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Sandra C. Gallegos

DĂ­as sin fin Ediciones JavIsa23


Novela de intriga

DĂ­as sin fin

Ediciones JavIsa23


Titulo: Días sin fin Novela de intriga © del texto: Sandra C. Gallegos © de esta edición: Ediciones JavIsa23 www.edicionesjavisa23.com E-mail. info@edicionesjavisa23.com Tel. 964454451 © Fotografías portada y página 144: Raquel Cano http://oriadna.blogspot.com Modelo: África Rodríguez Maquetación y diseño: Javier Garrit Hernández Primera edición: Junio de 2011 Depósito legal: T-870-2011 ISBN: 978-84-939087-0-6 Printed in Spain-impreso en España Imprime:Serra Industria Gráfica s.l. Pol. Industrial Valldepins C/Londres, 9. 43550, Ulldecona (Tarragona) Tel. 977720311

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Sandra C. Gallegos

DĂ­as sin fin


A mis padres, Las primeras personas que leyeron esta novela Y que siempre estĂĄn ahĂ­ cuando las necesito Sin esperar nada a cambio. Y a Natalia, Mi gran amiga y compaĂąera literaria. Espero que tengas toda la suerte del mundo con tus escritos. Te la mereces.


Prólogo La Promesa —Volveré —prometió Dave—. Sabes que siempre lo hago. Su mujer sonrió. Colocó los brazos alrededor de su cuello y unió sus labios con los de él. —Me gusta oír eso —susurró—. Aun así... no puedo evitar pensar que quizá llegue un día en que no regreses. —Pues ni se te ocurra volver a pensarlo —la reprendió Dave—. Lizzie, sé que mi trabajo es peligroso, pero sé hacerlo lo suficientemente bien como para regresar siempre a casa. —Y eso me alivia —sonrió Lizzie—. No hace falta que vaya contigo para saber que cumplirás tu palabra. Volvió a besarlo y él le devolvió el beso, disfrutando del último momento con su esposa antes de irse a trabajar. Pero un repentino llanto y una alarmada voz infantil los hicieron separarse. Cruzaron una sonrisa y salieron al pasillo, donde un niño de cuatro años, con sus ojos color zafiro brillando de sorpresa, les salió al paso. —Mana llora —balbució. —Tranquilo, Cedric —lo calmó Lizzie sin dejar de sonreír. Dave se agachó para cogerlo mientras su mujer entraba en la habitación de la que provenía el llanto. Éste no tardó en convertirse en pucheros. —¿Cómo estás, chico? —sonrió Dave, acariciando los cabellos negros de su hijo. —Yo ben, pero manita llora —respondió Cedric. —No te preocupes —dijo Dave—. Mamá está con ella. ¿Quieres que vayamos a verlas?

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El niño asintió con la cabeza, más atento a un coche de juguete que tenía en la mano. Dave se dirigió a la habitación en la que se hallaba Lizzie con la pequeña Christine, y se aproximó a ellas aún sosteniendo a Cedric. Saludó a su esposa con un beso, y luego observó al bebé que dormitaba en los brazos de ésta. —Hola, chiqui —sonrió—. ¿Qué le pasa a mi llorona? La pequeña hizo un puchero, alzando los bracitos, y Lizzie tomó una de sus manitas para calmarla. Cedric, siempre muy atento con su hermana, le dio su coche de juguete para que se distrajera, tras lo cual recibió un beso de su orgullosa madre. —Está muy guapa, ¿verdad? —comentó ésta poco después, cuando Christine jugaba con el coche de su hermano sin un puchero. —Claro —convino Dave—; ha salido a su madre. Lizzie se sonrojó y bajó la vista, pero era cierto: Christine Rivers tenía sus mismos cabellos rojos, a pesar de que aún eran pocos, y su misma piel dorada; pero los ojos marrones eran como los de su padre. Cedric Rivers, por el contrario, tenía los cabellos oscuros de Dave y los ojos azules de Lizzie; se notaba que ambos niños eran hijos de los mismos padres. De repente, la bocina de un coche resonó en la calle. Christine volvió a echarse a llorar y Cedric dio un salto en brazos de su padre. Éste lo dejó en el suelo susurrándole palabras para tranquilizarlo, lo besó en la mejilla, hizo una carantoña a Christine, besó a Lizzie en los labios y corrió fuera del cuarto, sin más explicación que un murmullo ininteligible. Abajo, en el coche, lo esperaba Brian, su mejor amigo y compañero de trabajo, fumando un pitillo y escuchando una alegre música que mezclaba rumba con reggae. Dave entró en el asiento del copiloto cantando, pues conocía la melodía a la perfección. —Bienvenido, super-papá —sonrió Brian. —Bienhallado, super-poli —respondió Dave, devolviéndole la sonrisa. —¿Cómo están Liz y los niños? —se interesó Brian.

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—Pues bien, Christy estaba llorando cuando he bajado ―contestó Dave, poniéndose el cinturón—. Cedric se había asustado con la bocina y Lizzie los estaba calmando. Pero de salud, bien, gracias —concluyó. —Me alegro —declaró Brian; a continuación, miró hacia otra parte y fingió desinterés e indiferencia—: ¿Y Rachel, qué tal está? Su amigo le dirigió una sonrisa burlona aprovechando que no lo veía; sabía perfectamente que Brian estaba loco por su hermana Rachel, y le hacía gracia verlo sonrojarse al hablar de ella. Sobre todo, desde que Rachel había sido ascendida a su mismo rango, el de inspectora, pues era de las más veteranas junto con ellos dos; debido a ello, Rachel había compartido ya algunos casos con Brian y Dave. —Ayer vinieron ella y Adam a cenar con nosotros —dijo éste—. Estuvieron jugando con los niños y charlando con Lizzie, se llevan muy bien con ella. Rach me contó que estaba bastante mejor de la gripe y que probablemente se reincorporara hoy. Brian asintió con la cabeza sin mirarlo, dando una calada a su cigarrillo, y arrancó el coche, pues se estaban demorando demasiado. —Hoy nos toca capturar a una banda de secuestradores ―anunció, para cambiar de tema—. Aunque también son asesinos y puede que violadores. Sólo secuestran a chicas, por las que piden un rescate y, cuando lo cobran, las matan. —Unas joyitas —resumió Dave. —Pues sí —afirmó Brian. Calló mientras conducía el coche hacia su destino, atento al tráfico de la concurrida ciudad de Londres, incluso en aquella zona alejada del centro donde vivían los Rivers. Dave dejó de prestar atención al paisaje y a los lugares que atravesaban, y pensó en su familia. Lo hacía siempre que salía a trabajar en el coche con Brian; no podía evitarlo. Recordaba las promesas que hacía a su mujer, promesas que siempre lograba cumplir porque desempeñaba su oficio con gran facilidad, y estaba convencido de que aquella vez no sería una excepción. Sabía que volvería al

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anochecer, que besaría a su mujer en los labios, que jugaría con Cedric hasta la hora de acostarse, que acunaría a Christine entre sus brazos para darle el biberón. Sabía que su vida no cambiaría. No podía imaginar lo equivocado que estaba.

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1 Calma El coche frenó. —Hasta aquí puedo conducir —dijo Brian mientras aparcaba. La voz de su amigo sacó a Dave de sus pensamientos. Parpadeó, mirando a su alrededor mientras se quitaba el cinturón, abrió la puerta y salió al exterior. Se encontró en las afueras de la ciudad, en una zona casi deshabitada, llena de casas destartaladas y edificios medio derruidos. Ante él se extendía un descampado desértico, rodeado por una alambrada en cuyo extremo se adivinaba una puerta rota. El Sol aparecía esporádicamente entre las nubes que cubrían el cielo. Dave se sorprendió al no haberse percatado antes de que no sabía en qué lugar se hallaban. —¿Dónde está la guarida? —En uno de los edificios abandonados que hay tras esta planicie —respondió Brian—. Nuestros compañeros descubrieron, tras mucho indagar, que se ocultaban aquí, alejados del mundo. —Para no ser descubiertos —adivinó Dave—. Eligieron bien, éste sitio está desierto. Un edificio abandonado, rodeado de carreteras, descampados y más edificios abandonados... A nadie en sus cabales se le ocurriría venir aquí. —Excepto a nosotros —sonrió Brian. Dave rió. Se terminó el pitillo, tiró la colilla y echó mano de su arma para comprobar que estaba cargada. Su amigo se dedicó a contemplar el paraje de inmuebles viejos, desolados y vacíos, y el erial, seco como un desierto y sin asomo de vegetación. El centro de la ciudad quedaba muy lejos, a sus espaldas. -11-


—Venga, colega —lo llamó Dave—. ¿Estás preparado? Brian arrojó la colilla al suelo y sacó la pistola de su funda, prendida a su cinturón, con una enigmática sonrisa dibujada en el rostro. —Por supuesto —afirmó. Se pusieron en marcha. Rodearon el descampado, pasando por delante de varios edificios deshabitados y pisando las pocas hierbas amarillas que habían sobrevivido a la bochornosa primavera. Sin duda no sobrevivirían al caluroso verano, pensó Brian, pues el sol de principios de junio caía sobre ellos como una ardiente bola de fuego, a pesar de las esponjosas y sempiternas nubes que poblaban el cielo. Aquellas hierbas no tardarían en morir, y el lugar volvería a convertirse en un terreno completamente yermo y estéril. Al poco llegaron a una plaza vacía, como el resto de la barriada, y Brian retuvo a Dave para que se mantuviera escondido junto a él en una esquina. Señaló la construcción situada al fondo de la plaza: debían de haber unos cinco pisos, todos con ventanas y balcones rotos o a punto de caerse; la fachada, que en otros tiempos había sido blanca, estaba ahora llena de desconchones; las puertas de entrada al edificio se habían caído y ahora el acceso era libre, pero los dos hombres no dudaron que las personas que entraban y salían eran vigiladas. —¿Todo esto pertenece a esa banda de secuestradores? —preguntó Dave en un susurro. —Todo —afirmó Brian en el mismo tono—. Los cinco pisos al completo. El jefe de todos ellos es Hatch, un tipo odioso. Es un hombre muy peligroso, se le acusa de la desaparición de varias chicas de las que no se sabe nada desde hace meses, algunas incluso años. Ya no esperamos encontrarlas vivas —concluyó con un tenue suspiro. —¿Y su banda? —preguntó Dave. —Contando a Hatch, son seis hombres —contestó Brian—. Te pondré al corriente: está Slippereel, escurridizo como una anguila;

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el nombre le viene que ni al pelo, nunca ningún policía ha conseguido darle alcance. Luego están los dos guardaespaldas de Hatch, Coleman y Danford, fieles a su jefe: cumplen sus órdenes a rajatabla y no dudan en matar si la situación lo requiere, son fríos y calculadores. También está Death, el mejor con las armas; su blanco puede estar a un kilómetro de distancia, pero él siempre acertará. Es mejor pelear con él cuerpo a cuerpo, pues de lejos puede abatirte fácilmente. Dave fue asintiendo a medida que escuchaba las descripciones que le detallaba su amigo, tratando de memorizar los trucos para acabar con los hombres de Hatch con facilidad, al mismo tiempo que mantenía un ojo puesto en los alrededores y en la plaza que se extendía ante ellos. Tuvo suerte de hacerlo, pues, aunque no pudo oír la última descripción que Brian le transmitía, pudo detectar, con el rabillo del ojo, una presencia que se les acercaba sigilosamente... —... hay que tener cuidado con él, porque... —estaba diciendo Brian. —¡Agáchate! —gritó Dave de pronto, empujándolo para que cayera y tirándose él al suelo; tras oírse el sonido de un tiro, se levantó a trompicones con el arma en ristre—. ¡Alto o disparo! Echó a correr mientras Brian se recuperaba de la impresión, y persiguió a la persona que les había disparado. Corriendo lo más velozmente que podía, Dave sólo alcanzó a distinguir un chándal raído y sucio y una melena despeinada y con greñas, que se alejaban de él con la rapidez de una liebre. Cuando ya se hallaba muy cerca del causante del disparo, algo, o alguien, pasó corriendo por al lado suya y capturó al delincuente. —¡Quedas detenido por intento de asesinato! —gritó Brian mientras le ponía las esposas. —¡Suéltame, maldito madero! —se revolvió el dueño del chándal y la melena despeinada. Dave lo sujetó por la chaqueta para que cesara en su idea de escapar mientras sacaba su placa de inspector, y Brian tuvo más facilidad para esposarlo. Sin embargo, el hombre siguió gruñendo

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y retorciéndose, intentando que lo soltaran, y Dave se vio obligado a echar mano de su pistola para hacer que se quedara quieto. —Ya vale, colega —ordenó, poniendo el arma en su sien y la placa ante sus ojos. —Me llamo Meeks, Walter Meeks —espetó el delincuente. —Pues a ver si haces honor a tu nombre y te comportas como un corderito —replicó Brian. —¡No sois más que una mierda de polis cabrones que no valéis más que esas mierdas de placas que lleváis! —Una mierda de poli que te ha visto antes de que nos dispararas —indicó Brian, refiriéndose a Dave. —Una mierda de poli que te ha capturado —terció éste, señalando a su amigo con la cabeza. Ambos cruzaron una mirada de complicidad, y Brian obligó a Meeks, que había empezado a soltar improperios, a caminar hacia el coche. Éste, temiendo que Dave apretara el gatillo, no tuvo más remedio que obedecer, pero sus gruñidos e insultos no cesaron. Los inspectores creyeron que lograrían llevarlo a la comisaría sin problemas, que no intentaría nada... Pero Meeks lo intentó. Cuando pasaban cerca del descampado rodeado por la alambrada, giró sobre sí mismo con brusquedad, de forma que Brian soltó su brazo por la sorpresa, y dio una patada a Dave en el estómago para hacerlo caer. Luego, confiado, echó a correr de vuelta hacia la plaza donde se hallaba el edificio de Hatch, pero Brian no tardó en recuperarse de su segunda impresión de aquel día y lo persiguió. Meeks se giró cuando sólo los separaban dos pasos y, de improviso, alzó los pies al aire con maestría para herir al policía en la mejilla. Sin embargo, cuando Brian cayó al suelo y Meeks se irguió, un palo de madera se estrelló contra la cabeza de éste. —Buen intento —reconoció Dave, soltando el palo; tendió una mano a su amigo—. ¿Estás bien? Te ha hecho un corte muy feo. —Gracias, pero no es nada. —Brian tomó su mano para poner-

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se en pie, ignorando la sangre que le resbalaba por la mejilla—. Será mejor que aprovechemos su aturdimiento —dijo, apuntando con el dedo al maltrecho Meeks, que gemía de dolor en el suelo. —Sí, llevémoslo al coche. Levantaron al delincuente entre los dos, cada uno por un brazo, y comprobaron que se mantenía en pie a duras penas. Lo arrastraron hasta el coche, sin fiarse del todo de sus síntomas de semiinconsciencia, y lo metieron en el asiento trasero. Dave le colocó otro par de esposas alrededor de los tobillos, se sentó al volante y puso el motor en marcha. Cuando Brian se hubo instalado junto a Meeks con su arma vuelta hacia él, Dave arrancó en dirección a la comisaría. Sólo entonces, Brian se concedió unos segundos para examinarse torpemente la mejilla, aunque sólo fue capaz de contener un poco la sangre. Meeks decía incoherencias a cada segundo, aún aturdido por el golpe que había recibido, pero se fue espabilando durante el viaje. Les quedaba poco para llegar a su destino, cuando Brian oyó que le chistaba. —¿Qué quieres? —espetó, sin apartar su pistola de él. —Informarte de vuestro error —respondió Meeks con una sonrisa torcida, mostrando unos dientes muy sucios—. Los míos no se rendirán. Habéis caído en la trampa: vendrán a por mí y nos llevaremos a la chica. Brian se estremeció al oír sus palabras, pero procuró parecer sereno. —Gracias por el aviso —replicó—. Estaremos prevenidos, aunque dudo que estés diciendo la verdad. A pesar de lo que había recibido como respuesta, Meeks no dejó de reír en todo el resto del camino. **** Lejos de allí, en el lugar del que se alejaban, un asustado Slippereel daba a su jefe las últimas noticias: la chica a la que

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buscaban estaba muy bien protegida, pues trabajaba en una comisaría llena de repugnantes maderos. Para colmo, los dos inspectores más allegados a ella acababan de capturar, casi en sus propias narices, a Meeks, quien no había tenido tiempo de pedir auxilio antes de toparse con ellos. Meeks nunca llegaba tarde a una cita, y menos con Hatch; parecía evidente que había sido detenido. —¿Cuáles son los nombres de los malditos que siempre encubren a la chica? —preguntó Hatch muy despacio; Slippereel sabía que aquel tono de voz no presagiaba nada bueno. —El hermano se llama David Rivers, aunque suelen llamarlo Dave —respondió, cuidando sus palabras—. El otro, el coleguita de Rivers, se llama Brian Kelley y está colado por la chica. —¿Kelley, enamorado de la hermana de Rivers? —Hatch comenzó a reír a carcajadas y su vasallo no supo muy bien cómo actuar; acabó optando por reír suavemente, para no despertar las iras de su jefe—. Así que tenemos a un hermano metomentodo y a un tonto enamorado —prosiguió éste—. Pues me temo que van a ver a su mayor tesoro por última vez cuando lleguen hoy a la comisaría. Porque no hay duda de que esa chica es un tesoro... pero está en el cofre equivocado. Esbozó una macabra y maliciosa sonrisa, mirando a Slippereel, y éste tembló de miedo al decir: —M-me temo que hay un problema, señor. —¿Qué problema? —preguntó Hatch distraídamente, como si no tuviera la menor importancia. —Es que... la chica no vive sola. —Slippereel tragó saliva; aquel no era el peor problema con respecto a su nueva víctima—. Vive con el mayor de sus hermanos, Adam Rivers, que es un maestro de las artes marciales. Esto no tiene por qué ser un impedimento, por supuesto… —Deja de dar rodeos, Slippereel. Al grano. Espoleado por las palabras de su jefe y por el miedo a las represalias, Slippereel soltó de un tirón:

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—Rachel Rivers no es una policía cualquiera: es una inspectora. Hatch bajó la vista hacia él, considerando si bromeaba o no. Por el semblante acongojado y sudoroso de su subordinado, supo que no era así. Muy tranquilamente, se sentó, tamborileó suavemente en la mesa con los dedos y, a continuación, cerró los ojos y apoyó la cabeza en las manos, pensativo. Slippereel se relajó, convencido de que el peligro había pasado… Súbitamente, Hatch golpeó la mesa al tiempo que profería un grito de rabia, y se puso en pie de un salto. Slippereel lo imitó, pero procuró mantener las distancias. —¿Cómo te atreves? —bramó Hatch—. ¿Cómo te atreves a traerme tan malas noticias? ¿Quieres morir? ¿Es eso? ¡¿Quieres morir?! Cogió un arma que se hallaba sobre la mesa donde había estado sentado segundos antes y la alzó hacia Slippereel. Éste retrocedió, suplicando clemencia, hasta que su espalda dio contra la pared y tuvo que arrodillarse. —Perdóneme, señor —imploró—. Nunca, nunca más volveré a traerle malas noticias, pero por favor, déjeme vivir, aún puedo servirle. Ya me conoce, ningún policía puede capturarme... —Eres escurridizo, sí —admitió Hatch; Slippereel creyó ver un atisbo de esperanza—. Has logrado escapar en las mismas narices de los maderos, pero... no conseguirás escapar de mí, del gran Richard Hatch. Sin piedad y con un brillo de locura en sus ojos negros, apretó el gatillo del arma que apoyaba en la cabeza de Slippereel; éste cayó muerto a sus pies y su sangre no tardó en formar un charco. Pero Hatch, tan impasible, tan frío, tan letal, ni se molestó en apartar el cadáver. Comenzó a pasear por la sala, pensando en su plan y en los fracasos que podía conllevar, y trató de aclarar sus ideas contando el dinero conseguido en el último botín, el rescate cobrado por una irlandesa de armas tomar. El maletín contenía una gran fortuna, suficiente para vivir bien el resto de sus días,

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pero Hatch era ambicioso y ansiaba más. Por eso, entre otras cosas, deseaba capturar a Rachel Rivers, porque la chica había heredado una auténtica fortuna de sus difuntos padres, Adam y Lucy Rivers. «Y además está buena», pensó Hatch con una siniestra sonrisa. Al fin, la idea que tanto había estado esperando acudió a su mente. —¡Danford! ¡Coleman! Dos hombretones, altos y fuertes, se plantaron al instante ante él. —Tenemos una misión —dijo Hatch—. Vamos a capturar a Rivers de una vez, pero para eso necesito que Death entretenga a los policías. Quiero que le digáis que se busque un buen sitio para disparar, que se lleve el walkie-talkie para esperar mi señal, y que abra fuego en el momento preciso, si falla o acierta me es igual. Lo que debe hacer es distraer a los policías, de modo que nosotros, en la confusión, podamos acabar con la mayoría de ellos y llevarnos a la chica. ¿Queda claro? —Sí, señor —asintieron los hombres mansamente. —Pues en marcha. Antes de salir hacia la comisaría, Hatch aún se permitió un momento para abrir de nuevo el maletín y contemplar su contenido. En cuestión de días, quizá sólo horas, sus riquezas se ampliarían, pensó mientras se relamía de gusto. **** Llegaron a la comisaría unos minutos después. Dave sacó del asiento trasero a Meeks, le quitó las esposas de los tobillos y lo obligó a caminar hacia la puerta de entrada, mientras Brian salía del coche. Unos agentes vestidos de uniforme intercambiaron unas palabras con Dave y se llevaron a Meeks hacia la Sección de Interrogatorios, para dejarlo en una de las cuatro salas bajo vigilancia hasta que fuera interrogado y deportado a la cárcel, a espera de un juicio. Brian entró en recepción tras su amigo y, antes de que ninguno de los dos pudiera cruzar una palabra con nadie, oyeron una voz

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que los llenó de alivio y alegría. Brian sintió que el corazón le daba un brinco en el pecho y que el tiempo se detenía a su alrededor, y suspiró casi sin darse cuenta mientras veía acercarse a una joven rubia, de cabellos ondulados y ojos color miel, vestida con una corta falda vaquera y una sencilla blusa roja que resaltaba sus pechos. A su lado, Dave sonrió, en parte contento por ver a su hermana, en parte divertido por la reacción de su amigo. —Hola, Rach —saludó a la recién llegada, dándole dos besos en las mejillas. —Hola, Dave. —Ella sonrió deslumbrantemente; Brian volvió a suspirar—. ¿Qué tal ha ido la «caza del caco»? ¿Te ha hecho daño? —Sólo me ha tirado una vez al suelo. —Dave se encogió de hombros para quitarle importancia—. Luego yo le he arreado con un palo y hemos podido meterlo en el coche, ¿verdad, Brian? Brian trató de salir de su ensimismamiento para responder. —Eh... Sí, claro que sí... —¿Qué tienes ahí? —lo cortó Rachel. Brian parpadeó, perplejo, hasta que se dio cuenta de que la chica se refería a su mejilla. Fue a taparse el pequeño corte con la mano, pero Rachel fue más rápida: alzó las manos e inspeccionó con cuidado la zona herida de su amigo. A Brian lo recorrió un estremecimiento cuando los finos dedos de la muchacha entraron en contacto con su áspera piel, pero hizo todo lo posible por no dejarlo ver. Dave, a su lado, se tapó la boca con la mano para contener la risa. —Tiene muy mala pinta —concluyó Rachel—. Ven, será mejor que vayamos a la enfermería. Lo tomó de la mano para llevarlo escaleras arriba, y Brian sintió que todas sus células se agitaban de puro nerviosismo. Se dejó arrastrar por ella, pero aún tuvo tiempo de oír la carcajada de Dave cuando creía que ya no podía oírlo. Furioso con él y consigo mismo, trató de despertar y regresar al mundo real para no parecer un tonto ante Rachel, y prestó atención a los lugares de la comisa-

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ría por los que ella lo guiaba: caminaban por el pasillo del primer piso y se dirigían a la puerta del fondo, la que daba a la enfermería para heridos leves. Rachel abrió la puerta y lo invitó a entrar con una nueva sonrisa deslumbrante. Brian, ignorando a los policías que lo miraban y sintiéndose el hombre más feliz del mundo, entró. —Bueno, a ver... —comenzó Rachel, cerrando la puerta tras de sí—. Siéntate ahí, voy a prepararlo todo. Brian se sentó en la silla que Rachel le indicaba y esperó, en silencio, con los nervios a flor de piel. La joven no tardó en reunir el material necesario y se situó frente a él, regalándole otra sonrisa antes de empezar a hablar. —Voy a darte puntos —explicó—. Así se te cerrará la herida con mayor rapidez que cosiéndola. Brian se obligó a sí mismo a dejar a un lado los nervios y a mantener con ella una conversación normal, entre amigos, aunque él ansiara algo más. —Así que, además de inspectora, eres enfermera —se oyó decir. Rachel rió; el sonido de su risa era para Brian como un canto celestial. —Estudié medicina antes de ser policía —aclaró, aún entre risas—. De todas formas, seguro que no soy la única que tiene un pasado nada acorde con su presente. ¿Me equivoco? No, no se equivocaba. Brian había trabajado como dependiente en una tienda y como redactor en una revista, antes de dedicarse por completo a su carrera como policía. Enrojeció un poco al recordarlo, pero no dijo nada y nuevamente el silencio reinó en la sala. El joven inspector hubiera querido decir algo, romper la fina capa de hielo que existía entre él y Rachel, pero tenía la garganta seca y los nervios le impidieron aclarársela. Entonces, la muchacha le hizo daño y Brian saltó en su asiento, sintiendo un dolor muy intenso en la mejilla. —Lo siento —se disculpó Rachel—. Ha sido sin querer... —No te preocupes —la calmó Brian, restándole importancia—. No es nada, continúa.

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Resopló mientras volvía a recostarse en la silla, y cerró los ojos para tratar de calmarse y apartar de una vez los nervios a un lado. Los suaves dedos de Rachel siguieron acariciándole la mejilla mientras curaban el corte durante varios minutos más, lo que lo ayudó en gran parte a relajarse un poco. —¿Te pasa algo, Brian? —preguntó al fin Rachel—. Te noto un poco... incómodo. Brian carraspeó, buscando una excusa creíble. —Es que... es la primera vez que me curas tú, y... —¿No te fías de mí? —El rostro de la joven mostraba preocupación. —¡Oh, no! No he querido decir eso, es que... Optó por callar y cerrar los ojos de nuevo, antes de volver a estropear su relación con Rachel con sus torpezas, como ya había hecho miles de veces. Pero entonces volvió a oír su risa celestial, divertida y alegre, y la miró con extrañeza. —Eres un cielo, Brian —dijo ella sin dejar de reír—. Tan dulce, tan... inocente... Él sintió que toda la sangre se le agolpaba en el rostro al oír aquellas palabras en boca de la inspectora, y no pudo evitar esbozar una sonrisa a pesar de su asombro. Rachel le devolvió el gesto y acarició su mejilla sana, provocándole un nuevo estremecimiento. —No tienes que estar nervioso por estar conmigo —dijo. —Yo... yo no... Yo... —Brian estaba ya como un tomate. —No niegues lo evidente —interrumpió Rachel con suavidad—. Salta a la vista. —¿Tanto se me nota? —Mucho. Brian no pudo evitar sonreír ampliamente ante las nuevas risas de la chica. Cuando éstas se fueron calmando, se atrevió a preguntar: —Y... ¿tú qué piensas? La expresión de Rachel se tornó seria, casi triste. Brian temió haber metido la pata.

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—Lo siento, no quería... —No te preocupes —suspiró ella—. Es que... desde mi última experiencia amorosa, ando siempre con pies de plomo. No es culpa tuya, de verdad. —Entiendo —asintió Brian. Recordaba perfectamente lo feliz que había estado Rachel mientras salía con Humphrey Trueman, el antiguo inspector jefe de la comisaría, quien había encandilado a la muchacha desde el primer día en que estuvo allí, hasta el punto de convencerla para casarse. Ella, radiante, había accedido, a pesar de la oposición de Dave, que no se fiaba un pelo de Humphrey y creía que sólo la quería para aprovecharse de las riquezas que sus padres, afortunados en el azar, le habían dejado en herencia. Al final resultó ser que Dave tenía razón: probó a decirle a Humphrey que tanto él como su hermana habían perdido toda su fortuna por culpa de los bancos, y él declaró a los cuatro vientos que jamás se casaría con una pobretona como ella. Rachel lo había escuchado todo a escondidas, para comprobar si su hermano tenía razón o no, y había salido ante el que le había pedido matrimonio para afirmar, con voz quebrada, que era el peor hombre que cualquier mujer podía conocer. Furioso tras descubrir el engaño de Dave, Humphrey había abandonado la comisaría, no sin antes jurar que se vengaría de la peor forma posible. Brian lo odiaba por dos razones: por haber jugado con Rachel hasta convertirla en una solitaria alma en pena, y por habérsele adelantado cuando él había intentado tantas veces cortejar a la joven sin éxito. Sin embargo, tras aquella historia, había notado que Rachel se le iba acercando más, poco a poco, como si no se fiara completamente de él, pero quisiera hacerlo. Brian, por su parte, había sabido estar ahí siempre que ella lo había necesitado, aunque no dejaba de percibir que Dave los miraba con complicidad cuando los veía juntos; Brian sospechaba que su amigo había tenido algo que ver en el lento despertar de su hermana tras el engaño de Humphrey, y también en la aproximación que se

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había producido entre ambos. Aquello había ocurrido tres años atrás, pero el acercamiento aún no había concluido; más bien, parecía estar acrecentándose. —Esto ya está —dijo Rachel, sacándolo de sus pensamientos—. No tardará mucho en cicatrizar. —Gracias, Rachel —sonrió Brian mientras se levantaba—. Yo... espero que nos veamos más a menudo. —Yo también lo espero, Brian. Sin previo aviso, Rachel le plantó un beso en la mejilla sana y, evitando su mirada, salió apresuradamente de la enfermería y se perdió por los pasillos de la comisaría. Brian, entre azorado y alegre, se palpó el rostro, allí donde ella había posado un momento sus labios, y caminó todo el resto del trayecto hacia las oficinas con la mano sobre la mejilla sana y una sonrisa dibujada en la cara. Sabía que no debía hacerse ilusiones, que era muy difícil, casi imposible, que Rachel se decidiera a darle una oportunidad, pero se sentía muy feliz por el trato que había recibido por su parte. Sin embargo, tras pensarlo un poco y casi a las puertas de las oficinas, en las que se hallaba Dave, decidió que era un estúpido por creer que pudiera llegar a tener algo con Rachel. «Iluso de mí», pensó estoicamente. **** Sofocando sus risas tras la escena protagonizada por su hermana y su amigo en recepción, Dave entró en su oficina de trabajo y se sentó ante el ordenador para empezar a recopilar datos sobre la banda de Hatch; debía estudiar concienzudamente a cada componente del grupo para sacar algo en claro del interrogatorio que debía realizar a Meeks después del almuerzo. Imprimió fotos de los criminales y de varias de sus víctimas y botines, y preparó un informe que terminaría de redactar tras el interrogatorio para entregarlo al comisario a través del inspector jefe. Luego se acomodó en la silla con un pitillo y se dispuso a esperar a Brian.

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Ignoraba el peligro que se cernía sobre él. Ignoraba que podía morir. Ignoraba que, en aquel preciso instante, un francotirador apuntaba hacia su cabeza, escondido entre las ramas del naranjo que se encontraba plantado en la acera frente a la comisaría. Le había costado mucho camuflarse allí, tan atestado de polis como estaba aquello, y no pensaba desaprovechar la oportunidad: apuntaba para asegurarse de no fallar cuando recibiera el aviso. Súbitamente, el walkie-talkie que llevaba amarrado al cinturón vibró, muy levemente, casi de forma imperceptible, pero fue suficiente para que su dueño comprendiera la señal. Las paredes de las oficinas no eran sino unas frágiles vidrieras, que la bala atravesaría con facilidad para ir a incrustarse entre las cejas del maldito Rivers, pensó el francotirador mientras apretaba el gatillo... Dave se levantó al ver a Brian haciéndole señas desde la puerta, apagó el cigarro en el cenicero y se apartó de la mesa. Cuando iba a preguntar a su amigo sobre la herida de su mejilla y su reunión con Rachel, el cenicero estalló, sobresaltándolos. Al ver el cristal de las vidrieras roto e ignorando los gritos y alarmas de los policías que habían oído el disparo desde el pasillo, Brian y Dave cruzaron una mirada y supieron lo que tenían que hacer; salieron corriendo cada uno en una dirección. Dave recogió las fotografías recién impresas y voló escaleras abajo, en dirección a las Salas de Interrogatorios. No sabía en cuál de las cuatro se hallaba Meeks, pero tan sólo tuvo que mirar a través de los cristales de las habitaciones para saberlo. Entró como una exhalación. —¡Tú! ¡Cuéntame inmediatamente los planes de tu jefe! Brian se dirigió a la sala del fondo del pasillo. Llamó con fuerza e insistencia, pero entró sin esperar respuesta. —Siento la intrusión, señor comisario —jadeó—, pero acaba de producirse un incidente y necesitamos que se registren los alrededores de la comisaría. El comisario Clemens, un hombre de cabello canoso y espeso

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bigote gris, se levantó de inmediato con el semblante sereno y resuelto, quedando a la altura de la nariz de Brian. Rodeó la mesa y avanzó hacia la puerta con la mano extendida. —¿Qué ha ocurrido, Kelley? Brian lo dejó salir y caminó tras él mientras le explicaba lo del cenicero. —Creo que Dave y yo hemos llegado a la misma conclusión: un francotirador —finalizó. —¡McKim! ¡Lincoln! —llamó el comisario sin dejar de caminar; dos hombres vestidos de uniforme se presentaron ante él—. Quiero que reúnan al mayor número posible de agentes, incluyendo tanto oficiales como inspectores, los dividan en grupos y registren los exteriores de la comisaría. No pasen por alto ningún detalle. —Se volvió hacia Brian mientras los hombres se alejaban para cumplir sus órdenes—. ¿Dónde está Rivers? —Ha bajado a interrogar a Meeks —respondió Brian—. Creemos que puede tratarse de la banda de Hatch. —¿Hay alguna razón para que piensen así? —Fue por algo que Meeks dijo: «Los míos no se rendirán» o algo así. —Brian estaba seguro de que Dave lo había oído en el coche, pero dudaba que se hubiera enterado de lo relativo a la chica, por lo que optó por no mencionarlo. —Bien —asintió el comisario—. Vaya con Rivers e interroguen a ese hombre. —Así que no piensas contármelo. Dave se paseaba por la habitación. Tenso. Nervioso. Inquieto. Aparentando una calma que estaba lejos de sentir. Meeks, esposado a la pata de la mesa, fumaba tranquilamente y echaba miradas a las fotos con aire inexpresivo. —Afirmas que no conoces a esos hombres, tus cómplices, ni a estas chicas, a las que secuestrasteis para haceros de oro con sus rescates, aunque tras cobrar no cumplisteis nunca vuestra parte del trato.

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—No conozco a ninguno de esos hombres —confirmó Meeks—. Y a esas chicas no las he visto en mi vida, aunque ya me gustaría... Dave dio un golpe en la mesa, exasperado. —Las secuestrasteis —dijo—. Las violasteis y torturasteis hasta la muerte. Las extorsionasteis hasta que no pudieron más. Y luego despedazasteis sus cadáveres y los tirasteis a ríos caudalosos para que no fueran encontrados. —¿Dónde están las pruebas de todo eso que has dicho, poli de mierda? —rió Meeks, mostrando sus sucios y torcidos dientes—. No hay rastro de esas mujeres desde hace años, ni cadáveres ni nada. ¿Cómo piensas demostrarlo? Lanzó la colilla encendida hacia Dave, quien se apresuró a apagar las chispas que saltaron en su chaqueta de cuero marrón, pero de pronto una mano agarró por el pelo al criminal y lo sacudió varias veces, hasta acabar chocándolo contra la mesa. —Ya nos estás contando la verdad —exigió la voz de un furioso Brian—. El que ha disparado a Dave hace un momento era uno de los secuaces de Hatch, ¿verdad? ¡Confiesa o te reventaré el cerebro de un balazo! Meeks comenzó a asustarse de verdad, o eso creyó ver Dave en su magullado rostro cuando Brian le hizo alzar la cabeza tirándole de la sucia y despeinada melena. —Brian... —advirtió Dave con voz calmada. —¡Confiesa! —repitió éste, sacudiéndolo un poco antes de soltarlo. —¡Yo no sé nada! —gritó Meeks—. ¡Lo juro! ¡Hatch nunca me habló de un francotirador asesina-polis! —Pero sí de una chica a la que debéis secuestrar —apostilló Brian; rehuyó la mirada inquisitiva de Dave, sabiendo que tendría que enfrentarse a él más tarde. —Sólo es una más —trató de justificarse Meeks—. Sólo buscamos dinero y un poco de diversión... —Así que admites servir a Hatch y haber acabado con la vida

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de varias jóvenes por dinero —intervino Dave, disimulando su sorpresa a través de aquellas confesiones. —Y tener un plan con Hatch para capturar a otra chica —añadió Brian, paseando nerviosamente por detrás del delincuente; dio un golpe en la mesa con furia, sobresaltándolo—. ¡Habla! ¿A quién pretendéis llevaros? —Brian —volvió a advertirle Dave, en un tono un poco más elevado. Encogido de miedo ante la violencia del policía, Meeks tartamudeó: —Y-yo no... E-eran ellos l-los que... —¡Deja de balbucear como un crío! —bramó Brian, golpeando de nuevo la mesa; la ira podía leerse en sus ojos grises—. ¡Si no hablas de una vez, te sacaré los ojos con mis propias manos! —¡Brian, ya es suficiente! —¡Por favor! ¡Yo no sé nada! ¡No me hagan daño! —¡Confiesa, maldito diablo! —¡¡Brian!! Dave tomó a su amigo del brazo y lo arrastró fuera de la sala, aprovechando que era más fuerte que él, pues temía que cometiera una locura e intentara acabar realmente con Meeks. No lo soltó hasta que estuvieron a los pies de las escaleras que conducían arriba, para discutir con él sin que los oyera el delincuente. —¡¿Se puede saber qué te pasa, Brian?! —preguntó al fin, obligando a su amigo a mirarlo sujetándolo aún del brazo. Lo soltó mientras agregaba—: Nunca te había visto tan violento en un interrogatorio. ¿Vas a explicarme a qué venían esas amenazas? Brian lo miró con la ira aún reflejada en sus ojos grises, pero se calmó al ver en los marrones de su amigo la incomprensión. Bajó la mirada mientras suspiraba hondamente, cerró los ojos y trató de controlarse. —Lo siento —murmuró—. Debería habértelo contado desde el momento en que lo oí. —¿Decirme qué?

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—En el coche —dijo Brian muy lentamente—, Meeks me dijo una cosa que no me preocupó al principio, puesto que estamos en una comisaría, pero después de lo del francotirador que acertó en tu cenicero... —¿Qué te dijo, Brian? —inquirió Dave con voz queda, intentando mantenerse sereno a pesar de que la inquietud lo devoraba por dentro. —«Los míos no se rendirán. Ellos vendrán a por mí y nos llevaremos a la chica» —citó Brian textualmente—. Vendrán a por la chica, Dave —repitió, abriendo los ojos y alzando la vista—. A por la chica. Se le quebró la voz con las últimas palabras y volvió a agachar la cabeza, sombrío y preocupado, sintiéndose estúpido por no habérselo contado antes. Frente a él, Dave palideció al comprender lo que su amigo quería decir y el miedo comenzó a atenazarle el alma. Pero no le reprochó que no se lo hubiese dicho en cuanto lo oyó, pues él mismo había creído que Meeks sólo había dicho que los suyos irían a rescatarlo. Sin embargo, con las palabras que no había oído de sus labios, sino de los de Brian, la cosa cambiaba completamente. Desesperado, miró a su amigo durante largo rato, sin reaccionar, y éste también alzó la vista y sostuvo su mirada, sin saber qué hacer. —Inspectores Kelley y Rivers —los llamó de pronto el vigilante de la Sección de Interrogatorios, sacándolos de su ensimismamiento; ambos parpadearon brevemente para volver al mundo real—. El hombre al que estaban interrogando asegura tener algo que comunicarles. Con la determinación habitual, Brian avanzó a grandes zancadas hacia la sala donde estaba Meeks y entró con cara de pocos amigos. —¿Qué quieres? —espetó al reo. Éste le dirigió una sonrisa torcida y dejó escapar el humo de su boca; fumaba un pitillo recostado en la silla y tenía las piernas cruzadas por debajo de la mesa. Todo el miedo que había

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manifestado cuando Brian lo amenazó había desaparecido. —Calma, mi querido madero —dijo con voz burlona. La ira centelleó por un instante en los ojos grises de Brian, pero se esfumó tal como había venido—. Voy a daros la información que deseáis a cambio de una cosa. —¿Por qué? —quiso saber Dave; no se fiaba ni un pelo—. ¿Por qué ahora y no antes? —Me lo he pensado mejor —respondió Meeks solamente, quitándole importancia. Dio una calada y prosiguió—: La chica de la que mi jefe pretende obtener beneficios desde hace mucho es aquella que os une a ambos, aunque ha tenido que contenerse, pues ella no es fácil de capturar. Brian tragó saliva; lo había entendido. Dave también, pero quiso ganar tiempo. —No hay una mujer que nos una —dijo—. No somos hermanos, ni primos, ni... —La cosa no va por ahí —lo cortó Meeks—. Lo sabes perfectamente, no disimules. Sé que vosotros no sois hermanos, pero uno de vosotros no es hijo único... Sonrió de nuevo mientras daba otra calada despreocupadamente. Las sospechas de Dave se confirmaron al ver su rostro macabro. Nuevamente palideció, pero tuvo que posponer las sorpresas para ir a detener a Brian: éste se había lanzado contra el criminal para abofetearlo furiosamente, insultándolo a gritos sin parar. Sin embargo, mientras más le golpeaba, más sonreía Meeks, a pesar de que no había podido aclarar qué deseaba a cambio de lo que les había dicho. —¿Qué haces, Brian? ¿Quieres que te abran un expediente? Desde el suelo y con Dave sujetándole las manos con fuerza, Brian no tuvo tiempo de contestar; se oyó un estruendo en el piso de arriba, gritos, disparos, muebles cayendo. Brian y Dave se levantaron rápidamente y echaron a correr sin mirar atrás.

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2 Tempestad —Por favor, deteneos —suplicó Rachel. Se hallaba tirada en el suelo de la recepción, frente a la puerta de entrada a la comisaría, en medio del desorden que los atracadores habían causado. Muebles, cadáveres y sangre lo llenaban todo, puesto que los asaltantes no se habían ablandado un ápice ante las súplicas de los pobres infelices a quienes habían arrebatado la vida. Rachel y unas cuantas mujeres más parecían haber sido las únicas afortunadas a quienes no habían querido matar... aún. No quedaba un solo hombre en pie y no había noticias de aquellos que habían salido a inspeccionar el terreno. Rachel tuvo la certeza de que todos habían sido asesinados por el grupo de personas que se encontraba ante ella, cuatro hombres y dos mujeres de aspecto siniestro. El de más a la derecha se hallaba completamente vestido de negro, y su rostro estaba tapado de tal forma que sólo se le veían los ojos azules, con los que miró a Rachel de una manera que ella no pudo identificar; juraría, sin embargo, que los había visto antes. Miró al hombre de al lado: era el más alto de todos, tenía el cabello oscuro y en sus ojos negros relucía la locura. Más a la derecha se hallaba el que seguía a éste en altura, pero de mayor fuerza y mirada más feroz, así como de menos pelo, pues estaba casi calvo. En cuanto a las dos mujeres, situadas una a cada lado del grupo de hombres, la que parecía más joven tenía el cabello rizado y la piel bronceada, y sus ojos marrones mostraban ansia y satisfacción al mismo tiempo. La otra, algo mayor, era pelirroja, pero sus ojos oscuros tan sólo

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reflejaban indiferencia. Todos ellos, excepto aquel a quien sólo se le veían los ojos, llevaban la misma ropa: vaqueros negros y una chaqueta azul oscuro. Rachel pensó que debía de ser una especie de uniforme. Todos lo llevaban, excepto el que parecía el jefe. Fue el que se hallaba en medio de todo el grupo quien avanzó hacia Rachel con parsimonia. Era el único que vestía un traje de chaqueta blanco, a diferencia del resto; fue por ello por lo que la muchacha dedujo que sería el jefe de la banda. Lo contempló mientras se aproximaba: era alto, llevaba el cabello oscuro engominado hacia atrás, y en todo su rostro, no sólo en sus ojos oscuros, podía verse un destello de maldad, de sadismo, de locura. Al descubrirlo, Rachel no pudo evitar que la recorriera un escalofrío. —Vaya, vaya, vaya —dijo el jefe—. Rachel Rivers. Tantas vidas sacrificadas por ésta hermosa joven. Sus hombres rieron y las mujeres esbozaron una ligera sonrisa burlona. Rachel se preguntó cómo conocía su nombre, pero prefirió no decir nada por miedo. —¿Sabes por qué estamos aquí, Rachel? —preguntó el jefe, mirándola fijamente; ella negó con la cabeza, algo intimidada—. Pues te lo diré: queremos dinero. Sólo buscamos riquezas, y es lo que venimos a llevarnos de aquí. —Si es dinero lo que queréis —comenzó Rachel, titubeante—, os daré todo el que tengo con tal de que no matéis a nadie más. El jefe rió estruendosamente; era una risa desagradable, maquiavélica, áspera. Rachel volvió a estremecerse. —Nos darás todo tu dinero, en efecto, querida —afirmó el hombre, aún riendo—, puesto que serás tú la que haga que esos estúpidos que tienes como hermanos y su amigo, aún más estúpido, nos paguen todas sus riquezas con tal de encontrarte viva. Sorprendida y asustada por la realidad de sus palabras, Rachel se arrastró un poco hacia atrás, tratando de alejarse de aquel hombre que acababa de manifestar su deseo de capturarla y pedir

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una cuantiosa cantidad como rescate por ella. Pero éste la vio y dio un nuevo paso hacia ella, inclinándose hacia abajo con la mano extendida, mientras sus secuaces reían suavemente... —No te atrevas a tocarla. Rachel no recordaba haber cerrado los ojos, pero debía de haberlo hecho, puesto que los abrió en aquel momento, después de oír tras ella la voz familiar que había hablado. La escena que contempló la alivió y angustió a un mismo tiempo: Brian apoyaba su arma en la frente del jefe, quien se había parado un segundo antes de llegar a tocarla, y miraba al policía con una mezcla de diversión y odio. La expresión de Brian era feroz y no dejó lugar a dudas de sus intenciones cuando, avanzando hasta colocarse delante de Rachel, acarició el gatillo, dando a entender que estaba cargada. El cabecilla de la banda se apartó de la joven muy lentamente, sin borrar esa sonrisa ambigua de su rostro. Rachel se sobresaltó al sentir una mano sobre su brazo, pero se sujetó a su hermano en cuanto vio que se trataba de él. —¿Estás bien? —Dave la abrazó un momento y la situó tras de sí, apuntando hacia el jefe con su arma. —¡Qué alegría! —exclamó éste con fingida sorpresa—. ¡Ya tenía yo ganas de conocer a los dos malditos maderos que no paran de pisarme los talones! —Hatch —escupió Brian; conocía su rostro porque lo había fotografiado más de una vez para obtener pruebas incriminatorias contra él y su banda—. Desde luego, has venido al lugar idóneo: la policía de toda la ciudad te busca, y tú vas y atracas una comisaría. Un golpe muy ingenioso. —Cuánta hostilidad —rió Hatch—. Entérate bien, Kelley: si no has muerto ya es porque deseo matarte yo mismo, e igualmente sucede con los Rivers. Pero si algún otro policía, sea hombre o mujer, se atreve a moverse en esta habitación sin mi consentimiento, cualquiera de los hombres que vigilan mis espaldas acabará con su vida de un balazo. Paseó su mirada por la sala de recepción con expresión ame-

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nazadora, con lo que las policías que habían sobrevivido a la masacre, incluyendo a Rachel, se encogieron de terror y apartaron la vista; sólo Dave y Brian permanecieron impasibles, con sus armas aún apuntando hacia Hatch, e incluso se acrecentó la ferocidad en sus rostros. —Queremos a la chica —declaró entonces Hatch, aunque la mayoría de los presentes ya lo sabían; Brian y Dave se apretujaron delante de Rachel, ocultándola de la vista de los delincuentes—. No nos iremos de aquí sin ella o, en su defecto, sin alguien que la sustituya, a no ser que nos deis ahora mismo las riquezas que buscamos. Sus vasallos volvieron a reír, pues sabían que aquello era imposible. —Ella no irá a ninguna parte —dijo Dave, apretando el arma entre sus manos—. Y vosotros no os llevaréis ningún dinero. Rachel le puso una mano en el hombro, y la otra la depositó sobre el de Brian. —No sé si te has fijado, Hatch, pero estáis en una comisaría. ―Brian insistía en ello para que, si pasaba algo, alguna de sus compañeras avisara a los que aún quedaban arriba, en las salas de investigación, el despacho del inspector jefe y el laboratorio forense; no quería decir en voz alta que había gente en los dos pisos superiores, pero no hallaba otro modo de hacerlo notar—. No lograréis salir de aquí. —No sé si te has fijado, Kelley, pero nosotros somos seis y vosotros, dos —replicó Hatch con una sonrisa sádica—. ¿O quizás debo contar a la señorita Rivers? En tal caso seríais sólo tres, pues todas estas cobardes que andan tiradas por los suelos se quedarán ahí hasta que nos vayamos. Lo pronunció como si de una sentencia se tratara, y nadie se atrevió a contradecirlo. —Vuestras armas no os sirven para nada —añadió Hatch—. Quizá la señorita Rivers quiera conservarla como recuerdo de su patético hermano y su estúpido amante...

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Fue alzando las manos mientras hablaba y dos de sus hombres, los más altos, dirigieron sus pistolas hacia Brian y Dave, acariciando los gatillos... —¡No! Rachel se cubrió la boca con la mano, deseando no haber gritado, pero no había podido contenerse; dejó caer la cabeza sobre el hombro de Brian y apretó con fuerza el de Dave con la otra mano. Ambos apretaron los dientes y trataron de permanecer impasibles, a pesar de que, en su interior, sabían que llevaban las de perder. —Vaya —dijo Hatch socarronamente, volviendo a mirar a la joven con fijeza—. Así que nuestra chica no quiere que matemos a sus amigos. No me negarás, querida, que estáis en un aprieto: somos seis personas contra tres, sin contar a todas estas estúpidas que se arrastran por los suelos, y sólo dos de vosotros lleváis armas. —No pensamos soltarlas, si es lo que insinúas —declaró Brian. —No dejaremos que te lleves a nadie, y menos a mi hermana —agregó Dave. —¿Qué os hace pensar cualquiera de esas cosas que habéis dicho? —Que os mataremos si intentáis tocarla —dijo Brian; la furia relucía en sus ojos, grises como la niebla que rodea algunas noches a la luna. Hatch soltó una carcajada. —No me hagas reír —dijo—. ¿Tú vas a matarme? ¡Venga ya! Rachel se abrazó a la cintura de Brian, y Dave lo retuvo colocando un firme brazo ante él, para evitar que el impulsivo joven, llevado por la rabia, se lanzara contra el cuello de Hatch. Éste rió aún más fuerte. —Bueno —dijo al poco—, creo que ya está bien de jugar. ―Sonrió maliciosamente—. Coleman, Danford, acabad con ellos; el resto, traedme a la chica. Los hombres más altos y fuertes, los dos que habían avanzado para matar a Dave y Brian, caminaron hacia ellos con determina-

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ción, y los jóvenes retrocedieron para hacer que Rachel llegara a las escaleras. Pero Dave, inesperadamente, disparó contra el calvo, el que respondía al nombre de Coleman, al que acertó en un hombro, y Brian se apresuró a atacar al otro, a Danford, empujándolo para pelear cuerpo a cuerpo. Pronto tuvieron que luchar contra el resto de la banda, que avanzaba con pasos premeditados para alcanzar a Rachel; por fortuna, varias de las policías que aún quedaban en condiciones de pelear en recepción se dispusieron a hacerlo, e incluso aparecieron algunos hombres desde las oficinas, donde se habían ocultado. Gracias a su ayuda, Dave logró acercarse a su amigo, sin separarse de su hermana, y pedirle: —Llévatela, por favor. Contigo estará a salvo. Empujó a Rachel con suavidad hasta hacerla caer en sus brazos, y se colocó delante de ellos para evitar que los hiriese alguna bala. Aun sonrojado y nervioso, Brian tomó a Rachel de la mano y se la llevó escaleras abajo, pues comprendía la gravedad de la situación y sabía que no había tiempo para remilgos. Ella se dejó guiar, aturdida y asustada, pero no tardó en percatarse de que Dave no los seguía y trató de volver atrás, de subir de nuevo las escaleras para llevarlo con ellos. Brian la retuvo con ternura. —Es a ti a quien buscan —recordó—. Eres tú quien debe salvarse. —Pero... Dave... —Aguantará, no te preocupes. —Intentó sonreír, aunque ni él mismo estaba convencido de lo que había dicho. No se permitió un segundo más de retraso y siguió corriendo hacia abajo, con Rachel sujetándose a su brazo para no caer. Mientras descendían, Brian intentaba decidirse por un lugar donde ocultarla. La Sección de Interrogatorios estaba vigilada por cámaras, por lo que no era segura. La pequeña cárcel de la comisaría, situada un nivel por debajo de las cuatro Salas de Interrogatorios, eran peligrosas, pues estaban plagadas de delincuentes de todo tipo, entre ellos Meeks. Finalmente, decidió que se esconderían en el sótano, también utilizado como Armería, puesto que, en caso de

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necesitarlo, podrían tomar armas de las allí guardadas para defenderse. Nadie pondría objeción a que dos veteranos inspectores las utilizaran, sobre todo en caso de defensa. Con estos pensamientos, Brian abrió la puerta de la Armería. **** A pesar de tener una bala incrustada en el hombro, Coleman siguió atacando a Dave con todas sus fuerzas y ganas, tanto a través de disparos como a puñetazo limpio; era un hueso duro de roer. Dave trataba de quitárselo de encima para poder subir al piso de arriba a pedir ayuda, pero, precisamente para evitar que nadie bajara de allí, las dos mujeres, a las que Brian no había mencionado en sus descripciones de la banda de criminales, se habían apostado a los pies de las escaleras y disparaban a todo aquel que intentase subir o bajar. Dave empezó a comprender que difícilmente ganarían aquella guerra, a pesar de ser superiores en número y tener la ley a su favor; Hatch lo había planeado todo realmente bien, y había dividido el trabajo entre sus hombres de forma que no quedara ningún policía que pudiera pedir ayuda. Era por eso por lo que Coleman no lo dejaba tranquilo. Lo abofeteaba, lo empujaba y trataba de abatirlo de todas las formas posibles, pero siempre regresaba. Dave comenzaba a hartarse y decidió librarse de él de una vez por todas. A pesar de la situación en que se encontraba, no tardó en improvisar un plan que puso en práctica en cuanto tuvo oportunidad: se colocó delante de uno de los innumerables ficheros de recepción y alzó los puños, presentando batalla a Coleman, quien se levantaba tras el golpe que había recibido en la nariz. No tardó en lanzarse contra Dave, embistiéndolo para acabar con él... En el último momento, Dave se apartó; Coleman chocó de cabeza contra el fichero, que se tambaleó por su fuerza, y cayó al suelo como un peso muerto. Sonriendo triunfalmente, Dave se dispuso a recoger su arma del

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suelo, pues la había dejado caer para luchar contra el ahora caído Coleman, y la alzó mientras corría para disparar contra las mujeres, con la intención de subir a pedir socorro. Pero entonces fue Danford el que le cortó el paso. Dave frenó en seco, sorprendido, pero cuando quiso darse cuenta le faltaba el aire; Danford se había tirado sobre él para tratar de estrangularlo. Sus manos se cerraron con muchísima fuerza en torno a su garganta, y su rostro se contrajo por el esfuerzo de apretar cada vez más y más. Dave boqueaba, intentando inhalar aire inútilmente, y se llevó las manos a las del criminal para hacer que lo soltara. Eran intentos vanos, sin embargo, pues sus brazos cada vez estaban más débiles y su cara cada vez más amoratada, a causa del aire que sus pulmones, que estaban a punto de estallar, le pedían a gritos... La presión cesó tan repentinamente como se había iniciado. Dave tosió y boqueó, respirando profundamente, abrió los ojos y miró a su alrededor para entender lo que había sucedido. Se encontró con Danford tirado en el suelo, inmóvil, con una fuerte contusión en la cabeza, y con una mano que lo invitaba a asirse a ella. Alzó la mirada. —Vamos, Dave, hay que subir a pedir ayuda —dijo la dueña de aquella mano. Dave sonrió y sujetó la mano de Chloe Parker, su compañera de oficina y, en varias ocasiones, de misión. La muchacha disparó por detrás de él, antes de posar en su rostro sus ojos verdes. —Sube, yo te cubriré. Cuando se disponía a obedecerla, Dave oyó gritar la furiosa voz de Hatch, y lo buscó con la mirada para ir a por él. Lo descubrió a la mitad de las escaleras que llevaban al piso de abajo, llamando a sus hombres y encomendándoles diferentes misiones, y el corazón se le encogió en el pecho. Brian y Rachel habían bajado para esconderse. Debía detenerlo, y a sus hombres también. Miró a Chloe una última vez, quien asintió de manera casi im-

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perceptible, y salió corriendo hacia las escaleras con el arma en ristre. Sin embargo, nuevamente le cortaron el paso. Esta vez se trataba del hombre enmascarado, aquel de quien sólo podía ver los ojos, azules como zafiros. Le resultaban muy familiares... El hombre enmascarado alzó su pistola y la dejó caer sobre la cabeza de Dave; éste ignoró el pequeño chichón que le produjo, cargó el puño y lo dejó caer, con todas sus fuerzas, en la cara de su enemigo. Aquello le sirvió para apartarlo y seguir corriendo hacia las escaleras. Tenía que detener a Hatch, se repetía. Tenía que detenerlo... Alcanzó las escalinatas por fin y comenzó a descender, sintiendo a Hatch correr unos niveles por debajo de él. Cuando casi había terminado de bajar el primero, un objeto contundente cayó sobre su cabeza. El golpe fue tan fuerte que le hizo perder el equilibrio y rodar escaleras abajo, provocando que quedara tendido, completamente inmóvil, en el rellano del nivel de la Sección de Interrogatorios. Segundos después, Coleman y Danford pasaron por su lado, burlándose y propinando algunas patadas al bulto ensangrentado en que había quedado convertido Dave, pero él no se enteró de ello. **** Brian intentó atrancar la puerta de la Armería con un rifle, mientras Rachel escogía las mejores pistolas para defenderse. Barajando sus opciones, la chica se preguntó entonces por qué huía, por qué temía a aquellos hombres que la perseguían siendo ella una de las mejores en su profesión, por qué se escondía de ellos arriesgando la vida de varias personas, entre ellas la de su hermano y, muy probablemente, la de Brian. Recapacitando, recordó las clases de artes marciales que había tomado con su otro hermano, Adam, el mayor de los tres Rivers, quien había enseña-

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do sus habilidades a sus hermanos pequeños para que pudieran defenderse sin armas llegado el caso, y volvió a preguntarse por qué... —Rachel, coge dos armas y escóndete, ¡vamos! —instó la voz de Brian, sacándola de sus pensamientos—. No hagas ruido; están llegando. Rachel no pudo evitar volver a angustiarse mientras tomaba dos armas cualesquiera. Tal vez aquella sería la última vez que veía a Brian antes de la matanza que estaba segura que provocaría la banda de Hatch en aquel sótano. Sabía que aquello no podía salir bien, que acabarían perdiendo, algunos quizá un ojo, otros quizá la vida... Sabía que cada policía arriesgaba la suya en aquella guerra, y lo hacían por defenderla, para que no se la llevaran. Se prometió a sí misma que no permitiría que muriera un solo agente más, que a los caídos les guardaría agradecimiento eterno, y que, sobre todo, salvaría las vidas de Brian y Dave por encima de todo, incluso de la suya. Resuelta a la par que preocupada, Rachel decidió no desaprovechar aquella última oportunidad antes de la masacre. —Brian —susurró, caminando hacia él. El joven se giró hacia ella con presteza, dispuesto a darle todo lo que le pidiera, sin esperar recibir nada de ella; fue por esto por lo que se asombró enormemente cuando Rachel lo besó. A pesar de haber sido pillado desprevenido, Brian enseguida dejó a un lado las sorpresas y le devolvió el beso con suavidad, jugando con su lengua, acariciando su cabello y saboreando cada segundo que pasaba unido a sus labios. Unos pasos apresurados por las escaleras seguidos de unos gritos tras la puerta los hicieron separarse. Brian le robó un último y fugaz beso antes de ir a esconderse tras unas cajas mal apiladas repletas de armas, y ella sonrió mientras hacía lo mismo, pero tras una mesa volcada situada al otro lado de la habitación. Mientras caminaba hacia ella, sin embargo, volvió a la realidad y fue nuevamente consciente del peligro que corrían. Mordiéndose el labio

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inferior y sujetando un arma en cada mano, Rachel se agachó para ocultarse, aprovechando la penumbra de la zona donde estaba la mesa para mantenerse de forma que la puerta quedara a su vista. Los que gritaban tras ésta no tardaron en empezar a golpearla. El rifle que Brian había usado para atrancarla aguantó varios golpes, pero se rompió tras una fuerte sacudida y la puerta se abrió. Brian y Rachel vieron entrar a Coleman y Danford, cada uno con una pistola en las manos, el primero herido en un hombro y el segundo en la cabeza; a pesar de ello, ambos parecían estar en plena forma, y avanzaron con decisión para preceder a su jefe. Hatch penetró en la sala con el arma en ristre, mirando a todas partes con un gesto de desprecio en su rostro, y Brian se vio obligado a contener su ira para no ser descubierto, pero no dejó de apretar entre sus manos las dos pistolas que había elegido, ni de seguir con atención cada movimiento de los criminales en la sala. Se sorprendió cuando descubrió a una cuarta persona entrar tras Hatch y rechinó los dientes con rabia: era Meeks, a quien su jefe había liberado al pasar por el segundo nivel subterráneo, donde se hallaba la pequeña prisión interna de la comisaría. No le pasó desapercibida la entrada de una quinta persona en el sótano-armería. La vio caminar muy despacio, vigilando sus movimientos, como si no quisiera ser descubierta por Hatch. Aquella actitud despertó la curiosidad de Brian y se atrevió a asomarse un poco más, aprovechando la oscuridad que reinaba en la sala, para inspeccionar a aquella persona. Pudo ver que tenía un aspecto grotesco: sus ropas estaban sucias, manchadas de sangre en un costado, en la cabeza y en una rodilla, y en las zonas visibles de su cuerpo descubrió varios hematomas; sin duda debía de haberse golpeado muy fuertemente, pensó Brian. Deseoso por saber de quién se trataba, alzó un poco más la cabeza para llegar a verle el rostro. La ira que lo había embargado hacía apenas unos segundos se transformó en alivio y pesar al mismo tiempo. ****

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Conteniendo sus jadeos de cansancio e ignorando las heridas que le había producido su caída por las escaleras, Dave sujetó su pistola y la dejó caer, con la mayor fuerza posible, sobre la cabeza de Meeks, a quien tenía más cerca por haber sido el último en entrar en la Armería antes que él. Cuando el criminal cayó, Hatch se giró rápidamente y Dave le propinó un sonoro puñetazo que lo hizo soltar el arma, para luego escudarse tras él cuando Danford y Coleman comenzaron a disparar. Brian supo que había llegado el momento de actuar: se incorporó y comenzó a apretar los gatillos de sus armas sin ton ni son, procurando no herir a Dave, quien se agachó para protegerse, pues no sabía si las balas iban dirigidas a él o a sus enemigos. Comprobó que Coleman recibía un balazo en el hombro sano, y que Danford soltaba su arma con un grito al ser herido en la muñeca, y se irguió, seguro de que eran sus amigos los que disparaban para ayudarlo. En efecto, Rachel no se había quedado atrás y había abierto fuego desde detrás de la mesa, para luego acercarse a Danford y Coleman dispuesta a luchar contra ellos cuerpo a cuerpo. Ellos, aunque heridos, no se dejaron amedrentar por la furia que brillaba en sus ojos castaños; cruzaron una mirada de burla y se dirigieron hacia Rachel con los puños en alto, seguros de que la vencerían enseguida por el simple hecho de pelear contra una mujer. Pero ella les sorprendió: era ágil y rápida, se escabullía cuando parecían estar a punto de atraparla, golpeaba con una fuerza que nunca hubieran creído posible en ella, y les ejecutaba complicadas llaves de kung fu, karate, taekwondo y demás artes marciales. Pasados unos minutos, Coleman y Danford creían luchar contra el mismísimo diablo; lo que, en lugar de intimidarlos, los enfureció aún más e hizo que lucharan aún con más fuerza y energías renovadas. Meeks se les unió poco después, tras recuperarse del golpe recibido por Dave, pero duró menos que los dos hombretones: la inspectora lo venció empleando con él tan sólo una llave de karate.

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Mientras Rachel se defendía, viendo que no necesitaba su ayuda, Brian acudió a la de Dave, pues Hatch lo había empujado y amenazaba con intentar asesinarlo a sangre fría. Debido a su mal aspecto y su debilidad, Dave había caído al más mínimo golpe de Hatch, sintiendo un dolor inmenso en cada uno de sus huesos al dar con ellos en el suelo y lanzando un grito agónico por ello. Al abrir los ojos vio que Brian se situaba ante él y luchaba contra Hatch para defenderlo, pero el delincuente se había vuelto realmente loco: alzaba los puños sin apuntar a una zona concreta del cuerpo de Brian para dañarlo, y trataba de empujarlo sin éxito. El joven procuraba no descuidarse y esquivar todos sus golpes, pero finalmente Hatch logró distraerlo dándole una patada en el vientre. Brian se quedó sin aire unos momentos, doblándose sobre sí mismo, y el criminal aprovechó para, con una macabra sonrisa en el rostro, empujarlo con la mayor fuerza de la que fue capaz. La cabeza de Brian fue a dar contra el quicio de hierro de la puerta; Dave observó, espantado, cómo su amigo caía al suelo con un hilo de sangre resbalándole hacia el cuello y el pecho. Hatch caminó hacia el joven inconsciente con las manos extendidas, gritando algo que Dave no alcanzó a entender, pues se preocupó más de llegar junto a su amigo antes que el criminal. Cuando Hatch estaba a punto de agarrar a Brian, Dave sacó fuerzas de no sabía dónde y le pateó la cara, para luego presentar batalla con la furia ardiendo en sus ojos castaños; no iba a permitir que le pusiera las manos encima. Con el rostro descompuesto por la locura, Hatch se levantó y le plantó cara. Luchar era su juego favorito. Al fin habían caído. Coleman y Danford yacían a los pies de Rachel, quien, triunfante, se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y echó un vistazo a su alrededor. Apenas tuvo tiempo de saborear su victoria, pues el corazón le dio un vuelco al descubrir el estado en que se hallaban su amigo y su hermano: el primero, inconsciente, formaba un charco de san-

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gre a su alrededor a causa de la gran contusión que tenía en la cabeza; el segundo, jadeante y sudoroso, se hallaba cada vez más débil por la sangre que perdía por las heridas que presentaba por todo el cuerpo, y por tratar de defender a Brian del bruto de Hatch, quien lo golpeaba cada vez con más fuerza y fiereza. Con el corazón encogido de angustia, Rachel se apresuró a ayudarlos a ambos. No aguantaría mucho más. Dave estaba al límite de sus fuerzas, y Hatch lo sabía. Le costaba respirar cada vez más, apenas podía eludir los golpes de su enemigo, y sentía que su mente se iba alejando más y más de allí. Sabía que pronto caería, como había caído Brian tratando de defenderlo, y Rachel sería capturada por aquella panda de sádicos que no dudarían en maltratarla y aprovecharse de ella en beneficio propio. Dave no podía permitirlo, pero ya no se sentía capaz de seguir luchando, ni siquiera de mantenerse en pie. Bajó los brazos y se preparó para recibir el golpe definitivo que Hatch estaba a punto de asestarle con su arma... Y entonces Rachel lo abatió. Apareció de repente, Dave no llegó a verla venir de tan débil como estaba. Hatch se aproximaba a él con la pistola apuntando en su dirección, acariciando el gatillo, a punto de apretarlo, y Rachel, como surgida de la nada, se la arrebató de las manos de una patada y lo golpeó en la cara, para luego practicarle una técnica de judo que lo dejó fuera de combate momentáneamente. Rachel aprovechó para acercarse a Dave, quien retrocedía para no alejarse mucho de Brian. —¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado? ¿Cómo está Brian? Dave no tenía aliento para responderle; se limitó a abrazarla y a dejar que ella le examinara las heridas superficialmente. Rachel lo sostuvo en pie firmemente. —Tenemos que salir de aquí como sea —le susurró al oído—. Brian puede estar muy grave...

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Se giró para ver cómo estaba, pero de pronto una mano la empujó hacia atrás, y con ella a Dave, alejándolos así de Brian. —¿Qué hacemos, jefe? —preguntó una voz femenina. Rachel la miró; era una de las mujeres, la joven, la que la había empujado para apartarla de su amigo y ahora se hallaba ante él. Trató de acercarse a ella, pero unas manos la obligaron a retroceder, y de pronto se encontró con la espalda pegada a la pared y el cuerpo de Dave delante de ella, protegiéndola. Coleman y Danford se habían levantado y los amenazaban, nuevamente, con sus armas. Hatch, al otro lado de la sala, hablaba con las dos mujeres y con Meeks. —Podemos utilizarlo de rehén —decía la mujer joven. —Si Rivers no nos da a la chica, al menos nos llevaremos a alguien a quien ambos aprecian —añadía Meeks—. Alguien a quien debo algo, además. —Así, Caroline y yo nos divertiremos un poco más que si nos llevamos a la chica —dijo entonces la otra mujer con voz burlona. —¡Jefe! —llamó entonces alguien desde la puerta. Acorralados por Danford y Coleman, Rachel y Dave tan sólo pudieron ver que quien había hablado era el hombre enmascarado, aquel de quien sólo eran visibles sus ojos azules. —Viene la poli —decía éste atropelladamente—. Han pedido ayuda a otras comisarías de la ciudad, van a intentar cercarnos para que no podamos salir. —¿Hay alguna vía de escape en los niveles subterráneos? —preguntó enseguida Hatch. —Antes alcancé a ver una ventana en una habitación del primer piso —intervino Meeks—. Está justo sobre la sala en la que me interrogaron, seguro que a través del conducto de aire podemos llegar hasta ella. —En marcha, pues —ordenó Hatch—. Short, Redfield, coged a Kelley. —¡¡No!! Rachel intentó escapar de la protección de su hermano, pero

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éste empleó las pocas fuerzas que le quedaban en retenerla tras él, junto a la pared. Ella dejó escapar algunas lágrimas de rabia y varios gritos de angustia, viendo cómo las mujeres esposaban y amordazaban a Brian, pero Dave no se amilanó y continuó manteniéndose junto a la pared, sintiéndose la persona más impotente del mundo, y también la más rastrera por dejar que se llevaran a su amigo en el lugar de su hermana. Pero no estaba dispuesto a entregarla. —Te salvaré, Brian —masculló, prometiéndose a sí mismo que no descansaría hasta liberarlo. Las mujeres se lo llevaron escaleras arriba, ayudadas por Meeks y por el enmascarado—. Juro que te salvaré. Hatch abandonó la sala con una sonrisa de triunfo y regodeo y, poco a poco, Coleman y Danford comenzaron a retroceder para salir también. Cuando los oyó forzar la puerta desde fuera para que no pudiera abrirse, Dave dejó de hacer presión y cerró los ojos. No se percató de que cayó de rodillas, ni tampoco de que su hermana lo tumbaba con suavidad en el suelo para que no volviera a golpearse. No fue consciente apenas de que repetía sin cesar: «Hay que salvar a Brian», y no llegó a entender las palabras que Rachel le dedicó. Tan sólo fue capaz de vislumbrar su rostro surcado de lágrimas, antes de abandonarse por completo a la oscuridad.

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Sandra C. Gallegos nació en septiembre del año 1991 y estudia Filología Inglesa en la Universidad de Cádiz. Empezó a escribir relatos a los ocho años y le gustaba reinventar los finales de los libros que leía, costumbre que adquirió desde muy pequeña gracias a sus padres. Con trece años se convirtió en una auténtica devoradora de libros y por sus manos han pasado novelas de diversos autores, pues piensa que en la variedad está el gusto. Ha escrito numerosos relatos, en ocasiones ganando concursos en primer o segundo puesto, y con dieciséis años escribió su primera novela. Al mismo tiempo y con la misma dedicación, de su mente surgió la idea para escribir Días sin fin, su segunda novela. Actualmente se encuentra trabajando en nuevos proyectos.

Richard Hatch, un peligroso criminal líder de una banda de secuestradores y asesinos, se ha encaprichado de Rachel Rivers, una bella inspectora de policía que tiene encandilados a varios hombres; entre estos se encuentra Brian Kelley, compañero de trabajo de la muchacha y amigo de su hermano mayor, Dave Rivers. La misión de los dos jóvenes inspectores consistirá en evitar que Richard Hatch lleve a cabo su propósito de secuestrar a Rachel... pero las cosas se complicarán considerablemente al producirse un atraco en la comisaría, liderado por el propio Hatch. Brian visitará la muerte muy de cerca. Dave estará a punto de morir víctima de una brutal paliza. Rachel se verá obligada a obedecer los deseos y órdenes del criminal Hatch. Adam Rivers, hermano mayor de Dave y Rachel, será el único que permanezca eternamente optimista y levantando los ánimos de los suyos. Pero incluso él lo tendrá difícil para sobrevivir.

ISBN 978-84-939087-0-6

www.edicionesjavisa23.comcom 9 788493 908706

Días sin fin  

Autora: SANDRA C. GALLEGOS Richard Hatch, un peligroso criminal líder de una banda de secuestradores y asesinos, se ha encaprichado de Rach...

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