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Ruth Castro

¿A dónde va, cosmonauta? Entrevista a Daniel Espartaco

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aniel Espartaco (Chihuahua, 1977) presentó Cosmonauta, su último libro de cuentos, el 29 de marzo de 2012 en Torreón, Coah. Es autor de El error del milenio (2006, Premio Nacional Gilberto Owen). También obtuvo el Premio Nacional de Narrativa Joven María Luis Puga 2010. Con Cosmonauta obtuvo el Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2009. Ha sido becario del Centro Mexicano de Escritores y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Daniel aceptó la entrevista sin condiciones, pero fue imposible vernos. Un malentendido, un imprevisto, y ya no lo alcancé en el aeropuerto. Era el último día antes de las vacaciones de semana santa y sería más difícil dar con él en esas fechas. Pero en las redes sociales todo es posible y lo encontré al teclear su nombre completo. Luego de que me “aceptara”, lo vi conectado una madrugada y acordamos hacer la entrevista por chat, pues enviarle las preguntas al correo me parecía muy frío. Necesitaba feedback, notar las reacciones, aunque fuera de sus palabras. Para ambos sería una experiencia nueva; no la de chatear, sino la de hacer una entrevista por facebook con fines literarios. julio - agosto 2012

Daniel Espartaco: Hola Ruth. Ya estoy Aquí. Ruth Castro: Hola, bien, a mí se me trabó la compu, pero ya cerré aplicaciones. Empezamos pues… DE: Andamos igual. Comencemos pues… RC: Comienzo con una para romper el hielo. ¿Qué has leído últimamente? DE: Buena pregunta. Acabo de leer Algo va mal de Tony Judt, que es una crítica sobre la política y las políticas económicas de los últimos treinta años en Occidente, las mismas que se han aplicado en México, de manera periférica. Es un tema que siempre me ha interesado. Ahora estoy leyendo Being There de Jerzy Kosinsky, un libro muy bello, escrito en inglés por un polaco. Recientemente releí Un héroe de nuestro tiempo de Lérmontov, y me sorprendió ver las afinidades que hay entre mi generación y la generación perdida de la que habla Lérmontov (estamos hablando de una obra de 1840). RC: Algo de tu generación o nuestra generación me gustaría comentar más adelante, sobre todo en los cuentos de Cosmonauta, pero antes dime...

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En cuanto a la literatura mexicana joven, ¿qué pien- A veces escribo a mano en una libreta y a veces directasas de las nuevas propuestas?, ¿cuál o cuáles destaca- mente en la computadora, dependiendo de mi estado de ánimo y mi nivel de adicción a las redes sociales. A rías? veces escribo en casa y a veces me gusta ir a un café y ver DE: No estoy muy enterado de las nuevas propuestas de gente, siempre con música en un MP3. Escribo mucho la literatura mexicana. Entre otras cosas leo a mis ami- bajo la influencia de lo que escucho. Lo que siempre hagos. Algunos de éstos nacieron el mismo año que yo o go es corregir en papel. Me gusta corregir los textos muson algunos años mayores, y no sé si se nos puede consi- chas veces: imprimo y corrijo y vuelvo a imprimir. derar jóvenes. Hablando de mi generación, que es la de Supongo que le sucede a otros escritores, pero a mí las los nacidos en los años setenta, puedo mencionar a cosas nunca me salen como las planeo. Me ha pasado David Miklos, a Antonio Ortuño, a Carlos Velázquez, que comienzo a escribir una novela y termina siendo que son los que he leído. La novela que David está por una historia, o al revés. El año pasado comencé una hispublicar en Tusquets este año me parece una cosas sen- toria que quería escribir mucho tiempo atrás, y pasaron los días y fue creciendo hasta convertirse en una novela. sacional, se llama Brama. Una cosa que me gustaría destacar es que a Ortuño y Miklos no los conozco en persona, sino a través de las re- RC: Según la solapa de Cosmonauta, escribiste una des sociales, son dos autores con los que siento muchas novela que se publicó en 2006 (El error del milenio), y afinidades, si no en la obra, al menos en las opiniones y este mismo libro de cuentos salió en 2011. ¿Qué más en las actitudes que uno debe tomar respecto a la litera- escribes?, ¿sobre qué? tura. RC: Al fin de cuentas, eso puede ser una generación literaria actual, no porque se junten en el mismo café, como sucedió con otras generaciones, sino porque son afines en algo (postura, estilo, temas). Es curioso, pero el fenómeno se repite con otros autores que encuentran en la red cierta unión, tanto con sus lectores, como con "amigos" que están en el mismo canal, digamos, literario. DE: Respecto a Ortuño y David como autores en las redes, me gusta el sentido del humor de ambos; de esa manera me siento afín a otras personas que no escriben. Yo no me sentiría afín a alguien que no tiene sentido del humor. Las redes sociales sí han cambiado un poco la manera como los escritores y los lectores nos relacionamos, no sé de qué manera, pero es así. RC: ¿Cómo describirías el proceso de escritura en tu caso? ¿Cómo escribe Daniel Espartaco? DE: Escribo todos los días, o corrijo todos los días (escribir y corregir son dos procesos diferentes, e intensos), de una manera algo desordenada y caprichosa.

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DE: El error del milenio es un libro de cuentos, ganó el premio Gilberto Owen en el 2006. El tema es más o menos el mismo, pero es un libro primerizo y descarnado que más parece una sesión de psicoanálisis. De 2004 a la fecha he escrito varias cosas inéditas. Hay un libro titulado Walden 3 (inédito) que trata de un escritor de los años sesenta que se niega a envejecer y le suceden toda clase de aventuras en la época actual: se enamora, conoce a su hija; es homenajeado, pese a su resistencia; padece a la burocracia cultural; es acosado por un admirador, se casa, se encuentra a sí mismo en un viaje a la Sierra Tarahumara, etcétera. Es una faceta mía que nadie conoce. Luego tengo un relato largo que está por publicarse en Nitro-Press, sale de la imprenta la próxima semana. Pertenece a esta faceta mía más ligera y satírica. Se trata de dos escritores becarios del Estado que se involucran con una banda de traficantes y les suceden toda clase de peripecias. Tengo muchas historias inéditas que me gustaría armar en un libro, donde exploro algunos de los temas de Cosmonauta y también temas actuales. Me encuentro en el proceso de la publicación de una novela sobre Chihuahua, y sobre los cambios que le ha tocado vivir a mi generación a lo largo de casi veinte años. Esta es mi faceta seria, por decirlo de alguna manera.

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RC: ¿El título de lo que está por publicarse en NitroPress es Gasolina? (Le pregunto porque acabo de ver fotos en su facebook de pruebas y correcciones con ese título).

progreso, cuando la brecha entre ricos y pobres es cada vez más grande y esto se ha traducido en la desintegración de comunidades y en la llamada escalada global de la violencia que ahora padecemos en México.

DE: Sí, es Gasolina.

RC: En Cosmonauta no encontramos la búsqueda y experimentación de recursos narrativos. Más bien, encuentro temas sutilmente tratados entre líneas, cuentos de iniciación, atención a los detalles. Aunque el tema latente es el pasado comunista, ¿de qué más puedes decir que tratan tus cuentos?

RC: Parece que entre literatura y humor se abre una vertiente que algunos autores aprovechan para renovar el lenguaje literario. ¿Es tu caso?, ¿o cómo ves el humor en tus cuentos? DE: Yo no trato de ser humorista de una manera voluntaria. Es más como un estado de ánimo. En el caso de Gasolina fue un maquinazo de uno o dos días en los que me encontraba de buen humor (luego lo he tenido que corregir muchas veces con un humor de pelos). En el caso de Cosmonauta me ha pasado algo muy raro, y es que esas historias las escribí durante un año muy difícil, deprimido, y según yo estaba siendo trágico, pero algunos lectores me han dicho que les ha hecho reír tal o cual pasaje. Soy admirador de los guionistas de los sitcoms norteamericanos, The Simpsons, Friends, Seinfield, esos tipos son genios. Luego no me interesa competir con ellos. No sé si se pueda renovar el lenguaje, sólo sé que el lenguaje tiene que ser fresco por respeto al lector. Y un lenguaje fresco tendrá sentido del humor de una manera natural.

DE: El socialismo me parece que no es más que un pretexto para hablar de temas universales. Como tú lo dices, la iniciación, la búsqueda del padre, la idea del paraíso perdido. El tema central de todo el libro para mí es la disolución, entendida en varios niveles: la disolución de la familia, del territorio de la infancia, de la inocencia, de una época. Más que el socialismo me interesa la época en la que yo crecí, muy distinta de la actual: México, una economía mixta, un incipiente estado de bienestar, una familia estable, en algunas de las historias, un orden existente con valores definidos, como la educación, por ejemplo. Cada historia tiene pues sus bemoles. En el caso de “Cosmonauta”, la primera historia, está la sensación del fracaso al llegar a los treinta años y añorar algo irrecuperable; en el caso de “África”, la historia más personal, me interesaba reconstruir un mundo desaparecido. Hace poco en RC: En los cuentos de Cosmonauta es evidente la hue- Puebla, un amigo me contó que él había crecido en una lla de ideologías que, se ha decretado, murieron en el colonia de Infonavit y que éste cuento le recordaba su siglo XX. ¿Qué significado tienen en tus cuentos?, infancia. Yo nunca digo que la historia transcurre en un lugar así (pero así es) y los padres de mi amigo no eran ¿son meramente biográficos? comunistas. Me parece interesante lo que dices de las DE: Respecto al significado de estas ideologías en los cosas sutiles. En “África” quería hablar del elemento cuentos, yo no siento nostalgia del socialismo real (que telúrico, del pragmatismo femenino con el que uno fue algo aberrante, millones de personas murieron en crece: lo femenino está ahí en algunas de las formas que campos de trabajos forzados), sino de la idea de que el más me fascinan. “Estación Espacial Mir” la escribí de mundo puede transformarse por medio del esfuerzo hu- una manera inconsciente, y ahora a la distancia puedo mano y la organización; de los valores colectivos y la so- ver que también están ahí las grandes dualidades: lo lidaridad; por medio de la educación, de la prepara- erótico y la muerte; el hombre y la mujer. ción. Con la caída del muro quedamos todos a merced de una sola ideología dominante aún más falsa que la de RC: Diste en el clavo con la pregunta que estaba la dictadura del proletariado (más utópica e imposi- guardando. Me llaman particularmente la atención ble): la de que el mercado en sí mismo trae bienestar y las mujeres de tus cuentos, porque no son meros julio - agosto 2012

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objetos de placer, ni arquetipos de mexicanas que su- ¿Pensador austriaco anarquista? ¿Tolstoi? ¿Ambos? fren abnegadas y dependen de un hombre ¿cómo son las mujeres para Daniel Espartaco en su imaginario li- DE: Por Vladimir Ilich Ulianov, mejor conocido como Lenin. Nunca he leído al pensador austriaco anarquisterario, y de qué se alimentan estos personajes? ta, aunque La muerte de Ivan Ilich me impresionó DE: Qué buena pregunta. Supongo que sólo puedo es- mucho porque soy hipocondríaco. Ya sabes, los comucribir de las mujeres que he conocido. En “África”, el per- nistas les ponían a sus hijos nombres por el estilo: sonaje narrador dice algo así como "Mi madre fue mi Lenin, Vladimir, Espartaco, Lenia, Varinia. Mi hermaprimer objeto de estudio, mi primera religión pagana". no se llama Aníbal. “África” es, de alguna manera, el homenaje, no sólo a mi madre, sino a ese tipo de mujer nueva que nació a partir RC: En el plano de la escritura, ¿hacía donde se de los años sesenta y setenta: la mujer trabajadora, idea- dirigen tus intereses?, ¿qué sigue? (además de lo que lista, alfabetizadora, y además madre, y que se ponía a me contabas que está en proceso). hacer tofú y la ropa de sus hijos, llena de un entusiasmo por crear una realidad aparte, lejos de la sociedad de DE: Tengo varios proyectos: de entrada publicar el consumo, etcétera. Por ponerte un ejemplo, en trabajo inédito, dos libros de historias, dos novelas, esto Chihuahua, en el barrio donde me tocó crecer, mi ma- también es escritura porque la corrección muchas dre era la única mujer que conducía un coche, y eso me veces es reescritura. En el plano meramente de la parecía admirable. En algunas otras historias los perso- creación comencé una novela donde vuelvo a los temas najes femeninos no están tan acabados, me parece, pero de Cosmonauta, pero es una novela sobre la búsqueda "El hielo se derrite lentamente" está escrito desde el pun- del hogar, por decirlo de una manera. to de vista de una mujer de unos cuarenta años que todo el tiempo ha buscado la independencia. Una mujer du- RC: Bien, estaremos al pendiente de tus pasos. ra, por decirlo de alguna forma, que comienza a cues- Muchas gracias por tu tiempo, y por la charla. tionarse muchas cosas y debe afrontar la muerte y el pa- Cambio y fuera. sado del padre, sucesos que logran tambalearla durante un momento. RC: La crítica ha reiterado que algo que destaca en los cuentos de Cosmonauta son los finales anticlimáticos. Creo que es cierto y evidente en la lectura, pero creo también que los cuentos podrían calificarse como epifánicos o como chejovianos ¿estarías de acuerdo con estos calificativos? DE: Totalmente de acuerdo. Nunca me ha gustado la concepción del cuento como una anécdota sin profundidad que termina en un giro de acción, donde el personaje se desdobla, o muere o mata a alguien. Me parece obsoleta y pueril. Los escritores que yo admiro nunca hicieron esto: Chéjov, Babel, Hemingway, John Cheever. RC: ¿Por qué Ilich? (es el nombre del personaje de varios de los cuentos que aparecen en Cosmonauta)

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Yo no siento nostalgia del socialismo real (que fue algo aberrante, millones de personas murieron en campos de trabajos forzados), sino de la idea de que el mundo puede transformarse por medio del esfuerzo humano y la organización, de los valores colectivos y la solidaridad, por medio de la educación, de la preparación. Ruth Castro Licenciada en Lengua y Letras Hispánicas por la Universidad Veracruzana. Ha colaborado en las revistas Contrapunto, Diario La Tempestad, Artefacto, Metrópolis, Acequias, Litoral-e, entre otras, con artículos, reseñas, ensayos y textos de ficción. Actualmente es Coordinadora Editorial en Dirección Municipal de Cultura en Torreón, Coahuila; imparte clases de literatura en la Escuela de Escritores de la Laguna A. C., y en la Universidad Autónoma del Noreste.

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placebos Por Luis Jorge Boone 11:45 de la noche. El dolor avanza por la alfombra. Se sienta en esta orilla de la cama. ¿Son estos los primeros o los últimos auxilios? ¿es la hora de las cucharadas el mejor momento para empezar a despedirse?: cefalexina (que suena a cráneo puntiagudo), piroxicam (un incendio por las venas), troxerutina (tantas equis ya resultan sospechosas). Más vale asegurarse, dijeron. Medicamentos: escopetas para matar hormigas: …y tu cuerpo como una autopista, una guerra de narcos, un tiro al blanco. …En el safari de mi corrupción, ¿qué usaremos, doctor, cuando encontremos elefantes? Prohibiciones de viajar, beber o mirar demasiado el tono oscuro de la herida. En la farmacia de las dos con treinta y cinco de la madrugada, sin mañana posible: inmovilidad del cuerpo que se extiende hacia la mente. Ya. Ahora deberían preocuparnos los efectos secundarios.

Eros díler Nazul Aramayo

De venta en librerías julio - agosto 2012

Luis Jorge Boone nació en Monclova, Coahuila, en 1977. Es autor de los poemarios Legión (2003), Galería de armas rotas (2004), Traducción a lengua extraña 2007, Novela (2008), Primavera un segundo (2010) y Los animales invisibles (2010); así como del volumen Lados B. Ensayos laterales (2011), y de la novela Las afueras. Su libro de cuentos La noche caníbal (2008) obtuvo el Premio Nacional de Cuento Inés Arredondo 2005. Ha sido becario del Programa de Jóvenes Creadores del FONCA en tres ocasiones y de la Fundación para las Letras Mexicanas durante dos periodos. Ha recibido siete premios nacionales, entre ellos el de Poesía Joven Elías Nandino 2007, el de Ensayo Carlos Echánove Trujillo 2009 y el de Poesía Ramón López Velarde 2009. Su publicación más reciente es la colección de cuentos Largas filas de gente rara (2012).

La novela Eros díler es un viaje por las calles de una ciudad intoxicada. A través de las drogas, el alcohol, el sexo y la poesía Cleti y Yoselyn vivien una historia de amor y desencuentros. Prostitutas, travestis, devotos de la Santa Muerte, cholos, adictos, bailarines gastados, poetas y morritas son los personajes que dan vida a los días y noches del centro de esta ciudad. Con una escritura fulgurante, inesperada, fresca, Eros díler encarna una apuesta y un ambiente, más allá de las anécdotas, es una experiencia, una inyección de veneno. Una liberación.

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Antonio Ortuño

EL SEÑOR SE FUE A DAR UNA CONFERENCIA

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ay una escena, que recuerdo con persistencia, de la película Man on the Moon, esa biopic sobre el comediante Andy Kaufmann: el cómico de Saturday Night Live se presenta en una Universidad. Se reúne, para escucharlo, una pequeña multitud. Los asistentes, que lo admiran, aguardan que abra la boca para partirse de risa. Impávido, Kaufmann anuncia que les leerá El Gran Gatsby, de Fitzgerald. Se escuchan risas atronadoras. Pero Andy, en efecto, extrae de sus ropas un ejemplar de la clásica novela y comienza a leerla, línea a línea, en voz alta. El público, desde luego, no entiende nada y termina por huir. Cometeré el error de imitar a Kaufmann esta noche. No porque planee mortificarlos con la lectura del manuscrito entero de Palinuro de México, sino porque he decidido no atenerme a la improvisación y leerles algunas páginas, en lugar de atender al dictado de la zarza ardiente, de la memoria y la desfachatez. Lo primero que suplico, tal y como hacían los narradores de Shakespeare al comienzo de sus obras, es su indulgencia. Porque como deberían suponer tan sólo con mirarme, no soy ninguna clase de conferenciante profesional. Sería incapaz de equipararme al tipo que compró los espectaculares de la carretera del aeropuerto, por estos días, para promover su magna conferencia “El triunfo del metabolismo”. Soy, en el mejor de los casos, un periodista, una garrapateador, un artesano, y si las ideas que expondré les resultan exóticas, confío en que lo atribuyan al hecho de que he procurado leer autores y libros ausentes en el listado de entusiasmos común a la mayoría de los escritores mexicanos, y no a que sea yo un completo imbécil. Comienzo, pues, por confesarles que si alguno de ustedes llamara en este mismo momento a mi casa, no les sería respondido el teléfono por algún integrante de mi familia, están casi todos aquí reunidos, sino por la jefa de nuestro servicio doméstico, quien ha sido

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entrenada para declarar, al menos por esta noche: “No, no se encuentra. El Señor se fue a dar una conferencia”. Esto, por si es que llama uno de los organizadores del Hay Festival, que hace unos meses no me dejaba subir a la mesa de discusión sobre narrativa que me correspondía en el evento, porque en vez de disfraz de escritor, es decir, saquito de pana con codos, utilizo playeras y cachucha. El hombre se pensó que era yo uno de los choferes del evento y tuve que recitarle el íncipit de Ánima, mi novela nueva, para que creyera que era yo. Y bueno, esto no es solamente culpa de mi pésimo gusto para vestir sino del hecho incontrovertible de que los escritores son unos charlatanes y nadie les cree. Háganme caso: he bebido con escritores la mitad de mi vida y algo los conozco. Cuando no hay público presente ante el que haya que guardar formas y están ocultos en la tramoya de la vida diaria, los escritores son unos miserables. Los que pasan por más correctos, los que posan de prohombres, los cívicos de consigna y manifiesto, son los que se más se solazan en el clasismo o el machismo feroz. Los que exhiben mayor conciencia política resultan los más inconsecuentes. Unos son abiertos porristas del poder que paga sus cuentas. Otros, resbaladizos, escupen fuego contra los funcionarios pero cobran las becas y los salarios y los premios que dan los funcionarios. Saben bien que escupirle al Estado es la forma más astuta de ensalivarle los pies. No soy un moralista, así que no condeno que las cosas sean de ese modo. La verdad es que me parece muy divertido. Claro: no puede vivirse del todo en un mundo sin conciencia ética porque sería irrespirable. Pero es una pérdida de tiempo buscar ética entre los escritores. Por mi parte, confío más en los taxistas, los carniceros o los obreros de la Marinela que en un intelectual. Soy escéptico ante las proclamas políticas de los escritores, dije ya. También soy inmune, y eso me

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parece digno de detenerse más tiempo en el asunto, a sus proclamas estéticas. Las preceptivas literarias me parecen extraliterarias. Tienen un aire inocultable de frigidez. Son el fútbol contado por los árbitros. Me aburre teorizar sobre lo que escribo y me aburre más hacerlo sobre lo que escriben otros. Soy un mal lector de teóricos y, me temo, incluso un pésimo nativo del siglo XX: soy incapaz de interesarme por las explicaciones. Suscribo aquella vieja frase de Evelyn Waugh: “las explicaciones las dan los impotentes a las chicas, porque si algo funciona no hay nada que explicar”. Ya sé que Evelyn Waugh, que era católico y derechoso, es una cita suicida, pues se espera que un joven bien peinado y educado cite a Rigoberta Menchu: pero yo no soy un joven bien peinado. Ni siquiera tengo cabello que peinar. La mejor función que le reconozco a la literatura es la de antídoto contra el tedio. Nunca leo un libro aburrido por disciplina. La disciplina es un valor de cadete naval. Por ello mismo, el único motivo que tengo para escribir es divertirme. Escribo en un estilo que para algunos resulta violento y para otros, de algún modo, irreflexivo. Es decir, que no arguyo supercherías teóricas para justificarme. Nunca he amanecido a la espera de que las estructuras semánticas me emancipen. Soy, se están dando cuenta, deliberadamente grosero al hablar de literatura. Odio las languideces; odio la repetición imbécil de lugares comunes como “la novela ha muerto” o “Un automóvil en movimiento es más bello que la Victoria de Samotracia”. Son frases que fingen resignación pero en realidad lindan con el despotismo. Son frases histéricas de beato. No hago una proclama en favor de la brutalidad ni aspiro a demoler la inteligencia. Sólo replico que la incomodidad con las formas narrativas que movía a las vanguardias, ha pasado de rebelión a canon, ha pasado de secta iluminada a iglesia con santos, mártires y Evangelio. Una iglesia que reclama libros cada vez más estériles, estilos cada vez más sofocados y autores cada vez más reticentes a lo que signifique, siquiera por reflejo, vitalidad. Han dejado de ser respetables, en narrativa, los personajes, porque a los personajes generalmente les pasa algo. No: se habla discursos, de textos en los que no

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sólo no pase nada sino que renieguen de la misma posibilidad de acción. La vida, después de todo, es una quieta tortura que toleramos con grandes esfuerzos, esfuerzos que agotan. Agarrotados por ese veneno, que la maldita cobra nos inyecta desde el parto, sólo somos capaces de lanzarle los minúsculos suspiros de nuestro abatimiento. Liquidamos sus facturas de maldad con depósitos de languidez. Ay de quien ose reírse: la carcajada es demolida con el simple levantamiento de una de las augustas cejas de la teoría. Tolerancia cero. Que se rían los payasos y los tontos. El humor, faltaba más, consiste en esbozar una sonrisa que haga parecer a la Gioconda un ejemplar de gato de Chesire con tétanos: la crítica mide el tamaño de esa sonrisa con la cinta métrica de la severidad y descarta a quien supere los pocos milímetros. No, señores: el arte se trata de expresar el malestar, la sinrazón de la existencia, los infinitos quebrantos que nos inflige este mundo pestilente. Hemos, quién lo dijera, acabado por coincidir en esa actitud vigilante y delatora con los padres de la Iglesia, alcanzándolos en el purgatorio de la ortodoxia a través de la estrecha y maloliente vía de la vanguardia. Se trata de reflejar el malestar que sentimos todos —quien sea feliz, incluso parcialmente, se ha autoexcluido de la especie. Qué bello, señores, el dolor que enloquece. ¿No sufrieron, acaso como nadie antes, Edipo, Hamlet, Raskolnikov y nos abrieron el camino a nuevas cárceles de tortura? ¿No aquejaban a Swift unas jaquecas horrendas? ¿No añoró Yeats a lo largo de su vida las cosas que no tenía enfrente, lo mismo los rizos de su hija que un amor, lo mismo un campito bien cultivado que una Irlanda unificada lejos de la sombra de los ingleses? Las letras, hoy más que nunca, celebran a sus practicantes más llorones y quejosos. La música adora a los desgarrados (lo mismo si son Beethoven o Edith Piaff que José Alfredo o Juanga) y minimiza como a quienes no se cubren la cabeza de cenizas. Y no se diga la filosofía: en incontables corazones arde una vela en honor al deslenguado de Nietzsche simplemente por haber sido sifilítico, haber gastado unos mostachos tristes y casposos y no haber gozado jamás el voluptuoso tacto de Cósima Wagner.

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No me interesa el culto de la posmodernidad ni suscribo su catecismo. Abandoné la doctrina católica en la niñez porque presentía que Dios jamás iba a volverme a interesar si seguía tratando con sus entusiastas. Odio la languidez; la melancolía, como motivo artístico, francamente me aburre. Si las artes contemporáneas necesitan la permanente adolescencia moral, quizá hemos dejado de necesitarlas a ellas. Si la única función del arte consiste en la repetición cada vez menos reveladora de la sentencia del perro Snoopy (“La vida es horrible y entonces te mueres”), habrá que buscar lo que necesitamos del arte en tiempos menos extenuados. Yo sostengo que la Victoria de Samotracia es cada vez más bella que los cochinos automóviles. Sostengo que la literatura, y en especial la veta de ella que ha significado el humor negro, es un juego muy placentero de jugar. Como sé que los profesores me reprocharán la falta de nombres ilustres que apoyen mi tesis, tendré que citar algunos. Aquí van: Marcial, Petronio, Bocaccio, Quevedo, Shakespeare, Schopenhauer, Celine, Bulgakov, Waugh, Vian, Borges, Nabokov, Ibargüengoitia, Roth, Banville, Fonseca. Puedo remitir por correo una bibliografía completa al interesado. La verdad es que no me interesan los listados de nombres ni las fichas sinápticas. Tampoco me interesa hablar de música, de videoinstalaciones multimedia, de Internet, de las generaciones de jóvenes talentos ni mucho menos de política cultural. Sólo meinteresa,losabenya,molestar. ¿De qué hablo cuando hablo de humor? Borges anotó, hace años, que los textos sobre el humor no hacen reír. El argentino ponía como ejemplo el famoso estudio de Henri Bergson sobre la risa: pocas carcajadas podría despertar la prosa hábil y un poco solemne del francés. Jonathan Pollock, de la Universidad de Perpignan, trató de ir más lejos que sus antecesores en la materia, y en su obra ¿Qué es el humor? (de 2004), buscó desenredar el concepto de ciertos semejantes como la sátira, la ironía y el ingenio y, de paso, apuntalar algunas teorías asombrosas, pero no por ello, poco recurridas. El libro de Pollock (como aquella vieja Antología del humor negro, de Breton) no hace reír. Su

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concepto del humor está cargado de consideraciones morales y su principal preocupación es relacionarlo con una inesperada hermana: la melancolía. Después de todo, “humor” es una palabra que designa etimológicamente un talante corporal, una manera de ser y de reaccionar orgánica más que intelectualmente. Pollock, quien no en balde ha publicado un par de tratados sobre el vanguardista Antonin Artaud, no pierde oportunidad de ponerlo como ejemplo patente de su concepto de humor: Artaud es el loco visceral que no excluye de su obra lo patético, ni pone en perspectiva de ridículo la condición humana (como haría un irónico), sino que se sumerge en ella, la sufre, y la manifiesta en cada palabra. Diógenes el cínico, Villon, Rabelais, Sade, Poe, Baudelaire, Jarry, los hermanos Marx y el ya citado Artaud (muchos de ellos notorios “malditos” con un sentido del humor y del ridículo un tanto dudosos) son la nómina de artistas “realmente” humorísticos que propone el libro. Curiosamente, Pollock se inclina por la idea de que el humour británico no es tal, sino sólo ingenio, agudeza, sátira. Así, autores como Saki, Chesterton, Waugh, Woodhouse, son olímpicamente ignorados, Tackeray apenas es tomado en cuenta y Dickens citado sólo una vez. De Wilde, acaso uno de los escritores con más sentido del humor en la historia, no pronuncia una palabra. En resumen, esta es una tesis que hace las delicias de nuestros solemnes críticos y de todos aquellos que quieran pasar por profundos, pero que termina por llegar a las antípodas del humor: se toma en todo momento demasiado en serio. ¿Cuáles son las raíces del humor negro en la literatura, al menos como yo las entiendo? Ese imprudente género nace, como la propia conciencia lírica del “yo”, en el siglo VII antes de Cristo, con Arquíloco de Paros, quien en un poema justamente célebre se burla de quien en una batalla lo hizo huir y se quedó con su escudo y se burla más de quien piense que debió morir por salvar el estúpido escudo, como reclamaba el canon bélico. Otros nombres se vienen a la mente. Pienso en Marcial y Catulo y sus terribles epigramas.

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Me permito citar un par de ellos De Marcial, este, venturoso: Vélox, criticas mis epigramas. Te parecen largos. Los tuyos son brevísimos: no escribes nada. Y de Catulo, este, no menos genial: Mi Lesbia, la Lesbia aquella Aquella Lesbia que Catulo amó más A ella sola más que a sí mismo y los suyos Ahora en callejones y esquinas Se las chupa a los nietos del magnánimo Remo pienso en el Quevedo más cruel, el de las burlas antisemitas a Góngora; Yo te untaré mis obras con tocino Porque no me las muerdas, Gongorilla, Perro de los ingenios de Castilla, Docto en pullas, cual mozo de camino. pienso en Chesterton y en aquel texto memorable en que invocó “la femenina elocuencia de suegra amargada de Nietzsche”; pienso, en fin, en el más exaltado Boris Vian, que confiesa: Todo se ha dicho cien veces Y mucho mejor que por mí Por eso cuando escribo versos Es porque me divierte Es porque me divierte Es porque me divierte Y lárguense a tomar el aire. El caso mexicano, me parece, es incluso más complicado. No parece existir una verdadera tradición de prosa irónica en nuestra literatura, aunque algún connosieur reivindique lo “vaciado” del Piporro en fechas últimas, como en los noventa les dio por hacerlo con Tin-Tán (y es que a falta de un Bulgakov, Vian o Waugh, los mexicanos recurrimos como adalides de las posibilidades del lenguaje, ay, a nuestros actores cómicos). julio - agosto 2012

Tenemos, sin embargo, una brillante excepción. De no haberse matado en un maldito avionazo en 1982, Jorge Ibargüengoitia hubiera cumplido 84 años el pasado 22 de enero. Importa releer a Ibargüengoitia en la medida en que es una voz insólita en nuestra literatura. Se ocupa de los temas nacionales (la Revolución, la Independencia, la vida pública y privada) sin sentimentalismos, sin el lastre de la politiquería o el psicologismo y sociologismo ramplón que hoy pasan por agudeza. A contramano del estilismo a ultranza de Elizondo (el otro gran desmarcado de nuestras letras) o el desgarro de Revueltas (por mucho, el mejor de nuestros escritores políticos), se ocupó, como quería La Rochefoucaud, de aplicar la inteligencia a su mejor tarea posible, es decir, la parodia de la estupidez. No hay un solo autor nacional en donde México sea más reconocible que en Ibargüengoitia. Lo mismo en sus artículos periodísticos que en sus novelas nos topamos a cada párrafo y línea con los monstruos infaltables del panteón nativo, nunca rebajados a cartón político, sino vívidos y hasta entrañables. No ha derrapado el sello Joaquín Mortiz en reeditar continuamente sus títulos ni han delirado los miles de personas que los siguen leyendo. Conviene, entonces, reiterar: no hablamos sólo de un autor divertido, sino de uno esencial. Y uno que no mueve al sopor, además. Qué mejor. Como se habrán dado cuenta hablo de narrativa en términos abstractos, cuando no me duerme hacerlo, con respecto a un patrón que tiene poco de ciencia social. Encallo ante las preguntas de corte ideológico, porque mis ideas políticas nunca han ido de la mano de mis ideas sobre eficacia literaria. Hay gente que juzga, bien o mal, la visión de México que le entresaca a mis libros cuando ninguno de ellos se refiere en particular a este país. Supongo que son los mismos tipos que se sorprenden con sinceridad cuando la enciclopedia insinúa que Kafka jamás amaneció convertido en escarabajo. ¿Tiene sentido escribir sátira actualmente? ¿No sostiene la crítica que la novela, que es el vehículo principal de esta forma de arte, está muerta y sepultada?

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Bueno, a la novela llevan más de 200 años matándola. Es una de las paradojas de la presunta vanguardia que lo proclama: que sigue una tradición bicentenaria. Una forma artística está viva mientras sea capaz de entusiasmar. Y la novela entusiasma a muchísima gente. Desde luego que ahora mismo se escriben muchas novelas repulsivas pero también otras estupendas. Me parece que tiene sentido escribir lo que a uno le interesa y buscar que se divulgue. Lo que no tiene sentido es cierta parálisis, inducida por el exceso de teoría de esa parte de la crítica. Quizá sea sutilísimo escribir sobre el simple hecho de escribir o sobre la incapacidad o inutilidad de escribir, pero también tiene algo de onanista y fatuo. Pasan muchas cosas interesantes en el mundo y entre las personas y hasta en la propia cabeza como para seguir practicando el jueguito necio de patear la pelota contra la pared y fingir que es hábil controlar sus rebotes. Declarar clausurada la narrativa me parece una tontera tan grande como aquella famosa de declarar concluida la historia. Es un tic absolutamente reaccionario disfrazado de vanguardia. Lo que busca es que no se voltee a ver el mundo. Aparenta inconformismo pero impone resignación. Reduciéndolas al absurdo, todas mis novelas son sátiras: la primera sobre la ultraderecha, la segunda sobre la vida miserable de los oficinistas y la tercera, Ánima, sobre el medio artístico mexicano. Mis novelas se tratan del lenguaje, antes que nada, de estética y de narrativa. Desde luego escribo sobre asuntos que me interesan pero no trato de hacer sociología ni denuncia. La sátira es la forma en que la literatura es más feroz con el mundo sin dejar de ser literatura. Otra herramienta, estrechamente emparentada, es la ironía. Porque presupone que el lenguaje reflexione sobre sí mismo y sus poderes y eso me interesa. En el fondo, tengo cierta tendencia a escribir sobre maniacos sexuales, profesoras que se infligen pinzas en los pezones o carteros que espían a los vecinos. Pero como todo eso es tan fácil de hacer, escribo mejor sobre personas normales, que son más neuróticas que las profesoras con pinzas en los pezones. Me entusiasman los libros escritos con agudeza, pero no renuncian a ser emotivos. Quizá, porque como dijo Cioran, todo cínico esconde a un cursi. Y viceversa. julio - agosto 2012

Llamo agudeza a la capacidad de notar (y anotar) sobre la marcha rasgos ciertos de situaciones, paisajes o personas que te convencen de que estás escuchando a alguien que entiende lo que dice, que es deliberado, que es astuto, que sabe reservar y manejar los datos. Un buen ejemplo es Mijail Bulgakov, quien es capaz de describir de forma sugestiva, afilada y crítica incluso un plato de huevos con tocino. ¿No es esa una postura indudablemente conservadora? Cuando la gente dice “conservador” está pensando en una clasificación política del siglo XIX que no se aplica con precisión a casi nadie que no sea un cardenal. La cuestión aquí se trata de que no me interesan las novedades por sí solas. Que algo sea novedoso no me da suficientes pruebas de que sea inteligente. Hay novedades muy estúpidas. Y que algo sea herméticamente contemporáneo, sin concesiones al siglo XII o al III AC, tampoco me parece una característica como para tirar cohetes. La cuestión es que quien es capaz de leer egipcios, romanos, chinos, provenzales, a Dante, Quevedo y Flaubert y Joyce y Vian y Nabokov, o Bellow habita un mundo literario complejo. Quien cree que todo se trata de balbucear porque Beckett o Breton hicieron balbuceos divertidos, habita un mundo sencillísimo. Con lograr el sinsentido, que es lo más fácil del mundo, le basta. Se ahorra tres mil años de bibliografía gracias a dos señores a los que simplifica y falsifica. Escribo con irresponsabilidad. No intento las ecuaciones mentales que hacen otros: ni las torpes ni quizá tampoco las relativamente inteligentes. Me parece astuto que algunos se pregunten primero qué es lo que debe escribir un tipo de tal condición social, edad y tal región, dadas las circunstancias vitales en las que le tocó nacer y luego traten de escribir según lo que decidan... Hay gente que escribe pasando por ese cedazo de dudas. Otra, que es mucho peor, lo hace con una especie de obligación franciscana de sufrir en pos de la tradición que suponen que el destino les marcó, por haber nacido en cierta época o región: obligación penosa o admirable, en el fondo. Son como esas personas que dedican la vida a cuidar al abuelito o la tía sin dientes, sorda, a la que le falta una pierna y vive en un séptimo piso, en un edificio sin elevador. Incluso a ella hay quien vaya y la cuide.

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Así sucede con aquellos escritores que asumen que están ahí para continuar de manera indigna, pero sincera, lo que hicieron otros con más talento, en mejores momentos. Yo escribo cosas que se me ocurre que pueden ser divertidas. La novela, desde mi punto de vista, se trata de controlar el tiempo y convertirlo en un ritmo verbal. Una historia es una serie de acontecimientos sucesivos, pero el discurso está ahí todo el tiempo. Vas llevando al lector a través del discurso: por lo tanto no es una herramienta, sino el fin mismo del texto. Lo que busco es que me satisfaga la prosa, la voz que narra. Construyo así el resto de las características de los personajes e incluso la esencia anecdótica de la historia. Nunca tracé primero un mapa de lo que iba a escribir. Parte de la crítica, que francamente me da risa, ha dicho que mis libros son declamatorios, cosa que agradezco: el lenguaje oral me parece paupérrimo y sólo me resulta interesante cuando logra retorcerse, de algún modo, para ser otra cosa. El lenguaje al que generalmente recurrimos al hablar no es literario, revela muy poca actividad mental y ahí está el problema: está construido con lugares comunes, con ideas y términos asumidos entre interlocutores. Por otro lado, me resultan risibles, y eso se nota particularmente en Ánima, las pretensiones de muchos creadores. Los artistas, a veces, tienden a comportarse como agentes de seguros. Hacen convenciones para conocerse unos a otros, se cuelgan plaquitas con sus nombres, se unen en grupos de cinco, quince o veinte, se toman fotos, se preocupan por quién tiene su misma edad o no (yo intenté lanzar un grupo de escritores de signo leo, pero no tuve éxito, porque ya estaban todos comprometidos en grupos de edad o género o hasta orientación sexual). Y luego, ya que se conocen, los artistas descubren que se odian unos a otros, y que son infinitamente ruines. Descubrirse ruin o descubrir que le da alegría la ruindad, reconocerse en esa ruindad, es una emoción posible para un lector… Y quizá no sea del todo ingrata… Yo tengo el postulado de que la literatura, en el fondo, debe provocar felicidades. Me antipatizan los que hablan de literatura como si hablaran del cáncer de colon. Muchos de ellos, ciertos apologistas de Samuel Beckett, por ejemplo, olvidan que él era un escritor esencialmente divertido. julio - agosto 2012

Hablar de escoria humana, sufrimiento, este tipo de cosas, será entretenido, pero también nauseabundo y miserable. Un escritor debe complacer a sus lectores, pero de una manera que ellos no sabían que podían ser complacidos. No apelando al consenso sentimental, porque lo que el consenso establece que a la gente le guste Chespirito, aspira al mínimo común denominador: todos somos Ángeles Mastretta, todos somos Gabriel García Márquez, todos somos Topo Gigio. Es un poco injusto y carnicero homogeneizar a García Márquez con Mastretta (pero, sobre todo, pobre de Topo Gigio), pero el hecho es que es fácil que alrededor de una estética se dé una cierta cursilería, un consenso verbal que siempre tenderá a ponerse meloso. Hay que huir de eso. Quiero escribir libros de los que no tenga que arrepentirme después. Por eso tardé muchísimo tiempo en publicar. Cuando dicen que soy un escritor joven y que empecé a publicar en la infancia casi, bueno, no es cierto, empecé a los treinta años. Lo hice así porque hasta entonces escribí un libro que quedó lo mejor que podía. Me preocupa la dignidad estética de lo que escribo. En el lenguaje, los acontecimientos y los personajes. Un buen satírico no convierte en mierda lo que toca, sino que lo pone en perspectiva, se burla de ello, pero de alguna manera también lo realza. No me parece inteligente escupir con ira adolescente sobre la vida porque es demasiado simple hacerlo, para eso están los hombres-alfombra de los OXXO, para decirte que la vida es un asco. En realidad, aunque la vida sea deprimente, la literatura no tiene por qué serlo. Debería ser sugestiva, estimulante, debería ser una celebración de la vida. Una celebración fúnebre, si se quiere, pero celebración al fin. No aspiro a competir con los torpísimos cartonistas políticos, que ven la vida en el mismo blanco y negro de sus trazos. Tampoco a emular las dudosas lucideces de nuestra batería de analistas políticos. Escribo porque mi narrativa es un campo de apropiación estética y verbal para mis impresiones sobre la vida. Y porque esa apropiación funciona como una retorta donde hierven todas las cosas, incluso las vanas o aburridísimas, que logro entender. Y porque su fin es obtener un licor concentrado y cargado de

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voluntad expresiva. Conseguir un estilo y un lenguaje personal y no la estéril invocación de un santoral vanguardista escrito por otros, es lo que llamo narrativa y lo que llamo literatura. Soy, a fin de cuentas, un mero cómico haraposo que escribe sátiras. Cito al filósofo venezolano Nicolás Gómez Dávila, que murió inédito porque despreciaba demasiado al mundo para dejarse leer por él: “Criticar al burgués recibe doble aplauso: el del marxista, que nos juzga inteligentes porque corroboramos sus prejuicios; el del burgués, que nos juzga acertados porque piensa en su vecino”. O como puntualiza Ibargüengoitia: “El que piense que escribo todo en broma es un ingenuo y el que piense que escribo todo en serio es un imbécil”.

Carros blancos sobre música negra Por Nazul Aramayo

amamos el hip hop somos barrio de barro de braceros bruñidos bronca te presentaste como la tarde afilada desafiante el sol ardía en balas vagabundas no cargabas, todavía, ningún muerto tirabas barrio en la sombra yo ardía en el asfalto como automóvil desvielado

Antonio Ortuño (Guadalajara, Jal., 1976) Es autor de las novelas El buscador de cabezas ( Joaquín Mortiz, 2006) y Recursos humanos (finalista del Premio Herralde de novela, Anagrama, 2007), así como de los libros de cuentos El jardín japonés (Páginas de Espuma, 2007) y La Señora Rojo (Páginas de Espuma, 2010).

te rogué con versos inocentes agarra la onda de que tú me pasas un resto ay, mira, negra, que mi amor es neto tu sonrisa inundó la noche oblicua te pandeaste como luna menguante

O

O

O

Funerales de hombres raros

y amamos el hip hop

Wenceslao Bruciaga

en una caja de sonidos

De venta en librerías

amantes

hip hoperos hip hop una muerte musical fúnebre y feroz, fuimos cuerpos cortados amor atados amor dazados amor tecinos amor puteados entre ladrillos de un callejón nacimos plaqueados amantes entre una torva tolvanera de olvidos respiramos

Al ritmo de New Order y The Eels, los hombres y mujeres que mueren en esta novela nos recuerdan que la vida es un conjunto de desaciertos que nos conducen a la hilaridad. En el primero de los funerales, dos gays recuerdan el amor y desamor del chico que yace en el féretro. En el segundo, tres nietos planean regalarle a su abuela el peor funeral posible. Así, entre el desconcierto y la venganza, los personajes de Funerales de hombres raros huyen de la muerte riéndose de ella, pero también marcando una distancia con el apoyo de la música y el deseo, en una obra que nos muestra que la vida no es muy seria en realidad.

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amantes entre la madrugada de balas venéreas amanecimos y amamos el hip hop Nazul Aramayo (Torreón, Coah., 1985) es becario del FECAC, 2007 – 2008, en el área de Jóvenes Creadores, actualmente es becario del FONCA y textos suyos han aparecido en revistas de circulación nacional. Su propuesta literaria es una de las más interesantes de los últimos años.

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Jaime Muñoz

LAS AFUERAS: EL DESIERTO DESDE DENTRO

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reo que algunos relatos no tienen personajes y acusan una suerte de deshumanización en el sentido orteguiano del término. Dicho de otra forma, no tienen personajes ortodoxos, de esos que caminan, aman, matan, bailan, triunfan, lloran y estornudan. Sus personajes —o su personaje— son menos humanos, más abstractos e inasibles. Creo que tal es el caso de Las afueras, novela de Luis Jorge Boone (Monclova, Coahuila, 1977). En efecto, este relato del joven escritor norteño tiene como eje, como sujeto permanentemente visible, al desierto o, dicho más correctamente, a la estepa del centro norte mexicano, una zona que sin vacilar puede ser considerada como “mágica” pese al rulfiano desgaste de este adjetivo. El autor, según las fichas biográficas más actualizadas, ha publicado siete libros: Legión, Galería de armas rotas, Material de ciegos, Traducción a lengua extraña, Novela, Primavera un segundo, Los animales invisibles y La noche caníbal, libro de cuentos que próximamente será traducido al inglés. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y ha ganado siete premios nacionales entre los que destacan los de poesía Elías Nandino y Ramón López Velarde, de cuento Inés Arredondo y de ensayo Carlos Echánove. En un puñado de páginas Luis Jorge Boone ha logrado asir el espíritu de estas tierras, el calor y el sol y la desmesura de la desolación que estos huraños ámbitos infunden en el ánimo del ser humano. Por eso creo que el paisaje y su gravitación, más que nada, constituyen el centro de Las afueras. Y sospecho que no podía ser de otra manera: animarse a narrar estos espacios (Cuatro Ciénegas, Sabinas, Múzquiz, Monclova, Frontera, Agujita, Nadadores, Lamadrid, San Buenaventura, Nueva Rosita y sus estaciones anexas) forzosamente derivaría en un relato cuyo espíritu iba a ser dominado, tiranizado, sometido por la pesada mano de los elementos. Así como Cien años de soledad es exceso de verde o El Siglo de las Luces es plenitud de azul, Las afueras es invasión de amarillo, de julio - agosto 2012

ocre y de sepia, los colores que representan nuestros calores, valga el juego verbal. No sé si exagero, pero creo que esta novela de Boone sólo pudo escribirla un narrador hecho a estos andurriales y, al mismo tiempo, con experiencia en el exterior, como la que él ha tenido sobre todo en la capital del país. Lo comento por la eficacia, eficacia de lugareño, con la que logra captar el agobio de la atmósfera en el reseco pensamiento de los personajes de carne y hueso, por un lado, y, por el otro, por la sutil captación de la resignada hosquedad que sólo puede ser advertida merced al contraste, a la comparación con la alteridad. Deterministamente, taxativamente, las almas que deambulan en estos capítulos viven aplastadas por el ambiente, son tan áridas como el suelo por el que caminan. Esto, insisto, sólo es visible a quienes introyectaron por nacencia la vida de estos páramos y al mismo tiempo han tenido la suerte de comparar esa experiencia con otros mundos, con otras formas de manejarse en la existencia. Boone narra Las afueras, en suma, desde dentro y desde fuera, como juez y parte de lo que acumulan estas páginas. El peso del ambiente es visible párrafo tras párrafo en Las afueras. Pareciera como si Boone se hubiera propuesto hacer una radiografía de la estepa, una radiografía y, luego, una lectura inusitada de la placa. Tan agudo es que, por ejemplo, desemboca en asertos cuya precisión nos pasma. Por ejemplo, en esta contradicción al concepto de desierto o estepa: “Es mentira eso que dicen de que el desierto es monótono. El paisaje con sus cerros, la carretera con sus zigzagueos que de pronto le salen a uno al paso, la vegetación que, fíjese bien, nunca es la misma, lo van a mantener distraído todo el trayecto”. Y en medio de esa nada, como aparición fantasmagórica en Las afueras, las pozas de “agua milenaria”, esos charcos con vida prehistórica que fascinan a la ciencia y hechizan al arte, pozas que son postales de belleza segura (como lo demuestra la portada del libro), intrigantes paisajes

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para los que no hay, como dice el autor, “forma de acostumbrarse”. Un logro adicional, aunque no sé si el más importante, está en el estilo. Poeta al fin, Boone imprime un sello al flujo del relato, flujo de una sonoridad como de cello: lenta, apagada, cadenciosa. Es la música que traspira este espacio aplastado por el peso de la luz solar. Poeta al fin, enfatizo, Boone urde páginas enteras con poesía disfrazada de prosa, como ocurre en la grata parrafada letánica de las páginas 122-124, cuando James, acaso el protagonista humano más evidente de Las afueras, recuerda a flashazos sus visiones de la belleza femenina y los párrafos comienzan con un gerundio que transforma en presente cada acción: “Dando una moneda a un hombre sin piernas. Centro se Sabinas. / Conduciendo una motocicleta. Entrada a Altos Hornos…”. Así pues, con un cello de fondo avanzan todas las peripecias contadas, bifurcadas y vueltas a bifurcar, de Las afueras. En tal ritmo calmoso se mueven las diversas y fragmentarias historias que se cruzan en esta novela configurada con un montaje cinematográfico algo tarantinesco, sin tiempo lineal, pero confluyente. Los varios relatos entran y salen de la escena, se mezclan, dejan su huella pasajera en la arena y se fugan pero nunca escapan del todo, como no lo pudo hacer, ni muerto, el profesor Woodrow. Aleccionar no es su propósito, es verdad, pero puede verse en Las afueras, dicho sea de paso, un flanco social, crítico, útil al activismo ambientalista que tanto ha demandado un alto a cualquier forma de descuido que ponga en peligro zonas endémicas, únicas en el mundo, como la de Cuatro Ciénegas y sus alrededores. Las afueras es en suma una novela desafiante, por compleja, por paradójicamente barroca pese a ubicarse en la aparente nada de la estepa, su protagonista. Luis Jorge Boone ha homenajeado con ella estas tierras, el inaudito paisaje que nos cupo en suerte y ya tiene notables relatores, como él. Las afueras, Luis Jorge Boone, Era-UNAM, 2011, 245 pp. Texto leído en la presentación de Las afueras organizada por la Secretaría de Cultura de Coahuila, la Dirección Municipal de Cultura de Torreón y el Museo Regional de La Laguna, sede de esta actividad. Participé en esta presentación junto a Carlos Velázquez y el autor.

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Jaime Muñoz Vargas (Gómez Palacio, Dgo., 1964) Es escritor, maestro, periodista y editor. Entre otros, ha publicado El principio del terror (novela, 1998), Juegos de amor y malquerencia (novela, 2003), Pálpito de la sierra tarahumara (poesía, 1997), Filius (poesía, 1997) El augurio de la lumbre (cuento, 1989), Tientos y mediciones (periodismo, 2004), Miscelánea de productos textuales (periodismo, 2005), Guillermo González Camarena (biografía, 2005), Las manos del tahúr (cuento, 2006), Polvo somos (cuento, 2006), Ojos en la sombra (cuento, 2007); Monterrosaurio (cuento, 2008), Nómadas contra gángsters (periodismo, 2008), Leyenda Morgan (cuento, 2009) y Parábola del moribundo (novela, 2009); algunos de sus microrrelatos aparecen en la antología La otra mirada (2005) publicada en Palencia, España. Ha ganado los premios nacionales de Narrativa Joven (1989), de Novela Jorge Ibargüengoitia (2001), de Cuento de San Luis Potosí (2005), de cuento Gerardo Cornejo (2005) y de novela Rafael Ramírez Heredia (2009); fue finalista en el Nacional de Novela Joaquín Mortiz 1998. Textos suyos han aparecido en publicaciones de México, Argentina y España. Actualmente es Director Municipal de Cultura en Torreón, Coah.

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1978 Por Adriรกn Romรกn

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Adriรกn Romรกn: Poeta, guionista y perrero nacido en 1978 en un hotel de Yahualica, Jalisco. Actualmente se filma una versiรณn animada de uno de sus poemas, el director es Zulu Gonzรกlez.

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Carlos VelĂĄzquez

TORREĂ“N SMELLS LIKE DEFROSTING CHICKEN

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ow a city smells. Stinks Detroit like Automobile Industry? Is bacon Sweet Home Chicago's aroma? When I was a kid, my city smelled like fried chicken. Not like fatty insand-outs' tacos, burritos, lunch lunch lunch. My gran ciudad stinked like Pollo Santos. KFC's invasion and Church's Chicken was still not our emotions' html code. The best fried chicken was made by shaken housewives, doddery grandmothers and, of course, Pollo Santos. That chicken was cathedralical. Breaded with religious devotion. I've only seen in the movies such wellmade chicken, or in magazines or TV commercials. But I won't fall. I know it's a fake. Props. Bloody photoshopped chicken. Worst of all: I have become a fried-chicken junkie. For a time I frequented a clandestine fried-chicken business. It really looked like a crummy place. Fried-chicken's whole industry is a mafia. I don't know how did they learn about it, but they blew that tiny chicken window. My favourite actions: walking along some streets crowded with factories, stepping into the bus station's main avenue, and visiting the Pollo Santos subsidiary placed in front of the Alameda. I never order anything. I just place myself in a table to read a book, or to observe fried-chicken shop assistants. I wasn't a common high-school student. My friends worked at Domino's Pizza or at Pizza Hut. I worked at Pollo Santos. During my work schedule, I saw how hundreds of men became broken-hearted. The best place to get rid off by a woman is a fried-chicken vender. Hurts less than a cinema or a restaurant. You can always find relief in the golden crust built around a freshly fried chicken breast. Box stars and wrestlers paid visits to Pollo Santos. I was a pariah. I smelled like fried chicken. No matter how often I took a bath: I couldn't get rid of that aroma. I was a wrestling fanatic. They let me always into julio - agosto 2012

the changing room because of the extra portions I always gave to a referee. I knew big wrestlers without their mask. I felt important. I was proud to live in this city. Afterwards, Coronel Sanders invaded us and fried-chicken venders got multiplied. I shredded, I recall. I saw how MixUp ruled over all other little discotheques. I thought, the same would happen to Pollo Santos. But their secret recipe and their crispichicken are still there. I know this city is a city, because of the garbage in the streets, its stray dogs and the transvestites at the corners. But I am also aware, if Pollo Santos perishes, KFC's venders won't be enough to make me feel like a citizen. Luckily, Pollo Santos still rules. It's hard to believe how much chicken is sold. I don't really think any US' city can compete with our fried-chicken fanaticism. So much chicken, that the air smells no longer like friedchicken. The whole city smells like defrosting chicken. Chicken destined to the deep fryer. Flavor Flav would be happy here. The most important thing here to everyone: fried chicken. When somebody crosses through the industrial part of the city, no matter if on foot or by car, it's mandatory to cover your nose: the smell of defrosting chicken is unbearable. Stinks like a chicken's vulva, they say. It's so familiar to me, that when I travel I miss that bloody smell. I come frequently back to Pollo Santos. To KFC too, despite urban legends that assure chicken has been injected with vinegar. And I do visit Church's Chicken, I can't know in which place I'm going to find my one true love. Maybe my dream girl will be there, biting a breaded friedchicken wing in a plastic bucket.

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Translation: Ralph del Valle

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Carlos Velázquez

TORREÓN HUELE A POLLO DESCONGELÁNDOSE

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qué huele una ciudad. ¿Detroit apesta a la industria automotriz? ¿Tocino es el aroma de Sweet Home Chicago? Cuando era niño mi ciudad olía a pollo frito. No a tacos de tripas, gorditas, burritos, lonches lonches lonches. Mi big city jedía a Pollo Santos. La invasión del KFC y el Church's Chicken todavía no se convertía en el htlm de nuestras emociones. El mejor pollo frito lo preparaban amas de casa desencajadas, abuelas chagalagas y por supuesto Pollo Santos. Aquel p ol lo era cate dra licio. Empanizado con devoción religiosa. Pollo tan bien hecho ya sólo lo he visto en las películas, en revistas o en comerciales de televisión. Pero no me prendo. Sé que es fake. Utilería. Pinche pollo photoshopeado. Lo peor de todo es que me he convertido en un junky del pollo frito. Durante un tiempo frecuenté un negocio clandestino de pollo frito. Parecía un auténtico picadero. La gran industria del pollo frito es una mafia. No sé cómo se enteraron, pero reventaron aquella ventanita de pollo. Mis actos favoritos son caminar por calles llenas de fábricas, recorrer la larga avenida a espaldas de la central camionera y visitar la sucursal de Pollo Santos que se encuentra frente a la Alameda. Nunca ordeno. Me estaciono en una mesa a leer un libro o a observar a los despachadores de pollo frito. No fui un preparatoriano común. Mis compañeros eran repartidores de Dominos Pizza o de Pizza Hut. Yo trabajé en Pollo Santos. Durante mi turno vi cómo le partían el corazón a cientos de hombres. El mejor lugar para que te abandone una mujer es un expendio de pollo frito. Es menos doloroso que en el cine o en un restaurante. Puedes encontrar consuelo en el dorado que se forma alrededor de una pechuga recién frita. Estrellas de box y luchadores visitaban Pollo Santos. Yo era un apestado. Olía a pollo frito. No importaba cuántas veces me bañara, no podía desprenderme de aquel aroma. Era un fanático de la lucha libre. Y me dejaban entrar a los vestidores por las raciones extras que le servía a uno de los réferis. Conocí a grandes luchadores sin máscara. Me sentía importante. Estaba orgulloso de vivir en esta ciudad. julio - agosto 2012

Después nos invadió el Coronel Sanders y los expendios de pollo frito se multiplicaron. Recuerdo que temblé. Vi cómo Mix up le rompió la madre a todas las pequeñas discotecas. Pensé que sucedería lo mismo con Pollo Santos. Pero la receta secreta y el crujipollo se la han pelado. Sé que esta ciudad es una ciudad por su basura en las calles, por sus perros callejeros y por los travestis en sus esquinas. Pero también sé que si Pollo Santos sucumbe, la franquicia de KFC no será suficiente para hacerme sentir un ciudadano. Para mi buena suerte, Pollo Santos sigue partiendo el queso. Es insólita la cantidad de pollo frito que se vende. Dudo que alguna ciudad de Estados Unidos pueda competir con el fanatismo que sentimos por el fried chicken. Tanto se consume que la atmósfera ha dejado de apestar a pollo frito. La ciudad huele a pollo descongelándose. Pollo que está destinado a la freidora. Flavor Flav sería feliz en esta ciudad. Aquí lo más importante para todos es el pollo frito. Siempre que alguien a pie o en coche atraviesa la parte industrial de la ciudad se tapa la nariz porque el olor a pollo descongelándose es insoportable. Jiede a verija de gallina, dicen. Me es tan familiar que cuando viajo extraño ese maldito olor. Acudo con regularidad a Pollo Santos. También a KFC, a pesar de todas las leyendas que aseguran que el pollo está inyectado con vinagre. Y visito Church's Chicken, nunca sé en qué local me voy a encontrar al amor de mi vida. Es posible que la mujer de mis sueños esté junto a una cubeta mordiendo una pierna de pollo frito empanizado. Carlos Velázquez (Coahuila, 1978) Es autor de los libros de cuentos Cuco Sánchez Blues (ICOCULT, Col. La Fragua, 2004), La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2008 editado en 2011 por Sexto Piso) y Remix EP (Regiacartonera, 2009). Premio Nacional de Cuento Magdalena Mondragón 2005. Becario del FECAC en dos ocasiones. Antologado en el Anuario de poesía mexicana 2007 del FCE. La marrana negra de la literatura rosa (Sexto Piso, 2010) es su último libro de cuentos. Actualmente es Coordinador de Literatura en la Dirección Municipal de Cultura de Torreón, Coah.

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El Perseguidor  

Gacetilla Literaria El Perseguidor. Elaborada por Dirección Municipal de Cultura de Torreón. Publicación bimestral.

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