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Betssy Reyes “Betzuara” • Mercedes Varela Escritura de cuentos de hadas para mujeres

Rocío Ramírez Castillo • Teresa Ruvalcaba Linda González • Perla Zaragoza Sonia María Peña Mercado • María Elena Espinosa

Escritura de

cuentos de hadas para mujeres

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AntologĂ­a

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Escritura de cuentos de hadas para mujeres

Escritura de cuentos de hadas para mujeres

antologĂ­a del taller literario 2017

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AntologĂ­a

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Escritura de cuentos de hadas para mujeres

Escritura de cuentos de hadas para mujeres

antología del taller literario 2017

Betssy Reyes “Betzuara” • Mercedes Varela Rocío Ramírez Castillo • Teresa Ruvalcaba Linda González • Perla Zaragoza Sonia María Peña Mercado • María Elena Espinosa

Monterrey, 2018 5


Antología

Escritura de cuentos de hadas para mujeres antología del taller literario 2017 © D. R. 2017 Diseño editorial: Ediciones Morgana Ilustración de portada: Rose Yousei Primera edición, 2018

email del editor: ediciones.morgana@yahoo.com Esta publicación es de distribución libre y gratuita, con el único fin de compartir conocimiento y arte; puede ser reproducida, almacenada o transmitida, de forma parcial o total, en medios digitales o impresos para su lectura personal o para compartirla con fines educativos, siempre y cuando se otorguen los créditos correspondientes a las autoras. Queda prohibida su venta o cualquier otro uso con fines de lucro. 6


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la psique existe, más aún, es la existencia misma Carl G. Jung

La intuición [...] es como un instrumento de adivinación o una bola de cristal, por medio de la cual la mujer puede ver con una misteriosa visión interior. Clarissa Pinkola Estés

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Prólogo El arte de narrar es inherente a la condición humana y, por lo tanto, una tarea vetusta. Es de la relación entre el ser humano y el símbolo que nace la civilización. En cuanto nuestros ancestros asumieron su existencia debieron de sentir la necesidad de expresar lo que Carl G. Jung llamó el drama del alma, de ahí el origen de los mitos. El mito es una representación de nuestra vida interior y a él recurrimos para darle sentido a lo que no podemos responder desde la racionalidad, esta, sin embargo, se ha sobrevalorado en el mundo contemporáneo dando irónicamente como resultado una sociedad en gran medida irracional: consumismo, guerras, asesinatos, hambrunas y pérdida del sentido vital. No es que en otras épocas no ocurrieran estos desastres, pero nunca antes nuestra especie llegó a tener en sus manos tanto poder destructivo como ahora. Mas, como todo tiene una polaridad, también está presente en nuestra era la capacidad de construirse a sí mismo desde la consciencia. Los cuentos de hadas contienen simbólicamente elementos que retratan las etapas de desarrollo del alma humana, entendiéndose aquí por alma un complejo psicológico o la energía vital. Las versiones antiguas de muchos de los relatos que han llegado hasta nuestros días solían tener episodios crudos que se fueron mutilando hasta ser los cuentos maniqueos y dulces que conocimos en nuestra infancia. Los cuentos de hadas antaño exploraban la oscuridad de la psique humana, lo que provocaba un impacto 9


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en la consciencia y daba una lección moral, emocional y espiritual que en buena medida se ha perdido. El taller “Escritura de cuentos de hadas para mujeres”, que desde junio de 2017 imparto en línea, propone a toda mujer interesada en iniciar un proceso de sanación a través del arte escribir su autobiografía simbólica. Me he basado para dar sustento teórico a este taller en la psicología analítica, con énfasis en el libro Mujeres que corren con los lobos de la psicoanalista junguiana Clarissa Pinkola Estés, también por supuesto en mi trabajo personal dentro de la psicoterapia y la literatura. En esta edición he compilado ocho de los textos escritos por las participantes. Estas han vivido un proceso guiado de autorreflexión y han dado voz a su propio drama individual; ellas hicieron un esfuerzo consciente por revalorar los símbolos de los cuentos de hadas y devolverles parte de su peso original: las brujas no son simplemente mujeres malvadas que comen niños sino mujeres sabias, espíritus duales que conocen la naturaleza de la tierra y el tiempo; las princesas no son frágiles doncellas que no pueden valerse por sí mismas, sino almas en evolución que van descubriendo su fortaleza; los príncipes no son externos salvadores de la virtud sino representaciones del ánimus, al que podemos recurrir para equilibrar nuestras cualidades y rescatarnos a nosotras mismas. No hubo una delimitación en cuanto a la extensión del texto ya que consideré que cada alma tiene su propio aliento y no se le puede acortar. No es la finalidad única, pues, estrictamente literaria sino unir psicología y arte en el camino hacia el autoconocimiento. Me enfoqué en un público femenino porque las mujeres necesitamos espacios propios para expresar nuestra feminidad y nuestro campo semántico, los cuales han sido históricamente marginados. 10


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Las autoras reunidas en esta publicación libremente toman elementos de diversas mitologías y literaturas, como en el caso de Perla, cuyos personajes abrevan de los mitos nórdicos o de Linda, quien revela su cercanía con el universo de Oscar Wilde. Generosamente han querido compartir su cuento en esta edición digital de descarga gratuita, con el propósito de que otras personas, especialmente mujeres y niñas, a la usanza de los tiempos antiguos, escuchen, gocen y aprendan de los relatos.

Marisol Vera Guerra psicóloga y escritora 

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La niña que se convirtió en pájaro Betssy Reyes “Betzuara”

Había una vez una niña que vivía muy cerca de las montañas con su abuela, ella tenía singular belleza, de enormes ojos negros y cabellos largos y lacios, las manos huesudas y toda flaca. Su abuela la llamaba “mi pequeño huitzilli”, que significa “colibrí” en náhuatl, pues desde muy pequeña jugaba a ser como esas aves; amaba verlas revolotear chupando flores. Eran muy unidas, la anciana le enseñó a danzar por las mañanas dando gracias a la naturaleza, al infinito cielo y al Sol, casi todos los días subían al cerro para recoger semillas, flores y hongos. Le enseñó a tejer, cocinar, leer y escribir; le contaba ridículas e increíbles historias sobre seres mágicos, duendes y estrellas. Una noche decidió hablarle sobre brujas: misteriosas mujeres que hacían pacto con otros seres mágicos y con la naturaleza, para protegerse y protegerla de la humanidad –que se volvía cada vez más destructiva hacia sí misma y hacia todo lo que la rodea–. Nunca le había hablado sobre ellas pero llegó el momento, pues la niña era descendiente de una bruja. La anciana en su sombrío afán de protegerla decidió ocultárselo y dejar que ella lo descubriera. “Pronto dejaré este lugar y no podré guiarte”, pensó la abuela. “Ven, mi pequeño huitzilli, quiero contarte otra historia”. La niña corrió hasta sus pies y le miró con incansable contento esperando la historia. 12


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—Desde hace algún tiempo, muy cerca de aquí, existían brujas, hechiceras que bajaban a los pueblos a danzar y compartir su sabiduría con la gente, eran mujeres que podían cambiar su aspecto humano a uno animal, para ello necesitaban iniciar un ritual que les ayudaba a definir al animal lleno de lindeza que las acompañaría en su camino; para dicha transformación era necesaria la esencia de un niño, el cual chupaban por las noches cuando nadie las veía. —¿Un niño? –interrumpió la niña con asombro. —¡Sí!, no te asustes, no le hacían daño, solo tomaban la esencia. —¿Qué es la esencia? ¿Para qué querían esencia si tenían magia? —La esencia es lo que hace que el mundo sea lo que es, todos tienen una y sin ella no son nada. Por eso tomaban a los niños pequeños, ellos no habían definido una personalidad dentro del universo y con su ingenuidad no podrían saberlo, debían olvidar, crecer y madurar, descubrirla con el paso del tiempo y ser buenos hombres –aunque no todos lo lograron–, de ahí han surgido los hombres codiciosos, llenos de maldad y destrucción de los cuales debemos cuidarnos. Pues bien, una noche una de ellas fue descubierta y condenada a muerte. A partir de ahí comenzó la cacería de brujas, no debía quedar ninguna. Tenían que ocultarse y vivir en lugares alejados para no ser descubiertas. —¿Pero las mataron a todas? –volvió a interrumpir la niña. —¡No!, no a todas, cuentan que una de ellas sobrevivió. —¿Y qué le pasó, abuela? ¿Dónde está? ¿Las brujas nunca mueren, o sí? —Algún día tienen que volverse a la tierra. Tienen que decidir entre dejar la vida o trascender como el animal que ellas eligieron y cumplir su ciclo, este tampoco es eterno. Ellos también han de morir. 13


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—¿Y entonces la bruja, ya no se supo nada de ella? —¡Nada! –tomó un sorbo de café y señaló con su mano la habitación de la niña. Ella besó su mejilla y se fue a dormir. A la abuela le preocupaba mucho el futuro de su nieta, había pasado noches y días enteros observándola: dando vueltas, saltando, trepando árboles, reír, casi nunca lloraba pero de un tiempo para acá sollozaba en sueños. “Algo le está pasando en su interior, puedo percibirlo: en sus ojos, en su mirar, en su corazón, este comenzó a dividirse entre una parte bella y gentil y otra frívola y destructiva. Tengo que hacer algo antes de que se dé cuenta. ¡Tengo que protegerte, mi pequeña!”, susurró la anciana y salió al patio. Al día siguiente la abuela no despertó, estaba muerta y tiesa. Algunos vecinos ayudaron a la niña a enterrarla en el panteón del pueblo y se alejaron, apenas dos, tres tumbas la acompañaban en su ominoso sentir, un momento pasivo y temeroso. Se quedó ahí tres días, esperando que algo más sucediera, que un rayo de luz la acogiera, pero eso no sucedió. Soltó un suéter que ella misma había tejido y caminó directo al cerro, allí donde su abuela le había enseñado mil cosas, donde había encontrado su inocente niñez y la mitad de un corazón destrozado. De inmediato un insólito presentimiento, una destructiva e impaciente hambre por descubrirse la invadió. Continuó subiendo hasta adentrarse en lo más profundo, encontró un enorme árbol que le sirvió de refugio; comió semillas y uno que otro hongo, sabía lo que debía hacer. Trepó al árbol, un hermoso cedro, y permaneció ahí por días y meses y años en andrajos, casi desnuda, expuesta, toda ella sublime. Cuando estaba hasta arriba veía a los hombres consumiéndose como un fuego que tarde o temprano se ha de apagar, estaba feliz por no ser parte del circo. Una noche escuchó a lo lejos un grito –no era cualquier cosa–, alguien 14


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gritaba su nombre. Se estremeció un instante, podría ser cualquiera, pero nadie se atrevería a ir a las profundidades de la naturaleza, además ella ya había escuchado la risa de las hojas de los árboles al caer, su último suspiro –seguro las confundió–. Esa noche no pudo dormir tranquila, algo muy fuerte le perforaba la cabeza, después bajaba como gotas de agua helada sobre su cuerpo y la paralizaba; ese grito cada vez se agudizaba más y más hasta que de repente lo sentía como un susurro carcomiendo su oído. Tuvo mucho miedo, inclusive de bajar del árbol. Así fue como un día estando hasta la punta –ahora admirando los campos que tanto adoraba, las dulces flores silvestres y las aves que iban por doquier– sintió envidia de las aves; ella deseó tanto unas alas que quiso saltar. Desde entonces no dejó de sentir esa necesidad, la necesidad de escapar. A la mañana siguiente, después de recolectar sus alimentos, notó que alguien –hombre / animal- la perseguía. Soltó lo que traía en las manos y corrió con desesperación hasta su profuso árbol, trepó tan rápido como pudo, se escondió entre las ramas y lo miró con irritación. Era el grito exasperado que había escuchado antes: “¡Él ha estado llamándome!” Se trataba de una bestia que desde entonces la perseguía por las noches, nunca venía de la misma manera, cambiaba su forma cada vez que quería, pero siempre era aquella figura fuerte e imponente, atemorizante, que la dejaba sin aliento. Una noche venía como hombre con cuernos de toro; otra, con patas de caballo y muchas otras sin rostro. —Pero, ¿qué quiere? No deseo bajar de los árboles, no debo bajar –decía una y otra vez. Y una decepción la invadía, ella necesitaba alas para salir huyendo, ella deseaba volar, ella debía escapar. Esta vez la alcanzó, él corrió con desesperación golpeando fuertemente el árbol donde estaba trepada, asida con toda su energía al tronco. 15


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—¡Baja! ¡Baja! ¡Baja! ¡Baja! –tras unos minutos él se calmó y le dijo:– Tienes que ayudarme. Cuando ella lo escuchó se confundió. —¿Qué dijiste? —¡Tienes que ayudarme! —Yo no sé hacer tal cosa, ¿cómo podría ayudarte? ¿Quién eres? ¿Por qué has estado persiguiéndome? —Soy un hombre atrapado en estas formas, una bestia condenada al olvido, sé lo que eres y quiero que me liberes. —¿Lo qué soy? Yo no soy… —¡Eres una bruja! ¡Una maldita bruja! –le volvió a gritar con rabia y cayó al piso, desconsolado. El silencio permaneció intacto, el cerro lo guardó en su pulcra imagen. La joven impactada por lo que acababa de escuchar negó con la cabeza y grito: —¡Ellas están muertas! –soltó el árbol y salió corriendo a la casa de su abuela, como cuando niña, con los ojos empapados de melancolía, sin voltear atrás. Cuando por fin llegó a la puerta notó que en el centro del patio crecía un pino. Lo miró con dulzura como si desde siempre lo conociera. Al fondo se encontraba el cuarto de la abuela, se dirigió hacia él, sintió un poco de temor al entrar pues estaba oscuro y lleno de polvo. El vacío la sacudió. Todo estaba ahí: la historia de las brujas, de su abuela, de su madre. Esa bestia en lo alto de la montaña, quien fuera el último cazador hechizado por aniquilar a la mayoría de las brujas, incluida su madre. Resulta que la anciana había utilizado lo último de su energía para desterrar a aquel hombre que no se detendría hasta encontrar a la niña y verla morir. Ella se ofrendó para salvarla, para que su nieta descubriera toda su energía sin necesidad de esconderse, pero nunca imaginó que las cosas se saldrían de control; jamás debía encontrarse con ese hombre. Su sacrificio fue en balde pues la joven se había 16


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entregado por completo a la dualidad de su ser y él no desaprovechó el tiempo para atormentarla. Pasó semanas enteras sin salir del cuarto, hasta que por fin lo entendió. Aceptó los poderes que le habían sido heredados. Pero no robaría la esencia de más niños, no quería que alguno de ellos se llenara de odio. Consiguió hombres más o menos de su edad, creyó que como ya eran dueños de una identidad –un ser bueno– no pasaría nada si tomaba un poco de ellos. Y como era una joven llena de gracia no le costó trabajo conquistarlos, todos eran elegidos con suspicacia, debían tener corazones bellos. Comenzó a saciar la sed que por mucho tiempo reprimió, los sedujo y absorbió sus esencias para después abandonarles, enloquecidos por su tribulación: No poder tenerla. Conquistó muchos corazones, algunos más bellos que otros. Esa bruja se dejó guiar, tal vez sin darse cuenta, por la maldad; su hambre no tenía solución, amaba el poder que adquiría a través de ellos. Todos habían de enloquecer, ninguno que hubiese mirado fijamente sus ojos podría superarlo y sin darse cuenta ella devoró sus almas. Así logró levantar el vuelo, cada noche se convertía en una hermosa ave con plumaje iluminado; extasiada, loca, orgullosa de sí misma. Trepaba a los árboles como un gusano en pleno júbilo por la transformación. Una noche cuando se preparaba para subir como todas las noches al majestuoso pino que crecía y crecía en el patio, cuando se preparaba para volar, escuchó nuevamente el grito penetrante de la bestia –la había olvidado–; en realidad no le importó: debía pagar por lo que había hecho, debía sufrir; así que continuó su conciencia fría alejándose de la luz, buscando noches taciturnas aprovechándose de ellas; pero este monstruo no la dejó tranquila, volvió a escucharlo, a verlo a través de sus espejismos, desgarrando 17


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su juventud, tocando su lívido cuerpo de pájaro, embistiéndolo. Ella misma, en un intento por censurarlo, perdió su imagen –ya había mostrado su rostro color de capullo que poco a poco se deformó y sus piernas comenzaron a arrastrarse sobre los caminos secos, borrando sus pasos bajo la lluvia; había perdido también su sombra. Se encontraba atrapada en una infancia de venturoso estado vesánico desbordándose a través de las palabras que aún no decía, sobre sus huesos y su frívola identidad. La historia de su vida se vino abajo –cayó como pájaro herido, dejó de volar–. No tenía sentido todo lo que comenzó a pasarle, no debería caer, no ahora. Miró a su alrededor y pensó: “No soy tan diferente a él –la bestia–, mi abuela sacrificó su vida para mostrarme el camino, el cual no sé si estoy dispuesta a seguir. Por ahora solo quiero mis alas”. Como eso no sucedió, ya desesperada por los gritos de la bestia subió nuevamente al cerro donde encontró a un hombre terrible, no sabía lo que le pasaba: estaba aterrado, gimiendo, retorciéndose en su propia malicia y virilidad. —Ya sé por qué estás aquí. Ya sé quién eres y lo que quieres: ¡aniquilarme!, eres el hombre que sepultó la vida de muchas mujeres, que les arrebató sueños y esperanza: en ellas se creaba lo que alimenta a la tierra –dijo en voz sollozante y temerosa. —¡Y tú! Tú ya has causado mucho daño, ya has devorado a muchos hombres como todas las demás, no sabes lo que a ellos les depara. ¡No te importa! Ahora debes liberarme y yo te dejaré ir –le respondió el hombre con pena. —¿Y si no te perdono, y si decido dejarte aquí? —Entonces jamás volverás a soñar con tus alas. Serás solo esa bruja sin imagen. No serás más esa ave que tanto deseas. No podrás regresar y no habrás encontrado para 18


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ti y aquellas brujas un espacio donde danzar, donde sentirse libres y a salvo, y te habrás desgarrado manos y pies por nada y entonces sí, todas ustedes habrán desaparecido. En cambio, yo ya he pagado mi condena, llevo veinte años atrapado en este lugar. ¿Y tú? Ahora déjame ir. Ella lo miró fijamente a los ojos y le dijo: —Ya no tengo miedo, estoy sobre el umbral –afianzó los ojos y vio el reflejo de su madre –un coyote– correr hacía el cerro y detrás de ella a todos los animales, a todas las mujeres que habían tocado antes el mismo suelo, desvaneciéndose libres a través de los bosques. Él, de la misma manera, desapareció llevándose consigo el ímpetu del dolor y su desgracia. Ella enseguida soltó el llanto… bajó a la casa, trepó al hermoso pino, abrió los brazos y se lanzó desde ahí. Ella ya no era cualquier ave, era ese pequeño huitzilli multicolor que se llevó los secretos de la montaña, el equilibrio fértil de la tierra; la esencia de luna llena en sus ojos, un frío viento en su plumaje y la sabiduría de ser y sentirse libre.  

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La princesa y la muerte Mercedes Varela

Había una vez un reino en donde todos los súbditos eran felices, la vida se deslizaba plácida y no padecían hambre; las tierras eran fértiles y ellos se alimentaban de todo lo que les proveía. En las mesas siempre se servían frutas y verduras. Además contaban con grandes pastizales para alimentar el ganado y jardines que coloreaban el paisaje, antes de que las flores adornaran las cabelleras de las hermosas doncellas. En el centro del reino, sobre una gran loma, se erigía el castillo que habitaban la pareja real y la pequeña Lucero, bautizada así porque su nacimiento iluminó la vida de sus progenitores. Una tibia mañana de junio, la princesita fue despertada por un juguetón rayito de sol, que logró colarse entre el espeso y aterciopelado cortinaje. Ella divertida cambiaba de lugar hasta que el sol la alcanzó. Tan embelesada estaba sintiendo la tibieza del tímido rayito que no escuchó los pasos de su madre y se asustó cuando ella, brusca descorrió las cortinas. —¡Ven, acércate a la ventana! –le dijo con voz ronca. Lucero obedeció y en el patio de una casa, que reconoció como la del panadero, vio un cajón negro. Custodiando cada esquina tenía un candelabro en donde temblaba la llama de una vela. —¿Qué es eso? –preguntó Lucero, angustiada aún antes de recibir respuesta. 20


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—¡Es la muerte! –contestó su madre. —¿Cómo? ¿Qué es? ¿Qué tiene ese cajón? ¿Está adentro ella? La reina la miró compasiva antes de contestar y lenta e intencionada dejó caer las palabras que se amontonaron en el cerebro de Lucero, sin que esta pudiera comprenderlas y allí se quedaron desordenadas y dando vueltas. —La caja guarda el cuerpo de Antonio, el panadero. Hoy no habrá pan en el pueblo porque él duerme el sueño eterno. Hoy el reino está de luto. —Pero ¿qué voy a desayunar, entonces? —¡Niña! –vociferó su madre y comenzó a agigantarse mientras su boca escupía una lava que quemaba a Lucero. La princesita se quedó allí mirando al frente hacía lo que ella consideró como la muerte mientras su madre, convertida en un enorme dragón verde, salía de la habitación, echando fuego por la boca. Un sentimiento de culpa invadió a la princesa, quien no comprendía lo que le había pasado al panadero y menos aún la furia del dragón… perdón, de su madre. Cerró los ojos e invocó a su hada madrina. Esta apareció de inmediato y extrañada por la urgencia del llamado, preocupada preguntó: —¿Qué pasa, mi pequeño sol? —¡Me da miedo la muerte! Sé que se encuentra encerrada en un cajón. ¿Pero quién guarda la llave? ¿A quién debo temerle? El hada sonrió y con dulzura le dijo: —Esa llave la posee la vida. Todo depende de ella. Lucero agregó: —Es muy poderosa, convirtió a mi madre en un dragón. —No temas, mi pequeña, durante toda la vida te verás amenazada por muchos dragones, pero depende de ti que no sean… —¿Qué no sean mi muerte? 21


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El hada completó: —Que no sean parte de tu vida. —¿Qué sentiré al morir? —Sueño, mucho sueño. —¿Solo eso? —¡Así es! —¡Quiero dormir! ¡No quiero enfrentar más dragones! El hada madrina agitó su varita mágica y la princesa cayó en un profundo sueño. La reina regresó y la encontró acostada a mitad de la alcoba. Constató que la princesa estuviera bien y sonrió tranquila al descubrir el sueño inducido por el hada madrina. Su niña estaba a salvo. Algún día tendría que despertar a la vida, pero por el momento, esta le pertenecía. Lucero creció cobijada por las nubes de algodón de azúcar que amortiguaban todo lo que pudiera lastimarla. Jamás tuvo curiosidad de salir de ese mundo inventado para ella, hasta esa mañana en que un atrevido rayo de sol violó la intimidad de la alcoba, subió a la cama y poco a poco la recorrió, entibiando la sangre que fluyó despertando el cuerpo, que se estremeció ante las dulces sensaciones. A media mañana salió al jardín, un sombrero aprisionaba su cabello y en las manos una canastita en donde iba acomodando las rosas que cortaba. Sin precaución y olvidando las advertencias de sus padres se internó en el bosque, en sus labios una sonrisa y en los ojos el asombro al descubrir la hermosura de las hojas tiernas y multiformes que cubrían las ramas de los árboles. De pronto, lo vio. Estaba parado encima de un tronco seco, con las orejas en guardia, el elástico cuerpo tenso y los ojos dorados y expectantes. ¿Qué hizo que Lucero se aproximara al lobo? Ni ella misma lo supo, se dejó llevar por la atracción de esa mirada que la sedujo al grado de perderse en el estanque de oro de esos ojos que la invitaban a acercarse. La química entre los dos, aunque con diferentes 22


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intenciones, se dio al instante. Ella confiada y dócil se entregó a la recién estrenada amistad con el peligroso lobo. A partir de esa mañana, puntual atravesó el bosque, todos los días, para encontrarse con él, quien no se apresuraba para lograr su fin y saboreaba despacio con lengüetazos largos, cada vez más audaces, a la princesa, cuya carne imaginaba tierna y jugosa. Esa mañana de abril, el aire tibio mecía los arbustos, los cuales danzaban al ritmo de una melodía inaudible, los azahares de las naranjas en flor aderezaban los pensamientos del lobo, quien había planeado hincarle el diente, por fin, a la dulce y suculenta princesa. Este se relamía los bigotes anticipando el sabor de ese cuerpo que deseaba cuando el trotar de un caballo lo hizo correr a resguardarse. El jinete montado en su blanco corcel pasó muy cerca de la guarida del lobo quien lo vio alejarse dejándolo preocupado por perder el festín que ya sentía asegurado. El jinete no era otro más que el príncipe Felipe, heredero al trono del Reino de Muraki, uno de los más importantes de la Unión Saraby. Hacía la primera visita para conocer a la princesa Lucero, con quien lo habían comprometido desde antes de que ella naciera. El matrimonio arreglado beneficiaría ambos reinos. Felipe fue recibido con gran alborozo en el castillo con excepción de Lucero, porque con este matrimonio veía amenazada su relación con el lobo, ahora tendría que vivir en Muraki. Los reyes organizaron un gran banquete; en honor al visitante todo el pueblo participó y ayudó a preparar la gran comilona que fue servida en los amplios jardines. Cerca, en el bosque, el lobo salivaba por los exquisitos olores de los manjares servidos aunque nada se comparaba con el aroma de la piel de la princesa por la que estaba obsesionado. Lucero inquieta no disfrutaba del festejo enfocándose solo en buscar la oportunidad para escapar a reunirse con su amigo. 23


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Tenía que despedirse porque a partir de ahora sería más difícil encontrarse. Los invitados estaban distraídos disfrutando los deliciosos manjares ricamente aderezados con las finas especias traídas desde Indonesia. Todo era algarabía y la risa provocada por los finos licores estallaba en cada boca, momento que aprovechó Lucero para internarse en el bosque. El príncipe Felipe la vio escabullirse y discreto se dispuso a seguirla, pero los invitados eufóricos por las bebidas ingeridas lo detenían a cada paso para felicitarlo por su próximo matrimonio. Al fin pudo alejarse de la multitud que ahora con voces desafinadas entonaba, muy patriota, el Himno de Saraby. Felipe se internó en el bosque, seguro de encontrar a Lucero, pero después de una hora de dar vueltas no daba con ella, aun así insistió en su búsqueda. Lucero llegó a su cita con el lobo, quien hambriento la esperaba, esta vez no se reflejó en los ojos del depredador, que cuidadoso ocultaba su mirada enrojecida y empañada por el deseo de comer el cuerpo joven de la princesa. Ella ingenua pensó que él estaba molesto por la tardanza y cariñosa se acercó. El lobo dio un giro y sorpresivamente se le echó encima; ella, sorprendida, no emitió ningún sonido, cuando al fin pudo hablar le preguntó: —¿Me vas a matar? El lobo empezó a lamerle la cara suavemente. Lucero cerró los ojos. Sentía que se desvanecía al contacto de la húmeda lengua por todo su cuerpo. —¿Es esto la muerte, lobo? Con voz enronquecida por el deseo él contesto: —¡No! ¡Esto sí es la muerte! Estaba a punto de morderle la garganta cuando apareció el príncipe Felipe. Desenvainó la espada y con un movimiento ágil atravesó al lobo, quién al sentirse herido se despojó de la piel quedando expuesto su verdadero rostro. 24


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Al verse descubierto el príncipe David, traidor de Saraby, huyó, dejando a su paso una estela de sangre. Lucero y Felipe se miraron. Ella aceptó su culpa y pidió perdón. Un mes después el Reino de Saraby estaba de fiesta, esa tarde se habían celebrado los esponsales de los futuros herederos de la alianza Muraki-Saraby. Por la noche Lucero esperaba a su esposo. Se acercó al balcón y no pudo contener el hondo suspiro que escapó de su pecho al observar la luna llena y escuchar a lo lejos los aullidos de los lobos.  

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Corazón de rubí Rocío Ramírez Castillo

Era costumbre en aquellos años que cuando las princesas nacían las hadas les regalaran dos gemas: un corazón de rubí y un zafiro. Ese fue el regalo que recibió la princesa Elisa cuando nació. El rubí era de ella, por siempre, y el zafiro era la gema que entregaría a quien fuera su futuro esposo. Desde muy pequeña Elisa se destacó no solo por su belleza, sino también por su inteligencia y creatividad. Sus padres, los reyes, decidieron que esta inteligencia debía ser cultivada para que un día ella fuera capaz de gobernar el reino, así que la llevaron a un monasterio donde recibiría la mejor educación que pudiera tener. Los años fueron pasando y mientras las demás princesas asistían a fiestas y galas, la princesa Elisa estudiaba con ahínco. Aprendió ciencias, matemáticas, lengua y religión. Creció en sabiduría e inteligencia y anhelaba el día que pudiera abandonar el convento y vivir grandes aventuras, como las que le relataban sus amigas princesas en sus cartas, en especial Merlina, su mejor amiga de la infancia. Elisa se preguntaba muchas veces cómo sería el amor, solo lo imaginaba por lo que sus amigas le platicaban o por lo que leía en los libros pero no lo conocía con certeza. En las noches de luna llena ella miraba la ventana y soñaba con encontrar a un príncipe con quien compartir su vida. Cuando Elisa cumplió 25 años salió por fin de nuevo al mundo. Era hora de regresar al reino. Tuvo suerte. En el 26


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camino conoció a un apuesto príncipe. Era blanco como la nieve, cabello de oro y ojos de esmeralda. El príncipe se ofreció a acompañarla al castillo y Elisa aceptó encantada. Durante los días que duró el viaje, Elisa se fue enamorando del príncipe. Era todo lo que ella había anhelado. En el trayecto se encontraron con Merlina. Al parecer una rueda de su carruaje se había estropeado. El príncipe se detuvo para prestarle ayuda. Llegó la noche y decidieron dormir ahí y retomar el viaje al día siguiente. Sin embargo, Elisa no contaba con que Merlina estaba enamorada del mismo príncipe, esta le lanzó un hechizo que cayó en su corazón y él terminó prendado de ella; abandonó a Elisa de noche, mientras ella dormía. Cuando Elisa despertó y se dio cuenta de que el príncipe la había abandonado y que se había fugado con Merlina su corazón de rubí se quebró y los fragmentos cayeron en la tierra. Entre lágrimas ella los recogió y se cortó las manos. Los guardó en un pañuelo bordado y retomó el camino a casa, sola. Cuando regresó al reino sus padres la recibieron con una suntuosa fiesta. Pero no todo era felicidad para Elisa. Ella les mostró los pedazos de su corazón y sus padres, los reyes, llamaron a un joyero del reino para que lo reparara. Este juntó los pedazos con un hilo de oro, pero no quedó completo, pues no todos los fragmentos estaban ahí, Elisa había dejado unos en el camino que nunca pudo recuperar. Su padre decidió hacer un baile de gala para buscarle un pretendiente a su bella hija. Ningún príncipe acudió a la fiesta, todos rechazaron la invitación. El hilo de oro se rompió y los pedazos del corazón de Elisa se esparcieron otra vez rodando por las escaleras del palacio. Preocupados, sus padres volvieron a llamar al joyero del reino para volver a unir la gema del corazón de Elisa. 27


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Tiempo después Elisa conoció a otro príncipe. Era más apuesto que el anterior. Gallardo, de melena oscura y ojos castaños abrasadores. Era hijo de un rey poderoso y solía pelear en justas. Elisa se enamoró de él, tanto fue su delirio que un día fue a visitarlo a su reino. El príncipe la llevó de paseo y la condujo hasta una cueva oscura, lejana. Elisa dudó en entrar. El príncipe se enojó por su negativa, así que montó en su caballo y la dejó ahí en el bosque, en medio de la noche. Elisa regresó a casa con los fragmentos de su corazón, esta vez envueltos en su delantal. Faltaba uno que no pudo encontrar. El joyero del pueblo se declaró incompetente para reparar el destrozado corazón de gema de Elisa. Así que ella decidió ir con el herrero. —Necesito una armadura, que sea del metal más sólido y más impenetrable que pueda encontrar, para protegerme a mí misma. El herrero aceptó el trato. Así que forjó un peto de acero. Elisa se lo probó y se sintió más segura de sí misma. Los años pasaron y cada vez que Elisa conocía a un príncipe, este le rompía el corazón. Algunos se casaban con otras princesas, otros la ignoraban, otros más se portaban déspotas. En cada desaire, Elisa pedía al herrero que forjara otra parte de la armadura hasta que quedó completa. Lo que ignoraba Elisa es que esa armadura estaba hecha con un metal mágico que había hechizado una bruja, así que una vez que se lo ponía ya no podía quitárselo. Con el tiempo Elisa notó que la armadura le pesaba y que, aunque la protegía, también alejaba a las demás personas de ella. Los reyes fueron envejeciendo y miraban con preocupación que Elisa se había convertido en una guerrera ermitaña a la que nadie se acercaba. 28


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Un día llegó a una aldea y entró a una taberna. Había ahí muchos príncipes. Elisa pensó que ahí encontraría al que sería su amor verdadero. Se sentó cerca de ellos pero ninguno se dio cuenta de que bajo esa armadura había una princesa. En cambio, ellos siguieron platicando. Muchos alardeaban de tener un botín de zafiros que les habían robado a otras princesas y presumían por quién tenía la mayor cantidad de estas gemas. Elisa salió de la taberna. Un príncipe descubrió que ella era princesa e intentó ser su amigo. Bajo la luz de la luna él le habló de romance. Ella creyó que podía quitarse el casco y así lo hizo. Él la besó y se dio cuenta que ella tenía un zafiro en su pecho e intentó robárselo. Ella no quiso. Él, molesto, se despojó de su disfraz. No era un príncipe, era un duende malvado que la maldijo. —Eres una mujer asquerosa y te quedarás sola el resto de tu vida. Elisa se colocó el casco y se marchó. Y fue tanta su determinación de no volver a quitarse la armadura que esta se fusionó con su cuerpo. Ella comenzó a sentir que una figura oscura la seguía de lejos, pero nunca podía verla directamente a la cara. Era escurridiza y siniestra. Algunas veces lograba evadirla; otras, sentía su presencia muy cerca, como si la acechara. Pasó el tiempo. Un día, desesperada, Elisa buscó ayuda y solamente encontró en un mercado un libro, cuyas páginas estaban en blanco. El vendedor le dijo que era un libro mágico, que bastaba con que anotara su problema y el libro le daría las respuestas que necesitaba. —Me siento sola. No encuentro el amor –escribió. Y unas palabras aparecieron enseguida en el papel. —Ten fe. Con fe, todo es posible –le respondió el libro. Día a día, Elisa escribía en el libro y este le respondía en las noches, con gran sabiduría. Y en cada consejo Elisa 29


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derramaba lágrimas en donde reconocía qué circunstancias la habían hecho forjar su armadura. Sin darse cuenta, se fueron cayendo poco a poco los pedazos. Hasta que una noche, el libro le respondió que ya le había enseñado todo, menos una cosa. Ella se quedó esperando y, de pronto, en el libro se dibujó una figura de un hombre, que salió de las páginas. Elisa estaba asustada. Pensó que se trataba de un hechicero que la había embaucado y ella ya no tenía su armadura para defenderse. Pero él la abrazó y le dijo que todo estaría bien. Besó su frente y le dijo que la última lección era: confiar. Y ella confió. Y entonces cayó el último pedazo de la armadura: la que protegía su corazón. Esa tarde, Elisa se permitió experimentar el amor con ese hechicero. Ella se sintió llena de alegría y libertad y descubrió sensaciones nuevas. Su corazón latía con fuerza y se sentía más viva que nunca. Pero al llegar la noche, el hechicero se despidió. Le dijo que su misión había terminado, que en adelante ella tendría que caminar sola y que tuviera paciencia, que el amor llegaría a su vida. Y luego de decir esto la abrazó y se desapareció en una nube de humo. Elisa continuó su camino, en desiertos silenciosos. El sol era abrasador y no había árboles, solamente arena. Hasta que llegó a una aldea a la orilla del mar. Ahí encontró a un príncipe. Desde el principio sus corazones latían al unísono. Se admiraban el uno al otro. Elisa por fin sintió que ya había encontrado el amor, el que realmente le correspondía. Y como ya no tenía la armadura, se sintió libre de amar y ser ella misma. En medio de besos, el príncipe intentó quitarle el zafiro. 30


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—No. Es demasiado pronto. Apenas y te conozco –le dijo ella. Le ofreció en cambio su otra gema, el rubí. Ella estaba convencida de que si la tomaba significaba que él era el hombre por el que ella había esperado. Pero él tomó el rubí y lo tiró al suelo. Solo le interesaba el zafiro porque era más valioso. Lo tomó en sus manos y estuvo a punto de quedárselo. Al final, Elisa lo convenció de lo contrario. Él se lo devolvió y enseguida se marchó. Subió a su barco y se echó a la mar. Elisa pensó que él regresaría y lo esperó muchos días y muchas noches sentada en la playa. Hasta que un día se dio cuenta que él ya no volvería. El rubí se fragmentó otra vez y algunos pedazos se perdieron en las olas del mar. Y eso la hizo tomar la decisión de usar la armadura de nuevo. Pasó el tiempo, Elisa conquistó reinos y se volvió un ser respetado y admirado por sus súbditos. Pero seguía sola. La armadura le pesaba. Hasta que un día le tocó enfrentar a su peor enemigo, el que la había perseguido por años. Era un caballero de armadura oscura, de cuyo rostro solo se podían apreciar dos ojos de pupilas totalmente negras, no tenían nada de blanco. Su sonrisa era burlona, sarcástica. Se encargaba de atormentar a Elisa en su mente, haciéndola dudar de su intuición y sus propias decisiones. Tenía un aliento a podrido y sus brazos eran pesados. Elisa luchó contra él. Pelearon a muerte. Cuando ella lo venció descubrió que ese ser maligno en realidad era el miedo y la tristeza que se habían acumulado en su interior y que habían ocupado el lugar del corazón fragmentado. La única manera de hacerlo desaparecer era aceptarlo y amarlo, tal como era. Así que ella dejó su espada y abrazó a ese ser, que se fue desvaneciendo poco a poco hasta que se convirtió en un humo color blanco. 31


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Elisa se dio cuenta que la armadura había desaparecido y que ella se sentía más ligera, más fuerte y más segura de sí misma. Un día, en el camino un rey pasó montado en un caballo. Se acercó a Elisa y se hicieron compañía el uno al otro. El rey se sintió muy admirado de tan poderosa y bella dama y se enamoró de ella. Elisa, sin querer, dejó caer su rubí. Él lo levantó y dijo: —Es el rubí más hermoso que he visto en toda mi vida. Entonces ella se dio cuenta de que, después de tantos golpes y fragmentos, el rubí se había pulido y ahora tenía muchas facetas que resaltaban su brillo de gema preciosa. El rey guardó el rubí como si fuera un objeto sagrado. A cambio él le entregó su propia gema: un diamante, el cual también brillaba porque había sido tallado en muchas batallas. Elisa y el rey se besaron y este le propuso matrimonio. Ella aceptó y se casaron. Después de tantos caminos recorridos, se habían encontrado el uno al otro y esta vez, juntos, comenzarían una nueva historia, donde el amor unía sus corazones de diamante y rubí.  

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Las canciones de Cabrita retozona Teresa Ruvalcaba

Había una vez una cabrita a la que le gustaba retozar mientras cantaba. Desde que se encontraba en el vientre de su madre extendía sus patitas por la emoción ante la expectativa de salir y conocer todo allá afuera. La vida le parecía de lo más colorida, chispeante y burbujeante. Así que solía emprender cada día pequeños viajes alrededor de su pueblo. Conoció el Valle de los Amorosos, ahí vivían pequeñísimos colibríes que revoloteaban alrededor de ella mientras entonaba sus canciones. También exploró el Monte de Las Fuentes Vivientes, convivió con enormes cascadas de aguas de colores con quienes podía jugar a esconderse en tanto las demás cascadas traviesas preguntaban: “¿Dónde estás, amiga Cabrita?” Cuando tenía cinco años de edad, Cabrita decidió ir tras una joven hermosa a la que había encontrado por el camino de las Piedras Colosales. La belleza de la jovencita y la manera en que esta tocaba su violín la motivaron para seguir sus pasos saltito a saltito. La jovencita avanzó y hacía vibrar el violín, Cabrita compuso entonces una canción que armonizara con la melodía que permanecía en el aire. La mujercita sonreía a Cabrita y esta daba un brinco a la derecha, dos a la izquierda, tres adelante y ninguno para atrás. Cuando menos acordó, Cabrita estaba dentro de una gruta oscura. La joven se desapareció por unos instantes en la cueva, pero cuando Cabrita escuchó de nueva cuenta 33


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el sonido del violín, sonrió y decidió ir detrás de la encantadora música. Los acordes seguían, ahora quien tocaba el violín era una mujer vieja, diminuta, encorvada y sin dientes. Cabrita quiso salir de ahí lo más rápido posible, pero la anciana la saludó tiernamente, le dijo que no tuviera miedo, que desde el momento en que nació le había sido encomendada su alma para que cuidara de ella. Cabrita rio incrédula, pero la anciana continuó diciendo que, ahora que tenía cinco años, creía necesario decirle que cuidara sus pasos y los caminos que solía andar porque no todos los seres de aquellos lugares comprendían la locura de sus retozos y sus cánticos. Acto seguido, Cabrita rio a pata suelta. ¿Quién era esa vieja para decirle lo que debía o no debía hacer? Le dio la espalda y salió retozando de aquel lugar mientras su consejera la miraba con ojos llenos de compasión. Pasaron los años y Cabrita seguía explorando nuevos caminos. Conoció costumbres y habitantes diferentes. Hasta que un día, cuando era ya una adolescente, coincidió en su andanza de aquella mañana diáfana con un ternero cara blanca que caminaba a paso lento y movía la cola como si trajera un rehilete con motor. A Cabrita eso le pareció extraordinario, así que lo saludó amigable, entretanto daba saltitos junto a él. Un brinco a la derecha, dos a la izquierda, tres adelante y ninguno para atrás. El ternero cara blanca volteó hacia ella. Cuando lo hizo, Cabrita vio en lugar de sus ojos un par de cristales transparentes por los que salía una delgada línea de humo que se fue esparciendo desde el suelo hasta las copas de los árboles. Se quedó inmóvil, su corazón golpeaba su pecho. El humo se fue haciendo cada vez más denso, hasta cubrir aquel paisaje lleno de pinos de toda clase y de flores inmensas con olor a frutas. El ternero se desplomó ante ella para luego hincharse hasta reventar y partirse en dos. Un enorme ogro sanguinolento emergió de sus entrañas. Cabrita 34


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quería desaparecer. Sus patas no le respondían y permanecía inerme, temblorosa. —¿Sabes a qué vengo? –espetó el ogro. Cabrita no pudo pronunciar palabra. Sentía que en cualquier momento se desmayaría. Una risotada se dejó escuchar por todo el lugar–. Vine a quitarte lo que no le pertenece ni a ti ni a nadie, ¿entiendes? Cabrita pensó en su vida, en su temprana existencia que había estado tan llena de lindos viajes. ¿Ese era el precio que debía pagar por aventurarse en caminos desconocidos? Aquella vieja con la que se encontró cuando era niña tenía entonces razón. Tal vez no debió cantar y brincotear por tantos senderos… El ogro dio un manotazo y alzó a Cabrita. Sus dedos apretaban su cuerpo que no paraba de estremecerse. La boca sanguinolenta se abrió y la tragó. Su cuerpo se precipitó por aquella interminable conexión de entrañas hasta caer en la barriga de aquel hombre-bestia. Cabrita gritó, dio patadas, lloró por largo rato hasta que reparó en que todavía seguía con vida. Se palpó todo el cuerpo. No había sufrido ninguna mutilación durante el trayecto hacia el interior de aquella maraña de gruesas tripas que se movían en todas direcciones conforme su depredador seguía caminando. Entonces, comprendió… Entonó en voz baja la estrofa de una balada. Le pareció que el ogro se movía al ritmo de esta, así que probó con una canción más alegre… se desplazaba conforme al ritmo que ella entonaba. Ahora, Cabrita decidió hacer a un lado los nervios por completo y cantó con todas sus fuerzas la canción más jacarandosa de su repertorio y aunque estaba entre aquel triperío decidió utilizarlo a su favor, ya como telón de fondo, ya como micrófono. El ogro comenzó a bailar: un paso a la derecha, dos a la izquierda, tres adelante y ninguno para atrás. Otra vez: uno a la derecha, dos a la 35


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izquierda, tres adelante y ninguno para atrás. Va de nuevo: uno a la derecha, dos a la izquierda, tres adelante y… el ogro se desgañitó para que su bocado dejara de perturbar su inconfundible mal carácter. “¡Gracias al cielo!”, pensó Cabrita y prosiguió con otro número de su repertorio musical. A pesar de lo terrible que parecía aquella situación debía sacar lo mejor de sí misma para salir de aquel desafortunado acontecimiento. La panza del depredador se volvió un escenario bermellón donde los ritmos más estrafalarios fueron interpretados por aquella pequeñita de orejas largas que retozaba como niño sobre un brincolín. Hasta que, harto de tanta eufórica alegría que corría por todo su ser, el ogro se procuró el vómito y echó a Cabrita fuera de sus intestinos. Llena de desperdicios estomacales Cabrita se quedó plantada frente a él. Nadie podría quitarle lo que sí era de ella, le aclaró. Acto seguido le dio la espalda y se retiró sacudiéndose. Cantaba, daba brinquitos, olfateaba los aromas del paisaje mientras recordaba con amor y gratitud a aquella ancianita de su infancia y su hermoso mensaje.  

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La oruga que veía el cielo Linda González

Había una vez una pequeña oruga a la que le fascinaba ver el cielo. En lo más profundo de su corazón ansiaba poder tocar el hermoso cerúleo que parecía extenderse por todas partes. Un día, mientras observaba el firmamento, masticando glotona la hoja de un arbusto, vio volar frente a ella a un ruiseñor que se paró luego sobre la rama de un rosal. Temerosa de que el pájaro se la comiera, se agazapó bajo la planta que estaba usando como alimento. Aquella ave, sin embargo, lejos de perseguirla para devorarla, empezó a entonar una hermosa melodía. Atraída por el sonido, la oruga se asomó con cuidado de no ser vista y descubrió que mientras cantaba, poco a poco, aquél ruiseñor encajaba su pecho contra la punta de una espina. La oruga se preguntaba por qué ese pájaro loco se atrevía a hacer semejante cosa, pues seguramente eso era muy doloroso. Lejos de detenerse, el ave se apretó más y más contra la espina. Parecía, incluso, que mientras más profundo penetraba la espina y más intenso era el dolor, el ruiseñor entonaba con mayor fuerza y primor aquella melodía. Impresionada, la oruga miró además cómo mientras el ave cantaba su sangre coloreaba de rojo la única flor que aún conservaba esa planta herida por el invierno. 37


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Uno a uno, los pétalos blancos se fueron pintando de rojo y el color de la flor era tan intenso y hermoso como la voz del ruiseñor. Cuando la rosa quedó tan purpúrea como el rubí, la oruga sintió en su corazón un terrible estremecimiento. Ahí, sobre la espina, yacía sin vida el pájaro que le había hecho sentir miedo, alegría, tristeza y admiración en tan breve tiempo. Meditando sobre lo que sucedió, la oruga volvió a observar el cielo y el deseo de tocar aquel vibrante azul se encendió de nuevo en su corazón. Volvió la vista una vez más a su casa, a su familia, la rama donde siempre le gustaba acurrucarse, las sabrosas hojas del arbusto, las horas de sueño y holgazanería que a diario disfrutaba. Nada de eso se comparaba con la alegría que le provocaba pensar en poder sumergirse en la inmensidad de la bóveda celeste. Cerró los ojos un momento y en su interior revivió la imagen de la sangre del ruiseñor pintando de rojo los pétalos de la rosa blanca. La oruga se armó de valor, dejó caer la hoja que había estado comiendo y comenzó a alejarse del querido arbusto que la había protegido desde su nacimiento. Con esfuerzo trepó por el tronco de un árbol y cuando encontró un lugar tranquilo y oscuro entre las hojas, comenzó a tejer un capullo. La oruga tejió y tejió sin descanso. Cuando por fin terminó su obra se metió en el pequeño saco y ahí permaneció por un largo tiempo. El día en que el capullo se abrió de nuevo, la oruga, ahora convertida en una hermosa mariposa azul, como el color del cielo que tanto adoraba, cumplió dieciocho años de edad. Y como su madre se lo había dicho siempre, fue el día más maravilloso, cuando después de contemplar y experimentar la muerte, por fin conoció la libertad. 38


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Agitando por primera vez sus alas, la mariposa voló hacia el horizonte, confundiéndose con la inmensidad del firmamento y el océano. Ahora, su hogar.  

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La Valquiria Perla Zaragoza

Érase una vez, en un hermoso desierto, que existió una Valquiria que venía huyendo del Valhalla, ya no quería elegir más guerreros para llevarlos al cielo. Habían pasado apenas algunas semanas desde la muerte de Roan, un joven y valiente guerrero herido de muerte en combate, el primer y único amor de Brunilda. Ella despertó sobresaltada, aún escuchaba los tambores de las honras funerarias. Confundida se deslizo fuera de la cama y se asomó por la ventana donde el desierto se reflejaba imponente; sabía que lo extrañaba y así sería el resto de su vida. A punto estaba de derramar un lágrima cuando algo captó su atención, un destello brillante le nublaba la vista en el alféizar de la ventana, de inmediato se inclinó a verlo, era una llave que relumbraba como el oro, la tomó entre sus manos sin pensarlo mucho y entonces supo lo que tenía que hacer. A mediodía llenó las alforjas de su caballo, terminó algunos preparativos y al atardecer partió rumbo a la sierra. Atravesar el desierto de noche era una difícil travesía, incluso siendo una hija de Odín. Sin embargo, al ser una guerrera no tenía miedo de nada. De madrugada llegó a un pueblo muy pequeño donde fue recibida gratamente por los pobladores. Y decidió quedarse a pasar unos días con ellos, al final de cuentas no tenía prisa. Estaba un día en la plaza contándoles a los niños las hazañas de Roan, cuando su mirada se cruzó con la de Siyoname, un joven de la 40


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región, un instante bastó para verse más allá de esta vida y saber que se amaban. Así fue como Brunilda pospuso por ocho años su viaje. Mientras estuvo al lado de Siyoname fue feliz hasta que, un día, el joven gladiador decidió marcharse a la montaña donde se quedó al lado de otra mujer. Entonces, nuestra Valquiria con el corazón atormentado continuó su camino. Pasó por varios pueblos, unos feos y otros bonitos; unos desérticos, otros verdes y frescos, hasta que un día se detuvo frente a un río para que su caballo bebiera y se encontró con su amigo Sigurd, un apuesto vikingo que había conocido mucho tiempo atrás. El guerrero venía huyendo pero no quiso decir el porqué de su apuro, fue entonces cuando continuaron su viaje los dos juntos hacia la sierra. Sigurd era un hombre muy sencillo, con una extraordinaria inteligencia, que parecía más un príncipe que un soldado de Odín. Brunilda lo amó y lo siguió de día y de noche, muchas lunas y soles, mientras Sigurd la protegía y la animaba a proseguir el viaje. Sin embargo, una noche Sigurd escuchó los pasos de sus enemigos y no quiso exponer a Brunilda a su destino, así que salió huyendo mientras ella dormía. Brunilda despertó sola, en medio de la nada y totalmente desconcertada, lloró días y noches enteras, era como si todas las tormentas hubieran convergido en sus ojos. Empezó a ser perseguida por un Sluagh (demonio de la muerte), la Valquiria no tenía fuerzas para luchar contra él, así que lo dejó instalarse junto a su campamento, sin resistencia alguna. Todas las mañanas el pestilente demonio la saludaba ruidosamente desde los restos de la fogata de la noche anterior, Brunilda lo veía con desdén y él regresaba a su tienda de campaña molesto porque de nuevo no iba a haber lucha y sin una batalla jamás iba a poder quitarle su alma. 41


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Después de algunos meses bajo esa rutina, una tarde Brunilda vio zurcar el cielo intempestivamente a un enorme dragón negro, corrió en busca de su espada, pero no la encontró y no le quedó más remedio que correr hacia una cueva, mientras que el furibundo dragón arrasaba con todo a su paso. Apenas iba entrando a la cueva cuando se resbaló y golpeó contra el suelo y quedó desmayada. El sonido de los tambores acompañaba a la tormenta, mientras la chamana cantaba con voces de sus ancestros frente al fuego, sentada en cuclillas, Brunilda se perdía en el crepitar de las brasas, la chamaba iba recitando en voz baja, la miró y fue como si el universo la mirara: en sus ojos cafés el cielo y la tierra convergían, la llamó por su nombre: —Brunilda, valiente valquiria –ella la observó sorprendida de que supiera su nombre–; salta sobre el abismo de tu corazón donde solo la compasión podrá mostrarte el camino. Quiso responderle pero no pudo... despertó, sobresaltada. Por un segundo no supo en qué lugar estaba y lo que había pasado, se puso de pie todavía algo desorientada y al tocar la pared se dio cuenta de que había algunas inscripciones. En la penumbra pudo distinguir una hoguera y mujeres alrededor de ella. Sintió alivio y creyó firmemente que no había sido un simple sueño sino una visión. Siguiendo la secuencia de pictogramas se encontró con una caja de madera, el candado relumbraba justo como la llave que pendía de su pecho desde que había dejado su hogar en el desierto, de inmediato la probó y casi mágicamente la caja se abrió y dejó ver su contenido: una brillante espada de plata. La tomó entre sus manos y corrió a luchar contra el dragón, mientras también era perseguida por Sluagh. Subió a su caballo alado y con toda la determinación de la que era capaz persiguió al fiero dragón, el cual peleó hasta la muerte. El 42


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Sluagh se dio cuenta de que también él había perdido la batalla por el alma de Brunilda y se alejó enfurecido. Brunilda tomó su caballo y su espada, en la tormenta había extraviado sus demás pertenencias, no le importó, prosiguió su viaje feliz y ligera. Fue una tarde de agosto que llegó a la cima de las barrancas, donde estableció su nuevo hogar. Su espada se convirtió en una bella pluma y con ella escribió muchas historias que les narraba a los niños que se acercaban, a su lado, a jugar.  

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La amatista encantada Sonia María Peña Mercado

Capítulo 1: Valle Plateado Érase una vez, en un lugar muy lejano, en las tierras altas de un antiguo continente, un pequeño reino llamado “Valle Plateado”, gobernado por un rey sabio y justo, los súbditos lo amaban y respetaban en demasía. Este noble rey de nombre Ozark tenía dos hermosas hijas; la mayor, llamada Aria, era de noble corazón y delicadeza en su trato, voz suave y melodiosa, largo cabello rubio y brillantes ojos azules; amaba a los animales y los resguardaba con enorme amor. La hija más joven era todo lo contrario: gran porte, seguridad en sí misma, sus palabras resonaban con firmeza; fortaleza física y al mismo tiempo belleza; cabello largo, de un castaño oscuro muy hermoso, ojos expresivos color avellana; no sabrías identificar, de primera, si era un hombre de gran belleza femenina o una mujer con gran fortaleza masculina, su nombre era Zafiro. Zafiro daba grandes paseos por el bosque en compañía de su noble perro Titán; su hermana, Aria, permanecía leyendo como de costumbre en unos de los salones; el rey haciendo planes para mejorar el bienestar de su reino y la gente trabajando en los campos de cultivo o en los bosques cercanos. Dado que colindaban con el mar vivían del comercio con los reinos vecinos y de la pesca. La reina Alina había fallecido años atrás y el rey Ozark 44


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había criado a sus hijas con amor sembrando en sus corazones la nobleza que él mismo poseía; las educó para gobernar, ¿cuál de ellas podría ocupar el trono una vez que él hiciera falta…? Un día en el reino notaron que el cielo cambiaba de color y la intensidad de la luz del sol fue apagándose, un olor extraño provenía de muy dentro del bosque. Sintieron un temor desconocido. El rey, en el castillo, observaba pensativo, sospechaba qué era lo que se estaba aproximando; no quiso creerlo, tampoco quería alarmar a su pueblo y mucho menos a sus amadas hijas. En la tarde de ese día, de la nada cayó sobre el pueblo una neblina extraña y densa que llegaba casi a la altura del castillo. El rey Ozark ya no tenía duda, sabía con certeza lo que estaba pasando. En lo profundo del bosque un sonido fuerte y agudo hizo temblar la tierra. La gente asustada empezó a correr hacia sus casas. Ozark había mandado llamar a sus hijas para explicarles qué estaba por venir a Valle Plateado. En el gran salón del castillo, el rey pensativo expresó: —Amadas hijas y súbditos aquí presentes, les mandé llamar porque es de suma importancia que nos preparemos para lo que está por llegar. Cuando era niño mi abuela me contó una antigua leyenda, yo nunca quise creerla, pero viendo lo que está sucediendo en el reino, el sol oscuro, la neblina densa y aquel sonido fuerte, espeluznante, en lo profundo del bosque, no me queda duda de que es real. El rey estaba parado ante ellos notablemente apesadumbrado y tembloroso, en sus ojos se podía ver el miedo. Zafiro se levantó de su silla y dijo valientemente: —Querido padre, no sé de lo que estás hablando, pero ¡ten por seguro que no debe ser tan grave! Y si así lo fuera, ¡saldremos adelante y venceremos cualquier inconveniente 45


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que se presente! Yo iré con algunos hombres de la guardia real al bosque, averiguaremos qué sucede y lo enfrentaremos. Asustado el rey contesto: —¡No! ¡No puedo permitir que hagas eso! Temo mucho porque sé qué es lo que está dentro del bosque y, de acuerdo a la leyenda, no se puede combatir fácilmente… El rey casi se derrumbó sobre su trono y, aun con los ojos a punto de la lágrima, se mantuvo firme ante la gente que necesitaba su fortaleza. Lo mejor para ellos era mantener la calma y ayudarlos a comprender y prepararse. —¡Padre! ¡No temas! Sé que todo saldrá bien, lo siente mi corazón –dijo Aria con aquella nobleza que le caracterizaba. El ambiente en el gran salón era tenso y se notaba que las doncellas, los nobles de la corte y los guardias reales esperaban las indicaciones del rey. —Traeré ese libro que me leía mi abuela hace muchos años, necesito leerlo de nuevo –se levantó y caminó lentamente–; esperen un momento, iré a mi biblioteca, aquel antiguo libro nos revelará qué esperar y qué debemos hacer. Caminó aprisa… No sin que sus hijas fueran detrás de él, amablemente les dijo que esperaran en el salón; lo leería delante de todos. “¡Oh, amada Alina! ¡Ilumíname!, ¿qué debo hacer? Ayúdame a ser fuerte”, pensaba el rey. Después de unos minutos regresó con un pequeño libro, de color rojo oscuro, se veía que tenía muchos años. —¡Aquí está! –exclamó el rey–, estas pequeñas páginas contienen grandes secretos. Se paró al frente, abrió lentamente el libro y empezó a hojear cada una de las páginas amarillentas y frágiles. Se hizo un gran silencio, todos observaban ansiosos como el rey iba buscando un pasaje en particular, que recordaba con tanta claridad como si su abuela le estuviera leyendo 46


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en esos momentos… Aquellas palabras, en voz alta y temblorosa, sonaron desconcertantes: Es verdad lo que aquí está escrito, en aquel valle pleno de armonía, paz, amor y prosperidad, llegará el día en que la tristeza ensombrecerá y atribulará a aquellos que lo habitan porque Yo así lo quiero y así será para la eternidad. Llegaré sin avisar y todo cambiará. Porque Yo soy el Todo, lo que no se ve, lo que no se dice, lo que así será y reinará por siempre. No sabrán nunca mi nombre, mi tamaño, mi fuerza ni mi aspecto real, pues siempre cambiará; duden de todo y de todos, ya sea animal o humano. El reino me pertenecerá por siempre. Aquellas palabras sonaron como trueno, oscuras, llenas de un misterio que dejó a los presentes con dudas y miedo. El libro no contenía ninguna ilustración, ningún título, no decía quién había sido el escritor ni de dónde sacó esas ideas espantosas. La audiencia había enmudecido… el rey fue el primero que habló. —Queridos súbditos, hijas mías… no se angustien por favor. Dentro de este libro aparece también una luz de esperanza!, escuchen atentamente… Verde Valle, no claudiques, existe luz de esperanza, solamente un humano puro de corazón podrá destruir y acabar con “lo sin nombre”, deberá sortear varios obstáculos, los cuales no serán fáciles, pero tampoco imposibles; deberá ir a la montaña encantada donde existen laderas y valles de árboles con forma caprichosa, llegará a las faldas de la montaña donde existe un valle jamás visto por el hombre, se acercará la ayuda de quien menos lo espera… Una piedra preciosa tendrá la clave y será lo único que podrá acabar con “lo sin nombre”. Todos empezaron a hablar al mismo tiempo: 47


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—!¿Qué haremos, su majestad?! —¿Quién podría ser el hombre puro de corazón? —¿Acaso existe alguno? —!No tenemos salvación! Rápidamente el rey levantó la voz calmándolos: —Debemos pedir ayuda a la persona más sabia del pueblo… necesitamos que nos ayude a descifrar lo que dice este libro. Zafiro se acercó y le dijo: —Padre, ¡iré yo!, buscaré a la persona más sabia del reino, ¡déjame ir! Llevaré conmigo algunos guardias reales, si es que temes por mí. El rey conmovido por la fuerza y convicción de su hija y confiando plenamente en ella accedió. Tomando su caballo de un blanco deslumbrante, acompañada de tres guardias, ella salió lo más rápido que pudo a recorrer el reino, evitando entrar a los bosques cercanos, preguntando siempre que podía quién era la persona más sabia en la comarca... La mayoría de la gente no supo qué contestar, otros ¡no entendían!, su miedo los cegaba y las palabras ya no tenían sentido. Al tercer día de búsqueda llegaron a una pequeña aldea junto al mar, muy al norte del reino y ya sin mucha esperanza… Cabalgaron por el camino central, había poca gente afuera de sus chozas. Un niño tuvo la curiosidad de acercarse a los viajantes montados en tan singulares caballos y, en su inocencia, con una gran sonrisa en su boca les pregunto: —¿Quiénes son ustedes? Zafiro detuvo su caballo y descendió. —Yo soy la princesa Zafiro y ando en búsqueda de la persona más sabia del reino, ¿acaso tú podrías ayudarme? ¿Sabes quién podría ser? El niño la observó, serio, pocos segundos después regreso la sonrisa a su linda e inocente carita. 48


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—¡Por supuesto que sé quién es! ¡Es mi abuela! Vengan, vengan… los llevaré con ella… Al principio Zafiro dudó, pero algo en su interior le dijo que siguiera a aquel chiquillo… ¿En qué podría afectar que conociera a su abuelita? Y quizá ella sí sabría quién era la persona más sabia del reino. Caminaron por entre el pueblo, a las afueras del bosque divisaron una choza. Se fueron acercando y el pequeño entró gritando: —¡Abuela… abuela! ¡Te buscan! Dicen que andan buscando a la persona más sabia del reino y ¡esa eres tú, abuela! De la choza salió una mujer de baja estatura, un poco encorvada, envuelta en un chal de lana para cubrirse de la humedad y del frío que propiciaba la cercanía al mar. —¿Quién me busca? –pregunto amablemente. Zafiro se acercó y con voz suave le dijo: —Buena señora, no queremos importunarla y sacarla de su casa con este frío. Le decía a su nieto hace un momento que estamos en búsqueda de una persona que sea muy sabia, ¡la más sabia de este reino! Y dice su nieto que es usted. ¡Estoy desesperada por encontrar quien nos pueda ayudar, dado que corremos grave peligro! La buena mujer respondió con lentitud y amabilidad: —No sé si yo sea la más sabia, pero sí quien más años ha vivido en este reino. A lo largo de 119 años de vida he visto y escuchado más cosas que todos los que están vivos ahora, quizá algunas no sean creíbles, pero sé que existen… Porque mis ojos lo han visto y mis oídos lo han escuchado. Zafiro pensó que si ella era la persona más vieja en el reino algo de sabiduría debía tener. Sacó el pequeño libro de la alforja del caballo y se lo mostró. La anciana al principio dudó en verlo, después pareció reconocerlo, sus ojos se entrecerraron y le dijo: 49


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—Sé a lo que vienes, pasa a mi humilde casa, necesitas de mi ayuda. La vieja habló largo tiempo con Zafiro, le contó que siendo ella muy pequeña, su madre, quien era la niñera del príncipe heredero, escuchó un día a la reina leyéndole a su nieto algunos pasajes de ese mismo libro; la reina le dijo al rey que tarde o temprano se cumpliría la leyenda, pero este jamás creyó en esas cosas y ¡le prohibió que se lo volviera a leer a su hijo! La niñera, curiosa, en cierta ocasión leyó el libro y lo comentó con su padre, este le dijo que esa no era una simple leyenda sino una premonición para la cual había que estar preparados; también le explicó que el mal tiene muchas formas, como envidia y dolor, por eso mismo no tiene forma, ni color… es engañoso, se disfraza de cualquier animal o ser viviente y que la única manera de acabar con él sería yendo al Valle de las Hadas. Solo un hombre o una mujer de corazón puro podría entrar en esa tierra de magia, negada a las personas comunes. —La llave puede abrir la puerta que divide ambos reinos –continuó la anciana– y esa llave se encuentra en el corazón del castillo, donde habitan los seres que se aman. Seguramente se encuentra en las pertenencias de tu madre… hermosa Zafiro… ¡búscala ahí! Si alguien es puro de corazón, ¡eres tú! Eres valiente, tienes el corazón lleno de amor a tu familia y a la gente que habita el reino, tu corazón es noble de nacimiento y de sentimientos, carece de maldad, por eso es puro. Busca la puerta mágica, ¡toma la llave y ábrela! No podré decirte que verás en el Valle porque ningún ojo humano lo ha visto jamás, pero estoy segura de que tu corazón te indicará qué hacer; recibirás ayuda, no estarás sola, sortearás algunos obstáculos y saldrás avante. Tu misión es encontrar la piedra mágica… la amatista encantada, el que la posea tendrá y dará paz, armonía, amor, prosperidad a lo que le rodea. No esperes más, hermosa Zafiro, ¡el tiempo apremia! 50


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Capítulo 2: El Valle de las Hadas Las crines de los caballos volaban al igual que los pensamientos y la determinación de la princesa Zafiro, sus fieles guardias batallaban para mantener el paso, el viaje de tres días por el reino se convirtió en seis horas de regreso a todo galope. Ese mismo atardecer llegaron al castillo. El rey Ozark y su corte esperaban en el gran salón, las buenas o malas nuevas que trajera su amada hija; pensaba angustiado en cualquier posibilidad deseando en su corazón que todo estuviera bien. Llegó Zafiro y, tras saludar, se dispuso a explicar el resultado de su viaje: —Queridos padre y hermana, y todos los presentes, hemos viajado de sol a sol buscando en los lugares más lejanos, por praderas y costas. No faltaba ya mucho por recorrer y mis esperanzas empezaban a flaquear, solo quedaba visitar el norte del reino, en donde encontré una pequeña aldea de pescadores, llegando ahí un niño se acercó curioso a nosotros y, con la luz de su sonrisa, me devolvió las fuerzas y renovó mi esperanza. Me preguntó quiénes éramos y le expliqué el motivo de nuestro viaje, este muchacho me llevó con su abuela, una anciana sabia que con sus 119 años de vida develó ante mí los misterios de este libro. Efectivamente, se trata de una premonición ¡y está por cumplirse!, la única manera de detenerla para que nuestro reino y nuestras vidas estén a salvo es acabar con “lo sin nombre”. »La vieja sabia reconoció en mí a una persona buena, me dijo que soy de “corazón puro” y ha dicho que debo ser yo la que se aventure yendo a la montaña encantada, que lleve conmigo la llave del amor que se encuentra en el corazón del castillo, es decir el corazón de mi madre; me indicó buscarla en la habitación donde están guardadas sus cosas. 51


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Debo encontrar entonces una llave, ahí estará, la cual abrirá la puerta misteriosa que divide los dos reinos: el nuestro y el nunca visto por ojos humanos. Padre, ¡permíteme ser yo la que vaya a buscar la piedra mágica!, la vieja sabia me ha dicho que encontraré obstáculos, pero que recibiré ayuda, que no estaré sola… ¡el tiempo apremia! El rey, dudando en su corazón por el miedo a perderla, pero con la seguridad de que era lo correcto, le contestó con voz firme, segura y alentadora: —¡Hija mía! Mi fuerte y bella Zafiro, nunca he dudado de la pureza de tu corazón, tú y tu hermana Aria fueron criadas con amor y esa semilla siempre germina en buenas acciones, nobleza del alma, confianza, empatía… ¡ve! Que preparen los caballos y que la guardia real te acompañe hasta donde sea posible, sé que llegando al Valle de las Hadas solo tú podrás entrar y enfrentarás desafíos desconocidos, ¡tengo fe en que saldrás victoriosa! –la abrazó fuertemente. Zafiro subió a la habitación de sus padres, se acercó a un viejo baúl que se encontraba en una esquina, donde guardaban algunas cosas de su madre, lo abrió con cuidado y encontró cartas, joyas antiguas y ropa… el olor que expelía la transportó a bellas escenas de su infancia cuando su madre las cargaba a ella y a su hermana, entre risas, de paseo por el campo y a la orilla del hermoso Mar Turquesa, frente al castillo. Al fondo del baúl encontró una pequeña caja, la abrió y halló recuerdos de su niñez que su madre atesoraba con profundo y gran amor… y justo ahí ¡una llave dorada!, la sacó y la observó atenta, su forma era hermosa y tenía un corazón en el mango, no dudó de que esa era la llave del amor. Aria se acercó a Zafiro, se quitó del cuello una delicada cadena de oro de la que pendía una flor de perlas engarzadas, herencia de su difunta madre, y se la colocó a Zafiro. —Querida hermana, siempre has sido la más fuerte, eres 52


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determinada y valiente, ¡no dudo de tu éxito! Te entrego el collar de nuestra madre para que siempre nos tengas cerca de ti, nunca estarás sola, los pensamientos y la fuerza de todos los que te amamos te llegará a donde quiera que vayas, la energía de los buenos deseos y el amor no tiene fronteras. Le dio un beso a su hermana, lleno de ternura y sabiduría. La joven y hermosa Aria mostraba la grandeza de su alma y lo poderoso de su esencia. ¡El camino entre los valles parecía tan nuevo para Zafiro! A pesar de haber andado en muchos de ellos a través de sus pocos años de vida: serían a la cuenta 19 primaveras; ella había nacido en el mes donde empiezan a florecer los naranjos y las aves regresan de su exilio voluntario haciendo sus nidos en los frondosos y enormes árboles del bosque. La princesa y su séquito habían sorteado varias montañas sin tener la cuenta exacta de su recorrido, pero sabían que la montaña encantada se mostraría sola ante sus ojos. Avanzaron a lo largo de dos días contados, al atardecer de ese segundo día, ya exhaustos, detuvieron sus caballos para acampar y pasar la noche. ¿Cuánto tiempo más les llevaría llegar?, ¿habían tomado el camino equivocado? Iban siguiendo las instrucciones recibidas por la vieja sabia: “Sigue hacia el poniente, por donde cae el Sol todos los días, y cuando menos lo esperes llegarás a tu destino”; había sido muy clara, seguramente sí habían tomado los caminos correctos. Tendieron sus camas sobre el pasto cercano, encendieron fuego y procedieron a comer de los víveres que habían traído desde Valle Plateado, “mañana será otro día”, pensó Zafiro levantando su cabeza y observando ese maravilloso cielo de un azul profundo; las estrellas brillaban suavemente, parecían pequeñas campanas, “tal vez sean las almas de 53


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nuestros seres amados que han partido y nos cuidan desde allá”. Se levantaron al alba y continuaron su viaje, llegaron a unas montañas muy distintas, notaron que la espesura y la vegetación empezaban a cambiar… algo en su interior le indicaba a Zafiro que se estaban aproximando a su destino, avanzaban entre un río de bajo cauce entre un cañón cuando una voz retumbó en su interior: “Bienvenida seas”. Pasado su desconcierto supo que debían detenerse. A partir de ahí ella tendría que avanzar sola. —Fieles guardias reales –dijo–, agradezco su ayuda y compañía en estos días de viaje arduo y desgastante, es momento de que yo avance sola, así me ha sido indicado y debemos respetar las instrucciones dadas por la vieja sabia. Los guardias se despidieron de Zafiro, no sin antes mencionar sus buenos deseos y admiración hacia ella, agregando que acamparían en ese punto hasta su regreso. Levantando una mano en señal de despedida la joven se fue alejando entre el río, mientras la espesura del bosque la fue cubriendo, más y más. Zafiro se dio cuenta de que se encontraba, ya, sobre la montaña encantada, las aves trinaban armoniosamente, el aire fresco que sentía su piel era tan agradable y diferente al del mar; poco a poco fue avanzando… en el camino notó una escalinata que ascendía por entre la espesura de la vegetación, bajó de su caballo y lo amarró a un árbol asegurándose de que estaría bien, decidió subir por aquellas escaleras que se perdían en la montaña. Casi en la cima fueron apareciendo edificaciones de diseños extraños, ¡nunca había visto algo así!, el color de la luz era distinto, como si los colores que ella conocía no fueran aquellos que estaban plasmados en ese maravilloso lugar. Al finalizar la escalinata encontró un arco imponente, cruzó aquella antigua estructura y algo en su interior se 54


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llenó de alegría y paz; afloró, sin saber por qué, una sonrisa en sus labios. Se sentía segura, no tenía miedo… caminó y alcanzó la cima… desde ahí divisó lo que quizá ningún ojo humano hubiera visto jamás, se quedó sin aliento abriendo los ojos fascinada ante tal belleza… y su corazón se llenó de un gozo indescriptible ante el lugar más hermoso que hubiese contemplado; sin palabras… abrumada. Notó de primero que el valle era enorme, se levantaban extrañas y bellas montañas formando arcos, incontables plantas en diferentes tonalidades de verdes y azules; grandes cascadas cayendo en diferentes puntos de agua cristalina y abundante, los ríos a lo lejos tenían formas caprichosas y se perdían en el horizonte. Zafiro empezó a bajar lentamente, bordeando con cuidado, siguiendo la escalinata que se perdía en el fondo de aquel valle; mientras lo hacía disfrutaba de aquella vista. Sin saber de dónde habían salido vio a su lado hermosas mariposas de distintos colores que la fueron acompañando hasta que llegó a un plano de terreno cubierto de césped. Las mariposas parecían muy interesadas es aquella extraña criatura como si nunca hubieran visto alguna así. Zafiro empezó a escuchar pequeñas vocecitas, no entendía ese lenguaje ni sabía de dónde provenía… continuó, la luz del sol iluminaba suavemente, las mariposas se acercaban más y más a ella hasta que… ¡no eran simples mariposas!, tenían rostro parecido al humano, brazos, piernas, cabello largo y rubio. Se detuvo y las observó, graciosas movían sus alas haciendo piruetas en el aire mientras entonaban una bella canción, ¡Zafiro reía encantada! Una de ellas se acercó a escasos centímetros de su rostro. “¿Quién eres tú?”, escuchó. Zafiro se puso en guardia… alejó en un santiamén a las mariposas multicolores… petrificada buscando el origen de esa voz, nítida y femenina. 55


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—¿Quién está ahí? –gritó. —No temas… –contesto la voz suavemente. De nuevo Zafiro movía la cabeza buscando la procedencia de la voz, sus ojos no distinguían nada ni a nadie, sus oídos le indicaban que provenía del bosque. —¿Quién eres tú, hermosa criatura, y qué haces aquí? Yo, soy el Hada del Bosque. Zafiro observó, al pie de un árbol, sentada a una bella mujer envuelta en flores y hojas, algunos animalitos del bosque le acompañaban y ella los acariciaba amorosamente en su regazo. —Yo soy Zafiro, princesa de Valle Plateado, vengo aquí en busca de la amatista encantada, ¡mi reino corre un grave peligro y necesito encontrarla pronto! El Hada del Bosque se acercó a Zafiro, quien se sintió tímida ante la belleza de aquella mujer y la dulzura de su voz, le recordaba a su madre y eso la conmovió. El hada, observándola con curiosidad y ternura, le dijo: —Había escuchado hace un largo tiempo una leyenda, en ella se decía que un día aparecería en nuestro reino una criatura de corazón puro buscando ayuda y una piedra mágica. —¡Así es, hermosa Hada del Bosque! Necesito que me ayudes a encontrar la piedra porque es la única que salvará mi reino y destruirá “lo sin nombre” que acecha en el bosque y que amenaza con devastarlo todo y a quienes vivimos en él. —Zafiro, yo no sé dónde se encuentra esa piedra pero sé de alguien que quizá pueda ayudarte, necesitas ir al castillo del rey de los elfos, él seguramente sabrá dónde se encuentra escondida. El buen rey Urko y la reina Irina han vivido largo tiempo, su linaje es ancestral, ellos han podido salir de este reino con la magia que poseen y de seguro tendrán la respuesta... Deberás adentrarte un poco más, hacia el 56


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horizonte, distinguirás un gran castillo entre el paisaje del bosque y el mar, ahí es donde habitan los elfos, no temas, serás bienvenida, al verte ellos sabrán quien eres. Zafiro emprendió de nuevo la caminata, bordeando ríos, cascadas y bosques; plena de esperanza y determinación buscaría el castillo de los elfos y le explicaría a sus majestades la enorme necesidad de ayuda… su mente se mantuvo alerta, recordó a su padre y a su hermana, ¡cuánto los amaba! Y los percibió cerca, en su corazón. No se sentía sola, la esencia del amor de quienes la amaban era el motor de su renovada fuerza y engrandecida fe. “Rey Urko y reina Irina… ahí voy, llena de fe, buscando su ayuda”, pensó. Y de nuevo aquella voz resonó fuerte en su interior: “No temas, Zafiro, bienvenida seas a nuestro reino”. Capítulo 3: El castillo de los elfos Zafiro caminó entre bosques encantados descubriendo paisajes fantásticos. Nunca habría imaginado que llegaría a ver tales maravillas. Mientras descansaba recostada a la sombra de un árbol sacó de su bolsillo la llave, la tomó entre sus manos. “Llegará el momento en el cual esta llave será la clave para obtener la piedra mágica”, la guardó de nuevo cuidadosamente . Las hadas fueron sus compañeras de camino, nunca sintió soledad ni miedo, de tanto en tanto tomaba con sus dedos la cadenita con el colguije de flor de perla que le recordaba el amor de su familia y mantenía fuerte su corazón. Durmió esa noche arrullada por murmullos y cantos suaves que el Hada del Bosque amorosamente brindó a Zafiro. Al otro día despertó con renovados bríos y siguió su avanzada, a los lejos notó que el cielo cambiaba bellamente de color, las montañas fueron abriendo paso a una magnifica estructura que se alzaba en el tope de una de ellas, sin 57


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lugar a duda ese era el castillo de los elfos. Sintió la brisa del mar en su rostro, el camino era empinado, pero no imposible de transitar, de tanto en tanto parecía distinguir figuras humanas a lo lejos, entre el bosque, ninguna de ellas parecía interesada en acercarse. “Qué extraño –pensó Zafiro–, parece que me observan, aún no logro distinguir quienes son, estoy segura de que si no fuera bienvenida ya lo habría notado, me están dejando avanzar y, quizá, cuidando mi camino”. De nuevo aquella voz en su interior le hablo suavemente: “Bienvenida seas, bella Zafiro, te estamos esperando”. Aquel castillo era magnífico. Lo más impresionante era la entrada, sus extrañas formas daban la sensación de grandeza y magia, nunca habría imaginado que fuera posible algo así; construido de oro macizo con estilizadas columnas que daban forma a seres alados; la cúpula central brillaba intensamente a la luz del Sol, las escalinatas centrales la iban guiando al tope. “Debo subir lentamente en respeto a quienes lo habitan”, pensó. Estaba segura de que no le pasaría nada malo y ningún sobresalto vendría con su llegada. En la explanada, una puerta dorada labrada con símbolos indescifrables, diseños de flores y aves exóticas, se alzaba ante ella y al momento de querer tocar la enorme estructura oyó un chirrido suave… fue abriéndose lentamente de par en par… Zafiro sin dudar entró, y la voz que escuchaba en su interior se hizo presente ahora desde el fondo de ese gran salón: “Bienvenida seas, Zafiro, al castillo de los elfos” Entró despacio, viendo hacia ambos lados distinguió una enorme cantidad de personas, al final del pasillo observó dos magníficos tronos dorados en los cuales se encontraban sentados unos seres fantásticos de cabellos rubios, casi blancos, sus rasgos físicos eran exquisitos, ambos poseían una belleza elegante. Atravesó el pasillo, ante la mirada 58


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curiosa de los ahí presentes. El rey alzó la voz de manera amable y firme: —Bienvenida seas, Zafiro, este es el reino de los elfos, yo soy el rey Urko y ella la reina Irina, como puedes ver, está presente mi pueblo, estábamos esperándote aunque tú no lo supieras, sabíamos que pronto llegarías, así estaba escrito; nuestros pueblos han estado unidos desde el inicio de todo en este planeta y nosotros, los elfos, hemos procurado estar acompañando a la especie humana asegurándonos de que sus pueblos vivan en armonía y paz. Zafiro contestó: —Gracias, sus majestades, he recorrido un largo camino. El amor a mi familia, el rey Ozark y mi hermana Aria, así como a todo nuestro reino, me ha traído aquí. —Sabemos a qué has venido, nosotros tenemos el poder de ver más allá, viajamos en el espacio y tiempo, te he visto desde que eras una niña. Conocimos a tu bisabuela, la reina Lérida, ella poseía un gran don, podía vernos y escucharnos, ningún humano puede hacer esto, ella era diferente… nosotros la visitamos en distintas ocasiones, le enseñamos muchas cosas, el amor a la naturaleza, el respeto hacia la vida, los cuales veo con agrado que pudo sembrar en los corazones de sus descendientes; también le develamos secretos de nuestro reino. »La reina Lérida sabía de los peligros que podían llegar a nuestros pueblos, le hablamos de lo que ustedes conocen como “lo sin nombre” y le entregamos un libro con varios secretos y advertencias, con la certeza de que les ayudaría a estar preparados. Por eso tu padre supo distinguir lo que se avecina y ha hecho lo correcto, te envió a ti, hermosa y valiente Zafiro. La piedra mágica que necesitas se encuentra escondida en el árbol de la sabiduría, deberás adentrarte en el bosque encantado, te mostraremos un mapa para que puedas llegar, con la llave del amor abrirás la puerta 59


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misteriosa, la encontrarás en el árbol, tu corazón puro te permitirá verla, ahí dentro estará la amatista encantada, tómala con sumo cuidado y llena de amor. Con ella en tu poder podrás enfrentar lo que amenaza a Valle Plateado. »Debes saber que lo “sin nombre” no es otra cosa que el miedo, la envidia, el dolor, el sufrimiento, la guerra, el desastre, el odio, el rencor… todo lo malo que puedas imaginar, es importante que no llegue a tu reino, ¡la piedra mágica alberga lo bueno que deberá contrarrestar aquello y destruirlo! No lo enfrentarás sola, llevarás contigo el poder y la magia del amor; al momento de estar cara a cara con tanta maldad tu corazón te dirá qué hacer. Pediré que acompañen tu viaje, te daremos uno de nuestros unicornios para que puedas viajar más rápido. Zafiro agradeció. La reina Irina se acercó a ella con dulzura, diciendo: —Joven y bella Zafiro, ¡me recuerdas tanto a la reina Lérida! Fuimos grandes amigas, yo la visité en diversas ocasiones a lo largo de su vida y su muerte dejó en mi corazón una profunda tristeza, eres muy parecida a ella, creo que has heredado su don y veo en ti un corazón puro y hermoso. ¡Me alegro mucho de conocerte! Espero que esta no sea la única ocasión en que coincidamos, quizá algún día iré a visitarte. Zafiro agradeció sus palabras y se inclinó ante ella. —Sus majestades, agradezco infinitamente su ayuda y consejo. Entregaron a Zafiro un bello unicornio blanco, prepararon las cosas para el viaje y varios de los habitantes del reino se aprestaban a acompañarla, se acercaron presentándose con una reverencia, sabían que era una princesa y corría en su sus venas sangre real. Amablemente le explicaron un poco sobre las tierras que estaban por recorrer. A Zafiro le motivó sentir que ya se encontraba más cerca de su objetivo 60


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y poder apreciar aquellos paisajes que conmovían el alma por su gran belleza. Capítulo 4: Viaje al Bosque Encantado Emprendieron el viaje al amanecer, Zafiro maravillada con la sensación de volar, montada en aquel bello corcel alado. Sobrevolaron grandes distancias, desde arriba el paisaje era irreal, podía observar ríos, montañas, laderas de distintas formas y colores. Según decían tardarían un día en llegar al bosque encantado. Zafiro iba acompañada por varios elfos conocedores del territorio al cual se dirigían… quiso aprender un poco más acerca de la vida y el mundo mágico en el cual se encontraba. Entre ellos iba un joven simpático y agradable, el cual observaba a Zafiro con admiración y a ella no le eran indiferentes sus miradas; alto y gallardo, su nombre era Ankris. Quizá no era el momento de pensar en otra cosa, pero Zafiro empezaba a sentir algo distinto… y no alcanzaba a descifrar de qué se trataba… los ojos de Ankris la tenían cautivada. Un descanso entre valles y montañas le sirvió para conocerlo más. Esa misma tarde Ankris se animó a acercarse, cuando estaban tumbados sobre el pasto observando el bello ocaso: —Ankris, cuéntame de tu mundo, ¡no tenía idea hasta hace unos días de que pudiera existir! Estoy maravillada ante su belleza y magia. En mi mundo también tenemos paisajes hermosos, la gente de mi reino es buena, trabaja en el campo y en la pesca, tenemos el mar a un costado, hemos vivido felices y en paz hasta ahora que llega esta amenaza terrible, la cual pretendo, por medio de la piedra mágica, detener y destruir. —Princesa Zafiro, nuestro reino ha existido desde el inicio de todo, hemos vivido en paz, no conocemos maldad 61


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alguna. Como has podido escuchar podemos vivir miles de años, cuando uno de nosotros decide ascender a otro plano simplemente… se deja llevar, es un proceso que cada quien elige de acuerdo a su etapa de evolución. Podemos sentir amor, formar parejas y procrear, nuestra manera de subsistir también compromete a la tierra y el mar, ¡no necesitamos mucho para ser felices! Respetamos y amamos la naturaleza. El Hada del Bosque es nuestra amiga y nos provee sin dañar plantas ni a otros seres vivos. Nos protegemos entre todos. Las hadas cuidan y mantienen el orden en los bosques. Tenemos la posibilidad de viajar en espacio y tiempo pero solo por un corto periodo, si no regresáramos a nuestro mundo y permaneciéramos en otros lugares, envejeceríamos rápidamente y moriríamos, aquí no sucede eso. Mi familia se conforma de mis padres y una hermana, ella ya está unida y formará una familia; yo aún estoy solo, no había encontrado a la compañera indicada, hasta ahora. Zafiro se ruborizó un poco y se dispuso a descansar… Al atardecer llegaron a su destino, el bosque encantado estaba a la vista, aterrizaron junto a un río para abastecerse de agua y hacer descansar los unicornios. Ankris iba guiando. Avanzaron a pie por entre el bosque, no por mucho, en el centro de una explanada encontraron un árbol majestuoso, de gran tamaño, no era fácil determinar su edad pero sus ramas y el tronco indicaban una larga vida en esa tierra. Zafiro se acercó y acarició con cuidado la base del árbol abrazándolo, sentía enorme admiración y respeto… una brisa suave empezó a mecer las ramas motivando un susurro. Ella se levantó y, a un costado, observó lo que parecía una pequeña puerta, se agachó de nuevo y notó una cerradura… entendió lo que debía hacer, sacó la llave del amor de entre sus ropas y la introdujo en aquel diminuto orificio, giró y un leve clic permitió abrirla. Dentro había una 62


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estrecha cámara y al centro, sobre una base de cristal, la piedra encantada, brillando, de un color hermoso, en forma de corazón. La princesa la tomó con cuidado, amorosamente, y la guardó en un bolso de tela suave que traía consigo. Se inclinó ante el árbol de la sabiduría en señal de respeto y agradecimiento, prometiendo devolverla. La brisa suave movía las ramas del árbol en señal de aceptar la promesa. Emprendieron el vuelo de regreso. Zafiro no paraba de sorprenderse, el estar montada en el unicornio y volar le pareció, comparado con cabalgar velozmente sobre tierra, una sensación simplemente… ¡indescriptible! Nunca en su vida olvidaría este viaje fantástico. Llegaron muy noche al castillo de los elfos, los esperaban sus majestades, Zafiro les explicó que el viaje había sido un éxito. y traía consigo la amatista encantada. Esa noche descansó, segura de que todo saldría bien, agradeció en su corazón a cuanto la había protegido. Cerró los ojos pensando en su padre y su hermana, con amor… poco a poco fue relajándose… la última imagen que llegó a su mente antes de caer en un profundo sueño fue el rostro de Ankris. Capítulo 5: El poder de la amatista encantada La despedida del reino de los elfos no fue con un adiós, estaba en la certeza de que regresaría pronto a cumplir la promesa hecha al árbol de la sabiduría. Sus majestades habían sido de gran ayuda y les mostró su infinito agradecimiento. Ankris se ofreció a acompañarla hasta el límite de los reinos, montaron en los unicornios para llegar rápido, el tiempo se estaba agotando y era primordial que Zafiro estuviera lo más pronto posible en Valle Plateado. Arribaron al gran arco que divide los reinos, Zafiro y Ankris quedaron 63


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de repente sin poder articular palabra, sus miradas decían todo y un abrazo selló la unión de dos almas gemelas. Al pie de las escalinatas estaba su caballo, agradeció encontrarlo con bien, lo montó apresurada y cabalgó de regreso a casa. El camino ya no le resultaba extraño, sentía completa seguridad y confianza, la certeza de su éxito… buscó el campamento de los guardias que habían quedado en esperarla y no halló a nadie. Eso no la amedrentó y siguió su camino. Pasó el tiempo cabalgando y descansado poco hasta reconocer los bosques de su reino… la niebla estaba más espesa. Se dio cuenta de que la situación era más grave que a su partida… disminuyó el paso y atenta a cualquier movimiento o ruido extraño azuzó los sentidos. La luz del sol batallaba para entrar entre la espesura de los árboles. Fue observando a detalle… escuchó un terrible sonido acercándose de entre el bosque. Se apresuró a bajar del caballo y se puso en guardia aprestando sus armas… caminando lentamente. En la cima de unas rocas encontró a una espantosa criatura, no tenía una forma definida, parecía un león alado, con grandes ojos inyectados en sangre, su boca abierta amenazadoramente con grandes dientes y aliento a putrefacción… La observó retadora, sin la mínima duda Zafiro se acercó y la enfrentó sin miedo, la bestia hizo un gruñido aterrador. ¡A Zafiro no la movió ni un centímetro atrás! Aquella bestia se le abalanzó queriendo propinarle un zarpazo mortal, el cual ella esquivó ágilmente dando su salto por encima y ¡asestando una lanza en la espalda del engendro del mal que intentaba destruir lo que tanto amaba! El sentir eso le dio aún mayor fuerzas y determinación. La lucha fue épica, era sorprendente ver como una bella criatura enfrentaba así a una enorme y horrible bestia. La agilidad de Zafiro le permitió esquivar cualquier golpe 64


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arremetido por aquella, que empezó a demostrar desconcierto y mayor enojo al no lograr su cometido. Cambiando de forma física constantemente se revolcaba con odio, Zafiro no se desmotivó, aprovechando uno de esos momentos ágilmente dio un salto y con su espada propinó un golpe certero encajándola justo en la cabeza de aquel engendro maldito. La bestia cayó casi fulminada y Zafiro sacó con cuidado la amatista encantada, la levantó hacia el cielo y de aquella hermosa piedra emanó un haz de luz bellísimo, de colores indescriptibles y poderosos. El pavoroso ser grito de dolor, revolcándose entre el lodo y su propia inmundicia y aullando horriblemente. No podía moverse y poco a poco sus ojos fueron apagándose… mientras la luz de la amatista la envolvió cegadoramente… ¡su poder era inmenso!, la criatura fue desintegrándose hasta no quedar absolutamente ningún rastro de ella… Se sintió paz. Poco a poco la neblina espesa fue levantándose… los rayos del sol entraron poderosos por entre las copas de los árboles y Zafiro observó maravillada el poder del amor. Guardó con cuidado la amatista encantada, emprendió de nuevo el camino a casa, el cielo fue despejándose, escuchó a las aves cantar después de un largo silencio; estaba completamente agotada pero llena de amor, agradecida con la vida, ansiosa por abrazar a su padre y a su hermana. A lo lejos observó las casas del reino. Valle Plateado brillaba de nuevo, había logrado destruir aquello que mataba las esperanzas con el más puro amor. Este era el inicio de una nueva era para ambos reinos y Zafiro tenía su corazón entre los dos.   65


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El cuerno de plata María Elena Espinosa

Sucedió hace mucho, mucho tiempo. En un lejano castillo habitaba un unicornio, más bien no era uno, sino una porque se trataba de una hembra unicornio. Pero no cualquier unicornio. Ella era especial: en su frente crecía un hermoso cuerno de plata que fulguraba con los rayos de la luna. Vivía rodeada por sus hermanos, de los cuales no todos eran tan amables como ella hubiera querido, en específico el hermano unicornio Verde, el mayor. Estaba molesto porque al morir su padre, el Gran Unicornio, en lugar de ser él quien quedara dueño del reino, este había decidido que fuera la pequeña Unicornio Azul quien reinara. Desde luego tampoco su madre estaba contenta pues a pesar de ser la reina tendría que someterse a las decisiones de Azul. Su malvado hermano mayor y su madre hacían lo posible porque su vida fuera un infierno, a pesar de ello Azul tenía un buen corazón y en lugar de tenerles rencor los amaba con mayor fuerza sabiendo tal vez que ellos precisaban más amor para encontrar la luz que se había apagado en sus corazones. Azul tenía mucho de qué ocuparse en el castillo, le gustaba leer y aprender sobre cosas que pasaban más allá de las paredes y jardines del palacio y aunque nunca había salido de sus muros podía decir que conocía todo el mundo. 66


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—¡Es una niña tonta! –decía su hermano Verde. No sé por qué nuestro padre la nombró poderosa si vive con su nariz enterrada en las páginas de los libros. —Tenemos que deshacernos de ella –dijo su madre. Pero ¿cómo hacerlo sin que tus hermanos se den cuenta? —¡Encerrémosla en la torre más alta del castillo! Bien dicen que el mal no duerme y mientras estos malvados planeaban cómo deshacerse de la princesa Azul, en los corredores del castillo alguien más la acechaba. Un zorro que se encargaba de la limpieza vigilaba también. Sabía que el hermoso cuerno era un tesoro en las manos de los magos y que pagarían muy bien si lograba hacerse de él. Así que mientras unos deseaban quedarse con el reino, el zorro quería quitarle su tesoro a la princesa. Un día, mientras sus hermanos y su madre estaban en el jardín, el zorro atacó a la preciosa Azul y le arrebató el cuerno de plata. Nadie se dio cuenta pues, como en todos los cuentos sucede, el cuerno era mágico y, al momento en que el zorro lo arrancó, otro tomó su lugar pero… ya no era de plata, era solamente un cuerno de color azul. La princesa, al perder su preciado tesoro, dejó de ser la misma, se envolvió en una nube de tristeza y pasaba los días sumergida en su dolor. Entonces y para alegría de su madre y su hermano decidió alejarse del reino. Nadie sabía qué había más allá del puente levadizo, a ella no le importaba, prefería morir que seguir en ese lugar donde solo recibía sufrimiento. Un día, muy temprano, abrió la puerta y emprendió el camino. Mucho tiempo anduvo vagando por los bosques hasta que llegó a un apartado lugar donde todos sus habitantes eran unicornios como ella. Todos tenían un cuerno azul y ninguno pretendía ser mejor que los demás. Azul se sintió muy contenta porque a nadie le importaba que hubiera sido una princesa ni que hubiera perdido su cuerno precioso. 67


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Entonces conoció a un apuesto unicornio y se enamoró de él. Al poco tiempo se casaron y tuvieron dos hermosas unicornios cuyos cuernos eran tan bellos como había sido el que su madre tuvo.

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Escritura de cuentos de hadas para mujeres

Índice Prólogo / 9 Betssy Reyes “Betzuara” La niña que se convirtió en pájaro / 12 Mercedes Varela La princesa y la muerte / 20 Rocío Ramírez Castillo Corazón de rubí / 26 Teresa Ruvalcaba Las canciones de Cabrita retozona / 33 Linda González La oruga que veía el cielo / 37 Perla Zaragoza La Valquiria / 40 Sonia María Peña Mercado La amatista encantada / 44 María Elena Espinosa El cuerno de plata / 66

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Antología

Sobre la compiladora de esta edición Marisol Vera Guerra Psicóloga, editora, escritora y dibujante. Desde 2012 coordina Ediciones Morgana; imparte talleres de creación literaria y de sanación a través del arte. Autora de seis libros, el más reciente, de poesía y ensayo, publicado por el Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes; incluida en antologías editadas por SEP, ITCA, Gob. de Tamaulipas, entre otras; además de colaboraciones en revistas literarias y prensa en México, EE. UU., Chile, Honduras e Italia.

Sobre la ilustradora Rose Yousei Miembro del grupo de Acuarelistas de Nuevo Laredo “Prisma” y del grupo de la comunidad de Lolitas “Lolitas LTX”. Ha obtenido diversos reconocimientos de Inmujer. Ha dado conferencias sobre Asperger, condición con la cual vive. Participante y jurado en eventos de cosplay. Su obra se centra en los seres mágicos, el misterio y lo sobrenatural

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Escritura de cuentos de hadas para mujeres

Escritura de cuentos de hadas para mujeres, antologĂ­a del taller literario 2017, se terminĂł de editar en formato de libro digital en junio de 2018. El cuidado de la ediciĂłn estuvo a cargo de Marisol Vera Guerra y de las autoras.

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Antología

El mito es una representación de nuestra vida interior y a él recurrimos para darle sentido a lo que no podemos responder desde la racionalidad. El taller “Escritura de cuentos de hadas para mujeres”, que desde junio de 2017 imparto en línea, propone a toda mujer interesada en iniciar un proceso de sanación a través del arte escribir su autobiografía simbólica. En esta edición he compilado ocho de los textos escritos por las participantes. Estas han vivido un proceso guiado de autorreflexión y han dado voz a su propio drama individual. MVG

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Escritura de cuentos de hadas  

Escritura de cuentos de hadas para mujeres: Betssy Reyes “Betzuara” • Mercedes Varela Rocío Ramírez Castillo • Teresa Ruvalcaba Linda Gonzál...

Escritura de cuentos de hadas  

Escritura de cuentos de hadas para mujeres: Betssy Reyes “Betzuara” • Mercedes Varela Rocío Ramírez Castillo • Teresa Ruvalcaba Linda Gonzál...

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