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tiránicamente y la mujer acompaña y obedece al gesto de la mano, que puesta en la cintura, le va ordenando los pasos mientras susurra, suspira y resonga la voz del bandoneón. Ese instrumento que tanto impresionó a Baroja, que le dedicó un elogio sentimental en su “Paradox Rey”, es, según don Pío, monótoco como la vida; algo que no es gallardo, ni aristocrático, ni antiguo; algo que no es extraordinario ni grande, sino pequeño y vulgar, como los trabajos y dolores cotidianos de la existencia.

de actitudes, más modero, más humano que lo que antes se estilaba. Más que el vals, que los nórdicos habían convertido en una especie de gimnasia, y más que las niñerías del “cake valse”. Por ese hecho, solo explicable por su ascendencia hispana, resultó una novedad avasalladora en el mundo

Con paradas y sobresalientes de asmático que no inventa leyendas pastoriles, como la zampoña y la gaita; ni llena de humo la cabeza de los hombres, como las cornetas o los tambores...; humildes, sinceros, dulcemente plebeyos... quizá ridículamente plebeyos, melodía vulgar, monótona, ramplona ante el horizonte ilimitado. Pero si en el tango hay algo arrabalero que lo elevó a símbolo de casi toda una época, hay en él algunos logros positivos. Su resonante éxito en la sociedad de tiempos pasados sólo se justifica porque fue un baile

Imágenes de la serie titulada “El último tango” de Juárez Machado (Fragmentos del libro “El enigma de España en la danza española” de Vicente Marrero. Ed. Rialp. Madrid 1959)

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