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INTRODUCCIÓN DEL EDITOR

En este último volumen de la Cambridge History of Political Thought hemos intentado describir las principales corrientes del pensamiento sociopolítico del siglo xx. La historia del pensamiento político es enrevesada en cualquier periodo, pero en este resulta especialmente difícil aunque sólo sea porque en las postrimerías del siglo surgió un gran escepticismo en torno a la forma de los relatos, fruto de la aguda conciencia de las múltiples y diversas estructuras a las que pueden dar lugar. La influencia de teóricos como Marx y Freud, entre otros, nos legó la «hermenéutica de la sospecha», según la cual nada es lo que parece ser. La sospecha también se proyectó sobre la narración de relatos, incluido el del presente. Lógicamente, pueden surgir dudas sobre la existencia de sesgos ideológicos, sobre todo teniendo en cuenta que los autores cuentan la historia de su propio tiempo. También nos podríamos preguntar qué criterios se han seguido para incluir ciertos temas y autores, excluyendo otros. Y, finalmente, está la sempiterna cuestión del método: ¿por qué narrar las cosas desde un punto de vista y no desde otro? ¿Por qué recurrir a un método (o a una metodología) en vez de a otro? Son preguntas difíciles, para las que reconocemos no tener respuestas completamente satisfactorias. Pero sí podemos alegar algo a nuestro favor. En primer lugar, indudablemente los autores y editores del presente volumen tenemos nuestras propias preferencias políticas y prejuicios ideológicos, que, a su vez, influirán sobre lo que escribimos y la forma en que lo hacemos. Afortunadamente, no todos compartimos las mismas ideas políticas ni suscribimos una ideología única. Todo lo contrario, creemos que sorprenderá al lector no sólo la gran variedad de los problemas que se estudian aquí, sino también (esperamos) la forma tan diversa e imparcial, aunque no necesariamente «objetiva», en que se tratan. Desgraciadamente, no hemos podido evitar que ciertas cuestiones y pensadores se hayan 7

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analizado en mayor profundidad que otras o que se nos hayan quedado en el tintero problemas interesantes. Tuvimos que elegir debido a una limitación de espacio que hemos estado peligrosamente cerca de saltarnos. Queríamos hacer la selección más amplia posible de temas y autores para detectar y reducir las desviaciones ideológicas. Por último, en lo que al método respecta, queremos señalar que en el presente volumen no nos hemos inspirado en, ni comprometido con ninguna metodología concreta. Consideramos que era mejor ser eclécticos y adoptar enfoques diferentes dependiendo de los pensadores, así como de las cuestiones abordadas en cada uno de los capítulos. Estos son fundamentalmente temáticos, por lo general están ordenados cronológicamente y, sólo en ocasiones, están dedicados al pensamiento de algún teórico concreto. En cada uno se analiza la evolución de un tema a lo largo del periodo que cubre el presente volumen. Se han hecho excepciones en los casos de pensadores concretos que pertenecían a una escuela o corriente. Además, cuando un tema nos ha parecido lo suficientemente importante, debido a la gran influencia que ha ejercido o a la cantidad de literatura secundaria que ha suscitado, lo hemos tratado en más de un capítulo, aunque su vigencia fuera corta. Admitimos que, cuando se emprende la redacción de una historia de las ideas políticas, resulta inevitable que se produzcan ciertas distorsiones. Hemos procurado ser lo más ecuánimes posible a la hora de organizar el índice y poner límites a las palabras. Pero tuvimos que adoptar decisiones duras, discutibles y, en ocasiones, sin duda arbitrarias. Al hacer historia hemos intentado evitar el anacronismo en el análisis de aquellas ideas que revisten mayor importancia para nosotros hoy, procurando reflejar lo que significaron en su propio tiempo. Como nos interesa la teoría, y no la práctica política, hemos dado mayor peso a aquellas teorías que han tenido mayor eco en el mundo de las ideas, al margen de la influencia que hayan podido ejercer en el mundo de la política real. Aun así, existen claros vínculos entre ambas esferas, que todos los autores exploran. Y puede que el mayor problema al que nos hemos enfrentado sea, al igual que en el caso de los editores de los volúmenes anteriores de esta serie, que al centrarnos en las ideas políticas, y no en la historia del pensamiento en general, no nos ha sido fácil delimitar los temas que pretendíamos estudiar y el alcance que debíamos darles. Hablamos de problemas especialmente agudos en el siglo xx, cuando la cuestión de lo que era o no «político» dio lugar a encendidos debates en un horizonte de pensadores y temas inabarcable. Hemos partido de la constatación de que el siglo xx fue una época en la que predominaron unas ideologías que determinaron los lenguajes en los que se expresó el pensar sobre lo político. Son formas de pensamiento político que no se pueden analizar al margen de los sucesos políticos a cuya gestación contribuyeron y que acabaron determinándolas. Algo similar parece haber ocurrido en este periodo con la identidad del pensamiento político, que se 8

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ha visto fragmentada y tornado más compleja por la ampliación del alcance y la sofisticación progresiva de lo que cabía considerar político. En una era de globalización, el Estado, que durante tanto tiempo había sido el núcleo del pensamiento político, ha pasado a ser un actor más entre las ONGs (organizaciones no gubernamentales), las multinacionales, los bloques comerciales regionales y mundiales, las organizaciones que defienden los derechos humanos, las organizaciones de ayuda internacional o los movimientos feministas, ecologistas y otros de alcance mundial. Por lo tanto, la determinación de lo que debe considerarse o no «político» limita o amplía el alcance de un «pensamiento político» que en sí mismo no es que esté exento de problemas. Lo que nos ha permitido definir el carácter del pensamiento político moderno (o posmoderno) han sido, entre otros, temas como la inmigración, el comercio internacional, la protección del medio ambiente, los derechos humanos, el terrorismo, la identidad cultural, la evolución de los lenguajes en los que se expresan las ciencias sociales y la estética, los nuevos movimientos sociales, la constitución variable de estados y sociedades. Por lo tanto, hemos tenido en cuenta el surgimiento de movimientos como el feminista o el ecologista, la violenta reacción antioccidental y antiliberal de estados y movimientos islámicos, la importante evolución de la ciencia política como disciplina, o el impacto del modernismo sobre el arte, así como de la literatura y de la psicología freudiana sobre el pensamiento político. La diversidad de los temas de estudio no tiene precedentes y sólo tiene sentido, editorialmente hablando, en términos políticos. Por último hay que decir que en este volumen, al igual que en los anteriores, se tratan temas propios del pensamiento político «occidental». La expansión de Occidente y los procesos globalizadores, que se han incrementado enormemente a lo largo de nuestro periodo de estudio, han potenciado la interacción entre tradiciones y lenguajes políticos occidentales y no occidentales, incrementando los niveles de influencia mutua, hasta el punto de que hoy ya no sabemos delimitar muy bien el concepto «occidental». La difusión transnacional e intercultural se manifiesta, por ejemplo, en la influencia que ejerciera Henry David Thoreau sobre Gandhi, y Gandhi sobre Martin Luther King y el movimiento ecologista, o Marx y Lenin sobre Mao y Mao sobre los movimientos ultraizquierdistas europeos y sudamericanos. Por lo tanto, también hemos echado un vistazo a ciertos casos en los que las tradiciones no occidentales se han apropiado de, o criticado, el pensamiento político occidental, como ocurre, por un lado, en el caso de Gandhi y Mao y, por otro, en el de los movimientos anticolonialistas e islámicos. Hemos querido conectar con el volumen anterior de la serie recogiendo algunos temas que habían quedado en el aire, por lo que (tal vez inevitablemente) hemos tenido que traspasar la barrera del siglo xix. Teníamos dos razones para hacerlo. La primera es que la cronología por siglos no pasa de ser una convención; no se trata de cápsulas herméticamente cerra9

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das, en las que todo casa y nada sobra ni se solapa. Por lo tanto, las divisiones al uso de la historia del pensamiento político (o de cualquier otra cosa) son artificiales. La segunda razón por la que hemos puesto nuestros ojos en el siglo xix es que gran parte de las agendas políticas del siglo xx entroncaban con los sucesos del siglo anterior. De ahí que nuestro punto de partida sea 1880, momento en el que ya se habían afianzado los grandes estados europeos y diera comienzo la era liberal. También es la época de la consolidación de los imperios, de la crítica socialista a la sociedad liberal y capitalista, del surgimiento de las democracias de masas, del movimiento sufragista y de la búsqueda de una via media democrática que condujo a la creación de los modernos estados del bienestar. Nuestro siguiente hito cronológico es el de la Primera Guerra Mundial, la movilización militar de las masas, la Revolución Rusa, el surgimiento del totalitarismo y el caos económico de la Gran Depresión, hasta llegar al Holocausto y la Segunda Guerra Mundial. En el siguiente periodo nos ocupamos de la Guerra Fría, la descolonización y el fin de los imperios europeos, del tan temido (y exagerado) «fin de las ideologías», seguido, a su vez, por el fin del fin de las ideologías propugnado por los movimientos sociales emergentes, la desaparición del comunismo y el resurgir del conservadurismo, los inicios de una nueva tribalización (a menudo vinculada al revival del fundamentalismo religioso) y la crisis de un Estado del bienestar sometido a la presión conjunta de fuerzas sociales, económicas e ideológicas internas y externas. Queremos contar nuestro relato hasta llegar al presente, pero en ningún caso hemos pretendido dar una versión excesivamente liberal (whiggish) (y mucho menos hegeliana) del pensamiento político del siglo xx. Muy pocos dirían que la historia del siglo xx (y del pensamiento político del siglo xx) es una historia de progreso; más bien al contrario. El siglo xx fue un siglo de confusión, de movimientos de masas y de asesinatos en masa, de holocaustos y bombas de hidrógeno. Como dijera el revolucionario ruso Leon Trotsky, quedándose corto en contra de sus costumbres: «Cualquiera que sólo quiera vivir una vida tranquila ha hecho mal naciendo en el siglo xx». No sabemos si el siglo xxi y el nuevo milenio serán más tranquilos o menos violentos, ni en qué medida. Pero, si algo nos indican los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y la subsiguiente «declaración de guerra al terrorismo», es que los pronósticos distan mucho de ser halagüeños.

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