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LAYOS La historia de un mito griego

Josep Asensi


A Antonio Penadés y Javier Baonza por haber creído en Layos y en mí.


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El lamento de Crisipos

Ya no estás a mi lado. Tu sudor, que antes vertías sobre mí, ha regado el campo de la derrota. Tu cuerpo, que antes yacía conmigo, se pudre rodeado de héroes como tú. Tu lecho es hoy una fosa lejos de tu ciudad. Tú, el más bondadoso de los hombres, el más justo de los reyes, eres ahora un cadáver desterrado. No habrá honores ni pira. No se elevará tu humo hacia los dioses mientras cuidamos de tus sagradas cenizas. No podremos guardar tus huesos en un santuario para reverenciarlos y pedirles el favor de los inmortales. No podremos consultarte, divino, amado. No sabremos si eres un héroe oracular o una sombra errante, si disfrutas del banquete de los dioses o si sufres en el reino de Hades. Tebas ya te ha olvidado. Sólo yo te recuerdo. Sólo yo siento aún tu cuerpo ungido de aceite, tus manos acariciando mis caderas, tu aliento en mi nuca, tus dientes en mi cuello. Sólo yo lamento tu pérdida. Porque yo, y no la harpía de Yocasta, soy tu única viuda.



El llanto de un anciano Soy demasiado viejo, y toda mi vida ha girado entorno a ti, Layos, mi Wanax. Serví al rey Lábdaco, y con él compartí la alegría de tu nacimiento, mi señor, el tierno Layos bebé. Jugué contigo y te vi crecer. Presencié tus gateos y tus pasos. Velé tu sueño y amé la dulzura de tu rostro dormido. Escuché tus balbuceos y me sorprendí con tus palabras. Escondí tus diabluras y fui tu cómplice. Te acogí en mi habitación, a ti, dueño de todo el palacio. Me alegré con tus risas y me dolieron tus lágrimas. Serví al regente Licos, y bajo sus órdenes eduqué al niño que fuiste. Paseamos por tus propiedades y hablamos de Todo. Te entronqué con tu pasado y te comprometí con tu futuro. Te enorgullecí de tus antepasados. Te enseñé cuanto sabía. Con mi pobre aportación, ayudé a forjar un heredero digno de tu casa. Conocí la guerra de los gemelos, y yo mismo te ayudé a escapar. Conocí el fin de los usurpadores, y fui yo quien te llamó al trono. Te serví mientras fuiste rey, y te amé como sólo puede amarse a alguien como tú: mi rey y mi discípulo; mi señor y mi obra; bebé, niño y hombre. Y ahora debo servir a otro usurpador: tu asesino, el infame corintio que dejó tu cuerpo insepulto, a merced de las alimañas, del sol y de la lluvia. Recuerdo que ya te lo dije. Los señores pasan, pero los siervos persistimos, como parte de la Tierra, cambiando de amo una y otra vez. Sí, soy demasiado viejo, y en tu ausencia sigo bailando a tu alrededor, mi niño asesinado.



1. El rapto de Antíope

La vivienda tenía cuatro lados. Podría haber sido cuadrada si su constructor, dueño e inquilino hubiera tenido una vara de medir, suponiendo que supiera usarla. Un par de filas de piedra tosca, unas paredes de barro y un techo de paja y fango a dos aguas era hogar común de un matrimonio y de sus cabras. La puerta de madera se abría hacia afuera, para no robar espacio al diminuto interior. Cerca de allí, una choza circular mucho más pequeña, abandonada como vivienda pero conservada como almacén, granero y trastero. Excavada en la montaña, una gruta junto a una fuente de agua fría. No muy lejos, el límite entre el bosque y el prado. Eunisos, el pastor, terminó de guardar su exiguo rebaño y entró tras él en la casa. Iba cubierto con un manto que era también fardo, mantel, alfombra, manta y, quizá, varias cosas más. Unos cuantos postes alineados y una única viga sujetaban el entramado de cañas sobre el que descansaba la paja del techo, impermeabilizada por el hollín depositado durante años de hoguera nocturna. Un agujero en el centro de la techumbre era, a la vez, la chimenea y la única ventilación. En las paredes, unas hornacinas excavadas en el barro, con algunos estantes inseguramente sostenidos. El mobiliario, si se le podía llamar así, se reducía a un cubo con agua y dos arcones. Sobre uno de aquellos arcones, un jergón de lana basta relleno de paja. Pero la cabaña, comparada con la choza circular de su padre y su abuelo, era enorme y rica para su satisfecho propietario. El pastor y Meliside, su mujer, dejaron caer en el suelo el jergón, se tumbaron sobre él y se cubrieron con sus mantos. El hombre durmió poco. Eléuteras, la ciudad más cercana, estaba lo suficientemente lejos como para que ningún hombre o caballo pudiese perturbar el silencio, así es que oyó a sus visitantes con mucha antelación. Se lavó un poco la cara para despejarse y se arropó. Abrió el arcón más pequeño y extrajo una pequeña hacha de bronce: su única arma y toda su fortuna. Tomó


una vieja jabalina de madera, con la punta endurecida al fuego. Encendió una tea en la hoguera y salió a la oscuridad. Era una noche clara. Se alejó un poco por el sendero que llevaba a su casa, hincó la antorcha en el suelo y regresó. Se emboscó en la penumbra. Hombres y caballos quería decir ladrones; si se llevaban sus cabras, moriría de hambre, así es que no merecía la pena huir. Aguzó el oído: iban muy deprisa, demasiado, y oía también ruedas. ¿Quién sería tan estúpido como para correr con una carreta? Al abandonar el camino principal redujeron la marcha. El pastor tanteó el hacha y la jabalina, dudando qué usaría primero. La jabalina, decidió. Cuando llegaran cerca de la antorcha, la arrojaría sobre el primero del grupo y aprovecharía la confusión para salir de su escondite blandiendo el hacha. Mataría por lo menos a dos. Con un poco de suerte, los demás huirían; si no, habría matado a dos antes de morir y eso se le tendría en cuenta en el inframundo. «Diosa Madre de la Tierra», rezó, «que no me fallen el brazo ni el corazón». El ruido se escuchaba cada vez más cerca. Pronto estarían dentro del área iluminada. Se preparó para saltar. Pero lo que se acercó no era una banda de ladrones. Cuatro jinetes con armadura de lino y cuero, yelmo de colmillos de jabalí, grebas de lino, espada corta colgada del hombro y lanza con punta de bronce escoltaban un carro de guerra. En él, tres figuras. Al acercarse, vio que se trataba del auriga, de otro hombre y de una mujer. El hombre del carro llevaba una carísima armadura de planchas de bronce y un yelmo de colmillos de jabalí con un penacho de crin de caballo. La mujer vestía como una noble. El auriga se cubría con el quitón largo propio de su oficio. Se levantó, la jabalina en una mano y el hacha en la otra, y se quedó allí, paralizado. El carro, traqueteando por el prado, llegó hasta él. El pasajero lo miró desde arriba y habló con el tono de quienes están acostumbrados a dar órdenes. —¿Es así como los tebanos recibís a un rey?


Su importante visita era Epopeo, aventurero tesalio, jefe de una partida de mercenarios y actual usurpador del trono de Sición. La mujer era Antíope, la hija menor de Nicteo, el regente de Tebas y abuelo materno del rey Lábdaco. Antíope y Epopeo, libre ya de la incómoda armadura, se habían sentado en uno de los arcones, acolchado con el jergón. Dos de los cuatro escoltas y el auriga ocupaban el otro arcón. Los dos escoltas restantes se apoyaban a ambos lados de la puerta. El cabrero y su mujer estaban de pie, en medio de aquella muchedumbre armada. El rey lo miró con desprecio. —Antíope me dijo que eras un pastor rico. Que además de cuidar parte de su rebaño tenías el tuyo propio. Tragó saliva con dificultad antes de contestar. —No soy exactamente rico. Cuido 50 cabras y un macho que la Señora heredó de su madre, y que son parte de su dote. Cuido 50 cabras de la comunidad, lo que me da derecho a una compensación en cebada y en higos. Y tengo otras 20 cabras y un perro de mi propiedad. —¿Eso es todo? Bajó la cabeza, avergonzado. —No. También tengo esta casa, un asno, dos arcones y un hacha de bronce. Los soldados estallaron en carcajadas. —¡Un hacha! —dijo uno de ellos— ¿Has visto el bronce que nuestro rey lleva encima? —Rico —añadió el rey—, y ni siquiera tienes un establo para encerrar estos asquerosos animales. ¿Hay un sitio decente, donde una mujer pueda dormir sin apestar a cabra? —Está la choza de mi padre y mi abuelo, pero está llena de trastos. Hay sacos de grano, algunos aperos de labranza de mi mujer... —No es mi problema. Lo vaciarás ahora mismo. Mis hombres te ayudarán. —Pero señor, no puedo dejar el grano a la intemperie, y no es bueno dejarlo cerca del ganado. —Ya te he dicho que no es mi problema.


—Si el grano se enmohece no podremos comerlo, y si lo meto aquí se lo comerán las cabras... —Si te clavo mi espada en el vientre, también se lo tendrán que comer las cabras. El pastor enrojeció de ira, pero calló. Cuando se hubo tranquilizado lo suficiente, se atrevió a contestar. —Se hará como deseas... si también es el deseo de la Señora. —Es su deseo, puedes estar seguro. —Quiero oirlo de sus labios. Epopeo lo miró en silencio durante unos instantes. Luego le colocó su espada en la garganta. —Eres muy osado. Deberías respetarnos más. —No soy un esclavo, ni un nativo. Soy un aqueo libre, y sólo sigo a quien quiero. Serví a la madre de Antíope por mi voluntad, y sólo por mi voluntad guardo los rebaños para su hija. Luché con el difunto rey cuando me llamó y lucharé por Lábdaco cuando éste me lo pida. Si me matas, cometerás un crimen contra un hombre libre. Y ni siquiera los reyes estáis por encima de la justicia. —No te mataré, pero sólo porque te necesito —apartó la espada de su cuello—. Verás: tu señora, la noble Antíope, está un poco... indispuesta para viajar. En ese momento, la aludida sintió arcadas. Meliside le acercó el cubo y Antíope vomitó. —Está preñada —dijo aquella. —Sí, lo está —prosiguió Epopeo—. Por eso se quedará aquí un tiempo, el necesario para despistar a ciertas personas que no nos quieren bien. Luego enviaré discretamente uno de mis hombres para recogerla. —Mi mujer también está encinta, y yo ya soy mayor. Dos mujeres embarazadas es demasiada carga para mí solo. —Te recompensaré. Hizo una señal a uno de sus hombres y este le acercó una alforja. El tesalio sacó de ella un collar de oro, del que pendía una gran mosca también de oro. —Lo gané en Egipto cuando luché allí para su rey. No creo que sepas dónde está Egipto, ni lo grande y rico que es.


—Eso no me sirve para nada. El oro no se come, y no puedo venderlo sin levantar sospechas. —Mejor; así no te lo gastarás antes de tiempo. Cuando mis hombres vuelvan, te lo cambiarán por asadores de bronce, clavos, hoces, cuchillos, cinturones... En fin, lo que necesites para ti o lo que puedas vender sin problemas. —¿Vendrá uno de estos? —No hasta aquí. Esperarán en los límites del reino. Enviaré un criado. —¿Cómo lo reconoceré? —Por esto... Le tendió un pequeño puñal, gris azulado, muy pesado. —¿Sabes qué es? El cabrero negó con la cabeza. —Es hierro. También lo traje de Egipto. Los egipcios no lo usan, pero sí algunos de sus vecinos. Este se lo arranqué a un enemigo muerto, y luego al oficial egipcio que quiso quedárselo. Vale muchas veces su peso en oro y puede atravesar nuestro bronce como el bronce traspasa la lana. No lo olvidarás: nunca se olvida una vez visto. Cuidarás de Antíope, le darás esa choza de fuera para dormir, la alimentarás, y un día vendrá un hombre con este cuchillo y dirá que viene de mi parte. Llevará un saco lleno de cosas buenas para ti, para tu mujer y... —sonrió— para el pequeño aqueo libre de esa barriga. Entonces se irá con la Señora. Por cierto: puedes quedarte con las cabras y el macho. Es... un pequeño pago extra. El antiguo palacio rectangular de Cadmo, el mégaron, había quedado invisible desde el exterior, rodeado por dependencias de dos y tres pisos. Ahora constituía una gran sala, desde la cual se seguía gobernando el reino. A las habitaciones y almacenes se accedía a través de largos pasillos que lo rodeaban y, a la vez, lo aislaban de ruidos y olores. El techo se sostenía sobre las paredes y sobre cuatro grandes columnas centrales, entre las que se hallaba el hogar. Las paredes, revocadas con cal, lucían frescos pintados por artistas minoicos: pulpos, delfines, aves. Junto a una de las paredes había una tarima para el culto; sobre la tari-


ma, una estatua de madera de la Gran Diosa, Mâ Gâ, la Madre Tierra. A la derecha, el trono del wanax, el rey. —¡Maldito, maldito seas, Epopeo! Nicteo, el regente, daba vueltas en el salón principal del palacio. A su alrededor, su hermano menor Licos y el joven rey Lábdaco lo contemplaban con cierta preocupación. Licos era el lawagetas, el comandante supremo. En un rincón, cabizbaja, una mujer vestida con un quitón largo y un manto negro que intentaba cubrirla por completo, para desaparecer junto a su vergüenza. Los tres hombres vestían sencillos quitones blancos. Las miradas vagaban entre el airado autokrator y la pobre sirviente. Nicteo reprimió el impulso de tomar a la esclava por las muñecas y levantó los puños cerrados frente a su rostro. —¡Dime, maldita, dime! —Tu esclava escucha —contestó con voz apenas audible. —Sabes perfectamente lo que quiero. Dime, ¿desde cuándo estabas enterada? —Tu hija sangró por última vez hace más de dos lunas. Desde entonces, sus flujos no han vuelto a bajar. —¿Y por qué no me dijiste nada? ¡Debería desollarte ahora mismo! La mujer se arrojó a los pies del regente. —Señor, ¡te lo suplico! ¡Por tus rodillas! Soy tu esclava, pero me pusiste al servicio de tu hija. Yo la amamanté, yo la ayudé a crecer. No podía dejar de servirle en un momento tan difícil. —¿Y también le hiciste de alcahueta? ¿O te limitaste a mirar a otra parte mientras mi invitado deshonraba mi casa? —Señor, ¡perdóname! El rey de Sición era tu huésped. Nunca sospeché que insultaría tu hospitalidad durmiendo con tu hija. —Pero tú le verías entrar en su habitación. Tiene que atravesar la tuya para hacerlo. —Mi señor, es muy difícil de explicar. Llegó aquí con su guardia, luciendo sus armas de bronce, sus regalos, contando sus historias de países lejanos... No podía sospechar nada de él hasta que fue muy tarde. Nicteo estalló. —Pero, ¿le viste entrar sí o no? ¡Responde de una vez! Licos intervino, sin levantarse de su asiento.


—Quizá la honesta Telédice estaba demasiado entretenida con algún apuesto guerrero. La esclava se incorporó hasta quedar de rodillas, apoyada sobre sus manos, con el rostro completamente blanco. El regente la atravesó con su odio. —¡Así que es eso! Mandó a uno de sus escoltas a distraerte, y tú caíste en la trampa como una joven virgen a su pesar. ¿Es que no te han enseñado nada tus años y tus abortos? Y dime, ¿dónde te llevó? ¿A su habitación o a uno de los almacenes? ¿Te lo hizo sobre la paja de los establos? —¡Basta ya, abuelo! —gritó Lábdaco— Nada conseguirás así. Caminó hasta la mujer y le tendió la mano. —Levántate, Telédice. Y ahora habla: tu rey te lo ordena. —Bien, mi señor. Es verdad que no pude evitar su primera intrusión. Bueno, las primeras. A decir verdad, creo que fueron bastantes... —¡Ahórrate detalles! —interrumpió Nicteo. —... Pero cuando llegó el día en que le llevé los paños y no me los devolvió, entré en su habitación y vi que estaban completamente limpios. Eso no es normal en las vírgenes de su edad, pero a veces puede pasar. Luego empezó a vomitar, y entonces me di cuenta. —¿Y qué hiciste? —preguntó Lábdaco. —Le ofrecí mi ayuda. Ciertos remedios hay que administrarlos pronto, o son un poco incómodos; con el tiempo, incluso peligrosos. Pero en la primera luna no hay peligro: el flujo vuelve a bajar y los siguientes se suceden sin problemas. —Sigue. —Se negó. Antíope se acariciaba el vientre, y el rey Epopeo la miraba con cara de tonto. Desde entonces, se dedicaron a hacerse cariñitos y babear. Cuando ella no vomitaba, claro. —Hasta ayer. —Sí. Me mandaron a por hierbas para sus arcadas y cuando volví ya no estaban. —¿Sabes por qué se han fugado?


—Ella devolvía mucho. No podía seguir escondiendo su estado. Y aunque no vomitara, no tardaría en hincharse. Y tenía miedo de su padre, tu abuelo. —No sé si te mandaron por hierbas o si tú les aconsejaste la fuga. No sé si ahorcarte, echarte a los perros o dejarte en manos de Nicteo. Telédice se arrojó de nuevo al suelo. —¡Por tus rodillas y tu mentón! Porque eres bueno, porque ya te comportas como un rey, y yo sé que estás lleno de justicia y de compasión... —De lo que estoy lleno es de tu palabrería. Vamos, levántate. Y vuelve a tu habitación. La esclava obedeció. Pero los tres hombres guardaron unos minutos de silencio, porque a veces los oídos que se van no se alejan demasiado. Cuando hubo transcurrido un tiempo prudencial, el rey fue el primero en hablar. —¿Qué vamos a hacer ahora? Nicteo sacó su espada y la contempló detenidamente. Una espada corta de bronce, de hoja estrecha, reforzada con una gruesa nervadura longitudinal. La empuñadura lucía adornos de cuero y oro. —Epopeo ha traicionado nuestra hospitalidad: debe morir. Antíope volverá a Tebas maniatada, y se quedará en sus habitaciones hasta que nazca el bastardo. —¿Y el niño? ¿Lo expondrás en el monte? —No. Los de Sición podrían buscarlo. Nacerá muerto. Ya me entendéis. —Sólo debo puntualizar un detalle —interrumpió Licos—. Epopeo no tardará en estar a salvo tras las murallas de su ciudadela. —¿Viajando en carro de guerra? ¿Y con el lastre de una mujer embarazada? Lo alcanzaremos. Unos cuantos jinetes pueden interceptarlo a mitad de camino. —No, hermano. No podemos usar arcos ni jabalinas: llevará puesta su armadura de bronce. Y un choque cuerpo a cuerpo podría ser fatal para nuestros hombres. La caballería no sirve para combatir, y tú lo sabes igual que yo. Habría que enviar un grupo numeroso. —Hazlo. Tu eres el jefe militar.


—Déjame terminar. Podría interceptarlo, como tú dices, pero prefiero asegurar el éxito de la misión. Organizaremos una expedición de castigo. Los jinetes buscarán la ocasión para matar a Epopeo y capturar a Antíope, pero no confíes en que puedan hacerlo. En cualquier caso, explorarán el terreno para nuestra infantería. Lábdaco miró horrorizado a Licos, pero éste arqueó una ceja y se llevó un dedo a los labios. Nicteo, absorto en su espada, no se percató. —Hermano —continuó Licos—, tú dirigirás la expedición. Eres el ofendido y debes matar al traidor con tus propias manos. Yo me haré cargo de la regencia mientras tanto. Nicteo respiró profunda y ruidosamente. —No, Licos; yo no soy un buen oficial. Tú eres el lawagetas: tú me vengarás. —Entonces, ¿te quedarás aquí como regente? —Me quedaré, pero Lábdaco ya casi tiene edad suficiente para ser rey de hecho. Seguirá necesitando un tutor, pero empezará a compartir el mando. Salió de la habitación sin despedirse. Lábdaco aprovechó la ocasión para hablar con Licos. —¿Una expedición contra Sición? ¿Estás loco? Será una matanza para los nuestros. Corinto, Egíalo, Micenas, casi cualquier reino reivindica esa ciudad. Si lo interpretan como un intento de anexión, será la guerra... Su tío sonrió. —Tranquilo. Tenemos un pretexto válido. Ningún wanax se enfrentará a nosotros, y te puedo garantizar que muchos nos enviarán su ayuda. —¿Por un pequeño problema doméstico? —Por un insulto a las sagradas leyes de la hospitalidad, no lo olvides. Pero aún hay más. Sición ocupa una posición estratégica envidiable. Es increíblemente rica. Y débil, por los enfrentamientos entre el usurpador y el pretendiente exiliado. Su saqueo proporcionará un suculento botín. No te preocupes: no nos faltarán aliados. Y, por supuesto, hay que buscar a Lamedón y devolverle el trono. Así no habrá razones


para desconfiar de nosotros, y la restauración de la dinastía nos dará otro pretexto legítimo. Aquella misma tarde, en una breve ceremonia, Nicteo abandonó la regencia. Tras una noche tranquila, los gritos de los criados despertaron a Lábdaco. Su primer acto como rey fue prender la pira funeraria de su abuelo materno. El tiempo pasaba y los vientres de las dos mujeres se hinchaban. El enviado del rey de Sición no llegaba, y la fecha de los partos se aproximaba peligrosamente. El cabrero cogió la mano de su mujer. —Cariño, te llevaré a Eléuteras, con tu madre y tus hermanos. No podré cuidaros a las dos cuando llegue el momento, y no puedo llamar a nadie. Ella negó con la cabeza. —No sabrías qué hacer para asistir a Antíope. No te preocupes: mi madre no hablará. Vendrá con nosotros, atenderá mi parto y luego el suyo. Faltaba casi una luna para el parto, pero Antíope estaba hinchadísima. Caminaba con dificultad y no podía hacer nada por sí misma. De pronto, contrajo el rostro en una mueca de dolor. Meliside estaba junto a ella, preparando la comida: una sopa de cebollas y puerros y unas gachas de cebada. Salió corriendo a buscar a su marido. Tendría que ir a Eléuteras a por su madre. Antíope estaba de parto. Licos se había desprendido de su armadura tan pronto volvió a estar en tierra tebana. Sólo llevaba su yelmo de cuero y colmillos de jabalí, con carrilleras de cuero y bronce forradas de fieltro. Su cuerpo iba cubierto con un polvoriento quitón de lana. De su hombro colgaba una espada corta. Lo seguían algunos jinetes, sin casco, escudo ni armadura. Llevaban lanzas cortas con puntas de bronce. Junto a él, maniatado, sujetando a duras penas las bridas, uno de los escoltas de Epopeo, magullado y despojado de todas sus armas.


Había pasado medio año desde la fuga de los dos amantes. Entretanto, Sición había sido tomada y saqueada, y Epopeo había sido herido de muerte durante el asalto. Antíope no fue hallada en la ciudad. Por suerte uno de los hombres de la guardia real, que dijo llamarse Eudoros, fue capturado con vida, y con ayuda de los dioses (y de algunos golpes) recuperó prodigiosamente la memoria de lo ocurrido. No tardaron en llegar al punto donde un mínimo camino abandonaba el principal. A partir de allí, sólo un instante hasta divisar el humo de las dos cabañas. El llanto de un recién nacido. Su suegra abrió la puerta y Eunisos entró con impaciencia. Su esposa, sobre el jergón, dormitaba con un aspecto terrible. A su lado lloraba un bebé envuelto en paños. —Ha sido una niña —dijo la mujer. —No importa. Tu hija es joven y los dos somos fuertes. Ya vendrá otro niño. Pero en el fondo no estaba tan sereno como parecía. Los niños llegaban con facilidad, pero muchos de ellos morían nada más ver la luz, y muchos otros antes de hacerse hombres. Él necesitaba dos brazos que le ayudasen y lo sostuviesen en su vejez. Las hijas se casan y se van con sus maridos, y además hay que procurarles una dote. Cada hija era una oportunidad menos y una dote más. Sintió que le corroía la envidia. Hacía una luna, en la vieja choza, Antíope había dado a luz dos varones gemelos. Los dioses no son justos. Los reyes no necesitan brazos con tanta urgencia, porque su pueblo trabaja para ellos, y tienen riquezas suficientes para dotar con largueza a sus hijas. Para un rey, un hijo más supone dividir la herencia y cada hija es una alianza con sus vecinos. Le abrumó la vergüenza. Rechazó sus negros pensamientos. Se inclinó sobre su mujer y la besó dulcemente. Luego tomó a su hija en brazos y salió. La levantó hasta donde llegaban sus brazos. —¡Madre Tierra! ¡Padre Cielo! ¡Os presento a mi hija! Cascos de caballos. El pastor volvió precipitadamente a su cabaña y ayudó a su mujer a levantarse, mientras su suegra tomaba en brazos a la


pequeña. Las llevó hasta la vieja choza, junto a Antíope y los gemelos. Luego regresó para esperar a los intrusos. Licos y sus hombres llegaron al poco. El lawagetas se dirigió a Eunisos sin bajar del caballo. —Soy un estúpido. Mis hombres debieran haber venido aquí mucho antes. El pastor siguió en silencio. —No pareces muy sorprendido de verme. —Cuando tu sobrino, el rey Polidoro, tomó mi mano y me llamó por mi nombre, me sentí el hombre más dichoso del mundo. Yo, un infante ligero, tratando con su Rey. Pero en los últimos tiempos se ha hecho habitual recibir visitas de la nobleza. Licos volvió la cabeza e hizo una señal con la mano. Sus hombres abrieron paso al prisionero. —¿Lo reconoces? —Por desgracia. Es uno de los escoltas de Epopeo. Y no trae las riquezas que prometió su señor. —Bien. Ahora dime dónde está. El cabrero enmudeció y miró con firmeza a los jinetes. —Vamos, sabes a quién me refiero. ... —Es inútil. Epopeo no enviará a nadie para recogerla. —Se volvió para mirar al prisionero. —¿No es así, Eudoros? —Tiene razón —contestó aquél—. Mi señor ha muerto. —Quizá esto te convenza —añadió Licos, sacando un cuchillo de hierro de su alforja. Eunisos tomó el puñal y lo examinó. Sí, era el mismo. —No tengo alternativa, ¿verdad? —Si sabes lo que te conviene, no. —Está bien. Pero no te diré dónde está. Te la traeré yo mismo. —Nos gustaría registrar tu casa. —Mi mujer está enferma. No debéis molestarla. —Seremos discretos. —Soy un hombre libre, y no he cometido ningún delito. Sólo mis invitados pueden entrar... y yo no os he invitado.


—Está bien. Pero no te retrases. ¡Ah!, y no te olvides del pequeño bastardo. Eunisos entró en la choza circular. Tranquilizó a su mujer y su suegra, y bajó la cabeza avergonzado ante su refugiada. —Lo siento, señora. Tu tío ha venido a buscarte. Antíope miró a sus hijos antes de levantarse. —¿Qué será de ellos? —También los ha reclamado. Sal por tu propio pie, te lo ruego, para que no sea yo quien te entregue. Te lo suplico por los dioses y por el recuerdo de tu madre. Antíope abandonó la choza. El pastor se detuvo ante los pequeños, dormidos con ayuda de la anciana y de sus hierbas. Dos varones gemelos. Los dioses le negaban la dicha una vez tras otra. Dos niños en su casa y ahora tenía que desprenderse de ellos y quedarse con una hija. Sintió temblar su mentón. Era mayor, muy mayor. Aquellos niños hubieran debido ser suyos y sostener su vejez. Una voz interrumpió el curso de sus pensamientos. —¡Estás tardando demasiado! ¡Trae de una maldita vez a ese crío! Dio media vuelta y, dejando a los hijos de Antíope, arrancó a su propia hija de los brazos de Meliside.


2. Tres niños

—¡Layos! Periandros caminaba por la Cadmea, la ciudadela, un reducido espacio abarrotado de almacenes, graneros, puestos de guardia y recintos palaciegos, y delimitado por una poderosa muralla. Más allá de ésta se extendía Tebas, la ciudad, aún más caótica. No era difícil perderse en ninguna de ambas, y su pupilo lo lograba con asombrosa facilidad. —¡Layos! Una vocecilla no pudo reprimir su risa. El siervo la reconoció y dobló la esquina de la que procedía. Un niño de unos seis años, de cabellos rubios, con el quitón propio de un joven noble, celebraba su travesura. —Esta vez te ha costado encontrarme, ¿eh? —Sólo es cuestión de tiempo. La Cadmea no es grande, y no te sería fácil atravesar las puertas solo. —¿Por qué? Soy Layos. Los guardias no pueden impedírmelo. —Eres hijo de un rey, y algún día serás rey, pero de momento sigues siendo un muchacho. Y los guardias temen más a Licos que a ti. —¡Pero si soy mayor! —levantó el brazo izquierdo y dio unos saltitos—. ¡Mira qué grande soy! —Sí, ya veo que tu brazo llega más allá que tu cabeza. Esa ha sido la desgracia de muchos hombres, y algún día será también la tuya. El niño hizo un mohín de fastidio. —Eres un pesado, Periandros. Un pesado igual que Licos. —Son tipos diferentes de peso. Licos pesa sobre ti, que quieres ser grande y rey, cuando deberías ser un rey grande. Y yo peso sobre la tierra, donde tengo bien puestos los pies para que no me lleve ningún viento. Aunque en una cosa sí coincidimos: ambos cumplimos con nuestro deber, que es hacer de ti un buen hombre y un buen gobernante, incluso a tu pesar. Llegaron frente a un muro. Una brecha, sin dintel alguno, constituía la puerta. La única hoja de madera estaba abierta. Un enorme soldado


con armadura de lino montaba guardia, cruzando su lanza con punta de bronce ante la abertura. —Hola, Platón —saludó el siervo. El soldado sonrió y dejó el paso libre. —Creo que se ha acabado el recreo de mi rey. —El rey tiene que aprender a ser rey —contestó Periandros—, aunque sólo sea para que Licos pueda montar otra vez en su carro. —Que la Madre Tierra te oiga. Llevo demasiado tiempo sin nuevas cicatrices. —Todos los soldados estáis locos. Es mejor usar el lino como armadura que como vendas. Y aún es mejor usarlo para la ropa, en vez de esta maldita lana de segunda. —¡Un siervo que quiere vestir de lino! El guardia rió mientras Layos y Periandros entraban en el recinto. Tras dejar atrás el muro, se alzaba ante sus ojos un apiñado conjunto de casas adosadas. Apenas podía distinguirse, tras ellas, el perfil del palacio. Una niña sucia y descalza corría tras unas ocas. Un humo espeso brotaba de una puerta, acompañando al ruido del metal sobre metal; un hombre vestido de cuero salió y sumergió una punta de lanza en un cubo de madera lleno de agua. Dos nativas, con cántaros en las caderas, reían desvergonzadamente y hablaban en su jerigonza. Layos sólo pudo captar algo sobre la potencia de dos hombres. Un niño cargado de tablillas dejó caer una, y el escriba minoico que lo precedía le gritó y le atizó un manotazo en la cabeza. El aqueo, el minoico y varias lenguas nativas, pronunciadas a la vez desde todas partes, se confundían al oído en una mezcla incomprensible. La entrada al palacio era un dintel de madera tendido entre dos casas y apoyado en su centro sobre una sola columna. Un corto pasillo y una puerta abierta. Tras ella, un patio al que se abrían varias estancias y escaleras. Al fondo del patio, un porche sostenido por dos pilares y una estancia intermedia, corta y ancha, con vigas oscuras sostenidas por columnas de madera pintada en ocre, que fue en otro tiempo la antesala del palacio de Cadmo. Finalmente, la Gran Sala, el mégaron. En una silla de madera y cuero, Licos leía detenidamente unas tablillas. Los años se habían instalado en sus sienes. Cerca de él, varios


escribas tomaban nota de sus instrucciones. Órdenes a los funcionarios de las aldeas para recaudar tributos, a los señores y jefes militares de las fronteras, a los intendentes, a los mercaderes reales. Cuánto cobre de Alasiya, cuántas ruedas de carro, cuántos trípodes, cuánto grano, cuántas yeguas. Se frotó fatigado los ojos y despidió a los escribas con un ademán. —Mi hermano era mucho mejor para todo esto —dijo, como todo saludo a los recién llegados—. Yo soy un soldado. Nunca debí aprender a leer. Bueno, ¿qué progresos ha hecho hoy nuestro joven rey? —No demasiados, lawagetas —contestó Periandros—. Parece ser que a tu sobrino nieto le gusta más explorar los rincones de la ciudadela que los de su inteligencia. —El barro de las calles es más atractivo que el de las tablillas. Yo hacía lo mismo a su edad. —Tú eres un gran comandante, Licos. Y hasta la muerte de Nicteo no tuviste necesidad de gobernar. Pero Layos debe ser rey, y debe serlo pronto. Tú no vivirás para siempre. —Nadie vive demasiado en la familia real. Polidoro muere joven, dejando un huérfano de un año a nuestro cuidado. Luego, el suicidio de mi hermano. Lábdaco se convierte en rey y yo debo ser a la vez su comandante, su consejero y su administrador. Y cuando parece que ya puede gobernar solo, nos deja otro huérfano de un año —se frotó de nuevo los ojos—. Vamos, id a estudiar. Yo iré más tarde. Abandonaron la estancia y regresaron al patio. Al apartar una gruesa cortina, quedó al descubierto una escalera de madera que llevaba a la galería superior. Subieron y se dirigieron al aposento del niño. Era una habitación grande, al menos tres pasos de cada lado. Al fondo había una gran puerta, de un paso y medio por casi cuatro codos de alto, que daba a un balcón. Entregar esa estancia a un niño suponía un sacrificio que Periandros apreciaba en su justa medida, pues había sido él quien lo pidió. Layos, ya acostumbrado, lo consideraba como algo normal para alguien de su rango. Había una cama (una verdadera cama), varios arcones, un par de sillas, una estera. En una de las paredes había pintada una escena de caza.


Un esclavo trajo las tablillas de arcilla recién confeccionadas, de un palmo por medio palmo. Layos abrió uno de los arcones y extrajo un estilete. Acercaron sus sillas al balcón para aprovechar la luz natural. —Periandros, cuéntame otra vez cómo murió mi padre. —Está bien, pero en esta ocasión servirá para tu estudio —señaló las tablillas—. Cuando termine, tú lo escribirás. »Polidoro, tu abuelo, murió cuando tu padre sólo tenía un año. Lábdaco creció cuidado por Nicteo, su abuelo, y Licos, su tío abuelo, mucho más joven que su hermano. Cuando Nicteo decidió morir, abandonó la regencia; pero tu padre aún era demasiado joven, así es que Licos tuvo que desempeñar buena parte de las tareas del rey. Eso no le gustaba a tu padre, impaciente por desembarazarse de toda tutela. »Un día, Pandión, el wanax de Atenas, invadió nuestras fronteras y atacó Eléuteras. No era una simple expedición de saqueo: Pandión reclamaba la ciudad y traía consigo un poderoso ejército. El comandante pidió ayuda, y Licos se apresuró a partir con el ejército real. Envió mensajeros a los basilees de Tespias y Platea para que sus ejércitos se reuniesen con él ante Eléuteras. Y entonces, Lábdaco decidió dirigir en persona el contraataque. Licos intentó convencerlo para que se quedase en Tebas, pero todo fue inútil. Tu padre estaba furioso. Aún recuerdo sus palabras: “Cuando estás en Palacio eres tú el que gobiernas, y cuando te vas debo sustituirte; parezco tu consejero, en vez de ser tú el mío”. »Tu padre murió cuando buscó el combate contra el propio Pandión. El valor y la fuerza no pueden sustituir a años de experiencia en la guerra. No tuvo la menor oportunidad: Pandión lo mató con la misma facilidad con que hubiera acabado con un niño o un anciano. Y, con su muerte, dejó al ejército en una situación muy comprometida. Si Licos no hubiese aparecido de pronto, nada habría evitado el desastre. Pero el lawagetas había desobedecido al rey y lo había seguido a poca distancia. Reorganizó a los hombres y expulsó a los atenienses. No sólo salvó la ciudad, sino a la mayor parte de sus hombres, lo cual es mucho más importante. » Tu padre murió por su afán de triunfo y porque olvidó que el lugar de un rey está protegiendo a su pueblo y a su ejército. Su ansia de medirse con Pandión pudo costar la vida de muchos aqueos. Nunca lo


olvides, Layos: eres el wanax para gobernar tu país con sabiduría y sensatez, no para ganar rápidamente la gloria. No tengas prisa: la gloria llegará a su debido tiempo. Un débil murmullo le hizo volverse. Licos estaba en la puerta, escuchando. —En general, estoy de acuerdo con la historia. Pero te equivocas en algo: Lábdaco murió cuando abandonó Tebas contra mi consejo. Una vez en el campo de batalla, no pudo hacer otra cosa. Somos nobles por nuestras armas. Los aqueos libres esperan que su rey luche por ellos y junto a ellos, quieren un héroe. Cuando Lábdaco se puso al frente del ejército, levantó unas expectativas que luego no pudo decepcionar. Yo mismo estoy lleno de cicatrices, como todos los demás, pero nunca se ha esperado de mí que sea un dios. Un lawagetas puede dirigir la batalla desde una posición difícil pero no temeraria. Un wanax debe morir. El valor personal es nuestro derecho dinástico, y el rey debe mostrar el valor más alto. » No fue el valor, sino la prisa, lo que mató a Lábdaco. Unos años de entrenamiento, algunos combates menores, un par de saqueos, y hubiera estado listo para ponerse al frente de todo su ejército. Pero, tarde o temprano, la gloria y la muerte son el precio del trono. Layos escribió un brevísimo resumen de la muerte de su padre con lentitud, sobre unas tablillas que más tarde serían reblandecidas y vueltas a amasar. Con ejercicios como aquel, aprendía a manejar los setenta y tres signos silábicos, al menos a leerlos y a escribir textos sencillos. Por supuesto, la pesada burocracia del palacio requeriría siempre de los numerosos escribas. Periandros leyó el texto, señaló los errores y devolvió la tablilla al niño. —Tengo hambre —dijo Layos—. ¿Por qué no paramos para comer algo? Eunisos se sentó sobre una roca. Sacó de su zurrón unas tortas de cebada integral y queso tierno cuajado con savia de higuera. Llamó a Amfión y Zethos, sus dos gemelos. Dos niños de ocho años llegaron corriendo. Tomaron la comida de manos de su padre y metieron el que-


so dentro del pan. Bebieron agua de unas calabazas que colgaban en bandolera de sus hombros. —Esperad: vuestra madre os ha preparado unas golosinas. Sacó un puñado de nueces sin cáscara y unas bellotas asadas. Los muchachos las devoraron con alegría. Eunisos era feliz. Meliside le había dado dos hijas más, y los cuatro fuertes brazos de los gemelos la habían ayudado a olvidar y perdonar la pérdida de la primera. Y Licos había respetado el provechoso trato que acordó con Nicteo. Eunisos cuidaba de cincuenta cabras y un macho, que pertenecían a la dote de Antíope. Respondía de ellas con sus propios bienes. Si una moría, por vejez, enfermedad, rapiña o alimañas, tenía que sustituirla por una de las suyas; lo mismo con el cabrón. Pero su ganado crecía a mayor velocidad de lo que se perdía. En el pasado tenía que pagar muy caro cuando el macho de un vecino montaba a sus cabras, y sólo podía permitírselo de tarde en tarde. Ahora, nadie le preguntaba si el macho de Antíope montaba sólo las cabras de la soltera o también las suyas. Preñaba a sus cabras siempre que quería, tenía cabritillas jóvenes para acrecentar sus bienes, criaba cabritillos para comer y para vender, y recogía más leche que nunca. La guarnición de Eléuteras enviaba cada luna una patrulla para recoger el arrendamiento. Les acompañaba un escriba, que se sentaba en el suelo junto a sus tablillas para contar los bienes y disuadirlo de cualquier sisa. Cada luna, un sexto de los quesos; cada año, un sexto de los cabritillos y cabritillas. Todo ello con destino a la guarnición, que se lo adeudaría a su vez a Antíope. Como no podía trabajar la tierra cedida al rey y al comandante, debería pagar además un leve rescate sobre sus propios productos, pero Polidoro le había concedido el privilegio de eleutheros, libre de obligaciones fiscales. Debería pagar también por las montas del cabrón, pero él siempre decía que pagaba el macho de otro cabrero amigo suyo, y que no había tocado al que cuidaba. Decía eso mostrando sus cicatrices, por casualidad, mientras se rascaba, y los soldados sonreían y respetaban la mentira de un viejo camarada. Una luna, un escriba algo más interesado de lo normal quiso protestar ante lo que consideró un fraude al rey, pero el oficial lo acalló. «Déjalo. Es


el cabrón el que tendría que pagarle a él por sus cabras. Al fin y al cabo, puede ir de putas gratis». Bebieron un trago de vino y rieron juntos. Aparte quedaba el dosomo, el impuesto religioso, que en Eléuteras se asignaba a los sacerdotes y sacerdotisas del dios Diwonuso. Sí, era feliz. Sus hijos le permitían olvidarse de vez en cuando del ganado y dormir un poco después de comer. Podía dejar las cabras a su cuidado y dedicar su tiempo a cortar leña buena con el hacha de bronce, en vez de recoger ramas caídas y mohosas que le llenaban la casa de humo. Podía labrar escudillas de madera, fabricar recipientes de barro, reparar su cabaña más a menudo. Incluso había construido un cobertizo para las cabras, dejando su hogar para él, su familia y el macho cabrío. Había fabricado dos arcos para sus hijos, y puntas de flecha de hueso. Y cuando un animal se perdía, podía ir a buscarlo con tranquilidad, sabiendo que no dejaba solo al resto del rebaño. Por un tiempo pensó en dedicarse a las ovejas y aprovechar los ingresos extra que suponía su lana. ¿Cuántas cabras le pedirían por una oveja? Pero necesitaría un carnero. ¿Debía volver a pagar por las montas o comprar uno? ¿Cuántas cabras cuesta un carnero? Y los pastos; las ovejas son más delicadas, y no pueden comer donde las cabras. ¿Trashumar, a sus años? Al final decidió seguir con las cabras. Al fin y al cabo, lo habían enriquecido, y seguirían haciéndolo mientras Antíope no se casara. Tenía tiempo, tenía animales, tenía dos hijos y dos hijas, tenía una mujer joven. Los dioses, por una vez, habían sido buenos con un pobre veterano. Layos terminó su comida. Pan muy limpio, cocido en brasero; aceitunas sobremaduradas, bien aliñadas con cien hierbas; caldo de cordero con comino y orégano, servido en un cuenco de cerámica; queso curado untado con aceite de oliva; agua fresca en una copa y vino muy aguado en otra; un huevo de oca, poco hecho, en una huevera de bronce; pastelillos de harina y miel rellenos de uvas pasas y recubiertos de sésamo. Periandros negó discretamente con la cabeza. Tanto refinamiento no era bueno para educar a un niño, y mucho menos al mediodía. Él prefería unas tortas de cebada con queso, unos higos secos y unas pocas


aceitunas negras machacadas. Apuró su copa de vino aguado y ayudó a los criados a retirar los restos de la mesa. Layos se acostó y se quedó dormido. Eunisos se sentó en una roca. Sus gemelos se sentaron en el suelo, frente a él. —Padre, cuéntanos algo —dijo Amfión. —Bueno. ¿Qué queréis que os cuente hoy? —Cuando fuiste al pueblo de los nativos porque no querían pagar. —¿Otra vez? —¿Y por qué hay tantos nativos? —interrumpió Zethos—. Anda, dinos de dónde han salido. —Los nativos no han salido de ninguna parte, siempre han estado aquí. Somos nosotros, los aqueos, quienes vinimos de muy lejos. Los gemelos se miraron con sorpresa. Habían nacido en el reino de Tebas. Por cuanto sabían, su padre, su abuelo y todos sus antepasados habían vivido allí. Y eran hombres libres, con derecho a llevar armas, a tener propiedades y a luchar junto a su rey. Tenían derecho a participar del sorteo anual de las tierras comunales si querían dedicarse a la agricultura. Podían cuidar los rebaños de la comunidad, y ésta les entregaba los productos de una parcela para resarcirles. Podían elegir libremente al funcionario local, el korete. Y los aqueos entregaban parcelas de forma voluntaria tanto al rey como al jefe militar, como agradecimiento por sus servicios al pueblo, sin ningún tipo de coacción. Los impuestos eran mínimos y había muchas exenciones fiscales. No podían imaginarse a sí mismos como extranjeros. Eunisos sonrió, porque todo padre debe narrar a sus hijos la gloriosa historia de su pueblo, tal como la escuchó de su padre y éste del suyo. —Veréis. Al principio, vivían en esta tierra los ectenios. Eran un pueblo poderoso, que habitaba en ciudades. Pero también eran malvados. Los dioses hicieron llover hasta que toda la tierra quedó anegada, y muchos se ahogaron. El temible Diwo, dios de los rayos y los truenos, cruzó el cielo durante todo ese tiempo para asustar a los supervivientes. Pero continuaron con su maldad, y esta vez los dioses les enviaron una peste que acabó con todos ellos. También estaban los hiantes y los ao-


nes, pero ellos no eran poderosos como los ectenios. Vivían en aldeas y no tenían grandes reyes. »Entonces llegaron nuestros antepasados, los aqueos libres. Venían de muy lejos. Habían cruzado tierras donde el calor quemaba las cosechas y tierras donde el frío las mataba. En todas partes había bárbaros que no dejaban en paz a nuestra gente. Cadmo era el rey y marchaba al frente de todo su pueblo. Como los ectenios ya no estaban en el país, los aqueos pensaron que este sería un buen lugar para establecerse. Pero los hiantes no lo quisieron así, y Cadmo tuvo que hacerles la guerra y acabar con ellos. Porque nadie, ¿me oís?, nadie puede vencer a los aqueos cuando toman las armas. Los dos pueblos se encontraron en una gran batalla. Los aqueos mataron a muchos, y siguieron matando hasta que la noche cayó y los otros huyeron protegidos por la oscuridad. Al día siguiente no quedaba un solo hiante en el campo de batalla. —¿Y dónde fueron? —Se fueron a las montañas más altas, a los bosques más espesos, a las tierras más pobres. —¿Y los aones? —Cuando conocieron el poder de los aqueos, enviaron a sus jefes a suplicar la paz. Cadmo dejó que se quedaran y vivieran entre nosotros, y así ha sido hasta hoy. Después de la siesta, continuaron las lecciones de Layos. Eran muchas las cosas que debía aprender. Y continuarían al día siguiente, y al otro, y al otro. Ese día repasarían, una vez más, los pueblos que habitaban el reino de Tebas y sus relaciones económicas y fiscales con los aqueos libres. Periandros repitió lo esencial de la historia. —En las tierras de los aqueos hay muchas tribus de nativos. Unos siempre han vivido aquí, por lo que sabemos. Otros llegaron del Norte, o de Asia, o de las islas. En muchos casos, sólo tenemos sus leyendas, y es difícil sacar nada en claro de ellas porque todo el mundo acaba descendiendo de los dioses o de reyes poderosísimos. —Como los aqueos —interrumpió Layos.


—Exactamente como los aqueos, pero no como tú te imaginas. Más bien, tan falsamente como los aqueos. Layos miró con fastidio a su tutor, como si hubiese blasfemado. Periandros lo ignoró y continuó su relato. —Como te he dicho, hay muchas tribus. Pero aquí, en el reino de Tebas, podemos considerar tres grupos principales: ectenios, hiantes y aones. Los ectenios fueron en su día muy poderosos. Construyeron Alalcomenia, Aulis y Telxinea, y también Ogigia, que está justo debajo de nuestros pies. Pero el poder de los hombres sólo es un capricho de los dioses, y los caprichos pasan pronto. Una gran inundación arrasó tanto el reino de Tebas como el de Orcómenos Minia. Las cosechas se perdieron, los ganados murieron y las enfermedades salieron de los pantanos y se cebaron en los hombres. La muerte y la ruina fueron mayores en las ciudades que en el campo. Cuando llegaron los aqueos, los ectenios eran un pueblo débil y no ofrecieron demasiada resistencia. Muy pocos hablan ya su lengua, y la mayoría ni siquiera recuerda que una vez fueron un pueblo. »Los hiantes y los aones, en cambio, vivían en aldeas, eran más sencillos y la catástrofe no les afectó tanto. La decadencia de los ectenios les favoreció. Los hiantes se organizaron en clanes guerreros, pero los aones se limitaron a sembrar y recoger más. Cuando llegaron los aqueos, todos los pueblos habitaban en todas partes. No había un distrito, ni una porción de distrito, donde no hubiera al menos una aldea de cada uno. Los hiantes causaron muchos problemas, y fue necesario mucho tiempo y mucha sangre para controlarlos. Muchos fueron expulsados del reino; otros se refugiaron en sitios donde no merecía la pena ir a buscarlos y se llegó a acuerdos de buena vecindad con ellos. La mayoría fueron reducidos al estado servil o viven en tierras miserables ahogados por los impuestos. No pueden poseer tierras en propiedad; trabajan tierras de Palacio y pagan una buena parte de su producción como arriendo. O elaboran algunos productos para el Palacio, que les cede la materia prima y recoge la manufactura; productos sencillos, porque no son buenos artesanos; y nunca armas, porque nadie confía en cederles bronce. Se niegan a hablar el aqueo y fingen que no lo entienden.


»Los aones no son en realidad un solo pueblo, pero ellos se llaman así y a nosotros nos da lo mismo. Estaban cansados del pillaje de los hiantes, así es que el pillaje de los aqueos fue un cambio a mejor. Layos refunfuñó fastidiado. No le gustaba que el dominio de los aqueos fuese calificado de «pillaje». Periandros hizo caso omiso y prosiguió su lección. —Viven en sus propias aldeas y tienen sus propios jefes. Algunos trabajan como sirvientes libres en nuestras ciudades, otros trabajan sus campos y pagan tributos al Palacio. Sus impuestos son mucho más altos que los de los aqueos, pero no tan opresivos como los de los hiantes. La mayoría habla aún sus lenguas, sobre todo aquí, en el palacio; no sé si para sentirse más unidos o para fastidiarnos y que nos cueste entenderlos. »Hay otros nativos, no de Tebas pero sí de otros reinos aqueos o de los reinos vasallos, como los pelasgos o los parnasios. En sus tierras tienen con sus reyes las mismas relaciones que los aones con nosotros, pero en Tebas sólo puedes encontrarlos como esclavos. Algunos han sido capturados por nuestras tropas, otros han sido comprados, otros han nacido en el palacio o en los templos. Son casi todos mujeres y niños, pero hay algunos hombres. Muchos hablan sus lenguas, sobre todo si hace poco que fueron capturados y si se juntan con otros de su tribu; pero la mayoría hablan el aqueo. »Algunos aqueos libres de otros reinos también son esclavos en Tebas. Sólo son mujeres y niños, porque es imposible capturar hombres adultos. Y hay otros esclavos que hablan aqueo. Unos son los niños capturados, que han crecido en el palacio. Otros, nativos que han nacido esclavos y nunca aprendieron su lengua. La mayoría no sabrían decirte si son aqueos o nativos, o una mezcla. »También encontrarás mujeres luvias, capturadas en los Países de Arzawa por el rey vasallo de Miletos o por nuestra propia flota. »Finalmente están los minoicos. Casi todos viven en el palacio o en las casas de los basilees y los nobles. Son artesanos, pintores, músicos, médicos y, sobre todo, escribas. Los hay tanto libres como esclavos, pero nadie sería capaz de distinguirlos. Viven muy bien y algunos son muy ricos. Incluso los esclavos viven mejor que muchos aqueos libres.


»En cualquier caso, el número de los esclavos varones es muy reducido en todos los grupos. Hay muchas más mujeres esclavas, pero tampoco representan nada en el reino. Tú estás acostumbrado a verlas en gran número aquí, en el palacio, pero fuera de los muros de la ciudadela puedes viajar durante días y sólo hallarás hombres y mujeres libres. Una excepción son los teoio doero, los siervos de los templos, que son esclavos, pero su situación es buena y nadie los distinguiría de los sirvientes libres de otras casas. —Periandros, te has olvidado de los tebanos libres. —No, no los he olvidado. Pero las relaciones fiscales de los aqueos libres de Tebas son demasiado complicadas. Necesitaremos mucho, mucho tiempo para aprender a manejarlas. Y no te hagas ilusiones: esto ha sido sólo una introducción. El estudio de los pueblos del reino, sin contar los aqueos, nos llevará al menos un mes entero. Hoy nos dedicaremos a los hiantes. —Oye, Periandros... —¿Qué? —¿Qué eres tú? El siervo bajó la mirada. Fue sólo un instante de debilidad, del que se recuperó pronto. Había aprendido a no dejar que ello le afectase. —La verdad es que no lo sé. Nací en el templo de Hera. Mi padre y mi madre siempre hablaban aqueo entre sí. Nunca me contaron cuál era su raza, y yo nunca lo pregunté. En parte porque los niños no entienden de eso, y en parte porque los esclavos no tienen raza. Al llegar a tu edad (no, puede que antes, incluso), los sacerdotes me pusieron al servicio del escriba del templo. Lo hice bien, y mis aptitudes les gustaron; me acogieron y me educaron. Luego me vendieron a Lábdaco. El resto, ya lo sabes. Amfión y Zethos admiraron las cicatrices de su padre. Eunisos las señaló una a una y narró con todo lujo de detalles dónde y cómo había sufrido cada herida. Dejó la más interesante para el final. —Esta —dijo señalando su pecho— me la hice en una expedición contra los Minias de Orcómenos. Yo estaba en la ciudadela de Haliartos. Polidoro, nuestro wanax, llegó hasta nosotros y reclamó refuerzos.


Traía carros de guerra, muchos carros. El lawagetas, con el grueso de las tropas, atacaría desde la fortaleza de Gla, en el norte, y el rey aprovecharía para pillar un sustancioso botín de ganado y esclavos atacando por el sur. Allí fui yo. Pero nos esperaban. Un gran ejército minia nos salió al paso: infantes y carros hasta donde llegaba la vista. Los gemelos, boquiabiertos, dejaron escapar una exclamación. Eunisos siguió su relato. —Yo llevaba un escudo muy grande, de esta forma —dibujó un «8» con sus dos manos—, que me cubría casi entero, y una lanza muy larga. Luchamos como dragones, como dioses. Yo levantaba mi lanza y la clavaba una y otra vez. Estaba agotado. No llevaba armadura y tenía que protegerme muy bien con el escudo. De repente me encontré junto al carro del wanax. Una flecha mató al auriga, los caballos se desbocaron y el rey cayó al suelo. Un minia se acercó a él con su lanza, para matarlo. Entonces, yo me puse en su camino y protegí al rey con mi cuerpo. La lanza se clavó con tanta fuerza en mi escudo que la atravesó y se clavó en mi pecho... aquí. Otra exclamación. —El minia estaba como loco. Intentó sacar la lanza, pero no pudo, porque estaba atascada en el escudo. Cada vez que la movía, la punta de bronce me desgarraba más y más, y el dolor se hacía insoportable. No sentía correr la sangre, pero sabía que estaba perdiendo mucha, porque me encontraba muy mal. Apenas pude ver cómo un camarada se acercaba. Llevaba una espada, y le atravesó limpiamente la garganta. El gesto del pastor arrancó un grito de horror a los gemelos. —Luego me arrastraron detrás de nuestras líneas, hasta la carreta del cirujano. Rompieron el asta de la lanza enemiga, dejando la punta clavada, y me quitaron el escudo. No recuerdo nada más, porque las tinieblas cubrieron mis ojos, y yo creí que iba a morir. Pero me desperté, tumbado sobre una manta, con el pecho cubierto de vendas. Se interrumpió un momento. Su voz se quebró y las lágrimas llenaron sus ojos. —El eqeta y otro camarada intentaron incorporarme, pero una voz se lo impidió. Era la voz de Polidoro. Se arrodilló junto a mí, acarició mi vendaje y tomó mi mano.


Las lágrimas corrían por sus mejillas. Se las limpió con el puño y sorbió ruidosamente la nariz. —¡Mi wanax tomó mi mano! ¿Os dais cuenta? Y me dijo: «Gracias, Eunisos; hoy has salvado la vida de tu rey». ¿Sabéis? ¡El rey en persona tomó mi mano y me llamó por mi nombre! ¡El mayor honor para un aqueo libre! Entonces dejó de importarme el dolor, el peligro y la muerte. Era un aqueo libre y había sido honrado por mi rey. Se recompuso y viró hacia un tono más serio. —No lo olvidéis. Sois aqueos libres. Podéis empuñar las armas. Podéis defender vuestro honor. Y podéis tratar a los reyes como iguales. Porque sois aqueos libres. Siguieron las enseñanzas. Layos acompañó a Licos a visitar las guarniciones. Comprendió la importancia que tenían las fortalezas de Gla y Haliartos, y cómo aseguraban la frontera oriental contra su peor enemigo, los minias de Orcómenos. Aprendió a manejar las armas y a fortalecer su cuerpo, a montar a caballo y a disparar desde un carro en movimiento. Descubrió cómo tratar con los caballeros del reino, los eqetai, que eran a la vez oficiales del ejército, funcionarios, sumos sacerdotes, jueces, inspectores, cortesanos, embajadores y delegados reales. Supo cómo relacionarse con los terratenientes, los poderosos telestai, y con los príncipes locales, los basilees. Los funcionarios de palacio mostraron al joven rey todos los entresijos del complejo sistema económico del reino. Todas las entradas y salidas, todos los tributos, la tarasiya de los broncistas. El control de las tierras, su clasificación, su parcelación, los mecanismos de su reparto. Cómo los campesinos hacían entrega de temenos, parcelas para el rey y el jefe militar, en compensación por sus trabajos para la comunidad. Cómo había que recaudar los impuestos a los kameu y los onateres, y cómo había que hacerlo constar en las tablillas. Visitó con Periandros los talleres que trabajaban la lana para Palacio y se familiarizó con todas las tareas; conoció a todos los gremios, tanto de hombres como de mujeres, de libres como de esclavos: ovejeros, cardadores, hilanderas, tintoreras, tejedoras, tundidoras, bataneros, cortadoras, costureras... Conoció al broncista de palacio, en-


cargado sólo de reparaciones y de objetos de lujo, pues el grueso del trabajo metalúrgico, molesto e insalubre, se llevaba a cabo en cientos de talleres repartidos por todo el reino. Visitó al orfebre, al platero, al jefe de constructores, al alfarero real. El joven Layos aprendía su oficio de rey. Amfión y Zethos crecieron. Aprendieron de su padre todos los secretos del oficio de cabrero, cómo reparar una vivienda, cómo preparar el queso. Aprendieron a manejar el hacha, a lanzar la jabalina, a disparar su arco de pie y rodilla en tierra, a usar una honda. Su padre les enseñó también cómo tratar con los funcionarios locales, cómo esquivar a los escribas, cómo ocultar sus bienes de los sacerdotes. Les mostró cómo ejercer sus derechos ante la asamblea, cómo comportarse en los repartos de tierra, cómo exigir su kekemena kotona por cuidar las cabras comunales. Los dos gemelos aprendían a ser parte del damos, el pueblo de los hombres libres, y del lawos, el pueblo en armas.


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