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La Gran Recompensa de la Pureza ,9 La Gran Estafa del Sexo Prematrimonial

Editora: Donna Lee Schillinger

Two-Faced Books Š2011 The Quilldriver Clarksville, Ark. www.VivaLaPureza.info www.OnMyOwnNow.com

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Sumario Parte I: La Gran Recompensa de la Pureza ¿Pureza? Sí, Es Posible 9 por Donna Lee Schillinger

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El Primer Beso 9 por Mona Fazzina

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Esperando por lo Mejor de Dios 9 por Amy Morrison

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Retroceder del Borde del Precipicio 9 por Laura Johnson

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Vale la Pena la Espera por 9 Jessica J. Smith

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Una Regla que Vale Conservar 9 por Freda Miller

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¿Quién es la Solterona? 9 por Sharon King

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Aburrido por una Estación 9 por David Pratt

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Apasionada por la Pureza 9 por Gwen Ford Faulkenberry

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Parte II: La Gran Estafa del Sexo Prematrimonial Un Preámbulo al Desastre 9 por Donna Lee Schillinger

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Relaciones Fuera de Secuencia 9 por Billy Lorne

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Bienvenidos a la Realidad 9 por Shellie R. Warren

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El Poder de la Tentación 9 por Ruth Ann Nordin

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Tirarlo Todo al Viento 9 por Sierra Lange

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Desviada desde Muy Joven 9 por Chitel Pierre

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Memorias con Doble Filo 9 por Trina Wright-Courtenay

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Restituyendo los Años que Comió la Langosta 9 por Jason Maxwell 77 Papá No Siempre Tiene la Razón 9 por Sarah Page

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La Búsqueda por Significancia 9 por Stone Faulkenberry

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Parte I La Gran Recompensa de la Pureza ¿Pureza? Sí, Es Posible por Donna Lee Schillinger No he mirado la tele de forma regular desde 1995, básicamente porque estoy demasiado ocupada. Pero una semana a finales de los noventas, mi tía alquiló un condominio en la playa, cerca de mi casa. Ella me invitó a ir cada día después del trabajo y me dio la cena y después nos relajábamos y veíamos programas en la televisión por un par de horas cada noche por una semana. Desde la primera noche, estaba sorprendida de ver cuántas imágenes de sexo y violencia estaba viendo – no sólo en los programas, pero en los anuncios también. Sólo había sido un par de años desde que vi la tele – y es importante también notar que no estaba viviendo de acuerdo a la voluntad de Dios durante ese tiempo – sin embargo, para el final de la semana, sentía que necesitaba desintoxicar mi mente de toda la porquería que había visto. Había ingerido más sexo y violencia en aquella semana que en los tres previos años libres de televisión. La violencia que vi en la tele puede haber evocado algunas emociones que necesitaba encontrar una salida tarde o temprano – miedo, inquietud, enojo – pero yo no estaba muy preocupada sobre en realidad volverme violenta. La última pelea de puñetazos en que participé fue en mi niñez, y solamente una vez en mi vida adulta he sido atacada de una forma en la que pude haber dejado mi agresión salir. Sin duda, hay violencia en la vida real, pero si me mantengo lejos de ciertos círculos, puedo evitarla. Como norteamericana, estoy verdaderamente bendecida por poder vivir una vida libre de violencia. Puedo verlo en televisión todas las noches, pero aún así no me siento tentada a convertirme en súper héroe o vigilante. El sexo, por otro lado, no es sólo una gran tentación en la vida real, está tan disponible como yo quiero que esté. No intentes esto en casa, pero la triste verdad es que un chico o chica puede acostarse esta noche si se determina a hacerlo. No importa cómo tu aspecto o cómo hueles o si tienes dinero – ¡aún así puedes hacerlo! Todo lo que tienes que hacer es ponerte en la situación correcta, y no es tan difícil de hacer. Si eres un chico con dinero, puedes comprar tu experiencia sexual en una esquina de casi cualquier ciudad. Las chicas que quieren comprar sexo tendrán que hacer un poco más de esfuerzo – pero si eres una chica, ¿por qué pagarías por el sexo? Solo tienes que llegar al peor antro en el que te atreves a entrar y sentarte en la barra. Ordena agua si no tienes dinero y sólo espera. Puede que tengas que hacerle ojitos a alguien. Si quieres mejorar tus oportunidades sólo mira ávidamente al tipo que más dé miedo en el lugar. Si estás dispuesta, el sexo sucederá.

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Tal vez piensas que estoy bromeando, o sea, este es un libro sobre pureza (sí, abriste el lado del libro sobre la pureza), pero no lo estoy. Esos son extremos a los que una persona puede llegar para tener sexo, pero la mayoría de nosotros no tenemos que llegar a esos extremos. Si tenemos una pareja, podemos tener sexo. Aún si nuestra pareja vive en Inglaterra y nunca la/lo hemos conocido, podemos tener sexo por el chat o la cámara web o por Skype. Y si tenemos problemas conociendo personas, podemos tener sexo con juguetes – libros pornográficos, revistas, videos o aparatos sexuales. A diferencia de la violencia, el sexo está disponible en mi vida real y la tuya y está tratando de acercarme a él en cada vuelta, empezando con la televisión y los anuncios. La cosa más difícil de hacer en la vida de un soltero cristiano es mantenerse puro hasta el matrimonio. Seguro que ya te hayas dado cuenta de esto, por lo menos a nivel intelectual. Es por eso probablemente que estás leyendo este libro. Sabes que tienes un gran desafío delante de ti y necesitas ánimo. Has venido al lugar indicado. Aparte de una conversación con Dios, no hay nada que dé más ánimo que las historias de éxito de personas que han pasado por los mismos problemas por los que estás pasando. Sí, es casi imposible permanecer puro, pero ¡Sí es posible! Me agrada presentarte siete maravillosas historias de gente como tú que ha combatido el desafío de la pureza y han salido victoriosos. Y estoy aún más complacida de decirte que estas historias tienen finales de cuentos de hadas – es cierto – vivieron felices para siempre. Tengo el privilegio de conocer personalmente algunas parejas que esperaron hasta el matrimonio para tener sexo (tal vez conozco más, pero no ando preguntando ese tipo de información), y ellos son sin lugar a dudas las parejas casadas más felices que conozco. Eso no quiere decir que sólo los matrimonios de vírgenes pueden funcionar – seamos realistas – muchas personas que han tenido sexo antes de casarse están felizmente casadas. De hecho, tenemos historias de ambos lados de este libro de matrimonios mezclados entre vírgenes y no vírgenes, quienes también están viviendo “felices para siempre”. Llegar al matrimonio puro no es la única forma de tener un matrimonio exitoso y no es un método infalible tampoco. ¿Así que, cuál es la ventaja de la pureza? Aparte de las ventajas obvias de no tener que perder un minuto de sueño preocupándose sobre embarazos no planeados y enfermedades de transmisión sexual, guardarse para una experiencia sexual increíble en tu noche de bodas tiene la gran recompensa de unirte con tu pareja permanentemente. Porque Dios hizo a la mujer del cuerpo del hombre (Génesis 2:23), Él nos diseñó para volver a ser uno. “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser” (Génesis 2:24). Así que, no, en caso de que te lo estés preguntando, ¡no hay nada malo con querer una pareja desesperadamente! Ese es un deseo que Dios te dio – encontrar una persona a la cual volver, con quien unirte y hacerte uno. Esa

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es la voluntad perfecta de Dios para un hombre y por esto estableció el matrimonio. Es tu vida – ¿cómo la quieres? Puedes tener una vida promedio, andar con dificultad por ahí, aprender equivocándote, que te rompan el corazón, tal vez romper algunos tú y eventualmente conocer a esa persona especial, comprometerte, tener hijos, y con eso tienes como un 40 por ciento de probabilidades que salga bien para ti. Esas no son malas estadísticas; si yo escuchara que hay un 40 por ciento de posibilidades de lluvia, llevaría una sombrilla. O, puedes tener lo mejor de la vida y el sexo como nuestro Creador lo quiso – una experiencia tan increíblemente fuerte que no te puedes sentir completa sin tu pareja. Eso suena excelente para mí. Y me gustaría poder describirlo mejor, pero no tengo palabras para expresarlo. No porque sea indescriptible, pero porque no tengo esa experiencia personal y por lo tanto sólo puedo darte información de segunda mano, desde historias como las de este lado del libro, sobre ese tipo de amor. Sólo me puedo imaginar lo que debe ser ver a mi esposo y sentirme sobrecogida por felicidad marital, como Dios lo planeó. Nunca conoceré cómo se siente la voluntad perfecta de Dios en el matrimonio, porque no tomé esa ruta. Mi esposo y yo no estamos unidos apropiadamente y son nuestras experiencias sexuales pasadas las que nos han dañado en esta área. Tenemos memorias que no podemos borrar, tenemos bases para comparar, hemos amado a otros. Creo que Dios nos ha dado un remedio para nuestra situación y con mucha redención ante Él y un desarrollo espiritual diligente, tal vez un día mi esposo y yo podemos convertirnos en uno. Sin embargo para la pareja que usa su primera relación sexual para unirse, esa “sola carne”, viene sin esfuerzo – tal como Dios lo planeó. Es tan fácil, inmediata y placentero como el mismo sexo. Esta es la gran recompensa. Por tu espera, por tu esfuerzo de permanecer pura, por tu victoria, obtienes el privilegio de unión instantánea con tu esposo. Y esa es la recompensa que sigue pagando en años de un matrimonio feliz, en unidad como padres, en ser buenos ejemplos para tus propios hijos mientras que aspiran a la pureza y en tu propia defensa mientras que el Enemigo trata de destruir tu matrimonio (y tratará; es lo que hace con los matrimonios). La pureza vale la pena el esfuerzo. Pero oye, ¿qué es la pureza? Es esperar el matrimonio para tener sexo, ¿verdad? ¿O es que el sexo oral cuenta? ¿Qué tal sexo por teléfono? Ni siquiera hay contacto físico ahí. En Mateo 5, Jesús nos da los límites para la pureza: “Pero yo les digo que cualquiera que mira a una mujer y la codicia ya ha cometido adulterio con ella en el corazón”. Auch, ese es un estándar bastante alto. Pero no confundamos deseo sexual con lujuria. Ciertamente puedes llegar al altar matrimonial lleno de deseo sexual por tu futura esposa sin haber “cometido adulterio” con ella en tu corazón. Así que la lujuria, es un deseo sexual egoísta que está por fuera de la voluntad de Dios para tu vida. Ese deseo sexual que sientes por tu futura pareja puede ser puro si estás siguiendo la voluntad de Dios para tu

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vida, o puede ser lujuria si estás dejando que te mueve lejos de la voluntad de Dios para tu vida. Así que, decidirse qué tan cerca de la penetración puedes llegar y aún ser puro se convierte en un asunto personal entre tú y Dios. Debes saber, que una vez que decidas un límite para ti mismo, llegarás ahí y tratarás de pasarla. Si te determinas a cualquier cosa menos penetración, no te sorprendas si te das cuenta que lo hiciste todo menos tener sexo. Si decides que cualquier cosa con la ropa puesta está bien, encontrarás todo tipo de cosas que hacer con la ropa puesta. Si decides que besar es tu límite – entonces besarás y bastante. Si decides que tomarse de las manos es lo único aceptable, entonces tendrás manos sudadas. Los límites están por todos lados en la ley de Dios y en la naturaleza y tener los límites es una estrategia importante para tu éxito en permanecer puro hasta el matrimonio. Imponte algunas y nunca, nunca, repito nunca (leíste bien que dije nunca) las rompas. Si lo haces, te encontrarás dando el primer paso en un camino resbaloso cuesta abajo que te hará terminar en el fango del arrepentimiento – que dura una vida entera. Sea o no que ya te impusiste algunos límites, espero que mientras que lees ambos lados de este libro, busques el tema de los límites. Cuando el individuo definió el sexo como sólo penetración, inevitablemente, las cosas fueron justo hasta antes de ese punto – y deberías tomar nota de cómo se sintieron al respecto con tiempo para reflexionar al respecto. Y para aquellos que mantuvieron su estándar alto y dijeron que no se iban a dar un beso hasta el día de la boda, también llegaron a ese límite. Esta colección de historias sobre el amor que esperó no tiene la fórmula secreta para el éxito. Lamento decir que no hay manera segura de evitar la tentación sexual. Si alguna vez hubiera tal cosa (el cinturón de castidad fue un buen intento), Satanás habría encontrado una forma de vencerlo. Permanecer puro es un reto personal que tienes que enfrentar de una forma única en asociación con la Santa Trinidad. La base de tu esfuerzo debe ser una relación fuerte con Dios – esta es la única constante en permanecer puro exitosamente de una historia a la otra. Sin la ayuda de Dios, la pureza es una causa perdida. La buena noticia es que Dios está dispuesto a ayudar, no sólo proveyendo instrucciones y ánimo en su palabra, pero en maneras muy reales también. Dios constantemente nos cuida y si le pides ayuda a Dios para permanecer puro, Él será fiel en esto. Sigue pidiéndoselo también, no debe ser una oración de una sola vez. En cambio, sé como la mujer que molestó tanto que el juez dijo: “Está bien, te daré lo que quieres, pero deja de molestarme”. Nuestro Padre Celestial quiere que lo logremos – le trae gran alegría por ti y tu esposo que sean una pareja que le pueda traer gloria. Así que Él hará cosas muy prácticas para ayudarte si lo pides – pequeñas cosas que parecen coincidencia, como un policía estacionándose cerca de tu auto en el punto en el que en realidad deberías estar saliéndote del auto. Y cosas grandes – como sacar de tu vida inesperadamente a esa persona que te está tentando más allá de tu capacidad para resistir. Si fueras

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a tomar nota de las ayudas especiales, verías que estas intervenciones son casi milagrosas. Resistir el sexo en una sociedad manejada por el sexo es justo eso – milagroso. Anímate mientras lees cómo este milagro se dio en cada una de las siguientes historias. Y ojalá que te inspiren aún más a buscar ese milagro para ti mismo.

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El Primer Beso por Mona Fazzina Cuando era joven, soñaba con ser amaba por un hombre que fuera guapo y un cristiano maravilloso en todo sentido y pasar una vida con él. Oré para conocer a este hombre perfecto en el tiempo divino de Dios, pero creía que seguramente lo iba a conocer al inicio de mis 20s, a más tardar. Yo era lo que muchos llamarían una introvertida. Aunque tenía algunos amigos, pasaba la mayoría de mi tiempo sola y me convertí en una lectora ávida. Leí libros sobre la vida Cristiana y del tema de la pureza sexual antes del matrimonio. Era alentador para mí leer historias de otros que habían permanecido puras y hablaban de lo mucho que había valido la pena – Elisabeth Elliot, James Dobson, Billy y Ruth Graham. Leí todo lo que pudiera conseguir y aprendí dos cosas: la pureza sexual era un área de la vida en la que no podía cometer un error – era de por vida; y esto no era algo que pudiera hacer por mi cuenta. Necesitaba el poder de Dios para permanecer indemne y evitar las trampas que podrían llevarme a tener un dolor de corazón indescriptible si me dejara llevar por las malas decisiones, la desobediencia y la tentación sexual. Mientras que los años pasaron, el hombre de mis sueños evolucionó de “buen hombre de Dios” a “alguien que ame al Señor obedeciéndolo en todas las cosas, y que después me amara con un compromiso de por vida”. Para cuando tenía 19 años, presentí que si dejaba a Dios orquestar esto, sería lo mejor para mí y cualquier otra cosa que conjurara por mi cuenta no se compararía. Un hombre que yo eligiera – aunque él se viera y pareciera muy bueno – sería el segundo mejor. Pero quería lo mejor de Dios y nada más. Un día sentí que el Espíritu Sano me susurraba al corazón que el tipo de persona por el que estaba orando, también estaba orando por un cierto tipo de mujer, y que pasaría algún tiempo antes de poder convertirme en ese tipo de mujer. Pensé, “Si puedo esperar. El tiempo de Dios es el mejor. Puede que dure hasta mediados de mis 20s”. Para cuando tenía 23 años, estaba esperando conocer este hombre ¡en cualquier momento! No tenía idea en ese entonces que yo tendría casi 35 años antes de ver “el tiempo perfecto de Dios”. No ser entendida era doloroso. La gente pensaba que era fácil para mí permanecer pura porque no socializaba mucho y disfrutaba estar sola. La verdad era que cuando estaba sola con Dios, a menudo lloraba, diciéndolo lo sola que me sentía y cuánto anhelaba alguien del sexo opuesto que me abrazara, escuchara y fuera mi amigo verdadero. A través de los años, tuve enamoramientos con varios hombres, pero no conocí a ninguno muy bien. Ellos eran montañas rusas de emociones mientras que vacilaba entre soñar con una vida con esos hombres sólo para darme cuenta después de que no estaban realmente interesados en mí o que no me iban a tratar de conquistar.

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Una de las cosas más dolorosas durante este tiempo era ver a otros enamorarse, comprometerse y casarse. Me hacía sentir como si me estuviera quedando atrás. Los amigos de la secundaria y la universidad no sólo estaban casados, sino que algunos tenían hijos ¡que tenían casi 10 años! Con el pasar del tiempo, se aminoraban las amistades y finalmente perdí el contacto con todos ellos. Me sentía fuera de lugar en mi iglesia donde la norma era tener un novio, y después comprometerse bastante joven. Mis amigos y conocidos eran parejas con hijos adolescentes, o los mismos adolescentes. Disfrutaba su compañía pero no podía confiar profundamente en ellos. La gente me decía que tenía que salir más, hacer más amigos y conocer gente nueva, pero no estaba interesada en socializar sólo por encontrar un esposo. En vez, pasaba la mayoría de mi tiempo leyendo, escribiendo y pasando tiempo a solas con Dios. En uno de los libros de Elisabeth Elliot ella sugiere convertir la soledad en aislamiento y el aislamiento en oración. Tomé sus consejos a pecho. De nuevo, los libros ayudaron, esta vez para darme esperanza y aliento. Libros escritos por Bob Sorge me retaron a llegar a ser más íntima con Dios. Un libro de Dr. Don Raunikar me dio buenos consejos basados en la Biblia e inspiración. Los escritos de James Dobson y las historias de Graham y de Derek Prince me dieron esperanza. Y por supuesto, había la Biblia. Un día me sentía intrigada por la lectura de Jeremías 31:22: “¿Hasta cuándo andarás errante, hija infiel? El Señor creará algo nuevo en la tierra, la mujer regresará a su esposo”. Siempre había pensado que mi futuro esposo me buscaría a mí, y no de la otra forma. Aquí en la escritura, Dios dice que Él crearía algo nuevo y causaría que su gente lo buscara con pasión aún romántica. Decidí hacer justo eso. Escribí cartas de amor a Dios en mi diario, y compré rosas y las puse en mi apartamento, diciéndole a Dios que eran sólo para Él. No querría decirle a nadie porque no estaba segura de que lo tomarían bien y no había escuchado mucho al respecto en otras enseñanzas bíblicas. Algunas canciones de amor se convirtieron un tesoro para mí y reflejaban mis sentimientos hacia Dios: “Your Love is Extravagant” de Darrel Evans, “True Love” de David Ruis y “Pour My Love On You” de PCD eran algunas de mis favoritas. Entre más tiempo pasaba con Dios leyendo su Palabra, escuchando por y para Él y escribiendo en mi diario, más empecé a sentir su cercanía. Y mi paz y alegría crecieron imperceptiblemente. No obtuve respuestas sobre por qué no estaba casada, pero Dios sí me dijo al corazón que todas mis necesidades iban a ser cubiertas por Él, Él probaría ser suficiente. A menudo meditaba sobre una cita de Henry Van Dyke que dice que no hay nada que un hombre absolutamente necesita, excepto a Dios. ¿Podría ser esto cierto? Gradualmente dejaba de sentirme ansiosa por casarme y comenzaba estar realmente contenta como una persona soltera. Claro que soñaba con

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tener un novio, romance y matrimonio, pero también encontré consuelo en la intimidad con Dios. Un sábado por la tarde en Agosto de 2003, durante mi tiempo a solas con Dios, pregunté: “Señor, he hecho todo lo que se para vivir mi vida como Tú quisieras que la viva; ¿Estás satisfecho conmigo?” “Mona, una cosa has dejado sin hacer”. Aún mientras escuchaba estas palabras sabía exactamente a lo que Él se estaba refiriendo. Mi madre me había dicho hacía meses que debía averiguar más sobre eHarmony.com. Me había burlado, “Mamá, ese tipo de cosas es para gente que no confían en Dios”. “¡Pero, Señor! La razón por la que no obedecí a mis padres en esto es porque te estaba honrando y confiando en Ti” “Mona, en los últimos años, cuando me has obedecido, ¿alguna vez te has arrepentido?” “No, pero ha sido difícil” Silencio. “Está bien, nunca me he arrepentido. Está bien, quieres obediencia implícita en todo”. Sin decirle a nadie (porque nada iba a resultar de esto de cualquier forma), me subscribí a eHarmony sólo para marcar otro paso en mi largo camino de obediencia – no para enamorarme, conocer la persona equivocada, lograr que me rompieran el corazón, ni nada por el estilo. Ya que no quería que el Espíritu Santo me pidiera que hiciera esto otra vez, pagué una subscripción por un año para quedar en paz. Cuatro semanas después, eHarmony me introdujo a David. Tres días después de nuestra primera conversación por teléfono, recibí una docena de rosas rojas en el correo. Mientras que abría la caja de flores, me pregunté quién me las podría haber mandado… ese hombre de eHarmony? No, no pueden ser de él. Ni siquiera habíamos visto nuestras respectivas fotos. Cuando vi que eran de David inmediatamente esperé que la nota no dijera algo ridículo como, “Te amo”. Eso sería una señal segura de que no era real y que él era inmaduro o loco. Su nota simplemente decía: “Mona, Pensando en ti. David” Estaba sorprendida. Me sentí como si él estuviera corriendo un riesgo muy grande; después de todo, él no sabía si le iba a parecer hermosa. Y yo estaba nerviosa porque no sabía si él me iba a gustar. ¿Quién era este hombre? Así empezó una amistad creciente y tentativa. Aunque estaba indecisa y a menudo no reciprocaba algunas cosas que él decía, David permaneció consistente y sagrado. Casi no podía creer que Dios había traído a este hombre a mi vida como parte de su plan perfecto. ¿Sería todo esto verdad? David vivía en Colorado y yo vivía en New York. Después de dos semanas de conversación sólo por el Internet, hablamos por teléfono la

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primera vez. Un mes más tarde, David voló a New York para que pudiéramos hablar cara a cara. Para este momento aún no tenía ilusiones románticas y no estaba pensando en él seriamente porque en ese tiempo estaba contenta con mi vida de soltera y no quería alterar mi paz – y no quería arriesgarme a que me hirieran. David se quedó el fin de semana con una familia de la Iglesia en Kingston y pasamos los días juntos. Una tarde mientras que estábamos viendo una película, David repentinamente pausó el DVD, se volvió hacia mí y dijo, “Mona, para que quede claro, quiero que sepas que no me parece correcto dar besos antes del matrimonio. Considero eso como una parte de convertirse en uno y es algo en lo que he decidido no complacerme antes del matrimonio. Sólo para que quede claro”. Estaba avergonzada, sabiendo que no había iniciado este tema de ninguna forma. Y no podía haber sido la película tampoco – ¡estábamos viendo Mr. Bean! Volvió su atención a la televisión pero yo no me podía concentrar. ¿Por qué había sacado el tema de besarse? ¡Apenas nos habíamos visto cara a cara ayer! ¿Qué sería lo que lo motivó a decir esto? No me atreví a preguntar. Nuestra amistad creció y en Abril, sugerí un “ayuno” de toda comunicación entre nosotros. Habíamos estado hablando por horas por el teléfono y comunicándonos por chat, correo electrónico y cartas. Quería escuchar de Dios más claramente en cuanto esto antes de ahondar la amistad. Más que eso, no quería darle esperanzas a David si esto no debía ser. David bromeó que si yo insistía en ayunar de esta forma, obligadamente tendría que ayunar también. Durante esos 21 días, lo que escribía en mi diario me reveló a Dios hablándome cada día, en vez de esperar hasta el final para darme un simple “sí” o “no”. Eso por si solo fue maravilloso. ¿Por qué había imaginado que le tardaría a Dios 21 días para revelarme su voluntad? Aprendí tanto durante esas semanas también – mucho sobre el tema de entregarse completamente. En agosto de 2004, David viajó conmigo a través del océano para conocer a mis padres y pedirles permiso para comprometerse con su hija. Cuando ya nos habíamos comprometido el mes siguiente, le di una Biblia con la siguiente inscripción: “David, Para el hombre detrás del mismísimo corazón de Dios. Gracias por ser el único hombre que me ha buscado de la manera en que Dios lo hace con integridad, con carácter, con pureza, con persistencia implacable y esperanza, con la vida entregada, con un corazón de oro. Tal como Jesús. En su amor, Mona”

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Me mudé a Colorado en noviembre, y vivimos en apartamentos separadas en el mismo edificio de condominios. David a menudo bromeaba que tomaba más tiempo manejar a mi apartamento que caminar. Por elección, nuestro compromiso fue de casi un año. Nos casamos el 20 de agosto de 2005. Durante nuestro compromiso, nos tomábamos de las manos pero nunca nos besábamos. Aunque me sentía orgullosa de permanecer sexualmente pura antes del matrimonio, a menudo pensaba en la cama matrimonial y deseaba que por lo menos nos pudiéramos besar durante nuestro compromiso. Considero que fue pura sabiduría de parte de David haber dibujado esa línea cuando apenas nos conocimos, mucho antes de saber que él era el hombre, cuando parecía innecesario decir tales cosas. Nunca dudé de su integridad, nunca me arreglé antes de una cita con él pensando cómo iba a terminar la noche. Sabía que me acompañaría hasta la puerta, nos tomaríamos de las manos, diríamos buenas noches y eso era todo. No podía esperar ni odiar que él hiciera el intento de besarme. Como anticipamos, nuestro primer beso fue en el altar cuando el ministro dijo, “Puede besar a la novia”. Durante las preparaciones para la boda, una amiga me dijo: “Si nunca has besado a un hombre, te vas a ver ridícula en el altar en frente de todos en el día de tu boda. Tal vez deberías practicar ese beso para que sea perfecto para todos los que lo están viendo y para el fotógrafo, si quieres una foto perfecta”. Hablé esto con el Señor, esperando que Él dijera que ya que me había “comportado” por tanto tiempo, podía practicar ese beso. En vez, su voz gentil no podía confundirse, “Mona, lo que es ridículo ante los ojos de otros va a ser una cosa bella para Mí”. En el día de mi boda, a pesar de los consejos de los amigos y familia, insistí en conducir sola hasta la iglesia. Sería un momento precioso a solas con Jesús y quería que fuera privado. Estaba cantando “Pour My Love on You” de Phillips, Craig y Dean, pero después de un momento sentí la presencia del Señor que me quería hablar. Apagué la radio y conduje en silencio. Entonces esa voz familiar y amada dijo: “Mona, gracias por amarme”. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Estaba tan agradecida. Él había sido mi esperanza más segura, mi amigo más querido y mi confidente más cercano. No me había dado cuenta que por mi obediencia que para mí era difícil, Dios se había sentido amado. ¡Esto me importaba! Después de todo, es una cosa decir que Él es el amante de mi alma. ¿Pero que Él me confesara que era la amante de su alma? Qué tan precioso. David y yo estábamos en nuestros 30s cuando nos casamos. Era el tiempo perfecto de Dios. Cuando recuerdo mis plegarias por mi futuro esposo, me doy cuenta de que hay una razón por la que no obtuve exactamente por lo que oraba; está escrito en Efesios 3:20-21: “Al que puede hacer muchísimo más que todo lo que podamos imaginarnos o pedir, por el

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poder que obra eficazmente en nosotros, ¡a él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos! Amén”. Dios me bendijo con mucho más de lo que podía haber pedido, soñado o aún imaginado. Nuestra boda fue un testimonio para muchos, de la fidelidad hacia Dios y la belleza marcada de sus planes. El día de nuestra boda, le di a David el regalo que había preparado por meses – un diario en el que le había escrito largas cartas antes de que nos conociéramos. Cartas en las que me preguntaba si un hombre así existía, cartas expresando mi frustración por no haberlo conocido, cartas para un hombre que en ese tiempo no tenía nombre pero ahora es mi esposo. Nunca me había considerado hermosa antes de conocer a David. La manera en la que me ve me hace sentir hermosa. Señor, ¡nunca dejes que las escalas se caigan de sus ojos! Leí en alguna parte que en los mejores matrimonios, siempre hay coqueteo. Y eso es verdad en nuestro matrimonio. David y yo confiamos el uno en el otro sin preguntas o dudas o miedo, y esa es la base de nuestro matrimonio. Entramos al matrimonio con un lienzo en blanco sin tener que lidiar con muchos problemas que resultan de la promiscuidad que pueden demorar años para resolver, siempre creando miseria interna. Por encima de todo, me siento bendecida de saber que bendije el corazón de Dios en este respecto y que Él está complacido. ¿Es que hay mayor paz y placer? No dejo que pase un día sin agradecerle a Dios por David. Después de mi salvación, él es verdaderamente el regalo más grande de Dios para mí. Si pudiera vivir mi vida de nuevo, ¿haría algo diferente? ¿Valieron la pena todos esos años de esperar, llorar, dudar pero también confiar y orar? Desde el punto de vista estratégico de un matrimonio bendecido, no puedo ni compara el costo de esperar, obedecer y confiar, con las riquezas de su bendición. En las palabras de Elisabeth Elliot, “Valió increíblemente la pena esperar”.

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Esperando por lo Mejor de Dios por Amy Morrison Estaba en octavo grado cuando besé por primera vez, y tengo que admitir que yo fui quien lo inició. Como la mayoría de chicas de 12 años, estaba curiosa y mi mente estaba llena de un anhelo intenso por el romance. Cuando el beso finalmente terminó (ninguno sabía cómo o cuándo se debía terminar un beso) recuerdo sentirme un poco decepcionada. ¿Eso era todo? ¿Lo hice todo bien? La mayoría de los consejos sobre cómo besar obtuve de libros de romance. Pronto me gradué a libros que se trataban de más que besar. En un libro en particular, el momento culminante fue cuando el personaje principal, una adolescente, perdió su virginidad en el asiento de atrás de un auto. Su preocupación más grande en ese momento era que ella andaba con ropa interior vieja y un poco arruinada. Sin embargo, esa preocupación no evitó que tuviera la experiencia sexual más increíble y romántica de su vida. Para mi mortificación, ese libro también llegó a las manos de mi mamá. A sabiendas de que el libro no concordaba con los valores de mis padres, esperé un gran sermón de su parte. En vez, ella me escribió una nota. Ella dijo que sentía que los chicos de mi edad estuvieran leyendo libros como ese y que necesitaba saber que el libro no decía la verdad completa sobre el sexo. Después me di cuenta de que ella estaba preocupada por el hecho de que no mencionaba el dolor físico que es una realidad de la primera experiencia sexual de una mujer. Había escuchado el mensaje desde temprano que Dios me amaba mucho y que la Biblia era el mensaje de Dios para mí sobre cómo vivir mejor mi vida. Sabía que esto quería decir esperar hasta el matrimonio para darme completamente a mi esposo. Pero en la secundaria, el matrimonio parece algo muy lejano y mi curiosidad romántica se alimentaba casi diariamente de una dieta de canciones de amor en la radio y escenas de amor en las películas y libros. Quería experimentar personalmente la emoción de la que tanto había oído y leído. Quería que las canciones de amor aplicaran a mi vida y al chico de mis sueños. Me preguntaba cómo sería ser la protagonista de una escena de amor en la vida real. Así que cuando un chico mayor empezó a dar señales de estar interesado en mí durante una conferencia de jóvenes de cuatro días, estaba lista. No importaba que acabara de conocerlo o que sólo fuéramos a estar juntos por cuatro días y después volver a nuestros respectivos lados del estado. Quería romance. Quería tener una aventura. Los próximos días estuvieron llenos de andar tomados de la mano, caminatas y muchos, muchos besos. Hablamos de todo tipo de cosas, y recuerdo que no había mucho que haya dicho que me impresionara. Cuando la conferencia terminó, me sentí bastante aliviada. Había tenido mi aventura y ahora podía regresar a la seguridad de mi pueblo.

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Aunque hubo varios enamoramientos, citas de la fiesta de graduación y de la de entrada a clases, nunca tuve un novio serio en la secundaria. Algunos de mis amigos iban de un novio al otro – sólo para volver al novio original. Aunque a menudo deseé sentir romance, parte de mí también me ponía en un pedestal más alto por no haberme vendido tan barato. No veía mucho de qué sentirme envidiosa mientras que ayudaba a mis amigas en sus dolores de corazón, rupturas y sus sustos por creer estar embarazadas. Estoy agradecida ahora que mis memorias de la secundaria no son de ir de un novio al siguiente pero más bien ir de una cosa divertida a la otra. Estaba involucrada en tantas actividades extracurriculares esos cuatro años que tenía bastante para llenar los formularios para las becas, las cuales me dieron suficiente ayuda financiera para pagar la universidad. Aunque no lo habría admitido en ese momento, mi padre era en gran parte responsable del sentido de mí propio valor en la secundaria. Él tenía la regla de que cualquier chico que quisiera sacarme en una cita necesitaba reunirse a solas con él primero. Él quería asegurarse de que estos chicos supieran que tenía un papá que me amaba y que esperaba el mejor trato para su hija. Sorprendentemente, hubo un número de chicos dispuestos a pasar por ese interrogatorio, y me ayudó a darme cuenta de que me merecía ser tratada con respeto y que yo valía la pena pasar algunas pruebas antes de poder salir conmigo. Antes de irme a la universidad (dónde no habría un padre para interrogar a mis citas en potencia) mi mamá y papá me dieron un pequeño anillo de oro para que usara en mi dedo de matrimonio. Tenía una pequeña llave y candado gravados en un corazón de oro y me tenía que recordar mi compromiso de seguir el llamado de Dios a la pureza antes del matrimonio, para conservar mi corazón bajo candado y llave hasta que el hombre indicado viniera y reemplazara ese anillo con el de matrimonio. Pasé el verano entre la secundaria y la universidad en un viaje de misión en Alemania. Esos dos meses cargaron mi fe y fortalecieron mi deseo de seguir a Cristo. Aprendí a tener un momento en silencio para leer la Biblia y escuchar de Dios todos los días, y mi fe Cristiana se transformó de ser la fe de mis padres a ser mi compromiso y experiencia personal. Me sentí lista para el reto de la pureza. Poco sabía lo difícil que iba a ser para mí esperar y confiar que Dios traería el hombre correcto a mi vida. Mi deseo de experimentar romance y mi consentimiento para comprometer mis creencias y compromisos por poco me costaron conocer y casarme con el mejor amigo y amante que podría haber pedido. En mi primer año de la universidad, estaba alagada e intrigada cuando un chico de último año empezó a tomarme una atención especial. Esa vieja curiosidad por lo que sería tener una persona especial en mi vida, alimentada por todas las películas y libros románticos que devoraba, estaba mostrando su cabeza otra vez. Este hombre mayor era una persona de calidad que creía en “Dios y la patria”, pero sabía desde el principio que Dios no estaba en el centro de su vida.

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Con el viaje de misión del último verano fresco en mi memoria y mi corazón, fue fácil darme cuenta que este hombre no era para casarse. También supe, muy adentro dónde no quería admitirlo, que cualquier relación con él no ayudaría a que mi fe creciese. Tristemente (para los dos), mi deseo por el romance le ganó a la sabiduría. Pasé gran parte de mi primer año abanicando las llamas de mi nueva fe personal, mientras que también lo hacía con el fuego emocional y físico de mi primera relación a largo plazo. Mientras que su graduación se acercaba, no podíamos ignorar más las direcciones diferentes en las que iban nuestras vidas, y la relación terminó. No pensé que había tomado la relación demasiado en serio, sin embargo, sentí un verdadero dolor de corazón cuando terminamos. Pensé que había estado protegiendo mi corazón, pero no era tan fácil superar y olvidar las conexiones hechas, emocionalmente y físicamente, por ese año. No fue simple curiosidad lo que me llevó a mi próxima relación durante mi segundo año. Esta vez me enamoré – del tipo de amor completo y rotundo y me quería casar con él. No protegí mi corazón esta vez. Estaba segura de que él era el hombre para mí. Él tenía un compromiso fuerte con Cristo, íbamos a la iglesia juntos, pasábamos horas hablando. Hasta decidimos que no nos daríamos un beso hasta el día de nuestra boda – aunque esa resolución sólo duró un par de meses. Hablamos de matrimonio a menudo, pero cuando pasé el verano siguiente como una consejera de un campamento al otro lado del estado, la distancia trajo perspectiva. Una atracción creciente por un colega del campamento me hizo darme cuenta que no estaba lista para comprometerme completa y totalmente. Terminamos justo antes de mi tercer año de la universidad, y una vez más estaba asombrada de lo doloroso que fue terminar la conexión. Ese año entero batallé contra la peor depresión que he pasado, aún al punto de pensar que literalmente iba a perder mi cabeza. Aunque fui la que lo había terminado todo, mi corazón no se recuperó tan fácilmente por haber perdido los sueños de nuestro futuro juntos, el sentimiento de ser amada y valorada por él, y la cercanía que habíamos compartido. Me tomó años superar los efectos restantes de esa depresión. Y aunque me estaba costando salir de esa fosa emocional de la ruptura, mi próxima estaba empezando a crecer. Mientras que una relación con el colega del campamento de verano progresaba por los próximos veranos, me empecé a sentir absolutamente atrapada. Había cumplido mi promesa de permanecer pura antes del matrimonio, pero sólo “al pie de la letra”. Había dado tanto de mí misma a este chico y habíamos compartido tantas experiencias, desde trabajar juntos hasta andar de mochileros y viajes internacionales, que odiaba la idea de tratar de desenredarme de esa relación. No lo amaba, pero era difícil confiar en que Dios tenía algo mejor para mí. Tal vez esto era todo lo que Dios tenía para mí; tal vez esto era todo lo que me merecía. El peligro real para mí durante esos años de universidad fue que me acercara tanto a conformarme con menos de lo absolutamente mejor que

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Dios tenía para mi vida. Mientras que dejaba que se erosionaran mis límites más y más, estaba removiendo las protecciones que Dios había diseñado para resguardarme. Tenía un anillo con una llave para recordarme proteger mi corazón y permanecer sexualmente pura, pero había muchas líneas en la arena que cruzar antes de la línea final de la penetración. Cada experiencia compartida, aún las que no eran físicas, servían para crear conexiones en mi corazón y mi mente con estos hombres – conexiones que resultaron ser dolorosas de cortar. Para mi tercera relación a largo plazo, estaba tan fatigada y era tan cautelosa del dolor de terminar una relación que casi acepto un compromiso de toda la vida con alguien que no era el compañero y amigo que Dios tenía para mí. Afortunadamente, no hay que merecerse la gracia de Dios, y afortunadamente, nunca podemos llegar muy lejos en el camino equivocado antes de que Dios nos encamine al correcto si le pedimos ayuda. Yo le pedí ayuda, y después de que me gradué de la universidad Dios me puso en un camino que me llevó cientos de millas más lejos a una posición como maestra en una escuela para jóvenes en peligro. Con un corazón que se liberó eventualmente de los enredos emocionales, mi fe creció y aprendí más sobre quién me había hecho Dios – algo que no tenía mucho tiempo para hacer mientras que estaba en la universidad con todas esas relaciones confusas. Y entonces llegó Jamie, o más bien, él aceptó una posición trabajando en el mismo ministerio dentro de la ciudad que yo trabajaba. Él también atendía mi misma iglesia. (¡Dios se aseguró de que nuestros caminos se cruzaran dos veces!) Jamie era el hijo de un pastor, como yo, que acababa de regresar de una misión por tres años en el África. Él era (y es) listo, guapo y divertido. Él tenía un sentido de misión y de propósito y estaba comprometido a seguir y obedecer a Cristo. No me tomó mucho tiempo darme cuenta de que este era el hombre por el que Dios había querido que yo esperara, y él era mucho mejor de lo que yo podría haber esperado. Nos casamos justo antes de cumplir dos años de conocernos. Nuestro beso de la boda no fue nuestro primer beso (no lo fue por mucho), pero mientras que salíamos, intentamos mantener nuestra relación centrada en Dios y nuestra sexualidad en línea con el diseño de Dios en vez de nuestras fuertes inclinaciones. Diez años y tres hijos más tarde, estoy agradecida por lo bueno que Dios es conmigo. Él me ha bendecido con el amigo y compañero de vida correcto. Nunca he tenido una duda o me he arrepentido de este matrimonio, sólo 10 años de gratitud hacia Dios por habernos juntado. Sé que habría sido muy diferente si me hubiera casado cualquiera de los hombres con los que me permití enredarme durante la universidad. Y sé sin ninguna duda en mi corazón que lograr evitar el enredo más grande y la conexión más grande de todas – intimidad sexual – era parte de lo que me guardó de casarme con menos que lo mejor de Dios. Si pudiera repetir la universidad, en vez de pasar de un dolor de corazón al otro, me habría divertido más. Me perdí de muchas experiencias

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y oportunidades únicas de los días sin preocupaciones antes del trabajo, matrimonio y familia. Y aún así, pudo haber sido mucho peor. Estoy tan agradecida de que un compromiso a la pureza me salvó del arrepentimiento más grande como lo es un matrimonio infeliz.

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Retroceder del Borde del Precipicio por Laura Johnson Crecí en una familia Cristiana y nunca pensé mucho sobre el sexo, hasta que fui a una presentación del grupo juvenil de mi iglesia sobre pureza. Nunca había escuchado a nadie hablar sobre sexo de una manera tan directa. Siempre asumí que esperaría para tener sexo hasta casarme porque creía en Dios y había sido enseñada que esperar hasta el matrimonio es la voluntad de Dios. El orador nos indicó que tener una noción vaga de que uno va a permanecer puro hasta el matrimonio no es suficiente. Una persona tiene que tener el propósito de evitar la tentación sexual. Aunque sentí que nunca iba a batallar con eso, firmé la tarjeta que el orador nos entregó. Lo llamaba el Contrato de la Promesa de la Pureza. Decía: “En este día ____ de ______ en el año ______, yo, ________, le prometo a Dios y mi futuro esposo permanecer sexualmente pura hasta el momento de mi matrimonio. Me doy cuenta de que Dios creó el sexo para la relación de esposo y esposa y que el sexo por fuera del matrimonio viola el plan perfecto de Dios para mi vida. Con esto en mente así hago esta promesa”. La firmé al final. (Este contrato se puede descargar gratis en www.puritypromise.com). Cuando llegué a casa, brevemente les enseñé el contrato a mis padres, y después lo escondí en mi joyero. Creía que no iba a caer en la tentación sexual, y estaba casi avergonzada por lo directo de las palabras escritas en esa tarjeta. Se quedó en el mismo lugar por un par de años antes sin que yo pensara en él. Recuerdo sentirme intrigada por la idea de darse completamente a otra persona. Daba miedo y era deseable al mismo tiempo, ser así de vulnerable con alguien. Quería encontrar a la persona para pasar el resto de mi vida con él. ¿Qué clase de persona sería él y cómo sabría si lo había encontrado? Cuando cumplí 16 años y me dieron permiso de empezar a salir en citas, mis padres me dieron un anillo de pureza. Ese anillo tenía un corazón, una cruz y una llave enlazados. Ellos me dijeron que simbolizada la llave a mi corazón; que yo no debía darme hasta que me hubiera casado con el hombre con el que Dios quería que lo hiciera. Pensé que el anillo era hermoso, pero admitiré que a veces me daba pena ponérmelo. A veces en la escuela lo cubría con mi otra mano. Aún así, todavía no pensaba que la tentación sexual sería algo con lo que tendría problemas. Recibí algo más en mi cumpleaños número 16 también – mi primer novio. Lo conocí en una reunión de estudio de la Biblia. Él era lindo, bueno, tenía excelente conocimiento de la Biblia, y toda su familia iba a la iglesia regularmente. También, él me estaba persiguiendo como loco – ¡qué más podía pedirle a la vida! Así que empezamos a salir. No nos veíamos tan frecuentemente porque él vivía en otro pueblo. Él manejaba, pero sus padres eran muy estrictos con los lugares a los que él iba. Y mis padres eran muy estrictos sobre cuando podía salir. Aparte de vernos para estudios de Biblia, la mayoría de nuestras citas consistían en

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que él viniera a mi casa y pasáramos algún tiempo juntos con mis padres cerca, si no es que en el mismo cuarto. Él siempre quería tomarme de la mano, abrazarme y tener su brazo sobre mi hombro, y estar tan juntos como fuera posible, pero no estaba cómoda con toda esa manifestación pública de afecto – especialmente cuando estábamos cerca de mis padres. Cuando estábamos solos era algo diferente. Estaba más que feliz de aceptar su afecto físico. Salimos por más de un año, y en ese tiempo, dos veces él me tocó en lugares que no debió haber tocado. Cada vez lo miré y le dije que no estaba cómoda con eso. La segunda vez le dije que si lo hacía de nuevo, tendría que considerar seriamente terminar con él. Eventualmente, sí terminé con él, por razones diferentes. Le agradezco a Dios que fuera capaz de responder correctamente y que él no me pusiera en una situación más difícil. Después de eso, pasé un buen tiempo sin salir con alguien seriamente – estaba buscando al chico correcto. Mis experiencias tempranas reforzaron mi creencia de que podía manejar la tentación sexual – una falsa seguridad. Hasta cuando entré en la universidad, no había tenido mucha interacción con gente que tuviera un gusto por el sexo. En la secundaria, había sido muy selectiva con mis amigos, pero en mi primer año de la universidad, me asignaron una compañera de cuarto – una persona diferente a todas las demás que había conocido antes. Mi compañera de cuarto pensó que yo era una falsa, y que no podía ser tan buena como parecía. Ella determinó que yo tenía un lado malo y que ella lo iba a sacar si me trataba mal. Ella después admitió que su objetivo era provocarme rabia. Una de las formas en las que trataba de provocarme era hablando de sexo. Nunca supe si ella había tenido sexo antes del matrimonio, pero ella hablaba sobre el sexo de formas que me hacían sentir incómoda – de formas sucias y cochinas, sin respeto por lo que Dios había pretendido que fuera. Y las amigas que traía a nuestro cuarto le ayudaban con sus esfuerzos por molestarme con el sexo. Una noche, una de esas amigas entró a nuestro cuarto con sangre por toda su camisa – ella estaba muy asustada. Casi no le podíamos entender las palabras que salían de su boca, pero finalmente lo descubrimos. Ella le estaba haciendo sexo oral a un chico y algo había salido mal. La mandamos al baño para quitar la camisa y lavarse las manos y los brazos. Ella volvió a nuestro cuarto con una camisa limpia, y la conversación pasó a otra dirección, lejos del incidente. Aún así, no podía pretender estar bien con lo que había pasado. Mientras que las conversaciones de sexo continuaban y hacía más amigas que no eran vírgenes, se volvió más fácil para mí sentirme cómoda con lo que estaba pasando a mi alrededor. Me había convencido de que debía aceptar las decisiones de las otras personas, pero que no me iban a afectar personalmente. Estaba equivocada. Me desensibilicé y me encontré viendo películas que nunca pensé que iba a ver, participando en conversaciones en las que nunca hubiera participado, y pensando cosas en

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las que nunca había pensado antes. Aprendí la verdad sobre lentamente convertirte en lo que te rodeas. Mi futuro esposo, Adam, y yo empezamos a salir al principio de mi segundo año. Él era todo lo que había soñado en un hombre – bueno, compasivo, talentoso, extrovertido, divertido y un hombre de Dios. Sabía que quería estar con él por el resto de mi vida. Y tan sólo saber eso le dio un giro a las cosas. Había escuchado a otras chicas decir que perdieron su virginidad porque pensaron que se iban a casar con el chico. Recuerdo pensar qué tan loco era esto porque una y otra vez las parejas terminaban. La chica usualmente estaba devastada. Ahora era mi turno de sentirme tentada por la idea de estar juntos por siempre. ¿Sería realmente tan malo tener sexo antes del matrimonio si el resultado final aún era un compañero sexual por el resto de la vida? ¡Adam y yo tuvimos maravillosas experiencias saliendo! Pero había veces cuando nos encontrábamos solos en la noche besándonos y esos labios se sentían bien. Cuando las hormonas toman el mando, la forma de pensar se distorsiona, y había momentos en que pasamos algunos límites que nos habíamos propuesto. Después, nos sentíamos con un remordimiento terrible. Pensaba y decía, “Si tan sólo no hubiéramos…” Y aún así, nunca tuvimos sexo. Dios siempre nos dio una salida, y le agradezco cada día que no caímos en la tentación y tuvimos sexo. Adam obtuvo un trabajo a cinco horas de donde yo estaba yendo a la universidad. Creo que eso fue parte de la forma en que Dios nos ayudó a no caer en la tentación. Nos veíamos como una vez al mes. Se volvió más difícil decir adiós cada vez que él se iba, y de nuevo, pasábamos nuestros límites. Sabía que Dios me perdonaba, pero era difícil para mí perdonarme y dejarlo pasar. Eso de repente cambió en el funeral de una señora anciana muy querida que siempre oraba para mí. Después del funeral, su esposo de 65 años puso los manos en mis hombros y me dijo, “¡Ella te amaba tanto! Ella oraba por ti todos los días, y yo continuará haciéndolo. Olvida el pasado. Ya eso no importa. Pasamos por lo mismo. Dios va a hacer algo maravilloso en tu vida”. Yo estaba maravillada. Este hombre tenía Alzheimer y no podía haberse dado cuenta de lo que estaba diciendo. Hasta este día, creo que Dios estaba hablando a través de él. Me alentó de una forma tremenda y alivió mi mente. Adam y yo nos casamos después de salir por cuatro años. Pude vestir blanco el día de nuestra boda. Atesoré el hecho de que le pude dar a mi esposo algo que nunca le había dado a nadie más ni a él antes: a mí misma, completa. Amo el hecho de que no tenemos que preocuparnos por compararnos con compañeros sexuales previos. Ya que los dos éramos vírgenes, aprendimos juntos y nos sentíamos bien cuando las cosas no funcionaban al estilo perfecto de Hollywood. Estoy tan agradecida de no tener que cargar con los problemas que el sexo prematrimonial trae a un matrimonio. Escucho historias sobre lo que otros conocidos tienen que pasar porque no esperaron para tener sexo. Una conocida desarrolló una ETS al final de sus 20s. Ella había sido sexualmente

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activa desde la pubertad, pero la enfermedad duró en manifestarse hasta recientemente. Ella aún es joven y no está casada y ahora tiene que lidiar con los síntomas, así como decirle a su prometido sobre lo que él va a tener que sufrir cuando se casen. Más común entre mis conocidos que han tenido sexo prematrimonial es temer que su esposo o esposa les sea infiel. Hay una falta de confianza en sus matrimonios y siempre temen lo peor. O ellos mismos son los que piensan, “Otra pastura siempre está más verde”. Mi esposo y yo tenemos completa confianza en nosotros y me siento libre de darme completamente a él. Sé que este es el resultado directo de esperar hasta el matrimonio y hacer que Dios sea el centro de nuestro matrimonio. ¡Con Él todas las cosas son posibles!

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Vale la Pena la Espera por Jessica J. Smith Sentada en la parte de arriba del tobogán en la Escuela Primaria del Este en Littleton, Colorado, miraba mientras que el sol se ponía sobre las Montañas Rocosas. Era mi cumpleaños número 13 y estaba estresada. Mi mejor amiga había empezado su período justo el mes anterior, y luego se dio cuenta de que estaba embarazada de otro chico de séptimo año. Tan sólo pensar en tener sexo con alguien a esa edad daba miedo, ¡y ni qué decir de ser madre! En ese momento recé, “Padre, por favor ayúdame a esperar a mi esposo, quien quiera que sea, y por favor, protégelo”. Una hora más tarde, me senté a la mesa mientras que mi madre compartía su historia de amor conmigo. Era una tradición, en mi cumpleaños ella se sentaba conmigo y me decía la forma milagrosa en que Dios unió a mis padres. Escuchar esa historia me dio el deseo de tener un testimonio propio algún día. El mismo año, Eric y Leslie Ludy, autores cristianos que propugnan la pureza, hablaron en nuestra reunión juvenil sobre abstenerse de tener sexo antes del matrimonio, la pureza ante los ojos de Dios y como ellos lograron permanecerse puros. Después, me acerqué a su mesa de productos y compré todos sus libros y cintas con el dinero de mi cumpleaños. Devoré cada palabra, y nunca me he arrepentido de haber hecho esa compra. Con el desafío de mantenerme pura en el corazón y esperar por mi esposo, le pedí a Dios algunas ideas creativas para que me alentara a seguir este camino. Se me ocurrió una idea, “¿Qué tal si le escribo cartas a él?” Saqué un viejo diario, escribí la primera carta para él, llena de fe, promesas y una oración. Aunque no había escuchado de nadie más que hiciera esto, empecé un ritual de 12 años que recontaría todas mis presiones, dolor de corazón y crecimiento. Los siguientes años fueron muy solitarios, pero crecí en la fe. Nadie quería andar con la chicha que había desechado las expectativas populares del amor. Nada de citas dobles, bebidas alcohólicas o bailes de graduación, en cambio, yo consumía la Palabra de Dios y pasaba el tiempo con su presencia. Durante este período, mi amiga tuvo su segunda bebé y no estaba mostrando señales de cambiar su comportamiento erróneo y alocado. Hice mis estudios en casa y la secundaria pasó muy rápido – me gradué un año adelantado. Entonces me fui para la Southwestern Christian University en Bethany, Oklahoma. Tenía altas expectativas que en esta universidad Cristiana habría una abundancia de amigos y relaciones que se convertirían en conexiones de toda una vida. Estaba equivocada. El primer año fue difícil, no sólo se comprometieron y casaron 22 parejas, pero yo me sentía desalentada por conocer tantas mujeres jóvenes que habían pedido prestado miles de dólares al gobierno sólo para obtener un grado de SEÑORA. Otras estaban ahí porque Mami y Papi pagaron, pero no tenían nada mejor que hacer que salir de fiesta y tener sexo. Estaba aún más

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decepcionada por los chicos que se hicieron mis amigos sólo para usarme para poner a otras chicas celosas. Después del primer año, las cosas mejoraron un poco. Desarrollé buenas relaciones con algunos estudiantes que se transfirieron. El verano entre mi tercer y cuarto año, Dios sanó algunas heridas profundas y decepciones en mi vida, y cuando regresé a clases para mi último año, tenía una nueva vitalidad y forma de afrontar la vida. A la misma vez, parecía que por fin la gente se daba cuenta de que estaba viva, y los chicos en particular. Hombres de Dios que eran guapos, estudiosos y tenían un ojo en el futuro estaban invitándome a salir. Sin embargo, siempre les dije que no porque sabía que ninguno de ellos era el que Dios había creado para mí. Mientras escribía en mi diario, había hecho una lista de 20 particularidades que deseaba en un esposo, por ejemplo: hombre de Dios, bueno y considerado, inteligente, de Carolina del Norte, cabello oscuro, alto, ojos café, con deseos de aprender siempre, tuviera padres que estuvieran salvos, tuviera una hermana, buen sentido del humor, lento para enojarse y que hiciera de todo para conquistarme. Tenía expectativas altas de lo que Dios puede hacer y sabía que estos deseos eran creados por Dios y no sólo algo carnal. Ninguno de los chicos que me estaban invitando a salir se aproximaba a esta lista. Sí luché con sentimientos y emociones de soledad y me preguntaba si el chico correcto alguna vez vendría, pero creí en lo que me habían enseñado: La decisión de Dios nunca es la segunda mejor. Me había graduado de la universidad en el 2003 con intenciones de mudarme rápidamente a Whiteville, Carolina del Norte, dónde había aceptado una pastoral de jóvenes por un año. Mi mamá vino a ayudarme a empacar. Ella me sentó y me dijo, “Jessica, Dios me dijo que debes matricularte para sacar tu maestría en Southwestern, porque vas a conocer a tu esposo aquí”. “¿Mamá estás loca? Acabo de gastar todo este dinero para pasar cuatro años aquí y ¿ahora me dices que debo conseguir más?” Me mudé a Carolina del Norte como estaba planeado, pero después, mientras que pensaba y oraba sobre lo que ella me había dicho, sabía que mi mamá tenía la razón. Así que me matriculé en un programa de maestría que podía hacer casi todo a distancia – excepto por una clase. La tarde del 6 de setiembre de 2003, me encontró en una clase de liderazgo modular, de vuelta en Southwestern en Oklahoma. Estaba sentada en el salón con docenas de otras personas de todas partes de los Estados Unidos y en realidad me estaba divirtiendo. Mi querida amiga Bev quien estaba sentada a mi izquierda estaba llamando mi atención insistentemente a un chico guapo que me había estado viendo. “Bev, sabes que ya debe estar casado y tener 500 hijos. Deja de enseñármelo” insistí. Durante un receso, él caminó hacia mí y se introdujo, “Hola, mi nombre es Greg Smith, y soy de Carolina del Norte”.

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“¿Y?” repliqué con una actitud arrogante. “Pues, se dónde queda Whiteville porque he pastoreado ahí en varias ocasiones”. Ahora él si tenía mi completa atención. Me introduje y le conté un poco sobre mí. Instantáneamente quería saber más sobre Greg. Tomé cada oportunidad para verlo en la parte de atrás del salón durante nuestros recesos. Y él se posicionaba a propósito para que lo viera en varios momentos del día. Luego supe que Greg había llamado a su mamá la misma noche en que nos conocimos y le dijo, “Mamá, la conocí”. Por el resto de esa semana, me encontré hablándole y coqueteando con Greg. Iba más allá de una coincidencia que los dos, en el ministerio en la parte rural de Carolina del Norte, nos matriculáramos en Southwestern, y que tomáramos esta clase que nos llevara al campus en Oklahoma al mismo tiempo. La noche del jueves, después de que terminara la clase, una amiga y yo íbamos para IHOP, y como Greg era la única otra persona que quedaba en el salón, le pregunté si quería venir con nosotras. Él se sentó a la par mía en la mesa en IHOP. Mi amiga tomó un paquetito de azúcar y escribió la fecha en él y lo puso en su bolso. Pensé que eso era raro, y ella no dijo nada para explicarse. Algunas semanas después, en la última clase, Greg se me acercó y me preguntó si saldría con él después de clase. Aún en ese momento, sabía en mi corazón que él era el indicado. Acepté y condujimos a un restaurante de comida China. Mientras que comíamos hablamos sobre nuestras respectivas iglesias y las dificultades con las juntas directivas. De repente me pidió mi número de teléfono. “Es divertido que preguntes, lo escribí en uno de los libros que tienes que pedir prestado para escribir uno de tus trabajos”, le dije. Greg y yo nos dimos cuenta de que íbamos a tomar varias de las mismas clases y que íbamos a estudiar juntos. Él sonrió y sus grandes ojos café me dieron un vistazo a un futuro más maravilloso del que pude haber imaginado. Él voló de vuelta a Carolina del Norte ese mismo día, y cuando lo hizo, mi corazón se fue con él. El próximo mes fue ridículo: tres bodas y estuve en todas ellas. Cuando no estaba yendo a algún evento relacionado con una boda, Greg y yo estábamos hablando por teléfono. Él me llamaba cada noche y hablábamos por horas sobre todo y nada. Él aceptó recogerme en el aeropuerto cuando volé a Carolina del Norte después de la última boda. Me encontré con una amiga en la biblioteca y mientras que hablábamos sobre nuestras vidas amorosas, ella dijo: “Jessica, quien sea que Dios tiene para ti va a ser tu Adán, y tú su Eva, y cuando el momento sea justo, se unirán en el Edén”. Unos días después, recibí un correo electrónico de Greg y al final había escrito: “Jessica, no puedo evitar sentir que Dios te ha traído a mi vida, y que eres mi Eva”. Estaba totalmente en shock, y esto fue sólo el principio de las sorpresas.

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Entre más conocía a Greg, más perfecto parecía todo. Greg nació y creció en Carolina del Norte, sus padres eran salvos y él tenía una hermana increíble. Es alto, con cabello negro y ojos cafés y tiene un maravilloso sentido del humor. Él estaba sacando su doctorado y lo mejor de todo, tiene un corazón para Dios. Después de que regresé a Carolina del Norte, salimos por cinco meses. Tres veces a la semana, él manejaba casi 500 kilómetros ida y vuelta para salir a comer o estudiar juntos. Él me dijo que ese fue tiempo bien gastado, ya que él me estaba comprobando que él haría todo por conquistarme. Él a menudo daba indicios de que me iba a dar un anillo de compromiso el día de San Valentín, pero todo era una trampa porque él no tenía intenciones de esperar tanto tiempo. El 15 de enero de 2004, Greg me propuso matrimonio. Él me llamó la noche anterior y me dijo que debía arreglarme el cabello el día siguiente, y que llegaría a recogerme a las 7 en punto. Estaba emocionada por lo que esto podía significar, así que fui al único lugar en el pueblo para que me peinaran. Adivina dónde quedaba – Wal-Mart. Y me lo hicieron mal. Lloré cuando vi mi reflejo y un estilo de cabello justo para una mujer anciana. Traté de arreglar mis rizos de forma más juvenil mientras que las 7 p.m. se aproximaba. Cumpliendo su palabra, Greg llegó a tiempo, con una docena de rosas. Condujimos hasta Myrtle Beach, Carolina del Sur, y cenamos en Olive Garden. Después caminamos por la playa. Estaba cayendo nieve y me estaba congelando en un vestido azul marino sin mangas. Greg había pensado en esto desde antes y trajo un abrigo grueso de esquiar para cubrirme con el. Las estrellas salieron en el cielo mientras que Greg se daba vuelta hacia mí y decía: “Jessica, ¿qué es eso en tu bolsillo?” “Pues, no lo sé. No puedo llegar ahí; mis manos están abotonadas dentro de las mangas”, le dije. “Está bien, yo lo sacaré”. Greg metió la mano dentro del bolsillo del abrigo y sacó una pequeña cajita negra, se puso de rodillas en la fría arena de invierno y declaró su amor por mí. Me puso el anillo en el dedo y me pidió que pasara el resto de mi vida con él. “Por supuesto que lo haré”. Lo abracé y lloré. Y entonces el perfecto final para la noche perfecta: me llevó de vuelta a mi iglesia dónde había arreglado que pusieran nuestra canción, “We Will Dance” de Steven Curtis Chapman, en el santuario mientras bailábamos lento. Él había ido al extremo para mostrarme cuánto le importaba. Por cinco meses más, planeamos nuestra boda y mientras tanto Dios nos mostró Su amor y aprobación haciendo que toda nuestra boda costara $25 (¡no es un error de impresión!). Fuimos a buscar en un lugar de matrimonios que tenía vista a un lago, con una terraza de dos pisos flotando en el agua. Con más de cien tipos de flores a la orilla de las aceras, era indescriptiblemente hermoso y completamente fuera de nuestro presupuesto. Él sitio costaba $2000 para rentarlo. Cuando el dueño se dio cuenta de que estábamos en el ministerio, nos los dio gratis, y la única fecha

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que tenía disponible era el 5 de junio del 2004, la fecha justa que habíamos escogido para casarnos. Encontré el vestido de mis sueños en Internet y después escribí mi código de área para encontrar la tienda más cercana que lo tuviera en inventario. Tan sólo a una milla estaba mi vestido de cuello abierto y redondo con vuelos y encaje transparente. El vestido había sido rebajado tres veces, y lo que una vez costó $800 ahora sólo costaba $200. Hice un depósito y planeaba volver cada semana para pagarlo. Pero la próxima vez que volví, busqué frenéticamente mi vestido sólo para darme cuenta que ¡el gerente de la tienda se lo había vendido a alguien más! ¡Para que te cuento, estaba iracunda, más que eso, simplemente molesta! Volví a la iglesia, y el padre de nuestro pastor me llamó a su oficina y me dijo, “Escuché que alguien compró tu vestido. Lo siento mucho, ¡porque esa persona fui yo!” Tomándolo de detrás de él, lo puso en mis manos mientras que lloraba. Este hombre era como un abuelo para mí y estaba increíblemente agradecida por su bondad. Nuestro pastel, los vestidos de las damas de honor, los trajes enteros, la comida, la luna de miel, la fiesta y la decoración, todas fueron pagadas por personas a las que Dios les dijo que nos bendijeran. Cada boda tiene alguna crisis y la nuestra no fue la excepción – de hecho, tuvimos dos, pero Dios las arregló. De camino a mi cena de ensayo, Greg subió la ventana de la camioneta y atrapó mi dedo del anillo y el pequeño. Lloré mientras que mis nudillos se ponían negros y azules. No podía ni siquiera cerrar los pobres porque se habían inflamado al tamaño de pequeños globos de agua. Greg se sintió tan mal. Cuando llegamos a nuestro destino, Greg tomó mi mano y oró antes de que nos saliéramos de la camioneta. Unos minutos después podía doblar mis dedos y el color feo desapareció. El día de la boda, recibí una llamada frenética de una de mis damas de honor. Ella venía conduciendo y estaba atrapada en una tormenta en Kansas y no iba a lograr llegar a tiempo. Necesitaba un reemplazo y rápido. Miré a mi mamá que estaba sosteniendo el vestido de las damas de honor y me di cuenta: ella debía probarse el vestido. ¡Le quedó a la perfección! Ella caminó por el pasillo viéndose hermosa con el vestido de alguien más. Greg y yo intercambiamos votos frente a un pequeño grupo de gente viendo hacia el lago Waccamaw en un lugar llamado El Jardín del Edén Flotante. Había encontrado mi Adán y él, su Eva. Nuestra noche de bodas, le di a Greg las cartas que había estado escribiendo por doce años. Él abrió el diario y mientras que leía, le salían lágrimas que bajaban por sus mejillas. “¿Has esperado todo este tiempo por mí?” “Sí, querido, lo hice. Sé que lo vales”, le dice tiernamente. “También tu lo eres, y te amo”, me respondió. Puedo decir honestamente que mi esposo fue mi primer beso, novio, prometido y el primero y único hombre con el que he tenido sexo. Sé que no mucha gente tiene este tipo de historia, y ciertamente entiendo por qué.

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Sería una mentira decir que no deseaba darme física y emocionalmente a otros chicos. Pero Gregory Michael Smith era el hombre que Dios creó para mí y él también tiene un corazón para la pureza. Todavía tengo esas cartas que empecé cuando tenía 13 años, y se las leo a él o a mis amigos cuando se sienten desanimados. Nadie me puede decir que Dios no se preocupa por nuestras necesidades y deseos más profundos o más pequeños. Él es el principio y el final, si que ¿por qué no reconocer que Él conoce el medio también? Alentaría a los solteros a poner la pureza como la prioridad tan alta que merece, y si no has hecho esto en el pasado, no es demasiado tarde para empezar a esperar hasta el matrimonio para tener más sexo. Dios perdona, ama y tiene el mejor plan para nuestras vidas. De verdad, ¡vale la pena esperar! Greg y yo hemos estado casados por siete años, y estamos entusiasmados por vivir la vida junta.

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Una Regla que Vale Conservar por Freda Miller En mi adolescencia empecé a probar todas las reglas y valores que mis padres, maestros y amigos me habían enseñado. Era el momento para decidir con cuales concordaba y con cuáles no. Miré a otros y pensé que podía aprender de sus errores tan bien como de sus éxitos. Sabía que no necesitaba meter mi dedo en el fuego para saber que me iba a quemar. La mayoría de las personas que yo conocía habían cometido muchos errores, eso incluía a mis padres. Concluí que mientras ambos eran buenas personas en ciertos aspectos, ellos parecían terriblemente miserables en su matrimonio. Ellos peleaban; se decían cosas dolorosas; se guardaban rencor sobre su pasado y nunca parecían resolver ningún problema exitosamente. A través de los años, la pared entre ellos creció mucho, y para mí era simple ver que no eran felices. Decidí que quería que mi vida fuera diferente. Quería felicidad y paz en mi vida. Si me iba a casar, quería amar y ser amada. No como ellos. Aprendí mucho sobre vivir sin remordimientos por verlos a ellos. Dos de los valores que decidí hacer permanentes en mi vida: tomar (¡o por lo menos tratar!) decisiones de las que no me iba a arrepentir después, y nunca hacer nada que me diera vergüenza que se hiciera público. Tal vez la segunda es corolario de la primera. Además de esos valores que tenía para mí misma, mis padres me dieron muchas reglas, como “Que no te vean borracha en público”, y “No llegues a casa embarazada si no estás casada”. Puede que no me hayan gustado esas reglas, pero eventualmente me di cuenta de que no podía escapar de ellas. La naturaleza tiene sus propias reglas y la sociedad las tiene también. Y la vida a menudo está ligada a un juego complicado de reglas que parecen contradictorias. El amor es un aspecto de la vida que está atrapado entre la contradicción de las reglas de la naturaleza y las reglas de la sociedad. Todos queremos ser amados, especialmente cuando somos adolescentes. La naturaleza crea en nosotros la urgencia de buscar un compañero pero nuestros valores cristianos nos urgen a permanecer puros hasta el matrimonio. ¿A quién le obedecemos? Recuerdo el día que decidí eso por mi misma. Era un sábado cuando tenía como 14 años y mis padres estaban peleando de nuevo, gritando y riñendo. No podía soportarlo más. Tomé un libro y me fui a mi “lugar especial” en el bosque para escapar de eso. Sentada en mi lugar de escape, absorbí profundamente los rayos del sol. Me recosté y escuché el viento soplando y los pájaros cantando. Miré las nubes en el cielo y traté de despejar mi mente. Allí había armonía y paz. Este era el tipo de mundo que quería. “Dios ayúdame, hay tanto en qué pensar”. Mis padres estaban tan enojados. Ellos se dijeron tantas palabras hirientes y después no se dijeron nada por días. Eran miserables, y también

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lo era yo. Mis padres venían de hogares disfuncionales. He escuchado decir que las chicas crecen y se parecen a su madre y buscan a alguien para casarse que se parezca a su padre. ¿Es eso lo que le pasó a mis padres? Ahora estaba creciendo en un hogar disfuncional. ¿Me pasaría a mí lo mismo? Me pregunté sobre el amor y porqué sale mal. ¿Cómo podía evitar remordimientos en mi vida amorosa? Necesitaba confiar en alguien y creer en algo que fuera más allá de cualquier cosa que hubiera visto con mis padres – y Dios calificaba. En el mundo de Dios había paz, armonía y seguridad. ¡Qué contraste con mi mundo! Pensé sobre las reglas de Dios en cuanto el amor y el noviazgo y supe que la pureza era la voluntad de Dios, así como la regla de mis padres (aunque ellos no tenían mucha credibilidad como consejeros matrimoniales en ese momento). Tal vez la pureza sería difícil, pero no podía ser sexualmente activa sin romper todas las reglas, incluyendo las dos mías – sin remordimientos ni vergüenza. No podía encontrar otra forma – la regla sobre no tener sexo hasta el matrimonio se volvió una que valía la pena conservar. Como cualquiera puede testificar, una promesa de pureza no es fácil de mantener. Me encantaría poder decir que estaba guiada puramente por la virtud y la perfección moral. En cambio, las reglas amenazantes me envolvieron y pensaba: “Si quedo embarazada, me echarán de la casa”. Esa era una de las más grandes, porque sabía que mi papá en verdad lo haría. También de vez en cuando me ocurría, “Es un pecado; iré al infierno”; pero en realidad el infierno parecía algo lejano. Esas amenazas eran lo suficientemente serias, pero había otros pensamientos más prácticos que reforzaban mi resolución y tal vez le podrían ayudar a alguien más: 1. ¿Qué tan terrible sería enamorarse de alguien y confiarle tu ser más íntimo, sólo para darte cuenta de que has sido infectada con una enfermedad de transmisión sexual de algún compañero anterior? Para mí, pasar un ETS parecía como la traición más grande. Concluí que la mejor manera de evitar el sida o una ETS era no ser promiscua y nunca salir con chicos promiscuos. 2. Si le dijera a mi novio, “Te amaré por siempre,” cuando ya he “amado” a otros antes, ¿cómo podría confiar completamente que yo no amaría a alguien más en el futuro? ¿No habría siempre alguna duda o inseguridad? Creí que si mi futuro esposo y yo nos conducíamos de manera honorable antes de casarnos – si pudiéramos evitar todas las trampas de las hormonas y la presión de grupo – entonces los dos podríamos confiar en la promesa del otro de ser fiel después de casarnos, habiendo ya establecido un precedente de confianza. 3. No quería que mi esposo recordara cómo era tener sexo con una de sus antiguas novias cuando estábamos haciendo el amor, y no quería que se preguntara si yo hiciera lo mismo. Quería ser el único amor de su vida, primero y por siempre. ¿Era insegura o celosa? Tal vez, sólo tenía 14 años, pero ay, ¡funcionó para mí!

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4. Me imaginé como me sentiría algún día si caminara por la calle con mi esposo y los niños y me encontrara con un antiguo amante. Él me reconocería; entonces vería a mi esposo. En la cara del ex novio, habría alguna superioridad: “Sé cosas sobre ella también, tal vez cosas que tú aún no sabes. Tuvimos algo que tú no tienes. Tienes mis sobras”. No sería capaz de soportar eso y estoy segura de que mi esposo no estaría feliz con ello tampoco. Claro, a mis racionales les faltaba el contenido espiritual y tal vez estoy revelándome como insegura o aún egoísta. No lo niego, pero también podría ser que Dios les pide pureza a sus hijos por esas razones prácticas. Puede que no haya garantías cuando se trata del amor, pero la abstinencia funciona muy bien para inspirar confianza entre dos personas, y ese es un pre-requisito sólido para el amor y una relación duradera. La confianza es un elemento esencial en muchas relaciones diferentes y es muy difícil de recuperar una vez que está perdida. Aún en las mejores condiciones, el matrimonio requiere trabajo, pero es mucho más fácil cuando está construido sobre una base sólida de roca que es la fe del uno en el otro. Sólo me puedo imaginar qué tanto dolor de corazón y estrés se agregan cuando tu única confianza está basada en promesas que no son nada diferentes a esas que le hiciste a alguien más y después rompiste. Sentada en mi “lugar especial” aquel día, llegué a ver que Dios tenía un plan para todas las vidas, incluyendo la mía, y empecé a confiar en que Él tenía buenas razones para hacer lo que hacía y sus aparentemente conflictivas reglas. Ese día en el bosque, decidí que podía ser una víctima de mis circunstancias o una mujer triunfadora, y escogí la última. Aunque la discordia marital de mis padres era dolorosa para mí, al fin y al cabo me llevó a buscar por una mejor forma de hacer las cosas y a confiar en Dios para que me diera respuestas. Él ha probado ser el mejor modelo a seguir y maestro sobre cómo ser feliz en la vida. Eventualmente, conocí a una persona especial que también practicaba la pureza prematrimonial y esperaba lo mismo de su futura compañera. Mi pureza era un compromiso a nuestra relación futura, basada en la creencia que el amor requería confianza, y también fue una promesa para él que yo era digna de esa confianza. Le indicó que no era ordinaria y que quería ser amada de una forma especial, y su abstinencia prematrimonial me decía que él quería ser amado de la misma forma. Fue y continúa siendo un lazo especial entre nosotros. Permanecer pura era evidencia que yo creía que Dios es más inteligente que nosotros, y que si Él hizo esa regla, está en nuestro mejor interés, aún si está en conflicto con las hormonas – también dados por Dios – que nos gritan lo contrario. La pureza para mí era confiar que una vida con pocos remordimientos es algo bueno y que nunca tendríamos que sentirnos avergonzados de decirle a nuestros hijos que sus padres practicaron pureza en su noviazgo. Déjame asegurarte lo maravilloso que es mirar hacia atrás por más de 30 años juntos y darse cuenta de qué tanta miseria y dolor han sido evitados

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por esa decisión importante. Normalmente no nos ocurre medir la ausencia de una cosa, pero piénsalo ahora. Por la gracia de Dios, evité muchos remordimientos y dolor por seguir su plan, aunque muchos podrían argumentar que no fuera lo natural. Y aún así muchos personas que conozco que hicieron “lo natural”, tienen grandes remordimientos sobre las decisiones de su pasado. Sufrieron muchos cuando les tocó revelar algún comportamiento secreto del pasado, ya sea de algún amante pasado, un embarazo no planeado, aborto, enfermedades de transmisión sexual o un amorío. Agrégale a eso las noches en vela, el miedo constante de que alguien se enterara del secreto y el trabajo de guardarlo con todas las mentiras, y el precio que pagar por sexo casual se vuelve demasiado caro. La decisión de confiar en el plan de Dios fue un ingrediente esencial que tanto mi esposo como yo buscábamos en nuestra pareja. Sabía que nunca me podría casar con alguien que hubiera tenido intimidad con otra mujer (¡o hombre!), y esa fue una buena decisión de la cual salieron la paz y la seguridad. Por la gracia de Dios, mis plegarias fueron contestadas aún más ya que mi matrimonio ha resultado ser diferente al de mis padres. Mientras que no somos perfectos, tenemos una relación sólida y amorosa con nuestros hijos. Mi esposo continúa siendo mi único amante y creo en él cuando dice que siempre me amará. No tengo nada que me daría vergüenza contarles a mis hijos. El plan de Dios regla bien. ¡El plan de Dios es lo mejor!

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¿Quién es la Solterona? por Sharon King Cuando era una niña, mis hermanos y yo amábamos jugar el juego de cartas “Solterona”. Cada mazo de cartas tiene una carta “Solterona”. El objetivo del juego era intercambiar cartas con los otros jugadores para tratar de hacer parejas. Si tenías una pareja, la sacabas de tu grupo de cartas. No sabías cuales cartas te iban a intercambiar los otros jugadores hasta que les dabas vuelta y si tenías la Solterona entre tus cartas, el objetivo era pasarlo. Al final del juego, el jugador que tuviera la Solterona, la única carta sin pareja, perdió. Aunque parezca extraño, ese juego de cartas perpetuaba el mito entre mucha gente joven, incluyéndome a mí, que si una persona permanece sin casarse y célibe es un perdedor. El juego de cartas era sólo una reflexión de la actitud de la sociedad que dice que las mujeres que permanecen solteras por la vida entera son unas perdedoras. Nosotros que hemos desafiado este estigma hemos tenido una batalla cuesta arriba, pero durante las últimas décadas el número completo de mujeres solteras que son exitosas, nos da la cachetada perfecta para preguntar desafiantemente, “¿Quién es la Solterona?”. Desde los primeros tiempos de la historia humana, las mujeres han sido valoradas por su habilidad para producir más hombres. Y hasta recientemente (en la historia humana) los hijos varones han sido más deseados que las mujeres. ¿Recuerdas la historia del Rey Enrique VIII? Él volvió todo su país (y la historia) patas arriba tratando de encontrar una esposa que le diera un varón. Las mujeres siempre recibieron el mensaje desde la niñez que no tenían mayor propósito más que casarse y tener hijos para sus esposos. Cualquier mujer que no pudiera o no cumpliera este propósito era una rareza. En verdad, existían muy pocas opciones aparte de esa. Adelantemos hasta la civilización occidental del siglo 20 – la Segunda Guerra Mundial para ser exactas. Con tantos hombres peleando en la guerra, las mujeres tuvieron que mantener las industrias regulares en movimiento. Ellas tomaron empleos que antes sólo los hombres tenían. La emergencia de los medios nacionales e internacionales expuso un valor nuevo de las mujeres y de repente, las mujeres tenían opciones más que ser esposas y madres. Ellas podían ganarse el sustento y mantenerse. En la segunda mitad del siglo 20, más y más mujeres empezaron a posponer el matrimonio para estudiar e iniciar sus carreras; y, algunas decidieron estilos de vida de solteras antes que el matrimonio para buscar otros objetivos de vida. Entonces, la sociedad tuvo que volver a pensar en su imagen de las mujeres. Por miles de años, las mujeres que no estaban casadas y no tenían hijos eran vistas como inútiles y poco atractivas. Ahora, las mujeres que no están casadas y no tienen hijos manejan negocios, tienen puestos públicos, trabajan en medicina, ley y otras profesiones significativas. Por primera vez

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en la historia de la humanidad, el matrimonio y la maternidad no son las únicas medidas del valor de la mujer. El mito de la solterona – una mujer triste, sola, seca y vieja que había sido mirada con lástima por perderse de las mejores cosas de la vida – lentamente se empezó a desvanecer hasta el punto de convertirse en un ícono políticamente incorrecto. Sin embargo, hoy un nuevo ícono a quién tenerle lástima ha emergido: la virgen a los 40. La sexualidad ahora juega un papel tan predominante y desproporcionado en la vida social que el miedo más grande de una persona ya no es no casarse, sino no tener sexo. Mucha gente joven cree que no van a ser considerados atractivos ni valiosos por el sexo opuesto si no son sexualmente activos. Esto puede parecer como una creencia moderna, pero en realidad es mucho más anticuado que el concepto de la solterona. Está basado en la creencia errónea que el sexo define nuestras vidas – una idea tan vieja que hasta parece primitiva. La verdad es que el sexo es parte de nuestras vidas, pero no define nuestras vidas – bueno, por lo menos no para nosotros los que tenemos algo mejor que hacer que satisfacer nuestros impulsos primitivos. El siglo 21 está lleno de hombres y mujeres que han entrado en sus 40s y 50s y más sin haberse casado o tenido hijos y, en algunos casos, sin haber tenido sexo – y están amando cada minuto de sus vidas. Yo debería saberlo – ¡Soy una de ellas! Fui criada para creer que Dios creó la sexualidad para ser disfrutada en el matrimonio, y desde temprano decidí que esperaría hasta el matrimonio para tener sexo. Después de la secundaria, entré a la universidad y seguí mi interés por la música. Cuando tenía 21 años, una edad para cuando la mayoría de mis contemporáneos se estaban casando, mi madre murió de cáncer. Mi dolor por esa pérdida fue tan sobrecogedor que encontraba difícil pensar en cualquier otra cosa. Sin embargo, me gradué de la universidad unos cuantos meses después y empecé en mi primer trabajo como maestra de música de una secundaria. A través de mis 20s, salí ocasionalmente, pero nunca conocí a nadie que sintiera que sería un buen compañero de vida. También, a través de mi oración y consejería Cristiana, me di cuenta de que necesitaba procesar mi dolor por la muerte de mi madre antes de poder continuar con mi vida. Así que esperé, y continué esperando. Mientras que Dios me ayudaba a manejar mi dolor, mi entusiasmo por la vida volvió. Desarrollé un gusto por la música de otras culturas y empecé mi maestría en antropología. Tuve oportunidades de viajar a otros países y ver qué tan grande es realmente el mundo. Trabajé en una variedad de trabajos y exploré habilidades y talentos que no sabía que tenía. Dios nutrió mi deseo de ayudar a otros, desarrollé un interés en trabajar con personas mayores, y eventualmente saqué un doctorado, y ahora trabajo en el campo de investigación gerontológica para mejorar la calidad de vida de las personas mayores. Mientras que todo esto sucedía, algo más pasaba simultáneamente. Me estaba volviendo más vieja, sin casarme y sin tener hijos – y estaba feliz y emocionada por mi vida. Calzaba en la categoría de la solterona, pero no me

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veía o sentía como la imagen en ese mazo de cartas del juego que jugaba de niña. Esto no es para sugerir que nunca me pregunté cuando conocería al hombre correcto o que nunca traté de hacerlo. Lo hice. Salí con varios hombres que habrían sido posibles esposos, y estaba convencida de que uno de ellos era el compañero de vida que había esperado. Disfrutábamos la misma música, las mismas actitudes sobre la justicia social y las mismas creencias religiosas (por lo menos en la superficie). Después de salir por un par de meses, empecé a probarme vestidos de novia. Aquella Navidad, hicimos un viaje importante a casa para conocer la familia. Mis tías y primos estaban claramente aliviados que finalmente había decidido casarme – el mito de la solterona era fuerte en mi familia. Entonces tuve que despertarme a la realidad. Mi prometido empezó a presionarme a que tuviéramos sexo prematrimonial y me insinuaba que él tenía otras salidas si yo no estaba dispuesta. Devastada, pospuse la boda hasta que resolviéramos las cosas. Nunca lo hicimos. Él empezó a salir con otras mujeres, y yo tuve que reportarles a mis familiares preocupados que la boda estaba cancelada. Me tiré en un abismo de lástima propia, preguntándome: “¿Qué dirá todo el mundo? Tengo 30 años, y no estoy casada aún. ¿Qué pasa conmigo?”. Tenía decisiones que tomar sobre cómo iba a responder a eso, y oré que Dios me guiara. Decidí confiar en Dios y vi todas mis oportunidades y actividades como parte de la voluntad de Dios para mi vida. Solté de la lástima propia y decidí continuar viviendo y confiar en Dios para que me guiara a una vida significativa, y ¡lo hizo! Ver a mi madre morir de cáncer cuando era joven me hizo valorar la vida de tal manera que no podría haberlo hecho de otra forma. Concluí que cada día es una bendición. No son las circunstancias las que hacer que la vida valga más o menos la pena vivir – la vida en sí es un regalo que aprecio en todas las circunstancias. ¿Aún ando buscando al hombre correcto? ¡Definitivamente! El amor no tiene edad y esta no nos impide querer y compartirnos en una relación amorosa. Y aún el amor de un compañero de vida no es un ingrediente esencial para una vida completa. Jesús dijo, “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Juan 10:10). ¿Cómo es que este concepto de la solterona sobresale ante una promesa como esa? ¿Estás preocupada hoy de que vas a terminar como una solterona o un viejo solitario? Mira a tu vida a través de los ojos de Dios. Él te ve – completa, una persona maravillosa, una persona con un cuerpo, mente, corazón y alma. Todas esas partes son importantes para Él, y deberían ser importantes para ti. El mito de la solterona evolucionó de un énfasis desproporcionado en el cuerpo y la sexualidad – una creencia errónea que propone que el valor de una mujer estaba ligado a su cuerpo. Dios sabe más que eso, y nosotras deberíamos saberlo también. ¡Así que quién es una solterona! O, ¡quién es un viejo solitario! Yo no, y tú nunca lo serás si escoges la voluntad de Dios para tu vida.

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Aburrido por una Estación por David Pratt Si el principio de este ensayo parece un poco aburrido, eso sería porque es sobre mi vida, la cual fue aburrida por mucho tiempo. Pero aguanta un poco – prometo que se pone mejor. Mi niñez fue tristemente la de una típica familia Americana de los últimos veinte años. Mi mamá y mi papá habían estado casados antes, y habían unido sus familias ya con un hijo desde el inicio. Entonces no mucho tiempo después de que se casaron, mi mamá se embarazó de mí, y poco después vino mi hermana menor. Cuando tenía nueve años, un día llegué a casa de la escuela y encontré a mamá sentada en el sillón de la sala. Entre sus sollozos logré entender algo como “papá no va a venir a casa hoy”. De la forma en que se me explicó, papá había encontrado otra familia en otro pueblo y decidió que ahí es donde quería estar. Para evitar contar los detalles del torrente emocional que sentí por algún tiempo (que de todas maneras la mayoría de la juventud Americana ya conoce íntimamente), es suficiente decir que el resto de mi niñez la pasé en un hogar roto con familias separadas, llevando vidas aparte. La relevancia que tuvo mi niñez con el camino de mi pureza es simplemente que nunca tuve un ejemplo de un matrimonio de Dios sano. No había una “mamá y papá” en la angustia de mis años de adolescencia. Eso no es decir que mi madre no hizo lo mejor que pudo. Amo a mi madre y estoy muy agradecido por todos los esfuerzos que ella hizo para criarnos. Sin embargo, no era un hogar con una comunicación abierta. Nosotros no hablábamos de nuestros problemas, sentimientos, horarios y especialmente sobre sexo o el sexo opuesto. Deberíamos haber tenido muchas otras conversaciones serias y significativas pero nunca las tuvimos. Íbamos a la iglesia dos veces al mes, nos manteníamos alejados de las drogas y el alcohol, y básicamente vivíamos vidas aburridas. Fui criado para ser un buen chico que se mantenía alejado de los problemas. Si no fue una buena influencia la que me mantuvo en el camino correcto, entonces ¿qué fue? Para ser honesto, estoy seguro de que mi decisión inicial de no tener sexo prematrimonial la tomé en el sétimo grado en la clase de ciencias, la unidad sobre educación sexual. Las imágenes asquerosas e historias horríficas me asustaron. Me di cuenta de que no tenía deseo de tener sexo antes del matrimonio. La secundaria la pasé escuchando historias de quién lo había hecho con quién y dónde y cómo y otros detalles que aún me hacen sonrojar mientras que escribo esto. Todos sentían la presión, y para mí, un atleta, era aún peor. Todos los otros chicos estaban haciendo esas cosas, así que ¿por qué no debía hacerlo yo? Tanto como quería convertirme en “hombre” (¿qué tan cliché suena eso?), me mantuve alejado del sexo para alejarme de los problemas. Había algo más también: la gente a mi alrededor que estaba

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teniendo sexo y saliendo a fiestas no era feliz. Ellos hablaban como si todo fuera genial y justo lo que querían, pero sus vidas estaban vacías. Aunque había mucha basura con qué lidiar en la secundaria, yo tenía otras influencias también. Mi grupo de mejores amigos era increíble. No sólo nos llevábamos bien, pero ellos me soportaban, me escuchaban, me animaban… ellos vivían su vida conmigo, les dolía cuando yo sentía dolor y se regocijaban cuando yo era feliz. Esos chicos me conectaron con un ministerio de gente que se preocupaba, me guiaba y oraba por mí. No tenía idea qué le podría importar tanto a unos extraños. Este era el tipo de personas que puedes diferenciar por el tipo de vida que llevan. Los escuchaba hablar de pureza y sobre vivir una vida que era recta y sin manchas ante Dios, quien desea esas cosas de mí. Aunque sabía que era un buen cristiano, no entendía la relación que ellos estaban describiendo. Mientras pasaba más tiempo aprendiendo y escuchando a mis amigos cristianos, noté más y más que ellos estaban jurando vivir un cierto tipo de vida ante el Señor. Ellos querían esperar hasta el matrimonio para tener sexo y honrar a su Rey, no sólo para alejarse de problemas y evitar ETS o tener un hijo. Entonces empecé a quererlo también. No sabía por qué, pero lo quería muchísimo. Pronto empecé a darme cuenta de que mi vida y mi virginidad ya no me pertenecían, sino a Él. Para el momento en que me gradué de la secundaria, sentí que había escuchado todas las historias y experimentado todas las tentaciones… ¡MENTIRA! La secundaria no fue nada comparado con lo que viví en una residencia para ambos sexos mi primer año de la universidad. Pasé de estar protegido a que ningún área de mi vida fuera privada. No sólo estaba mi vida abierta al público, también lo estaba la de todos los demás. Hay ciertas cosas que no se debe saber sobre otras personas – ¡yo las sabía todas! No toma mucho para darse cuenta que cuando estás por tu propia cuenta por primera vez, todos los ideales, promesas y buenas intenciones que tenías entrando se rompen muy rápido. El pequeño mundo que había conocido estaba desapareciendo. Estaba rodeado y bombardeado por todo tipo de cosas que había podido evitar en la secundaria. A cualquier lado que volteara había gente, bebidas, olores, sustancias, etc., con las que yo no quería tener nada que ver – ¡y todo esto en una universidad Cristiana! Llámame un cobarde, amanerado, inocente, o lo que quieras, pero sabía que esas cosas no honraban a Cristo. De nuevo, fue cierto que los amigos me ayudaron a seguir el camino correcto. Si no hubiera sido por un par de personas en mi vida universitaria que creían conmigo y en mí, fácilmente me podría haber perdido en el medio de toda la locura. No puedo recalcar suficiente lo importante que es rodearse de personas que no temen vivir una vida de Dios junto contigo. Eso no quiere decir que no luché con la fe. Tuve muchas preguntas sin respuesta sobre cómo aplicar principios bíblicos a mi vida: “¿qué quiere decir todo esto?” “¿debería hacer esto o aquello?” “¿qué es lo que estoy haciendo aquí?” En retrospectiva, no puedo decir realmente cómo o por qué

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las cosas funcionaron en mi vida de la forma en que lo hicieron, excepto que Dios lo quería y que Él lo hizo suceder. Hacia el final de mi segundo año de la universidad, un conocido del ministerio Bautista estudiantil se acercó a mí y me habló sobre quedarme por el verano para hacer una pasantía con un ministerio de estudiantes en una iglesia local. Nunca había pensado mucho sobre meterme al ministerio, y realmente no quería. Sin pensarlo, dije que sí, y serví en su iglesia por $40 a la semana. Entonces las cosas se tornaron confusas, pero creo que todo estaba bajo el control de Dios. Él hace lo que Él quiere; Él tiene el derecho de hacer eso. Ahora que estaba contemplando el ministerio, las cosas que antes no habían sido una gran tentación vinieron hacia mí como un huracán. Me doy cuenta ahora que el Diablo realmente no quiere que las personas estén en el ministerio o que busquen la voluntad de Dios para sus vidas. Cuando empiezas a buscar a Dios realmente y Sus deseos, Satanás te buscará sin piedad. Está en la Biblia; debes buscarlo en Marcos 4. Él está tratando de robarte tu vida. Para mí, eso significaba que él me estaba buscando con tentación sexual y pecado. Lo que no había sido un problema para mí, o siquiera una tentación real, se convirtió en un gran problema cuando me entregué a seguir el llamado de Dios al ministerio. La elección de dar mi virginidad y tener sexo por fuera del matrimonio de repente estaba justo delante de mí. No era una coincidencia - ¡no existen las coincidencias! – que estuviera viviendo solo ese verano, aislado de las amistades fuertes. Estaba solo, excepto por las oportunidades de gratificarme con chicas que lo habrían aceptado felizmente. Sería mentir si dijera que no estuve interesado o que el pensamiento nunca me pasó por la mente. Sabía que nadie más tendría que saber lo que había hecho ese verano. Era un tiempo ridículamente difícil en mi vida, uno que muy poca gente sabe hasta el día de hoy. Pero luché. En el fondo siempre supe que el pensamiento del sexo por fuera del matrimonio no era lo que Dios o yo mismo quería para mi vida. Sabiendo que estaba a punto de entrar en un estilo de vida dónde mis acciones y elecciones serían puestas bajo una lupa lo hizo un asunto aún más crítico. No podría ser un ministro para nadie si no estaba viviendo la vida en la que decía creer. Fue un tiempo muy difícil para mí. Nunca he pasado por nada que fuera una tortura como esa, pero muy en el fondo el Señor continuó dándome fuerza para vencerlo. Suena estúpido, pero es la verdad. Dios siempre nos dará la fuerza y oportunidad para evitar las cosas que nublan nuestra relación con Él. Debemos tener el coraje para seguirlo. No fue un accidente que en la primera semana de mi ministerio como un pasante conocí a la chica que iba a ser mi esposa dos años y medio después. Pasamos bastante tiempo sirviendo juntos y llegando a conocernos antes de que nos diéramos cuenta de lo que pasaba entre nosotros. Dios estaba juntando nuestros corazones. Después de un año, empezamos a salir. Un año después, nos comprometimos y seis meses después, nos casamos.

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En aquel tiempo de luchar la tentación sexual, no hubo como saber de lo que Dios tenía para mí. Ahora casi me muero en pensar que pudiera haber caído por unos momentos de placer y perdido la relación que tengo con mi esposa. Sería análogo a escoger la carne seca en vez de un filete miñón (que es un bistec…debes probarlo alguna vez). Durante ese primer año de conocernos, mi futura esposa y yo fuimos parte de un ministerio de estudiantes que ponía mucho énfasis en entender que la voluntad de Dios para nuestras vidas fuera la pureza y obediencia con nuestros cuerpos. Una noche tuvimos un rito llamado “Mi Amado” en que escribimos cartas a nuestros futuros esposos, prometiendo que esperaríamos para tener sexo hasta la noche en Dios nos permitiera estar juntos como maridos. Hasta recibimos anillos con “Mi Amado” grabado en la parte de afuera. Los anillos los debíamos usar hasta el día en que pudiéramos reemplazarlos con los anillos de matrimonio. Aunque había escogido la abstinencia, esa noche fue la primera vez que hice una promesa. Y no tenía idea que la mujer a la que le estaba escribiendo estaba sentada en ese cuarto, escribiéndome una carta también. Un par de años después durante nuestra ceremonia de bodas, cuando llegó el momento de intercambiar los anillos, vernos a los ojos y decir nuestros votos (como lo ves en la televisión), mi esposa tuvo que quitarme “Mi Amado” anillo antes de poder ponerme mi anillo de bodas. Tener que quitarme ese anillo fue el momento más bonito de la boda. Había sido capaz de mantener mi promesa a ella, igual que ella había sido capaz de mantener su promesa para mí. Disfrutamos nuestra primera noche juntos sabiendo que nos dimos algo que nunca habíamos compartido con nadie más. Nos pertenecemos. Fue en realidad un día increíble que afortunadamente sólo podré disfrutar una vez, tan extraño como eso suena. (Y oro para que tú tengas lo mismo). Mi esposa es mi belleza y mi novia. El matrimonio no es fácil, pero sabemos que nos pertenecemos por los regalos que son sólo para nosotros. Es la belleza que fuimos hechos para conocer. No tengo remordimientos de cómo he vivido mi vida, aunque hubo momentos dolorosamente frustrantes, y tal vez simplemente aburridos. Pero el poder ver hacia atrás y ver lo que Dios estaba haciendo a través de mi frustración y aburrimiento me da alegría hoy. No sé quién eres o por lo que has pasado en la vida, pero sé esto: Dios te está llamando a vivir a través de Él. Y pido al Señor que tengas paz al darse cuenta de que Dios pueda desear una estación de aburrimiento para ti también.

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Apasionada por la Pureza por Gwen Ford Faulkenberry Me crié en un hogar cristiano y me convertí en creyente cuando era una niña pequeña. Desde que tengo memoria, el mensaje que absorbía de mi familia y la iglesia era que la pureza sexual debía ser valorada y apreciada. No puedo enfatizar más la importancia del ejemplo. Mi padres compartieron conmigo cuando yo era una adolescente que ellos “se guardaron” para el matrimonio, de acuerdo a la instrucción de la Biblia, y que ellos esperaban que yo hiciera lo mismo. Ellos también oraron por mi futuro esposo. Porque mis padres han permanecido fieles el uno al otro por los más de 40 años que han estado casados, siempre ha sido fácil para mí respetar su opinión en este asunto y otros. También he sido testigo de la armonía y seguridad de un hogar construido con altos estándares cristianos. Aunque la vida de mi familia no era perfecta, nuestro hogar parecía ser uno de los más exitosos que jamás he visto entre mis amigos. Parecía lógico para mí que cualquiera quisiera este tipo de vida feliz y tranquila. De niña me formé ciertos ideales sobre cómo debía operar el matrimonio, lo que el amor significaba, etc., y estaban derivados principalmente del ejemplo de mis padres. De adolescente, luché con los mismos problemas que todos los adolescentes enfrentan. Muchos de mis amigos bebían alcohol, experimentaban con drogas y sexo. De hecho, podría decir que en mi secundaria la norma era ser sexualmente activo. En ese momento de mi vida, no creo que el ejemplo de mis padres y mi deseo de agradarlos habría sido suficiente para evitar que cometiera un pecado sexual, pero también tenía una fuerte relación personal con Jesús. Era importante para mí, personalmente, estar en fraternidad con Él y vivir la vida que Él quería que yo viviera. No era perfecta, por supuesto, y me encontré en situaciones lamentables, pero en general, fui capaz de mantener mi compromiso con Jesús de permanecer pura hasta el matrimonio. Esto puede haberme costado algunas citas, unos cuantos amigos e invitaciones a fiestas, pero valió la pena. Y creo que la mayoría de mis compañeros me respetaban por mis convicciones. En la universidad, conocí a un muchacho llamado Stone Faulkenberry, que parecía el hombre de mis sueños. Mientras nos conocíamos, pude ver que él era diferente de cualquier otra persona con la que hubiera salido, especialmente en el área de la pureza. Stone me dijo desde un principio que él no quería “salir”. Mientras que pasábamos tiempo junto estábamos “construyendo una amistad”. Por algunos errores del pasado que no quería repetir, él había hecho un pacto con Dios que no volvería a besar a otra chica hasta el día de su boda. Para poder “construir una amistad” con él tuve que acceder a no darle un beso. Esto lo hice de buena gana porque me gustaba mucho. Estaba muy impresionada con su liderazgo en esta área de

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la pureza, que francamente parece raro para un hombre. La profundidad de su amor por Jesús – y la disciplina que estaba dispuesto a tener para protegerse él mismo y a mí del pecado – me bendijo y me desafió. Había leído sobre gente así de radical, pero nunca había conocido a nadie como él. Nuestra experiencia de noviazgo fue uno de los tiempos más bellos de mi vida. Por primera vez, entendí lo que era ser amado por un hombre, además de mi papá, desde adentro hacia fuera – ser conocida, atesorada y protegida. En vez de verme como un trofeo que ganar, él estaba interesado en mi corazón. Él no le daba rienda suelta a sus hormonas o emociones fluctuantes. La marca del amor de Stone era muy desinteresada. No se trataba de lo que él podía conseguir de mí, pero lo que me podía dar, y lo que me dio fue su corazón. Él también me dio el honor de su paciencia y su disciplina. Su actitud era: Vales la pena esperar. Contigo, haré las cosas bien, no importa lo que requiera, porque tú eres un regalo de Dios para mí. Una de las noches más difíciles de mi vida fue durante nuestro compromiso, cuando hablamos sobre nuestros pasados. Fue muy fácil para mí decirle sobre el mío, e increíblemente difícil para él contarme el suyo. Sin embargo, yo quería saberlo todo. Lo que sí sabía era poco y sin detalles, y algunos consejeros dirían que es mejor dejarlo así. Pero para mí esta no era una opción. Si íbamos a ser uno, no quería que hubiera secretos entre nosotros – nada que pudiera hacernos escondernos el uno del otro, ningún detalle que pudiera causar vergüenza después. Fue una conversación dura. Todo lo que él me dijo se sintió como flechas clavándose en mi alma. Había mucho más de lo que hubiera esperado – tantos incidentes que venían desde su niñez – tantos corazones rotos que dejó. Me di cuenta más que nunca la vida tan protegida que había tenido. ¿Cuántas personas a mi alrededor deben tener historias similares a las de Stone? Me sentí como si estuviera entre neblina. Me sentí con ganas de vomitar. Entonces Stone me miró, sus ojos llenos de lágrimas y dijo, “Entendería, sabes, si no te quieres casar conmigo. Puedes ser libre. Podemos romper el compromiso”. Ese fue el momento de la verdad. Sabía dos cosas simultáneamente: Una, yo amaba a Stone y no había forma en la que quisiera vivir sin él. Y dos, sin importar nuestras historias, éramos iguales. La Biblia dice, “Todos somos como gente impura”, (Isaías 64:6). Ninguno de los dos tenía nada que ofrecerle al otro más que la gracia de Jesús – y eso era suficiente. Estaría mintiendo si dijera que su pasado no me hirió también – lo hizo – pero lo que he aprendido a través de mi experiencia de esperar, mantenerme pura hasta el matrimonio y casarme con un hombre que no lo hizo es que el amor de Jesús lo conquista todo. Sí, recomiendo esperar hasta el matrimonio para tener sexo. Es Bíblico y me ha ahorrado muchos problemas que otros, incluyendo a mi esposo, han tenido que enfrentar. Estamos mejor si lo hacemos de la forma de Dios, y también los que amamos. Stone siempre sentirá remordimiento por su pasado. Pero las buenas noticias es que en Jesús, él convirtió todos esos remordimientos en una

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ofrenda que creo que Dios acepta como hermosa. Y he tenido que aprender que cuando Dios acepta a alguien – perdona a esa persona y los mueve en una vida de resurrección – también podemos hacerlo nosotros. De hecho, debemos hacerlo. Sin importar cuáles son nuestras historias todos somos pecadores en necesidad del Salvador. Su amor realmente puede vivir en nosotros, purificar nuestros corazones y, a través de nosotros, conquistarlo todo.

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Parte II La Gran Estafa del Sexo Prematrimonial El Preámbulo al Desastre por Donna Lee Schillinger ¿Será que el sexo prematrimonial es en realidad un timo como el título de este libro sugiere? Las masas lo aman - ¿puede que tanta gente esté equivocada? No siempre ha sido tan venerado como lo es hoy, pero ha sido un culto favorito a través de la historia humana. Si hubiera algo realmente repugnante acerca del sexo prematrimonial, ¿no sabría bien conocido ya? Hace más o menos 4.000 años, el sexo por fuera del matrimonio era común, parecido a como lo es hoy. Pero Dios no lo aprobaba. Él había estado tratando de enviar el mensaje sutilmente, pero finalmente decidió escribirlo en piedra: No cometerás adulterio. Y en los detalles de los 10 mandamientos (los cuales se exponen en los libros de Levítico y Deuteronomio), el sexo prematrimonial también está claramente prohibido. Al principio, esta noción de Dios no fue ninguna amenaza para el dominio que Satanás tenía en cuanto el comportamiento sexual. Los mandamientos de Dios estaba bastante bien contenidos dentro de una pequeña nación llamada Israel. Entonces, algo inesperado sucedió (para Satanás). Los Israelitas empezaron a multiplicarse rápidamente y se esparcieron por todas partes, convirtiéndose en un grupo de gran influencia en el mundo. Adelanta al año 1900 y la ética judeocristiana había invadido (de manera casi literal) Europa, Norteamérica y Suramérica y su influencia crecía en los otros continentes también (Menos Antártica, ¡lo cual es frígido de todos modos!). Al inicio de siglo 20, el sexo por fuera del matrimonio era considerado por la mayoría como un pecado, y como tal, algo malo para una persona. Aún si se sentía bien, era malo y por lo tanto la gente trataba de evitarlo. Este ambiente puritano no era conducente para el éxito de Satanás. Y así un día, él debe haberse sentado con su brillante equipo diabólico de mercadeo y haber dicho, “OK, necesitamos una nueva estrategia para vender el sexo por fuera del matrimonio. ¡Nuestro grupo meta en esto ha estado muerto por más de 1.200 años! ¿Quién tiene una idea?” Un pequeño diablito opinó y dijo, “¿Por qué no redefinimos sexo por fuera del matrimonio para que no parezca un pecado?” ¡Brillante! A Satanás le encantó la idea y ahora ese diablito es el Vicepresidente de Mercadeo del Infierno. Lo que pasó en el siglo 20 – el giro que dio el sexo prematrimonial como natural, normal y ya no más un pecado – está por fuera de esta misiva. Para no hacer la historia larga, lo que pasó es que cuando nuestros padres estaban creciendo, el sexo prematrimonial aún era escandaloso, y ahora la virginidad hasta el matrimonio provoca shock. Es un cambio de 180 grados que pasó tan rápido que aún estamos mareados.

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Desearía poder echarle la culpa al mareo para explicar por qué la mayoría de la juventud Americana no se da cuenta de que el sexo prematrimonial es realmente malo para nosotros y que estamos mejor con fuertes prohibiciones contra el. Si este fuera el caso, si tan sólo estuviéramos esperando para que un péndulo social se balanceara, sería razonable que dentro de un par de generaciones, como sociedad, siguiéramos el camino correcto y que el sexo prematrimonial disminuyera una vez que veamos lo que en realidad es – un gran timo. No soy Nostradamus, pero no creo que eso vaya a suceder. Cualquier estudiante de la Biblia sabe que estamos en una trayectoria cuesta abajo hacia el final de los tiempos (2 Timoteo 3:1-5). Mi profecía desde mi sillón es que el sexo prematrimonial va a continuar siendo la norma y puede que nunca más sea definido como un pecado en la civilización Occidental. Satanás ha confundido a todos con el asunto y lo hizo parecer que regresar a la pureza sería darle la espalda al reloj y volver a un tiempo menos civilizado. Triste pero cierto, el control sexual ha sido impuesto históricamente por la religión paternalista y legalista, y a menudo ha sido correlacionada con el trato degradante de la mujer. Estoy feliz de que esos días hayan pasado y no quiero que vuelvan más, igual como cualquier feminista. Sin embargo, estos asuntos históricos y sociales son tangenciales a la decisión de un individuo de hoy para tener sexo por fuera del matrimonio, y las ramificaciones de esa decisión. Y ahí es dónde está el timo del sexo prematrimonial – lo que nos hace a cada uno, individualmente. Me podría estar refiriendo a muchos problemas de salud modernos que resultan por tener múltiples compañeros sexuales – condiciones tan mínimas como una pequeña infección vaginal hasta la severidad fatal del cáncer cervical y el SIDA. O me podría estar refiriendo al trauma emocional que resulta de un aborto, o el drama de por vida de tener un hijo por fuera del matrimonio. Y están también las consecuencias eternas. El sexo por fuera del matrimonio es un pecado – si se le puede creer a la Biblia. En Corintios 5:11-12, Pablo nos dice que los inmorales sexuales no heredarán el Reino de Dios. Además, es un pecado como ningún otro. “Huyan de la inmoralidad sexual. Todos los demás pecados que una persona comete quedan fuera de su cuerpo; pero el que comete inmoralidades sexuales peca contra su propio cuerpo” (1 Corintios 6:18). Me estoy refiriendo a todos esos y también a algo más. Hay muy pocas “primeras veces” en la vida como la primera vez que tienes sexo. Sólo hay una primera vez y la recuerdas para el resto de tu vida. No hay forma de volver a vivir ese momento, o de arreglarlo, o revertirlo – cuando sucede, sucede. Y hay una forma correcta de tener esta primera experiencia sexual. Se supone que debe suceder con una persona con la que te quieres emparejar, tener hijos y pasar el resto de la vida juntos. Y cuando tienes sexo de esta forma, funciona – te mantienes unido permanentemente y positivamente con esa persona. Si no lo tienes de esta forma, el sexo se vuelve disfuncional, o sea no funciona de la manera en que se supone que debe funcionar. Aún tiene el

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poder de unirte, pero con cada persona subsecuente con quien tienes sexo, pierde el poder de unión. Piensa en una etiqueta adhesiva. Cuando la pones por primera vez en algo, si pudieras dejarla ahí, probablemente podrías regresar en 50 años y ver que la misma etiqueta no se ha movido. Si trataras de arrancarla, no podrías hacerlo sin destruirla. Por el otro lado, si tomas la etiqueta y la pones en algo e inmediatamente la despegas, se arranca sin destruirse mucho. Después, si la pegas a algo más y la despegas, se arranca aún más fácil, con menos oportunidad de destruirse. Puedes hacer esto una y otra vez, y cada vez se pegará aún menos hasta que ya no se pegue más. Si la das la vuelta puedes ver que la parte pegajosa está toda llena de porquerías. El arriesgo es más que perder ese poder especial de unión que tiene el sexo – es en realidad sólo una forma de obtener un resultado. Porque inherentemente sabes que debes unirte a una sola persona en la vida (es parte de la creación física de Dios, Génesis 2:23-24), el desperdiciar tu poder único de adhesión en una persona con quien no tienes futuro te molestará de gran forma. Puede que no sea inmediato, y si permaneces alejado de la voluntad de Dios, puede que en realidad nunca te moleste, pero para aquellos que buscan seguir la voluntad de Dios en su vida, tarde o temprano, tenemos que enfrentar la cruda realidad y ver que lo arruinamos. Existe pena, remordimiento, tortura emocional… La acumulación de toda esa porquería empieza con una sola mala decisión. En el momento de darse cuenta de que el sexo prematrimonial te ha engañado, lo que sientes es tan humillante que lo último que quieres hacer es anunciarlo por Twitter. A diferencia de ver una mala película, esta experiencia no es una de la que les hablas a todos la mañana siguiente. En cambio, tratas de actuar como si no estuviera sucediendo, ser fuerte, aguantarte y rebotar. Y puede que nunca dejes que nadie se dé cuenta cuanto te dolió. Has pecado contra ti mismo y nadie más debe saber al respecto. ¿Podría ser esta la razón por la cual no se ha esparcido las noticias sobre la realidad amarga del sexo prematrimonial? En el Antiguo Testamento, había un hombre joven llamado Esaú que era un primogénito, y como tal, con derecho a una gran herencia de su padre adinerado. Esaú fue a cazar por unos cuantos días. Mientras regresaba a casa – cansado, hambriento, oliendo a rayos y en general de mal humor – se encontró una tienda de campaña dónde su hermano menor estaba cocinando una sopa de lentejas. ¡Olía mejor que bien! Le dijo a su hermano, “¡Dame un poco de tu comida!” Pero su hermano, Jacob, un bandido, dijo, “¡Consíguete tu propia comida!” Esaú estaba demasiado cansado y sus niveles de azúcar estaban críticamente bajos. ¡Necesitaba comida ayer! Así que Jacob dijo, “Está bien, te daré algo de comida, pero quiero tu herencia a cambio”. Esaú, un gran exagerado, dijo, “¿De qué me sirve una herencia si voy a morir de hambre? Está bien, tómala, ¡inepto!”. Ese era un delicioso plato de sopa de lentejas. Y costoso. Pero a Esaú no le importó realmente. Cuando eres joven, guapo y tan hábil con el arco y flecha, ¿quién piensa en hacerse rico por la muerte de su padre?

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Sin embargo, algún tiempo después, cuando tuvo tiempo de madurar, Esaú echó de menos esa herencia. Él estaba esperando una gran bendición de su padre que podría compensar de alguna forma el trato tan tonto por el que regaló su herencia, pero su hermano se jugó esa también. Cuando Esaú se dio cuenta de que había perdido dos veces, “lanzó un grito aterrador y, lleno de amargura, le dijo: ‘Padre mío, ¡te ruego que también a mí me bendigas!´” (Génesis 27:34). Su apetito volátil finalmente le había pasado factura. El resto de su vida se vio afectada negativamente porque escogió intercambiar algo precioso y valioso para satisfacer su hambre. Ese Esaú – ¿qué tonto, verdad? ¿En qué estaba pensando? Tú nunca harías algo tan estúpido. Nunca cambiarías una bendición especial de tu Padre sólo para satisfacer tu apetito de la carne, ¿verdad? Tal vez ya lo has hecho y estás leyendo este libro justo para darte cuenta de lo que te espera cuando digieras la experiencia. Si estás temiendo lo peor, siento decir, este libro lo incluye de todo. Los ensayistas hablan de corazones rotos, niños sin padres, niños abortados y traición propia. Y te advierto que, aunque no hay detalles gráficos en estas páginas, el contenido aún así es para audiencias maduras – se habla directamente sobre sexo. Pero espera, ¡eso no es todo! Estas historias son contadas por hijos del Gran Dios, y como tales, cada uno de ellos recibió perdón por lo que hicieron. Cada uno de estos escritores, no sólo confesó su pecado, sino que se arrepintieron y han reconstruido sus vidas. Algunos hasta revirtieron sus pasados mientras recobraban la pureza, hasta dónde fuera posible. No, no podían remediar esa primera vez y no pudieron borrar las memorias de cómo sucedió todo, pero tomando prestada el título de una canción tonta, algunos se sintieron “Como una Virgen” de nuevo en sus noches de bodas. Dios te puede reconstruir, y a Él le da gran placer hacerlo. “¡Mira tú, ciudad afligida, atormentada y sin consuelo! ¡Te afirmaré con turquesas, y te cimentaré con zafiros! Con rubíes construiré tus almenas, con joyas brillantes tus puertas, y con piedras preciosas todos tus muros” (Isaías 54:11-12). Si aún eres virgen, espero que estas historias verdaderas de sexo y remordimiento te inspiren a seguir en el camino correcto. A pesar del hambre que puedes sentir por dentro, verás que el sexo prematrimonial es un pésimo cambio por las consecuencias que trae. Si ya hiciste ese canje desafortunado, tu camino es más difícil, pero no es imposible. Espero que estas historias enseñen que sí es posible dejar de tener sexo una vez que hayas empezado y ganar nuevamente la pureza ante los ojos de Dios.

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Relaciones Fuera de Secuencia por Billy Lorne Existe tanta presión para tener sexo estos días. Las películas y la música lo hacen ver glamoroso con frenesí. “Tienes que hacerlo…no sabes de lo que te estás perdiendo”, es el mensaje. Lo que recibimos en la escuela no es diferente. Enseñar sobre el “sexo seguro” y entregar condones tiene la presuposición de que el sexo es un deseo sobre el cual las personas no tienen control – como animales en celo. Yo creía este mensaje, pero en casa, recibí otro mensaje que era bastante efectivo en controlar mi sexualidad en ese momento. No fui criado en un hogar cristiano, pero no necesitaba la religión para saber que el sexo prematrimonial era malo. La única charla – en verdad fue una amenaza – que mi mamá me dio fue: “Si alguna vez viene a tocarme la puerta una chica embarazada… ¡cortaré esa pequeña cosa de una vez!” Ella apuntaba entre mis piernas. A los nueve años, esto me aterraba. Consecuentemente, permanecí virgen hasta los 19 años. Me sentía anormal mientras crecía. Tenía sobrepeso, era inseguro y en mi adolescencia yo era “sombrío”, como mi mamá solía decir. Y me preocupaba porque en mi vecindario del Bronx los chicos se enorgullecían de tener sexo con tantas chicas como pudieran – entre más sexo tuvieran, más hombres se sentían. Así que a los 19 – y aún virgen – pensé que algo estaba terriblemente mal conmigo. Tal vez tengo un problema biológico… un problema físico… ¡soy feo! La presión de tener sexo se sentía como un elefante balanceándose en un maní. Me sentía humillado, avergonzado, el peso cada día más insoportable. Ningún chico normal es virgen por tanto tiempo, pensé. Finalmente conocí una chica que mostró interés en mí. Y, lo hicimos. Éramos un show increíble – unos Romeo y Julieta reales. Solo lo mejor para ella, después de todo, esta era mi primera vez. Así que la llevé arriba de una escalera oscura en mi edificio de apartamentos – un final climático para 19 años de espera. Se terminó en 10 minutos. ¿Eso era todo? Eso es lo que estaba esperando… ¿lo que me sentí presionado a hacer? No necesitaba ser cristiano para saber que algo no estaba bien. Me sentí sucio, preocupado y… mal. Me casé con esa mujer afortunada, Suzette, seis meses después, y nos mudamos a Astoria, Queens. Peleábamos la mayoría del tiempo y nos separamos después de un año. Había aprendido sobre condones pero nunca los usé. Durante nuestra separación descubrimos que Suzette tenía casi seis meses de embarazo. Casi me desmayo; el horror tomó mi mente. A los 20 años yo no tenía idea de nada sobre bebés, embarazo o ser un padre, ni tenía un lugar propio. Cuando nos separamos, yo había vuelto a la casa de mi mamá. Y desafortunadamente, ya no amaba a Suzette. Sabía que ella sólo se había casado conmigo para alejarse de su padre dominante que nunca nos hubiera dejado vivir juntos sin casarnos.

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Suzette decidió “terminar el embarazo” – como dijeron en la clínica. Pensando en ello, me sorprende la frase que la clínica usó: “terminar el embarazo” – suena como un procedimiento estéril e inocuo. Lo que hicieron allí fue terminar bebés. Ignorante y miedoso, estuve de acuerdo con la decisión de Suzette de hacerse un aborto. El edificio estaba en una calle transitada de Manhattan. Una vez en la oficina, las luces bajas y las persianas parcialmente cerradas tranquilizaban a las caras serias sentadas en la sala de esperar. La recepcionista – una mujer baja que parecía un sargento – me miró varias veces mientras que Suzette llenaba los documentos. Escribimos un cheque por $500 y nos sentamos en el área de espera, llena de chicas. Yo era el único hombre. Me sentí como si estuviera en el funeral de una víctima de homicidio y yo fuera el asesino. No me permitieron acompañar a Suzette a la parte de atrás. Cuando habían terminado, la cara bronceada de Suzette era blanca como una pastilla mientras que se aproximaba lentamente hacia mí. Mi estomago se endureció y mi corazón palpitaba en mi pecho. No podía esperar para salir de ahí. “Tenemos que volver en la mañana” me dijo, mirando a su estomago. “¿Qué?” Pensé horrorizado y molesto. Pero dije tranquilamente, “En serio, ¿por qué?”. La “mujer en la parte de atrás” le explicó que un procedimiento para los abortos entrados en el embarazo toma dos días. El primer día sólo inyectan un fluido para ampliar su útero. “Está bien”, tragué tan duro mientras que caminábamos hacia la calle transitada. “Puede que tenga calambres y un poco de sangrado”, continuó, “así que la mujer me dijo que fuera a casa y descansara”. ¿Calambres? ¿Sangrado? Entré en pánico. No hablamos por los 40 minutos que duraba el camino en el metro de vuelta al apartamento de mi mamá en el Bronx. Esa noche me sentí con nauseas mientras que la veía con dolor por los calambres y el sangrado. No entendía en ese momento el hecho de que al día siguiente nuestro bebé de seis meses cuyos órganos funcionaban completamente, incluyendo las partes del cuerpo requeridas para sentir dolor, sería arrancado del cuerpo de Suzette – entero o en pedazos. Suzette estuvo ahí dando vueltas y moviéndose esa noche, quejándose un poco, una lágrima ocasional bajándole por sus mejillas. El sol brillaba arriba en el cielo la mañana siguiente, iluminando la ciudad. Y aún su alcance no podía tocar la oscuridad en mi corazón. Después de eso, aunque Suzette nunca lo dijo, sus ojos gritaban que el aborto era mi culpa. Nuestra relación nunca se recuperó de esa experiencia. Nos divorciamos cuatro meses después. Me mudé de vuelta al Bronx y seguí adelante. Conocí a Sofía, fue deseo a primera vista. Eso suena tan crudo, pero es verdad. No tenía la primera noción del plan de Dios para las relaciones o su poder para llevarlo todo a

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cabo. Como resultado, cada relación después de mi divorcio llevaba una secuencia predecible: deseo, después sexo, relación y finalmente, infelicidad. Sé ahora que esto es completamente lo opuesto al plan de Dios para las relaciones – y con buena razón. Tres meses después de mi primera cita con Sofía – y con esto quiero decir nuestro primer encuentro sexual – nos mudamos juntos. Nos ahorraremos un montón de dinero, pensé. De nuevo, a pesar de que ambos sabíamos sobre condones y otras formas de control de natalidad, nunca las usamos. Y como es de esperarse, se embarazó. Pronto comenzaron los pleitos, tanto como las visitas a la clínica del aborto. Me recibía la misma mirada fría de la recepcionista que decía, “¿Qué estás haciendo aquí?”. Me sentía como un fracasado. Podía ver por qué los hombres no iban a lugares como ese. Sentía una acusación constante de la irresponsabilidad de todos los hombres. Sofía y yo nos quedamos juntos, pero no sin problemas. Algunos días me quemaban los celos imaginando todos los hombres guapos que Sofía veía, mientras que ella hervía por las sospechas, pensando en todas las mujeres hermosas con las que coqueteaba. Los pleitos hasta la madrugada con palabras dolorosas que nunca se curaron me dejaron sin enfoque y energía para lograr mucho. Durante el segundo embarazo de Sofía, la seguí a la clínica sin querer. Para mi sorpresa salimos rápido. Sin embargo, fue suficiente tiempo para que mi consciencia contemplara algo nuevo. Por algún tiempo, había sido un consejero de HIV trabajando en un centro de salud en el Sur del Bronx. Les advertía a los pacientes sobre las consecuencias de tener sexo sin protección y les enseñaba cómo usar condones. Nunca practiqué lo que enseñé. Mi consciencia gritaba, “¡Hipócrita!”. Sofía se embarazó por tercera vez. Pensé que ella iba a sacar una cita en la clínica y resolver el “problema”. Un día recibí una llamada. Sofía estaba esperando para ver un doctor en la sala de emergencias del Centro Médico Montefiore. Ella estaba sangrando y no sabía por qué. Después de una espera de cinco horas, el doctor confirmó que ella perdió al bebé. Nunca hablamos al respecto. Teníamos otros problemas de qué hablar – vociferantemente. Mientras que Sofía estudiaba para convertirse en enfermera, yo buscaba una carrera en la música. “Consigue un trabajo de verdad”, me sugirió amargamente. Sofía tenía un hijo de una relación previa y yo me quemaba de los celos cada vez que el padre visitaba. Había estado pensando en dejar New York y quería que Sofía se fuera conmigo. Entonces ella se embarazó por cuarta vez. Ella me amenazó que se haría un aborto si dejaba New York. Me fui. Sofía fue a la clínica.

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Había puesto tanta energía y enfoque en Sofía por dos años y al final, todo lo que tenía que mostrar era un dolor de corazón, decepción, vacío y remordimiento. Desafortunadamente, no paró ahí. Dejé New York y aterricé en Phoenix, Arizona, determinado a no enredarme con nadie. Estuve soltero por ocho meses. Qué triunfo. Seguí mi sueño de ser músico y conseguí un trabajo con una banda de Reggae. Mientras que tocaba en una noche fría de Octubre en un bar deportivo en la ciudad de Phoenix, conocí a Ashley. Seguimos la misma pauta de mis otras relaciones: deseo, sexo, relación y finalmente dolor de corazón. Pero esta vez, decidí tratar algo un poco diferente. Pensé que tal vez podría hacer que las cosas funcionaran si teníamos un hijo juntos. Le di la propuesta a Ashley de esta manera: tenemos un hijo, toco música para mantenernos y vivimos felices para siempre. Ashley dijo que sí. ¡Es buenísimo! Pensé. Pero le advertí, “Puede que tenga que salir de la ciudad varias semanas a la vez. Pero eso no quiere decir que no ayudaré a criar a nuestro hijo. Y, si por alguna razón tu amor por mí se vuelve odio”, continué, “por favor no desaparezcas con nuestro hijo o lo uses contra mí. Tomé su mirada vacía por un “sí.” Diez meses después llegó nuestra bebita. Ashley ya no podía estar conmigo en las presentaciones tarde en la noche, y con sólo un vehículo, ella no podía salir de la casa cuando ella quisiera. Ella hacía compras menos de lo que quería, y sin nadie cerca para cuidar a la bebé, ir a ver una película era imposible. “¡Soy una prisionera en esta casa!” me recordaba a menudo. Como sólo yo trabajaba, el dinero escaseaba, así que comprábamos en tiendas de segunda mano. “¿Quieres que tu hija use ropa con hoyos en ella?” ella decía. “Es sólo esa –” “¡Eres tan (vulgaridad) tacaño!” “¿Qué clase de padre eres?” ella preguntaba, pero ya tenía una respuesta. La mayoría de nuestras presentaciones me tenían fuera de casa hasta muy tarde. Ashley me acusaba de dormir con mujeres. No la culpo por pensarlo, porque en ese momento, usaba cualquier excusa para alejarme de ella. Podía ver que estábamos llegando al final de la secuencia de la relación. El dolor de corazón estaba en pleno auge. Tener un hijo no mejoró nuestra relación como esperé; la empeoró. El amor de Ashley por mí se volvió odio (como lo había predicho) y nuestra hija se convirtió en el arma de Ashley contra mí. Un día llegué a casa para encontrar un apartamento vacío. Ashley había empacado toda su ropa y se fue. Me senté y lloré. Ella volvió dos semanas más tarde. Y así empezó la pauta de irse y volver, lo cual continuó por nuestros tres años juntos.

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La última vez que me amenazó con irse, estaba más que listo para que ella se fuera para siempre, pero no podía imaginarme que mi hija no se quedara conmigo, o no verla nunca más. Ashley dejó claro que yo era un padre ausente y no tenía derechos como padre. Le creí. Me sentí desesperado, arrinconado. No tenía idea de cómo solucionarlo todo: deshacerme de Ashley pero quedarme con nuestra hija. Por varios meses llegué a conocer y confiar en una chica Cristiana, Christina, quien conocí mientras que trabajaba en la tienda de comestibles de mi hermano. Christina tenía un salón de belleza a la vuelta y ella entraba todos los días a comprarse una taza de café, un té frío de melocotón y unas papas fritas. Desesperado un día, y por su insistencia gentil, compartí mi dilema con ella. En cambio, ella me invitó a la iglesia. Fui dos veces y después le agradecí, diciendo que no era para mí. Meses después aprendí que ella seguía orando por mí, aunque no mostré interés en la iglesia. Un día Christina me dio un sermón grabado en video del cual aprendí el diseño de Dios para un matrimonio. También aprendí que Dios veía acostarse con varios como un pecado, y cuando dos personas que no están casadas tienen un hijo, él o ella es considerado un hijo ilegítimo en los ojos de Dios. Mi corazón se rompió. Mientras que Ashley, una vez más, empacaba sus maletas, sabía que necesitaba cambiar no sólo por mi mismo pero también por mi hija. Así que, comprometí mi vida a Cristo y empecé a ir a la iglesia. Lloré cuando me di cuenta de que los abortos eran vidas – mi propia carne y sangre – que había acortado. Cuando le confesé los abortos a Christina, ella me dijo que vería a los niños en el cielo algún día. Lloré – y tengo lágrimas en mis ojos aún mientras escribo esto. Aunque Dios me perdonó por mis errores de un momento, las consecuencias naturales continuaron desarrollándose por muchos años. Pasé meses sin ver a mi hija porque Ashley desaparecía con ella y limitaba su contacto conmigo. Cuando mi hija era lo suficientemente grande para contarme como el novio de su madre la había empujado al piso, la policía había visitado su apartamento, y su madre la había dejado sola por varios días en la casa de un vecino, inicié un caso en la corte. El proceso duró tres largos años con un gran costo financiero y emocional. Mi hija había sufrido las consecuencias de mis errores también. Ella tuvo que lidiar con el dolor de que la barajaran entre sus padres, escuchar a un padre decir insultos al otro y eventualmente ser abandonada por su madre. Mientras que lidiaba con mi pasado, Dios me dio un nuevo comienzo. Christina luego se convirtió en mi esposa y eventualmente adoptó a mi hija. Con Christina, llevé una secuencia de relación diferente, una que aprendí del video que ella me dio: relación primero, noviazgo de segundo, tercero matrimonio y finalmente ¡felicidad! Mi pastor local también era muy serio sobre no tener sexo antes del matrimonio y me reforzó efectivamente esta enseñanza. Y para este momento, no necesitaba que me convencieran de entender por qué Dios lo ordenaba así. Sabía de experiencia de los

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atractivos del sexo prematrimonial y las terribles consecuencias que seguían. Christina y yo fuimos estrictamente amigos por un año – ¡sin besos, abrazos ni nada! Entonces nuestro pastor nos dio consejería antes de que empezáramos a salir oficialmente. Salimos por seis meses, nos comprometimos y después salimos por otros seis meses antes de casarnos. Después de dos años juntos, habíamos construido una amistad fuerte. Si me empezaba a poner muy meloso con ella, el Espíritu Santo me “daba un golpe en la mano” y gentilmente me decía, “Ya has arruinado tu vida en esta área muchas veces. ¿En serio lo quieres hacer otra vez?” Yo contestaba, “No”, y paraba y le pedía a Dios que me perdonara y nos diera la fuerza para mantener nuestras manos lejos del otro. Yo sé que es difícil creer, pero el primer beso entre Christina y yo ocurrió unos segundos después de que el ministro anunció, “Puede besar a la novia”. Cuando me inclinaba hacia Christina, reaccionó por echarse atrás de un salto. Estupefacto, miré al ministro como para decirle, “¡Dale permiso que ya nos casamos!”. Me asombra como Dios restauró un estilo de pureza en mi vida después de tantos años de yo ser promiscuo. En la noche de nuestra boda, me sentí como virgen. Sé que parece raro, pero es la verdad. Por la primera vez en mi vida, el sexo fue correcto, decente y puro – tal como Dios se lo propuso.

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Bienvenidos a la Realidad por Shellie R. Warren Hoy estaba hablando con algunos de mis “elegidos”, – los elegidos de Dios – participantes del programa para mujeres adolescentes en riesgo que empecé en varias secundarias públicas en Nashville. ¿En riesgo de qué? Me alegra que preguntaras. Embarazo adolescente, pero peor, estas mujeres jóvenes están en riesgo de no tener idea lo que significan para Dios, la sociedad y su futuro “príncipe” (como mi mamá llama a los esposos). Antes de que te cuente sobre la conversación que tuve con mis escogidos, puede que te estés preguntando qué me califica para hablar con ellas. No estoy casada (aún). No soy virgen. No tengo hijos…bueno…vivos. Entre los años 1993 y 1999, terminé cuatro embarazos. Es una larga historia, de hecho, escribí un libro entero sobre ello. Aquí está el resumen: como estas mujeres en riesgo, no entendía el valor del sexo, mi cuerpo o las ramificaciones extremas espirituales y emocionales que vienen con tener sexo por fuera del matrimonio, embarazarse y terminar embarazos. En aquellos días cuando tenía sexo, lo disfrutaba (¡uy!). En realidad, me parece preocupante y un poco deshonesto (si es que la honestidad se puede medir) cuando la gente que ha dejado de fornicar dice que no solían disfrutarlo. Cielos, inclusive la Biblia dice que la fruta prohibida que Adán y Eva comieron era buena (Génesis 3:6). Yo amaba cómo el sexo me hacía sentir y por eso lo tenía. Así que, ¿por qué pare? No puedo decir que fue por la Biblia, o mi mamá o las escuelas Cristianas a las que fui. (¿Te sorprendió que creciera en la iglesia?) En realidad fue porque me di cuenta que estaba viviendo la clásica definición de “locura” – hacer las mismas cosas esperando resultados diferentes. Demoró mucho más tiempo de lo que debía, pero eventualmente, me cansé del corazón quebrado, pruebas de embarazo, infecciones de vejiga y vaginales, el drama de “la otra mujer” (porque algunos de los chicos la tenían), etc. El drama asociado con sexo por fuera del matrimonio sigue y sigue. Cuando doy charlas suelo compartir esta observación: He amado muchos hombres y he tenido mucho sexo, pero no estoy con ninguno de esos hombres. Sexo, a pesar de lo bueno que se sienta, simplemente no parece dar resultado a largo plazo. Para mí, los beneficios no ganaron a las consecuencias. Soy amiga de una pareja que eran vírgenes cuando se casaron. Seis años y contando y aún tienen un brillo en los ojos, ellos todavía tienen fines de semana en que no contestan el teléfono. Sólo parecen tener ojos para ellos mismos. El matrimonio es el único lugar seguro para el sexo. Quiero tener sexo seguro. El tiempo y la experiencia me han enseñado que eso quiere decir esperar. No me hagas esos ojos. Sé que puede sonar como un cliché, pero es tan verdadero.

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Como una mujer atractiva, saludable y hormonalmente balanceada, sin duda alguna, tengo mis malos momentos mientras espero el matrimonio para tener sexo. Pero antes cuando tenía sexo prematrimonial, tenía más que algunos cuantos malos momentos en un día. Tenía malos días, meses… Cielos, en algunos casos tardó años para sacar un hombre completamente de mi sistema. Y eso es poco sorprendente porque el sexo está diseñado para hacer a dos personas una, ya sea que estén casados o no (1 Corintios 6:16). Cuando una relación terminaba, era como tratar de separar dos piezas de papel pegadas. Nos lastimaba a ambos en algún nivel. Especulo sobre lo que mi vida habría sido si me hubiera esperado hasta el matrimonio. No puedo decirlo a ciencia cierta, pero una cosa que sí sé es que el sexo por sí solo duraba una hora. Recuperarme de él, por lo menos seis meses, cada vez, ¡no es broma! Dios nunca pretendió quitarnos ninguno de sus regalos, que desperdiciáramos nuestro precioso tiempo sanando del dolor. Eclesiastés 3:14 dice que lo que Dios hace dura para siempre y que nada se le puede quitar o agregar. Y aún así, mira todo el dolor que el sexo le trae a las vidas de tantos. Seguro que da pena a Dios ver algo tan bueno salir tan mal. Dios es amor. El sexo debería ser una extensión de ese amor divino. En espíritu lo es. Cuando solo se involucra la carne, no lo es. El sexo se supone que sea una bendición de la trinidad humana: la mente, el cuerpo y el espíritu. Seamos claros: no todo el mundo que lee las historias en este libro será virgen. Como una mujer que ha sido abstinente por tres años (y contando), estoy aquí para decirte que la restauración es más que posible (2 Corintios 5:17), pero es un trabajo difícil – más difícil que sería sólo permanecer virgen. Cada año, Dios me da una escritura de promesa. En mi cumpleaños número 32 (en el 2006), Él me dio a Isaías 54, que empieza: “Tú, mujer estéril que nunca has dado a luz, ¡grita de alegría! Tú, que nunca tuviste dolores de parto, ¡prorrumpe en canciones y grita con júbilo! Porque más hijos que la casada tendrá la desamparada, dice el Señor”. No sabía cómo iba a poder lograr esa, pero lo hizo. Soy una coordinadora de adolescentes madres, ¡en este momento tengo más niños (y nietos), a través del amor y propósito, de lo que sé qué hacer con ellos! Y, porque Romanos 8:28 en realidad nos asegura que todas las cosas funcionan para los buenos que aman a Dios y son llamados de acuerdo a su propósito, he visto como mi pasado ha sido útil en ministrar a mujeres jóvenes de hoy en día. Supongo que este sería un bueno momento para volver a la conversación que estaba teniendo con mis “hijas”. Mientras que ellas hablaban de sus planes para la fiesta de graduación, les dije, “Espero que no tengan esos planes”. Una de ellas dijo, “Yo si los tengo, señorita Shellie. Tengo que tenerlo”. “¿Por qué? ¿Por qué tienes que tenerlo? ¿Cuál es el propósito del sexo de cualquier forma?”

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Las chicas me conocen. Soy abierta, honesta y algunas veces causo shock con mi forma de hacer las cosas. Pero en el mundo de la guerra sexual y espiritual mi lema es: “El Enemigo es bravo…debemos serlo aún más”. “No lo sé”, esta princesa en progreso dijo mientras que se encogía de hombros. “¿Para procrear? ¿Quieres tener un bebé en este momento?” Ella me miró como si mi cabello estuviera en llamas y me dijo, “No. Oh, señorita Shellie”, se quejó, “usaré un condón”. “Está bien, ¿pero cuál es el propósito del sexo?” “Para hacerte sentir bien”, compartió otra chica girando sus caderas en su silla y riéndose. “En realidad, tienes razón”, le dije mientras me miraban sorprendidas. “¿Qué más?”. “No sé” dijo otra chica. Se estaban molestando porque les gusta tener todas las respuestas y era evidente que se les estaban acabando. “Está bien, ¿cuál es el propósito del sexo?”, les pregunté. Todas se encogieron de hombros. “¿Así que están usando algo para lo que no tienen idea cual es su propósito? Eso no tiene mucho sentido, ¿o sí?” Pasé a contarles el diseño de Dios para el sexo: hacer una pareja prometida una sola; para ser fructífero y multiplicar los humanos de la tierra; para ser puro y dar placer a dos personas que han sido unidas por Dios. “¿Y ya que Dios te hizo y el sexo, no crees que Él sabe cómo hacerlo funcionar de la mejor forma para ti?” Vi una luz encenderse. No estoy segura cuánto durará esta revelación. Sé lo que es escuchar algo en clase y después ir al mundo dónde las trampas están. Pero continuaré trabajando con mis escogidas y estoy compartiendo esto contigo porque no creo que es una coincidencia que estén bajo mis enseñanzas, ni que estés leyendo esta narrativa – quien sea que seas: hombre o mujer, virgen o no, creyente o no creyente. Uno de los dichos favoritos de mi mamá es, “El discernimiento previene que la experiencia sea tu maestro”. Algunas veces me siento y me pregunto cómo sería el mundo si todos esperaran hasta el matrimonio para tener sexo. ¿Cuántos orfanatos habría? ¿Cuántas clínicas habría? ¿Cuántos programas ridículos de realidad habría en la tele? ¿Cuántas canciones machistas habría? El sexo tiene tanto poder… para bendecir y maldecir. Hoy durante la discusión sobre el sexo, una de mis hijas dijo que, para ella, el amor es dolor y ella necesita el sexo para lidiar con su dolor. Mmm… ¿Ella usa el sexo para sanar del dolor que el amor causa? ¿Ves que el enemigo está tratando de robarse, matar y destruir la realidad del amor que Dios quiere para nosotros? 1 Corintios 13:4 dice que el amor es paciente. Hebreos 13:4 dice que sólo la cama matrimonial es pura. Dios nunca quería que el sexo fuera una ilusión, una diversión, una curita o siquiera una cura. El sexo no te hace querer personas que no te caen bien, como una amiga mía dice.

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Sólo causa que confundas satisfacción física con compromiso emocional. El sexo no te cura de tu dolor. Como un alcohólico que usa un trago de vodka como un escape, puede que temporalmente aleje tus pensamientos de los problemas, pero una vez que eso se termina, usualmente estás peor que lo que estabas antes. Eso no es especulación. Estoy hablando sobre mi propia experiencia. Y aún así, algunos de ustedes terminarán de leer esta historia, inclusive este libro, y no dejar de tenerlo. Creerán las mentiras del enemigo y pensarán que ninguna de las consecuencias les pasará a ustedes. Y por esto es que amo el nombre de este libro. Caer por esa tontería es una gran estafa. No has encontrado una forma de escapar de las semillas que estás plantando con tu desobediencia. Dios está siendo bueno y piadoso contigo, todo mientras que espera que tomes la decisión correcta. Así como lo espero yo. Mientras que veía a mis chicas salir del aula riéndose y hablando sobre el peinado de la fiesta de graduación, pensé en la conversación que había tenido unos cuantos meses atrás con una chica en otra secundaria. Ella me dijo que tenía su vida sexual “bajo control”. Recién me di cuenta de que ella acaba de dar positivo…este será su segundo hijo. Ella está en el último año del secundario. Eso sí que es la realidad. Dios nunca quiso que el sexo hiciera la vida difícil. ¿Unos cuantos minutos en cambio por el resto de la vida? Tu y el sexo son mejores que eso. Tú mereces más. Te oigo. “¿Pero es tan bueno, verdad?” Pues, no quiero algo bueno nunca más. Quiero lo que sea absolutamente mejor. Sólo Dios, el Creador, me puede dar eso. En su forma…en su tiempo…en el matrimonio, dónde el sexo no se trata de “hacer el amor” pero de celebrar un amor que ya existe.

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El Poder de la Tentación por Ruth Ann Nordin Cuando primero contemplé la idea de escribir para este libro, creí que mi historia sería buena para el otro lado del libro – el de la pureza. Después de todo, nunca tuve relaciones sexuales antes del matrimonio, así que me consideraba una virgen. Pero cuando me senté a escribirlo, todas las “otras cosas” que hice se me vinieron a la mente. En ese momento es cuando me di cuenta de que estaba bajo la ilusión de creer que permanecí pura hasta el matrimonio. La verdad es que no era pura. Cuando vuelvo a ver mi vida de soltera, no estoy orgullosa de lo que veo. Algunas cosas fueron divertidas – no mentiré – pero me dejó con muchos arrepentimientos, principalmente que desearía haber guardado todo para mi esposo hasta después de que nos casáramos. Ocho años y cuatro hijos después, les digo a mis hijos que no pueden siquiera tocar el seno de una mujer hasta que estén casados. Pero entonces me tengo que preguntar a mí misma, ¿por qué les pongo esa estipulación? Yo tenía 16 años y era pura. No había siquiera tomado de las manos o besado a un chico. Dos de mis amigas habían tenido sexo y me aconsejaron que esperara. Mi mamá me dijo que esperara. De hecho, sus palabras exactas fueron, “¿Por qué compraría la vaca cuando puede tomar la leche gratis?” Mis padres esperaron hasta que estuvieron casados para tener sexo, y ellos dicen que fue lo mejor que pudieron haber hecho. Ellos tuvieron un matrimonio feliz y una buena vida sexual. (No puedes crecer en una casa pequeña sin saber lo que hacen tus padres. Quiero decir, si estaban encerrados en el cuarto, no se necesita un genio para saber lo que estaban haciendo). Su vida sexual de hecho me inspiró porque yo veía lo feliz que era mi mamá. Entonces me hice de mi primer novio. Estaba emocionada. Pensé que todo lo que haríamos sería darnos besos y andar de la mano. Eso es lo que había leído en mis libros de romance para adolescentes, y eso es todo lo que esperaba, por lo cual me sorprendí cuando mi novio quiso que hiciéramos algo más que darnos besos. Pensé, “Pues si hacemos todo menos la penetración, entonces no será sexo. Aún seré una virgen, y no tendré que preocuparme de un embarazo”. Ese era mi más grande miedo – ni siquiera estaba pensando en ETS. Así que mi primer novio y yo llegamos a tocarnos y hasta tratamos de tener sexo oral. Realmente yo no tenía idea de lo que estaba hacienda, y ciertamente no le iba a preguntar a mi mamá que me diera detalles o aún decirle lo que estaba haciendo. Sería demasiado penoso, y me sentía culpable. Odiaba que hiciera lo que hice. Quería volver a sólo tomarnos de las manos y darnos besos, como en mis novelas de romance para adolescentes. Cuando mi novio quiso hacerlo todo, me resistí y dije que no. No estaba tentada a tener sexo. Estaba fuera de mis límites. Él terminó conmigo, y yo estaba devastada – mi

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primer dolor de corazón, y aún me di cuenta de que no me amaba y que estaba mejor así. Un año después, conocí a mi segundo novio. Él me trataba muy bien y nos enamoramos; pienso cosas buenas de él hasta el día de hoy. Él nunca trató de obligarme a hacer nada con lo que yo no me sintiera cómoda, y habíamos acordado que esperar para tener sexo hasta el matrimonio era una buena idea. El problema fue que nunca definimos los límites. Soy tan culpable en esto como lo es él. Sólo no se me ocurrió tener esta discusión. Nos besamos mucho en autocines. Sus padres tenían una minivan que les daba bastante espacio a dos adolescentes para hacer cosas sexuales. Manteníamos nuestra ropa puesta pero hacíamos la mímica de tener sexo. Sé que lo habría hecho todo con él – aunque me sentía culpable – porque lo que hacíamos era maravilloso. Lógicamente, sabía que las caricias estimulantes no eran una buena idea porque conllevan a la penetración, pero pensaba, “Sólo haremos unas cuantas cosas y pararemos antes de que llegue demasiado lejos”. Pero es muy difícil parar. Creo que la única razón por la que no tuvimos sexo fue porque mi familia se mudó a otro estado y tuve que terminar mi relación con él. En retrospectiva, le agradezco a Dios porque quién sabe el tipo de dolor de corazón y problemas en las que pude haber terminado si me hubiera quedado. En mi secundaria, salí, pero no fue nada como con mi segundo novio. Lo extrañaba y sólo quería a alguien que llenara esa soledad que dolía en mi corazón. Cuando fui a la universidad pensé que sería un buen lugar para empezar con el lienzo en blanco. Juré que no iba a hacer nada sexual con nadie más. Establecería una nueva persona, una que pudiera ir a la iglesia y sentirse orgullosa. Pero, como Jesús dijo, “El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”. Mi primer novio de la universidad aceptó esperar a tener sexo hasta el matrimonio, así que me sentí a salvo dándole besos apasionados. Sin embargo, nuestros dormitorios no eran conducentes para restringirse, porque no hay miedo de que te descubran. Éramos adultos y podíamos hacer lo que quisiéramos. Aunque no estaba tentada a hacerlo todo, estaba tentada a hacer otras cosas porque se sentían bien y porque me importaba mi novio. Pensé que yo le importaba a él también. Él me hacía sentir como si fuera buena en las cosas sexuales; se refería a mí como su “diosa del sexo”. Estaba halagada y me sentía como si mi experiencia con el otro chico había valido la pena. Estaba aprendiendo más sobre el cuerpo masculino y me fascinaba. Logré deshacerme de la culpabilidad. Entre más me involucraba sexualmente, más fácil se volvió callar esa pequeña voz alertándome que parara. Fui a la iglesia con un grupo de amigos y me convencí de que estaba bien con Dios porque no estaba practicando la penetración. De hecho, comparado con los estudiantes que sí tenían sexo, yo era pura. Así es como racionalicé las cosas y después de un tiempo, creía lo que yo quería porque era más fácil que cambiar el comportamiento sexual que se había llegado a

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ser “normal” para mí. Así que fui a la iglesia y hasta a grupos de estudio de la Biblia con una conciencia “pura”. Pero no leía la Biblia u oraba por mi cuenta. Esa primera relación de la universidad terminó al final del semestre cuando su novia de su pueblo llegó. Esa fue una lección dura y se me rompió el corazón. Me curé y seguí adelante, y aunque lamentaba haber llegado tan lejos con él, no evitó que lo hiciera con el próximo chico, y el próximo. Ahora sexo manual y oral estaban en mi zona de comodidad. Mientras tanto Dios estaba siendo muy paciente conmigo, sólo viéndome y esperando. Su sentencia llegó – en la forma de miedo. Aprendí que sólo porque Dios no actúa inmediatamente, no significa que la sentencia no viene. Mi compañera de cuarto me dijo que era posible contraer sida por el sexo oral y ahora estaba preocupada de poder tener sida. Me hicieran la prueba y tenía que esperar seis meses para que obtener un resultado certero – unos largos y emocionales seis meses. Sé que todo estaba en mi cabeza, pero creo que Dios usó esto para traerme de vuelta. Leí la Biblia por primera vez en mi vida y oré mucho. Desarrollaba una relación verdadera con Él. Pasaba muchas noches llorando tanto de miedo como de culpa. Mi hermana, amigos y mi psicólogo pensaban que estaba loca por asustarme tanto. Sí, sobreactué, pero probable fue porque a la misma vez estaba lidiando con el dolor de haber perdido a mi madre que acababa de morir. No estaba en el mejor estado mental para empezar y ahora estaba consumida con la preocupación de que Dios me iba a sentenciar por todos esos años que tuve experiencias sexuales. Durante este tiempo, me propuse abstenerme de salir por un par de años. Sabía que necesitaba tiempo para descubrir quién era y lo que quería hacer con mi vida. Aún después de que todas mis pruebas para el sida y otras ETS regresaron negativas, permanecí enfocada en mi objetivo. Nunca había estado tan feliz de sacar resultados negativos en un examen. Después de mi graduación me mudé a otro estado y vivía con mi mejor amiga. Me sentía bien de estar por mi cuenta. Tenía 24 años y me decidí que era tiempo de empezar a buscar a un esposo. Estaba determinada a encontrar un hombre que leyera la Biblia y que fuera a la iglesia. Y encontré uno y creí que él era el indicado ya que era consistente en su vida espiritual. A pesar de mis buenas intenciones, hacía cosas sexuales con él también. Los dos sentimos una culpa tremenda sobre esto. Parecía hipócrita ir a la iglesia. Tratamos de parar, pero una y otra vez, nos dejamos estar peligrosamente solos. Me sentía sucia y usada, pero pensé que nos casarías así que continuamos. Prácticamente todos los que conocía habían teniendo sexo, lo cual lo hacía aún más difícil para mí resistir. Después de salir por un año, él dijo que no sabía si quería ser mi novio por los próximos 40 años o casarse. Él no me quería; sólo no quería estar solo. Él ni siquiera me amaba. Estaba desanimada y desilusionada. Pensé que Dios pretendía que estuviera con él. No me podía imaginar por qué Dios me haría conocer a alguien que leyera la Biblia y que fuera a la iglesia si no

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quería que nos casáramos. Y aún así una parte de mi estaba aliviada porque lo que teníamos era más físico que otra cosa. Ahora a los 25, estaba cansada de estar soltera. Empecé a buscar agresivamente un hombre con quien casarme. Y funcionó – conocí a mi futuro esposo. Pensarías que para este momento, habría aprendido mi lección sobre los actos sexuales. Si logré pasar un par de meses sólo dándonos la mano y besos, y me sentía maravilloso al respecto. ¡Qué contraste era ser feliz en vez de vivir con culpa! Me encantaría decir que seguimos así hasta la noche de nuestra boda, pero los hábitos viejos son difíciles de dejar. Aparte de eso, la actividad sexual me daba un sentimiento de poder porque sabía cómo complacerlo. Y aún así, yo era la menos experimentada de los dos. Él había llegado al final con dos mujeres, pensando ambas veces que se iba a casar. Ahora él dice que desearía haber esperado también. No salimos por mucho tiempo. Cuando empezamos a hacer cosas sexuales, decidimos casarnos. Estaba aliviada de terminar con el ciclo vicioso que siempre resultaba en actos sexuales. También estaba ansiosa por experimentar la penetración. Todo hasta ahora había sido tan bueno que pensé que eso sería maravilloso. En realidad estaba decepcionada con la penetración. Me sentí como si estuviera usada. Aunque, técnicamente, mi esposo fue mi primero y único, sabía que no había llegado a la cama matrimonial pura y eso arruinaba emocionalmente la experiencia para mí. Sí disfrutamos nuestra luna de miel y aún disfrutamos el sexo. Sólo deseamos haber aprendido juntos del sexo. Es parte de nuestro pasado y hemos orado para que podamos tener paz al respecto, pero no termina con nosotros: tenemos cuatro hijos. Les he dicho explícitamente a mis chicos qué partes de la mujer son tabú hasta el matrimonio. Les digo que besarse y darse la mano es apropiado antes del matrimonio. Ellos me han escuchado y me continuarán escuchando decir que el sexo es maravilloso, pero sólo en el contexto apropiado. Desearía que alguien me hubiera explicado sobre imponerme los límites. Todo lo que me dijeron fue que evitara la penetración. Y lo hice porque estaba muy arraigado en mí. ¿Habría hecho tantas otras cosas sexuales si mi mamá me hubiera impuesto más límites? No lo sé. Me gustaría pensar que no las habría hecho, pero la tentación es fuerte. Nuestros deseos sexuales se exacerban por una sociedad que busca gratificación inmediata. Es difícil decir no a los apetitos carnales, y aún más a los deseos sexuales que pueden ganarle a una persona en el momento de pasión. La carne es muy débil, y no hay otro pecado con el que más luché que con este. Nunca aprendí la clave del autocontrol. Si lo hubiera hecho, te diría cual es. Sin embargo, si veo, en retrospectiva, que el único límite que me fue dado, lo mantuve – evitar penetración. Por eso es que les estoy poniendo límites a mis hijos. Entiendo que ellos enfrentarán la misma lucha cuando sean mayores. Todo lo que puedo hacer es decirles a mis hijos qué hacer,

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orar por ellos y esperar que lo hagan, o por lo menos que busquen a Dios si fallan.

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Tirarlo Todo al Viento por Sierra Lange Durante mi adolescencia, valoraba mi virginidad, no por un compromiso espiritual, pero porque descubrí que la virginidad era muy valiosa para aquellos que no la tenían. Y en ese momento, no creía en Dios o Jesucristo; creía en mí misma. Logré pasar la secundaria sin tener sexo, lo cual fue un gran logro en nuestra sociedad. Durante el verano después de graduarme de la secundaria, estuve muy cerca de perder mi virginidad, e irónicamente, fue con el hombre que después me casé, Andy. Él también era virgen. El verano terminó, nos prometimos mantenernos en contacto y me fui a la universidad a enfocarme en mis estudios. Todo iba bien hasta que conoció a John, un amigo de mi amiga Jeanette, compañera de la secundaria. Ella y John iban a la misma universidad en otro estado. Atravesé el país para visitar a Jeanette y John un fin de semana largo. Pasé el primer día con Jeanette y los otros dos días con John. Como si me estuviera jactando, le conté a John que era virgen. Sin embargo, aminada por Jeanette, quien había roto recién con su novio, y porque él me emocionaba, me dejé volverme vulnerable con John. Una noche estábamos en la cama juntos mirando una película y me hizo una proposición; fue la segunda durante ese fin de semana. Cuando lo rechacé, él me preguntó algo que nunca olvidaré: “¿A qué le tienes miedo?” Me senté ahí en la cama pensando por casi cinco minutos, y en ese momento no pude encontrar una buena respuesta. Todos los que conocía estaban teniendo sexo, y les gustaba inmensamente. Teníamos suficientes condones, así que no debía preocuparme por un embarazo o una enfermedad. Él era más experimentado que yo (de hecho, él tenía una novia en su pueblo natal), así que sabía que me guiaría. No tenía una objeción real. Así que dije, “No lo sé”. Lo siguiente que recuerdo estábamos en el acto, hubo dolor, y después se había terminado. Yo era un pedazo de carne, un trofeo del que él podía jactarse. Y aún así, no me sentí mal al respecto – y hasta llamé a mi madre y le conté. Tuve todo un fin de semana de experiencias nuevas y quería más, pero no de un extraño – de John y nadie más que John. John me prometió ir a verme antes de volver a casa por las vacaciones de invierno bajo tres condiciones: 1. que pagara por la multa que le hicieron por conducir demasiado rápido antes de visitarme; 2. que pagara por su gasolina por ir a verme y regresar; 3. que nos quedáramos en un hotel que yo iba a pagar. Y pagué por todo eso. Tenía ahorros por haber trabajado antes de ir a la universidad y justo había obtenido una tarjeta de crédito con un límite de crédito generosamente alto, así que gasté dinero en lo que quería sin considerar que lo tenía que pagar de vuelta.

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Pasamos cuatro días juntos en un hotel y lo que piensas que pasó sí pasó todo el día por cuatro días. Justo antes de venir a visitarme, John había tomado sus exámenes finales del semestre, pero su visita se dio cuando los míos estaban en progreso. Mi enfoque estaba totalmente en él y reprobé los exámenes para los que siquiera aparecí. John se fue a casa, de vuelta con su novia, y durante las vacaciones fui afortunada si me hablara por teléfono por cinco minutos. Lo acepté. Siempre había sido excelente en la secundaria y cuando entré a mi primer semestre de la universidad, había sido tan ambiciosa como siempre. Sin embargo, después de perder mi virginidad mi enfoque pasó al sexo. No iba a clases para hablar con John y satisfacer mis necesidades lo mejor que pudiera. Mis notas se fueron al piso. Pasé sólo un curso mi primer semestre y me quedé en la universidad sólo por una política muy generosa para los de primer año que tenía mi universidad. Y aún así, mi segundo semestre hice exactamente lo mismo. Pensé sólo en el sexo e hice lo que fuera necesario para ver a John, y tenerlo. Volé a través del país de nuevo para verlo para el día de San Valentín, a pesar de que sabía que no era lo mejor. Todo este tiempo yo sólo era “la otra chica”, en una relación con muchas barreras. Me estaba cansando de los juegos de John, pero sin embargo quería tener sexo. Un fin de semana, fui a casa con una amiga mía. Su hermano, alguien a quien nunca había conocido antes, pasó el fin de semana hablando de lo promiscuo que él era. Me ofreció llevarme alrededor por la ciudad y yo acepté. Llegamos a la casa bastante tarde; él estaba borracho y yo era estúpida. Tuve sexo con un completo extraño y sin protección. Era la típica escena de una película. No puedo recordar su nombre. Esa experiencia dañó mi amistad con su hermana y hasta este día no le he vuelto a hablar. Le agradezco a Dios que no me embarazara. Estaba asustada de haber contraído alguna enfermedad de ese extraño: herpes, hepatitis o peor sida. Me hice exámenes y los resultados fueron negativos, pero permanecí asustada por la posibilidad, ya que había escuchado historias de horror en que la gente se daba cuenta 10 años después de que eran positivos del virus HIV. Después de unas vacaciones de primavera sin verle a John, porque él visitó a su novia en casa, empecé una relación de larga distancia con Andy. Eso duró por dos meses durante los cuales John me buscó. Dejé de responderle las llamadas. Estaba feliz con Andy, y mi apetito sexual se iba alivianado después del susto de poder haber contraído una ETS. Y aún así, la noche antes de irme a casa para las vacaciones de verano, John llegó a mi dormitorio y mi cuerpo me engañó y tuvimos sexo. Sentí tanto arrepentimiento al respecto. Tal como la noche de sexo con el extraño, no puedo explicarlo. Todo lo que puedo decir es que el sexo es como cualquier otra cosa en la que nos dejamos que Satanás nos tiente – nos puede controlar. Ese verano, estaba aliviada de estar con mi familia y con Andy – mi primer novio real. Andy era más joven que yo. Él acababa de terminar la

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secundaria y aún estaba viviendo con su madre. Yo había regresado a casa también y era incómodo tratar de tener tiempo a solas con Andy. A mis padres no les gustaba la idea de que tuviera novio, y me echaron de la casa después de que pasé la noche con Andy. Andy y yo rentamos un apartamento y nos mudamos juntos. Después de un poco tiempo, dos meses desde que había vuelto a casa, nos casamos por varios motivos. Andy y yo teníamos sexo en los meses antes de casarnos, aunque siempre me decía que estaba mal y que Dios no estaría complacido. No tenía una relación personal con Dios, pero traté de respetar los deseos de Andy; pero era difícil. Durante el mes que vivimos juntos, era casi imposible abstenerse del sexo. Un mes después de casarnos, volví a la universidad, y Andy se quedó en casa para empezar la universidad ahí. Otro mes pasó y Andy decidió hacerme una visita sorpresa para verme. Después de ese fin de semana con él, decidí que no debía estar lejos de él y me salí de la universidad y fui a casa. Andy y yo empezamos a ir a la iglesia de mi madre, y un año después, dimos nuestras vidas al Señor y nos bautizaron. Puede que pienses que vivimos felices para siempre, pero no fue tan sencillo. Todavía tengo que pagar por los pecados que cometí antes de casarme – literalmente. Me endeudé terriblemente mientras que estaba involucrada con John, pagar todo desde comida hasta tiquetes aéreos y hoteles. Mi esposo aceptó la deuda conmigo, lo cual aprecio, pero la deuda le puso un peso a nuestro matrimonio. El problema más grande en nuestro matrimonio era tremendas dificultades sexuales por dos años. El sexo con Andy era realmente insatisfactorio o dolía. A pesar mi mayor esfuerzo, lo comparaba con John. Ellos, por supuesto, eran diferentes y yo estaba acostumbrada a John. Los problemas de intimidad llevaron al adulterio en nuestro matrimonio. También le había orado a Dios que me dejara enfocarme en mi esposo mientras tenía sexo, y mantener mi mente lejos de otros hombres. La deuda, combinada con las otras dificultades en el sexo, casi destruyó nuestro matrimonio. A través de la oración, poco a poco Dios se llevó el dolor y trajo satisfacción y enfoque a nuestra experiencia sexual. Ahora, más de cuatro años después, finalmente estamos sobrepasando nuestros problemas. Aunque Dios me bendijo con un esposo fantástico, aún sufro por mi decisión de tener sexo antes del matrimonio. No valía la pena el riesgo o las consecuencias. Oré, preocupada por las posibilidades de tener sida hasta que me embaracé de mi hija y de nuevo el resultado dio negativo. Decidí dejarle las cosas a Dios, y no dejar que Satanás pusiera dudas en mi corazón sobre las habilidades de Dios. Le digo a Andy de vez en cuando que desearía que ojalá que él fuera el único hombre con quien hubiera estado, o que las cosas hubieran sido mejor si nos hubiéramos esperado hasta nuestra noche de bodas para tener sexo. Honestamente, nuestra noche de bodas no fue

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nada especial. Ya nos habíamos experimentado así que no hubo mucha emoción en nuestra luna de miel. No pasa un día en que no piense dónde podríamos estar mi esposo y yo si pudiera tener de vuelta mi buen crédito, hubiera terminado la universidad y sólo hubiera conocido a mi esposo sexualmente. Y aún así estoy extremadamente agradecida con Dios que ninguna de las consecuencias tuvieran daños eternos.

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Desviada desde Muy Joven por Chitel Pierre Era joven – sólo seis años de edad – cuando el enemigo empezó a usar mi propia naturaleza sexual contra mí. Mi historia sexual empezó abruptamente, llevó a una confusión emocional y ahora me atormenta. Mi hermano mayor, Andy, y yo compartíamos una cama porque le tenía miedo a la oscuridad. Él actuaba como si yo tuviera una enfermedad contagiosa y dormía en la orilla de su lado de la cama. Entonces un día Brian, un primo mayor, vino a visitar. No había otras camas donde él pudiera dormir, así que durmió con nosotros también. Unas cuantas noches después de que llegara, después de que mis padres nos metieran en la cama, Brian me tocó la parte de adentro del muslo. Pensé que había sido un accidente; rápidamente me bajé la bata de dormir, la reajusté y planeé dormirme. No fue un accidente. Él empezó a hacerme cosquillas en la parte de adentro del muslo y poco a poco subió su mano. Pensé que Brian era guapo pero estaba muy confundida y nerviosa. Él me decía que todo iba a estar bien. Durante el día yo era la irritante prima, y por la noche me convertí en su “amiga”. El abuso se convirtió en una ocurrencia de cada noche durante su estadía; era sólo cuestión de tiempo antes de que sintiera su mano. Él siempre se esperaba a que Andy se durmiera, a veces esperaba tanto que me quedaba dormida. Nunca hubo penetración; pero si experimenté mi primer orgasmo y él me guió con el sexo oral. Por un momento pensé que se sentía bien, pero la idea de lo que estábamos haciendo me daba nauseas. Me sentía muy avergonzada y asustada y empecé a resistirme. Durante el día, me preocupaba cómo lograr no dormir a la par de él. Empecé a insistir que me sentía claustrofóbica durmiendo entre Andy y Brian. Andy aceptó dormir entre nosotros una noche y le rogué que continuara pero se rehusó. Algunas noches dormía en la cama de mis padres y cuando había acabado con ese recurso, le preguntaba a mi prima si podía dormir en el cuarto que ella estaba usando. Unos cuantos meses después, Brian se fue, pero la experiencia nunca se fue de mi mente. Ahora sabía lo que se sentía besar, rozar y tocar. A mi carne le daban antojos de sexo. Empecé a jugar “casita” y “novio/novia” con primos y niños en la casa de mi niñera. Nunca iniciaba estos juegos con los otros niños, pero cuando los otros se ofrecían, sabía lo que significaba y estaba dispuesta a jugar. Un número de veces me descubrieron y recibí “un golpe en la mano”. Recuerdo que mi mayor preocupación era que mi papá se diera cuenta. Era muy cercana con mi papá, y hubiera estado devastado de saber lo que estaba ocurriendo. Aún hoy, ninguno de mis padres sabe sobre Brian. Después de esa experiencia, empecé a ganar peso hasta que cumplí trece años. Entonces empecé a hacer dietas y pasé de ser “la segunda chica más gordita en la clase” a la chica con quién los chicos querían salir. Era el principio de un nuevo mundo para mí. Recibir la atención de los chicos me

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hizo sentirme hermosa; lo amaba. Empecé a ponerme ropa más tallada y reveladora. Cuando tenía 14 años, empecé mi primera relación seria con un chico llamado Noah que era un año mayor. Él me enviaba cartas de amor y me dedicaba canciones de amor. Él me tenía loca, y al mes de estar saliendo le di mi virginidad. Pensé que algún día nos casaríamos. Seis meses después terminó conmigo y empezó a salir con mi amiga Nikki. Cuando ellos terminaron, ella me enseñó las cartas de amor que Noah le escribió. Mi corazón se rompió al leer las mismas palabras que me había escrito a mí. Me sentí como si no fuera lo suficientemente buena o bonita y no tenía la confianza en los hombres que una vez tuve. Unos cuantos meses después, un chico que me había gustado desde la niñez, Shawn, se interesó en mí. Él vivía a ocho horas de distancia y estaba de visita por el verano. El romance de verano duró ocho meses. Seis de los cuales pasamos hablando por teléfono después de que se fue a casa en New York. Shawn y yo nunca tuvimos sexo pero estuvimos cerca en varias ocasiones. Era una bendición que él viviera tan lejos – hizo abstenerse de tener sexo mucho más fácil para mí. Y aún la relación a larga distancia no evitaba que recibiera y les diera atención a otros chicos en mi secundaria. Un día llegué a casa y mi mamá me dijo que siete chicos habían llamado. Estaba en la cima del mundo. No era “fácil”, de hecho, era realmente lo contrario. Era inteligente, divertida y coqueteaba, una combinación peligrosa en las manos del enemigo. Poco antes de cumplir 16 años, conocí a un joven de mi edad llamado Estefan. Caímos en la lujuria rápido. Empezamos a salir el 8 de mayo y empezamos a tener sexo el 10 de mayo. No tenía idea de cómo salir con Estefan me afectaría. Estuvimos juntos por ocho años. Algunos años ya en la relación, Estefan empezó a sentir como que necesitaba su propia identidad. Había sido Estefan y Chitel por tanto tiempo, que él quería aprender quién era Estefan sin mí. Nuestra relación cambió; ya no era la prioridad de Estefan. Sólo tenía unas cuantas amigas, así que empecé a tener mucho tiempo en mis manos y estaba sola. Sí tenía una buena familia, pero en el momento no los apreciaba tanto como debía hacerlo. Me sentía desesperada y sola, había estado usando mi sexualidad para atraer y atrapar hombres en mi vida y desafortunadamente empecé a preguntarme qué más tenía para ofrecer. En un esfuerzo por crear emoción, el sexo con Estefan se volvió perverso. Nunca invitamos a nadie para que se uniera físicamente en nuestra relación sexual, pero empezamos a fantasear al respecto. Estefan lo disfrutaba y yo me sentía como que me daba un agarre más fuerte en nuestra relación moribunda. Mi mente no sólo generaba pensamientos impuros sobre hombres, sino que estaba teniendo pensamientos impuros con mujeres también. Sentí que me convertía en alguien más. Justo cuando empecé a considerar la posibilidad de ser bisexual, también empecé a sentir la presencia de Dios entrando en mi vida. No sabía que era Dios

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exactamente, pero sólo lo podía explicar como una convicción que no se iba, de hecho, crecía más fuerte. Empecé a ver que mi relación con Estefan era una pérdida de tiempo. No tenía razones para creer que él se iba a casar conmigo, sólo sus palabras de que algún día cuando estuviéramos financieramente listos, pasaría. Durante este tiempo de confusión y soledad, pasé algo de mi tiempo libre en el gimnasio de nuestra escuela. Siempre disfrutaba el ejercicio y sabía que me ayudaría a mantener mi mente alejada de Estefan. Un día, en octubre de 2003, el chico más guapo que he visto en mi vida se me acercó y se presentó – David. En realidad lo había visto por primera vez una semana antes. Estefan y yo habíamos estado dentro de un ascensor esperando a que la puerta se cerrara cuando David llegó. Mi corazón empezó a latir más rápido con sólo verlo. Hasta este día me pregunto lo que eso significó – tal vez era la manera de Dios de prevenirme. David era seis años mayor y un tipo muy tranquilo y relajado. Él me dijo que fuéramos a un concierto. Desesperadamente quería ir pero sabía que no debía porque aún estaba con Estefan. Le expliqué que estaba en una relación muy comprometida, pero se comportaba como si la relación que estaba empezando fuera mucho más importante. David y yo empezamos a coordinar los horarios de ejercicio. No lograba decidirme a terminar con Estefan, me sentía pegada a él, pero mi carne gritaba por David. Mientras tenía sexo con Estefan, me imaginaba a David. Me preguntaba con cual hombre debía estar. Durante las vacaciones de Navidad, David fue a Jamaica a visitar a su familia. Estefan estaba trabajando y pasando mucho tiempo con sus amigos. Me sentía triste, sola y egoísta. Me convencí de que hablar o pasar más tiempo con David cuando Estefan estaba con sus amigos no estaba mal. Cuando David volvió de Jamaica, no podíamos esperar para vernos. Mi corazón latía a mil por hora mientras conducía hasta su casa. Él abrió la puerta de su apartamento y nos abrazamos como si lo hubiéramos hecho cientos de veces antes. Me sentí como si estuviera en el lugar correcto y nada terrible pudiera alcanzarnos. Tuvimos sexo por primera vez. Esa noche empezó una época muy dura que duró dos años y terminó mi relación con Estefan y devoró mi autoestima. David y yo continuamos nuestra relación sin que Estefan supiera, aún así David se molestaba que no dejaba a Estefan. Una noche tenía una conversación muy personal con mi primo Jaybe que estaba estudiando para hacerse pastor. Él me dijo, “Chitel la verdad te librará”. Tener estos hombres en mi vida ya no me llenaba. En el verano del 2004 le confesé todo a Estefan, y en 2005 dejé de ver a Estefan y a David. Había creado relaciones impías que estaban caracterizadas por la lujuria, perversión, dolor y pecado. Pasé muchas noches despierta pidiéndole a Dios que me perdonara y me ayudara. Empecé a buscar dirección. El Señor personalmente me salvó del mundo por el que estaba caminando ciega.

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Tomé el primer paso para sanarme y mi corazón y Jesús me aceptó, todo mi ser. Mi relación con el Señor se volvió la relación más real que había tenido. Aprendí a amarme yo, mi sensualidad, mi femineidad, mi belleza, mi inocencia y mis faltas. Era la primera vez que podía ver más allá de mis inseguridades. Aún añoraba el hombre que Dios había creado para mí, pero antes de que Dios me bendijera con el hombre correcto, tenía que aprender cómo tratar un hombre. Había tratado a los hombres como objetos para hacerme sentirme mejor conmigo misma. Había usado mi cuerpo y mi sexualidad para controlar relaciones y controlar cómo me sentía con respecto a mí misma de una manera egoísta y poco saludable. A través de la oración, Dios me enseñó a cómo proteger mis ojos y mi corazón. Aprendí a ser más intuitiva a lo correcto y lo equivocado a través de orientación espiritual y persuasión gentil del Señor. En agosto de 2005, conocí a mi esposo. Nos casamos rápidamente sin conocernos muy bien. Durante nuestro primer año de matrimonio nos dimos cuenta de que los dos teníamos un pasado saturado de pecado. Experimentamos vergüenza por nuestro comportamiento pasado. Desesperadamente deseaba ser “una carne” con mi esposo – estar conectada a él emocionalmente, físicamente, espiritualmente y sexualmente. Y aún así, di a Estefan lo que ahora mi esposo necesita de mí. Pasé tanto tiempo dándole mi afecto a Estefan que siento que no sé cómo dárselo a mi propio esposo. El sexo prematrimonial es un timo muy grande. Yo fui violada inocentemente cuando era muy pequeña, pero después, escogí deshonrar mi cuerpo, causé mi propio dolor de corazón y ahora mi esposo y yo sufrimos por las memorias de otros y los pensamientos que aún nos plagan. Sé que Dios puede cerrar el capítulo – su sanación – de esas heridas de relaciones pasadas. Oro con fe para que el Señor nos enseñe a mi esposo y a mí cómo librarnos de la esclavitud de nuestros pasados pecadores. Tengo fe.

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Memorias con Doble Filo por Trina Wright-Courtenay El invierno de mi noveno año, mientras que otros estaban esperando una navidad blanca, yo estaba planeando un evento muy diferente, uno que cambiaría mi vida para siempre. Mi novio y yo íbamos a llevar nuestra relación al siguiente nivel. Estábamos planeando esto porque no queríamos convertirnos en padres, así que compramos protección. El día tan esperado llegó y se fue y con él mi pureza. Por los próximos dos meses pensé que había tomado la decisión correcta dándole mi precioso regalo a un chico que lo merecía. Después de todo, hablamos acerca de ser esa pareja – la que está junta por toda la secundaria, se casa y van a la universidad juntos. Mi burbuja se reventó poco tiempo después del día de San Valentín cuando terminó conmigo usando una excusa ridícula sobre los deportes, cosa que no podía escuchar por encima del sonido de mi corazón quebrándose en mil pedazos y chocando contra el piso de madera de su cuarto. Mi decisión de darle mi virginidad a una edad tan tierna fue la primera de muchas decisiones que tomé por las razones incorrectas. En realidad creía que un chico no podía tener sexo conmigo a menos que me amara. Así es como mi mente confundida procesaba las cosas. Si un novio me decía las palabras mágicas, el siguiente paso era la intimidad – es todo lo que requería. El siguiente chico que dijo esas palabras rompió mi de por sí ya destrozado corazón en pedacitos que ni siquiera la goma loca podían tocar. Para cuando estaba en mi último año de la secundaria, tener intimidad se había convertido en la progresión natural de una relación para mí. Tan natural como levantarse todas las mañanas, vestirme, comer desayuno y tomar mis píldoras anticonceptivas. Excepto cuando me había emborrachado la noche anterior. En mañanas como esas tomaba la píldora un poco más tarde en el día. Y así para el final de mi último año, cuando debía haber estado buscando un vestido para la fiesta de graduación, rentando una limusina y decidiendo cómo peinarme para la graduación, en vez estaba buscando mi primer apartamento, trabajando después de la secundaria y tratando de comprar las cosas del cuarto del bebé en un salario mínimo. Una mala decisión de la que nunca desvié, junto con un momento de olvido, creó un nuevo futuro para mí, y se deshizo de todas las memorias que pensaba que un día iba a tener. Pensaba que tendría memorias de la felicidad de mis padres cuando se dieran cuenta de que iban a ser abuelos. En vez de eso, recuerdo la forma en que mi madre me miró con esos ojos verdes claros y tristes. En ese momento pensé que estaba viendo vergüenza, dolor y tal vez traición en sus ojos, pero ahora que soy la madre de una chica de 17 años, la edad en la que me embaracé, sé que no era eso. Lo que vi reflejado en los ojos de mi mamá fue

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el futuro que ella estaba viendo para mí y mi hijo que no había nacido – una vida que iba a ser dura y a veces desesperanzada. Pensaba que tendría la memoria de ver los ojos de mi esposo brillar cuando le dijera que iba a ser papá. En vez, mis memorias son de un estómago tan adolorido que hubiera preferido comer vómito frío que decirle a mi novio que estaba embarazada. Su reacción fue la de esperar, “¿Qué vamos a hacer?”. El tiempo reveló que no “íbamos” hacer nada. Sólo había “yo”. No terminamos en aquel momento, pero dado que yo vivía en otro pueblo, pasé mi embarazo sola, compartiendo lo bueno y malo de mi embarazo cuando nos veíamos. Nadie estaba ahí para sostener mi cabello largo fuera del inodoro durante mis nauseas matutinas. Nadie estaba conmigo durante las noches calientes de verano cuando el bebé decidía patearme. Y, nadie estaba conmigo cuando mi fuente se rompió después de un baño de burbujas relajante. De hecho, yo manejé al hospital cuando aún estaba en las primeras etapas de tener a mi bebé y mi novio me encontró ahí. Nuestras buenas intenciones de permanecer juntos duraron hasta el día que mi hija cumplió nueve meses. Mientras que toda la experiencia de tener una hija fuera del matrimonio era lo suficientemente difícil, produje una copia de exacta tres años y medio después. La segunda vez realmente pensaba que las cosas serían diferentes. Era mayor, pensé que era más madura y esta vez mi nuevo novio y yo hablamos de matrimonio antes de saber que estábamos esperando un bebé. Al final me encontré sola y una vez más manejando yo misma al hospital. Aunque con diferentes detalles, obtuve el mismo resultado. Entiendo ahora que aún estaba haciendo lo mismo para producir los resultados: teniendo sexo prematrimonial. Mis malas decisiones realmente me golpearon cuando me encontré siendo una madre soltera joven por segunda vez. Nunca habría querido estar sola. ¡Nunca soñé con criar hijos yo sola! Pero porqué era evidente que no pudiera tomar buenas decisiones cuando se trataba de salir y el sexo, decidí que estar sola es justo lo que necesitaba. Era mejor estar sola que estar con alguien y sentirme sola, tal cómo me sentí durante la mayoría de mis relaciones. Y así, pasé los próximos cuatro años sola – conociéndome y viendo lo que quería para mí y mis hijas. Fui a la universidad. En vez de pasar noches hasta tarde con mis amigas y estudiando mientras que comía palomitas de maíz, estaba bañando a las niñas y tratando de mantener mis ojos abiertos con palillos de dientes en un esfuerzo por estudiar o completar tareas. La vida en el campus era una buena experiencia para mis hijas. Hizo que mis hijas quisieran continuar su educación pero en una manera en que experimentaran todo, es decir, no corriendo con niños a la escuela, sino ellas desean una experiencia que incluya la libertad de estudiar cuando necesitan, no sólo cuando puedan, cómo fue para mí. Mis memorias no son las normales asociadas con la vida de la universidad, pero lo bueno era que mis hijas estaban en la audiencia en

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mi graduación – para nada una mala memoria, pero una memoria de doble filo. Durante esos cuatro años, también aprendí como debe ser el noviazgo. Más que nada, aprendí a respetarme yo misma y a tratar mi cuerpo como el regalo de Dios que es. Y esa decisión abrió puertas a experiencias muy positivas y memorias por las que estoy agradecida. Mientras que estaba en un campamento familiar de Biblia al final de mi primer año de la universidad, conocí a un divorciado, padre de tres. En el último día, él me tomó una fotografía y, sin yo saberlo, la puso en su Biblia y envió una oración a nuestro Padre Celestial. Él oró algo así como, “si ella es la mujer para mí, Padre, te oro que la traigas vuelto acá cuando termine la universidad”. Dos semanas antes de salir de la universidad, este hombre llamó a mi mejor amiga para ver si necesitaba ayuda para mudarme y ver si me podría llamar. Mi mejor amiga me dio la información, y por las próximas dos semanas, estuvimos en contacto por teléfono. Cuando llegó para la mudanza, no sólo me ayudó a subir y bajar las cosas, pero me ayudó a terminar de limpiar. Él también buscó algunos hombres de la iglesia para ayudarme a bajar mis muebles en el garaje de mi tía y cuatro días después a mudar todo otra vez a nuestro nuevo hogar. Salimos a desayunar un día y él me preguntó si consideraría salir con él. Recuerdo sentir mariposas en el estómago y estoy muy segura de que me puse roja mientras que preguntaba, un poco desubicada, “¿No es eso lo que estamos haciendo?”. Le dije que nadie me había pedido salir en una cita desde el noveno año. Un brillo iluminó sus ojos cafés mientras que me respondía que la pregunta debió habérmela hecho desde hace tiempo. Él continuó cortejándome de esta forma por los próximos dos meses, me pude dar cuenta de que se estaba enamorando de mí con todas las pequeñas cosas que hace un hombre cuando pone una mujer en primer lugar. Sí, acabo de decir “hombre”, esa era la diferencia. Él era un hombre, no sólo un chico cualquiera. Este hombre me mostró su amor por la forma en que actuaba. Él se tomaba las cosas lento, me enseñaba cómo se debía sentir el amor. Pasaron cuarto mes y yo sabía que él era diferente de los otros con quienes había salido. Por primera vez en mi vida me podía imaginar cómo nos veríamos dentro de 50 años en nuestro hogar de ancianos, al lado en nuestras mecedoras mientras que él sonríe, casi sin dientes y con ese mismo brillo en los ojos, y me susurra palabras de afecto. Y así, casualmente le mostré tres anillos diferentes que me gustaban, sabiendo en mi corazón que quería hacerme su esposa tanto como yo quería convertirme en su esposa. Un año y un mes después de que me invitó a salir, me convertí en su esposa para bien o para mal, en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte nos separe. Suena como que mis experiencias de la vida terminaron en un final bastante bueno, ¿no es cierto? Pero ese no es el final. Era sólo el principio de otro tipo de dificultad. Cerca de tres años después de casarnos, aunque la

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luna de miel se había terminó, estaba más convencida que nunca que mi esposo era un hombre maravilloso y estaba más enamorada de él que el día en que dije “Sí, acepto”. Entonces las memorias regresaban. El diablo empezó a usar mis memorias para causarme tristeza por las memorias que pudiera haber tenido y por las que sí tenía. Se me encendió el bombillo. Me di cuenta de que si no hubiera caído en la tentación cuando era joven, el diablo no tendría ninguna munición, estas memorias de doble filo para causarme dolor. El enemigo sabe justo cuándo traer esas memorias dormidas para causar más daño. Esos momentos de dolor le provocan gran placer. Finalmente entendí la verdad en Tesalonicenses 4:3-6, “La voluntad de Dios es que sean santificados; que se aparten de la inmoralidad sexual; que cada uno aprenda a controlar su propio cuerpo de una manera santa y honrosa, sin dejarse llevar por los malos deseos como hacen los paganos, que no conocen a Dios; y que nadie perjudique a su hermano ni se aproveche de él en este asunto. El Señor castiga todo esto, como ya les hemos dicho y advertido”. Nunca he entendido por qué era importante esperar hasta el matrimonio para tener sexo. Mi fundamento era, “¿Se compraría un auto sin manejarlo primero? ¡No lo creo!” Tan distorsionado como suena hasta para mí, a menudo usaba eso para justificar mi comportamiento. Ahora, finalmente entendí por qué nuestro Padre Celestial no sólo quería que permaneciéramos puros pero también nos advirtió de tener sexo por fuera del matrimonio. Tan pronto como pude, deseché las memorias de relaciones sexuales pasadas y las emociones adjuntas a ellas, y las tiré de vuelta al hoyo del infierno, pidiéndole a mi Señor perdón. Sin embargo, el enemigo vio cómo esas memorias me afectaban. Él sabía exactamente la forma en que reaccionaría, y porque le daba placer verme adolorida, lo usaba una y otra vez. Yo le había proveído con lo que parecía un sin fin de memorias de dónde escoger – cosas que había olvidado hace tiempo, pero que el enemigo no. Mi gracia salvadora es el perdón que recibí de mi Señor sin el cual estoy segura que estaría extremadamente mal, sin saber cómo lidiar con estas memorias. Tan fácilmente tomé la decisión de vida tan importante de entregar mi virginidad, y esa decisión por sí sola ha reverberado a través de mis años adultos, causando olas de malas decisiones. Si tan solo pudiera tener una oración contestada sería que otros aprendan de mi experiencia – que otros entiendan que el camino fácil es aprender de alguien que ya ha pasado por eso. Y haciéndolo, puede que se salven de que su corazón se rompa en un millón de pedazos y de las memorias que cortan como una espada de doble filo. Si pudiera hacerlo todo otra vez, puede que todavía saliera con chicos con los que salí porque esas relaciones me ayudaron a aprender muchas cosas. Y, en realidad no me arrepiento de tener a la bendición que son mis

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hijas, aunque desearía que tuvieran el beneficio de una familia completa. Pero una cosa en la que puedes apostar que haría diferente es guardarme para mi esposo. Todas las memorias de intimidad serían para él y con él, el único hombre en mi vida que merece mi regalo más preciado y sagrado. Y, así, reclamar el regalo de las bellas memorias que nuestro Señor desea que todos nosotros poseamos.

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Restituyendo los Años que Comió la Langosta por Jason Maxwell Tenía aproximadamente 16 años cuando mi buen amigo de la iglesia, Mike, y yo empezamos a pensar y hablar sobre qué tan lejos estaría bien llegar con chicas con respecto a la intimidad física. Mi papá era nuestro pastor y, por supuesto, crecí en un hogar cristiano. Los padres de Mike estaban divorciados – su mamá era Cristiana, pero su papá no lo era, y Mike tenía una hermana mayor bastante alocada. Mike y yo éramos básicamente buenos chicos y queríamos hacer lo que era correcto en el área de la intimidad física, pero mi papá nunca me dio realmente mucha guía en esta área y el consejo del papá de Mike probablemente habría sido que durmiera con chicas. Recuerdo que nuestra visión básica sobre el tema era que, como la de cualquier chico adolescente, estábamos extremadamente atraídos a las chicas lindas y, mientras que nunca habíamos estado involucrados con una chica de ninguna forma en ese momento, ciertamente estábamos ansiosos por explorar esta nueva y tentadora frontera. Al mismo tiempo, también estábamos empezando a explorar una fe Cristiana más sentida y teníamos algún sentido que la Biblia tenía algo que decir con respecto a cómo debíamos conducirnos en esa área. Así que le preguntamos a James, nuestro pastor de jóvenes, un hombre genial que tenía unos 25 años en ese tiempo, por quien los dos teníamos un profundo respeto y disfrutábamos mucho su compañía. James nos mostró un libro por Lewis Smedes sobre el sexo. No recuerdo que leyéramos el libro completo, pero sí recuerdo que estaba claro que la penetración sexual era algo que estaba reservada para el matrimonio. Eso tenía sentido para mí, ya que el matrimonio es el compromiso más importante de la mente y el corazón hacia otra persona y era lógico entonces que el mayor compromiso físico entre dos personas no precediera estos otros compromisos, pero en cambio que los acompañara. Pero, aparte de saber que debía abstenerme del sexo, no tenía mucha más orientación. El verano antes de que me fuera para la universidad me fui por una semana con el grupo juvenil de mi iglesia a construir casa para personas que vivían en un basurero en México. Ver la cantidad de personas que estábamos tratando de ayudar fue realmente conmovedor. Pero lo que es más memorable para mí de esa semana fue que, una noche cuando estábamos todos juntos cantando canciones religiosas, sentí lo que sólo puedo describir como la presencia de Dios. Regresé a casa ansioso de enseriarme en mi fe. Dos meses después, me fui para la universidad, lejos de casa y sin conocer a nadie. Yo era bastante inocente; nunca me había embriagado o consumido drogas o me había involucrado con chicas en absoluto. James, mi pastor juvenil, había sido lo suficientemente considerado de buscar un líder

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de club cristiano que había en mi universidad y esperaba conectarme con esos compañeros cristianos cuando llegara. Sin embargo, desde la primera noche en la universidad me descarrilaron. Una chica de tercer año que vivía en mi pasillo me “adoptó” y me llevó a una fiesta en el campus. Había ponche y, con tanto gusto por los dulces, tomé vaso tras vaso. Poco sabía que le habían agregado alcohol etílico, un líquido casi sin sabor de 95% que rápidamente empezó a alterar mi consciencia. Junto con unas cuantas cervezas, el efecto combinado me envió a vomitar al baño más cercano. Estaba tan perdido que me tuvieron que ayudar a llegar a mi dormitorio, dónde me desmayé y dormí por el resto de la noche. La mañana siguiente, me desperté sintiéndome bastante bien… por unos cinco minutos. Después me sentí con ganas de vomitar otra vez, así que rápidamente me acosté de nuevo – por el resto del día. Así empezó mi carrera universitaria con el fuego de mi recién encontrada fe siendo atacada justo desde el principio. Este inicio inhóspito tristemente no fue un traspié comentario o un desvío menor. Me envió en una dirección rebelde por los siguientes ocho años. En algún momento, hice un esfuerzo a medias por conectarme con la gente del cristiano, pero no sentía realmente que iba a calzar bien. También iba a la iglesia frecuentemente, pero la mayoría del tiempo, tomaba el camino con menor resistencia lo que me llevó a ser un poco fiestero y un estudiante poco esforzado. Aún estaba tratando de esperar para tener sexo hasta el matrimonio, lo cual iba bien ya que aún no había logrado salir con muchas chicas. En la secundaria yo era un chico tímido del lado equivocado de los rieles y ninguna de las chicas me prestaba atención. Subía la autoestima ahora que algunas chicas me estuvieran notando. Y, casi sin excepción, ellas no objetaban juntar conmigo. Todos lo estaban haciendo, así que me subí en ese tren. Y, ya que no sabía dónde dibujar la línea antes del sexo, así que rápidamente sucumbí ante la idea de que cualquier cosa menos la penetración básicamente estaba bien. A veces las cosas iban tan lejos que parecía que el sexo era una posibilidad. Aún así, estaba manteniendo mi compromiso a esperar hasta el matrimonio. Maravillosamente ejercité suficiente control propio para mantener las cosas sin que fueran más lejos. Si le mencionaba a la chica con la que estaba, la respuesta más segura era, “Eso es muy encomiable”. “Encomiable” nunca me pareció un elogio muy bueno, especialmente porque no estaba actuando realmente encomiable. Reconocía en ese momento, y aún más ahora con más perspectiva, que no me gustaría que un tipo tratara a mi esposa de la forma en que traté a esas chicas en la universidad. Y el pensamiento de que mi hija sea tratada de esa forma algún día me causa escalofríos. Algo como una crisis me llegó entre mi tercer y último año de la universidad. Hasta ese momento, mi relación más duradera había sido cerca de un mes. Pero hacia el final de mi tercer año, me involucré con una chica con quien parecía haber el potencial para algo duradero. De hecho,

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¡logramos estar juntos por tres meses completos! Una de las mayores áreas de conflicto era el hecho de que no estaba dispuesto a tener sexo con ella. Ella no podía entender cómo podíamos hacer casi todo, pero no todo. Aún así, logré mantener mi compromiso y la relación terminó. Estaba devastado y empecé a pensar profundamente sobre por qué debía esperar hasta el matrimonio. También empecé a cuestionar la verdad de mi fe. Ella era judía y yo me pregunté qué me daba el derecho a cuestionar sus creencias sobre Dios. Mientras que mi compromiso de no tener sexo antes del matrimonio se deterioraba, también lo hacía mi certeza sobre lo que había creído. Hacia el final de mi último año, mis defensas estaban débiles y mis hormonas y curiosidad habían ganado. Justo antes de la graduación me metí con una chica llamada Ellen y dormimos juntos por un período de unos cuantos meses después de la graduación. Ni siquiera le dije que era mi primera vez. Cuando tuvimos sexo, me sentí estúpido y casi solo, aunque el sexo es algo que estaba diseñado para unir a un hombre y una mujer en una cercanía profunda. Nuestra relación continuó por varios meses más, pero sabía que ella no era la mujer indicada para mí y finalmente tuve el coraje de terminar con ella. Un par de años pasaron sin posibilidades reales de relaciones hasta que conocí una mujer que me llamó la atención en la fiesta de un amigo una noche. Irene y yo nos llevamos muy bien desde el principio, y aunque vivíamos en diferentes ciudades, mantuvimos una relación por más de un año viéndonos los fines de semana y hablando por teléfono. Empezamos a hablar de matrimonio y, como me estaba sintiendo aburrido de mi trabajo, decidí mudarme, y, de hecho, me mudé con ella. No tenía idea que la mayor crisis de mi vida se aproximaba rápidamente. La Biblia habla del Hijo Pródigo “recapacitando” cuando estaba en su punto más bajo. Hacía ocho años había sentido la presencia de Dios, llamándome a seguirle. Ahora a los 26, me había permitido aventurarme por el camino de la diversión fácil y las relaciones superficiales. Estaba contemplando seriamente pasar el resto de mi vida con una mujer que me daba cuenta, mientras que empezaba a recapacitar, no era alguien con quien me quisiera casar. No sabía qué hacer, me sentía atrapado. Irene me estaba presionando para que nos casáramos. Salimos a buscar anillos y hasta planeamos una fecha para el matrimonio. Estúpidamente, gasté un montón de dinero en un anillo de compromiso y le propuse matrimonio. Después de esto, empecé a sentirme como un animal enjaulado. Salí una tarde con mi buen amigo Mike y hablé incesantemente toda la tarde con él sobre mi situación. Además de sentirme que estaba a punto de cometer un error muy grande, también estaba empezando a sentir indicios de querer reconectarme con Jesús, a quién le había dado la espalda ocho años atrás. Empecé a ver más claramente que no quería vivir con una mujer con la que no estaba casado, y no quería dormir con ella tampoco.

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Finalmente se volvió claro como el agua que tendría que dejar de dormir con Irene, mudarme de su casa y terminar la relación. Me tomó unas cuantas semanas, pero finalmente fui capaz de encontrar el valor para hacer esto. Ella no se lo tomó bien, para ponerlo extraordinariamente leve. Al mismo tiempo, hice lo que debí haber hecho ocho años antes. Mientras que había sentido la presencia de Dios esa semana en México cuando tenía 18 años, no sabía que tenía que hacer un compromiso definitivo hacia Cristo Jesús mi Señor y Salvador. Y ninguno de los adultos en mi vida me había ayudado con esto. Pero esta vez sabía que tenía que hacer un giro de 180 grados de la dirección en que iba mi vida (la Biblia llama a esto “arrepentimiento”) y ponerme en las manos de Jesús. Había arruinado las cosas de gran forma y sabía que sólo podía ir hacia delante con su ayuda. Soy bastante introvertido y no demuestro mucho las cosas, pero durante los días de esta crisis, recuerdo conducir mi auto, llorar y orar en voz alta para que Jesús me ayudara, me perdonara y me guiara hacia delante a un lugar mucho mejor. Y Él lo hizo. Irene habló de terminar su propia vida en las semanas después de nuestra separación. Ella continuaba preguntándome si no podíamos sólo volver a juntarnos. Algunos de mis buenos amigos fueron a ayudarla y, después de escuchar su lado de la historia, se pusieron de su lado y en mi contra. Tuve un par de días de dudas, dónde me cuestioné si había hecho lo correcto. Pero después de eso, sentí una paz profunda y certeza de que estaba en el camino correcto. Había sido un fanático de U2 por un largo tiempo y una de mis canciones favoritas es “40” del álbum War. La canción es una recitación de las palabras del Salmo 40, a las cuales me aferré en estos días difíciles: Puse en el Señor toda mi esperanza; Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor. Me sacó de la fosa de la muerte, del lodo y del pantano; Puso mis pies sobre una roca, y me plantó en terreno firme. Puso en mis labios un cántico nuevo, un himno de alabanza a nuestro Dios. Al ver esto, muchos tuvieron miedo y pusieron su confianza en el Señor (Salmo 40: 1-3). Los meses después de esta gran crisis fueron los más difíciles de mi vida. Tuve que encontrar un trabajo nuevo y me faltaba dirección. Empecé a ir a la iglesia todos los domingos, algo que no había hecho desde que estaba en la secundaria. Traté de leer la Biblia y orar cada día, no siempre exitosamente - ¡pero por lo menos lo estaba intentando! Y me reuní con Mike más regularmente para hablar y orar. Él también se había alejado del Señor y estaba volviéndose más serio en su fe justo al mismo tiempo en que yo lo estaba haciendo. Esto fue una verdadera bendición para los dos. Mientras que mi confianza en el Señor y su fidelidad crecían, me interesé en el trabajo de misión cristiano. Un domingo, vi en el boletín de la

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iglesia que un hombre que había empezado un ministerio en Sudáfrica iba a venir a hablar en nuestra iglesia. Sudáfrica me había interesado desde mis días de la universidad, y pensé que sería fascinante si de alguna forma pudiera ir ahí a trabajar con una organización Cristiana. Después de que él habló, le pregunté si era posible y él me dijo que lo era, aunque tendría que recoger mucho dinero para pagar todos mis propios gastos. Por dicha, uno de los pastores de la iglesia me guió para hacer justamente esto. Dieciocho meses después, estaba de camino a Sudáfrica, dónde por tres años, trabajé junto con este gran hombre de Dios. Estaba al inicio de mis 30s preguntándome si alguna vez encontraría a una esposa. Creía que había fracasado tanto con las mujeres que ciertamente no merecía una mujer de Dios, pero también estaba aprendiendo que mi Padre era un Dios de piedad y gracia. Oré para que me llevara a la mujer indicada. Cuando regresé a los Estados Unidos, ofrecí servir como consejero en un campamento cristiano de verano para los chicos en peligro, y regresé a la iglesia que había frecuentado antes de irme para Sudáfrica. Un domingo, una mujer realmente atractiva me llamó la atención. No tenía idea quién era ella. Varias semanas después, Mike y yo fuimos a un retiro de la iglesia en las montañas para que pudiéramos llegar a conocer a algunas personas más. Cuando la gente preguntaba a qué mi iba a dedicar ahora, les decía, “Voy a ser consejero en un campamento cristiano para jóvenes en peligro”. Entonces me decían invariablemente, “Entonces debes hablar con Amy Grether – ella trabaja con un ministerio cristiano dentro de la ciudad. “Mmm”, pensé, “Amy Grether – me pregunto quién es ella”. Luego esa noche estaba caminando de vuelta a mi cabaña cuando una mujer que ya conocía vino caminando junto con la mujer muy atractiva que había notado hacía unos domingos antes. Ella dijo, “Jason, quisiera que conocieras a mi amiga Amy Grether”. ¡Bingo! Vi a Amy brevemente unas cuantas veces durante el verano y finalmente cuando volví al campamento, encontré el valor para invitarla a salir. El problema era que ¡nunca le había pedido o llevado a una mujer a una cita! Todas mis experiencias previas estaban en la patética área de ir a besarnos. Tuve que llamar una y otra vez al pobre Mike para que me diera consejo. Amy siempre fue gentil y paciente conmigo, y especialmente cuando llegó el momento de decirle sobre mi pasado. Ella había estado esperando por el hombre correcto y guardándose para el matrimonio. Odiaba contarle la sórdida manera en que me comporté con mujeres por tantos años. Y era difícil para ella escucharlo – sus lágrimas eran como dagas en mi corazón. Pero Dios me llevó hacia una mujer con coraje y gracia que quería una relación real de profundidad y madurez. Porque estábamos comprometidos a esperar hasta que nos casáramos para tener sexo, fuimos capaces de hablar, y convertirnos amigos y hasta orar juntos. Cerca de dos años después de que nos comprometimos, nos casamos. Un año después de eso los dos fuimos a Sudáfrica para trabajar con la

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misma organización misionera con la que yo había trabajado antes. El Señor nos bendijo con tres hijos adorables que nacieron allá y ahora que estamos de vuelta en los Estados Unidos, estamos pensando en tener un cuarto. Hemos tenido un matrimonio y vida juntos extraordinariamente bendecidos. Desearía haber seguido a Dios todo el camino y haber hecho las cosas a su manera hasta este punto. Pero a pesar de mi rebeldía, Él me ha perdonado y rectorado, proveyendo mucho más de lo que podría haber imaginado. Con respecto a mi tiempo en el desierto, Dios prometió que: “Yo os restituiré los años que comió la oruga, el saltón, el revoltón y la langosta” (Joel 2:25).

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Papá No Siempre Tiene la Razón por Sarah Page Mi vida en un pueblo pequeño de América en los años 50 no fue tan ideal como se veía en la tele, pero aún así, era un tiempo sencillo en el cual nuestras casas siempre estaban sin candado – nunca tenía una llave para mi casa – y Madre siempre estaba ahí cuando llegábamos a casa de la escuela. Corríamos descalzos la mayoría del verano y jugábamos libremente en los jardines de los vecinos. Era un tiempo de libertad personal, sin miedos y pocas distracciones. Mi mayor preocupación era no perder la llave de mis patines – la mantenía atada a mi cuello con una tira – asegurarme de que los neumáticos de mi bicicleta estuvieran bien inflados (que conseguíamos gratis en la gasolinera) y que mi registro para el campamento de las Niñas Exploradoras se enviara a tiempo cada verano. Todo esto cambió cuando tenía 11 años. Mis padres empezaron a pelear mucho, la mayoría del tiempo por dinero o falta de el. Tenía cuatro hermanos, y todos nos llevábamos bastante bien, pero durante este tiempo nublado en mi memoria, recuerdo que mis hermanos estaban enojados – a todos se nos había acabado la paciencia. Aún así, cada domingo, nos vestíamos bien e íbamos a la iglesia, lo cual yo amaba porque me sentía tan segura y que la gente de la iglesia se preocupaba por mí. Cuando volvíamos a casa, el enojo salía otra vez a la luz y las palabras volaban. Era confuso, porque justo habíamos escuchar mensajes de amor, paz y unidad en la iglesia. Fue durante este tiempo, que mi padre empezó a despertarme en las mañanas. Él empezaba a rascarme la espalda, lo cual me encantaba – parecía que mi espalda siempre me picaba – pero entonces su mano deambulaba en otros lugares. Pretendía seguir durmiendo pensando, “Tal vez esto es lo que los padres siempre hacen”. Muchos años después aprendí que este tipo de abuso es extremadamente confuso para los niños, porque no es doloroso – en realidad se siente bien. Recuerdo preguntarme si le debía decir a alguien. ¿Con quién podría hablar? ¿Por qué mi madre no hacía algo? ¿Cómo no podía saber lo que estaba sucediendo? Me sentía traicionada y muy sucia al mismo tiempo. Había madurado a temprana edad, y mis padres y mis hermanos disfrutaban avergonzándome. No sabía cómo manejar esto así que me quedaba callada y pretendía no escuchar, lo cual era fácil ya que tenía problemas de audición – lo cual luego confundió las cosas para mí. Aún no se cómo mis padres podían decir que no sabían que yo tenía una pérdida de audición cuando se burlaban de mi tan fácilmente cuando repetía cosas incorrectamente o no entendía bien. Cuando tenía cerca de 14 años, finalmente tuve el valor de contarle a una amiga sobre lo que había estado pasando por varios años con mi papá. Ella me dijo que debía ir donde mi papá decirle que parara o que le contaría a mi madre. Lo hice, y él nunca me tocó después de esa mañana. Me sentía

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como que tenía algo en contra de él, lo cual por supuesto no es algo saludable en la relación padre/hijo, y me volví rebelde. No salía en citas realmente, pero tenía amigos, muchos de ellos que conocía desde el kínder. Y aún así, nunca quise que ninguno de ellos fuera a mi casa. Las artes dramáticas eran mi salida creativa y muchos de mis amigos también se involucraban en el teatro. En verdad nunca me sentí valiosa como amiga. Siempre me sentí que algo faltaba dentro de mí para que alguien quisiera ser mi amigo. (Como adulta, me di cuenta de que esto no era verdad, tan sólo una percepción distorsionada. Estoy feliz de haberme dado cuenta finalmente, aún 30 a 40 años demasiado tarde. Sin embargo, recientemente me he reunido con muchos de mis amigos de la niñez, y reinicié algunas relaciones con las que me sentía inadecuada para desarrollar en ese tiempo). Cuando finalmente empecé a salir en citas mi tercer año de la secundaria, realmente no sabía cómo actuar con un chico. Me di cuenta de que era rápida para empezar a besar, abrazar y acariciar. Nunca llegué hasta “el final”, aunque tuve la oportunidad. Mi opinión de mi misma era bastante mala; mi peso variaba de entre normal y hasta 30 libras de sobrepeso. Todos decían que era linda, pero nunca lo creí. Cuando veo fotos viejas, tengo que reconocerlo, yo era linda. Después de la secundaria, fui a la universidad estatal y conocí un joven que me pidió que me casara con él después de un mes de conocerme. Me hipnotizó, y dije que sí. Ese fue el primer error, seguido del segundo – asumir que una vez comprometida está bien tener sexo. Mi padre nunca me penetró, gracias a Dios, pero esta nueva actividad sexual siguió el viejo patrón que solía soportar con mi padre. Solía pretender que estaba dormida cuando él abusaba de mí. Ahora con mi prometido ¡me quedaba dormida en el acto! Debía haber sabido que algo estaba mal. La universidad ya no me interesaba; sólo quería ser un ama de casa y una madre. Muchas de las chicas de mi dormitorio se sentían de la misma forma, no seguir buscando tener una carrera, y sólo preocuparse por estar casadas y tener una familia. Este sería una de las caídas de mi matrimonio. Aunque tuvimos un maravilloso hijo por ese matrimonio, mi esposo se aburrió de mí y no me daba ningún tipo de afecto. Él quería que yo fuera alguien que yo no sabía cómo ser. Después de unos cuantos años de un matrimonio sin amor, me convertí en una madre soltera, y nada en la vida me había preparado para ese tiempo tan difícil. Sólo tenía 24 años, una madre soltera, elegible para ayuda financiera del estado pero me rehusaba a aceptarlo. Fue otro tiempo de confusión extrema, dónde todo lo de mi pasado y presente chocaban y no sabía cómo enderezarme con Dios. A menudo le preguntaba a Dios cómo me podía amar; no era posible que me amara, era sucia, un verdadero fracaso y no había seguido su dirección en la Biblia de abstenerme de la intimidad por fuera del matrimonio. No tenía idea de que podía enmendar las cosas con

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Dios. No entendía realmente lo que significaba ser un cristiano, pero ahora me doy cuenta de que Dios me estaba escuchando, y Él sabía cómo funcionaba mi corazón y todo mi dolor. Amaba a mi hija, y quería protegerla para que nada cómo lo que me pasó a mí le pasara a ella. No quería nada que ver con los hombres, especialmente sexo. No odiaba a los hombres, pero tampoco tenía ningún deseo de dar más de mí, excepto a mi hija. Ella era todo lo que importaba en ese momento. Creía firmemente que nunca me casaría otra vez. Entonces cerca de cinco meses después de que el divorcio fuera un hecho, un amigo de la iglesia me invitó a visitar el grupo de padres solteros al que ella iba. En ese conocí a un hombre quien me parecía un ángel. Hubo una atracción instantánea que realmente fue más allá de lo físico. Él me trataba con un respeto que nunca había conocido y, durante el siguiente año, me mostró que me amaba con todas mis faltas y loco pasado. Él amaba a mi hija como si fuera suya propia. Él me paraba cuando yo me le insinuaba, porque, como después me dijo, él sabía que yo valía demasiado. En el momento, le atribuyó mis insinuaciones a ser un producto de los locos 70s. Él nos introdujo a mí y a mi hija a la Cristiandad, y no estoy hablando sólo de “ir a la iglesia”, pero en cambio vivir tu fe. Él me enseñó a orar. Una vez cuando mi hija preguntó cómo comenzó el mundo, él sacó la Biblia y le leyó la primera parte de Génesis. Recuerdo que su reacción fue algo como “Ah, está bien”. Yo, por el otro lado, estaba brillando y por primera vez entendí que la Palabra de Dios realmente aplicaba a nuestras vidas diarias. Después de 31 años de matrimonio, hemos tenido nuestros momentos de problemas y dificultades – todo matrimonio y relación significa trabajo – pero ha valido totalmente la pena. Mi esposo no es perfecto, y tampoco lo soy yo, pero nuestro amor sigue creciendo. Mi esposo es mi mejor amigo. La pasión juvenil sí disminuye, pero las buenas noticias son que una nueva forma de pasión interna y amor crece mucho más adentro de lo que podría imaginé. La cara de mi esposo es la que quiero ver en un grupo de gente. Él es a la persona a la que le quiero dar las buenas noticias primero, y la persona con la que quiero compartir mis dolores de corazón, ya que sé que él me sostendrá y amará en toda mi imperfección. Para finales de mis 40s, había estado en consejería por un par de años para tratar de manejar mi pasado. En algún momento del camino, había sido mal aconsejada por un pastor que no podía perdonar a mis padres a no ser que ellos me pidieran perdón, y que reconocieran lo que hicieron mal. Esto era muy angustiante, porque nunca sentí que ellos iban a reconocer que hicieron algo mal, ya que ellos negaban por completo la verdad. No los había perdonado porque no sabía cómo podría si ellos no me pedían que los perdonara. También para esta época, estaba sorda. Mi esposo y yo estábamos yendo a una iglesia para los sordos dónde el modo de comunicación era lenguaje por señas americano, aunque también hablaban para aquellos que podían escuchar, como mi esposo. Un domingo, para concluir el culto,

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cantamos la Oración del Señor juntos; yo canté con gestos. Cuando llegué a la parte, “…y perdona nuestros pecados, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden…” mis manos cayeron a mis costados y me quedé con la boca abierta. Finalmente lo entendí. Ya no fueron palabras – o en mi caso, gestos – vacías. Ya no tuve que buscar una manera de perdonar a mis padres y aceptar mi pasado. “…y perdona nuestros pecados, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden…” Dios no me susurró en el oído, pero me habló en mi sordera, directamente a mi corazón. No podía cambiar el pasado, mis errores, o las acciones de otros hacia mí que eran dolorosas. Sin embargo, me podía cambiar yo misma – allí mismo con su gracia. Se levantó un peso de mis hombros mientras que me daba cuenta que finalmente había dejado a Dios llevarse mis pecados, y los pecados de otros, en sus manos. Mi vida nunca fue la misma después de eso – el día en que dejé de tratar de controlar lo que estaba fuera de mi control y dejé a Dios ser mi Padre. Unos 10 años después, me sentía realmente preocupada por la salvación de mis padres. Mi padre estaba entrado en sus 80s con problemas serios de salud. Un día mientras que hablaba por teléfono con él, le pregunté si estaba preparado para morir. ¿Le había pedido a Dios que lo perdonara por sus errores en la vida? Él se quedó callado. Entonces le dije, “Yo te perdono”. La llamada terminó abruptamente. Un mes después, estaba hablando con él otra vez y me dijo, “¿Recuerdas lo que dijiste sobre perdonarme? Lo que te hicimos fue tan malo, Sarah. ¿Realmente me perdonas?” Empecé a llorar. Él dijo, “Está bien, llora”. Espero que mis padres en realidad estén preparados para conocer a su Creador. He tratado varias veces de preguntarles sobre sus creencias pero no lo toman en serio y cambian de tema. Continúo orando por ellos. Quería escribir este ensayo con la esperanza de que mi pasado doloroso le ayude por lo menos a una persona joven a saber que él o ella no está solo. Las cosas malas suceden, aún cuando no las estamos buscando o no hacemos nada para merecerlas. Podemos seguir arrepintiéndonos por todas las cosas que debimos haber hecho, pero una vida construida en arrepentimientos no nos lleva a ningún lado. No podemos cambiar el pasado, así que debemos determinarnos a aprender de nuestros errores y seguir adelante. Yo he sido perdonada por mis errores de juicio en mi juventud. Y la piedad te espera cuando confiesas tus pecados y sigues delante de acuerdo a la voluntad de Dios. Dios y su hijo, Jesús, están esperando con brazos abiertos siempre para quitarte el dolor y llenar tu corazón con amor profundo y eterno.

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La Búsqueda por Significancia por Stone Faulkenberry Como lo hacen la mayoría de adolescentes, pasé por una etapa exploratoria y encaré una cierta cantidad de presión de grupo. Experimenté con alcohol, drogas y sexo. Mis padres probablemente pensaron que pasaba por una fase y que pasaría. Hasta cierto punto tenían razón, pero en retrospectiva, se que estas cosas siempre fueron formas en las que trataba de llenar el vacío dentro de mí, algo que anhelaba pero que no podía encontrar. Mi búsqueda por significancia se manifestó a través de la escuela, amigos, drogas y chicas. Estudiaba lo suficiente en la escuela (que no fue mucho) para estar en cuadros de honor y listas del director que publicaban en el periódico local, parar honrar a mis padres y ganar reconocimiento para mí. Era muy importante para mí ser popular y siempre tenía un grupo de amigos con quienes salir, lo cual dio lugar a emborracharme mucho y una variedad de otras cosas solo para ser aceptado y siempre tener algo seguro. Estoy triste de decir que esa era la única razón por la que tenía novias. Tener una novia quería decir tener citas y pasar tiempo íntimo a solas lo cual usualmente llevaba a algún tipo de encuentro sexual. No siempre terminaba de esta forma, pero algunas veces sí. Pensando en esas experiencias, me molesta que nunca me sintiera que hubiera nada de malo con involucrarme físicamente con alguien. Nunca había recibido ninguna enseñanza sobre guardarme hasta el matrimonio o la pureza sexual. El consejo sobre sexualidad que recibí cuando era adolescente fue, “No la dejes embarazada; asegúrate de usar algún tipo de protección”. Estaba tan ciego y era tan egoísta en ese momento, todo era sobre lo que podía sacar para mí. A partir de la secundaria, yo era bastante popular. Me relacionaba con los fresa (atléticos, bien vestidos, inteligentes, saliendo con un miembro del equipo de las porristas). Usualmente no tenía que perseguir a las chicas, ellas me perseguían a mí. Sé que eso suena arrogante y estoy triste de decir que era una persona muy orgullosa en esos días. Cuando empecé la secundaria salí con la misma chica por cuatro años. La relación era una gran farsa, a como lo veo ahora. En el momento parecía tan importante, pero viendo hacia atrás, realmente desearía que alguien me hubiera prohibido tener novia. Eran tiempos tan inestables. Tengo grandes remordimientos de ese tiempo. Tomé el corazón de una chica, su virginidad, inocencia y cuatro años de su vida, y al final la pisoteé. Y también me derroché. Pero la secundaria también me dio un rayo de esperanza: un amigo muy cercano que yo admiraba se hizo cristiano. Él no lo anunciaba al principio, pero empecé a ver cambios en su vida. Ya que lo admiraba tanto, empecé a hacer los mismos cambios en mi propia vida. Dejé de salir tanto a fiestas, dejé de decir malas palabras y empecé a tener algún interés en las cosas espirituales. Sin embargo, nada cambió en relaciones al sexo y no tenía deseo de cambiarlo.

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Cuando salí de mi casa para ir a la universidad, continué con mi búsqueda espiritual y mi búsqueda por una belleza. Durante mi primer año, algunos chicos del equipo de fútbol americano me invitaron a un estudio de Biblia. Dios estaba trabajando en mi vida. A través de este grupo de estudio de la Biblia y una reunión un fin de semana con mi amigo cercano de la secundaria, conocí a Jesús. Esta nueva relación terminaría cambiando todas las relaciones de mi vida, pero el cambio no fue fácil. Empecé a estudiar la Palabra de Dios, pasar tiempo en oración y reunirme con un grupo pequeño de chicos. Mi forma de pensar y percepción estaban cambiando favorablemente hacia el Reino de Dios en muchas formas, pero una que aún estaba bajo mi control era mi sexualidad. No estaba dispuesto a dejarlo tan fácilmente. Mientras que estaba pasando por la transformación espiritual, salí con varias chicas, y en la mayoría de los casos, las cosas fueron demasiado lejos físicamente. Nunca había tenido una convicción sobre la pureza, pero ahora se había convertido en una batalla constante. Experimenté nuevos puntos altos en mi relación con Jesús y puntos muy bajos porque no quería dejar mis “derechos” sexuales. Algunas veces luchaba contra la tentación y otras veces sólo me daba por vencido. Recuerdo pensar que involucrarme físicamente era análogo con empujar una bola de nieve hacia abajo de una gran montaña cubierta de nieve, que, cuando empezaba a rodar, no había forma de parar. Ganaría fuerza hasta que fuera gigante y sin control, sin forma de pararla. Mientras que pensaba en este concepto, se me encendió una luz interna. ¿Cómo evito que la bola de nieve baje por la montaña? Empecé a buscar en mi mente y encontré una respuesta sencilla: Para mí, todo empezaba con el beso. Si el lugar era adecuado, que siempre puede ser fácilmente manipulado, el beso empujaba la bola de nieve que eventualmente llevaba a problemas. Me di cuenta de que en ese momento, lo más práctico que podría hacer para permanecer puro en una relación era no besar a la chica. Este principio funcionó muy bien en la próxima relación en la que estuve. Después de un par de meses, me aventuré a darle un beso pequeño, pero el aspecto físico de la relación no era lo más importante. Estaba cambiando, pensé. Un poco tiempo después, la relación terminó en una buena nota – los dos seguimos nuestros caminos separados. Pronto empecé una nueva relación, con una nueva esperanza en el área de la pureza. Entonces caí de cara y lo arruiné de gran forma. Luché al principio, y después sólo me rendí. Sin esperanza espiritualmente, continué en la relación por demasiado tiempo. Había vuelto a mi viejo ser de antes de haberme convertido en cristiano. Recuerdo perfectamente una mañana despertarme y pensar en mi predicamento. Mientras que repasé en mi mente el proceso de la pureza, me pregunté: “¿Qué es lo que realmente quiero? ¿Qué es lo que realmente necesito? ¿Y a quién amo verdaderamente?” Mientras que las preguntas andaban por mi mente, empecé a enfocarme en quién amo realmente. Juan 14:21 vino a mi mente: “¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo

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también lo amaré y me manifestaré a él”. Mientras que meditaba en la escritura me di cuenta que, de una forma, estaba intercambiando mi relación con el Señor por esta relación física en la que estaba involucrado. Estaba convencido de que tenía que terminar la relación porque sabía que no podía controlar el aspecto físico. Después de la ruptura, volqué toda mi atención a mi caminata espiritual y crecimiento, y decidí que era un buen momento para alejarme de las chicas y cualquier otro tipo de relación por un tiempo. Durante este tiempo, me di cuenta de que mi estrategia para la pureza estaba centrada en mi comportamiento, mi persona exterior. Finalmente, concluí que esto era un asunto de amor: “¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece”. Y el amor viene a través de una relación. En vez de acciones hacia fuera que mejoraran mi imagen y posición como un “buen cristiano”, empecé a crecer en una relación más íntima con Jesús. Por medio de este nuevo despertar y cambio espiritual, me di cuenta de que ya había lastimado a varias chicas y les había quitado algo que nunca les podía devolver. Cambié mi filosofía e hice un compromiso al Señor que no saldría (como en el pasado) y que no iba a besar a ninguna otra chica hasta que dijera, “Sí acepto”. ¿Ves que cambio tan radical puede hacer una relación real con Jesús? El viejo yo nunca habría soñado con hacer tal compromiso. Fíjese de lo bueno que es el Señor; estaba solo ocupándome de mis propios asuntos (o sea, tratando de evitar a las chicas) y Dios trajo una rubia bella, Gwen Ford, a mi camino. Fue una reunión corta y loca. Ambos estábamos en nuestros vehículos y después de la reunión, salimos por direcciones contrarias y no nos vimos de nuevo por varios meses. La próxima vez que nos vimos, había chispas entre nosotros y me dejó con muchas ganas de conocerla mejor. Al despedirnos, dije sin pensar, “Oye, llámame si quieres”. Gwen me vio un poco avergonzada y dijo, “No te llamaré, yo no llamo chicos”. Yo estaba sorprendido. Primero pensé, ¿es demasiado buena para llamarme?, pero pronto mi di cuenta de que las cualidades como esa eran las que me atraían a ella. Después de poco tiempo de conocernos (no de salir), le compartí a Gwen mi compromiso de no besar una chica hasta que me casara. No estaba seguro de cómo iba a reaccionar, pero ella me dijo que sería un desafío para ella pero le gustaba que un chico la guiara espiritualmente. Ella había sido la que guiaba espiritualmente en sus relaciones pasadas. Había accedido al compromiso y me pidió algo a mí también. Ella había estado en varias relaciones en que los chicos le habían dicho que la amaban pero no sentían. Ella me pidió que no se lo dijera las palabras “te amo” a menos que supiera que de veras estuviera listo para casarme. Accedí y así empezamos. Durante nuestra amistad Dios me bendijo con una fuerza que nunca había conocido antes y paciencia poderosa para contenerme físicamente. Él me dejó conocer realmente esta hija suya desde adentro hacia afuera. Dios

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usó a Gwen en este crítico lugar en mi vida para enseñarme a alguien viviendo una vida cristiana con una verdadera relación con Jesús. Esta experiencia me ayudó a solidificar el trabajo que Dios había empezado en mí. Cerca de un año después, sabía en mi corazón que amaba a Gwen. Le compartí una noche que sí la amaba y lo mucho que significaba para mí. Ya que ella me había pedido que no lo dijera a menos que estuviera listo para casarme, ella sabía que prácticamente le estaba diciendo, “Cásate conmigo”. Un par de meses después les pregunté a los padres de Gwen permiso para casarme con su hija. Ellos accedieron, y le pregunté a Gwendolann Adell Ford que se casara conmigo. Ella dijo que sí y pusimos una fecha rápido. Ambos estábamos listos. Sabíamos que nos amábamos y que estábamos listos para besarnos y más. Durante nuestro compromiso pasamos por un tiempo maravilloso y difícil de consejería prematrimonial. Una de las cosas más difíciles que salió a la luz fue mi pasado. Una noche decidí que debía decirlo todo. Mientras que mostraba ante mi futura esposa todas mis relaciones en las que había fallado, sentí un deseo fuerte de dejarla ir si así ella lo quisiera. La gracia que sentí en el momento en que ella me dijo que aún me quería fue comparable a la gracia que la mujer sintió cuando Jesús la libró después de haber sido atrapada en adulterio por los fariseos (Juan 8:3-6). Gwen y yo decidimos que durante nuestra ceremonia de bodas íbamos a tener un tiempo privado para orar, sólo nosotros dos, mientras que tomábamos la comunión, recordando la muerte de Cristo. Durante esa oración, pusimos figurativamente el equipaje de nuestro pasado en una caja y lo enterramos, para deshacernos de él, igual que el pecado se desvanece ante los ojos de Dios por medio de la muerte real de Cristo. Aunque de vez en cuando tenemos algunas dificultades con nuestros pasados, especialmente el mío, creo que Dios bendijo esa oración, nuestra actitud sobre el pasado y nuestra pasión por un futuro esperanzado juntos como hombre y mujer. El momento en que el pastor dijo “Puede besar a la novia”, fue y siempre será un momento eterno en mi mente: el beso más íntimo y anhelado que jamás he experimentado. He tenido muchos más desde esa noche desde esa 15 años – por la gracia de Dios, ¡Lo hemos logrado! Mi esposa es una mujer bella por fuera y por dentro y he sido lo suficientemente privilegiado a través del poder de su Espíritu de conocerla íntimamente por dentro primero. Gracias Jesús. He estado en ambos lados de la cerca. Desearía nunca haberle tenido que decirle a mi futura esposa sobre mis relaciones pasadas llenas de cicatrices. Desearía poder haberla mirado a los ojos y dicho, “Me he guardado para ti”. Por el otro lado, se que si Dios no hubiera iniciado cambios sobrenaturales en mi antes de conocer a Gwen, nunca habría tenido una oportunidad con ella. Un texto bíblico que calza con cómo Dios ha obrado en mis relaciones se encuentra en Isaías 61:3 “…se les dé esplendor

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en lugar de ceniza�. Dios ha tomado las cenizas de mi pasado y me ha dado esplendor en mi relación con mi esposa.

El Fin

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La Gran Recompensa de la Pureza/La Gran Estafa del Sexo Prematrimonial  
La Gran Recompensa de la Pureza/La Gran Estafa del Sexo Prematrimonial  

17 historias verdaderas sobre la decision de esperar (o no) hasta el matrimonio para el sexo, y las consequencias de esa decision.