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Leoa, la hija del silencio Texto de Marcelo Panguana Ilustraciones de Luis Cardoso


Leoa, la hija del silencio Texto de Marcelo Panguana Ilustraciones de LuĂ­s Cardoso

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ivían en un lugar de mil encantos. Había un río donde el cielo se miraba a diario. Árboles frondosos que al más leve rumor del viento hacían del suelo una colorida alfombra.

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Un lugar donde los pájaros inventaban maravillosos cánticos desde la mañana hasta que el sol se ponía en las lejanías del horizonte. Un lugar mejor que todos los lugares. Era en esa armonía de la naturaleza donde vivía Leoa, hija de Don León y Doña Leona. Ella tenía el cuerpo esbelto y delgado. Sus ojos brillaban como las estrellas en las noches sin luna. Su piel tenía la suavidad de una bola de algodón. Los cabellos largos le caían sobre los hombros como las aguas a través de una cascada.

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-Si Leoa había decidido dejar de hablar, ¿algún día se casaría? -se preguntaban los habitantes del bosque.

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Leoa, sentada en rincones apartados, se mantenía silenciosa y distante, con los ojos perdidos en el horizonte. Nada le interesaba. Ni el seductor vértigo del amor. Ni la alegría de la risa. Mucho menos la agradable conversación.

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Cuando la miraban, todos los animales quedaban extasiados ante tamaña belleza.


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Un día Don León y Doña Leona viajaron por tierras lejanas. A su regreso trajeron un vestido de novia. Aquel que devolviera el habla a su hija, se podría casar con ella. El vestido fue expuesto al pueblo del bosque días y días. Tenía diamantes bordados. Piedras de reconocidos quilates. Hilos de oro. Y era tan blanco como la nieve. Siempre que Leoa miraba el vestido, dos lágrimas furtivas caían de sus ojos, se deslizaban por su piel suave y mojaban el suelo. Se acordaba entonces del pastorcillo. Ocurrió hacía mucho tiempo. Junto al río. Bajo la sombra donde Leoa se sentaba a tejer las telas de su futuro. El pastorcillo llevaba un sombrero de piel de hiena, unas alforjas con provisiones, un cayado para menguar el cansancio de la caminata, y el polvo adornando sus gastados zapatos. Pero, por encima de todo, sus ojos azules, como el río que atravesaba el bosque. -¿De dónde vienes? -Vengo de lejos. De una tierra sin nombre. Busco mi cabra de los cuernos de oro que se me perdió un día de tormenta. He recorrido muchas tierras. He dormido bajo las estrellas y bajo la lluvia. Me he cruzado con malhechores y gentes de bien. He hablado con toda clase de animales. Ninguno sabe dónde está mi cabra.

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Leoa, la hija del silencio, de Marcelo Panguana y Luis Cardoso  

En este libro ofrecemos un texto del escritor mozambiqueño Marcelo Panguana ilustrado con las imágenes del artista Luis Cardoso, del mismo p...