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¿Las

crisis en la historia o la historia en crisis?

REFLEXIONES TEÓRICAS, ANÁLISIS Y ESTUDIOS DE CASO

EDICIÓN Y PRÓLOGO DE

VALERIA OLIVARES-OLIVARES GABRIEL PÁEZ DEBIA

¿Las crisis en la historia o la historia en crisis?

REFLEXIONES TEÓRICAS, ANÁLISIS Y ESTUDIOS DE CASO

EDICIÓN Y PRÓLOGO DE VALERIA OLIVARES-OLIVARES GABRIEL PÁEZ DEBIA

¿Las crisis en la historia o la historia en Crisis? Reflexiones teóricas, análisis y estudios de caso

Primera edición, octubre 2025

Registro de Propiedad Intelectual 2025-A-9507

ISBN: 978-956-17-1202-7

Derechos Reservados

Tirada: 300 ejemplares

Impreso en Chile

Pontificia Universidad Católica de Valparaíso

Av. Errázuriz 2930, Valparaíso info@edicionespucv.cl www.edicionespucv.cl

Dirección Editorial: David Letelier

Diseño: Alejandra Larraín

Obra licenciada bajo Creative Commons

Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/legalcode.es

¿Las crisis en la historia o la historia en crisis?

REFLEXIONES TEÓRICAS, ANÁLISIS Y ESTUDIOS DE CASO

9. PRESENTACIÓN

Ricardo Iglesias Segura

11 PRÓLOGO

Valeria Olivares-Olivares

Gabriel Páez Debia

19 LAS CRISIS: ENTENDIÉNDOLAS DESDE LA HISTORIA

Juan Cáceres Muñoz

37. “VIVIMOS EN LOS TIEMPOS DEL CAOS, POR MÁS QUE NOS LLAMEMOS LOS HOMBRES DE LAS LUCES”. EMOCIONES, ELECCIONES Y GUERRA CIVIL. LA DOSIFICACIÓN DEL MIEDO COMO FACTOR DE CRISIS POLÍTICA (1839-1851)

Gabriel Páez Debia

55. ¿ROLES DE GÉNERO EN CRISIS? UNA APROXIMACIÓN A LA HISTORIA DE LAS MUJERES

EN EL DEPORTE CHILENO

Carolina Cabello Escudero

79. POR CUALQUIER MEDIO NECESARIO: UNA

HISTORIA TRANSNACIONAL DEL FRENTE DE LIBERACIÓN DE QUEBEC (FLQ) Y DEL MOVIMIENTO DE IZQUIERDA REVOLUCIONARIA (MIR) EN TIEMPOS DE CRISIS

José Luis Proboste

91 FLEXIBILIZACIÓN LABORAL Y CRISIS SOCIAL. NOTAS PARA UN ESTUDIO HISTÓRICO EN TORNO AL NEOLIBERALISMO EN CHILE ENTRE 1970-2000

Marco Abarca Pozo

107. SOBRE LOS AUTORES

Este libro compila trabajos presentados en la Cátedra Eduardo Cavieres Figueroa que interrogan la crisis como categoría analítica y como problema historiográfico. Combina reflexiones teóricas con investigaciones empíricas sobre: el miedo en la política chilena del siglo XIX; la historia de las mujeres y el deporte en el contexto de la cuestión social; una lectura transnacional del MIR y el Frente de liberación de Quebec; y las consecuencias sociales de la flexibilización laboral en Chile. En conjunto, los capítulos discuten la crisis no como episodio excepcional, sino como regularidad histórica y prisma interpretativo para releer procesos locales y movimientos internacionales. El libro prolonga la línea de indagación impulsada por Cavieres y propone una agenda que vuelve productiva la noción de crisis para la historiografía chilena y latinoamericana.

Un libro como el que presentamos es altamente pertinente puesto que escribir sobre las crisis en la historia permiten un alto poder heurístico: tornan visibles estructuras, jerarquías y actores subalternos que la “normalidad” disimula. Como pruebas de estrés institucional, permiten evaluar el funcionamiento del estado, el mercado y la sociedad civil; reordenan las temporalidades al cuestionar periodizaciones heredadas; y abren un campo para estudiar las emociones políticas (miedo, esperanza, resentimiento) y su incidencia en la acción colectiva. Además, conectan escalas locales y transnacionales —circulación de ideas, tácticas y repertorios— y revelan desigualdades de género, clase y territorio en la distribución de costos y cuidados. Metodológicamente, invitan a evitar el excepcionalismo y el presentismo mediante comparación, contextualización conceptual y triangulación de fuentes. Así, la crisis funciona a la vez como

objeto de estudio y como prisma interpretativo para repensar nuestras narrativas históricas.

Para nosotros, en el Instituto de Historia, los libros son más que objetos: son herramientas que nos ayudan a poner en orden el tiempo y a comprender la experiencia histórica. En el centro de todo libro hay un gesto simple y poderoso: compartir ideas. Creemos que leer y escribir es una forma de estar en el mundo, y sabemos que la sociedad quiere entender qué ocurrió, cómo ocurrió y qué puede aprenderse de ello. Un libro abre esa posibilidad: nos permite saber, comprender e interpretar. Por eso, con alegría, les invitamos a leer este volumen, realizado por personas vinculadas al profesor Eduardo Cavieres Figueroa y a nuestro Instituto.

Dr. Ricardo Iglesias Segura Director

Instituto de Historia

Pontificia Universidad Católica de Valparaíso

Valeria Olivares-Olivares

Los trabajos reunidos en el presente libro corresponden a una selección de las exposiciones realizadas por un conjunto de académicos, consolidados y en formación, de diversas universidades de Chile y del extranjero, durante el ciclo 2023-2024 de la Cátedra de Estudios Latinoamericanos Eduardo Cavieres Figueroa (CECF) del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Esta Cátedra tiene como objetivo recuperar, poner en perspectiva, analizar y discutir la obra del historiador, continuando su reflexión desde las diversas problemáticas propuestas en sus vastas investigaciones en el marco de una mirada latinoamericana y chilena.

Específicamente, este volumen está conformado por cinco textos que proponen reflexiones teóricas, análisis y estudios de caso en torno a la problemática ¿La crisis en la historia o la historia en crisis? Esta temática fue abordada por Eduardo Cavieres de manera transversal en su obra; no obstante, es posible identificar en sus indagaciones de corte teórico, llevadas a cabo durante sus últimos años, una mayor preocupación por el concepto de crisis en relación con los vaivenes que se experimentan en la interrelación entre pasado, presente y futuro.

El propio Cavieres manifestó que las crisis eran una constante en la historia de la humanidad y, por lo tanto, parte de las problemáticas historiográficas de mayor relevancia para comprender el acaecer histórico. Pero también, que la disciplina en sí misma se encontraba en una encrucijada, en la medida que cada vez se buscaba menos

en ella la respuesta a las grandes preguntas de la humanidad. En sus palabras,

… por su propia naturaleza, las crisis en la historia traen preferentemente consideraciones sobre la unidad de los tiempos históricos, es decir, sobre una adecuada relación entre pasado, presente y futuro. En oportunidades, especialmente en sociedades más tradicionales que las actuales, se buscaba refugio en el pasado, particularmente en la siempre discutida confianza en el mito del eterno retorno. En otras oportunidades, especialmente en las sociedades más modernas, la esperanza se pone en el futuro. En la actualidad, la fuerza de la crisis y la complejidad sociocultural a la cual se enfrenta la generación joven, agravada por las fuerzas del mercado y el consumo, provocan el vivir el presente y olvidar los otros tiempos1.

Este olvido al que se refiere el historiador, marcado por un presentismo, en el sentido expresado por François Hartog2, lo llevó a identificar, si no una indiferencia, un abandono de la historia como una unidad temporal en la que la inmediatez se impone por sobre los demás tiempos. Para Cavieres, esto “puede ser aún más trágico, el fin de la esperanza en el cambio, de la superación positiva de la historia en el futuro… simplemente es la aceptación de la indiferencia respecto al sentido de la vida histórica y de lo inmediatamente finito de cualquier existencia”3.

Este diagnóstico sobre la historiografía actual la aplicó sobre todo al análisis de las coyunturas de nuestra historia reciente. En efecto, desde su perspectiva, por ejemplo, sobre las crisis económicas de 1998 o 2008, considera estos acontecimientos como claves en la medida que develaron la crisis de la globalización económica y de los Estados nacionales. Frente a ello, identificó tres actores que participaron simultáneamente: el orden global, el Estado liberal y una

1 Cavieres, 2016, 62-63.

2 Hartog, 2007.

3 Cavieres, 2016, 62-63.

ciudadanía que expresó una creciente desconfianza hacia la democracia4. Asimismo, incluyó otros factores en su línea analítica, como las emociones, específicamente, el miedo. Siguiendo lo planteado por Eva Illouz, Cavieres afirmó que la crisis de la esperanza conllevaba incertidumbre y resentimiento, dando paso a una cultura del miedo, lo que impacta en las conductas de los individuos en conjunto a una potencial corrosión de las instituciones democráticas5.

Bajo este marco global resulta posible vislumbrar con mayor facilidad uno de los momentos críticos más relevantes de la historia reciente de Chile: el estallido social de 2019. Al respecto, Cavieres manifestó que si bien era difícil prever sus consecuencias, en noviembre de ese mismo año cuando intervino con diversas columnas en la prensa de Valparaíso, las causas estaban bastante claras; es más, llevaba años estudiándolas. “En mi caso, mi análisis de la situación chilena en los últimos treinta años ha sido permanente … por ello, gran parte de las razones que han sido la base del movimiento o estallido social de octubre 2019, veníamos ya describiéndolas desde hace mucho tiempo”6. Estas tenían como común denominador el malestar de gran parte de la población, mucha de ella joven y adulta joven, la distancia entre los discursos oficiales de la elite política y económica frente a unas realidades cada vez más desiguales, pero, sobre todo, la búsqueda de justicia económica.

Sin embargo, ¿cuál fue el origen de dicho malestar? En este punto el historiador transitó desde la crisis coyuntural vinculada a nuestra historia reciente a otra de larga duración: el agotamiento del paradigma ilustrado, del liberalismo y del Estado-nación o Estado liberal. Con respecto a lo primero, planteó que el concepto filosófico universal del racionalismo no alcanzaba a todos los individuos, culturas ni grupos sociales; la educación-ilustración ya no garantizaba, como se afirmaba desde el siglo XVIII, el progreso social. Por otro lado, la crisis del liberalismo conllevaba una contradicción en la medida que los individuos son iguales ante la ley, al mismo tiempo que

4 Cavieres, 2019, 106.

5 Cavieres, 2019, 109.

6 Cavieres, 2020, 17.

deben ser tratados en términos de mayor igualdad según sus capacidades, potencias y posibilidades, las cuales de no existir deben ser suplidas por el Estado; sin embargo, el anhelo meritocrático de una comunidad de iguales no ha logrado consolidarse. Por último, el Estado liberal no fue capaz de dar respuestas a los contenidos fundados post Revolución francesa de 1789, ni tampoco levantó un nuevo proyecto histórico que incorpore reflexivamente procesos universales contemporáneos como la flexibilización laboral, la revolución tecnológica, la inteligencia artificial, la transformación en las estructuras demográfica o la exclusión de grupos con identidades que sobrepasan la idea de nación, entre otras7.

Por lo anterior, podemos afirmar que en sus últimas obras Cavieres estableció tres líneas de indagación sobre las crisis en la historia: una disciplinaria, marcada por el presentismo en desmedro del pasado y el futuro; una coyuntural, propia de nuestra historia reciente, como las crisis de 1998, 2008 y 2019; y una de larga duración, ligada al agotamiento del proyecto ilustrado, el liberalismo y el Estadonación. En este sentido, es preciso incluir la categoría de crisis en el estudio de la historia, pero también atender a la propia crisis de la disciplina.

Para ello, optó por la prospectiva, es decir, incluir en la reflexión historiográfica la creación de proyectos de sociedad de largo plazo que ilusionen y generen esperanzas en la humanidad. Una nueva utopía, más no retropatías nacionalistas y fundamentalistas. Así, sería posible generar preguntas inéditas para interrogar al pasado, comprender el presente y esbozar un mejor futuro. En sus palabras, “la prospectiva es cómo nos enfrentamos al presente no sumergiéndonos en el futuro, sino pensándolo”8.

A partir de este marco, los textos de esta selección buscan dilucidar desde distintas problemáticas la dimensión de las crisis de/en la historia. El primer texto, presentado por Juan Cáceres Muñoz, tiene como objetivo reflexionar, desde una perspectiva histórica e histo-

7 Cavieres, 2021, 29, 74-75.

8 Cavieres, 2020, 32.

riográfica, sobre el concepto y problema crisis. Para ello, el autor analiza las crisis como fenómenos constantes en la historia de la humanidad, enfatizando su carácter multidimensional, en la medida en que pueden ser económicas, sociales, climáticas, políticas, humanitarias, entre otras. A partir de los aportes de autores como Koselleck, Cáceres se aproxima a una definición del concepto y, al mismo tiempo, busca comprenderlo a través de acontecimientos críticos de nuestra historia contemporánea, considerando los contextos, los tiempos, los distintos ritmos, las coyunturas y las estructuras que se vieron trastocadas por dichas crisis.

A continuación, Gabriel Páez Debia analiza las crisis políticas que se experimentaron en Chile a mediados del siglo XIX desde la historia de las emociones. Basándose en el marco metodológico elaborado por William Redy y la lectura de documentos periodísticos, Páez demuestra que la tranquilidad y las esperanzas vaticinadas después del triunfo militar chileno de 1839 ante la Confederación Perú-boliviana fueron efímeras. El miedo irrumpió especialmente durante los años electorales, de forma pragmática, a partir de diversos tópicos. Sin embargo, el uso reiterado de este sentimiento, en conjunto a la revalorización positiva del concepto “revolución”, ocasionaron una dosificación del miedo, lo que permite explicar, desde una dimensión emocional, las insurrecciones ocurridas en 1850 y 1851.

Por su parte, Carolina Cabello Escudero aborda un periodo de crisis, como es la Cuestión Social en Chile (1880-1920), desde la óptica de la historia de las mujeres en el deporte. A través de los aportes teóricos de la perspectiva de género, estudia los efectos que tuvo en los roles de género la transformación de la práctica deportiva, enfocándose en las respuestas que surgieron desde las instituciones y los diversos actores sociales de la época, como el Estado, la prensa y las dirigencias. Además, el texto aborda la expansión del deporte femenino, la educación física para mujeres y la vigilancia de los roles de género tradicionales a través del deporte.

En tanto, José Luis Proboste, bajo el contexto de los 60s global, compara las acciones e ideas ligadas a la solidaridad transnacional conectando dos movimientos revolucionarios: el Frente de Libera-

ción de Quebec (FLQ) y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). El enfoque transnacional propicia abordar fenómenos entrelazados como las crisis políticas que ocasionaron el desarrollo de la vía armada para la conquista del poder, la resistencia a la represión, el intercambio de ideas, de acciones, de proyectos, de circulación de objetos y de personas, como también, las adaptaciones que implicaba la lucha contra el antiimperialismo.

Para finalizar, Marco Abarca aborda la flexibilización laboral y las repercusiones sociales que tuvo este proceso en Chile entre fines del siglo XX e inicios del siglo XXI. De partida, realiza una contextualización identificando diversas reflexiones que se realizaron en torno al trabajo, como también, los intentos de establecer la seguridad social. Bajo esta delimitación, busca identificar las principales transformaciones que implicó el plan laboral de 1978, empleando la categoría eugenesia laboral como una forma de sintetizar las consecuencias críticas que tuvieron las transformaciones laborales desde la dictadura, traducidas en la precarización, el individualismo, el malestar y el cambio en la lógica en torno a cómo se entienden las relaciones humanas.

En este sentido, cada uno de estos trabajos, los cuales fueron enriquecidos con las discusiones llevadas a cabo en las sesiones de la CECF, buscan dilucidar el papel de las crisis como gatillantes de transformaciones en las distintas dimensiones de la experiencia humana y ahondar en sus posibilidades como una de las categorías analíticas más fructíferas de la disciplina. Igualmente, procuran destacar y evidenciar la contingencia del trabajo académico de un historiador que entregó su obra a la comprensión del hecho histórico, como un campo múltiple con variadas conexiones temporales y espaciales. En definitiva, este libro profundiza en una idea de la historia como un hábitat común para nuestras sociedades, tal como lo propuso Eduardo Cavieres.

REFERENCIAS

Cavieres, Eduardo, “Las incertidumbres del tiempo en presente y la recuperación de la conciencia de ser”. Historia 396 6, (1), 2016.

Cavieres, Eduardo, El oficio de historiar: entre pasados y futuros. Madrid, Marcial Pons, 2019.

Cavieres, Eduardo, “En prospectiva: la transición presente-futuro, ¿rompiente o continuum?”, Historia y prospectiva. Madrid, Universidad de Alcalá/Marcial Pons, 2020.

Cavieres, Eduardo, Octubre 2019. Contextos y responsabilidades políticas y sociales (1998-2019 y más…). Valparaíso, Ediciones Universitarias de Valparaíso, 2020.

Cavieres, Eduardo, Escribiendo historia en el siglo XXI. Valparaíso, Ediciones Instituto de Historia, 2021.

Hartog, François, Regímenes de historicidad. Presentismo y experiencias del tiempo. México, Universidad Iberoamericana, 2007.

Introducción

ELAS CRISIS: ENTENDIÉNDOLAS DESDE

LA HISTORIA

ste trabajo tiene por objeto reflexionar sobre un problema y concepto repetido en la vida cotidiana y en el quehacer de las disciplinas sociales y humanísticas como es el de las crisis. En este caso, se realiza desde una perspectiva histórica e historiográfica. Las crisis siempre han estado presentes en la historia de la humanidad. Han sido recurrentes desde que el hombre es hombre (en términos genéricos). Ahí han estado, siempre acechando. Así, como concepto y estudios, hemos tenido crisis económicas, políticas, sociales; también en específico hemos contado con crisis climáticas, crisis humanitarias, crisis por epidemia, crisis demográfica, crisis de los misiles, crisis financieras, crisis familiares, crisis de seguridad, crisis del mercado, crisis de desarrollo, crisis del socialismo, crisis del liberalismo, crisis del Antiguo Régimen, en fin, crisis, crisis y más crisis. Al parecer, queda la sensación, que la historia de la humanidad ha sido la historia de una crisis permanente.

Es una palabra que surge casi como un cliché, pero, sin duda, ha servido a especialistas, entre ellos a los historiadores, que la han usado para dimensionar un momento o momentos complicados vividos por una sociedad. Algunos estudiosos incluso llegan a hablar de coyunturas críticas y, otros, de crisis estructurales. En definitiva, da para mucho esta “palabrita”, mágica, operativa y funcional según lo que tratemos y deseemos demostrar. También habría que

decir que, a veces, los especialistas la usan sin una mayor reflexión sobre el significado y menos los alcances de la crisis que estudia. En la realidad historiográfica, por lo menos, resulta difícil encontrar trabajos que se refieran a los orígenes, la naturaleza y los alcances de ella. Se escribe nomás: los títulos abundan, pero sin que haya un desarrollo de la crisis como concepto propiamente tal.

Al investigar en libros y artículos de historia y ciencias sociales, dos acepciones de la palabra “crisis” aparecen rápidamente. Por una parte, está aquella que refiere a una “situación grave y decisiva que pone en peligro el desarrollo de un asunto o un proceso”; y, por otro lado, está la que la señala como una “situación difícil de una persona o una cosa”. Sin duda, ambas son definiciones genéricas y simples, pero, de todos modos, ayudan al hombre común y preocupado de la vida política que trata de comprender por qué suceden los hechos. Por otro lado, y para nuestro quehacer disciplinario, debemos también tener en cuenta otras definiciones que provienen de las ciencias sociales y que entregan mayores pormenores de una definición de crisis. Así, por ejemplo, revisando el Diccionario Político de Nolberto Bobbio, se escribe que una crisis: “es un momento de ruptura en el funcionamiento de un sistema, un cambio cualitativo en sentido positivo o negativo, una vuelta sorpresiva y, a veces, hasta violenta y no esperada en el modelo normal según el cual se desarrollan las interacciones dentro del sistema en examen. Las crisis se caracterizan usualmente por tres elementos. Ante todo, por el carácter instantáneo y frecuentemente de impredecibilidad; en segundo lugar, por su duración, que es a menudo limitada, y finalmente, por su incidencia sobre el funcionamiento del sistema”1. No obstante, esas definiciones y otras que pudieran ser agregadas, habría que preguntarse respecto del cómo desde la disciplina histórica, desde el trabajo del historiador, se podría entender una crisis; y –más allá de algunas coincidencias con lo que piensa el politólogo, el sociólogo o el economista– el problema aquí es cómo los historiadores trabajamos con el concepto, cómo las situamos y analizamos en el tiempo y en el espacio, que son categorías propias del

1 Bobbio, 1986, 391.

método usado por el historiador, así como también esa búsqueda obsesionada por demostrar cambios y permanencias en una sociedad dada. Sin el ánimo de adelantar ideas, pareciera ser evidente que en el análisis de una crisis para el historiador –sea cual fuese su naturaleza: política, social o económica– debiera considerar el particularismo de la crisis según la época y la cultura imperante.

Así, en este ensayo reflexionamos sobre el trabajo del historiador en término de explicar las crisis en la historia. Nos parece relevante un estudio de este tipo pues se trata no solo del trabajo del historiador sino también de pensar en que las crisis, en su origen y naturaleza, son provocadas obviamente por el hombre (en términos genéricos) entendiéndolo como un ser vivo complejo, proclive al conflicto y a la búsqueda del poder; conflictos que podrían conducir a la inestabilidad y a la “producción” de crisis, las que pueden ser resueltas de manera positiva o negativa. En el estudio, las abordamos, primero, revisitando el concepto a través de momentos emblemáticos de la historia occidental; y, segundo, dando algunas ideas respecto de cómo estudiar una crisis. Más allá de lo que conocemos y hemos aprendido en historia sobre algunas crisis en el pasado, este abordaje –repito– entrega una reflexión sobre esas situaciones, muestra el alcance y significado de esos eventos y trata de dimensionar el impacto en la vida de las personas que, finalmente, son las que experimentan y sufren los trastornos de la crisis.

I. Revisitando el concepto crisis

No cabe duda de que Reinhart Koselleck fue uno de los pensadores más fructíferos de la llamada historia conceptual2. En esos avatares y de manera preferente, él se ha fijado en el uso de la palabra crisis. Así, escribe: “quien abra el diario hoy se encuentra con el término crisis. El concepto indica inseguridad, desgracia y prueba, y refiere a un futuro incierto, cuyas condiciones no pueden ser lo suficiente-

2 Las ideas de este historiador pueden encontrarse de manera significativa en Koselleck 2006.

mente elucidadas”3. Dicho de otro modo, él se refiere a la idea de que una crisis es una: “fractura entre lo que acontece en el tiempo presente, los patrones precedentes (el pasado) y las posibilidades que arroja el futuro cuando no cabe pensar en una continuidad”4.

Ciertamente, una crisis también puede poner de manifiesto la agonía de determinadas cosmovisiones estructurantes de una sociedad. En el fondo, es la idea de que todo malestar puede conducir a una crisis de paradigmas y de posibles vaciamientos de sentidos, situación que resultaría en la gestación de nuevos conceptos pues, según el historiador alemán, “un concepto no sólo indica unidades de acción: también las acuña y las crea. No es sólo un indicador, sino también un factor de grupos políticos o sociales”5.

Por otra parte, en estas percepciones sobre el término, habría que señalar también que crisis y crítica van de la mano. Resulta evidente que frente a una sociedad en crisis, la crítica siempre será relevante. En política, por ejemplo, las crisis muestran un cuerpo político enfermo. Pensemos en la sociedad francesa de fines del siglo XVIII previo a la revolución; es una sociedad inmersa en constantes y recurrentes tensiones que la llevaron al conflicto. O en el caso de Latinoamérica tras la independencia; aquí, los conflictos, las tensiones y las revueltas marcaron una época caracterizada por la búsqueda de la forma política y constitucional que tendría el Estado en el siglo XIX. En realidad, la historia está llena de ejemplos hasta el día de hoy sobre tensiones y conflictos.

A los historiadores nos queda claro que el análisis de una crisis no debiera traspasar los límites históricos pues corre el riesgo de la distorsión histórica lo que, finalmente, puede obstruir la identificación y hacer menos inteligible los conceptos estudiados. El tiempo del hecho no solo es cronología puesto que acontece en ambas direcciones respecto de lo que sucedió (pasado) como también lo que sucederá (futuro). Se trata también de entender que el tiempo respecto de su momento es el ambiente en que suceden esos he-

3 Koselleck, 2002, 236.

4 Svampa, 2016, 131-151.

5 Koselleck, 1993, 206.

chos críticos. En Crítica y crisis: un estudio sobre la patogénesis del mundo burgués publicado por Koselleck, el término dice relación con el pasado6. Aplicado en la historia, sobre todo por las incidencias de la Revolución francesa, la palabra crisis refería al nacimiento de “una nueva experiencia del tiempo, factor e indicador de una ruptura epocal”. Su análisis partía de la consideración de la palabra griega kríno, “palabra que formaba parte de los conceptos centrales de la política. [Pues] significaba “separación” y “lucha”, pero también “decisión”. Por ello, habría que considera que el historiador que aborde una crisis debe ver:

las mutaciones que los atraviesan, su convivencia con el vínculo entre expectativas y experiencias y su doble función como índice y factor. En el marco de una fluidez de estas transformaciones, los conceptos modernos se fijan en una determinada connotación y sin negar su polivocidad, se vuelven más específicos7.

En estas explicaciones del concepto crisis es importante también saber cómo la palabra se difundió, circuló y fue recibida en el mundo occidental en el pasado. El idioma francés, el inglés y el alemán incorporaron la palabra dentro de su léxico y, desde allí, partió hacia otros rumbos. Los siglos XVII y XVIII fueron testigos de esa ampliación y del uso dado en el ámbito de la política, en lo económico y en lo social, transformándose –desde ese momento– en uso habitual en occidente. En lo político, el concepto adquirió riqueza al incorporar los matices de su significado y comprensión por el historiador. Se trata de entender que su aplicación por los historiadores no es un problema de imprecisión sino más bien de cómo y cuál es el objetivo que este persigue en sus estudios.

El ejemplo dado por Koselleck es muy gráfico al respecto. Se trata del uso dado por Edmund Burke y Thomas Paine en el pasado. Mientras este último –cuando estudiaba la guerra de Independencia estadounidense y la revolución de Francia– asigna al concepto la

6 Koselleck, 2007, 241

7 Svampa, 2016, 139.

idea de “desafío” y “progreso” que conllevaba la responsabilidad de actuar para mejorar la sociedad de una burguesía triunfante y moderna; Burke, puritano y conservador, otorgaba a la palabra la idea mesiánica de salvación. Con tono conservador y místico, señalaba que la crisis política de la guerra civil francesa no era más que la aplicación teológica de su pensamiento religioso. Así, mientras el primero veía desde una perspectiva progresista la Revolución francesa, el segundo –imbuido de lo religioso– tenía un concepto conservador de la revolución8.

En esa expansión del concepto se debe tener en cuenta también la relación existente con la palabra “revolución”. De hecho, las revoluciones son el resultado de momentos de crisis o de coyunturas críticas que anteceden a los estallidos revolucionarios. Después de la Revolución francesa, su uso se hace habitual y cotidiano entre la población, los eruditos y aquellos que se dedicaban a analizar la economía y la sociedad, como fue el caso de Carlos Marx. Las crisis se presentan como una suerte de determinación y de clímax, como un lugar donde tensiones y expectativas se agudizan por salir de una situación no deseada. En otras palabras, se trata de visualizar que –en esos momentos de crisis– es cuando se está ante un dilema que requiere de una decisión. Así, en definitiva, Koselleck dice “si el indicador de la actualidad de una crisis es la frecuencia con que se utiliza el término, la Modernidad podría llamarse, desde comienzos del siglo XIX, una época de crisis”9.

II. Una metodología para estudiar las crisis en la historia

a. Los contextos de las crisis

Las crisis históricamente tienen componentes en lo metodológico que son necesarios distinguir para alcanzar una comprensión cabal del problema. En ese sentido, los historiadores de las crisis deberían, en lo posible, poder lograr una buena conceptualización histó-

8 Svampa, 2016, 141.

9 Koselleck, 2007, 243.

rica. Ello porque los conceptos históricos son cambiantes y deben ser vistos de acuerdo con las particularidades de cada época. Esto significa que el análisis debe ajustarse a los momentos y épocas. Cada época es diferente culturalmente a otra como también se podría decir que cada crisis es diferente en su origen y naturaleza. Resulta claro que la crisis que envolvió, por ejemplo, a la Revolución francesa fue distinta a la crisis de la Revolución mexicana o cubana. No solo porque acontecen en épocas diferentes, sino porque difieren en términos de su naturaleza. Pensar en la diferencia es pensar en la singularidad de una crisis.

Ahondemos en esta idea: en la llamada época de las revoluciones liberales del siglo XIX, nacidas tras la Revolución francesa, los principios de libertad, igualdad y fraternidad se propagaron por el continente europeo y latinoamericano. Tales principios filosóficos, originados en la época de la Ilustración, fueron recepcionados principalmente por aquellos espíritus más radicalizados, los que vieron en ellos la utopía de la realización de una sociedad más justa. Sin embargo, en cada país, la interpretación de esos principios –así como en el desarrollo de la crisis– el tiempo, la duración y los ritmos de la crisis fueron distintos. En esos lugares, se produjo la clásica oposición entre conservadores y liberales, así como también el conflicto se dio en las mismas filas de aquellos que adherían a los principios liberales o conservadores, provocando la atomización de los partidos que dio origen a una variedad de liberalismos y conservadurismos: liberales doctrinarios, pragmáticos, pipiolos, conservadurismos nacionalistas, peluconismos, estanqueros, entre otros10.

b. Los tiempos, ritmos y velocidad de la crisis

Los momentos en que se produce una crisis son claves para el historiador; clave es también fijarse en el tiempo de la crisis o la coyuntura de la crisis. Braudel nos ha ayudado mucho con sus categorías del tiempo que permiten pensar en cómo situar el instante de la crisis. Porque ellas pueden ser el resultado de la gestación,

10 Cavieres, 2016; Salazar, 2006.

trayectoria y maduración de los problemas que asisten a una sociedad. Por ello, habría que argüir que las crisis no son inauditas ni espontáneas. A veces, su explicación se puede encontrar en la larga o mediana duración del tiempo. Por ejemplo y ya que está de moda la conmemoración de los 50 años del Golpe de Estado en Chile y la preocupación del qué pasó el año 73, los historiadores que consideran la larga duración podrían argüir que la crisis de la Democracia liberal chilena comenzó en la década del 30. De hecho, algunos historiadores políticos han visto en la polarización o división del voto, el origen de los problemas de las décadas sesenta y setenta. Ellos han planteado que la llamada política de los “tres tercios”, es decir, la división social y política del electorado (y la consiguiente votación para los candidatos de izquierda, derecha y centro) habría hecho mella en la época de Allende, aspecto que mostraría la incapacidad de la sociedad de resolver sus dilemas de clases y en donde, cada una de ellas, habría actuado defendiendo posiciones antagónicas irreconciliables11.

Otros autores consideran incluso que el hecho del 11 de septiembre de 1973 es de una data más larga entendible si se ve el conjunto de fenómenos que estaban detrás. Y es que no solo fue una crisis de la actividad política; lo fue también en términos sociales y económicos. En esa explicación de larga duración se comprende las inquietudes de pensadores como Enrique Mac Iver y Alejandro Venegas a comienzos del siglo XX cuando denunciaban ya la situación difícil por la que pasaban los sectores más humildes, así como también la riqueza arribista de un sector burgués, acomodado e indolente. Así, por tanto, el análisis se retrotrae a comienzos de siglos. En el fondo, la crisis social y política sería estructural. También habría que pensar, como lección de la historia, que, en estas contiendas por mejorar la sociedad, las crisis –sobre todo si no hay una genuina democracia– siempre serán recurrentes.

Las crisis tienen su momento y estallan cuando deben estallar, ni antes ni después. Pero detrás hay tiempos de incubación que se acompañan de malestar y descontento. Desde la Revolución fran-

11 Miranda y Retamal, 2018, 97-116; Moulián y Torres, 1988.

cesa, las crisis políticas son de naturaleza social y económica. Es complicado seccionarlas y analizarlas por separado cuando detrás se esconden móviles económicos y sociales. El hambre, los salarios justos, las leyes sociales, las jornadas de trabajo, en fin, hacen pensar en una realidad social en contextos de un capitalismo galopante. Como dice Marx, siempre ha habido explotación en la historia de la humanidad, pero –en tiempos del capitalismo– la alienación laboral y el escaso tiempo de ocio infringieron una realidad difícil para los pobres y trabajadores; solo por recordar, la miseria que se refleja en los cuentos de Charles Dickens y o en el filme Tiempos modernos de Charles Chaplin. Sin duda, es una realidad especialmente del mundo occidental y, en él, Chile no está exento. Un ejemplo que muestra esas realidades crudas se refleja también en la literatura, en novelas y cuentos como el Vaso de Leche de Manuel Rojas o en la mirada que el mismo Allende encontró como médico de niños y adultos pobres y desnutridos12.

Las crisis tienen ritmo y velocidad. A veces son pausadas, medianamente rápidas y otras simplemente son explosivas. Podría comenzar por problemas fiscales como ocurrió en el Antiguo Régimen francés o en la negación del presupuesto a Balmaceda en Chile de fines del siglo XIX; o podría empezar por el alza del pan y del trigo en Chile de la década del treinta o en la época colonial en México bien estudiado por Enrique Florescano con el alza del trigo y el maíz; o por la corrupción galopante y enfermiza del Perú en el pasado o cómo se está viendo actualmente en nuestras sociedades; en fin. Lo claro es que en todas ellas se visualiza también que ha imperado la intolerancia y el cierre del diálogo de los sectores dirigentes, sobre todo en épocas y sociedades donde la cultura democrática y de derecho es mínima o inexistente.

También es claro que la tiranía promueve estallidos sociales fundándose en la opresión y el privilegio de pocos en desmedro de las mayorías. En este sentido, el fin de una crisis es el diálogo, pero también es cierto que pueden transcurrir largos años como aconteció con la Revolución mexicana. La crisis en ese país se aceleró tras

12 Espinoza, 1988.

la muerte de Francisco Madero y la obsecuencia del Dictador Diaz, estallando el espacio mexicano en rebeldía desde el norte al sur; cada territorio con su propia realidad, la que fue defendida hasta la muerte. La aceleración de la crisis se resume en revoluciones y en donde el ritmo y la velocidad que asume ésta, se invisibiliza en momentos de confusión, caos y horrores que se cometen en nombre de la libertad y la igualdad13.

c. Coyunturas y estructuras

Ahondando en las coyunturas y las estructuras planteadas por Braudel, se podría decir que la historia tiene tiempos y estos se pueden medir. Esos tiempos, como el historiador francés señaló, son fundamentales tenerlos presentes como método y categorías para el estudio de los eventos históricos. Esta forma de ver la historia rompió con la idea del proceso continuo y lineal que la historiografía positivista cultivó durante largo tiempo. Continuo y lineal que implicaba mostrar una historia plana, sin sobresaltos y sin matices que pudieran hacer reflexionar al lector sobre los vaivenes y el zigzagueo propio de los hechos históricos. La escuela de los Annales –con Bloch y Febvre primero, y Braudel después– mostraron el camino de que la historia debía ser problematizada, analizada, creándose categorías analíticas e interconectándose en un diálogo fecundo con otras disciplinas de las ciencias sociales y humanas14.

En esas perspectivas analíticas, ver y estudiar una crisis en la historia partía de la instalación de un problema de estudio. La crisis de la economía medieval, por ejemplo, debía ser resuelta pensando en las actividades económicas propias del hombre que eran interrumpidas ya sea por eventos catastróficos o militares. Con ello se rompió con una historiografía que seguía visualizando las crisis como designios divinos o, distanciándose del positivismo del siglo XIX, preocupado de ensalzar los cambios producidos por el Estado nacional. Así, el relato historiográfico apegado a esquemas pinto-

13 Florescano, 1986; Quiroz, 2005.

14 Braudel, 1986; Aguirre Rojas, 2005; Dosse, 1987.

rescos y anecdóticos sería reemplazado por los historiadores franceses del siglo XX, los que junto a filósofos, sociólogos, psiquiatras, literatos, entre otros, insertaron la idea de que las transformaciones históricas eran el resultado de la intervención del hombre.

La transformación de esa mirada historiográfica sobre las crisis coincide en el tiempo con las ideas de Walter Benjamin sobre la historia15. La idea de la historia disruptiva coexiste con la de Bloch y Braudel y, en adelante, la mayoría estará de acuerdo en que la historia y, en este caso, una crisis, debiera ser analizada con atención y cautela por el historiador, procurando encontrar en la minuciosidad del análisis, los ritmos y la velocidad de las transformaciones y del hecho histórico. Por ello, por ejemplo, resulta necesario para el historiador de las crisis poder fijarse si lo que está estudiando –sobre todo si se trata de una crisis política– ha pasado desde un estallido inicial a transformarse en una rebelión o en una revolución. Es necesario, en consecuencia, más allá de tener una definición del concepto –que abundan en los libros de historia– analizar los eventos para llegar a precisar cuál es su origen y naturaleza. Las fluctuaciones del hecho histórico, los altos y bajos, el pasar de la tranquilidad al aceleramiento de la crisis, puede mostrarnos la intensidad de los cambios, que pueden ser graduales o rápidos y violentos que hacen difícil de precisar incluso un final feliz. En este sentido, es importante ver el efecto del diálogo; tal vez demasiada intolerancia puede producir el alargamiento de la crisis.

d. Formas y tipos de crisis

A lo largo de la historia contemporánea se encuentran tres tipos de expresiones de crisis como se mencionó anteriormente: estallidos, rebeliones o revueltas y revoluciones. Todas ellas están llenas previamente de tensiones y conflictos que son las que alimentan una crisis. Cada cual, con su propia intensidad y duración. No obstante, está claro que no toda tensión y conflicto pueden llegar a traducirse en una crisis de magnitud como lo es una revolución. De todas ma-

15 Benjamin, 2005, 303-318.

neras, todos estos tipos de expresiones de una crisis aparecen en la historia teñidas por rasgos de violencia. En este sentido, queda claro que las revoluciones son expresiones de un tipo de crisis que no tuvo salida por los cauces del diálogo.

Charles Tilly, estudiando las revoluciones, insinúa diversos tipos de crisis que se transformaron en revoluciones. Dos tipos de revoluciones llaman la atención. La primera son las llamadas revoluciones burguesas, concretadas principalmente desde tiempos de la Revolución francesa en el siglo XVIII (también hay que pensar en la llamada Revolución Gloriosa de Inglaterra de mediados del siglo XVII y en la Revolución estadounidense de fines del XVIII), éstas se extendieron por el mundo occidental del siglo XIX tanto en Europa como en América Latina. La mayoría de ellas tienen un trasfondo económico, propio de las motivaciones burguesas: temas de fiscalidad, la lucha por el fin a los monopolios comerciales de las metrópolis o el fin de barreras arancelarias desiguales en cada territorio colocan, entre otras, causas similares y conectan dichas revoluciones como una forma de terminar con los predominios aristocráticos del Antiguo Régimen en Europa y del Imperio español en América16.

Pensemos en América Latina en la época de la lucha por la Independencia. Aquí, la violencia y la crueldad llegó a límites nunca vistos desde la época de la Conquista. En esta guerra civil, españoles y patriotas dieron rienda suelta a desmanes y crueldad con el oponente. En los casi quince años de guerra continua en las colonias sudamericanas, fue rebajada a lo más profundo la dignidad humana en ambos bandos de la contienda. Genocidios, atrocidades y masacres fueron el producto de una guerra fratricida donde la venganza se ensañó con el pueblo llano. La sangre no sólo corrió en los campos de batalla, sino que miles de hombres y mujeres, niños y ancianos fueron protagonistas y testigos de la sed de sangre de realistas y patriotas.

Así, en el caso venezolano, por ejemplo, brutal e inhumana fue la crueldad y los desmanes cometidos contra la población civil por

16 Tilly, 2010; Castañeda y Schneider, 2022.

militares españoles. La historiografía de ese país las ha visto como actos de exterminio de la población y, a la vez, de venganza, que tenían un propósito claro: enviar un mensaje de escarmiento e intimidación al contrario mediante ejecuciones, violaciones y empalamientos; un nivel comparable con las ejecuciones en la Europa de antes de la llegada de la guillotina. John Lynch escribe: “fue un indicativo de la inseguridad que sentían ambos bandos, pues ninguno contaba con una fuerza superior a la de su adversario y, por tanto, no podía permitirse dejar que el otro creciera”17.

En el siglo XIX se multiplicaron las guerras civiles: lucha enconada por encontrar la forma apropiada del Estado. Asonadas, revueltas, estallidos alimentaron las crisis de los países. Es difícil no encontrar un país sin conflictos y tensiones. Guerras civiles burguesas fueron llamadas por algunos historiadores. Para Chile, Maurice Zeitlin denominó a la guerra civil de 1851 y 1859 como las revoluciones burguesas que no llegaron a ser concluidas18. El mismo Andy Daistman, al estudiarlas desde la perspectiva regional, observó el alto grado de violencia en el centro del país19. Se calcula que las guerras civiles chilenas de 1829-1830, 1851 y 1859 dejaron, entre fallecidos y heridos, 2.000, 4.000 y 5.000 vidas perdidas. Y, la de 1891, entre 15.000 a 20.000.

La situación de la violencia, los estallidos y las revoluciones no varió en el siglo XX, pero -al igual que como partió en tiempos de la Revolución francesa- el origen y naturaleza fue de índole social. En adelante, las llamadas revoluciones o crisis populares detonaron con el objetivo de encontrar la igualdad y la dignidad. Hay que recordar que antes de la Revolución francesa, existían privilegios y castas sociales y en donde la instrucción y la ciencia eran monopolio de los monasterios. Había reyes, tiranos, déspotas, patrones con dominio absoluto del hombre bestia. El liberalismo doctrinario del siglo XIX luchó contra ese oscurantismo teocrático y contra el despotismo de los tiranos, propagando los emblemas de la libertad, la

17 Lynch, 2008, 57; Hobsbawm 2016.

18 Zeitlin, 1984.

19 Daitsman, 1990; Goicovic, 2004, 121-145.

fraternidad y la igualdad. Fue la época de la lucha por la libertad de conciencia, de pensamiento y la igualdad ante el derecho, la justicia y el acceso a la instrucción pública, entre otros puntos.

Sin embargo, en el siglo XX, esos ideales se quedaron en el discurso político y las frases cliché por la igualdad, en la realidad de cada país latinoamericano, por ejemplo, no se vio, situación que detonó la crisis de credibilidad contra del poder de la burguesía. La primera fue la Revolución mexicana; a ella, le siguió luego la rusa y, más tarde, la cubana, la de Nicaragua, en fin. Así, se observa que el descontento fue una de las expresiones por la carencia de la igualdad.

En todos esos lugares, las crisis se expresaron de manera violenta. Comenzaron con estallidos y rebeliones contra las autoridades locales; en algunos casos, ocurrió en los microespacios del trabajo, en la fábrica, en el campo, en las universidades. Era el descontento por el fracaso del liberalismo que había prometido igualdad y libertad. En un segundo momento, la rebelión se transformó en una revuelta generalizada que demandaba no solo el fin de los privilegios, sino también el de una época. Era una situación nueva y revolucionaria porque transformaba los cimientos de una institucionalidad que ya no servía. Así, la revolución, la transformación radical, marcaba el inicio de una nueva época. También habría que decir que desde los instantes mismos de consolidado el triunfo, la revolución vivió sus propias crisis: lo explican las sospechas y las purgas al interior de los partidos revolucionarios. Al igual que en tiempos de Robespierre, se persiguió a los que pensaban distintos y considerados como de ambigua lealtad. Las crisis llegaban incluso a ellos.

Conclusiones

En resumen, una crisis puede ser vista, en primer término, como una situación singular e histórica, lo que sugiere distintas alternativas y reclama una decisión radical. Así, se podría entender que las crisis proyectan una doble direccionalidad, entre un estado de pasividad y decisión. Pareciera que así como las crisis conllevan un estado de confusión y caos en sí misma, que imposibilita dife-

renciar entre amigos y enemigos y que termina desordenando la institucionalidad política establecida, el restablecimiento de la “normalidad” requiere de una intervención de liderazgo que ordene la sociedad y las fuerzas políticas triunfantes. Se trataría de pasar de la inercia del triunfo a la acción de la creación del nuevo orden. Y ello se logra calmando las pasiones colectivas, haciendo uso de la razón y, en ocasiones, de la fuerza.

Y, en segundo lugar, la crisis puede ser considerada como un acontecimiento decisivo y no repetible en la historia, lo que significa pensar en clave teleológica situaciones que a lo mejor no retornarán, como puede ser una revolución. Pareciera ser más fácil pensar en la vuelta a los Antiguos regímenes, como se vive hoy en algunas partes del mundo, que el regreso a la lucha por la libertad y la igualdad. Es observable que las respuestas de las fuerzas reaccionarias a las crisis han tendido a aumentar el control de las sociedades retrotrayendo realidades logradas. No obstante, debemos darle una chance a la posibilidad del retorno de la lucha por la igualdad. En el siglo XX, esa realidad se ha exteriorizado en la lucha por los derechos humanos y las ansias de fortalecer culturas de derecho. En esta cuestión de la unicidad y la repetición, Koselleck nos señala que los historiadores de las crisis deberían fijarse no sólo en qué ocurrió (la unicidad) sino en el cómo fue posible que ocurriera (las estructuras de repetición).

REFERENCIAS

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“VIVIMOS EN LOS

TIEMPOS DEL CAOS,

POR

MÁS QUE NOS LLAMEMOS LOS HOMBRES DE LAS LUCES”. EMOCIONES, ELECCIONES Y GUERRA CIVIL. LA DOSIFICACIÓN DEL MIEDO COMO FACTOR DE CRISIS POLÍTICA (1839-1851)

Introducción

urante los últimos años se ha observado en diversos países la proliferación del miedo como práctica política. Esto incentivó la reflexión teórica sobre el papel de las emociones en los procesos electorales contemporáneos a través del estudio de casos específicos. Este giro se caracteriza por la atención puesta en las emociones como fuente privilegiada para el estudio de los actores. En ese sentido, las emociones no son meros estados psicológicos personales, sino prácticas sociales y culturales que inciden en el mundo circundante de los colectivos e individuos1. Es más, las emociones han generado una cohesión social observable en las comunidades afectivas, categoría entendida por Victoria Corduneanu de forma similar a la esbozada por la historiadora Barbara Rosenwein, es decir, como un grupo de personas, familias, gremios, vecindarios, etc., que en un mismo espacio comparten un sistema de sentimientos, estableciendo qué es lo que estas comunidades y los individuos que la componen definen valioso o perjudicial para ellos; cómo evalúan las

1 Corduneanu, 2019, 73-78.

emociones de los demás; cuál es la naturaleza de los lazos afectivos entre las personas que se reconocen partícipes de la comunidad emocional; y cuáles son los modos de expresión emocional que fomentan, toleran y deploran2.

En la misma línea, Laura Caramelo investigó desde las ciencias de la comunicación el lenguaje emocional verbal y no verbal de Donald Trump durante la campaña electoral del año 2016. Para ello, analizó los gestos, la postura, la orientación, la expresión facial, la paralingüística y la proxémica. Entre sus conclusiones se destacan tres puntos: el uso de las emociones se adecúa al contexto de enunciación (terrorismo e inmigración); el cuerpo adquiere un rol protagónico con respecto a cómo las emociones son expresadas y transmiten información al espectador; y, por último, el miedo tiene una eficacia cortoplacista, no proyectable en el mediano o largo plazo, lo que en parte causó la derrota electoral de Trump ante Joe Biden3.

En Chile está ocurriendo un fenómeno similar. Desde una óptica sociológica y ensayística, Kathya Araujo planteó la existencia de una ambivalencia en el Chile contemporáneo, observable en la crítica abstracta al autoritarismo, mientras que en paralelo se comprende dicho concepto como una práctica eficaz para el ejercicio del poder. Esta paradoja se fundamenta en el miedo a los subordinados. Ejemplos históricos de este fenómeno, para el contexto decimonónico, son el tipo ideal portaliano y el tipo ideal hacendal, los cuales funcionaron con el objetivo de amainar el temor en un contexto donde la autoridad debía gobernar en base a una profunda desconfianza4.

Estos esfuerzos intelectuales emprendidos desde las ciencias sociales ameritan ser pensados en clave historiográfica, lo que conlleva aclarar algunos puntos. De partida emoción, sentimiento y pasión son conceptos históricos que, para facilitar el desarrollo de la presente exposición, se utilizarán como sinónimos, considerando que eran empleados de forma intercambiada por los letrados de la épo-

2 Rosenwein, 2002, 821-845; Rosenwein, 2010, 11.

3 Caramelo, 2020, 269-284.

4 Araujo, 2016, 25-58.

ca. Sin embargo, esto no quita que tuviesen matices, lo que se observa en las investigaciones realizadas para los casos de Alemania, Reino Unido y Francia, careciendo aún Latinoamérica de un estudio sobre el léxico de las emociones y de su transición desde una conceptualización filosófica y teológica a otra científica5.

Por otro lado, la emoción entendida como una categoría analítica, elaborada en el presente para el estudio del pasado, posee un fundamento epistemológico ya desarrollado de forma profusa por diversos intelectuales, entre ellos William Reddy, quien sostiene que las emociones poseen un carácter biológico-universalista y culturalconstructivista. Esta conexión entre presupuestos aparentemente dicotómicos se sustenta en la teoría de los actos de habla elaborada por el filósofo inglés John Austin. Bajo este marco Reddy creó la categoría emotives, es decir, el discurso emocional no sólo tiene una dimensión constatativa (locutiva), sino también performativa (ilocutiva-perlocutiva) en la realidad material, al mismo tiempo que el discurso emocional influye en la manera de sentir del enunciador (autoexploración)6.

Aclarados estos puntos consideramos relevante cuestionar, desde la historia política de las emociones, ¿cómo se conceptualizó el miedo en la prensa nacional?, ¿puede ser considerado este concepto un emotive? ¿tuvo un rol clave en la movilización o desmovilización política durante las elecciones y guerra civil ocurridas entre el fin de la guerra contra la Confederación Perú-boliviana y la revolución de 1851? ¿cómo impactan las emociones en los procesos de transformación histórica?

Ante estos problemas planteo a modo de hipótesis que la tranquilidad y esperanzas vaticinadas después del triunfo militar chileno de 1839 fueron efímeras. El miedo irrumpió en los espacios públicos, siendo un emotive utilizado de forma pragmática y transversal por la prensa nacional durante los años electorales (1840, 1841, 1846, 1849 y 1851). Esta pasión aludió a diversos fenómenos indicado-

5 Dixon, 2012; Frevert, 2014, 12-19; Matt, 2020, 5.

6 Reddy, 1997; Reddy, 2001, 124-129.

res de cambios políticos y se utilizó estratégicamente a partir de ciertos tópicos: el peligro que significaba para el sistema político la intrusión de una nueva generación liberal en el Congreso; el desarrollo de una revolución, a la usanza de 1829, con sus consecuencias anárquicas en términos políticos y económicos; la incursión de los sectores populares en el campo político, fenómeno que se exacerbó retóricamente por la reorganización liberal y la discusión sobre el socialismo en el espacio público; la alianza estratégica entre elites y sectores populares en base a la conspiración; y el posible triunfo de la barbarie a través de la alianza establecida entre liberales con el pueblo mapuche y los llamados “rotos” urbanos del valle central.

En suma, desde la prensa se buscó movilizar o paralizar al público letrado, ya sea en contra o a favor del régimen imperante, en donde la performatividad del amedrentamiento no fue exclusivamente lingüística, sino también gestual, ya sea a través de la mirada, la presencia física en los locales de votación, el castigo físico, los arrestos y los exilios. No obstante, desde mi punto de vista, el uso reiterado del miedo durante más de doce años de contienda electoral, en conjunto a la resignificación y revaloración positiva del concepto revolución, ocasionaron la dosificación del miedo y, con ello, una crisis política que desembocó en el levantamiento armado de la oposición liberal tras el triunfo electoral de Manuel Montt en 1851.

En términos metodológicos, primero se analiza la conceptualización y usos performativos del miedo, tanto en medios lingüísticos y en menor medida gestuales, en relación con los procesos electorales y la crisis política de mediados del siglo XIX. Posteriormente, se examina el impacto que tuvo el uso de esta emoción en el régimen político y la guerra civil de 1851. Para ambos objetivos, se analizó la prensa redactada en las ciudades de Copiapó, La Serena, Valparaíso, Talca, Concepción y Santiago. Esta aproximación heurística se debe a que los periódicos fueron un artefacto cultural clave en la construcción del espacio público, expresándose a través de ellos las pasiones, dirigidas no sólo a las elites, sino también a los sectores populares.

I. El miedo frente a los procesos electorales

Tras la victoria militar chilena frente a la Confederación Perú-Boliviana en 1839, diversos periódicos oficialistas como La Antorcha expresaron cierta sensación de tranquilidad, conjugándose el progreso y el orden institucional como las directrices de un futuro prometedor. Sin embargo, el mismo periódico puntualizó la proximidad de las elecciones de diputados. Bajo este contexto, lo más importante no eran los mensajes amenazantes de la oposición, sino el hipotético triunfo que podían obtener en la arena electoral7. En 1839 ya se pensaba en la mínima posibilidad de que el oficialismo no obtuviese una representación hegemónica en el cuerpo legislativo, aun cuando existiese un avasallante control electoral por parte de las autoridades ejecutivas. De ahí que el temor como emotive no sólo describiese una realidad, sino que también tratase de influir en ella, disuadiendo un exceso de confianza en los sectores oficialistas para la mantención de una preponderancia representativa.

En la misma línea, diversos periódicos desarrollaron una pluralidad de estrategias para amedrentar a las élites. La más frecuente fue describir los perniciosos efectos sociales y políticos de una potencial revolución. La Época, periódico oficialista, expresó este miedo ya en 1839, el cual se encontraba latente debido a los recuerdos próximos de la última guerra civil ocurrida en 18298. Invocar imágenes pretéritas de un campo de batalla, lágrimas, muertes y cuerpos putrefactos tuvo una finalidad práctica: movilizar desde la temporalización de las emociones que, originadas en el pasado, fluctuaban en el presente, como da cuenta la locución referida a los recuerdos horrorosos y pavorosos. Estas imágenes se contradecían a la felicidad que proveía el régimen imperante, expresándose un orgullo en torno a la obra conservadora sostenida en “la tendencia casi general de la masa al reposo”.

Ahora bien, el miedo a una revolución no se remitió exclusivamente a una dimensión política y social, sino también económica, ya que,

7 La Antorcha, 20 de noviembre de 1839.

8 La Época, 5 de septiembre de 1839.

según El Conservador, hacia 1840 los comerciantes amaban el reposo y las disposiciones pacíficas, “temen ver en un trastorno cruzadas sus especulaciones particulares… estos temen ver sus campos agotados, sus sembrados incendiados”9. La expresión emocional de la paz y tranquilidad tiene un correlato corporal: el cuerpo en reposo, aquietado y controlado por el peso de la noche, si seguimos el lenguaje de Diego Portales. Solo así se podría proyectar la propiedad privada y la productividad económica en aras del progreso y de la acumulación de capital.

Frente a las elecciones presidenciales de 1841 observamos la irrupción de nuevos miedos, no sólo en el espacio capitalino, sino también provincial. El periódico de Coquimbo La Estrella del Norte sostuvo explícitamente la incertidumbre que generaba los resentimientos de la ciudadanía restringida, lo que podía motivar o legitimar una movilización violenta para su ampliación10. Así, de forma paulatina se comenzaba a utilizar de manera retórica la movilización política popular como un factor a temer, pues la incertidumbre que ello generaba en materia electoral podría ocasionar un debilitamiento en la estabilidad gubernativa. No obstante, tampoco se propuso una resolución a una problemática que tarde o temprano podría desregularse, pues la incertidumbre referida en este documento ejemplifica lo complejo que resulta maniobrar en épocas de progresiva politización.

Hacia 1846 este miedo fue exacerbado por la prensa conservadora. Esto debido a la reorganización política liberal manifestada a través de la prensa y la activa movilización de los sectores populares, como ejemplifican los polémicos escritos de Santiago Ramos. De ahí que el periódico El Orden expusiese importantes resquemores a la redistribución, por la fuerza, de la riqueza. Por otro lado, a partir de una lectura de las editoriales de este periódico se desprende que las elites liberales, a diferencia de aquellas conservadoras, recurrieron a la esperanza para incentivar la movilización de los sectores

9 El Conservador, 30 de enero de 1840.

10 Crónica Electoral. La Estrella del Norte, 1 de junio de 1841.

populares mediante la posibilidad de ejercer “empleos públicos”11.

Esto coincidió con las demandas desarrolladas por Ramos mediante su periódico El Pueblo, dando cuenta que las emociones no son solo algo que se siente en la interioridad de los individuos, sino que tienen un efecto performativo en la realidad de los actores12.

En paralelo irrumpió un nuevo miedo en los círculos oficialistas. Según El Artesano del Orden, la rearticulación de la oposición liberal mediante los hijos de los actores derrotados en 182913. La respuesta a este problema sería la represión de la oposición, no sólo mediante los estados de sitio o la persecución política, sino también a través de una reforma a la Ley de Imprenta promulgada durante el mismo año.

Desde el medio El Consejero del Pueblo se buscó generar miedo en los círculos conservadores a través de una imagen específica sobre la oposición, compuesta por jóvenes liberales que, al no haber vivido en carne propia una guerra civil o los primeros años del gobierno autoritario de Joaquín Prieto, no experimentaban una regulación emocional en base a la experiencia14.

Ahora bien, como ya ha demostrado Reddy, las emociones no se expresan sólo por medios discursivos, sino también a través de gestos. Así, entendiéndose la emoción como una práctica que va más allá del uso retórico de la palabra, el empleo del cuerpo fue clave, más aún si nos situamos en las estrategias desplegadas para amedrentar a los sectores populares. El periódico de oposición El Diablo Denunciante de los Abusos de las Calificaciones, rindiéndole honor a su nombre, acusó que las autoridades gubernativas “para infundir el temor con sus miradas a los sencillos labradores, y estar preparado a sostener con su autoridad los abusos de que se reclamase, un subdelegado no se movió de la mesa en todos los días

11 Oposición. El Orden, 20 de febrero de 1846.

12 El Pueblo, 8 de marzo de 1846.

13 Lo que fuimos y lo que somos. El Artesano del Orden, 4 de enero de 1846.

14 El Consejero del Pueblo, 14 de septiembre de 1850.

de calificación”15. La expresión corporal del miedo a través de la mirada y la presencia física de un subdelegado fue un fenómeno tolerado por la comunidad electoral, clave por lo demás en el amedrentamiento popular.

Otra estrategia empleada para generar miedo en los sectores populares, y en específico sobre las guardias cívicas, fue la violencia física y el castigo presidiario, tema constantemente denunciado en los periódicos El Voto Liberal y El Hombre del Pueblo16. Los procesos disciplinadores ejecutados en torno a las guardias cívicas, estudiados de forma profusa por la nueva historia social, poseen un componente emocional insoslayable.

Ahora bien, no sólo se amedrentó a las elites y sectores populares. El terror también se ejerció sobre las autoridades subalternas, quienes además de propagar el miedo en la ciudadanía bajo el amparo institucional también lo experimentaron en carne propia. Según el periódico El Voto Liberal, ante un hipotético triunfo de la oposición era factible que los gobernadores sufriesen un castigo o exilio en manos de los intendentes17. Esto nos mueve a pensar que la ciudadanía experimentó el miedo de forma transversal durante los procesos electorales, volviéndose una pasión fundamental para el sistema político.

También hubo letrados que pensaron el miedo como un medio para generar la movilización de las elites en defensa del orden. De ahí que, en términos retóricos, se apelara a que la oposición conscientemente excitaba la desobediencia y abolición de los poderes constitucionales mediante la movilización del “populacho”. Ante este fenómeno, el periódico El Orden buscó a través de sus columnas incitar la reacción de los grandes propietarios y comerciantes, pues serían los principales perjudicados de ocurrir una insurrección18. Es

15 El Diablo Denunciante de los Abusos de las Calificaciones, 19 de diciembre de 1839.

16 El Voto Liberal, 20 de mayo de 1841; Va en Serio. El Hombre del Pueblo, 10 de junio de 1841.

17 Capítulo de Carta de San Carlos. El Voto Liberal, 20 de mayo de 1841.

18 El Orden, 17 de marzo de 1846.

decir, el miedo no paralizó, sino que incentivó la acción y ofensiva en contra del avance liberal y popular. En la vereda contraria ocurrió un fenómeno similar. El miedo, según El Artesano Opositor, no debe ser un instrumento de paralización, sino un incentivo para la defensa de la propia existencia popular.

En suma, uno de los pilares del régimen autoritario fue el uso del miedo con ayuda de gestos corporales cristalizados a través de las autoridades ejecutivas, como fue la represión cristalizada mediante la prisión, el castigo físico o la constante amenaza del exilio para los hombres públicos. Sin embargo, el uso reiterado de estos tópicos impulsó una pérdida progresiva de su eficacia. Esto en gran medida por la consciencia que muchos ciudadanos calificados tenían sobre sus derechos. A ello se suma la compasión hacia el sufrimiento emocional que experimentaron los compañeros, experiencias que cualquier artesano podía vivir en carne propia. Además, se debe considerar el fermento de las pasiones populares por parte de los letrados liberales por medio de la esperanza, según lo denunciado por La Tribuna: “Las masas populares no piensan, pero piensan por ellas las pasiones de partido, que se expresan por medio de los Diputados, por la prensa, por los sucesos ocurridos en otros países, por la omnisciencia del derecho que viene formado lentamente en los espíritus”19.

Sin embargo, no todos los sectores politizados resignificaron el miedo como eje de resistencia. También se denunció la continuidad que generaba dicha emoción en la desmovilización política, palpable en la abstención electoral. Este fenómeno, que amerita un estudio cuantitativo hasta ahora ignorado por la historiografía, era bastante común durante la década de 1840 según algunos medios como El Voto Liberal expresó y La Patria20 .

19 Proyecto de lei de elecciones del señor Lastarria. La Tribuna, 26 de julio de 1849.

20 Partidos. El Voto Liberal, 20 de mayo de 1841; El Eco Nacional. La Patria, 21 de marzo de 1846.

II. El miedo frente a la crisis política de 1850-1851

Tras la recepción de los acontecimientos ocurridos durante la fase de junio de la revolución francesa de 1848, cuando la clase obrera llevó a cabo una revuelta por el cierre de los talleres nacionales, irrumpieron nuevos miedos21. El socialismo como doctrina que podía iluminar a los sectores populares causó pavor. Según El Comercio de Valparaíso el miedo, llanto y dolor eran emociones que podrían ser reemplazadas por otras de carácter más benigno, lo que incentivaría en definitiva la movilización política y popular bajo preceptos socialistas en desmedro de la élite imperante22.

Desde el periódico El Porvenir se escribió en una línea similar, planteando que el socialismo era sumamente peligroso, no sólo por su potencial cautivador en las masas desamparadas y empobrecidas, sino especialmente por el riesgo que experimentaba la propiedad privada23. Es más, la prensa conservadora empleó y resignificó retóricamente el socialismo como un peligro para el orden, en la medida que sus repercusiones no sólo eran económicas, sino también morales. Los dardos se dirigieron hacia la Sociedad de la Igualdad, club que difundió, según El Faro del Maule, el anticristianismo24.

El crecimiento de la polarización política tuvo un correlato con los nuevos usos del miedo. En la zona norte del país, el periódico El Pueblo de Copiapó aunó estrategias retóricas pasadas buscando generar el miedo en la población letrada mediante la denuncia de una serie de conspiraciones e incertidumbre que esto generaba en la clase empresarial. De tal manera, la sociedad civil estaría alerta ante cualquier movimiento insurreccional gestionado por la oposición25. El miedo al populacho, saqueo y alianza de peones con mineros o comerciantes liberales ocasionó como respuesta el ate-

21 Deluermoz, Fureix y Thibaut, 2023.

22 El Comercio de Valparaíso, 24 de noviembre de 1848.

23 El Porvenir, 28 de septiembre de 1850.

24 El Faro del Maule, 1 de febrero de 1851.

25 Crónica Local. El Pueblo, 22 de noviembre de 1851.

soramiento, una respuesta a las incertidumbres que existían con respecto al futuro.

En la zona centro-sur de Chile una potencial revolución causó pavor en los sectores conservadores. Desde Talca, El Faro del Maule buscó infundir temor en la población al plantear el avance de la barbarie mapuche liderada por el iracundo general José María de la Cruz. En efecto, en la ciudad de Concepción se organizaron fuerzas militares regulares de la frontera, secundadas por los indios, lo que provocó un imaginario amenazante de la civilización26. El miedo como emotive no estuvo ligado directamente a una diferencia ideológica que se buscaba contrarrestar, sino a una experiencia vital que todo ciudadano de Talca y el resto de Chile podría experimentar: el avance de maloqueros a caballo, desregulados emocionalmente, sin reparos morales al momento de acometer saqueos, violaciones y asesinatos. En definitiva, el miedo expresado a través de imaginarios fue otra de las tantas estrategias desarrolladas para mantener a la población en alerta ante el desarrollo de una posible revolución.

Desde Santiago se criticó a la prensa ministerial por enfatizar constantemente el avance de la otra barbarie, aquella urbana y popular, los “rotos”, carne de cañón de cualquier revolución armada y saqueadores a destajo de la propiedad privada27. En la antesala de los motines y la guerra civil era clave mantener a la población alarmada y con cierta incertidumbre, predispuestos a cualquier movimiento o insurrección violenta.

III. La dosificación del miedo

Hasta ahora he analizado la enunciación y performatividad tanto lingüística como gestual del miedo por parte de la prensa nacional, frente a los procesos electorales y crisis política ocurrida a mediados del siglo XIX. Lo interesante es que el incremento del uso del miedo durante ambos procesos conllevó a su dosificación o inefi-

26 Correspondencia. El Faro del Maule, 9 de mayo de 1851.

27 El Amigo del Pueblo, 22 de abril de 1850.

cacia. Este proceso implicó una revalorización del concepto revolución, lo que se vio reflejado en los pronósticos establecidos por El Copiapino, diario que planteó la posibilidad de que se desarrollase un estallido social en caso de que los candidatos defendidos por este diario no fuesen electos, transmitiendo que tras el 48 francés no habría vuelta atrás con respecto a las demandas ciudadanas y provinciales: “pero cuidado con que los pueblos se despierten alguna vez: estos sufren hasta cierto punto, pero colmada la copa del sufrimiento público, hacen trizas, como acaba de hacerlo la Francia a aquellos mismos que remacharon sus grillos”28.

La Barra, medio de comunicación de la Sociedad de la Igualdad, apuntó en 1851 que tanto los miedos políticos (reforma institucional) y económicos (daño a la propiedad privada) asociados a las revoluciones, empleados no sólo para amedrentar a las élites sino también al pueblo, resultaban infecundos para una ciudadanía que, progresivamente, adquiría consciencia de sus derechos. Es más, el nuevo contexto de enunciación incitó la disputa por este concepto político fundamental, el cual adquirió una carga valórica positiva ya que “la libertad jamás ha triunfado sin revoluciones”29. Fue así como el miedo a la represión, el encarcelamiento o los estados de sitio no solo fue perdiendo vigor, sino que generó la movilización de la ciudadanía.

Ante estas situaciones, diversos publicistas buscaron soluciones para mantener a raya a los subordinados. En ese sentido La Revista Católica también diagnosticó que el miedo ya no era suficiente para contener a la oposición, más aún con la irrupción del socialismo en el espacio público30. De ahí que propusiera la profundización de la moral cristiana en las capas populares, aparentemente el único medio para prescribir sentires acordes al orden y así evitar una hipotética revolución.

En fin, la suma de los miedos y su dosificación generó que en 1851

28 El Copiapino, 23 de marzo de 1849.

29 La Barra, 21 de marzo de 1851.

30 La moral católica y la libertad. La Revista Católica, 26 de agosto de 1848.

el periódico La Época describiese dicho año partir del concepto “Caos”:

Vivimos en los tiempos del Caos, por más que nos llamemos los hombres de las luces… Ellos cimentan las malas instituciones, por el temor que engendran de verlas desaparecer sin dejar otras mejores, i finalmente, hasta protestan los horrores i ejecuciones políticas, por el temor de las calamidades que sufren sus frenéticos discursos provocan en las masas ignorantes31.

Reflexiones finales

Entre los años 1839 y 1851 nos encontramos con un periodo marcado por una progresiva polarización política, lo que se vio reflejado en los diversos usos locutivos y performativos del miedo en los periódicos nacionales. En efecto, se transitó desde la prosperidad, esperanza y tranquilidad, aclamadas por el triunfo bélico frente a la Confederación Perú-boliviana, al caos, terror e incertidumbre que propiciaron, en parte, motines y revoluciones.

Durante los años electorales y ad-portas de la guerra civil los publicistas divulgaron diversos miedos con la finalidad de movilizar o desmovilizar a la ciudadanía, ralentizar las transformaciones o conquistar un nuevo futuro. En ese sentido, identifique a grandes rasgos cinco usos del miedo como emotive con la finalidad de difundir el miedo en la población.

Primero, el peligro que significaba para el orden imperante el arribo de noveles diputados liberales al Congreso Nacional. Estos jóvenes hijos de pipiolos al no haber experimentado la guerra civil de 1829, ni las prescripciones emocionales basadas en el escarmiento durante el primer decenio autoritario, se encontraban menos regulados en términos emocionales y, en consecuencia, menos interesados en mantenerse dentro de los marcos institucionales. Esto conllevó

31 Los políticos. Cuadro de costumbres contemporáneas. La Época, 27 de septiembre de 1851.

que fueran visualizados como agentes peligrosos, con la capacidad de mermar la legislación existente o promover un cambio constitucional. Segundo, el desarrollo de una posible revolución o guerra civil a la usanza de 1829. Esto tendría efectos negativos no sólo en términos políticos (cambio de régimen), sino también económicos (merma de la propiedad privada y acumulación de capital). Lo interesante es que en este punto las expresiones de esta emoción ocasionaron una doble temporalización: por un lado, hacer presente el pasado al revivir el trauma de una cruenta guerra civil, por otro, proyectar el atesoramiento y el resguardo ante un inclemente e incierto futuro. Tercero, se criticó la irrupción del “populacho” en el campo político a través de las urnas o en las calles, fenómeno que se exacerbó retóricamente por la reorganización política liberal durante la década de 1840, los escritos incendiarios de Santiago Ramos en 1846, las demandas a favor de la ampliación de la ciudadanía activa y el arribo del socialismo en el espacio público nacional. Cuarto, la alianza estratégica entre peones y grandes propietarios liberales fue vista de forma negativa por varios publicistas, exacerbándose la imagen del roto como un sujeto promotor de la delincuencia, el saqueo y la criminalidad en base a actos conspirativos. A partir de estas ideas los adherentes al régimen debían estar constantemente en alerta, preparados ante la inminente revolución armada. Por último, el miedo a la barbarie reflejada en la alianza que estableció José María de la Cruz con los conas mapuche de la frontera, quienes en conjunto a los sectores populares urbanos del valle central podían generar un desequilibrio militar a favor de las tropas revolucionarias.

Lo interesante es que más allá de la polisemia y usos pragmáticos que expresaron los emotives terror, horror o miedo, fue clave para los actores del periodo estudiado amedrentar mediante la corporalidad y presencia física. Ya sea subdelegados empleando la mirada o no moviéndose de los locales de votación para desmoralizar a pobres labradores; emitir el voto con la cabeza agachada para evitar cualquier contacto visual; el castigo físico que aquejó a la guardia nacional en caso de desobedecer a sus oficiales; el exilio y prisión política que podían experimentar no sólo las élites liberales, sino

también los burócratas como los gobernadores en caso de que la oposición ganase en la contienda electoral. El conjunto de estos factores, especuló, dan cuenta de la conformación de un régimen emocional, es decir, un conjunto de normas y usos de las emociones (en este caso, el miedo) en función de la consolidación del orden autoritario, reflejado “en el peso de la noche” y en “la tendencia casi general de la masa al reposo”. Sin duda esto amerita una futura profundización teórica y empírica más amplia en términos documentales y temporales, partiendo por el estudio del momento portaliano (1830-1840).

Por otro lado, los miedos políticos fueron expresados en la prensa ya que eran claves para la movilización política o resistencia a favor o en contra del régimen imperante. Sin embargo, así como se buscó movilizar políticamente a los artesanos y clases altas mediante el uso pragmático del miedo, también ocurrió un efecto inverso, la desmovilización. Fue recurrente el llamamiento a los “indiferentes” y “neutrales”, sujetos desinteresados en la política. Esto se debió, en parte, por la ansiedad que se experimentó en una sociedad donde el rumor, la desinformación y precariedad en los medios de comunicación daban amplio espacio de acción a la imaginación. Como sea, el indiferentismo es una cuestión que amerita un estudio cuantitativo de la abstención electoral hasta ahora no profundizado por la historiografía chilena.

En síntesis, y de forma irónica, el incremento de los miedos generó, como en el caso peruano estudiado por José Ragas, su dosificación32. El uso político de esta emoción conllevó un agotamiento e ineficacia que, en conjunto a la revalorización positiva del concepto revolución, permiten comprender desde nuevas perspectivas la crisis interprovincial de la república autoritaria ocurrida durante los años 1850 y 1851.

32 Ragas, 2005, 247.

REFERENCIAS

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¿ROLES DE GÉNERO EN CRISIS? UNA

APROXIMACIÓN A LA HISTORIA DE LAS MUJERES

EN EL DEPORTE CHILENO

Introducción

En el contexto de la cátedra Eduardo Cavieres Figueroa nos invitaron a pensar la historia en crisis o la crisis de la historia a partir de nuestro trabajo de investigación, en mi caso, la historia de las mujeres en el deporte chileno en una época que la historiografía chilena ha catalogado como un periodo de crisis, me refiero a la época de la cuestión social (1880-1920)1.

Para algunas perspectivas históricas, la cuestión social se refiere a un periodo de profunda crisis, principalmente, protagonizada por los sectores populares de la población chilena quienes se organizaron y manifestaron en defensa y mejoramiento de sus condiciones de vida y de trabajo, en un contexto de avance industrializador y de consolidación del sistema económico capitalista en el país. Desde una perspectiva similar, investigadores han estudiado la problemática de la cuestión social como una crisis política, en donde la inmovilidad y falta de acción política de la República parlamentaria (1891-1925) habría derivado en una crisis de legitimidad y de nula respuesta o solución a los problemas sociales urbanos que se acrecentaban en las principales ciudades en los comienzos del siglo XX2.

1 Término acuñado en Europa por intelectuales y reformadores sociales para referirse a las problemáticas sociales, políticas y económicas surgidas con posterioridad al establecimiento de la Revolución Industrial. Morris, 1967.

2 Goicovic, 2005; Grez, 2007.

Desde otra mirada, la cuestión social es también entendida como una crisis moral, que transformó los valores y principios que sustentaron y cohesionaron a la sociedad tradicional decimonónica. Desde esta postura sostienen que la cuestión social representaría también una interpelación cultural, que en plena transición del siglo XIX al XX comenzaría a posicionar en el seno de la sociedad chilena aspectos propios de la modernidad. Entre estos aspectos modernizadores en clave cultural encontramos dos que nos interesan. Por una parte, la incorporación e institucionalización de las prácticas corporales, físicas y deportivas de la población y, por otro, el surgimiento de lo que la historiografía ha denominado “la mujer nueva”3.

No hay duda entonces que la cuestión social, al igual que las grandes crisis y guerras, modificó la realidad social y cultural chilena. Sin embargo, y a pesar de ello, aún son escasos los análisis y las reflexiones sobre el impacto diferenciado que las crisis como la cuestión social han tenido sobre mujeres y hombres. En este sentido creo importante tomar la categoría analítica de “género”, introducida hace ya más de tres décadas por Joan Wallach Scott en su clásico “El género: una categoría útil para el análisis histórico”4, a partir del cual se abre un nuevo camino para el análisis histórico ya no sólo de las mujeres, sino que también de los hombres y la diferencia sexual, entendiendo que el género y la sexualidad no son sólo categorías de diferencia, sino que principalmente relaciones de poder que no provienen únicamente de hombres heterosexuales.

De esta manera, el género se posiciona para el análisis como una construcción histórica, cultural, social y política que alude a las características que suelen asignarse a varones y mujeres. Estas asignaciones sociales, que varían según la época y las sociedades, pueden generar desigualdades, es decir, diferencias entre los varones, las mujeres y otras identidades que favorecen sistemáticamente a uno de los grupos, estableciendo relaciones de poder. Uno de los mecanismos por los que opera el género es a través de la construcción de roles y estereotipos, los cuales son entendidos como el con-

3 Veneros, 1997.

4 Scott, 2008.

junto de normas sociales y de comportamientos que son asociados y considerados apropiados para varones, mujeres y personas no binarias. Mientras que los roles de género varían en cada cultura y en cada época, los estereotipos de género son las opiniones o prejuicios generalizados sobre los que una persona debería ser o hacer en función de su género.

La construcción social de los roles de género se encuentra presente a lo largo de toda la vida de las personas, a nivel individual como colectivo. La asignación de rasgos biológicos al género y la “naturalización” de ciertas capacidades, produce la creación de estereotipos como los clásicos que señalan que la fuerza es una característica propia de los hombres, tanto física como emocional, o que la sensibilidad es una cuestión innata de las mujeres, con la que deviene su capacidad de cuidar y procrear.

En un contexto de crisis como el estudiado, es posible evidenciar cómo situaciones que se enmarcan en la urgencia o necesidad son capaces de tensionar e impugnar los roles y estereotipos de género, los cuales al ser construcciones históricas pueden, dado nuevos escenarios, ser modificados y transformados. Un ejemplo de ello sucede con la cuestión social, en donde la población femenina afectada por el crecimiento urbano e industrial debió acceder al mundo del trabajo, tensionando los tradicionales arreglos sociales y de género de la sociedad decimonónica. ¿Qué significaba que las mujeres pobres no pudieran, o no quisieran, atender exclusivamente a sus responsabilidades domésticas? La pregunta sobre el cómo operan los mandatos de género y cómo eran influenciados por las transformaciones sociales que afectaron el mundo del trabajo, es parte de una corriente de la historiografía de las mujeres que ha sido trabajada en Chile.

En este orden de ideas parece interesante preguntarse sobre la manera en que la crisis de la cuestión social afectó y condicionó la práctica física y el deporte femenino, entendiendo a estas acciones como productos de la cultura moderna masculina del cambio de siglo. ¿De qué manera respondieron las mujeres a la institucionalización de las prácticas físicas y de los deportes femeninos?, ¿Cómo el

género y las identidades sexuales han influido o han sido influidos por las experiencias de las mujeres en el deporte?, o bien, ¿Las mujeres lograron a través del deporte impugnar o, tal vez, en sentido contrario, reafirmar los roles de género asociados a su sexo en la época? En definitiva, buscamos acercarnos a comprender sobre si la crisis de la cuestión social fue capaz de devenir en una crisis de roles de género tradicionales en el campo deportivo.

Una característica importante de la historiografía de las mujeres y los estudios culturales ha sido reconocer su heterogeneidad, teniendo en cuenta la forma en que el género se entrelaza y cruza con otras variables determinantes como la clase, la raza, la sexualidad y otros sistemas de dominación. En este sentido, es también de nuestro interés profundizar sobre si existió alguna diferencia de clase en el acceso y la participación femenina de la práctica física y los deportes en el contexto de la cuestión social.

I. Introduciéndonos en los estudios históricos y sociales del deporte

Existe un consenso en las Ciencias Sociales en considerar al deporte como una construcción social y un símbolo cultural propio de una época y sociedad determinada. Para Marc Augé5 el deporte, al ser un hecho social total, refleja las tendencias sociales del contexto histórico en donde se manifiesta, configurándose y funcionando como un sistema social completo. De esta manera, el deporte se encuentra sometido en una relación indivisible con la cultura y las estructuras de la sociedad en donde se enmarca, siendo un fenómeno tan relevante a nivel social que incluso contiene características de la sociedad en sí misma e influye en la totalidad de instituciones de ésta.

Así, el deporte comparte, reproduce y configura los valores básicos predominantes en el contexto sociocultural en que se desarrolla, justificando su transmisión en la tradición y los valores compartidos como la competencia, que “ayudan a estructurar la cultura, aunque

5 Augé, 1999, 55-68

tienden a reflejar las normas culturales, también ayudan a determinarlas”, como señala Celeste Beck6.

El deporte actúa como un microcosmos de la sociedad, que encuentra su perfecto reflejo en las instituciones deportivas, las cuales a medida que la sociedad cambia, van modificando su naturaleza, sus formas de adaptarse y de dar respuesta a las expectativas generadas por la aparición de nuevos valores y expectativas sociales.

Para la perspectiva sistémica, la actividad física y el deporte no son un universo cerrado en sí mismo, sino que se encuentran insertos dentro de los sistemas socioculturales desde donde surgen las características que lo conforman dentro de las sociedades específicas. El sistema deportivo, como sistema abierto, se complejiza al mismo tiempo que el sistema social. Esto es lo que algunos han denominado “isomorfismo del sistema deportivo”, es decir, que este mantiene una relación homóloga con el sistema social.

Desde el estructuralismo constructivista y siguiendo a Pierre Bourdieu7, el deporte es un ámbito marcado simbólicamente en donde se reproducen las asimetrías existentes al interior del sistema social general, por lo que, para estudiarlo, además de considerarlo una construcción social, es necesario analizarlo en el conjunto del sistema social. De acuerdo con esto, el análisis de las prácticas deportivas debe considerar su relación con las otras áreas o sistemas que conforman el macrosistema social, es decir, su relación con lo político, lo económico, lo ideológico, etc., como también su relación con el cambio social.

En su obra La distinción de 19798, Bourdieu discute cómo los deportes determinan a los grupos sociales, por ejemplo, al reflexionar sobre el por qué en Europa las clases trabajadoras tienden a participar más en deportes como el boxeo y el fútbol, mientras que las élites son más proclives a la práctica del golf y tenis. A través del deporte, señala el francés, las clases sociales incorporan visiones de mundo

6 Ulrich, 1975, 175.

7 Bourdieu, 1988.

8 Bourdieu, 1979.

y orientaciones de consumo, las cuales son esenciales para la reproducción de la vida social y de la cultura.

De esta manera, comprendemos que el estudio social del deporte exige colocar la atención en el grupo social que lo construye. Y es que el sistema de relaciones, la estructura, los valores, la cultura deportiva y todo lo que rodea al fenómeno deportivo, ha evolucionado históricamente acompañando las transformaciones y los cambios ocurridos en la sociedad entendida de forma holística. Expresado así, el deporte parece ser un espacio propicio para explorar las distintas formas en que los hombres y mujeres interpretaron la experiencia corporal de la práctica física, no como una determinación biológica, sino que, como parte de un entramado social concebido a partir de una serie de roles de género masculinos y femeninos diseñados para responder a las demandas de la modernidad en el cambio de siglo.

II. Entrelazando el género, la sexualidad y el deporte

Desde mediados del siglo XIX, cuando el deporte moderno en Occidente tomó una forma organizada, hasta la actualidad, el deporte ha sido una actividad claramente diferenciada por género. Por lo tanto, es de esperar que utilizar el género como principio conceptual y organizativo, proporciona conocimientos esenciales sobre su carácter. No obstante, debido a que el deporte ha estado dominado por los hombres, el enfoque en el género a menudo se equipara con la historia de las “mujeres en el deporte” y sus luchas, las cuales han sido levantadas durante muchos años en pos de alcanzar la igualdad con los hombres.

Si bien, nos parece fundamental reconocer la historia de las mujeres en el deporte, gracias al trabajo de exhaustivas investigaciones con archivos y fuentes que otorgan datos empíricos que contribuyen a su visibilización, entendemos que el género es una categoría social de análisis de mayor complejidad, que es cambiante tanto en relación con el sexo opuesto como dentro de la propia categoría sexual. Por lo tanto, no basta con mostrar pruebas de las diferencias

entre hombres y mujeres y de los logros de las mujeres. Lo crucial para alcanzar la complejidad de la reflexión en torno al género es su estrecha relación con la sexualidad, tanto en términos de prácticas culturales como del deporte específicamente, de modo que no podemos discutir uno sin el otro.

En las sociedades occidentales se ha construido socialmente una dicotomía de género entre hombres y mujeres, conocida como binarismo, el cual responde a interpretaciones de sentido común respecto de las diferencias biológicas de cada sexo. Estamos influenciados en todos los aspectos de nuestras vidas por el binarismo de género (masculino o femenino) al que estamos socialmente adscritos al nacer. Debido a la fuerza de la asociación entre lo masculino y la masculinidad y lo femenino y la feminidad, aunque “género” (una categoría cultural) y “sexo” (una categoría biológica) no son sinónimos, en el discurso de sentido común y en la política pública ambas se han usado indistintamente. Juntos, han producido ideas dominantes sobre hombres y mujeres, masculinidad y feminidad, ideas que se consolidaron en el deporte durante su historia temprana a partir de su institucionalización y difusión como práctica cultural.

Pero el género no está conectado de manera innata con la anatomía física de cada persona, sino, más exactamente, con las interconexiones entre sexo y género, y con el sentido que cada persona biológica le otorga de acuerdo con su identidad personal, las cuales no siempre responden a las que se le atribuyen socialmente. Por lo tanto, es importante señalar que las complejidades tanto del sexo como del género en diferentes deportes y contextos sociales son variadas, y se encuentran lejos de ser una experiencia unitaria y homogénea.

Algunos recordatorios que nos ofrece la investigación histórica del deporte para comprender que el género y la sexualidad no son sólo categorías de diferencia, sino que principalmente relaciones de poder, son la exhaustiva cantidad de escritos populares, revistas, secciones de periódicos, biografías, historias, y un largo etcétera de publicaciones que han registrado y celebrado los deportes mas-

culinos y la vida de los hombres en los deportes desde la segunda mitad del siglo XIX en Chile, Latinoamérica y las sociedades occidentales. Llama más la atención que especialmente se ha documentado aquellos deportes que posiblemente reflejan la esencia de una hipermasculinidad como lo son el fútbol, el boxeo y las carreras de caballos, prácticas muy populares en el cambio de siglo. A diferencia de ello, con mínimas excepciones, no se registró sistemáticamente la participación de las mujeres en el deporte en ninguno de estos medios, situación que ha dificultado la tarea de historizar e investigar los motivos de la presencia y/o ausencia de las mujeres en estos espacios.

El enorme desequilibrio entre el reconocimiento público de los deportes masculinos y los femeninos incorpora, en primer lugar, una ideología de sentido común arraigada desde hace tiempo según la cual los hombres, por su propia naturaleza, están más preparados para participar en formas enérgicas y agresivas de actividad física que las mujeres. En segundo lugar, refleja el poder de los hombres para dominar la participación, la mediación, la gestión y las finanzas del deporte.

El enfoque de los estudios culturales permite concebir el deporte en la prensa como un terreno en disputa por la hegemonía. De acuerdo con el historiador chileno Pedro Acuña9, la historia del deporte moderno, como otras áreas de la cultura de masas, es una historia de lucha cultural, y esa lucha se dio simultáneamente en clubes, estadios, gimnasios, y fundamentalmente, en los medios de comunicación.

De esta manera, las revistas deportivas, que son una de las principales fuentes en donde se puede encontrar registros y archivos respecto de la participación femenina en el deporte, contribuyeron en la difusión de roles de género e imaginarios asociados a la feminidad y la masculinidad hegemónica. Las construcciones sociales de estos roles de género se fueron dando de forma paralela, puesto que la masculinidad es relacional, por lo que requiere de la feminidad para autodefinirse en tanto implica un proceso de diferenciación.

9 Acuña, 2021.

Por una parte, encontramos los imaginarios y roles masculinos, los cuales han sido trabajados por el propio Acuña, para quien están “imbuidos de discursos médico-higiénicos provenientes de la ciencia en boga, así como también valóricos, estructurados a partir de cualidades sociales como la disciplina, autocontrol y productividad del país”10. En la época del gobierno de Carlos Ibáñez del Campo y más profundamente el periodo de la dictadura, el Estado y las instituciones deportivas buscaron promover a través del deporte un “Patriotismo saludable”, en donde tanto el matrimonio, como la paternidad y la autoridad masculina eran entendidos como bases de la nación chilena.

III. “La mujer nueva” y los inicios del deporte femenino

Señalamos que el deporte sirve como constructor social y promotor de cualidades esenciales de la masculinidad hegemónica, entre las cuales se incluyen la agresión, la fuerza, la competencia, entre otras características, que se fueron consolidando de forma paralela al estereotipo femenino tradicional del siglo XIX.

Este estereotipo de feminidad tradicional ha sido trabajado por historiadoras como Diana Veneros11, quien señala que los roles clásicos conformados en la sociedad decimonónica asociaban a las mujeres a la domesticidad, la familia y el espacio privado. La debilidad física, intelectual y moral eran también parte de las características de la mujer tradicional, en quien se depositaba un exceso de sentimentalismos como parte de una esencia femenina.

Esta identidad femenina en el espacio deportivo habría sido una de las barreras que se levantaron para mantenerlas excluidas. Sin embargo, entre 1900 y 1930 es posible percibir una lenta transformación en el perfil físico y moral de la mujer chilena, experimentando una revolución general en los usos y las costumbres asociadas a todas las clases sociales. En esta transición se colocó en duda

10 Acuña, 2021, 19.

11 Veneros, 1997, 19-40.

el modelo de femineidad clásico tradicional que asociaba a la mujer exclusivamente a los ámbitos de la maternidad y domesticidad, donde la fragilidad física y la debilidad impedían su participación en los deportes. La aparición de “la mujer nueva”, fue acompañada de una mayor visibilidad en el espacio público, el uso de maquillaje, nuevas vestimentas, la música, el cine y los autos.

El concepto de “la mujer nueva” de finales del siglo XIX refleja las ideas cambiantes sobre la sexualidad femenina y el deseo de salirse de los roles de género tradicionales. Como ha demostrado Michel Foucault12, en la misma época surgieron diferentes estilos de prohibiciones sexuales y la noción articulada de la homosexualidad como patología, incluso enfermedad. La medicina y la sexología jugaron un papel decisivo al permitir el surgimiento del concepto de sexualidad, que llegó a ser cada vez más considerado como un rasgo de personalidad y un modo de sensibilidad. Con el surgimiento del modernismo, las imágenes del cuerpo, especialmente el cuerpo femenino, fueron redefinidas y transformadas.

En este proceso de transformación cultural, los deportes y la cultura física pudieron ser concebidos como aliados en el surgimiento de “la mujer nueva”, ya que con su práctica aumentaba su exposición en el espacio público y en la prensa. Además, se incentivaba el uso de indumentaria deportiva, muchas veces transgresora de las tradicionales vestimentas, y se motivaba la organización autónoma de las mujeres. El surgimiento de una mujer moderna, fuerte y en forma desafió las ideas establecidas sobre la debilidad femenina, y el auge del deporte femenino y la cultura física contribuyeron a la liberación del cuerpo femenino.

A pesar de ello, el paternalismo y la dependencia de la participación femenina de los agentes mediadores del deporte, especialmente el Estado, la prensa y las dirigencias, hicieron del deporte femenino un espacio de intervención y reproducción de los roles de género tradicionales. A cambio de su aceptación, se promovió la incorporación de una cultura física femenina altamente estereotipada, tanto 12 Foucault, 1998.

en los hábitos corporales, como en la mente de las niñas y jóvenes chilenas.

IV. La educación física femenina, abriendo oportunidades

Desde finales del siglo XIX, las estudiantes de las escuelas públicas para niñas comenzaron a practicar gimnasia con entusiasmo. En el contexto de estudio, el desarrollo de la educación física en las escuelas adquirió una nueva importancia, en parte, porque algunos responsables políticos y educadores la vieron como una forma productiva y rentable de permitir el desarrollo de una maternidad eficaz y una descendencia sana, fuerte y robusta. La promoción de la salud, la sanidad, la higiene y la prevención de la mortalidad eran problemáticas que la educación física podría prevenir y resolver a través de su enseñanza desde la educación fiscal.

La implementación de un nuevo plan de estudios fue un desafío que asumieron profesores europeos que asentaron el modelo internacional de educación física alemana, en donde las mujeres fueron reconocidas como agentes activas de la cultura física. Este reconocimiento marca una ruptura respecto de la educación chilena del pasado, en donde solo se consideraba pertinente para la mujer acceder a una educación que se dedicara exclusivamente a mantener las labores de sus quehaceres domésticos. Así, las mujeres fueron consideradas protagonistas. En la Guía de Jimnasia Escolar, para el uso de los Liceos i escuelas de ambos sexos13 escrita por Francisco J. Jenschke en 1894, se planteaban explícitamente los ejercicios que eran o no apropiados para las mujeres y cuáles podían ser practicados por ambos sexos.

Por otra parte, estos modelos educativos promovieron una nueva mirada genérica de las mujeres, reforzando con nuevas variables y propuestas el mandato tradicional que las orientaba hacia la maternidad y la procreación. La educación física tenía el papel de mejorar la salud de la mujer, para que ésta pudiera parir hijos sanos y ro-

13 Jenschke, 1894.

bustos. Además de fomentar el ejercicio desde el hogar, se instaló el ideario de que en las capacidades físicas de la mujer estaría determinado el estado físico de la nación.

La mirada biologicista sobre el deporte y de la salud de la nación, fue un constructo sumamente poderoso durante décadas en el país, que logró atravesar diferentes períodos gubernamentales y propuestas políticas. En su reafirmación cultural participaron científicos, médicos, estadistas, la prensa e incluso las mismas deportistas, quienes fueron constantemente reproductores del discurso de “modernidad” del cuerpo a través del ejercicio. Lo paradójico es que estas corrientes ideológicas “modernas”, reproducían estereotipos de género conformados en el seno de la sociedad tradicional chilena, en donde la preocupación por la unidad de la nación y la consolidación del “ciudadano”, del hombre nacional, seguían siendo una constante.

Juana Gremler, educadora alemana asentada en Chile, fue la primera mujer en disputar a nivel institucional y estatal la aceptación e inclusión de la educación física en las escuelas públicas de niñas. En el tránsito del siglo XIX al XX escribió manuales, guías, recomendaciones y libros dirigidos al Ministerio de Educación solicitando más horas de clases, mayor financiamiento y más infraestructura para el desarrollo de la práctica física de las niñas. Sin embargo, al analizar con perspectiva de género las intervenciones de Gremler podemos evidenciar que siempre se mostró vigilante respecto de mantener los roles femeninos tradicionales y evitar la transgresión de ellos desde el deporte.

En su libro Jimnástica para niñas, señala que esta “debe tener el mismo valor final, pero no debe ser nunca como la de los niños. El fin es el mismo: aptitud física i moral. La diferencia consiste en la elección de los ejercicios, la dirección de éstos i en el método”14. A medida que va desarrollando sus argumentos, Gremler plantea precauciones para los ejercicios que podrían violentar el cuerpo y perjudicar la estética, evitando a toda costa los juegos de pelea o

14 Gremler, 1902.

aquellos que produzcan altercados entre las mujeres. La femineidad es también una preocupación constante en sus escritos. De esta manera, la educación física escolar de las mujeres no se convertiría con los años en un espacio revolucionario, sino más bien, en un espacio de intervención y reproducción de roles de género incorporados tanto en los hábitos corporales, como en la mente de las niñas y jóvenes chilenas.

V. Expansión de los deportes femeninos

Si bien, la mirada biologicista propia de la época y los prejuicios de género marcaron las discusiones en torno a los deportes, la educación física y la práctica deportiva femenina, también influyó el avance en la materia a nivel internacional. Fuera de Chile, el deporte femenino comenzaba a crecer y ser una ocupación de políticas de Estado en países europeos como Alemania y Francia, y en otros sudamericanos como Argentina y Brasil. De esta manera, el espíritu de imitación presente en Chile, junto con la ascensión de gobiernos con un contenido más populista respecto del deporte, complementaron positivamente el giro en cuanto a la mirada hegemónica sobre el deporte femenino, marcando el cambio hacia una aceptación estratégica respecto de la participación de la mujer en un área que hasta antes era impensada.

Esto permitió, durante la década de 1920, una apertura y crecimiento en la participación de mujeres en una multiplicidad de deportes, muchas de las cuales dieron el puntapié inicial a su práctica en el país. Entre los deportes que se abrieron un lugar para la práctica y competencia femenina a partir de la década de 1920, se destacan: los deportes de la élite (tenis, críquet, equitación, golf); los deportes acuáticos (natación, buceo, boga); los deportes individuales (ciclismo, patinaje, automovilismo, tiro al blanco, aviación); los deportes atléticos (atletismo); los deportes colectivos (basket-ball, volley-ball, hockey); y, los cuestionados deportes de roce (foot-ball, boxeo, esgrima, Jiu-Jitsu). A partir de la constancia, el ímpetu y del ejemplo de algunas deportistas nacionales y extranjeras, más mujeres comenzaron a practicar deportes, y la prensa poco a poco debió

ir dejando a un lado la invisibilización e indiferencia que mantuvo durante estas décadas, debiendo dedicar reportajes, entrevistas y fotografías que las representaran en sus páginas.

La provisión pública en forma de canchas, campos y piscinas aumentó a lo largo del período, aunque debido a la falta de registros consistentes es difícil identificar la naturaleza de su uso con precisión. En tanto, las fuentes muestran que dichas instalaciones eran populares tanto para la participación informal como para las competiciones. La natación pública proporciona un ejemplo informativo en términos de actitudes alteradas porque evolucionó de ser una actividad realizada por un sexo “único” por razones de decoro, a una en la que el baño “abierto” (mezclado de hombres y mujeres) se convirtió en algo común a lo largo de todo el país. Disfrutado en todas las clases sociales, el número de personas que nadaban en piscinas locales creció a lo largo del período, sin duda ayudado por la expansión de la oferta. En 1927 la revista Los Sports señalaba que “la natación como recreación se está volviendo cada vez más popular”15

Especial atención otorga el ingreso de las mujeres a deportes tradicionalmente “de hombres” puesto que con su accionar impugnaron y transgredieron la construcción de género, aunque para el caso chileno, de acuerdo con las fuentes encontradas las deportistas no alcanzaron a ser conscientes de aquello. A diferencia de la realidad europea, en donde según investigaciones de la historiadora Roberta Park, las primeras deportistas de los siglos XVIII y XIX reconocieron que la fuerza física, el derecho a ejercitarse y a ser educadas físicamente eran cuestiones feministas16.

15 Los Sports, n°213, natación balance de temporada, abril 1927, 5.

16 Park, 2007, 1573

VI. El deporte en la mujer: una herramienta de vigilancia de los roles de género tradicionales

La irrupción de niñas y mujeres jóvenes en juegos masculinos abiertamente populares fue esencialmente simbólica. Tan pronto como terminaba el juego, se asumían los roles y comportamientos “apropiados para las mujeres” previamente prescritos. Había una preocupación general por el decoro femenino y garantías de que las mujeres no buscaban emular a los hombres ni invadir sus dominios. La ambivalencia y la ironía en la forma en que las mujeres se adaptaron a sus roles en el deporte se resume involuntaria, pero perfectamente, en el cumplido hecho a una directora sobre el comportamiento de su equipo de críquet: “Las niñas juegan como caballeros y se comportan como damas”.

Otro ejemplo de la ambigüedad en el discurso de las mujeres en espacios de poder dentro del deporte femenino lo encontramos en Azucena Villanueva, secretaria de la Asociación Deportiva Femenina de Valparaíso, una de las más importantes organizaciones gestoras del deporte femenino. En una entrevista dada en 1927 a la revista Los Sports, Villanueva respondió a la pregunta sobre si incluirían entre los deportes el box, que “no hace falta. Todo tiene su límite. Así como hay deportes apropiados para la mujer, hay también razones que asisten a la mujer y la ponen a cubierto de las añejas ideas”17. La cita refleja su motivación por remover las estructuras tradicionales del pasado, pero sin salirse de los márgenes de los roles asignados para el género femenino.

Quienes sí reconocieron el carácter transgresor de ciertas prácticas deportivas de “la mujer nueva” fueron los agentes mediadores del deporte, especialmente el Estado, la prensa y las dirigencias. Estos hicieron del deporte femenino un espacio de intervención y de reproducción de los roles de género tradicionales. Para ello, configuraron una serie de obstáculos institucionales, socioculturales y económicos, como la marginalización y la estigmatización social de aquellos deportes que implicaban más transgresión. Amparados en

17 Los Sports, 1927, julio, n°226, 3.

la opinión médica y en una mirada biologicista, su preocupación los llevó a considerar que estos deportes transgresores podían implicar una amenaza para la capacidad reproductiva femenina ante el exceso de esfuerzo físico. En otras palabras, la maternidad fue un argumento que se mantuvo firme en el centro del discurso sobre la participación de las mujeres en la actividad física.

En abril de 1938, Sara López Ramírez, presidenta de la Federación Nacional y de la Asociación de Basket-ball femenino que agrupaba a decena de clubes y organizaba importantes competencias nacionales, señalaba que … la mujer debe practicar Gimnasia y Deportes, como una medida higiénica que le será indispensable para obtener una vida pletórica de salud y vigor, condiciones indispensables para cumplir en forma normal la más santa de las misiones que le ha dado el Creador. ¡La Maternidad!, ¡Ah!, y todas las mujeres desean un hijo sano y bello. Es por esto que no se debe olvidar que la ciencia ha demostrado lo siguiente: solamente las mujeres sanas tendrán hijos sanos, porque, la salud de la mujer es más indispensable, es más biológica que la del hombre para la transmisión de la herencia18.

Este escrito titulado “Cultura Física Deportiva” aparece en la revista

Acción Femenina, dirigida por Amanda Labarca y órgano de difusión de las ideas del partido Cívico Femenino, importante organización feminista de la época, donde López Ramírez estaba a cargo de la “sección deportiva”. Es interesante la incorporación de una perspectiva deportiva en un medio de comunicación con contenido político y declarado como feminista para la época. Sin embargo, el contenido del escrito refleja la preocupación constante incluso de las propias mujeres dirigentes respecto de la vigilancia y mantención de los roles de género tradicionales.

Por otra parte, los agentes estatales, dado los problemas de higiene

18 Acción Femenina, 1938, mayo-junio, n°31, 25.

y salubridad presentes en la época de la cuestión social buscaron promover el ejercicio y la práctica física de la mujer, mientras que a la vez también se mantuvieron alertas de que estas prácticas no transgredieran el límite de lo permitido. Por ello, a partir de la década de 1920 la opción que tomó el Estado fue clasificar a algunos deportes como “femeninos”, en donde se incluyeron aquellos que se caracterizaron por reforzar los ideales femeninos hegemónicos, enfatizando la belleza, la gracia y la cooperación. Estos fueron, además, fomentados y difundidos desde sus espacios de poder.

Un caso especial es la experiencia deportiva del automovilismo y la aviación. Estos deportes permitieron más que otros un respiro del discurso de género sobre la destreza física, dirigiendo la discusión sobre la eficiencia del equipo como principio de compromiso. Los deportes motorizados no dependían sólo de la potencia física, sino más bien de la resistencia general, la perspicacia tecnológica y la voluntad de abrazar la vida al máximo en busca de aventuras y emociones, cualesquiera que fueran los riesgos que implicaran.

A pesar de este avance, los roles de género tradicionales siguieron presentes como una preocupación constante del mundo deportivo femenino. La prensa y los discursos médicos se enfocaron en reforzar estereotipos, mientras que proyectaban y reforzaban la imagen de una masculinidad hegemónica a través del deporte. El Estado se tomó de estas representaciones para, especialmente en el gobierno de Ibáñez del Campo (1927-1931), acentuar el discurso de la defensa de la raza, donde las mujeres tenían un rol especial en torno a la maternidad y a la producción de hijos sanos y robustos.

En esta empresa tuvo especial acogida la participación de mujeres en espacios de toma decisiones estatales como la doctora Cora Mayers y la pedagoga Ruth Kock, quienes fueron parte integrante de la Comisión Nacional de Educación Física (CNEF), primer organismo del Estado que se preocupó de la práctica física de la población. Creada en 1923 la CNEF se propuso como objetivo “llegar a formar una generación sana, útil a la patria y al hogar”19. En esta meta, las mujeres

19 Los Sports, 1923, agosto, n°21, 5.

estaban presentes reproduciendo los roles tradicionales asociados al espacio privado de lo doméstico. De todas maneras, el aporte de Kock en el mejoramiento de las condiciones de infraestructura y en la promoción de una cultura física en las mujeres en etapa escolar fue fundamental para el desarrollo del deporte femenino.

Por su parte, la prensa deportiva hizo eco de estas representaciones tradicionales, masificándolas y popularizándolas durante la década de 1920. Entre 1923 y 1929, es posible identificar un giro editorial en Los Sports respecto de la imagen de la mujer en el deporte. En un primer periodo, la revista se comprometió con la difusión y promoción de los múltiples deportes femeninos que comenzaron a surgir en el país, con reportajes y, especialmente, fotografías de mujeres deportistas que se tomaron sus principales páginas. Sin embargo, es posible identificar un segundo periodo con un cambio editorial, con la difusión de reportajes de lo que se ha denominado cultura física, es decir, todas aquellas actividades en las que el cuerpo mismo, su anatomía, su fisicalidad y sus formas de movimiento son el propósito central de la actividad. Ya no sólo reportajes y fotografías, sino que también entrevistas, opiniones de expertos, nuevas secciones femeninas, publicidad y recomendaciones de autor. En ellas, se señalan las ventajas e importancia de la cultura física femenina, promoviendo una belleza hegemónica y una conceptualización estereotipada respecto de las corporalidades femeninas, en donde los deportes y la práctica física eran considerados como mediadores entre el público y la obtención de la belleza dentro de los cánones establecidos genéricamente20.

De esta manera, las representaciones de la mujer moderna, fuerte y en forma tomaron muchos modos, invitando al público femenino a usar nuevos tipos de ropa, percibir sus cuerpos de nuevas maneras y realizar actividades más atléticas y físicamente exigentes. El crecimiento de distintas modas deportivas y la publicidad dedicada a ellas reconocieron la existencia de una potencial masa de deportistas que estaban privadas en el ámbito doméstico. La inclusión de anuncios en las páginas de moda de las principales revistas femeninas indica cómo la recreación física estaba integrada en una

20 Cabello, 2024.

Una aproximación a la historia de las mujeres

comprensión más amplia del ocio y el estilo de vida de la época. Así también, aumentaron las imágenes de deportistas utilizadas para promover artículos no deportivos, enfatizando la centralidad de la cultura física en la vida moderna y la aceptación de la mujer física como protagonista dentro de ella.

Un ejemplo icónico del giro de los medios respecto de la representación femenina en los deportes es la incorporación de una sección de recomendaciones de rutinas de ejercicios para realizar en el hogar, las cuales van acompañadas de imágenes de cuerpos sexuales, fotografías e ilustraciones de cuerpos femeninos con sobrecarga de sexualidad. Es interesante que estas secciones no tienen un correlato en las páginas dedicadas al deporte y la cultura física masculina, por lo que la cosificación que se promueve, mediada por el género, es exclusivamente femenina, y busca fortalecer una representación social de lo femenino a través del deporte y el ejercicio, difundiendo creencias, conocimientos y una amplia gama de prácticas individuales y sociales relacionadas con la salud y la fisicalidad. De esta manera, a través del deporte se promocionaba una manera de entrenar y tonificar el cuerpo que buscaba lograr la forma “juvenil” idealizada que evitaba a las mujeres volverse “masculinas” y amenazadoras para el orden de género tradicional.

Otro ejemplo de la participación de “la mujer nueva” en el deporte se da en el espacio del fútbol, en donde las primeras apariciones públicas de mujeres al interior de las canchas y estadios fue en calidad de lo que hoy conocemos como “modelo”. Numerosas artistas del espectáculo, principalmente del teatro, eran invitadas a dar el “kick off” de importantes partidos de fútbol masculino, como finales de campeonatos o encuentros inter-citys que reunían a miles de espectadores. Otra posición que adoptaban era como premiadoras de los campeones, entregando medallas y trofeos a los deportistas varones destacados. En ambos casos, las mujeres transmitían mensajes sobre feminidad y sexualidad propias de “la mujer nueva”, en donde el cuerpo femenino se convirtió en un símbolo de la modernidad al abrirse paso en un “espacio reservado para los hombres”. Sin embargo, no solo su función dentro de la cancha, sino que también la forma en que vestían, sus peinados e incluso sus formas, expresa-

ban conformidad con los roles e ideales asociados a lo tradicional.

De esta manera, el deporte proporciona un terreno fértil para explorar el desempeño de las identidades sexualizadas y de género, la cultura física y el cuerpo femenino activo en los primeros años del siglo XX. Era sin duda, una época en la que los significados de feminidad y masculinidad se estaban redefiniendo y el deporte femenino se estaba convirtiendo en un lugar de controversia sobre la naturaleza del movimiento.

Para finalizar

La cultura física, expresada a través del deporte y la recreación física, se convirtió en un vehículo a través del cual fue posible identificarse como “moderno” durante los años de la cuestión social. Sin embargo, factores como la clase social, la etapa del ciclo vital y los discursos sobre la idoneidad para las mujeres de algunos deportes frente a otros, mediaron el grado en que cada una podía sumergirse en ese ideal moderno, aunque quienes aparentemente lo hacían eran minoría.

A pesar de ello, el período de la cuestión social puede considerarse fundamental para la expansión y el fortalecimiento del deporte femenino en muchos sentidos. En primer lugar, las escuelas, a través de la influencia de destacadas educadoras, principalmente extranjeras, comenzaron a ofrecer un plan de estudios de educación física exclusivo para que las niñas y adolescentes incursionaran en la práctica física. Esta promoción se extendió a lo largo de todo el periodo. En un comienzo se formó como una disputa con el Estado para facilitar el acceso al ejercicio femenino, mientras que para el final fue utilizado como una herramienta para vigilar la reproducción de los roles de género tradicionales.

En la edad adulta y ya fuera del ámbito educativo, el deporte femenino se abrió un camino para aquellas mujeres de clase alta que disponían de mayor tiempo libre para el ocio. Ellas pudieron practicar deportes apropiados para su género, a partir de la utilización de

instalaciones y canchas de prestigiosos clubes deportivos y sociales en los cuales se encontraban afiliadas.

De este grupo surge una camada interesante de dirigentas deportivas, como Azucena Villanueva y Sara López Ramírez, quienes en Valparaíso y Santiago fueron importantes precursoras del auge del deporte organizado, del deporte universitario y de la unificación nacional deportiva femenina. Sin embargo, sus discursos respondieron a las construcciones de género de la época, evitando la transgresión de los roles de género y siendo férreas defensoras de los imaginarios tradicionales que asociaban a la mujer con la maternidad y el espacio doméstico.

También encontramos a mujeres cuyos logros deportivos y apariencia encarnaban la esencia misma de la modernidad que se respiraba en la época. A través de sus juegos innovadores y opciones deportivas desafiaron la división de género establecida en el deporte y dieron publicidad a la participación de las mujeres en el proceso, pero también fueron celosas de mantener aspectos como la belleza y la estética dentro de los cánones establecidos.

En general, identificamos diversas formas en que las mujeres pudieron acceder al deporte y la recreación física durante el período. Al hacerlo, simultáneamente desafiaron y se acomodaron a las expectativas sociales. A pesar de sus diferentes experiencias, tensiones y disputas, la historia de las mujeres en los inicios del deporte chileno comparte una cuestión en común: no representaron ninguna amenaza para el mundo del deporte dominado por los hombres, ni tampoco lograron penetrar, ni influir significativamente en las estructuras organizativas que se estaban conformando desde el Estado y las federaciones.

La crisis de los roles de género a partir de la participación femenina en los deportes en la época de la cuestión social fue más bien un espejismo. Las fuentes nos señalan que su participación no solo no logró impugnar los roles tradicionales, sino que además terminó siendo utilizado como una herramienta más para vigilar los roles de género tradicionales y reproducirlos a lo largo de todo el siglo XX.

REFERENCIAS

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POR CUALQUIER MEDIO NECESARIO: UNA

HISTORIA TRANSNACIONAL DEL FRENTE DE LIBERACIÓN DE QUEBEC (FLQ) Y DEL MOVIMIENTO DE IZQUIERDA REVOLUCIONARIA (MIR) EN TIEMPOS DE CRISIS

Introducción

Los años sesenta marcaron una era transformadora, caracterizada por movimientos sociales y políticos en todo el mundo que desafiaron los sistemas de poder imperantes y buscaron redefinir las normas sociales. Este período fue testigo de un aumento en el fervor revolucionario, con varios movimientos de liberación que brotaron en distintas partes del globo1. Este artículo profundiza en las ideas de Solidaridad Transnacional y las realidades interconectadas de los movimientos revolucionarios, especialmente el Frente de Liberación de Quebec en Canadá (FLQ) y el Movimiento de Izquierda Revolucionario en Chile (MIR). A manera de marco referencial, cito a la filósofa Carol Gould, quien –tomando prestados los estudios pioneros de Durkheim sobre la solidaridad– aborda dicho término como un principio que va más allá de la ayuda humanitaria y la caridad, señalando, en cambio, un: horizonte de posibilidad, donde se refiere a una disposición que cada uno puede tener para actuar en solidaridad con unos otros (...) una voluntad de reconocer necesidad

1 Gould, 2009, 348-375.

en todos los demás y de actuar de manera general para apoyar sus derechos humanos, especialmente trabajando hacia la construcción de instituciones transnacionales que puedan permitir su realización en todo el mundo, o participando en movimientos sociales que tomen como objetivo el cumplimiento igualitario de los derechos2.

En esta línea, propongo una idea unificadora dentro de los parámetros de los 60’s global3; esto implica que, al iluminar las aspiraciones ideológicas compartidas del FLQ y el MIR, estaré explorando el papel de Salvador Allende más allá de su individualidad, es decir, como una experiencia fundamental del espíritu de resistencia y liberación de la Solidaridad Transnacional.

La Revolución Tranquila de la década de 1960 en Quebec (aquel llamado proceso de modernización y secularización de dicha provincia), permitió el ascenso del nacionalismo quebequense, un sentimiento de anticolonialismo, antiimperialismo y la necesidad de autodeterminación4. El FLQ surgió en este contexto, abogando por la liberación del pueblo quebequense de lo que percibía como un federalismo canadiense opresivo, que favorecía la anglofonía, discriminaba y sofocaba económicamente la identidad franco canadiense. Sus raíces están vinculadas a varios intentos anteriores de lograr la independencia de Quebec, y es así como este movimiento representó los sentimientos de separatismo que surgieron con nuevo énfasis durante la década antes mencionada5

Entre los principales objetivos del FLQ figuraban la garantía de la autonomía política de Quebec y la lucha contra las disparidades socioeconómicas que experimentaban los quebequenses francófonos. A través de atentados con bombas, secuestros y acciones políticas, las diversas células del FLQ pretendían, por un lado, llamar la atención respecto de su causa y por otro, desafiar las estructuras de

2 Gould, 2007, 148–64.

3 Chaplin y Pieper, 2018.

4 Chaput, 1962; Beaudet, 2008.

5 Fournier, 1963.

poder existentes6. Uno de los actos más emblemáticos y con mayor repercusión cometidos por el FLQ fue lo que se conoció como la Crisis de Octubre. En concreto, el 5 de octubre de 1970, el comisario de comercio británico James Cross fue secuestrado en Montreal. Le seguiría el Ministro de Trabajo e Inmigración de Quebec Pierre Laporte durante la jornada del 10 de octubre, lo que finalmente inclinaría la balanza para la invocación de la “War Measures Act” el día 15 de octubre, ley que, entre otras medidas, suprimió las libertades individuales. El 17 de octubre Pierre Laporte moriría ejecutado7.

Pierre Valliéres, uno de los líderes intelectuales del FLQ, quien además redactó uno de los textos más polémicos de la época Negros Blancos de América: autobiografía temprana de un “terrorista” quebequense, en palabras del historiador Bryan Palmer, el texto “defendió la independencia, no argumentando que la sociedad quebequense era diferente, sino sugiriendo que ésta estaba empalada en las mismas contradicciones capitalistas que produjeron la explotación y la opresión en todo el mundo moderno”. De allí que la presencia del FLQ no fuera solo una cuestión de hacer eco de la realidad canadiense. Según los historiadores Maurice Demers y Michel Nareau

La red Valliers-Gagnon fue la más influenciada por la idea de Guevara de que las acciones violentas en sí mismas podían crear la condición ganadora para una revolución exitosa, sin embargo, la referencia más común del grupo sobre su estrategia revolucionaria fue al activista comunista brasileño Carlos Marighela y su mini manual de la guerrilla urbana y a los TUPAMAROS uruguayos por sus secuestros estratégicos y otras acciones urbanas. Por lo tanto, Cuba fue una puerta de entrada para acceder a los movimientos revolucionarios en América Latina8.

6 Laurendeau, 1990.

7 Stewart, 1970.

8 Demers y Nareau, 2018, 147.

En relación con lo anterior, en una entrevista del 28 de septiembre de 1971, Pierre Valliers reflexionó sobre el resultado de la Crisis de Octubre y el papel del FLQ como “parte de la revolución en todas partes”. Para él, Salvador Allende era un marco de referencia: cualquier reforma que pretendiera resolver concretamente los problemas socioculturales y económicos de Quebec “tendría que ser al menos tan radical como las de Allende en Chile”9.

Simultáneamente, en Chile, el MIR surgió como un movimiento revolucionario de izquierda que buscaba desafiar la hegemonía del imperialismo estadounidense a la vez que promover una revolución socialista10. El movimiento enfatizó la necesidad de la lucha armada y la acción directa para derrocar el sistema capitalista y establecer la justicia para la sociedad.

En pocas palabras, el MIR era una organización marxista-leninista que se veía a sí misma como heredera de las tradiciones revolucionarias chilenas. Su declaración de principios estipula que “su objetivo es derrotar el sistema capitalista y reemplazarlo por un gobierno de trabajadores y campesinos gobernado por las instituciones del proletariado, cuya tarea será construir el socialismo y extinguir gradualmente el Estado hasta lograr una sociedad sin clases. La destrucción del capitalismo implica una confrontación revolucionaria de clases antagónicas”11. Esta comprensión de su misión los colocó en un camino intelectual similar al del FLQ, pero con un núcleo ideológico más definido.

Como era de esperar, Cuba fue un punto de encuentro ideológico para los movimientos revolucionarios de todo el mundo, ya que representó un proyecto político y revolucionario exitoso. Así, en 1966, delegaciones de diferentes países –algunas de las cuales incluían miembros de la institucionalidad nacional– se reunieron en la Conferencia Tricontinental de La Habana, un ejemplo concreto y

9 Culhane y Marvin, 1971.

10 Palieraki, 2014.

11 Sandoval, 2014, 195.

largamente esperado de Solidaridad Transnacional12. En el caso de Chile, el principal representante de la izquierda fue el futuro Presidente, Salvador Allende; en el caso del FLQ, algunos de sus grandes ideólogos también participaron del encuentro, entre ellos Pierre Vallieres13.

En medio del clima tumultuoso de los años sesenta, Salvador Allende emergió como una figura unificadora, inspiradora, como una institución en sí misma. Allende abogó apasionadamente por el socialismo democrático, cuestión que lo llevó a la presidencia de Chile en 1970. Su ascenso al poder inspiró numerosos movimientos izquierdistas en todo el mundo, incluido el FLQ de Valliers en Quebec.

A escala internacional, Salvador Allende tenía una extensa agenda de relaciones exteriores que le ayudó a hacerse muy visible para los militantes socialistas de América Latina y los movimientos anticoloniales y antiimperialistas del Sur Global14. Participó en numerosos eventos que congregaron numerosos movimientos con aspiraciones emancipatorias durante las décadas de 1950 y 1960, como parte de su proyecto de liberación de las opresiones provocadas por las políticas colonialistas e imperialistas a nivel global. Como se mencionó anteriormente, asistió a la Conferencia Tricontinental como el representante más destacado de la delegación de los Partidos Comunista y Socialista de Chile. Allí cultivó una estrecha relación con Fidel Castro, a pesar del escepticismo de Castro sobre el camino de Salvador Allende hacia el socialismo o la viabilidad de sus ideas. En 1968, Allende (ahora Presidente del Senado de Chile) asistió a la Conferencia Hemisférica para Poner Fin a la Guerra de Vietnam –celebrada en Montreal– junto a delegaciones del Partido Pantera Negra (Black Panthers), representantes de Vietnam del Norte y miembros del FLQ. Con un tono decididamente antiimperialista, esta conferencia de varios días en Montreal abordó la idea de una vasta coalición revolucionaria transnacional15.

12 Parrott y Atwood. 2022.

13 Brasseaux, 2021, 184.

14 Harmer, 2011.

15 Clément, 2024.

Fuera de la esfera de la solidaridad transnacional izquierdista, las opiniones políticas de Allende resultaron en malas relaciones con los Estados Unidos, ya que aquellos no querían una nueva Cuba en América Latina. Al infiltrarse y promover complots reaccionarios de derecha, Washington se embarcaba simultáneamente en una nueva misión en América Latina para “derrocar a Allende y reorientar el futuro de la región”16. Después de estas acciones vino la represión de los partidarios de Allende: los movimientos de izquierda, especialmente los partidos comunistas, socialista y el MIR. Muchos chilenos huyeron a distintas embajadas en busca de refugio, y Canadá fue uno de los destinos más deseados ya que en 1971 el gobierno del Primer Ministro Pierre Trudeau instauró una nueva política de multiculturalismo.

Sin embargo, el gobierno canadiense se mostró reacio a recibir exiliados chilenos debido a su experiencia interna en el trato con agitadores izquierdistas. En concreto, Trudeau se mostró preocupado por la persistente narrativa de independencia de Quebec y la creciente prominencia del FLQ. Para Trudeau, el FLQ era lisa y llanamente un grupo terrorista, y fue tratado como tal, especialmente después de la Crisis de Octubre de 1970. Según Peter C. Dobell, el razonamiento detrás del gobierno canadiense apuntaba al hecho de que el FLQ había sido entrenado por movimientos revolucionarios en América

Latina y “muchas de las demandas y las técnicas publicitarias de los terroristas utilizadas durante la crisis de secuestros del otoño de 1970, fueron tomadas directamente de las actividades terroristas latinoamericanas. Los miembros de FLQ se ven a sí mismos como parte de un movimiento mundial. El impacto de todos estos acontecimientos en la política exterior canadiense es difícil de exagerar”17. Por lo tanto, es justo decir que la sombra de la Crisis de Octubre, la conexión del FLQ con América Latina y la naturaleza izquierdista radical de los refugiados chilenos alimentaron la reticencia del gobierno de Canadá a recibir chilenos dentro de sus fronteras18.

16 Harmer, 2011, 72.

17 Dobell, 1972, 49.

18 Diab, 2015, 51-62.

Esta posición hacia los refugiados chilenos se alineaba con el hecho de que el gobierno canadiense estaba entre los que consideraban a la Régimen Militar de la Junta como un gobierno legítimo. Sin embargo, esta posición resultaba extremadamente paradójica por la reputación que Canadá intentaba sostener en el plano internacional, de país con un alto estándar democrático, respetuoso de los derechos humanos y la diversidad de todo tipo. La abierta contradicción del gobierno canadiense permite que emerjan claros cuestionamientos de los miembros del Parlamento, las ONGs (como el Comité Quebec–Chile) y el público en general.

Así, pocos días después del golpe, varias voces se habían alzado dentro del territorio de Canadá para protestar y reclamar acciones contra la dictadura recién instaurada en Chile. La prensa también se hizo eco del sentimiento expresado por los ciudadanos canadienses, especialmente los quebequenses. En un artículo publicado el 17 de septiembre de 1973 en Le Devoir, Jean Claude Leclerc retrató lo que una gran parte de la opinión pública pensaba sobre el régimen chileno y sus expectativas sobre el papel de Canadá en la materia. En su editorial, Leclerc lo señaló:

… es un deber imperativo de solidaridad humana, particularmente en el caso de varios miles de refugiados políticos que, perseguidos por dictaduras vecinas, habían encontrado refugio en Chile. Hay que impedir que estos refugiados sean liquidados in situ o devueltos a las garras de los torturadores de ayer. El llamado de las autoridades eclesiásticas chilenas y canadienses no debe quedar sin respuesta. Una de las pocas tierras de libertad acaba de derrumbarse en América del Sur: es esencial y urgente que se abra una tierra de igual libertad en otro lugar. Canadá y Quebec deben estar entre los primeros en actuar en este sentido19.

En dicho contexto de solidaridad, el historiador José del Pozo trazó, a través de una serie de entrevistas con ex militantes de izquierda que viven en Canadá, un perfil de aquellos chilenos que buscaron

19 Leclerc, 1973.

refugio en dicho país después del golpe. Su estudio muestra que varios de los “jóvenes profesionales” eran miembros del MIR y seguían siendo activistas.

Los miristas eran relativamente numerosos: entre 40 y 50 en la provincia de Quebec y entre 200 y 300 en todo Canadá, según Carlos Torres. En Montreal, encontraron eco en varios grupos sindicales, tanto en la CSN (Confédération des syndicats nationaux), como en la CEQ y en el Comité Québec-Chile. Este último había sido creado antes del golpe de Estado de 1973 por los quebequenses, varios de los cuales habían vivido en Chile. Estos grupos reaccionaron favorablemente a la idea de apoyar la “resistencia” contra la dictadura para llegar al “derrocamiento” de Pinochet, aprobando la idea de incluir también las acciones armadas. Los miristas también tenían relaciones muy estrechas con el grupo maoísta En lutte!, que estuvo muy activa entre las décadas de 1970 y 198020.

Como otra muestra de solidaridad transnacional, podemos encontrar en Montreal de 1975 el Bureau de prisioneros políticos de Chile (Bureau des prisonniers politiques du Chili), “una representación oficial del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). El objetivo de la oficina era difundir información sobre los prisioneros chilenos y estimular campañas públicas para salvar sus vidas”21.

Tras el fervor revolucionario de la década de 1960, el FLQ y el MIR se enfrentaron a una severa represión por parte de sus respectivos gobiernos. Las actividades del FLQ culminaron en la Crisis de Octubre de 1970, que dio lugar a la ley marcial y a la represión del movimiento. En Chile, el MIR se enfrentó a una creciente represión tras el golpe militar de 1973 que derrocó a Allende e instaló a Augusto Pinochet como dictador. A pesar de estos reveses, el espíritu de resistencia y los ideales de liberación continuaron influyendo en las generaciones posteriores, como hemos visto a través del ejem-

20 Del Pozo, 2012.

21 Hervas, 2016.

plo de los refugiados chilenos en Québec. Las conexiones entre el FLQ y el MIR trascendieron las fronteras geográficas, fomentando un sentido de solidaridad transnacional.

A la luz de este trabajo, podríamos argumentar que, a pesar de la distancia física entre Quebec y Chile, existen experiencias y realidades que conectan sus historias. El Frente de Liberación de Quebec y el Movimiento Revolucionario de Izquierda en Chile surgieron en un contexto de antiimperialismo. Cada uno, a su manera, se tomó muy en serio la idea de que ser realista significaba exigir lo imposible por cualquier medio necesario.

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FLEXIBILIZACIÓN LABORAL Y CRISIS SOCIAL.

NOTAS PARA UN ESTUDIO HISTÓRICO EN TORNO AL NEOLIBERALISMO EN CHILE ENTRE 1970-2000

Introducción

Alo largo de la presente ponencia se expondrá un análisis sobre la flexibilización laboral, fenómeno que ha sido bien estudiado desde la economía y sociología, tal vez por proximidad temporal, siendo más escasos los estudios llevados a cabo desde la historiografía. En consecuencia, el problema tratado busca relacionar la crisis social con la flexibilidad laboral.

Creo que estudios sobre el neoliberalismo hay muchos, y desarrollar una definición de neoliberalismo, desde mi punto de vista, es una tarea compleja, porque continuamente es dotado de distintos sentidos. Por lo tanto, más que establecer una concisa y acabada definición, profundizaré ciertos elementos de este fenómeno, centrándome en comprender las consecuencias humanas de dicha técnica particular aplicada al trabajo. De esta manera, más que proponer un estudio histórico del neoliberalismo propiamente tal, buscaré estudiar cómo una técnica ha sido aplicada e interfiere en las relaciones sociales, teniendo como punto de partida la historia económica y social.

Propongo como punto de partida el año 1978 a propósito del plan laboral (se dicta la primera ley que da forma a esta transformación colectiva del mundo del trabajo). En términos generales, el proble-

ma de las relaciones laborales no tiene que ver solamente con una técnica sino más bien tiene relación con una situación humana, son relaciones sociales las que se irán transformando.

I. El Trabajo como problema

La cuestión de la seguridad surge como problema de estudio hacia finales del siglo XVIII. Principalmente, el problema tenía que ver con qué sucedía con la masa de ciudadanos que estaban “a la intemperie”, o no tenían manera de resguardar su propia vida frente a las inclemencias de la vida. Francia fue por aquel entonces el principal país en donde aparecen estudios sobre qué hacer con estos desvalidos, irrumpiendo el trabajo y la seguridad social como un tema/problema recurrente. La pregunta / afirmación fue ¿de qué manera nosotros podemos hacernos cargo de nuestros ciudadanos en situación problemática, sino a través de la seguridad social?

Ya en los siglos XVIII-XIX, la figura de Jeremías Bentham es bastante relevante, la escuchamos mucho a propósito del panóptico1 que resucita Michael Foucault, pero lo que ahora nos convoca son sus estudios a propósito del trabajo como una técnica social para la inserción de estos ciudadanos que están siendo problemáticos para el Estado, cuestionando en aquella época ¿qué hacer con esta masa de que se expandía y generaba problemas de índole económico, seguridad y salud pública a la administración de la ciudad?

Entonces el trabajo también es visto como una posibilidad de disciplinamiento (por cierto, junto a la escuela y los hospitales). Si yo tengo al trabajador en un espacio, también lo puedo ordenar. Por lo tanto, el Estado tuvo los incentivos para desarrollar una técnica de control con el trabajo, y siendo sincero, este fenómeno no es nuevo. Hay que recordar esta frase bien antigua que es medieval, “Ora et Labora” ora y trabaja. Esa era la máxima en la realidad occidental que ya tenemos hace bastante tiempo. Entonces, junto al orden, el trabajo aparece como fuente de seguridad.

1 Bentham, 2011.

Robert Castel2 recuerda la problemática que surge en la época (siglos XVIII y XIX) y que tiene que ver con la manera en que yo puedo hacer frente a la lógica de inseguridad en la Modernidad cuando no tengo ingresos, porque si yo tengo los bienes materiales suficientes frente a la adversidad, yo me puedo defender de alguna manera, pero cuando no tengo estos bienes suficientes, la entidad política fundada sobre el principio de la colectividad política (el Estado) se tiene que hacer cargo. Por lo tanto, esa es la lógica que surge en la época. Si yo genero ciertos ingresos, puedo resolver la incertidumbre de estar desnudo frente a los avatares de la vida. Esto quiere decir que, el trabajo y la lógica de la certeza que es fundamental surge como respuesta al problema de la inseguridad que trae la vida por cuestiones naturales.

Ahí está la primera relación que se estableció en la época moderna: la inseguridad que genera la vida se puede combatir con la seguridad que proporciona el trabajo. Pero cuando nosotros tomamos conciencia de lo seguro que podemos ser/estar, también lo hacemos a propósito de la lógica o la conciencia de lo inseguros que estamos; es una situación dialéctica. Castel dice: un elemento propio de la Modernidad es la seguridad / inseguridad, nunca vamos a poder estar totalmente seguros porque sabemos que existe la inseguridad propiamente tal.

Esa situación a propósito del trabajo tal vez logra su momento más significativo a inicios del siglo XX, con la idea de pleno empleo proveniente y siguiendo la lógica de la seguridad social de los países europeos.

II. Trabajo y Seguridad social

La figura de William Beveridge en Inglaterra y de John Keynes en Estados Unidos fueron fundamentales en el espacio occidental en general y América Latina en particular, esto último cristalizado con la CEPAL, institución liderada por Raúl Prebisch hacia finales de la

2 Castel, 2015.

década de 1940 e inicios de la década siguiente. Aquí todavía no existe una separación entre visiones a propósito del capitalismo, son respuestas capitalistas frente al problema (como lo será en un futuro, por ejemplo, la teoría de la dependencia). Prebisch observó la realidad latinoamericana, entonces diagnosticando una lógica dual que es problemática en cuanto al desarrollo3, cuestionando ¿cómo vamos a generar crecimiento si en realidad nuestros mercados internos son muy limitados?, ¿cómo vamos a hacer una lógica de crecimiento hacia afuera, si en realidad la competencia con los mercados del Centro Global o del Norte Global, que es donde se apuntaba, es demasiado difícil de competir? A partir de estas problemáticas propuso una respuesta dependiente del contexto histórico que ha sido llamado como estructuralismo latinoamericano: existe una situación, que es estructural, de dependencia hacia afuera, de dependencia hacia el Norte Global que trae consecuencias humanas al interior de toda América Latina, cada país con cierto énfasis, pero que es una constante. Desde ese punto de vista, ¿qué podemos hacer nosotros? La Corfo en Chile ya estaba tratando de hacer otro tipo de cosas en 1938-1939, pero la novedad que tiene la figura cepalina es que trata de poner la justicia social a partir, por ejemplo, de la felicidad y del bienestar como un eje fundamental, no solamente la productividad. Entonces, si bien es una figura económica, lo que se intenta hacer es generar estas lógicas de justicia social de mayor equidad, idea proveniente de los planteamientos de Beveridge4.

Beveridge habla de la felicidad del ser humano, o sea, de la relación entre trabajo y el pleno empleo. Esto no significaba estar siempre empleado, sino más bien que si yo quedaba desempleado, podía tener la certeza de que prontamente voy a poder encontrar otro trabajo. Y eso, él dice, va a poder generar cierta estabilidad en el ser humano, que va a traer mayor tranquilidad, teniendo en cuenta que se está pensando desde un contexto marcado por el tránsito a la sociedad de masas. Por lo tanto, uno también podría decir que para Keynes el pleno empleo era bastante funcional, a propósito de

3 Prebisch, 1963.

4 Beveridge, 1947.

la estabilización norteamericana y europea después de la Segunda Guerra Mundial, porque en realidad esta estabilidad proviene también de la lógica de consumo y de la obtención de ciertos bienes materiales que permiten al Estado seguir creciendo. Cuando uno mira este Norte Global, para Estados Unidos y Europa fue realmente bastante funcional.

III. Transformaciones del empleo durante la Dictadura

Centrándonos en Chile, no nos haremos cargo de las condiciones del empleo antes de 1973, sino que me centraré en torno a lo que sucedió desde 1973 en adelante, colocando el énfasis fundamental en las transformaciones ocurridas desde 1978.

Cuando nosotros nos ponemos a pensar, ¿qué habrá cambiado? ¿qué habrá sido lo que durante la dictadura generó transformaciones estructurales en la sociedad chilena? Uno inmediatamente se va hacia la constitución de 1980, pero existe en el plan laboral, una base previa que William Thayer5, jurista chileno, lo apunta de manera completa y sencilla: más que transformar las relaciones laborales, lo que quería el plan laboral era transformar las relaciones sociales.

Durante los primeros años de la dictadura, junto con perseguir líderes políticos se trató de romper todos los sindicatos posibles porque se entiende que dentro de la estructura sindical convive una estructura social. En esa época existió un sindicalismo en torno al 20-30% de la masa de trabajadores, número que nunca más vuelve a mantenerse de manera estable en el tiempo, incluso a la vuelta de la democracia, lo que habla también de la importancia que tuvo para la dictadura intervenir en esta estructura laboral y social. Entonces son seis leyes principalmente las que autores como Luis Lizama6 establecen como fundamentales, dando vida al plan laboral que, después en 1987, se reúnen en un código laboral propio.

5 Thayer, 2006, 228-229.

6 Lizama, 2011, 122-124.

La primera norma en citar es la 2200, de suma importancia, puesto que hasta 1973 la relación laboral era tripartita compuesta por el gobierno (representante del Estado), el trabajador y el empleador. Por lo tanto, frente a situaciones de conflicto, lo que se tendía a resolver era que si el empleador y el trabajador no llegaban a un buen acuerdo, el Estado actuaba como un ente resolutor, juez muchas veces, otras veces actor directamente. Esa situación se corta y el Estado es apartado de esta estructura resolutiva, por lo tanto, la norma citada impone nuevas reglas en donde la situación se tiene que resolver entre trabajador y empleador, lo que trae como consecuencia que por lógicas de poder, de equilibrio de fuerzas, difícilmente se iba a poder resolver a favor del del del trabajador.

Otra norma importante es la ley 2756 sobre el funcionamiento sindical, la cual limitaba la negociación ramal. Bajo esta nueva racionalidad jurídica-laboral, la negociación colectiva aparece como concepto fundamental (ley 2758). En la práctica, esto significó que hay ciertos días disponibles de presión a través del paro. Esta cuestión es llamativa porque cuando surge la negociación colectiva, son entre 57 y 60 días los que se establecen como punto máximo, tras este plazo las empresas grandes podían despedir. Por lo tanto, bastaba con que la empresa tuviera la capacidad para resistir 60 días de paralización, evitándose la negociación colectiva. Empresas más chicas tal vez podían ser efectivamente presionadas, pero la masa de trabajadores que estaban en estas empresas grandes no tuvo mayores posibilidades.

La ley 3648, la ley 2758 de negociación colectiva, la ley 2759 de asociaciones gremiales, 18018 que modifica la ley 2200, flexibilizando aún más la regulación del contrato individual de trabajo, y así sucesivamente. Entonces, el plan laboral, si bien es una idea que proviene de esta lógica liberalizadora, se hace realidad a partir de esta serie de leyes. En definitiva, el plan laboral no es más que una serie de leyes que generaron una individualización de la relación entre trabajadores y empleados en desmedro de la colectivización, por lo tanto, es una nueva forma que busca desestructurar socialmente porque al final esa era la meta del problema del que estamos hablando.

IV. Flexibilidad laboral

Este plan laboral impuso lo que hemos podido reconocer como flexibilidad o flexibilización laboral, concepto sumamente polisémico. Recojo cuatro tipos de flexibilización como forma de evidenciar ciertas dificultades lingüísticas/teóricas al momento de tratar el problema.

Flexibilidad de la organización productiva, cuando las empresas son capaces de tercerizar la producción de la empresa, es lo que en lenguaje común tratamos como subcontratación y que por consiguiente trae como consecuencias contractuales la dificultad del trato o negociación con la empresa.

Otro tipo de flexibilidad, organización del trabajo, cuando los trabajadores generan la mayor polifuncionalidad posible, entonces el trabajador se transforma en un resolutor de problemas. Ya no se necesita un trabajador específico en cada sector de la cadena productiva, que fue la lógica por ejemplo, del fordismo.

Tercero, flexibilidad de la gestión productiva, en las capacidades técnicas propias de la empresa para ocupar un mejor lugar en el mercado. En otras palabras, flexibilizar la gestión productiva equivale a modernizar los procesos administrativos de la misma empresa en el mercado.

Finalmente, la flexibilidad que a nosotros más nos llama la atención es la flexibilidad del mercado laboral, la cual se expresa en términos externos o internos. Interna, por ejemplo, las relaciones contractuales, cómo la empresa trata con el trabajador para saber situaciones cotidianas del trabajo, por ejemplo, las horas de trabajo, que lo vimos hasta hace poco cuando ocurrió la discusión sobre las 44 horas, ¿qué pasaba si eran 12 min diarios o si era una hora un día de la semana? Bueno, ese es el control interno, porque también la dirección del trabajo en este caso puntual dio la posibilidad de que pudiese ser nuevamente dentro de la relación directa entre trabajador y empleador donde se resolviera el problema, y en consecuencia, el Estado sale de escena, al menos parcialmente.

Por otra parte, puede ser externa, ¿cómo la empresa se hace cargo

de las necesidades del mercado? Si el mercado por alguna razón cambia en sus requerimientos, las necesidades de la empresa cambiarán en temas de contratación, de compras, incidencias, lo que en conjunto traerá consecuencias en materia laboral. Por ejemplo, hoy en día los índices de la construcción, principalmente en materia inmobiliaria, son bastante bajos, habrá que ver qué pasa con la masa de trabajadores, carpinteros, eléctricos, albañiles, porque en realidad el mercado no los necesita. Esa flexibilidad puede ser vista como positiva desde el punto de vista de la empresa, pero negativa de las consecuencias humanas, porque no da seguridad, no da estabilidad, generando malestar.

En un contexto de desindustrialización como el que vivió Chile durante la dictadura militar, estar al arbitrio de un Centro Global que requiere de ciertas condiciones, genera que la estructura social decaiga a propósito de estas condiciones que impone el Norte Global, por ejemplo, son más de 100 empresas estatales las que desaparecen, principalmente a partir de las privatizaciones. Por lo tanto, lo que nosotros vamos a tener con esos trabajadores ya es una masa que va a estar circulando, que tal vez va a cambiar de rubro y que, en consecuencia, no va a tener arraigo. Richard Sennett lo recoge muy bien en la corrosión del carácter, donde el principal problema no tiene que ver con la falta de trabajo en sí (de empleo), sino con que el trabajador no tiene proyección. Y cuando el ser humano no tiene proyección, no existe una meta clara, irrumpiendo con ello nuevas problemáticas sociales.

V. Consecuencias humanas del empleo

Un tercer punto que quiero abordar tiene relación con las consecuencias humanas en torno a los problemas del empleo, bastante discutidas en la década de 1990, lo que ocasionó que se editará un documento clave, el PNUD. El de 1998 se tituló “Paradojas de la modernización”. Lo que más llama la atención en ese trabajo es que si bien tenemos indicadores económicos positivos como nunca en la historia de Chile, esto no estuvo correlacionado con la generación de bienestar.

Por otro lado existe una encuesta de 1998 del Centro de Estudios Públicos, en donde se le pregunta al encuestado ¿Cómo piensa usted que va a estar en los próximos años? 8 de cada 10 personas dice que van a estar mejor. Por lo tanto, hay un ánimo extremadamente positivo. Una encuesta similar fue hecha hace unos pocos años y la respuesta era aproximadamente 3 o 4 de cada 10 decían que iban a estar mejor. Entonces surgió como problema por qué había tanto pesimismo a diferencia de la época de 1998. Sin embargo, en el PNUD citado ese síntoma positivo contrastaba brutalmente cuando se preguntaba por la relación entre lo colectivo y lo individual ¿confía en el de al lado? La respuesta en general que no. ¿Cómo puede resolver los problemas? a esto se respondía desde la individualidad. Entonces existía una lógica de positividad, pero a propósito de lo propio, no de lo colectivo. Esto da para pensar que a pesar de contar con parámetros positivos en términos económicos, existe una situación de malestar generalizado. Se confía más en el desarrollo personal que en el horizonte compartido, que es de lo que nos habla el PNUD, lo que hace referencia a una típica crisis de la Modernidad presentada por Castel, mientras más seguro me siento, tomo conciencia de lo inseguro que estoy. En el contexto neoliberal, lo político entra en declive. Por consecuencia, la sociedad se transforma en un espacio rígido (no permitiendo el desarrollo de instancias colectivas) proveniente del consumo, la moda, las emancipaciones políticas particulares. En el fondo el sujeto narciso actual desecha las instancias colectivas por una necesidad de seguridad propia que termina engendrando más inseguridad.

Lo que sucede en esta época es que a pesar de todos los números positivos que teníamos, esto no se reflejó en una modernización integral; efectivamente creció el país, pero en escala humana empezamos a generar mayor desconfianza, la sociedad como tal no se vio reflejada en este proceso. Por ejemplo, los números de la tasa de sindicalización. El momento más alto fue en 1991 con un 18,2%. Se establecieron varias normas en torno a materias laborales entre 1990 y el 2000 pero ese número precisamente decae hacia el año 2000 hasta el 13,2%, porque a pesar de estas normas, en la realidad, la lógica de la flexibilidad impedía la relación colectiva, la negocia-

ción colectiva propiamente tal nunca dejó de tener, por ejemplo, parámetros de tiempo estipulado por ley. La negociación ramal no se podía hacer. Por lo tanto, si yo no podía tener esa posibilidad siempre iba a tener un tope con el empleador. Lo que significa que ya no existe un incentivo. Es lo que algunos autores, por ejemplo, Irene Rojas Miño7 y María Esther Feres8 han explicado que en realidad, más allá de la ley que se establezca, no existía un incentivo real para que el trabajador pudiera sindicalizarse y que, como consecuencia, esta sindicalización fuese realmente eficiente. Por lo tanto, esta lógica de flexibilidad que para algunos podrá ser positiva porque genera más movilidad, ocasionó en las personas la idea de que y no tenían el poder para lograr controlar su propia vida.

Por otro lado, lo que nosotros empezamos a experimentar desde la década de 1990 fue una especie de administración de la política más que la formación de un nuevo proyecto político propiamente tal, coincidente con el fin de la Dictadura. Alain Touraine9 habla de un Estado post social en donde lo político deja de ser fundamental, porque se desconfía de este campo político, la política no tiene mayor sentido y entramos en un estado propiamente cultural. Es decir, cuando hoy día nos preguntamos sobre el neoliberalismo y sus contradicciones, respondemos que este sistema se consolidó como una forma cultural particular y definirlo es muy difícil porque la sociedad propiamente tal es lo que desaparece y sus parámetros de asimilación se desvanecen. Touraine dice que lo que hay hoy día son sociabilidades, existe lo social, pero sociedad propiamente tal como un punto dentro de un momento cultural particular donde hay instituciones que se representen, instituciones que sean en comunes y que conformen un proyecto colectivo ya no existen. Y eso tuvo que ver, desde mi punto de vista, con estos problemas de la flexibilización.

7 Rojas Miño, 2007.

8 Feres, 2008.

9 Touraine, 2016.

Dentro de los estudios sobre el Neoliberalismo, Fernando Escalante Gonzalbo define el Neoliberalismo como un proyecto intelectual10. Distintos autores de distintos momentos van aplicando formas y conceptos funcionales a la visión desestabilizadora de lo colectivo y que finalmente termina por madurar lo que vamos a entender en la actualidad por Neoliberalismo. Dentro de los elementos que conforman este proyecto intelectual, me llama la atención el concepto de la teoría de la elección pública.

La teoría de la elección pública dice que yo como ser humano siempre voy a tender a generar acciones que me beneficien, por lo tanto, quien está en el poder también va a generar acciones que le beneficien. Desde ese punto de vista, lo colectivo va a pasar a ser una quimera, porque si es que se encuentran en la situación entre lo personal y lo colectivo, van a tomar siempre la opción personal. El problema de esto genera una desconfianza en la política en sí misma, ¿por qué yo voy a confiar en el político, en la política, en los políticos? De hecho, es un discurso que hoy día es muy llamativo que los mismos políticos no confían en los políticos porque son malos los políticos. Yo no soy un político, sino que soy un técnico. Esa teoría de elección pública cala bien hondo dentro del neoliberalismo y finalmente dentro de los electores. Tengamos técnicos, tengamos personas expertas y limitemos el Estado todo lo que podamos porque en el beneficio propio y en la elección personal está la ventaja. Cuando nosotros tenemos eso, insisto, volvemos a desconfiar del otro, volvemos a desconfiar de quien tengo al lado y son las elecciones personales las que van funcionando, desarrollándose un descrédito en la sociedad nacional propiamente tal.

VI. Consolidación de la Flexibilidad laboral

El último punto que quiero abordar está contextualizado en el regreso a la democracia, cuando se establecieron ciertos discursos desde el CIEPLAN. Este centro de estudio, ligado a la Democracia Cristiana (DC), prácticamente tiene a todos sus representantes más importan-

10 Escalante Gonzalbo, 2015.

tes en cargos de poder relevantes desde 1990: Foxley, Cortázar, Arellano, incluso el mismo Marcel (actual ministro de Hacienda) en su momento también tuvo un paso por el CIEPLAN como investigador.

El CIEPLAN surge en 1969 cuando un grupo de jóvenes investigadores, apoyados por el Rector de la UC, Fernando Castillo Velasco, proponen estudios en el área económica. Ya hacia 1971 se funda bajo el nombre de CEPLAN con una mirada centrada en las políticas públicas y la economía política, convirtiéndose en un espacio crítico y desestabilizador de la Unidad Popular. Tras el Golpe de Estado de 1973 y la posterior instalación del allegado gobierno militar, mantuvo un pequeño silencio hasta aproximadamente 1978, cuando empieza a aparecer muchos estudios sobre el mal manejo laboral, macroeconómico y microeconómico, situación que los convertía claramente en opositores. Ya hacia 1984 aparece un estudio que es bastante llamativo por el fondo y la forma, bajo la autoría de Alejandro Foxley, que se llama “Después del del monetarismo”. En ese estudio Foxley critica abiertamente a las políticas monetaristas de la dictadura.

En paralelo organizaciones filantrópicas internacionales, particularmente la Fundación Rockefeller y la Fundación Ford, comenzaron a promover políticas de aportes económicos al CIEPLAN, entre otros como FLACSO, CIDE, CEM. Así resultaba posible establecer un apoyo hacia el fin de ciertas dictaduras latinoamericanas, pero también como política de lo que Juan Jesús Morales ha denominado Dominación Filantrópica11.

Esto resulta llamativo ya que estas organizaciones, tras el triunfo de la opción democrática, desarrollan nuevos cuestionamientos relativos a cómo generar el cambio de gobierno y estabilidad en el país. En efecto, cuando se leen los estudios de 1988-1989 es posible identificar las similitudes con el programa de gobierno de Patricio Aylwin. Así irrumpieron dos elementos preponderantes: los derechos humanos y el crecimiento económico, ambos ejes fundamentales de la transición política.

11 Morales, 2018.

Sobre los derechos humanos el problema principal fue cómo defenderlos, hacer justicia por las violaciones masivas y sistemáticas, teniendo al dictador siendo comandante en jefe de las fuerzas armadas al lado y teniendo a todas las fuerzas armadas todavía siendo parte de este proceso. Por parte de la alta política, fue algo de lo que inmediatamente la derecha política se desmarcó; se planteó la idea de que fue el ala militar la que perpetró el golpe y se hizo cargo del poder, por lo tanto, ellos como colectividad política estaban en posición de seguir funcionando sin tener que pagar cargos penales (finalmente tampoco políticos). Fue un punto que pudo encontrar acuerdo principalmente con la DC, el Partido Socialista y el PPD, partidos que abogaron por ciertas continuidades que daban permisos al actuar de la derecha en la política.

En el aspecto económico, Foxley defendió la continuidad en función de la estabilidad. Por lo tanto, en cuestiones laborales aparece nuevamente el Estado como un ente relevante, pero en la práctica no es funcional. Para el sindicalismo fue mucho más complicado. En marzo de 1990 se firma lo que se llamó el Acuerdo Marco, que fue un documento en donde se establece el futuro del desarrollo de Chile. Ese desarrollo lo firma el Estado, la CPC y la CUT como central unitaria, ya no única. En ese acuerdo lo que se establecía era el proyecto económico que se planteaba para Chile, y de ahí la idea de desarrollo. Dentro de las cosas que se prometen son, por ejemplo, que los trabajadores pudieran tomar decisiones políticas. También se establecen lógicas de crecimiento y de desarrollo, instituyéndose al sector privado como eje fundamental del crecimiento económico de Chile. Tras este acuerdo, ya en agosto, por ejemplo, tenemos documentos de la CUT en donde se reclama que en realidad no se respetó nada. Sin embargo, desde el 1990 hasta 2002 no hay una mayor paralización de la CUT y de ninguna unidad de trabajadores. Y esto tiene que ver también con los dirigentes que se oponen, porque en la época de la lógica fue tratar de generar algún tipo de estabilidad a partir de dirigentes afines a los partidos de gobierno y esperanzados en la participación política más activa, recuerdo de un sindicalismo de antaño.

Por otro lado, durante el gobierno de Aylwin, el gobierno manda a

crear una serie de informes a propósito sobre problemas o peligros para la democracia en Chile. Y ahí son dos ejes los que aparecen, uno es el tema de derechos humanos, de la violencia política, que era un tema evidente por 17 años de dictadura, y el otro era el problema laboral, porque ya se observaba como una problemática patente que nunca se logra resolver.

Durante el gobierno de Frei se envía el proyecto de subsidio al desempleo, que será aprobado en el gobierno posterior de Ricardo Lagos, y es a partir de la lógica de los subsidios en donde se trata de establecer ciertas estabilidades en el ámbito laboral, bajo la nueva lógica de un Estado subsidiario. Entonces, la lógica de funcionamiento social entra en declive a propósito de máximas del Estado, por ejemplo, en el programa de Frei es bastante llamativo que en algún momento es explícito cuando dicen nosotros no somos neoliberales porque los neoliberales lo que quieren es que la economía se encargue de la empresa privada y el Estado se encargue de los problemas sociales. Por el contrario, desde la óptica de Frei se pretende establecer relaciones entre ambas partes, que el Estado tenga un rol activo, pero en realidad eso en la práctica no tendió a funcionar, puesto que el sector privado creció y se empoderó mientras que el Estado retrocedió en su capacidad productiva, volviendo a un rol tradicional “rentista” a partir de la recaudación de impuestos. Esto, en definitiva, configuró un avance poco integral entre desarrollo humano proveniente de un proyecto social para una realidad nueva y un crecimiento caudaloso en manos del sector empresarial privado.

Entonces, el problema que se encuentra consiste en cambio en la lógica sobre el sentido de lo humano. También aparece como un ciudadano ideal el emprendedor, distanciado del colectivismo, desinteresado de lo político. Ricardo Lagos siendo PPD, pero del ala más de izquierda, genera ciertas transformaciones que han sido bastante liberales (la creación del CAE, fortalecimiento de la subsidiariedad del Estado, por ejemplo, en las carreteras, entre otras) dentro de la historia de Chile. Entonces ya no es tan relevante ni siquiera el discurso político, sino las acciones.

VII. A modo de epílogo

A partir del problema humano en cuanto a consecuencias laborales, surge una lógica productiva que yo propongo como de eugenesia laboral. ¿Qué es lo que nosotros queremos como este trabajador nuevo? ¿Qué es el trabajador nuevo? es un trabajador que no sea colectivizado, que sea individualista (atomizado, auto enajenado) desde el punto de vista de no establecer mayores relaciones con sus pares y con una memoria histórica apartada, enajenada de lo que fue en un pasado medio reciente. Por esto, planteo que la flexibilidad en el fondo más que generar una técnica propiamente tal, generó relaciones laborales nuevas que transformaron la relación social. No sostengo que haya sido lo laboral lo que rompió más o menos con esta lógica de sociedad nacional, lo que sí planteo es que es un elemento más que permite entender por qué se llegó a este punto. Y es un punto que todavía no tiene fin, o sea, como lo demuestran los acontecimientos ocurridos a fines del año 2019, como lo demuestra la cotidianeidad de nuestro tiempo.

REFERENCIAS

Arancibia, Freddy, “Flexibilidad laboral: elementos teóricosconceptuales para su análisis”. Revista de Ciencias Sociales, 2011.

Bentham, Jeremy. “Panóptico”. Editorial Círculo de Bellas Artes, Utopías, 2011.

Beveridge, William H. “La Ocupación Plena. Sus requisitos y Consecuencias”. Fondo De Cultura económica, México, 1947.

Castel, Robert, La inseguridad social. Buenos Aires, Manantial, 2015.

Escalante Gonzalbo, Fernando, El Neoliberalismo. Historia mínima. Ciudad de México, El Colegio de México, 2015.

Feres, María Ester, Gobiernos progresistas y movimiento sindical. La experiencia chilena. Fundación Friedrich Ebert Stiftung, 2008.

Foxley, Alejandro, “Después del Monetarismo”. Documento de trabajo, 1984.

Lizama, Luis, “El Derecho del Trabajo chileno durante el siglo XX”. Revista chilena de derecho del trabajo y de la seguridad social, 2011.

Morales, Juan Jesús, “Dominación Filantrópica y Gobernabilidad Democrática: El Caso de la Fundación Ford y CIEPLAN en Chile (1976-1990)”. Revista Historia 1, n° 51, 2018.

Prebisch, Raúl, “Hacia una dinámica del Desarrollo Latinoamericano”, FCE, México, 1963.

Rojas Miño, Irene, “Las Reformas laborales al modelo normativo de negociación colectiva del plan laboral”. Ius et Praxis, 2007.

Sennett, Richard, La Corrosión del Carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. Barcelona, Anagrama, 2019.

Thayer, William, “Orígenes, evolución y perspectivas del derecho laboral chileno”, Estudios Públicos, n° 54, 2006.

Touraine, Alain, El fin de las sociedades. Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 2016.

SOBRE LOS AUTORES

Marco Abarca Pozo

Profesor de Historia, Geografía y Ciencias Sociales PUCV con la tesis titulada: “Las disyuntivas del Neoliberalismo chileno en torno a la transición a la Democracia: Un análisis desde el discurso de la revista Estudios Públicos” (2015). Magíster en Historia PUCV con la tesis titulada: “Entre la Tecnocracia y la política de integración social: la Flexibilidad laboral y la crisis de la Solidaridad Nacional en la primera década de gobiernos de la Concertación (1990-2000)” (2024). Docente en AIEP y miembro de la Cátedra Eduardo Cavieres. Las principales líneas de investigación que ha desarrollado son la historia del trabajo desde una perspectiva económica y social, además de la historia del tiempo presente pensada en clave global. mabarca88@yahoo.es

Carolina Cabello Escudero

Candidata a Doctora en Historia por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, becado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo de Chile (ANID). Magíster en Historia PUCV. Socióloga y Licenciada en Sociología por la Universidad de Valparaíso. Integrante permanente de la Cátedra Eduardo Cavieres. Presidenta del Tribunal de Honor del Club de Deportes Corporación Santiago Wanderers de Valparaíso. Vicepresidenta de ASIFUCH. Integrante del grupo de estudios Deporte, Cultura y Sociedad de CLACSO y de la Red chile-

na de estudios sociales del deporte. Comunicadora radial y activista feminista en diversas organizaciones asociadas al deporte como la Coordinadora Nacional de mujeres e hinchas del fútbol chileno y la Agrupación de comunicadoras deportivas ACD. Futbolista amateur del club Alianza Recreo, socia del club Cordillera Basketball y gestora comunitaria del Espacio Santa Ana en Valparaíso. Sus líneas de investigación son la historia sociocultural y de las mujeres en el deporte, la perspectiva de género en el deporte y la gestión deportiva comunitaria y profesional. Entre sus últimas publicaciones se cuentan “El capital social de los clubes deportivos”. En Murillo, C., Tejiendo los mimbres del deporte responsable y sostenible (2024); “De cuerpos deportivos a cuerpos sexuales. Representaciones sociales de la mujer en la prensa deportiva (1923-1929)” (2024).

carolinapaz.cabello@gmail.com

Juan Cáceres Muñoz

Doctor en Historia, por El Colegio de México. Actualmente se desempeña como académico del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Es uno de los directores de la Cátedra Eduardo Cavieres Figueroa. Entre sus publicaciones se destacan: “Entre lo formal y lo informal: el crédito en el mundo colonial”, en Manuel Llorca y Juan José Martínez, Historia Económica de Chile Colonial (2023, con Gabriel Páez); “Conceptos y lenguaje político en un “intelectual revolucionario” en tiempos de la Independencia: Antonio José de Irisarri (1809-1818)” (2022, con Gabriel Páez)”; “Ciudadanos obedientes, cristianos y patriotas para la construcción de la nación en la provincia: Colchagua en el siglo XIX”, en Armando Cartes, Región y nación. La construcción provincial de Chile. Siglo XIX (2020); “Judicialization and Citizens: Elites and Election Practices: Chile, 1860–1920”, en Ryan M. Yonk, Elections, A Global Perspective (2019); “Los contextos y las carencias de la historiografía electoral. El Chile del siglo XIX” (2015); . También ha escrito los prólogos del Libro de Pedro Valenzuela y otros, Puentes en el tiempo: historia social y cultural de Concepción (2024); Francisco Betancourt, Ezeiza, Falsificador y realista. Negocios, sociabilidad y política en Chile a

fines del periodo colonial (2022). Su último libro es Palabras con Historia. Charlas y clases de Eduardo Cavieres Figueroa (2024).

juan.caceres@pucv.cl

Gabriel Páez Debia

Candidato a Doctor en Historia por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, becado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo de Chile (ANID). Ha sido profesor agregado en el curso de Historia de Chile Colonial en el Instituto de Historia de la PUCV, Investigador Asociado en la Universidad Bernardo O’Higgins, miembro del Grupo Conceptos Económicos de la red Iberconceptos y miembro permanente de la Cátedra Eduardo Cavieres Figueroa. Las líneas de investigación que ha desarrollado son la historia regional, historia intelectual e historia de las emociones. Entre sus publicaciones se cuentan: “Hacia una historia de los intelectuales de provincia: red social y lenguaje político de Manuel Antonio Carmona (Aconcagua, Chile, 1845-1851)” (2024); “Manumisión y abolición de la esclavitud afrodescendiente en Chile”, en Proyecto Afro-Coquimbo, Ensayos sobre la libertad. A 200 años de la abolición de la esclavitud afrodescendiente en Chile (2024); “Teoría y metodología en Elías José Palti: Hacia una historiografía de los lenguajes políticos” (2023); “Origen y crisis de la “Soberanía Provincial”: conceptos y lenguajes políticos en la Provincia de Aconcagua (1826-1833)” (2022); “Poder local y sociedad en la región de Aconcagua: Grandes propietarios y sectores medios, entre revolución y contrarrevolución (1810-1822)” (2022, con Francisco Betancourt); “Elecciones, justicia y milicias. Los sectores dominantes frente a la construcción del poder local en Aconcagua durante la organización republicana de Chile (1818-1833)” (2022).

gpaezdebia@gmail.com

Profesor de Historia, Geografía y Ciencias Sociales y Licenciado en Educación por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Magíster en Filosofía con mención en Pensamiento Contemporáneo por la Universidad de Valparaíso. Candidato a Doctor en Historia por la Queen’s University. Sus líneas de investigación son la guerra fría latinoamericana, movimientos revolucionarios globales y procesos de verdad y reconciliación. Ha sido Teaching Fellow sobre “Liberalism, Authoritarianism, and Citizenship in Latin America”, “Early Globalization: Contact, Conflict and Pandemics”, “The Making of Modern Europe” y Teaching Assistant sobre “India and the Word”, “The Rise of Consumer Society”, “The Holocaust” y “Global History of Pandemics” por la misma universidad.

17jlp1@queensu.ca

Este libro fue compuesto con la familia tipográfica Univers 10 puntos.

Impreso en papel bond ahuesado de 80 grs.

Pertenece a la colección Cátedra Eduardo Cavieres

Fue maquetado en la ciudad de Valparaíso y confiado a imprenta Gràfhika Impresores, durante octubre de 2025.

Este libro surge en el marco de la Cátedra Eduardo Cavieres , una iniciativa del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso orientada a rendir homenaje al legado intelectual y formativo del ex-profesor y premio Nacional de Historia que le da su nombre. Concebida como un espacio de reflexión historiográfica, pensamiento crítico y diálogo sobre el tiempo histórico, la cátedra convocó a un grupo de investigadores e investigadoras a examinar, desde múltiples perspectivas, la noción de crisis en la historia.

¿Las crisis en la historia o la historia en crisis? reúne esas contribuciones. Estos textos nacen de una inquietud compartida: ¿qué significa hablar de crisis desde la disciplina histórica? ¿Cómo interpelar, desde el oficio del historiador, un presente marcado por el uso recurrente de esa noción? Las preguntas que guían este volumen invitan a repensar nuestras formas de habitar el tiempo, de interpretar el cambio y de asumir críticamente las tensiones del pasado y del presente.

Desde distintos enfoques disciplinarios y temporales, los artículos que integran este volumen exploran la crisis como categoría histórica, política y epistemológica.

El recorrido abarca desde la historiografía clásica hasta conflictos contemporáneos en América Latina, incluyendo reflexiones sobre memoria, violencia, prácticas sociales, tiempo histórico e identidades colectivas. El conjunto ofrece una mirada plural, que permite comprender la crisis como una ruptura y un campo de interpretación. Cada artículo aporta una perspectiva crítica que complementa a las demás, configurando una red de sentidos entre continuidad y transformación. Este libro es, además, un homenaje colectivo a Eduardo Cavieres, quien enseñó la historia como una forma de comprensión profunda —y también de cuidado— del tiempo humano.

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