El patio de las sombras, de Mia Couto y Malangatana Valente Ngwenya

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El patio de las sombras Texto de Mia Couto Ilustraciones de Malangatana



El patio de las sombras

Texto de Mia Couto Ilustraciones de Malangatana



-¡V

enga, abuela, venga a ayudarnos al campo! -No puedo, hijos míos, hoy me duele mucho la cabeza. -Quédese en una sombra. Sentadita. -No, me quedo. Id vosotros.



Y toda la aldea salió para el trabajo de la cosecha. Era necesario recoger toda la producción para impedir que los monos y los cerdos salvajes atacasen los campos. Uno de los nietos se ofreció para quedarse a hacer compañía a la abuela. -Yo me quedo contigo, abuelita. -No te quedes. Ve a aprender a trabajar la tierra.

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El mozo, obediente, ya se alejaba cuando la abuela lo llamó. -Mi niño, ven acá. ¿Qué es lo que llevas en el brazo? -Es una pulsera, abuela. La cogí allí, junto al fuego. -Devuélvemela.


-¿Por qué, abuela? Yo la encontré. -Esa pulsera era de tu padre. Un escalofrío recorrió el niño. El padre hacía mucho que había muerto. El escalofrío lo hizo recapacitar. Y extendió el brazo para que la abuela le quitase la pulsera.

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El muchacho se fue después hacia la hacienda intrigado por cómo aquella pulsera había aparecido allí. En la huerta lo mandaron a meter el arroz en los sacos.

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De pronto todos los aldeanos dejaron de trabajar: extraños ruidos de fiesta llegaban de la aldea. Estaban sorprendidos: ¿habrían llegado visitantes? Mandaron al chico a ver qué pasaba. Muy cerca de casa el niño no vio nada más que bultos: ruidos, risas y sombras fugitivas escapándose entre los árboles del bosque. Encontró a la abuela junto al pozo, sentada en el brocal que protegía la entrada de la excavación de donde sacaban el agua.


La vieja estaba inclinada sobre sí misma y una leve agitación le recorría el cuerpo. -¿Está llorando, abuela? -¿Yo? No, qué va. Solo estoy aquí, haciéndome compañía. -Me han mandado aquí para ver qué pasa. Se escucharon voces y ruidos que venían de aquí. -No hay nada aquí -respondió la abuela atropelladamente-. ¿Tú has visto algo, hijo mío? -He visto sombras, abuela, he oído bullicio, he escuchado tambores... -Tú no has visto nada, ni has oído nada. Yo estoy aquí sola, como siempre. Los ojos de ella se clavaban en los de él pidiéndole conformidad. Entonces, pidió al chico que tirase una piedra al fondo del pozo. -¿Es para ver si todavía tiene agua? Ella no respondió. Cogió una piedra y la tiró dentro de la oscura boca que se abría en el suelo. Allá, del fondo húmedo, respondió un lamento.

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