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NĂşmero 2, AĂąo I Marzo, 2013

Drama en Gente Revista Apasionada


Directorio Dirección

Andrea Alamillo Rivas

Diseño

Pablo Fernández

Jefe de información

Ignacio Hernández

Corrector

Abraham Ibáñez


Índice Editorial

4

Un amor del demonio

5

Reseña Les Misérables

6

Los amorosos tormentos de una musa incomprendida

7

Minibiografía: Chopin

8

El amor y Schopenhauer

9

Un ciego frente un aparador

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La musa y el artista

15

Amor, Tequila y otros males 16 Miércoles de Inés

17

Perdido y encontrado

19

A las mujeres de ojos tristes 21 Galería

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Colaboraciones

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Editorial Amor es lo esencial. Sexo, mero accidente. Puede ser igual O diferente. El hombre no es un animal: Es carne inteligente, Aunque algunas veces enferma. F. P.

El drama en gente es interminable, inexplicable e intrascendente. Se percibe en las miradas y en las palabras, en los gestos y en las voces. Se cree comúnmente que el drama es propio de retablos, de actores y actrices profesionales, creencia por demás errada; el drama nace de lo cotidiano, del tedio. Se da siempre en un retablo -no de madera- frente a un público no consciente de serlo y sin un ensayo previo. El verdadero drama se da día con día y tiene tantos rostros como el hombre mismo. Hemos visto al mundo al pasar junto a él, nos maravillamos en su rostro y contemplamos su desgracia con el oprobio de compartir sus lágrimas, es por eso que en este número el drama se trata de volver, junto al recuerdo, a brindar por los malos amores, por los besos dados y los perdidos. Sí, el drama de este número es el amor, el más grande de los dramas habidos y por haber en la vida humana, causa de guerras y poemas, de muertes y vidas, de desconsuelos y alegrías, de tequilas, canciones y versos. El rostro del drama de la gente siempre está en movimiento, baila al compás desaforado de las bocinas de los autos y las radios descompuestas, se pierde entre satélites y mensajes de texto, pero está presente a casa paso, a cada despertar y, citando a José Alfredo Jiménez... Yo sé que noche tras noche va creciendo más y más. DG.

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Un amor del demonio Un cuento de Abraham Ibáñez

Llegó puntual a la cita que había concertado con la secretaria semanas atrás. Vistió su mejor atuendo, pues es bien conocido que el maligno porta un estilo más exquisito que el de los propios ángeles. A Rocío no le había importado la austeridad monetaria; ella estaba locamente enamorada de Daniel. Se les veía felices amándose como quien lo hace por primera vez, perdidos entre la pasión y el nosotros. Él, en cambio, se mostraba cada vez más preocupado y presionado económicamente al punto de obligarse a buscar patrocinio del «mal». Lucifer lo recibió en su oficina y de inmediato lo trató como a un rey: whiskey, tabaco, un buen asiento, la charla, el contrato. El acuerdo legal: siete años de infinitas riquezas materiales que tendrían por cierre la entrega del alma de él. Contrato firmado y celebrado por ambos lados, excepto por Rocío quien días después, dicen, buscó al demonio para cancelar el arreglo. Los más hábiles abogados impidieron su pretensión. Sin embargo, Rocío de infinita belleza- había logrado cautivar al diablo, quien no pudo más que contenerse en el instante. Cuentan que después de la discusión, la pareja terminó por aceptar los bienes y disfrutar con cada gramo de su presente los placeres terrenales. El diablo, envidioso y lleno de vanidad, no se resistió a la tentación de seducir a Rocío. Ella no tuvo ojos para nadie que no fuera su impulsivo amor. Harto y furioso, el demonio buscó venganza y retó a Daniel a un duelo de cartas. Si él ganaba, robaría el alma de ambos y disfrutaría personalmente la de Rocío. Si Daniel ganaba, riquezas y almas quedarían intactas. Él aceptó la apuesta. Después de un largo duelo, Daniel se levantó con la victoria. En un arranque de ira el diablo le robó el alma y se fundió en un fuego abismal para no volver, o eso pretendía. La demanda no se hizo esperar: el incumplimiento del contrato obligó al diablo a volver con el alma de Daniel y, además, pagar en moneda nacional la indemnización por daños morales y a la salud. Dicen que el diablo no se recuperó pronto de esto: consultó a sus asesores personales y se comprometió consigo mismo a destruir por la vía natural un amor que parecía eterno. Cosa que no hizo falta. Los medios oportunistas se habían encargado de afamar a los involucrados en el caso: ella posó en revistas, cayó en adicciones, dejó a Daniel y se casó con un galán de telenovela. Él se integró a una orden religiosa para ayudara los pobres. En cuanto a Lucifer, devastado, juró por Dios mismo no volver a enredarse en semejantes infiernos.

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Director: Tom Hooper Reseña cinematográfica

Actúan: Hugh Jackman, Anne Hathaway, Russell Crowe Guión y Música: Claude-Michel Schonberg y Alain Boublil

Les Misérables Por Ignacio Hernández

Hay cosas que no tienen precio. La dignidad humana, el valor real de la vida, la libertad y el amor. Todas ellas fueron enaltecidas por el laureado poeta francés Victor Hugo en su novela de 1862, Les Misérables. Sin duda el mensaje de Victor Hugo es claro e invariable y sobrepasa las barreras del tiempo. Tom Hooper, ganador del premio Oscar como mejor director en 2009 por The King’s Speech, nos trae esta magnífica adaptación del musical basado en la obra de Victor Hugo. La película cuenta con una producción impecable, montajes impresionantes y un talentoso elenco que cumple de manera extraordinaria con la difícil tarea de interpretar sus canciones en vivo y frente a la cámara, algo nunca antes visto en la historia del cine. Hugh Jackman brinda una poderosa actuación como Jean Valjean y la recién premiada Anne Hathaway se luce con su desgarrador retrato de Fantine, mientras que Russell Crowe nos muestra una interpretación que hace justicia al complejo personaje del inspector Javert. Hooper y los autores del musical en el que está basada nos brindan una bella reflexión sobre la redención y el deber, tan inspiradora como bien hecha. Les Misérables es un musical, es un filme y es un trabajo artístico de magnitud tan grande como el mensaje que lleva… Do you hear the people sing?

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Los amorosos tormentos de una musa incomprendida Por Fernando Turrent

Si bien es sabido que el amor es cosa difícil, pregúntenle a Juana de Asbaje. En sus poemas no sólo trata el amor divino, tras ella se encuentra un vacío y una pasión que arden fervientes al tomar la pluma y escribir los versos. Muchos la consideran una eterna enamorada, un alma solitaria, una devoción doble tanto a dios como a la ciencia, esos y más son los amorosos tormentos de Sor Juana Inés de la Cruz. Los amores de Sor Juana están cubiertos de misterio y tejidos con sombras y telarañas del tiempo. Muchas son las especulaciones sobre los mismos: son el remordimiento de un enclaustre pasional que nunca pudo desaparecer, la sustitución de un amor carnal por un amor a la tinta y la pluma, intercambiando besos por versos y plasmando sus pesares secretos sobre el amor en el papel. Los sonetos “De Amor y Discreción” en sus obras completas son complejos y detallados. Entre ellos los más significativos tratan los pormenores de la razón frente al corazón, en los que refiere a una “conversación” con ella misma, debatiéndose entre sus múltiples enamorados de cartón, Fabio, Silvio, Feliciano y Lisardo, todos ellos imágenes de piedra que nunca podrá alcanzar. Estas figuras de humo son un reflejo de la ciencia contra el amor puesto por primera vez en la mente de Sor Juana, tal vez no lo intentaba presentar así pero los debates amorosos desencadenan un ejercicio de poner en la balanza a todos los

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amantes y decidir si sus virtudes y su amor corresponden a la autora. En el último soneto (168) Sor Juana pierde la pelea contra la razón, aunque es denominado gusto, el amor para ella es nublado por las alas de la ciencia, la virtud recae en lo científico no en lo pasional, este debatir es característico de la época. Muchos autores abarcan el concepto del amor y la razón como una eterna disputa entre ambos para determinar quién se queda con el premio de ser el más amado o por el contrario en qué ser amado se introducen ya sea con el fin de destruirlo o impulsarlo. No es en vano que sus “amorosos tormentos” sean estos la ciencia contra el amor. El desborde pasional en Sor Juana se difumina al eclipsarse la época, al ser censurada su necesidad de investigar; es entonces cuando la flama de la Fénix desaparece y se vuelve una simple mortal ante los dioses de la ciencia y el amor. Pero así como su nombre lo indica, revive de entre las cenizas destronando a los injustos y desbordando su deseo. Asbaje no es conocida por los romances y amores pasionales, carnales; los dolores que debe sentir como autora, como monja y como mujer son en verdad severos. Si Santa Teresa debatía un amor a Dios como su esposo, Juana hace a Dios a un lado para engrandecer el intelecto como la mayor virtud y no el amor a Dios, de ahí su doble vida amorosa, supuesta esposa de Cristo tentada por un amante prohibido, la víbora en el Edén, la razón y


la curiosidad. Ambas caras de la moneda son resultado de los múltiples debates de Sor Juana para poder expresar la pasión desmedida hacia la Marquesa de la Laguna, el maestro Carlos de Sigüenza y Góngora y otros, supuestos amantes tras la célebre musa. Por ello es cierto que además del amor a la razón, a la pasión y a Dios, ella cuenta con un tercer amor el propio y hacia el prójimo, los interminables debates y las innumerables discusiones hacían a Sor Juana amara a la persona considerada lista, al preparado, al que fuera un solitario como ella. “Este amoroso tormento que en mi corazón se ve, sé que lo siento, y no sé la causa por qué lo siento.” Quería terminar con estas breves líneas de su Redondilla de amor más conocida. Hablar de sus amorosos tormentos es tarea no sólo para los preparados, sino para quien como humano no sienta temor hacia otra clase de amor, un amor secreto y misterioso, perdido en las arenas del tiempo y sepultado entre el polvo y la tinta de los pergaminos de la Décima Musa.

Referencias De la Cruz, Sor Juana Inés. (2007) Obras Completas. México: Editorial Porrúa, Colección “Sepan Cuantos…” Núm. 100.

Minibiografía

Chopin Fryderyk Franciszek Chopin nació en Żelazowa Wola, Polonia el 1 de marzo de 1810. Fue uno de los principales compositores y pianistas del Romanticismo. Cuando tenía siete años de edad, compuso su primera obra, la Polonesa en Sol menor y a los ocho años dio su primer concierto público el 24 de febrero de 1818. Continuó componiendo excelentes obras durante toda su vida, ganando el reconocimiento de toda Europa. Falleció en París el 17 de octubre de 1849, a la edad de 39 años. Durante su funeral, se interpretaron sus Preludios en Mi menor y en Si menor, y el Réquiem de Mozart.

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El amor y Schopenhauer

Por Abraham Ibánez

¿Usted conoce a Schopenhauer? ¿Le suena? Apellido raro para el habla hispana, hombre de letras, por supuesto. Tal vez si agregamos a nuestra base de datos el pesimismo y la misoginia, brille sobre nuestras cabezas la imagen del ilustre filósofo, autor de El mundo como voluntad y representación o de obras más pequeñas –pero no por ello menos interesantes-, como en este caso se hablará, de El amor, las mujeres y la muerte.

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Así es: nuestro filósofo alemán nacido en los últimos respiros del siglo XVIII también quiso abordar el tema del amor, el amor de dos, de un hombre con una mujer. Ese fin último de casi todo esfuerzo humano acometió la voluntad de nuestro pesimista favorito para dejarnos un material que tal vez no ha sido interpretado como él hubiera querido, y es que el precursor de otro grande –Nietzschetenía en mente ideas que Platón o Spinoza habían sembrado profundamente en él, y que junto a su agradable visión de la vida – nótese el sarcasmo- germinaron en lo que se puede considerar como demasiado físico o demasiado material, en sus mismas palabras. Pues bien, el buen Arthur nos dice que nuestra voluntad, la que usamos para elegir el sabor de nuestro helado o la película que veremos, y la misma que usamos –aparentemente- en la elección de nuestra pareja, queda subordinada a una mayor: la voluntad de la especie. Porque el amor de un hombre hacia una mujer y viceversa, motor dual de los corazones –y otras cosas-, nos lleva a un sencillo y somero final: sólo se trata de que cada macho se aparee con su hembra. Pueden reprochar ahora todos los soñadores y poetas que lleven al cielo tan maravilloso sentimiento y consideren indigna tal afirmación; el mismo filósofo lo tuvo contemplado. Su perspectiva no era trivial; la importancia de este asunto es de vital importancia ya que se trata nada menos que de la procreación de las próximas generaciones. La esencia de esas personas futuras y la naturaleza propia de su carácter dependerá de las elecciones individuales a las cuales quedará fijado irresistiblemente el amor que se profesen los sexos. El amor se transforma en un medio, ¿para quién? Para el próximo ser que aspira a vivir en un ser nuevo y distinto, exactamente determinado. La Naturaleza precisa de una estrategia, una máscara para lograr el fin, y este antifaz vendrá a ser una admiración objetiva que subyace en el instinto del amor subjetivo ilusionando la conciencia del amante. Este amor viene a manifestarse con el ímpetu de la pasión, la posesión, la reciprocidad y el goce físico. Esta soberana fuerza trata de realizarse en el hijo que debe nacer de la pareja enamorada; en el entrecruzamiento de sus miradas preñadas de deseos se enciende una vida nueva, se anuncia un ser futuro, como una creación completa y armoniosa, nos dice el filósofo; el nuevo ser es una idea platónica que se concreta en un fenómeno preciso: la pasión de los padres.


El interés de la especie vendrá a ser esa fuerza que especifique las necesidades y características del individuo por venir. Aparece entonces la idea de la búsqueda de la perfección de este nuevo ser, una perfección, a grandes rasgos, de la especie. Surgen los complementos: se buscarán las cualidades que a X individuo le falten y que hallará en Y para que Z nazca completo. Tanto en lo físico como en lo psicológico jugará su papel este instinto de selección. Ello nos podría explicar de manera muy convincente el por qué de tantas parejas tan disparejas; ya se sabe, de antemano, polos opuestos se atraen. Cada cual ama precisamente lo que le falta. Juanito escogerá a Anita porque ella tiene esos bellos ojos y ella elegirá a él por esa inteligencia tan sobresaliente, por poner un vano ejemplo. Sí, si se lee directamente, hay consideraciones respecto a Schopenhauer que pueden quedar como insuficientes o desagradar en demasía, en especial si tomamos en cuenta el contexto social en el que se desarrollaba. También puede tacharse esta perspectiva amorosa como algo superficial, algo demasiado simple, animal, instintiva, pero vamos, la interpretación nos permite siempre ir más lejos del simple texto. Leer a Arthur “Don Pesimismo” no debe ser una tarea que se quede en las ideas más vagas. El amor que él nos plantea es, en otras palabras, un amor que vaya más allá. Nos advierte de la naturaleza y los instintos, del placer efímero que queda satisfecho con la relación física. Esa voluntad disfrazada de nuestra objetividad debe quitarse el antifaz para encarar de verdad lo que se desea, lo que se pretende, siempre sobrepasando nuestros límites. Después de todo, el amor debe ser un medio de superación y mejoramiento no sólo de nosotros, sino de toda una sociedad.

Referencias Schopenhauer, Arthur (2007) El amor, las mujeres y la muerte. Argentina: Gradifco.

"...Por ahí un papelito que solamente dice: Siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte." Julio Cortázar

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Un ciego frente un aparador Por Arturo M. Olivares Es un sentimiento común: de la cabeza del que escribe, como yo, sensación tan cotidiana a su estadía en las aceras y corredores del lugar, al hombre que desvaría se hastía y ama. Cae en cuenta del vientre que lo abraza, pues ve en la banqueta o la marquesina lo mismo: lo que se presenta o no es. Dándose -en la ocasión- el punto tangencial para buscar un nuevo acorde y desligarse, escaparse, fingirse libre. Y la mira, mira cómo lo hace. Se desenvaina y diluye en su inmensidad lunar. Se acrecienta clama la vida de la guitarra que regresa en canto. Levanta la razón de verse en la inmensidad mas no le responde, no siente el cambio de estación. ¡Ya no es invierno! le grita. Parece que bien ha sido la despedida de la noche que termina y su faz se enternece sólo en mi mano de magia y llanto. No recojo más que mi paciencia de hormiguero como tortuga panza arriba. Me detengo

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luna, insensible altar de ciegos. pretendes un kilómetro que recorra y que se amarillente y se ilumine con su estadía. Pero me fastidias con tu pose que no termina de empezar a moverse así que te creo como lo que se supone puede pasarse de lo que no es. Te enfrento a la vitrina que no sugieres romper y llegar a mí. Mira, mira como la mira en su caminar. Sus descalzos talones se lastiman con la arena del reloj del abuelo que ha muerto, de las calles que se hacen taciturnas con sus ojos, lo que la gente llama: guarda el amor en la casa. No quiero, no lo apoyo, y te ruego, como lo haría el que escribe. Hombre de fe que termina saliendo a la calle. Y la noche casi termina y no me respondes, luna. Duermes y no te veo y recorro la coyuntura me animas y bajas y terminas. ¿Llegará entonces el día? He de cansarme de mirar. Mira cómo la mira el que mira. Sus pies se derrumban, se hacen trigo seco, sequía, costumbre paisana de la pérdida. Y se cansa de pensarse en la penumbra, se alza. Se revela el sol, que le sustituye. Para qué te esfuerzas entonces vagabundo. Reclamas a la amada en su maniquí en la luna que se termina yendo y llegará. Se acabó.

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Zarza 2011


La musa y el artista

Un cuento de Andrea Alamillo

La noche era bañada con el rasgueo de una guitarra. La musa contemplaba el horizonte mientras un cigarrillo impotente sentía su vida calcinarse entre aquellos dedos de uñas color Merlot. Cualquier otra melancolía podría verse burlada de manera ridícula si se intentase aproximar a aquella escena de cuerdas flamencas y vestidos que descansan a los blancos pies soberbios de una dama sin recato, con todos los pasados posibles y sin porvenires factibles; y era ese mismo cuadro el que estaban condenados a repetir eternamente los ingenuos, el pobre teatro de la musa y el artista. Sucedió que una tarde de octubre, la musa caminaba calle abajo sus tragedias con parsimonia; una falda con maravillosos tejidos de fanfarronería se enredaba en sus tobillos a cada paso, el aire adulaba sus mejillas con roces poco sutiles que la hacían sonrojarse y tan poco le costó seducirla que en escasos minutos se le miraba despeinada y con cada uno de los poros erizados. ¡Ah, lo que es la vida! Precisamente esa misma tarde ocurrió que el artista puso sus botas en esa acera, pidió un café negro, sacó la vieja guitarra del estuche y emprendió el tan añorado camino hacia la inspiración que una tarde como aquella amenazaba con regalarle. Y así, él tocando cuerdas inexactas y ella marchando presuntuosamente por aquellas calles, segura de su presencia altiva y su mirar decidido, cruzaron caminos. La musa, cansada de su viaje, pidió un vaso de agua en el mismo café donde el artista improvisaba notas afligidas, tomó su bolso bandolera y sacó un libro de amores, desamores y pretensiones. Con absurda confianza, el artista comenzó a rasgar a su amante guitarra dedicándole acordes enamorados, los mejores que había tocado en su vida, y así, sin saber su nombre ni corazón, se abrió de un tajo el pecho, sacó su alma y la entregó a aquella guitarra, disponiéndose a enamorar a la musa por siempre. Pero bien es sabido que una mujer encuentra aburridísima aquella vida fácil de ganar sin concurso, y encantada con la simpleza del artista, se pavoneó frente a él, segura de que nunca le entregaría ni una pizca de lo que ella consideraba, era su corazón. Así que retomó el camino, mirando siempre al horizonte, sola, sin pasado ni emoción, mientras él, noche tras noche recorría las mismas calles y componía para su musa las más tristes canciones de amor.

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Amor, Tequila y otros males Por Abraham Reyes En el imaginario de nuestra sociedad, la expresión por antonomasia del amor y del desamor se encuentra en las canciones. No hay mejor manera de expresar nuestra alegría que con los versos que un día llenaron nuestras horas de felicidad; sin embargo, uno a veces cae en la tristeza, se decepciona del mundo, de la funesta realidad, se sumerge en la amargura del velo que cubre a las tragedias de lo cotidiano y no tiene otra opción que cantarle a ese sentimiento oscuro y azul. Cuando queremos encontrar las palabras para describir lo que nos sucede, lo que nos alegra o nos deprime, muchas veces no podemos hacerlo nosotros mismos y recurrimos a lugares comunes, a palabras dichas en otro tiempo, con otra voz; pero son un sentimiento tan parecido al nuestro que pareciera que las hubiéramos escrito en el instante en que las escuchamos. Una de las grandes cualidades de la música es el poder expresar las verdaderas palabras del alma. Es por ello que en esta ocasión y en este número dedicado al amor, al desamor y a otros dramas de esa estirpe, quiero dedicarle mis las líneas a una persona que hace mucho dejó esta tierra, pero que su espíritu continúa en la tristeza, en el amor y en el tequila de la despedida. Él nació allá, en un mundo raro cubierto de polvo, en el seno de una humilde familia, de costumbres elementales, de moral sencilla, de aspiraciones

pequeñas, gran jugador de futbol; sin educación musical pero con un gran talento para expresar con palabras, sonidos y silencios el lenguaje del alma. Sí, estoy hablando del «Rey», del mismo José Alfredo Jiménez. Mucho se ha dicho ya a lo largo de la historia sobre él; y es que cómo no intentar entender el misterio del hombre que logra entenderse a sí mismo y trasciende en la memoria de todos los hombres. No quiero ahondar más en su biografía ni redundar en críticas vocingleras sobre la estética de sus palabras; lo que quiero es recordarlo en este tiempo donde la música parece que no propone nada nuevo, recordar su legado musical que nos habla desde dentro, desde esa esencia que nos hace humanos y que nos demuestra que somos parte de este mundo en el que, según él, la vida no vale nada. En estas épocas tan cambiantes, tan dramáticas, tan complicadas y tan amorosas hay que recordar a aquellos que nos reinventaron el amor, a los que con sus palabras nos transformaron el mundo y nos demostraron que bajo el cielo rojo de la vida, la existencia muchas veces se resume a nada más que rodar y rodar; y porque no, recordar a José Alfredo como se merece, brindando en la cantina con su recuerdo.

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Miércoles de Inés

Un cuento de Pablo Fernández

"Si tú murieras Las estrellas a pesar de su lámpara encendida Perderían el camino ¿Qué sería del universo?" V. H.

Inés Gómez era una anciana común. Se había casado a los veintisiete y cincuenta años después tenía tres hijos y cinco nietos. El viejo Adolfo Vilar, su esposo, había muerto varios años antes presa del cáncer que el fumar cuatro o cinco veces al día le había provocado. Adolfo Vilar era conocido en la ciudad por su alma caritativa y su destreza en la interpretación del violín. No era rico pero prefería dar su poco dinero a quien lo necesitara. Cuando no podía juntar dinero para los enfermos, tocaba para ellos las sonatas completas de Beethoven, dando a la mayoría una gran alegría en sus últimos días. A los pobres siempre los recibía en casa con algo caliente para comer y organizaba recitales para obtener fondos que donaba sin preocupación. A Inés le agradaba que le conocieran por las obras de su esposo pero no era feliz; tenía un dolor pasado que nunca había podido curar: el dolor del corazón. Inés Gómez era una anciana común a la edad de setenta y siete años. Gustaba de sentarse a platicar con sus hijos y nietos de su vida de casada. Casi siempre estaba sola en casa, casi siempre esperando a que llegara algún pobre señor a pedirle un poco de sopa, casi siempre tenía la casa llena con pobres almas que buscaban algo de alimento pero en realidad estaba casi siempre sola. Nunca había perdido la esperanza pero, después de esperar por nueve años, siempre a la misma hora y en el mismo lugar, había preferido seguir con su vida. Antes, cuando tenía veintiséis años, había decido

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por fin volver a los bailes y a las comidas que había abandonado por su dolor. Lo había abandonado todo y ahora quería regresar a la vida; no había olvidado aún, por supuesto, pero quería hacerlo. Fue en una de esas comidas cuando vio por primera vez a Adolfo Vilar. Tocaba perfectamente una polka que animaba la tarde y todas las jóvenes mujeres estaban alrededor de él. («En ese tiempo, las mujeres se fijaban en los hombres cuando tocaban el piano o el violín, o pintaban, o cantaban, o escribían, no como ahora que se fijan en el cabello y la ropa», decía burlona a sus nietos.) Ella lo había visto con buenos ojos; no era perfecto, pero sí algo agraciado. Sin embargo, un dolor le recorría el alma y ni siquiera se levantó, como las otras mujeres, a su encuentro. Fue él quien, al notar su presencia, se acercó con su violín y comenzó a tocar para ella con esas manos toscas que se movían con gran maestría en aquel violín. Ella no atendió a sus ruegos hasta después de un año. Un año entero en el que Adolfo Vilar, enamorado, se presentara cada noche con su violín al pie de su ventana a tocar todo lo que sabía y hasta lo que podía inventar, siempre de la mejor forma. Se casaron finalmente en una gran ceremonia a la que asistió un desmesurado número de personas; las dotes de Adolfo Vilar comenzaban a ser conocidos. Inés Gómez era una anciana común, excepto por una cosa. Todos los miércoles salía por la mañana y permanecía sentada en una banca del centro hasta las dos de la tarde, cuando debía volver a su casa. Así lo había hecho toda su vida. Desde el momento en que Adolfo Vilar se casó con ella, desde mucho antes, a la hora del receso en la escuela preparatoria se escapaba y permanecía ahí sentada. Así lo había hecho desde ese día que cambió su vida. Desde ese día volvía a la banca y se sentaba a la misma hora a


esperar pero se iba a las dos de la tarde sin conseguir nada. Así había salido a esperar un miércoles cualquiera cuando, pasadas unas horas, llegó su hija a recogerla con lágrimas en los ojos: Adolfo Vilar, esposo y padre, finalmente había muerto después de una larga lucha. Tenía casi seis meses que en la casa de los Vilar Gómez ya no se escuchaba el hermoso sonido del violín. Tenía casi seis meses que los pobres y los enfermos ya no recibían el dinero caritativo de cada mes. Adolfo Vilar tenía casi seis meses en cama; su adicción a la pipa y al tabaco lo había acabado. Finalmente murió un miércoles cualquiera e Inés Gómez decidió que, para guardar luto, no volvería a salir los miércoles. La ciudad había organizado una gran ceremonia el día en que Adolfo Vilar fue sepultado. Había ahí personas de todas las edades, de todas partes, que daban el pésame a Inés Gómez y decían un último adiós a Adolfo Vilar. Los violines de la ciudad lloraron desesperados con sonatas y réquiems durante todo el día. Las ambulancias de los hospitales soltaban la sirena; se trataba de un héroe. Pero al caer la noche, Inés estaba sola una vez más, con sus hijos, pero sola. Finalmente, la mañana del día en que iba a morir, Inés Gómez decidió ir a sentarse a la misma banca a esperar como lo había hecho tantos años y como lo había dejado de hacer varios años más. Entonces ocurrió. Ahí estaban esos pasos largos, esas manos grandes pero sobre todo, ahí estaban esos ojos, esa mirada. Ahí estaba caminando frente a ella en la misma dirección en que iba caminando sesenta años antes, el día en que cambió su vida. Entonces quiso alcanzarlo; ésta vez no lo dejaría ir. Su estómago se revolvía como si fuera una jovencita, su corazón palpitaba acelerado. Se levantó; dio uno, dos, tres pasos y sintió cómo su pierna falseaba. De pronto, toda ella se desvanecía en una estruendosa caída. No entendía, todo había pasado tan rápido; era el corazón, seguro era el corazón, maldito corazón. Y ahí estaba él, espantado y preocupado tratando de ayudarla. Y ella lo miraba, miraba su boca que le decía algo, miraba sus manos, pero sobre todo miraba sus ojos, su mirada. Entonces, sonriendo, soltó unas débiles palabras: «siempre fuiste el amor de mi vida.» Y pudo cerrar los ojos.

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Perdido y encontrado

Por Ignacio Hernández

¿Qué hay, querido lector? Debo decir que es más que grato para ésta, su vocecilla en la cabeza, poder saludarle otra vez en un nuevo número de Drama en Gente. En esta ocasión el tema del cual quiero hablarles se me ha presentado en múltiples ocasiones, tantas ocasiones en realidad que he perdido, extraviado, olvidado, destrozado, omitido y encontrado una variedad muy grande de otros temas. Pero siendo ésta una revista comprometida con la gran variedad de emociones que tienen lugar dentro del ser, qué les parece, mis amigos, si hablamos un poco sobre el desencanto. El desencanto surge de la falla, del fracaso, es el proceso inverso al (saben a qué ¿adivinaron? Pues sí, al) encanto. A todos nos ha pasado y seguirá pasando, cambiamos y evolucionamos, nos sumergimos en mares de cosas llenas de magia, nos gusta dejarnos arrastrar por las olas y, sin embargo, en la mayoría de los casos, la marea baja y nos deja apenas con algo de arena en lugares de cuyo nombre a veces no nos acordamos. La mayoría de la gente está peleada con el desencanto, para muchos es como otras muy detestables situaciones que quisieran dejar atrás, pero la verdad es que el desencanto está íntimamente ligado a nuestro ser, a lo que somos. El desencanto es arte si se lo toma de la mejor manera, es un impulso del espíritu; a veces llega a ser un cauce natural para desembocar en cosas más grandes. Hay que aceptarlo, a nadie le gusta que la magia desaparezca, inclusive (y más frecuentemente) en el amor, en las relaciones amorosas, ocurre este natural e incomprendido fenómeno. El desencanto es, de cualquier manera, una forma de redención, una oposición a las luces falsas, un regresar a nosotros mismos después de un viaje fabulosamente incierto, espejístico, es un cambio favorable de viento, o una bocanada de aire fresco o cualquiera de estas frases que más les agrade. Seguro, es difícil. Como enfrentarse por primera vez a la idea de que al final del arcoíris no hay una olla de oro (o de Lucky Charms) y un duende saltarín, pero finalmente cualquier clase de pérdida, y no les quede duda de que el desencanto es una pérdida, tiene su ganancia. Es una calle de dos vías, y nuestro ya tan repetido actor principal es la famosa disyunción, nos ofrece una alternativa, pues es inevitable llegar a él. Podemos elegir entre quedarnos con un encanto caduco, pasado, olvidadizo, o quedarnos con el dulce dolor del desencanto, enterrar los asuntos y velarlos para así poder seguir adelante.

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Ustedes se preguntarán por qué elegí este tema. Eso o están genuinamente desencantados con mi pequeño discurso hasta ahora. Para los que piensan lo segundo, en este momento les diré justamente lo mismo que a los primeros, pues aquí todos vamos parejo. Resulta que siendo febrero, todos están inmersos en un profundo amor o desamor. Está presente en algunos la nostalgia propia del invierno que termina, en otros de las festividades que se alejan, pero, sinceramente, en todos está más que presente un avasallador desencanto. El mundo no acabó, el salario bajó, la gasolina subió, El Gran Gatsby cambió de fecha de estreno hasta el verano y Los Miserables no se estrenó aquí sino hasta el 14 de Febrero (Día mundial del desencanto); todos estos factores y muchos otros hacen que la gente esté un poco más hostil que de costumbre en estas fechas. Lo hay de todo en esta vida y sinceramente todo (o casi todo) tiene un tiempo, una fecha de caducidad; un terminar, ya que tuvo un inicio. Esto no es malo, sólo son ciclos viviendo su vida cíclica, cerrándose y abriéndose, si aprendiéramos a lidiar con ello de manera constante, no habría ni hostilidad ni una tasa bastante alta de intentos de suicidio en este mes cada año. Pienso (y ustedes lo escucharán, pues soy su fiel voz en la cabeza) con mi tremenda capacidad de ocio y de pensamiento divergente a referencias varias que habitan la jungla de mi mente, en todos los muchos ejemplos que la cultura popular podría brindar a favor de mi tesis de aceptar el desencanto diario. Pero todo se reduce a esto. A reconocer, en el fracaso, quiénes somos realmente y qué es lo que queremos. Y es el momento de la reflexión, querido lector: ¿Alguna vez se han perdido en la total desdicha que trae consigo el desencanto, o ha encontrado en él una manera de salir a flote? Salga a dar un paseo, camine un rato por su calle favorita y mire atentamente. Dele una oportunidad y maravíllese con el brutal encanto del desencanto.

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A las mujeres de ojos tristes Arturo M. Olivares Cómo será pregunto. Cómo será tocarte a mi costado. Ando de loco por el aire que ando que no ando. Cómo será acostarme en tu país de pechos tan lejano. Ando de pobre Cristo a tu recuerdo clavado, reclavado. Será ya como sea. Tal vez me estalle el cuerpo todo lo que he esperado. Me comerás entonces dulcemente pedazo por pedazo. Seré lo que debiera. Tu pie. Tu mano. J. Gelman.

A las mujeres de ojos tristes -se nos ha contado- podemos encontrarlas en cualquier momento o lugar: en la banca de un parque, bajo el cobijo de un roble, caminando siempre en dirección opuesta si no tenemos el ánimo de dedicarles algún instante de nuestro vagabundeo diario. A decir verdad –y en lo que respecta a la tristeza-, encuentro esa especulación de lo inesperado en lo más insólito del género. Es así que en esta mañana de febrero decido tomarlo como aquello que resulta prometedor para uno: remontarse en experiencias o, en última instancia, recuerdos de esos que toman risibilidad tras su delicada reflexión. Evidentemente mi cavilación no niega que de las ya mencionadas mujeres me faltaran muchas que debieran ser exaltadas o desmentidas si a eso nos atenemos (todas en retrospectiva necesitarían un espacio y una descripción si no total, sí memorable). De tal forma he comenzado, al percatarme de la expresividad con la que se predica una característica específica de la mujer a lo largo de tanto relato, además de haber visto este tema en conversaciones inesperadas con alguno que otro colega o transeúnte (razón por la que registro esto), a maniobrarme entre callejones que finalmente cerrarán su curso. Destellando ya el sol en su cenit, encaminé el paso hacia el trabajo –trabajo presente cada año--, cruzando el gran bulevar y dirigiéndome a la cita hecha con un colega de farra, tipo sesudo para las diversificaciones con las que uno se enfrenta al maniobrar entre mares féminas. Evidentemente nuestra finalidad para con un tercero era la de timar y ganar dinero a costa de la falseada sensibilidad de la fecha, así es que al encontrarnos y marchar al zócalo intentó gastarlas en tonos fáciles y melodías repetitivas. No conseguimos nada con aquello de animar, pareja por pareja, el éxtasis de la comercialidad pues, en todo caso, mi colega y yo éramos sólo eso: beneficiados. Nos mantuvimos al margen para así no rendirles más allá de lo que económicamente nos favorecía. Debo confesar que no he de sentirme mal con lo que hago, con tal dinero refinancio el adeudo que es mi estudio. Mi amigo puede que pueda terminar su dinero en mujeres dominantes de sus propias pasiones, claro está que es mejor ser sincero, mi gran amigo tenía la costumbre de irse de putas, entonces se infiere nuestro destino final.

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Terminada nuestra frustrada tarea, nos llevó la inercia a un tugurio, cuyo nombre poco importa. Allí permanecimos hasta el despunte del siguiente día. De alguna forma es lamentable lo que le pasó a mi persona: nada. Permanecí charlando con una tal Carla y su inacabada carrera técnica en computación. Por su parte mi compañero permaneció en inaccesibilidad ante mis pedimentos durante ese mismo tiempo en que Carla contaba por qué la señora Sara era una espléndida vendedora de fritangas. Pero mi compañero había dejado ya su guitarra lejos de su regazo –gran error a mi parecer puesto que la mía nunca se deslindó de mis brazos más allá de unos cuantos centímetros; aquella vieja conocida debió terminar en algún sitio. No lo sé. Carla seguía con anécdotas similares sobre vecinas, cuñadas, noviazgos extrañables (que siendo sinceros pretendí de ficcionales, como yo), o narrándome las visitas de sus amigos que, con sólo haber platicado sobre algún perdido gabacho, la frecuentaban. Siempre justificándolos por sus arrebatos o por salirse sin siquiera haber pagado una copa o alguna cerveza. Al notar la suficiente amplitud de esta mujer, me dediqué a rememorar cada una de las distintas tangencias que tenía el aleteo de una simple mariposa con las campanadas del llamado de la iglesia del barrio. Y, puesto que sus alegatos que eran muchos, me parecían rebuscados o limitados a un llanto reprimido, me apenó su simplicidad, aunque existía la posibilidad de que estuviera lo suficientemente cansada como para no medirme sus respuestas. No pregunté. La tristeza se advierte en ese momento, cuando se vuelve fatal hablar de incongruencias y es preciso despejarse y pasar a asuntos más específicos, o al menos, interesantes. Por ende, tras maniobrar entre algunas caderas presentes en aquel lugar, llegué donde mi amigo. Estaba dormido, siendo asaltado por la ahora descansada mujer. Él sí que había disfrutado de aquel lugar; qué torpe me siento. Mas es reconfortante que al menos uno de los dos tuviera algo con qué pasar la velada. La que decía llamarse Monique –una de esas muchachitas que levantan para fines carnales y sólo les dan un nombre que suene estrambótico al oído nacionalintentaba levantarse de aquella cama más que sucia. Cerveza a un lado, sábanas al otro, todos entre ligeras estelas de humo y ceniza: buen lugar común para un desenlace tan diario. Jalé a mi camarada, salimos poco después. Me es gracioso rememorar días así, un día al año que se presenta como un respiro a lo inevitable, fuera entonces la coincidencia. Llegué, finalmente, a mi casa –no pretendí más, no quise más-, saqué ese pequeño espejo del bolsillo. Me miré, aún tenia algo entre la piel, aún poseía algo, perennemente, evitó despintarse de mi cuello, de mis brazos. Habíase quedado su aroma en mi ronca y lacónica voz. Me es bastante difícil, hoy, advertir la tristeza, no sólo de esas mujeres sino, también, de cualquier mujer que se presenta. Así es que volví la vista, me miré al espejo. Vi a mi amigo.


Galería...

Baile en Bougival

(La Danse à Bougival) Pierre-Auguste Renoir, 1883 Óleo sobre lienzo - Impresionismo 181.9 x 98.1 cm

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El polvo es telar

Banju

El hombre falso Aletia Villagrán

Colaboraciones

En este número:


El hombre falso Aletia Villagrán Hace pocos días que llegué a este lugar, aunque siento que he estado aquí toda mi vida. Mi sueño al llegar aquí es ser una gran pintora y alguna vez enamorarme. Todos en esta ciudad están apagados como si les hubieran dado la peor noticia de todas. Mi casa es pequeña pero tiene todo el espacio que necesito y las cosas esenciales para vivir: un baño, una cama, una cocina, un cómodo sofá y una televisión.

Un día, iba caminando por la calle y un extraño sujeto estaba sentado vendiendo libros. Me ofreció uno, pero como nunca me ha gustado leer, le dije que no, pero el tipo insistía en dármelo hasta que se puso irritante y un poco aterrador. Me fui de allí lo más rápido que pude y en el camino me interceptó una mujer. Tenía un papel en la mano, me lo dio y se fue. Cuando lo vi, noté que estaba arrugado y maltratado; parecía que alguien lo hubiera unido con cinta adhesiva una y otra vez. En el sólo estaba escrita una dirección, la fecha de ese día y una hora la cual se cumplía en diez minutos. Como me gustan las aventuras pregunté a alguien la dirección y un taxi me llevó hasta allí. Era un edificio bien cuidado y pintado de millones de colores. Un amable hombre de mejillas rosadas me invitó a pasar y entré.

Habían millones de pinturas de artistas famosos y la mayoría eran de Dalí, mi favorito. Entré a una puerta y descubrí que era una ¡clase de pintura gratuita! Me emocioné y tomé asiento justo cuando el profesor entró. Enfrente de mí había un caballete con un lienzo en blanco, pinturas y pinceles de muchos grosores; en especial me impresionó uno extremadamente delgado, lo agarré entre mis dedos pero se resbaló y cayó. Cuando bajé a recogerlo me percaté de que junto a mí había un chico, más o menos de mi edad. Tenía el cabello negro, la piel bronceada, ojos grises y grandes en los cuales te podías perder en un mundo totalmente diferente. Era de baja estatura y era delgado, cuando lo vi sentí que mi corazón se volvía loco. Mi estómago daba vueltas sin causarme dolor y mi cerebro hacía colisión evitando que yo dijera una palabra.

Volteé rápidamente y sentí como mis mejillas se sonrojaban; en ese momento el profesor empezó a hablar pero yo no podía concentrarme, sólo echaba miradas de vez en cuando al chico. En ese momento me di cuenta que una de mis metas había sido alcanzada: me había enamorado. Después el profesor nos puso a hacer los típicos y aburridos ejercicios de círculos y líneas. Hubo un instante en el que me desesperé y susurré: esto es solo una pérdida de tiempo. Justo entonces escuché una voz junto a mí: lo sé, yo solo quiero pintar y ya. Era el chico y lo único que pude hacer fue sonreírle y sonrojarme de nuevo. Cuando acabó la clase ya lo conocía más o menos bien y se me hacía el hombre perfecto. Ya planeaba verme espectacular para el día siguiente. Caminaba hacia mi casa y me lo encontré en el trayecto. Iba a saludarlo pero me seguí de largo; alcancé a ver a una mujer correr a sus brazos y besarlo. Inmediatamente me dio un ataque de cólera al que respondí apretando los brazos. Seguí caminando; ella se despidió de él y se fue. Parecía que él me seguía pues tomaba la misma dirección que yo. Al llegar a mi casa me di cuenta de que éramos vecinos. Esa noche en lugar de ver la tele, miraba por la ventana por si él pasaba, pero lo que vi no me fue grato. Él llegó y en su casa lo esperaba otra mujer a la que le dio un apasionado beso en los labios. Me quedé parada como estatua pues me di cuenta que él no era el hombre perfecto, era un hombre mentiroso y traicionero.

Me fui a dormir y la luz de su casa se apagó. Justo antes del sueño escuché una puerta. Vi que era él saliendo de su casa. Me decidí y lo seguí hasta un lugar que parecía abandonado. Entré casi pisándole los talones sin que se diera cuenta. Lo que vi me enojó tanto como me asqueó: era un lugar lleno de mujeres con la mínima ropa, entre tubos y muchos hombres dándoles dinero y subiéndolas a sus autos. ¡EL HOMBRE NO SOLO TENIA DOS MUJERES SINO QUE TAMBIEN SE IBA A PROSTIBULOS! Me encontraba detrás de él, así que lo empujé, le di dos patadas y me fui de la horrible escena camino a casa. Desde entonces no me quiero enamorar otra vez. Esa persona se me hace un hombre falso.

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EL POLVO ES TELAR

Ariadna, usando el misticismo que le da su nombre, logró hacer la primera fibra hecha de ideas humanas. Creó un hilo, transparente pero visible, el cual se alarga dependiendo de la cantidad de pensamiento y fe que pongan en él. Afirma que la sensación que más elonga este hilo es el amor; esto lo descubrió cuando, en pleno acto amoroso, se vio ella misma atada a su pareja de pies a cabeza. Para su boda, ahora que ya es legal, decidió concentrar todo su amor y lanzar su hilo a un punto aleatorio en el cosmos, y después de varios días recogerlo. El resultado fue fascinante: las estrellas se quedaron pegadas al hilo como azúcar a la mantequilla. Dice que se hará su vestido de novia con ellas; está muy contenta porque no conoce ninguna princesa que se haya casado envuelta en estrellas ni con polvo estelar.

Banju

vvv

"Vous qui souffrez parce que vous aimez, aimez plus encore. Mourir d'amour, c'est en vivre." "Los que padecéis porque amáis: amad más todavía; morir de amor es vivir."

Victor Hugo 25


Jaime Sabines

(Marzo 26 de 1926-Marzo 19 de 1999)

Los amorosos callan. El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable. Los amorosos buscan, los amorosos son los que abandonan, son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar, no encuentran, buscan. Los amorosos andan como locos porque están solos, solos, solos, entregándose, dándose a cada rato, llorando porque no salvan al amor. Les preocupa el amor. Los amorosos viven al día, no pueden hacer más, no saben. Siempre se están yendo, siempre, hacia alguna parte. Esperan, no esperan nada, pero esperan. Saben que nunca han de encontrar. El amor es la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro. Los amorosos son los insaciables, los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos. Los amorosos son la hidra del cuento. Tienen serpientes en lugar de brazos. Las venas del cuello se les hinchan también como serpientes para asfixiarlos. Los amorosos no pueden dormir porque si se duermen se los comen los gusanos. En la oscuridad abren los ojos y les cae en ellos el espanto. Encuentran alacranes bajo la sábana y su cama flota como sobre un lago. Los amorosos son locos, sólo locos, sin Dios y sin diablo. Los amorosos salen de sus cuevas temblorosos, hambrientos, a cazar fantasmas. Se ríen de las gentes que lo saben todo, de las que aman a perpetuidad, verídicamente, de las que creen en el amor como una lámpara de inagotable aceite. Los amorosos juegan a coger el agua, a tatuar el humo, a no irse. Juegan el largo, el triste juego del amor. Nadie ha de resignarse. Dicen que nadie ha de resignarse. Los amorosos se avergüenzan de toda conformación. Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla, la muerte les fermenta detrás de los ojos, y ellos caminan, lloran hasta la madrugada en que trenes y gallos se despiden dolorosamente. Les llega a veces un olor a tierra recién nacida, a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas, a arroyos de agua tierna y a cocinas. Los amorosos se ponen a cantar entre labios una canción no aprendida, y se van llorando, llorando, la hermosa vida.


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Drama en Gente #2