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Es verdad. El Ecuador de Correa respondió rápidamente al desastre: en 72 horas había agua y luz en los lugares arrasados. ¿Cómo así? Por la gran inversión pública en infraestructura, en construcción de puentes, de carreteras, en hidroeléctricas, la gran revolución del ECU 911, un sistema integrado de seguridad que coordinó toda la restauración; hospitales móviles, profesionales del sector público movilizados como voluntarios, aviones y helicópteros estatales nuevos.

“El Estado somos todos, y la institucionalidad recuperada permitió responder con eficiencia y eficacia a la emergencia del pasado 16 de abril”, dice. Aplaudo. El embajador anglosajón a mi lado, me mira con aversión. Entonces, llega la música. En plena Asamblea, con la oposición parlamentaria de mal humor, aparecen los negros de Esmeraldas con sus tambores místicos; la Asamblea vibra, las pinturas de Guayasamín toman vida; una niña manabita de seis años, que lo perdió todo y vive ahora en un albergue, canta un precioso pasillo; lagrimeo, me pongo los lentes de sol.

Ésta es la revolución ecuatoriana, la de la alegría con historia, la del derroche en solidaridad y autoestima. Nuevamente, el Mashi académico domina el ambiente. Este economista apasionado, alfarista, es muy preciso con las cifras. Gracias al nuevo modelo del Sumak Kausay (buen vivir), de proteger y distribuir bien los propios recursos, el gobierno del Mashi recauda en nueve años 170 mil millones de dólares: el 50% es invertido en educación, salud, seguridad, bienestar social y justicia. Ahorrar es invertir correctamente, dice. Estas cifras se transforman en seres humanos bendecidos, dos millones de pobres que salen del hambre, dos millones de niños incorporados a la salud y a la formación, en un país de 16 millones.

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El Mashi combate, con inteligencia y honestidad, contra lo que denomina la tormenta perfecta: los precios del petróleo al borde, el dólar (moneda local) depreciado, los juicios de empresas transnacionales como la OXY que cobran caro por los actos patrióticos; el tremendo terremoto. Además de una oposición lamentable, que insulta en sus medios de comunicación, cuyos principales líderes esconden sus capitales en Panamá. Pero el Mashi es un gran guerrero, guerrero de la planificación, del trabajo y de la entrega.

“Si grande es la tragedia, más grande es la voluntad del pueblo ecuatoriano para salir adelante. Tengan la seguridad de que nuestras lágrimas de hoy, fecundan el suelo del porvenir”, dice, y me paro de nuevo a aplaudirle. Sus detractores lo acusan de soberbio, de arrogante. Es posible. Pero sin ese carácter rotundo, la base militar yankee seguiría en Manta y otros cambios necesarios para el desarrollo de la Patria, no hubieran sido posibles. El acto concluye. El Mashi Rafael se va, ovacionado, a preparar su próximo enlace ciudadano: una rendición de cuentas semanal y televisiva de gran impacto. Se va, con su esposa e hijo, a su casita, aquella del docente universitario. No vive en el Palacio de Carondelet. Después del presidente Evo, Correa es el presidente de menor salario en nuestro sur.

Valió la pena todo, Mashi Rafael. Ojalá no sea tu último informe a la nación. El Ecuador ya no está en venta. ¡Que nos roben todo, menos la esperanza!

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Revista Encontexto edición 71  
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