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Por Gabriel M. Olivares

CLÉO DE MÉRODE: EL MITO DE UNA BAILARINA 15 Cuando se habla de Cléo de Mérode, es difícil separar la verdad de la ficción, la realidad de la leyenda, los hechos, de la pura hagiografía. Símbolo erótico para unos, emblema de belleza espiritual para otros, “femme fatale” o discreta enamorada, el personaje que ella misma contribuyó a difuminar se nos sigue escapando. Nacida en Biarritz en 1873, Cléopatre-Diane era hija natural de un artista vienés del que heredó tan solo su apellido, de Mérode, perteneciente a una familia de la aristocracia belga. Inició su formación como bailarina a los siete años en la escuela de la Ópera de París. Allí, junto con otras niñas, se sabe que fue pintada por Degas, aunque hoy no nos es posible identificarla entre sus compañeras de clase. No había de pasar mucho tiempo antes de que sus cualidades llamasen la atención y fuese seleccionada para bailar en “La Choryée”. Desconocemos el nivel de su técnica pero, en cualquier caso, su calidad artística pronto sería eclipsada por su extraordinaria belleza. Cléo de Mérode fue poco a poco convirtiéndose en una figura de fama internacional. Y cuando estaba en la cúspide de su carrera, se atrevió a bailar en el Folies Bergère, algo que ninguna estrella del ballet había hecho nunca.

Encandiló a escritores como Marcel Proust, a músicos como Reynaldo Hahn o a fotógrafos como Nadar. Pintores como Boldini, Toulouse-Lautrec o Gustav Klimt la adoraban: el primero le hizo uno de los retratos más exquisitos del arte de la Belle Époque, el segundo la reflejó bailando en uno de sus famosos carteles y el tercero, conocido donjuán, se enamoró perdidamente de ella, una de las escasísimas mujeres que lo ignoraron. Se reprodujeron cientos de estampas y fotografías en las que aparecía siempre con su “look” característico: la raya en medio y, en contra de la costumbre de la época de lucir el cuello femenino, la espléndida cabellera suelta o recogida, cubriéndole las orejas; lo que dio lugar a que algún maledicente insinuara que se las tapaba porque un amante traicionándose las había hecho cortar, extremo que ella desmintió mostrándolas en público. Auténtica experta en márketing “avant la lettre”, fue la musa de los publicistas, recomendando galletas, vinos espumosos, jabones y, cómo no, todo tipo de productos de belleza. Creó cuidadosamente su propia imagen, convirtiéndose en un icono para los simbolistas. Estos habían heredado del Prerafaelismo un ideal de mujer romántico y etéreo que encajaba perfectamente con la apariencia de Cléo, en oposición a un ideal alternativo del Simbolismo, el de la mujer-fiera o la mu-

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Edanza-14 2012

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