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El prodigioso amigo negro de Mercuccio 56

En el mundo del ballet abundan los dogmas. Sin duda superan, en número y en influencia, a los que a menudo determinan el destino de todos nosotros. Como ejemplo, cito unos pocos: 1 Una persona alta es poco apta para la danza clásica, gira con dificultad y no sabe muy bien qué hacer con sus largas extremidades. Si es una mujer, peor. 2 En ballet se aprende sólo mientras se está creciendo. Se para de crecer y se detiene el aprendizaje. 3 Las condiciones físicas son determinantes y se nace con ellas. Si no las tiene al máximo, ya puede usted matarse a trabajar, que jamás bailará o será un bailarín mediocre.

4 Bailarín clásico = homosexual. Por desgracia la ecuación no funciona en sentido opuesto. 5 El ballet es un baile de blancos y para blancos. Los negros carecen de las condiciones físicas y culturales imprescindibles para practicar con éxito la danza clásica …y así sucesivamente. Pues bien, de todas y cada una de las anteriores creencias existen rotundos desmentidos en la vida real. Menciono algunos. De la número 1 cito a Cynthia Gregory, estrella rutilante del American Ballet Theatre; de la 2, a mi mejor amiga, Irene Alfaro, que aprendió la doble pirueta a la tierna edad de 45 años; de la 3, a Margot Fontayn la limitada extensión de sus piernas le impedía hacer un arabesque que pasara de los 90º; de la 4, a Mihail Baryshnikov, tan famoso por sus interpretaciones magistrales, sus grandes saltos e increíbles piruetas, como por su costumbre de romper corazones femeninos y de la 5, al bailarín cubano Carlos Acosta. En realidad, Carlos Acosta las pulveriza todas y no sólo las que acabo de enumerar. Es alto, negro, tiene 34 años y a la edad en que todos los bailarines clásicos piensan en retirarse, no para de avanzar. Además, me consta que a su paso también deja corazones femeninos bastante maltrechos y, francamente, no da la impresión de transitar por el camino de los alegres. Carlos Acosta es el menor de once hijos de una familia humilde. El padre camionero, la madre ama de casa. Crece en un barrio muy popular: Los Pinos, en los suburbios de La Habana. Pocos años le cuesta llegar a bailar como primera figura en los teatros más difíciles de alcanzar – la Opera de París, el Metropolitan Opera House… - y a ser contratado o invitado por compañías tan importantes como el American Ballet Theatre, el Houston Ballet, el English National Ballet y muchas más. La crítica lo aclama y hay balletómanos que lo siguen en sus giras por Estados Unidos, Francia, Italia, España, Japón… El padre de Carlos Acosta creó a su hijo. De un díscolo adolescente, sólo interesado en el fútbol y alérgico a la

Revista EDANZA num. 7  

Revista EDANZA num. 7 5/2011

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