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Por Gabriel M. Olivares

LA DANZA ESPAÑOLA VISTA POR GUSTAVO DORÉ (I) 27 En estos días en los que, cada vez más, comienza a reivindicarse nuestra danza por encima de las persecuciones ideológicas e injustas a las que la ha sometido un progresismo desvencijado y caduco, cobran todo su significado las palabras del poeta Tomás de Iriarte: “¿Cuál es el bárbaro país cuyos habitantes no gusten de escuchar los sones de sus danzas populares?” Resulta cuando menos chocante que nuestra cultura, la propia, la que viene de una tradición de siglos, y hasta de milenios -y no del franquismo, como algunos ágrafos pretenden- haya sido siempre mucho más apreciada fuera de nuestras fronteras. Ya desde finales del siglo XVIII, ilustrados como Swimburne o el duque de Saint Simon visitaban España y se admiraban de sus costumbres y de su riqueza artística. Pero los auténticos inventores del turismo son los viajeros románticos, que en el XIX comienzan a recorrer el mundo con enorme curiosidad y gusto por el arte. Lord Byron, con sus periplos por Italia o Grecia, es el mejor ejemplo. Es precisamente en esta época cuando tendrán lugar las famosas peregrinaciones de escritores y artistas europeos a una España que encarnaba el ideal romántico por su pasado medieval de fuertes aromas orientales, tan apreciados por la estética del Romanticismo, y por su modus vivendi, del todo distinto al del resto de los países occidentales. Muchos de estos viajeros darán testimonio de todo ello a través de su obra escrita, como Gautier, Dumas y Merimée, o de sus litografías, como David Roberts. Dos de los más ilustres visitantes fueron Gustave Doré y el Barón Davillier. El primero es famoso en todo el mundo por sus grabados para las ediciones de La Biblia, El Paraíso Perdido y La Divina Comedia, que vienen reeditándose sin pausa desde hace siglo y medio. El segundo, escritor, coleccionista y trotamundos infatigable, era un gran conocedor de la cultura y del arte español, hacia los que sentía una gran admiración -en parte por su gran amistad con el pintor Fortuny, que entonces vivía en parís-y a los que dedicó varios de sus libros. Aunque Davillier había estado ya nueve veces en España, la insistencia de Doré, que se mostraba realmente entusiasmado por conocer “la tierra clásica de las castañuelas y del bolero”, acabó por convencerle, y tras ponerse en contacto con la Editorial Hachette acordaron enviar una serie de crónicas de su itinerario, que dicha editorial iría publicando por entregas de 1862 a 1873 en la revista de La Venus Capipigia

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