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LEON BAKST: UN PINTOR PARA LA DANZA Por Gabriel M. Olivares

Cuando en las primeras décadas del siglo XX, Sergei Diaghilev presenta en París sus Ballets Rusos, lo hace rodeado de una serie de artistas que iban a contribuir a la puesta en práctica de su ambicioso proyecto escénico: la fusión de la música, la pintura, el diseño y la danza en una serie de producciones que, siguiendo la corriente concebida por Wagner para la ópera, constituyeran la obra de arte total.

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Músicos como Stravinski, Strauss, Falla o Satie; coreógrafos como Fokine, Nijinski, Lifar o Massine; bailarines como Paulova, Karsavina o el propio Nijinski; pintores como Picasso, Gontcharova, Sert, Larionov, Juan Gris... Entre estos últimos estaba precisamente aquel que imprimió a los Ballets Rusos su sello más característico: Leon Bakst. A lo largo de la última década del XIX, Bakst había formado parte del mismo círculo cultural al que pertenecía Diaghilev, junto al cual había fundado el periódico “Mundo Artístico”, donde comenzó a darse a conocer como ilustrador. Aunque procedía de una familia de clase media, los miembros de su club intelectual le abrieron las puertas de la alta sociedad rusa, introduciéndolo en la corte. Allí fue consolidando su fama como retratista, hasta el punto de ser nombrado profesor de pintura de los hijos del Gran Duque Vladimir, presidente de la Academia Imperial de Bellas Artes. En 1898, Diaghilev, obsesionado por dar a conocer la altura y la calidad alcanzadas por la moderna cultura rusa, organiza la Primera Exposición de Artistas de Rusia y Finlandia, dando a Bakst la oportunidad de exponer por primera vez sus obras al gran público. Pero será el nombramiento de Diaghilev como director de los Teatros Imperiales el acontecimiento que acabará uniendo al pintor, de forma definitiva, con el mundo del ballet. Bakst comenzará a diseñar decorados y vestuario para Diaghilev, y cuando éste presente sus producciones en París, le seguirá hasta Francia para

Elisium (1906)

entrar de lleno en la leyenda de los Ballets Rusos. Ya era conocido por sus diseños de vestuario para Ana Pavlova en “El Cisne”, para Tamara Karsavina en “Noches Egipcias” y por algunas escenografías para la ópera “Boris Godunov” -en la que el famoso bajo Feodor Chaliapin portaba un traje ideado por otro pintor, Golovine, bordado con cuentas de vidrio y metal dorado, que ha pasado a la historia del teatro por su peso y su complejidad-. A partir de 1910, la actividad de Bakst será incesante: “El Pájaro de Fuego”, “Scherezade”, “El Espectro de la Rosa”, “El Dios Azul”, “Dafnis y Cloe”, “La Siesta de un Fauno”, “La Leyenda de José”... Sus diseños - encuadrados dentro de un “Art Nouveau” que por entonces seguía en plena vigencia, pero ya con una acusada influencia de las vanguardias – impactaron al público. Se había producido una ruptura definitiva con el atuendo tradicional de ballet. Del mismo modo que Fokine o Nijinski utilizaban la coreografía para expresar la intensidad dramática y reflejar los estados de ánimo de los personajes, Bakst perseguía el mismo objetivo a través de los decorados y los vestuarios.

Escenografía para La siesta de un fauno (1912)

Los vaporosos vestidos de “Scherezade” y los de otras producciones posteriores, pensados para permitir la máxima libertad de movimientos a las bailarinas, hicieron furor en la moda parisina. Es la época dorada del pintor, cuando las estrellas más rutilantes de la danza visten sus figurines y se fotografían con ellos.

EDANZA 8 7/2011  
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revista EDANZA 8 7/2011

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