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ColecciĂłn TelĂşrica de Narrativa corta


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AWEN

El Ceretรณn y otros cuentos

CALIXTO GUTIร‰RREZ AGUILAR


รndice Caras vemos... El muchachito El Ceretรณn El cuento del gato Por la calle Sucre... Apolo en el huerto Breve relato vespertino... Villa Penuria Becky Cuento triste

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Caras vemos...

Solo cuando bajó del auto de patrulla el joven fue consciente de que venía descalzo y sin camisa. No podía recordar si el cinturón que le faltaba a sus pantalones le había sido quitado o si por el contrario no había tenido tiempo de ponérselo cuando fue detenido. Apenas ahora le dolían las esposas ajustadas a las muñecas. Los acontecimientos que habían precipitado aquel trance en que se encontraba ahora se habían perdido de entre sus recuerdos pero su memoria seguía siendo asaltada de continuo por la voz de su madre: ¡Qué vergüenza! Al menos tu padre está muerto. No hay mayor vergüenza que ver un hijo convertido en cabrón… ¡Bien que te lo dije! ¡Esa mujer no sirve! El detective Solano lo tomó del brazo izquierdo y lo introdujo en la sede policial para las reseñas y trámites de rigor. Solano pensó por un momento en que aquel muchacho no tenía el talante de un cruel asesino y pensó en que tal vez con poco esfuerzo lo levantaría del suelo como a una bolsa de legumbres. Nadie es lo que parece —reflexionó el detective— y concluyó en que es precisamente eso es lo que hace peligrosa a la gente. El muchacho, ahora desnudo y sometido a rigurosa observación se esforzaba por acallar en su mente las

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aseveraciones con que su madre le instaba al crimen: ¡Ve tú a saber si esas dos muchachitas serán tus hijas! ¡Yo no las tengo como familia! ¡Ni para matar a esa desgraciada has tenido cojones! Dos detectives terminada la jornada de chequeo le devolvieron los pantalones y lo tomaron de los brazos para llevarlo a la sala de reseña. No se opuso a nada. No se quejaba. Lo fotografiaron, entintaron sus dedos y los imprimió en un formulario. Mecánicamente respondió a las preguntas sobre su nombre y edad, ocupación y estado civil, residencia y motivo de arresto. Llevado por el pasillo donde se encontraban las celdas de detención preventiva miraba sin ver y oía sin escuchar mientras caminaba escoltado nuevamente por el detective Solano. No era otra sino la voz materna la que resonaba dentro de su cabeza: ¡Cuando el Negro Solarte quiso faltarme al respeto, tu padre le rajó la mitad de la cara con un machete! Claro que fue preso unos meses, pero nadie se metió con él jamás y nunca en este pueblo de mierda… y tú has venido a ser el refrán de por aquí ¡Cabrón! ¡Lo peor que se puede ser! ¡Hijo único y cabrón, el peor castigo para una madre! Dentro de la celda, Solano le quitó las esposas y salió sin hablar. Él se acostó en el pequeño catre y percibió ahora en su justa dimensión el ardor de las marcas dejadas por las esposas, y el daño que le había hecho a sus brazos el hecho de traer las manos a la espalda por tanto tiempo. Pero eso era nada frente al escozor del recuerdo: ¡Por eso has dejado de venir a mi casa! ¡Por eso no te gusta verme! ¡Bien que te lo dije! ¡Llévate a esa perra a una quebrada y la entierras! ¡Qué vergüenza! ¡Al menos tu padre está muerto! ¡Hijo único y cabrón, el peor castigo para una madre!


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Pasado el mediodía, agotado se quedó dormido. Estaba tan profundamente dormido que no escuchó al capitán Mendieta cuando llegó: —Solano ¿ése es el muchacho? —Sí, capitán —respondió el detective. —¡Coño! ¿Qué puede llevar a una criatura como esa a estrangular a su propia madre? —Nadie es lo que parece —respondió el detective—, y precisamente eso es lo que hace peligrosa a la gente… Caras vemos…


El muchachito

Nueve meses después de haber cumplido los trece años murió su padre. Su madre, contando apenas con los recursos suficientes para no morir de hambre junto al almácigo de retoños que recibiera como única herencia del difunto marido, resolvió colocarlo como aprendiz de algún oficio para no entregarlo a la pesca o a la labranza. Era el segundo de una docena de hermanos y había de sacrificarse junto al mayor de ellos para traer el pan a la casa. De su padrino el barbero recibió la oportunidad de no darse a la azada doblado sobre el surco. Al principio barría el salón de tres a cuatro veces cada día a cambio de propinas. Los sábados debía barrer a cada hora porque eran los días de mayor clientela. En aquella población portuaria era raro que un hombre no llevara pistola al cinto pues era siempre la manera más fácil de dirimir asuntos espinosos con el prójimo. Hombres hubo cuyo nombre hacía murmurar rezos a las viejas y maldiciones a los cobardes. Hombres había a cuya mención enmudecían las campanas en pleno vuelo. Juan Bautista Arenal, era uno de ellos. Cuando el joven aprendiz cumplió dos meses en la barbería ya se ocupaba de algunos cortes y arreglos.

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Habiendo soñado con ser médico, puso para la navaja de afeitar todo el denuedo que tenía reservado para el bisturí. Pronto el padrino comenzó a dejarlo a cargo y a confiarle ciertas afeitadas de postín: el viejo maestro, el eximio poeta, el comandante Figueroa y alguno que otro notable del pueblo que ahora, dada una prolongada ausencia de su más celebre matón, vivía en calma. Aquel viernes, extrañado de que nadie hubiese venido, el muchacho barrió el salón y se dispuso a ordenar el instrumental de barbería enfundado en su camisa blanca que le devolvía del espejo la imagen de un médico puesto a lo suyo. El padrino había salido para atender al párroco en su casa. Un hombre con ademanes de patrón de hacienda entró sin saludar, se quitó el saco y la camisa dejando ver por encima del cinturón la nacarada empuñadura de un revólver. Su estatura era imponente y sus largos brazos velludos le daban un cierto aire de bestia. La blanca franela apenas si podía contener el pelambre del pecho. —Mirá muchachito, ¿vos sabés cortar pelo? —preguntó con cierta ironía. —Sí, claro —respondió el aprendiz. El hombre, con una sonrisita de marrano muerto, se encaminó a ocupar la silla. Al término del corte, visiblemente satisfecho, le ordenó: —¡Ahora, la barba! Y el joven manipuló la silla con tal maestría que en apenas un segundo el cliente quedó a su disposición. Preparó con paños la cara, mezcló los jabones y comenzó a aplicar la espuma. Acto seguido, tomó una pequeña toalla blanca y una navaja tan filosa como brillante.


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Tal vez por sentirse vulnerable en aquella posición el cliente comenzó un monólogo en el cual argüía las razones de un hombre para matar a otro. Tras esas consideraciones, se dio a enumerar las ocasiones en las que no había tenido más remedio que echar mano del revólver y cómo había tenido que huir muchas veces para no responder ante nadie. —¿Vos no sabés quién soy yo? —preguntó al joven. Ante la negativa del aprendiz, afirmó: —¡Yo soy Juan Bautista Arenal! Así que pórtate bien que yo tengo un revólver en la cintura… El muchacho, que ya había rasurado el lado derecho de la cara desde el mentón hasta la base del cuello, se acomodó de tal forma que quedó con la cabeza del cliente casi apoyada sobre su propio estómago. Hábilmente, tomó la navaja y la hizo reposar con cierta presión sobre la yugular de Juan Bautista. Como si hubiera necesidad de secretearse, dijo al oído del matón: —¡Pórtese bien usted porque yo le tengo una cuchilla en la garganta! El sudor de Juan Bautista arrastraba la espuma y abría graciosos meandros en su rostro. Sudó tan copiosamente que la blanca franela se transparentaba cuando al fin se levantó de la silla. En ese momento entraba el barbero, quien al reconocer al cliente, miró a todos lados y comenzó a frotarse nerviosamente las manos. —¿Y entonces, Juan Bautista? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Cómo se portó el muchachito? Arenal, que ya se había levantado y se ponía el saco, ripostó: —¿Muchachito? ¡Este carajito es un hombre con cojones! —y salió dejando amén del pago, lo mismo en propina.


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El barbero, apenas salido el cliente, cerró las puertas muy asustado. Pasó a la trastienda con el aprendiz y contra su costumbre sacó una botella de brandy para servir dos copas. No eran todavía las once de la mañana… —¡Tomá, echate este palito!... ¡Y no vengás por la tarde, ya por hoy está bueno de trabajo! Y el joven aprendiz aquel día se graduó de barbero y de hombre. Tanto cambiaron las cosas que su padrino a partir de entonces siempre lo trató de “usted”. Eso sí, nunca le contó qué había hecho con aquella camisa que puesto en el apuro de irse, Juan Bautista Arenal dejó olvidada en la barbería…


El Ceretón

El viejo salió de su casa y vino a sentarse junto a mí en la acera. Traía consigo un vaso pequeño, un vasito, más aproximado a ser dedal que a ser copa. Me sirvió aguardiente y comenzó a contarme: —¡Así como esta noche, la luna estaba clarita y se podía ver todo en el monte! Yo sabía que no era buena noche para la cacería, pero ¿qué quieres? Él era mi compadre y yo no le podía decir que no. Además, yo no creía en esas cosas que se decían de él… El viejo sirvió un trago. Levantó el trago a la altura de los ojos e hizo como si mirara al pasado a través del vaso. Tras brevísima pausa añadió: —En lo que llegamos a “Pozo viejo” me dijo que nos dividiéramos porque hasta ese momento no habíamos visto nada. Yo me quedé junto al pozo y él se fue a lo más cerrado del monte. Al poco rato, vi al conejo… Intentaba acercarse al agua y yo me cuadré con la escopeta. La luna estaba clarita como esta noche y se podía ver todo en el monte… El viejo bebió el aguardiente, se aclaró la garganta bruscamente y siguió contándome:

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—Lo tiré tantas veces como pude. Estoy seguro de que le di por lo menos una vez. Pero el conejo volvía al monte y salía al pozo. Hasta lo vi pararse en las patas de atrás, como burlándome... El viejo hizo otra corta pausa, me sirvió un trago, y prosiguió: —Tentándome los bolsillos hallé la última “cápsula” y pensando en que aquello fuera cosa del espíritu malo empecé a rezar el “Creo” con la cápsula apuñada en la derecha. Entonces, antes de meterla en la escopeta la santigüé. Yo supe que le había dado en una pata de las de atrás y lo vi como renqueaba buscando el monte… Corrí dando la vuelta al pozo y por más que lo rastreé no di con él. Me dio miedo. Yo temblaba de miedo. Me olvidé de compadre y de conejo y de mundo y me vine pa’ la casa corriendo… El viejo tomó de la botella un trago largo y concluyó: —Cuando en la mañana no me pasó buscando para ir a trabajar yo no pensé en nada raro. Volví en la tarde y lo hallé sentado en el frente de su casa sin camisa y con los pantalones enrollados a media pierna. Me fijé que tenía un vendaje en la izquierda y que por encima de la venda se le veía una mancha de sangre. Pero él se estiró la bota del pantalón como tapándose… ¿Qué quieres? Él era mi compadre y yo no creía en esas cosas que se decían de él…


El cuento del gato

¿Cómo demonios había llegado este sapo a uno de mis zapatos de domingo? No es cosa que yo haya podido determinar con facilidad. Bajo la puerta de mi habitación, raras veces abierta, apenas si podría introducirse un naipe o cualquier otra hoja de papel, pero ¿un sapo? Abandonando todo razonamiento a este respecto me di a profundas cavilaciones en torno a la forma en cómo deshacerme de aquel amenazante animal que con anfibia tranquilidad se había apoderado de mi apreciada prenda hebdomadaria. Impávido, el asqueroso batracio permanecía instalado hecho dueño y señor de mi zapato. La sola idea de su fría panza puesta sobre el lugar donde yo debía colocar mi planta me resultaba emética. Superado el asco inicial, y habiendo luchado con mi memoria para traer a ella la Oración de San Pablo —la cual según mi abuela ahuyenta a todo animal ponzoñoso— trepado a mi cama me puse a buen resguardo del infame animalillo sin dejar de mirarlo en momento alguno. Recordé mi estatura, recordé que los sapos no tienen dientes ni uñas y entonces me vi a mí mismo con algo de ventaja sobre el horrendo enemigo. De un salto caí a centímetros de la puerta y la abrí para ir al pasillo por una escoba. ¡Qué vaina con las cosas que se pierden cuando más las necesitas! ¡No había una sola escoba!

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Y para mayor desgracia, mi llave para abrir la reja que da al patio se había quedado en el cuarto donde la peligrosa bestezuela me esperaba. No sabía si aún estaba dentro del zapato o si, por el contrario, me acechaba desde otro rincón. Esta idea aumentó mis temores y una vez más hube de hacerme el fuerte. Respiré hondamente y entreabrí de nuevo la puerta, miré hacia los zapatos y ahí estaba el desgraciado sapo como si nada. Vi las llaves sobre la cama y supuse que su asquerosa lengua no me alcanzaría si intentaba tomar el llavero. No podía apartar de mi mente la vieja conseja: »Si te lame un sapo te contagia las verrugas, si hieres con hueso de sapo, jamás te curas«. Claro, tampoco es que fuera una especie de mega-sapo. Si se lo veía bien, es posible que hinchado al máximo alcanzara las dimensiones estandarizadas de una gran pelota de pingpong… Cogí las llaves, fui al patio, hallé la escoba y la traje para usarla como lanza y contender con el adormecido animal al que yo me figuraba en una suerte de trance para concentrar toda su maligna fuerza en agraviarme de un modo que yo no podría prevenir. Como si fuese un jugador de polo a caballo, de un certero golpe saqué el zapato al pasillo y del zapato salió el sapo excretando no sé si sus orines o algún peligroso humor tóxico. Hallándome en tan delicado trance llegó la solución del modo más inesperado: “Cuco”, el gato de la casa. Velozmente tomó el pequeño saurio entre sus dientes y salió con él al patio perdiéndose por entre las matas. ¿Se lo comió? ¡No sé! Pero eternamente agradecido le dediqué este cuento…


Por la calle Sucre

Cada fin de semana Pedro Luís iba a su pueblo y cada lunes muy temprano volvía a la ciudad. Para ir a la parada del transporte colectivo salía de su casa por la calle Sucre o bien por la calle Bolívar. Ésta última siempre le resultó más atractiva. Un lunes cualquiera, cuando apenas amanecía, salió y encontróse con Doña Isabelita quien a esas horas barría el tramo de calle frente a su casa. —¡Buenos días, señora Isabelita! —¡Buenos días, mijo! La anciana dejó su mano izquierda apoyada en el palo de la escoba e hizo con la derecha una visera, luego preguntó: —¿Y tú quién eres? —¡Soy Pedro Luís! El de Jacinto y María Teresa… —Gusto en verte de nuevo mijo, saludos por tu casa… —y le dio la espalda para seguir barriendo. Pasados algunos días, aquí va Pedro Luís por la misma calle camino de la parada a la misma hora y coincide con la misma señora puesta en el mismo oficio:

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—¡Buenos días, señora Isabelita! —¡Buenos días, mijo! Y la anciana dejando su mano izquierda apoyada en el palo de la escoba y haciendo con la derecha una visera, preguntó: —¿Y tú quién eres? —¡Soy Pedro Luís! El de Jacinto y María Teresa… —Gusto en verte de nuevo mijo, saludos por tu casa… —y el joven contrariado por la rapidez del olvido de la señora, le dijo adiós con la mano aun cuando ella ya le había dado la espalda. Quien iba a decirte, querido lector, que el tan extraño suceso tuvo lugar una tercera, una cuarta y una quinta vez. Por ello Pedro Luis resolvió gastarle una broma a la señora en su sexto encuentro: —¡Buenos días, señora Isabelita! —¡Buenos días, mijo! Y la anciana repitió sus gestos y la ya acostumbrada pregunta: —¿Y tú quién eres? Rápido, Pedro Luís contestó: —¡Soy el hijo de Jorge Negrete y María Félix! Indignada, la vieja chilló: —¿Síiiiiiiiii? ¡Desgraciado! ¡Le voy a decir a Jacinto y a María Teresa que los estás negando por la calle! …Y desde entonces Pedro Luis caminó por la calle Sucre.


Apolo en el huerto

Tras el almuerzo, la muchacha huye del bochorno y de la fuerza canicular buscando el amparo del huerto. Entre árboles y arbustos recrea escenas pastoriles acaso o construye imaginarios edenes en los cuales establecerse como solitaria hurí. Habitado por mil cositas que se mueven, Apolo se solaza en la grata y silenciosa compañía de la muchacha que lo mira. Aburrido —como es común entre los de su especie— intenta de cuando en cuando atrapar moscas al vuelo y hace sonar sus dientes con chasquidos de trampa frustrada. Las moscas victoriosas vuelven sobre el hocico de Apolo y él se sacude violento y burlado. Cambia de lugar, se tiende a la sombra; de nuevo se yergue, y ahora tiene la expresión de haber comprendido por fin cómo se debe atrapar una mosca en vuelo. Lo intenta una vez más y vuelve a fracasar. La muchacha, que sigue atenta la conducta de Apolo, sonríe. Ella piensa: ¡Tú dedícate a ladrar haciendo ver que cuidas la casa! ¡Pues como matamoscas no sirves! Y Apolo se aquieta, dormita y sueña entre escenas pastoriles o imaginarios edenes…

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Breve relato vespertino

Al llegar a casa, el hombre cansado pensó en escribir una historia titulada con el nombre de la muchacha. Desistió rápidamente al concluir que ella podría leerla, enterarse de todo, y asustarse. Sentado a la orilla de la cama se deshizo de la camisa y soltó las trenzas de sus zapatos. Una vez descalzo, procedió a quitarse los calcetines y luego se quedó con ambas manos puestas sobre las rodillas. Ceñifruncido, el hombre pensó en la muchacha y calculó los años que lo separaban de ella. Sin mudar su ademán, exclamó: ¡Bien podría ser mi hija! Se rindió a su propio peso y se dejó caer de espaldas sobre la cama con los brazos abiertos. Pensó de nuevo en la muchacha, recordó que podría ser su hija y entonces, para que nadie (ni siquiera él mismo) lo oyera, siguió pensando: ¡Bien podría ser mi hija! ¡Pero no lo es! Y con esta última conclusión, el hombre, sonriente, se quedó dormido…

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Villa Penuria

—Hoy hace cinco años que no llueve por estos lados —dijo el hombre que oteaba el horizonte a través del ventanuco de aquel tugurio miserable que alguna vez se llamó casa. Desde el mugroso chinchorro que unas veces era silla y otras veces era lecho, la viejita, nostálgica y resignada respondió suspirando hondamente: ¡Cinco años! ¡Hasta Dios se ha olvidado de nosotros! —y sucumbió ante un nuevo acceso de tos. El calor abrasante en medio de aquel paraje casi desértico hacía difícil a ratos establecer los puntos cardinales y deducir el paso de las horas. Los árboles alguna vez frondosos, la escasa hierba otrora verde, no eran más que caricaturas tenebrosas del paisaje ennegrecidas por la sequía y la inclemencia de la canícula. Tanto daba verlas de día como de noche… —Hoy hace cinco años que no llueve por estos lados — dijo el hombre—. ¿O serán seis? —preguntó sin intención de esperar respuesta. —¡Seis años! ¡Hasta Dios se ha olvidado de nosotros! — dijo la viejita desde el chinchorro, mientras escuchaba al viento silbar por entre el desvencijado techo…

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Becky

Te miro dormir y me complace. No me gusta llamar a nadie cuando duerme, me parece de mal gusto. Al fin te despiertas y parsimoniosa te estiras cuanto puedes. Me encanta esa expresión tuya cuando te estiras. Me maravilla tu capacidad de elongación. Vienes a mí, te rozas conmigo y comienzas a alejarte a pesar de que ahora si te llamo: ¡Rebeca! ¡Becky! ¡Ven! Tú igual te alejas a pasos lentos, con ese andar tuyo que yo no sabría describir. Y yo insisto: ¡Rebeca! ¡Becky! ¡Ven! Apenas tengo tiempo para ver cómo te acercas a la ventana y saltas... hacia el jardín. Y me digo: los gatos son una vaina seria…

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Cuento triste

I Rodeando la mesa de la cocina sorbían el café de sus pocillos las tres mujeres mientras hablaban con voces casi apagadas conteniendo las lágrimas y el miedo. La comadre, invitada por sí misma rompió el prolongado silencio en el que tras muchas consideraciones habían caído: —Te lo van a matar comadre, te lo van a matar. No será hoy o mañana, pero te lo van a matar… Ella lo sabía, al fin y al cabo las madres siempre saben de esas cosas. Con un sorbo de café se tragó también el nudo de la garganta y miró a la joven nuera embarazada que desde hacía un par de años vivía con ella. Una criaturita que se desperezaba llegó a la cocina solicitando atenciones y así puso fin a la reunión…

II —¡Hay una mala atmósfera, alguna vaina mala va a pasar! —rezongó la vieja regordeta sentada en el porche de la casa. La hija, santiguándose ripostó: —¡María Purísima! No digas eso mamá que me da miedo.

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Calixto Gutiérrez Aguilar [23]

—No seas pendeja mijita. Todo te da miedo —repuso la doña mientras bebía su café y miraba hacia el camino que une a su casa con la carretera. —Anoche andaban tres hombres que no son de por aquí. Uno me preguntó que si sabía dónde vendían cigarros. Yo le dije que fueran para que Juanita… Me parecieron raros —dijo la hija. —¿Viste? No son vainas mías. Algo malo va a pasar — insistió la vieja.

III —Bueno, yo lo único que supe fue que se metieron tres tipos en su casa, le cayeron a coñazos y se lo llevaron —dijo el señor de la bodega detrás del mostrador. —Parece que hasta desnudo se lo llevaron —opinó un paisano—. ¡No, el hermano le tiró un pantalón para que se lo pusiera —aclaró una señora. —Ese muchacho hace tiempo que andaba buscándose una mala hora —sentenció el señor de la bodega. —Por ahí aparecerá muerto, no les extrañe —afirmó con aire resignado el mismo paisano—. ¡Ya verán! Y cayó la tarde y vino la noche, y en una humilde vivienda llena de gente y de miedo, de lástima y resignación; una mujer lloraba a gritos la pérdida del hijo que ya estaba perdido antes de morir, mientras en otra casa una vecina decía a su hija: —Te lo dije esta mañana: una vaina mala iba a pasar.


CRÉDITOS El Ceretón y otros cuentos © 2019, Calixto Gutiérrez Aguilar © De esta edición: Ediciones Awen (Un sello de Ediciones Palíndromus) Cualquier parte de este libro puede ser reproducida, almacenada o transmitida con permiso del autor o editor mientras se esté citando la fuente. edición

Jorge Morales Corona | Verónica Vidal diseño de colección y portada

Jorge Morales Corona diagramación

Ediciones Palíndromus correctora

Gabriela Alfonso contacto

revistaawen@gmail.com www.revista-awen.webnode.com.ve [Facebook] Revista Awen [Instagram] @revistaawen


El Ceretón

se terminó de editar en el mes de mayo de 2019 en las instalaciones y otros cuentos de Ediciones Palíndromus ubicadas de Calixto Gutiérrez Aguilar en Maracaibo, Venezuela, bajo la licencia del sello Awen y el autor. Para la colección se utilizaron las tipografías Lato de Lukasz Dziedzic para el cuerpo y Quattrocento Sans de Pablo Impallari y Igino Marini para los títulos. todos los derechos reservados


[sobre el autor]

Calixto Gutiérrez Aguilar (Venezuela, 1972) desde niño se inclinó por la creación literaria y la representación teatral. Es licenciado en Educación, mención Lengua, Literatura y Latín por la u.n.e.f.m. y en la actualidad es maestrante en Literatura Hispanoamericana en la misma universidad. Mantiene un blog de narraciones llamado: loquecuentacalixto.blogspot.com Algunos de sus relatos han aparecido en 4dromedarios (Venezuela), El Narratorio (Argentina), Revista literaria digital IBÍDEM (México) y Revista Awen (Venezuela), entre otros. Obtuvo el Primer lugar del Concurso Nacional de Crónicas »Mangos« de la Editorial Madriguera (Venezuela, 2018)

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El Ceretón y otros cuentos de Calixto Gutiérrez Aguilar  

Libro de cuentos escrito por el venezolano Calixto Gutiérrez Aguilar, parte de la nueva colección de Ediciones Awen, Telúrica de Narrativa c...

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