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MI VIDA MARISTA CENTRADA EN CRISTO

He de reconocer que, desde la primera vez que leí el mensaje del XXI Capítulo General, hubo una expresión que me sorprendió de tal manera que, en un primer momento, me dejó paralizado, sin poder continuar mi lectura. La frase hace alusión al brevísimo análisis de la realidad que los capitulares dedicaron a nuestra Congregación: “Seguimos manifestando nuestra pobreza espiritual al no saber poner en el centro de nuestra vida a Jesús y su evangelio.” En una charla que daba a unos hermanos reflexionaba en voz alta sobre esta realidad: Si nuestra misión es dar a conocer a Cristo y hacerlo amar a través de la educación cristiana, ¿cómo lo vamos a realizar si constatamos que en la vida diaria Él no está en el centro de nuestra vida? En realidad la vida religiosa se convierte en un absurdo cuando no está centrada en Cristo. El modo de vida que Cristo adoptó y el seguimiento a su llamada constituyen el fundamento y la justificación de nuestra vida religiosa. Profundizando en esta afirmación capitular cada uno debería responderse este interrogante: ¿en que consiste que nuestra vida personal y comunitaria tenga a Cristo como centro? Voy a intentar dar respuesta a la primera parte de este interrogante. Un indicador con el que podemos comprobar que nuestra vida está centrada en Cristo es la oración personal. Cuando un Provincial reconoce que los hermanos de su Provincia serían capaces de hacer una obra social de madrugada, si se lo pidiesen, pero no de levantarse pronto para orar, está reconociendo que esos religiosos no tienen su vida centrada en Cristo. La oración personal es una actividad particular, que no tiene relevancia social ni comunitaria, ya que se realiza en el anonimato. Precisamente por esto, realizarla con amplitud y constancia está indicando un amor auténtico a la persona por la que se “pierde” el tiempo, en una sociedad donde se nos exige a todos productividad y resultados. Por eso podíamos decir que un hermano en activo, que tenga una hora de oración diaria, va por buen camino de tener una vida centrada en Cristo. Una pista más que nos ilumina sobre la centralidad de nuestra vida en Cristo es el discernimiento. Es decir, examinar las motivaciones de mis acciones. Ya el mismo Jesús en el Evangelio nos advierte sobre nuestras motivaciones. Así, por ejemplo “rezar” en el cruce de distintas calles para ser “más vistos” no es que tenga gran mérito. La motivación primera es


ser visto y no una relación con Dios. Cuando uno tiene una vida larga y examina sus acciones descubre motivaciones de sus acciones pasada que le eran ocultas y desconocidas. Centrar nuestras decisiones en Cristo implica necesariamente búsqueda de su voluntad, y por tanto oración intensa y un diálogo abierto con el Director Espiritual y los Superiores. Este diálogo se convierte en una herramienta ordinaria de trabajo, y mantenida a lo largo de la vida. No es solo la tabla de ayuda en momentos críticos y ocasionales. Las posibilidades de autoengaño en el ser humano son ilimitadas, y de ahí la necesidad de confrontación de nuestros sentimientos más hondos. Sin acompañamiento no hay garantías de estar centrados en Cristo. El amor fraterno, comenzando por los hermanos de la propia comunidad, es un signo seguro de estar centrados en Cristo. El amor al hermano es, sin embargo, algo más que realizar un “empleo” o llevar adelante el encargo que la comunidad me pidió, o al que yo me ofrecí. Jesús es crítico no solo con los que rezan para ser vistos, sino con los que “dan limosna” por el mismo motivo. Digamos que la caridad, en esencia, es un afecto positivo y que se pone en acción hacia el hermano, comenzando por el más próximo. Todos nos damos cuenta del hermano que nos quiere en comunidad, y no siempre es el que más hace en ella, o el que más cargos desempeña. En realidad este afecto del hermano nos llega de mil maneras y nos da armonía y paz en la relación que entablamos con él. Sin experimentar esta concordia fraterna y cotidiana mi vida no está centrada en Cristo. La vivencia de la Eucaristía tiene también mucho que decirnos sobre nuestro centro de vida. Sabemos que la Eucaristía es el centro de la vida cristiana, que edifica a la Iglesia y que ésta vive de la Eucaristía. Digamos que “no hay dos Cristos sino uno solo”1 y estar centrados en Cristo, por tanto, lleva implícito tener la Eucaristía como centro de vida. Comer o respirar es tan necesario para el cuerpo como la Eucaristía diaria para un hermano marista que tiene su vida centrada en Cristo. (El que lo vive entenderá fácilmente la expresión.) Cuando un hermano marista en activo no vive diariamente la eucaristía tiene mucho que preguntarse sobre su centralidad en Cristo. Hay hermanos de buena voluntad que, metidos en un ritmo trepidante de vida, afirman no tener tiempo, o no encontrar el ritmo que les posibilite la participación diaria en ella. Una vida más estructurada, que les capacite vivir sus compromisos “firmados” es una solución bien sencilla, ya que cada persona ha de llevar adelante aquellas responsabilidades que le son compatibles con su estado de vida. Juan Pablo II o Teresa de Calcuta son ejemplos de personas de una vida apostólica intensa, y llena de responsabilidades que supieron encontrar un tiempo para vivir el encuentro eucarístico diario. ¿Qué tipo de responsabilidad puede ser la de un hermano para hacerla incompatible con este encuentro diario? Terminando, no creo que haya dicho nada especial, es todo fundamental. Es posible que precisamente en eso esté la clave: que vivir centrados (en Cristo) sea ir a lo fundamental de la vida, dejando de lado muchas de las cosas por las que nos preocupamos y nos impiden vivir en el Centro.

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S. Antonio Hurtado


Jesús centro