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dominó, empobreciendo su diversidad biológica y, por tanto, las posibilidades de recuperación futura. La rapidez del proceso impide que el mismo se equilibre autorregulándose, perdiendo de esa manera su identidad y viéndose transformado, en los casos extremos, en una mera coctelera de especies ecológicamente desconectadas.

Pérdida de biodiversidad Como ya hemos visto, la introducción de especies foráneas en un ecosistema considerado (siempre por mediación directa o indirecta de las actividades del hombre) acarrea habitualmente graves consecuencias en la estabilidad del mismo. Cuando menos, a medio o largo plazo, el efecto es imprevisible y suelen producirse desenlaces insospechados (véanse las desastrosas consecuencias ecológicas de la introducción en el pasado de los perros, algunos de los cuales se asilvestraron, o de los conejos en Australia). En un primer momento, el aspecto más llamativo del fenómeno, la punta del iceberg, suele ser el de situar al borde de la extinción –cuando no se logra ésta completamente–, en un breve período de tiempo, a las especies locales a las cuales sustituyen: aquéllas cuyo nicho ecológico ocupan, con las que entran en competencia. Las posibilidades de recuperar el estado anterior de las cosas son ilusorias. Este fenómeno deja habitualmente secuelas irreversibles: véase, y nos repetimos, el ejemplo de la introducción de cangrejos americanos en España y la regresión inmediata del cangrejo local (antiguo paradigma de la materia prima de la gastronomía tradicional española y hoy día un auténtico desconocido), situado actualmente al borde de la extinción; todo ello en una o dos décadas, no más. Los mecanismos que provocan el impacto de las especies invasoras sobre las poblaciones autóctonas son diversos: depredación, competencia por el espacio vital o por el alimento, alteración drástica del entorno o hábitat, hibridación (pérdida de la dotación genética de la especie suplantada) o transmisión de enfermedades para los que las estirpes locales no están preparadas para combatir. Las especies exóticas que se logran aclimatar suelen contar con una ventaja añadida, que es la que se refiere a la ausencia de enemigos naturales. Existen datos para asegurar que en nuestros días está produciéndose un trasiego de especies, a escala mundial, mucho más intenso que en cualquier momento histórico anterior, y que los desequilibrios provocados en los ecosiste-

mas son constantes y sus efectos cada vez más brutales. En Madagascar, por ejemplo, la gigantesca isla en donde la biodiversidad alcanza las cotas más sorprendentes del planeta, la extensión de la colonización humana, su agricultura y la explotación ganadera y forestal, junto al impacto que produjo la introducción masiva de animales domésticos, han transformado ya más del 85 % de su superficie y están cambiando hasta la climatología de la misteriosa isla: hoy, su fisionomía ya no es la misma que la de legendarios relatos de... ¡hace menos de veinte o treinta años! Aunque habitualmente nos estemos refiriendo a los vertebrados, la situación se hace extensible a los demás seres vivos: tanto invertebrados, con especial incidencia numérica en artrópodos y moluscos, como a las especies de los reinos vegetal y fungi (hongos), e incluso el de las bacterias.

Rana toro.

Faisán. FOTO: CARLOS SANZ.

Especies introducidas en España En el caso de España, contamos con un elenco de especies introducidas que supera los tres centenares, repertorio que se ve incrementado constantemente (2 y 3). Cincuenta de ellas son vertebrados, de las cuales la mitad corresponden a peces, 13 son aves y 7 mamíferos. De los invasores, vamos a señalar, por sus nocivos efectos, los siguientes. Entre los mamíferos, destaca el arruí (Ammotragus lervia), un bóvido que procedente del norte de África se introdujo en 1970 en Murcia (Sierra Espuña) con finalidad cinegética. En la actualidad, además de los arruís murcianos, existe otra población en la Caldera de Taburiente, en la isla de La Palma (Canarias) y pequeños núcleos en Sierra María (Almería) y diversas fincas privadas de Sierra Morena y los Montes de Toledo. Está poniendo en jaque a las autoridades competentes porque hace peligrar la subsistencia de diversos vegetales en peligro de extinción. El muflón (Ovis ammon musimon) y el gamo (Dama dama) han desplazado en algunos ecosistemas a las especies locales, ciervo y corzo. Otro caso grave es el representado por el visón americano y otros visones comerciales (Mustela vison), que, escapados de granjas peleteras desde finales de los años cincuenta, se han ido extendiendo y están desplazando al visón europeo meridional (Mustela lutreola biedermanni) y, en el Sistema Central, posiblemente hayan jugado un papel importante en la extinción del desmán ibérico (Galemys pyrenaicus). Entre los roedores, destacar a la rata nutria o coipú

Trucha arcoiris: FOTO: CARLOS SANZ.

Caulerpa taxifolia.

El Ecologista, nº 33, noviembre 2002

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El Ecologista nº 33  

La vergüenza espacial, Geografía de la Salud, Reforma fiscal ecológica ¿Por qué el riesgo de morir es más alto en el suroeste de España?, Un...

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