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Por Mercedes Albi

“Nureyev & friends”, recordando a Rudolf Nureyev en el 75ª aniversario de su nacimiento Hace 75 años, la esposa y las tres hijas de la familia Nureyev viajaban en un vagón del Transiberiano para reunirse con su padre, un militar de carrera de la División Este del Ejército Rojo ubicada en la ciudad de Ufa. En aquél trayecto, durante una parada imprevista frente a la hermosa orilla del Lago Baikal, nació Rudolf. Fue el día 17 de marzo de 1938. Sus hermanas siempre recordarían que, al regresar al tren, una señora les mostró, como si fuera un regalo, el contenido de una caja de cartón: “es un hermanito tártaro para las niñas Nureyev”. Rudolf Nureyev siempre sintió que aquella forma en que vino al mundo fue un presagio, pues su destino y su alma siempre serían nómadas; viviría libre, sin hogar, sin ataduras, con el equipaje listo para partir en cualquier momento. Su infancia transcurrió en un período histórico turbulento, en plena era de Stalin. El ejército de Hitler invadió Rusia cuando él tenía tres años, su padre tuvo que marcharse al frente, y no regresaría hasta el año 1947. Nureyev no conservaba en su niñez recuerdo alguno de su progenitor. La distancia con él se acrecentó a consecuencia del absoluto rechazo que sentía hacia la vocación de bailarín de su hijo, la cual consideraba como algo impropio para un hombre.

Rudolf no tiene apoyo familiar ni medio económico alguno, solo es un adolescente de 15 años que se las arreglaba haciendo montajes para el teatro de la ciudad, y con ese dinero logra costearse por sí mismo los cursos de danza. Además era un destacado componente del cuerpo de baile del ballet folklórico. Pero estaba en permanente alerta y no dejó de aprovechar cualquier oportunidad que surgiera para lograr su objetivo. Así, cuando la compañía fue invitada para una tournée de 10 días en Moscú, él ya tenía la intención de quedarse en la capital como fuese. La suerte le sonrió, y tuvo el valor de salir a escena sustituyendo a un solista lesionado, sin que le diera tiempo de ensayar ni una sola vez los pasos de la coreografía. Y es que la memoria de Nureyev era prodigiosa, tenía una gran facilidad para asimilar los movimientos. Todo lo que veía lo registraba en su mente de inmediato. Nada le detenía. En Moscú, a pesar una lesión, no dejó de presentarse a una audición para la Escuela de Danza del Teatro Bolshoi, donde es aceptado. Y al cabo de dos años cumple su sueño de entrar en la Escuela de Leningrado. Tiene 17 años y, cons-

¿Cómo pudo “el niño de la caja de cartón” que vivía en un lugar remoto de Rusia, llegar a ser una de las mayores estrellas de la danza de todos los tiempos? Desde que tuvo uso de razón. el pequeño Rudi mostró una especial sensibilidad por las artes. Amaba la música, y al ver por vez primera vez en su vida un ballet -a la edad de 6 años- en el teatro local, se quedó extasiado. En aquel mismo instante decidió ser bailarín. Cuando el talento y la tenacidad se unen se produce el milagro, y la vida de Rudolf Nureyev es claro ejemplo de ello. Comenzó bailando danzas tradicionales en la escuela y destacando como integrante de los grupos folklóricos amateurs. La maestra de ballet Anna Oudeltsova se da cuenta del potencial que tiene y lo envía a su compañera Elena Vaitovitch. Las maestras provocan una gran fascinación en el niño de carácter soñador que se embelesa cuando le relatan como vieron bailar a Anna Pavlova y a los Ballets Rusos… Ambas le aconsejan vivamente que salga de allí y se marche a Leningrado a continuar sus estudios de danza.

Maia Makhateli. Foto de David Makhateli

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http://www.edanza.net/ant.php?id=120  
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