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Parte IV

Contextos Migratorios: Hibridaciones Sentimentales, Derechos e Imรกgenes


Con la maleta llena de ingredientes: maternidades a distancia. Experiencias afectivas de inmigrantes guatemaltecas en Madrid Ana Lucía Hernández CORDERO Doctoranda en Antropología Universidad Autónoma de Madrid Departamento de Antropología España ana_antro@yahoo.com

Resumen La presente ponencia pretende ser un aporte a los estudios etnográficos que buscan describir situaciones concretas en el ámbito de la organización de la crianza y los cuidados, con base en los testimonios de madres guatemaltecas que se encuentran trabajando en Madrid y que han dejado a sus hijos e hijas en Guatemala. Dar cuenta de las estrategias que se ponen en marcha para seguir en contacto con sus seres queridos, sosteniendo vínculos afectivos a través de la distancia y generando nuevas dinámicas familiares, es el objetivo principal. Palabras clave: migraciones internacionales, familia transnacional, maternidad.

Abstract This presentation intends to be a contribution to ethnographic studies that look to explore concrete situations in the area of child rearing and child care organization and is based on testaments of Guatemalan women who work en Madrid and have left their children in Guatemala. The principal objective is to bring to light strategies that they have put in place in order to keep contact with their loved ones, maintain affective bonds from a distance and generate new dinamic families. Keywords: international migrations, transnational families, maternity, affective bonds.

Introducción Con la maleta llena de ingredientes, para que los olores y los sabores me conecten con mi país, con mi casa, con mi hija. 1 (Marina , mujer guatemalteca, Madrid 2010)

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Con la finalidad de resguardar las identidades de las entrevistadas, he utilizado seudónimos en lugar de sus nombres verdaderos.


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ara las personas migrantes la vida cotidiana que toma lugar en el país de origen se percibe como momentos cargados de emociones. Desde la distancia, sus deseos de estar allí se plasman en la formulación, construcción y expresión de estrategias y rituales que les permiten trasladarse a esos lugares en términos simbólicos y emotivos aunque no les sea posible físicamente. En este artículo se presentan las reflexiones en torno a los mecanismos empleados por un grupo de madres guatemaltecas que trabajan en Madrid, para mantener los lazos afectivos con los hijos que han dejado en los respectivos hogares de origen. Con tal propósito se recogen las observaciones y los testimonios registrados durante los años 2009 y 2010. Se trata de un estudio cualitativo, basado en una intensa observación participante y entrevistas en profundidad. Esta investigación forma parte de mi trabajo de tesis doctoral que inició a finales del 2008, por lo tanto, el nivel de vinculación con las participantes al estudio es fruto de una relación que dio inicio en 2009, a principio de mi trabajo empírico, recopilando sus historias de vida.

El género en la migración Históricamente, la migración centroamericana ha estado dirigida hacia los Estados Unidos, en ese sentido, los estudios se han concentrado en este ámbito geográfico. Estas investigaciones han privilegiado los temas en torno a las remesas económicas, derechos humanos, trata de personas, violencia y la experiencia diferenciada en cuanto a la pertenencia de género (hombres y mujeres), étnica (indígenas-no indígenas) y de clase social (Monzón, 2010). La migración guatemalteca hacia España es de muy reciente surgimiento, aún no existe un corpus de investigaciones que registren la evolución de este fenómeno en el territorio español, así como estudios que aborden el tema de la maternidad y sus prácticas en la distancia, tomando como población de análisis a las mujeres guatemaltecas. Este estudio representa un aporte en esa línea, contribuyendo a los estudios etnográficos que buscan describir situaciones concretas en el ámbito de la organización de los cuidados, en pro de desnaturalizar la ecuación mujer = madre = cuidadora (Gregorio Gil, 2009). Por un lado, se relata la vivencia de un grupo de mujeres inmigrantes y por el otro, se contribuye en la definición del perfil socio-demográfico de la población guatemalteca en España. En la tradición de las ciencias sociales, las migraciones han sido explicadas desde diferentes perspectivas macro sociales señalando que una crisis económica puede ser la causa de las decisiones de migrar, así pues, se trata de una visión económica que además, basándose en la división social del trabajo que concibe al hombre como el proveedor por excelencia, entiende al sujeto migrado en términos masculinos (Gonzálvez, 2007). De esta cuenta, los estudios que consideran a la migración femenina como independiente de la migración masculina y se interesan por los efectos de ésta en las vidas de las mujeres, son relativamente recientes (Asakura, 2005). Con el aumento de las mujeres que atraviesan las fronteras internacionales, éstas pasaron de ser vistas como acompañantes de esposos y padres a protagonistas de cadenas migratorias, provocando que la perspectiva de género se interesara en temáticas más allá de las de carácter económico, tales como la “definición de experiencias y consecuencias migratorias para las estructuras familiares, roles de género, y la organización social en los países de origen y de destino de las personas que migran” (Sørensen, 2008: 262).


Enlazar género y migraciones ha permitido la producción de análisis más integrales que reflejen las realidades complejas de nuestra sociedad, en primer lugar porque hace la diferencia entre mujeres y hombres como sujetos migrados (Hondagneu-Sotelo y Ávila, 1997; Hochschild, R. 2001; Salazar Parreñas, R. 2003) y en segundo, porque se interesa en la vivencia de cada uno de los protagonistas de la migración (Ariza, 2004). Se parte del supuesto que la migración es un fenómeno social con potencialidad de cuestionar y reorientar los roles de género, y se interesa en recuperar el sentido que los hombres y las mujeres le dan a esta experiencia (Sørensen, 2008; Ariza, 2004). Moverse temporal o permanentemente a otros lugares no siempre significa una separación de los vínculos familiares que quedan en el país de origen (Sørensen, 2008), si bien, la migración altera y moldea estas relaciones, muchas veces lo hace transformándolas en maneras nuevas de articulación sujetas a categorías sociales como el género, la edad, el lugar que ocupan en la familia, entre otras2. La teoría transnacional considera que la migración es un proceso dinámico de construcción de redes -formales e informales- que reconfiguran la vida social y cultural tanto de las personas que migran como de sus referencias personales directas, en el país de origen y en el de destino. En este proceso, se entretejen a su vez distintos factores culturales, políticos y económicos que dan lugar a prácticas relacionales específicas (Faist, 2000; Mummert, 2003; Gregorio Gil, 1998). Bajo esta perspectiva, la familia recupera un papel protagónico y, desde la visión del género, se considera que es la primera red social con que cuentan las personas migrantes (Rivas, Gonzálvez y Gómez, 2009). La influencia de la migración internacional en los cambios que sufren las familias y, particularmente, las nuevas conformaciones familiares que surgen a partir de ella, haciendo una diferencia entre sí es el padre o la madre quien se mueve, empieza a cobrar importancia en los estudios migratorios (Ariza, 2004). Se señala que la decisión de quién viaja, está marcada por relaciones de poder en las que el lugar que se ocupa dentro de la unidad familiar, el sexo y la edad, determina las maneras en que la migración se lleva a cabo y se valora social, cultural y moralmente sus desempeño en el lugar de destino (Mummert, 2003;). De esta cuenta, aparecen importantes estudios sobre familia transnacional, que incluyen maternidad, paternidad, juventud e infancia transnacional (Hondagneu-Sotelo y Ávila 1997; Hochschild 2001; Pedone 2006; Wagner 2007; Salazar Parreñas, 2003).

Maternidad en la distancia La teoría feminista señala que el concepto de maternidad se ha construido con base en la capacidad biológica de reproducción que poseen las mujeres (Ortner, 1979: Beauvoir, 1982). Es en primer lugar un hecho biológico ligado a fenómenos fisiológicos y naturales de la reproducción humana: gestación, embarazo y parto, y en segundo, una institución que conlleva la construcción sociocultural del nuevo ser, es decir, el proceso de crianza que va desde la alimentación, la tareas de cuidado y las labores de socialización (Imaz, 2010). Su 2

Estas alteraciones se dan en términos recíprocos, la migración es moldeada por las relaciones de género y a su vez la migración moldea dichas relaciones (Ariza, 2004). Al mismo tiempo, es justo señalar que también se presenta la continuidad, incluso agudización, de ciertas prácticas, por lo tanto es preciso hablar de cambios y continuidades.


definición ha llevado a reconocer tres dimensiones que la constituyen: Biológica, ligada a la reproducción física y sus implicaciones (Wollett, 1991); Psicológica, en tanto que se relaciona con la identidad femenina (Busfield, 1996; Saletti, 2008) y Sociocultural, vinculada a los modelos de cuidado y crianza infantil, a las relaciones que se establecen con los hijos y la pareja y a la posición y status social que se obtiene en tanto se es madre (Trebilcot, 1984). Elixabete Imaz (2010) señala que en estos procesos de definición, ha prevalecido una naturalización del modelo en tres niveles: 1) la procreación como un proceso biológico, sin intervención social; 2) la asunción de que el vínculo materno-filial se produce a partir del embarazo y parto y se mantiene a lo largo de la socialización de los infantes; y 3) la responsabilidad de la crianza que recae sobre las mujeres responde a la división social del trabajo. Por lo tanto, se considera que naturalmente las mujeres procrean, aceptan y aman a sus criaturas y se implican en su cuidado y crianza. De la naturalización se pasa a la universalización. Sin embargo, la literatura señala que este modelo corresponde a mujeres blancas, occidentales y de clase media (Glenn, 1994), así pues, nos encontramos con un modelo explicativo de maternidad. A partir de diversos estudios, se ha constatado que en muchas culturas las tareas de cuidado y crianza están compartidas entre mujeres o entre mujeres y otros infantes (Hays, 1998); en otras, el hecho biológico de dar a luz no les convierte en madres y, existe una diferencia entre madre biológica y la madre social, en el sentido que esta última es quien posee los derechos y obligaciones de la crianza infantil (Monreal, 2000). Es así que en un mundo de cambios y transformaciones, la maternidad y su construcción cultural van tomando características específicas, que en la práctica social se apartan de la norma establecida. De hecho se puede hablar de maternidades que adquieren especificidad en términos de condicionantes sociales como son la clase, la etnia, la generación y la ubicación de las mujeres en el entramado familiar (Hays, 1998; Glenn, 2009). La diversidad de posibles actitudes con respecto a la maternidad se complejiza al cruzarse con distintos elementos de la vida cotidiana de las mujeres, impactando en las decisiones que las mujeres toman en torno a su cuerpo, sexualidad y el ejercicio materno. Dar cuenta de las diferentes formas de ser madre es uno de los objetivos que las investigaciones desde el enfoque de género buscan explicar (Stack y Burton, 2009). El aumento de las mujeres en los flujos migratorios, ha generado nuevas configuraciones relacionales entre los miembros que pertenecen al hogar, con lo cual se han producido unas rupturas sustanciales con respecto a ciertas concepciones y prácticas convencionales de la maternidad, del sistema de cuidado y de las relaciones afectivas (Hondgneu-Sotelo, Ávila, 1997; Salazar Parreñas, 2005; Pedone, 2009). Bajo esta óptica, cuando se habla de maternidad a distancia o “transnacional” se piensa en redes de afecto, cuidado y soporte material-económico que transciende las fronteras nacionales (Hochschild 2001; Pedone, 2006; Wagner 2004). La transferencia transnacional del trabajo reproductivo, expresado en los servicios de proximidad, están forjando nuevos desafíos y significados de la maternidad y la paternidad- (Gregorio Gil, 1998), constituyendo así nuevas formas de crianza, construcciones que implican variaciones en el significado, prioridad y formas de organización, provocando: 1) nuevas negociaciones en las formas de cuidados en el lugar de origen, 2) redefinición de roles de género dentro de la unidad doméstica, en el lugar de


origen y de destino, 3) construcción de relaciones afectivas en la distancia, 4) procesos de autonomía para las mujeres que migran3. Algunas de las investigaciones en torno al tema de las familias transnacionales, en el marco de la feminización de la migración, han girado hacia los efectos negativos que está provocando la salida de las mujeres de sus hogares y de sus países (Wagner, 2007). Se llega a plantear que este fenómeno está provocando familias desestructuradas, abandono del cónyuge, divorcio y desarreglos emocionales para la descendencia, específicamente en los hijos menores. Este señalamiento se hace bajo la perspectiva de una moral colectiva que califica de manera distinta a las madres y a los padres “transnacionales”. Parte del supuesto que los padres salen del hogar con el objetivo de cumplir su función de proveedor, por lo que las ausencias que implica la migración se entienden desde la construcción de la masculinidad hegemónica (Rosas, 2009). Mientras que en el caso de las mujeres, su salida del hogar las enfrenta a la representación social que se ha construido como las responsables de las tareas domésticas y de la transmisión de valores familiares a partir de vínculos afectivos (Pribilsky, 2004). En los casos en los que las madres migrantes son el primer eslabón de la cadena migratoria, llevan a cabo una adaptación compleja en torno al rol que ejercían dentro del grupo familiar de procedencia. En primer lugar, se registra una reorganización de las tareas de reproducción social ya sea repartiéndolas entre las mujeres de la familia extensa que quedan en el país de origen: abuelas, tías, hermanas; o bien en la contratación de “otra mujer”, dando lugar a las llamadas “cadenas globales de cuidado” (Pérez, 2009). Por otra parte, desde sus destinos, las mujeres migrantes llevan a cabo prácticas sociales que les permiten permanecer afectiva y simbólicamente al lado de sus hijos. De allí, ellas explicitan negociaciones y mediaciones continuas con las personas que han quedado a cargo de la crianza, hasta desarrollar un replanteamiento personal de materno (Wagner). De esta cuenta, surgen espacios sociales transnacionales, que permiten el mantenimiento y creación de nuevas estructuras familiares, que cruzan las fronteras físicas y simbólicas de la migración internacional. Así pues, la vida de la familia transnacional en general, y la maternidad transnacional en particular, debe verse como algo afectado por procesos económicos, políticos y sociales complejos e interconectados (Pedone, 2006). A continuación presentaré las características generales de las mujeres participantes del estudio y me detendré en tres casos concretos de madres guatemaltecas migrantes, para luego reflexionar en torno a sus historias específicas.

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La gama de respuestas, de las unidades domésticas, frente a la migración de sus miembros es amplia, nos enfrentamos a impactos contradictorios de empoderamiento y dependencia, cambios en la división sexual del trabajo, cambios y permanencias respecto del cuidado de los hijos, reconfiguración de nuevas desigualdades de género entre las familias y/o construcciones más igualitarias (Herrera, 2005).


Las Protagonistas Son guatemaltecas que han viajado solas a España y todas residen en Madrid, tienen experiencias migratorias previas, ya sea en términos personales o familiares, y en ámbitos rurales, urbanos y/o internacionales (Estados Unidos y México). La mayoría de ellas intentaron viajar primero a los Estados Unidos, pero la dificultad para conseguir la visa hacia ese país entrando por la vía legal y lo peligroso del viaje “ilegal” debido a los controles migratorios, el paso riesgoso e inseguro por territorio mexicano y la poca confiabilidad en los “coyotes”, les hicieron desistir de este destino. Es una migración laboral de mujeres comprendidas entre las edades de 25 a 55 años-, insertas en el ámbito del servicio doméstico y de los cuidados a personas dependientes, la mayoría trabaja en la modalidad de internas4 pero se registran casos en los que trabajan por horas. Todas afirman haber decidido migrar por razones económicas con la intención de trabajar el tiempo necesario que les permita solventar sus necesidades. La oferta laboral que se conoce a través de amigas, vecinas o familiares que se encuentran ya en territorio español, es en el sector del servicio doméstico, por lo tanto, la lógica que prevalece primordialmente es la posibilidad real de encontrar un empleo; en ese sentido, en los pocos casos que se registran de parejas que han migrado, es la mujer la que mantiene una estabilidad laboral. Se mueven entre 7 años y 6 meses de estancia. Las que tienen más de tres años en España, se han acogido al arraigo laboral para tramitar el permiso de trabajo y cambiar sus condiciones de trabajo, vivienda y relaciones sociales. Mientras que las que acaban de llegar o no han cumplido los 3 años, no han gestionado su residencia por trabajo, son mujeres que se encuentran en situación irregular que esperan a cumplir el tiempo necesario para acogerse al arraigo laboral. La mayoría ejerce sola la jefatura familiar, mientras que otras –pocas- la comparten con sus parejas o ex-parejas. Estas mujeres ejercían la jefatura familiar mucho tiempo antes de su salida de Guatemala debido a la ausencia de la figura masculina: ya sea por una separación previa o porque nunca la tuvieron, a la decisión de compartir el rol de proveedora con la pareja o porque la pareja no ha asumido la responsabilidad de proveedor. Sus familias en Guatemala viven mayoritariamente en área urbana. Todas dejaron a sus hijos e hijas en Guatemala a cargo de otras personas de su familia: hermanas, madres, tías y, en muy pocos casos, con los padres de los niños.

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El servicio domestico y de cuidados se organiza en tres modalidades:1) Internas, que implica vivir en la casa donde se trabaja y tener, por lo menos, un día y medio libre. En algunos casos libran el día jueves partir de las 15hrs. y el día domingo completo, en otros es al contrario –como en el caso de Sonia- el día jueves completo y el domingo después de las 14hrs; y en otros casos, a partir del día sábado a las 16hrs y el domingo completo; todas deben regresar a su trabajo el día domingo a las 20 ó 21hrs. 2) Externas, que consiste en trabajar en una sola casa con horario de 8, 10 y hasta 12 horas, según lo convenido y las necesidades de la familia contratante. Sus días libres, en esta modalidad, suelen ser de sábado y domingo. 3) Por horas, en esta forma de trabajo, las personas realizan las labores domésticas con horarios y días determinados en varias casas.


Rosa, Isabel y Sonia Rosa tiene seis hijos de 5, 9, 14, 17, 19, y 21 años. Los tres primeros acompañaron a su madre a lo largo de 6 años por una trayectoria migratoria dentro de Guatemala. Hace 15 años se estableció en un pequeño pueblo e inició una relación con su actual pareja, (y padre de los tres últimos hijos), siempre ha sido el referente de autoridad y principal proveedora del grupo familiar. Debido a su historia de movilidad geográfica, no ha contado con una red de apoyo en los arreglos domésticos, por lo tanto sus hijos e hijas han desarrollando una autonomía importante, de tal suerte que la organización del trabajo al interior del hogar se ha repartido entre ellos y su madre. Con su ausencia, la responsabilidad del trabajo doméstico y, sobre todo, el cuidado de los más pequeños, recae sobre los mayores principalmente, y del esposo ocasionalmente. Desde diciembre de 2007 trabaja como empleada doméstica interna, actualmente cuida a una mujer de 92 años quien, en noviembre de 2009, sufrió un derrame cerebral. Las condiciones de trabajo son de atención y cuidado intensivo e ininterrumpido. No tiene días libres, se organiza con sus jefes para salir algunas veces a la semana, con el fin de hacer la compra de casa y poder ir al locutorio y enviar dinero. De esta cuenta, Rosa reporta cantidades importantes de gastos de teléfono desde su casa-trabajo, pues sus horarios de salida no siempre coinciden con los horarios de sus hijos en Guatemala. Isabel es madre soltera, tiene un hijo a quien dejó cuando éste tenía 10 meses de nacido. La gran cantidad de deudas que tenía en Guatemala (hipotecas y varios préstamos), fueron las razones principales para viajar. Llegó a España en octubre de 2008, gracias al contacto de una amiga del pueblo. Su trabajo es como empleada doméstica interna, cuidando a una niña y un niño. Al principio, en sus dos horas de descanso se iba a trabajar a otra casa para hacer la limpieza, estuvo con ese ritmo de trabajo de octubre 2008 a febrero 2009. Esto le permitió enviar dinero al mes de su llegada, para los pagos atrasados de su casa y otras deudas acumuladas. Su hijo Sebastián está creciendo con sus primos y sabe que su mami está lejos, distingue entre su “mami Isabel” y su “mamá Lorena” (la tía). Isabel le habla por teléfono a su hijo, le envía ropa, juguetes y fotos de ella, en ocasiones la ve, a través del Skype. El niño está aprendiendo a relacionarse con su madre de una manera particular, la familia se encarga de recordarla, él sabe que tiene dos madres y que algún día Isabel regresará a Guatemala. Ella espera cumplir los tres años en España para acogerse al arraigo social, obtener el permiso de trabajo y tramitar la nacionalidad española, para luego poder reagruparse con su hijo. Con esta experiencia se ha dado cuenta que no puede ya pensar en reconstruir su vida familiar en Guatemala. Sonia se divorció hace 10 años. Tiene 3 hijos, mayores de edad. El primero está casado y tiene una hija de 4 años, acaba de separarse y regresó a la casa materna. Los otros dos de 27 y 17 años se quedaron en su casa a cargo de dos de sus tías, quienes han estado cerca desde su nacimiento ayudando en las tareas de cuidado. Cuando emprendió el viaje organizó la vida familia de la siguiente manera: las hermanas quedaron responsables de limpiar la casa, lavar y planchar la ropa y hacer la comida todos los días; el ex - esposo de hacer la compra del mes (100€ aprox.) y de los gastos de la escuela del tercer hijo. El segundo hijo, quedó a cargo de pagar la luz, el teléfono y el gas mientras Sonia empezara a trabajar en Madrid, una vez que ella obtuviera un empleo se encargaría de pagarle a la hermana por el cuidado de sus hijos y compartiría la responsabilidad de los gastos de la casa con su segundo


hijo. Actualmente trabaja en el mismo lugar desde que llegó en 2008, y aunque tenía planificado regresarse en octubre del 2010 para estar con su hijo el día que terminara el bachillerato, decidió quedarse y acogerse al arraigo laboral, su jefa le ha prometido hacerle el contrato para obtener sus papeles y así poder ayudar más a sus hijos. Sonia señala que si vuelve ahora a Guatemala será muy difícil conseguir un trabajo asalariado, tiene 50 años y eso lo hace aún más difícil. Prefiere quedarse en Madrid con el trabajo que tiene actualmente. Su hijo menor entró a la Universidad y ella se ha comprometido a ayudarle en la carrera todo el tiempo que pueda. Los tres hijos de Sonia mantienen la relación con su madre de una manera bastante independiente, cada uno se comunica con ella por medio de la telefonía móvil o Internet, le comparten sus problemas, sus planes y cuentan con el apoyo emocional y económico que Sonia les puede brindar desde Madrid.

A modo de reflexión La idea dominante de maternidad, se contrasta con la realidad de las formas diversas de ejercerla (Monreal, 2000). Estas mujeres han migrado debido a la ausencia de un jefe de familia, haciendo que ellas asuman la jefatura incluso antes de su migración y, dadas las circunstancias de necesidad económica, decidan emprender el viaje migratorio hacia España (Monzón, 2010). Así pues, se trata de mujeres que, en términos de roles genéricos tradicionales, se mueven entre el trabajo productivo y reproductivo. Sin embargo, el imaginario de la “buena madre”, como la mujer dedicada en cuerpo y alma al bienestar de sus hijos (Moreno, 2000; Palomar, 2004), se mantiene en sus mentes, y dejar a su prole, tiene sentido, en tanto que se hace para la obtención un futuro mejor. Sin entrar en discusiones dicotómicas entre la buena y la mala madre, me interesa resaltar cómo a partir de sus propias circunstancias, estas mujeres ejercen un tipo de maternidad diferente al modelo convencional, desde la distancia. Cuando estas mujeres iniciaron su trayectoria migratoria, asumieron el compromiso de mantener el vinculo afectivo con sus descendientes, para ello hacen uso, primordialmente de recursos como las cabinas telefónicas que se encuentran en los locutorios, de los móviles y de las aplicaciones actuales de Internet, como las llamadas redes sociales, que hacen posible expresar, organizar y experimentar sus emociones. Una vez que estas mujeres se alejan físicamente de sus casas, descubren nuevas maneras de seguir presente en la vida de sus hijos e hijas y, aunque la sensación de ausencia y lejanía permanece, ellas empiezan a considerar que ser madres en la distancia es posible. No obstante, debido a la naturalización de la maternidad, cuando se vive una separación como la migración, en la madre surgen sentimientos de culpa que intenta minimizarlos a través de remesas sociales y económicas, pero que no siempre lo consigue. La ausencia de las madres biológicas, en contextos donde no es ella la única persona que ejerce el cuidado y crianza infantil, no se vuelve tan fundamental en el desarrollo y estabilidad emocional de los hijos e hijas. Cuando esta maternidad se ha compartido con otras personas, (mujeres casi siempre) nos remiten a una maternidad diversa (Glenn, 1994), por lo tanto las consecuencias de esa ausencia, impactan de maneras distintas, no siempre en sentidos negativos como se ha querido insistir en los estudios sobre migración internacional (Wagner, 2007). La idea de que la migración femenina puede llegar a


ocasionar un desajuste en los hogares o básicamente romperlos se contrasta con los efectos que la migración masculina produce, pues lleva implícita una valoración en términos morales, Pribilisky (2004), ha señalado que esta afirmación se basa en el modelo de maternidad intensiva, que no siempre era el que se ejercía en el lugar de origen. Las mujeres migrantes guatemaltecas declaran tener una experiencia de maternidad compartida, en la que las responsabilidades y los derechos de la crianza infantil se distribuyen entre otras mujeres que forman parte de su red social inmediata: madres, hermanas, cuñadas, amigas, vecinas. Aunque ellas reconozcan sus deberes de madres biológicas y sociales, de ahí el aparecimiento de sentimientos de culpa, la vivencia en la distancia y el compartir sus condiciones similares les ofrece un conjunto de herramientas para re-plantear y re-organizar sus vínculos con el hogar que han dejado y principalmente con su prole. Las consecuencias de su separación se insertan en un marco situacional y valorativo compartido a pesar de la distancia física, se fundamentan en una nueva construcción de los roles y de las reciprocidades esperadas, pero se explicitan de maneras distintas en cada grupo familiar. Entonces, la ausencia de las madres biológicas, en la medida en que sean capaces de mantener sus lazos afectivos de estas formas y consigan delegar el cuidado y la crianza infantil de su prole, no se expresa como fractura traumática para la estabilidad emocional de los hijos y tampoco supone una suspensión del curso de vida diario de ellas mismas en la ritualidad de sus celebraciones tradicionales. Los hijos de Rosa, Sonia e Isabel, han crecido rodeados de una red de mujeres (y algunos hombres) que forman parte de la familia extensa, con quienes en algunos períodos de sus vidas, han compartido el espacio físico, lo cual les ha llevado a crear vínculos fuertes entre ellos. Han aprendido a vivir con la ausencia de la madre, resolviéndola de diferentes maneras según sus condiciones concretas. Los tres hijos de Sonia mantienen la relación con su madre de una manera bastante independiente, cada uno se comunica con ella por medio de la telefonía móvil o Internet, le comparten sus problemas, sus planes y cuentan con el apoyo emocional y económico que Sonia les puede brindar desde Madrid. Isabel le habla por teléfono a su hijo, le envía ropa, juguetes y fotos de ella, en ocasiones la ve, a través del Skype. El niño está aprendiendo a relacionarse con su madre de una manera particular, la familia se encarga de recordarla, él sabe que tiene dos madres y que algún día Isabel regresará a Guatemala. La autonomía de los hijos de Rosa y su constate presencia, a través del teléfono (dos o tres llamada diarias), ayudan a minimizar los efectos de la distancia. Desde la visión de las tres, los hijos se han adaptado bien a sus nuevas situaciones, aunque no descartan que esto les afecta emocionalmente, hoy en día los beneficios económicos que supone su separación, no resultan tan importantes como para acelerar su regreso, según ellas aún es necesario seguir trabajando en España. Desde la economía política de las emociones (Scheper-Hughes, 1997), se señala que es posible la elaboración, interpretación y síntesis de los significados de estas prácticas, y principalmente en las que los sentimientos desempeñan un papel central, como la maternidad. Por lo tanto, es posible comprender que una vez que estas mujeres se alejan físicamente de sus casas, descubren nuevas maneras de seguir presente en la vida de sus hijos e hijas y, aunque la sensación de ausencia y lejanía está presente todos los días, empiezan a ver que ser madres en la distancia también es posible. A pesar del carácter sociocultural que da lugar a diferentes formas de “ser madre”, en las sociedades occidentales se


mantiene un modelo dominante que hace de la madre biológica la única encargada de la educación y cuidado de su prole (Glenn, 1994). La experiencia migratoria puede propiciar transformaciones en sus prácticas sociales en diferentes sentidos, por ello, es casi imposible suponer que estas experiencias no signifiquen nada en sus maneras de afrontar la vida en este otro lugar, no solamente como el sitio físico al que emigran, sino también como un lugar social. Sonia, Isabel y Rosa consideran que su maternidad es diferente a la que ejercían cuando estaban en Guatemala, pero no por ello, se consideran “menos madres”, simplemente distintas. Como construcción cultural, podemos hablar de maternidades en términos de prácticas y experiencias. Y en este caso, ser madres a distancia implica otra maternidad.

Principales aportaciones Los resultados obtenidos en este trabajo se engloban en dos aspectos: Nuevas maneras del ejercicio materno en términos de transmisión de afectos en la distancia y las propias implicaciones emocionales Cuando las mujeres inician su trayectoria migratoria, asumen el compromiso de mantener el vinculo afectivo con sus descendientes, para ello hacen uso, primordialmente de recursos como las cabinas telefónicas que se encuentran en los locutorios, de los móviles y de las aplicaciones actuales de Internet, como las llamadas redes sociales, que hacen posible expresar, organizar y experimentar sus. Una vez que estas mujeres se alejan físicamente de sus casas, descubren nuevas maneras de seguir presente en la vida de sus hijos e hijas y, aunque la sensación de ausencia y lejanía permanece, ellas empiezan a considerar que ser madres en la distancia es posible. 1)

La naturalización de la maternidad considera que a partir de la unión de los dos cuerpos (madre e hijo/a) que se da durante el período de la gestación, se produce una conexión emocional que permanece tiempo después del parto. Por lo tanto, cuando se vive una separación como la migración, en la madre surgen sentimientos de culpa que se intenta minimizarlos a través de remesas sociales y económicas. 2) La existencia de prácticas maternas diversas al modelo materno.

Las mujeres migrantes guatemaltecas declaran tener una experiencia de maternidad compartida, en la que las responsabilidades y los derechos de la crianza infantil se distribuyen entre otras mujeres que forman parte de su red social inmediata: madres, hermanas, cuñadas, amigas, vecinas. Aunque han sido ellas las que figuran como la madre biológica y social, de ahí el aparecimiento de sentimientos de culpa, la vivencia en colectivo les da herramientas para gestionar sus vínculos desde la distancia, por lo tanto las consecuencias de su separación impactan de maneras distintas en el grupo familiar. La ausencia de las madres biológicas, en contextos donde no son ellas las únicas personas que ejercen el cuidado y crianza infantil, no se vuelve tan fundamental en el desarrollo y estabilidad emocional de los infantes. La migración guatemalteca hacia España es de muy reciente surgimiento, aún no existe un corpus de investigaciones que registren la evolución de este fenómeno en el territorio


español, y en menor medida estudios que aborden el tema de la maternidad y sus prácticas en la distancia, tomando como población de análisis a las mujeres guatemaltecas, por lo tanto este texto representa un aporte en esa línea. Debido a lo anterior, un aporte significativo es la definición del perfil que la población guatemalteca en España, se trata de mujeres jóvenes y adultas -de 25 a 55 años-, que se insertan en el ámbito laboral del servicio doméstico y de los cuidados. Con trayectorias migratorias personales y/o familiares -interna y/o internacional- hacia Estados Unidos, México y España; y, mayoritariamente, mujeres jefas de familia que poseen itinerarios laborales anteriores a su viaje.

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