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Job y Arjuna ¿Quíén le es más fiel a Dios?

Lichita nos enseña su “Conejito Prieto” Comic de estreno

Develando a tu vecino oscuro

Reseña de Spider-Man REIGN


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¿Cómo Chingados Sangras al D U K K H A? Cómo ser capaz de dar aquello que jamás recibiste, desposeído de todo afecto, sin más consuelo que una oscura certeza de la nada. No hay nada, tras esta vida no hay sino la disipación de los finos átomos de tu alma. Entropía. Un universo agonizante colapsa. Te miras al espejo esperando encontrar respuestas a tu miseria. Existes por azar, y de pronto caes en la cuenta de que todas tus ilusiones, todos tus intentos por perdurar y subsistir en el recuerdo de los demás, no son sino vanidad y malsano egoísmo. No te preocupa la impresión que causas en otro, sino el hecho de que tal impresión lo acompañe por el resto de sus días, y además, le exiges silenciosamente que la transmita a otros como una infección sin fin, la propagación de un nocivo virus, el deseo de persistir a pesar de la muerte, a pesar de todo. Condenas a los amigos, a la familia y, a todo extraño que tenga la mala fortuna de cruzarse en tu camino. No eres capaz de amar, te han robado tu quimera, y te has convertido en el vampiro que roba la ilusión a los otros. Destruyes los sueños de los niños, al fin ya sabes en donde terminan dichos sueños, ya antes pasaste por eso, la pérdida del ideal. Vives tu día perfecto con la otra persona, compartiendo una charla, bebiendo alcohol disfrazado de limonada, soledad acompañada, humo de cigarrillos que fluyen en espiral interpretando una danza frenética y sexual (será lo único sexual de la velada), hacen confidencias vergonzosas, no comparten lo mejor de cada uno, sólo aparentan, pretenden, se venden simulacros; ella te hace creer cosas y tú estúpidamente le sigues el juego, terminan compartiendo un atardecer y hasta se suben a los columpios, ella toma impulso debido a ti, y tú la alcanzas con la termodinámica del autoengaño. Es un día perfecto, en tu mente es un día perfecto. Un sueño dentro del otro. ¿A quién le corresponde despertarte? Para beneplácito de nuestros lectores les imparto, sin costo alguno, los cuatro preceptos para abolir al karma o sangrar al dukkha, lo que suceda primero:

1º. El diablo está en los detalles. 2º. Cuidado con el amor. 3º. Las cosas no tienen por qué ser como uno quiere.

Una vez que hayas comprendido y adecuado los tres primeros preceptos, te habrás dado cuenta que en esencia no son tales, en ese caso:

4º. Debes ver a través de la decepción.

Quizá te parezca poco. ¿Qué esperabas? Es un conocimiento por el que no has pagado. Te ofrezco el secreto del universo y no puedes percatarte de la trascendencia que encierran estas pocas palabras, tal vez si le agrego la noble verdad, pero te lo advierto, una vez comprendido su significado no hay vuelta atrás, en adelante todo cuanto te ocurra será bajo tu propia responsabilidad. La noble verdad:

“El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”


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Portada variante


D IR ECTOR IO

4 Editor en Jefe: J. S. Cainiz Diseño gráfico & diseño web: the Owl Difusión: Lord Enigma Colaboradores: • J.S. Cainiz • Pavel Ernesto Zavala Medina • Jorge Sánchez Vázquez • Marc Jiménez Rolland Portada: J. S. Cainiz

Contacto:

www.nieblaentubo. wordpress.com jscainiz@gmail.com nomasdesign@gmail.com

ÍNDICE • ¿Descansa la racionalidad en presupuestos irracionales? (reseña) Marc Jiménez Rolland ------------------------------- pág 4 • Del Alter Ego y otros demonios (cuento) Edmund ------------------------------- pág 10 • Sombrero en la cama J. S. Cainiz ------------------------------- pág 12, 22, y 40 • Job y Arjuna: Experiencias de la entrega a dios (ensayo) Pavel Ernesto Zavala Medina ------------------------------- pág 16 • Una ficción (cuento) J. S. Cainiz ------------------------------- pág 23 • Breve entropía del yo (poemas y cuento) Cecilia Viridiana ------------------------------- pág 24

• Un diálogo imposible (cuento) J. S. Cainiz ------------------------------- pág 35 • Poemas en prosa Hans ------------------------------- pág 43 • Dark Spidey Returns (reseña) Jorge Sánchez Vázquez ------------------------------- pág 44 • La otra noche del Cabaret (poema) J. S. Cainiz ------------------------------- pág 49 Cada una de las imágenes pertenecen a sus respectivos autores y tiene derechos reservados. Se han utilizado con fines informativos.


5 “Desearía que Dios estuviera vivo para ver esto” Homero Simpson

Editorial Dukkha, el sufrimiento implícito en la existencia, es el tema principal de reflexión de la presente publicación. Y no es que los autores aquí publicados sean unas almas pías que se regodean en los padecimientos dolorosos y ensalzan, como los monoteísmos, una forma de vida dolorosa y llena de privaciones: el sufrimiento y el dolor que se encuentran detrás de las reflexiones aquí escritas no son de una índole extraordinaria y con una justificación metafísica, antes bien, son padecimientos cotidianos ─algunos de ellos incluso fútiles e intrascendentes para los beatos acostumbrados a llevar el yugo en el cuello y a recibir el beso del látigo en la espalda─, pesadumbres pueriles que hacen avanzar lentamente los pensamientos a asuntos ontológicos, poéticos, lógicos y epistémicos que poca o ninguna relación guardan con lo que dio pie a su existencia. En los presentes textos, el sufrimiento, dukkha, adquiere un matiz cadencioso, como el de la mujer peligrosa que aguarda en la esquina más oscura, incitando a los jóvenes efebos a perder la inocencia: las palabras escritas desean llevar a esos pensamientos de altos vuelos a la frágil y oscura belleza de los momentos cotidianos, a perderlos en el laberinto de las cosas pequeñas y fruslerías de la vida que terminan siempre por convertirla en una burla a las conciencias grandilocuentes y de expectativas desmesuradas. A final de cuentas, todo buen texto es un recordatorio de las limitaciones, epistémicas o existenciales, de las pretensiones del hombre.

dukkhadencia. Año 1, Número 1 / mayo de 2011


6 4 ¿DESCANSA LA RACIONALIDAD EN PRESUPUESTOS IRRACIONALES?* Marc Jiménez Rolland

“¿Por qué debemos tomar seriamente las […]

preguntas planteadas al inicio de este […libro…]? Si queremos entender la naturaleza de la racionalidad (y en particular de la racionalidad científica) y si queremos clarificarnos por qué los métodos de investigación, en general, y de la ciencia, en particular, poseen algo que los recomienden, entonces debemos hacerlo.”

(Cíntora, 2005: 74-75)

* Esta reseña fue presentada en la ciudad de Zacatecas el 5 de junio de 2009. El diálogo con el autor y con el Dr. Jorge Tagle Marroquín me permitieron hacer algunas modificaciones importantes en el contenido del texto; aunque es probable que ninguno de ellos estuviese en total acuerdo con lo que aquí presento.

Se acostumbra presentar un libro por diversos motivos: en ocasiones, para anunciar la novísima publicación de un título largamente esperado; otras veces –por razones de mercado–, para promover su venta, que en principio parece poco prometedora; unas más, por complacencia de su autor, que quiere hacer alarde de méritos muchas veces no merecidos. Todos los indicios parecen apuntar a que no son éstos los móviles que nos reúnen aquí esta tarde. El libro del doctor Cíntora –con expectativa o sin ella– vio la luz hace ya cerca de cuatro años. Su escasa o nula disponibilidad en las librerías nacionales y extrajeras sugiere que su comercialización no ha sufrido descalabros. Asimismo, la sólida y reconocida trayectoria académica de su autor, así como la calidad de su obra, no precisa de elogios gratuitos. ¿Cuál es, pues, la consigna para traer a cuento, precisamente ahora, el libro Los presupuestos irracionales de la racionalidad? Me inclino a pensar que nuestro propósito aquí, en este momento, es suscitar la discusión en torno a esta obra y los temas que trata, para, en caso de que logre capturar la atención y el interés de alguno de los presentes –que desee tomar parte en ella con más elementos en mano–, recomendar su adquisición y/o lectura –en caso de que aún encuentre ejemplares disponibles.


7 5 Los presupuestos irracionales de la racionalidad El libro de Armando Cíntora se propone explorar diversas teorías de la racionalidad (en sentido general y, de manera específica, en relación a la metodología científica), así como sus límites lógicos. Quiere analizar algunas de las más influyentes respuestas que se han dado a esta cuestión desde mediados del siglo pasado y evaluar en qué medida puede decirse que han conseguido su objetivo: si logran o no dar cuenta, en forma racional, de la racionalidad misma y de –lo que frecuentemente se ha considerado como uno de sus hitos– la de la ciencia. Cíntora nos anuncia, desde las primeras páginas, que el balance de su evaluación es, al menos en parte, negativo: “…la conclusión principal de este trabajo [… es…] que tenemos que aceptar dogmáticamente algunos supuestos básicos de la racionalidad, en particular de la metodología científica” (Cíntora, 2005: 7). Si esto es así, los intentos por justificar o defender (racional o críticamente) nuestros principios y objetivos racionales más básicos, enfrentan, en última instancia, el trilema escéptico de Sexto Empírico: o 1) descansan en presunciones dogmáticas, que deben ser asumidas sin justificación ulterior; o 2) la única defensa que puede ofrecerse de ellos es viciosamente circular y presupone lo que desea demostrar; o 3) nos conduce a una regresión infinita, sin conseguir apuntalar en último término la alta estima que hacia la racionalidad tenemos. En cualquiera de estos casos nuestro intento apologético desembocaría en ejemplos típicos de irracionalidad. En efecto, el trilema –sin restricciones– nos parece inaceptable, porque si se adopta cualquiera de sus cuernos como una respuesta válida, hemos de acoger también –o, por lo menos, estimar como igualmente legítima– cualquier alternativa a la racionalidad que satisfaga ese mínimo requisito. Si un místico o visionario tiene, en alguno de sus accesos extáticos, una epifanía sobre la fiabilidad de sus métodos de búsqueda de la verdad (o de lo que sea que esté buscando), éste puede contar como justificación y garante de ellos. Si un fundamentalista religioso encuentra en sus textos sagrados un pasaje que afirme la confiabilidad de los mismos, esto constituye todo lo que necesita para defender sus creencias frente los opositores; y nadie puede, sin pecar de inconsistencia, reprocharle que adopte esta postura. Esto es tanto, o casi tanto, como adoptar el estandarte del anarquismo epistémico y proclamar, junto a Feyerabend: “anything goes” (“todo vale”). Pero, ¿qué es lo que da pie a estos pronunciamientos acerca del carácter irracional de los fundamentos de la

racionalidad?, ¿cuáles son las preguntas que propician esta manera de ver el asunto? Históricamente, tengo la impresión de que la reconsideración de estas cuestiones durante el siglo XX se debe en gran parte a las imprecaciones popperianas en contra del método inductivo: éste no debería considerarse racional, afirmaba el filósofo austriaco, si la única forma de legitimarlo es haciendo uso de él. Aunque, como nos recuerda Cíntora, estas objeciones tienen ya una larga tradición: pueden encontrarse claramente en Hume, e incluso antes, implícitas en los tropos de “Agrippa” de Sexto Empírico. Sin embargo, en el orden de la argumentación, las preguntas generales que se plantean en el libro tienen lugar por enfrentar un reto escéptico especialmente radical. No se trata ya de avalar la existencia del mundo externo frente a la posibilidad del sueño o de un malin génie, de argumentar sobre la objetividad de los valores o sobre la existencia de otras mentes. Nos enfrentamos a un escéptico muy peculiar, al que, para salir victoriosos, hemos de convencer –de alguna manera que pueda ser considerada racional– de que nuestros procedimientos de adquisición y justificación de conocimiento más básicos tienen un respaldo racional. De lo contrario, estos procedimientos se verían profundamente amenazados. El escéptico al que nos enfrentamos es, reitero, muy peculiar: parece no tener un compromiso explícito con ninguno de nuestros métodos u objetivos racionales; por lo menos eso es lo que sugiere el planteamiento de sus dudas generalizadas acerca de ellos. Pero, entonces, ¿qué tipo de respuesta sería satisfactoria para él? ¿Una racional? Presumiblemente no, pues esto implicaría circularidad. Además, podría simplemente negarse en todo momento aceptar cualquier sugerencia que le hiciéramos. ¿Una irracional (la violencia, por ejemplo)? Tampoco. Ésta, en el mejor de los casos, abogaría a favor de nuestros métodos irracionales de persuasión. La concesión del escéptico, en tales circunstancias, resultaría pírrica: habríamos ganado su beneplácito, al precio de renunciar a nuestras mismísimas pretensiones. Pero complacer, o meramente persuadir, al escéptico no debería ser nuestro objetivo; la mayor parte de nosotros, creo, tiene mejores cosas que hacer. Por eso Cíntora nos sugiere que no centremos nuestros esfuerzos en esta tarea y atendamos a estas cuestiones con un objetivo distinto: “…estas preguntas nos pueden ayudar a alcanzar una posición cognoscitiva con menos autoengaño (sic.), con menor autocomplacencia. Pero aún si no fuésemos a alcanzar ninguna respuesta, la búsqueda habría sido valiosa, pues la búsqueda, la lucha, es en sí misma valiosa” (Cíntora, 2005: 75).


8 6 Dejemos de lado, pues, al escéptico. A mí me gustaría traerlo a colación de nueva cuenta más adelante. Pero, de momento, veamos a dónde nos conducen estos cuestionamientos. Cabe señalar, de paso, que si tenemos alguna estima hacia los problemas discutidos por las personalidades más sobresalientes de la filosofía actual, los que nos propone Cíntora no son en modo alguno acertijos gratuitos. Como lo ejemplifican las discusiones que examina en su libro, los problemas referidos tuvieron un lugar privilegiado en gran parte del intercambio intelectual del siglo XX. Asimismo, están también en la agenda de algunos de los máximos representantes de la actual filosofía australiana, protagonizada por los miembros de la Escuela de Canberra, especialmente Robert Nola y Frank Jackson (Véase Colyvan, 2009),1 quienes se ocupan en la actualidad de estas cuestiones. El tema, me parece, no es ajeno a los intereses de ninguno de nosotros: si pretendemos salvaguardar cualquier tipo de apreciación evaluativa sobre argumentos, resultados y procedimientos cognoscitivos, o acciones, hemos de garantizar un mínimo de racionalidad. Lo que Cíntora nos invita a pensar es: ¿qué tanta podemos asegurar? Sobre la racionalidad de los métodos científicos se discute, en un primer momento del libro, si el procedimiento inductivo puede ser avalado. David Papineau sugiere que podemos respaldarlo apelando a una distinción entre “circularidad de reglas” y “circularidad de premisas”, siendo legítima la primera, no así la segunda. Sin embargo, esto no evita la circularidad viciosa o el dogmatismo en la argumentación, simplemente los traslada a otro nivel (que ahora es, de hecho, el centro de nuestro interés); aunado a esto, el criterio de Papineau avalaría también el empleo de otros métodos no racionales –como la contra-inducción de Feyerabend–, que pueden ser justificados sin “circularidad de premisas”. A esto responde Papineau que, después de todo, “...difícilmente puede ser un requisito general sobre todas las formas legítimas de inferencia que sea posible mostrar que todas ellas son confiables en alguna manera no circular. Pues tal cosa descalificaría incluso a la deducción como una forma legítima de inferencia” (Papineau, 1992: 16; citado en Cíntora, 2005: 19). Carlos Pereda inicia su libro Razón e incertidumbre señalando que “hay ataques que matan, pero también hay defensas que matan” (Pereda, 1994: 9). Frente al tipo radical de indagación en proceso, la respuesta de Papineau debería contarse entre las segundas: no sólo no respalda los procedimientos inductivos, sino que sugie-

re que ante tales embates la deducción tampoco resistiría. Pues tanto peor para la deducción, apunta Cíntora. En efecto, como bellamente lo ilustra el pasaje de “Lo que la tortuga le dijo a Aquiles”, de Carroll, citado en el libro, una defensa análoga de la deducción conduce al mismo resultado: si queremos evitar regresión infinita o somos dogmáticos acerca del procedimiento empleado en la justificación o hacemos de ésta un proceso viciosamente circular. Enseguida se explora la posibilidad de cimentar nuestras expectativas sobre la racionalidad científica desde un nivel más básico, inherente a la actitud racional misma. Para esto Cíntora comenta y analiza la propuesta de Karl Popper y sus continuadores (William Warren Barthley III, David Miller y, hasta cierto punto, John Worrall). Con Popper la cuestión no parece prometedora, pues admite que en el trasfondo el racionalismo –que cifra sus criterios de racionalidad en la crítica– descansa en una fe irracional no justificable y, por ende, dogmática; sus críticas al inductivismo se vuelven incluso en su contra cuando introduce subrepticiamente el método inductivo en su propuesta para dar sentido al criterio de verosimilitud (Véase Newton-Smith, 1983: 88 y ss.). Aún así, la propuesta popperiana dio paso al surgimiento de una postura más radical: el racionalismo pancrítico, que se dispone a considerar sus objetivos, estándares e incluso su posición filosófica misma, como sujetos a la crítica. Sin embargo, como ampliamente discute Cíntora, esta propuesta conduce a una paradoja de autorreferencia, a la cual sólo se puede escapar vía dogmatismo, circularidad viciosa o regresión infinita. Esto motiva la discusión de una respuesta alternativa: lo que Cíntora denomina naturalismo localista y descriptivo, y atribuye a Willard Van Orman Quine. Una de sus características es que rechaza como irracional la pregunta global sobre nuestras teorías de la racionalidad, así como sobre los métodos y objetivos científicos. Bajo la tesis naturalista, se renuncia a toda pretensión de alcanzar un conocimiento superior al que la ciencia proporciona o busca. Esto equivale a rechazar el reto escéptico. No obstante, si se pretende justificar o explicar nuestras facultades racionales en consonancia con la ciencia, el trilema de Sexto Empírico vuelve a aparecer:

Para una discusión detallada de estas cuestiones por parte de los miembros de la Escuela de Canberra, Colyvan recomienda especialmente los libros Nola, Robert. (2003). Rescuing Reason: A Critique of Anti-Rationalist Views of Science and Knowledge. Dordrecht: Kluwer; y Jackson, Frank. (1998). From Metaphysics to Ethics: A Defence of Conceptual Analysis. Oxford: Oxford University Press. 1


9 7 no se pueden justificar sin circularidad viciosa los métodos más básicos de la ciencia, ni el precepto localista que rechaza las cuestiones globales; incluso en sus pretensiones de ser una postura descriptiva del conocimiento científico se dan por sentadas normas epistémicas que discriminan cuáles de entre los modelos de ciencia en consideración son legítimos. Si algo consigue el enfoque naturalizado es ensanchar el diámetro del círculo argumentativo, de modo que su condición circular nos pase desapercibida. Una bella imagen literaria de Borges puede ilustrar esta estrategia: “…habían llegado al laberinto. Éste, de cerca, les pareció una derecha y casi interminable pared, de ladrillos sin revocar, apenas más alta que un hombre. […] tenía la forma de un círculo, pero tan dilatada era su área que no se percibía la curvatura” (Borges, 1996: 600-601. Cursivas mías). Sin embargo, la condición psicológica de no percibir el círculo no anula su carácter irracional, una vez que se le ha desenmascarado. Las epistemologías evolucionistas que examina Cíntora no corren con mejor suerte: si tratamos de dar una explicación evolutiva de nuestra confianza en la racionalidad, como lo hacen Michael Ruse, Stephen Stich y Alvin Goldman, nuestra preferencia por la teoría darwiniana (o alguna versión de la misma) descansa sobre presupuestos normativos no justificados y, lo que es peor, conduce implacablemente a un agnosticismo acerca de la epistemología evolucionista. Cíntora concluye su exposición crítica con un extenso examen de la propuesta de naturalismo normativo de Larry Laudan, cuyos detalles no expondré aquí. Pese a la sofisticación del modelo de Laudan, su examen es minucioso y detenido; pero el diagnóstico del autor es igualmente pesimista: la propuesta de Laudan tiene consecuencias relativistas y, por ende, no racionales; asimismo, ante los intensos embates de los cuestionamientos de Cíntora, el modelo de Laudan parece orillado a adoptar alguna de las puntas de la cornamenta del trilema. ¿Dónde nos deja Cíntora, frente a este panorama? Me siento inclinado a creer que opta por la sugerencia popperiana (sin adoptar completamente su propuesta, claro está) de que, si hemos de perseverar en nuestra empresa racional, debemos conceder un dogmatismo mínimo. Si esto es correcto, me parece su propuesta es susceptible de algunas de las críticas que le presenta, por ejemplo, a David Papineau, quien considera que el escéptico no es una persona normal por no compartir sus estándares. ¿Sobre qué puntos habríamos de ser mínimamente

dogmáticos?, ¿por qué no otros cualesquiera?, ¿cómo podríamos respaldar nuestra elección de alguno de ellos sin presuponerlo?

¿Descansa la racionalidad en presupuestos irracionales?

…the irrational is not merely the non-rational, which lies outside the ambit of the rational; irrationality is a failure within the house of reason.

Davidson, 1982: 169.

A continuación, e intentando sacar provecho de la presencia del doctor Cíntora y de su profundo conocimiento sobre estos temas, me gustaría plantearle lo que a mi parecer puede resultar una alternativa digna de consideración al problema que explora en su libro. No conozco una buena respuesta (una que no opte por las alternativas del trilema u otra solución irracional) al problema que plantea Cíntora, ni creo –tras la excelente y minuciosa argumentación que desarrolla en su libro– que pueda haberla. Pero me parece que podemos encontrar una mejor manera de plantear el asunto. No es mi aspiración, a este respecto, el presentar una tesis particularmente original, sino exponer algunas cuestiones, defendidas por otros autores, en consonancia con la problemática que aquí nos ocupa. Para ello, he de volver a considerar al escéptico. El epígrafe con el que doy inicio a esta presentación sugiere que, aún cuando no tomemos seriamente al escéptico (quien origina nuestras inquietudes acerca de la naturaleza de la racionalidad), hemos de tomar con seriedad sus cuestionamientos debido a nuestro interés por comprender y clarificar la naturaleza de la racionalidad. Esto, me parece, requiere ser considerado con cierto recelo. Lo que el escéptico nos pide requiere, por nuestra parte, que pongamos en entredicho (o dejemos en suspenso) la valoración que atribuimos a nuestros métodos racionales y desconfiemos (al menos provisionalmente) de ellos. Lo inquietante es si, respecto a esta cuestión particular, considerar las dudas del escéptico no es, en cierto sentido, adoptar de plano su postura. Creo que, después de todo –pace Papineau–, el escéptico es tan normal como cualquiera de nosotros. Es, acaso,


10 8 un poco más excéntrico. Sólo pretende que duda, mas no lo hace realmente. Si en verdad dudara de nuestra capacidad racional (y de la suya), no habría satisfacción alguna a su inquietud, incluso el agnosticismo sería una mera prolongación de su no respondida incertidumbre. Pero no puede hacer esto. No puede poner en duda todos nuestros métodos y estándares racionales, y, simultáneamente, buscar una respuesta racional al cuestionamiento que propone. A los ataques que matan y las defensas que matan, de los que nos habla Pereda, habría que añadir la categoría de los ataques que ni siquiera vulneran, pues fenecen antes de conseguir su objetivo. El del escéptico, es, creo, uno de éstos. Y si considerar su postura implica adoptarla, no creo que este ejercicio nos ayude a comprender y clarificar la naturaleza de la racionalidad. El problema, al menos es esto lo que quiero sugerir, es un problema-de-principio. Para echar luz sobre esta cuestión considero que hemos de tomar seriamente la consideración que Quine hace al inicio de Palabra y objeto y “…we all must start in the middle” (Quine, 1960: 4) (hemos todos de comenzar a mitad del camino). No podemos suspender nuestros juicios acerca del valor de la argumentación racional, pero esto no significa que no podamos dar cuenta de ella. Creo que quien ha sido más fiel a este modo de ver las cosas es Donald Davidson. Para él los principios básicos de la racionalidad son compartidos por todas las criaturas que tienen pensamientos o actúan intencionalmente, puesto que es una condición para tener pensamientos, juicios e intenciones que los estándares básicos de la racionalidad tengan aplicación (Davidson, 1985: 195); esto es, ser racional implica, entre otras cosas, seguir las normas básicas de la lógica, el principio de la evidencia total para el razonamiento inductivo y el principio de continencia.2 No tiene sentido preguntar, de alguien que se formula dudas escépticas (y por ende piensa), si es generalmente racional, ya que esto es lo que se requiere para tenerlas; asimismo, las personas no pueden decidir si aceptan o no los atributos fundamentales de la racionalidad: si están en condiciones de decidir en absoluto, es debido a que poseen tales atributos. Aunado a esto, los pensamientos de un individuo se constituyen en forma holística: el contenido de una creencia o de un deseo, no es un elemento que pueda ser atado a ellos en aislamiento de sus compañeros (otras creencias, deseos, intenciones, etc.). El hecho mismo de que algo cuente como una creencia (o como cualquier otro tipo de pensamiento) se debe a que surge en el contexto de otros pensamientos.3 Me parece incluso que Quine adopta en sus últimos escritos una postura similar

con respecto a esta cuestión (por lo menos así lo considera Davidson en su artículo “Could there be a Science of Rationality” [1995: 117-134]). Una consideración suplementaria. Posiblemente haya una explicación no racional de las fuentes de nuestras capacidades cognitivas (una explicación causal, tal vez); es en este sentido que la respuesta de la epistemología evolucionista se antoja atractiva: nos daría una historia más completa del origen y desarrollo de la racionalidad, lo que no es lo mismo que una justificación de su validez –la solicitud del escéptico de Cíntora–. Pero el hecho de que la explicación evolutiva parta de elementos no racionales no justifica la impugnación de su producto como irracional. Ser irracional, es decir, desviarse de los estándares normativos de la racionalidad, sólo es posible bajo el supuesto de que son compartidos. La racionalidad no puede estar fundada en supuestos irracionales, pues, para que algo cuente como irracional debe formar parte de un conglomerado más amplio de racionalidad.

Estos criterios normativos, junto con algunos otros, son reconstrucciones teóricas de nuestras facultades racionales; sin embargo, como insiste Davidson, esto no implica que tengan realidad psicológica. Si alguna lección hemos de obtener de las lógicas no-clásicas, ésta es –al menos eso creo yo– que son posibles varias representaciones formales (algunas de ellas incompatibles con las restantes) que intuitivamente rescatan algunos rasgos de nuestros procedimientos inferenciales; sin embargo, no estamos en condición de afirmar que ninguna de ellas sea la reconstrucción adecuada de estos procedimientos en todos los campos. 3 Aunque estos puntos son susceptibles de una amplia y detallada discusión, como la que ha presentado Jerry Fodor (1990) de manera ejemplar. No deseo aquí entrar en detalles, pues esto implicaría ampliar considerablemente este ya de por sí prolongado rodeo. 2


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Referencias BORGES, Jorge Luis. (1996). Abenjacán el bojarí, muerto en su laberinto. Obras completas. Vol. I. (1923-1949). Barcelona: Emecé. CÍNTORA, Armando. (2005). Los presupuestos irracionales de la racionalidad. Trad. de Jorge Tagle M arroquín y Armando Cíntora. Barcelona: Anthropos-UAM. COLYVAN, Mark. (2009). Naturalizing Normativity. In Conceptual Analysis and Philosophical Naturalism. David Braddon-Mitchell and Robert Nola (eds.). Cambridge, MA: The MIT Press. DAVIDSON, Donald. (1995). Could there be a Science of Rationality? International Journal of Philosophical Studies, 3: 1-16. Reprinted in Davidson (2004), 117-134. ______________. (1982). Paradoxes of Irrationality. First published in Philosophical essays on Freud. R. Wollhein & J. Hopkins (eds.). UK: Cambridge University Press. 189-305. Reprinted in Davidson (2004), 169-187. ______________. (2004). Problems of rationality. New York, NY: Oxford University Press. FODOR, Jerry. (1990). A Theory of Content I: The Problem. In A Theory of Content and other essays. Cambridge, MA: The MIT Press. LUDWIG, Kirk. (2004). Rationality, Language, and the Principle of Charity. The Oxford Handbook of Rationality. Alfred R. Mele and Piers Rawling (eds.). New York, NY: Oxford University Press. pp. NEWTON-SMITH, W. H. (1987). La racionalidad de la ciencia. Tr. de Marco Aurelio Galmarini. Barcelona: Paidós. PEREDA, Carlos. (1994). Razón e incertidumbre. México: Siglo XXI EditoresUNAM. QUINE, W. V. O. (1960). Word and Object. Cambridge, MA: The MIT Press.


12 10 DEL ALTER EGO Y OTROS DEMONIOS Edmund I Amanece, los ojos de los hombres se abren, sus cuerpos inertes recuperan el vigor, el vigor que proporciona el buen sueño. La noche pasa, los cuerpos muertos reviven, las fatigas se han olvidado, y los hombres dicen: “¡Gracias a la noche por el bendito sueño!”. Amanece, mi cerebro palpita dentro de mi cabeza, mis ojos enrojecidos arden al abrirse mis parpados, la breve tranquilidad que me trajo el alba es asesinada por los trinos y los cantos de los pájaros. No he dormido, y no creo poder hacerlo, ¡no en la oscuridad nocturna!, la noche no trae para mi el sueño y el descanso. Los ojos son velados, las voces calladas, las luces apagadas; y en la oscuridad de la noche me sumerjo en la soledad del Yo. Mi cuerpo se desvanece y se funde con las sombras, y las puertas del infinito y anchuroso universo se abren. Y por ellas entran hordas de demonios que atormentan y laceran mi alma; al frente de todos ellos viene el Alter Ego, como su capitán, pérfido y voraz. No puedo defenderme de los demonios, mis manos y pies son apenas débiles sombras; los demonios abren mis oídos, y no importa si cierro o abro los ojos: todo es oscuridad. Ante mi esta el Alter Ego, me mira con ojos malévolos y su sonrisa devela pensamientos perversos. Me toma del cuello, y lleva mis oídos hasta su boca, y me habla con sutiles palabras: “¿Eres un tonto y cruel humano? No, no lo eres: todos ellos están durmiendo, indefensos, mientras que tú estás despierto, y encaras ufanamente a los espíritus oscuros. Anda, búrlate de ellos, que aman y se aferran a sus vidas como si fueran eternas. Solázate de su ingenuidad, que los hace creer que con los placeres de la carne pueden olvidar las penas del alma. O vuélvete cruel con ellos, y hazles ver que sus vidas son perecederas, que se puede huir de los dolores, las fatigas y los placeres de la carne. Desprécialos, desdéñalos y míralos con la soberbia con la que ven los grandes a los insignificantes. Puedes venir con nosotros al paraíso, o quedarte en el infierno del desasosiego, de la incertidumbre y del sueño no conciliado…” Suenan las campanas que anuncian el alba, cantan los gallos y los coros de pájaros. Y con terror en la mirada el Alter Ego y su séquito de demonios huyen del sol y sus lanzas de fuego, y el mundo sumido en el manto de la oscuridad, sale de los grises matices de la noche y entra a los colores vivos y brillantes. La forma de mi cuerpo se delinea con claridad, recupero mis brazos y mis piernas. Los ojos me arden y huyen de la luz, y dentro de mi cabeza aún suenan las palabras del Alter Ego: “Búrlate, desprécialos, desdéñalos”, y dentro de mi alma empiezo a creer en sus palabras.

II Los parpados pesan, y velan mis ojos contra mi voluntad. Las piernas me flaquean y mi torso tiembla de frió. Dentro de mi cabeza resuena, opaca y lejana, una voz que dice: “¿Quiénes son ellos, esos seres extraños que andan en dos piernas y tienen sueños en la cabeza? Son débiles por naturaleza, su inteligencia es limitada y la mayoría de sus pensamientos gira alrededor de ellos, la fortuna y el placer”. Deseo contestar que son de una raza extraña, de una naturaleza ajena a la mía. Mas al ver mis manos


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comprendo que soy uno de ellos, y por mucho que reniego de ello, el reflejo que veo en el espejo confirma el peor de mis temores: son mis semejantes, soy su semejante. Sus voces laceran mis oídos y las formas groseras de sus cuerpos ofenden a mis ojos. Pero, ¡oh, desgracia que se cierne sobre mi ser, mis ojos son como los de ellos! Pesar de pesares, miseria de miserias es ocupar un cuerpo como el de ellos: débil, imperfecto, frágil y delicado, de todas las formas de la naturaleza, la más contrahecha, retorcida y despreciable. Con gusto me burlaría de ellos, pero detrás del dulce sabor de la risa queda el residuo amargo de saber que somos semejantes. Pero aun puedo abandonarlos.

III

“Abandónalos, huye de ellos y cede tu lugar a otro, otro que pueda lidiar con la existencia humana y pueda hacerle frente. ¿No deseas dormir, descansar apaciblemente sobre el suave lecho preparado para las almas? Retírate voluntariamente y nadie te reclamará nada, ya que si no fuiste libre de decidir el momento de venir aquí, al menos eres libre de decidir el momento en que has de partir”. Esto decía el Alter Ego la última noche que habló conmigo, y yo, ingenuamente, caí en su trampa. ¿Por cuánto tiempo urdió su mente tal jugada, por cuánto tiempo se estuvieron añejando las palabras con que había de convencerme? Tengo que aceptarlo: fue prudente y temerario; prudente para hablar con las palabras correctas y hacer los movimientos indicados, y temerario y astuto para dar la última estocada en el momento preciso, cuando yo estaba vulnerable e indefenso. Sus palabras me hipnotizaron, sus acciones me hicieron creer que se compadecía de mi y mi desasosiego. Mas ahora sé que sólo lo hizo para ocupar mi lugar, y arrojarme en el abismo en el que yo lo había encerrado. Es hijo de todos mis deseos reprimidos, desde los más nobles hasta los más reprobables. Ahora es libre de hacer lo que yo quise hacer pero no me atreví a hacer. Él camina por el mundo, mientras yo permanezco rodeado de la oscuridad. Cierto, ahora puedo dormir, y en sueños veo mis manos y mis pies, y escucho mi voz, mas aquellos no se mueven como lo hacían antes, ni mi voz suena igual. Sin embargo, en esos sueños no veo que el Alter Ego se comporte de manera distinta a la mía, antes bien parece que ha aprendido a ser humano: a reprimir sus deseos y a detener sus acciones.


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Pavel Ernesto Zavala Medina

JOB Y ARJUNA:

Experiencias de la entrega a dios Introducción El presente ensayo tiene como objetivo analizar las experiencias que tienen Job, de fe judía, y Arjuna, héroe indo, de la entrega a dios, la actitud que presentan ambos ante la injusticia, su conciencia moral o ética. Estos son temas que, a pesar de las enormes diferencias tanto de los personajes como de sus contextos, van a ser comunes, y que los va a llevar a un punto en común: entregarse a la sabiduría divina. Otro aspecto en común es que la experiencia que va a llevarlos a enfrentarse a la divinidad es el de la injusticia, si bien esta experiencia tendrá sus respectivos matices en ambo casos. La historia de Job forma parte de los escritos veterotestamentarios, precisamente el libro que lleva por nombre Job, conocidos como sapienciales, y que ha sido objeto de múltiples estudios e interpretaciones, desde autores religiosos como Fray Luis de León, hasta filósofos como Immanuel Kant y psicoanalistas como Carl Gustav Jung. Por su parte, la historia de Arjuna se encuentra

narrada dentro del gran poema épico Mahabharata; sin embargo, no es esa la historia de Arjuna que aquí se analiza, sino la desarrollada dentro de una narración menor incluida en el Mahabharata: la historia de la Bhagavad Gita, donde se exponen las enseñanzas que Krisna, encarnación divina, imparte a Arjuna en un momento de desesperación. Como se verá más adelante, en este punto existe una gran disconformidad entre Job y Arjuna, pues mientras que a este último dios se le presenta de una manera encarnada y familiar, a Job dios no se le hace presente más que de una manera terrible y sobrecogedora. Tanto la historia de Job y la de Arjuna van a comenzar cuando ambos, desde sus muy particulares contextos, se enfrenten a la injusticia y la desdicha, pues será cuando muestren su conciencia ética y su profundo sentido de justicia, si bien Job será víctima de la injusticia, mientras que, en un primer momento, Arjuna se ve a sí mismo como el victimario.


19 17 1. Injusticia y conciencia ética. Tenemos a dos personajes diferentes, tanto en su fe como en su forma de vivir. Job es un hacendado, poseedor de gran fortuna que, a pesar de no ser de origen hebreo, práctica la religión judía. El texto de Job forma parte de la literatura sapiencial del Viejo Testamento, pertenece a una época donde la religión de Israel busca expandirse. De aquí que, aunque el autor del libro primitivo haya sido israelita, su personaje no es descendiente de Abraham sino un hijo de Oriente que profesa la religión hebrea. Esto significa que la ley mosaica se plantea, no en términos del pacto de una nación con Yavé, sino en términos del pacto de Yavé con el hombre.4

Job no es, pues, el ejemplo de un hebreo piadoso y recto, sino el ejemplo de un hombre, sin importar la raza de su origen, que es justo y honrado. Job es un ejemplar del hombre en general, y no el de una sola estirpe. Sin embargo, no es la alabanza de la virtud y la rectitud de Job lo importante de su alegoría, sino que tales cualidades serán puestas a prueba de la manera más dura, pues experimentará el dolor y el sufrimiento sin haber pecado contra Dios. El argumento de la historia de Job comienza a desenvolverse cuando Dios, estando en compañía de los ángeles, presume ante Satán la actitud de Job: “¿Te has fijado en mi siervo Job? En la tierra no hay otro como él: es un hombre justo y honrado, religioso y apartado del mal”.5 A lo que Satán responde con una incertidumbre y un desafío: “¿Y crees que su religión es desinteresada? ¡Si tú mismo lo has cercado y protegido, a él, a su hogar y todo lo suyo! Has bendecido sus trabajos, y sus rebaños se ensanchan por el país. Pero tócalo, daña sus posesiones, y te apuesto a que te maldice en tu cara”.6 La duda hará nido en el corazón de Dios, por lo que le permitirá a Satán arruinar las posesiones de Job, a pesar de lo cual, él no maldecirá a Dios ni renegará de su voluntad. Pasada esta prueba, Dios vuelve a exaltar las virtudes frente a Satán, y éste nuevamente cuestionará la sinceridad de la fe de Job, haciendo nuevamente vacilar la confianza de Yavé en la sinceridad de Job. Así, Job padecerá, ya no la pérdida de sus posesiones o de su familia, sino la pérdida de su propia salud: será invadido por una llaga desde la planta de los pies hasta la coronilla, a pesar de lo cual seguirá sin pecar.

En tal estado, Job recibe la visita de tres amigos suyos 7 (Elifaz de Temán, Bildad de Suj y Sofar de Naamat), quienes intentarán consolarlo recordándole que existe un pacto entre Yavé y el hombre:

“¿Recuerdas un inocente que haya perecido? ¿Dónde has visto un justo exterminado? Yo sólo he visto a los

que aran maldad y siembran miseria, cosecharlas. Sopla Dios y perecen, su aliento enfurecido los consume.”8 Sin embargo, lo único que logran tales consuelos es excitar y exasperar el ánimo de Job, quien no acepta haber cometido pecado alguno, quien afirma una y otra vez su propia inocencia y pide a Yavé que le exponga sus pecados: Pediré a Dios: “No me condenes, hazme saber qué tienes contra mí”. ¿Te parece bien oprimirme y desdeñar la obra de tus manos, mientras alumbras los designios del malvado? ¿Tienes ojos de carne o ves como los hombres? ¿Son tus días los de un mortal y tus años como los de un hombre para que indagues mi culpa y examines mi pecado, aunque sabes que no soy culpable y nadie me librará de tus manos?9

En el anterior pasaje se encuentra, además de la declaración de inocencia por parte de Job, su reclamo ante la injusticia, pues no sólo sufre un inocente, sino que además los impíos tienen mejor fortuna que aquel que ha seguido el camino de Dios con rectitud. Los amigos siguen repitiendo que Job o sus hijos han pecado, y que por eso padece la ira de Dios y sus tormentos: Isabel Cabrera, ‘Introducción’ en Voces en el silencio. Job: texto y comentarios, México, Universidad Autónoma Metropolitana, 1992, p. 9. 5 Job, 1: 8 (se utilizará la versión que aparece en Voces en el silencio. Job: texto y comentarios) 6 Job, 1: 10 – 11. 7 A tales alturas ya la mujer de Job le había reprochado su paciencia frente a la adversidad: “¿Todavía persistes en tu honradez? Maldice a Dios y muérete.” (Job, 2:9) 8 Job, 4: 7 – 9. 4

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Job, 10: 2 – 7.


20 18 “tus culpas inspiran tus palabras y adoptas el lenguaje de la astucia. Te condena tu boca, no yo; tus labios atestiguan contra ti.”10; ellos siguen enarbolando la idea de que sólo el pecador sufre, mientras que el hombre recto vive dichoso. Pero Job no desiste en defender su inocencia, en sostener su actuar justo, al grado de insinuar que Dios ha obrado injustamente: “Hasta el último aliento mantendré mi honradez, me aferraré a mi inocencia sin ceder: la conciencia no me reprocha ni uno de mis días. Que mi enemigo resulte culpable e injusto mi rival”.11 Por otro lado se encuentra Arjuna, uno de los cinco hijos de Pandu, príncipe hindú que desde pequeño mostró una gran destreza en el combate y que jugará un papel decisivo en la batalla de Kurukshetra. Arjuna es un guerrero cuyas mayores hazañas heroicas se cuentan en el Mahabarata; pero en la Bhagavad Gita se muestra un aspecto que no se encuentra en el resto del poema épico: el de un hombre devoto con profundas dudas acerca de sus acciones; es decir, el texto de la Gita se muestra más como un texto de sabiduría, sapiencial, y no como la mera continuación del poema épico12. La historia de la Bhagavad Gita parte de un punto muy avanzado dentro de la historia del Mahabarata, justo antes de que comience la batalla de Kurukshetra, en la que se ha de decidir si son los Pandavas o los hijos de Dhrita-rashtra, hermano mayor de Pandu, quienes gobiernen el reino. En tales circunstancias, Arjuna pide a su auriga que lo acerque a las filas del ejército enemigo, para ver a la cara a sus adversarios, descubriendo que entre ellos hay familiares suyos y maestros, a los que debe respeto y honor. Arjuna se encuentra ante una situación difícil, en un dilema que no puede resolver atendiendo a sus enseñanzas: por un lado, tiene su deber de guerrero, combatir y dar muerte a sus enemigos; pero por el otro, sabe que sería una falta enorme, un pecado, matar a sus propios familiares, por lo que decide no combatir. Veo funestos auspicios, oh Krisna, y no presagio gloria alguna si mato a mis propios parientes en el sacrificio de la batalla. Pues no albergo deseos de victoria, oh Krisna, ni ambiciono el reino o sus placeres. ¿Cómo querer un reino, Govinda, o sus placeres, o aun la vida, cuando aquellos para quienes deseamos el reino, sus goces, y los placeres de la vida, se hallan aquí en este campo de batalla, renunciando a su vida y a sus riquezas?13

Con estas palabras, Arjuna no sólo expresa el deshonor que le acarrearía dar muerta a sus propios parientes, sino además el sinsentido que significaría derramar sangre por un reino que no podría compartir con nadie, por una vida llena de goces pero que transcurriría en soledad y deshonra. Tras este primer planteamiento, Arjuna agre-

ga que cometer tales actos sería cometer un mal mayor que si se rehúsa a combatir, aún si sus oponentes son hombres de mal: Si ejecutamos a estos hombres malvados, la maldad misma caerá sobre nosotros: ¿qué gozo hallaremos en su muerte, oh Janardana, incitador de almas? No puedo, pues, matar a mis propios parientes, los hijos del rey Dhrita-rashtra, hermano de mi propio padre. ¿De qué felicidad disfrutaremos nunca, si matamos en batalla a nuestros propios familiares? Aunque ellos, en sus mentes dominadas por la codicia, no vean mal alguno en la destrucción de una familia, ni pecado alguno en la traición a los amigos; ¿no debemos nosotros, que vemos el mal que conlleva la destrucción, acaso no debemos abstenernos de cometer tan terrible acción? La destrucción de una familia acaba con la integridad de sus rituales, y cuando se extingue la integridad de los rituales, la indignidad se apodera de la familia al completo.14

Estas palabras concuerdan muy bien con los planteamientos del intelectualismo ético de Sócrates y Platón, según el cual es peor cometer una injusticia que padecerla, ya que quien la comete lo hace por ignorancia. En este particular caso, los hijos de Dhrita-rashtra ignoran las consecuencias que traería el asesinato entre familiares, ignoran el alcance de sus propias acciones; no así Arjuna, que no piensa sólo en su gloria o en sus goces egoístas, sino que piensa en todo momento en el porvenir de toda su estirpe; pero sobre todo, Arjuna cree que una maldad no puede ser rechazada cometiendo otra, antes bien, lo único que se logra es agravar el mal cometido, por lo que decide no lidiar con sus parientes, prefiriendo morir a manos de ellos: la injusticia será cometida por otros, y así su conciencia, como la de Job, no le reprochará uno solo de sus días. Aquí interviene Krisna, el auriga de Arjuna, recordándole su condición de guerrero: “Los hombres bravos no conocen la desesperación, oh Arjuna, pues con ella no se ganan el cielo ni la tierra. No caigas en la debilidad degradante, indigna de todo hombre se que precie de serlo”.15 A pesar de este recordatorio de su condición de guerrero y de las

Job, 27: 5 – 7. Cfr. Juan Mascaró, ‘Introducción’ en Bhagavad Gita, España, Editorial Debate, 1999, pp. 27 – 28: “Los Arjuna y Krisna que encontramos en el resto del Mahabharata son seres diferentes de los Krisna y Arjuna de la Bhagavad Gita. En la Gita descubrimos que va a tener lugar una gran batalla por el dominio de un reino; y ¿cómo dudar que se trata del Reino del Cielo, el reino del alma? (…) En la Bhagavad Gita Arjuna se convierte en el alma del hombre, y Krisna en el auriga del alma.” 13 Bhagavad Gita, Op. Cit., p. 57. 14 Ibidem, pp. 57 – 58. 15 Ibidem, p. 60. 11

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21 increpaciones por parte de su auriga, Arjuna no cambia de opinión, por lo que Krisna se ve precisado a recordarle que vida y muerte están íntimamente unidas, que de la una procede la otra y viceversa, y que los verdaderos sabios no lloran ni por los vivos ni por los muertos, ya que tanto la vida como la muerte pasan: “Viertes lágrimas por quienes están más allá de ellas; ¿son las tuyas palabras de sabiduría? Los sabios no lloran ni por los vivos ni por los muertos, ya que vida y muerte pasarán”.16 Es decir, a Arjuna se le juzga de carente de sabiduría. En este punto existe un paralelismo con Job, a quien también se le echa en cara la falta de sabiduría en sus palabras: “¿Va a quedar sin respuesta tal palabrería?, ¿va a tener razón el charlatán? (…) Pero que Dios te hable, que abra los labios para responderte: él te enseñará secretos de sabiduría, sutilezas acertadas, y sabrás que aun parte de tu culpa te perdona”.17 La solución a los dilemas de ambos personajes se encuentra, pues, en la sabiduría divina, que experimentarán de manera diferente, y que los llevará a entregarse a la voluntad divina.

2. La entrega a dios Retomemos la historia de Job. Él ya ha descargado la amargura de su corazón dando rienda suelta a sus quejas, y ha escuchado los discursos de sus amigos, que han fracasado en consolarlo y en transmitirle la sabiduría de la palabra de Yavé, mucho menos han podido refutar los lamentos y remediar la indignación de Job. Es entonces cuando Dios mismo interviene hablándole a Job desde la tormenta. Lo cual es muy peculiar, ya que uno esperaría la voz amable y familiar de un anciano sabio, que resultaría bastante efectiva para resarcir los males padecidos por Job; pero en vez de eso, Yavé se manifiesta de una manera terrible y apabullante. A decir de Rudolf Otto, Dios se le presenta a Job en su aspecto numinoso18 , misterioso, que en lugar de solicitar la indulgencia de su siervo, le recuerda que él es obra suya, así como la creación del mundo: “¿Quién es ése que denigra mis designios con palabras sin sentido? Si eres hombre, ciñete los lomos: voy a interrogarte y tú responderás. ¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra? Dímelo, si es que sabes tanto”.19 Una y otra vez Yavé mencionará sus portentos, el alcance de su poder y su sabiduría, haciéndole ver lo ínfimo y frágil que es, lo mucho que ignora acerca del mundo y su hechura, haciéndole ver que no todo cuanto

ocurre en la tierra tiene que tener un sentido, pues puede haber una contradicción de fines. Esto lo explica Otto de la siguiente manera, aludiendo a las descripciones que Yavé hace de varios animales: El águila que anida en la roca y hace de su picacho atalaya desde donde acecha la presa, cuya sangre chupan sus polluelos y “donde hay carroña allí está ella”, no es ejemplo de una sapiencia que medita fines y que todo lo prepara con prudencia y sutileza. Esta águila es más bien lo extraño y maravilloso, a cuyo través se intuye el prodigio de su creador.20

Ibidem, p. 62. Job, 11: 2 – 6. 18 Cfr. Rudolf Otto, ‘Lo numinoso en el Antiguo Testamento’, en Cabrera, Isabel (ed.), Voces en el silencio, Op. Cit., p. 169. “Aquí (en la religión bíblica) lo misterioso vive y se agita en las representaciones de lo demoníaco y angélico de que está rodeado, dominado y penetrado este mundo, como de algo que le es heterogéneo en absoluto; (…) lo misterioso caracteriza la naturaleza de Yavé y Elohim, que es también el “padre celestial”de Jesús, y que, como tal, no pierde su naturaleza de Yavé, sino que la cumple y realiza”. 19 Job, 38: 2 – 4. 20 Rudolf Otto, ‘Lo numinoso en el Antiguo Testamento’, Op. Cit., p. 177. 16 17


22 20 Hay, pues, criaturas que producen una contrariedad a la contemplación racional, pues parecen carecer de un sentido finalista o tender a fines contradictorios, pero que en su conducta enigmática y sus instintos misteriosos resultan ser maravillosos y aludir al misterios del propio creador. Ante tales argumentos y demostraciones de poder a Job no le quedará más que aceptar su insignificancia e intrascendencia ante la voluntad divina: - Reconozco que lo puedes todo y ningún plan es irrealizable para ti. [Tú has dicho:] “¿Quién es ése que empaña mis designios con palabras sin sentido?”. – Es cierto, hablé sin entender de maravillas que superan mi comprensión. [Tú has dicho:] “Escúchame, que voy a hablar, voy a interrogarte y tú responderás”. – Te conocía de oídas, ahora te han visto mis ojos; por eso me retracto y me arrepiento echándome polvo y ceniza.21

Job no sólo acepta que no conocía directamente los designios de Dios y que habló de cosas que excedían sus propias capacidades, sino que, al momento de admitir esto, se entrega a Dios, a su sabiduría y su voluntad, de ahí que se arrepienta de los reproches que le hizo y retiré los cargos que le levantó, echándose polvo y ceniza. Por último, Yavé analiza la conducta de los amigos, hallándolos culpables de no haber hablado rectamente de él; pero esto se analizará más adelante, pues tiene un paralelismo directo con la historia de la Bhagavad Gita: la cuestión de la honradez y sinceridad del devoto. A primera vista, podría parecer que Arjuna no padece con la misma intensidad que Job, pues él está por des-

empeñar el papel de victimario y no el del atormentado. No obstante, tal condición de victimario injusto lo hace perder el ánimo y la fuerza, dejando caer su poderoso arco Gandiva, y después de escuchar las primeras amonestaciones y enseñanzas de Krisna sobre cómo alcanzar el más alto grado de sabiduría, le dirige las siguientes palabras llenas de confusión: Si estimas que la visión es más grande que la acción, ¿por qué me impones la terrible acción de la guerra? Mi mente se encuentra confusa porque en tus palabras hallo contradicciones. Dime, pues, con toda certeza, cuál es la vía por la cual accederé al Supremo.22

Krisna tiene que profundizar acerca de las dos sendas de la perfección: jñana yoga y karma yoga. La primera corresponde a la vía de la sabiduría de los sankhyas, es la vía de la contemplación; la segunda se relaciona con la vía de la acción de los yoguis. La que contradicción reside en que Krisna decía que la vía para llegar al Supremo consistía en apartarse del mundo y sus afectos, y dedicarse a la contemplación, con lo cual se confirmaría que la decisión de Arjuna de no combatir sería la correcta. Pero Krisna irá revelando que ambas llevan al Supremo, pero que dependerá de cada hombre cuál será la vía que recorra, pues ambas tienen un mismo final: alcanzar lo infinito, lo imperecedero; renunciado a los placeres y goces finitos, alejándose del mundo. Lo que intenta mostrar Krisna a Arjuna es que la acción, aún cuando implique el asesinato de la propia familia, si está consagrada a Dios – que implica que es hecha conforme a la voluntad divina –, así como si es hecha con total desapego de los placeres mundanos o de sus frutos, no conlleva un mal, antes bien lo que trae es una existencia más perfecta, a un bien mayor: Yo soy el tiempo omnipotente que todo lo destruye, y he venido aquí a matar a estos hombres. Aun si no luchas, todos los guerreros que a ti se enfrentan morirán. ¡Álzate, pues! Hazte merecedor de tu gloria, conquista a tus enemigos y goza de tu reino. Por el destino de su karma los he predestinado a morir: sé tú pues el mero instrumento de mi acción. Drona, Bishma, Jayad-ratha y Karna, junto con otros heroicos guerreros de esta gran guerra, ya han sido muertos por mí: deja de temblar, lucha y mátalos. Vencerás a tus enemigos en la batalla.23

A lo que responde Arjuna, con vos vacilante e inclinándose en adoración:

21 22 23

Job, 42: 2 – 6. Bhagavad Gita, Op. Cit., p. 71. Ibidem, pp. 118 – 119.


23 21 Con razón, ¡oh Dios!, cantan los pueblos tus alabanzas, complaciéndose y deleitándose en ti, Todos los espíritus del mal huyen atemorizados; y las legiones de santos se postran ante ti. ¿Y cómo nos postrarse en amorosa adoración, ¡oh Dios de dioses, Espíritu Supremo!? ¡Tú, creador de Brama, el dios de la creación; tú, infinito y eterno, refugio del mundo! Tú que eres todo lo que es, y todo lo que no es, y todo lo que está más allá.

Con estas palabras, Arjuna acepta la voluntad divina, entregándose a ella. Cabe añadir, además, que en los pasajes anteriores, Krisna se le muestra a Arjuna en su aspecto numinoso, colérico y misterioso, un dios que de igual manera puede transmitir sabiduría como destruir aquello que ha creado, tal y como se le aparece Yavé a Job; lo cual resulta extraño, pues en la mayor parte de la narración Krisna está junto a Arjuna de una manera familiar y asequible, y le habla de manera directa, a diferencia de Job, cuyo dios se mantiene siempre en el misterio y sólo llega a comunicarse a través de la tormenta. Por último, es necesario mencionar que tanto Krisna como Yavé reclaman que, quienes les son devotos, sean sinceros en su fe, o de lo contrario de nada valdrán sus acciones. Así, Yavé, después de haber hablado a Job y emitido un juicio para él, dice a sus amigos: “Estoy irritado contra ti y tus dos compañeros porque no habéis hablado rectamente de mí, como lo ha hecho mi siervo Job”.24 Tras lo cual les exige que lleven a cabo sacrificios en nombre de Job, para que él interceda por ellos, pues todos ellos han equivocado su pensamiento, alejándose de la verdadera voluntad divina, si bien han seguido al pie de la letra las sagradas escrituras. En la Bhagavad Gita Krisna dice palabras que van en el mismo sentido: Hombres hay carentes de visión, que no obstante se prodigan en palabras: siguen los Vedas al pie de la letra, y así dicen: «Esto es lo que hay.» Su alma se halla pervertida por afanes personales, y su cielo consiste en un deseo egoísta. Dirigen oraciones a fin de hallar placer y poder, y la recompensa a todo ello es el renacer en la tierra.25

Sólo Job y Arjuna han sido lo suficientemente sinceros en sus palabras y acciones como para considerarlos como verdaderamente entregados a dios.

Conclusiones Se ha visto, pues, como Arjuna y Job, a pesar de sus enormes diferencias de personalidades y de contextos, comparten ciertas características en su forma de actuar y en su fe. En ambos existe una fuerte conciencia ética: en el caso de Job es, por decirlo así, a posteriori, pues su examen de conciencia es retrospectivo, y prefiere denigrarse a sí mismo que maldecir a Yavé; mientras que la conciencia de Arjuna es a priori, pues se niega a cometer acciones futuras que podrían acabar con la integridad de su familia. Ambos prefieren padecer, sea sufrimiento sea deshonra, que mermar esa conciencia ética que rige sus actos. También ellos serán objeto de una iluminación divina que los llevará reafirmar su fe y a entregarse a la voluntad divina. Esta entrega significará aceptar el sufrimiento, padecido injustamente, como una forma de probar la sinceridad de la fe, o bien, llevar a cabo acciones que se considerarían malignas. Tanto Arjuna como Job son modelos de creyentes verdaderos y virtuosos.

Bibliografía: Bhagavad Gita, versión de Juan Mascaró, España, Editorial Debate, 1999. Traducción de José Manuel Abeleira. Cabrera, Isabel (introducción y selección de textos), Voces en el silencio. Job: texto y comentarios, México, Universidad Autónoma Metropolitana, 1992. Agud, Ana y Francisco Rubio (traducción del sánscrito, introducción y notas), La ciencia del brahman: once Upanisads antiguas, Madrid, Trotta, 2000.

24 25

Job, 42: 7 – 8. Bhagavad Gita, Op. Cit., pp. 65 – 66.


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25 23 UNA FICCIÓN J. S. Cainiz

Me encuentro en un taller literario y me preguntan por qué estoy ahí, respondo: «Mire usted, yo he escrito algunas cosas. A veces al terminar de escribir leo y me agrada lo que he escrito, otras en cambio, escribo algo e inmediatamente lo aborrezco y me pregunto si debería seguir escribiendo, usted sabe, pierdo el deseo. Me preguntaba si en este lugar podría recobrar ese deseo, no sé, tal vez aquí tengan un truco para que conserve el deseo.» «Aquí se viene a aprender a escribir, conocer la técnica, encontrar un estilo propio. ¿No está aquí porque quiere aprender a escribir?» «No estoy precisamente por eso aquí. Me sé algunas palabras, he leído algunos libros y me he fijado en las formas de que se sirven para expresar ciertas situaciones específicas. Cuando tengo algo en mente simple y sencillamente lo escribo, utilizo los signos de puntuación que aparecen en los libros, según lo requiera mi texto y eso es todo; digo lo que quiero decir.» «Y esos escritos, ¿trae alguno para que nos lo muestre y le podamos dar las recomendaciones que requiera?» «No, no traigo ninguno, además, suponía que aquí me pondrían a escribir con base a ciertas indicaciones y luego me dirían si sirvo para esto o no, así que cuando lo escriba ya lo podrá revisar.» «¿Y no podría traer alguno de esos escritos suyos?» «A decir verdad, hay un problema, esos escritos o mejor dicho, libros, los he redactado en mis sueños y no veo el modo de traerlo a esta realidad.»


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“Cuando se haya roto la infinita servidumbre

de la mujer, cuando por ella y para ella, el hombre ─hasta hoy abominable─ habiéndola liberado, ¡ella será poeta también! ¿Sus mundos de ideas diferirán de los de nosotros? La mujer hallará cosas extrañas, insondables, repelentes, deliciosas. Y nosotros las tomaremos, las comprenderemos.” Arthur Rimbaud

Textos de Cecilia Viridiana Aguayo Vargas

“Debo confesar que siempre he tenido demasiado que decir, la verdad ha sido que mi debilidad se ha vuelto silencio, un temor inexplicable a la dificultad del rechazo, la luz de mi alma ha sido apagada por mí misma y ha sido demasiado tarde para tratar de explicar por qué me he vuelto el juez más cruel y el enemigo más perverso que obstaculiza mi camino...”


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BREVE ENTROPÍA DEL YO


28 26

Cuando me derrumbo Cuando el mirar hacia arriba Me hace encoger los hombros Y mirar hacia abajo Siento como la tierra que piso Escala hacia mis ojos Impidiéndome ver al frente Y así detener mi camino Cuando intento continuar el paso Y disipar la tierra de mi vista Me doy cuenta de que mis ojos Han quedado dañados por el esfuerzo Es entonces cuando me arrepiento Cuando me deprimo y entiendo Que el mirar hacia el cielo Sólo me hace caer al infierno.


29 27

Al paso del tiempo (El tiempo es el acoso despiadado de la vida)

Al paso del tiempo Conmigo a su lado Espero entenderlo Sin ser asfixiado. Deseo comprenderlo, Quiero interpretarlo. Poder conocerlo, Ya no imaginarlo. Al paso del sueño Se acaba mi vida. Me siento pequeño, Aislado en la vida. Toque la locura, También la cordura. En la catedral Ascendí a lo infernal. Conmigo en el tiempo No acaba el reloj. Te invito a mi templo De dulce dolor.


30 28

Utopía de un ser inestable Me siento variable, Victima de la saciedad del ocaso, Tan efímero pero tan constante Cual ser inmortal Saliente de su estupor. Unas palabras dentro de un libro Me describen como un gran misterio. Un placer recorre mi alma Pero ¿Es mi vida realmente un tormento? Debo confesar que en realidad No es difícil conocer a un ser perverso. Intento elegir vivir, pero voy pereciendo Cual breve mirada tuya, Que fugaz se arrepiente, se va. Soy un ególatra que quiere vivir En un alma nueva y que jamás perezca. Indeseablemente deseo demasiado. Deseo ser el vació que la Inmortalidad misma no llene. Quiero, simplemente, el control sobre mi espíritu.


31 29

Hacia la nada Quizá mi conciencia contemple algún día contrario a su esencia. Tal vez ese día carezca de luz y de sombra será un equilibrio de ambos o tal vez ninguno de ellos. No existirán hombres puesto que nadie debe llamarlo, sentirlo, darse cuenta de todo o de nada. Entonces no será la monotonía lo que invada mis ideas, mis sentidos, mi alma. Nada que pensar. Ante la ausencia total ya inventaré algo en que creer, si puedo, si aún no muero.


32 30

Hacia la melancolía Que no prueben tus ojos una tristeza más profunda. Que no se extinga para siempre el nítido brillo que acompaña tu mirada en los menores ratos de infelicidad, Que no mueras vivo. Que no dejes nunca de contemplar el ocaso sin evitar llorar, llorar por tu muerte y la vida que te da cuentas de ella, Que no mueras vivo. Que no dejes de ser aquel que dobla mi existencia y enorgullece mi alma. Te afectas y nos afectamos demasiado. Que no juegues a ser uno, porque somos dos o los dos somos uno, o ninguno. Que no mueras vivo. Que no creas poder resucitar, si caes, piensa bien antes de levantarte. Que si bien puedes ser más fuerte las armas con las que cuentes pueden procurarte mayor infelicidad. Que no caigas a la melancolía.


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34 32 Las alas y Valtiel

C. Viridiana A. Vargas

a Beatriz “Duerme tú, gato mío, como un dios perezoso, mientras que yo suspiro por algo que voló.” F. García Lorca Convéncete Valtiel. Tus alas no han sido robadas, sólo han hecho lo que sabían y siendo así debes darte cuenta de que jamás han sido tuyas. Ciertamente te acompañaban y te hacían lucir más hermoso, pero tu belleza aún irradia y es claro que las alas no sólo sirven a la vanidad de los ángeles. ¿Crees que realmente las merecías? Definitivamente. ¿Por qué se han ido entonces, como mariposas, hacia otra hermosa flor buscando el elixir del espíritu? Nadie te ha sabido dar razón de ellas. Incluso las nubes se mostrarían molestas y creerían que te diviertes haciendo preguntas insensatas, como cuando pequeño volaste hacia ellas sólo con la intención de buscar un aroma dulce, decías que olerían a durazno. Pero ahora no puedes volar hacia el cielo, y las nubes se divierten formando alas preciosas, tan frágiles y casi tan finas como aquellas que llevabas. Recuerdo la primera vez que nos vimos, me seguías con insistencia mientras te escondías detrás de los árboles. Yo caminaba hacia el estanque, decidido a terminar con muchas ilusiones y desilusiones. Llevaba una cajita de madera conmigo; estaba cubierta de un hermoso forro en lámina de estaño y algunas decoraciones hechas con buriles muy finos; tenía una delicada piedra azul en el centro de la tapa, como un pequeño universo entre formas vagas. Supe entonces que no era precisamente yo la causa de tu presencia, sino aquella cajita. Y mientras me sentaba en un tronco y colocaba delicadamente mi secreto sobre las rodillas, procuraba de vez en cuando mirar al estanque y ver tu reflejo. De pronto estabas detrás de mí esperando inquieto que tirara la cajita al agua o, por lo menos, que la abriera en algún instante. ─Lo que contiene no te pertenece ─te dije sin mirar hacia atrás, donde me aguardabas. ─Nunca antes me había sido negada la posibilidad de contemplar algo. Soy el observador, nada me pertenece de este mundo excepto el derecho de vigilar y contemplar cuanto desee ─respondiste con un tono altivo. »Llevo algún tiempo siguiéndote, siempre andas de un lado a otro totalmente inmerso en algo. Sé que ustedes juzgarían mi vida como ociosa, y con respecto a ti, debo decirte que jamás hube visto humano alguno que deseara con tanto fervor perder todo aquello que posee con la única condición de obtener una migaja de cielo. Resígnate ─me dijiste─ las alas no son concedidas a los humanos ni tampoco caben en una cajita ¿con qué te has conformado? Un día te esperaba fuera de tu casa y llegaste con esa pequeña cajita entre las manos. Desde entonces no te vi salir sino hasta hoy; has dejado tu rutina, tus súplicas a lo alto, y ya no te arrodillas más en la colina con lágrimas en los ojos mientras el sol se asoma. ¿Qué es eso que tanto ha ocupado tu tiempo y tus pensamientos? ¿Qué cosa me ha alejado de tu camino poniéndome ahora entre tus manos? ─¿Por qué razón llevas alas? ─te pregunté. ─Las alas ─me dijiste─ son una promesa y señalan los confines de un mundo propio. ─¿Las alas tienen corazón? ─te pregunté mientras te observaba.


35 33 De pronto te marchaste, molesto por no haber logrado nada. Sabías que no compartiría mi secreto contigo, pues te hice creer que verdaderamente era mío así como creías que tus alas eran sólo tuyas… Tiempo después me permitiste verte en el mismo estanque. Sentado al pie de un árbol, fingías indiferencia mientras atrapabas las pequeñas flores que caían de entre las ramas. ─¿No me lo dirás, verdad? ─me dijiste mientras observabas una flor que parecía más marchita que las demás. ─No, no lo haré ─te respondí─, esto es sólo mío, deberías ocuparte más en observarte a ti mismo. Creer que te conoces lo suficiente es tu problema, tu defecto, ahora no vez más dentro de ti y sólo te dedicas a husmear entre lo mundano, derrotado sin siquiera haber luchado. ─No podemos observarnos sino sólo a través de otros ojos. Pero no es mi deseo discutir ese tema sino, más bien, saciar mi preciado don ─me dijiste mientras te ponías de píe y sacudías tus alas. Fue entonces cuando las observé detenidamente por primera vez. Parecían, justo detrás de ti, una especie de aura formada por miles de perlas hermosas o una capa hecha de un manto de seda que te guardaba de intrusos y te proveía de cierta alcurnia; también parecían dos pequeños trozos de cielo, que te conducían a él y por ello dirigían sus dos extremos hacia la inmensidad. ¿Qué podría decirte? Las conocía, sin que supieras, a pesar de no haberlas tocado nunca. Intercambiamos pocas palabras y antes de marcharte me dijiste que no era grato platicar con mi especie y que en adelante sólo te dedicarías a vigilarnos, como hacías antaño. Fue la última vez que te vi hasta hoy, aunque debo confesarte que ya te esperaba desde antes. Sí, has hecho bien en pedirme ayuda y consolar tu llanto. Pero debo decirte que a pesar de encontrar tus alas, si éstas no han regresado a tu lado, sólo te conformarás con mirarlas. Siendo así quizá sepas más de ellas, de ti y del mundo. No debes lamentarte más, ahora podrás explicarte mejor la razón de su ausencia, pues no has sabido dar cuenta de por qué han huido así, de repente, sin dejarte ningún tipo de consuelo. Te lo diré: hace dos días vi pasar un hermoso gato con cabellos de oro, ojos de cristal y edad corta. Las llevaba encima y lo conducían al Parque de las Fuentes Sombrías. Él aún no se percata de las alas, quizá llegaron y se posaron sobre él sin ningún tipo de preludio, como cuando se fueron. Son inconfundibles puesto que forman, encima de su espalda, un hermoso corazón que se abre y se cierra para dejarlo jugar mientras atrapa moscas y dibuja arañas en el aire. Ahora lo sabes y si te das prisa podrías, como te gusta, mirarlo todo. ¿Crees, entonces, poder aterrizarlas? ¿Mirar al cielo sin perderlas de vista? ¿Crees poder alcanzarlas con las manos del alma?

Era casi de mañana cuando Valtiel despertó. «Todo ha sido una ilusión» pensó mientras se levantaba. Sintió de inmediato sus alas y no pudo evitar sonreír. Avanzó ligeramente hacia el estanque y las contempló como nunca, ya de un lado y de otro, como asegurándose de que estuvieran completas y magníficas. Hecho esto encontró una pequeña cajita que flotaba en el agua, estaba vacía. Confundido, Valtiel la dejó en el agua y se dio la vuelta mientras recordaba. En su espalda, justo un poco más arriba de donde nacían aquellas hermosas alas, había dos pequeños cortes que juntos formaban un corazón.


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37 35 UN DIÁLOGO IMPOSIBLE* J. S. Cainiz

* El presente texto, originalmente sin título, en realidad es un fragmento de la novela inédita “Ballenas que flotan como dirigibles azules”.

Este no era un gato de Cheshire, ergo, Alicia no le preguntó el camino para salir del lugar en que se encontraba. Pero sí le preguntó esto: ─¿Qué debo hacer para salir de esta novela? Pero el gato, que no era un verdadero gato de Cheshire, no le contestó. Alicia pensó que era una descortesía que el gato no le respondiera y se fue ofendida. Lo que no sabia era que cualquier camino que tomara la llevaría al mismo sitio: el profundo corazón de esta novela. En realidad su nombre no es Alicia, pero como su verdadero nombre no es tan apropiado para lo que sigue sólo llamémosla Alicia. Hay ocasiones en las que está de más preguntar. Cosas ocurren, es inevitable prever las incómodas eventualidades. Sólo es menester situarse en un punto que no afecte el oscilar de la balanza. No hacer la diferencia jamás había estado tan ad hoc como ahora. Aparece en escena un interlocutor capaz de sostenerle la mirada a Alicia. ─Te lo haré fácil. Podemos tener un diálogo imposible o podemos hablar de lo que sea. ─Esas no parecen opciones reales. ─Quién dijo que te daría opciones, dije que te lo haría fácil. ─Okey, hablemos de lo que sea, de cualquier modo terminará por ser un diálogo imposible. Pero por dónde sería bueno comenzar… no sé quién eres, no sabes quién soy, ese sería un buen punto de partida, pero ahora me encuentro demasiado cansada para una tediosa presentación. ─Suena justo, no diremos quiénes somos. Únicamente nos ocuparemos de decir sin realmente decir. ─Lo que sea. ─¿Quiéres saber cuál es el secreto del universo? ─Dime. ─Dios es un concepto mediante el cual medimos nuestro dolor. ─¿Ese es el secreto? ─preguntó Alicia en tono irónico─, pero si sólo es el primer verso de una canción de Lennon: God. ─¡A por ellos! ─¿A por quienes? ─Es una expresión, Cari. ─¿Cari? ¿Por qué me dices así? ─Contigo no se puede, guapa ─dice el interlocutor sin nombre mientras la mira a los ojos. Contempla su expresión ausente, pero sabe que ella está por ahí, en algún lugar─. Lo que quiero decir es que se está a gusto contigo. Ella no dice nada, hace una mueca que intenta parecerse a una sonrisa pero carece totalmente de encanto. Podría esforzarse y hacerlo mejor, un gesto gracioso, disimulado, como no queriendo. ─Pareces enojada con la vida. ─¿De verdad?, dime más ─al decir esto Alicia hace una breve pausa, pareciera que va


38 36 a tomar aire, luego continúa, pero esta vez con gesto distraído y casi susurrando─ … como si realmente me importara. ─No pareces convencida de lo que a primera vista pueda decir de ti. ─Me sostienes la mirada, eso sería bastante para muchos. ─Quizá bastante pero no demasiado. ─¿Cuál es la diferencia? ─Tener bastante es una cuestión de saciedad y tener demasiado asunto de sensibilidad. ─Por ahora te lo acepto, ya veremos si más adelante tu premisa se sostiene. ─¿Quieres decir que no crees que se pueda tener demasiado? ─No si tu pretensión es dar el mismo énfasis que Rimbaud. ─El qué. ─Aquello de: ¡he tenido demasiado! ─No. Esa no es mi pretensión ─dijo con aire abatido el interlocutor sin nombre. ─Claro, Rimbe lo dice con hastío, «j’en ai trop pris», tú en cambio, intentas lanzar un grito de júbilo, algo así como que alcanzaste el orgasmo. ─Saciedad, sí. ─Ese es el problema de leer traducciones, el problema con todo. ─Incluso la alteridad. ─Especialmente la alteridad. ─Y qué es lo que hacemos… imposibilitados para realmente conocernos. ─Ese es tu problema, yo no tenía la menor intención de iniciar el contacto. ─¿Y por qué atendiste a mi pregunta inicial? ─Porque me miraste a los ojos… y creíste mirarte en ellos. El interlocutor sin nombre se queda callado. No puede disimular el de pronto sentirse incómodo. Ella ya lo ha descifrado, y él ni siquiera está cerca. Ella es un enigma. ─¿Serías mi esclavo? ─dijo Alicia con la mayor naturalidad, como si pidiera una taza de café, o pidiera que se llevaran la mantequilla y mejor le trajeran mermelada para untar en su tostada. ─¿Qué? ─Lo que oíste, no me hagas repetirlo. ─¿En que consistiría que lo fuera? ¿Habría un contrato de por medio? ¿Tengo que responderte en este momento? ─Eres cobarde, pero me gusta tu actitud. ─¿Es malo que sea cobarde?, es decir, ¿eso me quita puntos contigo? ─Es malo si lo eres pero te engañas creyendo que no lo eres. ─A veces nos engañamos. ─¿Crees que soy bella? ─Sí. ─¿Crees que siempre lo seré? ─Por supuesto. ─Te engañas… y me haces perder mi tiempo. ─Yo sólo quiero conocerte, saber un poco de ti. ─Qué te puedo decir, tengo 23 años y algo de suerte para atraer a las lesbianas, y por cierto, no soy lesbiana, aunque a veces pienso que preferiría ser hombre, pero de ser así te aseguro que andaría con hombres; fumo cigarrillos incluso en la ducha; hace poco empecé a escuchar a los Pixies y me gustaron, en serio, creí que sabía de música, pero cuando me los recomendaron comprendí que había mucho más en la vida; soy egoísta, muy egoísta, no tienes idea; ya no tengo gatos, el último que tuve me engañó fingiendo su muerte, todavía no me repongo de eso; en ocasiones duermo doce horas,


39 37 mi meta es dormir dieciséis horas al día; no creo en el alma y me gustan las explicaciones que la ciencia da al por qué de las emociones; las preguntas que me hago son del tipo ¿qué haces cuando estás solo y no duermes?; cuando me despido de alguien o salgo de algún lugar nunca volteo hacia atrás. ─Luego de decir esto, Alicia guarda silencio un momento y agrega─ ¿Alguna otra cosa que quieras saber? ─Tu número de teléfono. ─¿Qué quieres de mí? ─Quiero saber más, quiero saberlo todo, quiero darte mi alma y que tú compartas un poco de la tuya conmigo. ─Qué absurdo. Además, te dije que no creo en el alma. ─No importa. Lo que para mí es el alma, cómo decírtelo para que me comprendas… es ese algo que te hace ser quien eres y no alguien más, no es algo que se pueda explicar o se pueda decir si está en algún lugar especifico en nuestro interior, quizás ni siquiera necesites preguntártelo, sólo creer que hay algo. ─¿Esa es tu definición de alma? Prefiero seguir atenida a la vulgaridad de la materia. ─Tal vez fui demasiado romántico en mi definición, olvida todo eso, lo que para mí es el alma para ti puede ser equivalente a la voluntad, ¿posees una voluntad, no es cierto? ─Claro que la poseo, pero a veces prefiero dejarme llevar. ─Y por qué no dejarte llevar conmigo. ─No lo sé, sigo dudando de tus intenciones. ─¿Temes que no sea honesto? ─Por el contrario, lo que temo es que estés convencido de tus palabras. ─Lo que quiero es ayudarte. ─Conque quieres ayudarme, yo no te he pedido ayuda, ni creo necesitarla. ─Tal vez no pidas ayuda, pero te hace falta algo. ─Supongamos que me hace falta algo y no estoy diciendo que así sea, dudo que tú puedas dármelo. ─Nueva estrategia. ¿Eres Feliz? ─Define felicidad. ─No voy a caer en la trampa. ¿Tienes la vida que quieres? ¿Desearías que las cosas fueran como tú quisieras que fueran? ─Las cosas no tienen por qué ser como uno quiere, ¿cierto? ─Cierto. ─Te haré daño, si te quedas conmigo te haré daño, y terminarás resentido, odiándome, y querrás vengarte. ─No, no lo haré, ¿cómo podría odiarte? ─¿Es que no lo ves? No te convengo. ─No sabes lo que me conviene, ni siquiera sabes lo que te conviene, no sabes lo que quieres. ─Sé lo que no quiero. ─Eso no basta. ─Para mí sí. ─No te creo ─¿Qué diablos quieres de mí? ─Ya te lo dije, quiero ayudarte. ─No, no te creo. Déjame en paz. ─No te voy a dejar en paz. ─¿Qué chingados quieres? ─Ya te lo dije… ayudarte.


40 38 ─Sabes qué, yo me voy ─dice Alicia en un tono de completo fastidio, da media vuelta, está a punto de irse, el interlocutor sin nombre la sujeta del brazo, con suavidad, sólo para hacerle saber que no la dejará ir, ella intenta zafarse, y entonces él la sujeta con más fuerza, pero no la lastima, eso la hace reaccionar─. Está bien, te escucho. ─¿Qué ocurre contigo? ¿Alguien te lastimó mucho en el pasado? ¿Puedo hacer algo por ti sin que sientas que lo hago con una doble intención? ─No es como tú crees. No eres el problema, lo que quieres hacer por mí no es el problema, bueno, no del todo. Has sabido ganarte mi confianza, te contaré la verdadera razón. ─¿El origen de tú tristeza? ─No precisamente… algo por el estilo. ─Te escucho. ─Es… cómo decirlo… son mis sueños, tengo extraños y terribles sueños. Despierto y aun creo estar en mis sueños, necesito de unos minutos para reajustarme a la realidad y cuando eso ocurre olvido lo que había soñado. Un día me quedé dormida, no sé de qué iban mis sueños, y cuando desperté me encontraba aquí, en este lugar, en esta vida, no sé explicarlo, pero creo que este es un sueño. ─¿Quieres decir que todo esto es un sueño, que yo no existo y que tú eres una extensión de tu ego y nos estás soñando? ─Quizás. Pero también pienso en la posibilidad de que este es el sueño de alguien más y eso me perturba aun más. ─Y el problema con que quiera ayudarte, es acaso porque crees que esto no es real, o peor aun, que yo no soy real. ─Por el contrario, sé que eres real, no me preguntes cómo pero lo sé. ─Entonces… ¿cuál es el problema? ─No lo entiendes. No puedo confiar, sé que eres real, y te has portado de lo mejor conmigo, como nadie lo ha hecho en mucho tiempo, pero tengo miedo. ─Sólo ha de ser un poco de paranoia. ─Paranoia dices. No me entiendes, no sé por qué creí que entenderías. Mejor me voy. ─Espera, te propongo algo, empecemos de nuevo, finjamos que no hemos tenido esta conversación, finjamos que acabamos de vernos y volvamos a empezar. ─Ya es tarde para eso. ─Nunca es tarde, no mientras estemos aquí y ahora. ─O en otro lugar, mañana y a la misma hora. ─En serio, podemos hacerlo. ─No se puede, ya lo he intentado, todo salió mal. ─¿Y entonces? ¿Qué es lo que va a pasar? ─¿Qué quisieras que pasara? ─¡Ahora tú me preguntas! ─¿No te parece divertido? ─¿El qué? ─Esto, seguir aquí sin llegar a ningún sitio. ─Veo que te has puesto de buen humor. Será acaso porque me has hecho olvidar el ofrecerte ayuda. ─Vuelves con lo mismo. Contigo en verdad no se puede. No entiendes. No has comprendido nada de lo que te he dicho. No quiero ayuda, es peligroso. ─¿Por qué es peligroso? ─Porque la necesito. ─No comprendo.


41 39 ─Claro que no comprendes. ─Ayudame a comprender. ─Eso intento, pero te cierras demasiado. Está bien… hmmm… ya está, lo tengo. Tú quieres ayudarme, pero yo no quiero tú ayuda, ni la de nadie. Sé lo que puedes hacer por mí: Ayúdame a no necesitar ayuda. ─Eso ya lo había escuchado antes, es como un verso de Alejandra Pizarnik: ayúdame a no pedir ayuda. El interlocutor sin nombre no sabe qué pensar. Esta chica, Alicia ─él no sabe que la llamamos así─, lo ha llevado más allá del desconcierto. Incluso comienza a dudar que todo esto realmente esté ocurriendo. Piensa: «si realmente esto es un sueño, entonces nada importa». Se arma de valor, el interlocutor sin nombre se arma de valor y toma por el talle y la nuca a la desconocida que llamamos Alicia. La inclina hacia atrás y la besa como si la vida le fuera en ello. Ella responde de la misma manera. ─Eso era lo que quería desde el principio, pero tú tenías que darle tantas vueltas al asunto ─dijo Alicia algo agitada y con el rostro encendido. En algún lugar, a lo lejos, se escucha I’m Only Sleeping de The Beatles, con sus guitarras en reversa. ─Pensé que… ─Ese es tu problema, piensas mucho. En lo que sí tienes razón es en eso del aquí y ahora. Todo lo que tenemos es el instante presente, al menos como una vaga intuición que recuperamos una y otra vez, cada que nos detenemos a pensar en lo que fue, pero hay quienes voltean demasiado hacia atrás, y eso no es saludable. ─Rehusarse a aceptar ayuda tampoco es saludable, por cierto, ¿cuál es tu excusa? ─Siempre he desconfiado de la bondad de los extraños ─dijo Alicia guiñándole un ojo a su interlocutor y cerrando el libro.


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45 43 POEMAS EN PROSA

Hans

Blumenberg

El mundo que tuviste ante ti se ha desvanecido: ninguno de los dioses ha sobrevivido, ni siquiera aquél que mandó a su hijo a morir. Sólo nos queda la fuerza de nuestros brazos, la pasión de nuestros corazones y el ingenio de nuestras mentes. ¡Cuidado! Se acerca una tormenta. No tiene caso que reces, los dioses no te protegerán, mejor corre a guarecerte. Si quieres sentirte orgulloso de algo, enorgullécete de haber vivido, no importa si tu vida es gloriosa o insulsa, de todas formas no hará eco en los salones del espacio y el tiempo.

Lo s D i o s e s

¿Qué clase de dios es ese que manda a su hijo a morir? Peor aún: ¿Qué clase de hijo divino es aquel que se deja matar por seres inferiores, llámense romanos o judíos? - Si se hace caso a la teología, el hijo y el padre son uno mismo: fue el propio padre quien se dejó morir. Un dios así no es de mi agrado. Otros dioses hubiesen tomado las armas. Odín sabía, como el hijo de aquel dios, que iba a morir. Preparó su escudo y su lanza, hizo a su ejército con los guerreros más bravos; y cuando vio a la serpiente constreñir al mundo y al lobo engullir al sol, hundió su espada en el pecho de la fiera, mientras esta le hendía la carne con los colmillos. Odín no se amedrentó ni murió sin presentar batalla. Un dios así me agrada.

Moulin Rouge

Hay en las pelirrojas cierta vulgaridad. Son lascivas, concupiscentes, sensuales, excitantes, voluptuosas, incluso bellas y hermosas, pero las pelirrojas tienen algo de vulgar. No son como las rubias, que tras sus caras de ingenuas y bobaliconas esconden a unas zorras frías y calculadoras; tampoco son como las morenas, las ambiguas y enigmáticas morenas, que pueden ser tiernas y dulces, o fuertes e intempestivas, infantiles y dominantes. No, las pelirrojas son vulgares; no importa si son de tez blanca o morena, si sus ojos son negros o tienen el color de la miel –lo que las vuelve aún más excitantes–, o si sus voces son melodiosas, las pelirrojas llevan un halo de vulgaridad a donde quiera que van, puede decirse que tienen algo de sucio y antihigiénico –sífilis y gonorrea revolotean por mi cabeza y mi entrepierna–, y aún así son sensuales y atrayentes. Quizás sea que son demasiado exóticas, y es por eso que la mejor profesión que han encontrado ha sido la de la hieródula y la hetaira. Tal vez fueron ellas las que dieron nombre al Moulin Rouge, el molino rojo donde los hombres pierden la cabeza: es un lugar que transpira sensualidad y concupiscencia con un toque de vulgaridad.


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DARK SPIDEY RETURNS

por Jorge Sánchez Vázquez

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Más de un cuarto de siglo ha pasado desde que irrumpieran en el mundo del comic eventos del calibre de Watchmen y The Dark Knight Returns. Muchos se preguntaban en que momento la historieta de superhéroes daría el siguiente paso. Los noventa habían sido un fiasco, pues los autores intentaban emular lo ya abordado por Alan Moore y Frank Miller, pero no dejaban de ser malas imitaciones que se limitaban a reproducir una oscuridad e hiperviolencia gratuitas, y dejaban de lado el conflicto interno y las motivaciones de los personajes, pero dando un completo culto a la imagen. Eventualmente no tardarían en aparecer verdaderos visionarios en el terreno de los superhéroes. Autores como: Grant Morrison, Mark Millar y Warren Ellis, lograrían llevar a los héroes disfrazados al nuevo siglo (camino previamente señalado por Moore y Miller), de modo que en la actualidad las historias de este género han mejorado notablemente. Tuvieron que aparecer obras como Animal Man, Doom Patrol o Flex Mentallo, debidas a un Morrison totalmente inspirado y desatado, para revitalizar a clásicos como X-Men, Batman o Superman, y es también gracias a Morrison que a mediados de los noventa la JLA recuperara el esplendor de antaño, dando con ello pie a un proyecto que resultaría crucial en la nueva noción del superhéroe, nos referimos por supuesto a The Autority, propuesta innovadora debida a la pluma de Warren Ellis y al cinematográfico trazo de Bryan Hitch, cuyo planteamiento abarca 12 números (en su versión seminal) en los que “la Autoridad” enfrentará tres amenazas en escalada.

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De similar estructura dotaría Mark Millar a sus Ultimates (13 números en su primer volumen). Colocados estratégicamente como el colofón del universo Ultimate, una maniobra de Marvel (ideada a principios de la década pasada) para reinventar sus clásicos y enganchar a las nuevas generaciones; The Ultimates resultan ser una versión realista de los héroes más poderosos de la tierra (The Avengers): un Tony Stark muy cercano al interpretado por Robert Downey Jr. (siendo que en aquel momento ni siquiera se pensaba en una película de Iron Man); una Wasp insegura que es abusada por su marido Giant Man (en alusión a lo sucedido en The Avengers #213); un Thor literalmente salido del manicomio; un muy conmovedor Capitán América, vuelto del limbo más de medio siglo después, encontrando que toda su familia ha muerto y que su prometida se casó con su mejor amigo y ahora ya son abuelos; un Bruce Banner suerte de Dr. Jeckill, cuyo alter ego tiene más en común con Mr. Hyde que la simple inicial; y finalmente, un Nick Fury interpretado por Samuel L. Jackson, tanto en el comic como ahora en las nuevas películas de Marvel. Mención aparte merece el Superman Red Son que, a mi parecer, coloca a Mark Millar junto a unos pocos autores que han logrado elevar los estándares en las historias del último hijo de Kriptón. A principios de 2007 irrumpiría una muy peculiar aventura del hombre araña. Bajo el sello Marvel Knights (lo cual augura una mayor calidad), el camaleónico arte de Kaare Andrews nos narra la visión de un anciano Peter Parker que ha colgado las redes. Sólo es cuestión de hojear las primeras páginas de Spider-Man Reign para apreciar los constantes guiños a “El Regreso del Caballero Nocturno” de Frank Miller, tanto en la estructura del relato (cuatro tomos, cada uno con más de 36 páginas), el inevitable regreso de nuestro héroe en retiro, la reaparición de los villanos (también retirados o en prisión), el uso de los medios de comunicación como un elemento más para reforzar la narrativa, y también, un ligero deja vu en el estilo de dibujo a obras como Elektra Lives Again, Sin City o el propio Dark Knight ―está de más mencionar que la portada del número uno es un claro homenaje a otra portada que dibujara Miller para la serie de Daredevil.

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Para quienes ya leyeron The Dark Knight Returns, la idea de un Peter Parker anciano quizás no les resulte del todo atrayente, pero les aseguro, una historia como SpiderMan Reign no aparece todos los días. Ver al viejo Pete con problemas de dinero (como toda su vida), alucinando a su esposa muerta (de lo cual se culpa), y al ser reveladas las circunstancias de dicha muerte uno no hace sino conmoverse al punto del desasosiego. Nueva York es controlado por el llamado “Reign”. Han desaparecido los vigilantes enmascarados; los únicos que portan máscaras (pasamontañas) son la policía militarizada. En la ciudad se respira una atmósfera orweliana: ya sea por las pantallas gigantes que muestran lo que el gobierno quiere (se promociona constantemente un domo de energía que mantendrá a salvo a la ciudad de ataques terroristas, y se recalca que serán removidas antenas y


campanas de los edificios), o repentinos toques de queda y brutalidad policíaca. Tanto la historia del encapotado como la del trepa muros tienen en el gobierno un elemento de antagonismo clave. También coinciden en presentar un grupo de marginados que serán liderados o inspirados por los héroes. En Batman son los mutantes, que al ver derrotado a su líder seguirán la cruzada del Caballero Nocturno contra la opresión. Por su parte, en Spider-Man Reign, el grupo oprimido es encarnado por la generación más joven, sin libertad de decisión o siquiera de opinión. Lo paradójico aquí es que quien lidera a los niños es el viejo J. J. J. Resulta inspiradora la escena del segundo tomo en que Jonah Jameson da un discurso a los niños en una iglesia abandonada:

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Sus abuelos se asustaron y os encerraron en esta cuidad. Yo huí antes de que me encerraran con vosotros… todo el camino hasta la montaña debido a que también estaba asustado. Asustado de tomar la responsabilidad y desde esa montaña, los vi construir una torre gigantesca sobre ustedes ―y luego agrega―: Él los traerá a darse un festín con sus almas. El demonio. ¿Quieren seguridad? ¿Quieren seguridad? No busquen a alguien más. Busquen dentro. Porque cuando pierden responsabilidad personal, pierden poder personal.

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Es también Jameson quien se aparece a Peter para recordarle quien solía ser ―le devuelve su vieja cámara envuelta en su máscara negra. Las similitudes entre la obra de Andrews y la de Miller siguen. Ambos se ocupan tanto del guión como del dibujo, por tanto son obras personales. Si bien es innegable que Spider-Man Reign no podría haber existido sin su predecesora, no obstante podemos asegurar que posee un carácter propio. Quizá porque los protagonistas de ambas historias son diametralmente opuestos: Batman, el caballero de la noche, obsesionado por la muerte de sus padres, es un héroe oscuro, si bien posee una inamovible noción de justicia, constantemente es arrastrado hacia el horror de la naturaleza humana; Spider-Man en cambio, es el hombre que se enfrenta a la adversidad, si bien la culpa por la muerte de su tío es su motivación para proteger al inocente, su visión del mundo es luminosa, siempre bromeando, aun en el peor momento. Ambas historias parten de un concepto en común: el cenit del héroe. Si bien las dos historias abren la puerta a una siguiente aventura (cosa que ocurre en DK2), dudo que veamos una secuela de Reign, y no por falta de capacidad de Mr. Andrews, o porque la historia no dé para más, sino porque sería innecesario agregarle algo al mito de la araña en el crepúsculo de su carrera. En los que si difieren las dos historias es el papel desempeñado por los villanos. En Dark Knight Returns, ade-


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más de los mutantes, Batman se enfrenta a Dos Caras y el Joker, no obstante, al representar una amenaza para el régimen gobernante, encontrará su batalla final contra el hombre de acero. Por su parte, en Spider-Man Reign la arañita se enfrentará por enésima vez a sus seis: Electro, Escorpión, Kraven, Hidroman, Misterio y el Arenero (este último tendrá una participación similar a la de su símil en el filme Spider-Man 3), todos ellos controlados por el alcalde de Nueva York, quien a su vez es manipulado por un ser aún más siniestro.Algo que no se puede dejar pasar al poner en la balanza ambas novelas graficas, es el lugar que corresponde a cada una, tanto en la historia del comic en general, como en los respectivos universos de ambos personajes.El Dark Knigth Returns de Frank Miller fue pensada como la obra definitiva sobre el hombre murciélago, y por tanto siempre habrá un antes y un después del cual es referente, esa es y será nuestra percepción al releerla o cuando nos acercamos a ella por primera vez. Una obra épica, un referente para todas las generaciones. En cuanto al Spider-Man Reign de Kaare Andrews, una vez que se ha hecho el primer contacto con esta extraña joya, inmediatamente sentimos desazón por ver a nuestro amigable vecino de siempre en el ocaso de su vida, enfrentándose solo a un abrumador mundo de maldad, y ¡oh sorpresa!, una vez más sale avante. Y es que la naturaleza del hombre araña, amen de todos los giros y reveses que ha sufrido a lo largo de sus casi cincuenta años de existencia, es la de inspirar al hombre común para que aproveche su potencial.

La novela de Andrews posee un carácter de aventura épica, pero al mismo tiempo nos mantiene dentro de los límites del mito que es Spider-Man, esto es, no pretende contarnos la historia definitiva del hombre araña, antes bien, se asume como una historia más, pero no cualquier historia, sino una que nos mantiene confiados de que el cabeza de red aún puede asombrarnos.


51 49 LA OTRA NOCHE DEL CABARET*

J. S. Cainiz

“Si cerraras la puerta, la noche podría durar eternamente” Lou Reed

Esa noche la prolongué sólo para ti. Honestamente no fue lo que esperaba, aunque debo admitir que contigo no debe esperarse nada. Cruje la sombra de la noche oculta sus redondeces hundo mis manos en tu abrigo palideces… (Un agujero en tu vestido de noche, no se verá sino hasta el amanecer.) Vale más la indiferencia de ser un bocado en la sonada aniquilación del arte cuando todos ocultan su fealdad bajo las luces estrobo preñando de clandestinidad aquellas situaciones más risibles te empeñas en aquello que tanto me desagrada verte caer como ángel apedreado preferiría abordar mi propia carroza fúnebre quisiera decir que temo dejarte a la deriva

* Publicado originalmente en Tierra baldía No. 43


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pero sólo son celos (no comparto la enferma fijación de Leopold) nos bebimos la noche drenando todos y cada uno de los fantasmas que ardían tras el espejo sin más música que los íntimos y trágicos pensamientos encerrados en nuestras mentes como marchitas muñecas sin vientre mutiladas quimeras sorprendidas en el quicio de la agonizante noche y a pesar de todo créeme cariño no hemos hecho el viaje en balde además, ¡no podía ser para siempre! dejas la puerta abierta y la noche se nos escapa dejas entrar al sol que nos petrifica y nos vuelve cotidianos pensé que eras la señorita nosferatu la pequeña vampiresa con la espalda descubierta la que sufre en soledad el ardor de sus labios. Ódiame si quieres yo te amo por lo que eres ahora sabes lo mucho que me duele llegar al final de la noche pero lo haría de nuevo por ti.


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dukkhadencia 01  

numero uno de la revista

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