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Carmen Amaya Texto: Mercedes Albi Carmen Amaya (1913-1963) fue un milagro. Nació para entregarse entera, a su familia, a su público... El escritor Vicente Marrero, a cuya colección privada de fotografías pertenecen algunas de estas imágenes, escribió en 1953: Gitanilla desgarbada, delgada, flaca, menuda, casi incorpórea, morena, con cara de ídolo trágico y remoto, pómulos asiáticos, de ojos largos cargados de presagios, brazos retorcidos, nerviosa, desgreñada como un bicho malo, mimbreña y violenta. (...) Carmen Amaya y Amaya, que éste es su nombre, no es una mujer diferente en cada uno de sus bailes, como suele suceder con otras grandes figuras de la danza. Es la misma siempre, y no se ha propuesto otra cosa. La ficción no pertenece a su arte. No es bailarina; es “bailaora”. Con su arte de ámbito reducido, de valoración personal más que escénica, ha sabido imponerse en todos los países, donde ha conquistado admiradores frenéticos.

De niña con su tía Juana

Caso asombroso si pensamos que con bastante frecuencia el baile flamenco es un baile vedado a los mismos españoles, sobre todo en algunas regiones de la Península. Las fotos nos muestran como el mundo se rindió a los pies de aquella niña que taconeaba con furia en los tablaos de Barcelona –su ciudad natal-, extenuándose hasta el amanecer, con su padre, El Chino a la guitarra, para poder llevar unas monedas con las que alimentar a los suyos. Fue toda generosidad, y todo lo dio, hasta sus últimas energías, hasta su último aliento. Nació pobre y regresó a la pobreza, a los mismos lugares y casi en la misma forma en que llegó al mundo. La película “Tarantos” fue su testamento, y allí enferma de muerte bailó y dejó su energía, para siempre, para todos. Única e irrepetible Carmen, la gitana catalana, la diosa trágica del Somorrostro.

CArmen Amaya frente al espejo

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Edanza-14  
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Edanza-14 2012

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