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Lucía Tello Díaz conversa con

Isabel Coixet


CON «C» DE COIXET

Ética y compromiso en el cine de Isabel Coixet

Colección Panorama


Dirección editorial: Miquel Osset Ilustración cubierta: Ed Carosia Diseño editorial: Ana Varela

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Primera edición: marzo 2013 © Isabel Coixet © Lucía Tello Díaz © Para esta edición: Editorial Proteus c/ Rossinyol, 4 08445 Cànoves i Samalús www.editorialproteus.com Depósito legal: B. 7045-2013 ISBN: 978-84-15549-80-2 BIC: HPQ, APFB Impreso en España - Printed in Spain El Tinter, SAL. - Barcelona Empresa certificada EMAS


Introducción

p. 11

Lucía Tello Díaz

1. Su cine y el compromiso social

p. 15

2. La defensa de la mujer

p. 31

3. Ecología en el cine de Coixet

p. 57

4. La defensa de los Derechos Humanos

p. 71


Lucía Tello Díaz

es Licenciada y Doctora en Periodismo por la Universidad Complutense. Premio Extraordinario de Doctorado, Premio Nacional Fin de Carrera así como Premio Extraordinario de Licenciatura, también ha sido distinguida como Investigadora de Excelencia por la Comunidad de Madrid. Es Doctora en Ciencias de la Información con su investigación sobre Ética y Cine Español. Codirectora de la revista Todos al cine, del portal www.todosalcine.com y cortometrajista, ha escrito diversos libros de cine, varios guiones y una veintena de artículos centrados en la cinematografía y los derechos humanos.


Isabel Coixet

es Licenciada en Historia Contemporánea por la Universidad de Barcelona. Apasionada del cine, comenzó su carrera como crítica en la publicación Fotogramas. Iniciada en el mundo audiovisual a través de la realización publicitaria, en 1989 salta a la gran pantalla con Demasiado viejo para morir joven, comenzando una carrera que abarca más de una decena de títulos y que le ha granjeado numerosos galardones a nivel nacional e internacional.


INTRODUCCIÓN Lucía Tello Díaz

John Berger le enseñó nuevas formas de ver el mundo y ella nos mostró caminos más profundos de comprender la sociedad. «No sé qué es la poesía pero la reconozco en cuanto la oigo», decía A.E. Housman, y sin duda nadie que se acerque a la obra de Isabel Coixet podrá definir el calado de su poética, pero lo reconocerá, lo palpará. Porque Isabel Coixet es una directora que ha hecho del compromiso, de lo sensitivo, de la cercanía y de la cotidianeidad, el epicentro de su arte. Se guía por intuición, por ese radar interno que sólo posee un artista y que conduce sin retorno a una manera de vivir al margen de la norma, al bies del patrón. Su cine se alimenta de palabras, de palabras narradas, de palabras calladas, de palabras que, sin ser dichas, están y se sienten y tienen implacables consecuencias; es un cine plagado de secretos, de medias verdades —si es que no lo son todas—, y de verdades a medias. Parecen lo mismo pero en su cine no lo son. Porque Isabel Coixet disecciona la realidad, hace protagonistas a quienes son invisibles, denuncia un statu quo que sólo impone un orden de cosas inamovible y en el que cada vez pagan más quienes siempre 11


pagan, los mismos; Coixet se revela contra una sociedad en que dominan los acostumbrados y en que las mujeres, como bien punteaba Carmen Sarmiento, son el sur de todos los nortes. La mirada de Coixet no es amable, ni tampoco acomodaticia. Reconoce que la realidad es mucho más dura que la ficción pero su ficción es desapacible, cruda, sin letargo; tal vez porque Coixet tiene un compromiso con la historia, con ésa que estudió después de que, siendo niña aún, le negaran la entrada en el Centro Sperimentale di Cinematografia de Roma por su corta edad. Su formación humanística resultó definitoria a la hora de perfilar su temperamento y su conciencia social. Fue entonces cuando Pierre Vilar, Alexandre Cirici y Josep Fontana se unieron a Cassavetes, Dreyer, Bergman y Kurosawa, al tiempo que se soldaron con Zola, Modiano o Stendhal. Todo ello, una fusión indescriptible que visualmente remite a una veintena de pintores y fotógrafos del siglo xx, mostró a la joven Coixet una senda inexplorada y de no retorno en la que se adentraría a pesar de los pesares, que fueron muchos y laboriosos. Después de un brillante cortometraje inicial fue vilipendiada por la crítica con su ópera prima Demasiado viejo para morir joven. Quizá por ser ella demasiado joven, fue injusto que su cine fuera rechazado por extemporáneo, o precisamente por no serlo, y porque otros cineastas coetáneos hicieran filmes menos honrosos que esta primera aproximación. A pesar de lo implacable de una crítica que le vetaba la entrada al universo cinematográfico, Coixet resurgió de entre sus cenizas tras siete años en el mundo publicitario, donde su cercanía a grandes directores de fotografía y al manejo de la cámara le dieron una base 12


técnica que, si bien necesaria, no tardó en remodelar a su antojo. Porque el cine de Coixet es todo menos publicitario, su lirismo, su cercanía a los actores, al pulso de su respiración, hacen de su cine toda una experiencia sensorial: la comida, los sonidos, la lluvia sobre la piel, la aspereza al tacto en la yema de los dedos, todo bajo la atenta contemplación de Coixet se convierte en poesía, en un mapa de los estremecimientos de la vida, de esos recodos sensoriales que todos percibimos pero que no somos capaces de definir. Unida en profundidad al cine de Kaurismäki, Koreeda o de su admirado Wong Kar-Wai, a todos ellos ha superado en hondura y en contundencia, con personajes palpitantes, en el umbral del desaliento y que exudan rabiosa humanidad: aman sin medida, viven con intensidad, se desesperan en silencio, soportan la soledad y apenas se les da concesiones; porque viven con esperanza en un mundo despiadado porque sí. Porque en realidad el mundo y sus vidas siempre lo son. Por ello Isabel Coixet también destaca en el cine documental, porque su conciencia transfronteriza también examina la realidad a golpe de objetivo; ese cine documental que ella todavía no pondera lo suficiente, aunque haya sido valedor de innumerables premios nacionales e internacionales. Su infinita curiosidad y su timidez no acaban de congeniar para bien ni para mal, aunque el resultado de este choque no puede ser mejor. En Uzbekistán, en Galicia, en Copenhague, en Madrid o en Sarajevo, la desigualdad siempre es narrada desde una misma perspectiva, una perspectiva todo menos desapasionada y neutral. Una perspectiva de insaciable sed de justicia y de paz, paz a pesar de la tortura, las violaciones, la contaminación y pese a los que cierran los 13


ojos y dejan todos estos males en la pura impunidad. Y todo ello lo narra sin cortapisas, con ese impudor del lenguaje que tanto admira en Marguerite Duras y que ella maneja con maestría y aun desnudez, sin edulcorantes ni sacarinas, sin paños calientes ni tisanas. La verdad con mayúsculas aunque duela, aunque no cicatrice y aunque se quede latente en la conciencia del espectador para siempre. Porque el cine de Coixet, tan internacional, tan cómodo en su caravana deslocalizada y perdida, es universal en su planteamiento y universal también en su comprensión. No hacen falta las palabras sino el silencio, ése del que tanto gusta la directora catalana y que se puede ver y hasta oír en su cine: oculto en las lavanderías, en la intimidad de una cafetería de Hopper o en los páramos con resonancias de Jean-Antoine Watteau. Ese silencio que nunca expira y que no tiene redención, el silencio de las verdades como puños dichas con la emoción de un poema de Keats, aunque se sitúe en un vagón de metro tokiota donde largas conversaciones no digan «nada en particular». Y es que Isabel Coixet nació cineasta pero es mucho más: es articulista, fotógrafa, diseccionadora incansable, heroica pero insegura, justa y también en su justa medida inabarcable. Su obra es clásica y cosmopolita; compleja y clara; conmovedora y contradictoria; cortante y cálida; de Cans y de Cannes, circundante y central; un cine sin certezas, de confianza, de corazón y de cabeza. De conciencia. Un cine con «C» de compromiso. Un cine con «C» de Coixet.

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SU CINE Y EL COMPROMISO SOCIAL


Cines Callao, Madrid, 16 de mayo de 2012. Isabel Coixet se reúne conmigo tras la exhibición de su documental Marea blanca, una película que representa inequívocamente la responsabilidad de la cineasta para con los tiempos que le ha tocado vivir. Me saluda cordial y me pregunta con gracejo cómo se me ocurre hacer un libro sobre el compromiso social: «¿sabes dónde te metes?», me interpela con ironía mientras ambas reímos, es difícil no sentirse admirada por la pasión dialéctica de Isabel Coixet. Y es que pocos autores han dedicado tanto esfuerzo a mostrar su preocupación para con la sociedad, bien denunciando la situación de las mujeres, bien revelando su apoyo a la protección medioambiental o velando por el respeto de los derechos humanos. Todos ellos son temas que destacan en su filmografía y que por ello encuentran una parte dorsal en este libro. Porque Coixet ha incorporado a su arte la defensa a ultranza del compromiso, escame a quien escame y cueste lo que cueste. Tanto en el cine documental como en el de ficción, las situaciones y sus protagonistas tienen mucho que decir sobre esta responsabilidad. Los personajes que configura Isabel Coixet son ciertamente humanos y compro17


metidos; todos ellos se abren paso a través de una ficción que todo tiene de real y que da cuenta de lo que sucede en un mundo que no nos es ajeno, ni a ella tampoco. Este mundo, ciertamente, es el que destaca en su cine, donde todos los resortes de la cineasta se despliegan para visibilizar lo invisible y concienciar de lo necesario, que no es poco. Por eso Coixet ha rodado Ayer no termina nunca, denunciando una crisis que provocan unos y que pagan todos; por ello ha participado en el proyecto Hay motivo, con su cortometraje La Insoportable levedad del carrito de la compra; y por eso también se ha preocupado por la justicia en Escuchando al Juez Garzón; por las enfermedades olvidadas en Cartas a Nora, o por la dignidad de las personas en Viaje al corazón de la tortura. Si algo queda patente al conocer a esta cineasta es que Isabel Coixet no quiere reconocimiento, quiere acción. Con ese fin ha llegado a introducirse en el día a día de una ong que vela por la restitución de la dignidad de las víctimas de la tortura; ha escuchado atrocidades, ha grabado sus testimonios y ha expuesto, seña del calado ético que vehicula su carrera, sólo aquello que pudiera contribuir al aprendizaje y no al morbo. Todo cuanto dice o insinúa atiende a elecciones morales de las que sólo ella responde y cuya diligencia queda por encima de toda duda. Por esta razón ha rodado en tantos países; porque sabe que adonde vaya habrá una historia, y donde hay una historia, ella debe contarla. Este mismo motivo hace difícil, si no imposible, convencer a Coixet de lo «inconvencible». No cree en el compromiso como estandarte ni en las buenas acciones de cara a la galería; le molesta la solidaridad como fenómeno mediático, como una acción de despotismo ilustrado al estilo «Tout pour le peuple, 18


rien par le peuple». Así lo expone en sus artículos, cuando cita que no sabe si todo ello «sirve para alimentar el ego de una persona o para ayudar de verdad», y así me lo refiere igualmente en nuestra conversación, cuando recuerda un reportaje de una conocida revista española, en el que una aristócrata es tildada de «musa de la solidaridad», mientras abraza a dos niños camboyanos cuya escasez contrasta con el oneroso reloj que la dama luce en su muñeca. Coixet evoca la imagen y no puede sino indignarse: «ojeé la revista en una peluquería y no tuve más remedio que arrancar las hojas. Ahora las tengo colgadas en la pared de mi despacho». Meses después, entrado el otoño, volvemos a vernos en Barcelona para proseguir con nuestra entrevista. Mientras hablo con la cineasta, observo con detenimiento el collage de recortes que tiene en su productora; para mi asombro, vislumbro entre ellos las páginas de papel couché con «la musa de la solidaridad» en la pared. Una muestra de que el compromiso social, en el caso de Isabel Coixet, es mucho más que una etiqueta: es un anhelo que fundamenta su arte y que define el carácter de su creadora.

Lucía Tello Díaz. Desde la primera vez que nos vimos, siempre me has comentado que no compartes ese afán espectacular del compromiso de algunos personajes, esa egolatría o «bonismo» que va en contra de la auténtica conciencia, ¿cómo entiendes el compromiso en un artista? Isabel Coixet. Una cosa es el compromiso auténtico y otra muy distinta es ir de comprometido. Hay que distinguir entre las dos cosas. Yo no puedo hablar por un colec19


tivo de artistas sino por mí, y yo sé que a mí me conmueve una serie de circunstancias. Además, yo entiendo que en el mundo pasan muchas cosas. A dos calles de aquí, en este barrio, hay un comedor social en el que cada vez hay más gente; también sé que hay tres ancianas a las que tienen que llevar comida a casa porque les da vergüenza ir a un comedor social, y se morirían de hambre si no les llevaran comida. No creo que haya que buscar muy lejos para encontrar problemas; si quieres echar una mano en algo, los problemas están a tu lado. A nivel muy personal, el compromiso para mí significa que si las cosas me van bien, y a la gente que tengo alrededor —familia, padres, amigos— les va mal, yo les echo una mano. No es parte del compromiso sino casi mi deber. Yo vengo de una familia obrera y ellos se esforzaron mucho por mí; me parece lógico, natural y normal echarles una mano y, si puedo, dos. Ahora todo el mundo tiene amigos de mi edad que han estado trabajando toda su vida, y llega un día en que les dicen: «mira, que es que mañana no vuelvas». Es gente que tiene muy difícil volver a trabajar, estoy viendo gente que tiene que volver a vivir con los padres. Todo eso me parecen problemas, no me parecen tragedias. Es decir, el compromiso a pequeña escala es echar una mano a gente que puedas, que está a tu alrededor. A otra escala sí que hay ciertas cosas que me indignan y me preocupan, pero tampoco lo vivo como compromiso. ¿Y desde la perspectiva de un cineasta, cómo se vive el compromiso? Pues para ser más concretos, ahora mismo estamos con el proyecto de Ayer no termina nunca, un proyecto 20


que para mí es importante porque de alguna manera me gustaría aprender con él qué es lo que está pasando. Al hacerlo, y creo que toda la gente que lo estamos haciendo lo pensamos, queremos saber qué pasa, cómo se está produciendo en este país esta especie de lucha soterrada contra el más débil, por no decir en el mundo; porque si me hablas de Marruecos para abajo, es un acoso sistemático a las mujeres, a los más pobres, a los que son islámicos pero no islamistas… Pero centrándonos en este país, el hecho de que todos los gobiernos que ha habido hasta ahora hayan favorecido la burbuja inmobiliaria, y que una vez esté fabricada esta burbuja y hayan convencido a mucha gente de que lo que hay que hacer es tener una casa, ahora se la quitamos, los desahuciamos, y les decimos que cómo se les ocurrió hacerlo, cuando todo estaba preparado para ello. La economía de este país también ha subido con eso, y no es una cosa a nivel del Partido Socialista ni del Partido Popular, es de los gobiernos que ha habido desde la Transición. No puede ser. En este país hay en estos momentos seis millones de casas vacías, una cifra alucinante, y la cifra de gente a la que se le está echando es brutal. Por eso piensas: «bueno, hay algo que no funciona»; está claro que éste no es un país rico pero recursos para que la gente viva con unos mínimos hay. No estamos hablando de tres coches en el garaje, estamos hablando de mínimos, de Seguridad Social, de cosas que te permiten levantarte cada mañana sin la angustia de que si te rompes el brazo tu vida se ha acabado, o sin la angustia del protagonista de El ladrón de bicicletas, que te roban la bicicleta y te quitan la vida. Este proyecto tiene que ver, no con lo que está pasando, sino con este ambiente gris, de gente que está estudiando una carrera pero sin ganas porque ve que o tendrá que 21


irse, o dónde va a trabajar; todas estas cosas están en la historia de Ayer no termina nunca, una historia intimista, de una pareja; no es un panfleto, pero el paisaje de la película es este momento, el aquí y ahora. A mí siempre me ha costado mucho hablar del ahora y aquí, pero de alguna manera siento que es el momento, y lo hago desde un punto de vista completamente egoísta, lo hago para colocar esta historia en una pantalla e intentar entender lo que pasa a través de ella. Pero yo no sé si lo puedes llamar compromiso o no. Tú llámalo como quieras —ríe. Esta actitud comprometida está emparentada con una expresión tuya que personalmente me gusta mucho: «hay quienes pasan por la superficie de la vida sin preguntarse qué hacen aquí ni para qué, y los que están cuestionándose su vida misma, metidos en su lavadora». ¿Por qué a nivel global tienen más poder quienes pasan por la superficie de las cosas, y qué herramientas para cambiar las cosas tienen quienes se pasan el día metidos en su «lavadora»? Creo que pasar por la superficie de las cosas es muy necesario porque, humana y físicamente, no puedes vivir en el fondo de las cosas todo el tiempo, ¡te volverías completamente loco! Pero la lavadora tampoco es la manera ideal de vivir: angustiado y deprimido por los problemas del mundo, no tienes capacidad ni de cambiar una bombilla. El equilibrio es lo realmente difícil: ser un pesimista con un óptimo sentido del humor. Yo no sé cómo se hace. Ahí ando buscando la manera. Además de escribir y dirigir, llevas el peso de la cámara. Indiscutiblemente controlar la parte técnica ayuda a tener 22


más control sobre todo el proceso, hasta las expresiones más íntimas de sus actores. Al margen del valor que supone operar la cámara ¿qué implicaciones tiene el hecho de que el proceso por entero esté en tus manos? Llevar la cámara es ¡simplemente mucho más divertido! Te permite un control del encuadre que lleva también a establecer una relación mucho más directa con los actores. En mi experiencia, ellos se han sentido siempre mucho más cómodos conmigo cuando yo he filmado directamente. Me interesa sobremanera conocer cómo trabajas con los actores, cómo consigues que transmitan tanta humanidad, tanta entrega, ¿qué margen les dejas para la espontaneidad o hasta qué punto está planificada la reacción de tus personajes? Cada actor es un mundo y yo intento respetar eso. Saber por dónde va, qué fobias y filias tiene, cuál es su proceso hacia la construcción del personaje, si necesita dos tomas o dos docenas. A partir de ese conocimiento, del respeto, de la confianza y del cariño (bueno, el cariño, no siempre) establecemos un plan de trabajo. Algunas de las elecciones éticas más admirables en tu carrera son los proyectos que has rechazado, entre ellos Memorias de una geisha o Million Dollar Baby, ¿qué debe tener un proyecto para que te cautive o qué tipo de historias quieres contar?

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Con "C" de Isabel Coixet  

Hablar de Isabel Coixet es remitir inexcusablemente al compromiso ético. Inconformista, crítica, humana, la cineasta no ha cejado en su empe...