Brochazos y pinceladas de un maipucino antiguo 2

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Brochazos y pinceladas de un maipucino antiguo

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Guido Valenzuela Silva


Guido Valenzuela Silva nació en San Bernardo el 9 de noviembre de 1943, pero llegó a vivir a Maipú cuando tenía dos semanas de vida, por lo que se considera un maipucino de tomo y lomo. Estudió en la Escuela 85 y en el liceo Luis Amunategui. “Brochazos y pinceladas de un maipucino antiguo” fué su primer libro el 2008 y este texto es su continuación agregando más historias de la vida maipucina.


Brochazos y pinceladas de un maipucino antiguo 2


La casa de Guido Valenzuela en 1943, en la calle O´Higgins.

Introducción A fines de 1943 había que tener entusiasmo para llegar a vivir a Maipú, un sector totalmente campestre. La imagen muestra mi casa, en la calle O´Higgins aunque, tal como se ve en la fotografía, resultaba dudoso hablar de calle cuando eramos casi los únicos habitantes del sector. Mis hermanos mayores ya jugaban en el patio infinito, donde mi padre elaboraba cualquier cosa que se nos ocurriera para entretenernos. Ahí plantamos hortalizas y árboles frutales, los cuidamos y regamos para después comerlas arriba de las ramas, donde eran mucho más ricas. Andábamos para todos lados con nuestros patos, conejos y gansos. El sitio era tan grande que una vez tuvimos una cabra, que se llamaba Panchita y andaba suelta a su antojo. Se comía las hojas de afeitar de mi padre y las masticaba, mientras los niños llorábamos porque creíamos que con semejante dieta se iba a morir la pobre Panchita. Pero, a la vista de su larga y saludable vida, a ella no la hizo nada malo engullirse las plaquitas de metal con filo.

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Después de unos años llegaron a vivir al lado mis abuelos y tías. Era sensacional porque estábamos casi todo el día con nuestros familiares, que nos daban el gusto en todo y a veces nos salvaban de algunos castigos. El abuelito Óscar y la abuela Carolina iban a ver las siembras y nosotros de cola, nos enseñaban a regar y mantener las plantas en buen estado, lo que para nosotros era un juego. En cierta ocasión la tía Lizzié cosechó un gigantesco rábano blanco, que pesaba unos 5 kilos y medía casi medio metro. Para los que crean que exagero, ahí está la fotografía del monstruoso vegetal que, cuando lo tomaba mi tía en brazos, parecía que llevaba una guagua. Recuerdos de esos tiempos que constantemente vuelven a mi memoria. Contarlos para no olvidar. Que los conocieran mi esposa, mis tres hijos y mis, hasta ahora, cuatro nietos.

La tía Lizzié sosteniendo el rábano.

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Guido Valenzuela en el lanzamiento de su primer libro, junto a Armando Navarrete.

Ese fue el motivo que me animó a escribir un libro, una aventura nada de fácil y de la que resultó “Brochazos y pinceladas de un maipucino antiguo”, mi primer libro. El día del lanzamiento fue increíble. Se juntaron alrededor de 200 personas, muchas de ellas antiguos vecinos y amigos que llevaban años sin verse. Concurrieron destacadas personalidades comunales, como el doctor Ferrada, Mario Ortíz y Carlos Jara, recién elegido concejal. El actor Armando Navarrete, Mandolino, recordó sus tiempos en el grupo maipucino Los Flamingos y puso a cantar a la concurrencia. Fue una linda fiesta, firmé muchos libros y se vendió casi la mitad de la edición. El resto se agotó rapidamente y tuvimos que imprimir dos ediciones más, que también se agotaron. Mi vida cambió en 180 grados y me entrevistaron de distintos medios. Después de eso la gente empezó a pararme en la calle para hacerme la pregunta de rigor: “¿Y cuando viene el segundo libro?”. En la feria, en el supermercado, en la plaza, nunca faltaba alguien que en

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medio de la conversación lanzaba la infaltable interrogante. “¿Y el segundo?”. Pues bien, después de meditarlo bastante con mi familia, puesto que no es nada sencillo embarcarse en una idea como esta, menos para alguien como yo que no soy escritor, la respuesta a esa pregunta ya tomó forma. Este es el segundo libro. Costó que saliera, porque en el intertanto se fueron varios amigos, entre ellos mi compañero Nicanor Plaza, quien me ayudó fervientemente en el primer texto y ya habíamos empezado a trabajar en este cuando se marchó detrás del sol. Quedé con una carga muy pesada que me tuvo sin escribir por varios meses, a lo que se sumaron algunas enfermedades que retrasaron el nacimiento de este segundo hijo escrito. Pero ya está. Estamos celebrando y lanzándolo, para que ustedes, los lectores, le pongan la nota que se merece. Espero haber cumplido y lo único que deseo es que estas páginas les traigan muchos recuerdos de este pueblo y de sus antepasados. Ahora solo resta leerlo.

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Estos eran los lindos modelitos que se usaban en ese tiempo.

Un chascarro en la piscina Quiero contarles que la piscina municipal se hizo con pura picota y pala. Fue un trabajo de hormiga que tomó varios meses, con obreros trabajando a pleno sol para abrir el agujero de 50 metros de largo por 25 de ancho. Esta sería una alberca olímpica, que albergaría toda clase de eventos acuáticos. El vecino Ernesto García proveyó de arena, ripio y cemento y entre las personas que hicieron la excavación estaba Manuel Villegas y Manuel Onofre Silva Conejera, más conocido como El Churruca. El alcalde José Luis Infante puso los billetes de su bolsillo y una vez que la piscina estuviera dando ya sus frutos, él se la vendió a la municipalidad. La profesión de José Luis Infante era abogado, pero para ahorrar costos también hacía de ingeniero y supervisaba toda la construcción. Fue como así se empezaron a plantar los árboles y

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surgieron los prados, mientras a su lado se apilaban los sacos de cemento. Llegó el gran día en que finalizaron los titánicos trabajos. Don José Luis les dijo a sus trabajadores que ellos serían los primeros en usar la piscina, por lo que se fueron a poner los trajes de baño de lana, en esos tiempos el último grito de la moda. El cristalino chorro de agua comenzó a llenar la construcción. Ya estaba al tope cuando se empezaron a sentir una serie de crujidos, que rápidamente pasaron a ser un ruido ensordecedor. Los presentes observaron atónitos como se agrietaba el fondo de la flamante piscina y el agua se salía por todos lados. Litros y litros de líquido comenzaron a escurrir por el cerro, bajando hasta Pajaritos y acumulándose en Chacabuco, que parecía un pequeño río. Ahí estaban nadando todas las esperanzas de contar con una piscina olímpica para ese verano. Mala resulto la combinación de abogado con ingeniero que hizo don José Luis, así que para repararla para el próximo año tuvo que contratar un ingeniero de verdad.

Manuel Silva.

Manuel Villegas.

A la izquierda Rosa Fuenzalida Reina de la piscina en 1955.

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Todos quieren a la Menche En las puertas de la Capilla de la Victoria, y con la asistencia de todos los habitantes de Maipú, don Alfonso Alvarado, párroco y capellán de los bomberos, bautizó al primer carro para combatir el fuego con que contó la comuna. Era el 18 de noviembre de 1956, como consta en la invitación. Con gran ceremonia se les pidió a varias damas que oficiaran como madrinas del flamante vehículo Mercedes Benz. Ahí estaban las señoras Adela de Jara, Adriana de Saa, Herminia de Pinochet, Ximena Silva de Rojas, Augusta de Fernández, Graciela de Galarce, Berta Guzmán de Brito, Mercedes de Salinas, María de Durán, entre otras. Alfonso Jaña fue el voluntario encargado de traer desde Valparaíso a la Menche, como ya se nombraba cariñosamente al carro. El mismo quedó investido como cuartelero y durante muchos años su obligación era cuidar al vehículo y mantenerlo como una joya. Su labor fue esmerada, como puede comprobarse hasta el día de

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hoy, cuando es posible observar a la Menche todavía en el cuartel de la Primera Compañía en la avenida Cinco de Abril, donde la exhiben como una reliquia. Por cosas del destino, el carro quedó estacionado para siempre a pasos del lugar donde tuvo su gran recibimiento, hace más de medio siglo.

Alfonso Jaña, cuartelero.

Invitación a las madrinas del carro.

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Reinaldo Arce junto a su carretón.

Lunita, dame platita Reinaldo Arce Soto era uno de los privilegiados que plantaba en las tierras que estaban a la orilla de Pajaritos. Quizás ahí residía algo de su secreto para obtener sorprendentes resultados de sus cosechas. Vendía sus productos en todas las ferias de Maipú y fue uno de los primeros en tener un puesto en Providencia. En 1968 se presentó en la Feria Internacional de Santiago, la Fisa, y se ganó una medalla con sus lechugas gigantes. Tenía una fe única en los cambios climáticos. De la luna contaba que las arvejas que se plantan en la creciente de agosto se van en puras ramas, y que los zapallos que los ojean se pasman, y que hay orégano que no se puede cortar si tiene mala mano, pues se le acaba la savia. Hay muchos más secretos que don Reinaldo no contaba, porque

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le ayudaban a conservar la frescura de sus hortalizas. Empezó a trabajar cuando apenas se podía el arado, y ahí aprendió que lo más hermoso era producir uno mismo las verduras fresquitas regadas con el primer rocío de la mañana maipucina. Casado con la señora Teresa Loyola, y padre de tres hijos -Luis Reinaldo, Eliana Rosa y Silvia Rosa- este feriante tenía mil historias y tradiciones heredadas de sus mayores. Cuando anochecía se paraba y sacaba del bolsillo el billete más grande que tenía para pedir “lunita, lunita, dame platita y acompáñame en que me vaya bien en las siembras”. A la hora de vender le gritaba a sus clientas que el zapallo engordaba las piernas, hacía salir dientes de oro y ponía rubio el pelo, o que el cilantro era para el amor. Ellas, claramente, le creían.

Reinaldo Arce junto a su esposa, hijo y nietos.

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El Bototo De Pelarco, un pueblo cerca de Talca, venía Gustavo Valenzuela. Primero se instaló con su esposa, Adriana Aravena y sus tres lindos hijos, Nancy, Gustavo y Sandra, a trabajar en una vulcanización que tenía su hermano en la calle General Velásquez.

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Hasta ahí llegó un día un señor con un station wagon celeste. Venía con una rueda fallada, la que Gustavo vio que no tenía arreglo. La mala suerte no se detuvo ahí, porque cuando anunció que había que usar la rueda de repuesto el caballero le explicó que no tenía. Nada de quedado, el trabajador buscó un forro de los que tenía en su local. El distinguido cliente le dijo que no tenía dinero suficiente para pagarle esa pieza nueva, pero Gustavo se lo prestó sin pedirle nada a cambio. Dos días después apareció el señor y le pagó el forro. Le pregunto por qué era tan confiado, a lo que Gustavo contesto que le había mirado la cara y no había tenido ninguna desconfianza. Resultó que el cliente era nada menos que el alcalde José Luis Infante, quien le dijo al vulcanizador que viniera a trabajar a Maipú, donde hacía falta alguien de su especialidad. Así fue como llegó a reparar ruedas en un pequeño sitio asignado al lado de la bomba de bencina. Con su familia se instaló en la calle O’Higgins 428. Gustavo era una persona muy amable y jovial, gustaba de poner apodos a todos sus conocidos. Hasta que le llegó su turno en manos de Luis Cáceres, antiguo trabajador de la bencinera. Él lo bautizó como El Bototo, por los voluminosos zapatos de seguridad que usaba para protegerse los pies por si le caía algún neumático. El apelativo le quedó por el resto de su vida. Posteriormente llegó al pueblo otro de sus hermanos, que también se instaló con una vulcanización más pequeña. Entonces estaba el Bototo rico y el Bototo pobre pero como nada es eterno en esta vida, don Gustavo un día enfermó y lo llevaron de urgencia al hospital Barros Luco, donde tuvo la suerte de ser atendido en sus últimos momentos por el doctor Ortíz que era maipucino y lo recordaba perfectamente. Falleció el 1 de enero de 1977.

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José Gálvez, su esposa y su hija, celebrando la Navidad en su negocio.

La más enfiestada fábrica de pantalones José Gálvez Pardo, su esposa Valerisa Almonacid y su hija Pepita, llegaron a Maipú por el año 1962, dejando atrás la casa de la calle Santa Rosa, cerca del hospital San Borja Arriarán. En esos tiempos José tenía muy buen ojo para los negocios y se había dado cuenta que el acelerado crecimiento de esta comuna podía ser rentable para lo que tenía en mente. Con ayuda de unos amigos colocó unos letreros por toda la avenida Pajaritos: “Fábrica de pantalones El Cóndor”. Al inicio se instaló en calle Chacabuco, al lado del restaurante La Higuera, pero después se trasladó a la calle Monumento, al lado de una vulcanización y frente a la casa del Pelado Bascuñán. Hasta allá llegábamos los amigos que queríamos formar la Quinta Compañía de Bomberos; Jorge Jamis. Nicanor Plaza, Homero Durán, Ricardo Aravena, Rolando Nordenflich y un servidor. Celebrábamos todos los santos y cumpleaños, motivos no faltaban para organizar una fiesta.

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Nos encerrábamos en el local como a las nueve de la noche hasta el otro día a las siete de la mañana. Don Alamiro, el dueño de La Higuera, para evitarnos la vuelta por la calle Chacabuco, abrió una ventana entre las propiedades y por ahí, a través de un timbre que avisaba, pedíamos las pichangas y las botellas a los mozos, el Miguelito o el Alberto. Todo esto se terminó cuando don José traslado el negocio al nuevo pasaje Pinochet Lebrún, frente a la Casa Maffis, donde pasó a llamarse Casa Pepita. José era muy especial. Aparte de ser muy buen amigo, comerciante y cortador de telas, era aficionado a la ópera y participaba siempre en los coros del Teatro Municipal. Le falto muy poco para celebrar las bodas de oro con la señora Valerisa, pues duraron 47 años de casados, pero el Señor lo necesitaba en el cielo para que le hiciera las túnicas a los angelitos, por lo que se fue en un viaje sin retorno y su familia y amigos lo echamos mucho de menos.

José Gálvez junto a su joyita.

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Juan Moya, su esposa Luisa Pizarro y Juanito.

Arrancando con la luma Juan Evangelista Moya González y su esposa, Luisa Pizarro, llegaron a Maipú el 15 de enero de 1945, día que Juan celebraba todos los años con una fiesta, recordando la jornada en que había pisado por primera vez la tierra de esta comuna. Tuvieron un hijo único, Juanito, y vivían en la calle Pajaritos, al lado de la Cruz Roja. Esta casa era de su hermano Daniel, el dueño de la carnicería Santa Rosa . Don Juan era muy aficionado al fútbol, hincha incansable del club Campos de Batalla, pasión que compartía con sus amigos, reuniéndose periódicamente en el restaurante El Barquito, donde asistía a comilonas históricas.

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Otra de sus diversiones era salir a pescar. Cuentan que cierto día el bullicioso grupo venía de regreso desde El Trapiche, en Peñaflor, que era la atracción máxima de esos tiempos. Viajaban en una antigua burrita, de esas que tenían el estanque debajo del parabrisas y carecían de marcador de bencina, por lo que para saber de cuánto combustible disponían había que introducir un palo al estanque y ver hasta donde llegaba la marca. La cosa es que en el camino los hicieron detenerse los Carabineros de Marruecos, el antiguo nombre de la comuna de Padre Hurtado. En el trámite alguien recordó que tenían que medir la bencina, así que le pidieron la luma al uniformado, quien inocentemente se las cedió. Con este implemento calcularon el combustible, lo que no le gustó para nada al policía. Ante el enojo del carabinero, salieron arrancando en el vehículo y se llevaron la famosa luma. Atrás iba el uniformado tratando de detenerlos. Después se supo que la historia no tuvo consecuencias y todo se arregló por la buena, ya que en el grupo de revoltosos se encontraba el director de Tránsito de Maipú y el secretario municipal. Esas eran las jugarretas de esos tiempos.

Iván Moya, sobrino de Juanito Moya, actualmente atiende la carnicería Santa Rosa.

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A la derecha Juan Velasquez en el monumento de los cañones.

El cartero que enamoró con una carta Juan Velásquez tuvo varios hermanos y su padre, dn Guillermo, fue uno de los primeros repartidores de diarios de la comuna. Desde pequeño fue muy apegado a la iglesia y le encantaba ayudar en la Parroquia de la Victoria. Lo recuerdo perfectamente siempre activo en la Acción Católica y con la Joc, Jóvenes Obreros Católicos. Era el primero en organizar las fiestas de Navidad y los actos en el teatro parroquial, además de los infaltables rezos en el viejo barrio Campos de Batalla con su amiga María Delfina. Trabajó en el correo con la señora Elvira Moreno y cuando estaba en ese empleo conoció por casualidad a su futura esposa. Resulta que Sofía Manriquez había venido del pueblito sureño de Monteaguila a visitar a su hermana Silvia, que vivía en la calle O¨Higgins. Ahí la conoció Juanito, quien se enamoró de inmediato de la coqueta visita sureña y tuvo la romántica idea de escribirle una carta contándole de sus sentimientos. Después, como él era el cartero, se la llevó como si fuera un mensaje cualquiera.

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Juan Velasquez en el Mes de María en la población Campos de Batalla.

Juan Velasquez con su esposa y sus dos hijas.

Con este novelesco recurso la conquistó y terminaron casándose en el viejo teatro parroquial. Formaron una hermosa familia con unas lindas hijas, Paula y Marcela, y vivieron rodeados de amigos hasta que Juanito nos dejó para siempre en 1994.

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Doña Laura Poroto El matrimonio de Laura Martínez y Miguel Campos, junto con su único hijo, Juan, llegó a vivir a Maipú en el año 1950. Tuvieron su primer negocio, una carnicería, por el barrio el Infiernillo y después se trasladaron a Cinco de Abril. Juanito fue el primer aspirante a bombero en la Primera Compañía, pues vivía casi al frente del cuartel, por lo que no se perdía ningún incendio. Mientras don Miguel era dueño de una de las primeras góndolas -la había traído de San Antonio, así que todos llamaban al vehículo como La Porteña- su esposa era la dueña del almacén y botillería. Todo el pueblo la conocía como doña Laura Poroto, debido a que a su padre le decían El Poroto, apelativo que ella heredó.

El capitán Rojas.

Tenía un mocito que le ayudaba en los quehaceres del negocio, Juanito Caña. Un día la dueña mandó a Juanito a buscar el libro donde anotaba los fiados, entre los que se encontraba el capitán Rojas, quien se presentó a pagar su deuda. El obediente Juanito cumplió el encargo y llegó con el libraco, aunque no pudo omitir su opinión. Sin saber que el oficial de policía que tenía enfrente era uno de los que aparecía en

la lista, se mandó su sermón: “Aquí está el libro de los que están debiendo por mucho tiempo y son muy duros para pagar”. Ante la furia del uniformado la señora Laura le llamó la atención a Juanito y se excusó diciendo que aunque fuera antes del mediodía ya andaba con la caña. Así lo salvó del buen reto que le iba a propinar el capitán de Carabineros.

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El chancho de don Custodio Fue en septiembre de 1950 que apareció por Maipú Juan Custodio Ruz Castro, jubilado de ferrocarriles. Se instaló en el callejón Bueras, en una parcelita que estaba plantada con parras. Llegó con su esposa, doña Emilia Baeza y su sobrina Olguita, a quien criaron como hija. Don Juan no tenía idea de cómo hacer chicha, por lo que ocupo un lavadero y se puso a restregar uva. Sacó unos litros y se los llevo a los hermanos Correa, que tenían un negocio de abarrotes en Pajaritos. Les dejó una muestra para que probaran y por la tarde llegaron a su casa a buscar más, pues según ellos estaba muy buena. Así empezó la picada, a la que después se le agregaron los chanchos que se criaban y se faenaban una vez por semana y los ricos pavos y patos asados. La casa tenía un parrón inmenso, con unas grandes ramas que daban sombra y donde los clientes picoteaban uvas de diversos colores. El Chancho, como se empezó a hacer conocido el local, pasó a ser uno de los centros de reunión importantes. Tenía una campanita que anunciaba la llegada de los comensales y por una cortina se miraba si era cliente conocido. En caso contrario, la reja no se abría. Se cuentan varias historias del lugar, como que los evangélicos que todos los domingos se instalaban a dar a conocer la palabra frente a la casa dejaban que el pastor hablara mientras el resto pasaban a probar la chicha. También se dice que llegaba el doctor Luis Ferrada acompañado de sus hijos, Valentín y Carlos, y pedía que a los niños les dieran de la chicha con harta borra, porque decía que era muy saludable. Otras veces el doctor agarraba la guitarra y se ponía a cantar y deleitaban a los comensales con esa canción que decía la chica del 17. En el mismo callejón estaba el paradero de las góndolas, por lo que

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los fines de semana se juntaba mucha gente, que aprovechaba de ver como se cocinaban los arrollados y prietas, o de probar el caldo que era para resucitar muertos No faltaban en estas reuniones de sábado y domingo las autoridades del pueblo, como el alcalde, el cura párroco, el director del tránsito, el capitán de Carabineros y casi toda la plana mayor de la municipalidad. Cierto día la policía de Maipú se había quedado sin teléfono, debido a una falla en la centralita ubicada en Portales con Pajaritos. Ante la nula respuesta desde la comisaría y sin saber lo que pasaba, las autoridades de Carabineros mandaron una micro con contingente desde Pudahuel, al mando del sargento Pérez, conocido por no tener muy buen humor. El vehículo lleno de uniformados llegó hasta el lugar más concurrido de la comuna, o sea, el local de don Custodio. La comilona estaba en su apogeo y los comensales ya empezaban a ponerse coloraditos de tanto tomar cuando hizo su entrada el oficial Pérez. Ante la sorpresa generalizada anunció que se cerraba el local por molestar a los vecinos. De una mesa se paró una persona que dijo ser el alcalde de Maipú, a lo que el sargento, con una gran carcajada, respondió “y yo soy el Presidente de la República”. Como no les creía sus altos cargos salió en defensa desde otra mesa el capitán de la comisaría de Maipú. Para su desgracia andaba vestido de civil, lo que no ayudó a darle credibilidad a su argumento con el ya furioso sargento Pérez, quien ordenó que detuvieran a este hombre por portar una identificación falsa de la policía. Así fue como las autoridades de la comuna terminaron en la comisaría de Pudahuel, donde llegaron los carabineros de Maipú a reclamar a su capitán. Cuando se conoció que los detenidos decían la verdad el sargento Pérez se deshizo en disculpas, pero el capitán arrestado, en vez de enfrentarlo, lo felicitó porque había cumplido su deber al llevarse a estos comensales bochincheros.

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Custodio Ruiz preparando la rica chicha.

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Los Palito Oviedo Esta es la bonita historia de una familia de Tocopilla que llegó a Maipú en el año 1949, a la calle San José 119 y después al número 67. Estaba formada por don Sadi Adriano Oviedo y la señora Casilda López, además de los hijos Estanislao, Rodolfo, Rogelio, Arnoldo, Palmira y Gilberto. Don Sadi trabajaba haciendo el armado de maderas en las minas del norte, por lo que era un experto en pino Oregón. Su labor como representante sindical le costó caer bajo la conocida Ley Maldita, que dictó Gabriel González Videla, la que declaró la ilegalidad del Partido Comunista, así como una serie de restricciones a las libertades individuales y de los trabajadores. Ese era el estado de las cosas al momento en que nuestro amigo fue enviado relegado a Pisagua, dejando de paso a su familia sin recursos para subsistir.

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Ante el sombrío panorama don Sadi puso en marcha su ingenio y con una cortapluma tomó un trocito de pino de los que quedaban botados y lo talló hasta lograr algo parecido a una paleta de helados. Le presentó su idea al único fabricante de helados de Tocopilla, que vendía los chupetes envueltos en un papel, y la paleta resultó un éxito. Animado por este acierto cuando obtuvo su libertad decidió instalarse en Maipú, donde no conocía a nadie, además del hecho de seguir marcado por la famosa ley que dificultaba encontrar trabajo, llevaron a don Sadi a continuar con el negocio de los palitos. Toda la familia cooperaba. La señora Casilda era la encargada de visitar todas las construcciones y demoliciones para comprar los recortes de pino, que trasladaban en un carretón de mano por Pajaritos, haciéndole cachañas a los antiguos buses de Maipú. Después el papá entro a trabajar a la antigua industria FESA y la cosa económica se arreglaba un poco más, pero seguían entregando

Entusiastas visitantes en la casa de los Oviedo.

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los palitos, que ya se habían industrializado, a las heladerías de calle Chacabuco, en Santiago. En el intertanto algunos hijos se buscaban variados trabajos, como Arnaldo, que entró a la piscina municipal con la labor específica de corretear a los perros vagos. De ahí fue subiendo hasta llegar a salvavidas, antes de que su padre le enseñara sus primeras nociones de electricidad. Siguió ese camino y entró como electricista al Banco de Chile, instalando los faroles característicos de esta institución en el edificio del Paseo Ahumada. Pero todos en este mundo estamos solamente de paso, por lo que le toco también el turno a nuestro querido vecino Sadi. Un día el Señor lo llamó a su lado a juntarse con su señora y su queridísima hija Palmira. Es de esperar que a nuestro amigo no se le vaya a ocurrir ir a ofrecerle palitos para los helados a don Sata porque no creo que por allá duren muchos los helados.

El Germania Un pequeño restaurante ubicado en la Alameda, casi al llegar a la calle Esperanza, se convirtió en el centro de reunión de la mayoría de los maipucinos que llegaban hasta ahí a esperar la góndola. Ese era El Germania, un pintoresco local atendido por su propio dueño, un alemán bonachón que era experto en preparar las gordas con chucrut y –cosa extraña pero no por eso menos deliciosa- una trabajosa receta de riñones al jeréz. Ahí mismo elaboraban sus propios embutidos en forma casera y tenían una deliciosa mostaza que la traían directamente de Alemania, en unos toneles de madera. No podía faltar el shop para pasar tanto alimento nutritivo.

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Un buen día este paraíso de las calorías se terminó, dando paso a una fábrica de cecinas artesanales que aprovechó sus conocimientos y que se instaló en el paradero 6 de Pajaritos. Esa fue la bullente empresa que adquirió don Juan Kassis, y que bautizó como J.K. A sus puertas llegó a pedir trabajo un joven venido del sur, el Negro Fuentes. Como no tenía dónde vivir, lo dejaron como una especie de junior de la firma y le dieron una pieza dentro de la fábrica, para que también las hiciera de cuidador. En esa tarea lo acompañaban cuatro perros rottweiler a los que crío desde que eran cachorros. El Negro Fuentes era el único que les daba comida y a quien los gruñones animales no le ponían mala cara. Legendarios son algunos de los chascarros que protagonizó nuestro amigo en la fábrica. Como aquella vez que don Juan, el dueño, lo mandó a que le comprara una caja de Mansan. El Negro no le entendió ni pizca, así que hizo lo que pensó que le pedían: fue a la Vega y trajo una caja de manzanas. Cuando volvió don Juan no podía parar de reirse. Lo que él quería era una caja de Mansan, una conocida pomada para las hemorroides. “Es que yo no soy muy instruido”, era la excusa del Negro, quien no había llegado muy lejos en su vida escolar. Después, como la canción infantil, le quedaron tres perritos, porque uno fue atropellado por un camión. Ante esa perdida, optó por soltar a los animales solamente de noche, lo que los puso más agresivos. Una noche de agosto se demostró que no había sido la mejor decisión. Los ya crecidos rottweiler se molestaron por algo y atacaron a su cuidador. El Negro quedó malherido y a los pocos dias falleció, debido a las lesiones.

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El destino lo trajo a Maipú Alberto Gordillo llegó de Copiapó a Santiago y su primer trabajo fue como gerente de las radios Prat y O’Higgins, que eran de propiedad de su cuñado, Pedro Valenzuela, casado con su hermana, Clotilde Gordillo, la primera mujer que se recibió como arquitecta en Chile. Después Alberto aprendió el oficio de confeccionar colchones e instaló su propia fábrica en Vivaceta 1.100. Fue en 1951, más específicamente un 17 de noviembre, cuando por error mientras viajaba a la costa con su esposa tomaron el camino por Pajaritos. Nunca había estado antes en ese lugar que parecía un túnel por sus enormes árboles que entrelazaban las copas. Sin saber por dónde ir, llegaron hasta el pueblo de Maipú y recorrieron sus pocas calles. Subieron por San Martín y al llegar a Avenida Chile se toparon con una hermosa casita con un sauce, que tenía clavado un letrero que decía “Se Vende”. Jugando, don Alberto le dijo a su señora “comprémosla”, a lo que ella accedió de inmediato. Pasaron a buscar al dueño, pero no estaba, así que le dejaron una tarjeta para que los llamara. “Cuando volvimos por la noche a nuestra casa supimos que el dueño del terreno en Maipú hacía tres horas que nos esperaba”, recuerda Alberto. Llegaron a un arreglo y la vivienda del Alberto Gordillo junto a su esposa e hija.

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Su mueblería en calle San Martín.

sauce, en San Martín 2336, fue suya. Pagó seis millones de pesos. Era un sitio inmenso donde instalaron, primero, un local de venta de artículos varios y después trasladó la fábrica de colchones. La pareja empezó una nueva vida en Maipú. Los negocios le permitieron un buen pasar, pero el destino le jugó una mala pasada y su esposa falleció por un cáncer a la vesícula, por lo que el empresario quedó muy solo. Después de muchos años, el 9 de abril de 1980, comenzó una nueva familia con la señora Elsa del Carmen Contreras Manso. Tuvieron una hermosa niña, Anita de las Mercedes, que le dio cuatro nietos –Anita Belén, Patricia Andrea, Iván Patricio y Alberto Ignacio- que alegran la casa de sus abuelos en Maipú. Hasta el día de hoy Alberto sigue al frente de su negocio, Inacol, uno de los locales más antiguos de venta de muebles y artículos del hogar en la comuna. Ya está cumpliendo más de 50 años en su querida calle San Martín.

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Faustino Orellana y su Ford del año 51.

Un taxista con historias Faustino Orellana tenía condiciones y en sus años de juventud pudo haber sido futbolista profesional en el club Ferrobadminton. Pero prefirió dedicarse a su otro amor, un automovil Ford del año 51, su joyita, y en él se convirtió en uno de los conductores más conocidos de la comuna, siempre llevando los colores negro y amarillo de taxi. Como todo hombre del volante que lleva y trae pasajeros, recolectó muchas historias de la gente que trasladaba. Una vez estuvo más de ocho horas en la puerta del Hospital San Borja, esperando a una señora que había llevado de urgencia y no se retiró hasta saber que ella había quedado bien atendida. Muchos años después la misma mujer lo reconoció en la calle y le agradeció mucho porque, según ella, él le había salvado la vida.

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Otro de los recuerdos de Faustino es al antiguo carnicero Darío Riveros, quien tenía un vozarrón y era muy bueno para recitar poemas. Siempre que se subía al auto iba declamando, lo que le gustaba mucho al chofer. Una vez quedó tan emocionado que le pidió al carnicero que le escribiera el poema. Don Darío apareció después con un cuadro con la poesía, que Faustino todavía guarda y aprendió de memoria. Pero como todo en la vida tiene su principio y su fin, a nuestro amigo en el año 2003 le diagnosticaron una enfermedad muy grave y tuvo que retirarse a sus cuarteles de invierno. Ya no pudo manejar su auto y hoy se dedica a recorrer la plaza de Maipú, juntandose con sus antiguos colegas taxistas en el paradero de Monumento con Cinco de Abril, disfrutando de su vida llena de recuerdos.

La fábrica de jaleas Como una fábrica de chuño en la calle Ordoñez empezó su trajín la pequeña empresa de don Hugo Pinochet y la señora Amelia. El antiguo galpón que ocuparon estaba al lado del colegio de la señorita Zenovia Zúñiga. Por esta pequeña empresa pasaron la mayoría de las niñas de la comuna, como las Correa, las Peñaloza, las Bueno, las Poblete y las Calderón. Como se ve, era muy apreciado el poder laboral femenino para este tipo de trabajo, que era manual. La fábrica de jaleas Aurora llegó a tener más de cien operarios, entre los que les gustaba reconocerse por los nombres con que se bautizaban en las jornadas laborales. Estaba el Gatito, el Pernito, el Raspaolla o el Marino. Los salarios eran entre seis a diez pesos la quincena. El capataz que se encargaba del personal era Juan Espinoza, un jubilado del Ejército que mantenía cortita la disciplina.

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Trabajadores de Jaleas Aurora.

También se organizaban el festival de la canción, donde todos los premios se los llevaba Marcela Silva y nuestro querido amigo Pedro Muñoz era el locutor. Como todo tiene que cambiar la fábrica pasó a manos de una marca grande y se terminaron todos los privilegios para los maipucinos empleados en ella.

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Funeral de la profesora Irma Carrasco.

Amor de funeraria Por el año 1960 se la instaló la funeraria La Universal. Su dueña, la señorita Graciela Silva Escobedo era una joven muy linda que tenía su cuenta comercial en el Banco Francés Italiano, que estaba ubicado en la Plaza de Maipú. Cierto día llegó a trabajar en la institución bancaria Pedro Catalán Salgado, un joven que usaba el pelo cortito, lo que le llamó la atención a la señorita Graciela. A Pedro también le gustó la dueña de la funeraria, así que empezó a visitar casi todos los días a don Juan Campos, que era vecino del local de la señorita Graciela. En 1970 la historia de amistad terminó en el altar de la parroquia, con don Alfonso Alvarado bendiciendo los anillos. La familia Catalán Silva tuvo tres hijos, Cristian, Andrés y Guido. Después don Pedro se retiró del banco para dedicarse al negocio de la funeraria, que mantiene hasta el día de hoy.

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Familia Catalán Silva.

Me contaba que le ha tocado participar en los funerales de los vecinos más queridos. El que más recuerda es el de la profesora Irma Carrasco, esposa del profesor Juan Monsalve. Maipú se desbordó para ver el paso del cortejo fúnebre, porque era una familia muy querida, ya que los dos eran docentes. Él en la Escuela 85 y ella en la Escuela de Mujeres que funcionaba al lado. La otra funeraria de esos años, La Pompeya, era propiedad de la familia Pavez. La señora Graciela y don Manuel, un próspero vendedor de libros, llegaron de Talagante en 1959. Algunos años después, ante una enfermedad del jefe de hogar, la señora y los hijos entraron al negocio de las funerarias. Abrieron una sucursal en Santiago, en la avenida Portugal, y otra en la Alameda frente a la Teletón.

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Quero destacar a mi querido amigo Darío, una persona muy especial y gran defensor de la verdad que ha ocupado por varios años la presidencia de los apoderados de los colegios maipucinos, puesto en el que ha conseguido diferentes cosas para los alumnos. Es un excelente amigo, pero yo siempre le pido que se mantenga alejadito de mí casa, pues espero no requerir muy pronto de sus servicios. Darío recuerda que el funeral más grande que le correspondió hacerse cargo fue el del cantante uruguayo Gervasio, quien fue encontrado muerto en una parcela del camino Lonquén, en 1990. Maipú entero salió a rendir homenaje al artista, en ambos lados de la avenida Pajaritos había gente tirándole pétalos de flores al cortejo que se dirjía hacia el Parque del Sendero. Se comentaba que la carroza iba en el Paradero 14 y los últimos vehículos recién estaban saliendo de la parroquia. Esas son las remembranzas de Darío, que todavía tiene el negocio familiar y vive con su querida madre, la Chelita, que cada día está más joven y simpática. Son cosas de las primeras dos funerarias que existieron en la comuna.

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El Dr. Ahues junto a sus amigos del Club de Huasos de Maipú.

El inquieto doctor Ahues Eduardo Ahues Salamé nació en Santiago en 1913 y a los 33 años ya era médico en Quellón. En esta comuna, al extremo sur de la isla de Chiloé, lo recuerdan por su campaña para promover la construcción del primer hospital, del que fue director, y la pista de aterrizaje para los aviones que trasladaban enfermos. Animado por esta exitosa gestión, cuando llegó a Maipú como director del consultorio comenzó su campaña para levantar un hospital con todas las de la ley. Mandaba y mandaba solicitudes a las autoridades de salud, pero sin respuesta definitiva. Un día planeó una embestida definitiva y, en conjunto con sus amigos del Rotary Club de Maipú, invitó a los mandamases sanitarios a almorzar al Chancho con Chaleco. Ahí, entre platos y brindis, el entusiasta doctor Ahues dio a conocer los planos del posible hospital. Esta idea no se concretó, pero ese almuerzo dejó como legado la autorización para una posta de primeros auxilios, ya que cuando se cerraba el consultorio, a las

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cinco de la tarde, no había dónde acudir en caso de alguna urgencia, por lo que se designaron dos médicos y dos auxiliares que atendían en la sede de la Cruz Roja. Gracias a los buenos oficios de la señora Elena Williamson de Revuelta, quien dirigía esa institución, también el doctor consiguió autorización para descentralizar el consultorio y se crearon los centros de salud de Cerrillos, Villa México y San José de Chuchunco. El doctor condujo al consultorio por buen sendero, por lo que la gente le tomó mucha estima y al momento de irse de este mundo los vecinos y dirigentes le sugirieron al ministro de Salud de la época, Carlos Massad, también maipucino, que bautizara con su nombre el nuevo consultorio que estaba por inaugurarse en avenida Independencia. Así fue y la cinta del consultorio doctor Roberto Ahues Salamé la cortó el Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle, el ministro de Salud y montones de amigos y maipucinos que recordaron con cariño al esforzado médico.

El Dr. Ahues, primero a la izquierda, junto a personal del consultorio.

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Ernesto Riveros junto a su alumna Aída Araya.

El récord mundial que no fue y otras historias atléticas Corría el año 1965 cuando Luis Ernesto Riveros, destacado ex atleta, llegó a vivir en la antigua Villa Copec. Fue cuestión de días para que invitara a los hijos de sus vecinos a practicar deporte. Ahí estaban los hermanos Poblete, la familia Magili y varios más, que llamaban la atención de los maipucinos corriendo por el –en ese entonces- polvoriento terreno de la avenida 5 de Abril, el mismo que hoy está cubierto de prados, frente a las dependencia de la municipalidad. Con el tiempo esta práctica informal se convirtió en la Liga Atlética de Maipú (LAM). El alcalde de la época, don Luis Ferrada se

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Arturo Zamorano mostrando sus medallas.

comprometió con la construcción de una pista atlética para el desarrollo de esta actividad. Esto se concreto a principio del año 1970, emplazándola en el sector de la actual Plaza Rapa Nui, a un costado de la piscina municipal. No era un pista oficial, solo tenía 312 metros, no los acostumbrados 400, pero fue hasta principios de los 80 el único lugar para practicar esta disciplina en la comuna. Las dependencias de la actual biblioteca municipal, que a la sazón eran los camarines para los visitantes de la piscina, fueron cedidos a la LAM como sede social. En el otro sector estaban los camarines del fútbol. Todo este complejo deportivo, que se completaba con el estadio de fútbol, dos multicanchas y la medialuna municipal, era administrado por el recordado Armando Sanhueza, quien vivía en las casas que hoy ocupan algunas dependencias municipales. Una de las primeras figuras atléticas fue Antonieta Aguirre, medio fondista seleccionada chilena que participo en los Juegos Olímpicos universitarios de México, y que logró dos campeonatos sudamericanos entre los años 1972 y 1981. También estaba Arturo Zamorano, medalla de oro en el Sudamericano Juvenil de Comodoro Rivadavia, en Argentina, y Raúl Riveros Guajardo, presea dorada en el Sudamericano de Lima.

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Era habitual que las selecciones chilenas de este deporte incluyeran dos o tres atletas de la comuna. La LAM obtuvo siempre lugares de privilegio en el ranking de clubes federados, siendo campeón y vicecampeón en esta lista, que era muy competitiva. Aún resuenan en esas canchas las hazañas de la medio fondista Oriana Salas, las lanzadoras Patricia Riquelme y Beatriz Abarca, la campeona y record nacional del disco, Gloria Martínez, y los corredores Francisco “Pichón” González, Tennyson Sepúlveda, Gustavo Rozas, Raúl Álvarez, Waldo Palma, Carlos Faulhaber, Miriam Núñez, Aída Araya, Noemí Valencia, Beatriz Zamorano, Elizabeth Arturo Zamorano, medalla de oro en los 800 metros. Espinoza, Eugenia González, Elizabeth Roa, el velocista y saltador Patricio González, los velocistas Mario Pérez y José Bustos, entre tantos. Ya en esos tiempos los circuitos tenían nombres tan pintorescos como la vuelta de la chancaca, la vuelta pollo, la vuelta Copec y la vuelta bomba, por el cuartel de bomberos. Esas denominaciones, dadas por el lugar hasta donde llegaba el circuito, le causaron problemas a Liliana Aravena, una pequeña de 9 años que realizó sin querer el carrerón de su vida.

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Raúl Riveros.

Un día estaba entrenando en la vuelta bomba, que era un recorrido corto que incluía toda la manzana municipal, o sea Esquina Blanca, Primera, Maipú (donde aun están los bomberos), para entrar por Pajaritos hasta Llona. En esa oportunidad la pequeña Liliana llego atrasada y, como ya había partido el grueso de los atletas, el entrenador Ernesto Riveros le pidió que ella hiciera lo mismo. La niña salió rauda a la gran travesía. Empezó a pasar el tiempo, más de una hora, y Liliana no aparecía. Extraño, ya que la indicación de recorrido no le habría tomado más de 5 minutos. Dos horas y todos buscándola. Había partido cerca de las 8:10 de la mañana y al mediodía aún no aparecía. Cerca de media hora después se vio a la niña trotando, sin entender por qué la recibieron con tanto revuelo. Estaba

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Patricio González.


Grupo de de la Liga Atlética de Maipú.

cansada, pero bastante entera después de correr por algo más de cuatro horas. Hoy Liliana todavía se ríe al recordar que todo se debió a una confusión. En su mente infantil relacionó el recorrido bomba con la bencinera Copec, que era un recorrido larguísimo, reservado para los mayores. Al final, corrió cerca de 8 kilómetros en cuatro horas. Desde ese día se ganó su apodo cariñoso, Lily “Copec”. La máxima expresión del atletismo maipucino fue la famosa Posta de Los Monumentos, evento atlético a nivel nacional y que muchas veces contó con la participación de equipos extranjeros. Era un recorrido de 15 kilómetros, que partía en la Plaza Bulnes y terminaba en el Templo Votivo, frente al monumento al Abrazo de Maipú. Se corría el domingo más cercano al 20 de agosto, día del natalicio de O’Higgins. 20 Relevos desde pequeños de 8 años hasta jóvenes de 18, damas y varones se pasaban el testimonio recorriendo la Alameda del Libertador, entrando por el túnel de árboles que formaba Pajaritos, siguiendo por Central hasta Primera y de ahí enfilando por 5 de Abril hasta el Templo, cerca de 20 equipos

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participaban todos los años de esta posta única en su especie en Sudamérica. Luego todos nos reuníamos en el Casino viejo a compartir un chocolate caliente y para la premiación. Este evento era ampliamente cubierto por la prensa nacional En una de las primeras versiones de la posta de los Monumentos, participa de ella una delegación de Puerto Montt, y ocurre un triste y lamentable suceso, uno de los jóvenes, que se alojaban en las casas de los atletas y dirigentes de LAM, fallece trágicamente producto de un infarto fulminante, Sergio Leviante, tenia solo 16 años, fue un momento terrible para todos nosotros y sus compañeros. Se decide que una gran delegación de Maipú vaya hasta Puerto Montt a entregar el cuerpo y acompañar a la familia y a sus compañeros, esto sello una unió a fuego entre el atletismo de Maipú y Puerto Montt, todos los años había intercambio de visitas, y en verano se desarrollaba un torneo en la ciudad del sur, que llevaba el nombre de Sergio Leviante. Recuerdo la ultima que fue en febrero de 1974, se viajo en tren y éramos cerca de 60 atletas la delegación de Maipú, estuvimos 10 días y participamos de varios torneos. Esos viajes están llenos de anécdotas y hermosos recuerdos. Con el paso de los años se construyó el estadio de Maipú. Para inaugurarlo, se celebra un torneo en su flamante pista atlética. Lo que nadie sabe es que por un error se marca mal la partida de 200 metros, y el octavo carril solo tenía 170 metros. Ese fue el carril que le correspondió a Patricio González, quien obviamente gana la carrera y, lo más sorprendente, con nuevo record mundial. Increíble, nadie lo entendía. Había bajado de 23,6 segundos, que era su mejor marca, a menos de 20 segundos. Hubo un revuelo general hasta que alguien advierte el error de marcaje que bajó del Olimpo a Patricio González quien creyó ser, por algunos minutos, el hombre más rápido del mundo en su especialidad.

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Al buen corte de pelo En la avenida Cinco de Abril estaba la peluquería de Carlos Díaz Maldonado. Había nacido en esta querida comuna en 1902 y le gustaba contar que su bisabuelo estuvo entre los que defendieron a Chile en la Batalla de Maipú. Su padre, don Jacinto Díaz, fue el visionario que fabricó los primeros helados de agua y fruta natural. A los cinco años Carlitos se despertaba de madrugada para batir la mezcla a mano con una maquinita muy rudimentaria. Después se iba a clases a la Escuela 85. Su primer negocio fue un almacén donde vendían empanadas caseras, que salían humeantes del horno de barro. Más tarde cambió de rubro e instaló su peluquería. Su esposa, la señora Berta Núñez, también aprendió el oficio y trabajaba en un salón de belleza en Huérfanos con Ahumada, pleno centro de Santiago. Era habitual ver a Carlitos pasar rápido por las calles de Maipú en dirección a un corte de pelo a domicilio, una práctica acostumbrada en esos años. Sus clientes infaltables eran los carabineros de la prefectura. En época de fiesta, eso sí, era mejor dirigirse directamente a la peluquería, porque su dueño hacía más agradable la espera, agasajando a los clientes con unos aperitivos o un buen vino con frutas de la estación.

Familia Díaz Núñez.

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Muchos caballeros de la comuna acudían para que el maestro capilar los dejara presentables para sus esposas. El problema era que el jabón para la afeitada venía en polvo, y había que disolverlo en agua caliente. El resultado de esa operación no tenía un olor muy agradable, por lo que varias veces resultó peor el remedio que la enfermedad, ya que los honorables clientes llegaban a su casa con un aroma que repelía hasta al gato. En sus ratos libres don Carlos entrenaba a los juveniles de basquetbol en la Escuela 85. Allí había instalado la primera cancha iluminada de la comuna, aunque los focos no duraban mucho, debido a los pelotazos. Su hijo, del mismo nombre, siguió sus pasos deportivos y jugaba futbol por las infantiles de Unión Española. Llegó hasta cuarta especial y le faltó poco para convertirse en profesional. Aunque después entró a trabajar a la empresa Pizarreño, continuó ligado a la pelotita. Hizo un curso de entrenador y participó como dirigente en varios clubes.

Carlitos Díaz hijo, posando con la Copa Libertadores de América.

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Cuando rugían los motores Los maipucinos antiguos recuerdan con mucha nostalgia las reñidas carreras de automovilismo en las que participaban conocidos pilotos chilenos y extranjeros. Una de las más importantes era la llamada “Tres Provincias”, donde la partida se encontraba en la puerta de la industria de neumáticos Insa, en el camino a Melipilla. En esa prueba podían encontrarse intrépidos choferes en sus máquinas rugientes, como Papin Jara, Lorenzo Varoli y el inigualable Juan Manuel Fangio, el corredor argentino quíntuple campeón de Fórmula Uno.

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De los créditos locales destacaba Bartolomé Ortíz, quien tenía su casa en el kilómetro 21 del camino a Melipilla, y era el abanderado de Maipú, convocando a los vecinos que se desbordaban en las calles para saludar a su gladiador motorizado. Estos eventos deportivos se transmitían por radio, en una época pre televisión, por lo que el aparato a pilas era compañero inseparable de los aficionados. El programa más popular se llamaba “Rugen los Motores”, y sus anfitriones eran Pancho Rueda y Juanito Viela, que relataban las carreras con mucho énfasis y entregaban los más mínimos detalles de los participantes. Cuando no estaba en la pista don Bartolomé devoraba kilómetros en su Ford Coupé 1957 por las calles de la comuna. Yo lo atendía a diario en la bencinera al lado de la planta Esso. Él pasaba camino a su negocio que tenía en Estación Central, la fuente de soda Seny. El 20 de julio de 1994 se fue para seguir con sus carreras en el cielo.

En la partida de la Carrera Las Tres Provincias desde la puerta de la industria Insa en Camino Melipilla.

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Maipú se convirtió en Hollywood Cierta mañana de 1942 apareció en la avenida Cinco de Abril una cuadrilla de maestros, que con martillos y serruchos levantaron la fachada de un pueblo que llegaba casi hasta la Capilla de la Victoria. Era la escenografía para la película chilena “Verdejo gobierna en Villaflor”, la que iba a filmarse íntegramente en Maipú. La comuna había sido elegida para recrear los rincones de Villaflor, un sitio imaginario cerca de Renca que estaba en plena elección de alcalde. Pero, más que la trama misma, lo que encandiló a los maipucinos fueron los focos, el maquillaje y la presencia de Eugenio Retes, el actor cómico del momento y la bella Malú Gatica, su co estrella y una de las chilenas que rompía cualquier cantidad de corazones en la pantalla grande. Retes ya era famoso por la cinta “Verdejo gasta un millón” y después alcanzaría el éxito protagonizando “El Gran Circo Chamorro”, “Uno que ha sido marino” y “Sonrisas de Chile”. En Maipú dio vida al personaje de Juan Verdejo, que para obtener fondos para su municipio usaba tretas al por mayor, como colocar una flecha de trafico en el único camino del pueblo. Cuando aparecía un automóvil hacía girar la señalización hacia el lado contrario y él mismo procedía a cobrar la multa correspondiente. La gracia de todo esto era que cuando el director Pablo Petrowitsch gritaba “¡¡Acción!!”, la mayoría de los niños maipucinos –y también buena parte de los adultos- comenzaban su trabajo como extras cinematográficos. Las filmaciones, por lo general, se realizaban por la tarde y se extendían casi hasta la medianoche, lo que alteró la tranquila vida pueblerina, pues los escolares que las hacían de entusiastas mini actores al día siguiente se quedaban dormidos para ir al colegio y lo propio sucedía con los papás que llegaban tarde a sus trabajos.

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Eugenio Retes.

Malú Gatica.

Eso sí, nadie se perdía las filmaciones, porque los que tenían la suerte de ser seleccionados para cruzarse en la escena recreando a supuestos habitantes del inexistente Villaflor, recibían como paga un suculento billete de cinco pesos. Tampoco faltaba la acción. En algunas escenas se peleaban los bandos de los candidatos al municipio y los extras tomaban su papel muy en serio, pegándose coscachos verdaderos, haciendo un cine verdaderamente realista. Algunos de los que participaron en estas secuencias de lucha libre improvisada quedaron enojados y no se hablaron hasta el día del estreno. Precisamente esa jornada fue una de las más esperadas en la comuna, en cuyo gran cine se proyecto la Avant Premiere del filme. Había colas enormes en Pajaritos, justo donde hoy comienza la calle Carmen Luisa Correa, porque asistió todo Maipú que gozó mirándose en la pantalla grande. La cinta hubo que repetirla durante varios días, porque hubo muchos que no se cansaban de admirar su pequeño minuto de fama.

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Paul Anka en Cerrillos El aeropuerto de Los Cerrillos fue, durante años, el único terminal aéreo de Santiago, por lo que mantenía un papel protagónico en la llegada de los vuelos nacionales y extranjeros. Por décadas, fue la parada obligada para las estrellas, ya sea políticos, artistas o diplomáticos, que pisaban esta tierra. Uno de los más recordados fue la primera vez que vino a Chile el cantante Paul Anka. El recibimiento fue apoteósico. Se cortó el tráfico por el Camino a Melipilla y las calcetineras de aquellos

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tiempos se desbordaron en todo el trayecto entre Cerrillos y el hotel Carrera, donde se hospedó el ídolo musical. Unos inmensos camiones con parlantes, en los que no dejaba de sonar su hit “Diana”, se sumaban a la improvisada comitiva que acompañaba al juvenil Paul Anka. Similares escenas se vieron durante su concierto en el estadio Santa Laura. El telonero fue Peter Rock. Los Cerrillos fue el lugar donde se despidió el cantante y también, desde el mismo minuto que su humanidad se alejó de este país, el sitio donde comenzó su leyenda tras bambalinas. Se supo que tenía una noviecita chilena que era auxiliar de vuelo de una línea aérea extranjera. Se llamaba Jenny Ibarra y los tabloides de la época decían que era maipucina.

El rey de los zapallos Una muy buena semilla era el secreto de Juan Zavala Chaparro, recordado como el único e indiscutible Rey de los Zapallos, título que se ganó con sus brillantes y lindos ejemplares. Aunque no vivió en Maipú, todos los días don Juan venía desde su casa en Barrancas –lo que hoy es Pudahuel- y en su antigua camioneta Opel recorría las tierras que arrendaba para sus plantaciones en diferentes chacras. Siempre llegaba acompañado de su perro arriba del vehículo. Sus trabajadores le tenían mucho cariño, porque el patrón no tenía problema en arremangarse la camisa y laborar codo a codo con ellos en lo que hiciera falta. Así lograba obtener unos zapallos enormes y amarillos, cuya fama y demanda le otorgaron un buen pasar económico. El 9 de diciembre de 1968 lo estaba esperando para robarle un grupo de maleantes, conocidos como los chaquetas negras. Lo interceptaron en la chacra El Patagual y le dieron muerte para quitarle

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Memorial en recuerdo a Juan Zavala.

la recaudación del día, que don Juan guardaba en un saco de papas de esos antiguos, que él decía que era muy firme. Eran los mismos sacos llenos de billetes que cada 8 de diciembre ofrendaba a la Virgen de Lo Vásquez. Sus amigos levantaron un memorial en el sitio donde encontraron su cuerpo.

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El bombero más antiguo Su profesión era decorador de vitrinas y mostraba sus aptitudes en las mejores tiendas de Santiago, como Gath & Chaves, La Riojana o Los Gobelinos. Precisamente, gracias a su trabajo en la primera de las tiendas mencionadas, fue que arribó a Maipú, a los terrenos que Gath & Chaves le vendía a sus empleados. Don Mario Piña, su esposa Eugenia Jarpa y sus hijos, Mario, Mónica y Fernando hicieron una parcela llena de árboles frutales. Fue uno de los fundadores de la Tercera Compañía de Bomberos, que también por un tiempo albergo en su parcela, y ocupó todos los cargos como voluntario. El 21 de mayo de 1970 fue nombrado director honorario del Cuerpo de Bomberos.

Medalla en reconocimiento a los 50 años de bombero.

Don Mario Piña junto a sus hijos.

Por su sello personal de rectitud y justicia, don Mario es un verdadero ejemplo a seguir por todos los voluntarios de Maipú y Maitencillo, donde también organizo a los combatientes del fuego. En invierno, cuando no puede salir de la casa, se dedica a pintar y a sus 90 años lo hace muy bien. En abril de 2007 lo nombraron voluntario insigne del Cuerpo de Bomberos de Chile, por sus 50 años de servicio, que lo convierten en uno de los voluntarios más antiguos de Chile.

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Domingo Sandoval y Artemia del Carmen Zumaran.

Familia Sandoval Zumaran Domingo Sandoval Molina era un bromista incorregible. Una de sus jugarretas típicas era esconderse detrás de la pandereta de su casa, en la calle O’Higgins 335, y silbarle a los que pasaban por la vereda. Cuando los transeúntes se daban vuelta a mirar quien los llamaba, él se apretaba la guata de la risa. Su carácter alegre lo acompañaba desde que hizo su servicio militar en Curicó, en 1915, cuando no existían todavía los carabineros y las calles eran patrulladas por la llamada policía montada, institución a la que don Domingo estuvo muy orgulloso de pertenecer. La sonrisa fácil también era uno de sus rasgos característicos al momento de conocer a Artemia del Carmen Zumaran, con quien se casó, tuvo una hija, Carmencita, y se trasladó a Maipú. La casa era muy espaciosa, por lo que la señora Artemia tenía una

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linda huerta donde cosechaba de todo y hasta vendía a sus vecinos, aunque no ganaba mucho, porque siempre daba con yapa. A ella nadie la conocía por su nombre, para todos nosotros era la Chiruquita. Así le decía don Domingo desde que la conoció, comparándola con el chiruqui, un ave diminuta de la zona sur. En la vivienda tampoco faltaba el perrito, que en este caso era Bobby, el fox terrier regalón de Carmencita. Una vez la mascotita tuvo la ocurrencia de seguir a don Domingo cuando él salió a visitar a unos amigos en Cerrillos. Cuando paró la micro el perro se subió corriendo y ante la sorpresa de todos, se escondió entre las piernas de su dueño. Don Domingo lo tomó en brazo para que el chofer no lo tirara con animalito y todo para abajo. Ya al descender tuvo que sacarse el cinturón para poder llevar amarrado al inquieto compañero de viaje inesperado. Menos mal que en esos tiempos los caballeros no salían de casa sin cinturón y suspensores, sino imagínese lo que le habría sucedido a don Domingo con el saltarín Bobby.

Artemia del Carmen Zumaran junto a su hija Carmen Sandoval.

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De izquierda a derecha Augusto Vonden Nesevick, Osvaldo Herrera, Enrique Saffie, Roberto Duràn, Mario Piña, Hernán Silva.

La Tercera Compañìa Al interior de un garaje de calle Gandarillas 85, de propiedad de don Horacio Valdés Clark, con unas cuantas sillas de paja y una mesa de pin pon que nos sirvió para afirmarnos y firmar el acta de fundación. Así nació, el 1 de diciembre de 1956, la Tercera Compañía de Bomberos de Maipú. La idea fue de un grupo de vecinos capitaneados por Haroldo Latorre, Justo Revuelta y Hernán Silva, que venía de la Primera Compañía, se decidieron a dar el paso. Los siguieron entusiastas como Osvaldo Herrera, Rolando Frías, Rodolfo Manzor, René Valdivia, Mario Ortíz y Mario Piña. Esta nueva compañía, que se decía que era de los niños adinerados de la comuna, empezó a causar revuelo y era bien visto pertenecer a ella, por lo que los jóvenes de ese tiempo se presentaban como postulantes. Su primer director fue don Haroldo Latorre y el primer capitán don Justo Revuelta. Entre los primeros aspirantes estaban Eleazar Arce y también algunos voluntarios como Jorge Molina, Hugo Brito, Hugo

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Feliú, Raúl Feliú, Ernesto Prado, José Antonio Plubins, Augusto Von den Nesevick, David Cortés, Armando Cárdenas, Luis Trigo, Mario Gonzalez, David Bermedo, Lucho Cifuentes y muchos más. En el año 1961 llegó el querido jeep Willie que fue comprado a la empresa de trasportes colectivos del Estado. Fue conducido al principio por Eleazar Arce como teniente tercero maquinista, y después por el querido Chico Molina, quien hacía maravillas con el jeep, pese a que el vehículo no tenía todas sus piezas en muy buen estado, así que había que ser medio mago para domarlo. A Molina le sucedieron muchos percances con esta verdadera pieza de museo que, al pasar los cuarenta kilómetros por hora, le empezaban a tiritar las ruedas delanteras. Tampoco faltaron las ocasiones en que el vehículo de bomberos se ponía chúcaro y terminaba metido en el zanjón de la Aguada con todos sus entusiastas pasajeros. Una noche de invierno el sargento primero y el maquinista Molina encontraron cerca del Monumento a una vecina que estaba pronta a dar a luz, por lo que la subieron al jeep con la intención de lle-varla urgente hasta la Cruz Roja, pero como era tarde y no había personal en ese lugar no les quedó más remedio que aventurarse a trasladarla hasta el Hospital San Borja. Así las emprendieron de noche por el oscuro camino de Pajaritos, una verdadera boca de lobo y, para colmo, con neblina muy baja y escasa visibilidad. En semejante viaje fallaron las luces del ca-rro, por lo que el superior mandó al funcionario que se acostara de guata en el capó del jeep para que lo guiara. Con este arcaico método y pese a todas las dificultades, arribaron al hospital con la mujer sana y salva, que horas después dio a luz a un nuevo maipucino que le debe su existencia a estos dos jóvenes voluntarios. En el año 1963, cuando las instalaciones todavía eran muy precarias y apoyado por el énfasis de estos primeros volunta-rios, se inaugura la primera guardia nocturna. Sus integrantes originales fueron Mario González, David Cortés, Homero Durán, Luis Trigo y Luis Pérez. Estos cinco voluntarios marcaron la partida para algo que se

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Carro bomba Ford FK 1956, le llamaban el condorito.

mantiene hasta el día de hoy. A petición de todos los voluntarios a la sala donde esta la guardia nocturna le pusieron el nombre de un querido capitán, Edgardo Cabrera Blanco. No puedo dejar de rendir homenaje a todos los compañeros que ya partieron, a quienes tendremos presentes siempre en nuestros corazones por haber sido unos grandes caballeros del fuego y tercerinos de corazón. Ellos supieron cumplir con nuestro lema, honor y sacrificio, Bomba Chile.

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El quiosco de la plaza Esta historia comenzó por el año 1930, con la señora Luisa Pezoa de Díaz, que tenía un bazar en la esquina de Portales con Pajaritos al que llegaban todos los diarios y revistas de la época. Junto a ella trabajaba Margarita Cruz, quien se hizo cargo de la mercancía tras el fallecimiento de su dueña. En 1935 Margarita empezó a vender las publicaciones en un asiento en la esquina de Pajaritos con Cinco de Abril, en la puerta de la municipalidad, lo que nosotros los maipucinos llamábamos la plaza.

Margarita Cruz.

Por insinuación del alcalde José Luis Infante, que veía a la mujer en la intemperie, se construyó el primer quiosco de madera en el lado sur de la calle. Posteriormente lo cambiaron al frente del municipio, el primero de varios traslados dentro de la misma intersección céntrica. Después que falleció la señora Margarita, en 1953, este negocio paso a manos de su hermana, Sara Cruz, otra antigua maipucina casada con Jesús Navarro, un conocido y querido practicante que tenia su consulta en Cinco de Abril 354. Era el orgulloso propietario de uno de los primeros números de la antigua revista “El Peneca”. Tanto interés generaba en los niños este tesoro, que el quiosco hizo un concurso para adivinar qué numero de “El Peneca” era el que guardaba don Jesús. Llegaron muchas cartas y el sorteo se hizo en la puerta de la municipalidad, con una armónica de premio para el

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Sarita Cruz.

ganador. Una muestra de que en esos tiempos también había marketing. La señora Sarita mezclaba su rol de madre de los hermanos Sergio, Héctor, Hugo y Fernando, con el trabajo en el quiosco. Ella tuvo la idea de colocar en el costado de la pequeña construcción papeles con las ventas y arriendos de casas, a los que se sumaron en poco tiempo letreritos de gente que buscaba trabajo. De ahí nació la costumbre de congregarse, especialmente los lunes, frente al quiosco para revisar las ofertas laborales y de viviendas. Ella conoció a la mayoría de alcaldes y regidores. También tuvo el privilegio de ser elegida como madrina del primer carro de bomba de la Primera Compañía de Bomberos de Maipú. Cuando sus hijos crecieron ayudaron en el negocio, pero como nada es eterno llego el día en que la querida señora Sarita nos dejo y, por cosas del destino, el negocio terminó en otras manos.

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El Alcalde Gonzalo Pérez Llona inaugurando la fonda oficial de Don Valeriano.

Valeriano y las fondas Nació en Quinamávida en 1924, pero llegó muy joven a Maipú. Su profesión era maestro carpintero, fue quien le puso las vigas al teatro nuevo de la comuna, unas maderas enormes que Valeriano Guerra instalaba solito, sin ninguna ayuda, como él mismo cuenta. Después comenzó a trabajar con el municipio y le tocó hacer el alcantarillado de muchas poblaciones. Sin embargo, su sello empezó a formarse cuando instaló el restaurante La Paloma, en calle Esperanza, llamado así por una avecilla que había criado desde chiquita y era muy habilosa. Ahí tenía además una gallina que ponía tres huevos diarios, una proeza que todos los vecinos se agolpaban para observar. Todas las semanas compraba para el negocio 100 cajas de cerveza, 100 chuicos de vino, 50 cajas de vino embotellado y 30 cajas de bebidas chicas. Al local llegaban parroquianos tan distinguidos como el Terremoto, el Charchalero y el Zanahoria, conocidos como medios chiflados y buenos para los combos. Entre sus locuras se

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cuenta que se sacaban un zapato en la mesa y tomaban vino dentro del calzado. Don Valeriano recuerda que las primeras fondas se levantaban para celebrar el 5 de abril, donde estaba el primer estadio y hoy existen las canchas de tenis, frente a la Plaza de Armas de la comuna. En 1958 nuestro amigo se dio cuenta de que parecía un negocio bastante rentable, por lo que se dio a la tarea de construir una fonda con techo, por si llovía, y con baños para hombres y mujeres, delicadeza que le valió un éxito seguro. Por muchos años tuvo a su cargo la fonda oficial y para agasajar a los invitados de turno iba a buscar la chicha al sur. Una vez venía retornando cuando se volcó el camión que le había prestado un amigo y Valeriano se golpeó la cabeza con el parabrisas. Quedó malherido y perdió todo el preciado cargamento, pero se las arregló para que la fonda no se cancelara. La única ocasión en que pasó un 18 de septiembre sin su negocio fue tras el Golpe de Estado de 1973, cuando el toque de queda apagó todos los festejos públicos.

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Hoy, ya con 87 años, a don Valeriano le gusta recordar que su fonda era la única que nunca aceptó músicos con instrumentos electrónicos. A pura guitarra y acordeón se movía la cosa, animada muchas veces por el Rucio Pérez, conocido cantante que era carta puesta en cuanto festejo local se hiciera. Tampoco faltaban las mochas, pero se terminaban luego, asegura. Aunque no nació en estas tierras, se definía como un maipucino de corazón. Todavia vivía en la misma casa de la calle Esperanza, donde entre recuerdos y añoranzas el 10 de mayo de 2010 se nos fue en un viaje sin retorno, detrás del sol, su familia y los que lo conocimos lo recordamos con mucho cariño.

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Raúl Sendra.

Las múltiples vidas del doctor de ¿Dónde está Elisa? “Elisa murió”, le comunicó el doctor a los parientes de la joven y todo Chile contuvo el aliento, mirando por televisión el sufrimiento de los ricos en la famosa serie de TVN “¿Dónde está Elisa?”. La frase, crucial para el desarrollo del culebrón nocturno, le correspondió decirla al actor Raúl Sendra, un maipucino que llegó por casualidad a la pantalla. Pero no era esa la primera vez que tenía todas las miradas puestas en su actuación. Raúl llegó a Maipú de un año de vida, ya que su madre, la señora Aída Fernández Rodríguez, junto a su esposo, don Alberto Sendra Maulén, que trabajaban en la tienda Gath & Chávez, tuvieron la oportunidad de comprar unos sitios en el fundo El Alto, calle Gandarillas entre Bailén y Primera. Sus primeras letras las conoció en la antigua escuelita de la señorita Cassandra Edwards y después paso al longevo Liceo de Aplicación,

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donde termino su enseñanza y saco su licencia secundaria como se llamaba en esos tiempos. En 1966 muere su querido padre en Montevideo, cuando él estaba entrando a la Universidad de Chile a estudiar veterinaria. También cantaba en el coro de ópera del Teatro Municipal. Como si fuera poco, en su tiempo libre jugaba tenis en el club de Armando Molina, donde ganó varios torneos. Tras el golpe militar de 1973 parte al exilio en Canadá, donde obtiene un master en la universidad de Montreal. Pasado varios años regresa a su querido Maipú y se instala con su clínica en la Ciudad Satélite. Empieza a trabajar en la Universidad Pedro de Valdivia como profesor de medicina veterinaria y en la Universidad del Mar, como profesor de francés, ya que también es traductor de varios idiomas. Fiel a su estilo de hombre multifacético, estudió teatro y participó de extras en varias obras. Esas experiencias lo hicieron conocido en el mundo de la televisión, y de ahí nació el llamado para interpretar al doctor de Elisa. También ha participado en varios capítulos del exitoso programa de humor “El club de la comedia”, representando distintos papeles, y comenzó su carrera en el cine, donde trabajó junto al actor Benjamín Vicuña en la película “Dawson isla 10”, encarnando a Edgardo Enríquez, ex ministro del Presidente Salvador Allende. Pese a su labor artística, no ha dejado de lado el tenis. En 2008 terminó rankeado como número 17 del mundo a nivel Senior, y actualmente sigue compitiendo a nivel mundial en esta categoría. También queremos recordar a su unico hermano, Alberto, quien todavía vive en Maipú, en el mismo sitio de la calle Gandarillas junto a su querida madre, que al momento de escribir estas líneas ya está cumpliendo 90 años.

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El Primero Cáceres Un conocido y recordado carabinero antiguo era Manuel Antonio Cáceres, más conocido como el Primero Cáceres o “Cabeza de tarro”. Había nacido en Nirivilo, un pueblito cerca de Constitución, y se había quedado en Maipú desde 1947, después de hacer el servicio militar e ingresar a la Escuela de Suboficiales de Carabineros.

Manuel Antonio Cáceres.

Casado con la señora Marta Victoria Arratia, tuvo dos hijos: Manuel Antonio y Rosita Nelly, su primer trabajo en la tenencia fue de escribiente. Con el tiempo paso a realizar rondas a caballo, época en la que le correspondió llevar detenidos a la mayoría de los cuatreros que merodeaban la zona y se escondían en los cerros de La Rinconada. Originalmente “Cabeza de tarro” era el nombre de su caballo, pero la gente comenzó a llamar al uniformado con ese apelativo y finalmente quedó con el mote. Entre los máximos orgullos de su carrera

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Marta Victoria Arratia.

recordaba haber estado presente cuando trajeron a la Virgen del Carmen para ponerla en el templo. Después que jubiló instaló una picada en la calle Cuatro Álamos, llamada “El sauce”, donde llegaban los trabajadores de la fábrica Pizarreño. Don Manuel era una persona muy especial, pues tenía muchos ahijados. Hasta su fallecimiento, en 1994, no perdía la oportunidad de aconsejar a los niños y guiarlos por el buen camino.

El primero Cáceres junto a la Virgen del Carmen en el Templo Votivo de Maipú.

Para terminar, una pequeña anécdota: al papá le decían “Cabeza de tarro”, el hijo era conocido como “cabeza de tarro chico” y al nieto los amigos lo llamaban “El pomarola”, porque esa salsa de tomates viene en un tarro chiquitito. La gente inventa cada cosa, es muy jodida ¿no?

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El carnicero y el alcalde Cuando Maipú aún no tenía agua potable y los vecinos hicieron una colecta para instalar el moderno sistema, el primero que donó cinco pesos para iniciar las obras fue Guillermo Riveros, el carnicero. Fue uno de los pioneros en su rubro en la comuna, aunque tuvo un inicio poco convencional. Había visto matar animales en Argentina, donde vivió por muchos años y cuando se instaló en Maipú decidió que esa sería su labor. Se compró una pierna de animal, la amarró a un poste y se puso a cortarlas por todos lados, hasta que aprendió a despostar. De ahí venía la venta, que realizaba en un carretón. Este medio de transporte le ocasionó más de un problema con el alcalde José Luis Infante quien, según Guillermo, no lo quería porque decía que el carnicero era comunista. Para vengarse, este último decía en todas partes que era sobrino del edil, lo que al regidor le parecía muy mal.

Carlos Sallenave y Guillermo Riveros.

En ciertas ocasiones lo mandó detenido e hizo que el juez de turno le pasara varios partes por infracciones que hasta el día de hoy don Guillermo asegura que no existían. Finalmente el alcalde lo autorizó para que llevara sus animales al matadero municipal. Con el tiempo fue cambiando de rumbo y probó suerte con la venta de helados de barquillos. En un remate compró la máquina, aún sin tener mucha idea de cómo usarla. Sus conejillos de India fueron las alumnas de un colegio de monjas. Varias veces terminó regalándoles los helados que no le resultaban

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Don Guillermo Riveros el dia de la entrevista.

perfectos, pero después afinó la mano y comenzó a venderlos en la misma plaza de Maipú. Don Guillermo tiene esa característica de buscavidas y hombre que no se da por vencido. Uno de sus últimos negocios lo tuvo en Camino a Melipilla y felizmente, como él cuenta, por la propiedad tenía que pasar el Transantiago, por lo que tuvieron que pagarle una indemnización. A sus 80 años sigue muy tranquilo en su Maipú querido, acompañado de su señora y sus hijas. Pero como no todo puede ser perfecto, la vida le jugó una mala pasada y resulta que la calle donde tiene su casa se llama nada menos que José Luis Infante, el alcalde que tantos problemas le dio a su negocio con el carretón. A don Guillermo le causa mucha gracia esta coincidencia y le da risa cuando sus amigos le hacen bromas al respecto.

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Destacados - Eleazar Arce Gangas: Voluntario fundador de la Tercera Compañía de Bomberos, teniente maquinista y el primero en manejar el jeep Willie de dicha unidad. Como carabinero se desempeñó en el grupo móvil, resguardando la seguridad a varios Presidentes de la República. Fue intendente de Ovalle y terminó su carrera como coronel. - Luis Eyzaguirre: Destacado futbolista de la Universidad de Chile. Vivió en la calle Primera Tranversal, al llegar a Uno Norte. Jugó en el recordado Ballet Azul y en el equipo que obtuvo el histórico tercer lugar en el Mundial de 1962. Fue uno de los dos chilenos llamados para la selección Resto del Mundo (el otro era el entrenador, Fernando Riera), que jugó un partido de exhibición en el estadio inglés de Wembley, en octubre de 1963. Convocado por la Fifa, estuvo en la cancha junto a jugadores de la talla del arquero soviético Lev Yashin, el argentino Di Stefano o el húngaro Ferenc Puskas. De ahí viene su nombre de “Fifo”. - Salvador Valle Otárola: Fundador de la Escuela Parroquial. Fue galardonado con la condecoración Cruz del Apostol Santiago, que la iglesia catolica entrega a quienes se destacan por sus servicios. Este galardón le fue entregado en la Catedral de Santiago, en una misa realizada por el cardenal Franscisco Javier Errázuriz, el 25 de julio de 2009. - Victoria Elisa Vásquez García: Se tituló de ingeniera comercial con mencion especial en la Universidad Católica, trabajó en Ladeco y posteriormente como gerente de una compañía de telecomunicaciones. Se desempeñó como Directora del Trabajo y representó al empresariado chileno en la conferencia mundial de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). En su juventud fue candidata a reina de la primavera en Maipú y ocupó el segundo lugar.

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- Sergio Rodríguez Araneda: fundador del conjunto folclorico Tierra Chilena, investigador del folclore y apasionado por los bailes de La Tirana. Fue designado por la Unesco como miembro del Consejo Internacional de la Danza Folclórica. - Carlos Ferrada Valenzuela: Hijo del doctor Luis Ferrada Urzua, casado con la paisajista Bernardita Montero y padre de seis hijos. Después de estar por 21 años en el hospital M D Anderson Cancer Center de Houston, Estados Unidos, uno de los centros más importantes del mundo en el tratamiento de esta enfermedad, volvió a nuestro país para aplicar la llamada vacuna chilena. Ya está en la tercera temporada de su programa de televisión “Calidad de Vida”, en el canal 13 Cable, donde invita a sus colegas de diferentes especialidades para conversar sobre distintos temas médicos. Carlitos es un excelente amigo y un maipucino de tomo y lomo, y dice que tiene muchos bonitos recuerdo de su querida comuna. - José Roa Ramírez: Vivió en la calle Manuel Rodríguez con sus padres, que eran profesores de la antigua Escuela 85 y del colegio Alberto Pérez. Hizo su enseñanza media en el liceo San Ignacio Alonso de Ovalle y pasó a la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. Su rostro se hizo conocido en 2005, cuando asumió como director del Servicio Nacional del Consumidor (Sernac), y aparecía en televisión explicando los derechos de los compradores. Actualmente es cordinador del área de derechos ciudadanos en la fundación Diálogo. - Ignacio Aliaga Riquelme: Hijo de un antiguo funcionario municipal, estudió en el Liceo Municipal de Maipú y luego se dedicó a la especialidad de cine en la Escuela de Arte de la Universidad Católica. Fue jefe de la División de Cultura del Ministerio de Educación. Uno de sus primeros documentales fue “Campamento del sol naciente” y el cortometraje “La tranquila muerte del Chino Ormeño”. Es director, guionista, productor y director de fotografia. Actualmente es el director de la Cineteca Nacional y sige viviendo en Maipú.

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El viejo molino Por el año 1950, más o menos, se instalo el primer molino en Maipú. Su propietario era don Silverio Villanueva, quien repartía su tiempo entre la municipalidad y el flamante negocio del molino. En sus inicios se trabajaba de manera rudimentaria: el trigo era molido por unas grandes piedras y los sacos se llenaban y se cosían a mano. Unos de sus primeros trabajadores eran Pascualito Herrera y Manuel Meza. Después fueron llegando Julio Pinto y el bodeguero Raúl Garrido, que tenía su casa al lado del enorme silo. El primer camión que realizaba los fletes era de la marca Mack, y lo conducía René Naranjo, aunque el propietario del vehículo era Eduardo Pérez, también dueño de la única bomba de bencina que existía en la comuna. Durante mucho tiempo fue el único molino de la zona, por lo que llegaba a sus instalaciones todo el trigo de los pueblitos cercanos. Muy pronto hubo que agrandar el edificio y contratar más empleados.

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Al centro Don Silverio Villanueva dueĂąo del molino.

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Don Julio Pinto, uno de los primeros trabajadores del molino, junto a su esposa.

Así llegaron las primeras maquinarias para moler y envasar. La modernidad máxima se materializó al levantarse junto al molino una fábrica de sacos de harina. El negocio iba viento en popa, como lo demostró la compra del sitio vecino, donde se construyeron diez silos para guardar el grano, con una capacidad de cien mil quintales métricos. El explosivo crecimiento obligó a don Silverio a conseguir un socio y la firma pasó a denominarse Villanueva y Santos, la que, a su vez, fue comprando los molinos de los pueblos vecinos, dando forma a la cadena San Cristóbal, aunque este éxito no los hizo olvidar sus inicios. Las primeras piedras que utilizaron para la molienda, una reliquia que a estas alturas, fueron a descansar en la vieja panadería de los Durán. El molino hasta el día de hoy sigue funcionando y creciendo. Aunque don Silverio y la señora Ilsi, su esposa, ya pasaron a mejor vida, su obra sigue en pie.

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El doctor Arrollave El doctor Rafael Arrollave nació en Colombia y llegó a Maipú por el año 1952, recién casado con una chilena, la señora Olga Scafir. Se tituló de medico en la Universidad de Chile y su esposa era ingeniero agrícola que se vino a trabajar a la escuela experimental de la Universidad de Chile, en la Rinconada de Maipú, por lo que se vinieron a vivir a Chacabuco 115.Empezó a trabajar en el hospital San Juan de Dios algunas horas y también abrió una consulta para ayudar a la gente más necesitada. La instaló en el templo, gracias a la ayuda de la señora Marta Ossa, que era la encargada del Voto O´Higgins. Tuvo su primera consulta en la casa del doctor Ferrada, quien amablemente le cedió una oficina. Esto duró hasta que llego titulado Carlitos Ferrada, el hijo del doctor, y por cosas de horario se tuvo que marchar. Se fue a Colombia llevándose a su familia, allá empezó a trabajar con los militares y le tocaba ir a las guerrillas, donde tenía que atender a los soldados heridos. Por el peligro que corría decidió volver a Maipú. Empezó a buscar trabajo y entró a la municipalidad al departamento de Tránsito, donde era el encargado de realizar el exámen a la vista a quienes querían obtener su licencia. Estuvo ahí por cinco años, hasta que reprobó en el exámen al alcalde Jose Luis Infante y eso le costó el puesto. Hoy sigue atendido pacientes en su consulta de Maipú.

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El hombre de Residencial La Pichanga El cura Sotanita era un buen pastor que por allá por los años 40 daba consejos y arreglaba los entuertos de medio mundo. En sus prédicas radiales despotricaba contra el alza del pan y las filas para comprar azúcar. Sus oyentes se lo imaginan como un beato bastante excedido en kilos, ya que en su presentación él se quejaba de que le costaba mucho subirse al púlpito. Sin embargo, resulta que el paladín católico no era más que un personaje ficticio. O, como tituló un artículo de la revista Ercilla del 2 de diciembre de 1947, estábamos en presencia de “un curita que no es tal”. Sotanita no era el hombre de sotana que todos imaginaban, sino que sus monólogos provenían del talento de Aliro Vega, hombre de radio y cine, actor consumado, gran amigo y maipucino por adopción. Otra de sus creaciones era el milico Chamorro, que también se transmitía por CB 97 radio Prat, ubicada en la calle Santa Lucía, al lado del cerro del mismo nombre, y donde todos los días abrían las ventanas para escuchar el cañonazo de las 12. Aliro nació frente a otro cerro, el Ñielol de Temuco, pero llegó a Maipú en el año 1960 y de aquí no se movió más. Fue uno de los actores que gestaron el teatro de ensayo

Volante de una obra de teatro dedicada al Cura Sotanita.

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en la Universidad Católica, pero también aparecía regularmente en los shows nocturnos del recordado Bim Bam Bum y en diversos programas de humor. Por más de 40 años participó en el programa radial de fútbol y humor Residencial La Pichanga. Ahí Aliro hacía el papel de El Chuncho, representante de la Universidad de Chile, que permanentemente se peleaba con el Ceatoleí, representado por Héctor Santelices, quien terminaba llamándolo “Chuncho ateo, el domingo te sacaré todas las plumas”, todo esto bajo la batuta de su director, César Enrique Dosel, quien tenía el papel de Pirulín, un delicado cocinero. Pero no solo en las tablas brillaba Aliro. Era muy versátil y cuando le faltaba dinero se le ocurrió comprar un taxi. Trabajaba de noche y se dio cuenta que mucha gente tenía problemas nocturnos que parecían Uno de los personajes de Aliro Vega. insolubles. Había que llevar a los enfermos a la Posta, comprar remedios, o más licor cuando la fiesta estaba en su apogeo. Fue así como se unió con otros colegas choferes y su amigo el locutor Petronio Romo, para dar forma al programa Radiotaxi 33. Con 20 autos y un equipo transmisor fueron los primeros en recorrer el Santiago nocturno llevando los encargos más inverosímiles. Después le agregaron el Despertador Inglés, donde ayudaban con

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Transmisión de Residencial La Pichanga en la Radio Portales.

música a todo el que tuviera que levantarse temprano por algún motivo. El éxito fue inmediato y el 10 de junio de 1961 el diario La Nación titulaba “Actor Aliro Vega desarrolla una interesante labor social”. Otra de sus ideas fue promover en el gremio artístico el famoso Paseo de los Huerfanitos, que se llevaba a cabo todos los años en diciembre, cuando les regalaban una jornada llena de diversión a los pequeños que no tenían padres. En otra ocasión se le metió en la cabeza que los grupos folclóricos no tenían que conformarse con tener trabajo solo en septiembre, para las Fiestas Patrias. De a poco fue armando que los cantantes le fueran a dar una despedida “a la chilena” a los buses de turismo que partían hacia Bolivia, Perú o Ecuador. Estos vehículos salían repletos los martes y viernes desde la calle Teatinos, que se llenaba de grupos cantando cuecas y tonadas para decirle adiós a los turistas que emprendían su viaje. Paralelamente, seguía trabajando en teleseries, donde compartió con sus grandes amigos, el escritor Arturo Moya Grau y Anita González, la Desideria. También hizo papeles

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Uno de los bautizos en la Confitería Torres.

en cine, en los filmes “Cómo viven los chilenos”, “Cachimba” y “El Brindis”. Una costumbre curiosa que tenía era bautizar libros y discos con vino navegado en la antigua Confitería Torres. Este conjuro etílico lo hacía para asegurar el éxito de las nuevas obras que se estaban lanzando. Su grito de guerra en esta ceremonia era “Atención la vara”, con el que llamaba a la gente que estaba en el mesón. En los últimos años Aliro deslumbró a grandes y chicos con su personificación del intendente Benjamín Vicuña Mackenna, que realizó para el día del Patrimonio. También estaba dedicado al Departamento de Cultura de la municipalidad de Maipú, donde llegó a dirigir la oficina del adulto mayor, cuando la muerte lo alcanzó en diciembre del año 2011. Nunca más se escuchará su grito de guerra “Atención la vara”.

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La esforzada Aída Entre los feriantes más antiguos nos encontramos con la señora Aída Espinoza, que se casó en 1952 con don Fidel Araya, a quien conoció en una feria de la población San Gregorio. Tuvieron siete hijos, Froilán, Erasmo, Fidel, Ángela, Óscar, Aída y Héctor. Llegaron a vivir a la calle O’Higgins a la casa de Pepe Abarca. Ahí falleció muy joven don Fidel debido a una enfermedad de los riñones y la señora Aída quedó al mando de su familia. Enseñó a sus hijos a trabajar, los llevo por el buen camino y al que se ponía muy lerdo lo enderezaba con unos correazos. El método no le salió tan malo, porque la mayoría de sus niños tienen sus puestos en la feria y las niñas son dueñas de un taller de confecciones y un local de ropa. Salía en su carretón a las 5 de la mañana con los niños mayores a buscar la mercadería a La Vega. Recuerdo ver a los niños, deben haber tenido unos 5 años, con unos sombreros alones que les ponía para el sol. Parecían unos hombres chicos con un carretón cargado de verduras que le sacaban a la mamá para ir a vender a los vecinos. Aunque hoy la señora Aída ya no trabaja en la feria, sigue visitando los Don Fidel y la señora Aída junto a sus 3 primeros hijos.

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Familia Araya Espinoza.

locales y conversa con todos los comerciantes, pues dice que esa es su vida. Agrega que no piensa en irse de esta tierra, porque su corazón todavía esta muy joven y tiene muchas ganas de vivir. Ella recuerda con cariño a mi madre, porque dice que la ayudo mucho con los niños cuando quedo viuda. También menciona a Pepe Abarca, quien la recibió en Maipú. A él lo detuvieron por el asesinato de su pareja, Valeska Kifer, y desde la cárcel donde estaba la mandaba llamar para darle cositas para ella y los niños, pues él decía que quería mucho a su cuñada.

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Trabajadores del matadero en La Higuera.

El matadero municipal Más o menos por el año 1948 don Guillermo Riveros, primer matarife de Maipú, cumplía su faena en cualquier parte, por lo que la municipalidad le cedió un terreno al lado del garage de los tractores, le dijo que cerrara con alambre de púa y así nació el matadero municipal. Con los años el negocio creció y llegaron los industriales de la carne, como Ricardo Moya, su hermano Tato, dueño de la carnicería Santa Inés, Gastón Gatica y Humberto Franchini. Entre los trabajadores más antiguos se cuentan al “Piscina”, “el Chirico”, “el Pucho”, “el chico Lorca”, “El conejo” y “el Viejo de las guatas”. Eran 36 matarifes y el primer administrador fue Renato Chinchón, el médico que revisaba toda la carne antes de que se fuera a las carnicerías. A veces los animales se arrancaban ante la visión de sus últimos minutos de vida. Llegaban hasta la plaza y dejaban la escoba, por

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lo que había que salir a lacearlos en plena calle. Recuerdo una vez que trajeron unas vacas de Melipilla y Cuchito, el encargado de la puerta, no alcanzó a poner el cerrojo. Los vacunos llegaron hasta el centro de Maipú, donde una mujer embarazada se asustó tanto que empezó ahí mismo con los dolores de parto. Por suerte pasaba en una camioneta Roberto Urra, “el Pucho”, que iba con su lazo y desde el mismo vehículo tiró la cuerda y atrapó a los animales. Se dice que a la mujer embarazada la llevaron a la Posta y ahí nació la guagua. A los animales los mataron en el mismo lugar. El trabajo en el matadero era por turnos y los que llegaban temprano pasaban a tomarse su aperitivo donde Sotelo, un negocito en Chacabuco con Monumento que abría todos los días como a las cinco de la mañana. Esos eran los que venían del otro lado de la plaza, porque los de la población Campos de Batalla o El Infiernillo, se iban derecho donde Onofre Pichuante a tomar su desayuno escolar, que consistía en un sándwich de pernil con mucho ají y unos jarros de chicha con harina para tener fuerza en la faena.

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Trabajadores del matadero.

Esta gente ganaba mucho dinero, por lo que vestían muy bien y tomaban demasiado. Tenían amigos en el Club Hípico y conocían a los luchadores y futbolistas de moda. Bellos días los del matadero de Maipú, que por esas cosas de los políticos el año 1977 se cerró, con la promesa de hacer uno nuevo que no llegó jamás Ricardo Moya y su esposa Inés Feliú, unos de los principales industriales de la carne.

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La primera guagua de Francia es maipucina Pamela Morales conoció en Maipú al francés Marcel Mangin. Fue amor a primera vista. Se casaron por la iglesia en esta comuna y luego por el civil en Francia, donde se radicaron. Hasta ahí una linda historia de amor intercontinental, pero como los maipucinos somos campeones para sobresalir, la pareja todavía deparaba más sorpresas. La bendecida fue su hija Cloé, una saludable guagua que al nacer se hizo famosa en la ciudad de Perpignan, Francia. Resulta que la pequeña llegó al mundo a las 4:07 de la mañana del 1 de enero de 2010, convirtiéndose en el primer bebé en nacer en esa localidad en el nuevo año. El hecho fue consignado en el diario L’Independant del sábado 2 de enero de 2010. En el texto se lee que Cloé nació en la clínica Saint Pierre, pesó 2 kilos 940 gramos y midió 49 centímetros. La orgullosa madre, que es hija del maipucino Luis Morales, del club Centenario, nos contó también la historia en una carta. Felicidades a “le premier bébé”, como la bautizó la prensa francesa.

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Nicanor Eran cinco hermanos los que vivían con sus papás en el 287 del Cerro Barón, en Valparaíso. Como eran seguidos en edad, Nicanor y Renato, que estudiaban en la escuela Pedro de Valdivia, de los jesuitas, tuvieron que hacer juntos la primera comunión. Llegó el gran día y tenían todo listo, hasta a su perro regalón. Claro, porque los hermanitos quisieron que su mascota asistiera a esta ceremonia tan importante para ellos y lo llevaron a la iglesia, lo que molestó bastante a los curitas. Es más, los devolvieron a la casa con su perro, lo que los hermanos Plaza consideraron una injusticia. Fue su mamá, la señora Ana María Nielsen, quien tuvo que consolarlos y explicarles que la consagración no era un muy buen lugar para llevar de paseo a la mascota. Ese era Nicanor, siempre dispuesto a que le pasaran las cosas más

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increíbles. Como su entrada al mundo de la música, que eligió en vez de terminar sus estudios en el liceo comercial de Valparaíso. Había aprendido a tocar contrabajo y formó la Academia Nacional de Artistas, que se presentaba en distintos locales del puerto. O su pasión por ser bombero. Llegaba a todos los incendios sin ser voluntario, por lo que un buen día lo invitaron a unirse formalmente a la Novena Compañía. Desde entonces combinaba los llamados de emergencia con sus tocatas en los locales porteños, que incluían lugares como el “Pato Loco”, “Yapa”, “American Bar” y el famoso “Cinzano”, donde lo recuerdan con cariño. Cuentan la historia de un piano de ese bar que lo iban a botar por viejo, pero Nicanor se lo llevó al cuartel de Bomberos. Estuvo ahí por varios años hasta que también decidieron deshacerse del instrumento, que Nicanor tomó de nuevo y lo llevó de vuelta al “Cinzano”. Llegó el momento en que el amor lo picoteó y se casó con Julita, la hermana de su gran amigo, Raúl Retamales, que era de una familia que tenía góndolas en el puerto. Su padre, don Francisco Retamales, sufría de una enfermedad al pecho y le contaron que cerca de Santiago había un pueblito que tenía un aire muy bueno, ideal para tratar ese tipo de afecciones. Así que don Panchito agarró a toda su familia, con el flamante yerno incluido, y se vinieron a Maipú. Era el año 1956 y muy pronto Nicanor se hizo conocido en estas tierras por su facilidad para hacer amigos. Yo lo conocí porque estábamos en conversaciones para formar una nueva compañía de bomberos, aunque en realidad ese era solamente el pretexto para pasarla bien. Pronto Nicanor se hizo muy querido en Maipú, especialmente por una cualidad muy suya, que era ayudar a resolver los problemas de todas las personas, aun de quienes no conocía. Siempre decía bromeando que parecía visitadora social. Era también el chamorro de las góndolas de su suegro. Las hacía todas, de chofer, de cobrador, de mecánico y hasta llevaba las relaciones públicas de la empresa. No había nadie en Maipú que no lo conociera o a quien Nicanor no le hubiera hecho un favor.

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Nicanor junto a su familia.

Tenía una memoria privilegiada, sabía de todo y le gustaba mucho la música. Partió en radio Maipú con el programa Carrusel de los Recuerdos, donde era asesor musical. También podía estar horas hablando de su querido Valparaíso, barcos, trenes o de un sinfín de temas. Cuando escribí mi primer libro Nicanor se transformó en mi brazo derecho. Me acompañó a todas las entrevistas, más de cien, y le encantaba hacer preguntas y conversar con la gente. Hasta que se nos fue, tenía una habilidad única para inventar cosas y él solo daba las órdenes. Nicanor, te recordamos mucho. Espero que estés con los amigos que ya partieron y los tengas a todos reunidos. Chao viejo perro, nos vemos en el cielo.

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Sergio Cancino y los visitantes.

La visita Hace algunos meses atrás estábamos reunidos en el taller del “Chico” Carlos Sallenave cuatro antiguos amigos del Club Ciclista Maipú. Mientras conversábamos, por esas cosas del destino encontramos una fotografía donde aparecía nuestro querido compañero Sergio Cancino. Alguien dijo que estaba muy enfermo y se había ido a vivir al balneario de El Quisco. Entre los recuerdos que surgían, decidimos sacar la imagen de Sergio, la ampliamos, la enmarcamos y quedamos en que se la llevaríamos de regalo.

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Así fue que el jueves 24 de abril salimos a las ocho de la mañana rumbo al litoral central, con el único dato de que el buscado vivía en la Villa de Los Setenta, que pertenecía a los antiguos empleados de la industria General Insa. Con esa pista llegamos preguntando y al rato encontramos la casa. Grande fue la sorpresa de su esposa, la señora Aída y su hijo Miguel, cuando nos vieron llegar. Ahí estábamos Rubén Peñaloza, Carlos Sallenave, Noé Órdenes y yo, Guido Valenzuela. Nos hicieron pasar. Sergio todavía dormía, así que nos pusimos alrededor de su cama y lo despertamos. Al vernos dijo que creía que

Sergio Cancino, el primer vendedor de diarios en la puerta de la Capilla de La Victoria.

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era un sueño y, ya más repuesto de la impresión, nos comentaba que había sido el despertar más bonito de su vida. Nosotros lo recordábamos desde su infancia en el fundo de José Luis Infante, donde trabajaba su padre, don Juan Domingo Cancino y su mamá, la señora Rosa Canales. Desde muy pequeño, unos ocho o nueve años, Sergio vendía el periódico en la puerta de la Parroquia de la Victoria. Se quedó con el bichito de los negocios y ya más adulto recorría en bicicleta todas las canchas de la comuna, vendiendo las ricas empanadas que cocinaba su esposa. De todo eso nos acordamos en la conversación matutina con nuestro amigo. Ahí estaba con nosotros su hijo Miguel, que se dedica por entero a atender a su padre. Le hace todo lo que necesita, es algo impresionante el cariño entre ellos. En la casa de El Quisco pasamos unas horas que no olvidaremos nunca. Nos reímos, cantamos y también lloramos de emoción al ver a nuestro querido amigo reponerse gracias a nuestra visita. Miguelito lo levantó y nos acompañó en el comedor, a servirnos unas empanadas de mariscos que preparó, como en los viejos tiempos, la señora Aída. Al momento de despedirnos Sergio salió con bastón a la calle y nos pidió, entre sollozos, que no lo olvidáramos y lo visitáramos más seguido. Con unas lágrimas que nos corrían por las mejillas emprendimos el viaje de regreso, comentando cómo una cosa tan simple como una visita ayudaba tanto y hacía tan feliz a un amigo enfermo.

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Unas monedas para el templo En 1948 el Templo Votivo de Maipú era un proyecto colosal que estaba en pañales. Había que reunir dinero para levantarlo y todo servía para la obra de fe. Incluso colocar una alcancía en pleno Camino a Melipilla. El 7 de abril de ese año, en la reunión de la directiva del Voto O’Higgins, se acordó pedir la autorización para tal propósito. Sería una especie de peaje voluntario que se instalaría en la entrada del pueblo. Para darle mayor solemnidad, el tarro con el terrenal dinero estaría acompañado de una imagen de la Virgen del Carmen. Así, podrían darle un sentido más amplio al acto de meterse la mano al bolsillo y desembolsar unas monedas. Todo por cumplir la promesa del Templo. Don José Luis Infante autorizó la idea y le agregó algo de su cosecha: que la imagen religiosa estuviera protegida por una casita. Él mismo cooperó cediendo los fierros y unas tejas para el techo. La empresa que estaba comenzando los trabajos en la obra gruesa del Templo puso a sus trabajadores a disposición del municipio para construir la mini capilla y la señora Irene Echenique Domínguez regaló la figura de la Virgen. El recipiente para recoger el dinero donado fue mandado a hacer a la empresa Bash, que fabricaba cajas fuertes. La loable construcción fue rápidamente inaugurada. El 12 de septiembre de 1948 las autoridades civiles y eclesiásticas fueron las primeras en pasar por la ruta y dejar sus monedas. A medida que pasaba el tiempo, se hizo una costumbre que los viajeros se detuvieran a observar la imagen, pedirles que los cuidara en su viaje y, algunos, desprenderse de algún dinero en pro de ideales más elevados. El Templo se terminó de construir y la capillita sigue ahí, aunque hoy está totalmente remozada y en el otro extremo del camino, por culpa de las nuevas autopistas y el Transantiago.

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Capillita de la Virgen, remozada en el cruce de Camino Melipilla con Pajaritos.

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El gran capitán del Mundial del 62 30 de mayo de 1962, Estadio Nacional. A las tres de la tarde Chile entra a jugar el partido inaugural de su Mundial y en la cancha está Sergio Navarro, jugador de la Universidad de Chile, 26 años, lateral izquierdo y, para más señas, el capitán de esa selección extraordinaria que logró el tercer lugar. “Fuimos 22 jugadores tocados por una varita mágica”, recuerda 50 años después de ese episodio que marcó su vida, mientras conversa animadamente en su casa de Maipú. Llegó a la comuna en 1973, después de vender el departamento en la –en ese entonces- recién inaugurada Villa Olímpica, un regalo que hizo el Congreso a cada uno de los jugadores que participó en la mayor gesta del fútbol chileno. También fue capitán de su querida Universidad de Chile, en plena época del Ballet Azul, teniendo además el mérito de nunca haber

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sido expulsado de una cancha. El gran capitán nació en el conocido barrio Yungay y todas sus jugarretas de infancia las hizo en la Plaza del Roto Chileno, donde era compañero de varios conocidos, como “Cua Cua” Hormazabal, el “Negro” Eyzaguirre, Manuel Astorga y el gran boxeador “Pelo Duro” Lobos. Como el fútbol en esa época no era muy bien remunerado, los jugadores generalmente tenían un trabajo paralelo. Sergio era jefe de servicios generales de la Caja de Accidentes y para ir de su casa al trabajo tenía una motoneta Vespa, una joyita de esos tiempos. Jugó profesionalmente durante 16 años, 11 de ellos en la Universidad de Chile, dos en Colo Colo y tres en Unión Española, club en el que se retiró de la actividad. Su salida de la cancha no significó que dejara el mundo del fútbol: posteriormente fue entrenador en Naval y Colo Colo. Nuestro amigo mantiene intactos sus dotes de líder y todavía lleva la batuta en el férreo círculo de los chicos del 62, como se denomina a los seleccionados de ese mundial. Así se pudo ver en los recientes festejos por el medio siglo que cumplió la hazaña y en el funeral del Director Técnico de ese equipo inolvidable, don Fernando Riera. En el grupo de los mundialistas Navarro es el presidente y Leonel Sánchez ordena las cosas como tesorero, juntando los pesos para ayudar a los amigos de 62 que han caído en desgracia. Después de 40 años en Maipú el legendario capitán dice que le gusta esta tierra. Su esposa agrega que no tienen ningún deseo de irse, porque aquí lo han pasado muy bien. Hace poco fue nombrado como vecino ilustre. Actualmente entrena a la escuela de fútbol de la empresa Copec y disfruta de sus nueve nietos. Ninguno de sus hijos siguió el camino de la pelotita, pero don Sergio no pierde la esperanza de que alguno de los más chicos de sus descendientes continúe por la senda que él trazó desde aquel mundial inolvidable.

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La Quebrada de la Plata Dicen que en la Quebrada de la Plata existía, ironías de la vida, una mina de oro. Puedo dar fe de que, por lo menos, en el lugar se podía ver la entrada de algunos túneles, aunque su destino nunca nos atrevimos a dilucidar. La leyenda cuenta que este lugar recibe el nombre de Quebrada de la Plata porque tras la batalla del 5 de abril, los españoles escaparon por esa ruta y, para alivianar su carga, decidieron enterrar ahí el dinero y joyas que transportaban en su desesperada carrera. Fuera o no real esta historia, nunca nos interesó mucho para nuestros paseos infantiles al lugar donde, según nosotros, íbamos a cazar. Era un grupo de unos diez niños al cuidado de don Lucho María, quien llevaba una escopeta, por lo que había que hacer fila para poder dispararla. A veces ni siquiera alcanzábamos, porque se acababan los tiros justo antes de que llegara nuestro turno.

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Nos acompañaba Guido Estay, un verdadero Giro Sintornillos y balazo para hacer arreglos e inventar mecanismos. Una vez se armó su propia escopeta, usando una antigua cañería que encontró en su casa. La estrenó en estos paseos a la quebrada, totalmente cachetón con su juguete. Llegó el momento de probarla. Puso la carga pero, después se sabría, parece que exageró con la pólvora. La cosa es que al primer disparo la preciada escopeta artesanal se desarmó y el cañón quedó como una flor que abría su capullo. Pese a chascarros como ese, cada vez se sumaba más gente a los paseos. Nuestras mamás nos mandaban con las cosas más inverosímiles. Llegó a tanto la preocupación que una vez estábamos ahí, acarreando pijamas y una bacinica. “Es para que los pasen bien”, nos decían. En otra ocasión degustamos un chuncho o lechuza acompañado con tallarines, pues era todo lo que habíamos cazado. También recuerdo una ocasión en que veíamos burros blancos de puro frío, y nadie tenía comida excepto Elías, a quien la mamá le había dado unas ricas sopaipillas con ajo. Él no nos quería convidar, así que no quedó más que dormirnos. Al día siguiente despertamos y Elías estaba furioso porque habían desaparecido todas las sopaipillas. El misterio no tardó el resolverse. Supimos de inmediato quien había sido el goloso, porque estaba con un hipo que no podía controlar. Así siempre traíamos anécdotas nuevas de la famosa Quebrada de la Plata, que hasta hoy es visitada por muchos maipucinos acompañados de sus hijos.

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Familia Porras Zúñiga.

Una mesa para 14

Al hablar de familias numerosas se vienen a la mente los 14 hermanos que conformaban el clan Porras Zúñiga. Llegaron a Maipú en el año 1940, precisamente porque la casa que tenían en Santiago no dio abasto para tan amplia parentela achoclonada. Don Nicolás Porras Brito y la señora María Zúñiga pensaron que su prole estaría mejor en los cinco mil metros cuadrados del terreno ubicado en avenida Pajaritos. Imagínese el almuerzo. Había que tener una gran mesa y cada comensal se enumeraba para cerciorarse que no faltaba nadie. Similar tarea la realizaba cada mañana don Lalo, el chofer de la góndola que los llevaba al colegio. Tocaba la bocina y uno a uno los hermanitos subían al vehículo, en fila. Los pasajeros tenían que esperar este ritual, pero nadie reclamaba. Eran otros tiempos. Con el tiempo cada uno de los hijos hizo su vida. En el extenso grupo había profesionales de la Fuerza Aérea, profesores, religiosas y visitadoras sociales, todos de muy buen corazón para ayudar a los maipucinos y carta puesta en las fiestas del carnaval o los bailes del club Coca Cola, al que pertenecían.

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En la familia se destacó Leopoldo Porras Zuñiga, General de Brigada aérea en el periodo de 1982- 1984, director ejecutivo del Centro de Estudios Aeronauticos y del Espacio y colaboró en parte del libro de la defensa nacional. Tambien sobresalió Hilda Porras, quien hizo sus primeros estudios en el colegio de monjas de la Estación, donde cruzaba la calle y hacía rabiar a la mamá de don Hilda Porras. José Luis Infante, que no permitía que nadie pasara por su vereda. Un día la acusaron a su papá, don Nicolás, que la reprendió, y desde ese momento nunca más tuvo buenas relaciones con los Infante. Un buen día Hilda se fue de paseo a Estados Unidos y por esos lares encontró a su media naranja. El 26 de julio de 1952, en Nueva York, contrajo matrimonio con Klemenez Stroker. Volvió a Maipú convertida en flamante esposa y aquí se instaló con una industria metalmecánica, pues su marido era ingeniero. Fue elegida concejal y solucionó los problemas de los maipucinos, especialmente de las mujeres, por lo que se ganó el respeto de los vecinos. Todavía se le ve por las calles de la comuna, rememorando los años pasados donde Maipú era tan familiar. Cuenta que ella y sus hermanos pasaron aquí los mejores momentos de su vida y, como agradecimiento, los maipucinos le pusieron su nombre a una calle de la comuna.

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Familia Duflocq del Campo.

Alfonso Duflocq A trabajar en el Ministerio de Agricultura llegó a Maipú Alfonso de Jesús Duflocq Galdames en el año 1942. Venía de San Felipe y en estas tierras se quedó en una parcela que le prestaron en Esquina Blanca, junto con un compañero de labores. Casado con la señora Blanca Rosa del Carmen del Campo Benítez, tuvieron dos hijos: Julio Alfonso y Blanquita. Don Alfonso formaba parte del Departamento de Economía Rural y fue designado como administrador de la Quinta Normal, por lo que cada mañana tenía que viajar en la góndola que llegaba hasta el Instituto Zambrano, en la Alameda. Desde ahí caminaba por Matucana hasta llegar al parque. De vuelta a Maipú, el transporte tenía bencina solo para llegar hasta la Plaza, por lo que el resto del trayecto tenía que dedicarse a estirar las piernas hasta llegar a su casa. Cansados de este trámite diario, consiguieron que el ministerio donara 20 litros de bencina al mes y dos forros al año para que

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la góndola entrara por Esquina Blanca y nuestros amigos pudieran llegar a su destino. Con el tiempo la familia se compró un terreno en la calle Libertad y don Alfonso se cambió de trabajo. Además, la señora Blanca también entró al mundo laboral como parte del departamento de sanidad y asistencia médica de los Ferrocarriles del Estado. En su familia no faltaban los parientes famosos. Ella era sobrina del Presidente Carlos Ibañez del Campo y el hermano de Alfonso, Adrian Duflocq, es el autor del famoso Silabario Hispanoamericano, con el que aprendieron a leer varias generaciones de chilenos. A todo esto, don Alfonso se hacía de su primera bicicleta importada y la hizo su mejor compañera. Con ella salía a recorrer las calles de Maipú cuando no estaba pescando o cazando, sus otras pasiones. No por nada a los 15 años salió campeón nacional de tiro reducido al blanco. También era muy bueno para dibujar, por lo que se presento a un concurso donde tenía que hacer unos arreglos al mapa de Chile para que lo imprimiera el Instituto Geográfico Militar. Don Alfonso, ya con más de 80 años y pese a que lo cuidaban mucho sus hijos y nietos, el 20 de junio de 2011 partió a reunirse con su querida esposa. Su familia y amigos maipucinos lo recuerdan con mucho cariño.

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A la derecha la señora Edulia Ortíz.

El restaurante El Rosal La familia de Edulia Ortíz Catalán era de restaurantes. Su hermano tenía El Gardel, en el camino a Melipilla, al lado de la fábrica de ollas Fantuzzi, y él fue quien compró el terreno y se lo cedió para que ella iniciara su propio negocio. Así nació El Rosal. Estaba en el actual paradero 15 de Pajaritos y su vista anunciaba que estábamos llegando al barrio El Infiernillo, con sus casitas de caña de hinojo con barro y sus peculiares nombres para los vecinos: El viejito Cruz, que era abuelo del popular futbolista Humberto “Chita” Cruz, el guata de vino, la moño de cohete, el mono frito, el chuscarito, el tórtola, el guatón Jerez o el Güaguín. Como le digo, el barrio no era malo, a pesar del nombre que tenía, y El Rosal encajaba perfectamente en ese mundo. El local era muy grande y tenía canchas de rayuela cerca de la cocina, que comandaba la señora Edulia y su maestra, la señora María.

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Los días de Cuasimodo se repletaba, al igual que las jornadas de rodeo, pues se reunían ahí los huasos de los fundos cercanos a tomarse su vaso de chicha o del grandioso chacolí que traían del sur. Aprovechaban de pedir además las empanadas, de esas que les corría el juguito por los codos. En la entrada eran visibles unos postes cruzados donde amarraban los caballos, que esperaban apaciblemente a sus jinetes, a veces hasta alta horas de la madrugada. En la entrada habían unas rosas rojas, que dieron origen al nombre del restaurante. Nos contaba Graciela, más conocida como Chelita, la hija de la dueña, que por las noches cerraban el local con tres trancas en las gigantescas puertas de pino Oregón. Pasando los años la hija fue creciendo y ya la sacaban reina del club Florida Loma Blanca o el Centenario, que eran los que quedaban cerca. También empezaron los pololeos y la mamá tenía que corretear los pretendientes, que eran varios pues la niña era muy buen partido como única sucesora del restaurante. Pero como en las películas, a la Chelita no le gustó ninguno de los vecinos y terminó eligiendo a uno que pertenecía al barrio alto de la calle O´Higgins, el famoso José “Potro” Vergara, que después fue chofer de las micros. Después de muchos años falleció Juanito Ortíz, el hermano de la señora Edulia y, por no poder atender los dos negocios, ella tuvo que terminar con El Rosal para trasladarse al local de Camino a Melipilla, donde estuvo hasta sus últimos días. Pese a que todo se termino, la Chelita recuerda con mucho cariño su barrio de origen.

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La señora Chelita junto a su esposo.


Al centro Julio Amigo, primer director del establecimiento junto a la primera promoción del liceo.

El liceo Maipú

Fue el alcalde José Luis Infante quien tuvo la idea de crear este centro educativo en abril de 1962, en otro de sus aciertos visionarios para darle lo mejor a nuestros niños. Al principio estuvo a cargo de los curas de Don Orione, en los tiempos en que estaba ubicado en la vieja casa patronal del fundo San Adela, de propiedad de Serafín Zamora. El primer rector fue Julio Amigo Fuentes, seguido de Jorge Rojas Díaz. Algunos profesores maipucinos eran Juan Fuentes Villa, Carlos Jara y los hermanos Salas. En 1987 tomó el nombre de Gonzalo Pérez Llona. Todavía se conserva el hermoso parque con flores y árboles donde llegan gran variedad de distinta especies de pájaros a cantar sus melodías.

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Nos encontramos con Pedro Gajardo y nos contó una anécdota de cuando el era alumno. Dice que había un taller de teatro con el profesor Ignacio Ossa y ensayaban una obra llamada “Réquiem para un mamífero feliz”. Agrega que “no teníamos nada, solo las ganas de actuar”. Les llegó la posibilidad de presentarse en un festival de teatro en un colegio de Providencia, bastante más empiringotado que el liceo Maipú. Pero como los escolares de esta tierra tenían corazón, se presentaron junto a los establecimientos más emblemáticos de Santiago. “Nos miraban por sobre el hombro y decían y estos quienes son, un liceo municipalizado”, recuerda Pedro. Cuenta que los grandes colegios llevaban sus propios equipos de iluminación, mientras que los maipucinos andaban con “unos silbines de focos de autos Carlos Jara junto a Julio Amigo. con una luz quemada, que nos habíamos conseguido con el papá de un compañero que tenia un auto antiguo, pero así y todo nos quedamos con el primer puesto y nos trajimos todos los premios”, asegura Pedro. Estos fueron los alumnos del cuarto medio del año 1970, que hasta la actualidad se reúnen recordando al querido colegio, que acaba de cumplir 50 años de enseñanza para la vida.

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Radioteatro “Adiós al Séptimo de línea”

Enrique Román, locutor de radioteatros “El Gran Radioteatro de la Historia” era el programa más escuchado en la radio Corporación de los civilizados años 50 y su versión de “Adiós al Séptimo de Línea” todavía es recordada como una de las más potentes emisiones de onda larga que se tenga memoria. Pues bien, en esa transmisión le tocó participar a Enrique Román, Un profesional de la radiotelefonía chilena, estudió locución e intervino en los primeros radio teatros de esos tiempos en que todo se hacía en vivo, con público en el estudio, mientras los actores y locutores daban vida al drama. Enrique llego a estas tierras a la edad de 10 años y vivió en la calle Maipú casi con San Martín, donde se decía que aparecía el espectro del cura sin cabeza. Después se cambió a la calle Monumento al llegar a Libertad. Trabajó en las radios Pacífico, Minería, Chilena. Comenzó en la radio Cooperativa de Valparaíso junto al historiador y escritor Jorge Inostroza, el autor de “Adiós al Séptimo de Línea”.

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Actriz y cantante Blanca Leve junto a Enrique Román grabando un radioteatro.

Trabajó con Osvaldo Larrondo, Elena Moreno, Anita González, Ricardo Moller, Enrique Balladares, Mario Montilles, Mirella Latorre, Emilio Gaete y muchos otros destacados artistas. También colaboró con Darío Verdugo y Sergio Silva en las trasmisiones de los partidos de fútbol. Su misión era darles a los relatores el nombre del jugador que había metido el gol, porque Verdugo casi no veía el partido, solamente improvisaba las jugadas y a veces no se percataba quien había marcado. Uno de los recuerdos más patentes que tiene Enrique es cuando tenía que venir a su casa pie en las noches, cuando ya había terminado el recorrido de las góndolas. En el camino se juntaban los maipucinos noctámbulos y partían a caminar cantando y contando chistes, así se les hacía más corto el camino. Se casó con Linda Grau, una conocida actriz de radioteatro. Los vemos todavía de la mano por el centro de Maipú y recordamos esos lindo tiempos del radioteatro.

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Don Arturo Tortello junto a las señoras del Centro de Madres del fundo.

Fundo El Porvenir Arturo y Alfredo Tortello Benvenuto, hermanos italianos que llegaron a Valparaíso, fueron los primeros dueños del fundo El Porvenir. Era Arturo el que viajaba desde el puerto todos los lunes y pasaba la semana en su terreno maipucino. Llegaba tipo 10 de la mañana, con su automóvil Mercury color verde agua y empezaba a tocar la bocina apenas se aparecía por la calle O’Higgins. Cuando pasaba por mi casa hacía sonar el claxon dos veces, para que mi padre escuchara y fuera a hablar con él. Con ese ruido toda la cuadra sabía que había llegado don Arturo. El fundo era bastante grande y se dedicaba a las hortalizas y a la lechería. Por sus alrededores pastaban cerca de 200 vacas holandesas que diariamente daban 40 litros de leche. El administrador era Manuel Vargas, a quien le decían Chincolito, porque era de cuerpo menudo pero con una habilidad sorprendente para realizar sus labores. Era casado con la señora Juanita y tenían tres hijos. Vivian en una casa del fundo que estaba al lado del establo.

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Manuel Vargas “el chincolito”, el administrador del fundo.

La rutina era que a las 4 de la tarde Samuel Hernández traía a los animales del potrero y en el establo cada vaca tenía una ubicación con su nombre escrito. Sorprendentemente, todas entraban en su lugar, sin equivocarse. Era como si supieran leer. Una vez ordeñadas las vacas, las mujeres de los inquilinos las contaban. La Elba le sacaba la leche y después de medir los litros y anotarlos en un libro, el Beto llenaba en unos estanques grandes en los que el líquido blanco caía por un serpentín. Después era pasada a unos tarros de aluminio para que se enviara a la planta lechera. Del Porvenir salía la crema y la deliciosa mantequilla, que era la mejor de Santiago y se distribuía en los negocios mas elegantes del centro de la capital, como el café Paula, el Waldorf, el Hotel Carrera y muchos más. En este fundo vivieron muchas familias como los Castillo, los Hernández, los Rojas, los Cruz. El veterinario era el doctor Renato Chinchón, que atendía a casi todos los fundos de la comuna y fue

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uno de los primeros en realizar inseminación artificial a las vacas de la comuna. En la oficina trabajaba como jefe Pompeyo Martínez y mi padre era el contador. Llevó a varios ayudantes, como Mario Condon y Osvaldo Opazo. Don Arturo Tortello era una persona de muy buen corazón y siempre daba oportunidades a jóvenes del mismo fundo. A Francisco Hernández, hijo de un inquilino muy antiguo, lo ayudó a entrar al liceo comercial de Avenida España, donde sacó su título de contador. Otros de los más nombrados fueron los Castillo, familia numerosa de la que salió el mentado Terremoto, que fue un personaje en

Un cunpleaños en el fundo.

Maipú. O Celestino Rojas, que se desempeñaba como tractorero pero le hacía a todo, era el maestro chasquilla por lo que don Arturo le decía “el cabeza cuadrada”. Entre conversaciones nos acordamos también de otros personajes, como el pata chula, el ojo de buey, la chincola, el boca de señorita, el pincel, el curicano, el cacharro, el puntito y muchos mas. Pero como todo en esta vida tiene que cambiar, llego el progreso

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Irma Hernández, trabajadora del fundo.

y el fundo se convirtió en una población. Al estar escribiendo estas líneas recuerdo cuando los niños del fundo nos bañábamos en el taco y de vuelta pasábamos al establo, donde el Beto nos convidaba leche muy helada, después de pasar por el serpentín. Llegaba a doler la frente de tan fría que estaba.

El matrimonio de Francisco Hernández, junto a sus padres.

O el pan candeal, unas tortillas que le daban a todos los trabajadores por la mañana y por la tarde. Nosotros lo untábamos en la leche y era una delicia. Con esto termino de contar la historia del fundo El Porvenir y su dueño don Arturo, que verdaderamente era muy bueno y sí tenia su corazón de mantequilla.

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Lo que era Santa Ana de Chena (Según los recuerdos de Ulises Gamboa y Jaime Cabello, antiguos parceleros) El sector llamado Chena, que comenzaba más o menos desde la ubicaciónde la empresa Goodyear hacia la costa, tomando Camino a Melipilla, pertenecía a la familia Carrasco. Con el paso del tiempo fue heredado en partes iguales a tres hijos del dueño, dos niñas y un varón, que bautizaron sus respectivas divisiones como Santa Rosa, Santa Ana y San Juan de Chena. Posteriormente llegó la parcelación. En la primera se ubicó la antena de la radio Cooperativa Vitalicia y una escuelita rural. En otra se ocultó el poeta Pablo Neruda en la época en que sufrió la persecución del gobierno de Gabriel González Videla, por las críticas que hacía el bate en su calidad de senador comunista. Cerca de ahí, en otras de las parcelas, solía pasar su tiempo el Presidente José Manuel Balmaceda, tristemente célebre por su suicidio tras la guerra civil de 1891.

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Bailando en El Nogal.

Por ahí también tenían un terreno el futbolista Raúl Toro y el actor Sergio Buschmann, quien participó en la internación de armas que realizaba el Frente Patriótico Manuel Rodríguez en Carrizal Bajo, en 1986. Curiosamente, su hermana estaba casada con el gringo Carlet, a quien el mismo Pinochet mandaba a comprar buses a Alemania. Un poco más allá estaba Armando Concha Bascuñán y el cantante Roberto Carvajal, más conocido como Bob Brian y que logró un hit con su tema “Mentirosa”. También vivía en el lugar un luchador de tomo y lomo, de esos que con sus golpes y piruetas hacían delirar a los asistentes al teatro Caupolicán. Me refiero a Jaime Cabello, el Indio Comanche, que comenzó a subirse al ring para matar el tiempo libre de juventud y al final tuvo una respetetable carrera entre los titanes del ring. En la parcela 7, que había pertenecido a los Serey, se levantó la Posta de Emergencia Rural, que atendía la señora Angélica Celada. En total eran 110 parcelas, que eran atendidas por un solo panadero,

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Audón Díaz, que todos los días viajaba desde la panadería al lado del molino, en pleno centro de Maipú, con su mercancía siempre caliente. Hacía el recorrido en un antiguo automóvil, una burrita marca Ford. El otro vehículo que pasaba regularmente era un góndola Chevolet con carrocería de madera roja, que partía desde la calle Borja, en Santiago, y llegaba hasta el restaurante de Samuel Moya. La mayoria de los parceleros se dedicaba a las hortalizas y a los frutales. El terreno de Julio Vega, por ejemplo, estaba plantado con guindas y cerezas. Todos usaban el carretón con ruedas de acero para llevar su mercaderia a la feria de Lo Valledor. A la hora de las celebraciones existían dos picadas: “Donde Correita”, ideal para irse a tomar algo, y “El Nogal”, propiedad de los Tello, donde se juntaban para bailar parceleros e invitados de fin de semana, que iban a degustar Jaime Cabello, el “Indio Comanche” de los atractivos pasteles de choclo y la lucha libre. las respetables humitas.

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Los Riesco Pérez Desde que era una niña Adriana Pérez Llona daba muestras de su preocupación por el prójimo. Nacia en 1932 en una familia de 10 hermanos, le gustaba enseñarle a leer a los niños del fundo. En 1953 se casó con Rafael Riesco Bernales, ex alumno de la Escuela Militar a quien le gustaba recordar que en sus tiempos en ese centro de estudios le correspondió ser guardia de honor en la capilla ardiente del Presidente Juan Antonio Ríos. Posteriormente hizo una brillante carrera en el Banco Central. El matrimonio vivió tranquilo con sus hijos hasta que salió elegido como alcalde de Maipú Gonzalo Pérez Llona, hermano de Adriana. Desde ese momento ella se dedicó por completo a su labor en la Fundación Nacional de Ayuda a la Comunidad, donde trabajó incansablemente por los niños más postergados. En 1992 se presentó como voluntaria al Centro Esperanza Nuestra, para ayudar a personas discapacitadas, y en compañía de varias señoras amigas realizan una obra anónima y muy fecunda. Don Rafael participó en sus últimos años de vida en el Codeco, Consejo de Desarrollo Comunal, donde se dedicó a ayudar en el buen pasar de la comunidad. Esta es la historioa de dos maipucinos que dedicaron sus vidas para ayudar de diferente manera a los vecinos de este pueblo.

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El niño Jesús de más de 100 años.

La noche más linda del año La Navidad en mi casa comenzaba más o menos en septiembre. Mi madre empezaba a juntar los ingredientes para el Pan de Pascua gigante que hacía. La ayudaba mi padre, que todos los meses, cuando iba a comprar la mercadería al local de la Cooperativa de Empleados Particulares, en calle Teatinos, traía algunos elementos para la afanosa receta. Si en esos tiempos hubiera existido el Libro de Récord Guinnes mi madre habría estado en él con su famoso Pan de Pascua. Era tan grande que nos duraba todo un mes, a pesar de que a todos los que llegaban se les servía un pedazo generoso. Para hacer el arbolito salíamos a buscar un pino con la tía Inés para los potreros del fundo El Porvenir. Lo traíamos al hombro y lo arreglábamos con adornos que confeccionábamos nosotros mismos. Forrábamos cajas con papeles de colores y mi madre compraba pliegos de papel que después pegaba en la máquina de coser. De ahí salía una extensa guirnalda.

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El niño Jesús no se ponía en el pesebre hasta la medianoche del 24. El nuestro había pertenecido a la abuela de mi madre y tenía más de cien años. Después de la cena esperábamos la llegada del Viejito Pascuero. Mis padres nos sacaban a la calle para que viéramos cuando se aproximara por el camino oscuro que venía de La Rinconada. Podíamos ver la luz de su farolito que se acercaba y su silueta rechoncha, pero no llegaba nunca porque antes tenía que pasar por muchas partes. Cuando nos daba sueño nos decían que dejáramos los zapatitos en la ventana. Al otro día, al levantarnos, los encontrábamos llenos de dulces y el preciado regalo. Era un día de alegría y salíamos a mostrarles el obsequio a nuestros amigos. Ya grandes supimos que la que se vestía de Viejo Pascuero era nada menos que la tía La tia Inés. Inés. Lo descubrimos cuando en su casa encontramos el lindo farolito que distinguíamos a lo lejos en la noche más linda del año.

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Escuela de Niñas General San Martín Fue en 1910, en medio de las celebraciones del Centenario de la independencia, que en Maipú se construyeron los que serían los pilares educativos de la comuna. Frente a la antigua parroquia de la Victoria se levantaron la Escuela 85, General Bernardo O´Higgins, para varones, y la Escuela de Niñas 169, General José de San Martín. Por sus aulas, que formaron a generaciones de maipucinas, pasaron recordadas profesoras como Irma Carrasco, Carmen Soto, Alicia Inostroza, Nelly Leiva, Zulema Ruiz y María Moreno. Ellas tenían la dura tarea de educar a las futuras señoritas de la comuna, que eran las que le daban vida al establecimiento. Como aquella vez en que, según recuerdan algunas ex alumnas, en que para una gran celebración hicieron una obra sobre el rodeo. El momento cúlmine era un huaso –caracterizado por una estudiante-

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que laceaba con elegancia a una ternera, que eran otras dos niñas tapadas con una verdadera piel de animal. Ensayaron sus papeles durante semanas, especialmente la chica que interpretaba al huaso. El rol incluía una media vuelta con la cuerda, para mostrar destreza y darle caché al asunto. Llegó el día del acto y todo iba muy bien hasta que apareció corriendo la vaca y le llegó el turno a la del lazo. Giró la cuerda con pericia, se dio la vuelta y la lanzó con seguridad. Pero el nudo voló y fue a caer justo sobre el señor Monsalve, profesor de la escuela de hombres que ese momento lo único que hacía era pasar por el patio. La escena del docente laceado provocó la risa de todos los espectadores. La niña del lazo, avergonzada, corrió a desatar al profesor, pero la gente más se reía y aplaudía, porque pensaban que eso formaba parte del acto. Otra remembranza que hacen las niñas es la entrega de premios para los festejos del Cinco de Abril, que se realizaba en la plaza del Monumento. Además de los estímulos a los mejores alumnos se realizaba una competencia de canto. Aunque la escuela de niñas llevaba a sus mejores representantes el primer lugar les era esquivo. Se hizo una costumbre que todos los años el premio mayor en canto se lo llevaba José Luis Hernández, de la Escuela Parroquial, relegando al segundo puesto a las afinadas señoritas, entre ellas María Delfina Vargas. A los alumnos de la escuela de hombres les hacían clases

A la derecha, María Delfina Vargas.

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Ex alumnas del 4ºaño 1954.

Paseo de ex alumnas.

de agricultura, que en el establecimiento de niñas se cambiaba por economía doméstica. La cosa se complicaba cuando llegaba el momento de mostrar lo aprendido en forma práctica. Los niños llevaban sus frutas y verduras cosechadas, que las estudiantes debían preparar. Opinión unánime entre las alumnas de esos tiempos es que de esa mezcla salían algunos platos imposibles de comer.

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Escuela de la Señorita Cassandra.

Educación personalizada

Juan Ramón Cuello y su hermana.

La señorita Cassandra Edwards llegó como profesora de la Escuela de Niñas General San Martín. Alcanzó el puesto de directora y después instaló un colegio particular en su casa, que estaba ubicada en Hermanos Carrera con Chacabuco. Entre sus alumnos se contaba Vicente Arévalo, Gioconda Jara y su hermana menor, su servidor Guido Valenzuela, Jaime Mallea, Carlos Ferrada, Juan Ramón Cuello, Pelayo Silva, Raúl Sendra y muchos más. Como se ve, desfilaron gran cantidad de maipucinos por este querido colegio, que era muy especial para su época, pues era una casa con una pequeña quinta y unos lindos jardines. En los corredores nos formaban cundo sonaba una campana que estaba colgada en uno de los pasillos. Al entrar todos ordenados a la sala nos esperaba la señorita Cassandra, sentada alrededor de una inmensa mesa redonda y con todos sus alumnos por los lados, como una gran gallina con sus polluelos. Ella realizaba la clase a todos por igual, pero las tareas eran distintas. Fue ahí donde pasamos nuestros inolvidables primeros días de clase.

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Equipo de fútbol de la Pizarreño.

La Pizarreño Aquí les contaré la historia de una de las industrias más grandes que se instalaron en Maipú. Me refiero a la Pizarreño, que por el año 1937 empezó en un pequeño galpón de la calle Correa por Vivaceta. Fue ahí donde, a la edad de 20 años recién salido del regimiento, llegó a trabajar nuestro querido amigo Clodomiro Bustamante, quien nos contó esta historia. La fábrica se hizo chica y se trasladaron a la calle Club Hípico, donde entraron los Zamorano, los Quiñónez y los Gálvez. Gracias a la gestión del alcalde José Luis Infante se trasladaron a Maipú en 1951. La industria ayudó mucho para el despegue de la comuna. Tenía sus empleados muy bien en materia de sueldo y de vivienda, pues se hicieron varias poblaciones para ellos. La primera se levantó casi al lado de la industria, con unas lindas casitas, un estadio y una

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escuela. También tenían unas viviendas en la costa, para veranear. La industria contaba con tres casinos: el de gerencia, que atendía la Milita, el de los empleados, que atendía Pochita González, y el de los obreros, que atendía el popular Ñato Meléndez. Les quiero contar que uno de los antiguo trabajadores era Víctor Gálvez, a mquien le decían “el pajarito”, casado con la señora Isaura Ibarra Rojas, con la que tuvo tres hijos. Era el primer chofer de la ambulancia de la empresa, lo que le servia de pretexto para salir a cualquier parte y, según la señora, portarse mal. Pero él era muy bueno, atendía a los amigos a cualquier hora y le tocaba llevar al hospital a las mujeres embarazadas. “Esas no pueden esperar”, decía, para el no había días de fiesta.

Su señora también era una persona muy buena vecina y en la población muy querida, pues ella siempre estaba dispuesta para lo que las vecinas le pidieran, como cuidar a los niños o personas enfermas de la población. Se cuenta una anécdota que siempre causa mucha risa. Una noche de Año Nuevo se enferma de mucha gravedad la señora Julieta Trigo, esposa de don Osvaldo Bernal, por lo que “el pajarito” en la ambulancia tuvo que partir volando al Hospital San Borja. Ahí tuvo

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Clodomiro Bustamante y a la derecha, la señora Isaura Ibarra.

que esperarla toda la noche, por lo que llego prácticamente al otro día a su casa. Su esposa Isaura comentaba con las vecinas que la señora Julieta había pasado la noche con su “pajarito”. Les cuento que uno de los presidentes de Pizarreño fue Jorge Alessandri Rodríguez, quien para su campaña presidencial uso un slogan que decía “A usted lo necesito” y apuntaba con el dedo índice. Fue el mismo slogan que usaron una vez los obreros de la Pizarreño en huelga y que justo cuando Alessandri –ya elegido Presidente de Chile- iba pasando por el Camino a Melipilla rumbo a la viña Undurraga, los trabajadores se pusieron en la calle y pararon su auto, diciéndole “a usted lo necesito”, por lo que tuvo que aprobar el pliego de peticiones y así terminar la huelga. Pero don Jorge era muy querido por sus trabajadores. Tengo en mis manos un documento en que él le pide a su gerente y a todos sus directores, que le mantengan para toda la vida un sueldo extra a todos aquellos que fueron los primeros trabajadores de la empresa, los que empezaron en la calle Correa. Tengo entendido que quedan solamente dos de ellos, don Clodomiro Bustamante y el “loco” Orlando.

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Carta de Jorge Alessandri a los trabajadores de PizarreĂąo.

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Rafael León Rafael León, sindicalista y gran comunicador, estudió en la Escuela 85 y desde muy niño tenía la habilidad de reunir a la gente para cualquier ocasión. Fue así como empezó en la Parroquia, con el catecismo y la acción católica, además de acompañar todas las misas en el coro. En esos años conoció a su futura esposa, Guillermina Ramírez, que en esos tiempos era una linda lolita. En el coro empezaron haciéndose ojitos para llegar al altar. Esa vez el canto fue para ellos y todos sus compañeros del coro y el padre Alfonso Alvarado bendijo al joven matrimonio. Rafael tuvo varios trabajos, llegando a destacarse como uno de los primeros dirigentes de la conocida Caja de Compensación Los Andes. También formó la cooperativa que compró el sitio del fundo El Porvenir y en ese terreno construyó casas. Pero Rafael con una visión muy especial, dejó un sitio para una escuela y él, personalmente, como presidente firmó el acta donde donaba un sitio para que se pusiera un colegio donde pudieran estudiar los niños de esta población. Esta fue la conocida escuela Campos de Batalla, hoy llamada Ignacio Zenteno, ubicada en la calle Victoria. Además de sus labores diarios, tenía un hobby muy especial: leer unas mini historia de bolsillo que publicaba la imprenta Bisonte. Las que más le gustaban eran las de pistoleros, era capaz de leer cinco o seis en un día y a medida que las iba terminando las juntaba y después las cambiaba por otras. En cualquier rato libre y donde estuviera sacaba su librito y se ponía a leer. Trabajó en la Maestranza Maipú y en la piscina. Era un fumador empedernido, por lo que falleció muy joven. Era el que comandaba las campañas de José Luis Infante y Gonzalo Pérez Llona y luchaba por la defensa de los trabajadores. Sus hijos, nietos y bisnietos lo recuerdan con mucho cariño y también los maipucinos antiguos que quedamos, pues era muy buen amigo.

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Rafael León firmando la donacioón del sitio para el colegio Ignacio Zenteno.

El niño Rafael León junto al Padre Alfonso Alvarado.

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Rafael León y su esposa.


Los Red King Junior, a la derecha Carlos Jara con la guitarra.

Carlos Jara, músico y profesor Proviene de una familia de origen humilde, su padre Carlos Alberto Jara Miranda y su madre Rosa Elba Garrido Silva, pero él se crió con su abuela, Adriana Miranda, conocida por ser una experta en ver la suerte y santiguar. Todos los martes y viernes su casa se llenaba de personas que requerían sus servicios. Su padre fue uno de los recordados concesionarios del casino de la Primera Compañía de Bomberos donde se hacían unos bailes sensacionales y era tradicional ir a pasar el Año Nuevo a la bomba. Son ocho hermanos y Carlos es el mayor. Sus primeros estudios los realizó en la Escuela Pública Nº 85 General O'Higgins, siendo su profesor jefe por seis años don Juan Monsalve Sánchez, de gran labor como docente y regidor, lo que marcó profundamente a Carlos Jara, quien siguió su ejemplo. La enseñanza media la realizó en el Liceo Maipú, con una visión clara de la sociedad, del mundo de las letras, las artes, las ciencias y

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las humanidades como algo esencial en su vida. Terminó sus estudios e ingresó a la carrera de Pedagogía en Educación Musical, en el Conservatorio Nacional. Una vez titulado volvió a hacer clases en su querido liceo. Paralelamente sigue el camino artístico musical. Su primer conjunto lo formó en la Villa Cuatro Alamos y despues integró Los Zoom, grupo que inauguró la primera discoteca que tuvo Maipú, que se llamó Tinieblas. Los mismos integrantes del conjunto acompañaron al humorista Coco Legrand en su gira por todo el país y llegaron al Festival de Viña del Mar en 1977, actuando bajo el nombre de Ipanema Blue Star, ya que el sello no les permitía usar su nombre original de Los Zoom en dichas presentaciones. También se dedicó a la com- Carlos Jara en su graduación junto a su abuelita. posición musical, actualmente tiene registradas 14 obras de su propiedad y tiene su propia banda dedicada solo a café concert de nombre Dèjá Vú. Fue dirigente gremial por 15 años en el Colegio de Profesores de Maipú, de los cuales 12 fue presidente del organismo. En este tiempo impulsó la casa del maestro y una biblioteca pedagógica con más de mil libros de distintas especialidades. El 6 de diciembre de 2008 se convirtió en concejal en su querida comuna, con la tercera mayoría más alta entre 50 candidatos, siguiendo los pasos de su recordado profesor don Juan Monsalves.

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Los Zoom.

Hoy se encuentra realizando clases en en Liceo Maipú y en el liceo Carolina Llona de Cuevas, ex Escuela Parroquial. Además, como concejal es presidente de la comisión de educación y cultura municipal. Es de esperar que siga por muchos periodos más.

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La camioneta del señor cura Corría 1952 cuando don Alfonso, el cura párroco, veía como Maipú se agrandaba cada día y le costaba acceder a todos sus feligreses, porque las distancias era mucho mas grandes y la población aumentaba rápidamente. La pobre Centella, la fiel yegua de la parroquia, corría por todos lados con su cabriolé a cuesta, pero el día se les hacia corto, por lo que un grupo de vecinos que se reunieron para sacar cuentas, con la idea de que seria muy bueno ayudar al sacerdote en sus menesteres. Dicho y hecho, la principal conclusión de esta junta fue que había que reunir dinero para donarle un vehículo motorizado al párroco. Se iniciaron las conversaciones y se propuso formar comisiones: don Nicolás Porras, gerente de ventas de la Ford Motor Chile fue el encargado de cotizar. Hizo su tarea en forma eficaz y pronto puso en la mesa los valores. Traer una camioneta del año desde Estados Unidos costaba 171 mil pesos. Ya teniendo el precio había que juntar el dinero, por lo que se

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Lista de vecinos que ayudaron en la compra de la camioneta.

programó el día 31 de julio una colecta que quedo a cargo de las señoras Herminia de Pinochet, Inés García de Velasco y de las señoritas Audelina Poblete e Inés Riesco. Se pidió la cooperación de la Cruz Roja, las damas de la acción católica y las señoras de las conferencias de San Vicente, para que salieran a recorrer el pueblo buscando la cooperación de los vecinos. El primer día no fue muy bueno, por lo que se tuvo que seguir por varios días más. Todo el pueblo estaba preocupado por la dificultad para obtener la abultada cifra. Con ansiedad esperaban la jornada final, en la que se escuchó la campana de la iglesia, señal inequívoca de que esta mini Teletón de la época había llegado a la meta. Abrazos y parabienes. El primer paso estaba cumplido. Ahora restaba entregar el flamante regalo. Se propuso que lo mejor sería traerlo para el 3 de agosto, día de San Alfonso. Las au-

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toridades imprimieron una hermosa invitación donde puede leerse que José Luis Infante, Inés Riesco, Nicolás Porras, Luis Vera, Raúl Tellez, Raúl Salinas, Clemente Guzmán, Herminia de Pinochet e Inés García hacían partícipes a los maipucinos de la misa de 12 de ese histórico día. En los discursos de la festiva jornada se dejó claro que este regalo de toda la comunidad hacia su referente católico era en agradecimiento de su abnegada pasión por entregar la religión por todos los lugares del pueblo, y por haber cumplido 10 años de cura párroco. Terminaron los aplausos y la querida yegua Centella pasó a los cuarteles de invierno, quedando como un recuerdo los malos ratos que hizo pasar al sacristán Jacinto Jara y al propio párroco, pues era muy juguetona.

Un luthier en casa Pantaleón Cea conoció la madera cuando era ayudante en una mueblería de Osorno. Aprendió de forma autodidacta, tocando, moldeando y modificando la noble materia prima con sus manos. El cambio se produjo cuando le regalaron una guitarra. De puro curioso la desarmó para reconocer sus piezas y copiarlas. De este modo hizo su propio instrumento, aunque reconoce que le quedó mala porque la armó al revés y le fallaron algunos detalles. Con tesón siguió insistiendo con los instrumentos. Todos los días escuchaba el programa La Fiesta Chilena, de Hugo Lagos y se enamoró del sonido del harpa. Cuando la tuvo lista se dio cuenta que era bastante difícil de afinar, así que se concentró en el aspecto musical. Compró un teclado y estudio las escalas. De ahí había un paso para armar su propio conjunto, que tocaba en la mayoría de los rodeos. Casi todos los instrumentos que usaban los fabricaba Pantaleón.

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Con su esposa tuvieron ocho hijos y se radicaron en Maipú, donde todavía vive este maestro luthier Su fuerte ahora son las mandolinas y banjos, que salen de sus manos para la iglesia evangélica a la que asiste. Además de sus hijas, su gran compañía es el taller. Se apura en aclarar que lo lindo de esta labor es que toca todos los instrumentos que fabrica, puesto que los entrega afinados. Mientras conversábamos no paraba de sacar hermosos sonidos del harpa como música de fondo, especialmente la música folfórica colombiana y paraguaya, que lo apasiona. Lo más complicado, agrega, es la precisión que tiene que lograr en las maderas que utiliza –jacarandá o caoba africana- porque cualquier falla en las medidas atenta contra el sonido final. Dice que está muy agradecido con Dios porque ya tiene 76 años y le queda mucho ánimo para seguir haciendo lo que más quiere.

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Todo empezó con unas agujas Ángel Escalona y su esposa Edelmira vinieron de Coelemu a instalarse en Maipú. Era 1958 y para subsistir en estas nuevas tierras decidieron salir a los campos a vender sus mercaderías. Iban a pie, con unas inmensas maletas de mimbre repletas de productos. Como el negocio prosperaba, se compraron a crédito dos lindas bicicletas con inmensas parrillas y los fines de semana las cargaban con hilo, agujas, elásticos, pinches y horquillas. Don Ángel amarraba una pieza de género y la regla de madera de un metro, para medir los cortes, y enfilaban hacia La Rinconada, donde los vecinos hacían fila para comprarles todo el stock. El emprendimiento mejoró con la adquisición de un automóvil Ford del año 41, lo que les dio un nuevo aire a su labor. Con mucho esfuerzo lograron comprar el terreno de Cinco de Abril pasado Manuel Rodríguez, donde construyeron su casa y el bazar La Maravilla. Después se expandió el rubro y pasaron a un criadero de plantas en Camino a Melipilla, al lado de los carabineros, que era muy visitado por los maipucinos. Finalmente, se instalaron en Cinco de Abril con Pajaritos, en unos hermosos locales en la Casa Escalona. Don Ángel vivió hasta sus últimos días en la calle Ordoñez, una de sus propiedades, cerrando la historia de una persona que hizo fortuna en Maipú gracias a su esforzado trabajo.

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Los Maipucitos En la antigua Escuela 270 Vicente Reyes Palazuelo, donde las primeras salas eran viejos buses en desuso y era profesor Carlos Reyes Hernández, al ver que muchos niños no tenían en qué gastar sus energías se le ocurrió organizar un conjunto folclórico de canto y de baile con niños de 5 a 15 años. Como siempre en estos casos no faltan los que creen que la idea -porque no se les ocurrió a ellos- es muy mala y descabellada, pero a pesar de todo la llevó a cabo y fue así como un día 20 de junio de 1987 se dio comienzo al grupo los Maipucitos. Se inscribieron para participar en el festival de San Bernardo, pero no los dejaron, porque el evento solo admitía grupos de adultos. Sin embargo, en el jurado del festival había un maipucino, Elías Beltrán, con quien hablaron y le pidieron poder presentarse como invitados, lo que él consiguió convenciendo al resto del jurado.

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Fue así como subieron al escenario en San Bernardo y ahí los vio el representante de un grupo folclórico que venía de Francia, a quien le llamó la atención el show de los niños. Al día siguiente hubo una procesión de los folcloristas del festival al Templo de Maipú. Fue ahí donde el representante de Francia les propuso llevarlos a su país. Esa invitación fue la que les abrió las puertas del mundo y se convirtieron en verdaderos embajadores musicales de Chile y de Maipú. Aparte de recorrer Chile entero han estado en casi toda Europa y parte de Sudamérica. Por sus filas ya han pasado mas de 300 integrantes, pues llegando a la edad de 15 años tienen que abandonar el grupo. En el año 2001 pasó por el grupo la querida cantante maipucina Maria José Quintanilla, que hoy brilla con luces propias y esta muy bien catalogada en México. El conjunto hoy cuenta con la dirección del querido profesor Carlos Reyes Hernández y diferentes profesores en distintas áreas, como canto, baile, música, actuación y una variedad de talleres todos en beneficio de unas brillantes actuaciones. Los niños recuerdan con mucho cariño sus viajes y actuaciones en Francia, donde ya han ido varias veces, así como su paso por Venecia, el Vaticano y muchas otros destinos. Un sabor especial les dejó su desfile el Día de la Hispanidad en la Quinta Avenida de Nueva York. Nos cuenta don Carlos que no es fácil viajar con tantos niños, ya que es mucha la responsabilidad, pero también en los viajes lo acompañan algunos padres, para ayudar. Todo por dejar muy bien puesto el nombre de Chile, con estos queridos niños que todos son de familias maipucinas.

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El grupo no recibe ayuda de ninguna institución y a los niños se les dan los trajes y los instrumentos. Todo se costea con las actuaciones y solamente los padres tienen que pagar los pasajes cuando no son invitados. Agradecemos a don Carlos y su familia a quienes recordaremos toda la vida por todo lo que han hecho por estos maipucinos. Al momento de ser editado este libro los Maipucitos están cumpliendo 25 años de vida.

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Luis Itier Dupré Periodista y escritor, Luis Itier Dupré llego a Maipú por el año 1960 después de ser director del diario de Rancagua y escribir en los periódicos El Imparcial y El Mercurio. En nuestra comuna fue Luis Itier y su esposa. un activo miembro del Club de Leones y distinguido filatélico, dueño de colecciones de estampillas valiosas y difíciles de conseguir. Otro de sus hobbies eran los cactus, que tenía en un invernadero que daba a la calle en su casa de calle O’Higgins, por lo que eran el atractivo para los transeúntes. Después que falleció su esposa él se caso con Fresia Illanes Collado, la Teresita, una querida enfermera universitaria que se dedicaba atender a las familias más cercanas. Ella atendió a la mujer de don Luis hasta que se fue de este mundo. Fue así como el escritor quedó muy solito pero no demoró en casarse con la Teresita, que en ese momento también estaba viuda y tenía dos hijos. Esto sucedió en 1978 pero la felicidad solamente duro hasta el año 1988, cuando el Señor llamo a don Luis a su lado. Nos contó la Teresita que él murió en sus brazos y lo extraña mucho. Sus ojos todavía se llenan de lagrimas al hablar de él . Don Luis tenía guardado todos sus recortes y se hizo una especie de libro con sus aventuras, el mismo que el diario La Tercera compró para ponerlo a disposición de sus trabajadores.

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Un médico de campo Uno de los doctores más recordados es don Evadio González Tillería, quien nació en San Clemente en 1906 pero viajó para radicarse en Maipú cuando Contancio, su padre, carpintero de oficio, decidió que harían todos los esfuerzos para que el joven estudiara Medicina y desde aquí le quedaba más cerca la universidad. En el intertanto de sus estudios se casó con Adriana Iturra, a quien unos parientes le recomendaron comprar un sitio en la calle Ordoñez, así que don Constancio levantó una bonita casa de adobe de dos pisos. Ya recibido el profesional trabajó la mayor parte de su vida en el Hospital San Juan de Dios, al mismo tiempo que atendía a cualquier hora los vecinos en su consulta de Ordoñez. Le tocaba ver pacientes a domicilio, especialmente a los fundos, de donde lo venían a buscar a caballo. Después se compró un viejo automóvil que lo acompañó por mucho tiempo por esos caminos polvorientos y que en invierno se llenaban de barro.

Familia González Iturra.

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La casa del Dr. Gonzáles en la calle Ordoñez.

Para no ir solo en estas travesías médicas convidaba a su vecino y sobrino, Hernán Guzmán Iturra, quien lo acompañaba en las visitas y después se venían con el auto cargado de papas, gallinas, verduras, huevos y fruta, porque la gente humilde no tenía dinero y le pagaba con lo que tuvieran a mano. En esos viajes don Evadio le enseñó a su sobrino a manejar por el empedrado camino de La Rinconada, donde los numerosos canales de agua que corrían al lado de la ruta ponían a prueba la pericia de cualquier conductor. Por el año 1960 el doctor construyo una hermosa casa de ladrillos y cemento, que fue la que los albergo cundo la vieja casa se deterioro para el terremoto. Ahí permaneció hasta su fallecimiento. Agradecemos a Hernán Guzmán, que facilitó unos apuntes y a su hijo Pedro, que envió desde Estados Unidos las fotos e información.

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El tesorero Muy joven llegó de Ovalle en el año 1951 a trabajar en la Tesorería General de la República como ayudante. Luego, como dice la canción, el amor lo picoteó y por 1955 Juan Campos se apareció por la Capilla de la Victoria buscando al párroco para contraer matrimonio con la maipucina Cecilia Palominos, con quien tuvo cinco hijos: María Eugenia, Carlos, Angélica, Cristina y Ricardo. Juanito fue uno de los fundadores de la Primera Compañía de Bomberos y después entró a trabajar los fines de semana en el Hipódromo Chile, donde jubiló con 25 años de servicio. Con el tiempo pasó a ser tesorero de la comuna. Entre sus colaboradores en esta tarea se recuerda a Pedro Silva, Hernán Arriola y Heriberto Merino. Fueron unos empleados muy eficientes y los vecinos los recuerdan hasta el día de hoy. Actualmente Juan sigue viviendo en la misma casa de la calle Maipú, cerca del Monumento, recordando los días en que colaboraba con Clotario Blest y Tucapel Jiménez, dirigentes de los trabajadores. También menciona que los empleados de la Tesorería eran muy bien mirados y recibían unos sueldos bastante buenos para la época, pues tenían incentivos por lo que se recaudaba y esta comuna era una plaza apetecida, ya que gracias al cordón industrial de Cerrillos muchas veces doblaba su sueldo original. Paseando por las calles de Maipú todavía muchos vecinos lo saludan y conversan de los tiempos. Como aquella ocasión en que, recuerda Juanito, el municipio organizó un viaje para festejar la llegada de las primeras micros. Fueron en los vehículos a La Serena y delante del tesorero quedó sentado Onofre Pichuante, que subió con un cartucho de papel en el que llevaba nísperos. Lo raro era que, según un impávido Juan, Onofre se los servía pero no botaba el cuesco por ninguna parte.

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Después supo que Onofre, cuando nadie lo veía, sacaba la semilla y lo depositaba en el mismo cartucho, haciendo creer a todos que se comía los nísperos con cuesco y todo. Anécdotas de esos tiempos.

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Mi Primera Comunión Mi madre, que era muy católica, desde chiquitito nos enseñaba los rezos y todo lo que se identificara con la religión, así que por allá por 1950 se decidió que el hijo menor, o sea yo, tenía que hacer la Primera Comunión. Los trámites partieron con la visita a la señora Sarita, en la calle Centenario, que era la modista de mi madre y gran amiga de la familia. Ella era la esposa de un carabinero que se llamaba Francisco, aunque la señora le decía mi chulito. Tenían dos hijos, Betty y Panchito, y la casa poseía un sitio enorme, con árboles frutales. La vivienda estaba pegada a la vereda y les bastaba con abrir una ventana y nos vendían cualquier fruta de la estación a los creyentes que pasábamos al Mes de María en la escuela Alberto Pérez. Recuerdo que las ciruelas, por ejemplo, las ofrecían a chaucha en un tarro y nosotros las guardábamos en los bolsillos, para ir comiendo por el camino. Bueno, pero volviendo a lo religioso, la idea era que la señora Sarita me tomara las medidas para confeccionar mi traje de Primera Comunión. Después mis padres mandaron a hacer los santitos con mi nombre, que repartirían entre los invitados. El día señalado nos levantábamos muy temprano para ir a la misa y de vuelta en la casa venía el desayuno con amigos y parientes. Chocolate caliente y unan gran torta que no duraba mucho entre tanto invitado. Después nos lavaban un poco la cara y llegaba el turno de la foto que quedaría de recuerdo, con el traje y una cinta que llevaba en el brazo con mi nombre y la fecha del acontecimiento. Hasta ahí todo el orden, ahora había que juntar fuerzas para el siguiente sacramento, la confirmación, que se realizaba exclusivamente una vez al año en la parroquia de la Victoria, ceremonia a la que asistía el cardenal José María Caro. Imagínese entonces la cantidad de personas que había ese día dentro del antiguo templo, si contamos a los niños, acompañados cada uno de sus padres y pa-

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Primera Comunión de Elena Reimer, junto a sus primos Guido, Erick y Wilber Valenzuela.

drinos de confirmación. A eso se sumaba que el evento se realizaba a las tres de la tarde, con el sol pegando fuerte. Mi padrino en esa ocasión fue un señor muy distinguido, amigo de mi padre, don Dionisio Pinto, quien no era católico pero accedió a cumplir ese papel por tratarse del hijo de su amigo. Me llevó de regalo el libro “Martín Rivas”, que todavía guardo entre mis recuerdos.

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Las ferias libres Los agricultores que se instalaron a vender sus productos en la esquina de Cinco de Abril con Pajaritos, por la orilla de la antigua bomba de bencina, se constituyeron en lo que podría llamarse la primera feria libre de la comuna. Esto ocurrió, más o menos, en 1960. Como cada día se sumaban más puestos este pequeño mercado se trasladó a la calle Manuel Rodríguez, entre Chacabuco y Cinco de Abril. Después se extendió hasta la calle La Colonia.

Budelia Figueroa, organizadora de la feria Guayaquil.

Con el tiempo surgió la feria de calle Guayaquil, organizada por Budelia Figueroa, quien nació en Maipú y tuvo 17 hijos, varios de los cuales todavía siguen trabajando en la feria, a quienes con el correr de los años se han ido agregando nietos y bisnietos de la señora Budelia. Fueron 25 los comerciantes que comenzaron con esta tradición, entre ellos los hermanos Figueroa y la familia Ruz, que antes de instalarse en Maipú iban a la feria de San Bernardo. Partían como a las ocho de la noche del día anterior para llegar a primera hora a San Bernardo, y tenían que pasar por el camino Lo Espejo, que era muy oscuro, pero gracias a sus fieles caballos llegaban a su destino sanos y salvos. Otras de las familias antiguas fueron los Silva Velásquez, cuya mamá fue una de las primeras que vendió las ensaladas en bolsas plásticas, una tradición que hoy mantiene su hijo Gabriel.

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La feria maipucina también tuvo su estrella. Fue en los tiempos de gloria de Sábados Gigantes, cuando llamaban al concurso de imitadores. En una ocasión buscabanal igualito al locutor Pepe Pizarro, más conocido como “Yeruba”, que en aquellos años era el coanimador de don Francisco. Óscar Rivera Cuevas, que así se llama nuestro amigo feriante, era muy parecido y se presentó lleno de personalidad, con tan buena fortuna que terminó ganando el famoso concurso.

Sonia María Velásques Collao.

Eugenia Díaz y Gabriel Silva siguen con la tradición de las ensaldas.

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Gilberto y Patricio Ruz.

Obviamente, hasta el día de hoy quedó con el apodo de “Yeruba”. Hay varias familias que le han dedicado su vida a la feria, sometiéndose a la ardua rutina de trabajar todos los días excepto los lunes, la única jornada de descanso para ellos.

El Chechito.

Y como no se puede trabajar con el estómago vacío, no podemos dejar de mencionar a la querida Marcelita Silva, la persona que alimenta a esos esforzados trabajadores que llegan a su local a reponer las fuerzas perdidas. Ella les sirve sus suculentos platos de cazuelas o porotos con rienda, y sus tremendos tazones de té con leche acompañado de los sándwich de pernil y arrollado o las ricas sopaipillas. Con ella trabaja Margarita, que es su brazo derecho y le ayuda en todos estos menesteres, soportando a todos los comen-

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sales que todos tienen gustos distintos y hay que tener muy buen carácter para atenderlos bien. La feria ha ido cambiando con los años. Empezaron los comerciantes trasladando su mercadería en carretones de mano, donde el que llevaba las varas del carretón tenía que ser muy forzudo para sujetar toda la carga. Después esa era misión de los carretones paso a ser realizada por los carretones con caballos y hoy solo se ven grandes y bonitas camionetas. Tampoco se produce las frutas o verduras, ahora se va a comprar la mercadería a La Vega, por lo que los precios son similares y falta solo que vendan las papas y las frutas con tarjeta, o sea, el dinero de plástico. Cómo nos cambia la vida.

Marcela Silva.

Rosa Budelia Jaque y Rafael Poblete.

Óscar Rivera el “Yeruba” de la feria.

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La señora Luisa, su hija Raquel y José Alamiro Castro.

La Higuera El suboficial mayor de Carabineros José Alamiro Castro era muy querido en el retén de Vista Hermosa, donde los vecinos lo felicitaban por ser una persona recta. Pero ya tenía que dejar la institución policial y pensaba en qué iba a hacer de su vida. La respuesta le llegó con un ofrecimiento de José Luis Infante, que le tenía gran estima al uniformado. Le compró un terreno en la calle Chacabuco y se lo cedió, con la condición de que se lo pagara como pudiera. Ahí nació la gran quinta de recreo La Higuera, a la que llegaban parroquianos tan diversos como el embajador de Venezuela, senadores, diputados y jinetes del Club Hípico. Esta era una picada muy especial, ya que tenía al fondo del sitio un gran gallinero. Al cliente que pedía un pollo asado se lo pasaba hasta ese lugar para que eligiera el ave que quería degustar. Bastaba indicarlo y el mozo le tomaba la patita con un gancho para llevarlo a la cocina. Era la última vez que lo veían como plumífero, porque al rato el pollo aparecía humeando en un rico plato, listo para servirse.

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Mucha gente que llegaba por primera vez se iba horrorizada de esta práctica, pero después volvían, porque se daban cuenta que era para hacerles ver lo fresco de lo que se estaba sirviendo. Otra de las especialidades de la señora Luchita, la esposa de don Alamiro, era el ajiaco para los madrugadores y los ricos porotos con plateada. Siempre acompañados de la chicha que el dueño del local traía de Melipilla y la guardaba en un subterráneo, debajo de la cocina. En ese sitio también mantenía el vino arrugado, la atracción mayor de la casa, que llevaba varios años guardado. De hecho, las botellas tenían unas etiquetas muy poco legibles donde se alcanzaba a entender algo así como Santa Rosa del Peral, Carta Vieja, Viña Las Peñas de Cauquenes y muchas más. Con un precio de peso veinte la botella, subía a dos pesos si estaba con telas de araña o muy destruida la etiqueta, de ahí su nombre de vino arrugado. Así trascurría la vida de esta familia, que tuvo tres hijas pero quedo solo una, la Raquelita, quien fue muchas veces reina de la fiesta de la primavera, a pesar que a don Alamiro no le gustaba mucho la idea. Pero todo se hacía escondido entre los mozos del negocio y los chóferes de la locomoción que llegaba casi todos los días cuando terminaban su turno.

Al centro José Alamiro Castro en el casino municipal.

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Entre los que atendían el negocio el brazo derecho de don Alamiro era Miguelito, el que mandaba cuando no estaba el patrón, y también Alberto Quiróz o el maestro Arroyo, que las hacía de mozo los fines de semana. La “picá del paco Castro”, como se la llamaba, fue conocida en casi todo el país y también en el extranjero. Mientras tanto, su dueño fue uno de los principales bomberos de la primera compañía y su nieto José fue el primer aspirante de mascota cuando tenía solamente cuatro años. Su abuelo lo llevaba vestido de voluntario a todas partes.

El carabinero José Alamiro Castro.

Don Alamiro tenía un corazón de abuelita, a pesar de que un hombre inmenso que imponía respeto por su sola presencia, y mucha gente lo recuerda por sus gestos de bondad. Pero como nada es eterno un día el Coronación de Raquel en el primer estadio municipal. Señor lo llamó a su lado, y hoy sus restos descansan en el Cementerio Parroquial de Maipú, junto con su querida Luchita y también Miguelito. La Higuera todavía existe, aunque con otras características, porque Raquelita, la hija, lo arrendó, aunque aún puede verse al fondo del patio el tremendo árbol que inspiró a don Alamiro a bautizar su local y que quedó para siempre en nuestros corazones.

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Cómo las puertas del Congreso llegaron al Cementerio Fue por 1910, más o menos en la época del Centenario de la Independencia, que don Jorge Pérez Canto regaló a la Parroquia de la Victoria el terreno para erigir el tan necesario cementerio de Maipú. Uno de sus primeros administradores fue el párroco Germán Gamboa, y el panteonero era Juan Bautista Vargas. Lo siguió en el oficio su hijo, Manuel, padre de la Mercedita, la alegre vendedora de flores que todavía tiene un puesto en el camposanto. Ella nos contaba que el cementerio tenía su entrada por el Camino a Rinconada, en la pronunciada subida que aún puede verse. El sen-

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dero de ingreso daba vuelta al cerro, por lo que resultaba una verdadera hazaña para los integrantes de los cortejos fúnebres llegar a la cima con el ataúd. La subida era a pie y transportaban la urna en una angarilla, que eran dos listones largos con tablas atravesadas. Cuatro voluntarios llevaban este artefacto sobre sus hombros, con el cajón encima, intercambiaban sus posiciones a medida que el viaje se volvía más empinado. Atrás de ellos caminaban los deudos con las flores y las coronas. Cuando falleció el sacerdote Agustín Ugarte le construyeron una hermosa sepultura que miraba hacia la entrada del camposanto. Con el tiempo su tumba se convirtió en punto de referencia, era la primera parada obligada para los cortejos que subían desde el Camino a Rinconada. En ese lugar era costumbre detenerse para tomar aire, aunque el cansancio lo maquillaban con rezos y discursos fúnebres. Conscientes de esta carga física que se agregaba a los funerales, las autoridades decidieron en 1970 abrir una entrada nueva por la calle Maipú. Por mucho tiempo este ingreso no tuvo puerta, por lo que

Funeral de un niño.

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Funeral de Manuel Vargas, administrador del fundo El Porvenir.

era posible ingresar a pasear entre las lápidas a cualquier hora. Una noche fui con amigos y vimos al cuidador que estaba durmiendo en una de las tumbas de cemento que se estaban construyendo. Por esos años el alcalde José Luis Infante compró en un remate unas puertas de fierro que pertenecían al antiguo Congreso Nacional. Las trajo a Maipú pero no tenía idea aún cómo iba a usarlas, por lo que quedaron botadas en una bodega municipal. Ahí las encontró el regidor Alberto Bravo Cruz quien propuso instalarlas en el viejo cementerio. Así fue como estas pesadas rejas llegaron del Congreso hasta el campo santo, donde todavía se ven muy elegantes gracias a este vecino que eligió la parte precisa para que las puertas se lucieran por muchos años.

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La vida en Tristán Valdés De un antiguo vecino, que fue alcalde en 1934, toma su nombre la céntrica calle Tristán Valdés. Este caballero vivía en una gran casa que tenía un enorme corredor con ventanales y cuando asistía al cine con su familia, si llegaba atrasado, se retrocedía la película. Cosas de la investidura edilicia. El tema es que por su labor por el bienestar de la comuna, se le dio su nombre a una de las calles que desembocan en Pajaritos. Uno de sus primeros vecinos fue Luis Araya, primer violín en la Orquesta Sinfónica de Chile, y su esposa, la Quechita, que tocaba el piano. Junto a ellos estaba en la Sinfónica Juan Baronti, un virtuoso del violonchelo. También estaba la familia Barón, muy deportistas, cuyo hijo Carlos fue un gran jugador de voleibol y, posteriormente, campeón de atletismo sudamericano en 200 metros planos. Otros hinchas de la actividad física eran los González, una familia de padres españoles cuyos hijos, Aurelio y José Luis, fueron dirigentes de Unión Española.

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José Saa junto a Tito Suarez.

Otro personaje era Osvaldo Muller quie fue uno de los primeros campeones del motociclismo en Chile. En una carrera se volco y perdio su pierna izquierda, aunque ese accidente no le impedía conducir su camioneta Ford del año 30. Más allá encontrámos a la familia Carrillo Porras, muy numerosa, con don Remigio y la señora Rebeca a la cabeza, y a los Suarez González, cuyo padre, don Tito, era del club de huasos Gil Letelier y más de una vez entregó el cacho de chicha a varios Presidentes en la Parada Militar. Era muy jovial y muy tallero, tenía una fábrica de azúcar negra que era muy requerida en esos tiempos. No podemos olvidar a la doctora Correa, al antiguo contador Gumercindo Neira ni a las Gentillini, unas italianitas muy guapas y simpaticas que volvian loquitos a los niños del barrio. Después de pasar por las casas del doctor Arroyave y los Bascuñán, llegamos a la casita número 216, que estaba al final de la calle, de la familia Cifuentes Asenjo, que llegaron de Chillán a vivir al barrio. Don Mario Cifuentes Sepúlveda y la señora Consuelo Asenjo Amor se casaron el 18 de septiembre de 1939 y tuvieron 5 hijos, Marta, Gloria, Luis, Pablo y Mario. La señora Consuelo era profesora primaria y ejercio por 45 años. Era muy querendona de su pueblo y

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Mario Cifuentes.

La abuela Quechita.

participaba en diferentes entidades, como el Rotary Club, la Cruz Roja y todo lo que fuera ayudar a la gente. Don Mario era de profesión vendedor de libros, aunque trabajó en la aseguradora Sudamericana y después pasó a la gerencia de la Editora del Pacífico. Fue por 24 años presidente se los distritos 7 y 8 de de la Falange Nacional y en el período de la presidencia de Eduardo Frei Montalva ocupó la subsecretaria de Agricultura . Después de un tiempo se abrió un pasaje, que se llamó Bailén, que era de tierra y no tenía alcantarillado. Ahí llegaron Carlitos Fore, José Galvez y los Golborne, cuyo patriarca, don Wilfredo, era dueño de la ferretería Real, por lo que podemos decir que entre los niños de esta calle también jugo el actual ministro de Obras Públicas. Precisamente los cabros chicos eran los que le daban color a la vida del barrio. Como cuando Carlitos Carrillo se creía Batman y se le ocurrió saltar del techo de su casa a un sauce. El problema fue que no alcanzó a llegar hasta la rama y se mandó el porrazo de su vida.

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Recordaba que en la asistencia le pusieron tanto yeso que parecía momia. Otra anécdota pertenece a los hermanos Guliante, que se metían a jugar a los túneles cuando estaban instalando el alcantarillado. Entraban en la calle Bailén y salían en Pajaritos, muertos de la risa. Los que no se reían muco eran Elías Beltrán y Lucho Cifuentes, nietos de los músicos de la Sinfónica, Cuando los abuelos salían de gira ellos se quedaban a cuidar la casa y aprovechaban de hacer unas fiestecitas con sus amigas, pero no faltaba la vecina que le iba con el chisme a los abuelos concertistas que después los castigaba.

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La librería Once Norte Erasmo Vargas Rodríguez se dedicaba a la sastrería en San Antonio. Posteriormente se cambió de rubro y abrió una librería en la calle principal del principal puerto comercial, frente a la parroquia. Pero su ojo de comerciante nunca estaba quieto. En un viaje a Maipú se dio cuenta que existía necesidad de una librería bien surtida. Como en ese preciso momento se arrendaban los locales al lado del cine, fue se dijo y se hizo y ya estaba la familia avecindada en estas tierras. Se instalaron en la calle Maipú con Hermanos Carrera, cuando todavía era de tierra, y se dieron a la tarea de inaugurar la flamante librería Once Norte, donde pasó sus mejores momentos su hijo Raúl, quien tenía 15 años en esa época. Su vida se dividía entre ayudar en la librería y estudiar en el liceo Amunátegui. Posteriormente siguió con contabilidad hasta que tomó a su cargo el negocio familiar. En 1963 se casó con María Eugenia Vásquez.

Erasmo Vargas y su familia.

Con el golpe militar en 1973 llegaron días malos para la Once Norte, que terminó cerrando. Raúl tuvo que dedicarse entonces a su profesión de contador, en la que siguió estudiando hasta llegar a ser bachiller en contabilidad general.

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Raúl Vargas casándose en el antiguo Registro Civil.

Aficionado al fútbol, fue dirigente en la asociación de Maipú, donde llegó a ser presidente por algunos periodos. También fue delegado de deportes y uno de los fundadores de la Cámara de Comercio de Maipú. Como pueden ver, una persona muy trabajadora y con un gran sentido de superación, pues en estos momentos se encuentra estudiando Derecho en la universidad. Qué les parece, de papá peruano y mamá española, resulto muy buena la unión de estos extranjeros avecindados en nuestra comuna.

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Celebrando el tijeral de la casa de Don Bernardino Alonso.

Los españoles que huyeron de Franco Fue el poeta Pablo Neruda, que en ese momento era cónsul chileno en España, quien ofició para que un grupo de refugiados políticos opositores al general Francisco Franco pudiera dejar su país. El mismo Neruda entrevistaba personalmente a las personas que iban a viajar a Chile en busca de un mejor destino. En el famoso Winnipeg, un barco que puso el gobierno francés, los españoles llegaron a Valparaíso en septiembre de 1939. Desde ahí se dispersaron por todo el país, incluyendo el suelo maipucino. Por estos lados conocimos a varias familias que llegaron tratando de olvidar su paso por los campos de concentración que surgieron en la Guerra Civil Española. Así vimos por primera vez a nuestros nuevos vecinos, los Gracia, los De la Motta, los Lliorca y los Alonso. Con estos últimos tuvimos una gran cercanía. Don Bernardino, la señora Eufemia y los niños –Olguita y Berna chico- llegaron arrendando unas piezas en mi casa. Con la ayuda de mi padre y don Carlos Griott, el arquitecto y vecino, la familia peninsular terminó comprando un terreno en la calle Bueras, donde construyeron una

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gran casa y un gallinero para criar aves que después vendían. También instalaron un negocio de abarrotes y se compraron una camioneta con la que acarreaban el alimento para las gallinas y la mercadería. Los niños estudiaban conmigo y mis hermanos, y por las noches don Bernardino se ponía a recordar con los mayores todas las penurias que pasó en los campos de concentración, historias que nosotros escuchábamos escondidos y no podíamos creer. Había sido un alto oficial del ejército español republicano que combatió a Franco, por lo que recibió grandes torturas cuando lo tomaron prisionero. Le faltaban varios dedos de una mano, que había perdido en combate. Don Bernardino y la señora Eufemia ya no están, pero su hija Olguita vive en Santiago y Bernardino chico es ingeniero en computación y ha estado en varios países. Otro de sus compatriotas era Antonio Lliorca, que instaló una fuente de soda en Pajaritos, frente al paradero terminal de las micros. Su especialidad era el desayuno con dos huevos fritos y dos salchichas que los choferes devoraban con mucho placer. También recuerdo a don Blas Díaz, dueño de una de las principales ferreterías de la Plaza, o a Eliseo Gracia, que tenía un inmenso negocio de abarrotes y después abrió el conocido supermercado Egas.

Don Bernardino junto a su esposa Eufemmia y sus dos hijos, Olguita y Bernardino.

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Orlando Salinas, Juan Bautista Alarcón y Hugo González.

Los Ángeles Negros maipucinos ¿Oiga, no que los Ángeles Negros son de San Carlos? Claro, fue en ese pueblo de la provincia de Ñuble que nació este conjunto musical que ha enamorado a tantas generaciones con sus voces. Pero algo que es poco conocido es su conexión con Maipú. Partiendo por Juan Bautista “Miky” Alarcón, que cantó en el afamado grupo entre los años 1977 y 1982, recorriendo con ellos México y Estados Unidos, entre otros países. Grabó varios discos y recibió en 1978 un disco de oro por el tema “Pasión y Vida”. Otro maipucino que acompañó a la agrupación fue Hugo González, guitarrista y compositor de larga trayectoria. Hacía reemplazos en los Ángeles Negros y lo llamaban para las grabaciones. Una curiosidad es que en 1995 entró a dirigir el orfeón de Carabineros. Y hemos dejado para el final al más importante coterráneo en la existencia del conjunto. Hablamos de un joven llamado Orlando

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Salinas Toledano, que cuando tocaba en un grupito de barrio, de tanto hacer arreglos compuso una canción de amor, que se la cedió para que lo grabara su amigo José Seves. “Por qué te quiero” se escuchó poco en Santiago, pero fue en las emisoras de provincia donde estaba su público. Entre ellos unos jóvenes Ángeles Negros, que al instante decidieron ubicar al autor de esa melodía para pedirle temas. Así fue como contactaron a Orlando Salinas. Este ya tenía un tema nuevo, escrito para su polola en un viaje en micro desde su casa al centro de Santiago. El grupo lo escuchó y le gustó de inmediato. Lo lanzaron en un programa de radio Corporación y el tema, el famoso “Cómo quisiera decirte” causó furor por la línea romántica, que calzaba perfecto con la sensibilidad del vocalista Germaín de la Fuente. Esta fue la canción que los hizo conocidos en Chile y tal vez si no hubiera sido por la sensibilidad de este compositor maipucino enamorado, Los Ángeles Negros no habrían sido tan famosos.

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La calle cortita Apenas una cuadra, poco menos de 120 metros o, si se quiere, unos 160 pasos. A eso está reducida la céntrica calle Emiliano Llona, la misma que desemboca en el Templo y donde hoy está ubicado el siempre atestado edificio del Registro Civil. Pero hubo un tiempo en que esta vía gozó de mejor metraje. Era cuando llegaba hasta las puertas de la Capilla de la Victoria y en ella se paraban los autos que llevaban a los novios directo hacia el matrimonio. También tenía una plaza en la puerta de la iglesia, donde se agolpaban los mirones en las grandes ceremonias y no faltaban los grupos dedicados a esperar los bautizos, porque era costumbre que el padrino lanzara algunas monedas a la multitud cuando los niños lo

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saludaban con el poco estimulante grito de “padrinito cacho, tírate un veinte guacho ”. La calle donde sucedía todo esto había sido bautizada en honor de quien fuera un acaudalado empresario, dueño de la hacienda Lo Espejo y casado con una hija del Presidente Domingo Santa María. De hecho, se cuenta que el propio mandatario visitaba constantemente a su hija y pasaba por esta callecita frente a la obra sin terminar de la iglesia. En ese tiempo, hablamos de alrededor de 1880, la construcción de la capilla votiva era intermitente, por falta de recursos, por lo que el Presidente se paseaba siempre frente a los muros inconclusos. Frente a este en verdad disminuido panorama Emiliano Llona, aunque no era católico, sacó dinero de su bolsillo y lo donó a la obra, con lo que se ganó el respeto de la comunidad y una calle principal con su nombre. Olvidando todo ese recuerdo las nuevas generaciones no tuvieron piedad en cercenar esa vía pública, ya que con la inauguración del Templo Votivo se enrejaron las antiguas murallas y quedo solamente habilitada la calle Carmen. Hoy por la escuálida Emiliano Llona circulan en unos pocos segundos los buses del Transantiago y los escolares atrasados.

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Corrida de toros en la Medialuna de Maipú.

El día que llegaron los toros Corría el año 1941 cuando nuestro querido alcalde, don José Luis Infante, tuvo la gran idea de organizar una corrida de toros para inaugurar las graderías de madera que le habían instalado a la Medialuna. El proyecto pasaba a llevar el decreto firmado por el propio Bernardo O’Higgins, que prohibía la realización de estas corridas, y logró que la Sociedad Protectora de Animales pusiera el grito en el cielo. Pero como nuestro edil no se andaba con chicas llegó a un acuerdo con las autoridades y se pactó que no se daría muerte a los animales que participaran en la gesta deportiva. Don José Luis se fue a España y contrató toda una cuadrilla, con sus respectivos banderilleros, picadores y los mozos de cuadra. Obviamente, también trajo los toros de lidia que, según la historia que se cuenta, compró en la ganadera Miura, los más indómitos del campo bravo. El día de la corrida todo Maipú se volcó a las calles. Se veía desfilar a la

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colonia española, las damas con mantón de Manila y unas grandes peinetas, mientras que en la Medialuna resonaba un alegre paso doble a cargo de una entusiasta banda. El instante de mayor bullicio se produjo cuando aparecieron por la puerta los toreros con sus trajes de luces y en su brazo la capa amarilla. Los seguían los picadores y sus briosos caballos, forrados enteros con mantas acolchadas para protegerse de las cornadas. Suena por fin el clarín y se abre el portón para darle la salida al toro, que aparece corriendo hasta el medio del ruedo donde lo espera el torero. Las pasadas no duraron mucho, pues el animal no era tan bravo como parecía y ya se estaba dando por vencido. El público no paraba de gritar ¡Olé! para que el cornudo reaccionara, pero era imposible. Llegaron los picadores, los banderilleros, pero no había caso, el toro no daba muestras de mucho entusiasmo y seguía muy dócil, por lo que fue una mala tarde para la incipiente tauromaquia maipucina. La bochornosa corrida fue el comidillo de los siguientes días. Ante las dudas que mantenían algunos sobre el verdadero origen del supuesto toro Miura, otros respondían que no podía descartarse que el largo viaje en barco lo hubiera afectado. La semana siguiente el alcalde partió a La Rinconada a visitar a sus amigos y consiguió unos lindos ejemplares chilenos para que salieran al ruedo. Así que ese domingo la corrida se hizo con ejemplares chilenos, ante los cuales el torero español se vio bastante afligido, cuentan las crónicas de antaño. Como no entendía nada de lo que pasaba, al verse ante tanta gente y con un objetivo brillante delante de sus ojos, el animal criollo atacaba y tiraba cornadas por doquier, salvando de paso el honor del evento. Lo último que se supo de los supuestos toros Miura fue que se quedaron en La Rinconada, como intercambio por los ejemplares que se llevó el alcalde, para procrear vaquitas chilenas. Quién sabe si alguno de sus descendientes todavía corretea en tierras maipucinas.

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Desfile en La Farfana.

¿Por qué La Farfana? El fundo La Farfana, donde hoy se ubica un populoso sector de la comuna, era propiedad de la familia Errázuriz Irarrázabal y uno de sus administradores fue Bernardo Ubilla, más conocido como ño Palito. Recuerdo que allí llegaron las primeras maquinas de coser y los primeros televisores para sus inquilinos.

Dúo Los Diamantes.

Se cuenta que el primer propietario de esas tierras era José Farfán, y con su apellido se comenzó a conocer ese terreno. Esa es la versión que recuerda Elena Farfán, familiar del antiguo dueño. Posteriormente la propiedad cambió de manos y la señora Elena se quedó por varios años más como llavera. También era conocida por poner inyecciones. El período más brillante fue cuando tomó las riendas Sergio Errázuriz. Los sábados por la tarde su esposa, Sara Irarrázabal, aparecía y le cortaba el pelo a los niños del fundo, mientras sus hijos jugaban

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con los retoños de los trabajadores, pues según ella no había ninguna diferencia. Actitudes como esa le granjearon el cariño de los empleados y cuando llegó el minuto de la Reforma Agraria los inquilinos pidieron ser socios de su patrón en el manejo de las tierras, las primeras que dieron uva de exportación y las ricas peras que son un sello del sector. Uno de los antiguos inquilínos, que todavía es dueño de una parte de esas tierras, es Carlos Carrasco, que con su esposa Edelcira críarion ahí a sus 12 hijos y 8 nietos. Imagínese cuando llegaba el día para celebrar San Carlos y se reunía toda la familia, hasta con los bisnietos. Parecía la mesa de Té Club. Dos de sus hijos formaron el dúo musical Los Diamantes de Maipú que amenizaban todas las fiestas del fundo. Investigando sobre esta zona me topé con otra historia sobre su nombre. Resulta que por los alrededores del lugar existía un negocio de verduras, que el dueño era un señor de apellido Farfán. Cuando este cristiano falleció la tiendita pasó a manos de su viuda, y los clientes empezaron a decir “vamos a comprar donde la Farfana”, en alusión a la mujer. La verdad no sé cuál es la versión real. Saque cada uno sus propias conclusiones.

Carlos Carrasco el más antiguo de los inquilinos del fundo junto a su hijo, nieto, bisnieto y tataranieto.

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Las monjitas de la Estación Las religiosas Hijas de San José Protectora de la Infancia fueron fundadas por la madre Maria Luisa Villalón Aranguiz y por el obispo de Santiago don Joaquín Larraín Gandarilla en el año 1915. Su misión es guiar a las niñas mas necesitadas y entregarles una formación cristiana En el año 1926 compraron una propiedad en Maipú, cerca la Estación del tren Maipú, y construyeron una linda capilla dedicada al niño Jesús de Praga, como también una casita para las religiosas y dos salitas para que funcionara la escuela Sofía Infante Hurtado, que tuvo mucho éxito, pues en el barrio no había ninguna otra. Las llamaban las monjitas de la Estación. Se recuerda con gran cariño a las primeras religiosas profesoras, como la madre Clementina y la madre del Socorro. Otra muy recordada era la madre San Gabriel y la madre Eulalia, que le hizo clases a Margarita Pichuante. Este colegio era muy grande y muy bonito,

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tenía unos huertos que las mismas monjitas sembraban y en cierta ocasión habían unas religiosas que no eran muy aficionadas a los menesteres del campo, por lo que no entendían nada de los caballos y menos de arar la tierra. Pero como ahí todas tenían que colaborar, les toco la misión de arar una parte del terreno con un caballito que no tenia muchas ganas de trabajar y no había manera de hacerlo que tirara el arado. Tuvieron que apelar a sus brillantes ideas, fue así como se les ocurrió que una llevara el arado y la otra iba delante del caballo, dándole unos ricos terrones de azúcar, que nuestro buen amigo el caballito se servía y cooperaba tirando el arado. Fue así como terminaron la tarea encomendada y cosecharon las deliciosas hortalizas para el deleite de todo el colegio. Entre sus alumnas recordamos a Lucy Moreno, Mercedes Bustamante, Maria y Juanita Macaya y a Margarita Pichuante, que una vez llevó unas semillas de papas que, según ella, crecían muy grandes, pero la verdad es que las papitas se dieron muy chiquititas. Qué pena por Margarita.

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Su supermercado familiar Eliseo Gracia tenía un supermercado en Llolleo, cerca de San Antonio, pero, cosa de los negocios, tuvo la flamante idea de instalarse en Maipú. Aunque, nada de quedado, aprovechó su experiencia para darle potencial a su negocio. En su local costero trabajan los hermanos Hinojosa, por lo que para Maipú no encontró nada mejor que traer a uno de ellos, Juan, como administrador. Así que se vino toda la familia, incluyendo una veintena de sobrinos que le imprimieron la fuerza para que despegara el mentado supermercado Egas.

Juan Hinojosa.

Se encontraba ubicado en plena avenida Cinco de Abril, muy cerca del actual Templo Votivo. Ahí éramos atendidos como reyes por la numerosa familia Hinojosa. Ir de compras era todo un placer, era como estar en casa, rodeado de puros amigos. Tanta era la informalidad que se organizaban pichangas de baby fútbol contra los empleados del local, las que terminaban, era que no, en gigantescos asados. Juan Hinojosa era muy aficionado a cantar, por lo que se lucía en fiesta que se realizara en Maipú. Era fanático de la ópera y una vez fue elegido para participar en Carmen, nada menos que en el Teatro Municipal. Toda la comunidad asistió al evento artístico para ver a su ídolo, quien después andaba entonando trozos de la famosa ópera por los pasillos del supermercado. Con el tiempo y el progreso terminó cerrando el negocio y la familia Hinojosa se empezó a desgranar. Unos se instalaron fuera de Chile y otros volvieron a las playas del litoral central. Creo que pusieron un local en la plaza de Cartagena.

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El último partido De todo le tocó vivir al maipucino Juan Chabra como árbitro de fútbol profesional. Su máximo recuerdo es cuando dirigió un clásico Colo Colo contra Universidad de Chile, en pleno Estadio Nacional, todo empatado hasta el minuto 89 y a Severino Vasconcelos se le ocurrió marcar un gol. Todos los azules se le fueron encima al árbitro, pero Juan mantuvo el control con nervios de acero. Después del partido lo felicitó por su desempeño el presidente de la asociación de árbitros, Rodolfo Reginato. En otra ocasión, en Rancagua, se mandó un pastelazo cobrando un gol que la hinchada contraria insistía en que estaba viciado. Esa vez lo tuvieron que sacar con carabineros. Sin embargo, entre tanto recuerdo hay uno especial para Juan Chabra, quien vivía en Las Rejas cuando esa zona todavía pertenecía a Maipú. En esa casa fue donde vivió por largos años, mientras traba-

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jaba en Chilectra y, paralelamente, se vestía de negro cada domingo para salir a la cancha. A él le correspondió pitar en el último partido que se disputó en el antiguo estadio de Maipú. Fue en febrero de 1978, cuando con las galerías repletas se enfrentó el plantel de Unión Española, flamante campeón nacional del año anterior, y un combinado de los mejores jugadores maipucinos. El resultado fue de cuatro a cero para los rojos de Santa Laura, pero la cifra fue solo una anécdota. Los hinchas celebraban el cambio del antiguo coliseo hacia el actual estadio Bueras. Juan Chabra rememora que esa fue el único partido de toda su carrera que salió de camarines tranquilamente y nadie le gritó nada ni le recordó a todos sus familiares, como ya estaba acostumbrado. Esa vez caminó y se perdió pacíficamente entre la multitud. Después Juan se trasladó a vivir a Segunda Transversal con Central, y ahora, ya jubilado, se dedica a cumplir su otro sueño: la música. Es un coleccionista de melodías antiguas y nos deleita todas las mañanas con un programa que tiene en la radio Bueras, con música de la Nueva Ola.

La familia Rivera Clerec Camilo Rivera es un reconocido maipucino que trabajó como ayudante de cámara en Televisión Nacional. Su esposa, Jeannette Clerec, provenía de una familia de cantantes del Teatro Municipal de Santiago y ella misma cantaba en el coro polifonico de Ancud. Su hijo Jorge, estudió violín pero se dio cuenta que era difícil vivir de la música y empezó a estudiar Servicio Social en la Universidad de Chile. Se recibió y fue a hacer un doctorado en Canadá, donde no olvidó

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Familia Rivera Clerec.

su vena musical y aprovechaba de hacer presentaciones de violín cuando se lo pedían. Después estuvo en Ecuador, haciendo clases en una universidad. Cuando retornó a Chile se dedicó completamente a la música, y junto a otros instrumentistas, tenían un estudio en la calle Domeyko. Curioso, se interesó por conocer quien era Ignacio Domeyko, un científico polaco-chileno que fue rector de la Universidad de Chile. Inspirado en él, y junto con otros músicos, Jorge Rivera creó la pieza musical Conexión Domeyko, la que le valió que la embajada polaca lo invitara a Polonia. Sus hermanas tomaron otros rumbos artísticos. Rocío se dedica al cine y trabaja en continuidad, y Anaí es licenciada en Historia del Arte.

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Casos y cosas que cuentan los maipucinos - Cuenta la vecindad que cuando la calle Hermanos Carrera todavía era de tierra y piedras, por allá por 1952, un señor de apellido Correa realizaba una extraña pirueta cuando daba la casualidad que se tomaba unos tragos de más. Se ponía totalmente valiente y se metía en un tambor de doscientos litros, con el que se lanzaba rodando desde la punta de la loma. Muchas veces llegaba a su destino, en la calle Centenario, pero en ocasiones el ingobernable medio de transporte se desviaba y chocaba contra las reja o los árboles, quedando su pasajero tan averiado que hasta se le pasaba lo chispeante. - Recuerdo que en la parroquia habían jardines y muchos arboles y al lado un sitio donde los niños instalábamos nuestra improvisada cancha de fútbol. Lo malo es que daba justo hacia los ventanales de la casa del párroco, Alfonso Alvarado, quien muchas veces tuvo que reponer los vidrios por culpa de algunos pelotazos más enérgicos de lo recomendado. Su hermana, la señorita Adriana, siempre nos llamaba la atención además porque decía que levantábamos mucha tierra. - Los pollos al barro que cocinaba Paulo Rossi en el casino dela piscina eran famosos por su inigualable sabor. Lo que muy pocos sabían era que la tierra blanca, que se encontraba en la mayoría de los alrededores de la comuna, no servía para la receta que embetunaba en barro a las aves. El problema se solucinaba cuando Nicanor Plaza salía por las noches en el automóvil de su suegro a recolectar barro por todos lados. Apurado, más de alguna vez reconoció haberlo sacado desde la orilla del Zanjón de la Aguada, que lo más bien servía para esos menesteres y los pollitos quedaban más ricos y sabrosos. - Uno de los carabineros más famosos era el “paco Hilito”, que recibió ese nombre cariñoso porque era delgado y siempre andaba con un carrete de hilo que le servía para amarrar a los detenidos.

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Extrañamente el uniformado agarraba a los malos, les hablaba al oído y les ataba de un dedo con el debil material. Así los llevaba a la comisaria. Yo no sé qué les decía, pero nunca un detenido se le arranco ni se le solto de su hilito. Hasta los mas encachados le tenían mucho respeto y nunca se soltaron cuando los llevaba preso. Hasta el día de hoy no sé cuál era su misterio. - Maipú poseía sus propios balnearios. Una vertiente por el camino de La Rinconada, que estaba antes de cruzar el puente, donde el populacho iba a hacer picnic y a bañarse bajo unos sauces. El otro punto de entretención veraniega era la vertiente en el fundo El Bosque, de propiedad de la familia Gandarillas, era mas grande y paseo obligado del fin de semana. - La primera piedra del Parque Ramírez se colocó el 20 de agosto de 1957, en memoria del primer martir de bomberos de la comuna, Eduardo Ramírez Mazzoni , que se ahogó en el río de la Rinconada al intentar salvar a la gente que sufría ese invierno. En sus prados era donde ibamos a pololear con las niñas del colegio Santa Teresa… perdón, eso no había que contarlo. - El primer matrimonio inscrito en los registros de la Parroquia de la Victoria fue en 1889, cuando se casó Antonio Campos con Isabel Fernández. - Se decía que Celso Ramírez, vecino de la calle Chacabuco, era sobrino directo de Carlina Morales Padilla, la famosa tía Carlina, dueña de un local muy conocido en la calle Vivaceta que tenía palmeras y donde todas las niñas tuteaban a los clientes. - Era una invitada habitual a los malones maipucinos, pero la vida siguió su curso y esa graciosa joven que era Adriana Sabarot hoy es la madre del famoso actor chileno Cristián de la Fuente, que ha desarrollado su carrera en Estados Unidos.

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- Alodia Corral, una leyenda de la radio con sus programas del recuerdo, vivía en Segunda Transversal y compraba en la carnicería La Económica, el mismo local donde era posible ver en las mañanas de domingo al cantante Lucho Zapata, interpretando sus éxitos de la Nueva Ola. - La primera piedra del Templo Votivo se colocó el 16 julio de 1944. Además del cardenal José María Caro y el presidente del Voto O´Higgins, se encontraba presente Lucas Valdivia, encargado de colocar el cemento. Cuando realizaba esta importante labor se pasó a llevar un dedo, por lo que unas gotas de su sangre cayeron en la estructura. Este mini accidente dejó muy contento a don Lucas, ya que, como le gusta relatar, su sangre se inmortalizó en la gigantesca iglesia. - La actual calle Portales antes se llamaba Los Portales, porque ahí se encontraban los portones de la entrada a los potreros del fundo de José Luis Infante. En sesa vía, que era con zarzamora por las orillas, estaba la primera cancha del club Campos de Batalla y la vivienda de la familia Muñoz, cuyos intengrantes defendieron eternamente los colores de ese equipo. - Los primeros sacerdotes de Maipú, desde 1895: Germán Gamboa, Manuel Jesús Duosorroza, Víctor Barahona, Juan Agustín Ugarte, Juan de Dios Gutiérrez, Pedro Guzmán, Luis Bernardo Vadillo, Osvaldo Fernández, Rafael Barriga, Ramón Gutiérrez y Alfonso Alvarado - Una rueda fue encontrada enterrada en el cerro donde hoy se ubica el Cementerio de Maipú. Estaba por Camino a Rinconada, en lo que era la antigua entrada principal al camposanto. Se cree que puede pertenecer a una cureña que transportaba los cañones para la batalla del Cinco de Abril, pues no es de la medida que ocupaban las ca-rretas. La reliquia se encuentra en una casa de la calle Carmen Luisa Correa.

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- Julio Avila era muy bueno para invitar a comer asado a sus vecinos de la calle Hermanos Carrera. Ellos recuerdan que disfrutaban mucho de la comida, se repetían la carne y aún sobraba. A la hora de despedirse, con todos satisfechos y bastante damajuanas dadas de baja, el dueño de casa sacaba una bandeja con la cabeza del perro que acababan de comerse los invitados. Hasta ahí les duraba la curadera, pero ya no había nada que hacer. Lo comido y lo bailado… - Recuerdo que instalar la cruz del Templo Votivo se transformó en una verdadera odisea, por allá por 1974. El implemento, de 9 me-tros de alto y casi dos toneladas de peso, tuvo que ser llevado en un helicóptero, que a su vez realizó varias pasadas porque el viento le impedía acercarse a su objetivo. Finalmente, optaron por cortar la gigantesca cruz y subirla por partes. - El 19 de diciembre de 1966 el cantante Fernando Torti, una de las voces de Los Cuatro Cuartos, falleció tras chocar con un poste en el Camino a Melipilla. Volvía a Santiago después de actuar en el Casino de Viña. Al verse con un integrante menos, sus compañeros formaron el conjunto Los Solitarios. - No puedo dejar de recordar a la Joc (Juventud Obrera Católica), en la que hacían cabeza el negro Roberto Romero y Juanito Velásquez. Cómo olvidar los viajes en unos camiones llenos de jóvenes que cantaban rumbo a los terrenos de los curas en Algarrobo. Era los días en que ese balneario no estaba de moda y su máximo nivel de concurrencia lo conseguía para los retiros espirituales. - En su niñez Manuel Silva y Carlos Jara formaron una sociedad para vender los tarros de agua en el cementerio. Los 1 de noviembre era su día de mejor venta, claro que Carlos tomana cierta ventaja porque le salía más armónico el grito de “el agüita para las flores”. - La primera Cámara de Comercio la fundaron Raúl Vargas, Demetrio Pérez, Wilfredo Golborne, Laureano Cuesta, Humberto

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Franchini y Guillermo Riveros, entre otros. La institución estuvo a punto de no nacer a la vida republicana, porque cuando se presentaron los papeles de antecedentes para sacar la personalidad juridica salió rechazada. Todo porque uno de sus socios principales, Raúl Vargas, aparecía como autor de un asesinato en 1940. Todo se solucionó cuando el aludido demostró que él había nacido en 1941, así que mal podía haber cometido un delito antes de llegar a este mundo. Toda la confusión no era más que un alcance de nombres. - Quiero contarles que Maipú tuvo un candidato a la Presidencia de la República. Fue Humberto Valenzuela, vecino del recordado barrio El Infiernillo, que vivíaa en la calle Centenario y era gásfiter de profesión. Representó al Partido Obrero Revolucionario en los comicios presidenciales de 1941 y 1946. - Algunos de los diarios que informaron en la comuna: El Boletín de Maipú, el Periódico de Maipú, el Maipú, La Verdad, El Despertar, El Monumento, La Gaceta de Maipú, El Maipucino, El Hidalgo, Maipú en Aras del Progreso. - Otra cosa que me marcó mucho fueron esas noches cuando se realizaba la procesión de Cristo Rey. Partiamos de la Capilla de las Monjitas y llegabamos a la Parroquia a medianoche. Llevábamos a la Virgen en un coloso muy arreglada con flores y velas prendidas todo el camino, cantando y rezando. El día anterior nos dedicábamos a hacer unos farolitos con cañaveral, con empuñadora de cartó y papelitos de colores, que a veces, cuando corría viento, nos duraban muy poco. Llegábamos a la parroquia con las manos llenas de esperma pero muy contentos por haber cumplido con Dios y la Virgen del Carmen, de quien mi madre era muy devota. - Otra religiosa. Recuerdo como si fuera hoy las representaciones del nacimiento del niño Jesús en el teatro parroquial. Siempre se quedaba con el papel de San José uno de los hermanos Moraga y los ángeles y reyes magos se repartían entre Manuel Peñaloza, Juan

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Velásquez, Jacinto Jara, Roberto Romero y varios más. Tiempo después la ceremonia se trasladó al Templo Votivo aún en construcción, donde el ingenio de los organizadoresdaba para que la estrella de Belén la bajaran desde el punto más alto de la construcción. Yo ví a los maestros que se subían a un huinche que se su usaba para subir materiales, y desde ahí tiraban el cable para deslizar a la representación del astro luminoso. - Se recuerda la gente de Víctor González Maldonado, casado con la señora María Josefina Cartes Saavedra con quien tuvieron 8 hijos, el fue uno de los comunistas destacados de Maipú. Era maestro estucador y lo relegaron a la isla Más Afuera –la actual isla Alejandro Selkirk, del archipiélago Juan Fernández- por sus ideas políticas. Posteriormente le aplicaron la Ley Maldita, de González Videla, y fue deportado a México, con su compañero Elías Laferte. Viajaron tres meses en barco y solamente llevaban en sus bolsi-llos 500 pesos que les habían regalado los compañeros mineros de Antofagasta cuando el barco recaló en ese puerto. Tiempo después, cuando pudo retornar a Chile, se dedicó a estudiar y obtuvo un título de contador, profesión que mantuvo hasta el día de su muerte. Sus hijos son todos profesionales, entre ellos hay médicos, abogados y contadores.

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Chao vecino gracias por haber leído este libro hasta el final y no se olviden de esta bella frase que dice:

“Recordar es volver a revivir con el corazón”

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Amigos que prestaron colaboración para este libro les doy las más infinitas gracias por haberse dado el trabajo de abrirme las puertas de su casa y perder unas horas de su tiempo.

Rubén Peñaloza, Juan Carrasco, Homero Durán, José Zamorano, Sonia Correa, Rosa Cáceres, Rosa Morales, Mario Peñaloza, Marcela Silva, Ana Rebeca Saa, Margarita Pichuante, Carmen Vargas, Patricio González, Francisco Hernández, Jaime Cabellos, Oscar Palma, Luis Albornos, Carlos Jara, Rafael Riesco, Luis Cifuentes, Juan Ramón Cuello, Olgita Castro, Raúl Vargas, José Serrano, Manuel Roco, Carmen Sandoval, Hector Navarro, Pascualito Herrera, Manuel Villegas, Fernando Navarro, Carlos Sallenave, Fernando Urra, Ulises Gamboa, Isaura Ibarra, Guillermo García, Rosa Fuenzalida, Hugo Loyola, Rafael Poblete, Renato Plaza, Manuel Suarez, Francisco Guzmán, Agusto Mancilla, Angélica Celada, Guillermina Ramirez, Jose Silva, María Delfina Vargas, Rosa Carrasco, Carlos Maldonado, Julio Moya, Julio Pinto (hijo), Raúl Cubillos, Hugo Feliu, Elías Beltrán, Manuel González y Mario Cifuentes.

Un agradecimiento muy especial para don Hernán Guzmán I. y don Hugo Valenzuela S. que cooperaron con unos escritos sobre Maipú. Mil gracias para todos .

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ÍNDICE

Introducciòn Un chascarro en la piscina Todos quieren a la Menche Lunita, dame platita El Bototo La más enfiestada fábrica de pantalones Arrancando con la luma El cartero que anamoró con una carta Doña Laura Poroto El chancho de don Custodio Los Palito Oviedo El Germania El destino lo trajo a Maipú Un taxista con historias La fábrica de jaleas Amor de funeraria El inquieto doctor Ahues El récord mundial que no fue y otras historias atléticas El buen corte de pelo Cuando rugían los motores

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Maipú se convirtió en Hollywood Paul Anka en Cerrilos El rey de los zapallos El bombero más antiguo Familia Sandoval Zumaran La Tercera Compañía El quiosco de la plaza Valeriano y las fondas Las múltiples vidas del doctor de ¿Dónde está Elisa? El primero Cáceres El carnicero y el alcalde Destacados El viejo molino El doctor Arrollave El hombre de Residencial La Pichanga La esforzada Aída El matadero muncipal La primera guagua de Francia es maipucina Nicanor La visita Unas monedas para el templo El gran cpitán del Mundial del 62

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La Quebrada de la Plata Una mesa para 14 Alfonso Duflocq El restaurante El Rosal El liceo Maipú Enrique Romàn, locutor de radioteatros Fundo El Porvenir Lo que era Santa Ana de Chena Los Riesco Pérez La noche más linda del año Escuela de niñas General San Martín Educación personalizda La Pizarreño Rafael León Carlos Jara, músico y profesor La camioneta del señor cura Un luthier en casa Todo empezo con unas agujas Los Maipucitos Luis Itier Dupré Un médico de campo El tesorero

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Mi Primera Comunión Las ferias libres La Higuera Cómo las puertas del Congreso llegaron al Cementerio La vida en Tristán Valdés La librería Once Norte Los españoles que huyeron de Franco Los Ángeles Negros maipucinos La calle cortita El día que llegaron los toros ¿Por qué La Farfana? Las monjitas de la Estación Su supermercado familiar El último partido La familia Rivera Clerec Casos y cosas que cuentan los maipucinos

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OBRAS CONSULTADAS

- Historia de Maipú - Raúl Telles Y.

- Revista 40 años tercera compañía de bomberos

- Foto diario Periódico Maipú

- Diario La Cuarta, 3 de abril 2009

- www.casvitacura.cl

- Foto página Colegio Sofia Infante Hurtado

- www.memoriachilena.cl

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¿Sabía usted que en Maipú se hizo una película y sus habitantes participaron como extras? ¿O que en su Medialuna se desarrolló una accidentada corrida de toros? Historias como esas son las que se recopilan en este libro, creado con la fuerza y el empuje de los recuerdos. En sus páginas desfilan los personajes que le dieron identidad a la comuna y, de paso, dejaron una huella eterna en nuestros corazones.