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disciplina, sacó un bailarín extraordinario. De un niño pobre formado en un medio machista, sacó una gran figura del ballet clásico. O sea, le jugó la cabeza a la Fata Morgana.

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William Navarrete, en un artículo publicado en el Miami Herald, menciona la intervención decisiva del padre de Carlos en la desviación de su destino hacia el de bailarín. Lo hace a contrapelo del deseo de su hijo, que soñaba con llegar a ser futbolista y por ello, un héroe del barrio. Como bailarín clásico pasaría a ser un antihéroe para esos muchachos que, como es natural, creían ciegamente en el dogma número 4. ¿Cómo es posible que un padre camionero, en un medio rabiosamente machista, decida que su hijo se convierta en bailarín clásico y lo obligue a presentarse a la selección del Ballet de Cuba? ¿Es un gran misterio? ¿Un milagro? Norma Niurka, también en el Herald, lo compara con el caso de Billy Elliot. Nada más lejos de la realidad. Carlos es, exactamente, la antítesis de Billy Elliot. El padre de Billy, rudo minero y sindicalista irlandés, hace de tripas corazón para ayudar al hijo a alcanzar su meta soñada. Se fuerza a comprender, por amor, algo totalmente ajeno a su mentalidad y a la de su medio. Manda a Billy a jugar al fútbol y Billy se escapa para asistir a clases de ballet. El padre de Carlos Acosta, demostrando una gran inteligencia, obliga al hijo a emprender una carrera de la que él mismo ignora todo y que, probablemente, su fuero interno rechaza. Los hados habían destinado a Carlos a una vida oscura con sueños de pobre: ciclista, boxeador o futbolista. Nada malo, por el contrario, de no ser por un pequeño detalle: el drama tiene lugar en el escenario de la Cuba “revolucionaria” y eso lo cambia todo. Probablemente lo explica todo. De ballet, el padre no tiene idea, pero sabe lo que significa una beca en el Ballet oficial y, como ama a su hijo, pasa por encima de prejuicios y del qué dirán y lo obliga a presentarse a la selección de la Escuela de Ballet de la Escuela Nacional de Arte. Educación, buenos alimentos y, con un poco de suerte, hasta viajes al extranjero. Podrá así conocer y experimentar lo que su padre sólo imagina: un sucedáneo de la libertad. Carlos es admitido, pero se rebela y con su rebeldía logra ser expulsado de la escuela de La Habana. Lo mandan a una escuela de Santa Clara, tan pobre, académicamente hablando, que prácticamente no existe. El padre, oriundo de Pinar del Río, se entera de que en esa provincia había una buena escuela de ballet en la cual su hijo podría continuar estudiando y allá se van ambos. En Pinar del Río no sólo se endereza, sino que comienza a tomarle gusto a la danza. Sus condiciones extraordinarias afloran vistosamente y lo readmiten en La Habana a los 13 años. Incorpora rápidamente la fuerza y el virtuosismo de la técnica cubana.

Con sólo 16 años viaja a Italia para bailar con el Ballet de Torino. Regresa a Cuba a terminar sus estudios y en 1990 se presenta al Premio de Lausanne bailando el pas-de-deux de El Corsario. Obtuvo la medalla de oro. A los 18 años entra en el Ballet de Cuba como solista. Brilla. Se suceden los premios y las invitaciones a las compañías más prestigiosas del mundo. Es un superdotado que nunca pasó por el cuerpo de baile. De la escuela, directamente al primer plano de la escena. Lo conocí en el nuevo Auditorio de El Escorial donde, como artista invitado del Royal Ballet, interpretó magistralmente el papel de Romeo, con Tamara Rojo en el de Julieta. Me lo presentó mi maestra, que también lo fuera de él, María Cristina Álvarez. No se comportó como una “estrella”, sino como un muchacho de cualquier barrio de La Habana. Dijo que estaba cansado y tenía hambre. Se dejó fotografiar con nosotros y salió corriendo, riéndose y hablando sin parar, en pos de una pizza.

Irma Alfonso Rubio

Revista EDANZA num. 7  
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Revista EDANZA num. 7 5/2011

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