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La Orden del Sol El Principio del Fin Luna Marina Soler


Luna Marina Soler Luna Marina Soler nació en Málaga, aunque creció en diferentes comunidades autónomas como Cataluña, País Vasco y Galicia, hasta llegar a Murcia, concretamente, a Cartagena, ciudad en la que reside en la actualidad. En 2005 descubrió que quería ser escritora, y desde entonces no ha dejado de escribir bocetos de muy distintas historias. Sin embargo, no fue hasta 2009 que surgió una en concreto que la cautivó de tal modo que desde entonces aún continúa escribiéndola: La Orden del Sol. Como es una historia larga, la distribuyó en diversos libros formando con ello una saga.

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Los dos primeros títulos de la saga

La Orden del Sol

El Principio del Fin Un extraño sueño... Una oscura Mansión... Voces que nadie más oye... Un atractivo muchacho...

Las Sombras de la Tríada Una antigua Orden secreta... Un fuerte deseo de venganza... Un futuro glorioso de poder absoluto... Una hermosa muchacha...

Próximamente...


LA ORDEN DEL SOL

EL PRINCIPIO DEL FIN

Ediciones JavIsa23


Título: El principio del fin La Orden del Sol www.laordendelsol.com © del texto: Luna Marina Soler © Ilustraciones de la portada e interior: Fany Carmona www.fanycarmonailustradora.es © de esta edición: Ediciones JavIsa23 www.edicionesjavisa23.com E-mail. info@edicionesjavisa23.com Tel. 964454451 Maquetación: Javier Garrit Hernández Primera edición: diciembre de 2012 ISBN:978-84-940355-6-2 Depósito legal: CS 455-2012 Printed in Spain - Impreso en España Imprime: Publidisa www.publidisa.com Todos los derechos reservados. Queda prohibida, según las leyes establecidas en esta materia, la reproducción total o parcial de esta obra, en cualquiera de sus formas, gráfica o audiovisual, sin el permiso previo y por escrito de los propietarios del copyright, salvo citaciones en revistas, diarios, radio, televisión y/o blogs de Internet, siempre que se haga constar su procedencia y autor.


Luna Marina Soler EL PRINCIPIO DEL FIN LA ORDEN DEL SOL


DEDICATORIAS Y AGRADECIMIENTOS Quiero dedicar este libro a mi madre por ser la primera que lo leyó y porque gracias a su crítica pude mejorarlo. Y a mi padre, porque al fin hay algo que me gusta en lo que sí me va a apoyar. Para los dos, porque a pesar de escribirlo delante de vosotros nunca lo visteis, y eso me permitió hacerlo en absoluto secreto. También va dedicado a Sara, por ayudarme a ver que Luis es Sac, gracias a eso he encajado una de las piezas del rompecabezas (ya te lo contaré más adelante). Espero que este libro te traiga bonitos recuerdos de tu ciudad y de tu gente. Y a Raquel, que afortunadamente, no descubrió quién era Luna ¡y se metió de lleno en la historia! Pero sobretodo, por ayudarme a pulir el libro, por sus sugerencias y ¡por hacerme reír con sus comentarios! Para las dos, mis amigas, ¡mis hermanas! Porque este libro es una parte de las tres, y porque habéis sido una gran ayuda para mí. No puede faltar tampoco, un sincero agradecimiento al que me ayudó en todo el proceso de autopublicación, me creó la primera portada y ¡me hizo una web preciosa! ¡Gracias Bichejo! También quiero darle las gracias a mi hermano Josué, por sus consejos y por prestarme a sus alumnos para lograr un book-trailer en condiciones. ¡Y muchísimas gracias a todos los lectores que le dais una oportunidad a este libro! Espero que disfrutéis mucho de él… Luna Marina Soler.


Veo las sombras, voy hacia ellas, camino despacio siguiendo sus huellas. Algo me ocultan, mi alma pregunta, al no hallar respuesta, sigo mi ruta. Sus oscuras alas envuelven mi alma, me atraen, me reclaman, en silenciosa llamada. No me resisto, voy a su encuentro, sabiendo en el fondo, que no habrá regreso. ¿Qué busco en ellas? No estoy segura. Intuyo un tesoro tras su negra espesura. Anhelo encontrarlo y develar su misterio, mas el camino es largo y peligroso el sendero. ¡Alguien me sigue! ¡Oigo sus pasos! Sigilosos y firmes, van tras mi rastro. Es la señora del lugar que vigila mi suerte. Es ahora mi fiel compañera: la muerte. Muchos se adentran en su oscura morada, unos por estupidez y otros por pura ignorancia. Pocos son los que entran en busca de sus secretos, y, menos son, los que sobreviven a ellos. 9


PRÓLOGO La noche era muy oscura, no había luna y las estrellas parecían haberse ido con ella. No se vería ningún rostro de haberse hallado en el campo, pero los tres hombres iban caminando por la calle de una ciudad pequeña a altas horas de la noche. Las escasas farolas iluminaban lo suficiente como para que cualquier persona que pasara por allí deseara no haber salido de su casa al ver a aquellos siniestros personajes. Y no es que fuesen feos, no, pero sus rostros, como espejos del alma que son, mostraban que ésta no era precisamente blanca. El hombre que era de mayor edad tenía unos ojos negros, igual que el cielo en ese momento, una piel blanca como la nieve y una expresión cruel en el rostro. El otro que iba a su lado era más joven, de unos veinticinco, con la piel más colorida, unos ojos igualmente negros y una expresión similar a la del anterior. El más joven era el que parecía más humano, y sin duda, el más hermoso. De cabellos castaños, piel blanca con un toque canela, ojos ámbar anaranjado aunque no se apreciara bien por la escasa luz, era más alto que sus compañeros y su rostro denotaba amargura. Fue él quien habló. —Mañana empieza el instituto, y aún no sabemos a cuál va 11


ni dónde vive. Lo primero que haré será entrar en cada instituto hasta dar con ella y entregar la publicidad sobre la Mansión. —¿Crees que sospechará? —preguntó el hombre que aparentaba mayor edad. —Es posible que piense que hay gato encerrado, pero no se imaginará la verdad, eso seguro. —¿Cuánto tiempo necesitarás? —Es difícil de saber, pero después de todos los años que llevo esperando esto... La verdad es que me es indiferente si son semanas o meses. —Sabes que el plazo máximo son siete meses —recordó de pronto el otro joven. —Lo sé, y dudo que tarde tanto. Vosotros encargaos de lo vuestro que yo me encargaré de lo mío —finalizó el más joven. Nadie replicó, estaba todo dicho, y siguieron andando con paso tranquilo, metiéndose ahora en una calle ancha mucho mejor iluminada.

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LA MANSIÓN DE LAS SOMBRAS «Qué sueño tan raro...», pensé nada más abrir los ojos. Cogí el reloj de la mesita, y al ver que eran las seis y media de la mañana me eché la almohada a la cabeza e intenté dormir de nuevo, pero me resultó imposible. Los rostros de aquellos hombres cruzaban mi mente sin cesar, en especial el del más joven. Intenté recordar lo que habían dicho pero conforme me iba despejando menos recordaba y la lucha por volver a dormir sólo consiguió despertarme aún más. Finalmente me rendí, me levanté de la cama emitiendo un largo bostezo y fui directa al baño. Al mirarme en el espejo mis ojos azules llenos de legañas me devolvieron una mirada somnolienta, pero alegre. «Hoy es un día importante...», pensé, y sentía que iba a ser especial. Por lo general, no solía despertarme con semejante optimismo el primer día de instituto, pero hay días en los que una se levanta con buen pie aunque haya que ir a clase. Regresé a mi habitación y me puse a escuchar música con el discman para despejarme por completo, descorrí las cortinas, recogí a mi Osito —peluche grande de oso que tenía en mi cama, con el cual dormía, pero que, en el transcurso de la noche acababa siempre en el suelo—, abrí el armario e intenté elegir qué ropa ponerme. A mediados de septiembre en Cartagena el 13


calor es aún veraniego, sin embargo, aquel día estaba nublado, así que opté por ponerme unos vaqueros largos, una camiseta de manga corta rosa y unos tenis a juego. Finalicé echándome espuma para definir las ondulaciones de mi pelo y convertirlas en estupendos rizos rubio oscuro. Cuando me miré en el espejo el resultado me gustó. El cabello, liso al principio y muy bien rizado al final, había quedado tal y como a mí me gustaba, los ojos me brillaban con la alegría que llevaba encima, por lo que el azul de éstos se veía aún más intenso de lo que ya de por sí son. Los labios, en cambio, estaban un tanto resecos, así que les di un poco de color; con la nariz, sin embargo, no pude hacer nada, siempre ha sido más grande de lo que deseaba pero estaba aprendiendo a convivir con ella. Lo mismo me ocurría con la altura, no me gustaba medir un metro setenta, demasiado alta, ni tampoco tener pechos pequeños y piernas largas. A pesar de todo, ese día me veía estupenda. Nada más oír ruido en la cocina salí de mi cuarto medio bailando. —¿A qué se debe tanta euforia? —preguntó con una sonrisa mi madre. —Hoy es el primer día de ¡mi último curso en el instituto! —¿Desde cuándo celebras tú el primer día de clase? —Celebro que sea mi último curso. Cogí mi taza de Simba y Nala en la que salían de cachorritos ¡monísimos! ¿Infantil? Es probable, pero mi Cola-cao mañanero sabía más bueno en compañía de ellos. —Tómate algo más —comenzó a protestar mi madre—, no puedes tomar sólo un Cola-cao por desayuno. —Tomaré algo más en el recreo, ahora sólo me entra esto, ya lo sabes; ¿tenemos que discutir lo mismo cada mañana? 14


Sandra, mi madre, era una mujer de estatura más bien pequeña, un poco rellenita, de ojos negros, cabello corto, liso y negro, y, además, era enfermera. Como en su trabajo había atendido a varias personas de sufrir una lipotimia precisamente por no haber desayunado lo suficiente o nada, se pasaba todas las mañanas —y digo todas sin excepción— renegando porque yo no tomaba más que un Cola-cao, no importaba que luego me inflara a comer en la cantina del instituto, ella sólo veía que no comía antes de salir de casa. —Un día te va a pasar algo, ya lo verás —dijo en tono de bruja gitana que vaticina una desgracia—, y a partir de ese día te pondré el típico desayuno americano, y... ¡ay de ti como no te lo comas todo! —¿Otra vez discutiendo por el desayuno? Mi padre —un hombre alto, delgado, de cabello rubio y ojos castaños oscuro— acababa de entrar en la cocina ¡gracias a Dios!, ya que él siempre cambiaba las conversaciones rutinarias. —¿De qué si no? —respondí mientras removía el Colacao—. Ya sabes que es el «buenos días» particular de mamá. —Cuando Diana se digne a hacerme caso, cambiaré mi saludo matinal —replicó ella, mientras echaba mantequilla a dos tostadas, una para papá y otra para mí. —¿Dónde está Sac? —preguntó mi padre cambiando el tema y tomando un sorbo de café. —¿Dónde va a estar? —dije con sorna mientras rechazaba la tostada de mantequilla—. Enganchado a la caja tonta, como siempre. —¡Sac, apaga ahora mismo la tele, que Pando está a punto de llegar! —gritó mi padre a mi hermano. 15


Este último siempre se iba en la moto de su amigo Pando al instituto. Papá terminó de tomar con rapidez su café y dejó la tostada de mantequilla sin probar. —¡Vaya ejemplo eres! —exclamó mi madre con mal carácter. —¡Tostadas! —exclamó Sac nada más entrar en la cocina—. ¡Qué bien, porque la tele me ha devuelto el hambre! —Unos tanto y otros tan poco... —suspiró mi madre. Mi hermano era una perfecta combinación de mis padres. De papá había heredado facciones del rostro, los ojos castaños y la altura; y de mamá, el cabello negro, la capacidad de poder comer a todas horas, y cosas del carácter. Su nariz respingona no tengo ni idea de quién ha podido heredarla. —¡Ala, mamá! consuélate con el zampas de Sac, que él nunca dirá que no al desayuno suyo, ni al de los demás —exclamé consoladora con una sonrisilla burlona—. Bueno, me voy ya que hoy quiero llegar súper pronto al insti. —¿Pronto tú? —rió mi hermano con la boca llena de pan—. ¡Qué imaginación! Ignorando su comentario cogí mi mochila y bajé al garaje a por mi bicicleta. Nada más salir vi que el suelo estaba mojado, por lo visto había llovido por la noche. Anduve con cuidado durante todo el camino hacia el instituto, sin embargo, cuando pasé la UNED, algo que jamás había visto antes llamó mi atención quitándome con ello la concentración sobre la acera. Una hermosa mansión se alzaba majestuosa justo en la explanada que el Circo solía ocupar los días en los que pasaba por la ciudad. Parpadeé un par de veces sin dar mucho crédito a lo que veía. «¿Cuándo se ha construido esa mansión? —pensé asombrada—, pero ¡si hace menos de tres meses no estaba ahí!». Tan 16


perpleja me quedé observándola, que sin darme cuenta me salí de la acera y caí estrepitosamente al suelo. Dolorida miré a todos lados con la esperanza de que no hubiera nadie cerca. Por fortuna estaba sola, y me senté tratando de evaluar los daños. El pantalón se ensució de barro, en la mano tenía una pequeña raspadura que curaría rápido y aparte del dolor que sentía en el trasero, no parecía que me hubiera hecho nada de importancia. Miré de nuevo a la mansión, en esa ocasión con rabia, ya que iría al insti con la ropa sucia: «¡Menudo comienzo de curso, llena de barro!». Pero mi expresión enfurecida cambió pronto por una de admiración, la mansión era sin duda bella, tenía un aire gótico bastante atractivo y oscuro, su fachada era principalmente negra; desde mi posición podía ver, en la entrada principal, unas grandes letras de color rojo carmesí que rezaba: «La Mansión de las Sombras». Quedé extrañada con el nombre, y me di cuenta de que no podía ser sólo una vivienda, más bien un negocio... ¿pero de qué? De pronto, un muchacho salió de la mansión con una camiseta negra sin mangas y unos pantalones de chándal del mismo color, largos y un poco anchos. Por algún motivo el chico me resultaba familiar, él no tardó en darse cuenta de mi presencia, y se acercó a mí con paso tranquilo y mirada curiosa. —¿No preferirías sentarte en un lugar más cómodo y limpio? —preguntó con lo que detecté era un poco de burla. Entonces reparé en que continuaba sentada en el suelo de la carretera, el cual estaba sucio. Pero cuando el chico se colocó enfrente de mí, eso dejó de importarme, pues acababa de descubrir porque me resultaba familiar. ¡Era el mismo muchacho que había visto en mi sueño hacía unas horas! —Hay un banco justo allí —añadió, señalando detrás suyo. 17


Su mirada se iba volviendo cada vez más precavida, como si de pronto pensara que estaba tratando con una enferma mental, por mi cara de asombro al contemplarle y mi silencio; eso me hizo reaccionar. —¡No estoy aquí por gusto! ¡Me he caído! —le expliqué en un tono más agudo del que hubiera deseado. Intenté levantarme para recuperar algo de mi dignidad, pero lo que conseguí fue perderla del todo cuando tropecé de nuevo por culpa de la bicicleta que estaba justo detrás de mí. De nuevo al suelo. El muchacho se acercó para ayudarme, cosa que no supe si agradecer, ya que hubiera preferido que se largara de allí; la presencia de alguien hacía que mi situación fuera más humillante, peor si ese alguien era un muchacho guapísimo con el que acababa de soñar, ¡vaya imagen tendría que tener de mí! Y para colmo, cuando se acercó... ¡se estaba riendo! —¡No necesito ayuda! —exclamé humillada cuando él alargó un brazo para levantarme. —Cualquiera que te viera opinaría lo contrario —su tono volvía a ser burlón. Me cogió de un brazo y me levantó de un tirón, yo intenté estabilizarme y él me arrastró hacia la acera. Noté que la mochila pesaba más que antes de mi caída y era bastante molesta en mis hombros, pero preferí no quitármela. Él no dijo nada, pero seguía teniendo una expresión divertida en el rostro, me estaba observando y cuando le miré a los ojos se apartó de mí. Le observé mientras cogía mi bici y la subía a la acera, era muy alto, más de lo que me pareció en el sueño; sus cabellos, castaño oscuro en el nacimiento y mucho más claro al final, eran aún más bonitos, cortos pero muy abundantes y atractivos, aunque lo que sin duda me resultaron irresistibles fueron sus ojos de 18


color caramelo fundido. Sin darme cuenta el corazón se me había acelerado mientras él revisaba mi bicicleta. —No parece rota, ¿cómo te has caído? —preguntó posando su mirada de nuevo en mí. —Ha sido por culpa de esa estúpida mansión —dije sin pensar, luego recordé que él había salido de allí—. Perdona, tú vives ahí, ¿no? —Sí, y por lo general la gente suele alabarla en una primera impresión. —Ya, es muy bonita, si por eso me quedé embobada viéndola —aclaré volviendo la vista a la susodicha mansión—. Lo que pasa es que hasta hace un par de meses no estaba aquí y, bueno, ¿cuánto se tarda en construir algo así? —Es una mansión prefabricada en realidad —explicó acercándome la bicicleta—. He venido con dos socios desde Madrid a pasar unos meses aquí. La mansión es vivienda, tienda y pub por las noches. —¿En serio? Vaya, suena como negocio interesante —aprobé mirándolo con cierto aire de confusión. Vagos recuerdos acudían a mi mente sobre el sueño de anoche, pero me parecía todo un poco confuso. —Lo es —se encontraba a unos pocos centímetros de distancia de mí, acercándome mi bicicleta, por lo que me sentí un poco nerviosa—. Pronto la abriremos al público. ¿A qué instituto vas? Esa pregunta me sacó del aturdimiento provocado por la mansión, la caída y el chico. —¡Ay, Dios! —exclamé agarrando el manillar de mi bici—. ¡Ya voy a llegar tarde! ¡Me tengo que ir! —me subí a la bici y antes de irme me volví para mirar al muchacho—. ¡Gracias por la ayuda! Me pasaré por aquí otro día. 19


El chico se despidió con una leve sonrisa y yo me puse a pedalear como una loca. A pesar de todo, llegué al instituto nada más sonar el timbre, lo malo fue que no vi a ninguno de mis amigos y no sabía donde tocaba la primera clase, fui a pedir el horario en conserjería y se me cayó el alma a los pies... La primera clase era con Ochoa... Corrí con todas mis fuerzas y cuando llegué llamé a la puerta de clase temiendo lo que podía pasar. —Vaya, ¿por qué no me sorprende? ¿Sabes que hace años se inventó un aparato muy útil llamado despertador? —me preguntó el profesor que más detestaba, con su habitual voz de perro furioso que ponía siempre que alguien llegaba tarde, especialmente si ese alguien era yo. —Sí, lo siento es que... —No me cuentes tus típicas excusas, las tengo muy oídas —me interrumpió el profesor moviendo su enorme mostacho de forma grotesca—. Ya sabes lo que les pasa a los que llegan tarde. Así que fuera. —Pero, pero... —tartamudeé—, ¡si hoy es el primer día de clase! —Si no eres capaz ni de llegar puntual el primer día es problema tuyo y no mío, ya conoces las normas de mi clase. Pero no te preocupes que este año soy tu profesor en dos asignaturas —sonrió con desagrado y continuó—, así que hoy tienes una segunda oportunidad de llegar a tiempo a una de mis clases. Me quedé sin palabras, y al salir de allí, fui a sentarme en las escaleras que había cerca de la clase, cogí una hoja de mi archivador y empecé a hacer una horrible, pero muy acertada, caricatura de mi profesor. No era la primera que hacía, de hecho 20


tenía tantas de él que bien podría darle una a cada alumno del instituto y aún me sobrarían. —Estúpido monigote con mostacho —murmuré mientras dibujaba exageradamente dicha parte. «Otro año entero con él... Y encima este año lo tengo de profesor ¡en dos asignaturas! Geografía e Historia de España, tendré que verlo todos los días y de forma repetida. ¡Dios!». La universidad se me pintaba como el paraíso. Perdida en mis pensamientos como estaba, apenas me di cuenta de que una muchacha intentaba subir las escaleras que yo había bloqueado con mi cuerpo. —Perdona —le dije mientras la dejaba pasar. Me di cuenta de a dónde se dirigía y decidí ahorrarle un mal rato. —No te molestes, el profesor Ochoa no deja pasar a ningún alumno que llegue más de 5 minutos tarde, o incluso menos. —Oh... pero es que no encontraba la clase, soy nueva y me he liado con los números, busqué el aula 14 en la primera planta y resulta que está en la segunda —me respondió con voz cansada, estaba sudando y era obvio que había corrido tanto como yo. Pobre, de lo que le iba a servir... —Puedes intentarlo si quieres, pero te advierto que con Ochoa sólo valen los justificantes médicos. La ingenua lo intentó. No pude culparla, cualquiera habría puesto en duda la existencia de alguien tan cuadriculado como Ochoa, hasta yo había tenido esperanzas unos minutos antes. Pero, tal y como imaginaba, la muchacha salió de la clase poco después con cara contrariada. —Dice que me dé una vuelta por el instituto para conocer 21


todas las aulas en las que tendré clase con él, para que no vuelva a perderme. —No te preocupes, el resto de profesores son bastante mejores; al fin y al cabo, ser peores es ya demasiado complicado. Si quieres sentarte... —le ofrecí un hueco de la escalera. —Gracias. ¿Cómo te llamas? —me preguntó cuando ya se había acomodado. —Diana, ¿y tú? —Yamilé. —¿De dónde eres? Era evidente que no era española, no sólo por el nombre sino por sus inconfundibles rasgos indígenas, el cabello largo negro azabache, los ojos pequeños y un poco rasgados, la piel un tanto oscura, su escasa estatura... tenía también el rostro redondeado, aunque carecía del típico acento de extranjera. —De Venezuela, aunque vine con mis padres a España de muy pequeña. «Eso explica la escasez de acento», pensé. —¿Y has estado viviendo en Cartagena todos estos años? —No, antes vivía en Madrid, pero mi padre consiguió trabajo aquí de guardia de seguridad y nos hemos mudado este verano. Éste es el único instituto donde he conseguido plaza. —Sí, el Politécnico siempre tiene plazas libres, suele ser el último recurso de muchos... hay distintas opiniones del por qué de eso, yo opino que es por Ochoa —ambas nos reímos. —¿Y tú también elegiste este instituto como último recurso? —Algo así —respondí—. Veras, mi padre es profesor y trabaja en el instituto que está más cerca de mi casa, pero tenerlo de profesor no es una idea que me atraiga, así que me apunté aquí, 22


y mi hermano también. Está más lejos pero con la bici me pongo en menos de diez minutos si corro. Oye, ¿estás en Ciencias Sociales? —No, estoy en Ciencias de la Salud —sacó un horario que yo no tenía, con las prisas lo había dejado en conserjería—. Ahora me toca Física y Química. —Entonces, ahora te toca en un aula distinta a la mía, ¿quieres qué te lleve? —¡Sí, por favor! No quiero darme la carrera y quedarme otra vez fuera. —No te preocupes, ya te he dicho que el resto de profesores son mejores, además tú eres más afortunada que yo, en tu modalidad sólo tienes una asignatura con Ochoa. Nos levantamos y la llevé al otro pabellón que era donde tenía Física y Química. Mientras, le fui señalando lugares básicos, como el aseo y la cantina. Antes de que sonara el timbre, me despedí para ir rápidamente a la clase donde saldrían mis amigos para que me llevaran a la siguiente, no quería volver a conserjería. Mª José, Irene y Juanpe estaban saliendo por la puerta justo en ese momento. Mª José era morena —aunque en ese momento llevaba mechas—, alta —un poco más que yo—, rellenita, de ojos negros y siempre solía ir maquillada, a diferencia de Irene que jamás se maquillaba; esta última era bajita, de cabello castaño muy claro, liso y precioso, y con ojos castaño oscuro. Juanpe era un poco más alto que Mª José, su cabello y sus ojos eran castaño oscuro, tenía nariz aguileña y era delgado. Los tres sonrieron burlones al verme, sabía de sobra en qué pensaban. —Ni el primer día con Ochoa, anda que empiezas bien —dijo Irene riendo. 23


—Sí, sí, ahorraos las bromitas, ¿vale? Ochoa me tiene en su lista negra desde el año pasado, lo único que he hecho ha sido recordárselo. —Y muy bien, por cierto. Gracias a ti, y a una nueva que entró después, nos estuvo dando una charla sobre la puntualidad y cómo cuenta eso a la hora de echarnos una mano —resopló Mª José. —¿Echarnos una mano? Al cuello se referirá, ¿no? —me indigné—. ¡Ochoa no ayudaría ni a un ciego a cruzar la calle! —Bueno ¿qué tal las vacaciones? —preguntó súbitamente Juanpe. Parecía nervioso y me di cuenta de que había alguien detrás de mí, alguien que no debía escuchar lo que había dicho. Ochoa. —Las vacaciones geniales, la Costa Brava es preciosa, ya os traeré las fotos —contesté con rapidez mientras mi querido profesor pasaba de largo—. Uf... ¿creéis que habrá escuchado lo que he dicho? —Por la cara de perro que ha puesto yo diría que sí —susurró Irene. El profe de economía acababa de llegar, y, mientras abría la puerta de la clase de enfrente, yo trataba de pensar en que Irene se equivocaba. «Si me hubiera escuchado me habría dicho algo ¿no? Y la cara de perro la tiene siempre, así que...» —¡Acha! —exclamó Mª José de pronto al fijarse en mis pantalones—. ¿Te has revolcado en un charco antes de venir? —Algo así, me he caído de la bici. Les expliqué lo que me ocurrió, les hablé de la mansión y me sorprendí al ver que todos la habían visto y que sabían que era un negocio, aunque no de qué tipo. En cuanto el profesor 24


empezó a saludar y a dar la introducción de lo que íbamos a hacer ese curso, nos callamos, pero en el transcurso de la clase me copié el horario e hice un pequeño dibujo de la mansión. Cuando al fin llegó el recreo, justo después de inglés, todos fuimos a la cantina hablando sin parar de lo que habíamos hecho durante el verano. Allí vimos a Salva y David, otros dos amigos nuestros, que siempre estaban juntos y eran de Ciencias de la Salud. Salva era el más alto de todos nosotros, de cabello negro y en punta, ojos del mismo color y muy delgado, como un largo espagueti. David era el más bajo, aparte de Irene, claro, de cabello negro y con unos ojos verdes que me encantaban. A todos los conocía desde 3º de la ESO y ese iba a ser nuestro último año juntos, lo cual, si lo pensaba, me daba un poco de pena. Fuimos a sentarnos en los bancos que había en la entrada del instituto, y me llevé una grata sorpresa cuando vi de nuevo al muchacho de mi sueño repartiendo publicidad entre todos los estudiantes. —¡Ése es el chico que vive en la Mansión de las Sombras! —les informé a mis amigos. —¡Qué bueno está! —exclamó Mª José—. ¿Cómo se llama? —No lo sé —no se me ocurrió preguntarle el nombre—. Vamos a averiguarlo. El chico estaba rodeado de algunos estudiantes que le hacían preguntas sobre la publicidad que repartía. Me fijé en la fotografía que salía en el folleto y esbocé una pequeña sonrisa al ver la Mansión en ella. Quise acercarme al chico pero tuve que esperar, varias chicas le estaban sometiendo a un exhaustivo interrogatorio, y supe que el verdadero interés de ellas no estaba en la Mansión sino en el propietario. 25


Bufé con cierta frustración porque todo el mundo me bloqueara el camino, y, al torcer la cabeza con disgusto, vi a la chica de antes, Yamilé, acercarse con una bolsa de patatas en la mano. Su mirada era al principio curiosa, pero de pronto, se quedó totalmente quieta, como habiendo sido alcanzada por un rayo invisible, y su expresión era de absoluta sorpresa y desconfianza. Seguí la dirección de su mirada y vi que al que observaba era al muchacho que repartía la publicidad. ¿Lo conocía? Él no pareció fijarse en ella, hablaba tranquilamente con la gente. Quedé tan sumergida en ese mundo silencioso de expresiones, que no me di cuenta de que mis amigos ya habían cogido varios folletos. —Inauguración el viernes 6 de octubre a las nueve de la noche de... ¡La Mansión de las Sombras! —leyó con entusiasmo Juanpe—. Nuevo pub, tienda de artículos de terror, libros, disfraces y mucho más sobre el mundo de las sombras. En la inauguración habrá una fiesta donde la primera consumición es ¡gratis! y todas las demás a mitad de precio —alzó la mirada con ojos emocionados—. Chicos, tenemos que ir. Juanpe no era el único entusiasmado, todos parecían pensar lo mismo que él y durante todo el recreo no se habló de otra cosa. Volví a mirar a Yamilé, la cual observaba al chico de la publicidad con una mirada inquisidora, sentí una loca curiosidad por saber si lo conocía, pero en ese momento me interesaba más hablar con él. Por desgracia, justo entonces sonó el timbre, pero traté por lo menos de saludarle aunque tanto Elena como Virginia y Marta —tres chicas de mi clase que siempre iban juntas a todas partes— estaban acompañando al chico fuera del instituto. Caminé en su dirección a pesar de todo, pero fue sólo para observar en la distancia cómo el muchacho se subía a una estupenda moto negra y se iba. 26


El trío se quedó fuera leyendo con entusiasmo el panfleto que él les dio. Suspiré con cierta frustración y me fui donde dejé a mis amigos, sin embargo, éstos ya no estaban allí. Me quedé un poco sorprendida de que no me hubieran esperado y entonces recordé... «¡ahora toca de nuevo con Ochoa! Oh no...». Pensé en mis opciones, ir a clase y arriesgarme a que volviera a echarme, o ir a la cantina y decorar mi nuevo archivador. Me decanté por lo segundo, una mala experiencia con Ochoa bastaba por un solo día. Pero cuando las cosas quieren torcerse, no hay nada que pueda salir bien, y eso pude comprobarlo cuando entré en la cantina y, habiendo ya pagado un zumo de piña, me sorprendió la voz de mi odiado profesor. —Así que esto es lo que tú haces en lugar de ir a mis clases ¿no? —se me atragantó el único sorbo que le pude dar al zumo—. Ahora entiendo por qué eres incapaz de llegar puntual a clase, cuando suena el timbre para entrar es cuando tú te pones a desayunar. —No, es que... —«Es que...» eso es lo único que sabes decir, «¡es que!». Espero que este año estudies mucho mis asignaturas, porque un examen mediocre será un suspenso para ti, no esperes que yo te suba nota por nada —«¡Ja! Ni en mis más descabellados sueños podría esperar yo algo así»—. Me alegro de que el director me haya necesitado ahora, así he podido comprobar el interés que tienes en aprobar. —¿Para qué iba a ir a clase si usted no iba a dejarme entrar? —pregunté indignada. —Ni entrarás, más te vale llegar antes de que yo entre en clase, porque en cuanto cierre la puerta tú ya no entras —dicho eso se fue con paso enérgico y me dejó con mi protesta en la boca. 27


«Tantos profesores en el paro ¡¿y tenían que darle plaza a Ochoa?! ¿Cómo puede ser la vida tan injusta?». Bufé con rabia y me bebí el zumo con disgusto, no dibujé ni me puse con la decoración del archivador, porque seguro que la estropeaba con mi enfado... hice lo que siempre hacía, una horripilante caricatura de Ochoa, aunque en esa ocasión me salió más horrenda y exagerada. Para colmo, cuando salí de la cantina comprobé que estaba lloviendo... «Llueve cuatro días al año en Cartagena y hoy tenía que ser uno de esos cuatro... ¿Cómo he podido levantarme creyendo que hoy sería un gran día?» En la siguiente asignatura, mis amigos no pararon de reírse de mí, lo cual hizo que la hora transcurriera con mayor lentitud. Lengua y literatura era la última clase y era común a todos los módulos, por lo que coincidíamos con David y Salva, los cuales no tardaron en unirse a las risas de los demás nada más enterarse de lo ocurrido. «¡Qué asco de día!» —Hola chicos —saludó Ricardo, el profe de lengua—, este año no quiero repetir las cosas del anterior, especialmente la de mandar callaros cada cinco minutos, así que vamos a solucionar ese problema hoy mismo. La clase estaba dividida en tres filas de dos mesas cada una y todos nos habíamos puesto con algún amigo, yo estaba al lado de Mª José; Irene y Juanpe estaban enfrente nuestro y Salva y David detrás, todos en la segunda fila. Ricardo comenzó a separar a la gente poniéndola al lado de otros que no se conocían tanto o no eran amigos. A Irene la puso con Elena, no pude evitar reírme de la cara que puso mi amiga mientras se acercaba a la chica que peor le caía de la clase. A Juanpe lo puso solo en la primera fila, yo sabía por qué, él 28


era muy hablador y le pusiera con quien le pusiera hablaría y se distraería. A mí me puso con la chica nueva, Yamilé, y suspiré de alivio y cierta alegría, porque eso me daba la oportunidad de hablar con ella sobre el chico de la Mansión. Lo más triste fue la separación de Salva y David, ellos estaban siempre juntos en cualquier clase, sus protestas fueron las más sonoras. Mª José terminó al lado de Alberto, un chico tímido y calladito. Parecía que el profesor había estado ideando la mejor manera de que nadie se entretuviera con su compañero. —Quiero que todos los días os pongáis de la manera en que os he colocado yo hoy, si alguien no está donde debe estar —miró a David y Salva al decir eso— lo apuntaré en la libreta para bajar la nota en el momento que vea oportuno, y, si se repite, tomaré medidas más serias. Está claro que mi profesor favorito había salido escarmentado del año pasado, la verdad es que su asignatura era siempre una buena oportunidad para hablar, pero por lo visto ya no iba a ser así. —¿Qué tal tu segunda clase con Ochoa? —me preguntó Yamilé—. ¿Llegaste a tiempo? —No llegue —murmuré molesta al recordar lo ocurrido por milésima vez, y le conté lo que me pasó. Su mirada era entre divertida y compasiva, la veía decidirse entre esos dos sentimientos, aunque, cuando se fijó en mi rostro furibundo, se decidió por reír. —Por cierto, ¿conoces al chico que ha estado repartiendo publicidad en el recreo? —le pregunté, cambiando al tema del que quería hablar. Su sonrisa se apagó y su mirada se volvió inescrutable. —¿A qué viene esa pregunta? 29


—Bueno, es que cuando te vi antes en el recreo me pareció que algo te había afectado —ella seguía mirándome atentamente—. Cuando viste al muchacho te quedaste muy quieta, como sorprendida de verle —apartó la mirada un momento—. Me dio la impresión de que lo conocías. —No, no lo conozco —respondió con voz grave, luego volvió a mirarme y sentí que me evaluaba. —Me dio esa impresión —continué para tratar de animarla a hablarme mientras el profe escribía en la pizarra—, no sé, de que a lo mejor lo habías visto o algo así —y entonces se me ocurrió algo—. ¿O es qué te ha impresionado lo guapo que es? —¡Qué dices! —exclamó completamente indignada—. ¡Qué me va a gustar a mí ése! Es justo al revés, no me dio buena impresión, no me parece un buen tipo. Su comentario me dejó un tanto sorprendida y confusa, pero no pude volver a hablar más con ella porque el profesor empezó a lanzar miradas de advertencia en mi dirección, así que simplemente copié lo que él escribía mientras pensaba en las palabras de la chica nueva. No me parecía del todo sincera, pero tampoco había motivos de que lo fuera conmigo. Cuando finalizaron las clases aún llovía, aunque no tanto como hacía un rato. Pasé por la Mansión de las Sombras de camino a casa y me detuve brevemente para observarla sin peligro de caerme de nuevo. Con el cielo encapotado, la suave lluvia cayendo, el silencio que había en esa zona y el aspecto siniestro de la Mansión, todo junto, me puso los pelos de punta. Sin embargo, estuve allí varios minutos sin apartar la mirada hasta que finalmente retomé el camino a casa. Llegué a las dos y media pasadas, completamente mojada, cansada, con la ropa sucia y hambrienta. Como guinda del pastel, 30


fue mi hermano el primero que me vio entrar en casa, y sus carcajadas por mi aspecto llamaron la atención de mi madre, la cual exageró, como siempre, y me mandó directa a la ducha antes de que pudiera tomar un bocado de algo... «Nota mental: jamás levantarme creyendo que el día será especial, porque puede ser especialmente malo». Al salir de la ducha, de nuevo las risas, y mi madre no me dejó comer hasta que me desinfectó la mano a pesar de que la pequeña raspadura estaba más que cicatrizada ya. La comida ya estaba fría, pero no quise esperar a calentarla, necesitaba comer con urgencia. La conversación de mis padres mientras comía era la bici y sus peligros; y la de Sac, era yo, que soy un peligro. Me fui a mi cuarto nada más terminar, saqué mi bloc de dibujo y me puse a dibujar para olvidar todo lo ocurrido. Sin darme cuenta, hice el boceto de una moto muy similar a la del muchacho de mi sueño y, pensando de nuevo en él, me puse a dibujarlo al lado. El boceto me quedó bastante bien pero no lo retoqué ni pinté, lo que hice fue tumbarme en la cama, cerrar los ojos y desear que cuando los abriera hubiese terminado ya aquel fatídico 18 de septiembre.

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PELEA EN LAS FIESTAS La Mansión de las Sombras aún no se había abierto al público y ya era uno de los temas más hablados y de mayor expectación en el instituto. Al día siguiente, todos hacían conjeturas de cómo sería el lugar por dentro, qué tipo de música pondrían por las noches, cómo sería la tienda, si el chico de la publicidad tendría novia, cómo serían los dueños del negocio, etc. Yo también me hacía esas preguntas, pero la que más me perturbaba era por qué había soñado con ese muchacho la noche antes de verle y, lo que aún más me reconcomía, por qué no podía recordar muy bien el extraño sueño que tuve, aunque me pareció que hablaban sobre algún tipo de plan. ¿Había sido realmente un sueño? ¿O una visión? ¿Sería real? ¿Simbólico? Al ver a Yamilé en la cantina, más interrogantes se unieron a los anteriores. Ella me ocultaba algo, pero no había suficiente confianza entre ambas para poder reclamárselo. Aunque también cabía la posibilidad de que fueran imaginaciones mías, aunque lo dudaba. Me compré una pizza de atún —mi almuerzo favorito en el insti—, e invité a Yamilé a que se uniera a nosotros. Después de hablar un poco sobre la Mansión —tema que parecía que no iba a pasar de moda hasta pasados unos días—, comenzó el tema que nunca pasaba de moda. 33


—¿Tienes novio? —preguntó Mª José a Yamilé. —Que va —respondió escuetamente. —¿Pero has tenido? —insistió. —No, he tonteado con alguno, pero nunca he tenido novio formal. —¿El tonteo ha sido con beso? —sondeó a continuación Irene. —Sí, en varias ocasiones. —¿Beso de verdad o un piquito? —¡Por favor! —exclamé cuando ya no aguantaba más—. Parecéis reporteras de una revista del corazón, ¿cuál va a ser la siguiente pregunta?: «¿Le metiste la lengua hasta la campanilla? ¿Qué sabor tenía su saliva? ¿Te lavaste los dientes antes de besarle?» Los chicos se rieron y Yamilé sonrió, pero Mª José e Irene se ofendieron. —Es lógico que te molesten nuestras preguntas puesto que tú no podrías responder a ninguna —atacó Mª José—. ¡El chico con el que has compartido mayor intimidad es tu hermano! Los chicos volvieron a reírse junto con Irene. En el instituto, tener o haber tenido un novio es algo vital en el escalafón social, cuando lo tenías y era aceptable, la popularidad de esa persona aumentaba, y si no lo tenía lo mínimo era haber tenido alguno del que poder hablar. Una de las primeras preguntas que se le hace a un nuevo o, especialmente, a una nueva, es si tiene novio, responder afirmativamente da puntos, si no, lo mínimo es contar una experiencia pasada. Lamentable, ¿verdad? Por aquel entonces, yo era la única que no tenía nada que contar, por lo que también era a la que siempre intentan emparejar con alguien, Juanpe en muchas ocasiones, y a la que le tomaban el pelo con que si terminaría siendo lesbiana o monja. Triste, pero cierto. 34


—Por lo menos yo no voy haciendo cuestionarios sobre la vida personal de cada persona que se cruza en mi camino —dije con aspereza. —Únicamente queríamos saber más de ella —replicó Irene. —Y hablando de eso, Mario me ha vuelto a llamar —comenzó a decir Mª José sobre su último novio, con el que rompió poco antes de empezar el instituto, y ya no paró en todo el recreo. A pesar de eso, Yamilé entabló conversación con David, al cual vi bastante interesado en ella y eso me alegró; por lo visto la chica nueva iba a encajar bien con nosotros. En cuanto sonó el timbre vimos a Elena, Virginia y Marta hablando sin parar del chico de la publicidad, iban justo delante de nosotros por lo que presté una atención disimulada a lo que hablaban. —No tiene novia, estoy segura —afirmó Virginia—. ¿No os disteis cuenta de cómo me miraba? —Será cómo me miraba a mí —replicó Elena—, está claro que se ve interesado. —Alejandro... me encanta el nombre —dijo Marta—. ¡Me muero por que llegue la fiesta de inauguración! «Alejandro... se llama Alejandro», me repetí a mí misma. Miré a Yamilé, la cual estaba al lado mío y también había escuchado la conversación, no supe interpretar su mirada y quise preguntarle algo, pero en ese momento nos tocaba Psicología por lo que tanto Yamilé, como David y Salva se fueron a otra clase. Sofía, nuestra tutora y profesora de Psicología y Filosofía, nos saludó con su típica alegría. Siempre tenía una sonrisa en la boca, una energía desbordante, un entusiasmo absoluto por todo, y unas ropas un tanto feas, pero nadie es perfecto. Nos preguntó sobre las vacaciones y estuvimos hablando de todo un poco los 35


primeros veinte minutos, hasta que comenzó a hacernos una introducción de la materia que íbamos a estudiar ese año. —Etimológicamente, la palabra psicología proviene de los vocablos griegos psykhé que viene a significar alma, mente o espíritu, y logos que es ciencia o tratado. Así que, la psicología podría definirse como el tratado o estudio del alma —hizo una pausa en la que nos observó a todos y añadió—. Como todos vosotros ya habéis dado filosofía conmigo seguro que podéis decirme quién era el filósofo cuya máxima decía: «Conócete a ti mismo». —Sócrates —contestamos unos cuantos. —Pues ése es el principal objetivo de la psicología: conocernos —repuso con una sonrisa deslumbrante. A continuación, nos dio una hoja con preguntas sobre la asignatura, para saber cuál era nuestra opinión, qué conocimientos teníamos respecto a ella, etc. Vamos, el típico examen inicial para saber el nivel de los alumnos y que no cuenta como nota. Eso nos llevó el resto de la clase; justo cuando le entregué el mío sonó el timbre. En Lengua entablé más conversación con Yamilé y descubrí que teníamos bastantes cosas en común, en música quizás no demasiada, pero con respecto al cine sí; me encantó descubrir que le gustaban mucho las pelis de Disney —¡sí! ¡las de Disney!—, casi creía que yo era la única a mi edad. Y para mayor sorpresa ¡también le gustaban los documentales! Como estábamos teniendo una conversación muy entretenida, no toqué el tema de Alejandro para no estropearlo. Cuando terminó el instituto comenzó a llover. En el recreo había hecho un sol increíble y de pronto se ponía a llover... no 36


era tan raro, en Cartagena el clima se trastornaba de vez en cuando, aunque por lo general solía brillar el sol, y ésa era la razón principal por la que yo nunca llevaba paraguas. «Ahora toca mojarse, igual que ayer». Suspiré resignada mientras me montaba en la bici; sin embargo, conforme más pedaleaba, la lluvia más parecía aumentar, y enseguida empecé a cruzarme con grandes charcos. Decidí refugiarme hasta que la lluvia menguara o terminaría comiéndome el suelo como ayer. Me oculté bajo el techo de un pequeño edificio, hasta que caí de pronto en que cerca de donde me encontraba estaba la Mansión donde vivía Alejandro, ¡tenía la excusa perfecta para ir en ese momento! Entusiasmada por mi brillante idea, salí a la lluvia de nuevo y me dirigí a la Mansión. La visión de la misma volvió a producirme un pequeño escalofrío, y pensé que en Halloween sería el lugar más visitado de la ciudad. Dejé la bicicleta pegada a la fachada donde había un pequeño techo que la cubría, y comencé a llamar a la puerta. Nadie respondió. «¿Estarán fuera con la que está cayendo? ¿O por el ruido de la lluvia no me oirán?». Volví a llamar. Finalmente decidí girar el pomo de la puerta sin esperanzas pero... ¡sí! ¡Estaba abierta! —¿Hola? —comencé a decir para ver si había alguien cerca, pero no obtuve respuesta—. ¿Hay alguien? Nadie respondió y me planteé si estaría bien que me metiera dentro sin haber sido invitada, pero con la que caía afuera dudo que me pusieran muchas pegas, ¿verdad? —Disculpen, es que está lloviendo mucho, ¿puedo pasar? —pregunté al aire, mientras cerraba la puerta. El lugar hacía honor a su nombre ya que todo se hallaba en sombras, y encima hacía más frío allí dentro que afuera. Sin 37


embargo, la decoración era muy elegante y lustrosa, todo se veía ordenado y limpio, aunque el aroma en el ambiente era un tanto extraño. Crucé la entrada principal y me encontré con un espacioso y lujoso salón en el cual habían sofás de cuero negro, una mesa de cristal preciosa, una lámpara enorme que caía del techo formando una cascada de piedrecitas brillantes, una mesa de caoba grande y elegante, un par de armarios del mismo estilo, una televisión enorme y unas grandes cristaleras, las cuales se hallaban ocultas por grandes cortinajes, por lo que apenas entraba luz. Me abracé los brazos de pronto, pues sentí frío en los huesos, la temperatura del lugar era pésima y yo necesitaba calor, ya que estaba completamente mojada. Además, todo resultaba un poco intimidante; para ser una Mansión prefabricada, era sin duda de mucho lujo, y empecé a plantearme la idea de que Alejandro perteneciera a una familia rica y pomposa, de ésas que si ven a alguien mojado en su salón sueltan rayos y truenos por la boca. Decidí que lo mejor sería irme. Nada más darme la vuelta para salir, fue cuando oí una voz baja y siniestra. Me quedé inmóvil. No entendía bien lo que decía, pero su tono me producía escalofríos... ¿tendrían puesta la televisión en alguna habitación? La voz se acercaba y, sin saber bien por qué, el miedo recorrió todo mi cuerpo. «Seguro que es la tele —traté de pensar—, pero ¿por qué cada vez se oye más cerca?». Di un par de pasos en dirección a la pared, la voz se oía más clara cuanto más me acercaba a la pared, como si viniera justo desde allí. Y entonces entendí algunas palabras: «Veamos quién se ha metido en mi territorio para morir». Como accionadas por un resorte secreto, mis piernas se mo38


vieron a una velocidad increíble, y, antes de que me diera realmente cuenta, estaba abriendo la puerta, saliendo de la Mansión y subiéndome a mi bicicleta como alma que lleva el diablo. Ya no me importaba la lluvia y, aunque seguía lloviendo con intensidad, no me detuve hasta llegar a mi casa. **** «Mi imaginación me ha jugado una mala pasada, está claro. Tratándose de un local donde venden o van a vender artículos de miedo es probable que tengan cintas grabadas con voces espeluznantes, ¿no?». Obviamente habría ocurrido algo así, pero tenía clarísimo que jamás me metería en una casa ajena, menos aún si el nombre del lugar incita a pensar en cosas de terror. A pesar de todo, no pude quitarme de la cabeza esa voz, ni la Mansión, ni a Alejandro durante los siguientes días, y mi cuaderno de dibujo lo llené de bocetos sobre la hermosa y siniestra Mansión, y el hermoso e interesante muchacho. Si había algo que realmente me gustaba era dibujar y pintar. Podía pasar horas enteras sumergida en algún paisaje, retrato, imágenes fantásticas o cualquier cosa que se me viniera a la cabeza. En muchas ocasiones dibujaba en clase pequeños soles, corazones, gatos, mariposas, flores, y un sinfín de tonterías más sin darme apenas cuenta. La música solía acompañarme en esos momentos; bueno, la música solía acompañarme en casi todos los momentos, pero eso es algo que le ocurre a la mayoría de personas, todos tenemos nuestra propia banda sonora. En esos días en los que mi mente vagaba sin cesar por aquella Mansión, todo parecía girar en torno a eso, y por esa razón todos mis dibujos iban en esa dirección. 39


La semana pasó lentamente, aunque el comienzo de las fiestas de los Carthagineses y Romanos fue una distracción, y poco a poco la gente dejó de hablar de la Mansión. Al menos hasta el jueves de la siguiente semana, en la ocurrió algo desagradable que hizo que se volviera a tocar el tema. En el recreo toda la panda nos habíamos sentado en los bancos que están enfrente de la puerta del instituto y desde allí vimos a la pandilla de macarras del Pitu, que eran seis muchachos de unos veintipocos que andaban por los alrededores del instituto molestando a quién pudieran, vendiendo droga, y robando si se presentaba la oportunidad. No podían entrar en el instituto, pero vimos con recelo cómo se sentaban encima de los coches y observaban a su alrededor todo con aire codicioso. Tan atenta estaba de ellos, que no me di cuenta de que tres hombres pasaban no muy lejos de nosotros dirigiéndose a la salida. Cuando me fijé en ellos me quedé estupefacta. —¡Ey! Ése es el tío que repartía la publicidad de la Mansión de las Sombras, ¿verdad? —exclamó Juanpe. —Sí, ¿qué hará aquí? —contestó Mª José—. ¿Y quiénes serán esos tipos con los que va? Yo sabía quiénes eran, los vi sólo una vez y quizás no supiera sus nombres, pero eran sin duda los dos tipos que acompañaban a Alejandro en mi sueño. «¿Serán los dos socios de los que él me habló?». Mi oportunidad para hablar de nuevo con él pasaba de largo, pero no podía hacer nada, me sentía conmocionada... ¿Cómo pude soñar con tres hombres que jamás había visto? —¡Va a haber pelea! —susurró con excitación Juanpe. Tenía razón, la flamante moto negra de Alejandro estaba muy cerca de donde se habían colocado la banda de Pitu, y, nada más sentarse en ella, todo el grupito de macarras comen40


zó a rodearle. Todos nos pusimos a contemplar desde nuestra posición lo que ocurría, unos mirando con entusiasmo y otros con aprensión. Los dos compañeros de Alejandro se acercaron para ayudarle, pero no eran suficientes, la banda de Pitu los duplicaba en número y encima solían ir con navajas. —¡Tenemos que avisar a la policía! —exclamé en voz baja—. Esa gentuza son capaces de darles una paliza delante de todos nosotros y robarles la moto. —Deja que se defiendan ellos solitos —dijo Yamilé con voz tranquila, incluso pareciendo disfrutar de lo que veía—. Estoy segura de que la policía tiene cosas mejores que hacer. —Diana tiene razón —intervino mi hermano, al cual no había visto venir; la llamada de pelea atrae a mucha gente, incluso a los que están en FP, como es el caso de Sac—. Esos tiparracos ya se metieron una vez con nosotros y nos robaron hasta los libros de Historia y Lengua. —¿Para qué iban a querer ellos eso? —preguntó despectivamente David—. ¡Si no sabrán ni leer! —Yo qué sé, para limpiarse el culo quizás —rió Pando—. Tampoco es que nos supusiera una gran pérdida, pero si se llevaron eso, la Ninja Kawasaki de ellos no va a ser menos. Fui a avisar a un profesor, dado que nadie se decidía a hacer nada concreto. Me encontré con el profe de Lengua, le dije lo que estaba ocurriendo y él se dispuso a llamar a la policía. Volví de nuevo donde mis amigos y vi que Alejandro estaba hablando con Pitu, al cual no podíamos verle la cara porque estaba a espaldas nuestra, pero la forma en que le hablaba no parecía amigable y temí por él; Pitu es conocido por su violencia y si Alejandro le provocaba, la pelea estaba servida. Por fortuna, la policía fue muy rápida en venir y nada más escu41


charse las sirenas, la pandilla se fue dispersando; en cuanto el coche se detuvo enfrente del instituto, ya no quedaba ninguno de ellos cerca. Tanto Alejandro como sus dos amigos se largaron también para no hablar con la policía, algo que yo vi mal ya que deberían haberlos denunciado. **** El viernes no hubo clase, hicimos puente por las fiestas de Carthagineses y Romanos, y ese día quedamos por la noche toda la panda para ver el desfile —¡acaricié un caballo!—, nos montamos en todas las atracciones que valían la pena y fuimos al campamento para tomar algo. Allí nos encontramos con mucha gente del instituto, incluido mi hermano y sus amigos. Fue una noche muy divertida, llegué a casa a las 03:00 de la madrugada y Sac creo que sobre las seis. El sábado quisimos repetir y quedamos a las ocho de la tarde todos en el Cartagonova. Ese día vimos muy poco del desfile, fuimos primero que nada a los coches de choque. Tuve muy mala suerte con el coche que nos tocó a Juanpe y a mí, ya que dejó de funcionar a los pocos minutos y todos se ensañaron con nosotros; para colmo, Sac también andaba por allí y él, a cada vuelta que daba, trataba de golpearnos por detrás a lo bestia. En la siguiente ronda juré que le iba a hacer vomitar de las sacudidas que pensaba meterle, me puse al volante y fui derecha a por él, olvidando por completo al resto de gente. Conseguí darle en varias ocasiones pero como iba tan centrada en él, el resto se aprovecho y nos zarandeó sin remordimiento. La siguiente atracción fue la noria, algo más tranquilo para relajarnos un poco. Yo me monté dos veces junto con Juanpe y 42


Yamilé, la cual definitivamente se estaba acoplando muy bien a nosotros. La montaña rusa estuvo bastante bien, pero fue la última por esa noche, de ahí fuimos a comer una patata rellena —una tradición—; me la pedí de atún, maíz, zanahoria, remolacha y sus respectivas salsas. Por supuesto, no me la comí entera, hace falta mucho estómago para eso, y el mío no estaba para demasiados trotes después de la montaña rusa. El campamento estaba repleto de gente, en la parte de los Carthagineses habían dos luchando con espadas, y tan torpe fue uno que tropezó con la suya propia y cayó al suelo. También había otros en una caseta subidos a un gran palo de madera tratando de no perder el equilibrio y a la vez intentar que su oponente lo perdiera, ninguno duraba más de un minuto. Carthagineses y romanos andaban por todas partes como un retroceso al pasado; en una ocasión, un romano —un tanto bebido ya— nos hizo el saludo imperial «Ave César» y nos habló de sus batallas contra los carthagineses. Yo fui la única que fingió prestar atención a lo que decía. De nuevo volvimos a encontrarnos con muchos del insti aunque en esa ocasión también vi a uno de los tipos que va con Alejandro, el muchacho de unos veinticinco, de cabello lacio negro, alto y con ropas extrañas y oscuras. Pero no era la ropa lo que le daba ese aire... ¿perverso? Más bien era su rostro, tenía una expresión cruel y una mirada despectiva que no invitaba a acercarse a él. Sin embargo, al fijarme con más detenimiento me di cuenta de que podría ser muy guapo si cambiara la expresión de su cara por otra más suave. No me acerqué a él, no me inspiraba mucha confianza, por lo que continué yendo de campamento en campamento con mis amigos. A las dos horas ya tenía ganas de alejarme a un lugar más 43


tranquilo, la música era demasiado alta para mi gusto, había demasiada gente fumando a mi alrededor y el humo me asfixiaba; para colmo, hubo más de una pelea real por los alrededores. No le di demasiada importancia a eso hasta que vi a la pandilla de Pitu cerca de donde estaba Sac con sus amigos, en ese momento me puse alerta. Yamilé se había ido al aseo con Irene hacía unos minutos a despejarse después de ver un par de caballos desbocados, Mª José andaba bailando con un muchacho que conocía del verano, Salva y David habían desaparecido del mapa hacía rato y el único que tenía a mi lado era a Juanpe. —Juanpe, huelo problemas —le dije con voz un poco angustiada, señalando a los macarras y a mi hermano—. ¡Vamos allí! No discutió, y me acompañó con paso precavido. Cuando estuvimos cerca pude ver a Sac con cara de verdadero enfado y supe que algo malo iba a pasar. Justo en ese momento, dos de ellos cogieron a dos de los amigos de Sac —Pando y Adrián— por los brazos, y Pitu les dio un puñetazo en la tripa a cada uno. Grité de indignación al igual que muchos otros, pero cuando vi a Sac lanzándose a por el líder de la banda y darle un puñetazo me estremecí de miedo. A pesar de eso, me metí a empujones dentro de la pelea para tratar de evitar que mi hermano y sus amigos acabaran en un hospital. —¡No! ¡Por favor! ¡Parad! —grité entre el bullicio. Nadie me hizo caso y vi como otros dos tiparracos agarraban a Sac, y Pitu le daba un puñetazo en la cara. —¡No! ¡Déjale! —grité con rabia. Me interpuse entre ellos cuando le iba a propinar el segundo golpe. —¡Cobarde! —le grité casi en la cara, estaba furiosa, por lo que en ese momento no me importaban las consecuencias de 44


mis palabras—. Debería darte vergüenza pegar a chavales más jóvenes que tú y encima acompañado de cinco más. ¡Cobarde! —¡Diana no te metas! —gritó Sac a mi espalda—. ¡A esta gentuza no le importará pegarte a ti también! ¡Vete! —¿Quién es esta monería, Isaac? —dijo Pitu con voz asquerosamente empalagosa—. ¿Tú novia que viene a salvarte? —alargó la mano para acariciarme cuando dijo eso último y yo la aparté de un manotazo. Entonces él me agarró del pelo y me dio la vuelta para que viera a Sac o éste me viera a mí. —¡Venga, chicos! ¡Duro con él! —gritó el malnacido que me tenía agarrada y vi cómo se ponían a pegar a mi hermano. Juanpe apareció de pronto lanzándose a por uno de los que pegaban a Sac, pero pronto fue bloqueado. En cuanto vi la oportunidad le di una patada en la espinilla a mi captor y le tiré del pelo al tipejo que pegaba a Sac, pero duré poco, ya que Pitu no tardó en reaccionar agarrándome en esa ocasión del cuello. Alrededor todo eran gritos, y las caras de la gente curiosa y angustiada pasaban ante mis ojos de forma confusa. Estaba esperando el golpe, sabía que era lo que pensaba hacer cuando me arrastró hacia sí mismo, sin embargo, ese golpe nunca llegó y la voz calmada que habló no fue la suya. —Suéltala —ordenó la voz. Entonces caí al suelo al verme liberada repentinamente, miré hacia arriba donde estaba mi agresor y quedé sorprendida al ver que sollozaba, estaba medio doblado y su brazo izquierdo lo tenía detrás de su espalda. Al fijarme en eso vi que había alguien detrás de él, alguien alto aunque no lograba verlo desde mi posición, y porque tenía los ojos llorosos del tirón de pelo. El resto de la pandilla pareció darse cuenta de que su líder se 45


hallaba en un apuro porque noté como dejaban de pelear y miraban indecisos a Pitu y a su atacante. —Tío, suelta a nuestro colega o te reventamos —gruñó un muchacho grandote de cabeza rapada. Me sequé los ojos y me arrastré hasta donde estaban Sac y Juanpe tirados, desde allí pude ver quién era el que apresaba a Pitu, no pude menos que abrir la boca como una tonta cuando descubrí que era Alejandro. —Se me ocurre algo mejor —respondió éste con absoluta tranquilidad—. Os largáis todos de aquí y yo dejaré a vuestro colega entero. Miré alrededor con la esperanza de que apareciera la policía o alguien la avisara al menos, pero lo único que vi fue a muchos curiosos que parecían petrificados con el espectáculo, sentí rabia por su indiferencia y su falta de empatía hacia nosotros. Todos los macarras se juntaron e hicieron un círculo alrededor de su líder y Alejandro, y tanto yo como mis amigos nos pusimos de pie, no íbamos a dejarle solo después de ayudarnos, por muy imprudente que fuera la ayuda. —Creo que no lo entiendes, pringao —replicó de nuevo el cabeza rapada—, nosotros somos cinco y además llevamos juguetitos —dijo eso último sacando una navaja, sus amigos lo imitaron. —¡Por Dios! ¡Que alguien llame a la policía! —grité desesperada. —Mejor que llamen a una ambulancia —habló de nuevo el cabeza rapada—. Vuestro amigo la va a necesitar. Alejandro estaba cada vez más cercado y yo le miré con angustia, su rostro parecía pensativo, quizás se estaba dando cuenta de la estupidez que había cometido al ayudarnos. Salva, 46


David y Mª José aparecieron en ese momento, y por la mirada que me lanzó esta última supe que había llamado a la policía y que estarían al llegar. Lo único que faltaba es que lo hicieran antes de que Alejandro resultara herido de gravedad. Y de pronto todo pasó a una velocidad vertiginosa. El cabeza rapada se tiró a por Alejandro y éste le lanzó a Pitu antes de que le alcanzara, ambos cayeron al suelo. Otros dos le atacaron con navajas en mano y Alejandro los esquivó con garbo y rapidez. En cuanto se pusieron los seis en pie le acorralaron, y armados con sus navajas le atacaron de nuevo. En esa ocasión no los esquivó, se enfrentó a ellos cogiendo al cabeza rapada como escudo, mientras lanzaba patadas a los que se le acercaba. Cuando tres se unieron para reducirlo al fin, fue cuando se deshizo de su escudo y les desarmó y golpeó dejándoles inconscientes en el suelo. Sólo quedaban en pie Pitu, el cabeza rapada y otro flacucho, los dos primeros parecían furiosos y volvieron al ataque, pero el otro se quedó inmóvil mirando a todas partes, buscando la mejor salida. Las sirenas de la policía comenzaron a oírse en el momento en que Alejandro reducía a Pitu, con lo que el cabeza rapada y el flacucho huyeron del lugar. Tanto yo como mis amigos no nos habíamos movido ni un centímetro desde que empezó la pelea, la sorpresa sobre el giro de los acontecimientos nos lo había impedido. Pero en cuanto vi que Alejandro se disponía a huir igual que los otros dos gentuzas cobré vida, traté de impedirle irse para que los denunciara, y especialmente, para darle las gracias. —¡Espera! —intenté gritar, pero mi voz sonó débil y quebradiza por lo que no sirvió, y el muchacho desapareció entre la multitud. El resto de acontecimientos transcurrió de forma más lenta. La policía llegó y comenzó a detener a los muchachos que co47


menzaban a recobrar el conocimiento, nos llevaron a nosotros también a comisaría para interrogarnos. Era la primera vez que pisaba una comisaría, aunque para Sac y sobre todo para Pando, ya era algo más habitual, puesto que el padre de este último era policía. Fue él quien nos interrogó y demandó saber todo lo ocurrido. Al llegar a la parte en que aparecía Alejandro, fui yo quien lo contó, diciendo que un muchacho nos ayudó, sin revelar que vivía en la mansión ni nada; deduje que si él se había ido era porque no quería ser interrogado y por ello pensé en preservar su intimidad, era lo menos que podía hacer. Ni Pando ni Sac ni Juanpe ni Adrián añadieron más a mis palabras, ni me desmintieron en ningún punto; yo sabía que ellos pensaban lo mismo que yo, y todos le debíamos un favor a ese chico. El padre de Pando nos llevó a nuestra casa. En cuanto llegamos tuvimos que relatar toda la historia de nuevo a nuestros padres, aunque en esa ocasión fue Sac quien contó la mayor parte, añadiendo que la pelea fue alucinante y que quería aprender a luchar como el muchacho que nos ayudó. Cuando al fin pude encerrarme en la privacidad de mi cuarto, dejé que nuevas preguntas inundaran mi mente. ¿Qué hacía él allí? ¿Por qué nos ayudó? ¿Dónde aprendió a luchar así? ¿Por qué se fue? Las respuestas podían ser muy simples, pero aun así esos interrogantes me mantuvieron en vela hasta el amanecer.

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LA INAUGURACIÓN El lunes me levanté impaciente de la cama. Estuve pensando mucho durante el domingo lo que iba a hacer. Aquel viernes era la inauguración de la Mansión de las Sombras, pero yo no tenía ni la menor intención de esperar tanto para agradecerle a Alejandro lo que hizo. Me había concienciado durante horas de que lo que oí la otra vez era una cinta grabada, la tele o cualquier cosa de ésas y de que no había nada que temer. Así que a las siete y media fui, bajo un sol naciente, derecha a la Mansión. Di con la bici varias vueltas a la misma, observando que tenía tres puertas: una en la que ponía el nombre en letras rojas, otra un poco más sencilla a su espalda y, por último, a la que llamé yo el otro día que era la que da a la casa. Decidí llamar de nuevo a esa puerta. Esperé con el corazón latiendo con fuerza a que me contestaran. Volví a llamar pero con más indecisión... ¿y si estaban durmiendo? La primera vez que le vi salía en chándal a esas horas, pero pudo ser ese día una excepción. Entonces oí pasos y corté la respiración. Por más que lo negara la voz del otro día aún me perturbaba, por ello, los nervios y el miedo me tuvieron en tensión hasta que la puerta se abrió. Un suspiro de alivio se me escapó en cuanto vi el bello rostro de Alejandro. Iba de nuevo vestido con un chándal, en esa oca49


sión era gris oscuro la camiseta y negro el pantalón, el cabello lo tenía muy desordenado por lo que deduje que aún no se había peinado. Sus ojos color caramelo me observaron confusos. —Hola —saludó con la típica voz del recién levantado—. ¿Qué haces tú aquí? —Perdona, ¿no te he despertado verdad? —él negó con la cabeza mirando significativamente a su chándal—. Ya, eh, menos mal. Yo, bueno, es que... —farfullé de pronto, su mirada me desconcentraba, así que miré a su hombro—. Quería darte las gracias por lo de la otra noche —alcé de nuevo la mirada y añadí—, gracias a ti aún conservamos todos nuestros dientes —finalicé con una pequeña sonrisa para calmarme un poco. El muchacho me observó brevemente antes de hablar. —Me alegra haber contribuido a que unos cuantos dentistas no se enriquezcan a vuestra costa —respondió pausadamente y con tono serio, como si estuviera diciendo algo relevante, lo cual hizo que me riera—. ¿Quieres pasar? —Eh... —titubeé un poco recordando mi mala experiencia pasada—. Sí, claro. La Mansión seguía estando tan a oscuras como la última vez que entré en ella, pero yendo en compañía de Alejandro me resultó menos intimidante. —Estaba a punto de tomarme un zumo de naranja, ¿quieres uno? —ofreció mientras me guiaba en dirección a la cocina. —Vale, gracias —acepté encantada. La cocina era grande, muy moderna, limpia e incluso luminosa, a diferencia del resto de la casa. —Tienes una casa preciosa —alabé mientras me sentaba en una cómoda silla, desde donde observaba cómo exprimía unas cuantas naranjas—. ¿De quién es exactamente? 50


—¿Exactamente? Hmm... —pareció meditarlo mientras cortaba otra naranja—. Supongo que de mi padre. —¿Dónde está él? —En Madrid. ¿Quieres una, dos o más naranjas? —Me da igual —observé como vertía las naranjas en un vaso, cogía una cuchara y me lo daba junto con un pequeño cuenco de azúcar—. Gracias —continuó cortando naranjas para hacerse su zumo y mientras bebía me lo comí con los ojos. El chico era sin duda muy atractivo, aunque por lo visto no muy hablador, por lo que tuve que preguntar para saber—. ¿Dónde aprendiste a luchar así? —Mi padre me enseñó —contestó de nuevo sin añadir nada más. No era la respuesta que esperaba por ello le miré sorprendida. Él adivinó mis interrogantes. —Él es muy bueno en las artes marciales y me ha estado enseñando desde los siete años —explicó. —¿Es militar, policía, profesor de artes marciales o algo así? —quise saber. —Algo así —contestó volviendo a mirar al exprimidor. Esperé para ver si añadía algo más, pero cuando comprendí que no iba a hacerlo, traté de sacarle algo con una broma. —¿No será un terrorista, verdad? Sonrió, pero no me miró. Hasta que no terminó de hacerse su zumo y de darle el primer sorbo no volvió a fijarse en mí. —Digamos simplemente que le encantan las distintas formas de lucha, que ha practicado mucho a lo largo de su vida y me las ha estado transmitiendo a mí —respondió con rapidez, como queriendo zanjar el tema. Aunque continuó—. Mi abuelo es igual; él le enseñó a mi padre y mi padre a mí, es como una 51


tradición que va de padre a hijo, podría decirse. —Vaya... sois la familia Bruce Lee —bromeé, bastante sorprendida por la extraña tradición—. Qué suerte para vuestros amigos teneros cerca, ¿no? —añadí. Sus ojos, los cuales había estado observando desde que volvió a mirarme, se ensombrecieron de pronto alejándose de los míos. —¿Y tú? ¿Sueles meterte en medio de muchas peleas? —cambió de tema. —No, ésa ha sido la primera, y la última, espero —respondí recordando lo ocurrido con desagrado. —Dos no pelean si uno no quiere, no tienes nada que esperar —me dijo un poco serio. —¿Me va a dar consejos sobre paz un guerrero de tradición? —conseguí que se riera, tenía una risa muy bonita. —Supongo que es demasiado cínico por mi parte —admitió—. Pero si te vas a meter en peleas, por lo menos aprende a luchar antes de hacerlo, o terminarás llenándole los bolsillos a los dentistas. Ahora fui yo la que me reí, pero eso me recordó algo que llevaba todo el domingo queriendo saber. —¿Por qué interviniste? En la pelea, digo. —Intentaron robar mi moto un par de días atrás —contestó con un leve encogimiento de hombros. —Ya, es verdad —murmuré bebiendo otro sorbo más. Alejandro me observó mientras bebía, lo que me hizo sentir incómoda. —¿De dónde eres? —me preguntó de pronto. —¿Qué te hace pensar que no soy de aquí? —En el poco tiempo que llevo en Cartagena, una de las cosas 52


que he comprobado en la manera de hablar de la mayoría es su manía de comerse todas las s que pueden y, realmente, cualquier tipo de letra en general; cuanto más se acorte una palabra mejor, como si decirla entera fuera demasiado trabajoso —reí de nuevo—. Y lo que más destaca en especial es el abuso de la expresión «Acho»—imitó un poco el tono que suelen ponerle a esa expresión—. Que he deducido que es un acortamiento de la palabra «muchacho» —le afirmé su deducción con un asentimiento de cabeza—. Tú, sin embargo, hablas de forma más suave, aún no has dicho «acho» y, por lo general, pronuncias todas las letras. Sonreí ante su lógico planteamiento antes de contestarle. —Pues tienes razón, no soy de Cartagena, pero llevo muchos años aquí. Nací en Madrid aunque mis padres se fueron de allí siendo yo todavía un bebé, y nos mudamos a León y unos años después a Cartagena. —¿Y por qué el cambio? —continuó. —Supongo que nos cansamos del frío. La pequeña alarma del reloj me avisó de que ya era hora de irme. «Jo, qué fastidio dejar a Alejandro para ir a ver a Ochoa...» —Tengo que irme —dije de la forma más liviana que pude mientras me levantaba. —¿Vendrás a la inauguración? —me preguntó acompañándome a la salida. —¿Hay alguien que no vaya a ir? —pregunté a mi vez irónica—. ¡No se habla de otra cosa! —Sí, la Mansión de las Sombras suele atraer a mucha gente —murmuró él con una sonrisa sombría. Me abrió la puerta y nos despedimos hasta el viernes. Las clases pasaron muy despacio después de haber visto a Alejandro, mi mente no dejaba de deambular por cualquier parte 53


menos en Historia, ni en Economía, ni en nada que tuviera que ver con el instituto. —¡Hola! —saludó alegre Yamilé en cuanto entramos en inglés, una asignatura común a todos los módulos, por lo que coincidía con ella—. ¿Qué tal estás después de la pelea? —Bien, ya sabes que no fue nada al final. Sac, Pando y Adrián tienen algún que otro moratón, pero están bien —respondí. —Irene y yo nos enteramos de todo cuando la policía os estaba interrogando y cuando quise preguntarte te llevaron a comisaría —explicó—. ¿Es cierto que se metió en la pelea ese tal Alejandro? —preguntó a continuación en voz baja. —Sí, acabo de pasar por la Mansión antes de venir aquí para darle las gracias. Es un chico amable y gracioso, para nada lo que te imaginas, de verdad —finalicé recordando sus reservas con respecto a él. Ella me miró incrédula. —Diana, en serio, no te fíes de él —me advirtió seria. —¿Qué tienes en su contra, Yamilé? —inquirí. —Que oculta muchas cosas y sé que no son buenas —repuso en voz baja. —¿Qué cosas? ¿Qué sabes? —insistí. —Nada, déjalo, simplemente no confíes en alguien que en realidad no conoces. —Mirándose todo así, eso mismo podría aplicarse a ti, ¿no? —repliqué—. Al fin y al cabo nos conocemos un par de semanas. —No es lo mismo. —¿Cuál es la diferencia? —Yo no he venido a Cartagena con intenciones disfrazadas. —¿Y él sí? 54


—Es muy probable —afirmó sin mirarme. Me quedé observando a la muchacha sin entenderla y sin saber qué pensar de ella. «¿Qué narices habrá pasado entre esos dos?». La profesora comenzó con la clase, escribiendo frases en español para que las tradujéramos al inglés en nuestra libreta. —Si me dijeras por qué piensas así, quizás entendería tu postura —dije diplomática mientras copiaba las frases. —Prefiero no hablar del tema. Y no volvimos a hacerlo, pero me molestó mucho ese secretismo, y traté de imaginar de qué podría Yamilé conocer a Alejandro. Ambos habían vivido en Madrid, ¿se habrían conocido allí? **** ¡Al fin llegó el día más esperado! ¡Al fin se abrían las puertas de la Mansión de las Sombras! Me arreglé con entusiasmo para ese acontecimiento, estaba ansiosa por ver de qué iba todo ese rollo de la Mansión, y sobre todo, por ver otra vez a Alejandro. Así que me puse un vestido ajustado de cintura para arriba y suelto con ondulaciones por abajo, de color azul zafiro, a juego con mis ojos, con una torera blanca, y zapatos con un poco de tacón, también blancos. Me alisé el cabello y me lo dejé suelto. Finalicé con unos pendientes de perla, un anillo grande del mismo color que el vestido, brillo de labios, sombra de ojos blanca, rímel y colorete. A las nueve y media habíamos quedado todos en el Paseo Alfonso XIII, junto a la Asamblea, para ir juntos a la Mansión. Cuando llegué Juanpe, Irene y Salva ya estaba allí. —¡Oh! ¡Qué guapa! —exclamó Juanpe nada más verme—. 55


Yendo así ¿cómo pretendes que la gente se fije en nada? —¡Qué piropo! —exclamó Salva con sorna—. Con piropos así ¿cómo pretendes que Diana se fije en ti? —Acho calla —acortó Juanpe molesto. Yamilé apareció en ese momento salvándome de tener que decir nada. —Creí que no vendrías —le dije en cuanto estuvo lo suficientemente cerca. —¿Por qué no? —Bueno, has dejado clara tu poca simpatía por el dueño del local así que pensé... —Qué va, siento curiosidad por saber cómo es todo eso. —Como todos —intervino Irene—. ¿Qué os apostáis a que termina siendo todo un fiasco? Sac vino acompañado de sus tres amigotes: Pando, Guille y Adrián, los cuales se unieron también a nosotros; una vez que estuvimos todos juntos fuimos con paso tranquilo a la Mansión. Era la primera vez que la veía de noche y estaba claro que así era cómo más espeluznante y chula se veía. La gran puerta donde estaba el nombre del local se encontraba abierta e iluminada; incluso el mismo nombre, «La Mansión de las Sombras» estaba iluminado de forma atrayente. Todo junto le daba un aire muy atractivo, razón por la que había una enorme cola de gente en la puerta. —Espero que el sitio sea grande o para cuando lleguemos ya no entrará un alfiler —dijo con voz preocupada Juanpe. Estuvimos más de treinta minutos en la cola, lo cual habría sido muy desquiciante si no fuera porque no dejamos de hablar en ningún momento, pero cuando nos íbamos acercando al hombre de la entrada empezamos a callar. Reconocí a ese hombre de 56


inmediato, era el de mi sueño, el mayor de los tres, cuyo rostro era muy serio. En cuanto mis amigos y yo nos quedamos en silencio con la expectación de entrar al fin, capté una voz baja y siniestra. «Espero que alguno de estos niñatos sirva, porque estoy cansado de tanta parodia». —¿Quién ha dicho eso? —le pregunté al oído a Mª José. —¿Decir el qué? —¿No lo has oído? —Yo no he oído nada ¿qué has oído tú? —Déjalo —me acerqué a Juanpe—. Oye ¿te has fijado quién ha dicho lo de los niñatos? —al ver que me miraba confuso empecé a molestarme—. Ya sabes, esa voz tan espeluznante que ha hablado hace un momento... —¿Qué voz? ¿De qué hablas? —¿Qué pasa? ¿Estáis todos sordos o qué? —exploté frustrada, la voz había sido baja, pero perfectamente audible. Nos acercamos finalmente a la puerta donde el hombre de la entrada nos recibió con una sonrisa que se me antojó forzada. —Bienvenidos a la Mansión de las Sombras —nos dijo indicando con una mano que pasáramos. —Gracias —dijimos unos cuantos. Y justo antes de cruzar el umbral oí de nuevo la misma voz. «Ya falta poco, y al menos el olor es agradable...» El corazón se me aceleró y me quedé quieta mirando en todas direcciones tratando de descubrir la procedencia de la voz. ¿Quién demonios decía esas cosas? —¿A qué esperas? —me preguntó Yamilé al verme aún en el umbral. Ella tampoco parecía dar muestras de haber oído algo, y to57


dos habían entrado ya sin mirar atrás. No entendía nada, pero entré y dejé que la música inundara mis oídos, agradeciéndolo. Y no era que esa música en particular me gustara, pero la prefería sin duda antes que aquella extraña voz. —¡Cómo mola esto! —exclamó David. Al oírlo empecé a fijarme en el local que tanto tiempo habíamos estado esperando ver, intentando olvidar con ello la voz. Acababa de entrar en un enorme pub cuyas paredes eran oscuras y tenían un falso aspecto de viejas; había una enorme barra donde dos camareras muy atractivas servían a la clientela, ambas llevaban ropa muy ceñida, tanto que me pregunté si las pobres respirarían. Había mesas redondas de cristal cuyas patas eran de color negro azabache, al igual que las sillas que las rodeaba, y un espacio libre que supuse sería para la gente que se animara a bailar. A la derecha había una gran mesa de billar y una diana, donde tres chicos jugaban a los dardos. También había cuatro cómodos sofás pegados a la pared, cada uno en un lado del local. Al alzar la vista vi que había una segunda planta, en la barandilla había un chico y una chica hablando. No conocía la música que sonaba, pero tampoco me gustaba, aunque no pude negar que entonaba a la perfección con el local. La iluminación era mejor en unas zonas que en otras. No tardamos en ver gente de nuestro instituto, entre la que se incluía Elena, Virginia y Marta. Las tres estaban en una mesa atentas a todo, parecían esperar algo o a alguien, y supuse que sería a Alejandro. —El trío predador está de caza —dijo Irene burlona, a ella le caían peor que a nadie. —Pues no han elegido una buena presa —murmuró Yamilé 58


de forma que con la música sólo yo pude oírla porque estaba a su lado. —Subamos arriba —propuso Juanpe. Las escaleras por las que se accedía a la segunda planta eran anchas y bonitas, la luz era más tenue cuanto más ascendíamos, y la música se oía más suave. Me gustó más la segunda planta, era más tranquila, también tenía un billar, una pequeña barra con un guapísimo camarero y un par de aseos al fondo. —Voy un momento al aseo, ¿vale? —informé mientras juntaban varias mesas para sentarnos todos juntos. Caminé deprisa al aseo deseosa de estar un momento a solas. ¿Qué narices estaba pasando? ¿Realmente había escuchando una voz que nadie más había oído o era mi mente la que la había producido? Y si era lo primero ¿de quién era la voz? Y si era lo segundo ¿qué enfermedad tenía? ¿Esquizofrenia? Para colmo, la voz se parecía a la que oí la primera vez que entré en la Mansión, pero no era la misma. Pasé un par de minutos inspirando y espirando con profundidad para tratar de calmarme antes de atreverme a salir de nuevo. Cuando lo hice vi a mis amigos riendo felizmente en la mesa mientras el camarero les servía; no tenía muchas ganas de acercarme y fingir que todo estaba bien, así que me fui a la barra para pedir una Coca-Cola con limón a ver si me recomponía. Nada más beber el primer sorbo alguien se acercó a mí. Casi me atraganto al descubrir que era Alejandro. —¿Sabes de qué me he dado cuenta? —preguntó nada más sentarse, yo negué con la cabeza incapaz de hablar—. De que todavía no nos hemos presentado —sonrió—. Hola, me llamo Alejandro Vidal. Tragué lo que me quedaba de Coca-Cola en la boca. 59


—Hola, yo soy Diana Díaz Martínez. Él alargó el brazo para que nos estrecháramos la mano, y, al hacerlo, una suave corriente eléctrica atravesó todo mi cuerpo. —Encantado de conocerte, Diana —dijo con la voz un poco ronca. —Igualmente —musité. Su mano era muy grande y cubrió la mía por completo, el tacto no era suave pero tampoco áspero, a mí me pareció perfecto. Iba vestido con una camisa gris oscura y llevaba los dos botones del cuello desabrochados, por lo que podía verse una cadena de oro bajo ella, el pantalón era negro y los zapatos a juego. Mi corazón llevaba rato latiendo con fuerza, desde que él se sentó para ser concretos, y cada vez aumentaba más las pulsaciones. Tuve que soltar su mano para recuperarme. —Después de recogerte del suelo y de salvar tus dientes, creo que ya era hora de que nos presentáramos formalmente —agregó jocoso, pero con una mirada enervante. —Cierto —afirmé con una tímida sonrisa. No supe añadir nada más, me sentía un poco cohibida, me había pillado desprevenida y no sabía cómo reaccionar. La mano con la que había estrechado la suya la sentía molestamente caliente y notaba su suave apretón como una marca en ella. —Bueno, ¿qué te parece? —preguntó, señalando con las manos el local. —Muy elegante y... siniestro. —Estupendo, ésa era la intención. —Entonces lo habéis hecho genial —bebí otro trago de Coca-Cola—. ¿Cómo se llaman tus socios? —Hugo, que es aquél de allí —seguí la dirección de su dedo y vi al hombre que nos recibió en la puerta bebiendo solo en 60


una mesa—, y Gregorio es el otro, que ahora debe de estar en la puerta ocupando el sitio de Hugo. «Sí, Gregorio tiene de ser el que vi en Carthagineses y Romanos», pensé para mí. —Ah... —bebí un trago más antes de ir a por la pregunta que más necesitaba saber—. Y por cierto, ¿tenéis cintas grabadas con voces tétricas o algo así? La pregunta pareció pillarle por sorpresa, y su mirada confusa y extrañada fue suficiente respuesta. —No, ¿a qué viene esa pregunta? Empecé a sentir ganas de llorar, tenía que estar volviéndome loca. —Tonterías mías, no me hagas caso. —¡Alejandro! —exclamó Virginia acercándose a él—. ¡Cuánto tiempo sin verte! —lo dijo como si fueran amigos de toda la vida. —Sí, hola, ¿tú eras...Elena? —preguntó él dubitativo. No pude evitar reírme de la cara de pava que se le quedó a la chica. —Virginia —aclaró. —Yo soy Elena —dijo la susodicha en cuestión abrazándolo sonriente. —Y yo Marta. Las tres se habían acercado acorralándolo y quitándome a mí de en medio. —Espero que estéis disfrutando de la fiesta —dijo Alejandro levantándose de la silla. —¡Sí! ¡Nos encanta! —dijeron entre mezcladamente las tres—. ¡El local es una pasada! —Bien, ahora voy a hacer una pequeña presentación, luego 61


nos vemos —las cortó pausadamente y se despidió de todas, incluyéndome a mí, con una leve sonrisa. Me fui con mis amigos a la mesa y vi cómo Alejandro cogía un micrófono y llamaba la atención de todo el mundo colocándose en la barandilla para que los de abajo también le vieran. El local ya estaba completamente lleno y la música se apagó para que la voz del muchacho fuera perfectamente audible para todos. —Buenas noches, mi nombre es Alejandro Vidal, y quisiera agradecerles a todos el haber venido a la inauguración de la Mansión de las Sombras. Como verán, toda la decoración del local hace referencia al nombre y estará abierto todas las noches de lunes a jueves hasta las dos, y los viernes, fines de semana y festivos hasta las cinco. La edad mínima para entrar al pub son los 16 años. Habrán fiestas especiales en Halloween, en Nochevieja y en Carnaval, de las que se informará con antelación de todo lo que se hará —hizo una pequeña pausa, y, justo en ese momento, estando todo el mundo en silencio, capté de nuevo una voz baja que me erizó el pelo de la nuca, busqué con la mirada a alguien que estuviese hablando, pero no veía nada y nadie más parecía oír dicha voz, todos estaban observando a Alejandro—. Hoy, como ya sabrán, la primera consumición es totalmente gratis, y todas las demás están a mitad de precio. Además vamos a hacer una pequeña visita por la Mansión para que conozcan la tienda, la cual estará abierta de lunes a viernes por la mañana y por la tarde. En ella se venden todo tipo de disfraces, artículos de miedo, libros de terror, o sobre las criaturas de la noche como vampiros, licántropos, todo tipo de demonios, mitología, leyendas, y todo lo relacionado con el mundo de las sombras. El resto de la Mansión es 62


nuestra vivienda —hizo otra pequeña pausa, de nuevo oí la voz y, aunque no llegaba a entender lo que decía, sabía que no era bueno—. La visita se hará por grupos de quince, y vamos a empezar ahora con el primero; los interesados, que se dirijan a la puerta que hay al fondo del todo. Muchas gracias y disfruten de la noche. Hubo una lluvia de aplausos nada más finalizar de hablar. Mis amigos fueron los primeros en llegar a la puerta del fondo junto con el trío predador, yo traté de fingir alegría cuando en el fondo estaba deseando marcharme ya de allí. Esa voz sólo la oía en ese lugar... ¿por qué? Aunque me inquietaba todavía más el hecho de saber que ni siquiera era la misma voz que oí la primera vez que entré en la Mansión. Hugo fue el guía de nuestra pequeña visita. Abrió la puerta y le seguimos por un estrecho pasillo mientras todos hablaban con excitación. —El pub, nuestra casa y la tienda están conectados por este pasillo —nos explicó y todos callamos—. Al bajar estas escaleras llegamos a la parte de abajo de la tienda. «Y el lugar donde empezará la función. Mmm... qué bien huelen...». Me quedé helada en medio del pasillo observando al guía con horrorizada comprensión. ¡La voz que oía era de él! —¿Diana? ¿Qué pasa? Nada más haber detectado la procedencia de la voz, sin saber cómo, me sentí conectada a él, y pude ver imágenes: unos muchachos mirándolo horrorizados, gritando y tratando de huir. Él me miró a los ojos y vi mi aterrorizado rostro en su mente... Poco después todo se nubló y me sumergí en una oscuridad llena de peligros. 63


—¡Diana! ¡Diana, despierta! —¿Se ha desmayado en otras ocasiones? —No, pero hoy ha estado rara desde que entramos, será un bajón de azúcar o algo así. —Antes fue al baño, sería a despejarse, creo que se habrá mareado al entrar. —¡Traed agua! Las voces continuaron aunque eran confusas para mí, noté como tocaban mi cara y pronunciaban mi nombre e hice un esfuerzo por abrir los ojos y responder. Al hacerlo vi a mis amigos mirándome preocupados, no estaba ya en el pasillo, me encontraba tumbada en un cómodo sofá, por lo visto me desmayé y una parte de mí se negó a recordar el motivo. Pero conforme me iba incorporando, y especialmente cuando vi a Alejandro entre los que estaban cerca, los recuerdos me bombardearon dejándome de nuevo un poco aturdida. —Toma, bebe, te sentará bien —Juanpe me ofreció un vaso de agua. —Gracias. —¿Cómo te sientes? —Bien —mentí con la voz reseca a pesar de acabar de beber. —Estupendo, entonces continuamos con la visita —dijo Mª José con alivio. —¡No! —exclamé en voz más alta de lo que pretendía—. No, no quiero entrar, no entremos. Todos me miraron de la misma manera que hubieran mirado a un crio de cinco años que no quisiera ir al colegio. —Diana, bebe más agua, y cuando salga el primer grupo entraremos nosotros —me dijo Mª José resuelta. —¿El primer grupo? —se me hizo un nudo en el estómago, 64


tenía grabada en mi mente a esos muchachos gritando y tratando de huir, el lugar de esa escena era muy parecido a la Mansión—. ¿Hay gente ahí dentro? —Claro, ¡no iban a esperar por nosotros! —exclamó Irene como si fuera lo más evidente del mundo, y podía serlo, pero yo en ese momento no veía nada claro—. Anda que has venido hoy bonica... —Si ya les digo yo a mis padres —intervino Sac— que sacar a Diana no es recomendable. Continuaron lanzando comentarios burlones con respecto a mi estado, pero no les presté atención. Alejandro estaba de pie cerca de la barra observándome atentamente con una mirada que no me gustó nada. Sus ojos no eran ya amables como habían sido en otras ocasiones, sino calculadores, recordándome mucho al Alejandro que vi en el sueño. El miedo recorrió de nuevo mi cuerpo... ¿qué estaba pasando allí? Aparté la mirada de él y me fijé en la puerta donde, no haría mucho, quince personas la habían cruzado para la visita. «Hugo las estará guiando ahora mismo... Hugo...». Noté otra mirada clavada en mí y vi que el otro socio de Alejandro, Gregorio, también me observaba. Su mirada me hizo desear huir, ¿por qué me miraban así? ¿Dónde estaban las quince personas de la visita? ¿Qué les estaba pasando en ese mismo momento? Tenía que llamar a la policía. —Me quiero ir —anuncié a mis amigos que reían despreocupadamente. —Estás de broma —Sac me miró como si quisiera matarme pero esa mirada me asustó menos que las otras dos que aún me tenían vigilada. —No, vámonos ya. 65


—Ni hablar, yo quiero... La puerta se abrió y Hugo salió por ella, le observé con el corazón en un puño y miré detrás de él tratando de ver si los quince visitantes salían también. Lo hicieron, y no sé qué es lo que esperaba ver, pero sus rostros tranquilos y despreocupados se me antojaron fuera de lugar. No parecía que les hubieran hecho nada malo, ni que hubieran vivido ningún tipo de trauma, ni nada por el estilo. Elena y Virginia incluso salieron con un aire alucinado y feliz. Me sentí totalmente confusa. —La verdad es que a mí no me importa irme —dijo Yamilé—. Visitar una tienda no es algo que me haga especial ilusión, si quieres te acompaño. —Vale —musité mirando a Yamilé y al resto—. ¿Vosotros os quedáis? —¡Sin duda! —exclamaron. No quería que se quedaran; aunque no les hubiera ocurrido nada a los otros, yo no quería que ellos estuvieran cerca de Hugo, pero no había manera de impedirlo. Me dirigí a la salida acompañada de Yamilé, sin ninguna intención de despedirme de Alejandro, su mirada no me invitaba a hacerlo. Cuando salí de ese maldito lugar respiré profundamente, sintiendo unas irresistibles ganas de llorar. —¿Te encuentras bien? —me preguntó Yamilé poniendo una mano en mi hombro. —No —dije al fin con sinceridad—. No desde que entré en el pub. —A mí tampoco me ha gustado, la verdad. Aunque me da la impresión de que se va a convertir en el sitio más visitado de la ciudad. —Tiene toda la pinta, sí —musité. 66


Yamilé me acompañó hasta mi casa alegando que podía volver a desmayarme y que era mejor que alguien estuviera conmigo. Yo sabía que eso no iba a ocurrir, pero le agradecí el gesto. En cuanto pisé al fin mi habitación y me tumbé en la cama fue cuando comencé a llorar. Lo que había pasado, lo que había visto, no podía ser real. Yo tenía que haberme vuelto loca y esa idea me asustó, pero si aceptaba que lo que había oído y visto era cierto, significaba que había un psicópata dirigiendo un pub de moda en el cual estaban en ese momento mis amigos, y eso, me asustaba aún más.

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Un extraño sueño Una oscura Mansión Voces que nadie más oye Un atractivo muchacho La Mansión de las Sombras llega a la ciudad de Cartagena, y con ella tres siniestros hombres con un plan entre manos. Diana, de tan sólo 17 años, se verá atrapada por los oscuros secretos de la Mansión y sus residentes, en especial, de su misterioso propietario, por el cual siente una intensa atracción. En su instituto se matricula, además, una nueva alumna que parece estar ligada de algún modo al dueño de la Mansión, y, poco a poco, se irá dando cuanta de que todos tienen algo que ocultar. Sin embargo, el secreto más peligroso es ella misma y cuando lo descubra jamás volverá a estar a salvo.

“Es de esos libros que se te quedan grabados, quizás porque los personajes son atrayentes o quizás porque la historia es diferente y original. Un libro trepidante que no decae en ningún momento, con una ambientación muy bien desarrollada y con unos diálogos divertidos y frescos”. El rincón de la novela Romántica www.rnovelaromantica.com ISBN 978-84-940355-6-2

9 788494 035562

www.edicionesjavisa23.com www.laordendelsol.com Ilustraciones: Fany Carmona www.fanycarmonailustradora.es

El Principio del Fin (La Orden del Sol)  

Autora: LUNA MARINA SOLER Un extraño sueño... Una oscura Mansión... Voces que nadie más oye... Un atractivo muchacho...

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