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Se insiste en que la salida de la crisis exige el crecimiento de la economía. Pero el concepto de crecimiento es ambiguo, como el de muchos otros términos. ¿Qué se entiende por crecer? Parece claro que este pobre planeta no puede soportar el ritmo de expolio de sus recursos y de contaminación al que lo estamos sometiendo, contribuyendo a un cambio climático preocupante. Seguimos dedicando una enorme cantidad de recursos financieros y técnicos a un tipo de crecimiento que no mejora nuestras condiciones de vida, mientras reducimos aquellas actividades productivas que son realmente necesarias para una existencia digna. El mejor ejemplo es la austeridad que se nos impone con motivo de la crisis. Mientras se recortan los gastos en tareas en las que el crecimiento es necesario y que poco contaminan, como la sanidad, la educación, la investigación científica y la atención a la discapacidad, se fomenta con medidas fiscales la producción de automóviles. El automóvil es un excelente símbolo del crecimiento

irracional de nuestra civilización. Dedicar ingentes cantidades de recursos a construir máquinas complejas que dependen de un petróleo cada vez más escaso, que contribuyen en una importante medida a la contaminación de nuestro planeta y cuya utilidad se reduce a transportar, en el mejor de los casos, a cuatro o cinco personas (cuando no a una sola), constituye todo un símbolo de un crecimiento suicida. Todo ello mientras el transporte público sufre restricciones por falta de recursos. Abundantes estudios demuestran que si los países en crecimiento, como China y la India, quisieran imitar la proporción de automóviles por habitantes que hay en Europa, el medio ambiente sería incapaz de soportarlo. Mientras tanto, cerca de novecientos millones de personas padecen hambre severa y más de la mitad de la población mundial vive en condiciones de pobreza. No se trata, por supuesto, de condenar todo tipo de crecimiento. Una civilización que no crece está condenada a desaparecer. Pero identificar el crecimiento con el

aumento del producto interior bruto, mezclando la producción dirigida a satisfacer necesidades reales con la creación artificial de ofertas y demandas cuyo único objetivo consiste en convertir la sociedad en un mercado dirigido solo a consumir indiscriminadamente cada vez más, es la mejor manera de preparar una crisis de dimensiones imprevisibles en un futuro no muy lejano. La calidad de vida no tiene una relación directa con el aumento del consumo. Es más, en muchos casos ese consumo indiscriminado crea nuevos problemas y contribuye a fomentar la infelicidad de la gente. Mientras en el mundo desarrollado se propicia un crecimiento salvaje, miles de millones de seres humanos necesitan un crecimiento dirigido a satisfacer necesidades tan básicas como la alimentación, el acceso al agua potable, la educación y la sanidad. Es decir, precisamente aquellas necesidades que menos agreden a este sufrido planeta. En cualquier caso, mucho menos que la producción de millones de automóviles para uso privado.

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Eboli News Junio 2014  

Revista sociocultural y de noticias de Pinto

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