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Por Mercedes Albi

CIEN AÑOS DESDE LA CONSAGRACIÓN DE LA PRIMAVERA (IV) El deseo de Nijinsky Nijinsky supo en todo momento lo que pretendía con su nuevo ballet. Y aunque el gran bailarín era muy parco en palabras, gracias a una carta que escribe a Stravinsky -fechada el 25 de enero de 1913- tenemos la certeza de que era plenamente consciente del significado que quería dar a la Consagración: “Sé que La Consagración de la Primavera será algo asombroso, los espectadores se sobrecogerán, y ante ellos se abrirán vastos y nuevos horizontes. La gente verá algo nuevo, colores diversos, todo será diferente, nuevo, y hermoso...” El día del estreno Aquel esperado día de 28 de mayo de 1913 en el Teatro de los Campos Elíseos, nada más sonar los primeros compases del preludio de la Consagración, comenzó a presentirse el caos que se avecinaba. Stravinsky se asusta, y abandona airado su butaca apenas empieza a percibir algunas risas y burlas aisladas. Estas expresiones del público fueron enseguida contestadas por otro sector de los asistentes que

Sergei Diaghilev

se mostraba a favor de la obra; la protesta fue in crescendo y acabó por transformarse en una especie de locura colectiva. Valentine Gross describe: Nada de lo que se haya escrito jamás sobre “La Consagración de la Primavera” ha dado la más mínima idea de lo que se produjo en realidad. El teatro parecía sacudido por un terremoto. Parecía estremecerse. La gente gritaba insultos, abucheaba y silbaba, sofocando la música. Hubo bofetadas y hasta puñetazos. No hay palabras adecuadas para describir semejante escena (...). Pensaba que había algo maravilloso en el esfuerzo titánico que había que desarrollar para mantener conjuntados a aquellos músicos inaudibles y a aquellos bailarines ensordecidos, obedientes a las leyes de su invisible coreógrafo. El compositor ruso permaneció oculto entre bastidores junto a Nijinsky durante toda la función. Y narra en sus memorias cómo Nijinsky estaba desesperado y “ de pie, sobre una silla gritando a los bailarines: dieciséis, diecisiete, dieciocho.... (Ellos tenían su propia manera de contar). Evidentemente, a causa del ruido de sus pasos y del tumulto que se había organizado en la sala, los pobres bailarines no podían oír nada. Tuve que agarrar de la Rómola de Pulszky

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