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Novela de intriga

EL INSTITUTO

Ediciones JavIsa23


Título: El Instituto © del texto: Javier Piqueras de Noriega www.javierpiqueras.es © de la ilustración y diseño de la portada: Daniel Estorach Martín http://estorachgraphicdesign.blogspot.com © de esta edición: Ediciones JavIsa23 www.edicionesjavisa23.com E-mail. info@edicionesjavisa23.com Tel. 964454451 Primera edición: septiembre de 2012 ISBN: 978-84-940008-1-2 Depósito legal: CS 278-2012 Maquetación: Javier Garrit Hernández Printed in Spain-impreso en España Imprime:Serra Industria Gráfica s.l. Pol. Industrial Valldepins C/Londres, 9. 43550, Ulldecona (Tarragona) Tel. 977720311 Todos los derechos reservados. Queda prohibida, según las leyes establecidas en esta materia, la reproducción total o parcial de esta obra, en cualquiera de sus formas, gráfica o audiovisual, sin el permiso previo y por escrito de los propietarios del copyright, salvo citaciones en revistas, diarios, libros, radio y/o televisión, siempre que se haga constar su procedencia y autor.


Javier Piqueras de Noriega

EL INSTITUTO


A Adriรกn, Sandra, Alicia y Fabiรกn


ÍNDICE

NOTA DEL AUTOR............................................................................... 9 1.- NADA DE VACACIONES................................................................ 11 2.- MEJILLONES BELGAS.................................................................... 27 3.- PROYECTO RECHAZADO.............................................................. 39 4.- EN UN PARQUE INFANTIL............................................................ 51 5.- CAMISA CON ESTILO..................................................................... 63 6.- PAN PARA LOS PATOS................................................................... 81 7.- UNA ALFOMBRA MULLIDA......................................................... 95 8.- LECCIONES DE TURCO.................................................................121 9.- TABLÓN DE ANUNCIOS................................................................139 10.- UN CUBO DE BASURA.................................................................165 11.- CONSEJOS LEGALES....................................................................187 12.- MENOR DE EDAD..........................................................................205 13.- LA REDADA...................................................................................219 14.- RELACIONES DE TRABAJO........................................................231 15.- UNA CAJA DE CERVEZAS...........................................................257 16.- UN AVISO URGENTE................................................................... 269 17.- EL MOLINO.....................................................................................287 18.- EL HONOR DE LA FAMILIA...................................................... 305 19.- OTRA VEZ EL MOLINO............................................................... 321


NOTA DEL AUTOR

Los hechos, personajes, instituciones y empresas que aparecen en esta novela e incluso los fenómenos físicos que se describen en ella son ficticios. Cualquier posible parecido con la realidad es una coincidencia involuntaria. Para los grados de la policía he utilizado denominaciones como «Comisario» e «Inspector», que corresponden a la policía española, en vez de los de la policía alemana, en donde se utiliza el término «Comisario» también para escalas iniciales. Javier Piqueras de Noriega


1 NADA DE VACACIONES

Luis Salvatierra, catedrático de la Universidad de Madrid, corregía exámenes en su despacho de la Facultad de Física. Se trataba de los exámenes finales de una de sus asignaturas y aunque no eran muchos, solamente unos setenta u ochenta, la corrección le estaba costando trabajo porque no lograba concentrarse en lo que hacía. El pequeño montón de exámenes corregidos parecía no aumentar, a medida que transcurría la mañana, y el de los pendientes de leer, parecía, por tanto, invariable. Era ya el veinte de junio y hacía bastante calor. Sin embargo, algún responsable de la administración consideraba que la temperatura no justificaba todavía la conexión del aire acondicionado, y eso hacía menos agradable la corrección. De todas maneras, el calor del mes de junio y la monotonía de corregir exámenes, no eran nada nuevo ni extraordinario y estaba acostumbrado a ello, lo que le impedía concentrarse en lo que hacía, era el mensaje del profesor Martin Reimann, que había recibido esa mañana en su correo electrónico. Martin Reimann era profesor en la Universidad Técnica de Westfalia, en el oeste de Alemania, y había sido su jefe durante el curso que Salvatierra pasó en esa universidad, cuando tenía veintiocho años y acababa de terminar su tesis doctoral. Hacía ya algo más -11-


de quince años de eso, y su relación con Martin Reimann, siempre amistosa, se había ido reduciendo con el tiempo, de manera que solamente de vez en cuando tenían algún contacto, generalmente por correo electrónico. Aquella estancia de Salvatierra en Alemania había sido muy provechosa para él, desde el punto de vista científico y personal. Había dado en ese tiempo un gran impulso a su currículo, y a ello había contribuido, sin duda, de forma decisiva el apoyo que había tenido de su anfitrión. Reimann era un científico muy conocido, que disponía de un laboratorio de investigación perfectamente equipado en el que Salvatierra pudo trabajar en un tema que en ese tiempo estaba entre los más importantes de la física experimental. Salvatierra había aprovechado esa oportunidad y se había volcado en su trabajo, lo que Reimann supo apreciar, tratándole con toda consideración y ayudándole al máximo en la interpretación de los resultados. Esa estancia dio lugar a varios artículos científicos, con Reimann y Salvatierra como autores que, avalados por el prestigio de Reimann, se publicaron en algunas de la mejores revistas de física. A su vuelta a España, Salvatierra había continuado la colaboración con Reimann, que había visitado Madrid varias veces, y lo que era inicialmente una buena relación profesional había ido evolucionando hacia la amistad personal. El punto de inflexión de esa evolución tuvo lugar en un restaurante cerca de la Plaza Mayor, en el llamado Madrid de los Austrias; cuando, ante una jarra de vino y cordero asado al horno de leña, el alemán sugirió a Salvatierra que podrían empezar a tutearse. Reimann, que era unos veinte años mayor que Salvatierra, estaba ya bastante próximo a su jubilación, que tendría lugar a los sesenta y cinco años, y dedicaba buena parte de su tiempo a pensar qué actividad podría tener después de su retiro, y a ir terminando sus compro-12-


misos de investigación pendientes. Esa mañana Salvatierra se había sorprendido de recibir un correo electrónico de Martin Reimann, ya que eso ocurría muy rara vez en los últimos años. Aunque Salvatierra entendía alemán, y lo hablaba para entenderse, aunque con muchas faltas, Martin había tomado la costumbre, en realidad innecesaria, de escribirle en inglés. Dejó a un lado el examen que estaba corrigiendo y volvió a leer el mensaje en la pantalla del ordenador. «Querido Luís: ¿Qué tal? ¿Cómo te va? He visto algunos artículos tuyos en los últimos meses y me he alegrado mucho de ver que tu grupo de investigación está obteniendo resultados muy interesantes. Recientemente en el congreso de Chicago, hablando con Yamaguchi salió tu nombre y me hizo elogios de vuestro trabajo en Madrid. Como sabes esa opinión tiene bastante valor, porque Yamaguchi nunca elogia a nadie, sino que sus críticas a todo el mundo en los congresos son corrosivas (y hay que reconocer que, con frecuencia, están justificadas aunque sus modales no sean los mejores). Quizá te extrañe que te escriba aunque no sea Navidad, ni tampoco tu cumpleaños, ni tengamos ningún trabajo pendiente para comentar, a veces apetece escribir solamente por el hecho de estar en contacto con algún amigo. Actualmente, aquí, en el Instituto, somos, o son casi todos, tan profesionales que hablar de amistad está fuera de lugar. Luis, las cosas no van bien aquí, ya sé que el Instituto tiene mucho prestigio internacional y me invitan a -13-


dar conferencias por medio mundo, pero cada vez soy más consciente de que eso es solo la fachada. En realidad, en el interior del Instituto hay muy mal ambiente, y ya no encuentro el trabajo aquí tan gratificante como antes. Te confieso que no me puedo fiar de nadie… o de casi nadie ¿Te imaginas que hay gente interesada en destruir el Instituto desde dentro? ¡Es increíble! ¡Con el trabajo que nos ha costado llegar hasta donde estamos! La verdad es que me gustaría tener algún colega con el que poder comentar los problemas que yo veo, y las maniobras que determinadas personas están haciendo. A lo mejor yo no valoro correctamente la situación y hablar con otras personas me permitiría ver las cosas con más claridad, aunque puede ser que me confirmen lo que yo pienso. Creo que tú serías una de esas pocas personas con las que podría hablar, ya sabes que yo siempre he tenido tu opinión en gran estima, incluso cuando llegaste aquí con la tesis recién terminada y no demasiada experiencia. Te escribo todo esto porque me pregunto si te apetecería volver a pasar una temporada en nuestro Instituto. Ahora que empieza el verano y las clases están a punto de acabar puede ser que tengas algo de tiempo. Si quieres pasar uno o dos meses, o el tiempo que quieras, aquí, te puedo proporcionar un buen apartamento en la residencia de la universidad y podemos cubrir todos los gastos que tengas con cargo a mi proyecto sobre aplicación de la nanotecnología a las nuevas energías. Si solo dispones de un par de semanas, por mi parte también estaría encantado de tenerte aquí -14-


por ese tiempo. Por cierto, estoy seguro de que el trabajo que hacemos te interesará y tu visita sería también útil para nuestra investigación. Podrías dar una o dos conferencias durante tu estancia. Aparte de la ciencia, la verdad es que personalmente te agradecería mucho, y me alegraría, si pudieras venir por aquí, algún tiempo, como te digo necesito hablar con alguien. De todas maneras, entiendo que puedas tener otros planes para el verano y no quiero en ningún caso, que te sientas obligado a venir. Espero que me digas qué te parece mi propuesta. Con mis saludos más cordiales Martin» La carta de Martin Reimann era bastante incomprensible. Salvatierra entendía que era una petición de ayuda de su amigo, pero no le decía cuál era el problema que tenía y para qué le gustaría que fuera allí, si fuera posible, durante todo el verano. Al parecer tenía algún tipo de conflicto en el Instituto, y necesitaba comentarlo con alguien de confianza, pero Salvatierra no veía mucho sentido en que, para hablar de sus problemas, Martin le pidiera una visita tan larga. Era posible que se encontrara en baja forma, incluso algo deprimido, como se notaba en algunas de las frases de la carta, y eso le hiciera ver las cosas desde el lado más negro. Martin era, o había sido, siempre un hombre de carácter bastante equilibrado, con cierta tendencia al optimismo, pero el fallecimiento de su mujer, tres años antes, le había convertido en una persona más en cerrada en sí misma; aunque continuaba siendo, como siempre, un -15-


científico muy brillante. Cuando Salvatierra llegó por primera vez a trabajar con él, se acababa de inaugurar el Instituto de Nuevas Energías de la Universidad de Westfalia, del que Martin había sido el impulsor y era el director, cargo que todavía tenía. El Instituto ganó prestigio internacional en pocos años, y había conseguido numerosas subvenciones y contratos de investigación. Un par de años antes, y para adaptarse a las nuevas tendencias de la ciencia, había cambiado el nombre para llamarse Instituto de Nuevas Energías y Nanotecnología, y ya trabajaban en él setenta u ochenta personas. Lo último que uno podía imaginar de ese Instituto es que tuviera problemas serios, como decía Martin, y que hubiera personas interesadas en su desaparición o «en destruir el Instituto desde dentro». Sin duda, al acercarse la época del retiro de Martin, habría determinados movimientos en relación con la futura dirección e incluso con la futura orientación científica, pero eso entraba dentro de lo que podía considerarse normal. Sin embargo, Martin —si Salvatierra había entendido bien su mensaje— sugería otro tipo de cosas, maniobras o intrigas que parecían afectarle directamente a él y quizá a la propia permanencia del Instituto. Salvatierra era inca paz de calibrar lo que le decía su amigo, habían pasado ya muchos años desde su estancia en Alemania y conocía a muy poca gente en el Instituto. Había charlado alguna vez, bastante brevemente con algunos de los actuales colaboradores de Martin, pero no había tenido mucho contacto con ellos, le faltaba la idea general, algo así como el «quién es quién» en el Instituto, y por tanto no tenía ni idea de a quién se refería Martin en su mensaje. Lo que tenía claro es que si Martin le pedía ayuda, en este caso en forma de una visi ta, tenía que dársela. No solamente había llegado a ser un buen amigo, sino que tenía muchas cosas que agradecerle desde aquella -16-


primera estancia en el Instituto, que tan provechosa había sido para su carrera científica. El problema era que Cristina y él ya habían empezado a pensar en posibles sitios para pasar las vacaciones de verano. Una de las posibilidades que más se había ido perfilando era un viaje en coche por la costa este de los Estados Unidos, desde Nueva York hasta Florida y quizá llegar hasta Nueva Orleáns. Cristina, que había pasado un curso con una beca de investigación en Florida, tenía ilusión de hacer ese viaje con Salvatierra y hacer de guía, enseñándole todo lo que en su momento se había limitado a contarle por correo electrónico*. Cristina, la pareja de Salvatierra, que ahora tenía veinticinco años, dieciocho menos que él, había sido alumna suya en la facultad, en el último curso de carrera, casi dos años antes, y habían comenzado entonces una relación, que más tarde se había ido consolidando, hasta el punto de que Cristina se había trasladado al apartamento de Salvatierra. Ella trabajaba en una empresa de tecnología de tamaño medio, relacionada con la óptica, y sus vacaciones estaban previstas para el mes de agosto, en el que la empresa cerraba completamente. La inquietud de Salvatierra por el mensaje de Reimann se debía tanto a la preocupación por los problemas que pudiera tener su colega, como por saber cómo reaccionaría Cristina si le decía que se iba a ir unas semanas a Alemania, o que incluso se podían plantear pasar las vacaciones en Alemania en vez de en los Estados Unidos. De momento no podía decidir nada y decidió concentrarse en la corrección de exámenes, ya le contestaría a Martin en los próximos días. —Claro que no puedes dejar tirado a tu amigo —dijo Cristina más tarde, para alivio de Salvatierra—, pero podíamos intentar compaginarlo todo. *Ver “El Congreso” de Javier Piqueras de Noriega, Editorial Meteora, 2005

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Estaban sentados, a última hora de la tarde, tomando un refresco en la terraza de un bar en el Paseo de Rosales y Salvatierra acababa de darle a leer el mensaje de Martin Reimann y de explicarle lo que él opinaba sobre su petición. —Si crees que dos o tres semanas allí, es suficiente… —continuó Cristina. —Yo creo que sí, en ese tiempo puede contarme todo lo que quiera y podemos hablar de sus problemas, que por cierto, no tengo ni idea de cuáles son. Todo es bastante raro, yo entiendo que si no tiene a nadie con quien comentar las cosas le apetezca discutirlas con alguien de su confianza, pero no sé por qué quiere que vaya a hacer allí una especie de sabático… —Eso lo que demuestra es que está muy necesitado de alguien, y ese alguien eres tú. Probablemente es una buena idea porque a veces las cosas se ven mejor, y con más objetividad, desde fuera, y tú eres probablemente la persona adecuada para escucharle. Conoces el Instituto pero no perteneces a él ni tienes ninguna clase de interés allí. Lo que te decía es que si con unas pocas semanas es suficiente… —No me gustaría estar más tiempo… como mucho un mes. —Si dejas de interrumpirme a lo mejor consigo decir lo que quiero… —Vale. Sigue —Gracias. Si con unas pocas semanas es suficiente, podrías irte, por ejemplo, a mediados de julio, e incluso un poco antes, y yo me reuniría contigo el primero de agosto. Estamos allí unos días o unas semanas y luego nos vamos a Nueva York y a Florida como habíamos pensado. Además, ya sabes que a mí siempre me gusta volver a Alemania, y ya hace por lo menos tres o cuatro años que no he estado allí, sería una combinación ideal. -18-


—¡Estupendo! Me parece un buen plan, si a ti no te importa que me vaya a mediados de julio, lo puedo arreglar en la facultad. —Eso es en Dusseldorf ¿no? —Sí, el Instituto está cerca de Dusseldorf. —Se me ocurre que quizá pueda organizar algo todavía mejor, pero tengo que hablar con Tomás, a ver qué le parece. La empresa en la que trabajaba Cristina tenía como actividad principal el desarrollo de detectores de radiación, lo que implicaba un mercado creciente en áreas como las cámaras de grabación relacionadas con la seguridad y sistemas sofisticados de visión nocturna en barcos y otros equipos. Acababa de terminar su contrato en prácticas en la empresa y tenía un contrato indefinido que Tomás Martínez, el propietario de la empresa, le había ofrecido en vista del buen trabajo que había realizado durante las prácticas. El nombre de la empresa, TMX, estaba formado por las iniciales de su propietario, Tomás Martínez, seguidas de una X, que Tomás pensaba que le daba un toque «tecnológico» al nombre. Tomás era una persona afable que había creado un ambiente de trabajo informal, pero muy eficiente. —¿En qué estás pensando cuando dices que puedes organizar algo mejor? —preguntó Salvatierra. —Una de mis buenas ideas, pero no te puedo decir nada ahora. Cristina cogió su vaso de refresco y se lo acercó a la boca sin llegar a beber nada, utilizando el vaso para esconderse a medias, en un juego parecido al que las mujeres de otras generaciones practicaban con sus abanicos. Detrás del vidrio se veía perfectamente la sonrisa de Cristina, algo que aparecía en su cara con mucha frecuencia, y que era una de sus características más atractivas, al menos para Salvatierra. Cristina era morena con el pelo largo y la cara delgada y un poco angulosa, que normalmente se suavizaba por unos ojos vi-19-


vaces y la sonrisa. —¿Qué se te ha ocurrido? —insistió Salvatierra. —¿Qué te parecería si te acompaño a Alemania desde el prin cipio? —¿Cómo lo quieres hacer? Acabas de decir que me vaya en julio, y tú no tienes vacaciones hasta agosto. —Lo que te he preguntado es si te parece bien que me vaya contigo. Cómo lo organizo es cosa mía. —¡Claro que me parece bien! Haces una pregunta un poco rara. —Nunca se sabe —dijo Cristina escondida detrás del vaso y con tono de broma—. Como tuviste una novia alemana… a lo mejor preferías recordar viejos tiempos por tu cuenta. —Pero… ¿de dónde sacas tú que yo he tenido una novia alemana? Nunca he tenido ninguna novia alemana… —No… si no importa, novia, novieta o lo que sea... yo tengo mis fuentes… —Vamos a dejarlo… se te está subiendo el cubata a la cabeza. —No creo, es solo coca cola. —Es igual. Entonces le voy a escribir a Martin para decirle que le puedo hacer una visita de un par de semanas a partir del quince de julio y que necesito un apartamento en la residencia de la universidad para dos personas. —Perfecto, un apartamento, una suite para VIPs o cualquier cosa… estaría muy bien y además estoy bastante intrigada sobre los problemas de tu amigo Martin. También te haría de intérprete. Cristina había ido durante unos años a un kindergarten alemán en León y luego había mantenido el conocimiento del idioma, con cursos y con varias estancias de intercambio en casa de una familia alemana en Baviera. Más de una vez había ayudado a Salvatierra a -20-


escribir una carta en alemán a algún organismo oficial de investigación en Alemania. —No hace falta que exageres.... lo he olvidado un poco en estos años, pero yo hablo un alemán bastante comprensible y lo entiendo casi todo, aunque seguro que alguna vez me vendrá muy bien que hagas de intérprete. —Estupendo —dijo Cristina dándole una palmada afectuosa en el dorso de la mano—, y además puedo conocer Dusseldorf y toda esa zona. **** Lo primero que hizo Salvatierra a la mañana siguiente en su despacho, fue escribir un correo electrónico a Martin Reimann, para decirle que estaba encantado de pasar unas semanas en su Instituto y que podía contar con él a partir de mediados de julio. Después de eso, se puso de nuevo a corregir exámenes, decidido a terminar ese día con el trabajo, aunque tuviera que quedarse hasta la noche, y al poco tiempo el montón de los exámenes pendientes por corregir había disminuido apreciablemente. No había pasado una hora cuando el sonido del ordenador le avisó de la recepción de correo electrónico. Martin Reimann había contestado rápidamente: «Querido Luís: Muchas gracias por tu respuesta. Te agradezco que hayas encontrado tiempo para venir varias semanas con nosotros. Me voy a ocupar enseguida de reservarte uno de los apartamentos en la residencia de visitantes de la -21-


universidad, espero conseguir uno de los que acaban de reformar y que están verdaderamente bien. No me habías comentado nada de tu pareja, Cristina, ni tampoco me has dado muchos detalles sobre ella en tu mensaje. Me encantará conocerla. Aunque el primer motivo de mi invitación, era poder hablar contigo y comentarte la situación que tenemos aquí en el Instituto, espero que tu estancia sea también provechosa desde el punto de vista científico. Algunos de mis mejores colaboradores, como la doctora Bobic o el doctorando Kurt Eiler, están haciendo un excelente trabajo, que estoy seguro que te interesará. Ya hablaremos de los detalles cuando me digas la fecha exacta de tu llegada. Con mis saludos más cordiales Martin» La carta de Martin le hizo pensar que, después de todo, la estancia en Alemania podría resultar mucho mejor de lo que había creído al principio, sobre todo si Cristina le acompañaba. Decidió dejar para la tarde la corrección de los últimos siete u ocho exámenes pendientes y ocuparse de otras cosas, como la redacción del informe final de su proyecto de investigación del Ministerio de Ciencia. Más tarde, Oscar, el investigador argentino que estaba pasando un año en el departamento, llegó con una carpeta abultada que apenas podía sostener bajo el brazo. —Luís, ¿tienes un rato para que veamos estos resultados de las medidas de radiación inversa? Me parece que hay cosas muy interesantes. -22-


Salvatierra miró con cierta desconfianza la carpeta y contestó con tono de broma. —¿Qué quieres decir con un rato? Un rato.. sí, pero no tengo todo el día, por la tarde tengo una reunión de…. Oscar se consideró invitado a entrar, colocó su carpeta encima de la mesa de Salvatierra y se sentó en una de las dos sillas para visitas delante de la mesa escritorio. —¿Te acuerdas de aquél artículo de Tanaka que estuvimos discutiendo y que presentaba unos resultados que no se podían explicar? —dijo, entrando directamente en materia, según su costumbre. —Sí, me acuerdo... —contestó Salvatierra—, lo explicaba mediante una teoría un poco rara... —Eso no era una teoría, era una zoncera… Verás… —dijo Oscar, sacando un fajo de papeles que extendió delante de Salvatierra—. Mira esta gráfica, tiene una pendiente negativa en el intervalo de temperatura subcrítica... Oscar se lanzó a una descripción entusiasta de los datos que traía y de la interpretación que quería comentar con Salvatierra, y a los pocos minutos estaban enfrascados totalmente en una discusión que interrumpió el timbre del teléfono. —Luís —le dijo Cristina con voz de triunfo—. Ya está todo resuelto. —¿Qué es lo que está resuelto? —contestó Salvatierra, todavía con los datos de Oscar en la cabeza. —¿Ahora resulta que no sabes de qué te hablo? Ya he hablado con Tomás, y me puedo ir el quince de julio a Alemania… aunque no pareces muy entusiasmado. —Sí, sí, claro… es estupendo. Es que estaba aquí discutiendo unos artículos con Oscar y tardo unos segundos en cambiar el chip… -23-


—Pues a ver si conmigo cambias tu chip más rápido… —Claro… ¿Cómo te las has arreglado? ¿Te ha dado Tomás unas vacaciones extra? —Nada de vacaciones, no me ha nombrado la empleada del año, ni nada por el estilo…voy de trabajo. Igual que tú. Mejor dicho… más que tú, porque tú solo vas a charlar con tu amigo Martin. —¿Entonces…? —Ha sido una suerte… TMX trabaja con una empresa que está en Neuss, bastante cerca de Dusseldorf, que se dedica a fabricar los componentes que nosotros utilizamos en nuestros detectores de infrarrojos, ya sabes… las multicapas semiconductoras…. —Sí, ya lo sé, te recuerdo que solo hace dos años te estaba explicando todo eso en clase… —Vale, vale, el señor profesor no admite lecciones. Resulta que hacen muy bien las multicapas y están dando muy buenos resultados, de sensibilidad y todo eso, pero estamos diseñando unos detectores más pequeños y tenemos que discutir con ellos la manera de acoplar sus componentes en nuestros equipos. Llevamos ya dos meses de intercambio de correos electrónicos y no acabamos de aclararnos con ellos. Le he dicho a Tomás que yo podría ir allí dos semanas para tratar de concretar el asunto de manera directa y que solo tendría que pagarme el viaje, nada de dietas ni otros gastos. —¿Y está de acuerdo? —Al principio ha dicho que con una semana sería bastante pero le he convencido de que es una buena oportunidad para conocer el laboratorio y los procesos de fabricación de nuestros socios y ha estado de acuerdo. —¡Fenomenal! Precisamente me acaba de escribir Martin. Ya se va a ocupar del alojamiento y de mi programa científico. -24-


Cuando colgó el teléfono, Oscar continuó con su explicación como si no hubiera habido una interrupción. —... y además los puntos de la gráfica de Tanaka —dijo Oscar— no se justan a una curva exponencial, ni con la mejor voluntad…

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Javier Piqueras de Noriega nació en Madrid y estudió Ciencias Físicas en la Universidad Complutense, donde también realizó el doctorado y comenzó su actividad docente. Su carrera como profesor e investigador le ha llevado también a trabajar en las Universidades del País Vasco, Granada y Duisburg, así como en centros de investigación europeos. Actualmente es catedrático de Física de la Universidad Complutense de Madrid. Es autor de numerosos trabajos científicos internacionales, que en los últimos años se centran en el campo de los nanomateriales con aplicaciones en nanotecnología. Ha publicado dos novelas, “La Cátedra” y “El Congreso”ambientadas en el mundo universitario. Ahora, con “El Instituto”, se presenta la tercera novela de intriga protagonizada por el profesor Salvatierra

El profesor Salvatierra, catedrático de la Universidad de Madrid, recibe una extraña carta del profesor Reimann, director de un prestigioso instituto de investigación alemán a punto de jubilarse, en el que Salvatierra había trabajado años antes en una estancia postdoctoral. Reimann, su antiguo jefe, con el que mientras tanto tiene buena amistad, le pide que pase una temporada en Dusseldorf; ya que hay varias cosas del Instituto que le preocupan y necesita de su ayuda. Salvatierra y su pareja Cristina, antigua alumna suya, aprovechan el verano para trasladarse a Dusseldorf y allí Reimann les comenta sus problemas relacionados con intrigas internas en su instituto y le entrega a Salvatierra cierta documentación para que la estudien y le den su opinión. Días después, Reimann desaparece y la policía le relaciona con el asesinato de un pequeño traficante de drogas turco. Salvatierra y Cristina, que no creen la teoría de la policía, tratan de encontrar al profesor Reimann. No solo van confirmando las inquietudes de Reimann sobre puntos oscuros en el Instituto, sino que descubren aspectos de la vida privada de Reimann que le relacionan en cierto modo con Turquía. Sus investigaciones les llevan a tropezar con la mafia turca de Dusseldorf y sufren un intento de secuestro. Entre la desconfianza inicial de los policías alemanes encargados del caso y el acoso de delincuentes turcos, se van acercando a las causas de la desaparición de Reimann.

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El Instituto  

Autor Javier Piqueras de Noriega

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