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La danza española en sudamérica (IV) Por Vicente Marrero

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El secreto de las danzas sudamericanas, como claramente puede verse en el espectáculo de Pérez Fernández –pese a su prodigiosa rebusca que llega hasta los orígenes de la danza-, viene de una fuerza irresistible de dentro a fuera. Extraña al puro “melos” indio precolombino, sin que por esto deje de estar magníficamente integrada con su mundo maravilloso y multicoloreado. Me refiero al zapateado, ya sea punteado del cholito peruano, con su chichera, el mejicano o el gaucho con botas de montar y espuelas estelares. Al decir zapateado no indico una clase de baile especial como es la conocida con ese nombre. Me refiero al hecho de sentar imperiosamente al danzar al pie en el suelo, acentuando el ritmo de un modo personal. Existe una gran diferencia, que salta a primera vista, entre la índole apacible y dócil del indio, tan propenso a la dulzura sensual, y a la melosidad excitante que seducen al que la escucha, y la presión enérgica, “el salero”, que reclama siempre el modo de ser español. Me refiero a la influencia de este modo de ser en las danzas sudamericanas, cuando hablo del zapateado, que es lo que en ellas mejor lo refleja. El carácter festivo, inherente a las danzas sudamericanas en general, no hubiese logrado mucho si no poseyera esa fuerza, ese ritmo interno, que es afirmación, pero que en danza es también señorío, poder, distinción, recato, que permite a los suramericanos bailar con el mismo espíritu de distinción de las grandes bailarinas españolas: “La Argentina”, Mariemma… Pero hablar de la Hispanidad en la danza, ha de entenderse bien que no sólo hablo de una impregnación hispánica, sino de una influencia recíproca.

La danza española ha aprendido de muchas cosas y tiene aún muchas más que aprender de la suramericana, ya que con la danza sucede algo parecido a lo que sucedió con el barroco: que de las Indias regresó más rico de cómo se fue. Así, por ejemplo, en algunas danzas sudamericanas de innegable influencia hispánica podemos apreciar un sentido para lo grotesco y para lo cómico, sentido que en el baile español escasea. Nuestros bailes son alegres o trágicos. Cómicos no lo son nunca. En la danza hispanoamericana, sobre todo en la mejicana, existe el baile grotesco, fundido con lo más genuinamente español. Algunas veces enriquece el repertorio de nuestros mejores bailarines, quienes con bastante acierto han sabido integrarlo. (Fragmentos del libro “El enigma de España en la danza española” de Vicente Marrero. Ed. Rialp. Madrid 1959)

http://www.edanza.net/ant.php?id=119  
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