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LOS NIÑOS DE LA POSGUERRA

Me gustaría que los aficionados que lean este cuento se sitúen en la glorieta del Dr. Sánchez Malo donde acaba la cuesta del brillante, justo enfrente de la farmacia de nuestro querido y gran presidente Pepe Herrainz. Cierren los ojos y trasladémonos en el tiempo. Cuando abran sus ojos, esa glorieta no estará habrá un camino polvoriento semi-asfaltado por donde discurría la antigua carretera nacional; no hay bloques de pisos si no casas de vecinos; no hay apenas coches pero si burros y bicicletas; una voz anuncia que el arriero ya está vendiendo agua en el barrio. Sí amigo estás en Cañato, a finales de los años 50 o primeros de los 60. Un retrato color sepia. Una Écija en blanco y negro. Allí en la polvorienta barrera, los críos dejaban ver sus raídas cabezas –para no coger piojos- repleta de cicatrices fruto de las pedradas con las que suelen dirimir sus diferencias. Allí en la barrera los chiquillos jugaban esa mañana al toro, con unos harapientos trapos rojos donde algunos demostraban su torería y otros hacían de toro. Pero uno de nuestros personajes, llamado Paco, decidió un día bajar la cuesta del brillante para jugar al fútbol en lugar de subirla camino del cozo de Pinichi. Era domingo y el sol de septiembre apretaba en la ciudad del sol. -Padre, llego, cogiendo algodón, al final de la besana y nos vamos Juan y yo – dijo Paco secándose el sudor. -Ustedes y el dichoso fútbol. Venga terminar y cogéis las bicicletas para iros, ya hablaré yo con el manijero. Los dos chavales regresaron raudos al pueblo y prácticamente tiraron las bicicletas en la puerta de su casa. -Madre, madre, tienes preparadas las camisetas y las calzonas –gritaban Juan y Paco. - Si ahí están en el corral tendidas. Las camisetas azules del Écija Balompié con los números 5 y 7 resplandecían en el corral de la casa de los hermanos. En ese instante aparecieron dos niños pequeños llamados Pepe y Antonio.


-Paco, ya le hemos dado al balón con el tocino que le ha sobrao a Madre del cocido –dijo el más pequeño de los dos mientras veía como su hermano se vestía de azul y blanco. - Gracias campeón, eres un crack. -Hoy ganamos. Esos del Morón no saben dónde vienen. -¿Adónde vienen, enano? -Al San Pablo, Paco. Paco y Juan se pusieron un chándal encima de la equipación y junto a sus dos hermanos pequeños salieron de casa, no sin antes besar a su madre. Empezaron a desfilar los cuatro hermanos por las calles de cañato, cuando los vecinos les salían al paso, con comentarios típicos: “Paco a ver si ganamos”; “Juan a ver cuando marca con la izquierda, que la tienes na más que pa subirte a la catalana”. -Pepe, el año que viene te tienes que ir preparando para jugar con nosotros –le decía Paco a su hermano mirándolo fijamente. -Estoy deseando –decía con brillo en sus ojos el crío. -A mí cuando me tocará –preguntó Antonio, el más pequeño de todos. -Te queda un poco, pero sabes, en algunos clubes grandes hay equipos para niños, le llaman cantera. - ¿Cómo le llaman? -Cantera –respondió Paco-. Algún día el Écija tendrá una y habrá niños jugando el fútbol desde muy chicos y podrán llegar muy lejos, incluso jugar en primera división.

Ya no bajaban solos los cuatro hermanos por La Victoria ya que se habían ido sumando otros jugadores y mucha chiquillería que le daba a aquella estampa un gran jolgorio y alegría, en aquellas tiempos tan difíciles. Las señoras salían con los críos más pequeños a las puertas de sus casas para desearle suerte a aquellos chavales y le daban permiso a los más grandecitos para bajar a ver el fútbol. Incluso en las tabernas ya se agolpaban los señores mayores con sus


sombreros para apurar el café y la copa de coñac antes de aplaudir la procesión que bajaba de cañato por la victoria hacia el San Pablo. Justo antes de alcanzar el Campo de fútbol, un ritual, visitar al vecino más ilustre del Écija Balompié, el Cristo del Confalón. Allí los esperaba el cura con su sotana y su sombrero negro de ala ancha para abrirles las puertas y rogarles que no blasfemaran ni ofendieran a Dios durante el partido. -El árbitro de hoy es de mi pueblo –dijo el cura antes de que se hiciera el silencio entre la expedición que había bajado de cañato. -Bueno padre, habrá hablado usted con él –dijo Paco. -Si ha estado comiendo en mi casa. -Y le ha dicho usted algo –preguntó uno con un chándal. -Sí que como no pite en condiciones, que se olvide de las hostias sin consagrar que tanto le gusta y le iba a dar después del partido.

La algarabía de niños y futbolistas alcanzó el estadio. El San Pablo un campo de albero enorme con unos asientos de material y ladrillo a medio hacer, que los propios jugadores construyen después de acabar sus interminables jornadas agrícolas. El Ayuntamiento pone los materiales y ellos se encargan de la obra. Entre los jugadores había dos o tres que eran albañiles y que arrastraban a sus padres al San Pablo para los trabajos más finos. Por lo visto el campo de fútbol lo habían edificado donde antes existía un transformador de luz eléctrica. El partido comenzó y once chavales vestidos de azul y blanco comenzaron a demostrar su garra sobre el albero. En esos instantes el padre de Paco, Juan, Pepe y Antonio regresaba con su vieja moto del cortijo donde cogía algodón. -Manoli, ya estoy aquí –dijo el hombre quitándose su gorro y entrando por la casa. -Te tengo preparada la comida y un poco de vino –respondió Manuela-. Además tienes puesta la radio con el parte en el comedor. -¿Los niños?


-Están en el fútbol. -Esos chiquillos van a perder la cabeza. -Déjalos, todos los niños mayores de cañato juegan al fútbol. Tienen ahí abajo un campo grande y cada dos domingos viajan por ahí fuera. No hacen daño a nadie. Pasa como cuando tocan en la banda del colegio del Carmen, adonde van. -Ya Manoli, pero tienen que aprender un oficio y trabajar. -Lo sé, pero son jóvenes. -Ya podría haber salido alguno torero, como Jaime Ostos o Bartolo, pero futbolista, ¿Qué futuro tienen? -Anda termina y baja a por ellos, que ya mismo es de noche y los dos más chicos también se han ido. -Anda mi madre también los dos chicos, lo que me faltaba. En fin, bajo y toma un carajillo antes de recogerlos. El hombre conforme bajaba la victoria escuchaba mucho jaleo que venía del campo de fútbol. En esas estaba cuando entró en la bodega ya en la esquina de la iglesia de La Victoria. -Buenas tardes -Muy buenas –respondió el tabernero-. A ver los chiquillos, viene usted. -No que va, a recogerlos más bien. A mi no me gusta el fútbol. Ya mismo es de noche y no quiero que anden por ahí tan tarde. Oye, se escucha mucho jaleo. -No veas, cada domingo viene más gente. -¿Sí? -Lo noto en la clientela de ese día, que cada día se multiplica. Pero gente de todas las partes del pueblo y de todas las barriadas, hombres mayores, gente joven …… En fin, sorprende todo esto. El padre de los chavales se mostraba sorprendido. -Pero si son unos cuantos chavales detrás de un balón.


-Creo que es algo más –respondió el camarero. -¿Qué va a ser algo más?. Anda cóbrame que voy a por estos. Entró el padre los chavales en el San Pablo y nada más entrar sus dos hijos pequeños jugaban con otros niños, justo detrás donde estaba sentada la gente que había ido al campo. Todos los chiquillos estaban jugando un pequeño partido, donde los postes de la portería era un montón de piedras. Se adentró un poco más en el estadio y llegó donde estaba la gente sentada. Allí vio a su suegro sentado. -¿Suegro, qué tal? -Aquí viendo a los niños, le dijo el suegro sin apenas mirarle ni prestarle atención. -¿Qué es tanto jaleo? -Calla, calla, que resulta que el niño de la Lola estaba sancionado sin poder jugar cuatro o cinco partidos por meterse con un árbitro. Pero resulta que el bori se le parece y como son los dos rubios, se han cambiao en el descanso. -¿Cómo? -Lo que te estoy contando, que el niño de la Lola se ha peinao como el bori y se ha vestío en el descanso del Écija. Entonces los del otro equipo na más que hacen protestar porque dicen que el rubio del segundo tiempo no es el mismo que el del primero. Que el otro era mu malo y que éste es mu bueno. -¿Y qué dice el árbitro? -Que se callen y que jueguen. -Ja, ja, ja, ja –reía el padre-. Ya llevará un rato el bori acostao en la calle La Paloma. -Muy bien Paco. Vamos Juan, vamos –decía el abuelo. El padre conforme avanzaba el partido y mirando a su alrededor se iba dando cuenta de lo que le había dicho el tabernero. La gente gritaba y animaba: ¡Vamos Écija!, vociferaban los más animados. -¿Cuánto van suegro?


-0-0. Pero le ponen unos huevos. El otro equipo tiene jugadores de Sevilla capital y todo, pero estos niños lo dan todo y corren como gamos. Vamos que no tienen lo que tienen que tener para ganarnos con tos los dineros que se gastan. Vamos Écija, a por ellos –vociferaba el abuelo. El sol estaba en su ocaso y el partido también. En ese momento, el entrenador del Écija pide un cambio. -¿Quién es? –decía el padre de los chicos. -Antoñito, le dicen, me parece que su apellido es Pedraza, pero no estoy seguro. -Pero, si es mu chico -Más bien juega –decía el abuelo-. Ya verás como tu Juan y tu Paco lo defienden a muerte si alguno del otro equipo le dice algo. -Esto va a acabar en empate –dijo uno que estaba allí sentado. -Vamos Juan, vamos –decía el abuelo-. -Falta, falta árbitro a mi hijo. En ese instante, el abuelo miró al yerno con asombro. -No me lo puedo creer, lo que acabo de escuchar. Si a ti no te gusta el fútbol, sólo los toros. -Lo sé suegro, pero no sé que he sentido cuando he empezado a ver a estos chavales vestidos ahí de azul y blanco. En esos momentos el silbato sonó de forma estruendosa. Los jugadores del otro equipo se querían comer literalmente al árbitro. -¿Qué has pitado?; si se ha tirao; estamos en el descuento como pitas esa falta –le recriminaba en corro. En esos instantes, el más pequeño de todos cogió el balón, lo colocó y tomó aire. El portero colocó una barrera de varios jugadores y se situó bajo la portería. Pitó el árbitro. El pequeño jugador inició una pequeña carrera y con un sutil toque levantó el balón por encima de la barrera y el enorme portero contrario hizo la estatua para ver como semejante obra de arte se colaba por su escuadra.


-GOOOOOOOOOOOOOOOOOOL –gritó el San Pablo-. La gente enloqueció, al igual que los jugadores incluso los pequeños habían dejado su partido detrás de la grada para ver como Antoñito tiraba la falta, hasta el cura con la sotana estaba de pie con los brazos en alto. Apenas dio tiempo a sacar del centro del campo para que el árbitro pitara el final. Una locura, la gente chillaba, se abrazaba y cantaba. -Suegro, esto no lo hay en los toros. -Claro que no, hijo. Yo no lo veré, pero dentro de unos años los niños jugarán al fútbol cada uno tendrá un balón de reglamento y vestirá una camiseta azul como la que hoy llevan tus hijos. -No lo creo, suegro. -Hazme caso hijo, esto es imparable. Habrá un estadio grande de hierba, multitud de aficionados. Tus hijos serán recordados, algún día, porque ellos hicieron posible el Écija Balompié. El padre de los niños se quedó pensativo de lo que le había dicho su suegro y de lo que había vivido aquella tarde en La Victoria. Recogió a sus dos hijos más pequeños y los dos más grandes se acercaron con sus chándales y completamente sudados. -Vamos hijos, que se hace de noche y tenéis que bañarse. A ver si os puedo ayudar a pegar mezcla pa que tengáis unos vestuarios pa bañarse y cambiarse. -Sí padre, vámonos, mañana nos espera el campo de algodón y toca madrugar –dijo Paco. -Mañana nos vemos por la tarde –dijo Juan a Julio y a Guillermo-. Tenemos que venir para acabar aquellos asientos con los ladrillos y el cemento que nos mande el alcalde. Tras acabar el partido comenzaba otra vez la procesión de algarabía y alegría que de La Victoria subía ahora para Cañato. Todos eran felices niños, niñas, mayores, jóvenes, abuelos. -Yo creo que alguno de éstos jugará algún día en primera –dijo un hombre. -Quizás Antoñito. Dicen que han venido del Sevilla para verlo –respondió otro.


El jaleo era tal, que muchas señoras con sus niños se acercaban a su puerta para pregunta: -¿Cómo ha quedao el Écija? -Hemos ganao, señora –respondía orgulloso Pepe. La procesión se descompuso al llegar al inicio de la cuesta del Brillante. Los cuatro hermanos y el padre llegaron a la casa. Manoli y las dos niñas estaban en el patio esperándolos. -¿Hemos ganao, a qué sí?. Hasta aquí llegaban las voces de la gente –dijo la madre. -Sí, madre –dijo Paco dándole un beso. -Anda poner las camisetas azules en el barreño de agua que hay en el corral. Decidle a los dos chicos que aún queda tocino por si quieren darle a los balones una capita antes de acostarse. Después de bañaros, llegarse al estanco de Luis a por un poco de vino para padre y se traéis unas aceitunas partías. Y no tardéis, que luego comentáis el partido con to el barrio. -¿A ti qué te pasa? –le preguntó Manoli a su marido. -Pues que no sé que me ha pasado esta tarde. Me he dado cuenta de que mis hijos están escribiendo la historia de un sentimiento. La gente les animaba, les gritaba y ellos corrían, se dejaban la piel en ese campo de fútbol. Era algo muy colectivo, todo el mundo participaba. No sé me han despertado estos chiquillos un sentimiento que no tenía esta mañana. -Bueno no exageres. Lo importante es que los quita de la calle. -Sí pero aparte de eso y en estos tiempos tan difíciles, ellos hacen disfrutar a la gente, a que se olviden de sus problemas mientras los ven a ellos. Tengo la sensación de que mis hijos forman parte de una historia por escribir –en ese momento se le vino a la mente lo que le dijo su suegro. El padre estuvo ausente durante la cena, pensando en lo que había vivido. Antes de irse a la cama fue al corral donde su mujer había tendido las camisetas azules de sus hijos. Se quedó mirándolas, las olió y en esos instantes pudo escuchar la algarada de la tarde cantando: Écija Balompié, Écija Balompié.


Subió las escaleras del patio hasta llegar a la habitación de los más pequeños donde cada uno de ellos tenía un balón reluciente por el tocino y una bonita sonrisa. -UNA HISTORIA POR ESCRIBIR, pensó para sus adentros.

FDO: EL ARGONAUTA



Cuentos y Leyendas del fútbol ecijano. Cap. 1