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Lecturas situadas. Edición julio 2017

Grupos lectores: Un encuentro donde el puente es la literatura En las pálidas tardes me cuenta un hada amiga las historias secretas llenas de poesía: lo que cantan los pájaros, lo que llevan las brisas, lo que vaga en las nieblas, lo que sueñan las niñas. Azul - Rubén Darío .

Estimados colegas docentes, bibliotecarios y mediadores: En esta oportunidad queremos compartir ideas para la formación de grupos lectores en el barrio y así propiciar el encuentro de los adultos con los libros (padres, abuelos y otros que participan en la vida comunitaria que rodea a la escuela). Es decir, que todos lo que deseen participar puedan hacerlo, también los que no se consideran a sí mismos lectores, porque de eso se trata, de favorecer el acercamiento a la literatura y sobre todo provocar el encuentro con aquellos no han tenido acceso a ella. Planteamos el desafío de intentar disponer de un tiempo para leer con otros y entablar a partir de las historias, un diálogo que trasciende las generaciones. Los cuentos pueden ser una buena oportunidad para escuchar la voz de todos y propiciar el intercambio de experiencias personales y grupales que resulten de las lecturas. Como nos cuenta Ángela Pradelli (2013): “En wichí leer se dice yah´yen, que quiere decir “mirar profundo”. Mirar profundo en el pasado para rescatar las situaciones que tuvieron la lectura como centro (...).” (p.117).


Las historias son de todos Para pensar en esta propuesta, partimos de una base primaria: la confianza en que todas las personas poseemos un potencial riquísimo lleno de anécdotas familiares, recuerdos de acontecimientos del barrio, vivencias laborales, la historia de la comunidad y de personas pintorescas que habitaron o habitan las calles del lugar donde viven, cuentos transmitidos oralmente y un sinnúmero de experiencias personales para narrar, es decir que estamos rodeados de una riqueza que a veces no es tenida en cuenta e incluso, en ocasiones, es desvalorizada, pero es tiempo de pensar sobre su importancia y hacerles saber a quienes tienen este bagaje qué importante es que lo transmitan y, además, que sean conscientes que, de ese conocimiento se ha valido mucha de la literatura.Como lo expresa Sarah Hirschman (2011): “En la cultura popular abundan formas relacionadas con la literatura: proverbios, cuentos de hadas, rimas, baladas, y spirituals; entre otros (…) La mayoría de la gente está acostumbrada a lidiar con expresiones ambiguas y a disfrutar de significados ocultos y dobles sentidos. El gusto por ritmos expresivos, efectos de sonido o repeticiones es universal. La alegría que emana de un grupo que canta coplas en una fiesta al son de una guitarra, la risa que festeja la frase ingeniosa de un contador de chistes, el entusiasmo de los niños que repiten alguna fórmula mágica de un cuento de hadas, la rítmica respuesta de la audiencia afroamericana en la iglesia o en una obra de teatro dan fe del entusiasmo con que la gente disfruta de su propio idioma. El disfrute es mayor aún cuando algunos miembros del público agregan espontáneamente adornos y variaciones, y empiezan a escuchar sus propias voces activas como parte de un diálogo emergente. La diestra manipulación del lenguaje personal no es sólo una fuente de placer, sino también una fuente de poder. El lenguaje callejero, por ejemplo, puede romper reglas gramaticales y a veces ser chocante, pero por lo general resulta eficaz e innovador. De hecho, varios escritores (…) fueron famosos por pasar mucho tiempo escuchando y anotando cuidadosamente las expresiones que oían en los lugares públicos. Mucha de la literatura que se considera demasiado alejada de la gente con poca educación formal se ha creado en parte con elementos que esta misma gente ha proporcionado.” (pp 32 - 33)

Entre tantos ejemplos que nos da la literatura, mencionaremos algunos cuentos en donde lo cotidiano y los personajes populares, propios de una comunidad, quedaron para siempre en la historia gracias al deseo de rescatar esa riqueza que para el escritor no pasó inadvertida. En “Las doce a Bragado”, Haroldo Conti, menciona lugares y personas entrañables de su pueblo, contando la historia de su tío Agustín, el almacén de Iglesias, la tía Juana y su “cama muy alta que olía a jazmín y una escupidera de loza que parecía una sopera (...)”, el almacén de Cattaneo, el Tiro Federal, el Estadio Municipal o la farmacia de Marino.

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Otro ejemplo es el cuento “El cielo entre los durmientes”, donde Humberto Costantini narra una historia de aventura compartida entre dos amigos: “Caminamos. Ernesto sabe de muchas cosas. De trabajos, de aventuras, de casas abandonadas y de extraños nombres de calles. Mientras caminamos me habla. Me cuenta un disparate y yo me río. Me río como un loco. Me río tanto que Ernesto se contagia de mi propia risa y empieza a reírse él también. Le salen lágrimas de los ojos, se aprieta el costado, no puede parar. Yo lo miro y me da más risa todavía verlo reír. Caminamos tambaleantes, empujándonos, atorándonos de risa. La risa se nos atropella en la boca, nos crece incontenible por todos lados, nos acompaña por cuadras y cuadras esa risa sin porqué, como si una bandada de gorriones enloquecidos nos estuviera siguiendo.” ¿Quién no tiene alguna anécdota de caminos recorridos con amigos para compartir, esa risa contagiosa, u otras emociones que traen los recuerdos?. Seguramente, en este momento, detuvieron un segundo la lectura ante una imagen, porque la literatura es ese encuentro con lo que nos pasa, ilumina zonas de nuestro pasado, nos moviliza para que expresemos nuestros sentimientos, nos une al otro en eso que tenemos de universal.

Por qué leer con otros Hasta aquí, planteamos algunas de las múltiples motivaciones que nos mueven a compartir esta propuesta, pero queremos detenernos en algunas consideraciones. Uno de los principales objetivos en la formación de grupos lectores es favorecer el encuentro entre las historias y aquellos que no han tenido acceso a ellas, en cualquier lado y bajo cualquier circunstancia. “Cuando le tocó cumplir con el servicio militar, Javier Villafañe lo hizo de una manera muy especial. Al observar que una gran cantidad de conscriptos eran analfabetos, se ofreció como maestro voluntario para enseñarles a leer y escribir. También obtuvo autorización para armar una biblioteca para los soldados que empezaban a leer y, a la vez, para estimular en los que ya sabían, la afición a la lectura (...)” (p.8) Para que sea posible ese encuentro es fundamental crear un clima en donde se dé ese espacio para el diálogo.

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Paulo Freire en su conocido libro Pedagogía del Oprimido (2014) al hablar de diálogo, se hace algunas preguntas, entre ellas: “(..)¿Cómo puedo dialogar, si parto de que la pronunciación del mundo es tarea de hombres selectos y que la presencia de las masas en la historia es síntoma de su deterioro, el cual debo evitar? ¿Cómo puedo dialogar, si me cierro a la contribución de los otros, la cual jamás reconozco y hasta me siento ofendido con ella? (…) “Si alguien no es capaz de sentirse y saberse tan hombre como los otros, significa que le falta mucho que caminar, para llegar al lugar del encuentro con ellos. En este lugar de encuentro, no hay ignorantes absolutos ni sabios absolutos: hay hombres que, en comunicación, buscan saber más. No hay diálogo, tampoco, si no existe una intensa fe en los hombres. Fe en su poder de hacer y rehacer. De crear y recrear. Fe en su vocación de ser más, que no es privilegio de algunos elegidos sino derecho de los hombres.” (pp. 101 - 102) A esa fe en la capacidad de asombro, de cambio, en la potencialidad creadora que cada ser humano tiene, en el asombro ante lo nuevo, en ese ser curioso que busca nuevos universos, diversos y diferentes a los conocidos, a ese deseo de encontrarse o reencontrarse con la lectura y compartir con otros, abiertos a un diálogo que iguala y eleva social e intelectualmente es a lo que apuntamos al proponer estos encuentros. Para lograrlo es necesario que cada miembro del grupo sienta que su voz, lo que trae de su experiencia de vida en general y de su experiencia lectora en particular, es valiosa para el grupo. Sarah Hirschman (2011) lo expresa así: “La discusión exitosa de un relato literario genera en los participantes una sensación de bienestar; la gente parece fortalecerse con su participación en el diálogo, cuando se escuchan expresar sus propias opiniones y sentimientos frente a temas diversos. Y esta gran variedad es precisamente lo que un gran cuento presenta cuando ofrece una textura completamente inesperada. Tanto sus temas como su lenguaje sumergen a los lectores en nuevos mundos.” (p.118) “Este descubrimiento de lo inesperado en los demás y en uno mismo cuando se entra en contacto con un cuento tiende a darse sin etiquetas convencionales. Los personajes del cuento, los giros de su narración, a menudo sorprendentes, sus ambigüedades, sus imágenes y lenguaje fuera de lo común abren perspectivas frescas que se convierten en un interesante material de discusión con los demás. (..) La conversación oscila entre los participantes y el cuento de turno; las frases hechas simplemente no tienen cabida en este intercambio y se desechan en la medida en que la gente busca maneras mucho más

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honestas de expresar sus propios sentimientos y escucha con más atención lo que otros tienen para decir.” (p.119)

A quiénes consideramos lectores Si vamos a formar grupos de lectores, en principio es necesario revisar nuestras concepciones subyacentes sobre qué es un “lector” para mí, qué es leer... ¿está relacionado con la cantidad de lecturas?, ¿se hace hincapié en leer rápido, en un mundo donde se premia la rapidez y no cómo se percibe e involucra con el camino recorrido? Todos sabemos que, muchas veces, es necesario detenerse y aislarse en el momento de leer. Sí, detenerse aunque leamos mientras viajamos en tren y aislarse aunque se lleve a cabo la lectura junto a otros. Un aislarse que implica conectarse con muchos seres, situaciones, paisajes; y que abre canales de comunicación a partir de lo leído, que es en definitiva uno de los grandes objetivos de formar grupos de lectores, que se produzcan esos indispensables y enriquecedores encuentros: con la palabra escrita, con las propias vivencias y potencialidades creativas, con los otros tomando como eje lo leído. Si un lector no es necesariamente quien lee más rápido, ni tampoco el que lee mucho o lo último que salió al mercado o lo que todos están leyendo (como si de una moda u obligación se tratara); entonces, ¿cuándo nos sentimos lectores? Indudablemente en ese instante que uno se encuentra con una palabra, la saborea, la descubre, vuelve sobre lo leído y dice “cómo me gusta esto” o piensa cuánto se parece una situación a un hecho vivido o un personaje a alguien conocido, incluso a uno mismo. Es mágico ese momento del descubrimiento y de la identificación con palabras que en cierta forma parecen escritas para que las encontremos, que nos estuvieron esperando desde siempre para reafirmarnos en lo que pensamos, letras que se ofrecen como una prueba de que hay otros que nos acompañan en sentires, recuerdos, experiencias, sabores; otros que pueden estar muy distantes y sin embargo se hacen presentes en ese párrafo o en los versos que recitamos cuando el poeta nos toma de la mano y nos hace liberar recuerdos y emociones. Instante único que nos encuentra como lectores en las posiciones más insólitas, poniendo todo nuestro ser en función de ese encuentro placentero. Donde esa polifonía de voces se unen a la propia voz, que también tiene su multiplicidad, sus muchas voces que nos hablan y, es entonces, cuando el cuento puede dialogar, por ejemplo, con el recuerdo de la infancia, como sucede en las historias de evocación. Claro que este encuentro con un texto (de qué manera, cuándo, qué texto, qué autor) a cada uno le ocurre de una forma muy especial y dependerá de muchas circunstancias personales. Los primeros encuentros con un libro que nos conmueve, al que recordamos pasados muchos años y encontrarnos con Lecturas situadas. Edición julio 2017 – página 5


él nos trae recuerdos desde quién nos enseñó a leer hasta los olores, los vínculos, las circunstancias en que llegó a nuestras manos. Sabemos del vínculo afectivo que se da con las personas que acompañan en ese encuentro con las letras. También, en oposición, se tendrán malos recuerdos para quienes no podían acceder a los libros, porque era para una elite, algo inalcanzable, no era un derecho que se presentaba como legítimo para todo el mundo. Con esta propuesta queremos llegar al adulto que está en relación con los niños para acercarlos a la literatura y, por esa razón nos preguntamos: ¿qué hacemos con los adultos respecto a la lectura?, ¿ellos han tenido condiciones favorables que les permitieron acercarse a la literatura?, ¿tienen a su alcance libros?, ¿son parte de los grupos sociales a los que se les ha permitido -como derecho- su acercamiento a la literatura o, por el contrario, han sido excluidos del mundo de los libros? En este sentido, sabemos que muchos adultos no leen por variadas razones y acá es donde se justifica (¡si es que hay que buscar una justificación para reunirse a leer!) que nos hayamos propuesto la conformación de grupos lectores entre los adultos.

Ideas sobre cómo implementar la propuesta En principio, se deben pensar cuestiones concretas como quién coordinará el grupo (docente, bibliotecario, una madre, un comerciante del barrio, distintas personas que se harán cargo de la coordinación en distintos encuentros, etc), dónde se realizarán los encuentros (en la escuela, un club del barrio, la casa de algún integrante del grupo), la periodicidad de los mismos (semanales, quincenales, mensuales), la duración de cada encuentro. Ya organizados esos aspectos más formales, y una vez formado un grupo de lectores, compartimos algunas pautas disparadoras sobre cómo realizar los encuentros: •

Preguntar a los participantes sobre los recuerdos de historias leídas o escuchadas en su infancia y el primer acercamiento con los libros.

Leer el cuento seleccionado para el encuentro.

Dialogar partiendo de la historia leída. El coordinador puede intervenir con algunas preguntas y también dar lugar a lo que surja espontáneamente (ver en “a modo de ejemplo”, posibles intervenciones)

Vincular lo leído con el contexto social.

Se puede terminar el encuentro leyendo poesías, escuchando música o mostrando imágenes (cuadros, fotografías) vinculadas con la temática, emociones o palabras claves que surgen del cuento. Lecturas situadas. Edición julio 2017 – página 6


A modo de ejemplo: Cuento “Final del juego”, Julio Cortázar. Proponemos trabajar organizando cada encuentro en distintos “momentos”. Cabe aclarar que se trata sólo de una organización que actuará como guía, mapa u hoja de ruta (no como estructura o “corset”), ya que como todos sabemos, cada encuentro buscará su propia dinámica, generará diferentes momentos; cuestiones todas que serán consideradas por el coordinador de los encuentros:

Primer momento: Lectura en voz alta del cuento. Segundo momento: Intercambio oral posterior a la lectura. Se pueden tomar tres situaciones de este cuento: •

Lo cotidiano. La escena de lavar los platos, (la madre, la tía, las nenas). Ese instante, mientras se limpia lo externo, ¿surge la necesidad de limpiar o sacar historias propias?

En el cuento, esa madre, esa tía, esos castigos que no llegan a ser tales… ¿qué rostros y palabras traen a la memoria? Y esa palabra que dice la madre al enojarse: “mal nacidas”, ¿cómo resuena en el grupo?, ¿qué otras palabras escuchan en esa fase?, ¿cómo les llega?, ¿hieren, perturban, enojan, causan gracia? ¿Las frases que se dicen son violentas por el contenido o por la intencionalidad o forma en que se expresan? •

El juego.

¿A qué jugaban las niñas?, ¿y ustedes de niñas/os?, ¿a qué juegan hoy?, ¿sienten que perdieron la capacidad de jugar?, ¿hubo en la vida de ustedes una etapa de “final de juego”?, por el contrario, ¿se permiten recuperar el juego en momentos de su vida?, ¿los niños (hijos, sobrinos, alumnos) son un puente para poder encontrarse con lo lúdico?, ¿cuál es el valor del juego en la historia que acaban de escuchar?, ¿y en la vida de ustedes? •

La enfermedad de la niña.

¿Cómo la veían las otras nenas?, ¿qué sentimientos surgen en el cuento ante la enfermedad?, ¿los sentimientos son siempre de ternura o comprensión? Las vivencias personales ante la propia enfermedad o la de otros, ¿cuáles son?, ¿fueron momentos que permitieron aflorar el afecto?, ¿o se manifestaron Lecturas situadas. Edición julio 2017 – página 7


conflictos no resueltos?, ¿fueron etapas de profundos cambios?, ¿de unión?, ¿de nuevos vínculos?, ¿de encuentros o desencuentros? También se pueden seleccionar fragmentos del cuento para reflexionar a partir de ellos, por ejemplo: “Lo que cuento empezó vaya a saber cuándo, pero las cosas cambiaron el día en que el primer papelito cayó del tren.” Algo modifica sus vidas. En este punto la historia da un giro. Ese cambio, en el cuento, ¿por qué se produce?, ¿qué modifica en ellas?, ¿qué conflictos trae y/o deja al descubierto?, ¿qué sentimientos afloran?, ¿qué miedos, ¿qué deseos? Además, observar lo que el autor no cuenta. Esas situaciones que no están explícitas en la historia, pero se pueden inferir teniendo en cuenta los acontecimientos narrados. ¿Qué no sabemos fehacientemente en el cuento? En base a esa información que no se da a conocer se puede recrear en el grupo lo que estaba escrito en la carta, ¿qué creen que dice?, ¿qué quieren que diga?, ¿qué les causaría placer como lectores/as que dijera esa carta? En este punto se puede hacer notar al grupo que inventar una situación también es jugar, dar paso a la imaginación. Momento final Se retoma algo de lo trabajado que haya surgido del grupo (ideas, frases, recuerdos) o de la propia historia y que el coordinador del encuentro considere valioso para recuperar. Es un cierre que, a la vez, invitará a seguir pensando…

Algunos títulos posibles La siguiente lista no pretende agotar la riqueza de cuentos y autores argentinos y latinoamericanos. Sólo es una selección en la que se tomaron autores y relatos diversos. El coordinador y el grupo pueden hacer su propia lista. •

Las doce de Bragado.- Haroldo Conti.

El cielo entre los durmientes - Humberto Costantini.

Final del juego - Julio Cortázar.

Silvina Ocampo Lecturas situadas. Edición julio 2017 – página 8


Sara Gallardo

Nos han dado la tierra - Juan Rulfo.

Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez

El Evangelio según Marcos - Jorge Luis Borges.

La señorita leona - Horacio Quiroga.

Roberto Fontanarrosa.

Deleites y sobresaltos de la sombreridad - Guillermo Martínez.

La mujer enramada - Marina Colasanti.

A modo de cierre: “Creo en la literatura como testimonio; creo en la literatura como arte. Ontofanía, modo del conocimiento, lúcido compromiso con la historia, pasadizo que desemboca en el sueño o la locura, escribir ficciones es para mí, antes que nada, un acto poético.” Abelardo Castillo

Porque creemos, como Abelardo Castillo, que la literatura es arte e historia al mismo tiempo, y que como tal es un compromiso y un derecho que llegue a todos para disfrutarla, encontrarse con las propias Lecturas situadas. Edición julio 2017 – página 9


emociones e historias y las de los otros, reconocer lo cercano y asombrarse con lo desconocido, saber que los deseos, alegrías, anhelos y dolores son parte de la condición humana, por eso nada nos es ajeno aunque no forme parte de nuestra cotidianeidad. Por lo tanto esta propuesta es mucho más que sentarse a leer cuentos, es más bien ponerse de pie ante la realidad y la ficción, que a veces se confunden y son parte de un todo, que es la vida en todas sus dimensiones. Invitamos a los que se animen al desafío de formar grupos lectores que nos cuenten la experiencia. El correo del Plan Provincial de Lectura y Escritura: consultasplanlecturaba@gmail.com

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BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA PARA ESTE DOCUMENTO •

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Hirschman, S.(2011). Gente y cuentos. A quién pertenece la literatura: las comunidades encuentran su voz a través de los cuentos. México: Fondo de Cultura Económica.

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