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Universidad de las Artes Maestría en Arte Contemporáneo Mtro. Eudoro Fonseca Yerena Diciembre 11, 2009 DULCE MARIA RIVAS GODOY

El efecto de la modernidad ¿Emancipación o esclavitud? “No tiene ningún sentido tratar de resistir las opresiones e injusticias de la vida moderna, ya que incluso nuestros sueños de libertad solamente endurecen las argollas de nuestras cadenas; no obstante, una vez que comprendemos la futilidad total de todo eso, por lo menos podemos relajarnos” MARSHALL BERMAN

Ser moderno, según Berman, es experimentar la vida social y personal como un torbellino, encontrarse uno mismo y al propio mundo en una desintegración y renovación perpetua, conflicto y angustia, ambigüedad y contradicción; como dijo Marx, ser parte de un universo en el que todo lo que es sólido se evapora en el aire. Ser un modernista es hacerse de alguna manera un hogar dentro del torbellino, convertir sus ritmos en los ritmos propios, moverse en sus corrientes en busca de las formas de la realidad, la belleza, la libertad, la justicia, que su flujo ferviente y peligroso permite. En términos sociales e históricos, no se llega a la modernidad con el comienzo de la Edad Moderna en el siglo XV, sino tras la transformación de la

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sociedad preindustrial rural tradicional en la sociedad industrial y urbana moderna, que se produce con la Revolución Industrial y el triunfo del capitalismo. Berman divide en tres fases la historia de la modernidad: 1. La que va de principios del siglo XVI a fines del XVIII , en la que la gente no sabía lo que los afectaba. 2. La que inicia con la Revolución Francesa en 1789 y la década de 1790 que marcó el final definitivo del absolutismo y dio a luz a un nuevo régimen donde la burguesía, y en algunas ocasiones las masas populares, se convirtieron en la fuerza política dominante. 3. La del siglo XX, tercera y última fase, en la que el proceso de modernización se expande para abarcar todo el mundo, logrando la cultura mundial del modernismo, triunfos espectaculares en el arte y el pensamiento.1 A medida que el público moderno crece, se divide en multitud de fragmentos; de tal manera que, la idea de modernidad, concebida de modo fragmentario, pierde gran parte de su vitalidad, resonancia y profundidad. Como consecuencia, afirma Berman, nos encontramos ahora en el centro de una época moderna que perdió contacto con las raíces de su propia modernidad. La modernidad es la posibilidad política reflexiva de cambiar las reglas del juego de la vida social. La modernidad es también el conjunto de las condiciones históricas materiales que permiten pensar la emancipación conjunta de las tradiciones, las doctrinas o las ideologías heredadas, y no problematizadas por una cultura tradicional. Ante estos conceptos, me asalta la duda y me planteo una pregunta: ¿cuánto nos hemos liberado y en qué medida vivimos oprimidos, presionados, esclavizados?

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Cfr., Berman, Marshall, Brindis por la Modernidad

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Dice Berman que la más atractiva cualidad que tiene el postmodernismo, es el escepticismo hacia todo; y que es algo que todos deberíamos hacer siempre: aplicar el auto-escrutinio y ser auto-críticos. Seámoslo ahora. El pasado y el presente Siempre se ha alardeado de la diferencia entre el pasado y el presente. En 1893, Chicago fue la anfitriona del mundo, albergando productos de 46 países en su Exposición Colombina, visitada por más de 25 millones de personas con la que se conmemoraba el 400 aniversario del descubrimiento de América. Con 150 magníficos edificios que constituían un verdadero espectáculo arquitectónico, de lo que en realidad se alardeaba era de que los metales y las máquinas habían eliminado prácticamente la madera y la tracción humana.2 Prestando atención tanto a ideas como a cosas, la feria tenía un Edificio de Manufacturas y Artes Liberales; albergó conferencias de expertos en religión, paz, reivindicaciones de las mujeres y problemas de la juventud. Mostró también todos los frutos de la ciencia y la tecnología, pero lo que hipnotizaba al visitante era el resplandor eléctrico del enorme pórtico. La iluminación era el rasgo principal en muchos lugares y el hecho de que hubiera tanta luz no procedente del sol hizo que el conjunto de la feria recibiera el nombre de Ciudad Blanca. ¡Se había derrotado a la oscuridad! El hábito de aceptar lo nuevo como algo siempre preferible a lo viejo se extendió rápidamente porque se presuponía que detrás de la innovación, estaba el empuje del progreso científico. En 1889 ya había habido otra importante exposición en París, donde la Torre Eiffel demostró que una estructura metálica de 300 metros de altura podía mantenerse en pie y que había suficiente acero para ello.

En Chicago, el

arquitecto Louis Sullivan no tardó mucho en utilizar un armazón similar para erigir un edificio de oficinas: el prototipo de rascacielos, con fundamento en las catedrales medievales. Sullivan dictó la norma: “La forma sigue a la función”, 2

Barzun, Jacques, Del amanecer a la decadencia, p. 888.

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queriendo decir que un edificio debe mostrar claramente la estructura que sirve a sus propósitos. Las bellas artes no se abrieron paso en el mundo tan rápido como la mecánica. En París, cien artistas y escritores firmaron un manifiesto de protesta señalando que el disparate horroroso de Eiffel era una mancha para la belleza de la ciudad. Pero la tecnología se impuso, se utilizó como antena de telégrafo, se quedó y llegó a convertirse en el símbolo de la ciudad y de Francia entera. En esa época de los noventa, a finales del sXIX, otra práctica se expandió y se convirtió en una poderosa institución: anunciarse. Todos los nuevos productos aparecían gráficamente en forma llamativa con lemas repetitivos y extravagantes: Post Toasties, el cereal que le curará la apendicitis; Píldoras Rosas para Personas Pálidas; artefactos con cables eléctricos para aliviar el lumbago y la hidrartrosis, objetos que se presentaban al lado de figuras humanas en posición seductora y rostros radiantes de felicidad.3 Casi todas nuestras comodidades proceden del cambio de siglo. ¿Cómo no iba a cambiar la vida con todas estas cosas al servicio de una sociedad lista para disfrutarlas? Para el hogar: la calefacción central, la bañera con agua corriente caliente y fría, la máquina de afeitar, el suministro de agua clorada, las herramientas de acero inoxidable, la tostadora eléctrica, el horno, la máquina de coser y la máquina lavaplatos. Para la oficina: el ascensor eléctrico, el teléfono con marcador de disco, la telegrafía sin hilos, la clasificación mediante tarjetas perforadas, la máquina de escribir portátil, la máquina expendedora de café. Para la salud:

Medicamento para la sífilis, el tratamiento radiológico para el

cáncer de mama, los antitóxicos, la cirugía cardiaca, los inicios del trasplante de órganos (en animales), la apendectomía, las clínicas psiquiátricas, las incubadoras para bebés, los lentes de contacto, el tubo de pasta de dientes. Para el entretenimiento: el cine y la comedia musical, el gramófono, el patinaje sobre hielo, el voleibol y el baloncesto, el jukebox o sinfonola, el titular de 3

Barzun, Jacques, Del amanecer a la decadencia, p. 890.

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periódico, la canción de cabaret difundida por teléfono (en París), los besos en la pantalla y el striptease. Para comer y beber: los cereales de desayuno, la leche embotellada, productos empaquetados (ciruelas), la Coca-Cola, la margarina, el cono de helado, el chop suey, la fruta enlatada, el cóctel de ginebra, la nevera y el termo. Para la instrucción: las bibliotecas públicas, los cursos por correspodencia, el artículo de agencia de noticias, el cuestionario, los cursos de idiomas a base de gramófono, la propaganda editorial. Para las compras: los grandes almacenes, la cadena de tiendas, las escaleras eléctricas, los centros comerciales (Cleveland, Ohio, 1893: una galería de cuatro pisos acristalada con 112 tiendas de lujo), el teléfono de monedas, el cheque de viajero. Para el orden público: tomar huellas dactilares, teléfono con botones, la pistola automática y la silla eléctrica. Para el transporte y otras necesidades: el automóvil, el aeroplano,el metro urbano, el neumático, la grabación vocal y orquestal, la fotografía en color, el rollo de película, el rayón y otros tejidos sintéticos, el celuloide, el chicle, los cerillos en librito, los tacones de goma, la cremallera. Y además: la huelga de hambre, el club de fútbol femenino, una mujer corredor de bolsa y las sociedades para controlar los abusos de la publicidad. Todos estos artículos, hacen más livianos los deberes de las personas, pero no simplifican la vida, sino que al contrario, muchas veces son una carga. A estos aparatos hay que alimentarlos con energía eléctrica, hay que repararlos y actualizarlos; por lo tanto, exigen supervisión y nuevas habilidades y vemos que un mecanismo puede cubrir una necesidad, probablemente a costa de muchas otras. Los nuevos medios de comunicación reducen la intimidad, multiplican los contactos humanos y quitan el tiempo. En contraste, hay que señalar que los principales autores del siglo XIX produjeron, sin máquinas de escribir, obras de un volumen asombroso. Hoy ha aumentado la mecanización, pero también la pérdida de tiempo libre. Los diseñadores de productos domésticos a veces olvidan los elementos incómodos del mecanismo porque piensan solo en el atractivo visual o

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en la economía de la fabricación y se ha vuelto habitual utilizar el término userfriendly o “amigable” para convencer al comprador. La consecuencia clara del ahorro de trabajo producido por los electrodomésticos, es la emancipación de la clase de sirvientes. Desde luego, que todo esto sucedía en Estados Unidos y algunos países de Europa a principios del siglo XIX. ¿Qué pasaba entonces aquí en México? Empecemos desde mucho más atrás. Cuando Rousseau, arquetípica voz moderna de la primera fase de la modernidad, anterior a las revoluciones francesa y estadounidense proponía la libertad como principio que el estado debe preservar, en la Nueva España había actividad inquisitorial y casos de persecución; la Corona hizo a la Iglesia otra rama del gobierno. Entre los siglos XVI y XVII se hizo una constante la llegada de esclavos negros a América; en la concepción social de la época poseerlos era un sinónimo de prestigio. Cuando en Europa del siglo XIX la gente recuerda con nostalgia cómo es la vida espiritual y material en un mundo que no es moderno, en México, Miguel Hidalgo está dando el Grito de Dolores. El modernismo cultural responde a la industrialización de la sociedad – industrialización que en México no estaba ocurriendo-, y mientras el modernismo se ostenta como la clave para salir del atraso cultural, al menos en la solución imaginaria que propone el arte, en México la burguesía quiere del artista un arte que corteje y adule su gusto mediocre. Cuando según Berman el proceso de modernización se expande para abarcar todo el mundo, en México, con el arranque del siglo XX se dan apenas las primeras muestras de descontento que desembocan en una Revolución desfasada más de un siglo en el tiempo, con relación al resto del mundo. En México no se ha vivido una época en la que haya prevalecido la voluntad de “heroificar” el presente, que es como Michel Foucault define el Modernismo. Ahora nos damos cuenta de que la Revolución no ha servido de mucho; y que, lejos de resolver nuestros problemas, en nuestros días, como dice Marx, “todo parece estar impregnado de su contrario”. El siglo XX ha sido, sin duda el más prolífico en creaciones de todo tipo. Los artistas, pensadores y científicos modernistas nos han dado mucho de qué

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segun berman , el proceso de moderni zación se expand e para abarcar todo el mundo. Pero... abarcó también a México ?


estar orgullosos en un mundo en el que hay mucho de que avergonzarse y atemorizarse.

Lamentablemente, piensa Berman, nuestra concepción de la

modernidad parece haberse estancado y retrocedido, suplantando las visiones abiertas de la vida moderna por visiones cerradas.

Tradición contra libertad.

Polarización total. Los futuristas llevaron la celebración de la tecnología a un extremo grotesco y autodestructivo. Hace mucho tiempo, John Stuart Mill señaló que la mecanización del trabajo humano había transformado los deberes sin aligerarlos. Actualmente, la mecanización del hogar ha puesto otra carga sobre las espaldas del trabajador: ya no se puede ser simplemente pobre. Ninguna casa de la actualidad puede carecer de ciertas cosas, como el teléfono, el refrigerador, la licuadora, el coche, la lavadora, la televisión, el radio, (tal vez la computadora), ya sea porque son necesarios para mantener el empleo o porque son imposiciones sociales impuestas por los vecinos o los propios hijos y llegan a formar parte de un opresivo “nivel de vida”.

Para algunas familias, esto implica tener dos o más

empleos y muy frecuentemente, endeudamiento permanente. Lo que pudo haber sido emancipación, se ha vuelto esclavitud. El modernismo en México La aceleración en los avances científicos y tecnológicos, así como en los medios de comunicación, lógicamente repercutieron en México, que entró, por inercia, a la modernidad y las “finas antenas”4 de los artistas, captaron los efectos de las transformaciones sociales y reaccionaron ante estas experiencias inéditas. Estas expresiones, conforman lo que los historiadores llaman modernismo y dominó la producción artística y literaria de Hispanoamérica durante ese lapso de 50 años que según algunos historiadores, comprende desde finales del siglo XIX (1870), hasta el estallido de la primera guerra mundial.

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Ramírez, Fausto, Modernización y Modernismo en el Arte Mexicano, p.15.

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El fenómeno del modernismo se inicia en las letras y se extiende a las artes plásticas. Su órgano de expresión común es la Revista Moderna (1898-1911) y surgen artistas tan importantes como Jesús Contreras, Posada, Julio Ruelas y Gedovious. Existía -dice Fausto Ramírez-, “la voluntad de renovación y de apropiarse, intensa y velozmente, de modalidades estilísticas imperantes en medios culturales más avanzados para poder dar voz a ideas y estados de ánimo inarticulados hasta aquel momento”.5 pero el arte funcion igual en todas partes.... El arte, en la edad moderna, funciona en una dimensión que parece escapar de la realidad. El ideal de la modernidad es el de un progreso continuo e ininterrumpido hacia la felicidad y la riqueza; pero el modernismo, o lo moderno, es paradójicamente una continuidad en los rompimientos. Hay épocas en que el ideal estético es la imitación de los antiguos; hay otras en que se exalta la novedad y la sorpresa. Lo que distingue a nuestra modernidad de las de otras épocas no es la celebración de lo nuevo y sorprendente, sino el ser una ruptura; es decir, crítica del pasado inmediato, o interrupción de la continuidad. El arte moderno es hijo de la edad crítica y es también el crítico de sí mismo. José Emilio Pacheco, reconoce tres etapas en el movimiento modernista; éstas, en síntesis, apuntan a una revaloración y reinterpretación de lo propio. La generación azul o modernista y la roja o revolucionaria, son clasificaciones basadas en la tendencia cosmopolita de la primera; y la centrada en la interpretación de la realidad nacional de la segunda. Los fenómenos originados en Europa, eran trasplantados a América por los modernistas, en especial el esteticismo y el decadentismo. Prevalecía el tedio y el desencanto frente a la civilización moderna: “Nuestra generación es una generación de tristes”6. Se había perdido la fe en todo y quien con mayor elocuencia expresa esta problemática con la sensibilidad “decadente” propia de la época es Jesús Contreras. 5

Idem

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Díaz Dufoo, Carlos, Los tristes, Revista Azul, t. I, núm. 25, 21 de octubre de 1894., citado por Fausto Ramírez, en Modernización y Modernismo en el Arte Mexicano, p.23. 8


Jesús F. Contreras, Malgré Tout

Todos los escultores del fin del siglo XIX, fueron a estudiar a Paris, en donde se despojaban de los resabios del clasicismo asimilado en la academia mexicana. Los artistas mexicanos exaltaban la belleza y se valían de alegorías y viejos mitos para expresar preocupaciones actuales. Como Baudelaire, Julio Ruelas fue un artista que impregnado del espíritu moderno, del desencanto, del conflicto interno entre el bien y el mal, de odios y pasiones, de sexo y de muerte, marcó nuevos rumbos a los artistas jóvenes al despuntar el nuevo siglo. A Montenegro, por el contrario, no le atraía la carnalidad; se aprecia en su dibujo que es frágil y evanescente.

Ex libris de Roberto Montenegro, ca. 1919. Dibujo a tinta impreso en clisé.

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Los artistas experimentaban sentimientos contradictorios con respecto a la situación prevaleciente.

En México, advertían que el dinero y el poder de la

sociedad burguesa habían desplazado al arte. La política imperaba y las viejas tradiciones hispánicas eran sustituidas por las norteamericanas: un signo más de la modernidad. Como en toda ciudad moderna, en la ciudad de México afloraron problemas sociales como la miseria, la enfermedad, la prostitución y el vicio. La plástica mexicana reaccionó y fue la gráfica la primera en registrar las transformaciones sufridas por la ciudad, pero lo hizo con un tono optimista, viéndola como escenario y espectáculo, más que como problema, cosa que no ocurrió con la novela. Francisco Goitia, quien también se formó en Paris, se sintió atraído por la desolación urbana y por la confrontación entre lo viejo y lo nuevo.

Francisco Goitia, Tata Jesucristo

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La influencia del español Ignacio Zuloaga fue profunda en la pintura mexicana.

Él pintaba el “alma castellana” y aquí se evocaba la tierra, lo

campesino, lo popular, lo nacionalista y lo regionalista, que poco a poco se convirtió en el emblema aglutinante de la identidad nacional.

Después de la

experiencia dolorosa de la Revolución, creyeron haber realizado el descubrimiento artístico de “el alma nacional”.

El Estado surgido de la Revolución intentaba

consolidarse sobre nuevas bases sociales y legales reivindicando la soberanía nacional sobre los recursos naturales: las minas y el petróleo.

José María Velasco

Joaquín Clausell

Dr. Atl

Esta atmósfera y estas inquietudes, en cierto modo se reflejaban en los paisajes de José María Velasco, Clausell, Dr. Atl y otros. Este último, quien había estudiado en Italia, suscitaba en sus alumnos de la Escuela Nacional de Bellas Artes,

el

entusiasmo

por

la

pintura

mural

del

Renacimiento

italiano,

replanteándose la finalidad social del quehacer artístico. Pugnó por enlazar directamente el arte y la política. La Revolución interrumpió su proyecto pero algunos de sus planteamientos teóricos, influyeron grandemente en las ideas de los muralistas post-revolucionarios. El ascenso de los personajes populares a un papel protagónico en la pintura, constituye una de las características iconográficas del nacionalismo modernista y uno de sus principales legados a la Escuela Mexicana de Pintura. Saturnino Herrán fue el primero en proponerlo. Zuloaga y Julio Romero de Torres, fueron sus más concretas influencias.

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Sturnini Herrán

Ignacio Zuloaga

Julio Romero de Torres

A partir de 1914, los intelectuales pretendían, con la mezcla de expresiones cultas y populares, inducir a los artistas a crear el verdadero “arte Patrio”. A finales del régimen de Porfirio Díaz, se abandonó la pintura narrativa de hechos heroicos de los indígenas, para representar el pasado de una manera más personal. Herrán se avocó a los afectos y pasiones, al ciclo de la vida y la muerte y no a historias ejemplares. Tanto él, como Enciso y De la Torre, tomaron al indio como modelo en su pintura de figura y se asociaba con ideas como la raza vencida, la raza doliente, la raza dormida…

Carlos Mérida

Gunther Gerzso

Una corriente sintética y más abstracta, arrancó a partir de la indagación del arte prehispánico y de la sugerencia de Carlos Mérida, Gerzso y otros, a centrarse en la solución de problemas de composición, masa y color, aprovechando los elementos del arte precolombino como la sencillez geométrica, estabilidad ,

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construcción arquitectural y tendencia decorativa. El tratamiento alegórico resultó ser lo más adecuado para abordar el tema del mestizaje. Herrán concibió un friso decorativo para el Teatro Nacional: dos procesiones de indios y españoles que vienen a adorar a la divinidad que es la Coatlicue con un cuerpo de Cristo incrustado. Más que una narración, es la repercusión de la historia.

Saturnino Herrán, Coatlicue transformada,

Era la época carrancista, y lo que el Estado quería proyectar era una imagen sólida de unidad, unir lo separado e igualar lo dispar: un ideal de modernidad y un proceso de modernización, que al igual que en el resto del mundo, ha tenido que abandonarse porque no ha sido posible continuar. La modernidad se comporta como la realidad: nunca es ella misma, siempre es otra. Es como un lanzamiento hacia el futuro que se vuelve presente en el instante y no solo eso, sino que vertiginosamente se vuelve pasado.

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La tradición moderna Lo nuevo es lo moderno, solo si es al mismo tiempo negación del pasado y afirmación de algo distinto. Es aquello que es ajeno a la tradición reinante, que irrumpe en el presente y tuerce su curso en dirección inesperada. La expresión tradición moderna que ha inventado la sociedad es producto del dramatismo de nuestra civilización que busca su fundamento, no en el pasado ni en ningún principio absoluto, sino en el cambio. La época moderna, que inicia en el siglo XVIII, es la primera que exalta el cambio y lo convierte en su fundamento. No el pasado ni la eternidad, no el tiempo que es, sino el tiempo que todavía no es y que siempre está a punto de ser: el futuro. El futuro es por definición inalcanzable e intocable; ésta es la desgarradora contradicción que constituye la modernidad. La guerra de España y la mundial pusieron fin a este período. La concepción de la historia como un proceso lineal progresivo se ha revelado inconsistente; la modernidad empieza a perder la fe en sí misma y el futuro ya no es depositario de la perfección, sino del horror. La historia no es una: es plural y el futuro es la proyección de nuestros deseos y su negación; no existe y, sin embargo, nos roba realidad, nos roba vida. Inventar el modernismo del siglo XXI El modernismo de los años sesenta puede dividirse en tres tendencias, basadas en sus actitudes hacia la vida moderna: afirmativa, negativa y apartada. Suena drástico, pero las actitudes recientes hacia la modernidad tienden a ser cada vez más drásticas y simples, menos sutiles y dialécticas que las del siglo XIX. Roland Barthes defiende, en la literatura, el modernismo que lucha por alejarse de la vida moderna. Clement Greenberg lo hace en las artes visuales, alegando que el único interés legítimo del arte modernista era el arte mismo. No existía una relación entre el arte moderno y la vida social moderna. Sin embargo,

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un arte sin sentimientos personales o relaciones sociales es propenso a la aridez después de un tiempo. La visión negativa del modernismo es la que lo ve como revolución permanente e interminable contra la totalidad de la existencia moderna. La obra de arte moderna "no molesta con su agresiva estupidez" (Leo Steinberg)7. Esta visión negativa del modernismo, busca la destrucción violenta de todos nuestros valores, y le importa poco la reconstrucción del mundo que destruye. Esta idea agitó el clima político en la década de los sesenta, pero deja de lado el gran romance de la construcción, la alegría erótica, la belleza natural y las figuras del Guernica de Picasso, “luchando por mantener viva a la vida misma, al mismo tiempo que aúllan su muerte.”8 La visión afirmativa del modernismo la desarrolló, en la década de los sesenta, un grupo heterogéneo de escritores incluyendo a John Cage, Marshall McLuhan y Susan Sontag coincidiendo con el surgimiento del arte pop y la idea de “despertar a la vida que estamos viviendo”. Por lo tanto, había que romper con las barreras entre el arte y otras actividades humanas como el entretenimiento y la tecnología industrial, la moda, el diseño y la política. El ideal de algunos que se autodenominan “posmodernistas” era abrirse a la inmensa variedad y riqueza de las cosas y las ideas que trajo consigo el mundo moderno.

Ellos llegaron a refrescar un ambiente cultural que en los años

cincuenta se había vuelto rígido, cerrado y aburrido. Berman dice que Marx, Nietzsche y sus contemporáneos Baudelaire y Dostoievsky experimentaron la modernidad como un todo en un momento en el que sólo una pequeña parte del mundo era verdaderamente moderna.9 Al día de hoy, más de un siglo después, los procesos de modernización tal vez nos hayan alcanzado ya a todos.

Es momento de entrar en contacto con la cultura

modernista del pasado y comprender su fuerza. Retroceder, sería una manera de ir hacia adelante e inventar el modernismo del siglo XXI. 7

Berman, Marshall, Brindis por la Modernidad, publicado en la revista Nexos, núm. 89, mayo 1985.

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Ibíd. Ibíd..

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La ausencia, el vacío y las posibilidades El pensamiento de Marx estaba influenciado por el método dialéctico y la orientación histórica de Hegel, y por el pensamiento socialista de Jean-Jacques Rousseau. Con respecto al modernismo, en sus escritos se nota un movimiento dialéctico que anima su pensamiento, un movimiento abierto que fluye contra la corriente de sus propios conceptos y deseos.

Su visión es que “todas las

relaciones fijas, estancadas, con su antigua y venerable sucesión de prejuicios y opiniones, se desechan, y todas las recién formadas pierden actualidad antes de cosificarse. Todo lo que es sólido se evapora en el aire, todo lo que es sagrado se profana, y los hombres, al final, tienen que enfrentarse a las condiciones reales de sus vidas y sus relaciones con sus semejantes.” Como hemos podido presenciar, hasta esta nueva forma social que es el comunismo, se ha evaporado ya en el aire moderno. La influencia de Nietzsche en el modernismo fue sustancial porque cuando los modernistas no partían de su filosofía, reaccionaban en contra suya. Para Nietzsche, como para Marx, las corrientes de la historia moderna eran irónicas y dialécticas. Los ideales cristianos de la integridad del alma y la voluntad de verdad reventaron al cristianismo. El resultado fue lo que Nietzsche llamó ”la muerte de Dios” y “la llegada del nihilismo”. La humanidad moderna se encontró enmedio de una gran ausencia, un vacío de valores y, sin embargo, al mismo tiempo con una abundancia de posibilidades. Tanto Marx como Nietzsche comparten la idea de que el hombre del mañana, oponiéndose a su presente, tendrá el coraje y la imaginación para crear nuevos valores que guíen su paso por los peligrosos infinitos en que vive.

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¿Un proyecto inacabado? “Posmoderna es la incredulidad con respecto a los metarrelatos”. J. F LYOTARD

Según dice Lyotard, los “metarrelatos” que han marcado la modernidad son la emancipación progresiva de la razón y de la libertad, emancipación progresiva o catastrófica del trabajo, enriquecimiento de la humanidad a través del progreso de la ciencia y la técnica capitalista, y si se considera al cristianismo dentro de la modernidad, la salvación de las criaturas por medio de la conversión de las almas. Estos relatos no son mitos, pero al igual que ellos tienen como finalidad legitimar las instituciones y las prácticas sociales y políticas, las legislaciones, las éticas, las maneras de pensar. A diferencia de los mitos, estos relatos son una idea a realizar, por lo tanto, le dan a la modernidad su carácter de “proyecto”, el cual según Habermas, está inacabado y debe ser retomado y renovado. Lyotard, por el contrario, piensa que este proyecto moderno de realización de la universalidad no ha sido abandonado, sino liquidado, destruído. Piensa también que la tecnociencia capitalista colabora a esa destrucción, porque lejos de venir acompañada de libertad, educación y riqueza mejor distribuída, lo que ofrece es una mayor seguridad respecto a los hechos. El éxito es su único criterio de juicio, pero no puede explicar qué es el éxito, ni por qué sería bueno, justo o verdadero. Al no conseguir la realización de la universalidad, solo acelera el proceso de deslegitimación; y en estas condiciones, los grandes relatos de legitimación (los metarrelatos) dejan de ser creíbles, aunque la vida cotidiana se sigue tejiendo con tramas de millares de pequeñas historias.

Si

acaso quedan algunos pequeños relatos de género narrativo, los cuales escapan a la deslegitimación, seguramente es porque nunca han tenido valor de legitimación. Tal es el caso de la “sabiduría popular”; pero la posmodernidad es también el fin del pueblo como rey de las historias.

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La tecnociencia convierte al hombre en amo y señor de la naturaleza, pero al mismo tiempo la desestabiliza profundamente, ya que hay una inmanencia de la inteligencia respecto de las cosas convirtiéndose la ciencia, también en parte de ella.

Así, el universo y las radiaciones que lo constituyen se enredan con la

ciencia, el hombre y la naturaleza en un nudo sofisticado al que se aprieta más cada vez que se intenta deshacerlo. Examinar las historias, es algo que se hace porque el mundo se ha declarado histórico, por lo tanto se le trata narrativamente. cuestiona

sobre

si

podremos

hoy

en

día,

Sin embargo, Lyotard se continuar

organizando

los

acontecimientos colocándolos bajo la Idea de una historia universal de la humanidad. Sería muy difícil encontrar o discurrir otra manera distinta a la que ha venido utilizándose. De cualquier manera, aunque la historia no es unidireccional, no es una ni es continua, el hombre, siempre inventará la manera de poder explicarse a sí mismo lo que ocurre a su alrededor, en el mundo, en el universo, y poder ordenar estos acontecimientos: emancipación del pecado, emancipación de la ignorancia, emancipación de la explotación, emancipación de la pobreza para llegar, aunque con ya pocas esperanzas, a la libertad universal y alcanzar la absolución de toda la humanidad.

Y si ya no se puede creer en una historia

universal de la emancipación, entonces habrá que replantearse la cuestión de quién se pregunta las cosas y quién las explica. Tal vez tengamos que abandonar la idea de la humanidad libre. Tendríamos que limitarnos a nuestra propia particularidad, volvernos narcisistas, nos importaría solo lo nuestro, nuestra propia satisfacción. Y tendríamos que reconocer nuestra finitud, y entonces al comprender que se ha perdido la emancipación universal prometida por la modernidad, comprenderíamos también que el sujeto a quien se le había prometido aquel horizonte, también se ha perdido. ¿Podremos entonces continuar? Lo único seguro es la incertidumbre: un futuro contingente.

La posibilidad para perpetuar el proyecto moderno exige

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fuerza y competencia que tal vez nos falten. Estamos desfallecidos. Cada uno de los grandes relatos de emancipación ha quedado invalidado. Son poco viables. Es signo de la extinción de la modernidad. Podríamos decir que el único relato es el de la declinación de los grandes relatos, pero el relato de la decadencia ya tuvo lugar desde Platón. Por lo visto, nada ha cambiado… Muchos quisieran pensar que es el momento de la religión, una narración creíble que cuente la herida y que logre cicatrizarla; o sea, reconstruir las ruinas del pensamiento original. La pregunta que se hace Lyotard, es si debiéramos hacerlo. La palabra posmodernidad

agrupa

las

persectivas

más

opuestas,

y

la

dirección

antimitologizante, dice Lyotard, es la que deberíamos tomar para abordar la pérdida del nosotros moderno. Todo gira en torno a la narración; es decir, se relaciona con el lenguaje, por lo tanto con la escritura, con cuya invención dio principio la historia. Las narraciones son legítimas dependiendo de la autoridad que tenga el narrador. Pero hay veces que la autoridad de quien dice una frase resulta del sentido de la frase. La historia corre el riesgo de encerrarse en un círculo vicioso, y al mismo tiempo, la legitimidad está asegurada por la potencia del dispositivo narrativo. El relato es la autoridad en sí misma. Se refuerzan las legitimaciones locales y se disipa el horizonte de emancipación. La desigualdad se agrava y las diferencias culturales son alentadas para utilizarse como mercancías turísticas y hasta artísticas también. Dice Foucault que el mundo, a veces, parece una prisión, un hospital o un asilo. Ante esta situación, termina Lyotard, no queda otra cosa que resistirse al desfallecimiento. . . ¿Habrá alguien que quiera hacerlo?

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FUENTES DE CONSULTA 1. Berman, Marshall, Brindis por la Modernidad, publicado en la revista Nexos, núm. 89, mayo de 1985. 2. Díaz Dufoo, Carlos, Los tristes, Revista Azul, t. I, núm. 25, 21 de octubre de 1894. 3. Lyotard, Jean Françoise, La Posmodernidad (Explicada a los niños), Gedisa, España, 2001. 4. Paz, Octavio, Los hijos del limo. Del romanticismo a la vanguardia, Seix Barral, Barcelona,1974. 5. Ramírez, Fausto, Modernización y Modernismo en el Arte Mexicano, UNAM, México, 2008.

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¿Emancipación o esclavitud?  

“No tiene ningún sentido tratar de resistir las opresiones e injusticias de la vida moderna, ya que incluso nuestros sueños de libertad sola...

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