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© de los poemas: Jesús Tortajada © Maquetación y diseño: Martín Lucía (mediomartin@yahoo.es) ISBN: 978–84–940643–7–1 Depósito Legal: SE 207–2013 Está prohibida la reproducción total o parcial de este libro, al igual que su incorporación a un sistema informático, su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico, mecánico, reprográfico, gramofónico u otro, sin el permiso previo y por escrito de la dirección del autor.

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Vestigios

Colecci贸n de poes铆a Un invierno llevadero Volumen 1


Un invierno llevadero JesĂşs Tortajada

Ediciones En Huida


NOTA DE LOS EDITORES Señala el poeta Juan Gelman: “La poesía es el lenguaje calcinado y su palabra se alza desde esas calcinaciones que algunos llaman silencio y, sin embargo, todavía se retuercen y aún crepitan”. En ese desenvuelto y grácil principio poético se halla, al menos para nosotros, la hebra encendida que dispone la palabra poética. Gravitando en el eco intemporal que, a modo de Vía Láctea, dispone una senda indefinida y azarosa. No siempre bienhechora y providencial. Y no por fecunda más visible ni por íntima y arcana menos accesible. Esta paradoja la consiente el tiempo y su legado de verosimilitud. Este es el sino del redescubrimiento, de la vasta e inefable extensión que comporta Un Invierno Llevadero, de Jesús Tortajada. Una obra a la que afluye el don de la levedad para redimirnos de cualquier síntoma de presuntuosidad. La vocecita de la tarde que nos apremia, en la feraz soledad, a desapegarnos de lo fútil y reposar en lo discreto y enunciador, que sólo corresponde al valioso hallazgo de lo innombrable. En ese territorio proscrito reside el silencio que el poeta argentino identifica como calcinación. Nuestra intencionalidad con la creación de esta colección que inauguramos bajo el nombre Vestigios tiene un doble fin: recuperar la memoria poética y nutrir el presente con aquellas obras que entendemos que han uncido la vocación de la trascendencia y que acrisolan un fundamento ético y estético, tanto en la personalidad del autor como de su obra. De esta manera nuevos lectores pueden conocerla y amarla tras años del exilio y del olvido que, en el caso de los libros, es la descatalogación.

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Esta apuesta de Ediciones En Huida continúa siendo ese envite, reto o desafío consistente en legitimar a la poesía desde el insobornable principio de su concepción como palabra sagrada. Concepto que entendemos en la consideración de aunar –en ella– pensamiento y sentimiento, emoción y reflexión. Hoy, más que necesaria, es imprescindible la palabra poética por su honestidad y transparencia, valores poco usuales en el umbral del siglo XXI, a tenor de las circunstancias que sufrimos y las causas que las provocan. Por ello, en atención a la fidelidad de esos valores ponemos en tus manos, querido lector, esta obra que inicia esta colección con el deseo que disfrutes de su lectura, tanto como nosotros lo hiciéramos, tanto como nosotros la hacemos con esta nueva edición. Martín Lucía y Pedro Luis Ibáñez Lérida


NOTA DEL AUTOR La razón de mi presencia en estas páginas es el ofrecimiento que recibí de los poetas Martín Lucía y Pedro Luis Ibáñez Lérida, cuyo interés por mi poesía les agradezco sinceramente, para comentar desde una perspectiva personal la evolución de mi voz poética partiendo de los primeros poemas editados hasta los últimos de hoy en día. Comparezco, pues, y me siento afortunado, no como aquel a quien ha sonreído la fortuna en los cupones o en el premio de la lotería, pero consciente de que también a mí me ha sonreído la suerte. Afortunado por tener la sensación de que la vida me concede una reválida dando una nueva oportunidad para la difusión de mis versos, gracias a la propuesta de Ediciones En Huida y a la generosidad de sus jóvenes editores. Y yo lo he recibido como el aguijón del bien que te atraviesa, como se recibe a la fortuna. Una voz va a abandonar el ostracismo, va a tener vitalidad y vigor. Mi primer libro se encuentra de nuevo con las mieles del papel impreso, ante los ojos que escudriñan sus palabras, va a experimentar el delicado roce de las miradas, se van a reproducir el tono y el ritmo y va a cantar, así como cantó hace ya unos treinta años. Mi voz poética, por tanto, se siente hoy más firme y segura por esta llamada, por haber sido buscada entre grandes o inmensos laberintos que yo, desde luego, ni podía imaginar. Fue allá por los primeros años de los ochenta cuando, sin esperarlo, mi hermano Vicente me dijo: –Jesu, vas a leer en la Carbonería. –¿Qué?, será que tú vas a leer en la Carbonería… –No, vas a leer tú, de las tres o cuatro carpetas que tienes llenas de poemas. Así 7


fue como me enteré de que yo era poeta. Me hizo que leyera en casa, a modo de ensayo, para mis padres y el resto de hermanos, que me dieron su aprobación: mis hermanos extrañados y asombrados, mi madre complacida y mi padre conmovido y con una alegría especial. A partir de ahí y de mi debut en La Carbonería, junto con otros poetas también inéditos, comenzó “la vida pública” de mis versos, ese impulso que traspasa a emoción cualquier hecho o suceso de la vida, por insignificante que sea. Al analizar cómo ha evolucionado mi voz, los rasgos diferenciadores de mi poesía en Un Invierno Llevadero con los poemas que pudieran surgir en la actualidad, sólo puedo decir que en aquellos versos aprecio una expresión más lírica, por ser quizás prioritaria la atención al latido y a la palabra que está más cerca del corazón. Hay una metáfora más a flor de página, un compromiso directo y explícito con el Ser, con el Hombre, como en los poemas, entre otros, La Casa de Don –la del que vive a la intemperie, con un fondo de Billy Joel–, El Amor Entregado, La Vía Láctea, En La Noche, El Reencuentro, Sin Razón o Asisto a La Eternidad (me resuenan ecos oteros, leones felipes o celayas, por ejemplo) y existe ya una trabazón formal y una métrica estricta, nunca envarada. “…El aire, la naturaleza, los pájaros, las fábricas, tienen manos y respiran. El hombre se purifica con la lluvia…” avanzó Vicente en la presentación de Un Invierno Llevadero. En Malosdías, mi segundo libro, el verso melancólico se instala en la pubertad poética, una edad difícil, y mi voz quedó voluntariamente a la deriva. Las dificultades para ser oída se multiplicaron, prolongándose hasta ver la luz trece años después de Un Invierno


Llevadero, gracias a la edición también milagrosa –como diría Rafael Adolfo Téllez– en la editorial La Zaranda del periodista canario Leo Betancort. “…Nos advierte de ese sentir –cierta melancolía– y refleja una mirada lírica sobre nuestro vivir cotidiano. Nos habla de realidades como la vida misma…”, suscribe en su semblanza Ana Alvea Sánchez. En Un Invierno Llevadero y en Malosdías hay una mayor libertad en la elección del metro y de la medida de los versos que, en adelante, irán cediéndole su lugar al endecasílabo. La voz poética va evolucionando, favorecida por mi inclinación y gusto por la poesía narrativa y prosaica, hacia un verso más extenso, elaborado, incluso “proutsiano a veces” señaló García Ulecia, más cercano al cerebro en esa labor de fabricar, de encontrar, las metáforas idóneas que, aunque solapadas, como escondidas, están ahí, hablando. Sin referir grandes diferencias temáticas o estéticas, en Un Buen Traje, mi tercer libro, pienso que se aprecia un quehacer más maduro. Se puede decir que mi verso cumple la mayoría de edad, desaparece el acné juvenil para adentrarse en la meditación, en la interiorización, sin despreciar la pequeña licencia del humor, tan salvadora (me resuenan ecos ridruejos, machados o salvagos, por ejemplo). “…Sosegada y equilibrada su producción poética, huye de innecesarios retoricismos y se nutre básicamente de los aspectos aparentemente menos líricos de la existencia, en un original diálogo con la cotidianeidad…”, reseña el poeta Enrique Barrero en la revista Tierra de Nadie. Haciendo sólo la salvedad del poema Amén, escrito en alejandrinos, en Un Buen Traje y en el posterior, Ruegos y Preguntas, se 9


asienta ya como el metro predilecto, dueño y señor de mi expresión poética, haciéndose imprescindible, el endecasílabo (gracias, Vicen, por inyectármelo directo en vena). La evolución de mi voz se puede valorar ya más matizada. “…Una sutil urdimbre de pequeños actos y hechos misteriosos…” , consigna Manuel Gregorio González en el Prólogo de Ruegos y Preguntas, mi cuarto poemario. En esta cuarta entrega hay ya un uso de formas más clásicas, la segunda parte se compone únicamente de sonetos. Aunque en Ruegos y Preguntas destacaría el planteamiento, la idea que inspira el libro, incluso la estructura del mismo. Formalmente responde a una metáfora global: la llamada a uno mismo, el reunirte sólo contigo, acudir a esa convocatoria desnudo ante ti únicamente, para hacer una parada en seco y reflexionar. A esta apuesta de Ediciones En Huida le precede otra anterior, por Un Invierno Llevadero, de la editorial sevillana El Mágico Íntimo, ambas arriesgadas. Son editoriales que eligen el ejercicio de la actividad más importante: no ganar nada y darlo todo. ¿Qué si tiene metidas?... Si, ha rebrotado. Una rama con la que ya no contaba, que permanecía yerta en el árbol, testimonial, haciendo copa…, ha rebrotado. Es un caso insólito, que ocurre en muy contadas ocasiones en la naturaleza. Por ello os hablo de fortuna. ¡Vuela, voz!, ¡salta, voz!, vive, crece…, que yo, el ser que te crea y te pronuncia, voy a disfrutar, a gozar de la pequeña eternidad que te conceden. Jesús Tortajada


Un invierno llevadero JesĂşs Tortajada


A mi hermano Vicente y a Amparo Losa


Creí que la primavera podía aparecérseme en cualquier lugar… A. García Calvo


– Las formas de la bondad – El libro está dormido en la consola, no dejo de mirarlo mientras fumo, con un gesto cansado de impaciencia, mi cigarro. Cortésmente me acerco y retiro, ya mustios, los claveles de la jarra. No entiendo demasiado cómo después de tantos años siento dolor al retirarme, al alejarme con ese digno rostro de prudencia –entregadas sonrisas–, tan experto, sin recibir las palmas que esperé. De todas formas, sólo la bondad espero, en las mil formas que se muestre.

Jesús Tortajada


– Las tardes vienen ya más cortas – Me entretiene mirar de vez en cuando el reloj, me distrae unos minutos, pues llevo sentado ya unas cuantas horas. Seguramente tú estarás cuidando las macetas, o regando, o pintando las rejas tan tranquila. De nuevo me entretiene este reloj. Ahora oigo ruidos en la entrada y casi me levanto, observo desde mi mecedora la cancela y sigo escribiendo. No es tarde pero estoy cansado de mecerme (hay que ver cómo las tardes vienen ya más cortas). 17


– Singular orquesta – Regresaré al umbral, para sentarme junto al vino, sin prisas, como entonces, a escuchar el rumor –lacias palmeras– donde chelos oscuros deshojaban árboles y los días más nublados paseaban mi acera distraídos. Por el albero del jardín camino, prosiguen pensamientos y violetas, con el sol que adormece a los gorriones en un estanque, fuente estrecha, al fondo. Y volveré a buscarme en los espejos –destemplados tambores del silencio– por ver a alguien, para hablar a solas. Qué difícil asunto fue salvarme

Jesús Tortajada


y cuántas veces quise escapar, pero alcanzaron mi paso los laúdes, las flautas que inundaron a mis ojos de torrentes sin rumbo, que dejaron la noche –sueltas notas de organillo–, mi casa en ruina y tanta triste historia. Están muriendo adelfas mal taladas, el lagarto a mi espalda corretea, trepa la esparraguera en el romero y una santateresa entre las lilas a los viejos naranjos se traslada. Aún te sigo, singular orquesta, y ya cansado al meditar murmuro nuestra oración, confusa todavía, –leyenda a través de ti escuchada– por la eterna memoria de tus temas.

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Un invierno llevadero