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El Tacto Extendido por todo el cuerpo, enredado en la piel se encuentra el tacto, paciente espera el más leve roce para despertar y alzar vuelo, un vuelo interior en una tormenta eléctrica por la ruta de los nervios, mientras el cerebro, impaciente, expectante, espera la llegada de aquel roce que se aventuró entre la piel, con la complicidad de algún corpúsculo de Pacini o de Ruffini que, como una antena receptora, captó del ambiente.

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En el lago bailan los peces, sumergidos en el agua que besa su boca, acariciándola con aletas y escamas al tiempo, sintiendo el

tacto líquido y suave que los rodea, que les sirve de hogar. Como un paralelo, como un reflejo, pero en el cielo, están las aves, que fluyen y nadan a su manera, pero en el aire. Entre su plumaje sienten el viento pasar con delicadeza y a veces con fuerza, a veces como una caricia, o como una bofetada. Ellas, como los peces, disfrutan de bailotear allí, en el aire o en el agua, en el cielo o en el mar.

Los patos, que disfrutan ambas cosas, nadan mientras sienten entre sus patas y sus plumas el roce del agua y de la arena que fluye con frescura por el riachuelo, sostenido en el agua como mágicamente, como por una mano invisible que no lo deja hundirse. Entonces empieza a moverse, empieza a acelerar su movimiento, a acelerar el roce con el agua, con la arena, con sus patas y sus plumas, se mueve para alcanzar la orilla, o para alejarse de ella, dependiendo de como se vea.

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Una banca de madera vieja, un poco rasposa al contacto, sobre la que jugueteaban las ramas de un árbol con el viento, también juguetean dos nerviosas manos, como un par de ramas de dos árboles cercanos que se entrecruzan con el viento, se acarician, se sienten el relieve de sus huellas, de la palma de sus hojas, del tallo que se enreda conjuntamente con el vaivén del viento que lleva la brisa de las tardes de agosto. Los dedos se pierden y se encuentra entre las texturas de sus huellas y sus poros; los labios participan de un carnaval de impulsos eléctricos en el que también bailan un par de lenguas al compás de la oxitocina, tomadas de sus corpúsculos, papilas y demás nervios gustatorios y táctiles, se avientan al respirar, siguiendo el ritual secreto que callan entre las paredes carnosas que llaman mejillas y que conforman sus bocas. Las manos escalan de la cintura al cuello y se enredan en el cabello, se deslizan y acarician desde el cuero cabelludo, hasta la punta del cabello. Si luego se dirige esa mano


exploradora a dar una vuelta por el cuello y si el viento colabora un poco, los vellos se sorprenden, se levantan y reaccionan, causando una conmoción que se esparce por todo el cuerpo, como un estremecimiento repentino que pasa por la epidermis, escabuyendose entre la hipodermis, hasta que encuentra el reflejo pilomotor para encenderlo, para ponerlo en marcha.

*** Puesto ahí está ese campo, donde muchas guerras han librado; con sus negros y sus blancos, que al contacto son iguales, aunque sean adversarios. Se yerguen las piezas, afilan su táctica, preparan su estrategia. A los extremos de la mesa, los jugadores comienzan la delicada danza del ajedrez, bajo el único dominio del tacto y el intelecto. Así van realizando sus jugadas, paso a paso, rítmicamente; memorizando cada pieza, conociendo sus formas, sus relieves, tomándolas por sus cinturas. Jugada tras jugada se escala hasta el final, y en la última jugada cae el rey en las trampas de su adversario, en la estrategia preparada con cautela.

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Los rayos de sol caen implacables sobre la tersa piel desnuda, bañándola con una violenta indiferencia hacia sus molestias producidas por un río de sensaciones térmicas a cargo de Ruffini. La sombra de un viejo árbol calma la sensación, mientras entre sus raíces busca asiento. El contacto de la mano con la tierra humedecida le causa un poco de molestia, esta vez a cargo de Merckel y de Krause. Con los ojos cerrados, curiosea un par de hojas secas yacidas en el suelo, cuyas nervaduras podría leer un ciego cual si fuera braille, previendo esa emergencia antes de que el otoño, al secar el verde, deje a la vista esos canales, como las venas cada vez más visibles en las manos de la persona que envejece.

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Cuando se camina entre la hierba, no se puede evitar sentir el suave cosquilleo que produce entre los dedos el contacto con las espigas y el pastizal cuando se estiran con intención para alcanzarles. Un hormigueo sube desde la yema de los dedos hasta la palma, como si se tratara de un batallón de pequeñas hormigas que detecta la sensibilidad epicrítica puesta en los de Pacini, cual si fuesen antenas receptoras que puso el cerebro para saber qué pasa afuera. A veces, entre la fricción y el roce se enreda un tallo entre las coyunturas de los dedos e involuntariamente (o quizá con intención) es arrancado de la tierra de un tirón que se siente hasta la médula.

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El Tacto  

prosa, ensayo

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