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Por Mercedes Albi

CIEN DESDE LA CONSAGRACIÓN DE LA PRIMAVERA (III). “JUEGOS”: DEBUSSY Y NIJINSKY No es difícil imaginar la ilusión que embargaba a Vaslav Nijinsky durante su proceso creativo en 1913. Su mente prodigiosa estaba confiriendo una forma física a la que iba a ser la última composición orquestal Debussy, “Juegos”; y al tercer ballet del joven Stravinsky, “La Consagración de la Primavera”. Debussy y Nijinsky Debussy ya estaba enfermo del cáncer de garganta que podría fin a su vida en 1916, y nunca se mostró entusiasmado, sino muy desconfiado hacia la labor de Nijinsky. Diaghilev le había encargado y pagado una partitura con el deseo de que alumbrase una obra maestra. Y el compositor que siempre anduvo escaso de dinero, aceptó de mala gana cuando Diaghilev dobló la oferta inicial. El argumento descrito en el programa se desarrollaba en un jardín al atardecer. Unos jugadores de tenis, un chico y dos chicas buscan una pelota que se ha perdido. La escena está iluminada por grandes lámparas eléctricas que derraman sus rayos con un matiz fantasioso, creando una especie de irrealidad que intenta asemejarse a los juegos infantiles. Así, juegan a las escondidas, tratan de atraparse entre sí, se pelean, se enfadan... La noche es cálida, y de repente, el cielo se llena de luz

Dibujo de Nijinsky por Montenegro (1913)

pálida y se abrazan. Pero el hechizo se rompe por otra pelota de tenis lanzada en maliciosamente por una mano desconocida. Sorprendidos y alarmados, los tres jugadores desaparecen en las profundidades nocturnas del jardín. Pero Debussy se sentía incómodo componiendo para ballet, y en sus cartas describe con desagrado la trama de “Juegos” a la que califica de “travesura carnal triangular“, llegando incluso a afirmar que “en ballet, la moralidad se escapa entre las piernas del bailarín, para acabar en una pirueta”. El estreno de “Juegos” “Juegos” aquella pieza coreográfica que Nijinsky danzó junto a Karsávina y Lumilla Schollar, se estrenó el 15 de mayo de 1913, bajo la batuta de Pierre Monteux. Ni el público, ni la crítica supieron apreciar la profundidad escondida bajo su aparente simplicidad. Era el tema del amor como un juego, interpretado por tres bailarines excepcionales, fluyendo en el devenir del tiempo sin final ni desenlace, porque estaban dentro de la vida misma. La danza se alejaba por vez primera de la fantasía e irrumpía en ella el elemento de lo cotidiano. Tampoco hasta entonces se había vestido un ballet con Vaslav Nijisnky frente a una partitura (1916)

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