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Daniela Muñoz Muga

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N A R R A T I V A

Código QR © Daniela Muñoz Muga Primera edición, julio 2026 Registro de Propiedad Intelectual: 2025-A-6415 ISBN: 978-956-17-1258-4 Derechos Reservados Tirada: 400 ejemplares IMPRESO EN CHILE

Av. Errázuriz 2930, Valparaíso info@edicionespucv.cl www.edicionespucv.cl Director y Editor general: David Letelier Diseño: Paulina Segura Obra licenciada bajo Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/legalcode.es


Daniela Muñoz Muga

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A Roberto, compañero de vida y de conversaciones


«Antes, las tribus de los hombres vivían sobre la tierra libres de males, de la dura fatiga y de las enfermedades crueles… Pero la mujer, quitando con sus manos la gran tapa del jarro (pithos), los dispersó, y procuró a los hombres lamentables inquietudes». —Hesíodo, Trabajos y días, vv. 90-99.


1 En medio de la oscuridad irrumpió un sonido atronador, Jorge corrió unos metros, pero no supo hacia dónde escapar. El ruido creció de golpe y él solo atinó a tirarse al suelo y cubrir su cabeza con ambos brazos… ya era demasiado tarde. El sonido del despertador se había fusionado con el de las bombas cayendo. Efectivamente era tarde, pero para ir a estudiar a la universidad. Le gustaba ir a la universidad; ingeniería mecánica era algo que desde muy pequeño lo había cautivado. Con su padre habían construido un motor para un barco de juguete (además de la estructura del barco), un anemómetro y hasta un molino de agua entre otras cosas. ¡Cuánto lo echaba de menos! Se escucharon ruidos de platos y servicios provenientes de la cocina. Era un departamento de un solo dormitorio, que compartían los cuatro amigos desde hacía dos años. Se habían conocido en un plan común que dictaba la universidad durante los primeros años de ingeniería. Jorge se levantó de la cama y fue a la cocina. —Buenos días, ¿cómo andan hoy? —¡Empezando el día con ganas! —bromeó Juan, con expresión adormilada y unas grandes ojeras.

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Francisco los miró mientras reía. Pablo estaba ocupado preparando unas frutas para el desayuno. Se habían organizado de manera que, en parejas, se turnaban día por medio para preparar las comidas. —He tenido un sueño muy extraño, de esos que te dejan una rara sensación… —dejó un momento de silencio a modo de suspenso, que no pareció generar mucho interés en sus amigos, luego prosiguió—. Era como de fin de mundo. No sabía muy bien dónde estaba; todo estaba oscuro, como si se hubiera cortado la electricidad en la ciudad, y entonces, empezaron a caer las bombas. —Había logrado captar la atención de sus amigos, quienes pausaron sus actividades para mirar a Jorge, mientras este continuaba el relato—. A lo lejos se escuchaban venir, una tras otra, hasta que una me alcanzó, sin poder escapar ni refugiarme. —¡Qué fuerte tu sueño! —respondió Pablo, que ahora servía la fruta con avena y yogurt en los pocillos. —La verdad, es que parecía real —agregó pensativo Jorge. Francisco, que ya moría de hambre, se sentó a la mesa y Juan le siguió. —Quizás qué signifique tu sueño… —dijo Juan, con gran parte de su atención puesta en la llegada del desayuno. Jorge le ayudó a Pablo a llevar los pocillos a la mesa. Aunque el departamento era pequeño, era bastante acogedor. Con el tiempo habían ido recolectando diversos artículos que impregnaban la identidad de cada uno en los distintos espacios. Las sillas eran una

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distinta de la otra; una había sido heredada, otra rescatada y las últimas dos, compradas. Jorge había construido la mesa con tablas de madera reutilizadas y una base de fierro de un taburete viejo. Amaba maestrear. Era otra de las cosas que había aprendido con su padre, tras largas jornadas ayudándolo a reparar todo tipo de objetos y artefactos, con el más variado equipo de herramientas, que juntos habían coleccionado a costa de navidades, cumpleaños y diversidad de excusas. Y en sus amigos había logrado permear este amor, tan característico en él. Probablemente, había facilitado lo anterior, el gran sentido de justicia social presente en Juan, quien prefería componer cosas viejas o dañadas a comprar otras nuevas. También habían aportado a la causa, la buena voluntad de Pablo y la energía de Francisco. Y, en esta sintonía, habían llevado a cabo —en sus tiempos de ocio— varios proyectos para su departamento e incluso para conocidos que, tras ver sus trabajos, insistían en tener algunas de aquellas creaciones. Terminaron su desayuno sin mucha charla y se despidieron para ir a sus respectivas clases. Jorge bajó las escaleras de los cuatro pisos que lo distanciaban de la calle, caminó una cuadra y esperó la micro en el paradero. De su mente no desaparecía el sueño que había tenido, aquel pensamiento permanecía como un telón de fondo detrás de los autos que pasaban por la calle, las bicicletas, motos, scooters, personas apuradas caminando…

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Empezó a cuestionarse el vertiginoso sinsentido de la gente en la ciudad, como de vez en cuando lo hacía, desplazando por un momento el telón de fondo que se había instalado en su mente. Subió a la micro y sacó su celular para pagar. Hacía pocos meses, habían instalado el pago digital en el transporte público, pero en general a la gente no le había costado acostumbrarse, ya que era el mismo sistema que existía en los restaurantes para ver la carta. Solo había que elegir la aplicación de la cámara del celular y escanear el código QR. Era un procedimiento sencillo y cómodo. Ya no era estrictamente necesario andar con efectivo, gracias a la aplicación CeluPay, que había sido creada para realizar pagos fácilmente, vinculando la cuenta bancaria de cada persona a su teléfono. Al terminar las clases, se despidió de un par de compañeros. No conocía a muchos. La experiencia universitaria ya no era lo que había sido hace veinte años. Desde la irrupción de los smartphones se conversaba menos, había disminuido el intercambio de miradas; en general, se conocía menos gente y con los conocidos se compartía significativamente menos. A Jorge no le importaba mucho esta situación, porque tenía muy buenos amigos, con los que vivía en el departamento y compartía tiempo de calidad. Además, para él era algo normal (aunque no por eso menos triste), ya que había nacido en la era de los «teléfonos inteligentes». Una vez fuera de la universidad, sacó su celular para arrendar un scooter y poder llegar más rápido al su-

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permercado, donde iba a ir a comprar algunas cosas para picar, porque era viernes, y era una tradición de ellos jugar cartas los viernes por la noche en el departamento. Apuntó la cámara al código QR del scooter y se subió.

La pantalla marcaba el valor de cincuenta y ocho mil doscientos pesos. Cuando Jorge apuntó la cámara del celular al QR de la caja para pagar las compras, este arrojó un ruido distinto al usual. —¡Maldición! —exclamó, mirando el mensaje de error que aparecía en la pantalla de su smartphone. Activó el botón de ayuda de la caja automática y llegó el supervisor. —Buenas tardes. ¿En qué lo puedo ayudar? —Tengo que devolver algunos productos. —No hay problema —replicó el vendedor, al tiempo que ingresaba algunos datos suyos en la pantalla. No parecía sorprendido. La verdad, es que ya era muy frecuente que los clientes se quedaran sin saldo en sus cuentas. Cargando la escasa mercancía que logró comprar en dos bolsas, caminó por el centro de la ciudad. Miró las tiendas, supermercados, farmacias y enormes centros comerciales; todos rebalsados de artículos para consumir y propagandas que prometían el cielo y la tierra. Se veía gente entrando y saliendo de aquellos lugares; sin embargo, eran escasas las personas que llevaban compras consigo.

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Pasó por fuera de una construcción, que años atrás había sido un cine, pero ahora estaba transformada en una bodega, donde las grandes tiendas guardaban sus productos. Hacia el final de la cuadra, sentado contra el muro de concreto de aquella bodega, aguardaba un hombre de vestimentas sucias y harapientas, con la esperanza de recibir alguna limosna. —Alguna ayuda por favor —rogó el mendigo, extendiendo su mano hacia Jorge, quien no pudo dudar de asistirlo. —Ten —ofreció Jorge, que había sacado un pan y una rebanada de jamón de la bolsa con las limitadas provisiones que había podido comprar para él—. Lo vas a necesitar más que yo. —¡Bendiciones, buen hombre! —Igualmente —replicó Jorge, volteándose mientras se alejaba. Quizás iba a pasar un poco de hambre, pero ayudar a los demás satisfacía otras necesidades en él. Luego de caminar algunas cuadras más, entró a un edificio antiguo y de fachada descuidada. Saludó al conserje y subió al segundo piso, donde estaba su departamento. No tenía muchas pertenencias allí, solo lo necesario. Abrió el refrigerador, guardó algunas compras que llevaba en la bolsa y sacó un huevo. Tendría que preparar algo simple, para poder llegar a tiempo. Entusiasmado, pensando en ir a escuchar música y compartir con las personas que asistirían, frio el huevo revuelto con jamón, y calentó el pan. Realmente era

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una tranquilidad para él que desde hacía dos años las personas ya no tuvieran que pagar por las viviendas ni el gas o el agua. Jorge terminó de saborear su deliciosa, pero no muy contundente comida y pasó al baño a asearse. Dejó su celular en el velador. Dio los últimos retoques con una lija al reloj de madera que había construido él mismo y lo envolvió en un género beige. Tomó las llaves, el reloj envuelto en género y partió. Se detuvo en la reja de una casona antigua con un amplio antejardín, cuyo aspecto denotaba un frondoso pasado. Tocó el timbre. En el patio se veían diversas especies de árboles y plantas exóticas, belleza de la cual costaba percatarse entre tantas malezas salvajes. Un hombre alto y fornido, de piel oscura, salió de la casa y se acercó caminando con paso seguro hasta llegar a la reja donde esperaba Jorge, a quien lo sobrepasaba verticalmente por unas tres cabezas. —¿Busca a Araminta Ross? —preguntó el hombre, escudriñando a Jorge. —No, a Harriet Tubman —replicó este y le entregó, a través de los barrotes de la reja, el paquete forrado en género que sostenía cuidadosamente en sus manos. El hombre abrió la reja y pasaron por un sendero formado naturalmente entre las malezas salvajes. Subieron algunos peldaños de una antigua escalera con balaustrada de mármol, la que en sus años de gloria no habría estado quebrada ni con manchas oscuras de hongo y musgo en sus grietas.

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Al llegar al descanso de la escalera, el acompañante de Jorge tocó una campana de bronce que estaba al costado derecho y esperaron. Se abrió la puerta, dando paso a una mujer mayor, elegantemente vestida. Tenía una mirada amable, pero una actitud férrea. De fondo se escuchaba música en vivo y un entretejido sonido de voces que insinuaban una gran asistencia aquella noche. —Bienvenido, Jorge —anunció la mujer—. ¡Qué bueno verte de nuevo por acá! —Buenas noches, Myriam, muchas gracias —respondió mientras el hombre corpulento le entregaba el paquete a la mujer—. ¡Cómo no venir! Me aburre mucho la música creada por inteligencia artificial. —Él es Otis —Myriam apuntó con la palma de su mano hacia arriba al gran hombre. Ambos se saludaron cortésmente—. El amigo del que te hablé hace un tiempo. Hacía meses que Jorge no visitaba aquel lugar. —¿Qué tenemos aquí? —inquirió observando el paquete con curiosidad. Siempre estaba interesada en los objetos de trueque traídos por él. Jorge no dijo nada, mas esperó mirando con satisfacción los gestos que aparecieron en la cara de Myriam al desenvolverlo. El hombre corpulento, Otis, con un gesto de cortesía hacia ambos, se retiró del hall de entrada para ir a acomodarse a una mesa, desde donde disfrutaba del show. —Es un reloj de madera y funciona a cuerda… no sé a quién pueda servirle más —dijo Jorge. La entrada al club se pagaba con trueques que repartían entre los músicos y las personas que organizaban los eventos.

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—¡Está precioso! Lo dejaremos para el club —respondió Myriam y, después de una pausa, añadió con energía—: ¡Adelante, no te pierdas el show! Sonaba «So What» de Miles Davis. Francisco, el amigo de Jorge, con el cual ocho años antes habían compartido departamento, tocaba el piano en la banda que se estaba presentando esa noche en El Ferrocarril. Jorge entró en el salón e inmediatamente su mirada se fijó en la trompetista. No la había visto antes. Ella lo miró de vuelta sin dejar de tocar la trompeta. Mientras Jorge se acercaba al escenario caminando entremedio de las mesas, buscaba a sus amigos entre los asistentes. Habían quedado de juntarse esa noche en el club. Algunas personas lo saludaron con la mano, desde una mesa cercana al escenario: eran Pablo y Juan que le habían guardado un puesto. —¡Hola! ¿Cómo están? —dijo Jorge al acomodar la silla para sentarse junto a ellos. —¡Qué bien que llegaste! Por acá todo bien, está muy buena la música —contestó Juan con ojos brillantes mientras sonreía. —¡Qué tal! —dijo Pablo al estrecharle la mano a Jorge con una felicidad no tan notoria como la de Juan. Por un momento continuaron escuchando la música y Jorge volvió a encontrarse mirando a la trompetista. —¿Quién es la trompetista? —no pudo evitar preguntar. —Es la nueva integrante de la banda —respondió Pablo—, reemplaza a Ramón.

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—¿Por qué se fue Ramón? —añadió a su interrogatorio Jorge, a pesar de que no eran cercanos a él. —Dijo que tuvo que vender la trompeta por un apuro económico —respondió con tono amargo Juan. —Qué pena… no me imagino lo que debe ser eso para un músico —agregó Jorge intentando ponerse en el lugar de Ramón. La música siguió sonando por horas. El club estaba atiborrado, pero había un ambiente cálido y jovial. No habían querido tocar el tema, ya que una de las escasas ocasiones que había para disfrutar y relajarse era ir a escuchar música.

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N A R R A T I V A

Este libro fue compuesto con las familias tipográficas ET Bembo y Darker Grotesque. Impreso en papel bond ahuesado de 90 gr/m2, en un formato de 14 x 22 cm. Páginas de cortesía en papel hilado negro de 90 gr/m2. Encuadernación en rústica con tapas en papel couché de 350 gr/m2. Fue maquetado en la ciudad de Valparaíso y confiado a Grafhika Impresores, durante julio de 2026.


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