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Los aniquilaron impunemente. Siete, eran siete, jóvenes, con un futuro prometedor. Fue a plena luz del día, pude verlo todo a través de los ojos abiertos de par en par del edificio de enfrente. No logré oír desde allí sus lamentos que fueron terribles, con seguridad, pero sí el chirrido del arma que abatió sus cuerpos. Sus troncos mutilados quedaron durante muchos días, estremeciéndose aún, expuestos al viento y al sol, entre los escombros de una fábrica en ruinas. Recuerdo los chasquidos y destellos de su risa en las galas de la primavera alegrando las mañanas, verlos bailar en la función de otoño despojándose

sin pudor de su atuendo, y cómo susurraban en las noches de verano arrullando el sueño. Ahora, miro al frente, el horizonte es aciago, el paisaje ha enfermado de aridez y el viento y los pájaros al pasar lloran su ausencia. Imaginé que, cuando fuesen adultos, se extendería a sus pies una alfombra verde, y que ellos envolverían con su aliento el juego de los niños y los besos de los amantes. Sin embargo, en el solar donde la ambición pretendió edificar su fortuna, allí donde fueron malogrados, la tierra se marchita en abandono del mismo modo que la plaza adyacente, encarcelada entre vallas metálicas pintadas de grafiti, en la que años atrás florecía una cruz enrejada en rosas y que espera, en desolación, recobrar su aspecto romántico.

tiempo a manos desalmadas, no muy lejos de allí, víctimas de la codicia que pretende acaparar hasta el último puñado de tierra. También en mi memoria quedan otros que fueron eliminados por error de planificación de vías, supongo. Eran de la familia, me dolió tanto su pérdida. Sus

muertes

todas

fueron

inútiles, causadas por desidia, intereses económicos o falta de conciencia ecológica. Fueron siete esta vez, abatidos en vano, siete árboles.

No fueron los únicos. Otros congéneres suyos murieron hace

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Eboli News Junio 2014  

Revista sociocultural y de noticias de Pinto