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1. Control biológico de plagas. FOTO: UNIVERSIDAD DE FLORIDA

2. Nuestros alimentos contienen grandes niveles de pesticidas. FOTO: USDA 3. En la producción industrial de alimentos priman los criterios económicos. FOTO: USDA. 4. El consumo agroecológico local permite mantener una gran biodiversidad.

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El Ecologista, nº 33, noviembre 2002

que han demostrado ser la causa de enfermedades graves o muertes directas. En el caso de la cantidad, la solución es acelerar la industrialización agraria y alimentaria. El Gobierno de Bush presionaba en la última Cumbre Mundial de la Alimentación, en junio de 2002, para impulsar la ingeniería genética como solución al problema del hambre. Pero no interrogarse sobre las causas que cronifican el hambre y la malnutrición por un lado, y que extienden y profundizan el deterioro de la calidad de los alimentos por otro, lleva a soluciones parciales, contradictorias, compasivas, que reproducen y agudizan un ciclo en el que las personas afectadas ni siquiera pueden articular sus propias estrategias de defensa de la salud y la nutrición. En el ámbito de la Unión Europea, al igual que en el resto de países ricos, una de las mayores preocupaciones de sus ciudadan@s es la calidad alimentaria. Las autoridades se limitan a identificar seguridad alimentaria con inocuidad, dejando al mercado la solución al problema. Se promueven etiquetas que fijan distintos niveles de calidad: alimentos ecológicos, alimentos naturales, alimentos con denominación de origen. Lo que queda sin etiquetar son los alimentos convencionales y la comida basura. La Política Agraria Común (PAC), pone en un segundo plano todas las dimensiones (social, campesina, ecológica, etc.) que no tengan que ver con el abaratamiento de los costes y la competitividad de los productos agrícolas en el mercado mundial. Aunque las declaraciones tras la Cumbre de Desarrollo Sostenible (Johanesburgo 2002) incidan en la erradicación de la pobreza, en modificar las formas insostenibles de producción y consumo, en proteger y gestionar los recursos naturales, la salud y el desarrollo sostenible, el panorama se presenta desolador. De hecho, en los 10 años que han pasado desde la Cumbre de Río, a pesar de las mejores expectativas de entonces en comparación a la actualidad, la situación no ha hecho más que empeorar. La UE proponía un Pacto Global que incluía entre sus objetivos desligar el crecimiento económico de la presión sobre los recursos medioambientales en energía, residuos, uso de sustancias químicas y biodiversidad. Pero lo que promueve dicho Pacto Global, en el fondo, es aumentar la liberalización de los mercados a cambio de apoyar la condonación de la deuda externa e invertir y transferir tecnologías a los países del Sur: liberalizar los mercados de energía, agua y biodiversidad, significa que la riqueza potencial de tales recursos, radicada sobre todo en los países del Sur y soporte de comunidades indígenas y campesinas, quede libre en condiciones de mercado (es decir, privatizable) para ser gestionada y protegida por el capital internacional.

Soluciones parciales Para paliar estos conflictos se presentan soluciones parciales de diverso tipo, que a menudo se convierten, a su vez, en parte del problema, como por ejemplo: preservar los derechos de la naturaleza sin atender a las condiciones de la vida campesina, ni a la sobreexplotación laboral de inmigrantes, ni a las necesidades de l @s consumidor@s; proporcionar alimentos sanos a una elite que puede pagarlos, desentendiéndose de las condiciones de vida de la mayor parte de los consumidores; incrementar las necesidades e intereses del sector agrario, profundizando más la brecha entre población agraria y consumidora; potenciar iniciativas de comercio justo Norte-Sur, que tienen la mejor intención solidaria con campesinos del Sur, pero no dan cuenta de la realidad que afecta a los campesinos del Norte, también en desaparición, además de ignorar el principio de cercanía. Todas estas razones no deben dejar de considerar los múltiples aspectos positivos que contienen muchas de las iniciativas parciales frente a la inseguridad alimentaria, sino mostrar su coexistencia pacífica con un modelo de producción, distribución y consumo de alimentos irreformable e incompatible con la seguridad alimentaria de la inmensa mayoría de la población mundial.

Consumo agroecológico responsable Reclamar la seguridad alimentaria es un asunto campesino, pero también ciudadano, no sólo porque el modelo alimentario y sus consecuencias –en salud, económicas, ecológicas y sociales nos afectan a tod@s–, sino porque ejercer la soberanía alimentaria supone reconstruir las relaciones de intercambio en múltiples direcciones: campo-ciudad; campesin @ sconsumidor@s; autócton@s-inmigrantes; Norte-Sur; subsidios agrícolas-ayuda alimentaria; pobres de hoy-generaciones futuras; medio ambiente según el Norteagroecología según el Sur. La defensa de la seguridad alimentaria implica saberse parte integrante, responsable y solidaria en los hábitos de consumo. El conocimiento, la actitud y la responsabilidad ante la propia alimentación es un acto político, de soberanía alimentaria. Educar-nos para alimentarnos con dignidad y de forma saludable, teniendo en cuenta las consecuencias de nuestra elección, es una tarea necesaria, hoy más que nunca. Es necesario desarrollar espacios comunes de cooperación entre proyectos de producción y consumo agroecológicos para superar nuestras limitaciones y, si es posible, para que nos ayuden a resolver algunos de los problemas existentes.

El Ecologista nº 33  

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