Maximiliano y Carlota, desembarcaron en Veracruz. Había cerca de 30,000 soldados franceses en México. Las guerrillas partidarias de la República atacaban por sorpresa a los franceses e imperialistas. ¡La lucha parecía una guerra sin fin!


Juárez y yo nos mantuvimos en contacto. A las mujeres de mi época se les enseñaba a leer, pero no a escribir, para que no se cartearan con los novios. Yo sabía hacer las dos cosas y escribí muchas cartas a mi esposo, mi estimado y amadísimo Juárez.


Las cartas viajaban por diligencia; las noticias tristes y las noticias alegres tardaban en llegar hasta 6 semanas, si corrĂ­an con la suerte... ÂĄde no perderse!


Cuando llegamos a la ciudad de Nueva York recibí carta de mi esposo.

Chihuahua, a 22 de septiembre de 1864

Mi amada Margarita: ...Sólo me atormenta nuestra separación y más que todo el no saber de la suerte de ustedes. Tal vez de un día a otro reciba alguna noticia favorable de que todos están sin novedad y eso será mi más grande consuelo. Dales un abrazo a mis queridas hijas y a Beno, y muchos besitos al Negrito, a las cuatitas, a Antoñito y a María Doloritas. Recibe el corazón de tu esposo que no te olvida y mucho te ama, Benito Juárez


En Nueva York, mis hijos Pepito y Antoñito enfermaron gravemente. No resistieron el duro invierno de 1864 y murieron. Después de largas semanas recibí las palabras de consuelo de mi esposo.

El Paso, a 21 de septiembre de 1865 Mi estimada Margarita: Escribo bajo el más profundo pesar. Mi cabeza está perdida. Mi corazón está destrozado con golpes tan rudos como los que hemos recibido. No podemos dejarnos abatir porque nos quedan aún otros hijos que necesitan de nuestra protección y amparo. Te ruego que tengas calma y serenidad, que procures distraerte y que te cuides. Recibe el corazón de tu esposo que no te olvida, Juárez


A esa carta contesté desde Nueva York:

Mi estimado Juárez:

10 de noviembre de 1865

Yo estoy sin ninguna enfermedad, pero la tristeza que tengo es tan grande que me hace sufrir mucho. La falta de mis hijos me mata... Lloro de día y de noche. Sólo me queda una esperanza y es que tú te reúnas con nosotros. Yo por mi gusto me iría contigo. No le tengo miedo al camino, ni al desierto, ni a la diligencia y tampoco al cólera. Recibe el corazón de tu esposa que desea verte, Margarita


Durante los tres años siguientes, Juárez y yo estuvimos separados por muchos kilómetros de distancia. Yo vivía exiliada en Nueva York con mi familia, y mi esposo estaba escondido cerca de la frontera norte de México.

Los periódicos publicaban noticias falsas sobre su paradero. Nadie sabía bien a bien dónde se encontraba. Perdí las esperanzas de verlo hasta que la República triunfara. Estaba yo agotada y sin ánimos de vivir.


En esa situación, Juárez me escribió:

El Paso, a 5 de enero de 1866 Los franceses permanecen en Chihuahua donde se están fortificando. No es posible que lleguen hasta El Paso por el frío excesivo que hace y que los obligaría a traer pasturas y leña, porque en esta estación se carece de estos artículos en el desierto... Probablemente Maximiliano volverá a decir que me pasé a los Estados Unidos, y qué sé yo qué otras cosas, pero no le hagan caso. No tengas cuidado por mí. Abraza a nuestros hijos y recibe el corazón de tu viejo, Benito Juárez


Washington, a 28 de marzo de 1866

Mi estimado Juárez: ...Me dispuse a venir a Washington acompañada por nuestras hijas. Asistí a la recepción del presidente de los Estados Unidos, Johnson... Aquí, en este país, te quieren y tienen simpatía por ti. Como verás en el periódico el Herald dicen que estuve yo elegantemente vestida y con muchos brillantes. Eso no es cierto, toda mi elegancia consistió en el vestido que me compraste en Monterrey antes de salir... y no tenía más que mis aretes que tú me regalaste un día de mi santo... Mucho me alegro de que los franceses se hayan retirado de Chihuahua... Recibe el corazón de tu esposa que te ama y desea verte, Margarita


Al cabo de cuatro años de invasión, Francia retiró poco a poco y definitivamente sus tropas de México. Los soldados franceses estaban agotados. El Imperio de Maximiliano se hundía.


La victoria de la República estaba próxima y eso significaba que mis hijos y yo podíamos volver a reunirnos con Juárez. El gobierno de Estados Unidos proporcionó los medios para que regresáramos a México. Al llegar a Nueva Orleáns nos embarcamos en el guardacostas Wilderness rumbo a Veracruz.


A mediados de 1867, ya no había soldados franceses en México. Carlota, ya loca, vivía en Europa. Maximiliano fue detenido por los juaristas y ejecutado en el Cerro de las Campanas. El 15 de julio de 1867, Juárez entró triunfante a la Ciudad de México y ese día declaró:


“Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz�.


L

a colección Ya verás... busca acercar la historia al niño por medio de textos e ilustraciones de época. En el año de 1863 frente a la amenaza de la invasión, el presidente liberal Benito Juárez tomó

la medida de trasladar la capital de la República al norte del país. La expedición francesa, apoyada por Luis Napoleón, contaba con abundante dinero, un ejército numeroso y bien armado, y la simpatía del clero y el partido conservador mexicano. El mariscal Bazaine había logrado adhesiones a la corona imperial y ocupó sin oposición ciudades claves del interior del país. Por su parte, Juárez fue empujado hacia la frontera norte con la intención de que abandonara el país. En esos años el partido liberal vivió los tiempos más cruciales, derrotado en todos sus frentes. Durante cuatro años Juárez vivió acosado, sin recursos y con las fuerzas de Francia en su contra. Viajó acompañado por su esposa, sus hijos y los miembros de su gabinete. Cuando así lo consideró pertinente y como medida de seguridad, Juárez envió a su familia a Estados Unidos en tanto él se retiró con su gabinete a las regiones más remotas del país. En este libro, Margarita Maza de Juárez narra la incertidumbre de vivir en el exilio separada de su esposo y lejos de su patria. El texto está basado en discursos y manifiestos de Juárez y en la correspondencia entre Benito y Margarita. Carta tras carta, se transparenta la unión y el compromiso que existió siempre entre la pareja, así como los sentimientos y preocupaciones de Benito Juárez, esposo y padre de familia. Caricaturas de combate publicadas en periódicos de la época, planos y mapas de la República Mexicana, así como fotografías poco conocidas de la familia Juárez Maza ilustran el libro. El dibujo contemporáneo de un carruaje negro recorre las páginas del libro y hace alusión al precario y eficaz medio de transporte que utilizó Juárez para atravesar largas distancias. Dentro de la carroza negra Juárez llevaba consigo, la República bajo el brazo.


Juárez con la República bajo el brazo se terminó de imprimir en el mes de abril de 2005 en los talleres de Offset Rebosán, S.A. de C.V. Av. Acueducto 115 Huipulco, Tlalpan, México D.F. Se tiraron 4 000 ejemplares

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Juárez con la República bajo el brazo  

Autora: Claudia Burr Ilustradora: Ana Piñó El carruaje negro del presidente Benito Juárez ilustra las páginas de este libro, simbolizando l...

Juárez con la República bajo el brazo  

Autora: Claudia Burr Ilustradora: Ana Piñó El carruaje negro del presidente Benito Juárez ilustra las páginas de este libro, simbolizando l...

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